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Día: 14 de julio de 2022 (página 1 de 1)

También en Rusia las grandes farmacéuticas pagan sobornos a los médicos

Putin ha criticado a las empresas farmacéuticas extranjeras por impulsar sus productos a través de las instituciones médicas locales y los médicos en Rusia utilizando sus recursos económicos.

“Desgraciadamente, las empresas farmacéuticas extranjeras han atraído a algunos directores de nuestras instituciones médicas, y a trabajadores médicos de 30 regiones. Y han estado introduciendo sus medicamentos [en el mercado ruso], pagando mucho dinero por ello. Hemos visto que han pagado 500 millones de rublos por un proyecto”, dijo en una reunión con Yury Chijanchin, jefe del servicio de control financiero.

Esta corruptela también existe en la UE y en todo el mundo, añadió Putin. “Lo hacen en todas partes. También lo hacen en Europa y en el extranjero. Así es como operan”, dijo (1).

Chijanchin respondió diciendo que su departamento estaba trabajando con la policía para acabar con la patente de corso de las grandes farmacéuticas.

La corrupción reconocida alcanza a 30 instituciones sanitarias locales, pero el nido de la serpiente está en los ministerios. Si mañana la policía anuncia que ha atrapado al subdirector de una clínica regional, será irrelevante.

Tampoco se trata sólo de las farmacéuticas extranjeras porque no es posible separar a unas de otras. Las rusas colaboran con las occidentales y el gobierno central ha invertido mucho dinero en ello.

No hay medicamentos sin contratos privados y sin dinero público. En Rusia el soborno de los médicos es algo cotidiano y la prensa se hace eco de la corrución sanitaria. Por ejemplo, a finales de 2019, el médico jefe del dispensario oncológico del Ministerio de Sanidad de la República de Osetia del Norte-Alania fue pillado in fraganti mientras recibía un soborno a una escala especialmente grande (2).

Unos días antes, el médico jefe del Centro Regional de Oncología de Penza fue condenado a cinco años de prisión, al igual que el director de la empresa farmacéutica que le pagó el soborno.

(1) https://tass.com/economy/1472097
(2) https://tsargrad.tv/articles/fsb-zajmjotsja-farmoj-zapadnye-korporacii-pokupajut-russkih-vrachej_574663

¿Cómo evitar que las políticas climáticas solivianten a la población?

En noviembre de 2018 las movilizaciones de los chalecos amarillos dejaron en muy mal lugar las políticas europeas de transición ecológica por un motivo evidente: la subida de los impuestos sobre los combustibles. Los asuntos ambientales entusiasman a la población, pero no pueden pagar el coste.

El levantamiento de los chalecos amarillos, que sorprendió a tantos “progres”, también conmocionó al gobierno francés, que tomó buena nota, disponiéndose a seguir en la misma línea desde otra perspectiva.

¿Cómo lograr que las políticas climáticas no solivianten a la población? El gobierno encargó un informe al Consejo de Análisis Económico (CAE), organismo dependiente del Primer Ministro, publicado este martes. Se trata de una colección de tópicos y vulgaridades.

Entre las principales recomendaciones destacadas por el CAE, la primera se refiere a la realización de encuestas periódicas entre la población. La segunda recomendación es la de “informar” a los ciudadanos. Si la población fuera más “consciente” de las dramáticas consecuencias del calentamiento, el apoyo a las políticas climáticas sería mucho mayor.

El CAE ha participado en una amplia encuesta realizada en 20 países desarrollados. En Francia, se preguntó a más de 2.000 personas sobre el apoyo a las políticas climáticas.

Dada la falta de confianza en el gobierno, la “información” debería proceder de “expertos”, como el Alto Consejo del Clima, para lo cual habría que aumentar sus presupuestos, es decir, pagar bien a los “científicos” para que digan lo que quieren oir.

La “información” debería comenzar su lavado de cerebro desde la infancia, para lo cual hay que llevar el desastre ambiental a los programas escolares, dicen los “expertos” del CAE.

Los grandes mitos tecnológicos de Silicon Valley se hunden

El capitalismo no deja de serlo porque sólo venda humo. Símbolos de una “nueva economía” que debía acabar con la antigua, Uber, Netflix, Airbnb y WeWork, los mayores éxitos de Silicon Valley en la segunda década del siglo, ya no son el sueño de los especuladores. La cotización de sus acciones ha caído en las bolsas. Los innovadores de ayer se han convertido en los reyes de su sector, pero los fallos de su modelo están saliendo a la luz y plantean dudas sobre su futuro.

