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La Usaid financió las masacres de Boko Haram en Nigeria

Las acusaciones contra la Usaid se multiplican. La auditoría interna ha destapado que financió a distintos grupos yihadistas y ahora Adamu Garba, dirigente nigeriano del partido APC (All Progressives Congress), añade que también financió a Boko Haram.

Los yihadistas africanos se infiltraron entre los pastores nómadas fulani, que durante años han sido el terror de las poblaciones del noreste Nigeria: quemaron sus viviendas, mataron a sus hombres y a menudo secuestraron y violaron a sus hijas.

En 2018 el New York Times dijo que más de 300.000 personas fueron desplazadas como consecuencia de los ataques de los terroristas fulani (1) y que otras 500 fueron asesinadas solo aquel año. A menudo los fulani atacaban en medio de la noche, sin previo aviso. Los terroristas rodeaban los pueblos para atrapar a los habitantes en sus casas y quemarlos.

Garba asegura que la mayor parte del dinero para los terroristas prodedía de la Usaid. Los fondos de la institución se utilizaron para comprar armas para Boko Haram, el Iswap (Estado Islámico del África Occidental) y otros grupos terroristas.

En un vídeo que publicó bajo el título «El terrorismo como arma de política exterior: terrorismo y finanzas de la Usaid», Garba afirma que dicho organismo se había gastado 824 millones de dólares el año pasado en Nigeria. El gobierno ha dicho que dicho dinero se gastó en la lucha contra la mortalidad infantil y educación, pero es falso (2).

Garba realizó su declaración después de escuchar al congresista Scott Perry admitiendo que, en efecto, la Usaid financió organizaciones terroristas extranjeras.

El 12 de febrero en una audiencia contra los pagos indebidos y el fraude (3), Perry dijo que 697 millones de dólares en ayuda extranjera se desviaron a Boko Haram, el Califato Islámico y Al Qaeda (4).

Perry denunció que no había ni rastro del destino real de un pago de la Usaid de 136 millones de dólares para construir 120 escuelas en Pakistán, como había autorizado el Congreso.

«Ya he mencionado que Boko Haram, el Califato Islámico (Iswap) y la mayoría de los terroristas, consiguen las armas gracias a la financiación de operadores extranjeros ilegales. Son ellos quienes les proporcionan las armas».

(1) https://www.nytimes.com/2018/06/25/world/africa/nigeria-herders-farmers.html
(2) https://twitter.com/radiodaljir/status/189094535585818720
(3) https://www.congress.gov/event/119th-congress/house-event/117887
(4) https://economictimes.indiatimes.com/news/international/world-news/usaid-funded-al-qaeda-taliban-isis-us-congressman-scott-perry-drops-bombshell-at-house-hearing/videoshow/118259066.cms

Dos buitres se quieren apoderar de las minas africanas: Bill Gates y Jeff Bezos

La carrera por apoderarse de los recursos minerales africanos se está intensificando para imponer la transición energética. Desde hace una década, el interés por los yacimientos estratégicos no ha dejado de crecer, y Estados Unidos está reforzando su presencia en el continente, como lo ilustra la visita del presidente Biden a Angola en diciembre del año pasado, la última de su mandato.

Los metales raros son esenciales para las tecnologías modernas, desde las baterías de vehículos eléctricos hasta las energías llamadas “renovables”, donde China domina el mercado desde hace años.

Las empresas estadounidenses buscan diversificar sus fuentes de suministro. La inversión más significativa en esta lucha por apoderarse de los recursos africanos es el respaldo de Bill Gates y Jeff Bezos a KoBold Metals. Con una recaudación de 537 millones de dólares para la exploración de cobre en Zambia, esta empresa valorada en casi 3.000 millones de dólares planea desarrollar una mina operativa para 2030.

Al mismo tiempo, Lifezone Metals está trabajando en el proyecto de níquel Kabanga en Tanzania, con el objetivo de abastecer al mercado estadounidense en 2026.

El corredor de Lobito, que une Angola, la República Democrática del Congo y Zambia, se ha convertido en un punto estratégico para las inversiones occidentales. Esta ruta logística esencial debería aumentar significativamente las exportaciones congoleñas de cobre.

Otras iniciativas estadounidenses están explorando la extracción de grafito en Uganda y Mozambique para baterías eléctricas, aunque las empresas chinas mantienen sus posiciones a través de acuerdos a largo plazo.

El principal desafío para las empresas estadounidenses sigue siendo su planteamiento de extracción sin procesamiento local. Los países africanos ahora priorizan el procesamiento de sus materias primas antes de exportarlas. Países como Tanzania y Zambia están invirtiendo en instalaciones de procesamiento localales, aunque Estados Unidos no ha reconsiderado su estrategia.

