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La Ruta de la Seda: cuando ‘el corazón del mundo’ era un cruce de caminos

Ruta de la Seda es el nombre que en 1877 dio el geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen a una red de corredores de 7.000 kilómetros que unían Xian, en China, con Antioquía, un puerto turco del Mediterráneo oriental. El Camino de Santiago era el último apéndice de un recorrido que, por la otra vertiente, llegaba hasta Filipinas.

La seda era la mercancía más valiosa que circulaba por dichos corredores y durante mucho tiempo los chinos la utilizaban como moneda de cambio. Hoy se llamaría la Ruta del Oro. Los chinos eran los únicos que conocían el secreto de su fabricación, que era monopolio del Imperio. Pero la gama de productos era muy variada: jade, ámbar, almizcle, piedras preciosas, coral, lino, lana, porcelana, armas, mármol, especias…

En las caravanas las mercancías se portaban a lomos de caballos, camellos, dromedarios o en carros tirados por yaks, cada uno de los cuales soportaba cargas de hasta 140 kilos, formaban largas hileras con miles de carros, personas y animales.

Los griegos y romanos hablaban del “País de Seres”, un antiguo pueblo de Asia central (los “sedosos”) que fabricaba seda. Plinio el Viejo los describe como personas altas, rubias y de ojos azules en lo que hoy son regiones de China, como el Turkestán oriental, habitado por uigures, donde se han descubierto enterramientos de noreuropeos con muchos miles de años de antigüedad.

Algunos arqueólogos remontan su origen al paleolítico. Las primeras crónicas chinas hablan de ella desde el siglo II antes de nuestra era, durante la dinastía Han. En occidente la conocemos gracias al relato de Marco Polo, un comerciante italiano, que en el siglo XIII la recorrió durante 25 años. Eso fue posible por su socio, Kublai Khan, hijo de Gengis Khan, es decir, gracias al Imperio Mongol, edificado sobre los distintos eslabones de la Ruta, que llegó a ser el imperio continental más grande de la historia. Durante algún tiempo dio unidad política a aquel sistema arterial, desde Corea hasta el Danubio, en plena Europa.

Los corredores decayeron en el siglo XIV tras la caída del Imperio Mongol y en el siglo siguiente con la colonización de América, que a su vez fue consecuencia de la dominación turca sobre el Mediterráneo oriental, que cerró las vías a los mercaderes occidentales. El auge de la técnica de navegación marítima y la época de las grandes expediciones, reduce la importancia de la Ruta de la Seda.

Hace un par de años el profesor de historia de la Universidad de Oxford, Peter Frankopan, publicó un libro sobre las Rutas de la Seda, en plural (1), que fue duramente criticado por el diario The Guardian (2). En su obra el historiador la define como el “corazón del mundo” para remarcar la subjetividad de los relatos occidentales, donde es normal que nos cueste entender las religiones, las migraciones, las Cruzadas, el comercio internacional o el dinero.

Algunos expertos en “geoestrategia” consideran a esta región del mundo, Eurasia, como el factor clave de la diplomacia rusa. Para ellos el Kremlin debería mirar a oriente más que a occidente. En definitiva, una buena parte de la región formó parte de la URSS hasta hace bien poco. Pero actualmente está bajo la influencia económica de China como en otras épocas del pasado. Hoy la seda es gas y petróleo.

Entre los siglos VII y X, cuando imperaba la dinastía Tang, Xian era una urbe gigantesca de unos dos millones de habitantes, diez veces más que Constantinopla o Córdoba. En comparación con otras, era mucho mayor que Nueva York hoy.

En los oasis el recorrido estaba jalonado de ciudades que, al mismo tiempo eran fortalezas militares. En su entrada había gigantescas “áreas de servicio” con restaurantes, moteles de carretera, mercadillos, bazares, baños… Se edificaban en torno a corralas o patios cerrados con cuadras en los bajos para alimentar, dar descanso y cambiar o relevar (“relay”) a los animales de tiro. Cuando estaban dentro de las ciudades se llamaban “khan” (casa en persa) y en turco “han”. En otro caso, si estaban en plena ruta, se llamaban “caravanserai” en persa, un término derivado de las palabras “karvan” (caravana) y “saray” (palacio). En castellano existió hasta hace muy poco la palabra “venta” que tuvo ese sentido múltiple de comercio, restaurante y hospedería.

También cumplían el papel de las aduanas, donde los sogdianos cobraban un peaje a los mercaderes, un tributo que les permitió levantar las imponentes ciudades de Samarcanda y Boujara. Los sogdianos eran un pueblo indoeuropeo, iraní, de origen escita, asentado en la fronteras de los actuales Uzbekistán y Tayikistán. Compraban, vendían, traducían y cambiaban monedas. Fueron ellos los que difundieron el conocimiento, la técnica y religiones como el nestorianismo, el maniqueísmo, el budismo, el judaísmo, el cristianismo y el islam. Lo mismo que el Camino de Santiago, la Ruta de la Seda era un lugar de peregrinaje para los budistas.

La Ruta de la Seda nunca tuvo un carácter exclusivamente comercial. Por ejemplo, siempre fue una universidad (“universitas”). Las enormes caravanas de mercadores iban fuertemente protegidas por ejércitos privados y los sabios de todas las épocas aprovechaban para acompañar en las expediciones. Unos comerciaban y otros aprendían, de donde viene la leyenda bíblica de los Reyes Magos de Oriente que seguían las estrellas (la Vía Láctea).

Pero el conocimiento no sólo circulaba por la Ruta como la sangre por las venas. Lo que la leyenda quiere decir es que -esencialmente- el conocimiento es un recorrido o, como decía Aristóteles, un camino. Por eso cuando se habla de un pensador, se hace referencia a su “trayectoria”. En términos antropológicos, es una romería, un remedo de las antiguas peregrinaciones. Los toxicómanos dirían que es un “viaje”.

La leyenda quiere decir también que el origen del conocimiento está en oriente y que los occidentales se apoderaron de él. Pero nuestra soberbia nos impide reconocerlo así. Grecia no es la cuna de eso que llaman “civilización occidental”, ni de la filosofía, ni de la ciencia, ni del arte modernos. Hasta el Renacimiento, que retorna al clasicismo grecorromano, es consecuencia del auge comercial de las ciudades del norte de Italia en los últimos eslabones de la Ruta de la Seda.

El sabio crea a partir de lo que toma de otros. A lo largo de la historia la humanidad progresó aceleradamente gracias a que hasta hace bien poco tiempo no existía “copyright”, patentes ni derechos de propiedad intelectual o industrial. Los artistas y los pensadores siempre han robado mucho más que los bandidos. Desde finales del siglo XIX los exploradores que se adentraron en la región, además de apoderarse de los conocimientos ancestrales, se llevaron también las esculturas, las joyas y las obras de arte que ahora contemplamos extasiados en los museos de Londres, o de París, o de Berlín, o de San Petersburgo.

En 1895 el sueco Sven Hedin fue el primer explorador de las ruinas del desierto de Taklamakan, de donde se llevó todo lo que pudo cargar en su caravana. Entonces Europa creía que no quedaba nada de aquello, más que recuerdos transmitidos por vía oral. Los descubrimientos convirtieron a Hedin en un personaje de leyenda, uno de los aventureros europeos más conocidos de Europa, hasta que su apoyo al III Reich le arruinó la fama que tenía.

El británico Aurel Stein organizó cuatro expediciones entre 1900 y 1930. Fue de vacío y volvió cargado con 7.000 manuscritos y las telas que decoraban los templos y que hoy el turista puede contemplar en la British Library de Londres.

El francés Paul Pelliot exploró el Turkestán en 1908. En Kucha descubrió un gran número de textos búdicos, algunos de ellos en lenguas que entonces eran desconocidas. También compró numerosos manuscritos descubiertos en las grutas de Mogao.

El Museo Etnológico de Berlín se inauguró con los saqueos del explorador alemán Albert von Le Coq, que viajó por el Turkestán chino. Se llevó frescos y paneles enteros de las grutas de Kizil. Vació por completo todos los templos que se encontró en su camino.

Ahora la Unesco ha declarado tramos enteros de la Ruta de la Seda como “patrimonio de la humanidad” que es tanto como decir que los dueños somos todos los seres humanos. Pero no ha hecho lo mismo con el Louvre, el Museo Británico o el Etnológico de Berlín, cuyos dueños son otros: los ladrones.

Parafraseando a Proudhon hay que admitir que la cultura es un robo. Me refiero a “nuestra” cultura, que no es nuestra, no es de nadie, no puede someterse al imperio de la propiedad privada y el “copyright”.

(1) The Silk Roads: A New History of the World, Bloomsbury, 2015.
(2) https://www.theguardian.com/books/2015/sep/29/silk-roads-peter-frankopan-review

Caravanserai de Qalat El-Mudiq, en Siria
Caravanserai de Qalat El-Mudiq, en Siria
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Teléfono Rojo: volamos hacia Moscú

Como la película de Stanley Kubrick rodada en plena guerra fría en clave de humor con un desopilante Peter Sellers. También podíamos haber titulado, tal vez con más acierto, “Desde Rusia con amor” con el agente 007 de Ian Fleming. Parece ser que en las recientes elecciones habidas en Holanda -o Neederland-, el conteo de los votos se ha hecho a mano. Y ello -dicen- por temor a que intervengan los hackers rusos teledirigidos por el pérfido Vladimir Putin y sus batallones de letales ciberataques.

