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El terror de los falangistas y la Guardia Civil en León: los ‘paseos’ de 1936

Las nuevas investigaciones sobre lo ocurrido en los primeros meses de la Guerra Civil Española apuntan cómo se desarrollaban los ‘paseos’. Incluso con documentos tan extraordinarios como la denuncia, con nombre y apellidos del delator, que provocó el del abogado izquierdista José Fuertes; siendo la primera vez que se publica uno de estas características. Los diarios de los Roa de la Vega cuentan también cómo se asesinó al famoso abogado del Estado Esteban Zuloaga, que apareció muerto con once tiros en la carretera de San Andrés. Además, las autoridades tuvieron que ‘imaginar’ que algunos ciudadanos habían desaparecido extrajudicialmente al emitir certificados de su paradero.

Por ‘paseado’, cuando no se refiere al participio del verbo pasear, hay que entender que se trata de todo aquel asesinado —en particular durante el período de la Guerra Civil—, que no fue sometido a un juicio previo ni ‘ajusticiado’ de modo regular por las autoridades gubernativas del momento. Es decir, que no ha sido procesado formalmente, aunque sí ha podido ser detenido.

Tanto en las listas publicadas de represaliados (fusilados tras consejo de guerra y ‘paseados’), como de presos ‘residentes’ en San Marcos, es común encontrar graves errores en publicaciones recientes. De lo que no  cabe la menor duda es de que las muertes reales son superiores a las publicadas y de que los leoneses presos en San Marcos fueron muchos más que los que aparecen en ellas. Sencillamente hubo cientos de leoneses de la capital que fueron retenidos en San Marcos, pero al no habérseles abierto proceso no figuran en lista alguna.

José Fuertes Martínez, el ‘paseado’ que no está en ninguna lista

Así sucede con el abogado, natural de Trobajo del Camino y residente en León (avenida del Padre Isla número 33), José Fuertes Martínez, quien, como tantos otros ‘desaparecidos’ tampoco figura en lista publicada alguna y que, sin embargo, también fue ‘paseado’. José Fuertes era un joven conocido abogado soltero de 24 años, que aparece citado en la prensa de la época junto a los casos profesionales en los que intervenía defendiendo a todo tipo de presuntos delincuentes. Además, como él reconoce en sus propias declaraciones, pertenecía a Izquierda Republicana y después de la Revolución del 34 intervino y recogió firmas para solicitar la libertad de los presos. También ayudaba en asuntos jurídicos a miembros del Sindicato Minero Castellano liderado en León por Antonio Fernández Martínez. En agosto de 1936 José Fuertes fue detenido. Un despiadado informe de la Comisaría de Investigación y Vigilancia decía:

1º. A raíz del comienzo del Glorioso Movimiento Nacional fue detenido por su significación extremadamente izquierdista, y puesto más tarde en libertad, sin saberse más de él. Era mala persona en su conducta moral, pues se acompañaba continuamente de mujeres de vida pública, formando escándalos, por los que alguna vez fue presentado en esta Comisaría. En el aspecto religioso también era malo, pues no sólo no cumplía sus deberes en tal aspecto, sino que maldecía de ellos, y parece ser que en una ocasión con otros colocó una bomba en la casa de un sacerdote; en su ideología coincidía con las del partido de Izquierda Republicana, habiendo contribuido con dos pesetas para regalar un pergamino a Azaña; virtudes no se le conocía ninguna, en cambio tenía muchos vicios, pues además de lo expuesto solía embriagarse.

2º. Se dedicaba a dar mítines por varios pueblos, y en uno de ellos dado en Armunia, dijo que había que hacer desaparecer a la Guardia Civil, a la que odiaba como igualmente a los agentes de Policía. Fue siempre gran propagandista y especialmente durante el período preparatorio de las últimas elecciones, siempre de las ideas más avanzadas e incitaba a los obreros a la violencia.

3º. Después del Alzamiento Nacional, y antes de ser detenido, no se le vio actuar, pudiéndose asegurar que, dada su manera de ser y de pensar, no podía estar conforme con este Movimiento.

4º. Como arriba queda indicado, parece ser que estaba afiliado a la Izquierda Republicana, figurando también como socio del Ateneo Obrero, de tendencias marxistas.

5º. Carece en absoluto de bienes propios y el único medio de vida se lo daba su carrera de abogado, si bien, por su poco amor al trabajo, los ingresos debían ser pocos.

Además, José Fuertes había tenido unos días antes del ‘alzamiento’ más problemas con la Justicia. Otro informe de la Comisaría le acusaba de haber intentado violar a una mujer «que reclamó auxilio» el 8 de julio de 1936, ante lo que un mozo del hotel Nieto le amenazó con una escopeta de caza «al tratar de penetrar con una tanguista en dicho hotel» y se asegura que se negó «a firmar [José Fuertes] la comparecencia en esta Comisaría por no haber sido redactada por él como abogado, observando una conducta poco correcta con los funcionarios de servicio».

A pesar de lo aquí expuesto, el 22 de agosto de 1936 el juzgado de instrucción certifica que José Fuertes carece de antecedentes penales y tampoco ha sido condenado en ningún juicio de faltas. Éste explica en sus declaraciones que no tuvo parte activa en el ‘alzamiento’, y de este modo propone a varios testigos, algunos de reconocido prestigio y considerados ‘hombres de orden’ como el médico Olegario Llamazares, el farmacéutico Matías Robla Contreras, el procurador Manuel Menéndez Ramos o Sira San Pedro, viuda de Zarauz.

La denuncia del vecino que ‘condenó’ a Fuertes

Con lo que no contaba José Fuertes es que un personaje de Trobajo llamado Gumersindo de Toledo Fernández lo había denunciado el 16 de agosto. A Gumersindo se le puede localizar en los archivos durante el mes de agosto de 1936 efectuando numerosas aportaciones económicas para la suscripción Pro Fuerza; algunas en su nombre pero otras muchas a nombre «del pueblo de Trobajo», o «por orden de un tejero de Trobajo». Estas prácticas eran comunes que las realizaran importantes falangistas, como así las realizaba el conocido jefe de centuria Florentino Borge, quien enviaba a la Comisión Pro Fuerza, oro, dinero y todo tipo de suministros en especie desde San Emiliano.

Esos días de agosto de 1936 fueron terribles en cuanto a la presentación de denuncias. El propio doctor Eduardo Pallarés se queja amargamente de que su encarcelamiento se debe a una denuncia de otro reputado doctor llamado Joaquín Valcarce. Eduardo Pallarés acusa directamente al doctor Valcarce de ser el causante de la denuncia que lo llevó a prisión ese mismo 17 de agosto (causa 493/37, Archivo Intermedio Militar del Ferrrol, folio 44 vuelto): «Fui detenido por orden del médico presidente de la Cruz Roja Sr. Valcarce […]». Este delator era el oculista del hospital San Antonio Abad y sustituyó en la presidencia de la Cruz Roja de León al ex seleccionador nacional de la Selección de Fútbol Joaquín Heredia Guerra que a finales del noviembre del 36 sería ‘paseado’ cerca de Mansilla de las Mulas.

Y, sin embargo, esas denuncias tan difíciles de demostrar documentalmente existieron. Y para muestra, la que tal vez le supuso la muerte al abogado José Fuertes Martínez. En la fotografía se lee una de las primeras denuncias que se hacen públicas en España con el nombre y apellidos del delator. Las hay en los archivos, pero pocas, ya que la Guardia Civil se deshizo de muchos. Este tipo de documentos ofrecen consistencia al dato frente a la ‘memoria oral’, que no suele ser nada fiable en estos casos como se está demostrando con ellos.

Cuando encuentran el cuerpo de Fuertes, en el expediente de incautación se adjunta un certificado de defunción en el que se especifica que: «[…] natural de Trobajo del Camino […] fue hallado junto a otro en una huerta en las afueras de esta Villa, vestía gorra negra, mono y pantalón claro, gabuchas claras, piso goma, el cual se le encontró un mechero de mecha y un pañuelo en el bolsillo de color, que quedó en poder del Juzgado. Falleció […] a las dos horas a consecuencia de heridas de arma de fuego según resulta de dictamen facultativo […]».

Once tiros para el abogado Esteban Zuloaga

Otra de las historias versa sobre Esteban Zuloaga Mañueco, que se cuenta entre las víctimas de los abogados del Estado. Manuel Santamaría Andrés entre los catedráticos de Instituto. Aquilino Huerta del Río en el Ayuntamiento y otros tantos. Ahí residía la idea, porque las víctimas no fueron elegidas al azar. Así funciona el terror, como si se tratara de «una inevitable, aséptica y quirúrgica amputación que evitará que el cáncer se extienda por todo el cuerpo [o nación]», según palabras de los militares sublevados.

El caso es que este abogado del Estado (defensor de Alfredo Nistal, líder de la Revolución del 34 en León, y cuñado de José Pallarés Torres), realizó donaciones a la causa sublevada. Se le detecta en los archivos ofreciendo una segunda ‘donación’ de 250 pesetas (otras 200 ya las había entregado el 10 de agosto) a la ‘Suscripción’ el 24 de agosto.

Sin embargo, una semana más tarde un grupo de hombres vestidos de falangistas lo van a buscar y lo sacan de la casa de su cuñado José Pallarés Torres. Esteban Zuloaga, que había sido el abogado defensor del líder de la Revolución de Octubre en León, Alfredo Nistal, aparece muerto en una cuneta con once impactos de bala.

La noticia del asesinato conmociona a la ciudad. Hasta Roa de la Vega lo indica en su diario personal: «Viernes, 4 de septiembre. Aparece en la carretera de San Andrés el cadáver de Zuloaga muerto la noche anterior. D.E.P.»

Juan Manuel Roa, hijo de este ex alcalde monárquico Francisco Roa de la Vega, escribió en en su libro ‘La memoria olvidada’ lo que ocurrió con él en las páginas 339 y 340: «Tal fue el caso del Abogado del Estado don Esteban Zuloaga, que sufrió el más humillante de los paseos, por no hacer caso a los consejos que le dio mi padre, al que le llegó el soplo de que D. Esteban no se recataba de hablar en cualquier parte reprobando en voz alta las atrocidades que en León se cometían. Fue el mes de agosto del 36 cuando más cadáveres aparecían en las carreteras leonesas, y en el que mi padre se presentó en casa de Zuloaga, que también tenía su familia en zona roja, para decirle que las tropas nacionales no tardarían en conquistar San Sebastián, donde veraneaban su mujer y sus dos hijas, en una situación parecida a la nuestra. Le aconsejó, sin poder disimular el apremio, que saliera de León lo más pronto posible y se instalara en cualquier pueblo guipuzcoano próximo a la capital, para poder entrar en ella detrás de los soldados, como él también pensaba hacerlo cuando se acercasen a Celorio, pero añadió: «Tú debías quedarte en San Sebastián durante el mayor tiempo posible, prolongando el veraneo con Maravillas y las niñas, ya que no tienes hijos en el frente que te den preocupación, así podrás volver a casa cuando esto se apacigüe».

