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Día: 28 de noviembre de 2022 (página 1 de 1)

Los vampiros del siglo XXI

Hasta hace poco tiempo los donantes de sangre eran un ejemplo de humanitarismo y generosidad, porque las donaciones eran desinteresadas. Sin embargo, hasta 1985 se remuneraban y muchos pobres y pordioseros vivían de entregar su sangre a cambio de un puñado de monedas.

Ahora la sangre ya no sólo va destinada a algún accidentado que convalece en el hospital. Es una materia prima para la industria farmacéutica y cosmética, que la procesa para fabricar diversos medicamentos y ungüentos por los que cobra un precio muy elevado.

La sangre vuelve a ser una mercancía y la industria codicia un plasma rico en proteínas. Es un materia prima más barata que la producida de manera sintética. Pero una vez que la sangre se separa en sus distintos componentes, su precio se dispara.

Un vendedor sólo puede entregar sangre completa unas pocas veces cada año, pero puede vender plasma hasta dos veces por semana si se practica la plasmaféresis, un proceso que consiste en extraer la sangre completa, separar el plasma y volver a inyectar los componentes celulares en las venas del vendedor.

La placenta, la masa de tejido que nutre al feto mientras está en la matriz, es otra mercancía valiosa. Muchos hospitales y maternidades las guardan, las congelan y las venden. Tan solo en 1987 Estados Unidos exportó unos 800.000 kilos de placenta al extranjero. Es una fuente de plasma sanguíneo materno, que las empresas elaboran para producir diversos fármacos y pomadas para la piel.

A su vez el plasma también se puede separar en sus diversos componentes y entonces la industria llega a negociar miles de millones de dólares.

Estados Unidos exporta productos derivados de la sangre humana por un valor de más de 25.000 millones de dólares al año, casi un 2 por cien del total de sus exportaciones. Pero no sólo las empresas obtienen beneficios. Entre 1980 y 1987 la Cruz Roja ganó 300 millones de dólares en Estados Unidos gracias al tráfico de sangre y en Japón empezó a competir con las empresas vendiendo sangre con descuentos y ofertas.

La sangre tampoco escapa a las clases sociales. Los países del Tercer Mundo y los barrios pobres de Estados Unidos son los grandes yacimientos de sangre. En India hasta 500.000 miserables venden su sangre para ganarse la vida y algunos se disfrazan y falsifican sus documentos de identidad para poder donar más sangre de la recomendada. En ocasiones son las empresas las que les extraen más sangre de la que deberían.

Por eso los centros de extracción están instalados en medio de la pobreza y los vendedores mueren debido a la gran cantidad de sangre que donan periódicamente. Las instalaciones vampíricas funcionan 12 horas al día, 7 días a la semana, ofreciendo 200 dólares al mes de remuneración en Estados Unidos por cada entrega.

No es casualidad que se hable de los “bancos de sangre”. Las empresas extractoras no pagan en efectivo sino en una cuenta asociada a una tarjeta de crédito exclusiva a nombre de la empresa succionadora de la sangre.

El ingreso de España en la Unión Europea prohibió la compraventa de sangre, aunque el negocio quiere volver. A finales de los ochenta la farmacéutica Grifols fue la última empresa dedicada al tráfico de sangre y ahora está presionando “para que se legalice la venta de sangre como complemento económico para los parados” (*). La farmacéutica, que es el tercer traficante mundial de sangre, estaría dispuesta a pagar entre 60 y 70 euros a la semana a los parados.

(*) https://cincodias.elpais.com/cincodias/2012/04/17/empresas/1334829553_850215.html

El documental “Harvesting the Blood of America’s Poor” (Cosechando la sangre de los pobres de Estados Unidos) describe el tráfico mundial de sangre

Ante los jueces Fauci no sabe y no contesta

Ningún estadounidense ha sido más adulado por los medios de intoxicación en la “era covid” que Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas y consejero principal de la Casa Blanca. Desde principios de 2020 los medios de comunicación rodearon a Fauci de una aureola empalagosa.

Pero la semana pasada, el intelecto de Fauci se desvaneció. Los medios de comunicación cargan contra el cabecilla de la pandemia y después de su dimisión en el próximo mes de diciembre, las críticas se multiplicarán. “Del árbol caído todos hacen leña”, dice el refrán.