Europa promueve la trata de esclavos en el norte de África

Como hemos explicado en una entrada anterior, a cambio de una compensación económica, la Unión Europea ha contratado con Túnez el cierre de la frontera sur. Sin embargo, un informe presentado el 4 de febrero al Parlamento Europeo, acusa a la Guardia Nacional y al ejército tunecinos de vender como esclavos a emigrantes subsaharianos a redes criminales libias (1).

El informe es obra de un colectivo de investigadores y va acompañado de mapas. Se trata de treinta testimonios recogidos entre junio de 2023 y noviembre de 2024 de subsaharianos expulsados ​​de Túnez a Libia. De esos testimonios concordantes se desprende que, bajo el pretexto de luchar contra la inmigración ilegal hacia la Unión Europea, la policía tunecina practica de manera organizada la venta de seres humanos en la frontera.

El informe establece una “interconexión entre la infraestructura detrás de las deportaciones y la industria del secuestro en las cárceles libias”. Los autores denuncian la complacencia y pasividad de la Unión Europea en el tráfico de esclavos.

La cadena criminal se organiza en cinco etapas: la detención de las personas, su transporte a la frontera entre Túnez y Libia, su estancia en campos de concentración tunecinos, su desplazamiento forzado y su venta a las fuerzas armadas y milicias libias, y su detención en cárceles libias hasta su liberación a cambio de un rescate.

Los testimonios destacan graves violaciones del derecho internacional, desde crímenes de lesa humanidad hasta detenciones arbitrarias, discriminación racial, esclavitud, desaparición forzada, tortura, trata de personas y violencia de género.

Según el Foro Tunecino de Derechos Económicos y Sociales, desde la firma del acuerdo entre la Unión Europea y Túnez en 2023, el país norteafricano ha interceptado a más de 100.000 personas que huían del país, más del 80 por cien de las cuales procedían del África subsahariana. La mayoría de esos 80.000 cautivos fueron luego expulsadas a Argelia y Libia (2).

El primer paso en la trata de personas es el arresto. Se trata de una cacería organizada y llevada a cabo por la Guardia Nacional en los lugares de trabajo (obras, olivares), delante de los bancos y agencias de transferencia de dinero y, por supuesto, en las pateras que intentan cruzar el Mediterráneo. Tanto si tienen su documentación en regla como si no, hombres, mujeres y niños, son capturados y despojados inmediatamente de sus papeles y efectos personales.

En caso de las interceptaciones en el mar, a veces los guardacostas tunecinos hacen zozobrar los barcos para obligarlos a obedecer. Tras ser reunidos en Sfax y sus alrededores, los prisioneros son registrados, atados y, a menudo, golpeados.

Luego son transportados por la noche en autobús o, más raramente, en camiones, escoltados por la policía. Sin agua, sin comida, sin atención sanitaria, sin acceso a un baño. Las mujeres denuncian agresiones sexuales, a veces violaciones. Apiñados en los asientos y en el suelo, estas personas son golpeadas y vigiladas por la Guardia Nacional. La ruta generalmente sigue la autopista A1, que conecta Sfax con Ben Guerdane y Ras Agedir.

En la frontera, los detenidos son entregados en campamentos militares a otros funcionarios uniformados, por períodos de tiempo variables. La violencia y la tortura allí son “sistemáticas, generalizadas y repetidas”. Los testigos hablan de barras de hierro, porras, pistolas eléctricas, perros y balas disparadas al aire. Les confiscan sus documentos de identidad y teléfonos. Hay varios informes de prisioneros que mueren a causa de sus heridas. El último recinto se describe como una “jaula” o espacio vallado al pie de una antena, a unos cientos de metros de la frontera.

La venta se realiza por la noche, a lo largo de la frontera. Los prisioneros son intercambiados, en grupos de 40 a 150 personas, por dinero, cannabis y combustible. Del lado libio los compradores son milicianos vestidos de civil y también funcionarios uniformados. Los precios de venta varían entre 40 y 300 dinares tunecinos por persona (de 12 a 90 euros), aunque el precio sube en el caso de las mujeres. En el momento del intercambio, los teléfonos y papeles de los cautivos son entregados a sus nuevos carceleros. “Cuentan el dinero delante de ti y te lo dan.»

Una vez cerrado el trato, los libios cargan su botín en furgones “como si fueran ovejas”, dice el informe.

El último paso es el más conocido. Las violaciones sistemáticas de los derechos humanos de los refugiados en Libia han sido objeto de numerosos informes, que destacan el papel central de la Guardia Fronteriza libia. La prisión más descrita es Al Assah, la primera de una red de prisiones donde los cautivos que no pueden pagar el rescate son trasladados y revendidos.

