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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 9 de 60)

‘Las armas estratégicas de Estados Unidos ya han pasado su fecha de caducidad’

En el discurso de Putin a la Duma hubo un inciso que ha pasado desapercibido: dijo que las armas estratégicas de Estados Unidos ya han pasado su fecha de caducidad. En efecto, en lo que respecta a las armas nucleares, el arsenal de Washington se encuentra en un estado lamentable.

Estados Unidos no tiene ninguna fábrica de armas nucleares. Sólo hay alguna actividad a pequeña escala en un puñado de laboratorios que tienen -más bien- un carácter científico.

La falta total de plantas de armas nucleares significa que Estados Unidos no tiene forma de producir plutonio nuevo. Nunca ha desarrollado la capacidad de enriquecer uranio con fines militares, la única otra opción para fabricar artefactos nucleares que exploten, por lo que sólo tiene su viejo plutonio.

La mayoría de las bombas nucleares de Estados Unidos tienen décadas, lo mismo que las rampas de lanzamiento. Pero el plutonio se degrada con el tiempo. Acumula isótopos que hacen que una bomba explote durante el montaje o no explote en absoluto y sólo ocasione un desastre. No hay forma conocida de separar los isótopos del plutonio.

Para satisfacer las necesidades de enriquecimiento de uranio de sus numerosas y viejas centrales nucleares, Estados Unidos depende del monopolio nuclear estatal ruso Rosatom, sometidos a las sanciones y, en menor medida, de los franceses, que a su vez también dependen de Rosatom.

Entre los demás países de la OTAN, los británicos dependen de Estados Unidos para sus misiles balísticos Trident II y los franceses no han probado un arma nuclear desde 1996. Pero Estados Unidos no sólo planea mantener sus bombas, sino también desarrollar otras nuevas. Dadas sus numerosas limitaciones y la naturaleza casera de sus esfuerzos en materia de armas nucleares, se trataría de minibombas.

Tiene unos 400 misiles Minuteman III y, en una serie de pruebas infructuosas, sólo uno de ellos salió lanzado. El misil fue seleccionado al azar, según dicen, transportado a unas instalaciones y preparado para la prueba. Los acondicionaron para estar seguros y fue disparado en una dirección aleatoria. Las noticias mostraron una estela en el cielo, pero no sabe si dio realmente en algún blanco. No mostraron imágenes de soldados uniformados midiendo la distancia entre los cráteres de la bomba (supuestamente tres) y el objetivo.

Se trata de misiles balísticos, lo que significa que, una vez finalizada la propulsión, siguen una trayectoria que puede calcularse a partir de su trayectoria inicial. Esto hace que los misiles balísticos sean fáciles de interceptar.

También hay una serie de misiles Trident II lanzados desde submarinos, compartidos con los británicos, aunque no se sabe su número. También son misiles balísticos.

Por último, están los bombarderos estratégicos y los misiles de crucero. La mayoría de estos últimos son Tomahawks, que vuelan a 900 kilómetros por hora. Un avión Boeing 777 lleno de turistas viaja más rápido. En la Guerra de Siria fueron muchos los que cayeron al mar. También son fáciles de interceptar, incluso con los sistemas de defensa antiaérea relativamente antiguos de la era soviética, por no hablar de los nuevos. La mayoría de los bombarderos estratégicos son viejos B-52 que no superan los 850 kilómetros por hora, y un puñado de B-1B Lancers que son supersónicos pero están a punto de ser retirados.

Putin declaró ante la Duma que las defensas estratégicas rusas son nuevas en un 93 por cien, por lo que la conclusión es que Estados Unidos no tiene ningún arma que los rusos no puedan interceptar, mientras que Rusia tiene varias armas que los estadounidenses no pueden interceptar en absoluto. Eso significa que, en un enfrentamiento nuclear, los rusos repelerán la mayoría de los ataques. Unas pocas ojivas podrían caer en zonas periféricas, bien porque estuvieran fuera de rumbo o porque el objetivo estuviera simplemente demasiado lejos como para preocuparse de él.

No es nada seguro que esas ojivas vayan a explotar según lo previsto. El resto harían pequeños agujeros en el suelo o provocarían una catástrofe nuclear. En tal caso, Rusia tendría a Estados Unidos a su merced. El escenario opuesto, en el que Rusia lanza un primer ataque, es contrario a la doctrina nuclear rusa.

Japón es otra bomba de relojería de la economía mundial

Ahora un dólar se compra por 138 yenes, pero en octubre subió por encima de los 150, alcanzando un nuevo máximo en 32 años, a medida que se amplía la brecha entre la política del banco central y la de la Reserva Federal de Estados Unidos. La segunda ha subido repetidamente los tipos de interés para atajar las subidas de precios, mientras que el primero mantiene su política monetaria laxa para impulsar la economía.

La política de la Reserva Federal, junto con las persistentes expectativas de inflación, ha impulsado el rendimiento de los bonos del Tesoro estadounidense a 10 años hasta el 4 por cien. El Banco de Japón, por su parte, sigue manteniendo el rendimiento de la deuda pública japonesa a 10 años cerca de cero. El banco central japonés realiza operaciones de compra de bonos para mantener el rendimiento en torno a cero.

