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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 20 de 60)

El maccarthismo posmoderno ya no dice el nombre de sus enemigos

El Parlamento Europeo ha creado un “comité especial” encargado de destapar las “influencias extranjeras” que amenazan la integridad democrática de la Unión Europea y los fundamentos de nuestras sociedades libres.

Hace tiempo que la caza de brujas campea a sus anchas por el Viejo Continente, otra de esas olas de histeria de la que se encargará el eurodiputado Raphaël Glucksmann. Se buscan bichos raros, herejes incómodos, de esos que a cada paso sacan los pies del tiesto.

“La era de la ingenuidad europea ha terminado”, dice Glucksmann y él es el mejor ejemplo. Las audiencias comenzaron el 23 de setiembre.

En tiempos del senador MacCarthy eran los comunistas, pero ahora no nos dicen los nombres, aunque tampoco es necesario si recordamos que Glucksmann fue consejero del Presidente georgiano Mijail Saakachvili.

Sí, en efecto, hablamos de Rusia y de sus redes de injerencia, su RT, su novichok y sus numerosos agentes esparcidos por las redes sociales. Una quinta columna que busca la destrucción de la democracia europea.

La misión del nuevo maccarthismo se expresa en el lenguaje de la OTAN. Consiste en “evaluar el nivel de las amenazas, ya sean campañas de desinformación, financiación de partidos políticos o campañas, o ataques híbridos”.

También estudiarán “la transparencia de la financiación de los partidos y las campañas, comprobando las acciones y normas nacionales en este ámbito, así como las influencias externas a través de las empresas, las ONG o la tecnología”.

¿Se refieren a los terroristas kosovares?, ¿a los Cascos Blancos?, ¿a los yihadistas moderados?, ¿a los nazis ucranianos?, ¿a los bielorrusos quizá? No. La Unión Europea no investigará sus propias redes de influencia porque trabajan en pro de una buena causa.

El Comité Glucksmann se centrará en perseguir al Eje del Mal, sus ciberataques y su desinformación, así como a la Quinta Columna, los cómplices, el enemigo interior, que son aún más peligrosos que el otro. El objetivo es identificar las campañas “dirigidas por organizaciones y actores europeos […] que podrían perjudicar los objetivos de la Unión Europea, o influir en la opinión pública para complicar la elaboración de posiciones comunes”.

Glucksmann y sus inquisidores publicarán un informe. El nombre del editor ya circula por los mentideros de Bruselas: la letona Sandra Kalniete, que fue sucesivamente Ministra de Asuntos Exteriores de su país, y luego Comisaria Europea, antes de aterrizar en Estrasburgo. Es hija única por lo que explica en un libro autobiográfico: “Mis padres no querían ofrecer otros esclavos al poder soviético, no tenía hermanos ni hermanas”.

Así están las cosas por Bruselas.

La ciencia progresa a pesar de las zancadillas de los científicos

En un momento, como el actual, en el que muchos científicos están dando ejemplos cotidianos de patetismo en los platós de televisión, hay quien los equipara con la ciencia, para bien y para mal. Incluso hay quien pone en cuestión la ciencia por las aberraciones que escucha de los científicos, asimilando la ciencia con la religión.

Los científicos no suelen ayudar mucho en la comprensión de lo que se traen entre manos y, como es natural, no pueden explicar a los profanos lo que ellos mismos no son capaces de comprender. No hay más que leer lo que difunden acerca de eso que llaman “método científico” para apercibirse del cúmulo de chapuzas que inundan sus cabezas.

Por supuesto que a una ciencia raquítica le corresponde una divulgación científica mucho peor y de las revistas científicos no voy ni a hablar, al menos de momento. No obstante, me parece evidente que hoy ninguna revista publicaría un artículo de Newton y mucho menos le consideraría como un científico. Nadie admitiría jamás su tesis de que el espacio es “el sensorio de dios”. Sería un borrón definitivo en su prestigio que, si hoy día se mantiene, es a costa de ocultar esa frase y otras muchas parecidas.

A lo máximo un lector inquieto alcanza a tener una imagen de los científicos que hace décadas que desapareció. Si hacemos que recite los nombres de diez científicos, ninguno de ellos es equiparable a los del presente siglo.

Son muchos los científicos que han creado la ficción de sí mismos como “comunidad”, es decir, como un colectivo que escribe en sintonía, que sostiene las mismas conclusiones y trabaja sobre los mismos postulados. El que no forma parte de ella, queda fuera de la ciencia y desde luego se le puede menospreciar e insultar, que es siempre la antesala de la hoguera.

Si los científicos formaran una “comunidad”, no hubiéramos podido disfrutar de debates apasionantes, como los que tuvieron Newton y Leibniz, por seguir con el ejemplo, y cualquiera de ellos que tuviera razón no es motivo para descalificar al otro.

A diferencia de los demás seres humanos, los científicos alardean de objetividad, como si alguna vez en la historia el saber (y ellos mismos) se hubieran podido desprender del mundo en el que viven.

Les gusta recordar que sus concepciones no dependen de lo que opinen unos u otros y que una tesis científica no depende de votaciones, mayorías o minorías. Es cierto. La veracidad de una tesis científica ni siquiera depende de un científico, ni de la mayoría de ellos.

El motivo es evidente: la ciencia es predominantemente objetiva, mientras los científicos son su componente subjetivo, es decir, temporal, limitado, superficial o parcial.

Eso quiere decir que la ciencia es, como todo, una contradicción y una unidad de contrarios. Una tesis errónea puede contener un componente veraz y, al revés, una tesis correcta, puede contener falsedades.

La tesis, evidentemente falsa, de que “el espacio es el sensorio de dios” contenía una concepción verdadera que ni siquiera Einstein fue capaz de apreciar: “el espacio es infinito”; no tiene ninguna clase de límites.

Una tesis, evidentemente correcta, como la segunda ley de la termodinámica, contiene interpretaciones falsas, como Engels se encargó de demostrar contundentemente hace siglo y medio.

Las contradicciones de la ciencia son las que impulsan su desarrollo o, dicho con otras palabras, la ciencia se desarrolla porque hay contradicciones. Los avances científicos no llegan viento en popa, como les gusta hacer creer a los divulgadores, sino en medio de una resistencia feroz de los científicos empeñados en defender las doctrinas establecidas, el canon de los libros de texto y los manuales de la asignatura.

La ciencia progresa a pesar de las zancadillas de los científicos. Cuando en 1946 el geólogo australiano Reginald C. Sprigg buscaba uranio para la fabricación de bombas atómicas, realizó uno de los descubrimientos más importantes del pasado siglo: la fauna ediacara, que acreditaba la existencia de formas antiquísimas de vida antes del Cámbrico. El artículo que envió a “Nature” comunicando su descubrimiento fue rechazado y tampoco encontró ningún eco dos años después cuando viajó a Londres para informar del hallazgo al Congreso Geológico Internacional.

Cuando en 1960 Theodore Maiman fabricó el primer rayo láser, la revista “Physical Review Letters” rechazó publicar su descubrimiento. Fue repudiado en Estados Unidos y tuvo que marchar a Canadá para seguir investigando. El conocimiento no acarrea reconocimiento. A Maiman nunca le concedieron el Premio Nobel y relató su marginación científica en un libro titulado “La odisea del láser”.

En 1987 “Nature” y “Science” rechazaron uno de los trabajos iniciales de Kary B. Mullis sobre la hoy famosa técnica PCR. A las revistas científicas, a los divulgadores, lo mismo que a los propios académicos, no les gustan escuchar novedades que les saquen de su error.

A pesar de una dilatada experiencia, hay quien cree que sobre ciencia no se discute y que eso diferencia a las ciencias “de verdad”, que son las ciencias “naturales”, de las ciencias sociales, las humanidades o las letras. Recientemente Rafael Silva publicó (1) al respecto un artículo que, a pesar de ser una mierda, fue reproducido por Contrainformación (2), Rebelión (3) y La Haine (4), sin duda porque se trata de una concepción muy extendida que permite a un cretino llenarse la boca de insultos.