Estas milongas ya vienen de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos donde salió elegido, inesperadamente, Donald Trump, el candidato supuestamente preferido por Putin, pero, apurando, la cosa se remonta a la campaña de agresión contra Irak en 2003 cuando el “New York Times” publicó una información (falsa: “fake new”) sobre un supuesto ataque informático contra los EE.UU. O sea: el agresor era una víctima.

En esta ocasión, cuando Trump fue elegido, el canal fue el “Washington Post”. Las fuentes, en ambos casos, han sido las mismas: el FBI, la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional que, según ellos, investigaron las sospechas de que Rusia había hackeado a demócratas y republicanos y había filtrado documentos a Wikileaks con ánimo de favorecer al candidato republicano, esto es, a Trump. Si, encima, vimos como Trump, ya elegido nuevo Presidente gringo, puso a parir -o, al menos, en cuarentena- a estos organismos que son el “non plus ultra“ y los pilares de la seguridad nacional estadounidense, pues se deduce de ahí la simpatía y buen rollito entre Trump y Putin: ¡ he ahí la prueba !, vienen a decir estos mortadelos y filemones del espionaje yanki. Y todo ello, el ciberespionaje ruso (ya no se debe decir “soviético”) y “trolls” a sueldo del gobierno ruso para incrementar las opciones de Trump y desacreditar a su rival Hillary Clinton. Así razona esta gente. En el Informe -de equis folios en blanco por las dos caras, que diría un amigo cómico que tengo- elaborado por estas agencias del “rrrrecontraespionaje” ya se avanza -estamos en diciembre del año pasado, en 2016- que el Kremlin pretende utilizar tácticas similares para influenciar otras elecciones en países occidentales dizque el “mundo libre”, es decir, acabáramos, que ahora se entiende mejor el recuento de votos hecho manualmente en Holanda. También se entienden los intentos de los “halcones” yankis, los partidarios de la sádica Clinton, por reinventar el clima de la “guerra fría”. Y/o las histéricas marchas en varias ciudades norteamericanas al grito de “¡No es mi presidente!” financiadas por el magnate George Soros, parece ser.

Resulta que gana, contra todo pronóstico, Trump, gran sorpresa para Wall Street y el “establishment”, y empieza a hablarse de “hackeo”, ruso por supuesto. El “Washington Post”, ya se dijo, publica una filtración de un informe de la CIA (sin nombres ni pruebas) en la que se considera probable una injerencia rusa. Es entonces que Obama, todavía en funciones de Presidente, en plenas fiestas navideñas, expulsa a 35 diplomáticos rusos -se acordará el lector- tratando de provocar una reacción en su homólogo ruso que no se produce. Putin no entra al trapo ni toma represalias ni nada: no hace ni puto caso.

Se empieza a rozar el ridículo, lo que no ignora Trump. Apenas se habla ya de las filtraciones de Wikileaks y Julian Assange declara para la Fox -no un canal de ultraizquierda precisamente-  que los rusos no tienen nada que ver y, dice más, las filtraciones proceden de un “topo” en la campaña de Hillary. ¡¡ Y ES QUE PARA LA CIA PREFERIR UN CANDIDATO A OTRO ES “INJERENCIA” !! Y lo dice la CIA que ha intervenido en los gobiernos de medio mundo para desestabilizarlos. Es más, dada la posición de H.Clinton en Ucrania y Siria, Putin tendría que ser un marciano para no desear al otro candidato fuera quien fuese menos esta sanguinaria y prosionista mujer. Total, que el montaje de la piratería rusa en las elecciones presidenciales norteamericanas se esfuma, pero calumnia que algo queda, esto sí.

Acabaremos no sin avisar a nuestra multitudinaria audiencia que quien esto escribe -B.- está al servicio de “Duck” Donald Trump y pagado por el “oro de Moscú”.

Bona nit.

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Javier Cercas blanquea de nuevo el fascismo

Llevan un tiempo los medios de comunicación, especialmente los del grupo Prisa, bombardeándonos con el último producto de Javier Cercas Mena, El monarca de las sombras, que para variar vuelve a la guerra civil para seguir hablándonos de Falange. Ya lo hizo una vez sobre un personaje tan relacionado con Cáceres como Rafael Sánchez Mazas y ahora lo hace sobre su tío abuelo Manuel Mena Martínez. Y si en el caso de otra de sus novelas, El impostor, su protagonista Enric Marco venía a ser el Quijote ahora Cercas ha decidido asociar al fascista de su tío abuelo con el mítico Aquiles. Supongo que igual que en El impostor debió creerse Cervantes ahora se verá como Homero. Da igual que la novela sea plana, insulsa e incluso un tanto tediosa o que una vez más quiera convencernos de que sus novelas no son de ficción. Estamos ante la obsesión de un profesor de literatura por aparecer en sus novelas y querer hacerlas pasar por algo más que un mero relato con voluntad de ser literario.

Algunos llaman a esto novela de no ficción, relato real, novela antigénero, metaliteratura, género degenerado, posliteratura o como les venga en gana, pero quizás pertenezca de lleno al territorio de la egoficción. Lo curioso es que en sus declaraciones a los medios Cercas no habla como un novelista sino como un historiador, lo cual no deja de llamar la atención en alguien que está convencido de que la historia nunca es objetiva. Aunque cuando dice esto no se sabe cuál de sus muchos “yo” habla, si el personal, el literario, el pueblerino, el mentiroso, el cosmopolita, el periodístico o el historiador. A saber.

De esta forma ocurre que, sean cuales sean sus intenciones y por muy literarias que parezcan, lo que sus lectores perciben es que lo que leen pretende pasar por Historia. Y así se produce la paradoja: los historiadores llevamos décadas intentando comprender las causas y consecuencias de la destrucción de la II República y por ahí en medio aparece Cercas disfrazado de historiador e inventándose lo que le viene en gana con el aplauso de los que nunca han querido que se conozca ese pasado.

De entrada conviene situar tanto a Cercas como a su tío abuelo Manuel Mena, a quien considera “un niño inocente”. No se cansa de decir allá por donde va que “murió por culpa de una panda de hijos de puta que envenenaban el cerebro de los niños y los mandaban al matadero”. No es una reflexión muy elaborada, pero a él le basta, ya que debe pensar que así se le considerará un hombre de izquierdas, un antifranquista. Pero al decir esto olvida que tanto entre los golpistas como entre los defensores de la República hubo gente muy joven, de la misma edad que Mena, y que muchos de ellos sabían perfectamente, al igual que él, por qué y contra qué luchaban.

Así que ni niños ni inocentes ni pandas de hijos de puta. Manuel Mena pudo elegir entre respetar las leyes o actuar al margen de ellas y decidió lo segundo, lo cual no es mal principio para alguien que pensaba iniciar los estudios de Derecho ese mismo año. Se asombraría Cercas si supiera el papel que tuvieron muchos de esos “niños inocentes” en los pueblos que cayeron pronto, como el suyo, en poder de los sublevados.

Según nos cuenta el propio Cercas, uno de sus antepasados, Juan Mena, padre de Manuel, propietario de tierras y ganado, era el cacique del pueblo. Por otra parte su abuelo Francisco Cercas había sido concejal durante el Bienio Negro y fue destituido en febrero del 36. En fecha imprecisa, aunque supongo que sería en los meses del Frente Popular, ambos fueron detenidos y pasaron por la cárcel “acusados de almacenar armas en una finca”. Javier Cercas, al que este hecho lleva a decir: “A estas alturas todo estaba preparado para que el país entero volase en mil pedazos”, los justifica diciendo que, ante el rumor de que los jóvenes socialistas de la Casa del Pueblo fuesen a realizar una matanza de derechistas, la propia Guardia Civil les aconsejó que se protegieran. ¿Y quién se supone que debía defender a los socialistas de esa gente armada y conchabada con la Guardia Civil?

Además, con ello Cercas da crédito a ese tipo de rumores que circularon a posteriori por todos los pueblos con el único objeto de justificar el golpe y la represión. Lo cierto es que su abuelo Francisco Cercas, presidente de la Sociedad de Agricultores, fue igualmente el presidente de la gestora el 20 de julio del 36, jefe local de Falange y alcalde de Ibahernando entre 1937 y 1939. “Un período bastante breve”, añade Cercas sin percatarse de la eternidad que representaron aquellos dos años. Por cierto que en dicha gestora también estaba su tío Juan Domingo Gómez Bulnes, yerno del cacique y que también llegaría a alcalde. Tampoco su bisabuela, la madre de Mena, se cubre de gloria cuando la vemos arremeter contra un vecino que ha luchado por la República con el que se cruza por el pueblo echándole en cara que él viva y su hijo no.

