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La masacre de My Lai: símbolo de los crímenes imperalistas en Vietnam

Era el 16 de marzo de 1968, cuando las tropas estadounidenses invadieron la región de Son My en la búsqueda de vietcongs (integrantes del Frente Nacional de Liberación de Vietnam), considerados terroristas por los americanos. El teniente William Laws Calley tenía asignada la zona My Lai 4, donde se proponía llevar a cabo las más viles acciones. Al escuchar que se alejaba el sobrecogedor sonido de los helicópteros, los aldeanos imaginaron que ya había pasado el peligro, pero no sabían que Calley y sus hombres se habían lanzado en paracaídas y merodeaban en la zona con las peores intenciones. Al llegar, sin mediar palabra, violaron a las mujeres y a las niñas, mataron el ganado y prendieron fuego a las humildes viviendas hasta arrasarlo todo. Para terminar, reunieron a los supervivientes en una acequia y los fusilaron sin piedad. Aunque nunca se sabrá la cifra exacta de asesinatos, pues el Gobierno echó tierra sobre el asunto, se estima que fueron al menos 504 personas indefensas: en la macabra operación se incautaron apenas tres armas.

Como era de suponer, dado el clima de paranoia propio de la Guerra Fría, la prensa apenas divulgó la masacre más de un año después, cuando el editor Seymour Hersh decidió publicarla en notas aparecidas el 13, 20 y 25 de noviembre de 1969 en el diario St. Louis Post Dispatch. Le siguió el Cleveland Plain Dealer, que publicó las fotos de Ronald L. Haeberle, un exfotógrafo del ejército, quien había sustraído las fotos al control oficial, pues fueron tomadas con su cámara personal. Esto fue aún más perturbador, pues las imágenes (en color) mostraban que la mayoría de los cientos de ejecutados eran ancianos, mujeres y niños, incluso muchos bebés (la escena más famosa de la película Platoon, de Oliver Stone, fue inspirada en esta matanza).

Se demostró que el teniente Calley era una persona muy inestable con serios problemas de actitud que, al no lograr ascensos ni condecoraciones, decidió cometer una matanza y fingir que los asesinados eran enemigos abatidos (sobra resaltar las similitudes con la infame realidad colombiana). Y aunque fue juzgado y condenado por los actos de My Lai, solo pasó tres años bajo arresto domiciliario, pues fue indultado por el presidente Richard Nixon en persona. En 2006 el periódico Los Ángeles Times informó que durante aquella invasión (entre 1965 y 1971) se registraron 178 asesinatos más de no combatientes. A la larga, los tribunales militares solo condenaron a 23 personas por esos hechos.

Por supuesto, esta no fue la única matanza cometida por las fuerzas estadounidenses, pero sí la que más escándalo desató a causa de las mencionadas publicaciones, que provocaron la ira del presidente Nixon y miembros del Ejército, además de la indignación general en gran parte del país. Este tipo de actos bárbaros, peor que el perpetrado por los nazis en Oradour, daba la razón a los estadounidenses pacifistas, para quienes la guerra de Vietnam no era una contienda justa ni necesaria. A su vez, el Gobierno restaba importancia a dichas manifestaciones, acusando a sus integrantes de hippies, lunáticos y hasta terroristas enemigos del país.

En este contexto, las protestas antibélicas con motivo de la guerra de Vietnam iban en ascenso en Estados Unidos, en particular contra la invasión a Camboya (anunciada con gran jactancia por Nixon en la televisión nacional). Fue así como en mayo de 1970 se desarrollaron fuertes protestas por esta causa en la Universidad Estatal de Kent (Ohio), con el incendio de un edificio, disturbios, amenaza de saqueos y el despliegue de policías, bomberos y, por orden del alcalde, incluso acudieron unos mil efectivos de la Guardia Nacional, con el resultado de que los estudiantes fueron tiroteados por esta fuerza, con un saldo de cuatro asesinados (Allison Krause, Jeffrey Glen Miller, Sandra Lee Scheuer y William Knox Schroeder) y nueve heridos (uno de ellos sufrió parálisis permanente), pues dispararon contra los estudiantes indiscriminadamente y los redujeron con bayonetas, ya que también resultaron heridos varios transeúntes que observaban las protestas en la distancia.

Los deplorables sucesos recibieron la atención inmediata de toda la nación: cientos de universidades, colegios e institutos promovieron una huelga estudiantil y hubo cierre masivo de los centros educativos. El país estaba de luto y asombrado: ¿no que la guerra era allá? Por entonces surgió un clamor en la juventud del país, siempre señalada de vivir una ilusión hippie de tinte comunista.

Por eso no querían ser parte de una guerra donde, además de ellos, muchos latinos y negros irían a pelear contra amarillos que no les habían hecho nada para proteger la tierra que los blancos les habían arrebatado a los pieles rojas y volver a casa en un cajón. De hecho, los jóvenes les tenían pánico a los planes de reclutamiento para participar en una guerra absurda e incluso incendiaban la citación (como se aprecia en la película Hair, de Milos Forman). Así, los campus universitarios de todo el país estallaron en protestas y oposiciones al conflicto, en lo que la revista Time tituló de “huelga estudiantil a lo largo de la nación”.

Por esta razón las fotografías de los muertos y heridos de la Universidad Kent, publicadas en los periódicos del mundo, amplificaron la sensación de furia hacia la política expansionista, imperialista e invasiva de Estados Unidos, aunque esta vez la violencia estalló en su propio jardín. En particular, las imágenes captadas por el fotógrafo John Filo de Mary Ann Vecchio, una niña de catorce años, llorando sobre el cuerpo de Jeffrey Miller, asesinado de un disparo en la boca, causaron estupor en el mundo entero y ganó ese año el premio Pulitzer, convirtiéndose en una de las imágenes más impactantes de la masacre.

Además de desencadenar numerosas protestas en los campus universitarios del país, la actitud ante el tiroteo quedó expresada en una pancarta creada por los estudiantes de la Universidad de Nueva York: “No podrán matarnos a todos”. Durante una manifestación en Washington D.C., unas 100.000 personas repudiaron la política criminal de Nixon y la ciudad fue un campo de batalla, con una muchedumbre rompiendo ventanales y destrozando vehículos, así que Nixon se atrincheró en Camp David bajo protección militar. Los ocho guardias nacionales involucrados fueron acusados y enjuiciados, pero alegaron defensa propia y un juez retiró los cargos en 1974.

Tras ver las fotos de la masacre de Kent en la revista Life, el canadiense Neil Young quedó en estado de shock y al instante escribió la canción “Ohio”, que su banda Crosby, Stills, Nash & Young grabó de inmediato en Los Ángeles en unas pocas tomas y tocando en directo en los estudios de Atlantic Records. La cara B del sencillo se titulaba, quizá de forma desafiante: “Find the Cost of Freedom” (Encuentra el costo de la libertad), compuesta por Stephen Stills. La canción de protesta, escrita como reacción a la masacre, es considerada el mejor homenaje de la cultura popular ante los trágicos sucesos. Apenas dos semanas y media después, el tema salió al aire en las principales estaciones de radio de todo el país y cobró gran resonancia y popularidad.

En las notas del álbum recopilatorio Decade (1977), Neil Young escribió que “David Crosby lloró cuando acabó su toma”; de hecho, al final de la canción se puede escuchar a Crosby gritando: “Cuatro, ¿por qué? ¿Por qué murieron? ¿cuántos más?”.

La letra de la canción suscita sentimientos de horror, indignación y sobrecogimiento tras los disparos. Comienza con el verso “Tin soldiers and Nixon coming” (Soldaditos de plomo y Nixon llegando), reflejando así el sentimiento de la comunidad, que atribuyó la culpa de las muertes al presidente. Crosby declaró que incluir el nombre de Nixon en la canción fue “lo más valiente que he oído nunca”. Fue así como, sin proponérselo, el grupo se convirtió en vocero del movimiento de contracultura estadounidense, dándoles el estatus de líderes del pensamiento a lo largo de la década de 1970.

Y claro, algunas estaciones de radio prohibieron la canción, a causa de la mención del presidente Nixon, pero recibió cobertura en las radios FM ilegales en universidades y ciudades grandes. “Ohio” fue incluida por la revista Rolling Stone en su lista de las 500 mejores canciones de todos los tiempos. Crosby, Stills y Nash visitaron el campus de la Universidad de Kent por primera vez el 4 de mayo de 1997, donde cantaron la canción para la Conmemoración Anual del 4 de mayo.

