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Día: 15 de enero de 2025 (página 1 de 1)

De los daños colaterales en los Balcanes a los crímenes de guerra en Afganistán

Las guerras posmodernas se han llenado de eufemismos que muestran la mistificación del lenguaje mediático. Las guerras no quieren decir su nombre. Todos hablan de “confictos” y sus consecuencias se barnizan con otras sutilezas retóricas para no llenar los reportajes con términos gruesos, como masacres y similares.

Todo empezó cuando la OTAN acuñó la expresión “daños colaterales” durante la Guerra de los Balcanes. A pesar de lo que entonces se llamaron “bombas inteligentes”, no acertaban nunca en el blanco, cayendo en lugares tan inapropiados como la embajada de China en Belgrado, donde asesinaron a dos periodistas.

Luego venían las explicaciones de los portavoces y los gabinetes de imagen: “fue un error”, “nos equivocamos”, “no queríamos hacerlo”, “lo lamentamos”… Los medios convierten los horrores en errores.

En Afganistán ocurrió lo mismo y no fue ningún “error” porque todos los invasores, especialmente Estados Unidos, Australia y Reino Unido, cometieron los mismos “errores”. Por ejemplo, en el caso de Reino Unido su magnitud fue de tales dimensiones que las denunció un alto oficial de la Dirección de las Fuerzas Especiales.

Luego se creó la típica comisión de investigación que, para guardar su anonimato le referenció como N1466.

El denunciante trabajó en el Cuartel General de las Fuerzas Especiales británicas entre 2010 y 2011, entonces bajo el mando del general David Page. Era responsable de supervisar todas sus operaciones en el país y en el extranjero, en zonas de guerra. Su función incluía revisar todos los informes de las operaciones de las unidades.

Desde el principio el oficial sospechó del número desproporcionado de lo que en la jerga británica llaman “muertes enemigas en acción” (EKIA) por parte del SAS, en comparación con el número de armas recuperadas, lo que no tenía proporción con el resultado habitual de los enfrentamientos.

Empezó a dudar de la credibilidad de los informes que el SAS (1) redactaba después de cada misión, en particular porque los enfrentamientos indicaban que un gran número de afganos estaban siendo asesinados en lugar de capturados.

En noviembre de 2010 el presidente afgano Hamid Karzai presentó una denuncia por el asesinato de Mohammed Ibrahim, gobernador de la provincia de Helmand, durante una operación del SAS. Los miembros de la unidad dijeron que Ibrahim había colocado una granada detrás de una cortina mientras lo obligaban a punta de pistola a participar en el registro de su casa. Le dispararon a quemarropa antes de que pudiera detonar la granada, según dijeron los soldados en su informe.

En las noches del 7 y 9 de febrero de 2011 un escuadrón del SAS mató a 17 personas, incluidos dos niños, durante unos registros domiciliarios, recuperando sólo siete armas.

En otro registro, el 16 de febrero asesinaron a tiros a dos prisioneros afganos porque intentaron agarrar las armas que tenían escondidas detrás de una cortina y una mesa.

Tanto el denunciante N1466 como otros oficiales comenzaron a preocuparse por los crímenes de uno de los escuadrones del SAS porque consideraban que estaba “fuera de control”. El oficial consultó con al asesor jurídico de las fuerzas especiales británicas sobre la obligación de los comandantes de informar a la policía militar sobre posibles crímenes de guerra.

La respuesta que recibió fue clara: la acumulación de incidentes similares y las sospechas surgidas de los informes operativos requerían una investigación formal. Entonces N1466 redactó un informe al director de las fuerzas especiales sobre el comportamiento del SAS en Afganistán, destacando incidentes concretos que indicaban un patrón de ejecuciones ilegales y pidiendo una investigación exhaustiva para arrojar luz sobre esos crímenes de guerra.

El oficial le dijo a la policía militar que un “cáncer había infectado” a un escuadrón del SAS y que los crímenes eran tan graves que el regimiento entero necesitaba una “revisión completa”.

Como cabía esperar, las respuestas fueron evasivas y el informe acabó en la caja fuerte de Gwyn Jenkins, que entonces era coronel. Luego le ascendieron y llegó a ser el número uno del ejército británico, de manera que el año pasado la BBC titulaba: “Un general de alto rango guardó bajo llave las evidencias de las ejecuciones del SAS” (2).

Es mejor tener la boca cerrada, no saber nada y mirar para otro lado. Cuando nadie sabe nada es que todo va bien. El problema es cuando el denunciante se harta y decide hablar en público. Una década después de los crimenes el Sunday Times se hizo eco de la denuncia de N1466 y la BBC inició su propia investigación. Entonces se desató un amplio debate y el correspondiente escándalo.