Querían revolucionar los hábitos gracias a la tecnología, destruir la vieja economía y hacerse muy ricos. En la segunda década de este siglo, Uber, Netflix, Airbnb y WeWork eran la cartelera de Silicon Valley. Después de los Gafam (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft), que sacudieron los mercados mundiales en la primera década, los recién llegados se aprovecharon de la revolución digital, gracias a novedades que pillaron desprevenidos a los protagonistas tradicionales y cambiaron el panorama.

Gracias a Netflix, cientos de millones de personas ven ahora la televisión por internet y permiten que un algoritmo les sugiera contenidos adaptados a sus gustos, para verlos cuando quieran. Llegar a casa por la noche cuando no hay transporte público ya no es un problema. Uber ha simplificado el transporte de pasajeros con conductor y ha obligado a los profesionales del taxi a modernizarse. Airbnb ha permitido que cualquier persona pueda alquilar su propiedad e ir a cualquier parte del mundo sin pasar por un hotel, al tiempo que se beneficia de servicios similares a los de un hotel si lo desea. Por último, WeWork ha transformado las oficinas en un servicio que puede adaptarse a voluntad.

Estas grandes innovaciones se han visto recompensadas con una adopción masiva por parte de la población y unas valoraciones extraordinarias en bolsa. El año pasado, Netflix, Airbnb y Uber alcanzaron sus máximos históricos en bolsa: más de 300.000 millones de dólares la primera, 120.000 millones la segunda y 91.000 millones la tercera. Por su parte, WeWork tuvo su punto álgido en 2019, cuando se valoró en 47.000 millones de dólares antes de su salida a bolsa, antes de que estallara su burbuja.

Hoy, la situación es muy diferente. Netflix ha perdido casi el 70 por cien de su valor y ahora vale menos de 82.000 millones de dólares. El valor de Uber se ha reducido a más de la mitad, hasta los 42.000 millones de dólares. Airbnb se mantiene estable en torno a los 60.000 millones de dólares, y WeWork vale ahora 3.600 millones de dólares. La caída de la cotización de las acciones desde principios de año llega impulsada por la subida de los tipos de interés y la inflación.

Empiezan a aflorar los puntos débiles de los falsos profetas. Cuando el crecimiento se ralentiza, ¿se mantiene su modelo de negocio innovador? La de Netflix, que se quedó sin suscriptores por primera vez en su historia en el primer trimestre de este año, está siendo cuestionada. Uber nunca ha sido rentable y en Europa se enfrenta a un escándalo sin precedentes. En cuanto a Airbnb y WeWork, ¿son algo más que empresas inmobiliarias?

Uber, un modelo de negocio insostenible

El hilo común entre estos cuatro gigantes en declive es, en última instancia, su incapacidad para cumplir su promesa inicial: acabar con la industria tradicional, o al menos cambiarla desde los cimientos.

Viajes un 30 por cien más baratos que un taxi, un conductor amable que llega en pocos minutos, un servicio de atención al cliente impecable con una botella de agua y caramelos, la tarifa calculada de antemano y pagada automáticamente en cuanto se baja del vehículo: a principios de 2010, muchos creían que los taxis -percibidos como arcaicos, caros y opacos- nunca se recuperarían.

El tiempo ha demostrado que si bien Uber ha revolucionado efectivamente el mundo de los VTC (vehículos de transporte con conductor), su modelo de negocio es insostenible y logra beneficios a costa de la precarización del trabajo de los conductores. El año pasado valía 91.000 millones de dólares en bolsa, pero nunca fue rentable. Una vez terminada la luna de miel con los conductores, el modelo depredador de la plataforma, que cobra un 25 por cien de comisión sobre el precio del trayecto, provocó importantes movilizaciones, en especial la rebelión de los taxistas desde la misma llegada a España en 2014, con la quema de vehículos de la empresa. El modelo del falso autónomo se ve cada vez más como una forma de empleo asalariado encubierto y de precariedad laboral.

En varios países, las sentencias judiciales han recalificado el vínculo entre los conductores y su plataforma como un contrato de trabajo asalariado, lo que plantea dudas sobre la sostenibilidad del modelo de Uber, además de preguntas legítimas sobre los métodos agresivos e ilegales de la empresa. Las ventajas de la plataforma en sus inicios -servicio muy superior al de los taxis a precios bajos- ya no son necesariamente una realidad: en las ciudades, algunos trayectos de Uber son ahora tan caros como los de los taxis.

