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29/09/2020: Militares realizan ya labores de rastreo en Andalucía
https://sevilla.abc.es/andalucia/sevi-coronavirus-andalucia-total-150-militares-realizan-labores-rastreo-andalucia-202009290720_noticia.html
19/10/2020: La Legión activa sus rastreadores en apoyo a la Junta en Almería
https://andaluciainformacion.es/almeria/926837/la-legion-activa-sus-rastreadores-en-apoyo-a-junta-en-almeria/
“El que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla”
(Sabino Fernández Campo, ex jefe de la Casa Real en “El rompecabezas del 23-F” que publicó el diario ABC)
En el amago de Golpe de Estado del 23F de 1981, el capitán general de la III Región Militar, Jaime Milans del Bosch, ordenó la salida de tanques a las calles de Valencia y promulgó un bando en el cual, en su artículo 6 decía:
Artículo 6: Se establece el Toque de Queda desde las veintiuna a las siete horas, pudiendo circular únicamente dos personas como máximo durante el citado plazo de tiempo por la vía pública y pernoctando todos los grupos familiares en sus respectivos domicilios.
Terminando dicho bando con lo siguiente: “Por último, se espera la colaboración de todas las personas, patriotas, amantes del orden y de la paz, respecto de las instrucciones anteriormente expuestas”.
Por todo ello termino con un fuerte ¡Viva el Rey! ¡Viva por siempre España!
Valencia, a 23 de febrero de 1981. El teniente general Jaime Miláns del Bosch.
Ahora, a casi 40 años del bando de Milans del Bosch, son los demócratas “de toda la vida”, entiéndase partidos y sindicatos ya sean de derechas o de izquierdas, llámense socialistas, comunistas o radicales, que sobreviven al amparo de presupuestos y subvenciones del Estado, o que han abandonado cualquier atisbo de enfrentamiento con el poder, los que claman por un bando similar.
Al parecer, su guía espiritual es el general retirado Rafael Dávila Álvarez, que en su blog de 24 de Septiembre escribía: “Estado de Alarma. No termina ahí la cosa. La Constitución lo contempla, con paso firme y paso siguiente: Excepción y Sitio” (Rafael Dávila Álvarez, https://generaldavila.com/tag/a-mi-la-legion/)
Se denomina toque de queda a la medida que establece un gobierno en situaciones excepcionales para limitar la libre circulación por las calles y la permanencia en los espacios públicos.
Lo habitual es que el toque de queda se establezca paralelo a los golpes de estado, estados de excepción y sitio, en momentos en los que se teme que la reacción popular ante las atrocidades pueda desencadenar cualquier revuelta. Mediante el ejército, la policía y los delatores, el gobierno se encarga de que la prohibición sea respetada ya que aquellos que violan en el toque de queda son multados, detenidos o encarcelados, y en según qué circunstancias, asesinados.
El toque de queda se establece normalmente en horario nocturno, cuando la vigilancia de las calles resulta más complicada, asegurándose de que no haya gente recorriendo la calle, reuniéndose o manifestándose. Es una prohibición de la libre circulación, reunión y manifestación, es una vulneración de los denominados eufemísticamente “derechos fundamentales” y junto a ello, la violación de los domicilios por parte de las fuerzas armadas.
Hasta el día de hoy, está decretado un toque de queda diurno, con la prohibición de utilizar las plazas públicas para reunirse o simplemente sentarse en los lugares acondicionados al efecto. A partir del día de hoy también nocturno en el cual para caminar por la calle se precisa un pasaporte. ¡Estamos en guerra!
Después de la buena acogida de la llamada “Operación Balmis” en memoria del médico militar que transportó a niños huérfanos infectados de viruela a América y Filipinas en el siglo XIX, el 28 de julio del 2020, se aprobó la Medalla conmemorativa de la Operación Balmis para reconocer al personal que participó en el despliegue militar de marzo, cual héroes de la patria, aunque en realidad son mercenarios bajo contrato.
Es de imaginar que dentro de poco el gobierno, con el beneplácito del mundo rojillo van a promocionar la película dirigida por el aristócrata Juan de Orduña y Fernández-Shaw en 1942 ¡A mí la Legión!, película de exaltación militar que no vendrá mal en estos momentos de militarización de la sociedad, al mismo tiempo que se atisba en el horizonte incorporar el contenido curricular de las escuelas el Credo Legionario consistente en una lista de doce máximas -vigentes todavía en la actualidad-, redactadas por José Millán-Astray y Terreros, la primera de las cuales define el Espíritu del legionario: “Es único y sin igual, de ciega y feroz acometividad de buscar siempre acortar la distancia con el enemigo y llegar a la bayoneta”, y de este modo conjurar y atemorizar el virus, dando un ejemplo al mundo de la capacidad sanitaria-militar española.
No temamos pues a los virus, ya que con tan aguerrida tropa acabarán con él a bayonetazos.
El jueves de la semana pasada se cumplieron cien años de la muerte de John Reed, el autor de “Diez días que estremecieron al mundo”. Su nombre está ligado a la revolución socialista de 1917 en Rusia y a la revolución mexicana.
Sus obras y sus artículos, extraordinariamente escritos, son relatos de primera mano de la revoluciones que cambiaron para siempre el curso de la historia humana, y no sólo de Rusia o de México.
Reed nació el 22 de octubre de 1887 en Portland, Oregón, y se graduó en la Universidad de Harvard en 1910. Poco después de graduarse, comenzó a trabajar como periodista para varias publicaciones.
En 1913 la revista Metropolitan le envió a México para informar sobre la revolución en curso. Escribió una serie de artículos notables que le dieron una reputación en Estados Unidos como corresponsal de guerra. Tenía un estilo subjetivo que nada tiene que ver con el repugnante periodismo actual: Reed simpatizaba con la lucha del pueblo mexicano y se oponía con vehemencia a la intervención militar de su país. En 1914 sus artículos se publicaron en el libro “México insurgente”, una obra maestra de lectura muy recomendable.
