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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 25 de 60)

En el Ministerio del Interior no hay cloacas; la cloaca es el propio Ministerio

Juan Manuel Olarieta

A raíz del espionaje policial a Podemos se ha puesto de moda afirmar que dentro del Ministerio del Interior hay cloacas, de donde se deduce que hay algunos departamentos que no son nauseabundos, como la dirección general de prisiones, por ejemplo, o que en los demás Ministerios no hay cloacas ni nada parecido a ellas.

Si yo tuviera un cargo público y quisiera presumir de demócrata haría una reférendum casi todas las semanas para preguntar a “la ciudadanía” lo siguiente: sufrido elector, si pudieras meter al Estado en un barco que naufragara, ¿qué organismo público salvarías? Luego daría un listado como el siguiente: Universidad Rey Juan Carlos, Agencia Tributaria, Tribunal Constitucional, Corona, Banco de España, Senado, autonomías, ejército, fiscalía…

Incluso metería en la lista a otro tipo de organismos, como la Unión Europea, la OTAN, el Fondo Monetario Internacional, la ONU…

La viuda del mercenario Jean Pierre Cherid acaba de publicar un libro sobre las cloacas del Ministerio del Interior, que conoce muy bien porque su marido formó parte de ellas hasta que sus jefes, o sea, los jefes del Ministerio, lo asesinaron en 1984, según confiesa ella misma, cuando el PSOE estaba en el gobierno.

Luego las cloacas no nacieron con Villarejo sino que Villarejo se incorporó a ellas casi el mismo tiempo que Cherid se dedicaba a asesinar y poner bombas, lo cual ocurrió tanto en pleno franquismo como después (porque el franquismo no ha acabado).

De ahí que Pablo Iglesias equipare la vigilancia policial sobre Podemos con los GAL de la manera torpe a la que nos tiene acostumbrados. “Lo que le ha ocurrido a Podemos es lo más grave desde los tiempos de los GAL”, dice.

Contra Podemos las cloacas policiales trataron de orquestar ese tipo de montajes, cierto, aunque no son nada novedosos, sino todo lo contrario. Hicieron lo que estaban acostumbrados a hacer. Pura rutina. La conclusión del montaje es que antes todo era ETA y ahora todo es Podemos.

Todo montaje nauseabundo acaba en dos cloacas. La primera de ellas es la prensa. Cuando un reportaje se apoya en “fuentes bien informadas”, se refiere a tipos como Villarejo, que se ha hecho millonario con la compraventa de “información” (entre otros negocios a cada cual más nauseabundo).

La segunda es la fiscalía, parte integrante de todos los circos propagandísticos. Como dijo el ministro Fernández Díaz, la fiscalía se dedica a “afinar” los informes que le presenta la policía, algo que en el caso de Podemos no hizo.

Hizo algo peor: echó tierra encima de las heces que la policía le puso sobre la mesa sabiendo que la colitis era ilegal. Es lo mismo que se repite una y otra vez desde la transición: tierra encima de los cadáveres, más fosas comunes, más silencio y, por lo tanto, más impunidad.

Hay “miedo a investigar las cloacas del Estado”, dice José Antich, director del periódico catalán El Nacional. ¿Miedo? ¿Quiere decir que no vivimos en un país libre?

A estas alturas hay muy pocos motivos para quedar sorprendidos de que ocurran este tipo de cosas. Los informes de las cloacas policiales sobre Podemos son de la misma factura que los de Askapena, las herriko tabernas y el amplísimo entorno de ETA. ¿Acaso no ven el desfile de cloacas que comparecen cada día en el juicio por el referéndum catalán?

Cuando durante 40 años un Estado se esfuerza por aparentar algo que no es, todo es una gran cloaca.

El lanzamiento de marcadores químicos contra los manifestantes (y 2)



Juan Manuel Olarieta

Tras una reunión urgente del Consejo de Ministros convocada por la crisis de los “chalecos amarillos”, el Primer Ministro Edouard Philippe anunció nuevas medidas represivas de última generación, además de las antiguas, como el empleo de drones y los marcadores químicos codificados (PMC).
Hasta ahora los marcadores se habían utilizado para prevenir los atracos a bancos y furgones blindados, señalizando los billetes con tinta indeleble.
Pero la técnica ha introducido una novedad, los objetos de marcado codificado, que son dispositivos químicos indetectables a simple vista, inodoros e incoloros, que permiten marcar tanto las propiedades, como las personas y los lugares.
Es un verdadero ADN sintético que permite, por ejemplo, marcar objetos valiosos e identificar así el origen de la propiedad de un robo, señalizando al autor del delito.
Los PMC imprimen un código de identificación único. Asociado con el despliegue de estos dispositivos, la policía interviene principalmente en las etapas cruciales del revelado de la marca y el descifrado del código asociado. Con lámparas ultravioleta, la policía controla la marca y garantiza así la prueba material del delito.
En 2015, el municipio de Aubagne, en Francia, distribuyó cerca de 700 unidades a los vecinos (*). En Marsella los centros comerciales están equipados con estos marcadores. En caso de atraco, las alarmas y los radares de presencia los dispersan automáticamente, aunque también se pueden activar manualmente.
La instalación de sistemas de dispersión en centros comerciales tiene un doble objetivo. Por un lado disuade a los atracadores mediante la colocación visible de señales en el área protegida, de la misma manera que las cámaras de vigilancia. Por el otro, marca a todas las personas y cosas que están en dicha zona.
La piel del autor queda impregnada durante varias semanas, su pelo durante seis meses y su ropa de por vida. Puede ser localizado en cualquier momento, durante un control rutinario en carretera o en su casa. Para ello basta con proyectarle luz ultravioleta.
Naturalmente, además de los ladrones, también quedan marcados los clientes, los trabajadores, los niños… todos los que están en el escenarios del crimen.
La técnica PMC se ha extendido a los cables eléctricos, las obras de arte y los vehículos. Las empresas productoras garantizan la unicidad del código asociado al marcado. Al consultar la base de datos de los proveedores, un objeto marcado, denunciado como robado, puede ser devuelto a su propietario resaltando el producto marcado codificado, incluso después de varios años.
Lo que se empezó aplicando a los delitos, se ha extendido a los derechos, como el de manifestación, permitiendo a la policía identificar a quienes acuden a las manifestaciones y a quienes pasean por la calle. Pero, ¿quien es capaz de diferenciar a uno de otro?
(*) https://www.lci.fr/france/ ladn-chimique-la-nouvelle-arme-anti-cambriolage-1522920.html
http://www.presos.org.es/index.php/2019/03/24/la-policia-francesa-identificara-manifestantes-con-marcadores-quimicos-como-lo-hace-con-los-atracadores-articulo-de-juanma-olarieta-y-2/



Más información:

– El lanzamiento de marcadores químicos contra los ‘chalecos amarillos’ en las manifestaciones

El lanzamiento de marcadores químicos contra los ‘chalecos amarillos’ en las manifestaciones

Juan Manuel Olarieta

Los “chalecos amarillos” y los transeúntes se han convertido en conejillos de Indias de uno de los primeros experimentos con marcadores químicos para seres humanos cuyo efecto sobre el organismo es muy poco conocido.