Para Javier Cercas su abuelo Francisco era un “labrador instruido”, “hombre cabal” y “dotado de una autoridad congénita y de una congénita capacidad para ejercerla”, don este muy extendido entre quienes accedieron al poder por vía militar. Añade que había simpatizado con el socialismo y que procedía de Unión Republicana, el partido de Manuel Azaña. Sirva esto de muestra de las mal digeridas lecturas que ha hecho Cercas, ya que no hace falta ser un experto en historia de la República para saber que Unión Republicana nació de una escisión del Partido Radical y que el Partido de Azaña era Izquierda Republicana y no el que él dice.

En cuanto a su abuelo, aparte del disparate de asociarlo al socialismo, más bien encaja en aquellos reaccionarios descolocados por la llegada de la República que se metieron en el Partido Radical para no quedar fuera de la vida política. Sería todo lo cabal y lo congénitamente capacitado que su nieto desee pero lo que debería haber hecho es presentarse a las elecciones. La forma en que llegó a la alcaldía no lo deja en muy buen lugar y sería curioso ver todos los informes políticos que llevaban su firma.

Cercas intenta mostrar la bondad de sus familiares contando cómo ayudaron a algunos izquierdistas. Parece no saber dos cuestiones básicas: que quien en esas situaciones puede salvar vidas es muy probable que también haya tenido la potestad de destruirlas y que raro fue el partidario del golpe que, por lo que pudiera pasar, no contaba en su haber con un rojo salvado. Y digo esto porque desde el desastre nazi en Stalingrado a fines de 1942 y la debacle del fascismo italiano en septiembre de 1943 más de uno empezó a pensar en el nuevo signo de los tiempos. Por suerte para ellos la censura franquista les libró de ver los cadáveres de Mussolini y otros afines colgados en una plaza de Milán en abril de 1945.

Para los que apoyaron el golpe militar y se unieron a fuerzas paramilitares como las banderas de Falange, caso de Francisco Cercas y Manuel Mena, su idea de lo que se traían entre manos era similar a la de un paseo triunfal. Tenían ante sí lo ocurrido en Cáceres, una provincia que había caído casi por completo en cuestión de días. Para esta gente su tarea consistía en ocupar el poder municipal, acabar con la vida de una serie de gente muy concreta, expulsar de todas las instancias locales a las personas relacionadas con la República y reajustar la vida local como poco a la situación existente antes del 14 de abril de 1931. La experiencia republicana debía ser destruida y borrada, como si no hubiera existido.

Pero ocurrió que la marcha triunfal terminó de manera abrupta el 7 de noviembre de 1936 en las puertas de Madrid. Contra todo pronóstico el ejército de la República paró en seco a las diferentes columnas que esperaban ocuparla en poco tiempo. Todos ansiaban celebrar la entrada en Madrid, unos con sus consejos de guerra listos para desinfectar la capital y otros con toda la parafernalia para la celebración de misas al aire libre, y resulta que no solo no lo consiguieron sino que el golpe devino en una guerra interminable, una guerra de verdad y no la escabechina que venían practicando desde julio. La decepción que sufrieron Francisco Cercas y Manuel Mena de la que habla Cercas no era otra cosa que el terrible choque que la guerra de verdad produjo incluso en aquellos que la provocaron. La guerra no era lo que les habían contado.

Nos cuenta Cercas –imposible saber qué hay de verdad en ello– que Manuel Mena, a la altura de 1938, estaba ya harto de la guerra y que si volvía a ella era por un sacrificio personal, para que no tuviera que ir otro de sus hermanos. Lo que le lleva a afirmar que era “un hombre de carne y hueso, un simple muchacho pundonoroso y desengañado de sus ideales y un soldado perdido en guerra ajena”. También “había sido capaz de arriesgar Javier Cercas blanquea de nuevo el fascismosu vida por valores que […] estaban para él por encima de la vida, aunque no lo estuvieran o aunque para nosotros no lo estuvieran”.

Y añade: “… no murió por la patria… no murió por defenderla… murió por nada…” ¿Le parecerá poco a Cercas que su familia pasase a controlar el pueblo desde el 20 de julio de 1936? ¿No le choca que su abuelo Francisco Cercas, presidente de la primera gestora fascista y alcalde durante la guerra, considerara ya de mayor a los vencedores como una banda de arribistas y desaprensivos, cuando no maleantes, y que sintiera por ellos el mayor desprecio? ¿Acaso no estaban él y su familia entre ellos? Se trata de un fenómeno conocido y que pasó también a fascistas de toda Europa: con el paso de los años aquel pasado negro les empezó a estorbar.

Otro problema es la terminología. Solo dos apuntes. Cercas y otros como él no se cansan de escribir y de hablar de cuándo estalló la guerra civil. Con ello lo que hacen es cubrir con el manto de la guerra unos meses en los que no cabe hablar de guerra alguna, sino simplemente de golpe militar y de represión. El 17 y 18 de julio no estalla guerra alguna, sino que se produce un golpe de estado contra la República, golpe que, como hoy sabemos, venía preparándose desde el mismo día de su proclamación. La guerra vino luego. Primero fue la sublevación, el trasvase a la península del ejército de África, sin el cual poco hubieran podido hacer, y el plan represivo que produjo en pocos meses un genocidio de proporciones desconocidas en nuestro país. En la zona controlada por los fascistas no hubo paseos, sino un plan de exterminio perfectamente organizado por los militares y civiles que movían los hilos de la maquinaria represiva.

Las personas asesinadas en Ibahernando, unas doce, dos de ellas mujeres, no fueron paseadas por un grupo de incontrolados sino que lo fueron por decisión de un comité local presidido por alguien en funciones de comandante militar, comité que, aunque conocido por todos –máxime en un pueblo de dos mil y pico de habitantes–, solía mantenerse en la sombra. Es posible que el comandante militar de Ibahernando fuese un guardia civil y que este estuviese asesorado en las tareas represivas por algunos vecinos. Los componentes de dicho comité no solían mancharse las manos de sangre, para eso estaban el personal subalterno, ya fueran falangistas, guardias o simples voluntarios. Así pues hablar de paseos es ignorar la mecánica represiva puesta en marcha por los sublevados.

Una de las claves de la novela es la ambigüedad, lo cual no es de extrañar si pensamos en la dificultad de convertir a un fascista común que encuentra la muerte en una batalla nada menos que en Aquiles. Veamos un ejemplo. En un momento se puede leer que la Falange fue “la milicia armada de la reacción en el violento expediente de urgencia segregado por la oligarquía para terminar con una democracia que pretendía reducir sus privilegios…” Esto parece que procede de algún libro. Y en otro se asocia esa misma Falange al “idealismo romántico y antiliberal, la radicalidad juvenil, el vitalismo irracionalista y el entusiasmo por los liderazgos carismáticos y los poderes fuertes de aquella ideología de moda en Europa”. Y aquí parece que transcribe a Sánchez Mazas.

Cercas prefiere hablar de falangistas y franquistas más que de fascistas y de fascismo, concepto que solo aparece en relación con Europa. Esta confusión sistemática está en la base de la novela y es continua y obligada, ya que si no existiera no habría forma de salvar al personaje. Parece que este es el destino de Cercas: salvar a fascistas y farsantes como Sánchez Mazas, Enric Marco o Manuel Mena.

El panfleto de Cercas se encuentra en la misma onda de aquella declaración que el gobierno de Felipe González y Alfonso Guerra realizó en 1986 con motivo del cincuenta aniversario del golpe militar. Según parece, pretendían “honrar y enaltecer la memoria de todos los que, en todo tiempo, contribuyeron con su esfuerzo, y muchos de ellos con su vida, a la defensa de la libertad y de la democracia en España”. Y también manifestar “su respeto a quienes, desde posiciones distintas a las de la España democrática, lucharon por una sociedad diferente a la que también muchos sacrificaron su propia existencia”.

Pues bien, este cinismo de calculada ambigüedad es exactamente el mismo que parece inspirar el escrito de Cercas. El PSOE lo hacía por satisfacer a todos, seguir obteniendo más votos que los demás y perpetuarse en el poder. Cercas lo hace para blanquear a través de su tío y de su familia el pasado del fascismo español. También para salvarse a sí mismo de tan negra memoria familiar, con la que no sabe qué hacer. Afirma que solo en la madurez ha dejado de sentir vergüenza por sus orígenes familiares, pero que ya se ha resignado a ellos. Y piensa, imbuido sin duda de la clarividencia histórica que lo caracteriza, que su familia “había sido franquista, o por lo menos había aceptado el franquismo con la misma mansedumbre acrítica que lo había aceptado la mayor parte del país”.

Sin duda le hubiera venido bien un proyecto de investigación similar al que se llevó a cabo en Alemania en los años noventa, titulado “El abuelito no fue nazi. Nacionalsocialismo y holocausto en la memoria familiar”.

Al recordar el entierro celebrado en el pueblo en honor de Manuel Mena Martínez viene a la memoria lo escrito por un vecino de Sanlúcar de Barrameda con motivo de un acontecimiento similar ocurrido allí durante la guerra. Decía: “Rodeada así la vida de este aparato militar y litúrgico, la vida parece una cosa despreciable. Dan ganas de convertirse en muerto”. Eso debieron pensar algunos vecinos de Ibahernando, olvidando que ya había habido muertos.