En abril de 1914 relató la Masacre de Ludlow en Colorado, donde un crimen orquestado por el propietario principal de la mina John D. Rockefeller y perpetrado por la milicia local durante la huelga de los mineros del carbón. Reed investigó los hechos, habló en nombre de los mineros y escribió un apasionado artículo sobre el tema, que es otra obra maestra del periodismo: “La guerra de Colorado”.
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, viajó a Europa como corresponsal de la revista Metropolitan. Cubrió los frentes de batalla de Alemania, Rusia, Serbia, Rumania y Bulgaria. Basándose en estas experiencias, escribió el libro “La guerra de los Balcanes”, publicado en abril de 1916, donde revelaba la naturaleza imperialista de aquella guerra.
En agosto de 1917 le enviaron a Rusia junto con su esposa, Louise Bryant, lo que les permitió ser testigos presenciales de la Revolución de Octubre. El resultado de sus observaciones aparecen en el libro “Diez días que estremecieron al mundo”, publicado en 1919. Es el relato más vivo de los primeros momentos de la revolución.
Lenin escribió un prólogo para la edición rusa de la obra: «Con el mayor interés e incansable atención, he leído el libro de John Reed ‘Diez días que estremecieron al mundo’. Lo recomiendo sin reservas a los trabajadores del mundo. Este es un libro del que me gustaría ver millones de copias publicadas y traducidas a todos los idiomas. Da un relato veraz y muy vívido de acontecimientos significativos para la comprensión de lo que realmente son la revolución proletaria y la dictadura del proletariado. Estas cuestiones son ampliamente debatidas, pero antes de que alguien pueda aceptar o rechazar estas ideas, debe entender el significado total de su decisión. El libro de John Reed sin duda ayudará a aclarar esta cuestión, que es el problema fundamental del movimiento obrero internacional”.
La experiencia de la revolución socialista cambió a Reed para siempre. Se convirtió en un partidario entusiasta de los bolcheviques y colaboró con el gobierno revolucionario. A su regreso a los Estados Unidos en 1918, se enfrentó a una abierta hostilidad del gobierno y fue detenido en varias ocasiones acusado de violar la Ley de Sedición. Sin embargo, permaneció activo en el movimiento obrero, adoptando una postura política consecuente.
En 1919, tras ser expulsado de la Convención Socialista, formó el Partido Comunista Obrero de América que, unos meses más tarde, vio su nombre sustituido por el del Partido Comunista Unido de América. Reed era el principal colaborador de “La Voz del Trabajo”, el periódico del Partido.
Acusado de sedición y con la esperanza de ganar el apoyo de la III Internacional para dicho Partido, huyó de Estados Unidos con un pasaporte falso a principios de octubre de 1919. Cayó enfermo de tifus en septiembre de 1920 y murió en Moscú el 17 de octubre de 1920, con su esposa a su lado. Tuvo un funeral de estado y fue enterrado en la Necrópolis del Kremlin, siendo el primero de los tres estadounidenses que tienen el honor de permanecer enterrados allí. Los otros dos son Charles Ruthenberg y Bill Haywood.
“Octubre”, la obra maestra de cine del director soviético Serguei Eisenstein, se basaba en el libro de Reed. Cincuenta y cuatro años más tarde, en 1981, la vida de Reed inspiró la película “Rojos”, protagonizada por Warren Beatty, Diane Keaton y Jack Nicholson.
Las imágenes de Francisco Franco inaugurando pantanos fueron muy celebradas por el régimen. Aquellos actos de propaganda servían para redimir el dolor de España “con estas grandes obras hidráulicas nacionales, embelleciendo su paisaje y creando ese oro líquido que es la base de nuestra independencia”, según dijo el dictador en la inauguración del embalse del Ebro en 1952, uno de los más emblemáticos de la época.
Quince años más tarde, en 1967, en el alma del ahora Parque Nacional de Monfragüe (Cáceres) comenzaron a funcionar las presas del embalse de Torrejón el Rubio, en el lugar en el que los ríos Tajo y Tiétar prácticamente se rozan. No hubo gran inauguración a pesar de la importante obra, la única de España que cuenta con dos diques en dos ríos diferentes separados por apenas 50 metros y con un túnel que une a ambos para poder trasvasar agua. Ese día todavía resonaba la gran tragedia que había tenido lugar en aquel paraje apenas un par de años antes y de la que poco se sabe todavía hoy.
Los Saltos de Torrejón, como se conoce popularmente a este lugar, comenzaron a construirse en 1959 –el año del Plan de Estabilización franquista– en previsión de la mayor demanda energética que el país tendría en la década siguiente. En ella llegaron a trabajar hasta 4.000 personas venidas de diferentes lugares de la provincia. Río abajo, a 500 metros de la colosal obra del Tajo, se fraguó un pequeño poblado obrero que serviría de hogar para muchas de las familias que iban a vivir allí durante los ocho años que duraría la faena. En la parte alta de la presa vivían los técnicos y oficinistas. Estratificación social también en la margen del Tajo.
Según explica Manuel Cañada, exdiputado comunista extremeño, en su libro Otra Extremadura (Ed. Jarramplas, 2020), “las condiciones de trabajo serán de una extraordinaria dureza”: jornadas de 12 horas diarias y sin derecho a vacaciones a excepción del 1º de mayo, el único día de fiesta en el poblado. Sin embargo, el salario y la vivienda merecían la pena. Antonio Marcos vivió allí. En el documental elaborado por Canal Extremadura en 2013 recordaba que tenían luz y agua corriente, un auténtico lujo en los años 60 en la región, una tierra condenada por la emigración, que veía cómo sus gentes buscaban mejor vida en comunidades como Madrid, Catalunya o Euskadi.