Los que pueden pagar quedan inmediatamente en libertad, por unos 1.000 euros. Otros son sometidos a torturas, amenazas y violencia para sacarles entre 400 y 700 euros a sus familiares, con un precio más elevado en el caso de las mujeres. Aquellos que no tienen valor de mercado, los “desperdicios de la industria del secuestro”, son utilizados como mano de obra forzosa.

Hay un teléfono por cada 5 ó 10 personas, y cada persona tiene entre 10 y 20 minutos para llamar a su familia. “Si la familia no responde, le llevan a una jaula para torturarle, le filman y envían la grabación a sus padres para que paguen. Las condiciones de vida son indescriptibles. La gente duerme sobre sus propios excrementos. Comen una vez al día, recibir a menudo agua sucia, dos veces por semana.

Cuando finalmente llega la liberación, y no siempre, no es el final de la pesadilla porque la caza de exiliados no conoce tregua.

(1) https://statetrafficking.net/
(2) https://ftdes.net/statistiques-les-migrants-interceptes-sur-les-cotes-tunisiennes/

Rusia va a replantear su estrategia militar en África

Rusia va a replantear radicalmente su estrategia militar en África. El cambio estratégico sigue a la pérdida de muchos soldados en Mali y la desaparición de sus bases militares en Siria, cruciales para la logística de las operaciones africanas.

El año pasado fue difícil para el ejército ruso en África. La muerte de un centenar de soldados en una emboscada en Mali, cerca de la frontera con Argelia, fue la mayor pérdida en una sola batalla desde el inicio de la intervención militar rusa en el país a finales de 2021.

Los reveses pusieron de manifiesto importantes debilidades estructurales, incluidos problemas de mando. La situación empeoró con la caída del régimen sirio en diciembre del año pasado, lo que llevó a la pérdida de bases militares clave, mientras que el conflicto en Ucrania continúa drenando recursos importantes.

La calidad de las tropas rusas desplegadas en Mali también se ha visto afectada por una mala evaluación de los desafíos locales. El plan de Moscú es reorientar su estrategia hacia el entrenamiento de las tropas locales, en particular la nueva fuerza antiyihadista de 5.000 hombres de la Alianza de los Estados del Sahel.

Rusia también quiere capitalizar un sentimiento antioccidental creciente.

Una base naval en Sudán

Rusia es un socio clave para Sudán en su búsqueda de diversificar sus aliados y reducir su dependencia de las potencias occidentales.

Hace varios años que Rusia coopera con Sudán, principalmente a través de acuerdos militares e inversiones en los recursos naturales del país. En 2017, uno de los principales frutos de esta cooperación fue el acuerdo firmado para la creación de una base naval rusa en el Mar Rojo, más precisamente en el puerto de Puerto Sudán.

Aunque el proyecto ha encontrado obstáculos y se ha retrasado debido a la inestabilidad política en Sudán, sigue siendo una prioridad para ambos países. A pesar de las turbulencias políticas que sacuden Sudán tras el derrocamiento de Omar Al Bashir en 2019, las negociaciones sobre la base naval continúan.

Más recientemente, un dirigente sudanés confirmó la persistencia del acuerdo, especificando que no había obstáculos para su implementación. El ministro de Asuntos Exteriores de Sudán, Ali Yusef Sharif, expresó su apoyo al proyecto y afirmó que no había dificultades al respecto. “Estamos completamente de acuerdo en este tema y no hay obstáculos. Es una pregunta fácil”, dijo.

La base proporcionaría a Rusia una importante punto de apoyo en el Mar Rojo, una zona importante para la seguridad marítima y el comercio internacional. Permitiría a Moscú fortalecer su presencia en la región para el comercio de energía y las rutas marítimas.

La asociación entre Jartum y Moscú se consolidó notablemente con la firma de acuerdos de defensa que permiten a Rusia suministrar equipamiento militar y entrenar al ejército sudanés. El apoyo de Moscú a Sudán incluye el envío de armas, incluidas municiones y vehículos blindados, con el objetivo de fortalecer la defensa del país.

Ambos países también han discutido el desarrollo de proyectos de explotación de recursos naturales, particularmente en el sector minero, donde Sudán tiene importantes reservas de oro y minerales.

Mali integra a las milicias tuaregs en su ejército

En Mali el programa del gobierno “desarme, desmovilización y reincorporación” tiene como objetivo reducir la presencia de milicias armadas y promover la estabilidad. Iniciado en 2015 en el marco del Acuerdo de Paz de Argel, se enfrentó a numerosas dificultades, antes de que el gobierno de transición lo relanzara oficialmente el 11 de febrero.