La diferencia de rendimiento está impulsando a los especuladores a vender yenes y comprar dólares, ejerciendo una fuerte presión a la baja sobre la divisa japonesa.

A mediados de noviembre la economía japonesa se contraía por primera vez en cuatro trimestres, a medida que la inflación y la debilidad del yen golpeaban al país. Sin embargo, la historia económica de Japón en la posguerra muestra una fortaleza extrema de la divisa. Una debilidad excesiva es más fácil de soportar que una moneda demasiado musculosa.

La política flexible del Banco de Japón está bajo presión, ya que la inflación alcanza su nivel más alto en más de 40 años, con un aumento de los precios del 4,2 por cien anual en enero, más del doble del objetivo oficial del 2 por cien.

El viernes el candidato a gobernador del Banco de Japón, Kazuo Ueda, volvió a la cuadratura del círculo, prometiendo una “inflación estable”.

A mediados de enero, Japón informó de un mínimo histórico en el déficit comercial anual de 155.000 millones de dólares para el año anterior. No se trata de un resultado repentino para la economía japonesa, sino que ha sido un proceso lento a lo largo de un período de 12 años de flexibilización cuantitativa cada vez mayor.

Los desequilibrios no han hecho más que empeorar y en febrero del año pasado el Banco de Japón se vio obligado a comprometerse a comprar cantidades ilimitadas de bonos del gobierno.

Al mismo tiempo, el banco central limitó los tipos de interés de los bonos a 10 años al 0,25 por cien para reducir el coste de los préstamos. Pero si lanzan cantidades ilimitadas de divisas para monetizar una deuda pública desbocada, y mantienen los tipos de interés por debajo de los niveles del mercado, harán estallar la moneda.

Reagan ataca su famoso ‘neoliberalismo’

En la década de los ochenta Japón era la segunda mayor economía del mundo, por detrás de Estados Unidos. Su moneda, el yen, se contaba entre las más fuertes y en 1985, con el Acuerdo del Plaza, Estados Unidos le obligó a revalorizarlo todavía más. Fue el comienzo de su declive. En la posguerra Estados Unidos ascendió a Japón a la cúspide y Reagan le echó a rodar hacia abajo de una patada.

Junto con Thatcher, los manuales consideran a Reagan como el pionero de eso que llaman “neoliberalismo” y que nunca existió. No solamente lo demostró el Acuerdo del Plaza sino también el Acuerdo sobre semiconductores, firmado con Japón al año siguiente.

En 1985 se produjo en Estados Unidos una recesión en el mercado informático, que provocó a Intel la mayor caída en más de diez años. Por el contrario, Japón era un pais puntero en la fabricación de mercancías tecnológicas de gran consumo para Occidente, incluido Estados Unidos a quien había superado en el mercado de memorias DRAM. Gracias a la inversión en medios de producción y automatización, Japón podía fabricar productos más rápidos y baratos que Estados Unidos que, además, eran de calidad superior.

En Washington empezaron a criticar a Japón por sus prácticas comerciales “depredadoras” y “desleales”. En 1986 impusieron la firma del Acuerdo sobre semiconductores y la cuota estadounidenses en el mercado japonés se incrementó hasta el 30 por cien en cinco años. Era lo que necesitaban las empresas tecnológicas estadounidenses para respirar.

Pero Estados Unidos no se conformó con eso. Al año siguiente impuso un arancel del 100 por cien a algunas mercancías japonesas por valor de 300 millones de dólares.

El yen cae y la especulación se dispara

La apreciación del yen sumió a la industria japonesa en la recesión y, en respuesta a ello, el Banco de Japón empezó a bajar los tipos de interés. Pero el dinero barato no fue a parar a la industria sino a la especulación en inmuebles y bolsa.

Entre 1985 y 1989 las acciones subieron en Japón un 240 por cien y los precios del suelo un 245 por cien. ¿Para qué fabricar? Los monopolios se lanzaron a la vorágine especuladora. Nissan empezó a ganar más dinero especulando que fabricando coches. Fue una burbuja gigantesca. El patrimonio inmobiliario total del sector privado se disparó.

En 1989 restringieron los préstamos inmobiliarios. Los precios del suelo y de las viviendas dejaron de subir. Al año siguiente el mercado de valores cayó un 32 por cien, en un momento en que los bancos estaban repletos de activos tóxicos. Cesaron los préstamos especulativos y también los que no lo eran. Más de cinco millones de trabajadores japoneses perdieron su empleo y no encontraron otro. El suicidio se convirtió en la principal causa de muerte en los varones de 20 a 44 años.

Entre 1990 y 2003 quebraron 212.000 empresas. En el mismo periodo, el mercado de valores cayó un 80 por cien. Los precios del suelo en las grandes ciudades cayeron hasta un 84 por cien.

Durante diez años el gobierno trató de impulsar la demanda interna con la típica receta de aumentar el gasto público. La deuda pública alcanzó niveles históricos. En 2011 llegó al 230 por cien del PIB, la más alta del mundo. No sirvió de nada. La economía japonesa marcha hacia el desastre.