Cualquier tesis es científica porque es discutible, incluso en matemáticas. En 1900 David Hilbert presentó un listado de problemas cuya resolución esperaba el siglo XX. Más de cien años después, algunos de ellos se han resuelto, otros no y otros son materia de discusión entre los matemáticos, dice la Wikipedia (5). Hay quienes aceptan cierto tipo de demostraciones que los demás no admiten.

El saber ni se ha cerrado ni se cerrará jamás. Lo que hoy la ciencia da por sabido y aceptado será derribado más adelante por algún “bicho raro” al que llenarán de desprecio, hasta que cada cual se arranque la venda de los ojos. Entonces la minoría se convierte en su contrario: mayoría. El “bicho raro” pasa a ser una gloria mundial, un pionero halagado por aquellos mismos que antes lo arrastraron por el lodazal.

Siempre ha sido así a lo largo de la historia de la ciencia.

(1) http://rafaelsilva.over-blog.es/2020/08/el-negacionismo-como-activismo-de-la-ignorancia.html
(2) https://contrainformacion.es/el-negacionismo-como-activismo-de-la-ignorancia
(3) https://rebelion.org/el-negacionismo-como-activismo-de-la-ignorancia/
(4) https://www.lahaine.org/est_espanol.php/el-negacionismo-como-activismo-de
(5) https://es.wikipedia.org/wiki/Problemas_de_Hilbert

Crítica de la razón impura (por qué el nazismo es biología aplicada)

Desde el origen histórico de las clases sociales y de la dominación de una de ellas sobre la otra, el hecho material del poder político se ha revestido de una naturaleza divina, por encima de los hombres.

No es que el poder político de los reyes derive de dios sino que el rey -como los papas romanos- es la encarnación de dios en la tierra. Las monarquías se perpetúan por herencia, pasando de padres a hijos y en el antiguo Egipto los faraones practicaban el incesto para que su descendencia se pareciera lo más posible a su propia persona, para mantener la identidad y la pureza de su estirpe.

En España las constituciones monárquicas no sólo imponían la “inviolabilidad” del rey sino su carácter sagrado: el rey era inviolable porque su persona era sagrada. Por eso la realeza europea ha practicado la endogamia durante siglos; los príncipes, los nobles, los aristócratas pretendían sobrevivir a sí mismos, perpetuarse en su descendencia.

Lo sagrado ni siquiera se puede tocar o, sea, “profanar”. El rey y la aristocracia perpetúan su condición mediante la endogamia, de tal manera que los hijos habidos con una mujer fuera de su clase, son calificados de “bastardos”, una palabra que es un insulto en casi todos los idiomas. Las mezclas siguen sin gustar porque son impuras y sucias.

Lo mismo que existen personas “nobles”, en la química también existen gases “nobles” y metales “nobles” porque no se mezclan con otros para perpetuar su pureza. Son endogámicos. La nobleza no se cultiva; se hereda de padres a hijos.

La química, la biología y la política burguesas adoran la pureza tanto o más que a dios y las vírgenes que la conservan porque no mantienen relaciones sexuales. El celibato es una esfuerzo sobrehumano por preservar en los pastores de almas (curas y monjas) algo de la condición divina.

Hay animales “de pura sangre” o, en otras palabras, “de raza” porque se cruzan entre sí, lo que les permite preservar su pedigrí. Entre los pueblos germanos, la nacionalidad se otorga por el “derecho de sangre”: son alemanes los nacidos de padres alemanes, cualquiera que sea el lugar de nacimiento, cualquiera que sea el lugar donde residan, y aunque ignoren el idioma o la cultura de su país de origen.

Las claves del racismo, la preservación pura de una determinada raza, bien sea de animales o de personas, están en la sangre. Según la Biblia, el alma y, por tanto, la vida, está en la sangre, que es sagrada: “No comeréis la sangre de ninguna carne, porque la vida de toda carne es su sangre” (Levítico 17:13). Las morcillas de Burgos son pecado. Los Testigos de Jehová no permiten transfusiones de sangre porque las leyes sobre la sangre son una manera de preservar el sentido sagrado de la vida. El cuerpo le pertenece al hombre pero la sangre (el alma) le pertenece sólo a dios y por eso en los sacrificios rituales, como en las guerras, hay derramamiento de sangre, los homicidios se llaman delitos de sangre y un caballo de buena raza es un “pura-sangre”.

El nazismo se basa en la “limpieza de sangre”, el pedigrí. La aristocracia tiene la sangre de color azul, no roja; ser de buena familia es ser de “buena cuna”, es decir, algo que no surge en la vida, que no se cultiva, sino que se lleva dentro desde siempre y no se debe mezclar. El cuento de la Cenicienta nace entre los plebeyos que aspiran a convertir a sus hijas en princesas, porque los príncipes nunca a aspiraron a otra cosa que a preservar su condición (biológica y social).

Cuando en 1900 se descubrieron los grupos sanguíneos, las seudociencias comenzaron a interesarse por ellos. En 1928 se formó en Alemania la Gessellschaft für Blutgruppenforschung (Asociación para la Investigación de los Grupos Sanguíneos) que editaba la revista “Zeitschrift für Rassen”.

La sangre ocupó antiguamente el papel que hoy ocupan los genes en la biología, en la genética y las subculturas racistas. Si antes había que preservar la sangre, luego hubo que hacer lo mismo con los genes, por lo que surgió la eugenesia, una seudociencia adherida y aún no separada de la genética y de todo lo que concierne al ADN y a los genomas.

En 1921 apareció en Alemania el primer libro sobre genética humana, titulado ”Teoría de la herencia humana e higiene racial”, escrito en dos volúmenes por Erwin Baur, Eugen Fisher (1) y Fritz Lenz (2). El libro lo publicó Julius Lehmann, un amigo personal de Hitler y logró un enorme éxito editorial. Dos años después salió a la venta la segunda edición, justo en el momento en el que Hitler entró en la cárcel por su intento de Golpe de Estado. Lehmann le fue a visitar, llevándole un ejemplar del libro, que le sirvió de inspiración para escribir su “Mein Kampf”. Según la expresión de Lenz, el nazismo fue biología aplicada. La “ciencia” de la época respaldaba los planes de exterminio del III Reich.

El motor de la historia no es la lucha entre las clases sociales sino entre las razas y los pueblos. Según Paul Rohrbach, la historia no es más que una “selección duradera de los pueblos más capaces que llegarán a realizar una porción de progreso humano imprimiendo al universo el sello de su idea nacional” (3). Si algunas religiones consideran que dios tenía su “pueblo elegido”, la biología tenía el suyo propio. La mejora de la raza humana es imprescindible para ganar la guerra, a la vez biológica y militar. El exterminio de las razas inferiores, de los subhombres, los locos y los tontos es consecuencia de esa “seudociencia aplicada”, la eugenesia.

Absolutamente nada en este tipo de concepciones tiene ningún carácter científico, por más que fueran expuestas por canallas elevados a la condición de “prestigiosos científicos”, como el francés Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina en 1912, para quien las cámaras de gas son el único modo de edificar una sociedad verdaderamente civilizada (4).

Se trata de pura y simple ideología que sirve para la dominación de una clase social, en este caso la burguesía, en una época determinada, la del fascismo. No obstante hay quien no es capaz de discernir la ciencia de la ideología y cree que es ciencia cualquier estupidez que surja de la boca un científico.

Tradicionalmente la biología siempre se fundamentó en la hibridación, un principio del que la ciencia soviética se convirtió en baluarte, desatando una batalla ideológica sobre la persona de Lysenko (5) que llega hasta hoy mismo. Mientras la ideología fascista defiende la pureza, la ciencia defiende la impureza: la heterosis, los injertos, los bastardos…

(1) Eugen Fisher presidió el Congreso Internacional de Genética que se reunió en Berlín en 1927.
(2) Fritz Lenz inició su carrera como ayudante de Fisher en la universidad. En 1923 le nombraron catedrático de eugenesia de la universidad de Munich, especializándose en enfermedades hereditarias. En 1937 se afilió al partido nazi. Tras la guerra no fue depurado ni cambió de opinión, lo que no le impidió continuar como profesor de genética de la Universidad de Gotinga. Uno de sus alumnos, Hendrik Verwoed, fue quien redactó las normas reguladoras del apartheid en Sudáfrica.
(3) Le pangermanisme continental sous Guillaume II (de 1888 a 1914), París, 1915, pg.351.