Para el gobierno francés se trata de “productos químicos codificados” e inofensivos que impregnan la piel, el cabello y la ropa de las personas a las que se dirigen durante un período que va de varias semanas a décadas.

Esta técnica represiva se ha utilizado muy pocas veces contra seres humanos. Su empleo ha sido reconocido en la 18 semana de protestas de los “chalecos amarillos”. Los marcadores químicos se difunden tanto en los cañones de agua como en los gases lacrimógenos.

Además de ellos, también se han detectado sustancias sicotrópicas en los gases CS, lo que convierte a la represión de los “chalecos amarillos” en un experimento a gran escala de nuevas técnicas de represión política.

Estas técnicas se han desarrollado en Gran Bretaña y son ampliamente utilizadas en Israel, donde los presos palestinos afirman haber contraído varios tipos de cáncer como resultado del marcado de su ADN o el uso de otras técnicas de control social que implican nanopartículas que pueden haber dañado el material genético de las células de su cuerpo.

El gobierno francés ha admitido usar marcadores químicos contra los manifestantes como un experimento durante las manifestaciones del 1 de mayo de 2018, sin advertir a la población de que eran objeto de un experimento.

Los defensores de tales técnicas aseguran que los productos de marcado de ADN o ARN no suponen ningún peligro para la salud.

Sin embargo, en 2014 la policía de Ucrania experimentó con bombas de gas que contenían LSD suministradas por una empresa israelí contra manifestantes en Kiev y el resultado fue catastrófico: algunos comenzaron a sufrir convulsiones violentas antes de lanzarse contra los vehículos de la policía, lo que requirió el uso de munición real para detenerlos.

En Brasil la policía experimentó en 2016 con productos químicos contra manifestantes, pero salió mal y la policía finalmente tuvo que reducir la protesta mediante el uso de armas de guerra. La sustancia química utilizada se asemejaba a una droga neurotóxica.

En Israel algunos gases utilizados contra los palestinos contienen alucinógenos y LSD, además de alteradores endocrinos para hacer que los manifestantes sean más violentos y justificar así el uso de francotiradores y fuego a muy alta velocidad (balas de aleación especial con una velocidad inicial de 1.200 metros por segundo).

Los gases que utiliza la policía en Francia incluyen CS (2-clorobencilideno malononitrilo), que es irritante. Recientemente han añadido también neurotóxicos que pueden alterar la capacidad de percepción y la conciencia.

Otros tipos de nanopartículas se utilizan cada vez más en las cargas policiales, pero su uso sigue siendo secreto porque incluso los policías que las utilizan no siempre saben la naturaleza de la munición.

Con los marcadores químicos de los manifestantes, el gobierno francés da un paso más en el control de las personas, hasta las raíces de su cabello y su ADN.

http://www.presos.org.es/index.php/2019/03/22/mas-represion-y-guerra-sucia-de-la-policia-francesa-marcadores-quimicos-y-neurotoxicos-en-sus-gases-lacrimogenos-y-los-casos-de-gran-bretana-ucrania-brasil-e-israel-por-juanma-olarieta

Más información:
– El lanzamiento de marcadores químicos contra los manifestantes (y 2)

El Congreso de los Pueblos de Extremo Oriente de 1922 convocado por la III Internacional

En noviembre del año pasado John Sexton publicó “Alliance of Adversaries: The Congress of the Toilers of the Far East” en el volumen 173 de Historical Materialism Book, una edición comentada de las actas del Congreso de los Pueblos de Extremo Oriente que en 1922 organizó la Internacional Comunista en Moscú (*).

La importancia de la obra no puede ser mayor, sobre todo para quienes se interesan por la historia del movimiento comunista internacional, en general, y su línea política respecto a lucha contra el colonialismo, en particular, una cuestión sobre la que se olvida lo esencial: hace 100 años la Internacional Comunista y la URSS cambiaron el mapa del mundo de manera definitiva.

Los congresos de la III Internacional, el Congreso de Bakú en 1920 y el de los Pueblos del Extremo Oriente dos años después pusieron a la clase obrera al frente de un desafío histórico que fue a la vez revolucionario e internacionalista.

Hasta entonces ninguna organización de ningún tipo había emprendido una tarea semejante. No había ningún tipo de experiencias al respecto, por lo que los comunistas tuvieron que empezar prácticamente desde cero y, desde luego, que avanzaron en medio de polémicas internas de una intensidad que nos podemos imaginar.

El Congreso fue bastante diferente del de Bakú, que se había celebrado mientras la guerra civil seguía su curso; la ciudad sólo había estado en manos los soviets durante unos meses. En 1922 la situación militar era mucho mejor. El clima diplomático también se había calmado y los imperialistas invitaron a Rusia a la conferencia internacional de Génova.

En Bakú la mayor parte de los 2.000 delegados pertencían a poblaciones de la propia URSS y países vecinos del sur, con unas 37 nacionalidades representadas, mientras que el Congreso de los Pueblos del Extremo Oriente sólo participaron 150 delegados de los partidos comunistas de Indonesia, India, Mongolia, China y Japón. En aquel momento los dos primeros países aún eran colonias de Holanda y Gran Bretaña y Mongolia era un país emergente que debía su liberación a la Revolución de 1917 y al posterior estallido del movimimiento antimperialista en China.

La derrota de Rusia en la Guerra con Japón de 1905 fue fundamental para el surgimiento de la lucha contra el colonialismo en Asia porque demostró que era posible derrotar a los europeos. A partir de entonces Japón fue un país visto con mucha simpatía. Los nacionalistas asiáticos se hicieron projaponeses y salieron de la férula de unos imperialistas, los europeos, para acabar en la de otro, los japoneses.

El imperialismo japonés utilizó una retórica antiimperialista para justificar su expansionismo. En 1905 Sun Yat-sen creó el Tongmenghui, predecesor del Kuomintang, en Tokio. La reunión se celebró en la casa de Uchida Ryohei, un reaccionario japonés que, posteriormente, fue de los primeros que se lanzó a la conquista del norte de China.

Al mismo tiempo, Japón se había convertido rápidamente en una potencia imperialista particularmente rapaz y se había involucrado a fondo en la guerra civil rusa, apoyando a los peores criminales de la reacción zarista. Con mucho, tuvo el mayor contingente de tropas que lucharon contra los soviets durante la guerra civil. Había colonizado Corea, tenía la vista encima de China, Siberia y Mongolia.