Desgraciadamente Cercas aporta escasa información sobre los vecinos de su pueblo que fueron asesinados a partir del 20 de julio. Quizás la más citada sea la maestra Sara García, de 22 años, cuyo cadáver apareció en una finca. Como en otras muchas ocasiones el crimen se justifica por motivos externos: porque su novio, un izquierdista, había huido o, también, porque se trató de una venganza de un pretendiente anterior. Conocemos estas historias. Son ya muchos años intentando asociar la represión a cuestiones personales. Hay, sin embargo, otra opción que Cercas no tiene en cuenta: por lo general la gente dedicada a la enseñanza fue asesinada por ser de izquierdas y representar la apuesta más importante realizada en nuestra historia a favor de la educación pública. Por su edad, la maestra Sara García pudo ser una de esas maestras de la generación de la República que no encajaban de ninguna manera en los planes de enseñanza que los sectores más reaccionarios de la sociedad española, con la Iglesia en cabeza, impusieron de inmediato. También fue asesinado otro maestro.

Para justificar el terror que segó vidas en una pequeña localidad en la que hasta ese momento no se había derramado sangre, Cercas recurre a fórmulas que no cuadran con el caso. No se trata ya de dar pábulo a rumores como el de que jóvenes socialistas habían creado una lista con los nombres de los derechistas que había que eliminar, sino de hablar de “la situación explosiva” existente en el pueblo en los meses anteriores al golpe o aludir a los propietarios “asustados por la deriva revolucionaria de la República y sobre todo por la atmósfera de violencia que desde hace meses se respira en Ibahernando”. Tampoco se priva de decirnos que sería raro que Manuel Mena “no respirase allí [Cáceres] la atmósfera de preguerra que se respiraba en todo el país” y que sintiese “la inminencia del estallido violento” que todo el mundo sentía. Cercas está preparando el terreno para el golpe y para su familia.

Al poco tiempo de morir, el nombre de Manuel Mena pasó a denominar una calle del pueblo. Según la ley de memoria histórica esta calle debería desaparecer. Nadie que se sume a un golpe de estado merece una calle. La pregunta que surge ahora, tras la salida al mercado de la novela de Cercas, es quién se atreverá quitar del callejero de Ibahernando al héroe local que su sobrino nieto ha convertido en mito. ¿Qué más da que sirviese por voluntad propia en fuerzas paramilitares como Falange o a las órdenes de golpistas como Yagüe o Barrón? Es más, tal como van los tiempos es muy posible que Javier Cercas, además de dar nombre a la Casa de la Cultura de su pueblo, pase a denominar alguna de las calles cercanas a la de su tío abuelo. El día que eso ocurra se cerrará esta historia. Aquiles y Homero juntos.

La cuestión de fondo del libro de Cercas es dejar sentado que se puede ser “un joven noble y puro y al mismo tiempo luchar por una causa equivocada”, es decir, ser un fascista. Como es lógico, la respuesta del sobrino nieto de Manuel Mena Martínez, en la estela de la declaración del gobierno de González y Guerra en 1986, es que sí.

Este mismo espíritu es el que ha llevado hace poco a un juez de Soria, Carlos Sánchez Sanz, a decidir que el nombre de Yagüe debe seguir unido al de San Leonardo, su pueblo. Esto y un acuerdo de pleno de 2016 en el mismo sentido firmado por PP, PSOE y Ciudadanos. El argumento es similar al de Cercas: una cosa es el Yagüe falangista, guerrero y represor, y otra muy diferente el Yagüe benefactor que convirtió a su pueblo en un oasis soriano. Naturalmente se deja a un lado que la decisión de denominar al pueblo San Leonardo de Yagüe es de enero de 1940, cuando el jefe de la columna de la muerte aún no había derramado su acción benéfica sobre su pueblo.

Y es que Yagüe, como Mena, también entra dentro de ese privilegiado grupo de hombres puros y cabales que dieron vida, cada uno desde su sitio, al fascismo español, igual que “el poeta” Pemán o “el aviador” Ruiz de Alda. ¿Para cuándo la reposición de las plazas y avenidas antaño dedicadas a Franco, el gran benefactor de España? Sería solo el principio. Al fin y al cabo hombres de tan gran corazón como el carnicero de Badajoz no hubo muchos, pero de héroes locales está el país lleno.

Francisco Espinosa Maestre http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Javier-Cercas-mundo-egoficcion_6_622647752.html

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Los cultivadores del cretinismo parlamentario

El cretinismo parlamentario, decía Marx, es una enfermedad incurable (*). Desde que apareció a mediados del siglo XIX aún no ha se ha inventado ninguna vacuna que la remedie. Es más, hay medios e intelectuales que cultivan y propagan esa enfermedad meticulosamente, como si acabaran de descubrirla.

Se trata de una dolencia típica de la pequeña burguesía, que no va más allá en sus concepciones políticas que en su sistema de vida material. Ambos son muy limitados, dice Marx, porque la pequeña burguesía no da más de sí. Por eso lleva ese nombre: todo en ella es tamaño pequeño.

Los cretinos se expresan en medios repletos de expresiones cretinas, empezando por “la izquierda” y “la derecha”, un tipo de expresiones introducidas en España por los carrillistas en la transición y que procede de la Revolución Francesa, es decir, de la burguesía.

Leo que en Europa hay un auge de la “extrema derecha” porque han sacado muchos votos. Los cretinos no tienen en cuenta más que ese tipo de datos. Si hay muchos votos, es un éxito y si hay pocos es un fracaso o una crisis.

El termómetro mide la temperatura y los votos la fuerza o la debilidad de un partido político, y ambos son evanescentes: van y vienen. Si al mediodía hace calor, por la madrugada hace frío. Un partido es fuerte en unas elecciones y en las siguientes se ha convertido en flojo.

Los partidos políticos no son nada por sí mismos; lo que son o dejan de ser ni siquiera lo dicen sus votos, sino algo peor: su número de votos. No son otra cosa. Van bien si hay votos y en caso contrario empiezan los problemas internos.

Los cretinos creen que si tienes muchos votos es porque tu actividad institucional ha sido buena y si bajan es porque no lo ha sido. Todo se mueve en torno a esas actividades, no al trabajo sindical, vecinal, juvenil, cultural… Se trata de actividades que no dan votos y, por lo tanto, tampoco los quitan.

El cretinismo parlamentario es como el vudú o cualquier otra concepción mágica. No tiene en cuenta más que unas elecciones que se celebran de vez en cuando, no la realidad cotidiana.

Por ejemplo, antes de tener votos, la “extrema derecha” ha apaleado trabajadores inmigrantes o quemado albergues de refugiados, que son delitos penados con la cárcel, a pesar de lo cual nadie tomó nunca medidas contra los responsables. Es como si a un perro rabioso el Estado no le pusiera un bozal, ni lo sujetara con una correa. A la menor oportunidad el perro fascista va a salir corriendo a morder al primer moreno que encuentre, y eso -a la larga- merece una recompensa electoral.

El cutrerío no ve más que votos que, como decía Marx, son las trompetas de Jericó que van a derribar todas las murallas que se pongan por delante: “Los demócratas creen en las trompetas, cuyos toques habían derribado las murallas de Jericó. Y cuantas veces se enfrentan con las murallas del despotismo intentan repetir el milagro”.

La izquierda está en crisis porque tiene muy pocos votos. Cuando en 1975 los revisionistas tenían la mitad de los votos en Italia, todo iba muy bien; la izquierda no estaba en crisis, sino todo lo contrario: lo consideran como una etapa de apogeo.

Lo mismo que los cretinos, los místicos y los creyentes creen que las palabras son mágicas. “El verbo se hizo carne”, dice el Evangelio. Las palabras altisonantes (radicales, revolucionarias) alejan a “la gente”, mientras que los eufemismos parece que ayudan a acercarla. Lo mismo ocurre con los programas y las consignas.

Todos los partidos políticos, pero especialmente los de la clase obrera, son como el pescado: se empiezan a pudrir por la cabeza. Su fuerza no sólo son los votos sino -principalmente- su dirección ideológica y política, su estrategia. Por el contrario, los grupos pequeño burgueses alardean de lo contrario: de su falta de dirección, de su horizontalidad. Por eso no se pudren nunca y reaparecen una y otra vez con distintos formatos. No tienen rumbo, no saben lo que quieren. Van a donde los lleva el viento.

(*) Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pg.133.

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El Congreso Musulmán canadiense arroja el burka a la basura

En vísperas de las elecciones del 19 de octubre, uno de cuyos caballos de batalla es el islam, el Congreso Musulmán canadiense arroja el burka y el nikab a la basura y pide al gobierno que prohíba su uso en público.

Después de una lectura del Corán, los musulmanes canadienses creen que el burka y el nikab son los símbolos de una secta que se opone a las libertades. En el texto no se dice absolutamente nada de que las mujeres estén obligadas a encubrir su rostro.

Para ellos hay un dato que así lo prueba: el burka está prohibido en la Gran Mezquita de La Meca.

Los musulmanes canadienses consideran que el burka y el nikab son prácticas “medievales” y “misógenas” y apelan a la autoridad del jeque Mohamed Tantawy, decano de la Universidad Al Azahar de Egipto, un reputado imán que en una fatwa reciente asegura que el burka y el nikab no son obligaciones del islam.

