La web más censurada en internet

Autor: Juan Manuel Olarieta (página 33 de 60)

El ocaso de la burguesía compradora: el ejemplo de Irán

En la terminología de Mao Zedong, la burguesía compradora es aquella cuyos vínculos con el imperialismo le conducen a supeditar los intereses nacionales a los propios de su clase social y, como consecuencia de ello, de potencias extranjeras. Según este planteamiento, en los países dependientes la burguesía se encuentra escindida en dos, por lo que la liberación nacional tiene a la burguesía compradora como uno de sus más importantes enemigos.

En buena parte, en los orígenes del capitalismo en cualquier país, no sólo el capital es de origen extranjero sino que los capitalistas lo son también y, por lo tanto, son bastante más que una burguesía compradora. No obstante, con el desarrollo del propio capitalismo, en algunos países la burguesía ha entrado en una contradicción cada vez más aguda con el imperialismo. En la terminología de Mao se podría decir que cada vez es más nacional y menos compradora.

En numerosos países la tendencia de la burguesía es a desembarazarse del dogal que sobre ella tratan de imponer las grandes potencias, especialmente Estados Unidos. Es un proceso que se inició como consecuencia de la Revolución de Octubre y siguió con la descolonización y el movimiento de los países no alineados. La URSS era la válvula de escape para cualquier país que quisiera sacudirse de encima el peso de las viejas metrópolis coloniales.

Hay algunos ejemplos, como el de Irán, que son típicos de este proceso. En la posguerra Irán era uno de los puntales más importantes del imperialismo en una región destinada a tutelar el flanco sur de la URSS, el Cáucaso, Asia central y el Golfo Pérsico. No necesitó descolonizarse porque siempre fue un Estado independiente, heredero del viejo Imperio Persa.

Hace 100 años, la llegada del imperialismo alemán a Oriente Medio, de la mano del Imperio Otomano, midió el grado de independencia de Irán. En 1907 el Imperio zarista y Gran Bretaña firmaron un tratado por el que, aún manteniendo la independencia formal del país, se repartían Irán en zonas de influencia: el norte para los rusos y el sur para los británicos.

En plena guerra, con el debilitamiento de los otomanos, en 1917 los rusos y los británicos ocupan Irán militarmente, a pesar de que se había mantenido neutral a lo largo del conflicto. Afortunadamente, estalla la Revolución de Octubre, que fue una tabla de salvación para Irán. El Sha inicia negociaciones con los bolcheviques que conducen a la firma del Tratado de 1921, uno de los que marcan la nueva era del Derecho Internacional. Por primera vez ambas partes se reconocen mutuamente en pie de igualdad, reafirman el derecho de autodeterminación y Rusia renuncia sin contrapartida alguna a los derechos que el zarismo había arrebatado a Irán por la fuerza militar.

Comienza así una época dorada en las relaciones entre ambos países. En los años treinta casi la mitad del comercio exterior de Irán tenía a la URSS como destino, una situación que se deterioró como consecuencia del inicio del expansionismo del III Reich, que ambicionaba los yacimientos de petróleo iraníes.

Para impedirlo, en agosto de 1941, la URSS y Gran Bretaña firmaron el Tratado Countenance para ocupar militarmente el país. El Sha dimitió, pasando la corona a su hijo Mohamed Reza Palevi, quien incorporó a Irán al bando aliado, de tal modo que una de las conferencias más importantes entre Estados Unidos, la URSS y Gran Bretaña se celebró precisamente en Teherán a finales de 1943.

Tras la guerra, en 1950 gana las elecciones un frente nacionalista capitaneado por Mohammad Mossadegh, que es nombrado Primer Ministro, que lleva dos política decisivas: la nacionalización del petróleo, que estaba en manos británicas, y dar marcha atrás en el reconocimiento del nuevo Estado de Israel.

El contraataque del imperialismo fue organizar en 1953 un Golpe de Estado (Operación Ajax), que se puede interpretar, pues, como un choque entre la burguesía nacional, encabezada por Mossadegh, y la compradora, que actúa dirigida al unísono por Estados Unidos y Gran Bretaña.

Como consecuencia de ello, a partir de entonces y durante un cuarto de siglo Irán se convierte en un títere del imperialismo. En 1955 ingresa en el Pacto de Bagdad, la OTAN de Oriente Medio, y en 1959 firma un acuerdo militar con Estados que define a la perfección su estatuto subordinado, ya que permite a las tropas estadounidenses intervenir en todo el territorio iraní. En 1964 el Sha concede inmunidad no sólo al personal militar estadounidense, sino también a sus familiares; una verdadera patente de corso.

La situación cambia radicalmente con la revolución de 1979, pero el motivo no es la revolución misma. El humo es consecuencia del incendio, y no al revés. La revolución de 1979 fue consecuencia del desarrollo del capitalismo en Irán y el fortalecimiento de la burguesía. Este fenómeno demuestra el error de las concepciones seudomarxistas de los años sesenta sobre el “desarrollo del subdesarrollo” y una concepción metafísica de la división internacional de trabajo. Por el contrario, Irán es un ejemplo de la ley de desarrollo desigual, de que en determinadas condiciones y en un breve lapso de tiempo, los países pueden superar su situación de subordinación económica, política y diplomática, hasta el punto de convertirse en potencias regionales, como es el caso.

Este cambio no supone, pues, el triunfo de un tipo de burguesía (nacional) sobre otra distinta (compradora) sino que es consecuencia del desarrollo de la burguesía como clase que, a partir de un determinado punto, necesita otro Estado distinto, en este caso la República Islámica, y necesita otra política internacional, es decir, otro tipo de relación con las grandes potencias que hasta 1979 dominaron en el país, a saber, Gran Bretaña y Estados Unidos. Hoy Irán es uno de los pocos países que en el mundo habla con voz propia y no admite bases ni tropas de ningún otro país sobre su territorio.

De ese modo, un país tradicionalmente sometido se convirtió en prototipo del “eje del mal”, tanto para Estados Unidos como para Israel. Fue presionado, bloqueado y sancionado, al tiempo que durante 8 años libraba una devastadora guerra contra Irak, que ejerció entonces de brazo armado del imperialismo. El precio que las potencias hacen pagar a cualquier revolución es siempre la contrarrevolución y la guerra.

Por otro lado, desde mediados del siglo pasado, la descolonización demostró que cualquier política independiente en la arena internacional supone un cambio en las alianzas porque las presiones proceden de Estados Unidos, que es la única potencia capacitada para hacerlo, lo que obliga a los demás, si quieren superar su situación, a ponerse del lado de quien es capaz de contrarrestarlas, que es el papel que actualmente desempeña Rusia.

No obstante, a los países que tratan de implementar una política independiente no les basta con cambiar de alianzas. Para superar las presiones del imperialismo es aún más importante hacer concesiones a las masas, mejorar sus condiciones de vida y trabajo y, para ello, implementar políticas nacionales y nacionalizadoras, como la propiedad pública sobre los hidrocarburos que es, con diferencia, el sector económico más importante. Además, el nuevo Estado iraní ha utilizado otros instrumentos, como el proteccionismo o el programa nuclear.

Pero para conquistar un apoyo popular masivo no cabe olvidar el papel de la religión, que también ha sido fundamental, no sólo porque es un sostén ideológico sino porque un 20 por ciento de la economía iraní está en manos de fundaciones islámicas. Es, pues, una tautología afirmar que la República islámica es una república capitalista. Se trata de aprehender el elemento diferencial de Irán como país capitalista y potencia regional en ascenso.

Operación Luch: ¿por qué vendió Gorbachov a la República Democrática Alemana?