En fin, Japón era una amenaza en el Extremo Oriente, aunque la Internacional Comunista pronosticó que su rivalidad con Estados Unidos conduciría a una nueva guerra mundial, como así ocurrió.

El Congreso de los Pueblos del Lejano Oriente fue una réplica a la Conferencia Naval de Washington, que incluyó el Lejano Oriente en su orden del día, y que excluyó a la URSS. Fue presidida por G.I.Safarov, responsable del departamento del Lejano Oriente de la Internacional Comunista, que leyó el informe inaugural, en el que reiteraba las posiciones anticoloniales aprobadas por el II Congreso y, en especial, la necesidad de un frente común con los nacionalistas asiáticos, algunos de los cuales, como los chinos, estaban presentes en el acto.

Más allá de los principios generales, la línea política seguía siendo discutida, por lo que se reprodujeron los mismos debates y las mismas posiciones, en particular sobre las relaciones con los nacionalistas y, en concreto, en China.

Algunas cuestiones, como el caso de Mongolia, ilustran la complejidad del problema. Los nacionalistas chinos siempre han considerado a Mongolia como una parte de China. El país había conquistado su independencia gracias al zarismo. Se impuso un gobierno teocrático que, durante la guerra civil rusa, amparó a lo peor reacción blanca. Con la victoria del Ejército Rojo, en 1921 cayeron tanto la teocracia local como los blancos rusos.

El gobierno soviético era partidario de la independencia, aunque una parte de la Internacional Comunista defendía su incoporación a China, entre ellos Joffé, que dirigía una parte del Departamento del Extremo Oriente. Según Joffé, el gobierno soviético reproducía los errores del zarismo al reconocer la independencia de Mongolia y, además, se enfrentaba a los nacionalistas chinos.

En 1924 Sun Yat-sen y Joffé llegaron a un compromiso de filigrana que -más o menos- admitía que, aunque la soberanía correspondía a China, Mongolia era un país independiente. En todos los tratados, la URSS siempre obligó al Kuomintang a pasar por aquel acuerdo y aún hoy en Taiwán reprochan a Mao Zedong y al Partido Comunista de China de “entregar” a Mongolia.

La línea política de la Internacional Comunista en China estuvo condicionada por la necesidad de disponer sobre el terreno de un dique frente al expansionismo japonés, uno de cuyos baluartes debía ser el Kuomingtang, es decir, los nacionalistas chinos. Para ganárselos, la Internacional Comunista hizo toda clase de concesiones, algunas de ellas inimaginables en a actualidad. Fue una historia de desengaños desde el principio. Cuando los japoneses invadieron China, la preocupación principal de los nacionalistas seguía siendo la de exterminar a los comunistas.

La tarea de hacer frente a Japón fue obra de los comunistas chinos.

(*) https://doi.org/10.1163/9789004280670, http://www.historicalmaterialism.org/node/962

Más información:

— Llamamiento a la yihad de la Internacional Comunista
— La intervención de las potencias imperialistas en la guerra civil rusa (1918-1920)
— El incidente de Xian

Las predicciones científicas a la luz del materialismo

Juan Manuel Olarieta

Cuando se lee con un mínimo de atención cualquier clase de información sobre el clima de la Tierra, llama la atención que la mayor parte de las veces las conclusiones se apoyan en modelos o simulaciones informáticas.

Es algo que se repite bastante en la actualidad en numerosas disciplinas científicas, que cada vez recurren más al ordenador que a la observación de la realidad, al laboratorio que a los trabajos de campo.

Un modelo climático (denominado MGC o modelo climático planetario) no es diferente de un programa de ordenador, eso que a veces se describe con el oxímoron de “realidad virtual”. En el mejor de los casos, no es la realidad sino un intento de simplificarla. En otros es una deformación grosera de esa misma realidad.

Decía Marx que la modelización diferencia al hombre del resto de los animales. A diferencia de la abeja que construye un panel hexagonal con una precisión milimétrica, antes de levantar un edificio el arquitecto dibuja los planos. Antes de construir una nave espacial, los ingenieros hacen maquetas a escala reducida para probarla.

En medicina se llaman “ensayos clínicos”. Una vacuna que no supera un ensayo no se suministra ni al ganado; una nave que no supera una prueba, no se construye porque, en caso contrario, corre el riesgo de estallar más temprano que tarde.

Lo mismo ocurre con los modelos científicos. Los materialistas deberían saber muy bien lo que es el mundo real y lo que es ficción. La ciencia obtiene sus conclusiones de la realidad mientras que los modelos proyectan sobre ella una serie de concepciones establecidas de antemano. Todo modelo científico tiene un componente tautológico que crea una ilusión: da una apariencia de “demostración” de antemano de lo que pretende demostrar.

Son como las hipótesis: no demuestran nada, tienen que ser demostradas o, en otras palabras, lo que hay que demostrar es que el modelo se acerca a la realidad o la describe con una buena aproximación, con un margen de error tolerable.

Un territorio no es un mapa. La realidad tampoco se puede introducir en un laboratorio. A veces incluso cuando las pruebas “in vitro” salen bien, las pruebas “in vivo” no funcionan conforme a las expectativas.

Hay cientos de variables que afectan al clima, tales como la atmósfera, el océano, el hielo, la superficie terrestre, las erupciones volcánicas o las radiaciones solares. Además de variables hay mediciones, más o menos precisas, que  se introducen en ellas.

Sin embargo, los modelos climáticos que se han utilizado hasta la fecha sólo incluyen un número muy reducido de variables y, en el colmo del reduccionismo, a los más cutres les oímos a veces hablar de una única: las emisiones del CO2 a la atmósfera.

Pero en el estado actual de la técnica, un modelo climático no mejoraría aunque se incluyeran muchas más variables y más parámetros, porque daría más errores y errores más sustanciales.

En esas condiciones tampoco sería posible calcular el futuro del clima sobre la Tierra porque los ordenadores más potentes que se han construido tardarían décadas en hacer los cálculos. Sería más rápido esperar “a ver qué pasa” que esperar a que un ordenador haga los cálculos.

Diversos organismos nacionales e internacionales llevan 30 años financiando unos modelos climáticos que son extraordinariamente limitados. Uno de los primeros modelos, muy simple, se probó en el viejo ordenador ENIAC. Al principio no tenían en cuenta los factores oceánicos, por ejemplo. Con el paso del tiempo, a medida que los ordenadores son más potentes, se introducen más variables y mediciones más precisas, que también han ido cambiando con el tiempo.

Actualmente los climatólogos utilizan casi 50 modelos climáticos diferentes, lo cual ya es un poco extraño porque si las leyes de la física son las mismas en todas partes, no se entienden las diferencias sustanciales que hay entre ellos (por no hablar de contradicciones).

Un modelo no es muy diferente de un programa de ordenador. Los informáticos saben que -la mayor parte de las veces- los ordenadores no dan sorpresas, no devuelven nada diferente a lo que se introduce en ellos y lo que se espera que respondan. Eso significa también que con diferentes modelos los mismos datos devuelven resultados diferentes.