(4) Alexis Carrel, La incógnita del hombre, Joaquín Gil Editor, Barcelona, 5a Ed., 1942, pgs.305 y 353.
(5) Lysenko, La teoría materialista de la evolución en la Unión Soviética, Nómadas, vol. 33, núm. 1, enero-junio de 2012, Universidad Complutense de Madrid

Ciencia e ideología: la arqueología médica no encuentra lo que esperaba en la “gripe española” de 1918

Juan Manuel Olarieta

La expresión “gripe española” es un absurdo total, no sólo porque nada tuvo que ver con España, sino porque en 1918, cuando se propagó la pandemia, la expresión “gripe” no significaba nada. Es lo mismo que hoy ocurre cuando los médicos dicen que una enfermedad tiene un origen “viral”. Lo que quieren decir, en realidad, es que no conocen su origen.

La palabra “gripe”, conocida como “flu” o “influenza” en los países anglosajones, procede del latín medieval y siempre tuvo un sentido astrológico: se trataba de enfermedades que tenían su causa en la influencia de los astros, lo cual no está desprovisto de significado por la naturaleza estacional de la gripe. Las gripes son consecuencia de la llegada del invierno y, por lo tanto, del movimiento de la Tierra y su interacción con el Sol.

Sin embargo, la llamada “gripe española” de 1918 no tuvo un carácter estacional; no fue una gripe.

Ya había ocurrido durante la epidemia de gripe de 1847 en Gran Bretaña, cuando el fundador de la epidemiología, el británico William Farr, abroncó a los médicos por su estrechez de miras, señalando un cuadro clínico complejo donde coexistían enfermedades del aparato respiratorio, como bronquitis, neumonías y asma, junto con otras no respiratorias (1).

En 1918 los médicos hablaron de “gripe” porque escondía su relación con la verdadera causa de la muerte de millones de personas, que está en la guerra imperialista. Se convirtió en un tópico del lenguaje seudocientífico, en torno al cual se ha articulado una ideología que juega el papel de cortina de humo.

Además de esconder el origen político, la “gripe española” de 1918 escondía un cuadro clínico complejo, sustituido por un esquemita raquítico (“la pandemia”) que asocia axiomáticamente un conjunto de enfermedades a su virus correspondiente (“el virus de la gripe”).

Con el tiempo, la noción de “pandemia” ha caminado por un derrotero cada vez más reduccionista, creando la pesadilla moderna de que millones de personas pueden morir por las mismas causas y con los mismos cuadros clínicos en el mundo entero porque hay enfermedades que se propagan, pasando de unos a otros como si se tratara de fotocopias de sí mismas.

A pesar de que en aquella época los virus ni siquiera se conocían, el esquemita triunfó y lo subieron a los altares de la “ciencia moderna”, creando un canon.

Por lo tanto, en la historieta de la epidemia de 1918 todo es falso: no era española, ni había gripe, ni la causa era un virus.

Afortunadamente, en 1918, a diferencia de la pandemia actual, no incineraron a los fallecidos para tapar las verdaderas causas, por lo que es posible recurrir a las autopsias que se practicaron, lo que arroja un cuadro bastante completo de la etiología de los muertos que confirma la tesis de Farr: en 1847 y en 1918 sólo una ínfima parte de los enfermos murieron de gripe.

Hoy la vuelta a los orígenes y a la complejidad adopta la forma de una doctrina, llamada de los “cofactores”, que empezó a abrirse camino en los ochenta con otra “pandemia”, el Sida. Su exposición más conocida es la del Premio Nobel francés Luc Montaignier.

Pero el francés siempre fue un científico muy poco claro y, además, polémico. En un mundillo que rehuye las polémicas, esa etiqueta impide darle un giro a una corriente ideológica. Para ello hace falta trabajar en Estados Unidos y formar parte de la burocracia científica y médica, unas características que convergen en autores como Anthony Fauci.

En 2007 Fauci emprendió, junto con David Morens, una interesante investigación sobre la epidemia de “gripe española” de 1918, cuyas conclusiones publicó en el Journal of Infectious Diseases (2). Es imposible resistirse a establecer un paralelismo con la pandemia actual.

La pandemia de gripe de hace un siglo, dijeron los autores, presentó una serie de “formas clínicas aparentemente nuevas y graves de la enfermedad” que a menudo resultaron mortales, incluido un tipo de “neumonía agresiva aguda” y un SDRA (síndrome de dificultad respiratoria aguda) con cianosis (falta de oxígeno en la sangre). Los positivos al coronavirus también han mostrado numerosos síntomas considerados “inusuales” (3) en los virus respiratorios clásicos, incluyendo signos de cianosis (4) y dificultades respiratorias parecidas al SDRA.

Hace cien años las tormentas de citoquinas (“una deletérea liberación excesiva de citoquinas proinflamatorias”) pueden haber contribuido a la mortalidad observada en adultos jóvenes, por lo demás sanos.

Las citoquinas son proteínas que señalan a las células que juegan un papel importante en la respuesta inmunológica pero que, en ciertas circunstancias, pueden volverse perniciosas (5).

Algunos pacientes con enfermedades graves asociadas al coronavirus han mostrado signos de “hiperinflamación viral” o lo que en The Lancet algunos autores han calificado como “síndrome de tormenta de citoquinas” (6).

En 2007 Morens y Fauci ofrecieron pocas explicaciones sobre las tormentas de citoquinas, además de sugerir que podrían ser desencadenadas por “anfitriones no apreciados o variables ambientales”.

La respuesta de un individuo a un virus nuevo podría “depender del historial de exposiciones anteriores”, decían Morens y Fauci, aunque ellos no consideraron a las vacunas como formas de “exposición previa”.

Sin embargo, un reciente estudio del Pentágono de enero de este año (7) y otro del Hospital de Barbastro (8) indican que deberían haberlo hecho. Las personas vacunadas contra la gripe tienen más de probabilidades de desarrollar una infección por coronavirus, lo cual ya se sabía por estudios anteriores (9).

El riesgo de infecciones respiratorias virales -tanto de gripe como de no gripe- aumenta, pues, a causa de las vacunas contra la gripe, lo que explica la incidencia de la pandemia actual entre los ancianos, rutinariamente sometidos a vacunas contra la gripe y el neumococo.

Al año siguiente, Fauci y Morens, junto con Jeffery K. Taubenberger, publicaron un análisis más exhaustivo de la pandemia de “gripe española” (9), en el que examinaron los restos “post mortem” aún disponibles y las series de autopsias publicadas. Aunque su análisis descartó las causas de muerte no pulmonares, los tres autores concluyeron que fue la infección por el virus de la gripe “en combinación con la infección bacteriana” la que dio lugar a la mayoría de las muertes.

En su artículo los autores describieron los cofactores que podrían ”cambiar el perfil de morbilidad y mortalidad durante una futura pandemia”, entre ellos “el creciente número de personas que viven en centros de atención y el número de personas que están inmunosuprimidas o sufren de enfermedades cardíacas, renales y/o diabetes mellitus”. Por lo tanto, concluyeron, “la planificación de la pandemia debe ir más allá de una única causa viral”.

Según los autores, la alta mortalidad de 1918 no fue, pues, consecuencia de la acción de un virus por sí solo, sino de una interacción viral-bacteriana “poco comprendida”, es decir, en combinación con una neumonía. Sin ella, “la mayoría de los fallecidos se hubiese recuperado”.

Hoy son bastantes los investigadores que llaman la atención sobre las coinfecciones de coronavirus, señalando que muchos de los que mueren parecen tener infecciones bacterianas o incluso hongos secundarios.

En el estudio de 2008 encontraron bacterias (neumococos o estreptococos) en 164 de 167 muestras de tejido pulmonar que se sometieron a autopsia, lo que representa el 98,2 por ciento.