A lo largo de su vida, Honecker estuvo preso en dos periodos distintos. El primero fue durante el III Reich y el segundo tras la caída de la República Democrática Alemana. Las memorias que escribió en esta segunda ocasión han pasado desapercibidas. En ellas dice que Gorbachov vendió a Alemania oriental a cambio de miles de millones de dólares, que fueron a parar a la arcas deficitarias de la URSS, entonces en sus últimos días.

La República Democrática Alemana fue, pues, vendida y traicionada de la manera más literal y Honecker en persona fue luego traicionado por segunda vez, cuando Yeltsin concedió su extradición a la otra Alemania, la occidental (no se sabe a cambio de qué esta vez, posiblemente fuera gratis).

Nadie hizo caso a Honecker, ni entonces ni ahora, pero la desaparición de la Alemania oriental tuvo un aspecto sórdido, que en la jerga del espionaje se llamó Operación Luch.

Hace unos años la Universidad de Miami tradujo algunos documentos de la Stasi sobre dicha Operación (1), pero la explicación de Honecker seguía en segundo plano. Lo que interesaba era el papel que Putin, entonces un agente del KGB de segunda división en Alemania oriental, había desempeñado en ella (2).

La traición de Gorbachov a la República Democrática demuestra que uno de los grandes tópicos de la Guerra Fría era mentira: cuando en la URSS todos arrojaban la última toalla que les quedaba frente a los imperialistas, en Alemania oriental otros, como Honecker, se negaban a seguir el dictado de Moscú. El gobierno de Berlín no era tan sumiso como decían.

La Operación Luch fueron los contactos entre los enviados de Gorbachov y los del presidente alemán Kohl para reunificar Alemania a cambio de dinero sin contar con los alemanes con los que había que contar, es decir, con los que vivían en la República Democrática (3).

El precio es sólo el aspecto amarillista de la transacción. La Operación Luch era un giro estratégico en la política exterior de la URSS que pasaría inmediatamente a Rusia. Lo que Gorbachov llamó “la casa común europea” consistía en que aquel aliado que hasta entonces había sido Alemania oriental se convertía en un estorbo. El verdadero aliado de la URSS (y de la Rusia actual) debía ser la otra Alemania, la de Kohl.

Eso es lo que Putin aprendió cuando trabajaba en Dresde. Llegará un momento en el que también Alemania tendrá que enfrentarse con Estados Unidos y, lo mismo que Rusia, carece de fuerza suficiente para ello. Necesita a Rusia, lo mismo que Rusia necesita a Alemania.

Han pasado tres décadas desde la Operación Luch que, lo mismo que las palabras de Honecker, sigue pasando completamente desapercibida. La URSS creyó entonces que “un gesto de buena voluntad”, como la venta de Alemania oriental, podría ser suficiente. Es un error. La reunificación no es el único ni el principal problema que Alemania arrastra desde que fuera derrotada en la Segunda Guerra Mundial. La división de Alemania siempre ha ayudado a ocultar que, en realidad, el único gobierno títere siempre fue el occidental. Estados Unidos siempre se ha preocupado por mantener esa situación de dependencia, sobre todo con un fabuloso despliegue militar que en poco difiere del de cualquier colonia tercermundista.

(1) Sarah-Christian Muller y Dr. Karen Dawisha, Vladimir Putin, Operation Luch and Matthias Warnig: The Secret KGB-Stasi Relationship, http://miamioh.edu/cas/_files/documents/havighurst/stasi-documents.pdf
(2)The Atlantic, How the 1980s Explains Vladimir Putin, 14 de febrero de 2013, http://www.theatlantic.com/international/archive/2013/02/how-the-1980s-explains-vladimir-putin/273135/
(3) Michel Meyer: Histoire secrète de la chute du mur de Berlin, París 2009, pg.94.

La ‘lucha contra el terrorismo’ es la coartada para la creación de un Estado fascista

Coupat: un culpable a la medida
Juan Manuel Olarieta

Si hablara del yihadismo este artículo perdería su gracia, por lo que hablaré del anarquismo, o sea, de la asimilación del anarquismo al terrorismo y de los réditos que de ella se han derivado siempre, desde hace más de cien años.

Pero si hablara de la “lucha contra el terrorismo” (anarquista o cualquier otro) en España acabaría en una mazmorra inmunda, así que hablaré de otro país, como Francia, por ejemplo, algo que -de momento- no atraerá las iras de ningún inquisidor de la fiscalía (o eso espero).

En 2008 la policía antiterrorista francesa, respaldada por la correspondiente intoxicación mediática, como es habitual, fabricó la historia de los sabotajes a varias líneas del AVE francés (TGV). Un caso claro de terrorismo cuya lotería le tocó a los anarquistas, aunque podía haber tocado a cualquier otro. Lo importante es que la policía y los medios necesitaban ruido y les resulta fácil lograrlo si nadie les hace frente como se merecen.

Como consecuencia de aquellos “sabotajes anarquistas” la policía francesa remueve Roma con Santiago, con redadas y registros en cada uno de los centros donde se reunían los sospechosos, hasta que dieron con el lugar ideal para orquestar la farsa: una comuna de okupas en la localidad de Tarnac.

Aquellos pacifistas y alternativos no eran tan inofensivos como creían los vecinos, sino tipos peligrosos y mal encarados. ¡Hay que estar un poco más alerta y llamar a la policía a la mínima sospecha!

La lotería policiaca siguió cuando algunos (y no otros) fueron acusados de un delito creado en los tiempos en que el general fascista Petain era el amo del Vichy colaboracionista de la Segunda Guerra Mundial. Se llama “asociación de malhechores con fines terroristas”, el equivalente a la “pertenencia a banda armada” autóctona. A Francia no le bastaba con el yihadismo sino que también necesitaba resucitar el “terrorismo de extrema izquierda” para justificarse a sí misma, sus atropellos y sus crímenes: el auténtico terrorismo de Estado.

Para tapar la boca a los escépticos de la prensa, la ministra del Interior daba datos tan exactos como que la red de “terroristas de extrema izquierda” que la policía vigilaba la componían 300 alborotadores dispuestos a todo, sobre todo a luchar contra los recortes presupuestarios y la reforma laboral que el gobierno quería emprender de inmediato.

Tras la redada, el Ministerio de Interior movilizó a 150 sabuesos para demostrarle al juez que aquella película no era de ficción sino real como la vida misma. La policía puso todo su empeño en ello y los hechos, las circunstancias, los testigos, los informes, las pruebas, las pistas, los indicios… todo fue tuneado para la ocasión.

La policía se volcó en el guión que llevaba escrito de antemano, y fue jaleada por los medios hasta tal punto que se pasaron de rosca. Durante meses tuvieron micrófonos instalados en el supermercado del pueblo y llegaron a falsificar los atestados. Era algo tan obvio que tres años después del montaje, un juez abrió un sumario contra la policía por apañar las pruebas.

El asunto dio un giro de 180 grados; los vigilantes se vieron sometidos a lo que más odian: ser vigilados.

Bauer: un socialfascista de libro
El caso de los anarquistas de Tarnac es uno de esos experimentos de laboratorio a los que se han aficionado los países de la Unión Europea. Su detonante no fueron los sabotajes a las líneas ferroviarias de alta velocidad sino el Informe Bauer, redactado poco antes a petición de Nicolás Sarkozi, cuando era Presidente de la República.