Pero es que los datos también dejan mucho que desear. Las mediciones no son uniformes y la mayor parte de ellas son estimaciones, “a ojo de buen cubero”. Los datos “en bruto” se ajustan y se calibran en función de los propios resultados que se van obteniendo y, en cualquier caso, con un alto grado de arbitrariedad (1). Es un caso de “cocina estadística” que se puede calificar con más o menos elegancia. En un artículo Frederic Hourdin la llamó “El arte y la ciencia de afinar los modelos climáticos”(2). En una encuesta, 22 de los 23 principales centros de modelización climática confesaron a Hourdin que calibraban los parámetros para obtener lo que buscaban.

Hay, pues, un importante sesgo subjetivo y así podríamos seguir enumerando otras limitaciones de los modelos, diciendo cosas elementales, como que se pretenden obtener predicciones para el siglo XXI con datos del siglo XX. Por ejemplo, los modelos climáticos suponen que la actividad volcánica en los próximos 100 años será como ha sido hasta ahora.

A pesar de los enormes esfuerzos (y el dinero) desplegados hasta la fecha, los modelos climáticos utilizados son erróneos. El propio IPCC ha reconocido que “en la investigación y modelización climática, debemos reconocer que se trata de un sistema caótico no lineal acoplado y, por lo tanto, que la predicción a largo plazo de los estados climáticos futuros no es posible”(3).

La conclusión del IPCC es, una vez más, desastrosa. Una realidad compleja les conduce a arrojar la toalla. El clima no es “caótico” y, como cualquier otro fenómeno natural, se rige por leyes y, por consecuencia, se pueden hacer modelos y predicciones.

Los modelos son muy interesantes para la ciencia, incluso aunque fracasen, entre otras cosas porque se aprende mucho de los errores, desde luego más que de los aciertos. Lo mismo que un acelerador de partículas o un experimento de laboratorio, un modelo permite observar fenómenos que son imposibles de comprobar sobre el terreno.

Tan erróneo es asegurar que los modelos actuales son un acierto como decir que nunca se va a conseguir diseñar un buen modelo. Que los elaborados hasta ahora hayan fallado no significa que vayan a fallar siempre. Cualquier modelo vale lo que sus premisas y los climáticos no han fracasado sólo porque sus conclusiones no sean exactas, ya que la exactitud no existe, sino porque sus premisas son erróneas.

Ninguna ciencia puede renunciar a hacer predicciones y, por lo tanto, los científicos seguirán construyendo modelos de todo tipo, lo mismo que los millonarios siguen financiando programas informáticos para predecir las cotizaciones futuras de sus acciones en el mercado de valores, que son mucho más sencillas que el clima. De hecho, hoy la mayor parte de las compraventas de acciones las hacen los ordenadores de manera casi automática y cada corredor de bolsa tiene sus propios programas informáticos para hacerlo, lo que se corresponde a otros tantos modelos sobre el funcionamiento del mercado de valores.

Aunque el IPCC deja claro que “la predicción a largo plazo de los estados climáticos futuros no es posible”, los patanes dicen todo lo contrario para apoyar su rídícula seudociencia: “Los modelos permiten hacer proyecciones de cambio climático para los próximos siglos”, dice David Barriopedro, miembro del Instituto de Geociencias, naturalmente para acabar concluyendo que el calentamiento es “imparable” (4).

Como el resto de los humanos, algunos científicos no logran escapar de sus propias ilusiones. No hay nada más tradicional que engañarse a sí mismo.

Si en lugar del clima estuviéramos hablando de las maquetas de naves espaciales que no han superado ninguna de las pruebas a las que les han sometido los ingenieros aeroespaciales, nadie se metería en una de ellas para salir al espacio exterior.

(1) http://www.sciencemagazinedigital.org/sciencemagazine/28_october_2016?sub_id=rhBdITkIMETR&u1=16468821&folio=401&pg=17#pg17
(2) The Art and Science of Climate Model Tuning, http://journals.ametsoc.org/doi/full/10.1175/BAMS-D-15-00135.1
(3) IPCC Working Group I, The Scientific Basis §14.2.2.2, 2007
(4) https://www.eldiario.es/sociedad/Modelos-climaticos-calentamiento-imparable_0_757324929.html

Las 12 tribus -o más- de Israel: el racismo, el sionismo y el fascismo van de la mano

Israel tiene muchas más de 12 tribus. No hay un pueblo judío como no hay un pueblo cristiano ni un pueblo musulmán sino poblaciones distintas unidas sólo por los mismos ritos religiosos, como argumentó convincentemente Shlomo Sand hace unos años (1).

Los judíos no son una nación, ni una etnia, ni una raza, ni lo han sido nunca. Son pueblos diferentes que practican una misma religión que, además, fue la primera de tipo expansionista. El judaísmo surgió en el mismo lugar donde surgieron las demás religiones monoteístas, en Oriente Medio, desde donde se extendió hacia otros lugares poblados por habitantes diferentes.

Los judíos no marcharon a la diáspora expulsados de sus tierras ni por el Imperio Romano ni por nadie. El mito de un exilio que ha durado 2.000 años es un relato bíblico puramente fantástico. Como las demás religiones monoteístas lo que los judíos expanden son sus propias creencias, que pasan de unos pueblos a otros, lo que demuestra que no se trata -en absoluto- de una religión “cerrada” sobre sí misma, una especie de secta, como se ha hecho creer.

La historia no conoce ningún caso parecido de una población que haya sobrevivido tanto tiempo a tantas vicisitudes históricas, por más que se trate del “pueblo elegido por dios”. Como los seres humanos, los pueblos nacen, se desarrollan, se entremezclan y fenecen o son absorbidos por otros. Por eso son historia, pasado y presente.

Lo mismo ocurre con las ideologías y las creencias, que se desplazan tanto o más que las poblaciones. Unos pueblos asimilan las costumbres y ritos de otros, pierden las suyas o las entremezclan.

Como en otros casos, la ideología se superpone a la historia engendrando leyendas más o menos irreales. A veces esas ideologías sirven para mantener la identidad colectiva del propio pueblo. Otras las fabrican sus enemigos que, en muchas ocasiones, son sus propios vecinos y alcanzan también a la religión vecina.

El mito del “judío errante”, por ejemplo, es un invento cristiano del siglo XIII que dio lugar a una abundante colección de relatos literarios antisemitas. Los judíos mataron a Cristo y fueron condenados a la inmortalidad. Debían expiar una culpa eterna vagando por el mundo.