«No era fácil engañar a un hombre tan inteligente y suspicaz como era don Esteban Zuloaga; ¿pero qué te crees?, respondió, ¿piensas que me van a matar? No hubo manera de convencerle de que en León corría un serio peligro, y mi padre fue a decirle a D. José Pallarés, cuya esposa era hermana de doña Maravilla [quiere decir Enriqueta], para ver si ellos conseguían vencer la tenacidad de su cuñado, porque estaba seguro de que su compañero y amigo corría un gran peligro. No pudieron con él […] Don José Pallarés, llorando, se lamentaba de que no hubiese hecho caso del consejo de mi padre».

El asesinato a tiros de un abogado del Estado, que no parecía ser enemigo declarado sino simple servidor de la Administración, demuestra que cualquier excusa era válida para las ejecuciones extrajudiciales. Sólo haber defendido al líder de la Revolución del 34 en León, aparte de otras circunstancias y odios personales, serviría para condenarlo. Y, de paso, atenazar a toda la población leonesa para que se mantuviese sumisa a la nueva ‘causa’.

El ‘terror’ de los falangistas y la Guardia Civil

Por los archivos se conoce que los grupos incontrolados de falangistas, requetés, miembros militarizados de la CEDA e incluso grupos formados por los propios militares, se dedicaban a protagonizar todo este tipo de razzias contra «el adversario», cumpliendo órdenes, por acción directa u omisión, del Gobernador Militar. Lo que conocemos como policía, dependía del Gobierno Civil y de la Delegación de Orden Público. Las cúpulas policiales, al igual que el Gobierno Civil, estaban militarizadas. En León, la cúpula de la Guardia Civil formaba parte de los cuadros de Falange; es el caso de Luis Medina Montoro, donde ya tenemos constatación de su militancia en Jaén, de donde era nativo.

Un documento sobre Serapio Pedrejón nos demuestra cómo se solicita información sobre una persona a la que, como en muchas de las ejecuciones de ésa época, se la ha eliminado sin procedimiento alguno.

Las muchas autoridades que lo han eliminado son incapaces de tener constancia documental sobre el crimen, por lo que especulan con la posibilidad de que haya sido ejecutado valiéndose de la única fuente que poseen, que es la declaración de los funcionarios hecha a su mujer. Y escriben años después un documento ultrajante.

Este tipo de situaciones son las que impiden a los historiadores cuantificar el número de personas asesinadas. Serapio Pedrejón de la Fuente no aparece en ninguna lista de presos de San Marcos, ni de fusilados, ni de procesados. Sin embargo fue de los primeros en sufrir la más radical de las represiones. Como se constata en el documento, otra vez se repite el patrón sobre la actuación de la Guardia Civil, que es quien lo detiene y quien presuntamente se ‘deshace’ de él a los pocos días. Así funcionaba la máquina del terror.

Esta primera etapa de violencia dará paso en 1937 a otro tipo de ejecuciones ‘regulares’, que son las de las sentencias de muerte producidas tras juicio militar, y en especial sobre todos los huidos a zona ‘roja’ que lucharon en los frentes de batalla y que son capturados cuando cae el Frente Norte en octubre de 1937.

Javier González Fernández Llamazares http://www.ileon.com/actualidad/065744/los-paseos-en-leon-en-1936-los-asesinatos-de-los-abogados-fuertes-y-zuloaga

Las secuelas psíquicas de los lavados de cerebro financiados por la CIA en Canadá

La artista canadiense Sarah Anne Johnson siempre conoció a grandes rasgos la historia de Velma Orlikow, su abuela materna. Con la esperanza de recibir ayuda para la depresión postparto, Orlikow ingresó en 1956 en el Allan Memorial Institute de Montreal, un renombrado hospital psiquiátrico de Canadá. Pero después de pasar tres años entrando y saliendo de la clínica, su estado había empeorado, en lugar de mejorar, y su personalidad había sufrido grandes cambios.

Tuvieron que pasar más de dos décadas antes de que Johnson y su familia tuvieran una explicación de lo que había ocurrido y fue mucho más extraña de lo que cualquiera de ellos hubiera podido imaginar. En 1977 se descubrió que la CIA había estado financiando el Allan Memorial Institute para desarrollar experimentos de lavado de cerebro y control mental como parte de un proyecto para toda América del norte conocido como MK Ultra.

La agencia de espionaje estadounidense buscaba mejorar sus conocimientos sobre el lavado de cerebro desde que un grupo de estadounidenses capturados en la guerra de Corea elogiara públicamente al comunismo y denunciara a Estados Unidos. Esa búsqueda llevó a la agencia al norte de la frontera en 1957, donde Ewen Cameron, un psiquiatra de origen escocés, trataba de descubrir si los médicos podían borrar la mente de una persona para introducirle nuevos patrones de comportamiento.

A finales de los 50 y principios de los 60, Orlikow fue una más entre los cientos de pacientes que se convirtieron en víctimas de estos experimentos en Montreal. “Es casi imposible de creer”, dice Sarah Anne Johnson, que tras la muerte de su abuela comenzó a investigar sobre el instituto indagando en los papeles y documentos judiciales sobre Orlikow. “Algunas de las cosas que [Cameron] hizo a sus pacientes son tan horribles e increíbles que parecen pesadillas”.

Los pacientes eran sometidos a electroshocks de alto voltaje varias veces al día, les daban medicamentos para dormirlos durante períodos que podían durar meses y les inyectaban enormes dosis de LSD.

Tras reducirlos a un estado infantil (algunas veces, despojándolos de habilidades básicas como la de vestirse o atarse los zapatos), Cameron intentaba reprogramarlos bombardeándolos con mensajes grabados que se repetían durante 16 horas seguidas. Primero, los mensajes negativos sobre sus defectos. Luego, los positivos. En algunos casos se repetían hasta medio millón de veces.

“No podía hacer que sus pacientes los escucharan lo suficiente, así que instaló altavoces en el interior de unos cascos de fútbol americano y los cerró con llave sobre sus cabezas”, dijo Johnson. “Como enloquecían hasta golpearse la cabeza contra las paredes [Cameron] pensó que podría inducirles un coma para ponerles las cintas todo el tiempo que hiciera falta”.

Además de los intensos ataques del electroshock, a la abuela de Johnson le inyectaron LSD en 14 ocasiones. “Ella decía que eso le hacía sentir como si sus huesos se derritieran. ‘No lo quiero’, decía, y los médicos y las enfermeras le respondían: ‘Eres una mala esposa, eres una mala madre, si quisieras mejorar, harías esto por tu familia, piensa en tu hija’”, contó Johnson.

Cuando Orlikow murió, Johnson tenía 13 años. La experiencia de su abuela, y la profunda huella que dejó en su familia, está presente en su obra como artista. “Ya desde una edad muy temprana, yo sabía que mi abuela no era como las otras abuelas”, dijo Johnson, de 41 años. “Los nervios y la ira estaban siempre a flor de piel. Si alguien se tropezaba con ella o si estábamos en un restaurante y alguien le derramaba algo encima, explotaba sin más. No le hacía daño a nadie, sólo gritaba y tardaba horas en calmarse”.

Buscaban borrar las emociones

Johnson pasó mucho tiempo con su abuela. Solía estar en su casa por las tardes mientras sus padres trabajaban. Las dos se sentaban en el sofá y veían la televisión juntas, rodeadas de montañas de libros y de periódicos. Años más tarde, Johnson comprendió los estragos que los experimentos habían provocado en el cerebro de Orlikow: podría llevarle tres semanas leer un periódico, meses escribir una carta, y años terminar un libro. “Pero siguió intentándolo, intentó ser la misma de siempre y hacer las cosas que antes amaba”, dijo Johnson. “Ahora pienso que todos los días en ese sofá ella tenía que enfrentarse a un montón de sus propios fracasos”.

Escenas similares ocurrieron a lo largo de todo Canadá cuando los antiguos pacientes del instituto trataron de regresar a sus vidas. Como dice Alison Steel, cuya madre fue internada en 1957, “contaminó a toda la familia”. Su madre entró con 33 años porque mostraba signos de depresión tras la pérdida de su primer hijo. “En esa época, el doctor Cameron era considerado un psiquiatra milagroso”, dijo Steel. “Se suponía que era maravilloso tratando a personas deprimidas o con problemas de salud mental”.

A Jean, la madre de Steel, le inducían el sueño con productos químicos. Una vez pasó 18 días sin despertar. En otra ocasión, fueron 29 días. La sometían con rondas de electroshocks, le daban inyecciones de drogas experimentales y la acosaban con ataques aparentemente interminables de mensajes grabados. “Dicen que fue una tortura para seres humanos, una tortura humana”, dice Steel, que tenía cuatro años cuando hospitalizaron a su madre. “Lo que intentan hacer es borrar tus emociones. Te despojan de tu alma”.

Después de tres meses en la institución, Jean regresó a casa. El tratamiento habían afectado a su memoria y la había dejado en un estado de nerviosismo y ansiedad. “No era capaz de hablarme de la vida y de cosas normales. No era capaz de bromear y reír”, dijo Steel. A veces, su madre interrumpía inesperadamente las conversaciones para hacer declaraciones que Steel atribuye a los mensajes grabados. “Ella soltaba algo así como: ‘Debemos hacer lo correcto’”, contó Steel.

El psiquiatra detrás de los experimentos, Ewen Cameron, murió en 1967 por un ataque al corazón mientras escalaba una montaña. Pero en las últimas décadas ha habido varios intentos de expacientes y familiares por responsabilizar al Gobierno canadiense y a la CIA.

El Gobierno de Canadá, que había subvencionado la investigación de Cameron desde varias agencias, ofreció en 1992 compensaciones de unos 70.000 euros a 77 expacientes del instituto reducidos a un estado infantil. A cientos de otras personas (entre ellas, la madre de Steel) les denegaron la indemnización. En algunos casos, por considerar que el daño no había sido suficiente.