Dos son las empresas responsables de la construcción de la colosal infraestructura. Por un lado, Hidroeléctrica Española –ahora Iberdrola tras la fusión en 1992 con Iberduero–, quien obtuvo la concesión de la explotación por 99 años. Por otro, la constructora Agromán, encargada de levantar la presa, compañía adquirida por Ferrovial en 1995.
El viernes 22 de octubre de 1965 la obra ya estaba muy avanzada y en menos de un año podría inaugurarse. Había sido un mes lluvioso y comenzaba a probarse la capacidad del embalse, la cual se llevó hasta el límite. Ese día, a primera hora de la mañana, la fuerza del agua rompió una de las compuertas del túnel que unía los dos ríos e inundó el cauce del Tajo en el que estaban trabajando decenas de obreros. Solo dentro del conducto había más de 50 trabajadores, a los que habría que sumar los que estaban en el propio lecho del río. “Fue desastroso y horroroso”, explica Rosa Escobar, coautora de Los Saltos: una historia por contar, en el citado documental de la televisión pública extremeña.
El padre de Antonio Marcos se libró de una muerte segura porque ese día estaba en el entierro de su madre. “Estábamos desayunando y escuchamos sirenas y mucho ruido. La guardia civil del poblado nos pedía que subiésemos al monte para evitar que el agua nos pudiese arrastrar”, explica Marcos en el documental. En lo alto de la sierra, cientos de ojos lloraban y miraban hacia un río de aguas marrones. El padre de Fuencisla Ávila falleció esa mañana: “Si pudiéramos, ese día lo borraríamos del calendario”.
Los cuerpos fueron apareciendo en las horas, días y meses sucesivos. “Los propios obreros fueron los encargados de sacar los cadáveres de sus compañeros”, explica Escobar. Una nueva escuela que se estaba terminando de construir sirvió de morgue improvisada. Al día siguiente de la tragedia, el diario Hoy titulaba con “Un muerto y varios heridos en un accidente en la presa de Torrejón”. Cuatro días después, el 26 de octubre, ABC databa en ocho el número de fallecidos encontrados y en 38 el de desaparecidos.
Escobar cree que muchas de las familias ni se plantearon denunciar a la compañía. “La gente quería volver a su vida normal, llorar su pena como buenamente podía y seguir viviendo. Había muchos hijos que alimentar. Con las indemnizaciones que se firmaron también se renunciaba a cualquier tipo de denuncia o reclamación posterior”, explica. Las viudas u otros familiares recibieron 20.000 pesetas y 5.000 pesetas por cada hijo. “Indemnizaciones ridículas”, según Manuel Cañada.
La versión oficial hablaba de 54 posibles muertos. Posteriormente se llegó a ampliar a 70, que es la cifra que recoge la placa que recuerda la tragedia y que tardó 51 años en llegar. En 2007, las hijas de Agustín Oliva Sanguino encontraron la lápida de su padre en el cementerio de Toril (Cáceres) junto a la de seis compañeros, lo que hizo presagiar que jamás se conocieron las dimensiones reales de la tragedia. En 2020, cuando se cumplen 55 años de la catástrofe, es difícil encontrar a extremeños o extremeñas que conozcan el peor accidente laboral de la historia contemporánea de España.
Según recuerda Cañada en Otra Extremadura, “los mandarines del franquismo” tenían clara la estrategia desde el primer momento: “ocultación, silencio, minimación de los hechos”. Algo que no sorprenderá a nadie si se tiene en cuenta que en ella estaba implicada una de las principales compañías del momento. Hidroeléctrica Española estaba presidida en ese momento por José María de Oriol y Urquijo. Su padre y anterior presidente de la eléctrica, José María de Oriol y Urigüen, “fue uno de los financieros principales del golpe de Estado de 1936”, explica el periodista Antonio Maestre en Franquismo S.A.. Tanto fue así que Franco le reconoció su “línea ideológica consecuente […] con los principios ideológicos del pensamiento tradicionalista y del Movimiento Nacional” devolviéndole el título nobiliario que había perdido durante la República.
“No es extraño que ninguna familia afectada se atreva a denuncia el accidente en ese momento. Todo el mundo es consciente de la ferocidad de la represión y también conoce o intuye que los máximos responsables de las dos empresas principales, Hidroeléctrica y Agromán, forman parte del número duro de poder del franquismo”, explica Cañada.
Finalmente, el 23 de febrero de 1970 fue dictado el sobreseimiento de la causa “por no aparecer justificada la perpetración del delito”. La tragedia se quedaba sin culpables. Cuatro meses y medio después, en julio de 1970, Oriol y Urquijo pisaba Extremadura para inaugurar una presa que llevaría su propio nombre, en la localidad de Alcántara, también en Cáceres. A menos de 100 kilómetros en línea recta, la historia de Torrejón quedaba enterrada.
Iberdrola reivindica su pasado empresarial en algunas ocasiones, como el pasado 10 de octubre, cuando mostró en su cuenta de Twitter una fotografía de la central hidroeléctrica de San Esteban en Ourense -cuya construcción comenzó en 1945- acompañada de otras más actuales de parques eólicos y fotovoltaicos. “How we started. How it’s going” [«Cómo empezamos. Cómo va»] , se podía leer en la red social, reivindicando la evolución histórica de su negocio.
Sin embargo, el homenaje a las víctimas del mayor accidente laboral de España tardó en llegar. Concretamente, 51 años. El actual presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán, pisó la presa en 2016, una década después de ocupar el cargo, para rendir homenaje a las víctimas con un monolito en su memoria. Lo hizo tras una petición de los niños -hoy adultos- que vivieron allí.
Los oprimidos no miran desde el mismo ángulo que sus opresores. Los argelinos equiparan el toque de queda impuesto el sábado por Macron con otro toque de queda, el del 5 de octubre de 1961, en medio de la Guerra de Argelia.