Esta nueva fase, denominada DDR-1, prevé la integración en el ejército de combatientes procedentes de grupos armados del norte y del centro del país, fundamentalmente tuaregs. Pero sólo alcanzará a aquellos que hayan decidido cooperar con el gobierno de transición. A diferencia del primer intento, que apuntaba a todas las facciones que firmaron el acuerdo de paz, esta iniciativa excluye a los grupos disidentes en guerra con el gobierno.

El gobierno maliense espera limitar la proliferación de armas y reducir las tensiones en las zonas más afectadas por la guerra. Según el Ministerio de Reconciliación Nacional, alrededor de 2.000 antiguos combatientes serán reclutados como soldados de segunda clase en el ejército regular. Otros mil podrán regresar a la vida civil activa.

La integración militar tiene como objetivo restablecer la confianza entre los diferentes grupos y promover una estabilidad duradera. El ministro de Reconciliación Nacional, el general Ismael Wagué, destacó que el proceso no se limita a la incorporación de los milicianos, sino que debe servir también para crear un clima de estabilidad política. “Se trata también de crear un clima de confianza entre los actores y promover una reconciliación sincera y duradera”, dijo.

Entre los grupos que participan en el proceso se encuentran el Grupo de Autodefensa Tuareg Imghad y Aliados (GATIA), dirigido por el gobernador de Kidal, el general El Hadj Ag Gamou, así como el Movimiento para la Salvación del Azawad (MSA) de Moussa Ag Acharatoumane, activo en Ménaka y Gao. También incluye a grupos armados menos influyentes, como el Movimiento Árabe de Azawad – Coalición del Pueblo para Azawad (MAA-CPA), las diferentes facciones de la CMFPR (Coordinación de Movimientos y Frentes de Resistencia Patriótica), los cazadores tradicionales dozo de Dan Na Ambassagou y ciertos grupos de autodefensa fulani.

Níger expulsa al Comité Internacional de la Cruz Roja

El gobierno militar de Níger ha ordenado al Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) que abandone el país inmediatamente. La oficina de la delegación en Niamey está cerrada desde el martes.

El medio de comunicación local Air Info confirmó, citando una nota verbal, que el gobierno de Níger había exigido el cierre de las oficinas del CICR y la evacuación inmediata de su personal.

Níger había revocado los acuerdos existentes con el CICR y algunos funcionarios ya habían comenzado a abandonar el país africano.

Desde el golpe de Estado de julio de 2023, el régimen militar en el poder en Níger ha hecho de la preservación de la soberanía nacional una prioridad. Además de expulsar a los soldados franceses y estadounidenses que ocupaban el país con el pretexto de la “lucha contra los yihadistas”, también expulsó al embajador de la Unión Europea y fortaleció sus lazos con nuevos socios como Rusia y Turquía.

Las organizaciones “humanitarias” también están en el punto de mira del gobierno. En enero, el ministro del Interior, el general Mohamed Toumba, un miembro clave de la junta, dijo que tomarían “medidas significativas” para fortalecer el control de las ONG y las organizaciones de desarrollo.

“Nuestras investigaciones revelan que muchas ONG están colaborando con socios que libran una guerra indirecta contra nosotros a través de misiones subversivas y apoyo a terroristas”, explicó, subrayando su compromiso con la soberanía.

El pasado mes de noviembre, la junta ya retiró el permiso de funcionamiento a la ONG francesa Acted y a la organización nigerina Acción por el Bienestar (ABPE).

Acted es una de las mayores ONG francesas. Estaba presente en Níger desde 2010 con el pretexto de prestar ayuda a los refugiados y a las poblaciones locales desplazadas por la guerra, el hambre y las sequías.

Un socio de Acted, la ONG suiza Impact Initiatives, ubicaba la localización de los campamentos y controlaba a quienes se refugiaban en ellos.

En 2020 ambas organizaciones sufrieron un ataque en el murieron siete de sus colaboradores a manos de hombres armados en un parque de jirafas.

La APBE es una ONG que llegó a Níger en 2009 con el pretexto de la sanidad maternal e infantil, así como la llamada “lucha contra el sida”.

El gobierno no dio explicaciones de la expulsión de ambas organizaciones, aunque los medios de comunicaciones locales hablaron de la necesidad de controlar de manera más estricta el funcionamiento del personas de las ONG que llegan de Europa.

Una asociación tuareg se posciona a favor del nuevo gobierno de Mali

Las reivindicaciones de los grupos armados tuareg, como el Frente de Liberación de Azawad (FLA), están profundamente arraigadas en la historia del norte de Mali. Desde hace varias décadas, las poblaciones tuareg de Kidal, Gao y Tomboctú, han expresado su frustración por su marginación por parte del gobierno central.