El reino de Jazaria

El reino de JazariaEntre el siglo VIII y el IX se judaizó el reino de Jazaria, que comprendía el norte del Cáucaso y la orilla oriental del Mar Negro, alcanzando buena parte de lo que hoy es Ucrania. Posiblemente la mayor parte de los jázaros eran pueblos turcos y eslavos entre los que se impuso el idioma yiddish. En el siglo XII el reino desapareció como tal a causa de las invasiones mongolas, que empujaron a sus habitantes hacia el oeste. De ahí que las fuentes historiográficas más antiguas sobre la presencia de los judíos en Europa daten del siglo siguiente.

Hacia 1900 la inmensa mayoría de los judíos, un 80 por ciento, no vivían en Palestina sino en Europa del este. Pero no eran emigrantes, no se habían desplazado procedentes de otro lugar, aunque las ideologías racistas que empezaron a surgir entonces, entre ellas el sionismo, dijeran lo contrario.

Según los sionistas, la especie humana se podía subdividir en razas diferentes y los judíos eran una de ellas.

En 1940 el régimen fascista de Vichy fabricó una “raza judía” diferente de la francesa, aunque en realidad se remitía a los ancestros: son judíos los hijos de padres judíos. Entonces, ¿cuándo eran judíos los padres? La respuesta remitía a la religión: cuando practicaban los ritos judíos. En caso de duda, el sospechoso debía demostrar que no lo era, por ejemplo, aportando un certificado de bautismo, aunque no siempre eso le libraba de la deportación.

A una intrincada legislación racista le sucedió en Francia un diluvio de litigios judiciales, con todo tipo de casos contradictorios, por ejemplo sobre los judíos no practicantes, los conversos, los híbridos…

En la medida en que la expresión “raza” adquirió un tono peyorativo en 1945, se utilizaron otras alternativas para llegar a la misma conclusión: había un pueblo judío, los judios forman una nación, tienen derecho a regresar a “su tierra”, etc.

Pero el mito de la nación judía es tanto un invento del sionismo como del fascismo y conduce a las mismas conclusiones: a la limpieza étnica y a la creación de un Estado confesional. Cada cual debe ubicarse en su propio país porque todos los pueblos tienen un territorio adscrito y si no lo tienen, hay que crearlo, como en el caso de Israel.

Cuando los libros de historia dicen que hace 500 años los españoles expulsaron a los judíos o a los moriscos, parece que hablan en tercera persona. Nadie extrae la conclusión de que unos españoles expulsaron a otros de sus casas, de sus tierras y de su país.

Toda la verborrea sobre el holocausto no ha explicado lo más simple: ¿cómo lograron los nazis diferenciar a un alemán de otro alemán para enviarle a un campo de concentración?, ¿cómo lo hicieron los vichystas franceses?, ¿y los franquistas?

No lo lograron porque era imposible. Por eso en 2002 Bryan Mark Rigg calculó que unos 150.000 judíos, que los nazis denominaban “mischling” (híbridos), sirvieron en la Wehrmacht. No eran mestizos; eran tan alemanes como los demás y, desde luego, se sentían ajenos a las víctimas que enviaban a los campos de concentración (2). Entre los “mischling” hubo un mariscal de campo, 21 generales y 7 almirantes. Lo mismo cabe decir de otras instituciones públicas del III Reich de las que los judíos formaron parte.

La foto que ilustra la portada del libro de Rigg es tópica desde los tiempos del III Reich: un apuesto soldado alemán en quien se podía adivinar un cabello rubio y ojos azules bajo su casco nazi. Se trataba de Werner Goldberg, un inequívoco apellido judío.

La madre del coronel Walter Hollander era judía, pero Hitler le entregó personalmente un certificado de “arianidad” que, por si cabían dudas, le convirtió en alemán “de pura cepa” por arte de magia.

Hay ideologías en las que casi todo cumple unas funciones mágicas. En 1940 el III Reich publicó un decreto ordenando que todos los soldados que tuvieran dos abuelos judíos debían abandonar el ejército. No se cumplió nunca por el mismo motivo: no se podía cumplir.

Como no hay desafío mayor que cumplir lo imposible, en 1943 los nazis repitieron el intento y volvieron a ordenar que los “mestizos” salieran de filas. Al año siguiente volvieron a la carga y elaboraron un listado de 77 generales “judíos”, o medio judíos, o con antepasados judíos…

Las concepciones racistas de los nazis eran absurdas, lo mismo que las de los sionistas. En todos los países del mundo la condición judía no estaba en la sangre ni en los cromosomas. No era más que una etiqueta que ponía quien tenía el poder para hacerlo. Los primeros sorprendidos fueron aquellos obligados a padecerla. Bajo el III Reich dejaron de ser alemanes para ser otra cosa. Pero los nazis no pusieron la etiqueta sólo a los judíos; tampoco se la pusieron a todos los judíos.

Ocho apellidos judíos

A los franquistas les ocurrió lo mismo. En mayo de 1941 José Finat Escrivá de Romaní, conde de Mayalde, Director General de Seguridad, envió a los gobernadores civiles la orden de elaborar un listado de los “israelitas” que había en cada provincia. “Las personas objeto de la medida que le encomiendo han de ser principalmente aquellas de origen español designadas con el nombre de sefardíes, puesto que por su adaptación al ambiente y similitud con nuestro temperamento poseen mayores garantías de ocultar su origen y hasta pasar desapercibidas sin posibilidad alguna de coartar el alcance de fáciles manejos perturbadores”, decía la orden.

Los franquistas tampoco eran capaces de diferenciar a un judío de un español “genuino”. La Gestapo estaba tras la pista de uno de ellos, Samuel Ros, un falangista que escribía en el diario “Arriba”. Estaba tan integrado que no había manera de diferenciarlo de cualquier otro fascista.

Claro que, como diría un jurista, había un fuerte indicio: el apellido. En Francia si alguien tenía un patronímico como “Cohen” no se libraba de la deportación ni aunque le hubiera bautizado el obispo más consagrado. La cuestión es que la ley judía es matrilineal y son judíos los hijos de madre judía; el primer apellido no significaba nada. Ahora bien, ¿qué fascista tenía en cuenta la ley judía?

Son los absurdos del racismo. Hasta el siglo XX los apellidos no sólo no se imponían a nadie sino que se podían cambiar, por lo que no denotan un origen de manera necesaria, de manera que los hijos adoptivos no tomaban el apellido de sus padres biológicos.

A la inversa, los apellidos de los judíos sefardíes españoles no tienen nada que ver con los askenazíes alemanes.

No obstante, el rastro del racismo llega hasta hoy. Por ejemplo, España no permite recuperar la nacionalidad a los moriscos que fueron expulsados hace 500 años, pero sí a los judíos sefardíes. Sin embargo, ¿cómo pueden demostrar su origen español? Uno de los recursos más fáciles es el mismo de siempre: el apellido. En internet hay sitios -sionistas algunos de ellos- que hacen listados de estos apellidos, que superan los 5.200, aunque los propios amantes de los listados advierten: “En España, salvo excepciones, no puede haber apellidos hebreos. Debido a las conversiones forzadas y los estatutos de limpieza de sange, los judíos tuvieron que cambiar de apellidos y de nombres” (4).

