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Una nueva herramienta del capital monopolista moderno: la normalización

Dos de las herramientas más importantes del moderno capital monopolista son las patentes y la normalización. Los grandes monopolios y sus respectivos Estados tratan de dominar el mercado imponiendo sus cánones. El estándar de una empresa puntera se convierte en el estándar del mundo, o sea, de los mercados mundiales.

Las patentes y la normalización protegen el mercado de la llegada de nuevos competidores y, al mismo tiempo, difunden ciertas tecnologías en detrimento de otras. Son un elemento clave de la competencia monopolista y del acceso a los grandes mercados. El que no fabrica con arreglo al canon, queda relegado a un segmento pequeño del mercado. Es como si sus mercancías tuvieran algún defecto de fábrica. Por el contrario, la etiqueta de “normalidad” es señal de calidad, e incluso de excelencia.

Cada país tiene sus propias normas e incluso sus propias instituciones dedicadas a la normalización. En España existe AENOR, la Asociación Española de Normalización, que es privada. Además hay organismos europeos, como el ETSI (Instituto Europeo de Normas de Telecomunicaciones), e internacionales, como la ISO, la Organización Internacional de Normalización.

Imponer las reglas del juego o influir sobre ellas otorga una ventaja competitiva. Quien domina los mercados mundiales, impone su estándar y casi todas las empresas del mundo fabrican siguiendo esas normas. Mantener la norma es mantener el mercado. La norma es a un mercado o una tecnología lo que la gramática es a la lengua. La norma permite a las empresas de un mismo mercado operar siguiendo técnicas comunes y mutuamente intercambiables.

La norma no es sólo una herramienta de influencia comercial, sino también tecnológica y estratégica. En un contexto de guerra económica entre las grandes potencias, como la actual, la normalización es un medio fundamental para imponer tanto los intereses públicos de los Estados, como los privados de los monopolios.

Las grandes potencias se apoyan en sus empresas (y viceversa) para dictar las reglas de la competencia monopolista por medio de normas, ocupando el mayor número posible de puestos en los comités internacionales de normalización y recurriendo incluso a métodos mafiosos cuando no al chantaje y al fraude, sobre todo cuando una nueva tecnología comienza a abrirse camino en el mercado. Entonces no sólo compiten mercancías, ni tampoco tecnologías, sino normas.

Así, desde hace unos pocos años, todos los cargadores de móviles son iguales, a diferencia de las primeras etapas, cuando cada marca tenía el suyo propio. La normalización crea una cierta homogeneidad entre las mercancías para hacerlas intercambiables entre sí. A medida que las fuerzas productivas se internacionalizan, el canon pasa del ámbito local al continental y luego al mundial.

Por ejemplo, Alemania ha logrado imponer un canon único de enchufe para todos los coches eléctricos de la Unión Europea, desbancando a la tecnología francesa. Si Suiza no aceptara el canon europeo, los vehículos eléctricos no se podrían recargar allá.

Hasta la fecha todos los cánones de las nuevas tecnologías los ha impuesto Estados Unidos y sus empresas. Silicon Valley mantiene a los mercados mundiales cautivos de sus tecnologías y sus normas. Parece que no hay otras tecnologías ni normas, o que son las mejores. Las innovaciones se construyen sobre esa infraestructura porque (casi) todos en su móvil tienen Android y (casi) todos en su ordenador tienen Windows. Dos empresas privadas tienen una fuerza normativa de facto, aunque nadie las haya aprobado como tales.

China está haciendo un esfuerzo enorme para que esa situación no se reproduzca en los nuevos mercados. El apoyo del gobierno de Pekín a sus grandes conglomerados y a la investigación, va acompañada de una ofensiva normativa para dominar el sector de las nuevas tecnologías, según se describe explícitamente en el plan “China Standards 2035”.

Un ejemplo de esa estrategia es el empleo de la Nueva Ruta de la Seda para difundir las normas chinas en las nuevas tecnologías. En 2019 nada menos que cuarenta y nueve países firmaron un acuerdo de reconocimiento de los estándares chinos. De esa manera la infraestructura de transporte ferroviario que construye China convierte en incompatibles a todos trenes que no admitan su canon.

Estados Unidos se esfuerza por mantenerse a la cabeza de la guerra económica. Su mejor arma normativa son las grandes empresas tecnológicas, como Google, Apple, Microsoft o Amazon. Un buen ejemplo de normalización por los hechos consumados es el caso de Google con TenserFlow, el aprendizaje profundo, adoptado desde el principio por casi todo el mercado y convirtiéndose en la referencia sobre la que se desarrollará la inteligencia artificial en el futuro.

Una vez que los monopolios tecnológicos han establecido unas normas de facto, es decir, una vez que la tecnología estadounidense se ha extendido lo suficiente edn el mercado mundial, el ANSI (Instituto Nacional Estadounidense de Normalización) las registra como tales y las defiende en los organismos internacionales de normalización, movilizando considerables recursos, presiones y chantajes para que se aprueben oficialmente.

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El precio del oro alcanza su cotización máxima

El precio del oro alcanzó un nuevo máximo desde junio de año pasado, 1.836,9 dólares la onza, antes de estabilizarse en 1.825 dólares tras la publicación de unas cifras de inflación en Estados Unidos más débiles de lo esperado, del 7,1 por cien en noviembre.

El índice de referencia de los futuros del oro para febrero en el Comex de Nueva York se situó en 1.825,5 dólares la onza, con una subida de 33,20 dólares, casi un 2 por cien. El máximo de la sesión de 1.836,9 dólares fue el más alto para el oro Comex desde el 27 de junio, marcando un máximo de casi seis meses.

El oro ganó unos 200 dólares desde el nivel de 1.600 dólares alcanzado a principios de octubre del año pasado.

Antes de esa subida, los precios del oro habían vuelto a un punto de apoyo clave, lo que provocó el movimiento alcista de diciembre hasta nuevos máximos de cinco meses, pero los precios están volviendo a situarse por debajo de un nivel de resistencia clave.

A 10 de diciembre, en los últimos 30 días, el precio del oro había ganado un 5,34 por cien, alcanzando los 1.807,4 dólares por onza.

Desde mediados del año pasado hasta ahora, el oro se ha correlacionado inversamente con el dólar estadounidense. A medida que subía el dólar, bajaba el oro, y viceversa.

Con el Banco Central Europeo detrás de la Reserva Federal, es probable que el diferencial de tipos de interés entre el dólar y el euro se reduzca, lo que apoyará al euro y presionará al dólar, empujando a los inversores hacia el euro frente al dólar. Lo que puede hacer descarrilar este movimiento es cualquier escalada brusca de la Guerra de Ucrania o un desbordamiento de las tensiones geopolíticas hacia otros países europeos, algo imposible de predecir a principios de este nuevo año.