El primero se impuso por motivos sanitarios y el otro por motivos militares. Pero no hay más diferencias y las redes sociales se han llenado de mensajes recordando uno y otro porque, además, se cumple un aniversario.
Hasta las fechas coinciden: el 17 de octubre de 1961 los argelinos convocaron una manifestación contra el toque de queda que provocó una terrible masacre en el corazón de la capital francesa.
En aquellos tiempos el prefecto de policía de París era un nazi, Maurice Papon, o como dicen en Francia, un “colaboracionista” que ya participó como jefe de policía bajo el régimen de Vichy.
No son coincidencias. En la historia las cosas no suceden por casualidad. “Se aconseja urgentemente a los trabajadores argelinos musulmanes que se abstengan de circular de noche por las calles de París y los suburbios parisinos, especialmente de las 20.30 a las 5.30 horas”, ordenó Papon y algo parecido ha ordenado ahora Macron.
¿Por qué por la noche? Porque los argelinos eran trabajadores y las reuniones políticas se hacían “después de cenar”, como explicaba recientemente un viejo dirigente del FLN argelino.
La diferencia es que antes había personas conscientes que protestaban, a diferencia de ahora, donde el toque de queda les parece poco y piden a gritos que lleguen los campos de concentración.
En 1961 los antifascistas, los antimperialistas, los revolucionarios y, naturalmente, los argelinos salieron a la calle para protestar contra el toque de queda impuesto durante doce días, primero a los trabajadores argelinos y luego a todos los magrebíes.
Hoy los más sumisos convocan procesiones con bozal, a diferencia de entonces, cuando había un lucha de verdad. En tales casos, si te imponen un toque de queda nocturno, hay que convocar una manifestación por la noche (precisamente).
Aquella lluviosa noche de 1961 miles de revolucionarios salieron a las calles de París para manifestarse y la represión de Papon resultó atroz. Docenas fueron asesinados, algunos de ellos arrojados al Sena, exactamente igual que en Santiago de Chile hace unos días. Hubo más de 12.000 detenidos y más de mil heridos quedaron tirados por las calles, desangrándose y doliéndose.
Para quienes sobrevivieron a la masacre, el toque de queda ordenado por Macron les parece una amenaza. Nadie se puede atrever a desafiar un toque de queda nocturno de ningún gobierno, ni por motivos militares ni sanitarios… salvo que quiera repetir la trágica experiencia de hace 59 años en París.
Pero ya quedan pocos que protesten. Cuando alguien alza la voz es para pedir que le pongan los grilletes en las muñecas.
En tiempos del gobierno laborista de Harold Wilson (1964-1970) el IRD, una unidad secreta del Ministerio británico de Asuntos Exteriores, lanzó una ofensiva propagandística en Chile para evitar que Allende ganara las elecciones presidenciales de 1964 y 1970.
Los documentos desclasificados por el Ministerio británico de Asuntos Exteriores muestran la complicidad de los laboristas en la desestabilización de Chile.
El IRD reunió información destinada a perjudicar a Allende y a dar legitimidad a sus oponentes políticos, y distribuyó documentos a figuras influyentes de la sociedad chilena.
Dicho organismo también compartió información con el gobierno de Estados Unidos sobre las actividades de la izquierda en el país latinoamericano. La embajada británica en Santiago ayudó a una organización mediática financiada por la CIA que formaba parte de un esfuerzo encubierto de Estados Unidos para derrocar a Allende, que culminó con el golpe de estado de 1973.
Un documento del Ministerio de Asuntos Exteriores de 1964 señala que América Latina era “una zona vital de la Guerra Fría y que la lucha contra una toma de posesión comunista aquí es un interés nacional británico, al menos tan importante como la negociación del comercio y el aumento de las exportaciones”.
El informe añadía que a Estados Unidos “le preocupaba que el Reino Unido actuara en la mayor medida posible en el ámbito de la propaganda” en América Latina.
Varios meses antes de las elecciones presidenciales de Chile de 1964, una unidad de la Oficina del Gabinete Británico denominada Grupo de Trabajo sobre América Latina del Comité Antisubversivo aconsejó al IRD que era “importante impedir que la extrema izquierda obtuviera logros significativos” en Chile, “ahora y en el futuro”.
En aquel momento, Salvador Allende se presentaba a la presidencia como dirigente del Frente de Acción Popular contra el demócrata cristiano Eduardo Frei, quien finalmente ganó con el 56 por ciento de los votos contra el 39 por ciento de Allende.
El IRD lanzó su ofensiva propagandística en Chile apoyando secretamente a Frei en los meses previos a las elecciones. Como escribió Elizabeth Allott, funcionaria del IRD durante mucho tiempo, poco después de la victoria de Frei, la unidad se centró en “distribuir nuestra producción más seria a contactos fiables y asegurar la publicación de ciertos artículos de prensa” críticos con Allende y favorables a Frei.
Allott también propuso “una acción política especial con el apoyo de Estados Unidos” para dividir el voto de la izquierda.
Para los británicos las elecciones de 1964 fueron un éxito histórico. “En Chile, ciertamente tuvimos una rara oportunidad”, escribió Allot. “Si pensamos que nuestro trabajo en América Latina es importante, entonces ciertamente hay pocos lugares que requieran tantos recursos y donde haya tanta libertad de acción para nosotros en nuestros roles negativos y constructivos”.
Leslie Glass, Subsecretario de Estado Adjunto de Asuntos Exteriores y ex Director General de los Servicios de Información Británicos, escribió unos días después de las elecciones que era “una victoria sobre los comunistas para presionar al país”, añadiendo que ahora había “un gobierno de apoyo cuya política, si se lleva a cabo de manera eficaz, ofrece lo que probablemente sea la mejor oportunidad que hemos tenido en el continente de privar a los comunistas de su razón de ser”.
Frei gobernó Chile durante los siguientes seis años hasta que el país volvió a las urnas en 1970. En ese momento, Allende encabezó una coalición llamada Unidad Popular, comprometida con la realización de ciertas reformas en Chile.