¿Telebasura? Netflix vuelve a la televisión tradicional

Netflix ha sido quizás la más fantoche de las nuevas empresas tecnológicas. Ahora está sufriendo la mayor caida en bolsa. Durante años, sus cabecillas han despreciado públicamente el modelo lineal de televisión -un episodio de una serie por semana- y su avalancha de publicidad. Al ofrecer todos los episodios de una temporada a la vez, el espectador ve lo que quiere y cuando quiere, sin anuncios.

Las audiencias de las televisiones convencionales envejecen pero resisten. Netflix ha empujado sobre todo a los estudios, propietarios de los canales de televisión más vistos en Estados Unidos, a acelerar su transformación digital poniendo en valor su catálogo de series y películas, pacientemente construido durante décadas, en su propia plataforma. A partir de 2019 los mayores estudios (Paramount, Universal, Disney, Warner) lanzaron su propia plataforma. Con una mayor profundidad de catálogo que Netflix, sin necesidad de invertir tanto dinero cada año en contenidos originales, ya que pueden utilizar lo que producen para sus canales.

Esta feroz competencia, unida al hecho de que Netflix ha alcanzado un techo de usuarios en Estados Unidos, ha hecho que la empresa entre en crisis. Desde hace dos años, Netflix cancela cada vez más series después de una o dos temporadas para liberar dinero para producir nuevos programas. Se mueve cada vez más hacia un modo de entrega casi lineal (temporada lanzada en dos o tres ráfagas de episodios), lo que de nuevo se aleja de su promesa original. En los últimos meses, tras anunciar su primera pérdida de suscriptores en 10 años, la empresa ha despedido al 4 por cien de su plantilla y prepara la llegada de la publicidad a su plataforma. La idea es hacer lo que hizo Peacock (la plataforma de streaming de NBC/Universal): fomentar la suscripción, pero también ofrecer una fórmula mixta con anuncios.

Netflix no ha acabado con la televisión convencional. Al igual que Uber, sólo obligó a una industria anquilosada a modernizarse bajo la influencia de lo digital, y se convirtió en uno de sus protagonistas más importantes.

Airbnb y WeWork: lejos de sus ideales

Lo mismo ocurre con Airbnb y WeWork, que simplemente se han convertido, con el tiempo, en cabeceras de su sector y en la encarnación de su transformación digital: reservas nocturnas para el primero, oficinas compartidas para el segundo. Airbnb ha aportado una doble innovación. Por parte de los viajeros, el servicio les ha permitido beneficiarse de una nueva oferta de alojamiento, más convivencial, original y menos costosa (al menos al principio) que un servicio hotelero. Para los arrendatarios, les permitió complementar sus ingresos o rentabilizar su inversión en alquiler aprovechando la ganancia del turismo, antes monopolizada por los hoteles. Pero con el tiempo, los precios de Airbnb han subido, los servicios se han profesionalizado y el espíritu colaborativo de los primeros tiempos es ya sólo un vago recuerdo. La marca se ha convertido más en una oferta complementaria a los hoteles que en una alternativa, con la diferencia de que no es propietaria de ningún inmueble.

Finalmente, después de haber obtenido una valoración de 47.000 millones de dólares vendiendo una “revolución en el trabajo”, WeWork aparece ahora simplemente como lo que es: una empresa inmobiliaria de oficinas. Bajo su impulso, todo el sector se ha modernizado, añadiendo una dimensión digital -WeWork se define como plataforma-, más servicios -catering, correo, limpieza- y ofertas adaptadas a todo tipo de empresas, especialmente a las emergentes, y a las nuevas modalidades de trabajo: teletrabajo, autónomos…

En otras palabras, Netflix, Uber, Airbnb y WeWork han transformado definitivamente su sector, pero se han anquilosado. Su caída en bolsa desde principios de año indica que la “revolución digital” tenía mucho de publicidad y moda, como la gafas de Google  que llamaron de “realidad virtual”.

Pero la ideología de Silicon Valley necesita seguir vendiendo sueños, y ahora ha inventado el metaverso, otro intento de “realidad virtual”, y las NFT, otro mecanismo de especulacion, lejos de la fantasía de una red descentralizada y de la “sociedad de la (des)información”.

En suma, la “nueva economía” es más de lo mismo.

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