El aumento del gasto deficitario durante la pandemia ha provocado la inflación actual. La Unión Europea y la zona euro se han visto muy afectadas por el retorno de la inflación desde julio de 2021. La tasa de inflación anual de la zona euro se situó en el 10,6 por cien en octubre del año pasado, frente al 9,9 por cien de septiembre. Un año antes, la tasa era del 4,1 por cien.

La tasa de inflación anual de la Unión Europea fue del 11,5 por cien en octubre de 2022, frente al 10,9 por cien de septiembre. Un año antes, la tasa era del 4,4 por cien. La inflación anual en Estados Unidos alcanzó el 7,1 por cien en noviembre, tras el 7,7 por cien de octubre y el 8,2 por cien de septiembre.

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A medio gas: el viejo sueño de vender poco y ganar mucho

Las potencias occidentales se frotan las manos porque creen que sus sanciones contra Rusia han tenido el efecto esperado: el gigante Gazprom ha perdido muchos clientes, vende menos gas y reconoce abiertamente que ha sido un año “muy difícil”.

Sí, vende menos gas, pero recauda más dinero, lo cual no deja de ser una ventaja. Es el viejo sueño de los tenderos: vender poco y ganar mucho. También es cierto: Gazprom ha perdido a sus clientes europeos, pero ahora mismo los mercados están en los países asiáticos.

“Me gustaría subrayar de entrada que 2022, por supuesto, ha sido muy, muy difícil”, ha admitido el jefe del monopolio ruso, Alexei Miller, durante una conferencia de prensa celebrada ayer.

El año pasado Rusia era el mayor exportador de gas del mundo y el mayor proveedor de la Unión Europea, pero desde entonces los 27 Estados miembros han reducido en gran medida sus importaciones.

Las exportaciones al bloque occidental han caído incluso un 44,5 por cien en comparación con el mismo periodo del año pasado, hasta 95.200 millones de metrós cúbicos de gas.

Las sanciones han obligado a Gazprom y, de rebote, a Rusia, a buscar nuevos mercados en países emergentes, como Turquía, que se relame de gusto. Erdogan quiere convertir a su país en un centro gasístico internacional. Recientemente el viceprimer ministro ruso, Alexander Novak, declaró que Moscú estaba estudiando entregas adicionales de gas a través de Turquía.

Moscú también pretende aumentar sus ventas a China. Miller se congratuló de la inauguración, el 21 de diciembre, del yacimiento de gas de Kovykta, un vasto depósito situado en Siberia que debería permitir un aumento significativo de las exportaciones a China. “Ahora, el oleoducto Fuerza Siberiana, que une Rusia y China, funciona en toda su longitud, es decir, más de 3.000 kilómetros”, declaró Miller ayer.

La explotación de ese yacimiento iniciará “una verdadera dinámica de desarrollo” y señala que “se está creando un complejo industrial potente y estratégico en el este de Rusia”, dijo Putin durante su inauguración. Además, prosiguió Putin, la puesta en servicio de este emplazamiento permitirá “garantizar el suministro fiable de gas […] tanto a las empresas rusas como a nuestros socios extranjeros”.

A partir de 2024 Rusia también planea construir el gasoducto Fuerza Siberiana 2 para abastecer a China a través de Mongolia, otra señal de que la estrategia energética rusa ha dado un giro hacia el este.

A pesar de la guerra, Rusia está dispuesta a reanudar el suministro de gas a Europa a través del gasoducto de Yamal, según declaró el domingo el viceprimer ministro a la agencia de prensa Tass. Tradicionalmente el gasoducto de Yamal ha abastecido de gas a Europa Occidental a través del este.

Finlandia quiere salir del apuro comprando gas licuado

Pero en un combate no basta con hablar de los golpes que uno da, sino también de los que recibe. Es la parte de la pelea que agobia a los países europeos, que se han disparado un tiro en el pie imponiendo sanciones “para reducir la dependencia de las importaciones rusas”.

Finlandia es un vecino que lo está pasando muy mal y lo va a pasar peor en el futuro. “El gas puede proceder de cualquier lugar del mundo donde se suministre GNL, pero no de Rusia”, declaró Olli Sipila, cabecilla de Gasgrid, el operador finlandés de gas.

Ayer Gasdrid anunció la llegada del primer buque terminal de gas licuado. Es una solución provisional que tendrán que pagar a precios prohibitivos. Además del gas hay que pagar el alquiler del barco.

Finlandia ha movido cielo y tierra para instalar la terminal flotante. El nuevo buque, con capacidad para unas 68.000 toneladas de gas, lo han alquilado por un periodo de diez años.

Pero el año pasado Gazprom suministró 1.490 millones de metros cúbicos de gas a Finlandia, es decir, el doble de lo que puede procesar el terminal.

Además, Finlandia ha prometido que el buque va a suministrar gas también a los países del Báltico, e incluso a Polonia, a través del gasoducto Balticconnector, que une Finlandia y Estonia.

No hace falta echar números para entender que en Helsinki vuelven a contar el cuento de la lechera.

Terminales flotantes de gas alrededor de las costas europeas

Alemania, que dependía en un 55 por cien de las importaciones de gas ruso antes de la guerra, también acaba de abrir su primera terminal de procesamiento de gas licuado. En 2023 le seguirán otras cinco terminales flotantes.

Francia, que cuenta actualmente con cuatro terminales portuarias de importación de gas, a saber, dos en Fos-sur-Mer, una en Montoir de Bretagne y otra en Dunkerque también quiere reforzar su infraestructura con un nuevo emplazamiento en Le Havre, que tampoco puede suplir las importaciones de gas ruso.

Lo mismo que Finlandia son medidas desesperadas e improvisadas. La nueva terminal se desmantelará “en cuanto se hayan superado las tensiones de suministro”, según ha confesado la empresa Total, encagada del proyecto.

Además, el rápido giro de Europa hacia el gas licuado está duplicando las infraestructuras enérgéticas, lo que va a elevar los precios hasta cifras insostenibles. Unas instalaciones crecientes para un demanda decreciente es algo que desafía las leyes del mercado y denota que la desesperación ha cundido entre los países europeos. Están dispuestos a cualquier disparate antes de admitir que Rusia tiene razón.

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Europa no tendrá el gas ruso pero tampoco el qatarí

El Parlamento Europeo ha decidido prohibir el acceso de los qataríes a la Eurocámara y, por su parte, el emirato del Golfo ha dejado claro que el giro de los acontecimientos no augura nada bueno para Europa, y sobre todo para Italia.

La exculpación de Marruecos y la inculpación del emirato del Golfo por el Parlamento Europeo “afecta negativamente a la cooperación regional y mundial en materia de seguridad”, dicen los jeques de Doha. Europa no tendrá el gas ruso, pero tampoco el qatarí.

Qatar es uno de los principales proveedores de gas licuado de Bélgica e Italia y la campaña de descrédito podría repercutir en los acuerdos de suministro de gas natural recién firmados.

El país del Golfo es, junto con Estados Unidos, uno de los mayores exportadores de gas licuado del mundo y sigue siendo esencial para el éxito del embargo europeo contra Rusia.