Así que llegamos al siglo XXI y seguimos como al principio. Tanto los fascistas como los sionistas siguen haciendo listados de judíos, que primero sirvieron para expulsarles de su país, luego para enviarles a los campos de concentración y ahora para darles (¿devolverles?) la nacionalidad.

Los mismos que los elaboran no ocultan su origen: “Estos apellidos están sacados de las listas de penitenciados por el Santo Oficio”, previenen. La maldita Inquisición nos sigue torturando 500 años después y seguimos haciendo listados, aunque la lista de Schindler es como la de “los 10 más buscados por el FBI”: no están todos los que son ni son todos los que están. Ocurrió en el III Reich como en la España actual: no hay ningún listado de judíos sino de quienes fueron expulsados hace 500 años acusados de ello por la Inquisición.

(1) When And How The Jewish People Was Invented?, Resling 2008.
(2) Bryan Mark Rigg, Hitler’s Jewish Soldiers, traducido al castellano: La tragedia de los soldados judíos de Hitler, Inédita Editores, 2009.
(3) https://elpais.com/diario/2010/06/20/domingo/1277005953_850215.html
(4) https://www.tarbutsefarad.com/apellidos-judios/lista-apellidos-judios.html

La hegemonía imperialista de Estados Unidos es la capacidad que tiene para influir sin ser influido

La capacidad intoxicadora de las grandes cadenas del periodismo es tal que pueden darle una vuelta de 180 grados a la historia hasta el punto de que las víctimas aparecen como culpables y al revés.

La víctima es Estados Unidos, un país siempre rodeado de enemigos y envidiosos, agredido y atacado, obligado a defenderse, que no quiere la guerra, pero le obligan… Es la fábula de Pearl Harbour en 1941.

Estados Unidos se entromete en los asuntos internos de todos los países de mundo, pero nadie puede hacer lo mismo en Estados Unidos. La intoxicación empieza cuando cualquier injerencia se magnifica como “casus belli”. Pero si la guerra es necesaria, ni siquiera hace falta injerencia porque son capaces de inventarse una.

Es el caso de la intervención del Kremlin en la elección presidencial de 2016. Tres años después la comisión del Senado que la ha investigado no ha encontrado absolutamente ninguna prueba (1).

Pero la falta de pruebas no es noticia ni lo será nunca, de manera que la mentira puede seguir funcionando en el vacío con los mismos efectos que si fuera verdad, a saber, que Estados Unidos (y el mundo entero) se defienden de una agresión procedente de Rusia.

Dicha mentira, repetida sin desmayo, no sólo tiene efectos coyunturales sobre la actualidad sino que distorsiona la historia. Desde la Revolución Rusa de 1917 Estados Unidos ha estado interfiriendo en los asuntos internos de la URSS/Rusia, una política que ha recibido el nombre de “Guerra Fría”.

De 1917 a 1933 Washington no sólo no reconoció oficialmente al gobierno soviético sino que, además, envió 8.000 soldados a Siberia para participar en una “guerra civil” que tenía por objeto derribarlo por motivos más que conocidos.

La llegada de los nazis al gobierno en Alemania y la posterior guerra mundial cambiaron temporalmente la ecuación, hasta 1945, cuando Estdos Unidos institucionalizó la injerencia con las bases militares de la OTAN, las operaciones encubiertas de la CIA y una red de radios de onda corta que emitían las 24 horas diarias en todos los idiomas soviéticos, empezando por el ruso.

Hasta hace 30 años la injerencia imperialista se justificó por la existencia de la URSS como país socialista. Pero la situación no cambió cuando la URSS desapareció, sino todo lo contrario. Bajo la bandera de “promover la democracia”, Estados Unidos aprovechó que le abrieron las puertas y en tiempos de Yeltsin intentó convertir a Rusia en una colonia económica, política y mediática, una situación que Putin sólo ha remontado parcialmente.

En 1996 Yeltsin ganó unas elecciones que tenía perdidas gracias al apoyo político, mediático y económico de Clinton. Los imperialistas se apoderaron de empresas estratégicas, infraestructuras, minas, yacimientos y bancos. Crearon nuevos medios de comunicación y se apoderaron de otros ya existentes. Tejieron una tela de araña de ONG al servicio del espionaje…

Es una obviedad constatar que los medios de difusión rusos informaron de las elecciones de 2016 en Estados Unidos. También es obvio constatar que numerosas centros de investigación, sobre todo estadounidenses, han medido el impacto electoral de dicha información. Finalmente, es harto conocido -para quien quiera enterarse- que dicho impacto ha sido prácticamente nulo porque la capacidad de Estados Unidos para influir en una elección en Rusia es muy superior a la de Rusia para influir sobre Estados Unidos.

Por eso precisamente se dice que Estados Unidos es una potencia hegemónica: porque influye sobre cualquier país muchísimo más de lo que ese país puede influir sobre ella.

A finales del pasado año Aaron Maté publicó un artículo en The Nation con conlusiones muy contundentes: “Nuevos estudios demuestran que los expertos se equivocan sobre la participación de los medios sociales rusos en la política estadounidense”. Como es natural, Maté calificaba a la información de los medios rusos como “propaganda” y decía de ella que había sido de reducidas dimensiones, nada sofisticada, propia de aficionados “y en su mayor parte no relacionada con las elecciones de 2016”.

Pero que a nadie le quepa ninguna duda: la intoxicación logra que el mundo -casi en su totalidad- comulgue con ruedas de molino.

(1) https://www.nbcnews.com/politics/congress/senate-has-uncovered-no-direct-evidence-conspiracy-between-trump-campaign-n970536
(2) https://www.thenation.com/article/russiagate-elections-interference/

Sanciones económicas, embargo, bloqueo: guerra imperialista

Cuando el periodismo se llena de eufemismos es para bajar el telón, apagar las luces y que la oscuridad llene el escenario del mundo. Ahora hablan de “sanciones económicas” y antes de “embargo” para referirse a un bloqueo, es decir, a un acto de guerra, lo que antiguamente se calificaba como “asedio”.

La nueva terminología oculta que el mundo está en guerra y, a partir de ahí, oculta todos los demás elementos fundamentales de la misma. Oculta, por ejemplo, que quien impone el bloqueo es el imperialismo, las potencias que tienen la capacidad para ejecutarlo. Pero también oculta que las víctimas del bloqueo no son los soldados del enemigo sino la población civil.

El bloqueo, pues, no es en nada diferente a ninguna guerra imperialista, aunque resulta particularmente odioso. No hay más que recordar el “embargo” impuesto a Irak en la década de los noventa, que costó la vida a cientos de miles de personas inocentes, esas con las que las noticias se llenan la boca, como si su suerte les importara.