A causa del famoso escándalo del Watergate, Nixon finalmente se vio obligado a renunciar, también por televisión, en 1974.

https://www.elespectador.com/noticias/cultura/la-masacre-de-my-lai-nixon-y-una-cancion-de-protesta-articulo-833720

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La intervención de las potencias imperialistas en la guerra civil rusa (1918-1920)

Cuando la revolución estalló en Rusia en 1917, los bolcheviques comenzaron a construir la primera sociedad socialista de la historia, una experiencia por la que los imperialistas de otros países no sentían ninguna simpatía; más bien al contrario, esperaban fervientemente que el proyecto condujera rápidamente a un fiasco desastroso.En los círculos dominantes de Londres, París y otros lugares, estaban convencidos de la inevitabilidad del fracaso del audaz iniciativa de los bolcheviques, pero -por si acaso- decidieron enviar tropas a Rusia para apoyar a los contrarrevolucionarios blancos contra los rojos bolcheviques, en un conflicto que se convirtió en una larga y sangrienta guerra civil.

Una primera oleada de tropas aliadas llegó a Rusia en abril de 1918, cuando soldados británicos y japoneses arribaron a Vladivostok y establecieron contacto con los blancos, que ya estaban en guerra con los bolcheviques. Sólo los británicos enviaron 40.000 soldados a Rusia. En la primavera de 1918 el entonces Ministro de Guerra, Churchill también envió una fuerza expedicionaria a Murmansk, en el norte de Rusia, para apoyar a las tropas del general blanco Kolchak, con la esperanza de ayudar a reemplazar a los bolcheviques por un gobierno amistoso con los británicos.

Otros países enviaron contingentes más pequeños, como Francia, Estados Unidos (15.000 efectivos), Japón, Italia, Rumanía, Serbia y Grecia. En algunos casos, las tropas aliadas participaron en la lucha contra los alemanes y los otomanos en las fronteras de Rusia, pero estaba claro que no habían ido para ese propósito, sino para derrocar al régimen bolchevique y “estrangular al bebé bolchevique en su cuna”, como dijo Churchill con tanta delicadeza.

Los británicos, en particular, también esperaban que su presencia permitiera embolsarse atractivos territorios de un Estado ruso que parecía estar colapsando, al igual que el Imperio Otomano. Por eso una unidad británica marchó desde Mesopotamia hasta las orillas del Mar Caspio, es decir, hasta las regiones ricas en petróleo alrededor de Bakú, la capital del Azerbaián moderno. Al igual que la propia Gran Guerra, la intervención de los Aliados en Rusia estaba dirigida tanto a combatir la revolución como a alcanzar los objetivos imperialistas.

En Rusia, la guerra no sólo ha creado las condiciones para la revolución social, sino también, al menos en algunas partes de aquel gigantesco país, revoluciones entre una serie de minorías nacionales. Esos movimientos nacionales ya habían levantado la cabeza durante la guerra y, en general, eran nacionalistas reaccionarios, conservadores, racistas y antisemitas. La oligarquía política y militar alemana identificó a los parientes cercanos ideológicos de estos movimientos como posibles aliados en la guerra contra Rusia. Los alemanes no apoyaron a los nacionalistas finlandeses, bálticos, ucranianos y otros nacionalistas por simpatía ideológica, sino porque podían ser utilizados para debilitar a Rusia; lo hicieron también porque esperaban asentar Estados satélites alemanes en Europa del este y del norte, preferiblemente monarquías con un miembro de la familia noble alemana como su soberano.

El Tratado de Brest-Litovsk demostró ser una oportunidad para crear varios de esos Estados. Del 11 de julio al 2 de noviembre de 1918, un aristócrata alemán llamado Wilhelm (II) Karl Florestan Gero Crescentius, Duque de Urach y Conde de Württemberg, recibió el título de Rey de Lituania bajo el nombre de Mindaugas II.

Con el armisticio del 11 de noviembre de 1918, Alemania fue condenada a desaparecer de la escena en Europa del este y del norte, lo que puso fin al sueño de hegemonía alemana en la región. Sin embargo, el artículo 12 del armisticio permitía que las tropas alemanas permanecieran en Rusia, en los Estados bálticos y en otros lugares de Europa Oriental durante el tiempo que los Aliados lo consideraran necesario, es decir, mientras fueran útiles en la lucha contra los bolcheviques, y eso es exactamente lo que estaban haciendo los alemanes. Los dirigentes británicos y franceses como Lloyd George y Foch consideraban a la Rusia revolucionaria como un enemigo más peligroso que Alemania. Los movimientos nacionales de los bálticos, finlandeses, polacos, etc., estaban ahora plenamente implicados en la guerra civil rusa, y los aliados sustituyeron a los alemanes como socios, militarmente hablando, mientras luchaban contra los rojos, en lugar de contra los blancos, lo que hacían con mayor frecuencia, puesto que muchas posesiones orientales, que antes formaban parte del imperio zarista, eran reclamadas simultáneamente por los blancos rusos, polacos, lituanos, ucranianos y otros grupos.

En todos los países que salían de las nubes de polvo causadas por el colapso del Imperio zarista, había esencialmente dos tipos de personas. En primer lugar, los obreros, campesinos y otros miembros de las clases bajas, que estaban a favor de una revolución social, apoyaban a los bolcheviques y estaban dispuestos a conformarse con una cierta autonomía para su propia minoría étnica y lingüística dentro del nuevo estado multiétnico y multilingüe -inevitablemente dominado por su componente ruso- que sustituyó al antiguo imperio zarista y que sería conocido como la Unión Soviética. En segundo lugar, la mayoría, pero no todos, de los miembros de las antiguas oligarquías aristocráticas y burguesas y de la pequeña burguesía, que se oponían a una revolución social y, por lo tanto, odiaban y luchaban contra los bolcheviques y querían nada menos que una independencia total del nuevo estado creado por estos últimos. Su nacionalismo era un nacionalismo típico del siglo XIX, reaccionario y conservador, estrechamente asociado a una etnia, una lengua, una religión y un pasado supuestamente glorioso, sobre todo mítico, que iba a renacer a través de una revolución nacional. También estallaron guerras civiles entre blancos y rojos en Finlandia, Estonia, Ucrania y otros lugares.

Si en muchos casos los blancos salieron victoriosos y lograron establecer Estados decididamente antibolcheviques y antirrusos, no es sólo porque los bolcheviques lucharon durante mucho tiempo con la espalda contra la pared en el corazón mismo de Rusia y, por lo tanto, rara vez pudieron apoyar a sus camaradas rojos en el Báltico y en otras partes de la periferia del antiguo Imperio zarista, sino también porque los alemanes y sus aliados -especialmente los británicos- intervinieron en primer lugar, y luego por medio de la milicia, para aliviar a los blancos. A finales de noviembre de 1918, por ejemplo, un escuadrón de la Marina Real, comandado por el almirante Edwyn Alexander-Sinclair (entonces almirante Walter Cowan), fue al Mar Báltico para proporcionar armas a los blancos estonios y letones y ayudarles a luchar contra sus compatriotas rojos y las tropas bolcheviques rusas. Los británicos hundieron varios barcos de la flota rusa y bloquearon el resto en su base, Kronstadt. En cuanto a Finlandia, en la primavera de 1918, las tropas alemanas habían ayudado a los blancos locales a la victoria y les habían permitido proclamar la independencia de su país.

Los responsables patricios de Londres, París, Washington, etc., tenían la clara intención de asegurar la victoria de los blancos a expensas de los rojos en la guerra civil de la propia Rusia y abortar así la empresa bolchevique, un experimento a gran escala en el que demasiados británicos, franceses, americanos y otros plebeyos mostraron interés y entusiasmo, lo que disgustó mucho a sus oligarquías. En una nota a Clemenceau en la primavera de 1919, Lloyd George expresó su preocupación de que “toda Europa está llena del espíritu de la revolución”, y continuó diciendo que “hay un profundo sentimiento no sólo de descontento, sino de cólera y revuelta entre los trabajadores contra las condiciones de la guerra…. todo el orden existente en sus aspectos políticos, sociales y económicos está siendo desafiado por las masas de la población de toda Europa”.