Según los últimos datos de la Comisión Europea, Qatar representa actualmente menos del 5 por cien de las importaciones totales de gas de la Unión Europea. Pero la dimensión energética de Doha va a crecer en los próximos años, paralelamente al crecimiento de su capacidad de licuefacción gracias al maxiproyecto North Field, un proyecto lanzado en dos fases, North Field East y North Field South, que debería estar terminado en 2026 y 2027.

La empresa italiana ENI tiene intereses en el proyecto, asociada con la francesa Total para la explotación del inmenso yacimiento.

Más allá de la presencia de ENI y Total en North Field, Qatar sigue siendo un actor energético importante para Italia porque posee, a través de QatarEnergy, el 22 por cien de Adriatic LNG, la empresa que gestiona la terminal de regasificación de Porto Viro (Rovigo), en el norte de la península italiana.

En el primer semestre de este año Italia se abasteció de gas principalmente de Argelia (con una cuota en torno al 30 por cien), de Rusia (26 por cien) -que preserva su cuota de mercado, con contratos a varios años- y de Noruega y los Países Bajos (10 por cien).

La contribución de Qatar en el capítulo del gas licuado asciende a un total del 17 por cien e incluye también a Estados Unidos.

Pourquoi l’Italie et la puissante Europe craignent le petit émirat du Qatar

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Rusia y China almacenan cantidades crecientes de oro

Entre julio y septiembre de este año los bancos han comprado tanto oro como en 1967. Es inusual porque el sistema de Bretton Woods para organizar las relaciones monetarias internacionales y los acuerdos comerciales seguía vigente en aquella época. El dólar estadounidense seguía estando -aunque ya parcialmente- respaldado por el metal precioso.

El precio del oro -que había subido significativamente incluso antes del inicio de la pandemia, y especialmente durante la misma- se disparó en marzo tras el estallido de las hostilidades en Ucrania. A continuación, descendió y se estabilizó. Actualmente, está por debajo de 1.800 dólares la onza troy.

Lo más probable es que esto no dure mucho, como afirma Evgeny Kogan, banquero de inversiones: “En las divisas vemos la mayor volatilidad. No entendemos en absoluto las tendencias futuras, porque el sistema financiero mundial se encuentra en un estado de desequilibrio. El oro es un producto alternativo muy versátil. Muchos entienden que en esta situación, cuando la entropía aumenta, el oro es una respuesta muy buena. Hay que recordar que los bancos centrales están dirigidos por funcionarios. ¿Y cuál es la función de un funcionario? Asegurarse de que no hay problemas. En situaciones de máxima entropía, aumentar las reservas de oro siempre es positivo. Mi estimación personal: el año que viene veremos 2.100 dólares y 2.300 dólares, y puede que incluso 2.500 dólares”.

Según el World Gold Council, unas 300 toneladas de las compras actuales, es decir, las tres cuartas partes, han ido a parar a las cuentas de los bancos centrales, que no facilitan información sobre sus reservas de oro o lo hacen de forma irregular. De hecho, aún no está claro quién está detrás de la mayoría de estas compras. Los participantes en el mercado sugieren que China y Rusia podrían ser compradores anónimos.

Alexey Vyazovsky, vicepresidente de la empresa de inversiones Golden Mint, comenta: “Todo el mundo sospecha de China. Publican datos del departamento de aduanas sobre las importaciones de metales del extranjero. También hay cifras sobre el volumen de negocio de la Bolsa de Shanghai. Y ahí también hay un gran aumento. China ha sacado conclusiones de la situación en la que ha caído Rusia con las sanciones, es decir, el bloqueo de sus activos. Ahora bien, China tiene una historia similar en torno a la cuestión de Taiwán. Ha invertido hasta 2 billones de dólares sólo en bonos del Tesoro estadounidense. Nuestros 2,3 billones de toneladas, que están almacenados en reservas, por ejemplo en la calle Neglinnaya, están protegidas de embargos. Así que resultó que no pasó nada con el tercer inversor en oro”.

El volumen total mundial de reservas de oro, según el Consejo Mundial del Oro, es de casi 37.000 toneladas. El volumen de compras anónimas de este verano no llega al 1 por cien. Respondiendo a los rumores -que circulaban activamente por las redes sociales- de que el oro ruso estaba físicamente almacenado en el extranjero y había sido bloqueado, el Viceministro de Finanzas Alexei Moiseev declaró en una reunión del Consejo de la Federación en junio que las reservas de oro estaban almacenadas dentro de Rusia y que en los últimos siete años no había sido exportado de ninguna manera. Según él, el oro está almacenado en dos lugares del país: en los Urales y cerca de Moscú. Los volúmenes del metal precioso no han hecho más que aumentar en los últimos años, añadió.

Andrei Jvirblis https://k-politika.ru/zoloto-uxodit-v-neizvestnye-ruki/

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Alemania: la inflación más alta desde hace 50 años

Los titulares de los medios de comunicación suelen ser reconfortantes: “La inflación de Alemania se moderó hasta el 10 por cien en noviembre”, dice The Objective (1), aunque nos vuelven las dudas sobre la vara de medir.

En otros medios, ese tipo de titulares los sustituyen por otros, como “La subida de precios ha tocado techo”. Lo que no dicen es que ese “techo” es el más alto desde hace 50 años, antes de reunificación alemana.

El poder anestesiante de ese tipo de noticias es como el de los horóscopos. No aciertan ni una. Por ejemplo, hace un año los titulares de los medios eran “Alemania experimentará un alivio de la inflación a principios de 2022”, lo que es de risa (2).

En Alemania el aumento de los precios de producción (inflación industrial) fue del 28,2 por cien el pasado mes de noviembre, según la Oficina Federal de Estadística (3).

En septiembre se alcanzó en Alemania un récord histórico absoluto desde 1949, año en que comenzaron las observaciones estadísticas, cuando la inflación industrial alcanzó el 45,8 por cien.

Los récords anteriores se registraron en marzo (30,9 por cien), abril (33,5 por cien), mayo (33,6 por cien), julio (37,2 por cien), agosto (45,8 por cien) y octubre (34,5 por cien).

65,8 por cien: subida de los precios de la energía debida a las sanciones contra Rusia. Ha sido el factor decisivo de los elevados valores de la inflación industrial en noviembre.

117,2 por cien: el aumento del precio de la electricidad fue la principal contribución al incremento del precio de los productos energéticos.

El precio del gas subió un 114 por cien, el de los fertilizantes un 74,9 por cien, el de los pellets un 126,7 por cien, el del fueloil un 51,3 por cien, el de los productos petrolíferos un 21,8 por cien y el de los carburantes un 18,8 por cien.

Las previsiones para Alemania son muy negras. El año que viene le espera una recesión del 0,4 por cien y una inflación del 7 por cien, por lo menos.

Pero si la “locomotora del Europa” se para, los furgones de cola, como España, seguirán el mismo destino, o peor.