Steel, que demandó al Gobierno en 2015, llegó a un acuerdo el año pasado por el que recibió 70.000 euros a cambio de firmar un contrato de no divulgación. Según el abogado Alan Stein, representante de varios expacientes y familiares, el acuerdo es uno de los pocos que se han firmado en los últimos años. Sin tener pleno conocimiento del alcance de los experimentos que se llevaron a cabo, el Gobierno canadiense ha dicho que esas compensaciones tienen un carácter puramente humanitario y de compasión. Según Stein, el Gobierno “nunca ha admitido su responsabilidad legal”.

En 1980, la abuela de Johnson y otros ocho expacientes se enfrentaron a la CIA con una demanda colectiva por los seis años en que la agencia financió a Cameron. El desafío legal dejó a su abuela con ansiedad y ataques de pánico, dijo Johnson. “Y entonces ella juntaba, tan difícil como le resultaba, cada pedacito de energía y coraje para afrontarlos”. Los demandantes empezaron pidiendo una disculpa pública y un millón de dólares cada uno en daños y perjuicios. En 1988 llegaron a un acuerdo y recibieron poco más de 80.000 dólares por persona.

El arte se convirtió en la herramienta de Johnson para procesar la dolorosa historia familiar. En una serie de 2009 usa a una ardilla para representar a su abuela, después de que Orlikow dijera que las inyecciones de LSD la hacían sentir como una ardilla atrapada en una jaula. Una videoinstalación de 2016 muestra a Johnson con una máscara hecha a partir de una antigua foto de la abuela y tratando de preparar la comida. “Una tarea imposible, teniendo en cuenta que el médico la desmontó y la volvió a juntar”, dijo Johnson.

La experiencia de Velma Orlikow en el hospital de Montreal le dejó profundas cicatrices pero su lucha por la justicia es un profundo motivo de orgullo para su nieta. Es esa combinación la que Johnson intenta capturar en una obra de 2009 pintada sobre una imagen de su abuela sonriendo mientras balancea a sus dos nietos en el regazo con las manos convertidas en enredaderas y bucles que envuelven con firmeza a los niños.

“Esas enredaderas son un hecho. No son oscuras. No es algo malo”, dijo. “Parece extraño decir esto pero. debido a la terrible experiencia por la que pasó mi abuela y lo de demandar a la CIA después, he crecido sintiéndome parte de una familia que defiende lo que cree. Así que esto forma parte de mí ahora, así es como veo yo el mundo”.

https://www.eldiario.es/theguardian/lavados-cerebro-financiados-CIA-Canada_0_767823894.html

Más información:
— Ewen Cameron, la ciencia al servicio de la tortura
— Frank Olson: el caso del asesino asesinado por sus iguales
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La aviación estadounidense compró la tecnología soviética de última generación

Los cazas furtivos de quinta generación Lockheed Martin F-35 Lightning II de Estados Unidos provienen originalmente de la tecnología aérea usada en los aviones de guerra Yak-141, de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Según indica el analista Brad Howard, en una columna publicada esta semana en el portal estadounidense Task and Purpose, la creación de los aviones furtivos F-35 de Estados Unidos coincide con la era de disolución de la URSS en 1991, cuando la empresa OKB Yakovlev, creadora del Yak-141, tuvo que vender tecnología para poder pagar sus deudas.

En el aquel entonces, las empresas Lockheed y OKB Yakovlev firmaron un acuerdo de cooperación que, entre otras cosas, autorizaba a la empresa estadounidense alcanzar los datos vitales del Yak-141, incluyendo las informaciones de pruebas que requirieron “años de desarrollo”.

“Esta fue información crítica que ayudó a comenzar el desarrollo del motor, el corazón de los F-35 modernos”, ha resaltado Howard, analista norteamericano en asuntos militares.

Aunque el experto resalta que las dos aeronaves tienen diferentes perfiles aerodinámicos y sistemas de estabilización, ha destacado que la empresa estadounidense Lockheed ha usado la tecnología de Yak-141 para crear las primeras versiones de F-35.

“Pero casi con certeza los datos obtenidos del proyecto VTOL soviético (despegue y aterrizaje vertical de aeronaves) se utilizaron para desarrollar la versión del Joint Strike Fighter VTOL F-35. Por consiguiente, al menos parte de su existencia del F-35 se debe al programa de armas de la era soviética”, escribe Howard.

Esta afirmación, no obstante, no sorprende a los analistas rusos. Es más, autores de una reciente investigación afirman que en 1995, con el permiso del gobierno ruso, OKB Yakovlev vendió toda la información sobre el Yak-141 a los estadounidenses. Luego la colaboración entre Lockheed y OKB Yakovlev se paralizó.

El caza F-35 es un avión de quinta generación desarrollado en tres modelos diferentes por la gigante estadounidense de la aeronáutica Lockheed Martin. Sin embargo, desde el Pentágono reconocieron que en 2016 el 83 por ciento de estos aviones de combate no ha podido ni siquiera despegar en un test simulado.

—https://www.hispantv.com/noticias/rusia/375562/eeuu-lockheed-martin-f35-union-sovietica

‘Disparen a todo el que se mueva’: las masacres surcoreanas en la Guerra de Vietnam

Tran Thi Duoc tenía 16 años cuando los soldados llegaron a su pueblo. Vestían uniformes de camuflaje y portaban largos rifles de color negro. Tras ellos, en una cercana aldea hacia el noroeste, ella y otros vecinos podían ver el humo de casas ardiendo a la luz del brillante mediodía.Los soldados, que eran asiáticos pero hablaban un lenguaje que los lugareños no entendían, les ordenaron abandonar sus casas y reunirse alrededor de un pozo en el centro del pueblo. Entonces empezó el tiroteo. Como contó Tran mas tarde a investigadores militares estadounidenses, cayó al suelo e intento hacerse la muerta, pero un soldado la vio y tiro de de ella. “Uní mis dos manos delante de mi pecho, me arrodillé y le supliqué”, dijo. “Pero me disparó”. Las balas rompieron sus dedos, penetraron en sus brazos y en el cuerpo, pero no la mataron. Cuando después de perder el sentido despertó, vio a sus padres y a dos hermanos muertos, y a su hermana de tres meses herida. En total, 69 personas murieron en Phong Nhi y la vecina Phong Nhat aquel día de febrero de 1968, según la investigación estadounidense que se mantuvo en secreto durante décadas. Fue una de muchas atrocidades de la Guerra de Vietnam cometidas contra civiles indefensos que quedarían ensombrecidas por la masacre de My Lai, un mes mas tarde. Al contrario que My Lai, que seria conocida unos años después del hecho, los asesinatos de Phong Nhi y Phong Nhat permanecieron prácticamente desconocidos hasta el siglo XXI.

Fueron presuntamente perpetradas no por tropas estadounidenses, sino por soldados de Corea del Sur, un patrón de comportamiento brutal documentado en cables e informes del gobierno de Estados Unidos, ahora desclasificados, y en los testimonios de supervivientes y veteranos. Las revelaciones sobre las atrocidades surcoreanas durante la guerra de Vietnam, que comenzaron a principios de la década del 2000, encendieron un debate sobre la culpabilidad del país en el conflicto llevado a cabo por Estados Unidos. Este reconocimiento, que se mezcló con la propia historia de abusos a Corea del Sur por parte de potencias extranjeras y asesinatos en masa, aún continúa constituyendo un tema profundamente sensible.

En septiembre de 1965, el presidente Park Chung-hee, antiguo general que tomó el poder mediante un golpe de Estado cuatro años antes, ordenó a miles de combatientes surcoreanos entrar en Vietnam. Formaban el grueso del denominado Free World Military Assistance Forces, una curiosa mezcla de tropas de Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda, Filipinas, España y Taiwan. Según un informe de 2016 de la Escuela de Estudios Militares Avanzados (SAMS), “la República de Corea desempeñó un papel crucial en las operaciones del ejército norteamericano, y en 1972 superaban en efectivos a sus socios norteamericanos”. Alrededor de unos 320.000 soldados surcoreanos rotarían en Vietnam durante la guerra, con unos 50.000 en su despliegue máximo, según el informe de la SAMS. Pese a ello, el papel de Corea del Sur es poco conocido en Occidente, en donde la guerra de Vietnam mantiene la imagen universal en la cultura popular de ser una guerra efectuada por tropas norteamericanas, con un apoyo menor de otros países.

El despliegue fue un golpe político maestro de Park, según el historiador Kil J. Yi, en tanto que hizo al presidente necesario para un gobierno de Estados Unidos que dudaba ante el coste de apuntalar a una administración surcoreana que se alejaba de la democracia.

“Corea del Sur estaba bajo una enorme presión para conseguir ayuda económica y militar de Estados Unidos”, declaró Yi a la CNN. “La guerra de Vietnam fue el catalizador para que Washington decidiera continuar la ayuda masiva al gobierno surcoreano”. “La participación de Corea del Sur cambió la forma en que Washington percibía a Corea del Sur y a sus fuerzas militares”, añadiendo que en el curso de la guerra “Corea del Sur se convirtió en un modelo de Estado cliente”.

La ayuda de Corea del Sur fue en aumento desde mediados a finales de los 60, pero poco hizo para girar el signo de la guerra, y a principios de 1968, los norvietnamitas y sus aliados revolucionarios del Sur, denominados “Vietcong” por Estados Unidos, lanzaron la devastadora Ofensiva del Tet, un ataque por sorpresa masivo contra 36 ciudades de Vietnam del Sur incluyendo la capital, Saigón.

En respuesta, Estados Unidos, la alianza Free World y las fuerzas survietnamitas lanzaron una brutal contraofensiva, crudamente presentada al público norteamericano cuando un fotógrafo de la AP retrató al general Nguyen Ngoc Loan ejecutando sumariamente a prisionero desarmado del Vietcong en las calles de Saigón. Según Nick Turse, autor de “Kill anything that moves: The Real American War in Vietnam”, la respuesta a la ofensiva del Tet “se convirtió rápidamente en una orgía de masacres”. En cuestión de meses tendría lugar la matanza de My Lai. Fue también entonces cuando una fuerza de marines de Corea del Sur patrullando cerca del pueblo de Phong Nhat (a veces denominado Phong Nhut) tuvo esporádicos ataques de francotiradores.

Según una investigación militar de Estados Unidos, los surcoreanos respondieron bombardeando el pueblo con morteros, antes de avanzar contra él. Se dirigieron entonces hacia el cercano Phang Nhi, en donde supuestamente masacraron a docenas de habitantes. Las tropas norteamericanas entraron en el pueblo después de que los surcoreanos lo abandonaran. “Los habitantes habían sido agrupados en tres grupos y tiroteados”, según se indicaba en un informe de la embajada norteamericana en Vietnam del Sur. “Algunas víctimas habían sido apuñaladas, y una joven tenía sus pechos cortados… 69 civiles fueron muertos, la mayoría mujeres y niños”.