Como en la Venezuela actual, el “embargo” a Irak tuvo su contrapartida “humanitaria”, que en aquella ocasión se llamó “petróleo por alimentos”. El imperialismo te quita con una mano lo que te da con la otra para demostrar su buen corazón. La ONU lo avala con la doctrina R2P: las grandes potencias tienen el deber de “socorrer” a las pequeñas.

La “ayuda humanitaria” opera así retroactivamente como una fuente inagotable de noticias que ponen el acento en las víctimas, a quienes se presenta como “Estados fallidos”. Los papeles se intercambian y la responsabilidad del caos no es del agresor, sino todo lo contrario. Los imperialistas son benefactores de la humanidad.

Desde 1962 el bloqueo de Cuba, impuesto por Estados Unidos, le ha costado al país 134.499 millones de dólares. Desde 1992 la ONU ha aprobado 26 acuerdos para poner fin al bloqueo, pero todo ha sido inútil, salvo para que algún reportero o turista despistado se sorprenda de la carestía que padece la Isla que, naturalmente, se aliviaría levantando el bloqueo.

Repasar el listado de países bloqueados, tanto en la actualidad como a lo largo de la historia, resultaría ilustrativo del alcance de los tentáculos del imperialismo. Lo mismo cabe decir de quienes se convierten en bloqueadores de segunda mano para complacer a sus amos de Washington.

El bloqueo expresa el peso económico de Estados Unidos en el capitalismo actual. A diferencia de otro tipo de armas, que atemorizan sólo por el hecho de poseerlas, el bloqueo es creíble por la retorsión que supone para quien tiene la tentación de sortearlo, como se ha puesto de manifiesto en el caso de Irán. Los grandes monopolios europeos están sometidos a un chantaje ante el que la Unión Europea y cada uno de los países que la forman se han mostrado impotentes: quien negocie en Irán no negocia en Estados Unidos.

No hay nada más lejos del “neoliberalismo” que ese tipo de imposiciones, a las que hay que añadir la extraterritorialidad de las leyes y los tribunales estadounidenses, cuyas decisiones se aplican en el mundo entero.

Las instituciones que dirigen el capitalismo en el mundo son muy conocidas, y también es conocido que no tienen la condición internacional con la que se presentan porque, a su vez, están dirigidas desde Estados Unidos. No obstante, hay algunas, como la OFAC (Office of Foreign Assets Control), a las que no se les suele prestar tanta atención. La OFAC gestiona las sanciones económicas que los imperialistas mantienen contra distintos países.

Es un organismo del Departamento del Tesoro (Ministerio de Hacienda) que depende de la Oficina de Terrorismo e Inteligencia Financiera, una denominación que lo dice todo. Además de países, también hay empresas, organizaciones e incluso personas asimiladas al cajón de sastre del “terrorismo” y, en consecuencia, con ellas no se puede hacer el más mínimo negocio. En caso contrario lo de menos es la multa o el embargo de sus bienes porque el negociante puede acabar en la cárcel.

La OFAC lleva un control absoluto de cada una de las transacciones que se realizan en el mundo, o al menos lo intenta. Para ello mantiene un listado de SDN (Specially Designated Nationals o personas especialmente controladas) que se actualiza continuamente y que se puede consultar en internet (1).

Es una espada de Damocles impuesta al mundo entero por los mismos que alardean de ser los defensores del libre mercado. Recientemente WikiLeaks publicó el manual de operaciones de “guerra no convencional” aprobado por el Pentágono que no incurre en los eufemismos de la prensa. La terminología cambia mucho y es posible leer expresiones tales como “armas financieras”, “guerra económica” o alusiones al Banco Mundial, el FMI y la OCDE como intituciones a las que Estados Unidos puede recurrir para imponer su hegemonía en el mundo (2).

El martes el diario francés Le Figaro decía lo siguiente: “La segunda guerra de Siria ha comenzado. Una guerra que no se desarrolla en el terreno militar sino en el económico”(3). Hay países que están en guerra desde siempre, o que salen de una guerra para meterse en otra. Corea del norte está en guerra, Cuba está en guerra, Rusia está en guerra, Irán está en guerra, Venezuela está en guerra… El capitalismo actual no es más que una parte de la guerra permanente que Estados Unidos mantiene para defender su hegemonía mundial.

(1) http://www.treasury.gov/resource-center/sanctions/SDN-List/Pages/default.aspx
(2) https://file.wikileaks.org/file/us-fm3-05-130.pdf
(3) http://www.lefigaro.fr/international/2019/02/26/01003-20190226ARTFIG00257-l-amerique-et-l-europe-frappent-la-syrie-au-portefeuille.php

El capitalismo contra el arte y la cultura

Juan Manuel Olarieta

El paso del feudalismo al capitalismo cambió totalmente la posición social de la intelectualidad y de los productos que elabora en sus diversos campos: música, literatura, pintura… Hasta entonces el intelectual era un criado más de la aristocracia, los reyes, los príncipes y los nobles, a los que las hagiografías describen como “mecenas” y protectores de las artes y las letras.

El capitalismo es un “sálvese quien pueda”, una sociedad diseñada para los triunfadores. El producto de un intelectual se convierte en una especie singular de mercancía que, sin embargo, no es de las que Marx analiza en “El Capital”. Aparecen los “marchantes” que nada tienen que ver con el intelectual sino con su obra. Son los que la compran y venden. Un artista es bueno es bueno si vende mucho y es malo si vende poco, o vende barato, porque el valor de su obra es comercial. Lo dicta el mercado.

El intelectual ya no come la sopa boba. Como todos los demás, tiene que vivir de su trabajo, lo cual está al alcance de muy pocos, por lo que la inmensa mayoría se arruina, vive en la miseria, en los barrios más pobres de las grandes urbes.

Para que los intelectuales puedan vender su cultura (y su incultura), el capitalismo fabrica una de sus grandes entelequias jurídicas, la propiedad intelectual, que es hoy el fundamento de eso que califican como “industria cultural”, cinematográfica, musical, gráfica…

A partir de entonces son muchos los que se escudan en la defensa de la cultura para defender la industria cultural y la propiedad intelectual frente a los piratas y el plagio, no vacilando en imponerles castigos carcelarios.

A eso le llamaron “bohemia” a mediados del siglo XIX, un neologismo acuñado entonces por el francés Henri Murger, autor de “Escenas de la vida bohemia”. Nadie como los propios intelectuales han descrito mejor su vida y la de sus colegas como consecuecia de la penetración del capitalismo en la cultura.

En el siglo XIX la vida del intelectual era igual a la de cualquier artesano arruinado por la industria. Igual de miserable. Un ejemplo es Van Gogh, quien a lo largo de su vida pintó 900 cuadros pero sólo vendió uno de ellos, por más que ahora le califiquen de “genio”.