(1) https://theobjective.com/internacional/2022-12-13/inflacion-alemania-modero/
(2) https://es.prod.euronews.com/next/2021/11/15/alemania-economia-inflacion
(3) https://www.destatis.de/DE/Presse/Pressemitteilungen/2022/12/PD22_550_61241.html

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Dominar la tecnología para preservar la hegemonía

El 7 de octubre Estados Unidos declaró oficialmente la guerra económica contra China. Aunque ningún canal de noticias cubrió el acontecimiento, todos tendremos que sufrir sus consecuencias. Ese día, gobierno de Biden lanzó una ofensiva tecnológica contra el país asiático, imponiendo límites más estrictos y controles más rigurosos a la exportación no sólo de microprocesadores, sino también de sus esquemas, las máquinas utilizadas para grabar los circuitos en silicio y las herramientas que estas máquinas producen. Ahora, si una fábrica china necesita alguno de estos componentes para producir bienes, las empresas deben solicitar un permiso especial para importarlos. ¿Por qué ha impuesto Estados Unidos estas sanciones? ¿Y por qué son tan duros?

Los circuitos integrados forman parte de todos los productos que consumimos -es decir, todo lo que fabrica China-, desde coches a teléfonos, desde lavadoras a tostadoras, desde televisores a microondas. Por eso China consume más del 70 por cien de los semiconductores del mundo, aunque, en contra de la creencia popular, sólo produce el 15 por cien. De hecho, esta última cifra es incluso engañosa: China no produce ninguno de los chips más modernos, los utilizados para la inteligencia artificial o los sistemas avanzados de armamento.

No vamos a ninguna parte sin esta tecnología. Rusia lo descubrió cuando, tras ser embargada por Occidente a raíz de su invasión de Ucrania, se vio obligada a cerrar algunas de sus mayores fábricas de automóviles. La escasez de chips también contribuye a la relativa ineficacia de los misiles rusos: muy pocos son “inteligentes”, es decir, disponen de microprocesadores que guían y corrigen su trayectoria. Hoy en día, la producción de microprocesadores es un proceso industrial internacional, con cuatro puntos nodales principales: 1) modelos de chips de inteligencia artificial, 2) aplicaciones informáticas de automatización de diseño electrónico, 3) equipos de fabricación de semiconductores, 4) componentes de equipos.

Los últimos movimientos del gobierno de Biden explotan simultáneamente el dominio estadounidense en las cuatro áreas. Las medidas muestran el grado sin precedentes de intervencionismo del gobierno estadounidense, dirigido no sólo a preservar su control sobre estas tecnologías, sino también a lanzar una nueva política para asfixiar activamente a grandes segmentos de la industria china, con la intención de acabar con ella.

El nuevo embargo a la exportación no se parece a nada visto desde la Guerra Fría. Incluso un comentarista tan obsequioso con Estados Unidos como Martin Wolf, del Financial Times, observa que “los recientes anuncios sobre el control de la exportación de semiconductores, y tecnologías relacionadas, a China son más amenazadores que cualquier cosa que haya hecho Donald Trump”. El objetivo es claramente frenar el desarrollo económico chino. Se trata de un acto de guerra económica. Y tendrá importantes consecuencias geopolíticas”.

‘Asfixia con intención de matar’

“Asfixia con intención de matar” es una caracterización adecuada de los objetivos del imperio estadounidense, seriamente preocupado por la creciente sofisticación tecnológica de los sistemas armamentísticos chinos, desde sus misiles hipersónicos hasta la inteligencia artificial. De hecho, China ha logrado avances significativos en este ámbito mediante el uso de tecnologías que son propiedad de Estados Unidos o están bajo su control. Durante años, el Pentágono y la Casa Blanca han observado con muda irritación que su competidor avanzaba a pasos agigantados con herramientas que ellos mismos habían proporcionado. La ansiedad por la “amenaza China” no fue solo un impulso pasajero del gobierno de Trump. Estas preocupaciones son compartidas por el de Biden, que ahora persigue los mismos objetivos que su predecesora, pero con un vigor redoblado.

El anuncio estadounidense se hizo pocos días después de la inauguración del Congreso Nacional del Partido Comunista Chino. En cierto sentido, la prohibición de las exportaciones fue una forma de que la Casa Blanca interviniera en el Congreso, que pretendía cimentar la supremacía política de Xi Jinping. A diferencia de las sanciones impuestas a Rusia -que, salvo el bloqueo de los microchips, han sido relativamente ineficaces-, es probable que estas restricciones tengan un impacto considerable, dada la estructura única del mercado de semiconductores y la particularidad de su cadena de producción.

La industria de los chips semiconductores se caracteriza por su dispersión geográfica y su concentración financiera, que se explican por la elevada intensidad de capital de su producción. Esta intensidad de capital se acelera con el tiempo, ya que la dinámica de la industria se basa en la mejora continua del rendimiento, es decir, la capacidad de manejar algoritmos cada vez más complejos al tiempo que se reduce el consumo de energía. Los primeros circuitos integrados fiables desarrollados a principios de los años 60 contenían 130 transistores. El procesador Intel de 1971 tenía 2.300 transistores. En los años noventa el número de transistores en un solo chip superó el millón. En 2010 un chip contenía 560 millones y en 2022 el IPhone de Apple tenía 114.000 millones.

A medida que los transistores se hacían más y más pequeños, las técnicas para fabricarlos sobre un semiconductor se volvían cada vez más sofisticadas. El haz de luz que traza los planos tenía que tener una longitud de onda cada vez menor. Los primeros se situaban entre 700 y 400 milmillonésimas de metro, es decir, nanómetros (nm). Con el tiempo, se redujeron a 190 nm, luego a 130 nm, antes de alcanzar los límites del ultravioleta: sólo 3 nm.

Para lograr estas dimensiones microscópicas se requiere una tecnología costosa y muy compleja: láseres y dispositivos ópticos de notable precisión y los diamantes más puros. Un láser capaz de producir una luz suficientemente estable y precisa se compone de 457.329 piezas, producidas por decenas de miles de empresas especializadas de todo el mundo: una sola impresora de microchips con estas características tiene un valor de 100 millones de dólares, y el último modelo tiene un coste previsto de 300 millones. Esto significa que abrir una fábrica de microchips requiere una inversión de unos 20.000 millones, más o menos la misma cantidad que construir un portaaviones.

Las empresas sin fábricas

La inversión debe amortizarse rápidamente, ya que en pocos años los microchips se ven superados por un modelo más avanzado, compacto y miniaturizado, que requiere equipos, arquitectura y procedimientos totalmente nuevos. Hay límites físicos a este proceso; ahora hemos llegado a capas de sólo unos pocos átomos de grosor. Por eso hay tanta inversión en computación cuántica, donde la incertidumbre cuántica ya no es un límite, sino una característica a explotar. Hoy en día, la mayoría de las empresas de componentes electrónicos ya no fabrican semiconductores; se limitan a modelar y planificar su arquitectura, de ahí el nombre estándar que se les da: “fabless” (*). Pero estas empresas tampoco son pequeñas. Por poner algunos ejemplos, Qualcomm emplea a 45.000 trabajadores y tiene unos ingresos de 35.000 millones de dólares, Nvidia emplea a 22.400 con unos ingresos de 27.000 millones y AMD tiene 15.000 empleados y unos ingresos de 16.000 millones.