Alain Bauer, el artífice del informe, es un antiguo militante socialista que creó una empresa de seguridad con la que se ha llenado los bolsillos gracias a la privatización de la policía. Su informe es tecnología represiva típicamente fascista, es decir, preventiva. Dado que el gobierno sabía que sus recortes y su reforma laboral encontrarían una furibunda oposición, necesitaban atajarla atemorizando a las masas, para lo cual tenían que fabricar un enemigo y rodearle de la parafernalia típica del caso.

Lo mismo que la Operación Pandora en España, en Francia apareció una obra premonitoria sobre “La futura insurrección” firmada por un “Comité invisible” pero atribuida por la policía a una de las víctimas del montaje, el anarquista Julien Coupat, que ha negado ser su autor. El Informe Bauer aseguraba que esta obra era similar a los primeros folletos que publicaron las Brigadas Rojas en Italia.

En la Europa actual asistimos con la mayor naturalidad e indiferencia a que las letras de las canciones, los chistes y los escritos, en digital o en el papel, se conviertan en manos de policías, fiscales y jueces en crímenes de la peor especie, en torno a los cuales se orquestan verdaderos montajes como el de los inofensivos okupas franceses.

Los sabotajes a las líneas de alta velocidad se hicieron colocando ganchos en las catenarias, algo que ya hacía el movimiento antinuclear alemán hace un cuarto de siglo y que es inocuo para los viajeros. No había terrorismo por ninguna parte, ni ningún motivo de alarma y menos para la paranoia que desataron los medios. Nunca hubo ningún otro terrorismo que el de la policía, los fiscales y los jueces.

Pero el fiscal, un verdadero degenerado, puso de manifiesto sus propias taras personales y profesionales cuando aseguró que los okupas eran peligrosos porque eran anticapitalistas y tenían contactos con las “movidas anarquistas internacionales”, lo cual el contraespionaje francés (la hoy desaparecida DST) trató de probar con un informe del FBI sobre la participación de Coupat en varias manifestaciones celebradas en Estados Unidos contra centros de reclutamiento del ejército.

El ejercicio de un derecho básico, como el de manifestación, se convertía en su contrario: en la prueba de un grave delito.

En la “lucha contra el terrorismo” el sistema judicial ha pasado a formar parte, también en Francia, de la guerra preventiva. En unos casos se utiliza para invadir países o derrocar gobiernos; en los otros, para encarcelar indiscriminadamente y atemorizar a la población con farsas seudojudiciales.

En Francia los montajes policiales no han frenado las protestas contra la reforma laboral

Nuevamente sobre las lacras del idealismo histórico en Euskadi

Juan Manuel Olarieta

Tras haber expuesto una crítica a lo que considero como una defensa del idealismo histórico por su parte, J.González redacta un segundo artículo al que voy a contestar ahora en primera persona a fin de dejar más claro mi propio alineamiento en los puntos que aborda.

La opresión nacional es un fenómeno especialmente complejo por muchas razones pero, sobre todo, porque difiere bastante en cada nación oprimida y, por lo tanto, involucra aspectos históricos, lingüísticos y culturales que, además, se padecen con una tremenda carga emocional, lo cual conduce a un verdadero campo minado.

No obstante, como cualquier fenómeno complejo se puede y se debe resumir, lo mismo que se debe tener cuenta la propia simplificación de algo sobre lo que se ha discutido y se puede discutir hasta la saciedad.

Si a ello le añadimos la complejidad de las palabras con las que se pretende describir esa opresión, es dífícil desactivar ese campo de minas, sobre todo cuando no se introducen para aclararse sino para sembrar aún más confusión de la que ya existe.

No me voy a pelear, pues, con las palabras más de lo necesario, pero tampoco voy a hacer seguidismo de nadie. Sólo quiero aclarar que yo persolamente procuro no hablar nunca de “Estado español” sino de “España” y tampoco utilizo “Euskal Herria” sino “Euskadi” que entiendo como un concepto político para designar a una nación oprimida repartida en dos Estados, el francés y el español.

Por lo tanto, no considero que España sea una “entelequia” ni un “invento”, como asegura González, sino un Estado multinacional. Creo que todas las naciones, dentro y fuera de España, tienen derecho a existir, es decir, a ser reconocidas como tales por los demás, empezando por los que las oprimen. Creo, además, que sólo ellas tienen derecho a decidir si quieren seguir unidas a otras voluntariamente o separarse. Finalmente, también creo que todas las naciones tienen los mismos derechos, o sea, que son iguales.

Ahí no hay ningún “factor subjetivo”, por lo que el hecho de que Euskadi sea una nación no depende de cómo se sienta nadie, ni los vascos ni los españoles, tanto si son muchos como si son pocos los que se sienten de una u otra manera, entre otras cosas porque me parece un planteamiento infame introducido por los fascistas.

Creo que es importante tener eso en cuenta por las continuas alusiones de González a lo que él llama “conciencia”, a la que vuelve a dar una interpretación subjetiva y, por lo tanto, idealista. Con este tipo de asuntos ocurre lo mismo que con esos colectivos empeñados en poner en primer plano esa “conciencia” vinculándola a cada uno de los trabajadores individualmente. Pues bien, para un marxista, dogmático o no, la adscripción de clase, el ser obrero o burgués, no depende de ningún tipo de conciencia sino que es una condición absolutamente objetiva. Del mismo modo, el ser vasco es otra condición, a la que en cada caso individual puede ir añadida la conciencia subjetiva de serlo o de ser otra cosa distinta.

El error que se comete aludiendo a Euskadi como un “marco autónomo de lucha de clases” no se salva en absoluto trasladando la pelota al otro tejado: ¿es España un marco autónomo de lucha de clases?, entre otras razones porque es una pregunta que está resuelta desde el origen del movimiento obrero mismo, entre otros por Marx y Engels en el “Manifiesto Comunista”, que acaba con la consigna de que los proletarios de todo el mundo deben permanecer unidos y de que la lucha de clases “primeramente” es “por su forma” una lucha “nacional” de manera tal que “el proletariado de cada país debe acabar en primer lugar con su propia burguesía”.

Es algo que desde entonces ha sido explicado una y mil veces por los marxistas, por lo que doy al lector por familiarizado con ello y creo que de esa manera contesto a lo que González pregunta: el marco de la lucha de clases no es Euskadi, ni tampoco España porque la lucha del proletariado, por su contenido, es internacional.

Cuando hablan de “marco autónomo”, esos grupos y colectivos vascos, a los que González califica de “leninistas”, plantean mal dos asuntos diferentes, ambos capitales. El primero es un penoso y escolástico debate que se expone siempre colgado de una nube de ensoñaciones, al más puro estilo idealista. Se trata de los dos aspectos de la lucha de clases en Euskadi, la lucha por el socialismo y la lucha por la independencia, donde las combinaciones posibles se han repetido en muchas discusiones:

a) primero conquistamos la independencia y luego ya construiremos el socialismo
b) queremos ambas cosas a la vez y somos tan revolucionarios que si no hay socialismo tampoco queremos la independencia
c) primero hacemos la revolución socialista (en España) y luego concedemos la autodeterminación a Euskadi

A mi modo de ver los tres planteamientos me parecen otras tantas abstracciones, sobre todo el segundo de ellos. No expresan más que los buenos deseos de cada cual para que la historia tome un derrotero u otro. Ninguno de ellos tiene en cuenta suficientemente las condiciones políticas e históricas, nacionales e internacionales, en que esos acontecimientos se pueden producir.