El teniente J.R. Sylvia vio la masacre desde una posición frente al pueblo, con una fuerza de marines USA y tropas survietnamitas. “Los coreanos negaron permiso para entrar en Phong Nhi”, declaró a los investigadores. “Por ello sólo pudimos esperar hasta que terminaron”. Cuando entraron, “la patrulla vio a dos ancianos enterrados bajo los restos de una casa incendiada, un gran número de cuerpos en una zanja cubierta con hierba, y bastantes otros cuerpos recuperados de los restos, todos demasiado quemados para identificarlos o determinar su sexo”. “Mas adelante en el camino otro gran número de cuerpos se encontraron… con dos mujeres heridas”, declaraba Sylvia. “Una de ellas enseñaba continuamente su tarjeta de identificación por miedo a que la patrulla la matara”. Las fotos tomadas por las tropas norteamericanas, incluidas en los informes de los investigadores, muestran a mujeres y niños disparados a quemarropa y mutilados, y sus casas quemadas.

Una historia del cuerpo de marines estadounidense sobre aquel período sugiere que tales comportamientos eran habituales: el general Rathvon Thompkins dijo a sus autores que allá en donde los coreanos eran disparados “o pensaban que estaban siendo disparados desde un pueblo… se desviaban del camino y arrasaban totalmente el pueblo… constituiría una lección para los vietnamitas”.El comandante de marines, general Robert Cushman, añadía que “tuvimos un gran problema con esas atrocidades que se les atribuían, sobre las que informamos a Saigón”.

Dos meses después de la masacre de Phong Nhi, el comandante de las fuerzas norteamericanas en Vietnam, el general William Westmoreland, envió una copia previa de la investigación a su equivalente surcoreano, el teniente general Chae Myung-shing, pidiéndole una respuesta urgente, según los documentos desclasificados.

Chae aseguró a Westmoreland que las tropas de Corea del Sur no eran responsables, culpando por el contrario de ello a los comunistas revolucionarios del Vietcong. “El Vietcong, en numerosas ocasiones, ha operado en esta área, disfrazados con uniformes similares a aquellos usados por las tropas de Corea del Sur”, respondía Chae en un cable desclasificado. “Deducimos que la masacre era un acto organizado y sin piedad ejecutado por los comunistas”. El caso no fue más adelante. Frente a una abyecta negación por parte de Corea del Sur, poco podían hacer los investigadores norteamericanos, pese a describir el relato de Chae como “incoherente” con las pruebas de los marines, de las tropas vietnamitas y de los civiles.

Como Turse ha documentado reuniendo docenas de documentos desclasificados, declaraciones en tribunales militares y pruebas de crímenes de guerra, la mayoría de las atrocidades de las tropas estadounidenses y de sus aliados no se investigaron y quedaron impunes, pese a que los asesinatos en masa de los civiles “fueron terriblemente habituales a lo largo del conflicto”.

My Lai fue una rara excepción, tanto porque salto a las portadas de prensa en todo el mundo como porque alguien fue considerado responsable: el teniente norteamericano William Calley. Fue sometido a consejo de guerra y condenado a prisión de por vida. Pero fue liberado en 1974, tras permanecer solo tres años en arresto domiciliario. Ninguno de sus superiores sería castigado.

El horror de My Lai sirvió para ocultar otras atrocidades, que, como Turse escribe, “han desaparecido prácticamente de la memoria popular”. Y ello pese a un esfuerzo de años de civiles vietnamitas, pacifistas, periodistas y veteranos de las fuerzas armadas para atraer la atención sobre el horror de la guerra. Como el que sería Secretario de Estado John Kerry testificó ante el Congreso en 1971, “los crímenes de guerra cometidos en el sudeste asiático no fueron incidentes aislados sino crímenes perpetrados a diario con el total conocimiento de los oficiales a todos los niveles de mando”.

En las audiencias “Winter Soldier” organizadas por Vietnams Veterans Against the War, una transcripción de las cuales fue posteriormente incorporadas a los registros del Congreso por el senador Mark Hatfield, los soldados testificaron, según dijo Kerry, como “violaron, cortaron orejas, cabezas, como conectaban los cables de teléfonos portátiles a los genitales y los conectaban, cortaban miembros, reventaban cuerpos, disparaban al azar contra civiles, arrasaron pueblos al estilo de Gengis Kan, disparaban a perros y gatos por diversión, envenenaban almacenes de comida, y en resumen, devastaron los campos de Vietnam del Sur”.

También testificaron sobre la conducta de sus aliados. Un testigo declaro en las audiencias “Winter Soldier” el trato a cuatro enfermeras de Vietnam del Norte hechas prisioneras por parte de los marines de Corea del Sur. “Ataron sus manos al suelo, las abrieron de piernas y violaron a las cuatro”, continuando la narración de cómo las tropas coreanas mutilaron y asesinaron a las mujeres.

En Estados Unidos, la opinión pública sobre Vietnam se hundió en la medida en que las pruebas de masacres contra civiles empezaron a aflorar, acabando con la publicación de los Papeles del Pentágono exponiendo la naturaleza “sistemática” de los engaños de las diversas administraciones presidenciales sobre la guerra.

Sin embargo, Ku Seu-jong, directora ejecutiva de la Korean-Vietnamese Peace Foundation, dice que “pese al hecho de que la guerra de Vietnam fue el primer y mas masivo combate en el exterior de la historia de Corea del Sur, y tuvo gran influencia en el crecimiento económico del país, todavía es una guerra ‘olvidada’”. “Se prohibía discutir porque Corea del Sur entró en guerra, y lo que hizo”. Desde 1999 Ku ayudó a recoger pruebas de las masacres de Corea del Sur como corresponsal del semanario Hankyoreh 21. En 2001 el presidente surcoreano Kim Dae-jung declaró en una visita a dirigentes vietnamitas que sentía “haber tomado parte en una guerra desgraciada y haber producido involuntariamente dolor al pueblo de Vietnam”. Los conservadores se sintieron ofendidos, y Park Geun-hye, hija de Park Chung-hee y futura presidenta surcoreana, acusó a Kim de dar una puñalada por la espalda al honor de Corea del Sur, según los medios locales.

Las ayudas masivas que llegaron de Estados Unidos con la guerra ayudaron a producir un boom económico que convirtió a Corea del Sur en una de las economías asiáticas destacadas, y reconociendo que el origen de este crecimiento sigue siendo un tema delicado, declara el historiados Yi: “Los surcoreanos en la década de los 80 y los 90 fueron llevados a la creencia de que su transformación económica era un milagro del Rio Han, no el baño de sangre de Indochina”. “Afirmar que uno de los factores contribuyentes fue el envío de 300.000 soldados a Vietnam, algunos de los cuales actuaron muy violentamente, no se compagina muy bien con la historia moderna”.

“Existe un factor de autocensura que impide mirar con seriedad la cara mas oscura y sangrienta de la intervención de Corea del Sur en la guerra de Vietnam”. La discusión de esa guerra sigue siendo un tema delicado también en las relaciones de Corea del Sur con Vietnam, en donde tanto Seúl como Hanoi, ahora aliados muy cercanos, evitan el tema. El pasado año, el presidente Moon Jae-in recibió un poco habitual reproche de Hanoi cuando, en un discurso durante el Memorial Day, alabó la “dedicación y sacrificio de los veteranos de guerra coreanos”, quienes “llevaron a cabo su misión silenciosamente, venciendo dificultades en las junglas y contra las altas temperaturas”. En una declaración, el ministro vietnamita de Asuntos Exteriores exigió a Seúl evitar acciones en el futuro que pudieran “afectar negativamente a las relaciones de cooperación entre los dos países”.

Según Ku “los llamamientos al reconocimiento de la verdad sobre la masacre de civiles survietnamitas” han ido aumentando en los pasados veinte años. La sensibilidad sobre cómo y cuántas disculpas se han de pedir a Vietnam es especialmente delicada, dada la propia experiencia del país bajo la ocupación japonesa, y las disputas actuales sobre las llamadas “mujeres de confort” enroladas a la fuerza por Japón en la Segunda Guerra Mundial, relatos que Japón niega rotundamente.

Muchos de los que presionan en pro de una completa aclaración del pasado de la guerra con Vietnam hacen campaña también en el tema de las “mujeres de confort”, incluyendo artistas como Kim Seo-kyung y Kim Eun-sung, quienes diseñaron una estatua icónica de una “mujer de confort”, y cuyas versiones han sido levantadas en señal de protesta frente a bastantes consulados en Corea del Sur.

El pasado año, los Kim inauguraron una estatua en recuerdo de las víctimas de la Guerra de Vietnam en la isla surcoreana de Jeju, acto patrocinado por la Asociación para la Paz Coreano-Vietnamita. Ku comentó que la estatua, denominada la “Vietnam Pietá”, que toma como modelo el tradicional retrato de la Virgen María con Jesús en sus brazos tras la crucifixión, “está pensada como una petición de perdón por la guerra de Vietnam”. Kim Seo-kyung dice que ella y su marido se inspiraron al ver a japoneses asistir a reuniones para pedir perdón por el trato de su país a Corea durante la Segunda Guerra Mundial, y diseñaron la estatua para pedir disculpas a nuestra manera por la guerra de Vietnam. Los planes eran inaugurar estatuas en Vietnam y Corea del Sur a la vez, pero no se consiguió.

En abril, el Tribunal Público sobre Crímenes de Guerra de las Tropas Surcoreanas durante la Guerra de Vietnam se celebrará en Seúl, centrándose en las masacres de Phong Nhi y Phong Nhat, y los asesinatos en Ha My. Sus organizadores tienen previsto emplear el material recogido en las audiencias no oficiales para ayudar a promulgar una ley por daños contra el gobierno surcoreano a finales de año. El tribunal también presionará al presidente Moon, que ha defraudado a los activistas al no ir mas allá de los anteriores dirigentes, en un viaje en noviembre a Vietnam, limitándose a decir que Corea del Sur “tiene una deuda sentimental” con el país. El gobierno surcoreano no respondió a una interpelación para que comentara este artículo.

“Pensamos que es tiempo de que el gobierno coreano mantenga su responsabilidad, y la acepte, por los hechos de la guerra de Vietnam”, declaró la abogada y una de los organizadores del Tribunal, Boram Jang, añadiendo que dada la continua presión sobre Japón en el tema de las “mujeres de confort” y otros abusos de la Segunda Guerra Mundial “debiéramos pedir perdón de forma oficial a las víctimas de la guerra de Vietnam”. “Nuestro principio en este Tribunal no es el de juzgar o condenar a aquellos soldados coreanos que participaron, queremos escuchar sus historias y no sólo condenarlos. Tal vez aquellos veteranos sean también víctimas”.