Así, la modernidad tecnológica se caracteriza por una gran paradoja: la miniaturización infinitesimal requiere instalaciones cada vez más titánicas, y de tal envergadura que ni siquiera el Pentágono puede permitírselas, a pesar de su presupuesto anual de 700.000 millones de dólares. Un proceso así requiere un nivel de integración igualmente creciente para ensamblar cientos de miles de componentes diferentes, producidos por diversas tecnologías, cada una de ellas hiperespecializada.

El impulso hacia la concentración es inexorable. La producción de las máquinas que “imprimen” estos microchips avanzados está bajo el monopolio de una única empresa holandesa, ASM International, mientras que la producción de los propios chips corre a cargo de un reducido número de empresas, especializadas en un tipo concreto de chip: lógico, DRAM, memoria flash, procesamiento gráfico, etc. La empresa estadounidense Intel produce casi todos los microprocesadores informáticos, mientras que la industria japonesa -que alcanzó su apogeo en los años 80 antes de entrar en crisis a finales de los 90- fue absorbida por la estadounidense Micron, que sigue teniendo fábricas en todo el sudeste asiático.

Sin embargo, sólo hay dos auténticos gigantes de la producción de hardware: uno es Samsung, en Corea del Sur, favorecido por Estados Unidos durante los años 90 para contrarrestar el ascenso de Japón, cuya precocidad antes del final de la Guerra Fría se había convertido en una amenaza; el otro es TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company, con 51.000 empleados, 43.000 millones de facturación y 16.000 millones de beneficios), que abastece a todas las empresas fabless estadounidenses y produce el 90 por cien de los chips más avanzados del mundo.

Así pues, la red de producción de chips es muy dispar, con fábricas repartidas por Holanda, Estados Unidos, Taiwán, Corea del Sur, Japón y Malasia. También está concentrada en manos de cuasi monopolios (ASML para la litografía ultravioleta, Intel para los microprocesadores, Nvidia para las GPU, TSMC y Samsung para la producción) con cantidades astronómicas de inversión. Es esta red la que hace que las sanciones sean tan eficaces: un monopolio estadounidense en el diseño de microchips, establecido por sus grandes empresas sin fábricas, a través del cual se puede ejercer una influencia colosal sobre las empresas de los Estados vasallos que realmente producen el hardware. Estados Unidos puede bloquear eficazmente el progreso tecnológico chino, ya que ningún país del mundo tiene la competencia ni los recursos necesarios para desarrollar sistemas tan sofisticados. Los propios Estados Unidos dependen de infraestructuras tecnológicas desarrolladas en Alemania, Gran Bretaña y otros países.

Pero no se trata sólo de tecnología: también se necesitan ingenieros, investigadores y técnicos formados. Para China, por tanto, el ascenso es empinado, incluso vertiginoso. En este sector, la autarquía tecnológica es imposible.

China se prepara para la guerra tecnológica

Naturalmente, Pekín ha tratado de prepararse para esta eventualidad, habiendo anticipado la llegada de estas restricciones hace algún tiempo almacenando chips e invirtiendo fuertemente en el desarrollo de la producción tecnológica local. Ha hecho algunos progresos en este campo: la empresa china International Semiconductor Manufacturing Corporation (ISMC) ya produce chips, aunque su tecnología va varias generaciones por detrás de TSMC, Samsung e Intel. Sin embargo, a China le resultará imposible seguir el ritmo de sus competidores. No tiene acceso a las máquinas litográficas ni a la luz ultravioleta de alta calidad suministrada por ASML, que ha bloqueado todas las exportaciones. La impotencia de China ante este ataque es evidente: considérese la total falta de respuesta oficial de los dirigentes de Pekín, que no han anunciado ninguna contramedida ni represalia por las sanciones estadounidenses. La estrategia preferida parece ser la ocultación: seguir trabajando bajo el radar antes que ser arrojado por la borda sin boya.

El problema para el bloqueo estadounidense es que gran parte de las exportaciones de TSMC (y luego de Samsung, Intel y ASML) van a China, cuya industria depende de la isla que quieren anexionarse. Los taiwaneses son muy conscientes del papel central que desempeña la industria de semiconductores en su seguridad nacional, hasta el punto de que hablan de un “escudo de silicio”. De hecho, Estados Unidos quiere hacer todo lo posible para no perder el control de esta industria, y China no puede permitirse destruir esta infraestructura en una invasión. Pero este razonamiento era más defendible antes de la actual Guerra Fría entre China y Estados Unidos.

De hecho, dos meses antes del anuncio de las sanciones a China por los microprocesadores, gobierno de Biden lanzó la Ley Chips, que destinaba 50.000 millones de dólares a repatriar al menos parte de la cadena de producción, lo que casi obligaba a Samsung y TSMC a construir nuevas instalaciones de producción (y actualizar las antiguas) en suelo estadounidense. Desde entonces, Samsung se ha comprometido a invertir 200.000 millones de dólares en la construcción de 11 nuevos centros en Texas durante los próximos diez años, aunque es probable que los plazos sean décadas, en plural. Todo esto apunta a una cosa: si bien es cierto que Estados Unidos está dispuesto a “desmundializar” parte de su aparato productivo, también es muy difícil desvincular las economías china y estadounidense tras 40 años de interferencia mutua. Y sería aún más complicado para Estados Unidos convencer a sus otros aliados -Japón, Corea del Sur, Europa- de que desenreden sus economías de China, sobre todo porque estos Estados han utilizado históricamente estos vínculos comerciales para liberarse del yugo estadounidense.

Alemania es un ejemplo de ello: es el mayor perdedor en la guerra de Ucrania. Este conflicto ha puesto en tela de juicio todas las decisiones estratégicas de sus élites en las últimas cinco décadas. Desde el cambio de milenio, Alemania ha basado su fortuna económica -y, por tanto, política- en su relación con China, que se ha convertido en su socio comercial más importante (su comercio asciende a 264.000 millones de dólares anuales). En la actualidad, Alemania sigue reforzando sus lazos bilaterales con China, a pesar del enfriamiento de las relaciones entre Washington y Pekín y de la guerra en curso en Ucrania, que ha perturbado el papel de intermediario de Rusia entre el bloque alemán y China.

En junio, el productor químico alemán Basf anunció una inversión de 10.000 millones de dólares en una nueva central eléctrica en Zhanjiang, al sur de China. Olaf Scholz incluso visitó Pekín a principios de mes, encabezando una delegación de directivos de Volkswagen y Basf. El Canciller viajó con regalos, comprometiéndose a permitir la polémica inversión de la china Costco en una terminal de contenedores en el puerto de Hamburgo. Los Verdes y los liberales (miembros de la coalición gobernante con el SPD de Olaf Scholz) criticaron esta decisión, pero el canciller replicó que la participación de Costco solo sería del 24,9 por cien, sin poder de veto, y solo abarcaría una de las terminales de Hamburgo, algo incomparable con la adquisición total de El Pireo en 2016. Al final, el ala más atlantista de la coalición alemana se vio obligada a aceptar la decisión.