Que Ucrania sea derrotada y sus restos queden bajo el paraguas de Polonia

El lunes se celebró una conferencia en Polonia para ayudar a Ucrania. En ella participaron dirigentes de las principales potencias mundiales. Una de las intervenciones más significativas fue la del Primer Ministro polaco Mateusz Morawiecki quien dijo, entre otras cosas, que “hoy no es el momento de un alto el fuego. Hoy Ucrania necesita nuestro apoyo y esperanza. Esa esperanza nació en Polonia”.

A Polonia no le interesa la paz, sino todo lo contrario: atizar las llamas. Para eso quiere apoyar a Ucrania de manera que la guerra se alargue lo más posible. Pero también añadió algo igualmente significativo, que ilustra el papel de Polonia en las hostilidades: “La guerra en Ucrania no es una prueba de la fuerza de Rusia. La guerra es una prueba de la fuerza de Occidente. Será la victoria de Rusia y la derrota de Occidente, o el renacimiento de la civilización occidental”.

Como es obvio, a Morawiecki no le preocupa el destino de los ucranianos. Se trata de que Occidente alcance una gran victoria, de la que ellos serían los mejores gestores. Si nuestra interpretación no falla, de ahí se desprende que Ucrania debe ser derrotada para que Occidente gane. En otras palabras, Occidente gana aunque Ucrania pierda.

Naturalmente, cuando Morawiecki alude a Occidente se refiere a Polonia, que es donde nace la esperanza. ¿Por qué? Porque cuando Ucrania sea derrotada los territorios occidentales de Ucrania pasarán a formar parte “temporalmente” de un protectorado polaco. Volvemos a los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Polonia se encargaría proteger los restos de Ucrania.

Esos territorios estarían seguros si estuvieran bajo jurisdicción polaca “temporalmente”. Rusia no se atrevería a atacar el suelo de un país de la OTAN, o sea, los restos de Ucrania se incorporarían a la OTAN de cualquier manera, que es de lo que se trata.

El plan de Morawiecki es el de las fuerzas más reaccionarias de Estados Unidos, que en este momento son minoritarias, pero pueden activarse en cualquier momento. Polonia es el ejecutor material de una línea de acción estadounidense de largo alcance que conviene destapar, por lo que pueda ocurrir en el futuro.

Tras la caída de la URSS, Europa comenzó a levantar la cabeza del suelo y a jugar sus propias cartas. En la década de los noventa se firmó el Tratado de Maastricht, se establecieron las bases del euro y de un ejército común edificado sobre el eje Francia-Alemania. Europa quería hacer sombra a Estados Unidos, se habló de que la OTAN había perdido su sitio y, sobre todo, de que había que establecer buenas relaciones con Rusia, lo cual era intolerable para Estados Unidos.

Al otro lado del Atlántico le dieron un giro completo a las ingenuas aspiraciones de la Unión Europea por dos caminos: las Guerras de los Balcanes y la instrumentalización de los países de Europa oriental, a los que convirtieron en peleles sometidos a la hegemonía estadounidense.

Europa oriental se enfrentó a Europa occidental y los planes de ésta acabaron en agua de borrajas. El enemigo era Rusia y para ello había que poner de nuevo a la OTAN en su sitio, que para eso se había creado. Al mismo tiempo, los países de Europa oriental (Polonia, bálticos, República Checa) ejercen de avanzadilla. Son la primera línea del frente.

Ucrania debe ser derrotada y sus restos puestos bajo el paraguas de Polonia, o sea, de la OTAN. El ejército polaco se está rearmando hasta los dientes para cumplir ese papel de punta de lanza contra Rusia. Quiere convertirse en el más poderoso de toda Europa y va camino de ello. El año pasado aprobó una nueva ley de defensa nacional que duplicará el número de tropas. Será el ejército más numeroso, por delante de Francia y Alemania.

Nacionalizar las empresas tecnológicas para defender la libertad de expresión

En sus reivindicaciones los defensores de las libertades políticas siguen masticando una cadena de argumentos notoriamente desfasados, especialmente en lo que a la libertad de expresión concierne.

La libertad de expresión nació para los panfletos y la prensa, mientras que actualmente las personas se comunican -sobre todo- a través de las nuevas tecnologías: webs, redes sociales, correo electrónico… Incluso los medios de comunicación tradicionales se difunden a través de internet, es decir, también dependen de las nuevas tecnologías.

Antiguamente, la censura era pública. Un gobernador provincial secuestraba un periódico y enviaba a la policia a que recogiera los ejemplares censurados de los kioskos. Hoy las empresas tecnológicas han privatizado la censura, sin que haya ninguna posibilidad de recurrir ante nadie.

A pesar de ello, hay quien cree que sólo hay libertad de expresión cuando la información está en manos de empresas privadas. Incluso aseguran que los medios de comunicación son un “cuarto poder” (privado) que contrarresta al poder político (público).

El reciente caso de Twitter demuestra hasta qué punto estas nociones son incorrectas porque la censura en la red social actuaba por instigación del FBI. Tras la apariencia de una Inquisición privada, era la policía quien dictaba lo que se podía publicar y lo que no.