Las primeras obras de Van Gogh retrataban campesinos, tejedores y mineros. Una de sus primeras acuarelas se titula precisamente “Los pobres y el dinero”.

Las mejores obras de Gorki son autobiográficas, descripciones de un vagabundo que recorre Rusia.

Necesitado de una fuerza de trabajo cualificada, el capitalismo generalizó la enseñanza criando riadas de intelectuales que sobreviven con una dedicación diferente. Aunque para ellos la cultura no es más que un entretenimiento, se consideran su personificación misma. Incluso quisieran vivir de ella (vivir a costa de la cultura), dedicarse plenamente a ella.

Van Gogh retrató a los pobres comiendo patatas en una habitación miserable, como se ve en la imagen de cabecera. La cultura hoy es otra cosa muy diferente: un reflejo de los intelectuales, de la burguesía y la “industria” que la fabrica. Por eso lo que hoy es miserable es la propia cultura: porque refleja la miseria cultural de esa clase social a la que no le interesa el arte sino vivir de él.

Les cuadra como anillo al dedo la descripción que en “Ana Karenina” hizo Tolstoi de Esteban Arkadievich Oblonski, un “progre” de la pequeña nobleza rusa de la segunda mitad del siglo XIX:

“Profesaba firmemente las opiniones sustentadas por la mayoría y por su periódico. Sólo cambiaba de ideas cuando éstas variaban o, dicho con más exactitud, no las cambiaba nunca, sino que se modificaban por sí solas en él sin que ni él mismo se diese cuenta.

“No escogía, pues, orientaciones ni modos de pensar. Antes dejaba que las orientaciones y modos de pensar viniesen a su encuentro, del mismo modo que no elegía el corte de sus sombreros o levitas, sino que se limitaba a aceptar la moda corriente. Como vivía en sociedad y se hallaba en esa edad en que ya se necesita tener opiniones, acogía las ajenas que le convenían. Si optó por el liberalismo y no por el conservadurismo, que también tenía muchos partidarios entre la gente, no fue por convicción íntima, sino porque el liberalismo cuadraba mejor con su género de vida”.

Oblonski, concluye Tolstoi, buscaba “el olvido en el sueño de la vida”.

En su obra “El tejedor en el telar”, pintada en 1884, Van Gogh desdobla la sociedad de su época.
Al fondo, el viejo mundo campesino. En primer plano, el artesano como apéndice humano del telar.

El ‘izquierdismo contrarrevolucionario’ es un viejo diseño de la CIA que sigue de plena actualidad

No nos hubiera debido sorprender tanto la preocupación de la CIA por impulsar a determinados artistas e intelectuales. Los espías de Langley se convirtieron en los mayores mecenas de la cultura que ha conocido la historia. No hubo materia en la que la CIA no metiese la cuchara, como lo prueba el hecho de que se sigan desclasificando documentos, hasta ahora reservados, en los que notorios escritores aparecen generosamente recompensados (*).

El encargado de esta tarea, Thomas W. Braden, lo expresó bastante claramente en 1967: “Me acuerdo de la enorme alegría que sentí cuando la Orquesta Sinfónica de Boston [subvencionada por la CIA] suscitó en París más entusiasmo por Estados Unidos del que John Foster Dulles [secretario de Estado] y Dwight D. Eisenhower [Presidente] hubieran podido lograr con cien discursos”.

La cultura es muy importante para el imperialismo. Por eso la palabra “inteligencia” ha llegado a ser tan dual que lo mismo se refiere a un intelectual que a un espía. Nadie hubiera podido sospechar hasta qué punto en Langley fabrican música, pintura, libros, universidades, becas, bibliotecas, doctrinas, películas y periódicos tanto como Golpes de Estado, tortura y asesinatos en masa. A pesar de ello, tenemos una tendencia “natural” a vincular a la CIA con esto último, pero no tanto con lo anterior.

También tenemos otro vicio más: nos creemos que la CIA sólo genera facherío, reacción, que promociona a escritores de esos a los que se les ve venir desde lejos. ¡Qué error! Los espías son mucho más inteligentes; de ahí viene su nombre. Lo que fabrican son ese tipo de escritores que tanto les gusta leer a los universitarios, como Foucault, por poner un ejemplo de “izquierdista contrarrevolucionario”.

El aparato ideológico de la CIA tenía oficinas en 35 países, publicó docenas de revistas, financió editoriales y libros, organizó conferencias internacionales, exposiciones de arte, espectáculos, conciertos, premios culturales y organizaciones encargadas de dirigir toda esa actividad, como la fundación Farfield. No es cosa del pasado. Toda esa producción cultural sigue pesando en lo que se está escribiendo ahora mismo.

Un informe de 1985 que se ha logrado desclasificar parcialmente pone nombres y apellidos a muchos de los intelectuales subvencionados, entre los que cabe destacar a ilustres personajes como Jacques Lacan o Roland Barthes.

Sobre todo en Europa occidental, la CIA creó esas corrientes que en los sesenta fueron calificadas como “nueva izquierda”, ese tipo de movimientos seudoprogresistas que hoy están tan en boga. Son los que se definen a sí mismos como marxistas, pero no aceptan lo que a la CIA le importaba realmente: la URSS, lo que se llamó el “socialismo real”, algo execrable justamente porque era una realidad, no una utopía.

Las subvenciones de la CIA crearon el mito del “stalinismo”, para lo cual recurrieron a fabricar renegados, en cuyo nombre escribieron biografías y memorias de desengaño o decepción, personajes que fueron pero dejaron de ser: “yo también fui comunista”, “yo viví en la URSS”, “era muy joven y me engañaron”…

Unos decían que la experiencia práctica del socialismo era mala; los otros que también la teoría lo era. En medio de la caza de brujas en Estados Unidos o de los Golpes de Estado de Irán, Guatemala, Brasil o la República Dominicana, la “nueva izquierda” se obsesionó con la URSS y ahí sigue. No importa que ya no exista: hay que recordar al mundo que existió y que no fue algo bueno para la humanidad, que no se debe repetir.

La “nueva izquierda” es el mensaje que la CIA dejó para que en el futuro los intelectuales siguieran combatiendo, como el Cid Campeador, al socialismo real después de muerto, incluso sin necesidad de subvenciones, por su propio impulso. Los espías dejaron el trabajo hecho en la Guerra Fría; no queda más que repetir la misma monserga.

(*) https://www.cia.gov/library/readingroom/docs/CIA-RDP86S00588R000300380001-5.PDF

Por cierto: casi se me olvida añadir que Braden, el jefe del aparato de propaganda de la CIA, era periodista. Cuando dejó el espionaje pasó a trabajar en la CNN, entre otro medios. La serie de televisión “Con ocho basta”, la más famosa de finales de los setenta, se basaba en una biografía tuneada de Braden, que tenía ocho hijos. La CIA es una familia entrañable.

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