En el clima actual, incluso estos pequeños gestos -el viaje de Scholz a Pekín, menos de 50 millones de dólares de inversión china en Hamburgo- parecen grandes actos de insubordinación, especialmente tras las últimas sanciones estadounidenses. Pero Washington no podía esperar que sus vasallos asiáticos y europeos se limitaran a abrazar esta desmundialización como si la era neoliberal nunca hubiera existido, como si durante las últimas décadas no se les hubiera animado, empujado, casi obligado a vincular sus economías entre sí, creando una red de interdependencias que ahora es difícil de romper.

Sin embargo, los vasallos deben elegir bando cuando estalla un conflicto. Un conflicto que parece una guerra gigantesca, aunque se libre por unas millonésimas de milímetro…

Marco D’Eramo https://newleftreview.org/sidecar/posts/circuits-of-war</>

(*) Se denomina “fabless” a una empresa de semiconductores que no fabrica, ni produce las obleas de silicio, sino que se especializa en el diseño y la comercialización.
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Deslocalización, desindustrialización o guerra comercial entre Europa y Estados Unidos

El ex Presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, y la actual Presidenta, Ursula von der Leyen, han anunciado la posibilidad de una guerra comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos. El motivo es la Ley de Reducción de la Inflación, que entrará en vigor en Estados Unidos el 1 de enero de 2023. Esta ley ofrece subvenciones masivas a las empresas que lleven a cabo proyectos de energía y tecnología limpias, siempre que tengan su sede en Estados Unidos.

Eso supone unos 370.000 millones de dólares en subvenciones que servirán de incentivo adicional para que los gigantes industriales europeos se trasladen a Estados Unidos. Además, a la Unión Europea le preocupa que Estados Unidos acapare la mayor parte del suministro de metales de tierras raras, necesarios para la producción de paneles solares y eólicos, así como baterías y motores de coches eléctricos.

Estas medidas, combinadas con una diferencia múltiple en el coste de los recursos energéticos, contribuirán a la absorción de la industria europea por Estados Unidos. Ambos parámetros alteran de forma crítica el equilibrio de la competitividad entre las empresas de la Unión Europea y las de Estados Unidos, lo que deja a las fábricas europeas ante una elección sencilla: deslocalización o muerte.

En una comparecencia, el gigante automovilístico Volkswagen no desmintió los rumores de que iba a cerrar centros de producción en Alemania, la República Checa y Eslovaquia debido a la escasez de gas. La empresa no dice nada sobre la ubicación exacta de las instalaciones de producción que se cerrarán, pero no es difícil adivinarla. Una vez desvelado el secreto, el proceso empezará a expandirse exponencialmente: después vendrán los fabricantes de automóviles, las plantas químicas, las empresas farmacéuticas y muchas otras, que despedirán a cientos de miles de trabajadores.

Sólo un mes antes de la entrada en vigor de la Ley de Reducción de la Inflación, los europeos decidieron hablar del conflicto que se había abierto en el campo aliado. Hasta el final confiaron en negociar un compromiso. Biden firmó la ley en agosto de este año, en plena Guerra de Ucrania que debería haber unido al máximo a los países occidentales para hacer frente a Rusia. Pero el sabotaje de Nord Stream ha dejado a la Unión Europea sin la mayor parte de su gas. Y un embargo del petróleo en alta mar y una limitación de los precios podrían dejar al Viejo Continente sin petróleo ruso. Resulta que lo que es bueno para Estados Unidos no lo es para Europa, que se ha hecho dependiente de los recursos energéticos estadounidenses.

Antes lamentaba su dependencia de la energía rusa y ahora lamenta lo mismo de Estados Unidos.

Los últimos industriales europeos que dudaban acaban de ser “convencidos” por la ley de Biden, que es una de las principales herramientas para conservar el sillón presidencial. Las nuevas industrias y empleos están pensados para paliar la crisis de la economía estadounidense a medio plazo (idealmente antes de las elecciones presidenciales de 2024).

En 2008 la Unión Europea aprobó la llamada Iniciativa de Materias Primas, que constituyó la base de la política de Bruselas para garantizar el acceso a las materias primas del Tercer Mundo. Esa política se aplicó de diversas maneras. En general, se reducía a garantizar la libre exportación de materias primas de terceros países a la Unión Europea por todos los medios disponibles. El acuerdo sobre la adhesión de Ucrania a la Unión Europea también perseguía el objetivo de garantizar la exportación sin trabas (y, a ser posible, libre de aranceles) de madera, acero, mineral de hierro y metales de tierras raras ucranianos a Europa. Ahora es Estados Unidos quien ofrece a la vieja Europa su versión de “asociación” en beneficio propio.

Los intentos de resistencia de los europeos hasta ahora parecen cómicos. Han amenazado a Estados Unidos con recurrir a la Organización Mundial del Comercio. Von der Leyen quiere crear un fondo para subvencionar la economía en respuesta a los beneficios estadounidenses. Las capacidades financieras de Washington y Bruselas son incomparables, y desde luego no hay dinero extra, dada la crisis en Europa y el aumento de los costes de la ayuda a Ucrania.

Los planes de la Unión Europea para obtener recursos energéticos alternativos parecen aún menos prometedores que antes de febrero de 2022. Por ejemplo, la estrategia del hidrógeno de la Unión Europea preveía organizar la producción de hasta un tercio del volumen de hidrógeno en Ucrania y en los países del norte de África desde donde se importaría a la Unión Europea. Nadie en su sano juicio construiría ahora costosos electrolizadores en Ucrania. El hidrógeno debía transportarse con gas natural a través de gasoductos ucranianos, que podrían cerrarse en cualquier momento en un país en guerra. Los países norteafricanos, como Argelia y Marruecos, ven ahora a la Unión Europea como un cliente debilitado, que pierde rápidamente influencia y solvencia.

La política monetaria de la Unión Europea tampoco funcionará. El debilitamiento del euro y el alcance de la paridad con el dólar han contribuido al empobrecimiento de los trabajadores de la Unión Europea. Pero ha resultado ser un incentivo insuficiente para la industria europea, presionada por la crisis energética y los problemas sociales. Un mayor debilitamiento del euro como medio de mantener la competitividad de la economía no hará sino avivar los movimientos de protesta en el continente. Además, esa política no puede funcionar cuando Estados Unidos puede orientar su política monetaria en sentido contrario (y tarde o temprano lo hará): bajando de nuevo los tipos de interés y debilitando el dólar, estimula sus exportaciones. Pero eso no ocurrirá hasta que Europa esté agotada, a pesar de las tibias protestas de los burócratas de Bruselas.