Es un panorama bastante más complejo que el de una pandemia, y se complicaría aún más si se hicieran autopsias a los que murieron en Europa. En tal caso es posible que hablaran de varias y no de una única pandemia. Lo mismo ocurrirá cuando dentro de un siglo la arqueología médica pueda analizar los restos -si queda alguno- de los que hoy han fallecido con los fantasmales “síntomas compatibles” con el coronavirus. Bajo el polvo encontrarán cosas muy distintas a las que esperan.

(1)
A.D.Langmuir, William Farr: founder of modern concepts of surveillance, International Journal of Epidemiology, Vol. 5, No. 1, pgs.13-18
(2) https://academic.oup.com/jid/article/195/7/1018/800918
(3) https://time.com/5837591/unusual-symptoms-of-coronavirus/
(4) https://www.businessinsider.com/covid-19-symptoms-cdc-list-2020-4
(5) https://www.forbes.com/sites/claryestes/2020/04/16/what-is-the-cytokine-storm-and-why-is-it-so-deadly-for-covid-19-patients/
(6) https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(20)30628-0/fulltext
(7) https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0264410X19313647?via%3Dihub
(8) https://elarconte.com/wp-content/uploads/2020/06/POSIBLE-CAUSA-PANDEMIA-POLISORBATO-VACUNA-GRIPE-actualizado_18-06-2020.pdf
(9) https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0264410X18303153?via%3Dihub
(10) https://academic.oup.com/jid/article/198/7/962/2192118

El capitalismo ha transformado la medicina en un negocio sometido a las leyes del mercado, no de la salud

Hacia 1900 se rompió la unidad entre la docencia y la investigación científica que había sido tradicional hasta entonces. Los centros de investigación se superpusieron a las universidades. Ocurrió en Gran Bretaña con la cátedra Balfour, en Francia con el Instituto Pasteur y en Estados Unidos con una red de instituciones y fundaciones privadas como Carnegie, Rockefeller, Ford y otras. El gobierno de Estados Unidos sólo financiaba la enseñanza, no la investigación.

En algunos países eso supuso el desdoblamiento de la ciencia en un terreno público, la enseñanza, y otro privado, la investigación. El Estado se encargaba de la primera y el capital privado de la segunda. A partir de entonces la universidad empieza a desempeñar un papel subordinado, retórico. Deja de ser el lugar en el que se crea nuevo saber para adoptar una función reproductora del que se gesta en los centros especializados dedicados a la innovación científica. El laboratorio impone su propio método a la universidad, que deja de ser universal (universitas); comienza la era de los especialistas, los que saben mucho de un poco y nada de lo demás.

La financiación externa de los laboratorios sólo fue la primera fase; la segunda los convirtió en unidades de producción, en empresas capitalistas por sí mismas. El modelo volvió a ser el Instituto Pasteur. Entre 1857 y 1873, Pasteur registró siete patentes de fermentación de vinagre, cerveza y vino, más otra para el filtrado de bacterias por el procedimiento de Chamberland. Pero no pudo patentar la vacuna contra el carbunco (ántrax) porque la ley francesa de propiedad intelectual de 1844 prohibía los registros de remedios farmacéuticos, incluidos los destinados al uso veterinario.

Para rentabilizar la vacuna del carbunco, Pasteur cometió uno de sus típicos fraudes: burló la prohibición mediante un procedimiento monopolista que mantenía en secreto el procedimiento de elaboración. El negocio lo discutió con Gambetta, el presidente del gobierno, a fin de obtener subvenciones del Ministerio de Agricultura y expandir el negocio.

La propaganda sobre el éxito de la vacuna fue tan fulminante que Pasteur tuvo que crear otro laboratorio anexo para fabricarla que ya no era experimental sino industrial, capaz de suministrar 200.000 dosis mensuales mediante un complejo entramado burocrático, que incluía un departamento comercial (1). Con el tiempo, el Instituto Pasteur se transformó en un laboratorio industrial, una de las mayores multinacionales farmacéuticas.

Sólo hubo una excepción al desdoblamiento entre la docencia y la investigación, que fue la medicina, un fenómeno que queda ilustrado en el informe Flexner, que dio un giro completo a la teoría y la práctica de la medicina en Estados Unidos y, a partir de allí, en el mundo entero. Abraham Flexner era un oscuro pedagogo cuando en 1908 el Instituto Carnegie le encargó un informe sobre la capacitación de los médicos en Estados Unidos y Canadá. El encargo le llegó por recomendación de su hermano mayor, Simon, que había sido uno de los pioneros en la creación de la Fundación Rockefeller, director del Instituto Rockefeller de Investigación Médica, además de patólogo en la Universidad Johns Hopkins y en la de Pensilvania.

En 1902 John D. Rockefeller había creado el General Education Board, la primera gran fundación educativa de Estados Unidos. Flexner entró a formar parte de su personal. Su tarea aparente consistía en evaluar el estado de las universidades en norteamérica, y el de la educación médica en particular.

Flexner era una marioneta y su informe un plagio. Es esencialmente el mismo que había elaborado la Asociación Médica Americana dos años antes y que nunca se había publicado. En su tarea Flexner fue guiado por N.P. Colwell, miembro de dicha Asociación, quien quería asegurarse de que Flexner llegaba a las conclusiones previstas. Incluso el pedagogo acabó la redacción de su informe (2) en las oficinas centrales que la Asociación tenía en Chicago.

La coalición de esa Asociación con Carnegie y Rockefeller llevó unas determinadas tesis sobre la práctica uniforme de la medicina a todo el mundo. Los médicos pasaron a ser clones unos eran de otros: como los remedios, los médicos también se fabricaban en serie y la medicina se acaba codificando en protocolos de actuación, diagnósticos, definiciones y vademécums compilados en gruesos volúmenes. El canon llegó impuesto por el dictado de una Asociación Médica que ni tenía carácter oficial, ni tampoco representaba al conjunto de la profesión. Por ejemplo, ni las mujeres ni los negros podían formar parte de ella.

Con su informe, Flexner se limitó a dar aire al desembarco del capital monopolista en la medicina y la farmacopea norteamericana, a la creación de la industria de la salud, un sector económico emergente a cuyas normas debía someterse de manera uniforme el ejercicio de la medicina. En 1910 en Estados Unidos ejercían más de 60.000 profesionales dispersos por un vasto territorio, uno de los porcentajes de profesionales por habitante más altos del mundo. Como consecuencia de ello, la atención sanitaria se acercaba al ideal: médicos por todas partes y precios asequibles de la atención sanitaria. Esa abundancia de médicos se debía a que no se necesitaba un permiso oficial del Estado para ejercer, de modo que cualquiera podía poner una consulta, y también a las facilidades de matriculación en las escuelas de medicina, que eran muchas y de propiedad privada.

Estados Unidos pasó de disponer de 166 escuelas de medicina en 1910 a sólo 77 en 1940. Fue un cierre selectivo que afectó a la mayoría de las pequeñas escuelas rurales; sólo permitieron la apertura de dos escuelas para negros. En 1963 Estados Unidos mantenía el mismo porcentaje de médicos por habitante que en 1910, a pesar de un incremento enorme de la demanda. De los 375.000 médicos en activo en 1977, sólo 6.300, el 1,7 por ciento, eran negros.

El plan de 1910 consistía en fomentar el mercado de la enfermedad, la medicina debía convertirse en un negocio y el médico debía modificar su posición en la pirámide social: de un profesional muy cercano al paciente, se conviritió en parte integrante de una élite selecta cuyos honorarios muy pocos podían satisfacer, lo cual abrió un fantástico mercado secundario: el de los seguros médicos. Las relaciones entre ambas partes, médico y paciente, cambiaron radicalmente. Antes el médico visitaba al paciente; ahora el paciente visita al médico.