Las políticas de nacionalización de Allende planteaban una amenaza considerable para los intereses británicos y estadounidenses, en particular en la principal industria de Chile, el cobre, cuyas minas eran en gran parte propiedad de empresas estadounidenses.
Como Allende parecía cada vez más probable que ganara las eleccioines, la propaganda británica se intensificó. “Chile está en la primera línea del comunismo en Sudamérica”, señaló un planificador del IRD en 1969.
A finales de los años 60 el IRD desplegó un oficial de campo especializado en Santiago, cuyas operaciones estaban dirigidas directamente a frustrar la victoria electoral de Allende.
Al mismo tiempo, el Ministerio de Asuntos Exteriores envió un agregado laboral a Chile para supervisar la actividad sindical, aunque el agregado fue retirado antes de las elecciones de 1970.
El 13 de julio de 1970, unas semanas antes de las elecciones, Allott informó al embajador británico David Hildyard que “la operación del IRD… se había centrado en impedir la llegada al poder de una alianza de extrema izquierda en las elecciones presidenciales de 1970, y en ayudar a las organizaciones adecuadas que probablemente seguirían existiendo independientemente de lo que ocurriera en las elecciones”.
“El oficial de campo del IRD… tiene contactos muy estrechos con funcionarios especializados del Ministerio [chileno] de Asuntos Exteriores [censurado] y algunas organizaciones estudiantiles. Como en cualquier otra parte de América Latina, podemos cubrir áreas que están fuera del alcance de los estadonidenses”.
Allott también propuso al jefe del IRD, Kenneth Crook, que Gran Bretaña entrenara al ejército chileno en “contrasubversión”. Se refirió en particular a la formación previa del Ministerio de Asuntos Exteriores de la dictadura brasileña, que incluía técnicas de tortura.
Los esfuerzos británicos para detener a Allende fracasaron y las elecciones presidenciales chilenas de septiembre de 1970 llevaron al poder al primer socialista declarado del país.
La acción encubierta británica en Chile se llevó a cabo en colaboración con Estados Unidos, cuyo papel en la desestabilización del país se hizo evidente en los decenios siguientes. Entre 1962 y 1970, la CIA “emprendió diversas actividades de propaganda”, entre ellas “emisiones” de información “en la radio y los medios de comunicación” a favor de Frei y en contra de Allende.
También organizó operaciones de sabotaje contra Allende y realizó una campaña de tres años entre 1970 y 1973 para asesinarlo, canalizando millones de dólares para fortalecer los partidos políticos de la oposición, según un informe del Senado de Estados Unidos.
Los archivos del IRD muestran que a finales de los años 60 los británicos compartieron asesoramiento estratégico e inteligencia con los estadounidenses. Aunque los planificadores del IRD advirtieron a Estados Unidos de que no adoptaran una “línea demasiado extrema” en su propaganda anticomunista, proporcionaron a los estadounidenses una lista de periodistas chilenos que podían difundir contenidos.
Reino Unido y Estados Unidos también intercambiaron información sobre las actividades de la izquierda en Chile, acuerdo que continuó al menos hasta marzo de 1973, como lo demuestran los archivos británicos desclasificados.
El 11 de septiembre de 1973, Allende fue derrocado en un golpe militar dirigido por Pinochet, lo que suscitó una amplia condena internacional. Su régimen se convirtió rápidamente en uno de los más represivos de América Latina en la historia moderna, con miles de opositores políticos encerrados en el estadio nacional de fútbol o en centros de detención secretos.
Junto con la acción encubierta de Estados Unidos, los funcionarios británicos desempeñaron su papel en la preparación del terreno para la toma de posesión de Pinochet en alianza con Estados Unidos.
En octubre de 1970 la embajada británica en Santiago de Chile ayudó en secreto a una agencia de noticias financiada por la CIA, Forum World Features (FWF), a organizar “una cobertura especial de la situación chilena”. Un mes después de la elección de Allende, el Secretario británico de Asuntos Exteriores, Alec Douglas-Home, pidió a la embajada en Santiago que “respondiera a cualquier acercamiento” del FWF después de que su jefe, Brian Crozier, pidiera ayuda con una serie de historias “entre bastidores” sobre el programa de Allende.
La agencia FWF jugó un papel importante en el ataque propagandístico contra Allende. En diciembre de 1973, tres meses después del golpe de Pinochet, el periodista de la FWF Robert Moss publicó “El Experimento Marxista de Chile”, un libro encargado por la CIA que negaba el papel de Washington en el golpe y culpaba a Allende.
El gobierno de Pinochet compró 10.000 ejemplares del libro para distribuirlos dentro de una campaña de propaganda y Crozier recordó más tarde que la obra de Moss “jugó su papel en la necesaria desestabilización del régimen de Allende”.
Hugh Carless, un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores, se mostró de acuerdo, escribiendo en diciembre de 1973 que el libro “nos ayudó a encontrar un equilibrio” sobre Chile.
Rory Cormac, profesor de relaciones internacionales de la Universidad de Nottingham, asegura que los documentos desclasificados revelan que, a medida que la capacidad material de Gran Bretaña ha ido disminuyendo, ha recurrido a la acción clandestina para ayudar a mantener su papel en el mundo.
En la década de los 70 del siglo XX era muy habitual que la CIA interviniera en las políticas internas de muchos países. En un escenario de Guerra Fría, donde los bloques estaban muy definidos, lo que ocurriera tras la muerte de Franco era clave para los intereses de Estados Unidos en dos frentes: por un lado, la necesidad de que España se adhiriera a la OTAN, para reforzar su presencia respecto a los países de la órbita soviética del norte de África; en otro orden, frenar el ascenso del Partido Comunista de cara a una posible democratización. En ambos frentes, la clave estuvo en dos hombres: Juan Carlos de Borbón y Felipe González.