Macron y Meloni bien podrían seguir la visita de Scholz a Moscú, pero no hay necesidad de asustar a Estados Unidos con un giro hacia China, que exigiría un replanteamiento estratégico de la política exterior de la Unión Europea, una reconciliación con Rusia y una alianza estratégica con China. Significaría una ruptura con Estados Unidos, que llegará más temprano que tarde.

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Crisis energética: el año que viene será aún peor

En marzo, cuando acabe el invierno, la crisis del gas que sacude actualmente a Europa parecerá probablemente lejana. Pero lo peor está aún por llegar, advierte la Agencia Internacional de la Energía en un nuevo informe publicado ayer. La Unión Europea podría enfrentarse a un déficit de casi 30.000 millones de metros cúbicos de gas, es decir, más del 6,5 por cien de su consumo total en 2021.

A medida que bajan las temperaturas en Europa, cristaliza la preocupación por posibles cortes de electricidad en las próximas semanas, al aumentar la demanda de calefacción. Sin embargo, el final de este invierno no será el final de la crisis energética. Por el contrario, lo peor está aún por llegar y podría amenazar la supervivencia de la industria europea y aumentar la presión sobre los trabajadores el próximo año.

Es el mensaje principal del informe de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) titulado “Evitar la escasez de gas en Europa”. Es probable que se produzca un “grave desfase” entre oferta y demanda si las importaciones por gasoducto desde Rusia caen a cero el año que viene y la demanda de gas licuado de China repunta a los niveles de 2021.

Europa ya no podrá recibir gas ruso para reponer sus reservas antes del próximo invierno, como ha hecho este año a pesar de la Guerra de Ucrania. “En 2021 las exportaciones de gas ruso a la Unión Europea ascendieron a 140.000 millones de metros cúbicos (bcm). Cayeron a 60 bcm en 2022, y es probable que en 2023 no haya más gas ruso en nuestros sistemas”, advirtió el director ejecutivo de la AIE, Fatih Birol, en una rueda de prensa en Bruselas, junto a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Esto “dejaría un agujero aún mayor en el suministro de gas europeo y mundial”, advierte la AIE.

La situación no sería tan grave si hubiera volúmenes equivalentes de gas disponibles en otros lugares para sustituir al de Gazprom. El único problema es que “la cantidad de nueva capacidad energética es extremadamente baja”, advirtió Birol. Los países europeos están aumentando actualmente su capacidad de importación de gas licuado, que se transporta por barco desde todo el mundo en lugar de por gasoducto. Incluso deberían alcanzar unos 40 bcm más a finales de 2023, gracias a la construcción de nuevas terminales de gas licuado, que regasifican el gas a medida que llega a la costa. Pero mientras muchos países del mundo luchan por acceder al gas licuado, es posible que estas terminales no estén plenamente operativas. Según la AIE, este año sólo llegarán al mercado unos 20 bcm de suministro adicional de gas licuado, a pesar de los proyectos de desarrollo en Estados Unidos y Qatar.

Se avecina una crisis importante en el suministro de gas licuado, debido a un “desequilibrio estructural” entre la oferta y la demanda en el mercado mundial. Si el suministro de gas ruso se interrumpiera durante mucho tiempo, habría que cubrir el 40 por cien de la demanda europea en 2025.

Encarnizada competencia con China

El tira y afloja con Asia por los cargamentos de gas licuado se intensificarán el año que viene. Es probable que China se lleve una gran parte de estos volúmenes, que ya son insuficientes para abastecer a Europa, que ya está privando de gas licuado a países menos desarrollados como Pakistán y Bangladesh para sustituir al gas ruso. El año que viene la demanda de este gas por parte de Pekín “bien podría recuperarse de los niveles inusualmente bajos observados en 2022”, ligados a la política de “covid cero”, señala la AIE en su informe.

La capacidad de Europa para garantizar un aumento de las importaciones de gas licuado este año con el fin de reponer sus reservas de gas, que hoy están llenas casi al 90 por cien, “ha sido posible en gran parte por la caída de la demanda de importación de China”, señala la AIE. A eso se añade el hecho de que China está mejor posicionada en los contratos a largo plazo, ya que sus necesidades están cubiertas al 100 por cien para 2025, a diferencia de Europa, que ha tenido que recurrir al mercado del día a día y a los contratos a corto plazo desde el inicio de la Guerra de Ucrania.

“Las temperaturas anormalmente suaves observadas [en Europa] a principios del invierno podrían no durar”, señala la AIE. Cuanto más bajo esté el termómetro, mayor será el consumo de calefacción y, por lo tanto, de gas. En este punto, Europa ha tenido bastante suerte este año: el clima suave que experimentó en el otoño de 2022 redujo la demanda de gas en más de 10 mmc, según la AIE. Sin embargo, “no hay garantías de que las temperaturas vayan a ser tan suaves durante el resto del invierno, ni para 2023 en su conjunto”, señala la organización. Con la caída de la oferta y el aumento de la demanda, la crisis se agravará.

Otros 100.000 millones de euros más

Para evitar este escenario catastrófico, la AIE recomienda que la Unión Europea inyecte 100.000 millones de euros adicionales de dinero público para poner en marcha cinco “acciones clave”. Una cantidad que “se devolverá en dos años gracias al ahorro de gas que supondrá”, propuso Birol, y que representa “menos de un tercio de los 330.000 millones de euros que han movilizado los Estados miembros en el último año en forma de planes de emergencia para proteger a los consumidores de los altos precios”. Sin las medidas ya adoptadas este año, el déficit potencial en 2023 sería de 60 bcm en lugar de unos 30 bcm, según la AIE.

Los 100 000 millones en cuestión deberían favorecer la aceleración de las medidas de eficiencia energética, en particular la renovación térmica o la sustitución de la iluminación por LED, y fomentar el uso generalizado de bombas de calor para calentar los edificios. Luego Birol se explayó con el famoso cuento de la lechera energético: el plan REPowerEU, despliegue de las energías renovables y “revolucionar el comportamiento de los consumidores” para que consuman de forma más inteligente. Son herramientas “que nos permitirán ahorrar gas de forma rápida y sencilla”, prometió Birol.

Europa siempre necesitará cantidades considerables de gas para el funcionamiento de sus industrias y el abastecimiento de sus hogares. En estas condiciones, varias partes interesadas trabajan ya entre bastidores para consolidar las relaciones entre la Unión Europea y sus proveedores. A mediados de septiembre, los reguladores europeos de la energía (ACER) viajaron en secreto a Washington para suplicar que les rebajen los precios para el gas de esquisto estadounidense.

La Unión Europea también le reza a la virgen de Noruega. Hoy Von der Leyen se entrevista con el Primer Ministro Jonas Gahr Store, pero el escenario no va cambiar demasiado. A Europa les esperan escasez y precios disparados.