Para imponer un canon uniforme, el Estado comienza a intervenir: cuál es la auténtica medicina y cuál se debe vilipendiar, quién es médico y quién es sólo un curandero, qué conocimientos médicos se deben impartir, cómo se deben impartir y en dónde se deben impartir. Ni cualquiera puede fundar una facultad de medicina, ni cualquiera puede ejercer la medicina. Para que alguien se pueda llamar médico primero debe disponer de un título académico que sólo el Estado puede otorgar; para que alguien pueda ejercer la medicina primero debe disponer de una autorización que sólo el Estado puede otorgar, todo lo cual va cuidadosamente reglamentado y supervisado, además, por corporaciones profesionales del tipo de la Asociación Médica Americana, al servicio de los intereses de grandes empresas capitalistas de la farmacia, del equipamiento médico, de los seguros médicos, etc.

Los herbolarios también desaparecieron o fueron marginados. La formación médica, como las demás enseñanzas codificadas, son un instrumento de dominio sobre la ciencia sancionado por el Estado, que le proporciona al mecanismo una apariencia de objetividad y neutralidad.

A partir del informe de Flexner los hospitales se vinculan a las facultades de medicina y a la investigación médica. No ha sucedido con ninguna otra profesión. Las facultades de derecho no comparten la misma sede que los tribunales, ni las escuelas de ingeniería están en los talleres, ni la enseñanza de la economía en la bolsa. Había que abandonar la medicina tradicional, el saber empírico y lo que Flexner calificaba como “dogmas históricos” que impiden la “libre búsqueda de la verdad”.

En la industria farmacéutica, la dinastía Rockefeller había comenzado con William Avery Rockefeller, quien acumuló su fortuna engañando a los incautos con elixires compuestos por alcohol, cocaína y opiáceos que embotellaba como pócima milagrosa para cualquier clase imaginable de patología (3). Era un tráfico de drogas en una época en la que cualquier clase de droga era aún de venta legal y libre.

En 1910, junto con algunos conglomerados farmacéuticos, Rockefeller controlaba hospitales, universidades e investigación. La medicina y sus áreas afines se convirtieron en un modelo de control y regulación monopolista, bajo la cobertura oficial de instituciones públicas como la FDA (Food and Drug Administration), un departamento del gobierno de Estados Unidos que hoy dicta la política sanitaria, alimentaria y farmacéutica en el mundo entero.

No obstante, la naturaleza pública de la FDA es engañosa ya que el 75 por ciento de su presupuesto lo cubren las empresas farmacéuticas, es decir, que son éstas las que realmente controlan a un organismo aparentemente público, y no al revés.

Los abigarrados protocolos de la FDA imponen lo que es una droga que hay que prohibir, lo que es un alimento que se puede ingerir y lo que es un fármaco que se debe prescribir. Dicen lo que es sano y lo que es pernicioso; lo que deben hacer y lo que no, tanto los médicos y pacientes como los gobiernos; lo que es salud y lo que es enfermedad, siempre basándose en criterios que sólo son realmente científicos si coinciden con los intereses económicos de las empresas farmacéuticas.

(1) Maurice Cassier: Appropriation and commercialization of the Pasteur anthrax vaccine, Studies in History and Philosophy of Biological and Biomedical Sciences, vol.36, 2005, pgs.722 y stes.; del mismo autor: Producing, controlling and stabilizing Pasteur’s anthrax vaccine. Creating a new industry and a health market, en Science Context, vol.21, 2008, pgs.253 y stes.

(2) Abraham Flexner: Medical education in the United States and Canada. A report to the Carnegie Foundation for the advancement of teaching, en Bulletin num.4, Boston, Massachusetts, 1910 (http://www.carnegiefoundation.org/files/elibrary/flexner_report.pdf).

(3) En 1900 la mayor parte de los fármacos patentados se componían de alcohol y derivados del opio y la cocaína; en otros casos contenían productos tóxicos organofosforados. El fraude fue denunciado por el periodista Samuel Adams en una serie de artículos publicados por la revista Collier’s Weekly entre octubre de 1905 y febrero del año siguiente, luego recopilados en un libro titulado “The great american fraud: Articles on the nostrum evil and quacks”, que sigue siendo una referencia del periodismo de investigación.

La peste negra y cien años de guerra

Si los libros de microbiología nunca relacionan la pandemia de gripe española de 1918 con la Primera Guerra Mundial, tampoco hacen lo propio entre la peste negra del siglo XIV con la Guerra de los Cien Años.

La peste negra se estudia en las Facultades de Biología (o de Medicina) y la Guerra de los Cien Años en las de Historia. No obstante, lo más probable es que a los estudiantes no les cuenten ni una cosa ni la otra porque en caso contrario harían algo más que alcanzar un título: aprenderían.

Sin embargo, hasta los Evangelios relacionan ambas cosas, las guerras y las epidemias, que, junto con el hambre y la muerte forman los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. En consecuencia, quien quiera saber lo que es la epidemia y la muerte, deberá asociarlas a los otros dos jinetes: la guerra y el hambre.

Por introducir un factor de modernidad en el relato, habría que añadir el quinto jinete, que fue el cambio climático, una drástica caída de las temperaturas, denominada Pequeña Edad de Hielo (1), que provocó malas cosechas, carestía y una hambruna generalizada que se prolongó en el tiempo.

Todos los ingredientes, pues, se reunieron en el mismo cóctel, aunque, por sí mismas las batallas, no causaron grandes estragos entre la población. Lo peor fueron los “efectos secundarios” de la misma, tales como las requisas fiscales, los saqueos, el pillaje y las destrucciones de las cosechas por los ejércitos y las bandas de mercenarios que camparon a sus anchas.

La peste negra asoló Europa entre 1347 y 1352, hasta el punto de que su aparición impuso una tregua en la guerra: el Pacto de Calais. El historiador alemán J.F.C.Hecker escribió en 1832 el libro de referencia sobre la pandemia que tiene muchas connotaciones con la actual, no sólo por su concepción catastrofista y apocalíptica, sino porque consideraba que marcaba un antes y un después en la evolución europea.

Los Fernando Simón de entonces hicieron el mismo ridículo que ahora. Los médicos de la Universidad de París creían que se debía a un cierto alineamiento de los planetas.

En Florencia consideraban que era una zoonosis procedente de los gatos y los perros, por lo que procedieron a sacrificar a los animales en masa.

Muchos médicos practicaron sangrías a los enfermos, lo cual fue contraproducente porque los debilitaba aún más, e incluso mataron a muchos de ellos.

Otros preconizaban los baños calientes, la abstinencia sexual o brebajes elaborados con sangre de víbora.

Hubo quien recomendó quemar maderas fragantes en las viviendas para purificar el ambiente, que se creía el causante de la plaga.

La histeria provoca fanatismo y, ante una muerte inminente, hubo quien convocó grandes comilonas, botellones y orgías colectivas.

Los más enloquecidos partieron a viajar de un lado para otro, flagelándose en público para expiar sus pecados y obtener el perdón divino.

Los curas organizaron procesiones religiosas y rezos colectivos en público.

Los cristianos acusaron a los “sarracenos”, o sea, a los árabes, de haber exportado la peste a Europa.

Los mendigos y los leprosos también fueron acusados de envenenar los pozos de agua potable, produciéndose linchamientos.

Pero cuando se trata de buscar culpables, los judíos suelen llevar la peor parte. La peste negra marca el inicio del antisemitismo, lo que provocó feroces matanzas. Las primeras persecuciones estallaron en 1348 en Tolón, donde 40 judíos fueron asesinados.

Para impedir el exterminio, el papa Clemente VI tuvo que publicar dos bulas eximiendo a los judíos de sus pecados.

Algunas casas, e incluso localidades enteras, fueron tachadas como focos infecciosos, prohibiendo que sus moradores salieran de ellas, es decir, aparecieron los primeros confinamientos forzosos. En Milán incendiaron las viviendas marcadas con sus habitantes dentro.

Durante décadas los “expertos” han pregonado a la peste negra como “una enfermedad del pasado”, hasta que en 2017 la realidad les puso en su sitio: estalló una fuerte epidemia de peste en Madagascar (2) y la OMS la declaró como una enfermedad “reemergente”.