El segundo aspecto al que se quieren referir los que hablan de “marco autónomo de lucha de clases” es la forma organizativa del movimiento revolucionario en Euskadi, donde también las combinaciones posibles se han repetido muchas veces:

a) los abertzales crean organizaciones que ellos creen de alcance nacional, cuando en realidad se circunscriben a una parte de Euskadi
b) los españolistas crean organizaciones de ámbito estatal que mantienen sucursales en Euskadi

En este punto digo lo mismo que en el anterior, pero, por concretar un poco más, dado que esos planteamientos se metamorfosean, en el caso de los “leninistas” vascos, en la necesidad de crear una vanguardia o un partido comunista sólo en Euskadi, quiero añadir que -sin ningún género de dudas- tal partido llegará, pero por vías que esos “leninistas” ni siquiera son capaces de sospechar; más bien llegará por las vías contrarias y por motivos que no tienen nada que ver con un “marco autónomo” que no existe por más partidos vascos que se fabriquen.

Como poco, me parece oportunista que los otros “leninistas”, los españoles y franceses, se declaren “solidarios” con la lucha de liberación nacional de Euskadi porque -en mi oponión- lo que deberían hacer es asumirla como cosa propia, que es algo bien distinto de lo anterior. Esto no lo digo sólo por aquella frase tan famosa y tan cierta de Engels de que “un pueblo que oprime a otros no puede ser libre”, sino por una cuestión de clase, a saber, porque la lucha de liberación nacional, como cualquier otra lucha contra la opresión, debe dirigirla la clase obrera, que es algo muy diferente de la solidaridad.

Al menos yo entiendo así el leninismo, lo que enlaza directamente con eso que González llama una y otra vez “conciencia” y “factor subjetivo” y que es tan viejo como el “Manifiesto Comunista”, donde Marx y Engels ya dijeron que la “organización del proletariado como clase” no es más que el partido comunista o, en otras palabras, la vanguardia dirigente, el verdadero componente decisivo de cualquier lucha, incluida la que se dirige contra la opresión nacional. Sin embargo, en su escrito González alude a cualquier cosa menos a ello. Repite una y otra vez la palabra “conciencia”, “sujeto revolucionario”, “pueblo concienciado” que, en efecto, no son otra cosa que idealismo y, lo que es peor, conducen al fracaso inevitablemente.

Es un tópico tratar de apañar ambos aspectos con frases, tales como “el íntimo vínculo de lo objetivo con lo subjetivo”, que es más de lo mismo: se repite en boca de todos, pero no va más allá. Siempe queda muy bien en cualquier artículo, cuando en la práctica está ocurriendo todo lo contrario.

En cualquier batalla, los errores son muy importantes, naturalmente, y es inevitable cometerlos. Sin embargo, lo peor es cuando no se corrijen y se convierten así en verdaderas lacras, que se van arrastrando durante décadas. El desastre llega cuando, además, alguien pretende hacer pasar tales errores como si fueran grandes aciertos. También es una forma de idealismo, esa concepción fantástica de la historia que se alimenta de sí misma, de sus mitos y sus leyendas. Sólo ve aciertos por todas partes, confunde los aciertos con los errores y se enfada cuando alguien le critica sus errores. El idealista cree que las críticas son ataques. No se da cuenta de que si le criticas es para que logre los objetivos que se ha propuesto.



Más información:
– En respuesta al articulo de Olarieta ‘En Euskadi el idealismo histórico es una lacra’
– En Euskadi el idealismo histórico es una lacra
– Euskal Herria marco autónomo de lucha de clases

En Euskadi el idealismo histórico es una lacra

Juan Manuel Olarieta
El artículo de Juanjo González sobre un tópico tan manoseado en Euskadi, como lo del “marco autónomo de lucha de clases”, que está en boca de casi todos, es un ejercicio de idealismo histórico que en muy pocas líneas compendia la mayor parte de las lacras que padecen algunos colectivos, cuya nota común es que confunden lo que hay con lo que les gustaría, con sus aspiraciones, sus deseos y sus anhelos.

Un pueblo que no conoce su pasado no puede construir ningún futuro y en pocos sitios como en Euskadi hay esa afición a buscar en la historia aquello que a algunos les gustaría encontrar, retorciendo los hechos más evidentes hasta convertirlos en una caricatura de sí mismos.

En el artículo que comento no queda claro si a la burguesía (calificada como vasca o vasco-española) no le interesaba el famoso “marco autónomo de lucha” o lo que no le interesaba era, simplemente, la lucha. Pero sobre todo, queda mucho menos claro si, independientemente de sus intereses, de lo que a la burguesía le gustara, había o no algo parecido a un “marco autónomo” de algo que tiene muchas definiciones y ninguna coincide porque nadie sabe lo que es.

La explicación de ello está en el propio relato, en donde se alude a la lucha de clases pero no a las clases mismas, lo que se evidencia en otro de esos tópicos que circulan por Euskadi, el de “pueblo trabajador vasco”, que suplanta al de “clase obrera”, que es el único científico, al menos para quienes consideran que la lucha de clases el el motor de la historia.

Por el contrario, el autor se desliza por otros derroteros muy distintos, en donde el denominado “pueblo trabajador vasco” es el único sujeto que puede llevar adelante la liberación (nacional y social, dice) de Euskal Herria. Son dos puntos de vista que corresponden a dos clases distintas. El de González es el propio del idealismo burgués, el del individualismo y el subjetivismo que se puede convertir en fuerza objetiva, la materialización de los anhelos y deseos más recónditos, los sueños de todo un pueblo hechos realidad.

Al otro lado está el punto de vista de esos “desconsiderados” que no tienen en cuenta ese “factor subjetivo” y hablan en el idioma de otra clase social, de fuerzas sociales y, en casos como el de Euskadi, de naciones y de movimientos de liberación nacional. Dado que esos “desconsiderados” son materialistas, le dan la vuelta al idealismo histórico de González al asegurar que el “factor subjetivo” es un reflejo del anterior.

La consecuencia de ello es que, como bien dice el artículo, “nuestra fuerza de hoy se nutre del ayer”, a lo cual hay que añadir que a nuestra falta de fuerza le pasa lo mismo. También se nutre del ayer. Si el movimiento de liberación nacional en Euskadi quiere ser fuerte, si quiere tener futuro, deberá conocer muy bien ese ayer, sus puntos fuertes y sus debilidades. Por lo demás, no se trata de algo privativo de ninguna nación oprimida, sino que es algo imprescindible para cualquier tipo de movimiento revolucionario.

Pues bien, el idealismo histórico no es otra cosa que una falsificación del pasado que condena a cualquier movimiento, incluido el de liberación nacional, a un callejón sin salida.

(*) http://odiodeclase.blogspot.com.es/2017/01/euskal-herria-marco-autonomo-de-lucha.html

La Guerra de Siria es una guerra económica entre dos gasoductos que compiten entre sí

Juan Manuel Olarieta

En una entrevista al diario italiano “Il Giornale” el Presidente sirio Bashar Al-Assad asegura que la causa del desencadenamiento de la Guerra de Siria fue el rechazo de su gobierno al trazado de un gasoducto que debía atravesar el país para llevar gas qatarí a Europa a través de Turquía.

Al-Assad asegura que el plan qatarí, que le ofrecieron en el año 2000, era tender un gasoducto que debía atravesar Siria de norte a sur, pero que había otro proyecto de más de 1.500 kilómetros para hacerlo de este a oeste y llegar al Mediterráneo atravesando Irak desde Irán. Es muy posible que, además de gas, por ambos oleoductos tuvieran previsto enviar plegarias y jaculatorias, suníes por el primero y chiíes por el segundo.