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Bienvenidos al país de los hambrientos: Estados Unidos

El personal de Bread for the City, una venerable organización de beneficencia en la capital de Estados Unidos, pensaron que estaban preparados para el donativo anual de alimentos Holiday Helpers previo al Día de Acción de Gracias de este año. La pandemia se había desvanecido, pero la inflación era alta, por lo que presupuestaron repartir 12.000 comidas, un 20 por cien más que los niveles normales previos a la pandemia.

Pero rápidamente quedaron abrumados, con largas filas de clientes que esperaron horas para recibir un pavo gratis y una tarjeta de débito de 50 dólares para comprar comestibles. Se vieron obligados a cerrar tres días antes tras ayudar a 16.000 personas, muchas más de las que preveían.

“No queremos volver a traumatizar a nuestra comunidad haciéndola esperar afuera durante cuatro horas por un pavo”, dijo Ashley Domm, directora de desarrollo de la organización de beneficencia. “No estamos preparados para tener a cientos de personas haciendo fila en una calle de la ciudad”.

La experiencia de Bread for the City refleja una dinámica más amplia que está desarrollándose en todo el país. La que muchos estadounidenses esperaban sería la primera temporada navideña normal en tres años, en lugar de ello ha entrado de nuevo en una crisis intensificada de hambre, con la Navidad en el horizonte.

Un informe de septiembre del Urban Institute —un grupo de investigaciones sobre políticas económicas y sociales con sede en Washington— estimó que aproximadamente 1 de cada 5 adultos experimentó inseguridad alimentaria en el hogar el verano pasado, una cifra casi similar a la del primer año de la pandemia, pero un incremento agudo en comparación con la primavera de 2021. Los adultos negros e hispanos reportaron tasas más altas de inseguridad alimentaria que sus contrapartes blancas, según el informe.

“Durante la pandemia, nadie tenía trabajo y nadie tenía dinero”, dijo Nancy Murphy, una cuidadora de 45 años que recogió un pavo congelado y comestibles la semana pasada de un donativo en la parroquia Asamblea Vino Nuevo de la Iglesia de Dios El Cristiano Redimido, en el noreste de Washington. “Ahora están de regreso en sus trabajos, pero el dinero no es suficiente. Todavía es difícil”.

El gobierno estima que los precios de los alimentos subirán entre un 9,5 por cien y un 10,5 por cien este año. Y eso está presionando los presupuestos de muchos estadounidenses y los bancos de alimentos que los han ayudado, especialmente luego de que expiró el flujo masivo de ayuda por la pandemia.

“La inflación ha sido la historia del año”, dijo Michael Altfest, director de compromiso con la comunidad en el Banco de Alimentos del Condado Alameda en Oakland, California.

Altfest agregó que el nivel de necesidad en la comunidad todavía es entre un 50 por cien y un 70 por cien más alto que los niveles previos a la pandemia, y aproximadamente el 30 por cien de las llamadas a la línea de ayuda de emergencia del banco de alimentos son de personas que telefonean por primera vez.

En muchos casos, las organizaciones de beneficencia y los bancos de alimentos se habían preparado para un número mayor debido a la inflación, sólo para descubrir que el nivel de necesidad había superado por mucho sus proyecciones.

El Banco de Alimentos del Área de la Capital, en Washington, originalmente calculó que necesitaría distribuir unos 43 millones de comidas durante el año presupuestario de julio de 2022 a junio de 2023. Ahora, cuatro meses después de iniciado ese año fiscal, ya está un 22 por cien por encima de esas predicciones.

“Esa fue una predicción informada con cuatro o cinco buenos meses de información”, dijo Radha Muthiah, directora general del banco de alimentos. “Nosotros siempre estamos pensando en el Día de Acción de Gracias y la Navidad justo cuando todo el mundo se encamina a la playa en verano”.

En Illinois, Jim Conwell, del Banco de Alimentos de la Zona Metropolitana de Chicago, dice que la necesidad todavía es elevada. “Así que estamos comprando más y gastando más en lo que compramos”, señaló.

La red de su organización prestó servicios a aproximadamente un 30 por cien más de hogares en agosto de 2022, en comparación con el agosto previo.

“Las familias que apenas estaban logrando enderezar las cosas están experimentando un reto completamente nuevo, o incluso si tienen empleo, o tienen varios trabajos o fuentes de ingresos, (el dinero) simplemente no está rindiendo igual que hace dos años”, añadió. Los precios más altos están obligando a las personas a hacer “sacrificios en alimentos”, señaló Altfest.

Por ejemplo, dijo, el precio del pollo ha aumentado más del doble: de 78 centavos por libra (453 gramos) el año pasado a 1,64 dólares por libra este año. Las estimaciones de la fundación Farm Bureau establecen que el costo del pavo es un 21 por cien más alto que el año pasado. Y el investigador mercadológico Datasembly estima que una caja de relleno de 16 onzas (453 gramos) cuesta un 14 por cien más que el año pasado, y una bolsa de papas Russet de cinco libras (2,27 kilos) cuesta un promedio de 45,5 por cien más.

Mike Manning, presidente del Banco de Alimentos de la Zona Metropolitana de Baton Rouge, en Luisiana, hace una distinción entre el aumento de los niveles de hambre causado por la pandemia y la crisis actual. Durante la pandemia, los trabajos e ingresos de millones de personas prácticamente desaparecieron, lo que creó una ola inmediata de necesidad que él comparó con las secuelas de un huracán.

Pero la crisis actual ha sido un incremento lento y constante que comenzó a fines de febrero y sigue en aumento. Manning dijo que su banco de alimentos ha visto un aumento del 10 por cien al 15 por cien en la inseguridad alimentaria local tan sólo en los últimos dos meses.

“Uno está hablando con personas que tienen ingresos más bajos y tienen varios empleos; sólo hay que pensar en el costo de ir de un trabajo a otro, con la gasolina consumiendo cualquier extra que estén tratando de ganar”, agregó. “¿Qué van a hacer? ¿Renuncian a la gasolina, y por lo tanto no pueden llegar a trabajar, o se sacrifican en la comida y regresan y nos piden ayuda?”

Y sin indicios claros de cuándo podría disminuir la ola de inflación a largo plazo, “esto casi se siente más como un maratón sin una línea de meta a la vista”, dijo Conwell, del banco de alimentos de Chicago.

Domm recuerda las filas en Bread for the City que “permanecieron abrumadoramente largas” durante semanas. El hecho de que los clientes estuvieran dispuestos a esperar afuera durante horas por un pavo y una tarjeta de débito habla de “la intensidad y profundidad de la necesidad”, señaló.

Domm también cree que hay además un elemento psicológico en juego: después de dos temporadas navideñas consecutivas afectadas por la pandemia, las familias están muy ansiosas por tener algo más cercano a la normalidad. “La gente ha evitado reunirse con sus familias durante los últimos dos años. Así que este año hay más presión para conseguir comestibles y tener una comida grupal”, dijo.

—https://www.latimes.com/espanol/eeuu/articulo/2022-12-10/eeuu-inflacion-agrava-el-hambre-en-esta-temporada-navidena