A pesar del tiempo transcurrido, la peste sigue sin estar bien definida en términos médicos. Es casi seguro que no hubo una única peste sino varias diferentes, las principales de las cuales fueron la peste bubónica y la neumónica, una enfermedad respiratoria parecida a la actual.

Parece bastante evidente que varias enfermedades no se propagan de un sitio para otro sino que brotan en varios sitios distintos y tienen sus propios cuadros clínicos diferenciados.

Hace 100 años un médico suizo, Alexander Yersin, descubrió un bacilo que lleva su nombre, Yersinia pestis, al que hoy se atribuye la causalidad de la peste. Yersin investigó la mayor parte de su vida viajando por Asia. Está enterrado en Vietnam y acabaré esta entrada con una frase suya que marca lo que va de ayer a hoy:

“Me gusta cuidar a los que vienen a pedirme consejo, pero no quisiera hacer de la medicina una profesión, es decir, nunca podría pedirle a un paciente que me pagara por los cuidados que le puedo proporcionar. Considero que la medicina es un sacerdocio y un apostolado”.

(1) https://www.investigacionyciencia.es/blogs/medicina-y-biologia/43/posts/el-origen-de-la-peste-en-europa-el-cambio-climtico-12984
(2) http://doi.org/10.1016/S1473-3099(18)30730-8

12 tesis escritas en las puertas del infierno

Juan Manuel Olarieta
1. La clase obrera es la columna vertebral de la sociedad contemporánea. En el mundo moderno es posible paralizarlo todo, excepto el engranaje de la explotación.

2. El capitalismo ha entrado en su fase terminal. No hay ninguna alternativa a su crisis que no sea acabar con la propiedad privada sobre los medios de producción. El capitalismo no está en crisis; la crisis es el capitalismo.

3. Capitalismo es sinónimo de hambre. No es capaz de garantizar la subsistencia de millones de personas, ni siquiera en los países más desarrollados. Tampoco la vivienda, la salud, la educación y las necesidades más básicas de los seres humanos. Si las ONG quieren dar de comer a los hambrientos, no tienen que alejarse mucho de sus oficinas.

4. En la etapa actual del capitalismo las técnicas de intoxicación han alcanzado unas cotas tales que reducen notablemente la capacidad de resistencia ideológica de las masas y de las organizaciones y medios que actúan en su nombre.

5. La dominación de clase se refuerza cuando las imposiciones políticas se disfrazan con el aval de los científicos, los ingenieros y los técnicos. En tal caso las masas pueden ser conducidas hasta la humillación pública, que es una expresión externa de su sumisión.

6. Las políticas contemporáneas necesitan del apoyo de los científicos tanto como de los periodistas. A cambio, los políticos y los medios convierten a una parte selecta de los científicos en representantes de la comunidad científica, e incluso de la ciencia por antonomasia.

7. El capital monopolista ha trasladado la legitimidad desde las urnas a los científicos. Un político no es autoridad por el cargo que ocupa sino porque hay al menos un científico que sostiene sus decisiones.

8. Cuando los científicos se convierten en fuentes de la autoridad o en la autoridad misma, pueden deslizar una determinada tesis como si fuera ciencia lo mismo que la contraria, porque el centro de gravedad no es la tesis sino los atributos que rodean a quien la defiende.

9. Todos los argumentos basados en la autoridad, incluida la autoridad científica, son siempre de naturaleza teológica y jurídica. No se apoyan en el mundo real sino en una formalización canónica del mismo. Lo real se suplanta con lo formal. El estado de alarma ocupa el lugar de la alarma. Una pandemia, que es una declaración política de la Organización Mundial de la Salud, se toma por una enfermedad extendida en varios países de diferentes continentes.

10. La causa sustituye al efecto y el efecto a la causa. El coronavirus, y las medidas adoptadas con dicho pretexto, se sitúan como causas de la crisis capitalista, en lugar de poner a la crisis como causa del coronavirus y de las medidas políticas subsiguientes que se han implementado en todo el mundo.

11. En una sociedad capitalista donde la minoría domina sobre la mayoría, la verdad nunca está en el primer plano. Las versiones oficiales son falsas casi siempre. La clase dominante se empeña en repetirlas e inculcarlas cuanto más falsas resultan. La pura repetición consigue que las mayores falsedades resulten verosímiles porque las masas las interiorizan como si fuesen propias. Se convierten en familiares.

12. Un mensaje reiterativo es un factótum, un punto de partida que lo explica todo y que, a su vez, no necesita explicación. Es un dogma de la posmodernidad.

Materialismo, idealismo y teoría del contagio en la medicina clásica

La medicina tiene un recorrido muy largo, mucho más que otro tipo de “artesanías”, y buena parte de sus cambios tienen relación con debates ideológicos milenarios. En definitiva, la medicina trata del ser humano en negativo, no en estado de salud sino de enfermedad. Expresado de manera más clara, en la medicina clásica no hay enfermedades sino enfermos. Siempre fue considerada como parte de lo que antes se llamaban “humanidades” o enseñanzas que versaban sobre el ser humano. Sólo desde hace muy pocos años le dieron un cambio para integrarla como una de esas “ciencias de la naturaleza”, una prolongación de la biología: órganos, tejidos, células, sistema nervioso… No cabe duda que el ser humano es un animal, pero decir que no es otra cosa diferente que un animal es reduccionista y mecanicista.

La medicina trata de la vida, que ha sido otro caballo de batalla ideológico desde hace siglos, mucho antes de que en el siglo pasado los biólógos se empezaran a preguntar si los virus son seres vivos o no y si algo ha dejado muy claro esta “pandemia” es que todos esos seudocientíficos que han entrevistado en las cadenas de mayor audiencia no sólo no saben lo que es un virus, sino que tampoco saben definir lo que es la vida, un ser vivo. Ni la más remota idea, lo cual habla muy mal de ellos y de las “enseñanzas” que imparten en las universidades.

En la Antigüedad conocieron más y más graves epidemias que en la actualidad porque el origen de las mismas está en el desarrollo de las fuerzas productivas y el avance en las condiciones de vida y trabajo de los seres humanos. Los médicos siempre fueron conscientes de ello, por lo que nunca atribuyeron las epidemias a los contagios. No conocían la enfermedad por “contactu”, ni la posibilidad de que pudiera transmitirse de ninguna forma de una persona a otra, y muchos menos de un animal.

El nudo filosófico de los clásicos consiste en afirmar que las enfermedades son como la vida misma: “nacen” o “brotan”, pero no se transmiten de unos a otros. Por el contrario, el concepto de propagación es una versión del mito religioso de la reencarnación: el alma pasa de unos cuerpos a otros y la enfermedad también. Equivale a decir que la enfermedad no aparece y desaparece sino que unos seres se la comunican a otros y en consecuencia, es eterna.

Los clásicos tampoco admitieron el concepto de “pandemia”, que es un absurdo. No es posible una enfermedad que alcance a “todos los seres humanos” porque no todos ellos comparten las mismas condiciones de vida y trabajo. En la medicina clásica las epidemias son enfermedades estrictamente locales. No se propagan por contacto sino porque los enfermos han compartido el mismo medio: comen lo mismo, beben lo mismo y respiran lo mismo. Un mismo medio de vida genera las mismas enfermedades.

En su obra sobre la peste en Atenas, en el año 430 a.n.e., el historiador Tucídides atribuyó su origen al envenenamiento de los pozos de agua. Galeno también escribió sobre el contagio como responsable de algunas enfermedades, pero da la impresión de que esa parte de su obra, añadida en el siglo XVI, es una extrapolación y apenas fue citada por los científicos posteriores a él.

Las palabras latinas “contactu” e “infectio” traducen la griega “miasma”, que tiene un sentido diferente en Hipócrates: la miasma es porquería o suciedad. En términos actuales se podría decir que en la medicina clásica una epidemia es la intoxicación colectiva de quienes comparten un mismo ecosistema pútrido. El paludismo es la enfermedad de las “paludes” o lagunas de las tierras bajas y la malaria la del mal aire.