Para acabar de rompernos los esquemas, el portavoz del Congreso, Tarek Fatah, ha manifestado incluso que no se opone al matrimonio homosexual.

Los hay más papistas que el Papa porque en Canadá el Tribunal Supremo acaba de rechazar una propuesta para que se deniegue la nacionalidad canadiense a aquellas mujeres que se presenten ataviadas con burka a la ceremonia de naturalización.

Un recorrido rápido por la moda musulmana

Cualquier tipo de vestimenta es un símbolo más bien social que religioso. Depende de los países y de los tiempos.

Entre los asirios el velo cumplía varias funciones sociales. Diferenciaba a la mujer casada de la soltera, a la honorable de la prostituida o a la esclava de la libre.

En Grecia y Roma las mujeres patricias portaban el velo como signo de distinción. La simbología empezó a cambiar con la cristiandad. Inicialmente empezó representando a la mujer virgen, pero luego degeneró rápidamente para simbolizar a la mujer sometida.

Así, en la primera epístola a los Corintios (11:2-16), el apóstol San Pablo dice: “El hombre no debe llevar velo porque él es la imagen de la gloria del Dios, pero la mujer es la gloria del hombre […] y por eso debe llevar la marca de su dependencia”.

A la hora de cubrir la cabeza, la moda cristiana es mucho más simple que la musulmana. Se reduce a la mantilla, el chal, el fulard, la pamela o incluso el echarpe. En otros países es mucho más compleja y la variedad hace que la traducción resulte complicada.

Burka

Es un vestido tradicional de las tribus pashtunes de Afganistán que los talibanes impusieron. Se trata de una pieza única, normalmente de color azul o marrón, que cuelga desde la cabeza y con una rejilla delante de los ojos para que la mujer pueda ver, al tiempo que oculta sus ojos.

Nikab

Es un velo integral que cubre la cara, dejando al descubierto sólo los ojos. Es propio de los musulmanes wahabitas que habitan los medios urbanos. En ocasiones las mujeres lo acompañan con unas gafas de sol y unos guantes.

Chador

Es un vestido tradicional que cubre la cabeza dejando al descubierto el óvalo del rostro. Es típico de Irán y anterior a la llegada del islam al país. Su uso no fue obligatorio hasta el siglo XVIII. El sha lo prohibió en 1936, por lo que se convirtió en un símbolo de protesta política. Actualmente no es obligatorio, ya que basta llevar un velo sobre la cabeza.

Es diferente del “chadri”, que se utiliza en India o Pakistán pero muy parecido al “jilbab” que promocionan los wahabitas de Arabia saudí.

Hiyab

Es un término genérico que procede de la raíz árabe “hayaba” que se puede traducir por “esconder” e incluso por “guardar las distancias”. No cubre todo el cuerpo. Se tata de un pañuelo que sólo oculta el pelo, las orejas y el cuello, mostrando todo el óvalo de la cara. Se complementa con una túnica o un impermeable.

Aunque lo promovió la Hermandad Musulmana, se ha generalizado en el mundo musulmán, reemplazando a otras vestimentas, como el “haik” del norte de África, una pieza única que disimula las formas del cuerpo y cubre la cara.

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Hollywood: la fábrica de las pesadillas

El cine es grande. Es el Séptimo Arte, sinónimo de “glamur”. En un país como Estados Unidos donde el dinero es el rey, el arte nunca ha tenido sitio… salvo que se pueda convertir en dinero. El cine es el cine norteamericano y Hollywood es La Meca del cine, la Fábrica de los Sueños, un lugar donde los adolescentes creen que quieren ser “artistas”, cuando lo que quieren es sólo ser famosos. Quieren ser alguien distinto de ellos mismos. Adoran y les gustaría ser adorados. Son jóvenes, guapos y para “triunfar” en la gran pantalla no hace falta otra cosa.

Hollywood es un gran decorado donde todo es falso, todo es de cartón. Los focos apuntan hacia una esquina pero lo demás queda a oscuras. Nadie mira hacia ese lado… excepto un documental estrenado recientemente en Cannes que se titula “Un secreto abierto”. Hasta ahora cuando pensábamos en el lado oscuro de Hollywood, nos venía a la cabeza el alcohol, las drogas, las violaciones, la prostitución y el comercio de carne humana. Ahora este documental le añade la pedofilia.

La realizadora Amy Berg narra los abusos sexuales de cinco niños y adolescentes que llegaron a Hollywood seducidos por el dinero y la fama y acabaron atrapados en las redes de los representantes, productores y directores. Uno de ellos es Michael Egan que con 16 años soñaba con ser el nuevo Tom Cruise y alguien le ofrece la oportunidad de su vida, una de esas que no puedes dejar pasar, conocer a gente famosa, influyente, que te puede introducir… ¿Introducir qué?

Hace ahora casi 20 años se celebró una reunión en una de esas lujosas mansiones con piscina en lo alto de la colina, al aire libre. Allí estarán conocidos productores, como Marc Collins-Rector y Chad Shackley, que buscan caras nuevas. Ambos son socios y amantes embarcados en el nuevo negocio del vídeo en línea. No son los únicos que acuden a la reunión. También está Garth Ancier, el productor que lanzó Los Simpson, 21 Jump Street y Casados, dos hijos. También aparece por la mansión Bryan Singer, director de “Sospechosos habituales” y “El regreso de Supermán” que estaba a punto de rodar un taquillazo: X-Men.

La coartada es hablar sobre una empresa de vídeo digital, pero el relato de Michael Egan es muy confuso. Dice que le emborracharon, le drogaron y le violaron nada menos que durante dos años, en una especie orgía prolongada. Los acusados se defienden diciendo que era un chantaje, que Egan sólo quiere dinero. A pesar del tiempo transcurrido, no se ha cerrado el caso. La fiscalía se ha disculpado con Ancier porque la acusación es infundada. Por su parte, Singer niega la violación pero ha pagado 100.000 dólares para que le retiren la acusación.

Otro de los niños que aparece en el documental es Evan Henzi, quien relata las violaciones de que fue objeto de los 11 a los 17 años por parte de su representante. En 2011 publicó una grabación de audio en la que el responsable confiesa los abusos.

Aquel mismo año murió Corey Haim, una verdadera estrella de Hollywood desde su infancia. La autopsia determinó que lo que acabó con su vida fue una pulmonía, pero en su organismo había antidepresivos, ibuprofeno, relajantes, marihuana, remedios contra la tos… Compartió un programa de televisión con Corey Feldman, conocido por su participación en los Goonies y en Stand by me. Según su amigo, Haim se drogaba para olvidar las violaciones de que ambos fueron objeto por “la industria del espectáculo”.

El representante de ambos era el mismo. Mientras le violaba, cuenta Feldman al diario Sun, simulaba estar dormido… Por eso a Hollywood le llaman “la fábrica de los sueños”. Adormece.

Estamos convencidos de que a este documental nunca le darán un Óscar de la Academia.

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Introducción al estudio de la impostura política

Estoy casi completamente convencido de que la mayor parte de los lectores, así como la mayor parte de esta sociedad, entiende que los políticos son «todos» unos impostores, cualquiera que sea el partido al que pertenezcan, y al referirse a «todos» piensan -sobre todo- en aquellos que están o quieren estar en las instituciones oficiales.

Sin embargo, en la Facultad de Ciencias Políticas de Somosaguas, en Madrid, no hay una asignatura llamada «Impostura», no hay cursillos, tesis doctorales, ni manuales sobre impostura que se podrían titular algo así como «Teoría y Práctica de la Impostura Política».

Por lo tanto, con este tratado pretendo que se abra una nueva cátedra en dicha Facultad y que me inviten a pronunciar una conferencia a fin de que a mi ya dilatado currículum pueda añadir la condición de «profesor asociado» de la Universidad Complutense, ya que este manual es histórico: estoy a punto de inventar una nueva ciencia.

Naturalmente que toda ciencia tiene precedentes, que la gente modesta, como yo, tiene que poner de manifiesto porque, además, de esta manera mostramos nuestra erudición, que siempre queda muy bien. Debo consagrar, pues, este primer tomo de la nueva ciencia a esos genios que se anticiparon a mi descubrimiento. Se trata de Molière, que en 1664 estrenó su conocida comedia titulada Tartufo, cuyo subtítulo lo explica todo: Tartufo o el impostor.

La palabra «tartufo» es hija de las peores familias semánticas. Tiene sinónimos como falaz, falso, fariseo, felón (traidor), artificioso, judas, mentiroso, camaleón, desleal, truhán, capcioso, comediante, hipócrita, insidioso o jesuita. En francés hay otros muchos sinónimos de tartufo que no sabría traducir, como “escobar” o “patelin” que designan a quienes exhiben una amabilidad fingida con la que seducen a los demás para ocultar su verdaderas intenciones, que nunca son buenas.

Marx diría que la impostura es un caso de fetichismo, un desdoblamiento en el que hay dos personajes en la misma persona, el que aparece y el que hay que descubrir. En francés «tartuffe» es el nombre de la trufa, ese champiñón que hay que buscar escondido bajo la tierra. En castellano decimos que algo está “trufado” cuando resulta de la mezcla de ingredientes diversos. Se opone a la “pureza”, que nos gusta porque no tiene aditivos, colorantes, ni conservantes. Lo auténtico es lo simple.