Un juez obligó a Fauci a responder a las preguntas de dos fiscales que preguntan por el papel de “docenas de funcionarios federales en al menos 11 instituciones federales” en la supresión de “escritos, puntos de vista y contenidos desfavorables en las plataformas de medios sociales”. La querella afirma que la “guerra contra la desinformación” ha demolido la libertad de expresión de los estadounidenses.

Fauci fue interrogado por el fiscal de Missouri, Eric Schmitt, y el fiscal de Luisiana, Jeff Landry. Landry calificó a Fauci como el hombre que destrozó la economía basándose en una supuesta “ciencia”. Pero “en el transcurso de siete horas, descubrimos que no puede recordar prácticamente nada relacionado con su respuesta al covid”, dijo Landry.

El fiscal de Missouri, Schmitt, dijo que cuando Fauci hablaba, las redes sociales censuraban todo lo demás. La querella seguirá sacando a la luz los tejemanejes y las mayores bombas están aún por llegar.

La transcripción no se ha hecho pública, pero han salido a la luz algunos fragmentos. “Tengo un trabajo diurno muy ocupado dirigiendo un instituto de 6.000 millones de dólares. No tengo tiempo para preocuparme de cosas como la Declaración de Great Barrington”, dijo Fauci. Sin embargo, menos de dos semanas después de la publicación de la Declaración, Fauci envió un correo electrónico a Deborah Birx, su peón en la Casa Blanca: “Me he manifestado públicamente con mucha firmeza en contra de la Declaración de Great Barrington”. Fauci hizo múltiples entrevistas en los medios de comunicación fustigando cualquier sugerencia de que los confinamientos eran innecesarios para contener ninguna pandemia.

Fauci forma parte de una casta de científicos que se creen con derecho a gobernar las vidas de los demás. Durante la pandemia dijo que sus críticos están “criticando realmente la ciencia porque yo represento a la ciencia”. Siempre se comportó como si la burocracia sanitaria mereciera poderes omnímodos. Cuando en abril un juez anuló las mascarillas obligatorias para los viajeros de avión, Fauci respondió: “Eso es competencia de los CDC, no debería haber sido un asunto de los tribunales”.

Este charlatán de las seudociencias ha dado más piruetas que un trapecista de circo. A principios de 2020 se burló de la idea de que las mascarillas evitarían la transmisión del “covid” y luego se subió al carro contrario. En mayo de 2021 dijo que los vacunados no transmitían el “covid”, una afirmación que siguió repitiendo mucho después de que las pruebas la desmintieran. Se opuso a la vacunación obligatoria hasta que luego la avaló.

En agosto Fauci declaró que los confinamientos no habían dañado a nadie. Pero los intentos de suicidio de los jóvenes durante el primer año de confinamiento aumentaron un 51 por cien. El aislamiento forzoso hizo que muchas más personas se deprimieran y contribuyó al aumento del 25 por cien de las muertes relacionadas con el alcohol en 2020 y al récord de muertes por consumo de drogas. La Oficina Nacional de Investigación Económica estimó que los estadounidenses sufrieron un exceso de mortalidad no relacionada con el alcohol durante 2020 y 2021 que acabó con la vida de 171.000 personas. Muchas de esas muertes son “daños colaterales“ de los confinamintos y otras restricciones sanitarias impuestas durante la pandemia.

La venganza de la economía real

La mayor parte de las personas son conscientes de que lo que llaman “dinero” no vale nada, en realidad. Sólo son papeles. Muy codiciados, pero papeles.

Lo mismo cabe decir de las deudas. Los acreedores saben que no valen nada porque se han inflado de tal manera que no las van a poder cobrar nunca.

A pesar de ello, los papeles y las burbujas suman para el Producto Interior Bruto y su cifra aumenta a medida que aumenta el volumen de humo.

A veces la economía ni siquiera se infla con papeles, sino con intangibles como las criptomonedas. Entonces, una empresa como FTX, que valía más de 30.000 millones de dólares a principios de año, ahora no vale nada.

Hace un año el mercado mundial de criptomonedas sumaba de tres billones de dólares. Hoy sólo suma la tercera parte.