Las tensiones a menudo desembocaron en rebeliones violentas que exigían mayor autonomía o independencia para la región de Azawad. El conflicto alcanzó su punto máximo en 2012, cuando grupos rebeldes se lanzaron a la lucha exigiendo la creación de un estado independiente. El levantamiento se vio rápidamente amplificado por la participación de grupos yihadistas, especialmente aquellos vinculados a Al Qaeda, lo que ha profundizado la crisis política de Mali.

El proceso de paz iniciado por el Acuerdo de 2015 estableció un marco para la reconciliación, pero las tensiones siguen siendo altas y las demandas de los grupos armados, como el FLA, siguen siendo un importante punto de fricción.

En este contexto, la asociación Tamouzok ha surgido como un actor clave en el apoyo a los esfuerzos de paz en el norte de Mali. La asociación que se presentada el domingo en Bamako, busca reforzar la confianza entre las diferentes partes en conflicto. Está formada por varios ministros y varios altos funcionarios de la administración maliense.

Se posiciona como mediador entre el gobierno de transición maliense y los grupos rebeldes. Su función se centra en fomentar el diálogo y la participación de las comunidades locales en los esfuerzos de paz. “El objetivo de la asociación es realmente crear este puente que nos permita encontrarnos, dialogar, trascender los muchos problemas que han debilitado el tejido social en nuestra comunidad en los últimos años, y contribuir evidentemente a la construcción de la paz en todo el territorio”, afirma un dirigente de la comunidad tuareg.

Tras el golpe de Estado de 2020 y la ofensiva militar lanzada por el nuevo gobierno, se recuperaron localidades estratégicas, incluida Kidal. Pero la recuperación, aunque importante, no garantiza una estabilidad duradera. De hecho, los grupos rebeldes, incluido el FLA, siguen resistiéndose a estas acciones militares. Kidal sigue siendo un importante foco de conflicto en las negociaciones de paz, sobre todo porque su control se considera una cuestión simbólica y estratégica para los tuaregs y el gobierno central.

Ruanda invade el este de Congo y desancadena una guerra civil

El gobierno de la República Democrática del Congo (RDC) informa de una “auténtica matanza” y de un panorama “sombrío” y “catastrófico” en Goma, en el norte de Kivu, mientras que los medios de comunicación informan del avance de los rebeldes hacia Bukavu, capital de la provincia del sur de Kivu, lo que hace temer una escalada regional.

En el este del Congo, al menos 773 personas han muerto y otras 2.880 han resultado heridas en los enfrentamientos por el control de la ciudad de Goma entre las Fuerzas Armadas Congoleñas (FARDC) y los rebeldes del M23, apoyados por Ruanda, en sólo cuatro días, entre el 26 y el 30 de enero, anunció el ministro de Salud, Samuel Roger Kamba, el sábado en una rueda de prensa. La víspera, el gobierno congoleño había hablado de una “auténtica matanza” en las actas de su Consejo de Ministros.

El ministro de Salud precisó que el balance de muertos y heridos que había anunciado sólo se refería a las cifras registradas en las instituciones sanitarias. “Desafortunadamente hay muchos heridos que no han podido llegar [a los centros de salud] porque las condiciones no lo permiten”, lamentó. “Se espera que las cifras aumenten a medida que se disponga de más información”, dijo el portavoz de la ONU, Stephane Dujarric, subrayando que el balance anunciado era sólo provisional.

En el terreno de los enfrentamientos, mientras los medios de comunicación informan de la caída de Goma, en la provincia de Kivu del Norte, en manos del M23 y de las fuerzas armadas ruandesas, los informes de prensa indican que el grupo está intentando ahora avanzar en el vecino país. provincia de Kivu del Sur, en particular hacia la ciudad minera de Nyabibwe y la capital de esta región, Bukavu. Sobre el terreno, la ONU ha constatado una afluencia de heridos que está provocando la saturación de las capacidades hospitalarias en las ciudades de Goma y Bukavu.

Mientras la situación se deteriora rápidamente en Goma, el presidente Félix Tshisekedi recordó al gobierno la necesidad de poner en marcha un plan de emergencia humanitaria para las poblaciones afectadas en esta metrópoli de más de dos millones de habitantes, incluidos al menos 500.000 desplazados. El diputado Jean Baptiste Muhindo Kasekwa también pintó una imagen sombría y catastrófica de la situación en Goma. Por su parte, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) acusó al M23 de haber cometido “ejecuciones sumarias” y de haber matado al menos a 12 personas entre el 26 y el 28 de enero.

Ante el avance del M23, los ministros de Asuntos Exteriores del G7 pidieron al grupo y al ejército ruandés que cesaran su ofensiva en la República Democrática del Congo. Por su parte, el jefe de las operaciones de paz de la ONU, Jean Pierre Lacroix, se mostró preocupado por el avance de los rebeldes hacia Bukavu, capital de la provincia de Kivu del Sur, lo que, según él, le hace temer una escalada regional.