Sus patrocinadores respectivos, Qatar e Irán, tienen las mayores reservas mundiales de gas natural. El gasoducto qatarí permitiría a los jeques del Golfo aumentar tanto el volumen de sus exportaciones, como reducir los costes y limitaciones de volumen que impone el transporte marítimo. A Qatar le hace falta una flota de 1.000 buques, con un coste exorbitante que en varios años reduce sus beneficios de 716.000 millones a sólo 71.600 millones de euros. Pierde la décima parte de sus ingresos.

Ambos proyectos entraban en competencia pero no estaban en el mismo plano porque el primero de ellos, el qatarí, además de ser una fuente de ingresos económicos para los jeques del Golfo, desempeñaba dos funciones estratégicas adicionales, bloqueando a otros tantos países enfrentados a Estados Unidos: a Irán le privaba del acceso al mercado europeo y con el gas ruso competía desde el sur, enviando gas a Europa a través de Turquía.

En 2010 el gobierno de Al-Assad optó por el segundo de los gasoductos, en detrimento del primero. Al año siguiente, cuatro meses después de que estallara la Primavera Árabe, el gobierno de Damasco firmó el acuerdo con Irán, una de las peores pesadillas para las monarquías suníes del Golfo y los imperialistas. Ninguno de ellos podía admitir nada parecido. Como consecuencia de ello desataron la guerra en 2011.

Desde el lado ruso, el plan qatarí suponía un intento de asfixia porque la empresa Gazprom provee la cuarta parte del gas que consume Europa y sus beneficios pagan una quinta parte del presupuesto del Estado.

Tras seis años de guerra, el desenlace no puede ser más desastroso para el imperialismo porque -de momento- ya ha perdido dos peones y es posible que los acabe perdiendo todos. El primer peón es Turquía y el segundo es Qatar.

Con independencia del desenlace de la Guerra de Siria, el gobierno de Erdogan ya ha provocado uno de los cambios más importantes desde el final de la Segunda Guerra Mundial sacando a su país de la zona de influencia de la OTAN. Pero, en alusión a los gasoductos, hay que añadir dos cosas más. La primera es que por Turquía pasará otro gasoducto más, el tercero, que llevará gas ruso por debajo el Mar Negro, y la segunda es que, además de Siria, Irán puede contar con Turquía para tener una fuente adicional de salida de su gas.

El otro lacayo que ha dejado de bailar al son de la música de Washington es, en efecto, Qatar, que hasta la fecha era el aliado más cercano que Estados Unidos tenía en la región. En Qatar se encuentran dos de las principales bases militares imperialistas así como la sede del Mando Central de Estados Unidos en Oriente Medio.

Pues bien, a fecha de hoy da la impresión de que Qatar ha entrado de lleno en la chistera de prestigitador de Putin con otra de sus sorpredentes maniobras, que parecen no acabarse nunca: la petrolera rusa Rosneft, la más grande del mundo, ha vendido el 20 por ciento de sus acciones a Qatar. Rusia ha cobrado más de 10.000 millones de euros con los que pagará el descenso de ingresos derivado de las sanciones económicas de los imperialistas. Sin embargo, parece que es Moscú quien ha hecho un favor a los árabes.

Esa venta no es sólo un negocio redondo porque Rosneft no es una empresa privada. Es política y es diplomacia, un principio de acuerdo entre Qatar y Rusia cuyo alcance es simplemente impredecible. De momento es posible sospechar que detrás de Qatar vayan las demás monarquías del Golfo, incluida Arabia saudí, que ya mantiene un acuerdo con Rusia para estabilizar los precios mundiales del petróleo. Si eso se cumple sería el fin del Acuerdo del Quincy y la total desaparición de Estados Unidos del escenario de Oriente Medio.

Pero la capacidad de arrastre de Qatar no se limita a los jeques del Golfo sino a la propia Europa, cuya inmunda intervención en la Guerra de Siria no se explica por su obediencia al dictado de Estados Unidos sino por la cierta dependencia financiera de algunos de ellos hacia Qatar. Si los jeques llegan a un acuerdo con Rusia y, por lo tanto, con Siria, con Turquía y con Irán, su dinero arrastrará a una Europa sumida en la mendicidad hacia las mismas posiciones, es decir, a un acuerdo con Rusia.

No está de más acabar añadiendo que, como bien dice Al-Assad al periódico italiano, los gasoductos son “uno de los parámetros” que contribuyeron a desencadenar la guerra, pero no los únicos. No lo olvidemos.

Nunca podremos recoger el trigo si antes no lo separamos de la cizaña

Para un leninista es una obviedad poner de manifiesto que desde que existe el imperialismo existe también el socialimperialismo, que es uno de sus rasgos característicos, es decir, que los imperialistas reclutan a una parte de sus peones en el interior de la clase obrera, de los sindicatos y de esos que hoy, consecuencia de la desorganización imperante, se llaman “movimientos sociales”.

El socialimperialismo, el mero uso de un disfraz, hace que muchos no sean capaces de diferenciar a un antimperialista de su contrario, porque un socialimperialista no es otra cosa que eso exactamente: un imperialista. “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Una de las tareas que persigue el imperialismo es lograr que haya quienes se dediquen a pintarle todas las monas que pone en movimiento. No es que la mona se disfrace, se vista de lo que no es, sino que siempre hay alguien que le ayuda a organizar los múltiples carnavales que se celebran en este país: el carnaval comunista, el anarquista, el independentista…

Pondré un ejemplo para que no quepan dudas de lo que estoy hablando. El 8 de octubre, es decir, hace dos meses, la Librería Traficantes de Sueños de Madrid organizó la presentación del último libro de Leila Nachawati. Para quienes no lo sepan, desde hace años dicha librería tiene fama de difundir obras progresistas, e incluso revolucionarias algunas de ellas, mientras que Nachawati es una agente de la CIA en España.

Ese tipo de actos tienen por objeto lograr que Nachawati no parezca lo que es y los miembros de la librería se prestan a ello, a partir de lo cual podemos pensar dos cosas: 1) La teoría del “tonto útil”: los libreros no se han enterado de quién es Nachawati, no saben lo que se traen entre manos, lo cual desacredita mucho su trabajo; 2) Contribuyen deliberadamente a camuflar el trabajo de los espías de la CIA en España o, dicho con otras palabras, ayudan al imperialismo.

Por su propio trabajo, los libreros deberían tener dificultades para justificarse diciendo que sólo son los “tontos útiles” del imperialismo. En medio de tanta información como difunden, es difícil creerles si dicen que no saben quién es Nachawati, cómo funciona la CIA en cada país, las redes que tiende en cada uno de ellos, a dónde va a parar el dinero de la fundación Soros y el gran número de mercenarios que están dispuestos a venderse por un puñado de dólares. ¿Es que sólo venden libros?, ¿no leen?Además de llenar el mundo de armas, el imperialismo lo llena de confusión y hay quienes nadan en ella, se sienten a gusto y la propagan, por un motivo muy sencillo de entender: “A río revuelto ganancia de pescadores”. La confusión de unos con otros sirve siempre al más fuerte, al imperialismo, y hasta el más tonto sabe que los espías siempre van disfrazados de algo que no son.

Antiguamente las “medias tintas” no eran bien vistas, pero ahora ocurre al revés: los colectivos que se mueven en la ambigüedad quedan bien en los ambientes seudoprogresistas, mientras que a otros les corresponde el papel antipático, que alguno considera incluso “insultante” y hasta “dogmático”, de poner a cada uno en su sitio. Como decía Lenin, nunca podremos recoger el trigo si antes no lo separamos de la cizaña. En cualquier lucha hay que empezar por aclarar dónde está cada cual.