Estas cosas no sólo ocurren con las mercancías ficticias, el dinero ficticio y las empresas ficticias, sino con todo tipo de capitales. En 2001 quebró Enron, una empresa energética de Texas, por una revisión de su contabilidad. Cuando realizan una auditoría y miran los libros de cuentas con otros ojos, la cotización de muchas empresas se esfuma en el aire.

Fue la bancarrota más grande de la historia de Estados Unidos y se llevó por delante a Arthur Andersen, una de las mayores empresas de auditoría del mundo. Como en el caso de Al Capone, el contable cayó con sus libros de contabilidad. Había escondido las deudas debajo del felpudo. Un contable te dice que tienes mucho dinero; el otro te dice que estás arruinado.

Los economistas, lo mismo que los epidemiólogos, no saben sumar y tampoco saben lo que suman. Les ocurre lo mismo que a todos esos ingenuos que se imaginan que “dos y dos son cuatro”. ¿A que se refieren? Si debes dos y luego debes el doble, estás en quiebra, o sea, eres un cero.

El capitalismo está en bancarrota, sobre todo en los países más desarrollados. Está jugando con fuego, pero se ha acostumbrado tanto a vivir del humo que los incendios le entusiasman. Lo llaman “reactivación económica”.

Biden prohíbe los equipos chinos de telecomunicaciones

La guerra económica y tecnológica da un paso adelante: la FCC, el organismo regulador de las telecomunicaciones en Estados Unidos, anunció el viernes que va a prohibir los equipos y servicios de telecomunicaciones suministrados por casi media docena de empresas chinas, entre ellas los fabricantes de equipos Huawei y ZTE.

El decreto se dirige a las empresas que se consideran una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos y afecta a la venta de cualquier nuevo producto en suelo americano, al no permitirles obtener la autorización de comercialización.

Afecta a Huawei y ZTE, que ya han sido objeto de normas equivalentes en el pasado, así como a Dahua y Hikvision, que proporcionan equipos de videovigilancia, y a Hytera, especializada en equipos de radio. Sin embargo, los productos ya autorizados por la FCC seguirán teniendo licencia por el momento.

“Estas nuevas normas son una parte importante del esfuerzo por proteger al pueblo estadounidense de las amenazas a la seguridad nacional relacionadas con los equipos de telecomunicaciones”, dijo la presidenta de la FCC, Jessica Rosenworcel, en un comunicado.

El regulador también está estudiando una revisión de las autorizaciones ya concedidas, así como de los procedimientos de revisión de las prohibiciones anunciadas.

En línea con la política iniciada por Trump, el gobierno de Biden ha quiere cerrar las puertas a los fabricantes de equipos de telecomunicaciones chinos, con el pretexto de que espían para Pekín.

En mayo de 2020 el gobierno de Trump exigió a los subcontratistas de Huawei que pidieran autorización para utilizar componentes estadounidenses, bloqueando de hecho el suministro de productos fabricados por empresas con sede en Estados Unidos a la compañía. La decisión había penalizado el negocio del holding chino, sobre todo en los teléfonos inteligentes, donde Huawei prácticamente ha desaparecido del mercado.

Entonces la FCC dio un paso adelante. Incluyó entonces a Huawei, ZTE, Hytera Communications, Hangzhou Hikvision Digital Technology y Dahua Technology en una lista negra de empresas que suponen un “riesgo inaceptable” para la seguridad de Estados Unidos en marzo del año pasado. En junio del año pasado, la FCC también apoyó una propuesta de prohibición de licencias para empresas chinas de equipos de telecomunicaciones.

“En 2019 dejamos abierta alguna puerta a las tecnológicas chinas para que se mantuvieron en Estados Unidos a través de nuestro proceso de aprobación de equipos. Ahora proponemos cerrar esa puerta”, añadió Rosenworcel.

La prohibición suscitó preocupación entre los pequeños operadores de telecomunicaciones, que son los únicos que utilizan equipos de Huawei y ZTE en sus redes. En septiembre de 2020, la FCC calculó que la sustitución de estos equipos les costaría más de 1.800 millones de dólares. Un ruina para las pequeñas empresas estadounidenses.

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