Por lo tanto, en lo que a la información se refiere, tampoco hay una separación entre lo público y lo privado. La apariencia de que son las empresas las que censuran, crea impunidad, ya que no responden ante nadie. Cuando Facebook censura una cuenta, nadie protesta -salvo el afectado- porque nadie lo considera como una forma de represión política.

El derecho a la información tiene dos aspectos fundamentales: las personas tienen derecho a informar y tienen derecho a informarse. La libertad de expresión no es sólo la posibilidad de decir lo que uno opina, sino la de leer las opiniones de los demás. Cuando alguien censura una cuenta de una red social, los lectores también quedan perjudicados por la prohibición.

Los espectadores tienen derecho a ver la cadena de televisión RT, las informaciones de Sputnik, los despachos de la agencia Tass y demás medios de comunicación rusos, secuestrados desde hace meses en unos países que se llenan la boca con la palabra “democracia” a cada paso.

Es otro caso de censura descarada que no ha sido impuesto por las empresas tecnológicas, sino por la Unión Europea. Las empresas privadas sólo cumplen órdenes sin rechistar. Apenas ha habido protestas. Los periodistas tampoco lo han lamentado esta vez.

La responsabilidad de una empresa tecnologica no deriva de lo que sus usuarios publican sino de lo que impiden publicar. Cuando en las redes sociales sólo aparece una opinión uniforme es señal inequívoca de que la censura está surtiendo su efecto, transmitiendo una imagen falsa de la sociedad. Es la primera información engañosa.

Las nuevas tecnologías han roto el monopolio del periodismo, convirtiendo a millones de personas en suministradores de noticias e imágenes. Es uno de los mayores avances de los últimos años. Esos millones de “nuevos periodistas” son un espejo de la sociedad en la que vivimos y una de las mayores riquezas de la actualidad. Merecen la mayor de las protecciones, a pesar de que muchas de ellas sean deficientes e incluso grotescas.

La única manera de garantizar la libertad de expresión es nacionalizar las empresas tecnológicas y asegurar el secreto de las comunicaciones, que no pueden ser objeto de tráfico comercial. Desde 1997 el fútbol es, por ley, un asunto de “interés general”. Con más razón, las redes sociales deberían tener la misma condicion. Las empresas tecnológicas son los nuevos postes de la luz y las nuevas oficinas de correos, que están por todas partes.

Todos deberían tener la posibilidad de abrir una cuenta en una red social, un blog, un foro o un correo electrónico. Para ello es imprescindible que el Estado nacionalice las empresas tecnológicas y se responsabilice de mantener abiertos todos los canales de comunicación, así como la confidencialildad de los mensajes que circulan por ellos.

La clase media no irá al paraíso

En la época revolucionaria de la burguesía y hasta hace muy poco tiempo se explicaba eso que los académicos de derecho constitucional llamaban “soberanía parlamentaria” con una frase procedente de la Cámara de los Comunes de Londres: la ley lo puede todo, excepto convertir una mujer en hombre o al contrario. Ahora ya se puede cambiar también eso.

En el mundo se puede cambiar cualquier cosa gracias a las leyes, a golpe de autoridad. Es más, los reformistas aseguran que la manera de cambiar una realidad es cambiar la ley que la regula. Basta votarles a ellos, lograr la mayoría en el parlamento y cambiar la ley.

Una persona es mayor de edad porque así lo establece una ley. En la República eran 23 años, el franquismo la puso en 21 años y la transición en 18. Si alguien está tentado de medir la madurez por medio de la edad, supondrá que los jóvenes cada vez maduran antes y si ponemos la mayoría de edad a los 16 años, madurarán aún más rápidamente.

El parlamento de Corea del sur ha cambiado la forma de medir la edad. En el mundo occidental, cuando nace un niño, le ponen cero años de edad, hasta que pasan 365 días. Sin embargo, en Corea le ponen un año de edad y el dato no cambia con su cumpleaños, sino el 1 de enero. Por lo tanto, un niño que nace en Nochevieja, al día siguiente tiene dos años de edad. En España tendría cero.

Esta semana occidente ha impuesto a Corea su manera de medir la edad, de manera que va a rejuvenecer a la población. Basta una ley o un decreto para conseguirlo.

Los reformistas cambian así las cosas. Pretenden grandes cambios con pequeñas leyes. Basta un día de diferencia para que alguien se puede casar o pueda votar en unas elecciones. Basta beber una gota más de alcohol para dar positivo en una prueba de la Guardia Civil de Tráfico y que te impongan una multa.

Muchos de las datos cuantitativos que se manejan habitualmente son así de arbitrarios y se cambian por decreto. Al entrar en la Unión Europea el gobierno español cambió la manera de medir la inflación, a pesar de lo cual se siguen haciendo comparaciones históricas con datos que no sólo son cuantitamente distintos, sino también cualitativamente.

Los cambios en la vara de medir no sólo ocurren en los asuntos administrativos, sino también en los científicos, donde la métrica está cada vez más presente. Un artículo sólo parece realmente científico si aporta datos cuantitativos, por más que la mayor parte de las veces no sea posible averiguar de dónde han salido, ni el criterio de su obtención.

El llamado “cociente de inteligencia” es uno de los ejemplos característicos de las seudociencias modernas, que divide a los niños en tontos y listos. No debe extrañar que los antiguos países socialistas se prohibieran ese tipo de prácticas aberrantes en los colegios que confunden a los listos con los listillos.