No debe extrañar que la representación de la comedia de Molière fuera prohibida en su momento, considerándola como un ataque brutal a la religión. El arzobispo de París llegó a amenazar con la excomunión a cualquiera que la representara o escuchara. Los beatos, los devotos y los meapilas han sido siempre el prototipo del impostor.

Sin embargo, Molière no sólo se refería a la religión sino también a la política. Entonces, como ahora, muchos asimilaban los sinónimos de tartufo al de político e impostor. Pero el argumento de la comedia no es exactamente el personaje de Tartufo sino los que le rodean. ¿Cómo es posible que no se den cuenta de que es un impostor?, ¿por qué logran engañar a la gente?, ¿por qué suman tantos votos?

El Tartufo es lo que antes en los colegios católicos llamaban el «director espiritual». Es un guía, un dirigente o un «líder» como dicen hoy los anglosajones. El genial Molière le describe a la perfección. Las masas no siguen a un tartufo porque sea listo, o porque sea más listo que el común de las personas, a las que siempre tomamos por idiotas. No es listo, diría Molière: es un listillo, que es bastante diferente.

Como él mismo reconoció, Molière es deudor del teatro de Lope de Vega y en el Tartufo francés revive la picaresca española. El listillo es un engañabobos; se aprovecha del buen corazón de la gente corriente, de las necesidades que tienen las personas humildes y sencillas que no han entrenado su malicia.El Tartufo es, además, un payaso. Para interpretar el personaje, Molière vestía de bufón ridículo y eso no hay que perderlo de vista: lo mismo que los curas, los dirigentes políticos no son más que unos payasos de traje y corbata. No cabe duda de que hacen reir a los espectadores, pero el objetivo de Molière era claramente político e iba mucho más allá: ¿ayudaría la burla a encontrar la trufa escondida bajo la tierra?, ¿cómo lograr que el espectador se aperciba del engaño de que es objeto por parte del impostor?

En el siglo XVII el truco era dios, el paraíso, el pecado original, la virgen María y los arcángeles. En el siglo XXI el truco es Felipe VI, el estado de derecho, las elecciones, el parlamento y la constitución.

En este tratado no perderé ni un minuto en contarle al lector lo que sabe de sobra: detrás de su falsa devoción religiosa (o política), la intención oculta de Tartufo es quedarse con la herencia. Siempre el dinero. Ya lo dijo el ministro Zaplana, otro impostor de libro: él había llegado a la política para forrarse. Sólo le faltó añadir: los votantes me importan una mierda, y los que no votan ni te cuento.

Si a un bufón le quitas el maquillaje no encuentras otra cosa más que esa. En el caso de Pujol es la herencia de su padre, en el otro es una declaración complementaria a Hacienda que olvidó incluir en su momento, a veces son recalificaciones de terrenos, o tarjetas opacas, o contratos blindados, o cuentas en Ginebra, o rescates bancarios, o cursillos de formación, o la prima de riesgo, los bonos subprime, o las cláusulas suelo, o…

Como todo manual, el de la impostura (política) acaba en la economía (también política). Pero esa es una materia que corresponde a otra facultad universitaria, por lo que debo terminar mi nueva ciencia aquí mismo.

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Llamamiento a la yihad de la Internacional Comunista

Casi al final de la película “Rojos” de Warren Beaty, estrenada en 1981, John Reed toma la palabra en la Conferencia de Bakú y su alocución es recibida por los asistentes con un aplauso tan cerrado que el comunista americano queda sorprendido. Tras acabar la reunión se dirige a Zinoviev, que había presidido las sesiones, para preguntarle por los motivos por los que su discurso había tenido tan buena aceptación.

— “Ha sido por tu llamamiento a la guerra santa”, le responde Zinoviev
— “Pero yo no he hablado de guerra santa sino de lucha de clases”, replica Reed sorprendido

Aparentemente fue una mala traducción que a Reed no le agradó absolutamente nada, como el conjunto de aquella extraña Conferencia. Más que traducir, habían interpretado sus palabras, algo que suele ser muy frecuente. Es más, cabe pensar que dicha interpretación no era un error sino algo deliberado porque en el discurso de cierre Zinoviev utilizó el mismo término, yihad, para que a los musulmanes que participaban en la Conferencia no les quedaran dudas: “Hay que desatar una verdadera guerra santa contra los capitalistas ingleses y franceses”, dijo Zinoviev.

Era el 8 setiembre de 1920. Zinoviev calificó a la Conferencia de Bakú como la segunda parte del II Congreso de la III Internacional que se había celebrado en Moscú unas pocas semanas antes, la reunión más ambiciosa convocada hasta entonces por el movimiento comunista internacional. Reunió a 1.900 asistentes, de los que 700 no eran comunistas sino nacionalistas, o lo que hoy calificaríamos como antimperialistas o tercermundistas procedentes de muchos rincones del mundo. La mayor parte de estos últimos eran musulmanes (turcos, azeríes, chechenos, árabes, afganos) aunque también había judíos, hinduístas y otras confesiones religiosas.

El malentendido entre Reed y Zinoviev no era un problema técnico de traducción, sino algo peor. Tiene un trasfondo político e ideológico que llega a la actualidad, sobre todo cuando los marxistas se ven ante un auditorio masivo y heterogéneo, como la Conferencia de Bakú, que es el que todo movimiento revolucionario espera encontrar alguna vez. Zinoviev tenía razón. El marxismo no es, como creía Reed, un vehículo de comunicación de unos marxistas con otros, sino precisamente con los que no son marxistas, con las masas y, entre ellas, con los fieles de una u otra religión. El auditorio no aplaudió a Reed, lo que aplaudió fue la traducción. De ahí la sorpresa del propio Reed por la acogida que tuvieron sus palabras.

Pero pasemos ahora a la segunda cuestión, a las palabras del propio Zinoviev que tampoco fueron ninguna casualidad, ya que su discurso fue aprobado por la dirección de la III Internacional. La alusión de Zinoviev a una “guerra” contra los capitalistas no puede extrañar a ningún marxista. Ahora bien, ¿por qué una guerra precisamente “santa”? Si había miembros de varias confesiones religiosas, ¿por qué utilizar una expresión musulmana que podía crear rechazo entre los demás o un enfrentamiento mutuo entre los asistentes?, ¿cómo es posible que un ateo, un dirigente comunista, utilice una expresión de clara raigambre religiosa?

Como siempre la explicación está en una manipulación, en este caso del sentido de la palabra yihad, que es una expresión propia del idioma árabe. Pero el árabe es al islam lo que el latín al catolicismo, por lo que al aparato ideológico del imperialismo le ha resultado muy sencillo saltar del idioma (árabe) a la religión (islam) creando una amalgama, el yihadismo, para consumo -curiosamente- no de los árabes ni de los islamistas sino de las masas occidentales. Esa manipulación no existía en 1920. Por eso las demás confesiones religiosas -lo mismo que los ateos- no podían experimentar ningún rechazo, ni hacia la yihad ni hacia el islam.

Son los estragos de la ideología dominante. Según los imperialistas el Corán es un llamamiento a la lucha, a la guerra contra los infieles, un caso claro de enaltecimiento del terrorismo, de los degollamientos y el salvajismo. Los islamistas no sólo quieren acabar con nuestro “estilo de vida” tan maravilloso sino que quieren hacerlo por la fuerza y “nosotros” no podemos consentirlo. No debemos permanecer con los brazos cruzados.

Pero eso no es todo. Los aparatos ideológicos del imperialismo nos han inculcado hasta el tuétano que el islam tiene algo exclusivo, la yihad, que no existe en las demás confesiones, que no serían tan agresivas o violentas como el islam, que los musulmanes son los únicos que actúan de esa manera. Pues bien, es absolutamente falso. El mensaje de Jesucristo a sus apóstoles, expuesto en el Evangelio de Mateo (10,34-36), contiene un llamamiento terrorífico que Mahoma jamás pronunció: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido para traer la paz, sino la espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa”.

En la Biblia se pueden encontrar multitud de mensajes parecidos a ese. Por el contrario, en contra de una creencia hoy muy extendida, la palabra yihad sólo aparece tres veces en el Corán, carece de estatuto religioso entre sus fieles y no es tampoco una de las obligaciones religiosas de los musulmanes. Ni siquiera es una palabra de género femenino sino masculino, por lo que en todo caso debería decirse “el yihad”. Al convertirla en femenino los imperialistas la acercan mucho más a la palabra “guerra”, que también es de género femenino. Su traducción más inmediata al castellano no tiene que ver con una lucha armada, que en árabe se designa por la expresión “qital”, que es equivalente a lo que en la cristiandad se entiende como “guerra justa”.

Es entonces cuando empezamos a entender algo de lo que significa la yihad: como todas las ideologías y todas las religiones, el islam tiene una serie de principios que le permiten pronunciarse sobre una guerra, es decir, afirmar su legitimidad y, por lo tanto, rechazarla o apoyarla. En la cristiandad la guerra se regula en base a dos principios generales:

— “ius ad bellum”: las condiciones en las cuales alguien tiene derecho de declarar la guerra a otro legítimamente
— “ius in bello”: las normas que rigen la manera justa de llevar a cabo la guerra

En cualquier religión y, por extensión, en cualquier ideología, esas normas son siempre las mismas. A causa del origen teológico de las normas jurídicas, cualquiera que sea la religión, la guerra santa es siempre la guerra justa, y a la inversa. Los marxistas utilizamos exactamente ese mismo lenguaje y consideramos a unas guerras como justas (revolucionarias) y a otras como injustas, como agresiones o como guerras imperialistas. Por eso en Bakú todos entendieron -y aplaudieron- a Reed y Zinoviev, tanto los ateos como los creyentes: la yihad contra el capitalismo es una causa tan justa que para los creyentes se convertía en sagrada, es decir, en un deber.

Quizá sea posible entender mejor la palabra contrastándola con la palabra castellana “militar”, que tiene un significado doble, porque se refiere tanto al soldado, si es sustantivo, como al afiliado a un partido político, si es un verbo. En el idioma castellano son muy numerosas las derivaciones militares de expresiones políticas, empezando por la definición de Clausewitz de que “la guerra es la continuación de la política por medios violentos”. También son muchos los que asimilan la palabra “revolución” e incluso “lucha” o “huelga” a violencia.

La misma ambigüedad semántica tiene el idioma árabe. En el siglo XII el gran pensador andalusí Averroes (Ibn Rushd) habló de cuatro tipos de yihad: la de la lengua, la de la mano, la del corazón y la de la espada. En el lenguaje árabe corriente la yihad es la disposición interior de alguien para acometer una tarea. Tiene un sentido espiritual: el de mantenerse firme en las creencias religiosas ante un entorno de incredulidad. En el Corán se encuentran expresiones que se pueden traducir como “esfuérzate con toda tu alma” o “haz un esfuerzo en el camino de Dios”.

Pero además de un esfuerzo interior, propio del espíritu, la palabra árabe también tiene el sentido de ejercer una fuerza hacia el exterior. Hay una lucha para cambiar (mejorar) uno mismo (gran yihad) como para cambiar (mejorar) la sociedad (pequeña yihad). Esta última tiene, pues, un claro significado político y, como toda militancia, es un esfuerzo, exige una dedicación y una entrega.

No obstante, aunque no es aceptable una asimilación absoluta entre yihad y violencia o guerra, con el tiempo los ulemas, intérpretes de la ley mulsulmana, fueron ampliando el alcance semántico de la palabra en un sentido más agresivo del que originariamente tenía. Entonces, como los materialistas ya deberíamos saber, el planteamiento del problema cambia significativamente: no se trata de lo que diga la palabra de dios, sino de lo que digan los ulemas, o sea, la historia. ¿Por qué se produjo esa ampliación semántica?, ¿qué factores históricos la provocaron?

La explicación no puede estar en el Corán ni en ninguna creencia sino en la evolución del mundo árabe, su expansión (su emigración) fuera de la Península Arábiga, a la que acompañó el islam (porque junto con los pies también viajan la cabeza y el corazón), así como las escisiones internas que acompañan a toda expansión y, finalmente, el choque con otros pueblos (y con otras creencias y religiones).

Para llevar a las masas a una lucha, a una huelga, a una manifestación o a una guerra, hay que explicar bien claramente que la razón está de parte del convocante, que la decisión es adecuada, acertada y justa. Los creyentes la llaman “santa”, pero eso no cambia las cosas más que para ellos. Pero no nos confundamos. No es la conciencia la que mueve la historia sino al revés. Las masas no van a la lucha por ningún tipo de explicación, ni sindical, ni política, ni militar, ni religiosa. No son los carteles y las octavillas sino las condiciones sociales las que un materialista tiene que averiguar para explicar un determinado acontecimiento.

La consideración de una causa y de una lucha como “sagradas” es lo que -con otras palabras- todo militante discute cada día en sus reuniones: ¿hay que convocar ahora una manifestación?, ¿es conveniente la lucha armada?, ¿en que condiciones es admisible utilizar la violencia?, ¿qué tipo de luchas son acertadas y cuáles contraproducentes?

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En la muerte ayer del novelista Ramiro Pinilla

Con 91 años murió ayer el novelista Ramiro Pinilla, una de las plumas más importantes de la literatura vasca del siglo XX. Había nacido en Bilbao en 1923, un mal momento en un siglo de oscuridad casi total. Su nombre y su obra han pasado desapercibidos porque la cultura siempre ha estado reñida con el fascismo. Es posible que nadie recuerde ahora una entrevista en televisión o una reseña de sus novelas en una revista literaria. Su caso demuestra que en el siglo XX ha existido cultura a pesar del fascismo.

Hace ya más de medio siglo que Pinilla obtuvo el Premio Nadal y el Nacional de la Crítica. En 1971 quedó finalista del Premio Planeta. Antes del fallo le llamaron por teléfono para decirle que había ganado y que debía ir a la gala a Barcelona para recogerlo, momento en el cual se consuma el fraude: el primer premio se lo dan al franquista José María Gironella. Para taparle la boca, aquella noche Lara, el propietario de la Editorial, otro franquista, le dio 5.000 pesetas. Así funciona la cultura que, en una sociedad capitalista es un mercancía como cualquier otra.

Un paralelismo entre Gironella y Pinilla daría para mucho. Precisamente para evitar comparaciones entre ambos, la Editorial Planeta demoró seis meses la publicación de “Seno”, la novela finalista de Pinilla.

Gironella fue quien más novelas vendió con el franquismo. Entonces la gente leía aún menos que ahora y, desde luego, casi nadie guardaba novelas en los armarios de su casa, pero es casi seguro que, si había alguna, era “Los cipreses creen en Dios” o “Un millón de muertos” del autor catalán, que forman parte de la mala conciencia del franquismo sobre la guerra civil y sobre sí mismo.

Por el contrario, los escaparates de las librerías ignoraron a Pinilla, que tuvo que crear su propia editorial, Libropueblo, para vender sus novelas llamando a las puertas de las casas porque en un escritor la autenticidad es aún más importante que la veracidad, una sensación que no se puede fabricar y que está en muy pocos autores: Rosalía de Castro, Luis Cernuda, Miguel Hernández…

Como todos los clásicos, Pinilla siempre estuvo fuera del mercado, las modas, la frivolidad y la superficialidad del momento. Sus novelas son lo que siempre fueron las novelas, el arte de contar historias, aunque en su caso la historia no sea más que una: el fin de una época y el inicio de otra distinta. En sus novelas los personajes se repiten y las localizaciones siempre son las mismas, aunque cambia el paisaje: los caseríos se derriban para dejar sitio a los esqueletos de hierro de los altos hornos o los astilleros.

Hay novelistas (Balzac, Zola, Galdós, Sholojov) en los que se describen las clases y la lucha de clases mejor que en cualquier manual. En Pinilla el motor de la historia asume una forma genealógica, biográfica, en un entorno reducido en lo personal, casi exclusivamente familiar, y en lo geográfico, Getxo, un arenal donde una ría y una época se acaban para romperse, como la Santísima Trinidad, en tres pedazos: la oligarquía, la burguesía nacionalista y el proletariado.

En la posguerra el novelista bilbaino tomó partido, formando parte de aquellos comunistas que en 1947, en las condiciones más difíciles que cabía imaginar, desencadenaron una huelga general a lo largo de la ría, la primera que conoció el franquismo. En sus novelas están presentes aquellos acontecimientos, cuando salir a la calle no era divertido sino que significaba quedarse sin pan para comer, o morir defendiendo una barricada, o acabar en la cárcel de Santoña durante muchos años.

No hace tanto que Anasagasti se permitió el lujo de insultar públicamente a Pinilla y su obra. Como buen garrulo, el senador del PNV no tenía ni puta idea, pero ese es otro retrato de los políticos que padecemos. Hace un siglo Pérez Galdós ya dijo que aquí “la política” es una conjugación del verbo comer. Esto no da para más. Es el momento de comerles o de que nos coman, y me refiero al alimento del cuerpo tanto como al del alma.

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Gil de San Vicente o el oportunismo vestido de esperpento

Como Manolo el del Bombo con la Selección Nazional, Iñaki Gil de San Vicente también se pasea por sus foros en cuanto hay partido de fútbol para pronunciar sus pedantes sermones que, cuando los pone por escrito son aún mucho peores. Si le pagan los gastos de viaje no se pierde un partido. Es un charlista infatigable y un figurín camaleónico: en todas esas ligas de fútbol, nacionales e internacionales, aparece disfrazado de cualquier cosa, como en un Halloween permanente. Es independentista vasco cuado se tercia, marxista si fuera necesario, trotskista por naturaleza, stalinista en el homenaje a Larrañaga, consejista por convicción, anarquista por dedicación, maoísta cuando propone “tomar el cielo por asalto”… todo en el mismo saco. Incluso Gilito no tiene empacho en escribir para la Iglesia artículos como éste:

¿Qué salida a la crisis?
Iñaki Gil de San Vicente, Herria 2000 Eliza, 31 de julio de 2012
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=153839

Aunque sus enemigos le tienen principalmente por trotskista, lo cierto es que si se hubieran leído su artículo “Marx y Cuba” se habrían apercibido de que, con tal de subirse a cualquier carro, a Gilito no le importa defender a Cuba, pero con muletillas características como ésta, que demuestran la cuadratura del círculo:

“Cuba ha demostrado […] el fracaso de la escolástica stalinista […] Estos y otros autores que es imposible citar aquí, nos descubren el ‘otro marxismo’ oculto cuando no reprimido por una plomiza mole de dogmatismos y tópicos que aun perviven pese a la implosión de la ideología stalinista. Llegamos así al segundo punto antes citado, el del fracaso de la URSS para comprender qué era la revolución cubana. Veremos cómo la burocracia stalinista descargó sobre Marx su exclusiva impotencia teórica para predecir y comprender la revolución cubana, y veremos cómo nunca hizo el mínimo esfuerzo para corregir su error estratégico, sino al contrario, lo ahondó y multiplicó” (http://www.lahaine.org/paisvasco/marx_cuba.pdf ).