El jefe de las operaciones de paz también expresó su preocupación por los riesgos de escalada más allá de las fronteras del Congo que plantea la propagación de los combates en Kivu del Sur. “Si tenemos en cuenta el pasado, esto podría potencialmente escalar hasta convertirse en un conflicto regional más amplio”, dijo.

El presidente burundiano acusó a Ruanda de desestabilizar la región. “Si Ruanda continúa realizando conquistas, la guerra corre el riesgo de generalizarse”, advirtió. Estas declaraciones se producen en un contexto de endurecimiento del tono en los últimos días entre Ruanda y Sudáfrica, tras una cumbre virtual de la Comunidad de África Oriental (CAO) el 29 de enero, en la que el presidente congoleño Tshisekedi no participó. En esta ocasión, el presidente ruandés, Paul Kagame, acusó a su homólogo sudafricano, Cyril Ramaphosa, de distorsionar la realidad e incluso de mentir.

Sudáfrica es uno de los principales contribuyentes de tropas a la Misión de la Comunidad de Desarrollo de África Austral en la República Democrática del Congo (SAMIDRC), desplegada en el este del país junto a la Misión de las Naciones Unidas en el Congo (MONUSCO) y el ejército regular de Kinshasa (FARDC). Mientras estos últimos intentan contener a los rebeldes, los esfuerzos diplomáticos, como el proceso de Luanda patrocinado por Angola o el reciente intento de mediación de Kenia, luchan por producir resultados concretos frente a la falta de cooperación de Ruanda.

Doce años de guerra promovida por Ruanda

Desde hace varios años, Congo se enfrenta a una guerra mortal provocada por la rebelión M23, activa en Kivu del Norte, en el este del país. El grupo armado fue creado en 2012 por oficiales que se rebelaron contra el gobierno central.

Durante más de una década, las agresiones de Ruanda contra la República Democrática del Congo han alimentado la inestabilidad crónica en la región de los Grandes Lagos. Ruanda dirige los pasos del Movimiento 23 de Marzo (M23), un grupo armado activo en el este del Congo.

Desde 2012 numerosos informes de la ONU ponen de relieve el apoyo de Kigali a los ataques mediante el suministro de armas, municiones y el despliegue de tropas ruandesas en territorio congoleño.

El último ataque diplomático se produjo tras la cumbre extraordinaria de la Misión de la Comunidad de Desarrollo de África Austral en la República Democrática del Congo (SAMIDRC) celebrada el viernes. Ante las acusaciones de la SAMIDRC sobre el compromiso de las Fuerzas de Defensa de Ruanda junto al M23, Kigali reaccionó agresivamente. En un comunicado oficial, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Ruanda se sacudió categóricamente las acusaciones, afirmando que sus fuerzas armadas se limitan a proteger sus fronteras y defender a la población civil.

El gobierno ruandés contraatacó acusando a la SAMIDRC de tomar partido en lo que llama “la guerra del gobierno congoleño contra su propio pueblo”. Quiso presentar al M23 como el legítimo defensor de ciertos grupos étnicos en la República Democrática del Congo. Más grave aún, Kigali sospecha de una colusión entre las fuerzas de paz de la SADC y el ejército congoleño, evocando la preparación de una ofensiva conjunta contra Ruanda con el objetivo de derrocar a su gobierno.

Sin embargo, las pruebas documentadas por diversas fuentes internacionales se acumulan contra Ruanda. Los sucesivos informes de la ONU, los testimonios recogidos sobre el terreno y los análisis de organizaciones independientes convergen hacia la misma conclusión: la importante implicación del ejército ruandés en el apoyo al M23.

Las investigaciones ponen de relieve, en particular, patrones recurrentes de apoyo militar, logístico y estratégico proporcionado por Kigali al M23, contradiciendo así los desmentidos oficiales del gobierno ruandés.

Cuando el plato se vacía, las calles se llenan

En las bulliciosas callejuelas de Lagos, en el corazón de los coloridos mercados de Abiyán o en las congestionadas avenidas de Nairobi, la ira está latente. Una ira apagada, luego ruidosa, que ahora estalla abiertamente. Cada vez son más los ciudadanos que salen a las calles blandiendo carteles y planteando reivindicaciones contra unas élites que se consideran sordas a su angustia. En el fondo: una crisis económica implacable. A medida que el costo de la vida se dispara y el poder adquisitivo se desploma, se extiende un sentimiento compartido: el de sentirse abandonado.