James Griffiths, The ‘forgotten’ My Lai: South Korea’s Vietnam War massacres, CNN, 24 de febrero de 2018

Stalin, Churchill y el mundo que se repartieron en Yalta (una fantasía histórica)

El 9 de octubre de 1944 Churchill llegó a Moscú para reunirse con Stalin. A causa de las elecciones presidenciales estadounidenses, la conferencia tripartita con Roosevelt se había aplazado temporalmente y Churchill mostraba mucha prisa. Estuvo pidiendo la entrevista con Stalin desde finales de septiembre.

La delegación soviética estaba “con la mosca detrás de la oreja”. La insistencia de Churchill por viajar a Moscú les desconcertaba. ¿Qué pretendían los británicos?, ¿por qué querían reunirse con ellos sin la presencia de Roosvelt?

De la primera conversación entre ambos conocemos la versión falsaria de Churchill que aparece en sus Memorias. Es el famoso reparto porcentual de influencias en los Balcanes, donde los británicos se quedaban con el 90 por ciento de Grecia y concedían el 75 de Bulgaria y el 90 por ciento de Rumanía a los soviéticos, mientras Yugoslavia y Hungría se las repartían al 50 por ciento.

Como es evidente, los países interesados no pintaban nada, los grandes se reparten el mundo a costa de los pequeños, los soviéticos son igual de imperialistas que los británicos, los soviéticos también se repartieron Polonia en 1939 con los nazis (Pacto Molotov-Von Ribbentrop), después se repartirían el mundo en Yalta con la complicidad de Roosvelt…

No hay cretino que no haya repetido estas gilipolleces una y mil veces. No hay más que recurrir a un buscador para convencerse de ello. Es increíble que alguien pueda dar algún significado al hecho de que dos países se repartan en porcentajes cuantitativos algo tan sutil como la “influencia” sobre un país soberano. Pero tratándose de Stalin o de la URSS cualquier cosa es posible (sobre todo si procede de un farsante como Churchill).

Cuando se celebra la reunión de Moscú, el Ejército Rojo ya llevaba un mes en Rumanía y Bulgaria, por lo que Churchill no podía ceder ni negociar nada. Había quedado completamente fuera de juego, lo mismo que Estados Unidos.

Es cierto que los británicos pataleaban a causa de ello y se quejaban de que la URSS había actuado unilateralmente durante la ocupación militar de ambos países. Pero exactamente eso es lo que ellos habían hecho en Italia, a donde llegaron en el verano de 1943. En la Italia ocupada Estados Unidos y Gran Bretaña hacían y deshacían sin contar con la URSS para nada y dejando en el poder a la mayor parte de los cuadros del régimen fascista de Mussolini.

Aparte de mentir, en sus Memorias Churchill concede a la entrevista de Moscú una importancia que no tiene, en absoluto, porque en Moscú no estaban dispuestos a hablar de nada con él sin que Estados Unidos estuviera delante. Para ellos se trataba de una mera preparación de la reunión de Yalta, en la que Roosevelt sí estaría presente.

Al no estar presente, la URSS se negó a adoptar ningún acuerdo unilateral con Churchill, y mucho menos un reparto del mundo.

Casi todo lo que dice Churchill en sus Memorias sobre aquella reunión es falso. Incluso el orden del día fue muy distinto del que describe. La primera cuestión que trató con Stalin fue la de las futuras fronteras polacas y, en cuanto a los Balcanes, no llegaron a ningún acuerdo.

Al día siguiente las conversaciones no mejoraron, a pesar de los intentos de Anthony Eden, también presente, por regatear con Molotov. Ni siquiera coincidían en las preferencias. A uno (Eden) le interesaba hablar de los Balcanes; al otro (Molotov) de Polonia. En otras palabras: los británicos querían chantajear a Stalin con Polonia para llegar a un acuerdo sobre los Balcanes.

Pero Churchill volvió de Moscú con los bolsillos vacíos. Absolutamente vacíos; no hubo acuerdo, no hubo reparto… Nada de nada.

Ahora bien, el falso relato que hizo Churchill de su entrevista con Stalin tiene varias secuelas históricas. Una de ellas es el Tratado de Yalta, que no sería otra cosa que la formalización del reparto por escrito, según los estafadores.

Es una calumnia idéntica a la anterior: en Yalta nadie se repartió nada porque no había nada que repartir.

La otra secuela es el fracaso de la revolución en Grecia, uno de los tópicos favoritos del trotskismo desde hace 70 años. La explicación es que Stalin debía y podía ayudar a la revolución en Grecia en 1945 y no lo hizo por el reparto del pastel que había llevado a cabo con Churchill previamente.

Más concretamente, a Stalin se le imputa su pasividad ante la masacre cometida contra los antifascistas y comunistas griegos en diciembre de 1944 en Atenas.

Explicar aquel acontecimiento es complejo, como es complejo todo lo que concierne a los Balcanes. A mediados de septiembre, el Ejército Rojo estaba en Bulgaria, en la frontera con Grecia. Las tropas alemanas corrían el riesgo de quedar cercadas. Sólo podían huir a través de Yugoslavia.

Entonces, según otras memorias, las del nazi Albert Speer, el general Alfred Jödl pactó con los británicos. Los alemanes mantendrían el puerto de Salónica frente al Ejército Rojo para dar tiempo a los británicos a desembarcar en el sur de Grecia y ocupar la península. Los británicos se comprometían a no atacar a los alemanes
para que pudieran retirarse ordenadamente. Los nazis solo debían preocuparse del Ejército Rojo y de la guerrilla.

Gracias al acuerdo, los británicos pudieron desembarcar sin oposición, relevar a los ocupantes nazis y aplastar a la guerrilla. Para ser más exactos, la matanza de Atenas fue cometida por tropas británicas transportadas en barcos estadounidenses desde Italia, donde los aliados dejaron de combatir a los nazis para atacar a los antifascistas griegos.

La estrategia militar del Ejército Rojo era muy diferente a la del británico. Consistía en aplastar a los nazis. Por eso, desde Bulgaria no se dirigió hacia Grecia sino hacia Yugoslavia, donde unió sus fuerzas a la guerrilla antifascista.

Desde el siglo XIX Grecia era un punto estratégico de gran importancia para el Imperio Británico. Durante toda la guerra Churchill había insistido en desembarcar en el Mediterráneo y, más concretamente, en los Balcanes.

Al fracasar sus planes, desde mayo de 1944 venía realizando enormes esfuerzos diplomáticos para que le dejaran las manos libres en Grecia, lo que dio lugar a un cruce de cartas entre los tres dirigentes (Churchill, Roosverlt, Stalin) durante más de dos meses, de las que no se desprende ningún tipo de acuerdo.

Es posible que Churchill interpretara el silencio de los otros dos (Roosvelt y Stalin) como una aceptación tácita de los planes que perseguía desde setiembre de 1943. Pero, lo mismo en Grecia que en Italia, tras de sí la guerra imponía los hechos consumados: en los territorios ocupados mandaba el primero en llegar.Sobre Grecia Churchill no alcanzó, pues, ningún acuerdo con Stalin. Con quien pactó fue con el III Reich. Él pensaba en la posguerra más que en la propia guerra. El verdadero enemigo no era el III Reich sino los comunistas griegos. Para implementar su política, en Londres volvían al punto de partida: había que romper la alianza y buscar una paz por separado con los alemanes, sin la presencia de la URSS.El relato de Churchill ha servido, además, para eximir de responsabilidad al único responsable de la masacre de los antifascstas en Atenas en diciembre de 1944: él mismo, con la complicidad de Roosvelt.

‘El rey Juan Carlos estaba detrás del Golpe de Estado del 23-F’

“Vamos a revelar algo que sucedió supuestamente en el golpe de Estado y que podía ser muy revelador”. Coincidiendo con el 23-F, el viernes “Equipo de investigación” estrenó, un reportaje inédito que indaga en uno de los episodios más insólitos de la historia de España: el asalto al Banco Central de Barcelona, perpetrado justo tres meses después del intento fallido del golpe de Estado.“Hay testigos cualificados que vieron cómo una persona salía del Congreso de los Diputados con una serie de documentos. Se ha hablado mucho sobre este tema, algunos aseguran que no existen y otros dicen que sí. Al parecer, plasmarían cómo se hubiera configurado el Estado si el golpe hubiera salido adelante”, nos cuenta Guadalupe Domínguez, directora de “Equipo de investigación”.

El programa de La Sexta habla con José Juan Martínez “El Rubio”, el cerebro del asalto, que pasó 15 años y 9 meses en la cárcel por este atraco. Cuatro décadas después, mantiene haber recibido el encargo de robar la caja 156. Según su versión, asegura que dentro había un maletín lleno de documentos relacionados con el 23-F, que revelaban la trama civil y militar del Golpe, y que comprometían la seguridad y la estabilidad del país. El encargo de esa “misión” dependía supuestamente de los Servicios Secretos.

Durante años se ha especulado con los papeles ocultos del 23-F que revelarían el Gobierno de concentración propuesto por el general Alfonso Armada, el listado de otros golpistas y los nombres de quienes apoyaron y financiaron el alzamiento de Antonio Tejero. El atracador afirma incluso “que el Rey [Juan Carlos] estaría detrás del 23-F”.​

Los asaltantes del Banco Central de Barcelona no revelaron en un primer momento sus intenciones. Pero la aparición de un comunicado, depositado en una cabina telefónica de la Gran Vía, lo cambió todo. Exigían, a cambio de liberar a los 263 rehenes capturados, la puesta en libertad de los tenientes coroneles Tejero y Pedro Mas, el general Torres Rojas y el coronel San Martín.

Los atracadores pidieron incluso un avión para trasladar a Argentina a los 4 implicados en el frustrado golpe de Estado y otro para que ellos pudieran salir de España. Y amenazaron con ir matando poco a poco a los rehenes. Hicieron creer que sus intenciones eran políticas, pero al final la versión oficial es que se trató de delincuentes comunes. ¿Fue así?

“El Rubio” mantiene que se hicieron con la caja 156 y con los documentos. Su versión es que su contacto de extrema derecha lo sacó camuflado entre los primeros rehenes que los atracadores fueron liberando. Según nos cuenta la directora de “Equipo de investigación”, esos documentos no han vuelto a aparecer.“El Rubio” nos dice nombres y apellidos de personas que supuestamente estuvieron implicadas y nosotros lo que hacemos es seguir su rastro. Habla de un supuesto espía de Barcelona, Miguel Vilagran, como la persona que habría financiado toda la operación y que supuestamente participó en organizar la misión con Manglano, jefe de los servicios secretos.