Sin embargo, las injerencias de la CIA en España en esos años tan cruciales para la historia moderna empezaron con la instalación de las bases militares, el asesinato de Carrero Blanco, la Transición, el 23F o la entrada de España en la OTAN, por citar algunos hechos.
Respecto a la Transición, gran parte de los movimientos que se realizaron para convertir a España en una democracia tras 40 años de dictadura, estuvieron controlados por los agentes y los jefes de estación de la CIA. Para ello, los espías norteamericanos lograron captar como activos a importantes miembros del Ejército –en actividades paralelas a la colaboración con la inteligencia militar española–, destacados líderes políticos, grandes empresarios, banqueros, personajes de la cultura y periodistas.
La Transición era un hecho tan importante para los Estados Unidos que la CIA no dudó en enviar a su estación de la calle Serrano de Madrid a expertos oficiales de Agencia, hombres curtidos en operaciones encubiertas en Latinoamérica, como R. E. Gahagen, Néstor Sánchez, R. Kinsman, L. Therry o Ronald Estes, quien, por cierto, tuvo participación en la Primavera de Praga o en Beirut, donde financió a la Falange Libanesa. Su llegada a España coincidió, casualmente, con el intento de golpe de Estado del 23F.
Los hombres elegidos por la CIA y Estados Unidos para llevar los destinos de España tras la muerte del dictador fueron dos: Juan Carlos de Borbón y Felipe González. Respecto al primero, la elección por parte de Franco para ser su sucesor tuvo una influencia por parte de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos.
La Agencia mantuvo hilo directo con Laureano López Rodó y dieron su apoyo total a la Operación Lolita que tenía como objetivo principal la potenciación de la candidatura de Juan Carlos de Borbón para ser el sucesor de Franco. Los documentos de la CIA demuestran el apoyo que siempre tuvo Juan Carlos I de Estados Unidos, respaldo que logró a cambio de, por ejemplo, entregar el Sáhara a Marruecos o la presión ejercida desde la Zarzuela para que España entrara en la OTAN.
Respecto a Felipe González, los documentos de la Agencia muestran cómo era el elegido para frenar al Partido Comunista y que, desde un principio, quien fuera el adalid de la izquierda española, en realidad era un político más conservador que los partidos socialdemócratas europeos, puesto que, según la documentación de la CIA a la que ha tenido acceso Diario16, González tenía preparado un programa oculto de reformas basado en la moderación, el conservadurismo y en la protección de las élites que ejecutó varios años después y, a la vez, con un programa electoral puramente de izquierdas mantuvo contentos a los críticos que se mantenían fieles a los preceptos ideológicos más progresistas. Lo mismo se podría decir de su papel en la permanencia de España en la OTAN.
El miedo a un crecimiento de la oposición comunista contra el franquismo hizo que los servicios de inteligencia estadounidenses se fijaran ya en la década de los 60 del siglo XX en los jóvenes socialistas. Hombres que fueron claves en la Transición, tuvieron un contacto regular con los espías de la CIA a quienes facilitaban información sobre los movimientos de los comunistas. En algunos casos, esos contactos se realizaron tanto con Langley como con el Mossad israelí.
Por otro lado, los documentos de la CIA indican cómo la Agencia tuvo mucho que ver, incluso con financiación al Partido Socialista a través de una fundación del SPD alemán, con la toma del poder por parte de Felipe González en el ya famoso Congreso de Suresnes.
En otro orden de cosas, la mañana del 23 de febrero de 1981 se produjo un hecho que muestra a las claras cómo la CIA controlaba determinados aspectos de la política española: los pilotos de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos se encontraban movilizados y en alerta máxima en las bases situadas en territorio español. Por otro lado, esa misma mañana el sistema de control aéreo norteamericano anuló el Control de Emisiones Radioeléctricas de España. Todo ello se produjo cuando, dos días antes del intento de golpe de Estado, uno de los principales instigadores de la asonada de Tejero, Armada y Milans del Bosch, el comandante Cortina, del CESID, realizó una visita al embajador estadounidense en Madrid.
Por otro lado, y en referencia al 23F, los sistemas de comunicaciones del ejército interceptaron un mensaje dirigido a Milans del Bosch en el que se le decía: «Jaime, ahora vas en contra de la Corona». Una indicación clara de que las tornas habían cambiado y, sobre todo, de la implicación de Juan Carlos I en el mismo.
José Manuel Montorio Gonzalvo “Chaval” nació en Borja, Zaragoza, el 23 de diciembre de 1921 y aunque se desplazó a Barcelona 9 años después para instalarse junto a su familia, fue testigo de la proclamación de la República el 14 de abril de 1931 en esa misma ciudad.
Durante la guerra, trabajó para ayudar a su familia en un despacho de aceites y lubrificantes, sin dejar de ir a la escuela municipal de Barcelona. Meses antes de que la guerra terminara, el 24 de enero de 1939, José Manuel se alistó en las filas del ejército republicano para luchar contra las tropas franquistas.
Todo aquello sucedió justo antes de que Barcelona fuera tomada por los golpistas. Junto con las miles de personas que emprendieron el camino del exilio, “Chaval” hizo lo propio, y cruzó la frontera por Prats de Molló, lugar donde acabó en un campo de fútbol a modo de cárcel junto a otras personas que huían del horror.
Después, junto a otros 15.000 republicanos y republicanas fue llevado al campo de concentración de Saint-Cyprien donde se reencontró con su hermano Miguel. De allí fueron trasladados al campo de Le Barcarès, en el que permanecieron encerrados cuatro meses, para terminar volviendo de nuevo a Saint-Cyprien.
En 1940 salió de ese campo y se integró en una compañía de trabajadores extranjeros hasta que comenzó la Segunda Guerra Mundial. Cuando las tropas de Hitler invaden Francia, “Chaval” junto con su hermano Miguel, son detenidos y llevados al campo de concentración de Argelès-Sur-Mer.