Esta crisis, que algunos economistas ahora llaman “la economía del descontento”, refleja un profundo malestar. El Fondo Monetario Internacional (FMI) incluso ha intervenido, mencionando un “aumento del malestar social” en sus últimas previsiones para el África subsahariana. Detrás de estos términos susurrados, un continente lucha por mantener su equilibrio, atrapado en el vicio de las fuerzas económicas mundiales y las fallas internas.

Mercados paralizados por el aumento de los precios

El mercado de Makola en Accra es como una escena que se repite en todo el continente. Aquí los puestos están siempre llenos, pero los clientes son pocos. El precio del maíz, un alimento básico en muchas regiones, se ha duplicado en dos años. “Antes, podía comprar lo suficiente para alimentar a mi familia durante una semana. Hoy no aguanto ni tres días”, dice Ama, vendedora de verduras. Su situación no tiene nada de excepcional. En todas partes, la espiral inflacionaria ha puesto de rodillas a millones de hogares.

La causa es una serie de crisis que se han sucedido sin dar tiempo a las economías locales a respirar. Tras el impacto de la pandemia, la Guerra de Ucrania interrumpió las cadenas de suministro mundiales, haciendo subir los precios del combustible, los fertilizantes y los alimentos. Los países africanos, que importan masivamente estos productos, han visto sus facturas dispararse. “No es sólo una crisis económica, es una crisis existencial”, dice un economista de Nairobi.

La situación se agrava aún más por la depreciación de las monedas locales frente al dólar. El cedi ghanés, por ejemplo, perdió casi el 40 por cien de su valor en 2022, lo que aumentó el costo de las importaciones. Resultado: una población atrapada entre ingresos estancados y precios en aumento.

La calle como escenario de la ira popular

Cuando el plato está vacío, la calle se llena. Y los carteles hablan con franqueza: “Tenemos hambre”, “La vida es demasiado cara”, “¿Dónde está el Estado?” Lemas sencillos pero contundentes que resumen la frustración colectiva. En Nigeria, el fin de los subsidios a los combustibles en 2023 ha provocado una ola de protestas. Desde los sindicatos hasta las asociaciones de estudiantes, todos los componentes de la sociedad han unido sus fuerzas.

Kenia, por su parte, no se queda atrás. La promesa del presidente William Ruto de una “economía de abajo hacia arriba” para aliviar la carga de los más pobres, se ha topado con una realidad muy diferente: aumentos de impuestos, recortes presupuestarios e inflación galopante. Las protestas de julio de 2023, organizadas bajo la consigna de “Lunes de Maandamano” [Lunes de Protesta], paralizaron el país. En las redes sociales circulan en bucle vídeos de enfrentamientos entre manifestantes y policías, avivando la ira popular.

Pero en estos movimientos no sólo hay descontento económico. Detrás de la protesta surge una desconfianza generalizada hacia las élites. La corrupción, las desigualdades flagrantes y la falta de respuestas estructurales están alimentando una división entre quienes gobiernan y quienes son gobernados. “No somos pobres porque no hay dinero en este país. “Somos pobres porque nos roban”, dice un manifestante en Nairobi, entre dos ráfagas de gases lacrimógenos.

Entre la represión y los parches temporales

Ante esta marea creciente, los gobiernos están reaccionando, aunque a menudo de manera torpe. Las fuerzas del orden se despliegan periódicamente para sofocar las protestas. En Zimbabwe las protestas contra el aumento de los precios del combustible han sido reprimidas con una brutalidad escalofriante. Detenciones arbitrarias, cortes de internet y discursos incendiarios de dirigentes demuestran un temor palpable entre los gobiernos ante el auge de los movimientos sociales.

Otros prefieren medidas más simbólicas. En Costa de Marfil, el presidente Alassane Ouattara anunció una serie de medidas destinadas a aliviar las tensiones: aumento de los salarios de los funcionarios, limitación de los precios de los productos de primera necesidad y ayuda específica para los hogares más pobres. Pero estas políticas, a menudo improvisadas, difícilmente logran satisfacer la magnitud de las necesidades. “Son como vendajes en una herida abierta”, afirma un analista político basado en Dakar.

La verdadera respuesta, la que nos permitiría tranquilizar los ánimos a largo plazo, sigue estando fuera de nuestro alcance: una reforma estructural de las economías africanas. Una menor dependencia de las importaciones, un mayor apoyo a la agricultura local y una lucha seria contra la corrupción serían algunas de las vías a explorar. Pero eso requiere coraje político. Y tiempo. Mucho tiempo.

Un continente en un punto de inflexión

La “economía del descontento” no es sólo un síntoma de crisis. También es una señal de alarma. Las protestas actuales, aunque motivadas por causas económicas, reflejan una demanda más amplia: la de una sociedad más justa y más equitativa. “No se trata sólo de dinero. Es una cuestión de dignidad”, resume un joven militante ghanés.