Aunque resulte desagradable decirlo, es obvio que, precisamente por la ambigüedad imperante, a su vez derivada de la debilidad de la vanguardia revolucionaria, hay quien aún no sabe cuál su sitio ni, por lo tanto, el sitio de los demás. No sabe quiénes son sus adversarios ni, por lo tanto, quiénes son sus amigos, quién le puede echar una mano. Si eso ocurre muy frecuentemente a escala local, con más razón cuando aludimos a un fenómeno complejo, como es el imperialismo.

Es cierto que en cualquier crítica o denuncia, por acertada que sea, se puede medir mal, acabando en esa serie de truculencias que a veces se leen y que se justifican a sí mismas por el mero hecho de “tener razón” o de “estar en lo cierto”. No basta con tener razón sino que hay que saber hacer valer esas razones.

Sin embargo, no todo es discutible. A diferencia de la burguesía, que es pragmática y se mueve por intereses, el movimiento obrero se atiene a principios: como se dice ahora, existen determinadas “líneas rojas” que nadie, absolutamente nadie, antifascistas, comunistas, anarquistas, independentistas, puede cruzar. De lo contrario, alguno podría creer que vestirse a sí mismo con una etiqueta le da patente de corso. Pues no es así. Podemos discutir si esas líneas están más acá o más allá, pero están en algún sitio.

La lucha contra el imperialismo es, sin duda, una de esas “líneas rojas”. Esto lo digo por lo siguiente: algún lector estará pensando en quién está autorizado a trazar esas líneas, y entonces cavila mal. Piense mejor en qué es lo que las dibuja, qué es lo que en cada momento impone determinados límites a cada cual, tanto a las personas, como a los colectivos o a las organizaciones.

Pues bien, en lo que al imperialismo concierne, las contradicciones han llegado al punto que amenazan con desatar una guerra que será, sin duda alguna, devastadora. No puede haber una demarcación más evidente, que está a conduciendo a que las máscaras vayan cayendo, a que los imperialistas y sus cómplices queden al descubierto. Lo que pone a cada uno en su sitio es, pues, el propio desarrollo de la lucha de clases, el imperialismo y la guerra. Es lo que está ocurriendo desde hace cinco años con Siria, que se reproducirá luego en cualquier otro lugar del mundo, siempre con los mismos protagonistas, travestidos o no.

Los independentistas gallegos se echan las manos a la cabeza

Independentistas gallegos en el banquillo
Juan Manuel Olarieta

Sí, el quinto aniversario de las detenciones de los cuatro independentistas gallegos Eduardo Vigo, Roberto Rodríguez, Maria Osorio y Antom Santos, acusados de pertenecer a “Resistência Galega” era una buena oportunidad para hacer balance, pero el artículo “Cinco años de represión y criminalización del independentismo gallego” (*) está muy lejos de haberse acercado a lograrlo.

La continua referencia a que “es la primera vez que ocurre algo así” sólo tiene un pequeño desafase de 80 años. Ni empezó en 2011, ni empezó en Galicia, ni tampoco se va quedar ahí. Lo peor que les puede ocurrir a los independentistas gallegos es que se crean el ombligo del mundo cuando ni siquiera son el ombligo de España (afortunadamente para ellos).

No hay nada más frustrante que comprobar que los nacionalistas gallegos no saben ni a qué ni a quién se están enfrentando, y cuando su adversario se esfuerza por dejarles las cosas muy claras con detenciones, juicios y encarcelamientos, meten la cabeza debajo del ala y denuncian que esas “injusticias” sólo les suceden a ellos. ¿Acaso a otros les dejan la vía libre?, ¿a los anarquistas?, ¿a los titiriteros?, ¿a los raperos quizá?

Que el Estado considera como terrorista a todo aquel que, como bien dice el artículo, “cuestione el sistema capitalista” es tan viejo como el mismo capitalismo y por eso en España la Primera Internacional se prohibió desde su aparición en 1869, o sea, hace un siglo y medio. Por eso mismo, en las cárceles purgan largas condenas quienes no se limitan a “cuestionar”, sino que luchan y se enfrentan al capitalismo y a su Estado.

De la misma manera, hay que poner de manifiesto que hay otros que no padecen esa misma represión, y el artículo debería preguntarse por qué motivo. ¿Será que hay anticapitalistas que en realidad no cuestionan el capitalismo?, ¿será que hay independentistas que no cuestionan la unidad del Estado?, ¿qué diferencia a unos, los represaliados, de los otros, los tolerados?

Si hasta 2013 Ceivar no se apercibió de que la Audiencia Nacional mantiene una cacería “de militantes de todo tipo de organizaciones que hasta ahora operaban legalmente”, como afirma el artículo, será porque sus miembros nunca han leído los periódicos, ni escuchado la radio, ni visto la televisión. Desde su mismo origen hace 40 años, es la especialidad de ese tribunal. Es más, Ceivar debería tomar nota de que ha habido organizaciones, dentro y fuera de Galicia, que nunca han podido “operar legalmente” a lo largo de su historia, lo cual les debería llevarse a preguntar: si ha habido organizaciones que han podido “operar legalmente” hasta ahora, ¿qué ha cambiado para que ya no puedan hacerlo?

El artículo incurre en una repetición de la monserga de cada día: en España las personas tienen derechos y libertades, aunque ocasionalmente los mismos resultan violados. Pero al mismo asegura que esa violación es “permanente”, lo cual es una contradicción. Pues bien, sepan que en Galicia no hay ninguna clase de derechos en absoluto para todos aquellos que luchan contra el capitalismo y su Estado centralista. En otras palabras, lo “permanente” es la falta de derechos y lo que ha ocurrido con los independentistas gallegos no es una ninguna excepción sino la regla general.

Después de 80 años es increíble que aún haya alguien en Galicia que se eche las manos a la cabeza y siga haciendo aspavientos, como si estuviera ante algo sorprendente, de tal manera que cada vez todo parezca empezar de nuevo. Lo de Alfon fue un caso único, lo de Bódalo también. Entonces hay que pedir la libertad de cada uno de ellos, y mucho mejor si es por separado, si se crea un comité de colegas para pedir la libertad de uno de ellos, o del otro, o la de los anarquistas de la Operación Pandora, o la de esos 30 que han sido acusados de enaltecimiento del terrorismo por su solidaridad con los gallegos represaliados. ¿No ha oído hablar el autor del artículo de una Operación Araña que ha conducido ante la Audiencia Nacional a decenas de “enaltecedores del terrorismo”?, ¿a quiénes incluye y quiénes deja fuera del recuento?, ¿por qué motivo?

Siempre he entendido que quienes piden la liberación de unos u otros presos, lo mismo que quienes reclaman una “amnistía social” no quieren ser confundidos con “los terroristas de verdad”, con aquellos que sí se han propuesto acabar con el capitalismo. Opino además que con su pronunciamiento lo que quieren es que los otros, “los terroristas de verdad”, permanezcan encerrados de por vida. Es una reedición de la traición de la transición: que salgan unos a costa dejar a los otros dentro.

Los independentistas gallegos, según el artículo que comento, ni siquiera llegan hasta ese punto. No exigen salir de la cárcel sino “sólo” cambiar de cárcel, que los encierren en una más cercana a su lugar de residencia. Seguramente es porque tienen bien asumida su condición de reclusos. Incluso se ha creado una asociación (Que voltem para a casa!) con tal fin, en la que es posible que califiquen como “casa” a lo que no es más que una cárcel inmunda. Si se refieren a otra cosa, ¿por qué no hablan de la liberación de los presos independentistas, o sea, de la amnistía total?