No creo necesario insistir en que no toda la población compartía las mismas condiciones de trabajo y de vida y que, incluso dentro de las mismas ciudades, como la Roma imperial, las epidemias sólo afectaban a los esclavos, a quienes padecían hambre, a quienes ejecutaban los trabajos más duros o vivían en cuadras al lado del ganado.

El cuerpo humano no es capaz de adaptarse de manera instantánea a los cambios ambientales. Por ejemplo, los cambios de temperatura estacionales, la llegada del invierno, propicia las gripes, y un viaje a determinados países remotos requiere un tiempo de adaptación durante el cual el cuerpo enferma. En ocasiones la adaptación a los cambios en el medio no son factibles y sobreviene la muerte.

Una pandemia es lo más estrafalario que un médico podía imaginar en la Antigüedad porque no concebía un ecosistema uniforme y común en las diferentes regiones del planeta, porque el propio cuerpo humano tampoco lo es y porque distintos cuerpos mantienen relaciones distintas con el medio en el que habitan.

La colonización de América complicó bastante el panorama de la medicina. A partir de entonces apareció un fenómeno nuevo en la historia: los viajes interoceánicos, a larga distancia y, en consecuencia, la puesta en “contacto” de ecosistemas diferentes y el propio barco y la travesía como patógenos causantes de nuevas enfermedades y la instalación de lazaretos en los puertos marítimos para recluir a los “contagiosos”.

Los mineros tienen enfermedades específicas, como la silicosis, y los marinos tienen las suyas, como el escorbuto, como consecuencia de un déficit de vitamina C, a su vez consecuencia de la falta de ingesta de frutas.

Los navegantes llamaron “tropicales” a ciertas enfermedades que ellos contraían y a las cuales los nativos eran inmunes. El término se mantuvo como sinónimo de epidemias y enfermedades contagiosas hasta hace muy pocos años, a pesar de que el propio nombre denota un origen local.

Los historiadores del “nuevo mundo” escriben que los españoles llevaron sus enfermedades a América. Esto es confuso desde el punto de vista médico porque da la impresión de que embarcaron enfermos o contrajeron enfermedades durante la travesía. El europeo no estaba adaptado al medio ambiente americano. Lo que para un colono europeo era plena salud, para un americano era una enfermedad, incluso letal.

Mientras unas epidemias se convirtieron en una pesadilla mortal para los americanos, que murieron masivamente, otras remitieron en Europa y también las hubo que empezaron a proliferar a partir del siglo XVI.

Es el caso de las enfermedades venéreas, especialmente la sífilis, la enfermedad típica del Renacimiento, en la que no cabe poner en duda el contacto, ya que se transmite por las relaciones sexuales.

La sífilis ya era conocida en Europa antes de 1492, a veces con el nombre de “morbum gallicum” o enfermedad “francesa”, una denominación fraguada de la misma factura con la que el coronavirus adquiere hoy la nacionalidad china por arte de magia.

Hasta 1838 bajo dicha denominación se comprendían los distintos tipos de enfermedades venéreas, si bien a causa de los viajes transoceánicos y del crecimiento de la población urbana, la sífilis y las enfermedades venéreas se convirtieron en una enfermedad preocupante.

El autor del primer estudio sobre la sífilis fue el italiano Jerónimo Fracastoro (1478-1553) y su obra es típica del Renacimiento, una encrucijada en la que se mezclan muy diferentes doctrinas, tanto materialistas como idealistas, entre las cuales la síntesis resulta imposible.

El pensamiento de Fracastoro es irreductible e incoherente porque no es original sino un intento de síntesis de los conocimientos existentes en aquel momento, lo cual explica el éxito que tuvo.

El fundamento de su obra es la teoría humoral. El italiano rinde tributo a la Antigüedad preservando el concepto de miasma en el que introduce un componente claramente materialista al concebirla como una especie de vapor o fluido sutil, invisible y oculto. Al hablar del tifus, por ejemplo, dice que no es una enfermedad contagiosa, que no pasa de un enfermo a otro sino que se adquiere de la contaminación del aire.

No obstante, divide las enfermedades contagiosas en tres categorías: las que se transmiten por contacto directo, las que son transportadas por medio de vehículos materiales (fomites, lo que hoy los científicos llaman “vectores”) y las que actúan “a distancia”. Con esta casuística es evidente que Fracastoro está mezclando enfermedades de etiología diferente, al mismo estilo de lo que hoy leemos en los tratados de medicina.

La confusión sube de grado cuando utiliza indistintamente los términos “contagio”, “miasma” y “virus”, otro batiburrilo de conceptos en el que algunos historiadores han creído encontrar al fundador de la microbiología en sus peores versiones, como las hoy dominantes, que defienden el carácter patológico de los microbios.

Cuando los clásicos utilizan la palabra latina “virus” se refieren a una sustancia, a un veneno o a un tóxico, esto es, a materia inerte. Sin embargo, en el Renacimiento, por influencia del platonismo y, en suma, del idealismo objetivo, se difunde la noción de panespermia, de que la vida está diseminada por todas partes o que todo está dotado de vida, una concepción que llega hasta la actualidad.

La influencia del idealismo transforma a los virus en “contagium vivum” sin acabar con el materialismo antiguo, por lo que junto a las enfermedades causadas por el medio aparecen las causadas por elementos vivos por medio del contacto (“seminaria contagiorum”). Hay un tipo de enfermedades que se generan y otras que se transmiten.

En el Renacimiento el platonismo concibe un mundo lleno de esas “semillas” invisibles, divinas o celestiales (inmateriales), dotadas de la fuerza de su desarrollo posterior (potentia generandi). No es que sean seres vivos sino que se identifican con la vida misma. Son gérmenes que lo mismo engendran vida que enfermedad.

A finales del siglo XIX, en los albores del triunfo de las doctrinas idealistas del contagio, la batalla ideológica todavía era evidente entre los materialistas, que buscaban el origen de las enfermedades contagiosas en el medio “amorfo”, y los idealistas emergentes, que se apoyan en los microbios “formes”.

El concepto de “fomites“ de Fracastoro ha pasado al lenguaje médico actual (fómites en castellano), en el que también prevalece su condición inerte, si bien como portadora de un organismo vivo, un microbio. En 1900 a los virus se les calificaba como “filtrables” para destacar su condición de sustancia líquida, soluble. Pero hasta 1935 se utilizaron indistintamente las palabras virus y bacteria. Uno de los primeros microbiólogos, el holandés Beijerink, aún definía a los virus como “contagium vivum fluidum”, una expresión que resume las contradicciones pasadas y presentes de la biología: es a la vez una molécula y un ser vivo.

Eran los últimos estertores de un saber moribundo. A partir de entonces la medicina y la ciencia dejaron de hablar latín y se pasaron al inglés. En el “contagium vivum fluidum” separaron para siempre el fluido (inerte) del ser (vivo). Se olvidaron del primero para centrarse en el segundo. Si ambos eran diferentes, era posible eliminar los virus de cualquier clase de fluidos, crear ecosistemas asépticos, limpios de “gérmenes”.

Es un empeño que lleva fracasando desde hace cien años. Ni los virus son seres vivos ni es posible erradicarlos de ningún sitio. Convivimos con ellos y así seguirá siendo en el futuro. Ni los virus pueden matar a los seres humanos, ni los seres humanos pueden matar a los virus; ya están muertos.

‘Muerto el perro se acabó la rabia’ (la verdadera historia del rifle sanitario)

Matanza de reses mexicanas en 1947
Juan Manuel Olarieta

A pesar de las leyendas sobre los búfalos y las praderas del “salvaje oeste” de Estados Unidos, hasta 1947 el país importaba ganado vacuno de México, uno de los más pujantes sectores económicos al sur de Rio Grande.

La balanza de pagos iba bien para México y mal para Estados Unidos, por lo que tuvieron que inventarse una “epizootía”, o sea, una especie de epidemia en la cabaña ganadera, gracias a la cual exterminaron más de un millón de cabezas de ganado.

Fue entonces cuando se acuñó la expresión “rifle sanitario”, que ha pasado a la historia. La balanza de pagos cambió de signo y fue México quien tuvo que importar carne procedente de los ganaderos gringos.