Su relato contrasta con los testimonios de Enrique Esteban, Segundo Jefe de los GEO que dirigió el operativo policial, Diego Camacho, entonces Capitán de Infantería del CESID y Alberto Oliart, el que fuera ministro de Defensa y responsable de los servicios de inteligencia de la época. “El Ministro de defensa dice que solo fue un robo. Lo tiene clarísimo”, señala Domínguez.

A lo largo de estos años se ha hablado mucho del asalto al Banco Central de Barcelona, “pero no de una forma tan exhaustiva como lo hacemos en ‘Equipo de Investigación’. Nosotros hemos contrastado todas las versiones. Hemos hablado con los atracadores y con las personas cuyos nombres salen a relucir para conocer su punto de vista”.

Los reporteros del programa localizan a Gil Sánchez-Valiente, el excapitán de la Guardia Civil que se labró la leyenda de “el hombre del maletín” y desapareció tras el fracaso del golpe. Y han preguntado sobre el asalto al teniente coronel Antonio Tejero. Los periodistas encuentran además a otro de los atracadores, “El número 6”, Mariano Bolívar, al que “El Rubio” daba por muerto.

El reportaje “23-F: los pinchazos del golpe” reconstruye, a través de sus protagonistas, el mayor asalto con rehenes en la historia de España. Los hechos sucedieron el 23 de mayo de 1981, cuando diez hombres armados entraron a plena luz del día en la entidad bancaria, ubicada en la céntrica Plaza de Cataluña. Tomaron a 263 rehenes y exigieron la libertad del teniente coronel Tejero y otros 4 golpistas. El país asistió impertérrito a 37 horas de infarto. En total, se movilizaron a 1.340 agentes. ¿Por qué pedían los asaltantes la liberación de los golpistas del 23-F? ¿Fue el asalto un encargo de la ultraderecha para recuperar documentación sensible? ¿O fue solo un robo mal organizado?

“Es un programa que juega mucho con el espectador”, dice la directora del programa. A veces crees todo lo que dice “El Rubio” y en otras ocasiones no. Deja al espectador muy confundido, porque El Rubio da mucho detalles. Tal y como recuerda Guadalupe Domínguez, “El Rubio” cambió sus declaraciones en varias ocasiones: la primera vez dijo que le habían encargado robar el banco y más tarde la cambió porque -según él- lo presionaron. A partir de ese momento, siempre ha mantenido su primera versión.

Fotografías inéditas proporcionadas por uno de los mandos policiales que han accedido a participar en el reportaje muestran los 500 millones de pesetas de la caja fuerte amontonados en el patio del Banco Central. ¿Por qué los ladrones los apilaron y no se llevaron ni un billete? ¿Si se trató de un intento de atraco por qué disfrazarlo de maniobra de la ultraderecha?

—https://www.vanitatis.elconfidencial.com/television/programas-tv/2018-02-23/equipo-de-investigacion-gloria-serra-asalto-banco-central-de-barcelona-23f_1524927/

La ‘movida madrileña’ fue financiada por el PSOE para lavar la cara al franquismo

Una de las cuestiones que más crispan el debate cultural reciente es la implicación del Partido Socialista en aquella juerga pop conocida como La Movida. Las protestas sociales del 15 de mayo de 2011 fueron un cuestionamiento del relato político de la Transición, pero sigue pendiente una revisión de los grandes mitos culturales de aquella época. El sociólogo Fernán del Val se atreve con este espinoso asunto en un libro dinámico y riguroso, titulado “Rockeros insurgentes, modernos complacientes. Un análisis sociológico del rock en la Transición 1975-1985”.

El texto destaca por aclarar un malentendido que enturbia la cuestión: críticos de referencia como Diego Manrique y Jesús Ordovás niegan rotundamente que La Movida fuera “un invento del PSOE”, pero no es eso lo que se está discutiendo. Nadie piensa que Felipe González decidiese el “look” los Pegamoides, ni que Tierno Galván —alcalde de Madrid— escribiese las gracietas de Chus Lampreave en las comedias de Almodóvar. La pregunta es otra, un poco más sutil: ¿favoreció descaradamente la casta cultural del PSOE a los jóvenes artistas posmodernos que brotaron como setas en el Madrid de los primeros ochenta? Las pruebas son abrumadoras.

Hagamos un “zapping” por los testimonios de los propios protagonistas. Edi Clavo, batería de Gabinete Caligari, recuerda que “los políticos no son tontos. Tierno Galván no se enteraba mucho de música, decía aquello de John Lenox en vez de John Lennon, pero se acercaron a aquello porque podía darles votos. Después lo instrumentalizaron todo y lo desvirtuaron”. Más claro, imposible. Pito Cubillas, mánager de Alaska y otras estrellas de la época, confirma la tesis: “Cantidad de ayuntamientos del PSOE nos contrataban, hicimos muchas galas gracias a eso. Los políticos se acercaron a nosotros para salir en la foto”. El periodista José Ramón Pardo recuerda que la llegada de la democracia supuso la rebaja de la edad para votar hasta los dieciocho años, convirtiendo a los jóvenes en un nicho electoral muy codiciado.

También hay que recordar que el PSOE llegó antes al poder municipal que al estatal, adquiriendo el control de los presupuestos locales para festejos. El moderneo popero, alérgico al compromiso político tradicional, transmitía el mensaje de que los socialistas estaban con la noche, la fiesta y el hedonismo. “Teniendo en cuenta que las pérdidas de esos conciertos podían cargarse a los ‘gastos de fiestas’ se empezó a distorsionar el mercado de las galas. Hoy es difícil que un empresario independiente sea capaz de contratar figuras porque él si debe garantizar una rentabilidad económica”, lamentaba Pardo. ¿Traducción rápida? La inyección de dinero público del PSOE para saraos punki-pop fue tan generosa que retrasó una década la articulación de un sector privado de música en directo.

El investigador Héctor Fouce, autor de la tesis doctoral de referencia sobre La Movida, explica bien el espíritu de aquella época. Lo que atrajo al PSOE de las alegres brigadas warholianas fue “su ruptura simbólica con los códigos estéticos del pasado, su espontaneidad e inmediatez y su invitación a vivir el presente”. No eran tan rancios como los franquistas, ni tan solemnes como los simpatizantes del comunismo, amargados por cuarenta años de represión sistemática. La oferta de La Movida “comulgaba con la estrategia discursiva emergente en el ámbito del poder: una democracia en busca de legitimación social e internacional, en busca de una imagen lo suficientemente atractiva como para hacer olvidar que había llegado como resultado de un pacto de supervivientes del régimen, con el consiguiente rechazo del cambio revolucionario y el olvido de los pecadillos del pasado”, explica Fouce.

La opción española ofrece un vivo contraste con la de nuestros vecinos portugueses, que tras la Revolución de los Claveles (1974) optaron por las listas negras de intelectuales fascistas. Allí se marginó culturalmente a quien había legitimado un régimen militar, mientras aquí se prefirió cubrir todo de confeti, poniendo los medios públicos al servicio de una pandilla de jóvenes con la cara pintada de colores y aspecto de “colocados”, como proponía el famoso bando del alcaldem adrileño.

La periodista musical Patricia Godes, que vivió aquellos años en primera fila, define La Movida como “la juerga juvenil más mediática de la historia”. Medios del alcance de Televisión Española, Radio 3, El País, Diario 16 y revistas especializadas como “La Luna” rivalizaban en comentarios eufóricos sobre los jóvenes creadores. Como muestra, podemos citar este discurso de la presentadora Paloma Chamorro sobre el concierto gratuito de The Smiths en el Paseo de Camoens de Madrid. El recital, celebrado en mayo de 1985, fue retransmitido en directo por la televisión pública.

Ojo a la introducción: “En Madrid, en estos últimos años, estamos disfrutando de unas fiestas de San Isidro, que son nuestras fiestas del pueblo, que son la sensación y la envidia de toda España y parte del extranjero. Pero lo que deberían envidiarnos es el alcalde que tenemos, que es el verdadero responsable de esto y de muchas otras cosas. Desde que el primer madrileño es un hombre tan antiguo y con tanta experiencia, tan educado, sensible, culto y tierno, resulta que San Isidro está bailando de alegría al compás de los ritmos para todos los gustos que estos días invaden Madrid. Para los más exigentes, San Isidro y San Tierno nos han traído a los Smiths”. Un empacho de propaganda política digna del No-Do.

Por lo visto, la cosa fue a peor. Tras la muerte de Tierno, varios autores citados por Del Val recuerdan que su sucesor (el socialista Juan Barranco) estableció en el ayuntamiento un despacho de Relaciones Públicas con La Movida. No hay mucha información al respecto, pero el simple hecho de que se plantease algo parecido da una idea de la magnitud del compadreo. Imaginen a Andrea Levy inaugurando un despacho en el Ministerio de Cultura llamado Relaciones Públicas con el Indie.

El libro también recuerda aquella ida de olla que fue el viaje de hermanamiento entre la Movida de Madrid y la de Vigo. El ayuntamiento financió un tren lleno de modernos con barra libre y posteriores jaranas culturales, que terminaron como el rosario de la aurora. Incluso el diario “El País” daba un toque de atención. “En dos días, encuentros, pocos; vanguardia, incierta. Eso sí, muchas copas y mucha algarabía. En la fiesta de despedida, anoche, Teresa Lozano Díez, de Madrid, resultó herida por una botella que lanzó Fabio MacNamara, y en el hospital General de Vigo le dieron tres puntos de sutura”. El redactor recitaba con ironía la lista de invitados, donde se mezclaban Alaska, Joaquín Leguina, Alberto García-Álix y el alcalde de Vigo enfundado en un traje de Adolfo Domínguez. “Nosotros somos comparsas”, admitía el director de “La Luna”, refiriéndose al papel de los creadores respecto al de los políticos. A esas alturas, año 1986, quien no estuviese “colocado” iba a tener mucho más difícil colocarse. Resacón en Rock-Ola.

—https://www.elconfidencial.com/cultura/2017-12-03/rockeros-insurgentes-movida-ochenta-psoe_1486234/

La Marina de Estados Unidos hundió a uno de sus buques en 1967, matando a 300 tripulantes

Hace 50 años, para justificar su apoyo a la agresión israelí contra los países árabes, la Casa Blanca orquestó una farsa que luego se convirtió en tópica, uno de esos ataques que ahora se llaman “de falsa bandera” contra el buque USS Liberty en el que murieron casi 300 de sus propios marineros.

Estados Unidos siempre necesita algo así, parecer los agredidos y no los agresores, para embarcarse en toda suerte de guerras. Hasta ahora los más osados aseguraban que había sido Israel quien había atacado al navío, simulando que eran aviones egipcios. Ahora el asunto es aún peor: Estados Unidos se atacó a sí mismo.

La destrucción del Liberty se llamó Operación Cianuro. Formaba parte del ataque a Egipto, la llamada “Guerra de los Seis Días”, cuyo nombre en clave era Frontlet 615.

Así lo asegura un libro publicado recientemente (1), del que S.T.Patrick extrae algunas conclusiones significativas (2) sobre aquella “traición en alta mar”, a la que también se la califica como “la mayor atrocidad cometida por las fuerzas militares israelíes contra los intereses estadounidenses”.

El enmascaramiento se copió del “incidente del Golfo de Tonkín” con el que Estados Unidos justificó en 1964 la escalada bélica en Vietnam, cuando otro buque estadounidense, el USS Maddox, también fue hundido por un ataque fingido de torpederas enviadas por el gobierno de Hanoi.

En medio del escenario aparecen el entonces Presidente, Lyndon B.Johnson, y el almirante John McCain, que disimularon la intervención israelí y ordenaron un estricto silencio a los supervivientes, con la amenaza de perder sus pensiones e ir a la cárcel.

Fue la aviación israelí quien atacó materialmente el navío, aunque por sugerencia de Johnson. El barco y sus 300 marinos fueron el sacrificio ofrendado para justificar la agresión contra Egipto.

Hay quien añade que, además, el submarino USS Amberjack lanzó al menos un torpedo contra el Liberty, también siguiendo órdenes del Presidente Johnson (3).

El Liberty, que estaba en aguas internacionales, no era un buque de combate sino de vigilancia electrónica. Lo dejaron tirado y desamparado como una colilla, lo cual contradice las reglas más elementales de la guerra naval. A un portaviones le impidieron enviar aviones de protección en los 10 minutos siguientes al ataque, un tiempo más que suficiente para abortarlo y destruir los aviones y buques israelíes que formaban parte de la expedición.

Hubo un piloto israelí que se negó a atacar a un buque con pabellón estadounidense, lo que también ha estado oculto durante estos 50 años (4). No murieron sólo 34 tripulantes, no se confundieron de buque, ni se trató de un desafortunado “error” israelí, como asegura la Wikipedia (5). Fue algo total y absolutamente deliberado.

Es una ley de la historia que se repite siempre, inexorablemente: todas las guerras en las que ha participado Estados Unidos empiezan con una mentira, desde la guerra contra México hace 150 años y acabando por la de Irak de ahora mismo. Alguno se consolará pensando que no sólo las guerras empiezan con mentiras, sino que las mentiras acompañan necesariamente a las guerras a lo largo de todo su recorrido. Otro más añadiría que en las guerras todos mienten, no sólo Estados Unidos. Ya saben eso de “son todos iguales”, “los unos y los otros”, “si unos son malos los otros son aún peores”, etc. Si la culpa se reparte entre todos, a cada uno le toca un pedazo más pequeño, y así se consuelan.

(1) Phillip F. Nelson y otros: Remember the Liberty!: Almost Sunk by Treason on the High Seas, Trine Day, 2017
(2) S. T. Patrick: Top-Tier Treason and the USS Liberty, 24 octobre 2017, http://americanfreepress.net/top-tier-treason-and-the-uss-liberty/
(3) Ray Songtree: 1967: USS Liberty attacked by submarine USS Amberjack. Crew member blows whistle, Kauai Transparency Initiative, 15 de junio de 2015
(4) Ofer Adaret: But Sir, It’s an American Ship. ‘Never Mind, Hit Her!’ When Israel Attacked USS Liberty, Haaretz, 11 de julio de 2011
(5) https://es.wikipedia.org/wiki/USS_Liberty_(AGTR-5)

Yip, el poeta que llevó la lucha antifascista a los musicales de Broadway

Edgar Yipsel Harburg (Nueva York, 8 de abril de 1896 – Hollywood, 5 de marzo de 1981), conocido como Yip Harburg, fue un letrista y compositor de canciones estadounidense de música popular, que trabajó con muchos compositores conocidos. Escribió la letra de clásicos, como “Brother, can you spare a dime?” (“Hermano, ¿puedes darme diez centavos?”), “April in Paris” (“Abril en París”), “It’s only a paper moon” (“Es sólo una luna de papel”), y las canciones de la película “El mago de Oz”, que incluyen a “Over the rainbow” (“Más allá del arcoiris”).

Harburg nació con el nombre Isidoro Hochberg en el Lower East Side, uno de los barrios más pobres de Nueva York.​ Fue el menor de cuatro hijos sobrevivientes (de diez). Sus padres se llamaban Lewis Hochberg y María Ricing.​ Eran judíos ortodoxos,​ yidishparlantes​ que habían emigrado de Rusia.

Algunos creen erróneamente que el apodo de Harburg, “Yipsel” (a menudo abreviado “Yip”), es una palabra que en idioma yidish significa “ardilla”. Sin embargo, surgió de la pronunciación en inglés del acrónimo YPSL (Young People’s Socialist League, Liga de la Juventud Socialista),​ de la que fue miembro.

Más tarde adoptó el nombre Edgar Harburg aunque siempre fue más conocido como Yip Harburg. Asistió a la Townsend Harris High School, donde conoció a su compañera de clase Ira Gershwin, con quien le unía su afición compartida por Gilbert y Sullivan, trabajaron juntos en el periódico de la escuela y se hicieron amigos de por vida. Al acabar la escuela secundaria asistieron a la universidad City College, que más tarde formaría parte de la Ciudad Universitaria de Nueva York.

Después de graduarse de la universidad, con el fin de evitar ser reclutado para ir a pelear en la Primera Guerra Mundial (a la que se oponía como un socialista comprometido), Harburg viajó a Montevideo (Uruguay). Consiguió trabajó como capataz en una fábrica. Tres años después, cuando terminó la guerra (en 1918), regresó a Nueva York, donde se casó y tuvo dos hijos y empezó a escribir versos ligeros para los periódicos locales.

Se convirtió en copropietario de la empresa Consolidated Electrical Appliance, que quebró a raíz de la crisis de 1929, dejando a Harburg con una deuda entre 50.000 y 70.000 dólares estadounidenses,​ que él insistiría en pagar en el transcurso de las siguientes décadas. En este punto, Ira Gershwin lo convenció en que debería comenzar a escribir letras de canciones.

Gershwin le presentó a Jay Gorney, quien le puso música a muchas letras de Harburg. Juntos hicieron un espectáculo en Broadway, “Sketchbook Earl Carroll” que fue un éxito. Harburg fue contratado como letrista de una serie de revistas de éxito, incluyendo “Americana” (en 1932). Allí publicó su letra de “Brother, can you spare a dime?” con la melodía de una canción de cuna que Gorney había aprendido cuando era niño, en Rusia. Esta canción expresa el lamento de un vagabundo y se convirtió en el himno de la Gran Depresión de 1929, el contrapunto del “sueño americano”. Aquí pueden escuchar una extraordinaria versión de George Michael interpretada en 2000 en directo:

Cuando en 1937 el fascismo y el militarismo asomaban en Europa, escribió “Hooray for What?” (“¿Hurra por qué?”), una comedia musical antifascista.

Harburg y Gorney obtuvieron un contrato con la Paramount en Hollywood, donde trabajó con los compositores Harold Arlen, Lane Burton, Jerome Kern, Jule Styne y Duke Vernon. Escribió las letras de las canciones de la película “El mago de Oz” por la que en 1940 ganó el Óscar, compartido con Harold Arlen, a la mejor canción original por “Over the rainbow”. Además, fue nominado a un Óscar a la mejor música original, junto con Arlen, por Cabin in the Sky (de 1943) y la mejor canción original por “Can’t help singing” (“No puedo dejar de cantar”), que compartió con Jerome Kern en 1944.

Pero su trabajo en “El mago de Oz” fue mucho más importante aún: fue el editor final de un guion por el que ya habían pasado otros once guionistas antes que él. Escribió todos los diálogos relacionados con las entradas de las canciones, y describió los escenarios y también escribió la parte en la que todos dieron el corazón, el cerebro y los nervios. Le dio a la obra una coherencia y unidad que la convirtió en una obra de arte.

Trabajar en Hollywood no detuvo su carrera en Broadway. En los años cuarenta escribió una serie de guiones para musicales con mensajes sociales, como la muy exitosa “Bloomer Girl” (sobre la militante antiesclavista Amelia Bloomer) y su espectáculo más famoso, “Finian’s Rainbow” (1947), que quizá fue el primer musical de Broadway con un coro integrado por negros, una verdadera denuncia contra el racismo. Le acusaron de “socialista”, uno de los peores insultos entonces en Estados Unidos. En la obra cantaron el poema “When the idle poor become the idle rich” (Cuando el pobre ocioso se convierte en el rico ocioso). La obra tuvo numerosas reposiciones en 1955, 1960, 1967 y 2009, y en 1968 se llevó al cine, protagonizada por Fred Astaire y Petula Clark, dirigidos por Francis Ford Coppola.

Sus poemas siempre mostraban lo que calificó como la “indivisibilidad de la libertad humana”, además de su compromiso social con los desheredados:

Ellos suelen decirme:
“Estamos construyendo un sueño
con paz y gloria por doquier”.
¿Por que tengo que esperar la cola
para que me den un poco de pan?

En 2004 el Irish Repertory Theatre la presentó, protagonizada por Melissa Errico y Jonathan Freeman, con una acogida muy buena. En marzo de 2009 la serie New York City Center Encores! realizó una versión de concierto que fue aclamada por la crítica. Dirigida y coreografiada por Warren Carlyle, estuvo protagonizada por la ganadora del premio Tony, Jim Norton y Kate Baldwin como Finian y Sharon, con Cheyenne Jackson como Woody y Jeremy Bobb como Og, el duende. El 29 de octubre de 2009 comenzó otro revival en el Teatro St. James (de Broadway) con la mayor parte del elenco de los Encores!

Siempre fiel a sus principios, Harburg apoyó la campaña presidencial de 1948 de Henry Wallace por el Partido Progresista recién fundado y escribió la letra de la canción de su campaña: “A todo el mundo le gusta Wallace, el amistoso Henry Wallace”.

Solía decir que Broadway era el único lugar en donde un artista podía practicar su arte… si tenía dinero. Fue acusado de “pinko” (rosado), que en el argot de Estados Unidos designa a alguien que simpatiza con los comunistas, pero no llega a ser un “rojo”, lo que le costó su carrera en Hollywood.