Ya ven Ustedes; aunque nunca lo hubieran sospechado, es cierto: la burocracia soviética no entendió la revolución cubana. Lo más probable es que no entendieran nunca nada de nada. Los bolcheviques siempre tuvieron un conocimiento “muy restringido” del marxismo, afirma Gilito (¿Lecciones del stalinismo?). Es increíble que en 1917 lograran dirigir una revolución, luego una guerra civil, después una guerra mundial y que se mantuvieran tantos años a pesar del cerco imperialista. ¿Cuáles fueron los motivos por los cuales los soviéticos nunca entendieron nada? Pues porque entonces Gilito no había pronunciado sus monsergas sobre el marxismo, que en aquella época aún estaba “oculto”. Sólo conocían un marxismo visible, el de la apestosa burocracia stalinista. Pero ese no es el marxismo de verdad, el genuino, el auténtico. Ni siquiera es el único marxismo, porque esa es otra que Usted ignoraba: no hay un solo marxismo sino dos (por lo menos). Además del anterior, hay afortunadamente “otro” que hasta ahora ha estado “oculto” y que sólo el Tío Gilito nos pueden descubrir: el que durante décadas “una plomiza mole de dogmatismos y tópicos” ha tratado de guardar escondido… nada menos que en Cuba. Es cuestión de arqueología, de excavar o mejor aún: de profundizar. En la URSS eran unos superficiales y por eso no comprendieron (entre otras muchas cosas) lo que era realmente la revolución cubana.

Lo que caracteriza a Gilito son parrafadas así de ridículas. Que nadie le pregunte a él por los fundamentos de sus tonteorías, porque en todos sus escritos no hay ni una sola nota a pie de página, ninguna argumentación, ningún razonamiento, ninguna explicación… nada de nada. Su rutina consiste en encadenar una frase tras otra. Cualquier divagación con tal de llenar páginas como un poseso, tantas más cuanto menos conoce. En todos sus escritos siempre incluye una línea en la que dice lo siguiente: “Podría extenderme más sobre este complejo asunto, pero por falta de espacio me ceñiré ahora a unas breves palabras”. Entre la verborrea de Gilito, típica de un acomplejado, hay que destacar algunas expresiones realmente ridículas:

  • praxis estratégica
  • zoológicos sociales
  • poder tecnocientífico
  • praxis científico-crítica
  • desarrollo autocentrado
  • frente de brecha de combate
  • interacción de contradicciones
  • componente autocrítico de la crítica
  • simbiosis de depredadores asesinos
  • revolucionarización de las condiciones de existencia
  • la contradicción expansivo-constrictiva inherente a la definición simple de capital
  • velocidad caótica de las leyes de perecuación, centralización y concentración de capitales

Por favor, reflexionen Ustedes un momento sobre lo siguiente: cuando Gilito se refiere a los “múltiples y complejos macropoderes capilares”, ¿creen que les está hablando de algo relacionado con el pelo?, ¿con las peluquerías quizá?, ¿con los nuevos peinados?, ¿con el estilismo actual?

Algunos malabarismos verbales suyos, como éste, son realmente gloriosos: “La política marxista es la síntesis entre la economía concentrada como realidad objetiva y la conciencia concentrada como realidad subjetiva” (¡?!).

Otro modelo de frase pretenciosa, donde las haya, es cuando en su artículo “La lucha política es para tomar el poder” propone lo siguiente: “Luchar por la creación de contrapoderes populares y obreros, que sean la expresión local de la autoorganización colectiva en la que incide internamente la política independentista estratégicamente orientada”. ¿Alguien se atreve a traducir esto a términos comprensibles para los seres humanos?

Como buen burgués, Gilito hace gala de un desprecio insultante hacia sus oyentes y lectores, a quienes trata de impresionar con palabras altisonantes y frases ampulosas que no significan nada pero que ellos creen -ingenuamente- que necesariamente deben significar algo que no son capaces de comprender por culpa de su propia ignorancia. Habitualmente consideramos que los autores profundos son aquellos a los cuales no se les entiende lo que dicen, porque algo deben tratar de decir. Hoy nadie toma en consideración a un filósofo cuya lectura no requiere esfuerzo. Por el contrario, consideramos que son simples, e incluso algo peor, dogmáticos, a aquellos cuyo pensamiento nos resulta transparente y claro.

Cuando alguien padece incontinencia verbal es muy probable que agote todas las palabras del diccionario. Sin embargo, hay algunas que el Tío Gilito no utiliza nunca porque las ha dejado fuera de sus “Obras Compuestas”, como las siguientes:

  • proletariado
  • dictadura del proletariado
  • planificación socialista
  • expropiación de los medios de producción
  • partido comunista
  • marxismo-leninismo
  • negación de la negación
  • lucha ideológica (reformismo, revisionismo, izquierdismo, derechismo, oportunismo)
  • internacionalismo proletario
  • fascismo

Sus tonteorías también tienen nombres sonoros. Cuando el ecologismo estaba de moda, a Gilito se le ocurrió inventar nada menos que un “socialismo ecológico antiimperialista” en el que a cada palabra procedente de las universidades USA (o sea, de las fábricas ideológicas del imperialismo) se encadenaba otra peor para anunciar la “venganza de la naturaleza”, un apocalipsis planetario tras otro: “extinciones”, “cataclismos” y, en fin, una “catástrofe ecológica planetaria”. Lo puedes leer en este enlace:

Socialismo ecológico antiimperialista ¿Ecologismo progre, ecosocialismo, decrecimiento?
http://www.lahaine.org/b2-img10/gil_ecol.pdf

Cambiemos de tercio porque tenemos que hablar de todo un poco: ¿se han dado cuenta Ustedes de la profundidad de la crisis económica capitalista?, ¿su pareja les ha deshauciado de su corazón por culpa de la composición orgánica de capital?, ¿tienen el corazón partido desde la bancarrota de Lehman Brothers?, ¿odian más y follan menos? Pues sí, Marx también tenía razón en este punto tan importante de la lucha de clases. La intimidad de nuestras vidas, nuestro universo afectivo no es más que otra superestructura que se ve afectada por la economía como todas las demás: “La afectividad, el amor, la sexualidad, la amistad, y hasta el odio, no se viven de la misma forma en una fase expansiva que en una Gran Recesión que avanza una Gran Depresión, y menos aún se gozan de la misma forma”.

Gracias a este descubrimiento, el Tío Gilito estalece la siguiente ley general que rige en la sociedad capitalista: “La salud psicosomática se deteriora en proporción inversa al aumento de la explotación”.

Tomen buena nota de esta ley porque a Marx se le olvidó incluirla en “El Capital”, aunque es tan importante -por lo menos- como la caída de la cuota de ganancia: el aumento de la explotación no conduce a la revolución sino al psiquiátrico.

Ustedes tampoco sabían que hay una economía objetiva y otra subjetiva, pero afortunadamente tenemos a Gilito para que nos lo recuerde: no podemos negar “el contenido económico de lo subjetivo, reduciendo lo económico a una burda materialidad mecánica y automática”, dice Gilito. “Las fuerzas productivas también están formadas por fuerzas productivas especiales, tanto objetivas como subjetivas, apareciendo las últimas como cualidades de los individuos” (Nuestro Marx ahora).

Pero donde nos demuestra todo su arte es en las definiciones, que no son otra cosa más que burdas confusiones. Por ejemplo, en su artículo “La lucha política es para tomar el poder” equipara el concepto de alienación con una manera vulgar de referirse a al fetichismo , es decir, confunde a una cosa con otra.

También tiene una gloriosa definición petarda de ideología , que reza así: “Es la forma inversa de ver y conocer la realidad, es invertir la causa por el efecto, lo material por lo ideal, lo cambiante por lo estático, lo contradictorio por lo no contradictorio”.

En otro artículo titulado “El marxismo como teoría-matriz” define la praxis de la siguiente forma: “El concepto de ‘praxis’ proviene de lo mejor de la filosofía dialéctica de la Grecia clásica, y quiere decir la capacidad del ser humano libre para crear cosas nuevas”. En una línea tan breve, las dos afirmaciones de Gilito son mentira:

a) el concepto de praxis no procede de la dialéctica griega sino de la filosofia materialista del Renacimiento
b) la praxis no son como las composiciones musicales (producción, crear cosas nuevas) sino más bien como una gira de conciertos (reproducción de lo ya existente).