Si pasamos de la medicina a la veterinaria, el debate científico sobre las enfermedades contagiosas no cambia demasiado y el económico y político tampoco. Junto al conocimiento (y a su tergiversación) hay intereses económicos imperialistas, clases sociales y luchas de clases. Un aspecto de la cuestión que no se puede analizar separadamente del otro, por más que los “puros” se empeñen en decir otra cosa.

Lo mismo les ocurre a ciertos “marxistas auténticos”: deberían prestar un poco de atención a este tipo de asuntos porque el “rifle sanitario” propició uno de los mayores levantamientos campesinos desde los tiempos de Revolución Mexicana de 1910.

La historia del “rifle sanitario” empezó como empiezan siempre estas historias: hay una epidemia de ganado que viene de fuera. El mal siempre llega de lejos. Estados Unidos responsabiliza a México que, a su vez, responsabiliza a la importación de cebúes brasileños que los ganaderos querían cruzar con la especie autóctona para mejorarla.

Cuando en Texas aparecieron los primeros síntomas de glosopeda (o fiebre aftosa, que también se imputa a un virus) en los rebaños, Estados Unidos exigió que una partida de sementales brasileños permanecieran en cuarentena en la isla de Los Sacrificios, frente al puerto de Veracruz, donde los habían desembarcado. Además, prohibió la importación de ganado mexicano.

A su vez, México declaró el estado de emergencia e impuso la cuarentena. Fue un descalabro para la economía mexicana, que anualmente exportaba cerca de 800.000 reses a Estados Unidos.

Si bien se detectaron algunos casos de fiebre aftosa en determinados ranchos, tanto en México como en Estados Unidos, los cebúes brasileños no tenían nada que ver. No sólo pasaron la cuarentena normalmente sino que en Brasil no detectaron ni un sólo caso positivo en las regiones de donde salieron las partidas de cebúes.

La epizootía mexicana de 1947 era benigna y tenía tratamiento veterinario. A pesar de ello, Estados Unidos impuso a México el exterminio implacable de su cabaña, es decir, no sólo del ganado enfermo sino también del sano, con el conocido pretexto del “contagio”.

La diferencia entre las enfermedades humanas y las del ganado es que en este segundo caso al enfermo se le puede matar ¿Para qué curar si es más barato matar? El plan de Estados Unidos era exterminar la tercera parte de la cabaña mexicana: 4,5 millones de cabezas de ganado.

La resistencia campesina no tardó en manifestarse y al principio los matarifes tuvieron que recorrer los pueblos acompañados de tropas del ejército. Pero la represión no sofocó los levantamientos, que subieron de tono. Los veterinarios y técnicos tuvieron que marcharse de algunos estados, como Guerrero y Michoacán. Comenzaron las redadas y encarcelamientos, mientras los panfletos que circulaban de mano en mano denunciaban a los “capitalistas, únicos beneficiarios del rifle sanitario, ya que, sin animales no se podrá trabajar la tierra y tendrá que ser vendida por un mendrugo de pan”.

El levantamiento campesino conduce a la lucha armada y los enfrentamientos con el ejército se multiplican. En junio de 1947 un veterinario, un oficial del ejército y seis soldados fueron ejecutados por los campesinos en Senguio, en el estado de Michoacán. El propio gobernador del estado, un general del ejército a la vez que político corrupto, fue víctima de un atentado.

Ante la resistencia de los campesinos, el gobierno federal tuvo que acabar con el exterminio del ganado, primero en Michoacán y luego en toda la República.

Por más que hubiera casos de fiebre aftosa en el ganado, tanto mexicano como estadounidense, la campaña del “rifle sanitario” no fue promovida por un criterio científico sino económico y político, acabando de la misma manera que empezó: no por un criterio científico sino por la resistencia popular al exterminio de los medios de vida del campesinado mexicano.

Bibliografía:

– J.M.Cervantes Sánchez, La fiebre aftosa y el desarrollo moderno de la medicina veterinaria mexicana (1946-1955), Montalbán, 2003
– José Carmen Soto Correa: El rifle sanitario, la fiebre aftosa y la rebelión campesina, Instituto Politécnico Nacional, México, 2009.

La técnica de intoxicación de masas

Las técnicas de manipulación de masas son muy conocidas desde hace muchísimos siglos. Hay numerosos manuales fácilmente accesibles, redactados por todo tipo de instituciones, por lo que no es necesario invocar a Goebbels o a la CIA por enésima vez. Basta con tener en cuenta que la tarea del espionaje no consiste sólo en obtener información sino en difundirla.

En el mundo moderno la manipulación de masas ha alcanzado cotas insospechadas por varias razones que tienen que ver con la fase de la historia en la que vivimos. La primera es la transformación de la prensa en una industria. No es posible mantener un fraude sin crear un negocio a su alrededor, con sus empresas, sus subvenciones, su profesionales y su mercado.

La segunda es que, en la medida en que hoy la industria es monopolista, la información también está monopolizada, es decir, acaparada por grandes cadenas capaces de operar en el mundo entero. Hay varios operadores que difunden un mismo mensaje. El pluralismo informativo no está en que circulen varios mensajes sino en que haya varias cadenas de difusión de los mismos contenidos.

La tercera es que, como sabemos desde que el chino Sun Tzu escribiera “El arte de la guerra”, una obra que es más vieja que la Biblia, la manipulación es una técnica militar. Forma parte de la guerra, no del periodismo. Por eso, no basta con dar una noticia, sino que hay que denostar a quien la niega. Es la clave para convertir el negacionismo en un insulto.

El responsable de la noticia es el portador de la misma. Si desacreditas al informador, desacreditas la información. Se llama “matar al mensajero” y no falla nunca. De ahí que nadie pregunte, por ejemplo a The Guardian, por sus fuentes. Eso sólo se hace a un medio independiente. Una noticia que choca con la ideología dominante requiere aclarar su origen; una noticia que la confirma se propaga por sí misma, sin necesidad de un respaldo.

Recientemente hemos tenido dos intoxicaciones que han circulado de esa manera. La primera ha sido la muerte de Kin Jong-un y la segunda la compra por Bashar Al-Assad de un cuadro en Sotheby’s por 25 millones de libras esterlinas para hacer un regalo a su mujer.

Las múltiples técnicas de intoxicación informativa se resumen en un principio militar: son maniobras de distracción. Los submarinos y los aviones de combate llevan señuelos a fin de que los torpedos y misiles que les apuntan se desvíen de su trayectoria, encaminándose hacia otros objetivos, que son ficticios. El torpedo o el misil confunden el blanco; no diferencian la mentira de la verdad.

“Gobernar es hacer creer”, escribió Maquiavelo hace 500 años. Es fabricar un mundo de suposiciones y de ilusiones, como la de que durante la transición España inauguró una nueva etapa de su historia, diferente a la anterior.

Del mismo modo, ahora suponemos que el gobierno está preocupado por nuestra salud y no le ha importado paralizar la marcha de la economía porque “lo primero es la salud”. Nunca se ha preocupado del hambre, ni de que los niños desfallezcan en medio del patio de la escuela, pero sí se preocupa en cambio por un catarro, o un resfriado, o una bronquitis, o una neumonía.

A partir de ese señuelo, es evidente que las medidas adoptadas tienen su origen en la salud, que la ley marcial se ha impuesto por motivos sanitarios y que la crisis económica deriva de ahí. Millones de trabajadores irán al paro en todo el mundo creyendo que quien les ha enviado a la calle es un virus.

El papel asignado a los sindicatos y a los antisistema, en general, forma parte del sistema que dicen combatir: sostener la ficción hasta el último minuto, impedir que aparezcan herejes que nos saquen del estupor, e incluso despreciarlos, porque están quedando en evidencia hoy como quedaron en evidencia en 1977.

En el mundo moderno lo virtual ha dado nuevas alas a los señuelos y las ilusiones. Lo único real es que aunque las calles siguen vacías, en el Primero de Mayo hemos tenido más mítines virtuales que nunca.

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