La métrica no es más que un canon que responde a una imposición o a una convención, o a ambos a la vez. Por ejemplo, los datos de inflación proceden de organismos oficiales como el Instituto Nacional de Estadística y casi nadie los pone en cuestión, a pesar de que pueden resultar totalmente absurdos. Por ejemplo, en el cómputo del salario medio de un país no se tiene en cuenta a los parados, cuyos ingresos son cero. De esa manera, el salario medio parece mucho más elevado y no refleja la verdadera situación material de la clase obrera.

Lo mismo ocurre con las noticias de las organizaciones caritativas según las cuales países, como Somalia, son muy pobres porque la inmensa mayoría de la población sobrevive con menos de tres dólares de ingresos diarios. En ese tipo de países la autosuficiencia está muy extendida porque aún no ha llegado el mercado. No son necesarios los ingresos porque los pagos son cero.

La omnipresencia de las cifras anula las diferencias cualitativas y, por supuesto, las clases sociales. Por eso los “expertos” han introducido la tonteoría de la “clase media” entre los tópicos de los medios de comunicación. Lo mismo que la naturaleza, la sociedad también es uniforme, aunque unos ganen más que otros. Sin uniformidad no hay métrica y sin métrica no hay uniformidad.

Así nos encontramos con noticias como que este verano hemos conocido las temperaturas más elevadas de la historia. Muchos creen que el termómetro sube cada día un poco más, aunque ya no hay termómetros de mercurio, como los de antes, ni posibilidad de hacer ese tipo de comparaciones. Los matices han desaparecido. No es posible saber si las temperaturas han sido altas en el hemisferio norte, mientras que en el sur han padecido un invierno polar. Las dos cosas pueden ser ciertas simultáneamente.

En el parte meteorológico de cualquier noticiario, las informaciones saltan de una temperatura local, por ejemplo en Baeza, a promedios generales para la península, para el planeta o para tiempos remotos. Sin embargo, un promedio no es una cifra real sino una abstracción matemática. Si en Baeza no llueve, pero en O Porriño caen 30 litros por metro cuadrado, el promedio es de 15. Pero a pesar de ello, en Baeza no salen a la calle con paraguas porque no toman sus decisiones en base a abstracciones matemáticas sino a hechos reales.

Un trabajador no gasta un salario medio sino el suyo propio, unos ingresos contantes y sonantes. No le importa que el billete para los cruceros haya subido de precio porque no tiene ninguna intención de realizar ese tipo de viaje. Hay componentes de la inflación que no le afectan nada y que sólo sirven para los estudios académicos.

La ciencia es un “análisis concreto de la realidad concreta” y cualquier tipo de abstracción cuantitativa debe ayudar a esa tarea, en lugar de encubrirla. No obstante, hoy la mayor parte de los artículos científicos se rodean de un aparato estadístico creciente, repleto de datos cuantitativos y abstracciones que parecen tener vida propia; parece que son algo por sí mismos.

En las ciencias modernas las métricas las imponen decretos gubernamentales y cánones académicos, que transmiten una visión formal de la realidad. La concentración de alcohol en sangre se mide con un etilómetro homologado por la Dirección General de Tráfico que, en realidad, lo que mide es el aire espirado por la boca. Tiene poco que ver con el alcohol en la sangre, pero si se mide el alcohol con otro aparato, la medición cambia. También cambia a medida que el tiempo transcurre. Desde luego que no a todo conductor que arroja un resultado positivo en un etilómetro se le puede calificar de “borracho”.

En 2014 se creó en España un centro de metrología, del que la ley dice que es un organismo “técnico”, dependiente del Ministerio de Industria, que se encarga de homologar los aparatos de medir. Unos aparatos miden bien y otros mal; unos miden mejor que otros. Cuando alguien quiere exhibir el carácter oficial de una medición, lo hace con un aparato homologado, aunque es como cualquier otro aparato: se puede estropear, se desgasta con el uso, se ha inventado otro más preciso o el operador que lo maneja no lo sabe utilizar.

A medida que los científicos modernos insisten, cada vez más, en la cantidad, se olvidan de la cualidad, de lo concreto y de las mil y una complejidades del contexto. Entonces aparecen entelequias del tipo “clase media” que no existen en ningún lugar y ocultan a las clases sociales que realmente hay en cada sociedad y en cada momento histórico.

La venganza de la economía real

La mayor parte de las personas son conscientes de que lo que llaman “dinero” no vale nada, en realidad. Sólo son papeles. Muy codiciados, pero papeles.

Lo mismo cabe decir de las deudas. Los acreedores saben que no valen nada porque se han inflado de tal manera que no las van a poder cobrar nunca.

A pesar de ello, los papeles y las burbujas suman para el Producto Interior Bruto y su cifra aumenta a medida que aumenta el volumen de humo.

A veces la economía ni siquiera se infla con papeles, sino con intangibles como las criptomonedas. Entonces, una empresa como FTX, que valía más de 30.000 millones de dólares a principios de año, ahora no vale nada.

Hace un año el mercado mundial de criptomonedas sumaba de tres billones de dólares. Hoy sólo suma la tercera parte.

Estas cosas no sólo ocurren con las mercancías ficticias, el dinero ficticio y las empresas ficticias, sino con todo tipo de capitales. En 2001 quebró Enron, una empresa energética de Texas, por una revisión de su contabilidad. Cuando realizan una auditoría y miran los libros de cuentas con otros ojos, la cotización de muchas empresas se esfuma en el aire.

Fue la bancarrota más grande de la historia de Estados Unidos y se llevó por delante a Arthur Andersen, una de las mayores empresas de auditoría del mundo. Como en el caso de Al Capone, el contable cayó con sus libros de contabilidad. Había escondido las deudas debajo del felpudo. Un contable te dice que tienes mucho dinero; el otro te dice que estás arruinado.

Los economistas, lo mismo que los epidemiólogos, no saben sumar y tampoco saben lo que suman. Les ocurre lo mismo que a todos esos ingenuos que se imaginan que “dos y dos son cuatro”. ¿A que se refieren? Si debes dos y luego debes el doble, estás en quiebra, o sea, eres un cero.

El capitalismo está en bancarrota, sobre todo en los países más desarrollados. Está jugando con fuego, pero se ha acostumbrado tanto a vivir del humo que los incendios le entusiasman. Lo llaman “reactivación económica”.

El ejército ruso no tiene prisa

Desde el principio, la Guerra de Ucrania ha sido lo que el ejército ruso ha querido que sea, porque es él quien tiene la iniciativa, que no ha perdido en ningún momento. El problema es determinar los objetivos reales que persigue con la guerra, más allá de las invocaciones formales de “desmilitarizar” y “desnazificar” Ucrania.

Aunque, según dicen, en toda guerra la primera víctima es la verdad, en el caso de Rusia no es así porque no hay suficiente información sobre la estrategia del cuartel general, sobre todo si la comparamos con la verborrea cotidiana de la OTAN y su lacayo Zelensky. Rusia no es un país de mentiras sino de secretos. Los oficiales rusos no convocan ruedas de prensa.

En cambio los medios de comunicación imitan a los occidentales y llevan a sus propios “expertos”, que saben divagar tanto o más que los occidentales. Ahora bien, a diferencia de su contraparte, sus comentarios -certeros o equivocados- están influidos por la política interna, más que por la internacional.

A diferencia de la basura occidental, en las cadenas de televisión rusas hay largos debates y críticas a la dirección de la guerra, mucho más ruidosos que las tediosas apostillas de los tertulianos españoles, por poner un ejemplo. En consecuencia, también hay más información e información más interesante, si bien la mayor parte de ella también es puramente especulativa.

Otra diferencia es que el ejército ruso no tiene ninguna prisa, como ha demostrado sobradamente desde el inicio de la guerra, que no es lo que esperaban los “expertos” de la OTAN. No ha habido una “guerra relámpago”, como en 1941, ni una “Tormenta del Desierto”, como en Irak, porque el tiempo juega a favor de Rusia, que está dejando que la OTAN y sus lacayos ucranianos se cuezan lentamente en su propio jugo.

Fuera de Occidente no existe el “shock and awe” (golpe e intimidación) de nuestras sociedades, amantes del vértigo y el café instantáneo. La doctrina militar “shock and awe” es consecuencia de la hegemonía imperialista de Estados Unidos, basada en el despliegue de una fuerza abrumadora, como los brutales bombardeos masivos, por ejemplo. No tiene nada que ver con la estrategia de desgaste que el ejército ruso ha puesto en práctica en Ucrania.

Los matones y los macarras no necesitan teorías militares sofisticadas. La inteligencia no es lo suyo. Les basta con ejercitar los músculos que entrenan cada día en el gimnasio. Lo mismo le ocurre a Estados Unidos, cuyo presupuesto militar es superior a la suma de los 8 países que le siguen. Les convence de que no hay rival que pueda desafiar su hegemonía con ninguna argucia militar.

Por eso no se explican cómo es posible que tuvieran que huir corriendo de Vietnam o Afganistán. Las academias militares están para glosar las victorias, nunca las derrotas. A lo máximo la explicación es la misma que la de la “Armada Invencible”, que fue vencida a causa del mal tiempo. Ahora que en Kiev comienza a nevar, los “expertos” recurren al mismo argumento que Goebbels: los nazis fueron derrotados en la URSS por culpa del frío, la nieve y el barro.

Sus neuronas no dan para más.

Si los rusos entregaron Moscú a Napoleón, ¿por qué no entregar Jerson a la OTAN?

Ocurrió hace ya más de doscientos años. Napoléon había ganado a los rusos la batalla de Borodino y esperaba que le entregaran las llaves de Moscú para entrar en medio de un desfile triunfal. Más bien imperial.

Fue en setiembre de 1812 y la “Grande Armée”, el más formidable ejército jamás reunido hasta entonces, no encontró a nadie por las calles. Ni soldados ni vecinos. “La ciudad estaba desierta, como una colmena sin reina”, escribió Tolstoi en “Guerra y paz”. La población había abandonado la capital después de prender fuego a las casas y los establos, la mayor parte de las cuales eran de madera. El incendio duró seis días y es posible que fuera entonces cuando se acuñara la expresión “tierra quemada”.

Tras descansar, vagar por las calles y saquear los restos, las tropas francesas se disponían a retirarse para pasar el invierno. El general Kutuzov les cortó los suministros y Napoleón regresó a París, mientras sus soldados caían diezmados, más por el hambre y el frío que por las bayonetas rusas.

A la retirada de Kutuzov le siguió la retirada de Napoleón porque el mundo real es así. No es un desfile. No funciona según los gustos o las apetencias de nadie. Sigue sus propias leyes y no hay jugador de ajedrez que haya ganado una partida sin sacrificar al menos un peón. Ninguno.

Mijail KutuzovUn ejército de 700.000 soldados reclutados por toda Europa perdió la guerra después de ganar todas las batallas, por lo que Stalin tenía razón cuando recomendaba a los generales del Ejército Rojo que no leyeran sólo a Clausewitz. También debían repasar las campañas militares de Kutuzov, el general tuerto al que los pintores de cámara siempre giraban la cabeza hacia el lado más favorable.

Kutuzov perdió la Batalla de Borodino porque no es fácil frenar una embestida de 700.000 hombres armados. Pero luego acabó con la vida de casi todos ellos, que murieron en la penosa retirada de Moscú, que se prolongaría durante tres meses interminables. Lo que no ganó de frente, lo ganó por la espalda. A lo largo de miles de kilómetros hasta París, el gigantesco ejércto napeolónico fue dejando un rastro de cadáveres, heridos, enfermos, prisioneros, caballos, carretas, cañones, fusiles…

Napoleón estaba en la cumbre de su poderío en Borodino. Tres meses después su declive había comenzado. Es el mayor desastre de la historia militar. No fue exactamente en Moscú sino en la retirada de la capital imperial, que para los rusos tiene una enorme carga afectiva. Apenas permaneció un mes en ella, esperando inútilmente la negociación de un tratado de paz con el emperador Alejandro I.

En las televisiones rusas los tertulianos recuerdan hoy a Kutuzov, el general que hace doscientos años fue capaz de convertir una derrota, la entrega de la capital al adversario, en una victoria. Si fueron capaces de entregar Moscú, ¿por qué no entregar Jerson? Incluso hay factores mucho más favorables porque esta vez el adversario no ha ganado ninguna batalla. Se limita a ocupar el territorio que les permiten los rusos.

A los demás, sobre todo a la población de Jerson, le asaltan las dudas porque sólo hace un mes y medio que votaron a favor de incorporarse a Rusia. Ahora les piden que abandonen sus casas y no saben si volverán pronto a ellas.

También hay quien supone que la retirada es consecuencia de una previa negociación, o bien que es un requisito previo para sentarse a negociar. Es posible que, como Napoleón, alguno tenga que esperar un mes antes de levantarse de la mesa sin mirar cara a cara a su adversario.

En medio de una guerra todo son cábalas y dudas. Los ánimos cambian con cada batalla. Se disparan con los avances y se hunden con los retrocesos. Deberían acordarse de aquel general ruso que era tuerto.

Guerra nuclear: la destrucción mutua asegurada

Desde la crisis de los misiles de 1962 los medios de comunicación están hablando más que nunca de las armas nucleares. Pero eso sólo ocurre en Occidente, por lo que va implícito que serán los rusos quienes las lancen. Serán armas nucleares “tácticas”, añaden.

Es otra invención. Rusia no ha dicho ni una sola vez que se plantea utilizar armas nucleares, ni siquiera “tácticas”. Ni en Ucrania ni en ningún otro lugar.

La guerra nuclear es otro de los grandes mitos del mundo moderno. A nadie le caben dudas de que un choque de esa naturaleza acabaría con el planeta porque lo dijo el Pentágono: dos años despues de la crisis de los misiles, el Secretario de Defensa, Robert McNamara, estableció el canon de la “destrucción mutua asegurada” en un discurso.

Se suponía que existía un cierta paridad estratégica entre ambas partes. Un primer golpe nuclear por parte de cualquiera de ellos, Estados Unidos o la URSS, contra el otro, daría lugar a una respuesta equivalente que dejaría a ambos países devastados y un mundo inhabitable.

Desde entonces ha pasado medio siglo, pero la doctrina perdura y, además, ha calado, a pesar de los cambios en la correlación de fuerzas y en la técnica militar.

En 2001, antes de los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos abandonó unilateralmente el Tratado de Misiles Antibalísticos y optó por la “guerra contra el terrorismo”, marcada por la invasión de Afganistán, Irak y otros países de la periferia. La política de defensa de Estados Unidos cambió; los aspectos tácticos empezaron a dominar.

Los rusos no siguieron ese camino. Siguió imperando la estrategia. Se adaptaron al abandono del tratado sobre misiles y desarrollaron diversos sistemas de defensa, de los cuales las armas hipersónicas, presentadas en 2018, son las más conocidas.

En Ucrania los misiles hipersónicos Kinzhal han alcanzado sus objetivos antes de que saltaran las alarmas de los sistemas antiaéreos de la OTAN. Ningún sistema de defensa aérea de la OTAN puede interceptar hoy en día un ataque de esas características, como ha expuesto un reciente estudio de la Sociedad Americana de Física.