(*) https://borrokagaraia.wordpress.com/2016/12/03/galiza-cinco-anos-de-represion-y-criminalizacion-del-independentismo-gallego/
Cartel pegado en el Metro de Madrid en 1978

‘¿Creéis que el camino de la Revolución está sembrado de rosas?’

Juan Manuel Olarieta
Lo mismo que Marx, Lenin era extremadamente minucioso. Para escribir su obra “El imperialismo fase superior del capitalismo” llenó 15 cuadernos con notas tomadas de múltiples lecturas. Los enumeró con letras griegas y hacen referencia a 106 libros publicados en alemán, 23 en francés, 17 en inglés y 2 traducidos al ruso, además de 232 artículos publicados en 345 periódicos alemanes, 8 ingleses y 7 franceses.

A esos cuadernos de notas hay que sumar otros cuantos que tituló “Sobre el marxismo y el imperialismo” que en total tienen unas 700 páginas más que ponen de manifiesto el estilo de trabajo leninista: documentado, profundo y exhaustivo. Para escribir su obra Lenin leyó prácticamente todo lo que se había escrito previamente y condensó sus conclusiones en 150 páginas que no son más que la punta de un gran iceberg.

Pero lo más importante, con diferencia, es que Lenin escribía con una mano y trabajaba con la otra. Mientras escribía su obra, rompía con la II Internacional, estallaba la Primera Guerra Mundial y la Revolución de Febrero de 1917. El folleto no podía ser de más actualidad, pero entonces ocurrió lo mismo que ahora: los árboles no dejaban ver el bosque; el problema era tan evidente que se hizo invisible.

Las frases de Lenin sobre el imperialismo se han repetido muchas veces. Forman parte ya de la retórica y ayudan poco a entender algo que no aparece en ningún párrafo de ninguna obra de Lenin: eso que solemos llamar “el posicionamiento”, que es algo que va más allá de la práctica y de lo concreto. Es la “toma de partido”, algo que en referencia al imperialismo resulta imprescindible… o eso es lo que cabe esperar de alguien que se califica como leninista.

Sin embargo, no es así. Bajo el imperialismo, al mismo tiempo que las grandes potencias forman bloques rivales, algunos de los pequeños Estados impulsaron el movimiento de los “no alineados” y ciertos grupos comunistas hacen lo propio, justificándose con extravagantes frases extraídas de acá y de allá, así como llamamientos a la paz que son otros tantos brindis al sol.

Es evidente que dicha neutralidad es impostada; no existe como tal. No es más que un alineamiento camuflado, como cuando Poncio Pilatos se lavó las manos ante la matanza de los niños inocentes.

Es cierto que la posición de Lenin durante la Primera Guerra Mundial se enfrenta a la de la II Internacional, que deja de ser “internacional” para alinearse con la propia burguesía. La socialdemocracia descubrió así su carácter nacionalista o, en palabras de Lenin, eran “socialpatriotas”. A partir de ahí algunos interpretan que la posición de Lenin fue la de lavarse las manos como Poncio Pilatos: ni unos ni otros, no existe imperialismo bueno, se le hace el juego a unos o a otros, etc.

Es evidente que eso, por su propia abstracción, no tiene nada que ver con el leninismo, que siempre es partidista. Lo que Lenin sostuvo a partir de 1914 es lo opuesto a la II Internacional, es decir, la derrota de la propia burguesía. No puede haber mayor toma de partido que esa, que en Rusia se interpretó como una traición a la patria, o sea, al zarismo y a la burguesía, que acusaron a los bolcheviques de ser espías de los alemanes, de trabajar para el bando contrario en la guerra. Lo mismo que ahora, en 1917 la burguesía rusa lanzó esa típica pregunta: “¿A quién beneficia la política bolchevique?” y cuando la burguesía (y los grupos oportunistas) hacen ese tipo de preguntas se quieren referir a qué país, a qué potencia imperialista estaban beneficiando los bolcheviques, es decir, que todos ellos (burgueses y oportunistas) entienden estos problemas en términos nacionales exclusivamente.

Si esa discusión ya era intelectualmente apasionante en 1914, tras la Revolución de Octubre se hizo acuciante, no sólo porque los bolcheviques habían prometido sacar a Rusia de la guerra sino porque Alemania atacó Petrogrado, la capital revolucionaria por excelencia. No había tiempo para folletos; ni siquiera para discursos. Había que hacer algo y las propuestas iban mucho más allá del Partido bolchevique porque concernían a los soviets, es decir, a los demás partidos, y al gobierno de coalición con los eseristas de izquierda.

En aquel momento, enero de 1918, se puso de manifiesto que nadie había entendido a Lenin, ni siquiera dentro del propio Partido bolchevique, donde sus posiciones eran muy minoritarias, hasta tal punto que las dos mayores organizaciones, las de Moscú y Petrogrado, le desautorizaron y le atacaron violentamente. Es muy significativo recordar que menos de dos meses después de la Revolución, el 28 de diciembre de 1917, la organización bolchevique en Moscú aseguraba en un comunicado que había perdido su confianza en el Comité Central.

¿Por qué motivo? Porque Lenin le estaba haciendo el juego al imperialismo alemán, una opinión muy extendida entonces. Los escritos de aquella época de Lenin sólo reflejan una parte ínfima de la multitud de reuniones que tuvo que mantener con unos y otros para sacar adelante sus tesis. No se conservan actas de la mayor parte de ellas, sino sólo algunos recuerdos escritos posteriormente, muchos de ellos procedentes de militantes de otros partidos, especialmente eseristas, que estaban presentes en aquellas reuniones.

Por ejemplo, el 8 de enero los bolcheviques convocaron una Conferencia especial para aprobar la salida de la guerra mundial, en la que se pusieron de manifiesto las tres posiciones internas. La primera fue la de Bujarin, entonces un izquierdista furibundo que defendía la continuación de la guerra, cambiándole el nombre por el de “guerra revolucionaria”. Fue la mayoritaria, ya que alcanzó 32 votos. La segunda fue la de Trotski, una propuesta insustancial que se podía resumir en “ni guerra ni paz”, que reunió 16 votos. La de Lenin fue la más minoritaria, ya que sólo logró reunir 15 votos.

Tres días después se reunió el Comité Central para discutir lo mismo. Lenin volvió a perder la votación de nuevo y así podríamos seguir relatando reuniones, tanto internas como del gobierno o los soviets, en las que la mayoría estaba en su contra. En más de un debate el Partido bolchevique estuvo al borde de la escisión. Incluso los militantes de mayor confianza no aceptaban las posiciones leninistas. Uno de ellos fue Dzerzhinski, que en una reunión le reprochó a Lenin que alentaba al imperialismo alemán y en otra de sostener las mismas posiciones que Zinoviev y Kamenev, es decir, que le calificaba a Lenin de revisionista, nada menos. Lo mismo se puede decir de otros militantes de enorme prestigio, como Alejandra Kolontai o Elena Stasova.

Las reuniones eran maratonianas. A altas horas de la madrugada las discusiones continuaban en medio de humaredas insalubres de tabaco, y los intentos de Sverdlov y Stalin antes de las reuniones para inclinar el voto a favor de Lenin nunca fructificaron. Tampoco las amenazas de Lenin de dimitir del gobierno y abandonar el Partido bolchevique. Todo invita a pensar que incluso quienes votaban a su favor no lo hacían convencidos de su posicionamiento sino por la confianza personal que les inspiraba.