En 2022 la BBC informó que una unidad del SAS había asesinado a 54 personas durante una misión de seis meses. “Eso implicó el asesinato deliberado de individuos […] y la posterior fabricación de pruebas para sugerir un homicidio legal en defensa propia”.

La bola de nieve echó a rodar. Algunas familias afganas acusaron a las fuerzas especiales británicas de llevar a cabo una “campaña de asesinatos” contra civiles y presentaron querellas ante los tribunales por decenas de asesinatos cometidos entre 2010 y 2013 en redadas y registros domiciliarios. Comenzó entonces una de las mayores investigaciones sobre la conducta del ejército británico en la historia reciente.

A los medios de comunicación no les quedó más remedio que hacerse eco de las denuncias. Las ONG humanitarias se rasgaron las vestiduras y en diciembre de 2022 la sangre llegó al Parlamento, aunque sólo en forma de preguntas.

Este tipo de polémicas se sacian -en parte- cuando finalmente el gobierno aprueba la correspondiente comisión de investigación que, después de varios años de arduas pesquisas, redacta un informe con la “verdad oficial”. No importa que las conclusiones sean incómodas. Para entonces ya nadie se acuerda de nada, ni le importa porque está entretenido con otro escándalo.

(1) El SAS (Special Air Service) es una unidad de las fuerzas especiales del ejército británico creada durante la Segunda Guerra Mundial, conocida por sus atrocidades, especialmente durante la guerra contra los independentistas irlandeses del IRA.
(2) https://www.bbc.com/news/uk-67418001

Estados Unidos puede perder todas las guerras excepto la del dólar

Antes se solía decir que China era la fábrica del mundo. En la misma medida también se podría decir que Estados Unidos es el mayor mercado de consumo del mundo. Como diría Lenin, es un país parásito: consume mucho y no fabrica nada.

Tampoco paga nada por consumir porque recurre a un truco típico de las sociedades parasitarias, la deuda, que no es sólo deuda pública, sino también privada y, desde luego, exterior. Estados Unidos devora porque tiene una imprenta capaz de reproducir billetes verdes en cantidades fabulosas. El dólar es lo único que Estados Unidos no puede perder.

Los demás países del mundo están obsesionados por la balanza comercial y el déficit, especialmente la Unión Europea, y para cubrir los agujeros hay que exportar y para ello -según dicen los “expertos”- hay que mejorar la competitividad, o sea, bajar los salarios.

En el resto del mundo se vuelven locos con las exportaciones, aunque les pagan con unos papeles sin valor alguno. Por lo tanto, cada país del mundo tiene que financiar sus propios déficits, además del estadounidense. Es lógico que al otro lado del Atlántico consuman y se endeuden en masa porque les resulta gratis.

De ese modo, desde 1945 Estados Unidos es un gran centro comercial en el que todo el mundo quiere poner un establecimiento para vender sus mercaderías. Las empresas fabricantes se desviven por dar salida a su producción en un mercadillo tan gigantesco, sin límite ninguno.

Es normal que nadie se quiera indisponer con el gran centro comercial. Todos asienten porque todos dependen del chiringuito que mantienen abierto en Estados Unidos. En el resto del mundo no hay otro mercado de tamaño similar porque tienen que pagar las compras de los estadounidenses, es decir, que en lugar de vender en su propio país, lo que hacen es vender fuera.

Todo el mundo acaba trabajando y cobrando salarios de hambre en beneficio de Estados Unidos y, sin embargo, cuando una empresa extranjera es capaz de competir dentro de Estados Unidos, la presentan como una demostración de fortaleza.

Son muchos los que no entienen, por ejemplo, que Alemania se haya volcado en apoyar a Ucrania o a Israel, a costa de sacrificar sus propios intereses y enemistarse con Rusia, que le suministraba gas muy barato, o con China, que es uno de sus grandes mercados de exportación.

La explicación es que Alemania es un país exportador que depende del mercado estadounidense. China sólo ha podido colmar en parte esa dependencia económica. Que una potencia, como Alemania, desvincule su futuro de las imposiciones de Estados Unidos, depende del crecimiento económico de China, de que China sea capaz de absorber la superproducción alemana y sustituir a Estados Unidos.

Cuando un país no produce nada, como Estados Unidos, no necesita una industria, por lo que puede clausurar empresas y sectores económicos enteros, que es el proceso emprendido en los años ochenta del pasado siglo.