Sin embargo, la intervención de los aliados en Rusia fue contraproducente, ya que el apoyo extranjero desacreditó a las fuerzas contrarrevolucionarias blancas a los ojos de incontables rusos, que cada vez más veían a los bolcheviques como verdaderos patriotas rusos y, por lo tanto, los apoyaban. En muchos sentidos, la revolución social bolchevique fue a la vez una revolución nacional rusa, una lucha por la supervivencia, la independencia y la dignidad de la Madre Rusia, primero contra los alemanes y luego contra las tropas aliadas que invadieron el país por todas partes y se comportaron como si estuvieran en África central. Por esta razón, los bolcheviques pudieron beneficiarse del apoyo de un gran número de nacionalistas burgueses e incluso aristocráticos. Incluso el famoso general Brussilov, un noble, apoyó a los rojos. “La conciencia de mi deber hacia la nación [rusa] me ha llevado a negarme a obedecer mis instintos sociales naturales”. Los blancos no eran más que un microcosmos de las clases dirigentes y gobernantes del antiguo régimen ruso, oficiales militares, terratenientes y clérigos con un apoyo popular mínimo. También eran corruptos, y gran parte del dinero que los Aliados les enviaron desapareció en sus bolsillos.

Si la intervención aliada en Rusia, a veces presentada como una “cruzada contra el bolchevismo”, estaba condenada al fracaso, también se debió a que fue duramente combatida por innumerables soldados y civiles en Gran Bretaña, Francia y otras partes de occidente. Su lema era “¡Las manos fuera de Rusia!” Los soldados británicos que no habían sido desmovilizados después del armisticio de noviembre de 1918 y que iban a ser enviados a Rusia protestaron y organizaron motines, por ejemplo en enero de 1919 en Dover, Calais y otros puertos del Canal. Ese mismo mes Glasgow fue golpeada por una serie de huelgas, uno de cuyos objetivos era obligar al gobierno a abandonar su política intervencionista hacia Rusia. En marzo de 1919 las tropas canadienses se rebelaron en un campo en Ryl, Gales, matando a cinco hombres e hiriendo a otros 23; más tarde, en 1919, se produjeron disturbios similares en otros campos militares. Estos disturbios reflejaban ciertamente el deseo de los soldados de ser liberados y regresar a sus hogares, pero también revelaron que muchos de ellos no esperaban nada de un destino indefinido en la lejana Rusia.

En Francia, mientras tanto, los huelguistas de París exigían alto y claro que la intervención armada en Rusia debía terminar, y las tropas dejaron claro que no querían luchar contra los bolcheviques, sino que querían volver a casa. En febrero, marzo y abril de 1919, los motines y las deserciones asolaron a las tropas francesas estacionadas en el puerto de Odessa y a las fuerzas británicas en el distrito norte de Murmansk, y algunos británicos incluso cambiaron de bando y se unieron a las filas de los bolcheviques. “Los soldados que habían sobrevivido a Verdún y a la Batalla del Marne no querían ir a las llanuras de Rusia a luchar”, dijo un oficial francés. En el contingente estadounidense, muchos hombres se autolesionaron para solicitar la repatriación. Los soldados aliados simpatizaban cada vez más con los revolucionarios rusos; estaban cada vez más “contaminados” por el bolchevismo contra el que debían luchar. Así, en la primavera de 1919, los franceses, británicos, canadienses, americanos, italianos y otras tropas extranjeras tuvieron que retirarse de Rusia sin ninguna gloria.

Las oligarquías occidentales fueron incapaces de derrotar a los bolcheviques mediante la intervención armada. Por lo tanto, cambiaron de rumbo y proporcionaron un generoso apoyo político y militar a los nuevos Estados que emergieron de los territorios occidentales del antiguo Imperio zarista, como Polonia y los Países Bálticos. Estos nuevos Estados eran, sin excepción, el producto de revoluciones inspiradas por nacionalismos reaccionarios, demasiado a menudo teñidos de antisemitismo, y dominados por los supervivientes de las antiguas oligarquías, incluidos grandes terratenientes y generales de origen aristocrático, industriales e iglesias cristianas nacionales. Con pocas excepciones, como en Checoslovaquia, no se trataba de democracias en absoluto, sino de regímenes autoritarios, normalmente dirigidos por un oficial militar de alto rango y de origen noble, como Horthy en Hungría, Mannerheim en Finlandia y Pilsudski en Polonia. El franco y abierto antibolchevismo de estos nuevos estados sólo fue igualado por su sentimiento anti-ruso. Sin embargo, los bolcheviques lograron recuperar algunos territorios de la periferia del antiguo Imperio zarista, como Ucrania.

El resultado de esta confusa mezcla de conflictos ha sido una especie de vínculo: los bolcheviques triunfaron en Rusia y hasta en Ucrania, pero los nacionalistas antibolcheviques y antirusos con grandes y contradictorias ambiciones territoriales prevalecieron en regiones más al oeste y al norte, especialmente en Polonia, los Estados Bálticos y Finlandia. Fue un acuerdo que no satisfizo a nadie, pero que finalmente fue aceptado por todos, aunque está claro que sólo fue por poco tiempo. Se erigió un cordón sanitario compuesto por una serie de Estados hostiles alrededor de la Rusia revolucionaria con la ayuda de las potencias occidentales con la esperanza de que aislaría al bolchevismo en Rusia.

Eso es todo lo que pudo lograr occidente, pero la ambición de poner fin a la experiencia revolucionaria en Rusia, tarde o temprano, siguió estando muy viva en Londres, París y Washington. Durante mucho tiempo, los dirigentes occidentales continuaron esperando que la Revolución Rusa se derrumbara por sí sola, pero eso no sucedió. Más tarde, en la década de 1930, esperaban que la Alemania nazi se encargara de destruir la Revolución en su guarida, la Unión Soviética; por eso permitieron a Hitler remilitarizar Alemania y, a través de la famosa “política de apaciguamiento”, lo alentaron.

Jacques R. Pauwels https://www.counterpunch.org/2018/12/10/foreign-interventions-in-revolutionary-russia/

La guerra civil rusa (Primera parte) | La guerra civil rusa (Segunda parte)

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La complicidad de la Cruz Roja Internacional en los crímenes nazis

Ahora se utilizan términos terroríficos como “holocausto” para referirse a los críemenes cometidos por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que hay que preguntar qué postura tomaron los “humanitarios” de aquella época, gente “neutral” como la Cruz Roja que se dedican precisamente a eso: a asistir a las víctimas.

Pues bien, la Cruz Roja Internacional supo desde el primer momento la existencia de campos de concentración, no hizo nada para impedir las matanzas y ni siquiera las denunció sino todo lo contrario, blanqueó los crímenes.

Caben muchas explicaciones de esta complicidad. Por ejemplo, la Cruz Roja alemana era tan nazi como el III Reich del que formaba parte, de manera que los no arios no podían ser miembros.

Poco después de la llegada de Hitler al poder, Cruz Roja alemana visitó algunos campos de concentración y concluyó que la situación de los presos era “buena”.

La inspección pasó entonces a la Cruz Roja Internacional, donde ocurrió lo mismo porque Oerlikon y Alusuisse, dos de las empresas de su Presidente, Max Huber, también Presidente del Tribunal Internacional de La Haya, mantenían suculentos negocios con las empresas alemanas de armamento.

El vicepresidente era Carl Jacob Burckhardt, un anticomunista feroz estrechamente vinculado a los nazis. Cuando el Consejo Federal suizo se negó a acoger a Goebbels, fue Burckhardt quien intervino.

En 1936 Hitler invitó a Burckhardt a visitar Alemania, incluidos los campos de concentración. A su regreso también describió la situación de los presos como “buena”, e incluso elogió a Dachau, donde unos 30.000 presos fueron asesinados.

Otro delegado de la Cruz Roja que visitó los campos de concentración fue el médico Maurice Rossel, quien pudo visitar la ciudad checa de Theresienstadt, convertida por los nazis en 1941 en un campo de concentración que albergó a unos 140.000 presos.

En mayo de 1944 Himmler autorizó a Rossel la visita al campo, del que pudo sacar fotografías. En su informe describió la situación de los presos como “casi normal”, destacando la “excelente atención médica que recibían los presos”. Se trataba de un “campo modelo” para judíos ricos, decía Rossel.

Al regresar, el canalla de Rossel envió una carta de agradecimiento a los jefes nazis por las atenciones recibidas, a las que adjuntaba algunas de las fotos que había tomado del campo, que los nazis utilizaron para su propaganda.

La visita tuvo tal éxito para los nazis, que Eichemann quiso hacer otro montaje parecido en Auschwitz, para lo cual hizo construir un “campo familiar” idílico para que pudiera ser visitado por los “humanitarios” como Rossel, que estuvo en Auschwitz en setiembre de 1944. Los presos británicos le contaron la existencia de cámaras de gas.

Aquel suizo tan “humanitario” guardó silencio. Dijo que las SS que dirigían el campo estaban “orgullosos del trabajo que realizaban”.

Al terminar la guerra, la Cruz Roja escondió y ayudó a escapar a los peores criminales de guerra para que no fueran juzgados y ejecutados.

En los años cincuenta Burckhardt, que habia llegado a la Presidencia de la Cruz Roja Internacional en 1948, ordenó quemar los archivos que demostraban la complicidad de la organización suiza con los nazis.

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La España colonialista inventó los primeros campos de concentración en Cuba

Cuando a finales del siglo XIX la lucha por la independencia arreció en Cuba, la administración colonial española respondió creando los primeros campos de concentración para recluir a la población civil y separarla del movimiento guerrillero (mambises). Fue un modelo que luego Francia copió en sus colonias de ultramar, que la Alemania nazi adaptó y que hoy conocemos por lugares, como Guantánamo, que por un sarcasmo de la historia ha instalado en Cuba, el sitio en el que aparecieron.

Un campo de concentración es un mecanismo de lucha contrainsurgente de las grandes potencias que queda al margen del dispositivo penal del Estado. No hay derechos, no hay condenas, no hay juicios, no hay culpables. Los reclusos ni siquiera tienen una fecha de salida. Impera la ley marcial y toda la población está sometida a las órdendes del capitán general, que en el caso de Cuba era Valeriano Weyler. No hay otra ley que las órdenes de los militares.

La técnica introducida por España lo llamaron “reconcentración”. No atenta a quienes combaten al Estado, en este casi al movimiento anticolonialista cubano, sino a la poblacion civil, en general, especialmente a la que no combate. Su objetivo es matar al pez extrayendo el agua de la pecera, es decir, aislando a la guerrilla del movimiento de masas, de los grupos de apoyo y de la solidaridad.

Los colonialistas franceses lo llamaron “aldeas estratégicas” y las pusieron en práctica en Indochina y Argelia. Las tropas llegaban a una localidad, se los llevaban a todos del lugar y luego llegaba la política de “tierra quemada”. Incendiaban las viviendas, los campos, los graneros. El campo se vaciaba, traladando a la población a las ciudades donde el ejército agrupaba sus tropas. Las familias quedaban separadas, perdían sus viviendas y sus medios de subsistencia.

Los trasladaban a lugares abiertos custodiados por soldados armados donde muchos de ellos perecían de hambre, del hacinamiento, la falta de higiene y las enfermedades infecciosas que no tardaban en hacer su aparición.

La primera proclama de Weyler, dictada el 17 de febrero de 1896, era muy clara: “Todos los habitantes de las zonas rurales o que viven fuera de las ciudades fortificadas se concentrarán en ocho días en las ciudades ocupadas por las tropas. Cualquier individuo que desobedezca esta orden o sea encontrado fuera de las áreas impuestas será considerado un rebelde y juzgado como tal”.

El general Weyler ya había participado con métodos militares expeditivos en la Guerra de los Diez Años de Cuba (1868-1878) que precedió a la Guerra de la Independencia (1895-1898). Para ganar la guerra, el colonialismo español decidió separar a los campesinos de los insurgentes, con el pretexto de protegerlos mientras arrasaba los lugares en los que la guerrilla estaba más arraigada.

El general Weyler ordenó dividir la isla en zonas, aislando una de otras mediante trincheras. Tras visitar los campos, el 17 de marzo de 1898 el senador Redfield Proctor informó al Senado: “Una vez deportados, hombres, mujeres, niños y animales domésticos son puestos en custodia armada dentro de estas trincheras fortificadas”.

Los colonialistas españoles elegir lugares habitables para el confinamiento y para que los reclusos no fueran una carga económica y pudieran cultivar parcelas para su subsistencia.

Los colonialistas españoles se beneficiaron de dos innovaciones tecnológicas del siglo XIX: el alambre de púas, esencial para dificultar las fugas, y el transporte ferroviario, para deportar en masa a la población a larga distancia.

Hasta entonces el alambre de púas se había utilizado en la cría extensiva de ganado en las grandes praderas americanas. Pero los colonialistas no tuvieron ningún inconveniente en tratar a las personas como si fueran animales.

Al final la división en zonas no resultó y la mayor parte de la población rural acabó concentrada y hacinada en el oeste de la isla, donde el hambre y las enfermedades no tardaron en llegar, como lo describen los testigos: “Sacados de sus casas, viviendo en suelo contaminado, agua, aire y comida, o sin nada, no es de extrañar que la mitad de ellos haya muerto y otra cuarta parte esté tan enferma que no pueda subsistir”.

Entonces la prensa (la que no era española) ya calificó la represión militar en Cuba como “exterminio”. Las fotografías de la época muestran a los niños encerrados, desnutridos y demacrados, una imagen aún peor que las que hemos conocido del III Reich.

Los testigos hablaron entonces de entre 400.000 a 600.000 deportados, mientras la mayoría de los historiadores admite hoy de 400.000, de los que 100.000 murieron, un 25 por ciento de ellos. Por si había dudas, quedó así demostrado que los campos de concentración no se habían levantado para “proteger” a la población civil, sino para aniquilarla.

El 9 de febrero de 1897, uno de los dirigentes de la insurrección cubana, Máximo Gómez, escribió al Presidente de Estados Unidos, William Mc Kinley: “Permita que un hombre cuya alma es repulsada por estos indescriptibles crímenes trate de enviar su voz al dirigente supremo de un pueblo libre, culto y poderoso […] Es lógico que una nación que expulsó a judíos y moros, inventó la terrible Inquisición, estableció tribunales sangrientos en los Países Bajos, destruyó a los indios y exterminó a los primeros habitantes de Cuba, asesinó a miles de sus súbditos en las guerras de independencia en América del Sur y multiplicó las inequidades en la última guerra cubana, se conduzca de esta manera […] ¿Se pueden tolerar tales hechos por un pueblo civilizado? ¿Podemos olvidar los principios fundamentales del cristianismo y permitir que estos horrores continúen?”

Los independentistas cubanos pidieron que Estados Unidos reconociera su independencia, lo que se tradujo en algo típico para los movimientos de liberación nacional: el “libertador” quiso convertirse en el nuevo amo. Cuba padeció una segunda intervención militar que no había solicitado y una independencia que más bien era un protectorado militar estadounidense.

Pero los campos de concentración terminaron en 1898. Lo malo es que Estados Unidos lo aprendió todo de ellos y de la salvaje represión española contra Cuba. Lo mismo hizo Francia, e incluso Churchill estuvo en Cuba tomando nota para aplicarlo a las colonias británicas.

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Un pacto de silencio para ocultar el papel de la OTAN en el resurgimiento del fascismo

El año pasado la OTAN promocionó un vídeo de un grupo nazi letón, llamado los “Hermanos del Bosque” a los que, como en caso de los yihadistas, convirtió en luchadores contra la URSS. Además de una reescritura de la historia, fue una llamada al terrorismo contra los rusos y contra Rusia.

Los “Hermanos del Bosque” eran una organización nazi que en 1945, con el apoyo del espionaje de Estados Unidos, se negó a rendirse y pasaron a ejecutar acciones terroristas en el interior de la URSS durante una década.

El vídeo de la OTAN comienza con una confusión entre los soldados “rusos” y el ejército “soviético” para indicar al espectador que los “Hermanos” luchaban contra los rusos y no contra los soviéticos (ya que los letones también formaban parte del ejército soviético).

La OTAN quería inculcar que unos pocos hombres, civiles inocentes, obligados por la situación, lucharon contra el “ocupante ruso” que, después de la Segunda Guerra Mundial, se había apoderado de Letonia por la fuerza.

En realidad, hay muchos que piensan así: los países del este de Europa se convirtieron en “satélites” de la URSS a la fuerza, al ser “ocupados” militarmente por el Ejército Rojo al final de la Segunda Guerra Mundial. A los que dicen tales estupideces no se les ha ocurrido pensar en Austria, que también fue liberada y ocupada por el Ejército Rojo…

Como en el caso de los demás países Bálticos, la independencia de Letonia tuvo lugar pocos años después de la revolución de 1917, es decir, que no se debió sólo a los letones sino a los revolucionarios que acabaron con el zarismo, de los que la mayor parte eran rusos y entre los cuales también había letones.

El vídeo no explica nada de eso, como es natural. Lo que aparece es una lucha, supuestamente patriótica y nacionalista, de los letones contra los “ocupantes” soviéticos.

Es típico de la propaganda imperialista presentar la lucha de clases como una lucha nacional o religiosa. La OTAN no puede admitir que la URSS aplastó en la guerra y después de ella a los nazis letones. El carácter nazi desaparece para poner en primer plano la represión, típicamente “stalinista” e indiscriminada contra la población letona por el sólo hecho de ser letona.

Entre 1941 y 1945, la Legión Letona, una unidad de la Waffen SS, se componía de dos divisiones de Granaderos, la 15 y la 19 que participaron en la persecución de comunistas, tiroteos masivos contra la población civil, pogromos y limpieza étnica contra los judíos.

Sólo en el interior de Letonia entre 1941 y 1945 se crearon exactamente 46 prisiones, 23 campos de concentración y 48 guetos judíos. Las SS letonas y sus colaboradores asesinaron a 313.798 civiles (incluidos 39.835 niños) y 330.032 soldados soviéticos.

En el otoño de 1941, las SS formaron en el Báltico batallones de autodefensa, una especie de milicia que ejerció labores típicas de apoyo a la policía. En Letonia se formaron 41 batallones con 300 a 600 efectivos, 23 en Lituania y 26 en Estonia.

Algunos de ellos fueron enviados a luchar contra la guerrilla soviética en la región rusa de Pskov y en Bielorrusia.

A medida que avanzaba la guerra, y con ella la derrota nazi, los miembros de los batallones letones se fueron integrando en las unidades diezmadas de la Waffen SS: brigadas motorizadas, de voluntarios, etc.

Estos matones fueron quienes luego llenaron las filas de los “Hermanos del Bosque”. La OTAN oculta que dicha organización fue creada y financiada por el espionaje imperialista después de la Segunda Guerra Mundial por lo mismo de siempre: para acorralar a la URSS, para impedir que pudiera disfrutar de un minuto de reposo.

El espionaje imperialista subcontrató a los antiguos policías letones, a los colaboracionistas de la ocupación y a los oficiales y soldados letones que trabajaron para las SS.

Hasta mediados de la década de los años cincuenta los “Hermanos del Bosque” llevaron a cabo más de 3.000 atentados terroristas, principalmente contra la población civil.

El vídeo de la OTAN tampoco habla de esto porque no puede vincular al fascismo con el imperialismo y con Estados Unidos. Los papanatas tampoco lo hacen, ni tampoco vinculan a la OTAN con la Red Gladio o con los crímenes fascistas de los años setenta en Europa.

Si alguien se cree que estamos hablando de batallitas propias del pasado, se equivoca: cada año una manifestación nazi desfila por las calles de Riga, dentro de la Unión Europea, para homenajear a los fieles servidores del III Reich.

¿Eso no forma parte del auge del fascismo y “la ultraderecha”?, ¿por qué nadie habla de ello, ni la OTAN ni los “alternativos”?

Más información:
— Sigue la ofensiva de la OTAN y los países bálticos en defensa del nazismo

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Memoria Histórica

Ucrania y el ‘holodomor’ por decreto (la sesión de ‘ultraderecha’ para hoy)

Bastante antes del Golpe de Estado de 2014, en Kiev hubo otro golpe fascista que fue calificado a la inversa como “revolución naranja”, tras la cual el gobierno ucraniano aprobó una ley de esas que lo mismo (re)escriben la historia que cualquier otra ciencia, de manera tal que todos los demás son seudocientíficos y se tienen que callar la boca porque de lo contrario van a la cárcel o le queman en la hoguera al más viejo estilo.

A ese tipo de gentuza no se les debería poner una antorcha en las manos, lo mismo que no se les debería dejar aprobar leyes, ni decidir sobre algo, como la historia o la ciencia en general, acerca de lo cual no tienen la más remota noción.

En 2006 Ucrania aprobó una ley que calificaba el “holodomor”, es decir, el hambre padecida en la época soviética de 1932, como un genocidio, de tal manera que quienes negamos tal cosa (“negacionistas”) o la minimizamos hacemos apología de un crimen muy grave, que es delito incluso en España (artículo 607 del Código Penal).

Para los fascistas (ucranianos o no) hay cosas de las que no se puede ni hablar, ni mucho menos discutir, por lo que se confunde la ciencia con la seudociencia y, además, se dogmatiza, se transforma en leyes, sentencias y juicios.

La historia la escriben, pues, los diputados en una votación en la que ganará una mayoría simple, de manera que si gana la contraria, la historia dirá todo lo contrario.

¿Recuerdan Ustedes el juicio de la Inquisición contra las tesis Galileo acerca de si es la Tierra quien da vueltas alrededor del Sol, y no al revés? Pues regresamos otra vez a ese mismo punto.

Aquí hay una línea muy clara: la ciencia (y la historia) tratan siempre sobre asuntos discutibles; la religión sobre los indiscutibles. Cuando a Usted alguien le quiere tapar la boca diciendo que algo es indiscutible, caben tres posibilidades: o es un fraile, o es un fascista, o ambas cosas a la vez.

Es posible que el lector suponga ahora que eso es algo exclusivo de Ucrania, donde la caída de la URSS condujo al fascismo. Se equivoca: dos años después Canadá aprobó otra ley similar, por la que, además, todos los años conmemoran en noviembre el “holodomor”, definido como genocidio, para que quede bien grabado en la cabeza de la población.

Al mismo tiempo el Parlamento Europeo aprobó una resolución parecida “por recomendación de la 10 Reunión de la comisión de cooperación parlamentaria UE-Ucrania”.

Lenin escribió que el imperialismo es una etapa de la historia caracterizada por la descomposición y la degeneración de una clase social, la burguesía, que cae por un precipicio, pero no podía sospechar hasta qué extremo puede llegar, porque no se trata de unos u otros sino de los diputados que dicen representar a países, como Ucrania, Canadá o los de la Unión Europea.

La ley canadiense, por ejemplo, no sólo se refiere a las víctimas del genocidio y a Stalin como deliberado provocador del hambre, sino que recuerda a los “refugiados” que huyeron de ella, es decir, a los fascistas ucranianos que se escondieron en países como Canadá.

Desde hace un siglo, cuantas vueltas demos a la historia tropezamos con los mismos protagonistas, que son los fascistas, los antifascistas y los que no saben lo que son, o no quieren ser ninguna de ambas cosas, o se creen por encima de ellas (que son los peores porque pertenecen al primer grupo y se lamentan cuando se lo recordamos).

En términos sicopatológicos, la reconversión de la historia en material jurídico crea tabúes tanto como tótems o ídolos, en el sentido al que se refirió Bacon, es decir, que son la materia prima de las ideologías, impuestas “democráticamente”, como corresponde, esto es, por decisión parlamentaria.

De ahí se deduce de manera lógica quiénes son los demócratas, como en el caso de los fascistas ucranianos que huyeron de la URSS en los años treinta, y quiénes hacemos apología del genocidio y el stalinismo.

También se deduce quiénes pueden hablar del “holodomor” (los fascistas) y quiénes deben mantener la boca cerrada (los antifascistas), si no quieren que les abran un juicio por apología del genocidio.

Estos últimos deberían tomar buena nota: el “holodomor” tiene la misma categoría que el “holocausto” y si se creen que pueden decir lo mismo de otros genocidios (“todos los genocidios son iguales”), también se equivocan porque el Tribunal Europeo de Derechos Humanos se ha quitado de en medio al genocidio armenio. En su sentencia sobre el Caso Perinçek estableció en 2015 que la negación de dicho genocidio está amparado por la libertad de expresión.

¿A qué viene esa discriminación? La explicación es que los armenios no son judíos, ni fascistas ucranianos; no tienen ese poder político y ese reconocimiento por parte de los imperialistas. Por eso podemos decir contra los armenios lo que no nos atreveríamos contra los judíos y los fascistas ucranianos.

Todo esto es un fascismo que no llega por los votos de tal o cual partido, sino por leyes, juicios y sentencias que dictan quienes se atribuyen el monopolio de la democracia y el respeto a los derechos humanos.

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Memoria Histórica

Indian Horse: la mala conciencia, la falsa conciencia, la falta de conciencia

“Indian Horse” es una película rodada el año pasado por el director canadiense Stephen S. Campanelli, que durante 20 años fue el operador de cámara de Eastwood, a quien convenció para poner la pasta.

El guión se basa en una novela del también canadiense Richard Wagamese que ha tenido un enorme éxito y ha levantado una enorme polvareda, lo que es muy frecuente cuando un país no conoce su historia porque ha vivido siempre mirando hacia otro lado.

“¿Qué?, ¿Los canadienses hicieron esto?”, preguntó Eastwood cuando leyó el guión. “¿Cómo es que nadie lo sabe?”, repitió el conocido cineasta estadounidense.

A muchos la terapia cinéfila les recordará -muy vagamente- a “Bailando con lobos” y unos pocos pasarán por encima porque son cosas sobre las que ya escribieron Fray Bartolomé de las Casas o el inolvidable Mariátegui.

Colonialismo, religión, exterminio… Volver a replantear otra vez algo de lo que ya se habló cuando los fastos del V Centenario no es un mero recordatorio sino un replanteamiento por partida doble.

Los colonialistas lo hicieron conscientemente y por eso pusieron a los curas y monjas al frente de una tarea que era la de la cruz tanto como la de la espada. La primera te convence y la segunda te mata cuando falla la primera.

Pero de la conciencia pasaron a la inconsciencia y de ahí, poco a poco, a la mala conciencia, al arrepentimiento y a solicitar el perdón por sus numerosos crímenes, que es el punto de partida para la “reconciliación nacional” entre los verdugos y sus víctimas.

Luego podríamos discutir cómo la evolución de la conciencia colonialista ha infectado a los colonizados en forma de indigenismo para difuminar la conciencia de clase. El colonizado tampoco sabe quién es realmente; tampoco sabe qué es porque, como en caso de los bebés robados en España, le han quitado tanto que nunca ha visto su verdadero álbum familiar de fotos.

Algunos llaman a eso “identidad”, que es tanto como decir que A = A, o sea, lógica formal. Los otros lo desprecian por “identitarios”, como si se pudiera ir por el mundo sin tener carnet “de identidad”.

En América y en el Tercer Mundo hizo falta alguien como Mariátegui, a medio camino entre el vasco colonizador y el indio colonizado, para reconstruir las biografías de los autóctonos como campesinos sometidos, expoliados y exterminados.

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Memoria Histórica

Mujer y aborto en la Unión Soviética

Como todo lo que concierne a “la mujer” (a secas), la burguesía conduce el aborto a una galaxia de normas de todo tipo, que van desde las religiosas y morales (“es un pecado”, “un crimen”) a las jurídicas (“es un derecho”). Los movimientos seudofeministas, pues, no tienen una perspectiva diferente de la Inquisición sobre el aborto; es la misma posición pero invertida.

Es el discurso que predomina ampliamente en los círculos posmodernos y, como es evidente, siempre que se habla de “derechos” la realidad se resume en leyes, sentencias y reglas formales, cuya conexión con la realidad no siempre está clara.

Por lo demás, el mundo de los derechos conduce al individualismo porque los titulares de ellos son personas y, en el caso del aborto, mujeres. Es propio de quienes se llenan la boca de frases como “cada cual hace con su cuerpo lo que quiere” y otras parecidas.

Una vez metidos en ese universo jurídico, la primera confusión histórica que hay que aclarar es que todo tiene que empezar por la despenalización del aborto, es decir, por impedir que las mujeres sean encarceladas por ello. Pues bien: la Unión Soviética fue un país pionero en este punto.

Cuando en 1917 los bolcheviques llegan al gobierno, una de sus primeras medidas ya fue suficientemente revolucionaria: una mujer, Alejandra Kolontai, fue nombrada ministra, por primer vez en la historia, un punto a partir del cual todas y cada una de las políticas implementadas fueron igualmente revolucionarias: supresión del matrimonio religioso, abolición de la autoridad marital y paterna, derecho al divorcio, igualdad entre los niños legítimos y extramatrimoniales…

En la misma línea, el 18 de noviembre de 1920 el gobierno soviético despenaliza el aborto y concede a las embarazadas la posibilidad de hacerlo de manera legal, gratuita y a cargo del servicio público de salud: “El aborto, la interrupción del embarazo por medios artificiales, se podrá llevar a cabo de manera gratuita en los hospitales públicos, donde la mujer disfrutará de las mayores garantías de seguridad en la operación”, decía el decreto, anticipándose 60 años a cualquier otro país del mundo en el que con posterioridad se ha establecido.

No obstante, se hace preciso aclarar que, como decía el propio decreto, la legalización se hacía con carácter temporal: el Estado soviético “lucha contra el aborto fortaleciendo el régimen socialista y la propaganda desarrollada en su contra entre las mujeres trabajadoras y dotándose de los medios para proteger la maternidad y la infancia. Esto lleva a la desaparición gradual de esta práctica”, en referencia a la interrupción artificial del embarazo.

Pero la burguesía ignora que la historia no se hace con decretos ni reglas formales, del tipo que sean, jurídicas o morales. Al mismo tiempo hay que cambiar las condiciones materiales para que los “derechos” se conviertan en realidades. “Una cosa es predicar y otra dar trigo”, dice el refrán. Precisamente en referencia a la situación de la mujer en los primeros años de la URSS, Lenin escribió:

“Por supuesto, las leyes no son suficientes, y no estamos satisfechos con los decretos. Pero, en el ámbito legislativo, hemos hecho todo lo necesario para que las mujeres alcancen el nivel de los hombres y podemos estar orgullosos de ello. La situación de las mujeres en la Rusia soviética puede servir como un ideal para los Estados más avanzados. Sin embargo, esto es sólo el principio. El ama de casa sigue oprimida. Para que sea verdaderamente emancipada, para que sea verdaderamente igual al hombre, debe participar en el trabajo productivo común y el hogar privado debe dejar de existir. Sólo entonces estará al mismo nivel que el hombre […] Aunque la mujer pueda disfrutar de todos los derechos, de hecho sigue oprimida, porque es responsable de todos los cuidados del hogar […] Creamos instituciones modelo, comedores, guarderías, para liberar a la mujer del hogar. Hay que reconocer que en la actualidad en Rusia estas instituciones, que permiten a las mujeres dejar su condición de esclavas domésticas, son muy raras. Su número es muy pequeño y las actuales condiciones militares y alimentarias son un obstáculo para su aumento. Sin embargo, hay que decir que surgen siempre que existe la menor posibilidad. Decimos que la emancipación de los trabajadores debe ser el trabajo de los propios trabajadores. Del mismo modo, la emancipación de las mujeres trabajadoras será obra de los propios trabajadores. Las mujeres trabajadoras deben asegurar el desarrollo de estas instituciones por sí mismas; de esta manera podrán cambiar completamente su destino en la sociedad capitalista”.

Respecto al aborto, el Partido Bolchevique combatía el malthusianismo y las políticas antinatalistas, como cualquier otra organización marxista. Además, la política soviética estuvo condicionada por las guerras y, por lo tanto, por el descenso demográfico que eso supuso. Antes de la Primera Guerra Mundial, Rusia tenía uno de los mayores índices de natalidad del mundo, muy próximo al 50 por ciento, un porcentaje paralelo al de mortalidad infantil: antes del primer año de vida morían la tercera parte de los recién nacidos.

La alta mortalidad infantil, consecuencia de la miseria extrema, no fue óbice para un fuerte crecimiento demográfico que, como consecuencia de las guerras, primero mundial y luego civil, dejó a muchos niños huérfanos y abandonados por las calles y los campos, una situación ampliamente conocida gracias a las obras de Anton Makarenko.

Además de las “condiciones militares y alimentarias” a las que se refería Lenin, existían muchas circunstancias económicas y sociales de las que, tanto entonces como ahora, dependen cualquier tipo de “derechos”. El decreto que en 1920 legalizó el aborto ni siquiera lo consideraba como un “derecho” sino como un remedio, consecuencia de la herencia del pasado: “Los supervivientes de las condiciones económicas pasadas y actuales todavía llevan a las mujeres a recurrir a esta operación. La Oficina del Comisionado de Salud del Pueblo y la Oficina del Comisionado de Justicia del Pueblo, si bien protegen la salud de la mujer y en interés de la especie, considerando que la represión en esta esfera no da los resultados esperados, decreta” la legalización del aborto.

Sobra añadir que las circunstancias y necesidades que dan lugar al reconocimiento de los “derechos” cambian con el tiempo, lo que hace que cambien esos mismos “derechos”. Para todos aquellos que se interesan por la construcción del socialismo en la URSS los cambios en la situación interna desde 1917 hasta la época de los planes quinquenales son muy conocidos. En los años treinta la situación había dado un vuelco total y no sólo porque la política del Partido Bolchevique lo había decidido, sino porque la demografía también había cambiado y con ella la sitación de la mujer e incluso de las familias.

En los primeros años de la URSS, continuaron las mismas tasas de natalidad, mientras que la mortalidad se redujo por las mejoras en la atención sanitaria, las condiciones de trabajo, la vivienda y la alimentación, lo que tuvo como consecuencia un enorme crecimiento demográfico, que en la URSS estuvo vinculado a la emigración a las ciudades.

El crecimiento demográfico estuvo acompañado de un fuerte crecimiento en el número de abortos, aunque es posible que dicho crecimiento no sea tan grande o no se corresponda a la realidad sino consecuencia de un registro estadístico mucho más estricto. En cualquier caso, en 1926 los datos oficiales registraron 400.000 abortos en la URSS, cifra que se disparó a los 700.000 en 1934, una cifra gigantesca en relación con los tres millones de nacimientos de ese mismo año.

A partir de la colectivización la tasa de natalidad disminuye bastante rápidamente, entrando en esa etapa que se suele llamar de “transición demográfica” que, como es natural, cambió la política social del gobierno soviético en un sentido que la burguesía califica como “conservadora” e incluso de “marcha hacia atrás” y que se relaciona de manera tópica con Stalin.

El 27 de junio de 1936 la legislación soviética sobre la familia cambia y con ella cambia, como es lógico, la legislación sobre la mujer, poniendo el acento de las necesidad de tutelar a la infancia. El año anterior se habían divorciado un 44 por ciento de los matrimonios, a los que seguían segundos matrimonios y luego terceros, y así sucesivamente, con los consiguientes cambios de vivienda, pensiones alimenticias y demás.

Los servicios y las ayudas sociales y familiares favorecían esa situación. Con el tiempo se fueron introduciendo más restricciones. Por ejemplo, se favorecía el matrimonio imponiendo una tasa a los solteros y se aumentaron las de los divorcios, que pasaron a 3 a 50 rublos para el primero, 150 rublos para el segundo y 300 para el tercero.

Lo mismo ocurrió con el aborto, al que desde 1924 se fueron imponiendo restricciones porque los presupuestos sobre los que se había legalizado el aborto eran erróneos. El poder soviético había supuesto que a medida que la posición económica y social de la mujer soviética fuera mejorando, disminuiría el número de abortos.

Pero sucedió todo lo contrario: quienes abortaban con mayor frecuencia eran aquellas mujeres que tenían una mejor posición social, por lo que gobierno empezó a dar prioridad a las mujeres de los sectores sociales más desfavorecidos. Primero las desempleadas que estaban solteras, luego las que trabajaban solteras con un hijo, a continuación las que trabajaban en la industria y ya tenían varios hijos y luego las demás.

Dichas restricciones ponían de manifiesto que entonces aún no había suficientes medios materiales para llevar a cabo los abortos con las debidas garantías de atención sanitaria.

Finalmente, en 1936 y en 1944 se prohibió (con excepción del aborto terapéutico) ya que empezaron a poner la vista en una inminente guerra mundial, volviéndose a restablecer el 23 de noviembre de 1955, primero gratuitamente y luego de manera onerosa.

En este punto a la burguesía hay que volverle a recordar de nuevo que la prohibición del aborto fue tan formal como su opuesto, el “derecho”, ya que en realidad se siguieron practicando abortos, entre otras razones porque los médicos los avalaban con excusas terapéuticas.

Por lo tanto, si el feminismo burgués busca un modelo, no lo va a encontrar en la URSS, donde las concepciones eran las opuestas, empezando por la inexistencia de una política sobre “la mujer” en abstracto, al margen de las clases sociales. El aborto en la URSS tampoco fue nunca un “derecho” en el sentido en el que predican actualmente los movimientos pequeño burgueses.

La política soviética fue lo más opuesto que cabe imaginar al malthusianismo que la burguesía sostiene y, en consecuencia, fue una política natalista, de donde se desprende que no ponía el acento en “la mujer” sino en la infancia, a la que no se consideraba como una “carga”, sino todo lo contrario, porque el Estado soviético puso toda clase de medios materiales para que no fuera así y, como se dice ahora, la mujer pudiera compatibilizar la vida laboral con la familiar.

Una política basada en la infancia es una política para el futuro. Cuando la burguesía propugna políticas malthusianas es porque es plenamente consciente de que el capitalismo no tiene ningún futuro.

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Operación Litempo: el papel de la CIA en la matanza de la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco en 1968

Mayo del 68 no fue sólo París sino una crisis generalizada del capitalismo que se extrendió por varios países que en aquella época se definían a sí mismos como “el mundo libre”. Es el caso de México, donde el gobierno se sintió libre para asesinar indiscriminadamente a más de 300 estudiantes que protestaban en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco.Fue el 2 de octubre de 1968, en plena capital mexicana, y ahora 50 años después, miembros del Comité 68 ProLibertades Democráticas quieren reabrir el proceso contra Luis Echeverría Álvarez, quien durante la protesta era el secretario de Gobernación, al que acusan de “genocidio”, un término que se está convirtiendo en multiusos.

La imputación judicial deja al margen a un personaje clave, como la CIA, que nunca falta en este tipo de carnicerías. La CIA planificó, asesoró y llevó a cabo labores de inteligencia a favor del gobierno mexicano. Mucho de lo que sabemos de la matanza es gracias a los archivos de la CIA que se han desclasificado (*).

Winston Scott, el capo de la CIA en México, operaba desde la embajada de Estados Unidos desde 1956 y había convertido al gobierno mexicano en un nido de espías. Era amigo del Presidente Gustavo Díaz Ordaz, de Luis Echeverría y de altos funcionarios mexicanos que espiaban a su propio país en beneficio de los vecinos del norte.

Entre 1956 y 1969 Scott reclutó en los niveles más altos del gobierno a un total de 12 espías, entre ellos dos Presidentes y dos hombres que posteriormente fueron condenados por crímenes de guerra. Iniciada en 1960, Litempo era el nombre en clave que la CIA dio a aquella red de traidores. Las letras “li” eran el código que la CIA daba a sus operaciones secretas en México; “tempo” lo utilizaban para indicar el nombre secreto de cada una de ellas. Operación Litempo-1, por ejemplo, era Emilio Bolaños, sobrino de Gustavo Díaz Ordaz, secretario de Gobernación y presidente en los años sesenta. Diaz Ordaz era Operación Litempo-2. Como su predecesor en los Pinos Adolfo López Mateos, eran amigos personales de Scott. Asistieron a la boda con su tercera esposa, en diciembre de 1962, con López Mateos fungiendo como padrino, o testigo principal, en la ceremonia.Scott también cultivó su relación con Fernando Gutiérrez Barrios, quien era conocido como Litempo-4, en la Dirección Federal de Seguridad (DFS). Scott conocía a El Pollo por lo menos desde 1960. Gutiérrez Barrios asistió a Scott en los días de pánico posteriores al asesinato del presidente John F. Kennedy, en noviembre de 1963, al interrogar a mexicanos que habían tenido contacto con el acusado como asesino, Lee Harvey Oswald.

Otro de los agentes de Scott, según los registros de la CIA, era Luis Echeverría, subsecretario de Gobernación a principios de los años sesenta, que es identificado como Litempo-8. Echeverría empezó a manejar solicitudes especiales del gobierno estadounidense para conceder visados a viajeros cubanos que buscaban huir de la Isla. Cuando Echeverría ascendió en la jerarquía mexicana, también lo hizo en la importancia que le daba su amigo norteamericano. Se convirtió en un invitado ocasional a las cenas que Scott daba en su casa de las Lomas de Chapultepec.

En 1966 un subordinado no identificado de Gutiérrez Barrios, conocido como Litempo-12, comenzó a tener reuniones diarias con George Munro, uno de los peones de confianza de Scott, para traspasar copias de informes procedentes de sus agentes en la DFS sobre insurgentes. Litempo-12 se convirtió en la fuente más productiva de información sobre el Partido Comunista, cubanos en exilio y grupos culturales del bloque soviético.

Además, Scott tenía una red de confidentes en la universidad mexicana y otras escuelas, llamada Limotor, que lo mantenía bien informado sobre el campus universitario.

La información circulaba en las dos direcciones. Ferguson Dempster, un alto oficial de la inteligencia británica destacado en México, y amigo de mucho tiempo de Scott, contó a uno de los hijos de éste, que Scott entregaba un reporte diario al presidente mexicano sobre los «enemigos de la nación».

Cuando en 1968 el movimiento estudiantil convulsionó las calles de la capital, la Operación Litempo cobró mayor importancia. Scott se apoyó en sus peones en la cúspide del gobierno mexicano para seguir el curso de los eventos que el 2 de octubre culminó en la matanza.

Tras los acontecimientos de mayo en París, la embajada de Estados Unidos en México compiló una lista de 40 incidentes aislados de agitación estudiantil desde 1963, pero Scott creía que en México Día Ordaz tenía la situación bajo control y así lo hizo saber a la central de la CIA en Langley.

A finales de agosto, Díaz Ordaz designó a Echeverría para diseñar la respuesta gubernamental a los disturbios estudiantiles. Pero el jefe de la DFS, Fernando Gutiérrez Barrios, confesó que el gobierno no contaba con ningún plan para enfrentar los desórdenes estudiantiles, según un despacho confidencial de la CIA.

Los comunistas infiltrados no podían faltar

Scott enviaba frecuentes informes de situación, conocidos en la CIA como “sitreps”, en los que al más puro estilo de la Guerra Fría, hacía énfasis en la filiación comunista de los profesores que dirigían el movimiento estudiantil. En un informe de agosto de 1968, titulado “Los estudiantes escenifican desórdenes mayores en México”, el espía argumentaba que los disturbios en el Zócalo representaban “un clásico ejemplo de la habilidad comunista para transformar una manifestación pacífica en un disturbio mayor”.

Otro de sus informes dice: “Pese a que el gobierno pretende tener sólidas evidencias de que el Partido Comunista maquinó el alboroto del 26 de julio, y aparentes indicios de complicidad de la Embajada soviética […] es improbable que los soviéticos socavaran así sus cuidadosamente cultivadas relaciones con los mexicanos”.

Coincidió con las Olimpiadas que, como suele ocurrir, sirvieron para lavar la cara a los crímenes más espantosos. Los intereses turísticos y comerciales llamaban a una acción rápida, pero las movilizaciones estudiantiles no cedían. Los mexicanos se estaban liberando del miedo hacia su gobierno.

A fines de septiembre, Scott reportó que el gobierno mexicano “no está buscando una solución de compromiso con los estudiantes, sino más bien poner fin a todas las acciones estudiantiles organizadas antes de que empiecen los Juegos Olímpicos… Se cree que el objetivo del go[bierno] es cercar a los elementos extremistas, y detenerlos hasta que pasen las Olimpíadas”, programadas para su inauguración a mediados de octubre.

“Los dirigentes de la agitación estudiantil han sido y están siendo llevados a la cárcel”, dice Scott en uno de sus informes. “La ofensiva [gubernamental] contra los desórdenes estudiantiles se ha abierto hacia frentes físicos y psicológicos”, añade. “Cualquier estimación como ésta, de la probabilidad de actos intencionales diseñados para alterar el curso normal de los acontecimientos, debe tomar en cuenta la presencia de radicales y extremistas, cuya conducta es imposible de predecir. Y personas y grupos como estos existen en México», escribió el 2 de octubre, momentos antes de la matanza.

¿Radicales?, ¿extremistas?, ¿impredecibles? Los espías de la CIA no tenían ni la más remota idea de lo ocurrido.

El espía que no sabía nada

La manifestación en Tlatelolco se inició alrededor de las cinco de la tarde. Al atardecer, se habían reunido entre cinco y diez mil personas. Los tanques rodearon la Plaza y los jefes militares recibieron la orden de impedir que el acto se llevara a cabo.

Un grupo de oficiales vestidos de civil, conocido como el Batallón Olimpia, debían impedir que cualquiera entrara o saliera de la Plaza, mientras los dirigentes estudiantiles eran detenidos. Finalmente, un grupo de policías recibió la orden de detener a los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga.

Hasta treinta años después nadie supo que Luis Gutiérrez Oropeza, el jefe de Estado Mayor del ejército mexicano, había apostado en el piso superior de un edificio a diez hombres armados y les había dado órdenes de disparar sobre la multitud. Actuaba por órdenes de Díaz Ordaz, según publicó Proceso en 1999.

De acuerdo con el libro de Jorge G. Castañeda, Oropeza era el enlace entre Díaz Ordaz y Echeverría. También era amigo de Scott y cenó por lo menos una vez en su casa, de acuerdo con un libro de invitados conservado por su familia. Sin embargo, aún no ha aparecido documentación explícita de que Oropeza fuera uno de los sicarios de Litempo o de que el 2 de octubre actuara por órdenes de la CIA.

Justo en el momento en que un orador de los estudiantes anunciaba que la marcha programada no se llevaría a cabo por la amenaza de violencia armada, aparecieron repentinamente bengalas en el cielo y todo mundo miró automáticamente hacia arriba y los francotiradores apostados iniciaron el tiroteo, algo que se ha repetido luego en muchos lugares, como Plaza Maidan en Ucrania o Plaza Tahrir en El Cairo.

Fue una ratonera. Una ola de gente corrió hacia el otro extremo de la Plaza, para toparse con una fila de soldados que venía en sentido opuesto. Corrieron entonces hacia el otro lado, donde estaba la zona de fuego. Cayendo en la trampa de la provocación, el ejército persiguió a los manifestantes y unas horas después, la Plaza estaba inundada de cadáveres. A los estudiantes los reunieron a culatazos los obligaron a desnudarse. Los periodistas fueron detenidos, se les confiscaron sus rollos fotográficos y todo su material. Los detenidos fueron encarcelados y enviados a campos militares de detención.

Scott envió su primer informe alrededor de la medianoche repleto de falsedades: “Una fuente clasificada dijo que los primeros tiros fueron disparados por estudiantes, desde departamentos del edificio Chihuahua”.

Ninguno de los informes que Scott envió a sus jefes era cierto. Es como admitir que una agencia de información no tiene ni idea de lo que ocurre.

Lo mismo cabe decir de los policías del FBI en México que trabajaban con Scott, aunque su imaginación falsaria era aún mayor: en sus informes reconvirtieron a la Brigada Olimpia en un grupo trotskista armado, a su vez vinculado con comunistas de Guatemala…

En fin, la matanza era como todas las demás: la obra de un plan comunista perfectamente planificado.

La otra parte de la desinformación también es de manual: se trata de gente venida del extranjero, lo que encajaba con la Guerra Fría, la cercanía de Cuba, las Olimpiadas… “Muchísima gente ha entrado al país”, dijo el Presidente. “Las armas usadas eran nuevas y tenían borrado el número de registro. Los grupos de Castro y del comunismo chino estaban involucrados en el esfuerzo. Los comunistas soviéticos tendrían que ponerse a la altura para evitar que se les llamara gallinas”.

En Washington el asesor de seguridad del Presidente Johnson, Walt Rostow, intentó clarificar la chapuza de informes que les llegaban sobre la matanza. “¿Es posible verificar la historia del FBI sobre una Brigada Olimpia compuesta por comunistas que había provocado un tiroteo?”, preguntaban desde la Casa Blanca.

En efecto, les respondió Scott desde Mérxico: un pequeño grupo de estudiantes trotskistas había formado la Brigada Olimpia para volar transformadores, secuestrar autobuses que transportaran atletas e impedir las celebración de las Olimpiadas…

O Scott no sabía nada sobre la matanza o mentía descaradamente. Un consejero de la embajada de Estados Unidos en México, Wallace Stuart, confesó más tarde que la CIA había presentado 15 versiones diferentes del tiroteo de Tlatelolco: “¡Todas ellas procedían de fuentes fiables o de observadores entrenados sobre el terreno”

Es uno de los problemas clásicos de todos los espías. Dependen tanto de sus fuentes (que a la vez son juez y parte) que no tienen forma alguna de conseguir información fidedigna. Como dice Jefferson Morley, el biógrafo de Scott, “el titiritero se había convertido en títere”.

Ocho meses después, a Scott le despidieron como jefe de la CIA en México. Al año siguiente le concedieron uno de los honores más altos del espionaje: la Medalla de la Inteligencia Distinguida. El texto que acompañaba a la medalla se refería al programa de Operación Litempo como uno de sus más grandes logros.

El espía que no se enteraba de nada murió en México en 1971 pero, como dice su biógrafo, “la CIA llegó a México para quedarse”.

https://nsarchive2.gwu.edu//NSAEBB/NSAEBB204/index.htm

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Feminismo y resistencia antifascista: la lucha heroica de Marie Claude Vaillant-Couturier

Resistente contra el fascismo desde el primer minuto, Marie Claude Vaillant-Couturier es una heroína francesa, una de las puntas de lanza de la lucha contra la ocupación durante la Segunda Guerra Mundial.