El contexto no podía ser más dramático porque el ejército alemán estaba a las puertas de Petrogrado. Los que querían la guerra no tenían un ejercito para luchar en ella y los que querían la paz no tenían tiempo para evacuar la capital, cuya población hubiera podido resultar aplastada literalmente. Sólo pudieron preparar lo mismo que cien años antes en Moscú cuando vieron acercarse a las tropas napoleónicas: destruir Petrogrado, quemar los edificios y volar los puentes y las fábricas.

Por fin, después de dos meses de debates agotadores, en febrero de 1918, en una reunión del Consejo de Ministros hasta Trotski se inclinó a votar a favor de Lenin, que obtuvo una mayoría pírrica. Redactaron al momento un oferta de paz dirigida a Alemania y Lenin la firmó en su condición de Presidente del Gobierno, pero cuando se la pasó a Trotski para que hiciera lo propio, éste se negó. El entonces ministro de Asuntos Exteriores era de los que tiraba la piedra y escondía la mano. No quería comprometerse; había votado a favor de Lenin a regañadientes. No quería que su firma constara en algo en lo que no creía en absoluto. Dijo que bastaba con la firma del Presidente del Gobierno y Lenin insistió en que también el ministro de Asuntos Exteriores debía firmar.

Lo mismo ocurrió cuando se formó la comisión encargada de negociar la tregua con los alemanes. Le designaron a Trotski, que se volvió a negar. Tuvieron que recurrir a Chicherin, que entonces era miembro del Partido menchevique. Era preferible alguien así, un menchevique, antes que un “bolchevique” como Trotski que votaba una cosa cuando quería hacer la contraria.

Uno de los pocos discursos de Lenin que se conservan de aquella época es aquel en el que tanto a sus amigos como a sus enemigos les pregunta: “¿Creéis que el camino de la Revolución está sembrado de rosas?, ¿que no hay más que marchar de victoria en victoria, al son de ‘La Internacional’ y con las banderas al viento? Así sería fácil ser revolucionario. No, la Revolución no es un juego divertido. No, el camino de la Revolución está lleno de zarzas y espinas. Aferrándonos al suelo que se nos escapa, con nuestras uñas y nuestros dientes, arrastrándonos si es necesario, cubiertos de lodo, debemos marchar, a través del fango, hacia adelante, hacia el comunismo y saldremos vencedores de la prueba”.

Estas palabras las pronunció Lenin en el Comité Ejecutivo de los soviets. Lo que las obras completas no cuentan es que había tomado la palabra cuando no le correspondía y que su discurso fue el único que nadie aplaudió.

En la medida en que hoy el mundo se encamina de nuevo hacia la guerra imperialista, aquellos debates de hace un siglo se vuelven a reproducir, no sólo porque la noción de imperialismo no está clara sino -sobre todo- porque los posicionamientos siguen siendo erróneos. Cuando en uno de aquellos debates a Lenin le reprocharon que sus posiciones beneficiaban al imperialismo alemán, les reconoció que, en efecto, así era. Pero las posiciones contrarias beneficiaban a los imperialistas del otro bando. Por lo tanto, decía Lenin, no preguntemos a qué país beneficia nuestro alineamiento; preguntémonos si beneficia a nuestra clase, al proletariado. Es así como Lenin resumía la consigna de transformar la guerra imperialista en guerra civil.

El terrorismo es el cuento de nunca acabar

Juan Manuel Olarieta
Tras la agresión que llevaron a cabo dos guardias civiles borrachos en el bar Kotxa contra unos vecinos de Altsasu el 15 de octubre, la asociación fascista de víctimas de terrorismo COVITE interpuso una querella no contra los agresores sino contra los agredidos para darle la vuelta al asunto y que los hechos no se juzgaran donde se cometieron sino en el feudo del Estado fascista, Madrid, es decir, en la Audiencia Nacional (que es más de lo mismo, o sea, un tribunal diseñado por el franquismo).

Dicho y hecho; la Audiencia Nacional cumple con lo que de ella se espera: acepta la querella, le da la vuelta a la tortilla y se declara competente porque han reconvertido -por arte de magia- una pelea en una bar en un crimen de terrorismo.

Para ello la Audiencia Nacional ha tenido que calificar de yihadistas a los vecinos de Altsasu: el año pasado los partidos parlamentarios aprobaron uno de esos absurdos “pactos antiyihadistas” por el que le dieron un cambiazo -otro más- al artículo 573 del Código Penal para considerar que el terrorismo es todo, cualquier cosa, algo que ya sabíamos.

Tenemos terrorismo de por vida. El ministro del Interior se felicita porque han acabado con el terrorismo, pero no ha hecho más que empezar. Hasta las peleas de bar y las discusiones entre borrachos irán a parar a la Audiencia Nacional porque los convierten en crímenes terroristas: cuando por medio está la policía o la guardia civil no afectan sólo a los borrachos sino a toda la Policía y a toda la Guardia Civil. Posiblemente también se trate de una agresión a todo el Ministerio del Interior, a todo el Estado, al sistema, al capitalismo…

¿También se emborracha el Ministerio del Interior?, ¿bebe el Estado más de la cuenta?, ¿se pasa de copas la Audiencia Nacional?

Para justificarse, la jueza de la Audiencia Nacional, Carmen Lamela, da muestras de cierto ingenio, inventando cosas que desconoce por completo, como que  la reivindicación de que la Guardia Civil salga de Euskadi es una reivindicación de ETA. Pues si, es cierto, pero no sólo de ETA. Es una reivindicación tradicional de todas las organizaciones progresistas, dentro y fuera de Euskadi, pero ocurre que en su paranoia la jueza Lamela no ve más que eso, ETA, por todas partes.

Es un verdadero escándalo judicial que tratándose de un delito en el que la Guardia Civil es una parte, la jueza ordene que sea la propia Guardia Civil quien lo investigue, arrebatándoselo de las manos de la Guardia Foral de Navarra. ¿La imparcialidad no le importa nada?

La jueza de la Audiencia Nacional quiere que la Guardia Civil le informe sobre el acoso de que son víctimas en Navarra, como si se tratara de un delito sexual. ¿Qué entiende la jueza por acoso?, ¿qué entiende la Guardia Civil por acoso?, ¿por qué no pregunta a los navarros si se sienten acosados por la Guardia Civil? Una dilatada experiencia tabernaria me dice que al darle la vuelta a la tortilla Su Ilustrísima ha perdido el norte, porque en el mundo real suelen ser los borrachos los que se ponen pesados y se dedican a acosar a los sobrios, y no al revés.

Está ocurriendo lo mismo que cuando hace años la prensa dijo que el rey Juan Carlos, hoy monarca supernumerario, había matado al oso Mitrofán después de emborracharlo. No fue así: quien estaba borracho era el monarca.

Su Ilustrísima ha perdido el norte porque no tiene en cuenta los hechos sino lo que ocurrió después de los hechos, cuando los vecinos salieron a la calle para protestar por la agresión de la que -no lo olvidemos- habían sido víctimas. Habla de los lemas de las pancartas, de los gritos de la gente en la calle…

Pero Ilustrísima Jueza: lo que Usted está juzgando como delito es una pelea en un bar no una manifestación, salvo que haya padecido un lapsus y crea que también las manifestaciones, las pancartas y los gritos son delito en esta país. ¿Es así?, ¿han dejado de ser derechos y también los ha convertido Usted en crímenes?, ¿todo es ya delictivo?, ¿no se puede mover ni un dedo?, ¿no se puede gritar en la calle libremente? Es bueno que Usted lo aclare para recomendar a los vecinos de Altsasu que dejen de salir a la calle y se queden en sus casas viendo la tele.

El terrorismo es para toda la vida. Ni se acabado ni se va a acabar nunca porque este Estado está absolutamente obcecado en fabricar terroristas.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies