De Catalunya no se ha marchado ni se marchará ninguna empresa, con independencia o sin ella

En España hay muchas personas empadronadas en un lugar que, sin embargo, viven realmente en otro. Lo mismo ocurre con las empresas. Cualquiera que sea su domicilio social, la realidad no cambia en absoluto. Unas empresas tienen el domicilio social en un lugar, el fiscal en otro y la actividad productiva en un tercero.

En Catalunya no ha cerrado ninguna empresa como consecuencia de la campaña del referéndum. El año pasado 802 empresas cambiaron de domicilio social, saliendo de Catalunya para llevarlo a otras autonomías. Este tipo de tralados no afectan a la economía real, en absoluto, ni al PIB (el de Catalunya o el del Estado), ni al nivel de empleo, ni a la recaudación fiscal de un Hacienda Pública o de otra.

A pesar de ello, hay quien quiere confundir lo real con lo virtual para practicar lo que el fascismo mejor sabe hacer: meter el miedo, intimidar. Ya lo hicieron en Euskadi cuando ETA funcionaba a pleno rendimiento: la culpa de la crisis capitalista, del paro y de las desgarcias de los trabajadores la tenía ETA que extorsionaba y secuestraba a los capitalistas, que se tenían que marchar a otros lugares.

Las noticias sobre traslados de empresas fuera de Catalunya forman parte de la campaña de presiones contra el movimiento independentista, que son de tipo político. Es una obviedad constatar que esas presiones no proceden de las instituciones autonómicas de Catalunya, sino del Estado central.

También es igualmente obvio recordar que ha habido capitales que han cedido, por gusto o a la fuerza, a dichas presiones para aparentar el supuesto “caos” provocado por los mismo de siempre: los que reivindican sus derechos, es decir, el pueblo de Catalunya.

La campaña de intimidación, en la que participan de manera muy importante las cadenas de intoxicación fascistas y centralistas, se convierte en verdadero terror cuando se une al salvajismo de que están haciendo gala los antidisturbios que han desembarcado allá con toda su parafernalia guerrera, sus cascos, sus escudos y sus porras para golpear a las personas, a los que se ha sumado la chusma fascista enardecida por el “desafío secesionsta” que ha salido a la calle con la misma mala baba en los peores del tiempos del franquismo.

Finalmente, la contradicción en la que incurren los “falangistas de izquierda”, como Alberto Garzón, tampoco deja de resultar curiosa: la burguesía tiene miedo y se marcha de un “procès” que, según dicen, ella misma ha provocado. El movimiento popular en Catalunya es burgués, dicen; el nacionalismo también es burgués, repiten; en Catalunya domina la misma clase social que en España. ¿Entonces a qué viene largarse con el rabo entre las piernas de un sitio para ir a parar a otro igual?

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