En los próximos 15 años los sistemas de interceptación de misiles balísticos intercontinentales de Estados Unidos y la OTAN no podrán contrarrestar ni siquiera un ataque nuclear limitado procedente de Rusia.

Por el contrario, Rusia puede destruir la respuesta nuclear estadounidense con un daño limitado, por grande que sea, para su país. En consecuencia, Rusia tiene más posibilidades de sobrevivir a un intercambio nuclear con Estados Unidos. Estados Unidos no puede asegurar que la destrucción sea “mutua”.

En enero de este año las cinco principales potencias nucleares, miembros permanentes del Consejo de Seguridad, firmaron un documento conjunto en el que se afirmaba que no se podía librar una guerra nuclear porque conduciría a una destrucción inimaginable.

Paralelamente, el Pentágono estaba elaborando una nueva versión de su estrategia nuclear en la que, por primera vez, reconoce que hay determinadas “amenazas” (se supone que rusas o chinas) que justifican el uso de armas nucleares en primer lugar.

A diferencia de Rusia, Estados Unidos admite que está dispuesta disparar primero porque en una guerra nuclear sería su única posibilidad. Si no lo hace es, entre otras cosas, poque la correlación fuerzas es desfavorable. No podría evitar una respuesta aún más demoledora por parte de Rusia.

Por qué la OTAN no va a entrar en la Guerra de Ucrania de una manera abierta

El domingo el ministro de Defensa ruso, Serguei Shoigu, mantuvo una conversación directa con el Secretario de Defensa estadounidense, Lloyd Austin. La noticia no dice de quién fue la iniciativa de llamar al otro.

Lo más probable es que fuera Austin, que llamó a Shoigu para informarle de que la 101 División Aerotransportada del ejército estadounidense, una unidad de élite, se disponía a realizar maniobras militares en Rumanía. Es su primer despliegue en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

Austin le prometió a Shoigu que no tenía ninguna intención de participar en la Guerra de Ucrania, aunque los medios le dan la vuelta al asunto de la manera acostumbrada. La 101 División Aerotransportada “no dudaría en entrar en Ucrania si estallara un conflicto entre Rusia y la OTAN”, dijo la cadena CBS que, a su vez se remitía a los comandantes de la unidad como fuentes de la noticia.

Esos mismos comandantes también dijeron que estaban preparados para entrar en Ucrania si los combates se intensifican o si la OTAN es atacada. “Estamos preparados para defender cada centímetro de suelo de la OTAN”, dijo John Lubas, el subcomandante de la unidad.

Por lo tanto, la OTAN no tiene ninguna intención de entrar a saco en Ucrania. No se va a producir ninguna escalada de la guerra. No obstante, los comandantes hablan de la posibilidad de una “intensificación” de los combates, que el Pentágono ignora por completo porque carece de una experiencia histórica parecida. Nunca ha conocido una guerra como la que enfrenta el ejército ucraniano. Sus adversarios siempre han pertenecido a la segunda división militar del mundo.

El despliegue de 4.700 paracaidistas estadounidenses en Rumanía es irrisorio, incluso para un teatro de guerra como el ucraniano. A lo largo de su vida militar, ningún oficial estadounidense se ha enfrentado a combates como los que hay en Ucrania, donde los 4.700 paracaidistas no durarían vivos más de dos o tres semanas, porque ese el número de bajas que tiene el ejército ucraniano.

Ese ritmo de bajas lo puede sorportar Rusia, e incluso Ucrania, pero no Estados Unidos.

La Guerra de Ucrania tiene comprometidos sus límites, sobre todo por parte de Estados Unidos y la OTAN. En caso contrario, no bastarían 4.700 paracaidistas para entrar en una guerra abierta con Rusia. En el plan Barbarroja de ataque a la URSS de 1941, la Alemania nazi puso en liza a tres millones de soldados, no sólo alemanes sino también de Hungría, Rumanía, Eslovaquia, Italia y Finlandia.

Por eso el general Petraeus habla de crear una “fuerza multinacional”. El Pentágono no puede por sí mismo, pero podría reunir a sus socios, como en Afganistán, donde él encabezó la “coalición internacional”. Lo que no dice Petraeus es que la coalición perdió frente a unas milicias irregulares, después de 15 años de guerra, y que con Rusia correría la misma suerte, pero mucho más rápidamente, sobre todo si es Petraeus quien encabeza las fuerzas.

Tampoco va a estallar una guerra nuclear. Las armas atómicas se inventaron hace más de setenta años y nunca se han utilizado en ninguna guerra. Estados Unidos lanzó las bombas de Hiroshima y Nagasaki cuando Japón se disponía a negociar su rendición. El destinatario de las mismas era la URSS porque, hasta ahora, las bombas nucleares sirven para amenazar al adversario, no para derrotarle en una guerra. En términos técnico militares, son “disuasorios”.

Por más que se empeñen los medios convencionales en decir lo contrario, Putin no ha amenazado con lanzar bombas nucleares. Ni siquiera ha mencionado esa palabra. La primera en hablar de ello fue Liz Truss, a la que luego siguieron otros dirigentes imperialistas.

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