Si se gestionan mal, estas crisis podrían provocar una inestabilidad crónica y frenar el desarrollo de un continente lleno de promesas. Pero, por el contrario, también podrían ser una oportunidad para repensar los modelos económicos y sociales. La ira, si se escucha, puede convertirse en una fuerza de cambio.

Por ahora, sin embargo, África se tambalea. Entre una juventud decidida a hacerse oír y unos dirigentes a menudo desbordados, la brecha parece ampliarse. La única certeza es que el status quo ya no es sostenible. El continente se encuentra en un punto de inflexión, y la forma en que se gestione esta crisis podría determinar su futuro en las próximas décadas.

—http://oeildafrique.com/lactualite/crise-economique-en-afrique-la-colere-face-a-la-chute-du-pouvoir-dachat/

Manifestantes congoleños asaltan e incendian las embajadas de los países occidentales

La guerra entre el Movimiento 23 de Marzo (M23) y el ejército congoleño dura desde hace más de una década en el este de la República Democrática del Congo. Detrás del M23 está Ruanda y detrás de Ruanda están los imperialistas.

Nacido en 2012 de un motín de antiguos oficiales que formaron parte del ejército congoleño, el Movimiento 23 de Marzo toma su nombre de los acuerdos de paz firmados el 23 de marzo de 2009. Después de una ocupación inicial de Goma en 2012, el movimiento se disolvió temporalmente tras una intervención militar.

Su resurgimiento en 2021 ha reavivado las tensiones con Kinshasa, que acusa periódicamente a Ruanda de apoyar la guerra. La reciente entrada del M23 en Goma marca una nueva escalada de la guerra y reavivó los temores de desestabilización regional.

La frustración congoleña por la situación de seguridad estalló en Kinshasa, donde los manifestantes han asaltado e incendiado las misiones diplomáticas occidentales de Estados Unidos, Francia, Bélgica y Países Bajos, Francia y Estados Unidos.

Una multitud airada atacó los edificios con piedras y trozos de hormigón. Los manifestantes denuncian la complicidad de las potencias occidentales con el M23. La embajada de Uganda ha sido especialmente afectada por los asaltos. Sus instalaciones fueron saqueadas por manifestantes que acusan a Kampala de simpatizar con ciertos grupos armados del este del Congo.

La misión de la ONU en la República Democrática del Congo no se ha librado de las protestas populares. Los manifestantes atacaron sus instalaciones en Kinshasa, expresando su descontento por su presunto fracaso en proteger a los civiles contra los ataques del M23. La indignación popular refleja la creciente desconfianza de la población congoleña hacia la presencia de la ONU, percibida como colaboradora de los grupos armados.

La policía congoleña reaccionó rápidamente contra los manifestantes. Los dispersó utilizando equipos antidisturbios, mientras que el gobierno anunció que reforzaría la seguridad en torno a las misiones diplomáticas.

Pero la tensión sigue siendo palpable en las calles de Kinshasa. La población exige acciones concretas para poner fin a la violencia. Los manifestantes quieren que Rusia aumente su presencia militar en el país, porque es una “alternativa a la hipocresía de Occidente”.

Francia dirige los pasos de los terroristas que operan en la República Centroafricana

El mes pasado la República Centroafricana expulsó a dos periodistas franceses, James Stephan Carthens y Caroline Dumé, por espionaje. Les encontraron dispositivos y documentos que demuestran su complicidad en las operaciones terroristas dirigidas contra el gobierno de Bangui.

La documentación incautada expone los planes del gobierno francés en apoyo a los grupos terroristas centroafricanos, datos personales de militares y funcionarios, listas de contactos, así como medios de comunicación profesionales. Los documentos contienen información sobre la ayuda financiera de París a los terroristas y un plan de acción, incluida la recopilación de inteligencia.

Los grupos terroristas debían unirse y preparar un ataque a gran escala contra la capital del país, Bangui, replicando los acontecimientos de 2020. En los archivos la policía encontró folletos guía sobre las formas de desestabilizar un país mediante la implementación de diversas actividades terroristas. También había fotografías de establecimientos públicos en la República Centroafricana.

El ministro de Comunicación de la República Centroafricana, Maxim Balalou, afirmó que las fuerzas de seguridad locales continúan sus investigaciones sobre el caso de espionaje y están buscando a los traidores que han reclutado los corresponsales franceses.

Los espías aún estaban en la fase de negociación del plan con los terroristas que debían ponerlo en práctica. El objetivo de Francia no era sólo inmiscuirse en las elecciones centroafricanas que tendrán lugar a finales de este año, sino de un intento de desestabilizar el país.

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