Desde 1951 hasta 1962 fue víctima de las listas negras de Hollywood, cuando los jefes de los estudios prohibían contratar a cualquiera que tuviera una participación real o supuesta con las ideas del socialismo, o alguna simpatía con el Partido Comunista de Estados Unidos. Se negó a convertirse en un delator y le vetaron también en la radio y en la televisión. El Comité de Actividades “antiamericanas” quería saber si el personaje de “Joe” en la canción “Happiness is a Thing Called Joe” (“La felicidad es una cosa llamada Joe”) era José Stalin.

No descansó nunca. Siguió escribiendo comedias musicales de Broadway. Puso la música a una película biográfica sobre Nellie Bly, pionera del periodismo femenino, conocida por sus artículos contra la corrupción y las condiciones de trabajo en las fábricas. Otras de sus obras memorables es “Jamaica”, un libreto contra el colonialismo y la guerra nuclear que le censuraron y mutilaron.

En 1972 llevaron a Harburg al Salón de la Fama de los Compositores. Fue muy amigo del actor Karl Malden y murió el 5 de marzo de 1981 a causa de un ataque al corazón mientras permanecía en su automóvil parado en un semáforo en Sunset Boulevard, en Hollywood.

En 2005 el Servicio Postal de Estados Unidos emitió una estampilla conmemorativa reconociendo sus logros. El sello presenta una imagen tomada por la fotógrafa Barbara Bordnick en 1978, junto con un arco iris y la letra de “Over the rainbow”. La ceremonia se llevó a cabo en la Calle 92 de Nueva York.

Hoy en Hollywood y en la prensa todo el mundo se desvive cuando habla de Yip; nadie cuenta las reresalias que padeció a causa de los principios que defendió toda su vida.

Traducción del poema ‘Hermano, ¿puedes darme diez centavos?’

Una vez construí una carretera, la puse en funcionamiento,
la acabé en una lucha contra el tiempo.
Una vez construí una carretera, ahora ya está acabada
Hermano, ¿puedes darme diez centavos?

Una vez construí una torre hasta el sol,
ladrillo y remache y cal
Una vez construí una torre, ahora ya está acabada
Hermano, ¿puedes darme diez centavos?

Una vez iba con traje caqui
¡Dios!, ¡qué aspecto más maravilloso!
Lleno de vitalidad dum dum.
Medio millón de botas arrastrándose por el infierno
Yo era el niño del tambor.
Dime, ¿no te acuerdas? Me llamaban Al.
Fuí Al todo el tiempo.
Dime, ¿no te acuerdas? Soy tu colega
Hermano, ¿puedes darme diez centavos?

Estados Unidos masacró a la población de Vietnam con gran cantidad de armamento químico

Phuong, una niña de unos ocho años, delgadita como casi todas las vietnamitas, no deja de abrazar al periodista. Es alegre y parlanchina y parece sufrir un síndrome muy similar al de Down. Pero puede decirse sin temor a equivocarse que es la más afortunada de estas varias docenas de criaturas que son atendidas en un ala especial del hospital Tû Dû de Ho Chi Minh City, la antigua Saigón. En este pabellón situado junto a la cantina del centro médico viven grupos de niños afectados gravemente por el terrible legado del Agente Naranja, el defoliante utilizado por Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam –que terminó ayer hace 40 años– para destruir la jungla y dejar a los guerrilleros Vietcong sin posibilidad de camuflaje.

Cuatro décadas después del fin del conflicto aún siguen naciendo criaturas con deformidades terribles. “No podemos estar seguro todavía del tiempo durante el que se extenderán sus efectos, pero muchos científicos ya lo estiman en tres generaciones”, dice la doctora Lành.

En la misma habitación donde vive Phuong, hay varias cunas en las que vegetan críos que nunca podrán levantarse. Algunos tienen una cabeza hasta seis veces mayor de lo normal y aplanada, otros enormes ojos de pez… Un pobre adolescente muestra toda la piel de su cuerpo como si estuviera rayada y además padece un síndrome nervioso extremo que obliga a sus cuidadores a esposarlo a los barrotes de una cama para no autolesionarse. No cesa de llorar y gritar histérico.

“No es fácil asegurar la cifra de niños afectados por el Agente Naranja en Vietnam, pero se estima en unos 500.000 los casos que podría haber en los hospitales de todo el país y en muchas aldeas donde sobreviven con sus familias”, declara la enfermera Kim Hoa.

El Agente Naranja, del que se irrigaron más de cuarenta millones de litros entre 1962 y 1970 desde aviones estadounidenses sobre los bosques de Vietnam era un poderoso herbicida compuesto por una mezcla de dos productos químicos: el 2,4,5–T y el 2,4–D. El primero de ellos provoca la aparición de minúsculas cantidades de dioxina conocida como TCDD, el veneno más tóxico de los elaborados por el hombre, que en tiempos de la guerra nadie se preocupó de depurar.

El defoliante destruía la foresta prácticamente en 24 horas, pero sus efectos iban a perpetuarse mucho más allá de que en esos terrenos no volviera a formarse una jungla. En los primeros años de la posguerra se dieron la aparición de un número inusual de tumores raros de cáncer en las zonas donde se había irrigado con el herbicida. Paralelamente se dispararon los casos de bebés nacidos con malformaciones muy graves: cabezas enormes, brazos que eran muñones terminados en dos o tres dedos, bocas sin paladar, ojos ciegos, síndromes nerviosos, parálisis, etcétera. Y también se multiplicaron los inusuales nacimientos de siameses. En muchos casos, los padres no habían padecido ni un dolor de cabeza, pero su ADN había sido dañado por la dioxina, un veneno del que basta un microgramo ingerido directamente para causar la muerte.

Al mismo tiempo, miles de veteranos estadounidenses, australianos o neozelandeses también empezaron a sufrir a dolencias idénticas a los de sus antiguos enemigos. Y también tuvieron una tasa disparatada de nacimientos de niños con minusvalías, efectos coincidentes con los que se se habían dado entre las víctimas del escape de dioxina en Seveso (Italia) en 1976.

Más de 230.000 veteranos de guerra reclamaron indemnizaciones a siete empresas químicas productoras del Agente Naranja –una ley norteamericana prohíbe querellarse contra el gobierno por acciones de guerra– y Víctor Yanacone, el abogado principal del consorcio de empresas que representaba a los veteranos, expuso ante los jueces una realidad incuestionable: durante la guerra las empresas Dow Chemical y Monsanto produjeron grandes cantidades del herbicida sin preocuparse por eliminar la dioxina; la Fuerza Aérea estaba pidiendo cantidad y no calidad.

Los ejecutivos de las empresas rechazaron cualquier conexión de su producto con el problema, que atribuyeron a causas psicológicas, el llamado síndrome Vietnam –que afectaba a miles de jóvenes que volvían derrotados y rechazados por su propia sociedad–, hasta que el número de afectados fue tan alto que hizo absurdas sus alegaciones.

Los directivos de la Dow alegaron que las autoridades se negaron a aceptar los peligros que corrían con su empleo. “Pero nos prohibieron hasta que etiquetáramos el producto con señales de advertencia”, declaró un directivo de la empresa.

Así, una hoja de instrucciones entregada en 1966 a las tripulaciones de los aviones encargados de fumigar la selva se afirmaba que “este defoliante no es tóxico para la vida humana o animal”.

Sin embargo, los efectos letales de la dioxina ya eran conocidas para la Administración estadounidense. Una explosión en la fábrica de herbicidas de la empresa Monsanto en 1949 en Virginia (EEUU) y un escape en 1964 durante su producción en una planta de la Dow Chemical habían mostrado las fatales consecuencias entre sus trabajadores.

En 1984 las siete empresas productoras del herbicida –Dow Chemical, Monsanto, Diamond, Uniroyal, TH, Hercules y Thompson– aceptaron en un tribunal de Nueva York la creación de un fondo de más de 162 millones de euros para cubrir los gastos médicos que requirieran las víctimas y sus hijos durante un período de 25 años.

Pero, aunque Vietnam también se ha querellado contra estas empresas químicas, sus alegaciones se han desestimado. Monsanto aduce en su página web que “crearon el Agente Naranja para salvar vidas de norteamericanos” y que es una cuestión “que corresponde debatir entre los gobiernos”.

Los vietnamitas no recibirán ni un dólar de compensación. Por su parte, el gobierno de Estados Unidos exige con presteza pagos por reparaciones de guerra cuando gana una contienda, pero no concede indemnizaciones si la pierde, como sucedió en Vietnam, de donde se retiró en 1973 con 58.000 de sus militares muertos y muchos más con graves secuelas.

Ni siquiera acepta pagos cuando ha cometido un error, o que se lo pregunten a las familias de los 290 pasajeros y tripulantes del avión comercial iraní abatido en 1988 por un misil de un buque estadounidense en el Golfo Pérsico, al confundirlo con un caza iraquí.

Además del Agente Naranja, Estados Unidos fumigó las selvas de Vietnam con unos 30 millones de litros de otros defoliantes de efectos dañinos: el Agente Blanco y Agente Azul. Todo un arsenal de armas químicas que acompañaron al tristemente célebre napalm que dejó a miles de victimas con gravísimas quemaduras en las aldeas de este hermoso país.

Al abandonar el hospital Tû Dû, que ya visité en 1995 con motivo del veinte aniversario del fin de la guerra, me despido de Nhung, un chico de unos catorce años cuyas piernas terminan abruptamente en las rodillas y su cabeza en pico. Me sonríe tristemente e intenta darme la mano con dificultad, porque tiene los dedos unidos por membranas.

En la calle, los vietnamitas se preparan para celebrar los festejos de los 40 años del fin de la guerra contra Vietnam del sur, una república títere de Estados Unidos. Y Minh Quân, un veterano del Vietcong, que regenta un puesto de frutas tropicales cerca del hospital, me recuerda orgulloso que su ejército ha vencido en todas las guerras a las que se ha enfrentado en el siglo XX: a Francia, Estados Unidos y hasta a los chinos que invadieron brevemente el norte del país en represalia a la victoria vietnamita sobre la Camboya de Pol Pot.

Pero hoy, Vietnam pasa casi por primera vez en su historia por un largo período de paz. Aunque los causantes del “síndrome naranja” no ayuden a las víctimas, varias asociaciones de otros países sí lo están haciendo, y Estados Unidos, al menos, ha comenzado recientemente a colaborar con la descontaminación de amplias zonas de terreno destruido por sus armas químicas.

Luis Mazarrasa http://www.eldiario.es/internacional/Agente-Naranja_0_383212103.html

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