Ahora aquello se ha acabado y, cuando Biden inició la reindustrialización, se dio cuenta de que primero debía cerrar el mercado a la producción extranjera subiendo los aranceles. Se acabaron las tonteorías neoliberales; vuelven los viejos fantasmas de la economía política: intervencionismo, planificación, proteccionismo, devaluación…

La Armada española sigue los pasos de un submarino ruso por orden de la OTAN

Ayer un medio del Campo de Gibraltar daba una noticia significativa, que no ha trascendido: el buque patrulla de la Armada española, “Tornado”, estaba “investigando” la presencia de submarinos de guerra rusos en el Estrecho (*).

Es como dar media noticia, porque el “Tornado” no actuaba por orden de la Armada española sino de la OTAN y porque, además, no investigaba nada sino que seguía a un submarino ruso que había salido de las costas de Siria y estaba a la altura de las Baleares cuando inició su misión.

La OTAN coordina sus operaciones navales haciendo que cada uno de los países miembros participe en el control de la Marina de Guerra rusa dentro de sus aguas jurisdiccionales. Cada pais vigila su tramo de costa.

Aunque el medio no lo dice, el submarino ruso era el Novorossiysk, conocido por su sigilo, que realizaba una travesía desde el Mediterráneo oriental hasta el norte de Europa, pero no lo hacía sumergido sino por la superficie, por lo que no intentaba ocultar sus movimientos.

La noticia es un indicativo de que, como es obvio, la tensión se ha trasladado al mar y que no sólo recorre las costas españolas, sino que llega al Báltico.

El submarino salió del puerto de Tartus a finales del pasado año, tras la caída de Damasco en poder de los yihadistas, que ha obligado a la Marina rusa a cambiar sus planes estratégicos.

Originalmente estaba destinado a apoyar el esfuerzo bélico ruso en el frente ucraniano en el Mediterráneo, el Novorossiysk se vio obligado a regresar a su base, privado de su apoyo logístico en Siria. Esta situación ilustra los desafíos que enfrenta la Armada rusa para mantener su presencia en el Mediterráneo oriental.

Tras abandonar las aguas jurisdiccionales españolas en el Atlántico, el submarino ruso fue seguido por la Marina portuguesa, cruzó el Canal de la Macha y el viernes de la semana pasada la Marina de Países Bajos asumió su vigilancia, desplegando otro patrullero.

(*) https://www.diarioarea.com/2025/01/14/buque-tornado-submarinos-guerra-rusos-estrecho/

Las negociaciones sobre el programa nuclear iraní son papel mojado

En medio de las tensiones crecientes en Oriente Medio, Irán hizo recientemente una demostración de fuerza al presentar su nueva generación de drones. Los aparatos tienen un alcance de 2.000 kilómetros, lo que teóricamente les permite alcanzar no sólo el territorio israelí, sino también las diversas bases militares estadounidenses que hay repartidas por Oriente Medio.

La exhibición se produce en un contexto marcado por la ofensivas de Israel contra Teherán, Damasco, Hezbollah y Hamas. Los ataques aéreos israelíes contra territorio iraní han tensado la situación regional.

Paralelamente a la ofensiva israelí, Irán ha intensificado sus medidas defensivas organizando ejercicios militares alrededor de sus instalaciones nucleares estratégicas. El sitio de enriquecimiento de Fordo, situado a unos 100 kilómetros de Teherán y excavado bajo una montaña, es un objetivo muy especial para la aviación israelí.

Los dirigentes iraníes dicen que sus sistemas de defensa aérea son capaces de interceptar incluso los misiles más sofisticados, como los disparados por los F-35 estadounidenses. En el plano diplomático, Irán continúa negociando su programa nuclear con países que no pintan absolutamente nada, como Francia, Gran Bretaña y Alemania.

El gobierno de Teherán ya tiene la amarga experiencia de que después de agotadoras reuniones se firman papeles inútiles, que luego no comprometen a nadie, y menos a Estados Unidos e Israel.

En 2018 Trump ya desvinculó a Estados Unidos del anterior acuerdo. Ahora esos países europeos negocian antes de que llegue a la Casa Blanca, quizá para se desvincule por segunda vez.

Para Irán el acuerdo importante es el que ha firmado con Rusia para una asociación estratégica integral. Su supervivencia depende de este tipo de alianzas y de su preparación para las agresiones militares de los sionistas y los imperialistas.

Muy pronto el acuerdo les proporcionará cazas rusos Su-35S, para lo cual están construyendo aeródromos, refugios y radares, porque ese tipo de aparatos requieren una logística muy sofisticada para mantenerlos operativos.

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