Un año más tarde, en 1941, son entregados al gobierno de Hitler junto con otros miles de republicanos y conducidos al campo de Saint Médard cerca de Burdeos. Allí permanecieron realizando trabajos forzados para la organización nazi TODT.
En 1944, cuando el Ejército de los aliados entra en Francia para su liberación, los republicanos toman el control de la carretera de Baiona a Burdeos y comienzan a organizarse dentro de un grupo de guerrilleros para intentar entrar en España.
Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, “Chaval” y su grupo consiguen llegar a cinco kilómetros de Zaragoza un 23 de diciembre de 1945. Es allí donde entra en contacto con el grupo guerrillero Montes Universales, quienes le sirven de nexo de unión para organizar más tarde la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA), luchadores por la democracia, la libertad y un futuro digno.
En su libro “Cordillera Ibérica”, José Manuel Montorio Gonzalvo explica que “el triunfo de los ejércitos aliados sobre el fascismo tras la Segunda Guerra Mundial abrió nuevas posibilidades de lucha contra el franquismo. El Partido Comunista de España reforzó las agrupaciones ya existentes y ayudó a la organización de otras nuevas, como fue el caso de la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, de la que fui uno de sus fundadores”.
Aunque “Chaval” sigue afiliado a la CNT, ingresa en el Partido Comunista y en 1952 se retiran a Francia cuando la guerrilla ha tocado a su fin. Permanece en Francia hasta abril de 1952, año en el que el PCE le envía a Praga, un nuevo exilio que durará hasta 2006, año en el que vuelve a Borja. “Chaval” falleció el 27 de abril de 2009.
https://arainfo.org/recordando-a-chaval-guerrillero-antifascista-de-borja/
En lo que han calificado como “el primer estudio en profundidad”, el historiador israelí Adam Raz describe “el grado en que los judíos saquearon las propiedades árabes” durante el ataque de las bandas judías de 1948 a los palestinos y sus hogares. Eso explica que el fundador del Estado de Israel, Ben Gurion, dijera que “la mayoría de los judíos eran unos ladrones”.
Los primeros colonos judíos de Palestina “saquearon propiedades árabes”, según el nuevo libro de Raz, quien añade que “las autoridades hicieron la vista gorda”.
En el periódico Haaretz, la reseña de Ofer Aderet sobre el libro de Raz se titula: “Soldados y civiles judíos saquearon en masa las propiedades de los vecinos árabes en 1948. Las autoridades hicieron la vista gorda”.
El editor de Haaretz, Gideon Levy, apunta que la expresión “la mayoría de los judíos son unos ladrones”, no las ha pronunciado un dirigente antisemita, alguien que odia a los judíos o un neonazi, sino “el fundador del Estado de Israel, dos meses después de su creación”.
Levy dice que las autoridades israelíes “han hecho la vista gorda y por lo tanto han fomentado el saqueo, a pesar de todas las denuncias, las pretensiones y algunos juicios ridículos”.
“El saqueo tenía un objetivo nacional: completar rápidamente la limpieza étnica de la mayor parte del país de sus árabes y asegurar que 700.000 refugiados ni siquiera pensaran en volver a su casa”, dijo.
El periodista israelí añade: “Incluso antes de que Israel lograra destruir la mayoría de las casas y borrar más de 400 pueblos de la faz de la tierra, este saqueo masivo vino a vaciarlos, para que los refugiados no tuvieran ninguna razón para regresar”.
Levy asegura que los saqueadores “estaban motivados no sólo por la fea avaricia de poseer propiedades robadas justo después del fin de la guerra, propiedades que en algunos casos pertenecían a personas que eran sus vecinos justo el día anterior, y no sólo por el deseo de enriquecerse rápidamente saqueando artículos domésticos y joyería, algunos de ellos muy caros, sino que servían, consciente o inconscientemente, al proyecto de limpieza étnica que Israel ha tratado en vano de negar a lo largo de los años”.
“Casi todo el mundo participó” en el saqueo, añade. “Fue el pequeño saqueo, el que demostró incluso por un momento que ‘la mayoría de los judíos son unos ladrones’, como dijo el padre fundador [de Israel]. Pero era un mini-pillaje comparado con el saqueo institucionalizado de propiedades, casas, pueblos y ciudades, el saqueo de la tierra”.
“La negación y la represión” fueron algunas de las razones por las que los cabecillas de la comunidad judía permitieron el saqueo de las propiedades árabes en Palestina. “La sed de venganza y la embriaguez con la victoria después de la difícil guerra, tal vez podrían explicar, incluso parcialmente, la participación de tanta gente”.
Según Levy, “el saqueo no sólo refleja una debilidad humana momentánea, sino que está destinado a servir a un claro objetivo estratégico: purificar el país de sus habitantes. Las palabras fallan”.
En la conclusión de su artículo, Levy añade: “Cualquiera que crea que se encontrará una solución al conflicto sin una expiación y compensación adecuada por estos actos está viviendo en una ilusión”.
El periodista hace un llamamiento a Israel para que “reflexione sobre los sentimientos de los descendientes, los árabes en Israel y los refugiados palestinos, que viven con nosotros y a nuestro lado. Ellos ven las imágenes y leen estas cosas, ¿qué pasa por sus cabezas?”
Los palestinos “nunca podrán ver las aldeas de sus antepasados: Israel ha demolido la mayoría de ellas, para no dejar ni una sola huella”. No obstante, “un pequeño recuerdo robado de la casa que se perdió podría hacer saltar una lágrima”.
—https://www.haaretz.com/opinion/.premium-israel-s-founding-generation-was-a-generation-of-looters-1.9208398
Juan Romero, el último superviviente español de los campos de concentración nazis, ha fallecido este sábado a los 101 años en la población francesa de Ay, según ha informado la vicepresidenta primera del Gobierno, Carmen Calvo, a través de su cuenta de Twitter.
”No hace muchos días tuve el inmenso honor de reconocer en nombre del Gobierno de España a Juan Romero, compatriota exiliado en Francia tras pasar por los campos de concentración nazis. Hoy lamento su fallecimiento, deseando que descanse con la paz por la que siempre luchó”, ha escrito Calvo, que el pasado mes de agosto se desplazó hasta Ay para rendir homenaje a su figura y reparar un olvido que no debería haber existido nunca.
En dicho acto, agradecía a Juan Romero su lucha contra el franquismo y su defensa de la democracia. “Siempre estaremos en deuda con los antifascistas españoles”, enfatizaba, anunciando entonces el nuevo proyecto de ley de memoria democrática, en continuación a la Ley Nacional de Memoria Histórica promovida durante los años de gobierno del socialista José Luis Rodríguez Zapatero.
Romero estuvo retenido durante un tiempo en Mathausen, donde nunca pensó que saldría con vida. Allí, convertido como el prisionero 3799, sufrió el peor de sus infiernos. Una historia que arrastraría durante toda su vida.
El cordobés, que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y a la Guerra Civil, donde combatió en el lado antifascista, era el último superviviente de los 9.300 españoles que sufrieron los campos de exterminio de las SS.
Cuando comienza la guerra de España Juan tenía 17 años. Perteneció a la 33 brigada del XV Cuerpo de Ejército. Luchó en la sierra de Guadarrama, Brunete, Guadalajara y Teruel. Especialmente dura para Juan fue la batalla de El Ebro, en la que tuvo que cruzar el río en una frágil barca, mientras los soldados franquistas le disparaban desde la orilla. Muchos compañeros murieron. Juan resultó herido pero, después de recuperarse en un hospital, regresó con su brigada. Tras la caída de Cataluña, en febrero de 1939, pasó la frontera francesa por Puigcerdà.
Las autoridades francesas le internaron en el campo de concentración de Vernet d’ Ariège. Allí, en abril, se alistó a la Legión Extranjera para seguir combatiendo al fascismo ante la guerra que se avecinaba.
Cuando un año más tarde Alemania invadió Francia, Juan fue hecho prisionero cerca de Épinal, junto a un importante número de republicanos españoles. Le trasladaron al stalag III-A. Allí permaneció un año hasta que le deportaron a Mauthausen.
Su primer trabajo fue en la cantera. “Cuando terminaba el día subíamos una piedra por la escalera, y que no fuera pequeña… Los SS eran unos criminales. Todos los días llegaban los carros de la cantera llenos de muertos”.
También estuvo destinado en un kommando exterior, que lo comandaba el kapo español César Orquín, construyendo una carretera. Sus miembros eran todos españoles. Juan sufrió un accidente mientras cargaba unas vagonetas y resultó herido. Le trasladaron al campo central y consiguió recuperarse en la enfermería gracias a la ayuda de un compañero que había hecho la guerra de España en las Brigadas Internacionales. Entonces le llegó la oportunidad de entrar en un grupo de trabajo mejor: el kommando de la desinfección. Lo formaban doce prisioneros. Su misión consistía en recoger las ropas de las expediciones de presos que llegaban al campo y, en unas grandes parihuelas, llevarlas al edificio de la desinfección que se encontraba fuera de las alambradas. Cuando estaban listas, las recogían y las dejaban en la lavandería.
Para Juan esto fue su salvación, ya que solían encontrar algo de comida en los bolsillos de los recién llegados, que se repartían entre los doce. Trabajaba a cubierto, en el edificio de la lavandería. Aquí permaneció durante tres años, hasta la liberación. Dos de sus compañeros eran también músicos en la orquesta del campo. El soldado SS que les custodiaba formaba parte del grupo encargado de fusilar a los prisioneros.
Debido a su particular trabajo veía a todos los grupos de prisioneros que llegaban a Mauthausen. Durante los últimos meses de la guerra entraron miles de ellos, evacuados de otros campos como Auschwitz: “Si había grupos que llegaban y en vez de ir a la ducha se quedaban fuera, eso era muy malo… Esos iban directamente a la cámara de gas”. Juan tiene un recuerdo que, más de 70 años después, todavía le atormenta: “Llegó al campo un grupo, había hombres, mujeres, niños muy chicos. Eran 30 o 40. Nosotros estábamos para salir; esperamos a que entraran, pasaron delante de nosotros y una niña pequeña me sonrió… la pequeñita, la pobre, ignorante no sabía que iba directa a la cámara de gas. Y eso me hizo mucho daño. Yo he visto muchos grupos, pero aquella pequeñita, la niña que me echó una sonrisa… Aún ahora por las noche me acuerdo mucho de ella”.
Al final creció tanto el número de prisioneros que no había trajes para todos y se les daba ropa civil. Para identificarlos ante una posible fuga, en la parte posterior de la chaqueta se le quitaba un pedazo y en su lugar se le ponía un cuadro de rayas.
Juan todavía no se cree que saliera vivo de allí. En su cautiverio contempló muchas atrocidades: asesinatos, fusilamientos… Fue repatriado a Francia. Se instaló en Ay, junto a una veintena de deportados. Allí conoció a su mujer y con ella rehízo su vida. Se casaron en 1947 y tuvieron cuatro hijos. Juan trabajó durante 30 años en un viñedo y una bodega que fabricaba champagne. El ya anciano cordobés se lamenta cuando echa la vista atrás: “A España no podía volver, yo había hecho la guerra contra Franco. Regresé la primera vez en el 60, cuando tuve la nacionalidad francesa. Y fui a Barcelona a ver a mi familia”.
En mayo de 1958, en el cementerio Père-Lachaise de París, asistió a la inauguración del monumento a las víctimas de Mauthausen: una larga escalera por la que sube un deportado cargado con una gran piedra a sus espaldas. No ha querido regresar al campo de concentración. Demasiados malos recuerdos.
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