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Día: 19 de julio de 2021 (página 1 de 1)

Un hashtag paró al asesino de mi abuelo

En el último mes, hemos podido ver como un chico moría a golpes al grito de «maricón» en A Coruña, que el Tribunal Constitucional se niega a investigar el fusilamiento del poeta García Lorca o, como dos días antes de su aprobación, la Ley de Memoria Democrática era retirada por el Gobierno más progresista de la Historia.

El fascismo no se lava con jabón: es estructural

Más claro agua. El pueblo español está educado en la cultura establecida desde el 1 de abril de 1939. ¿Qué diferencia hay entre el pelotón de matones que fusiló a Lorca y los asesinos de A Coruña?, ¿qué diferencia hay entre aquellos jueces que llegaron al cargo a raíz de sus logros militares en guerra, y sus hijos que legislan en favor de los asesinos de sus padres?, ¿qué diferencia hay entre los tecnócratas del Opus Dei que pretendían dar un barniz democrático al franquismo y aquellos que se llaman del Gobierno más progresista de la Historia, que pretenden que el fascismo coexista con la democracia? Son los mismos que han echado para atrás la Ley de Memoria Democrática, dos días antes de su aprobación. Se llamen como se llamen y sean del color que sean, cumplen la misma función: blanquear a los fascistas.

El grado de protección en este entramado generado por el franquismo es total. Ninguno de los estamentos puede sobrevivir sin el otro. ¿Acaso las empresas del IBEX 35 o la CEOE podrían sobrevivir sin la intermediación en sus negocios de la monarquía? Y este grado de autoprotección, de tipo mafioso, llega a todos los estamentos y compartimentos. Los beneficios de los empresarios con la reforma laboral del gobierno Rajoy (que el actual gobierno prometió derogar), son enormes a pesar de las vanas promesas de su derogación: a los que hacen fortuna desde 1939 no se les toca ni un céntimo de su bolsillo.

«Nuestra cruzada es la única lucha en la que los ricos que fueron a la guerra salieron más ricos» F. Franco, Vigo (1942).

Catalunya quema a los fascistas

En el día de hoy, el colectivo independentista Acció per la Indepèndencia ha hecho público un comunicado en el que reclama una acción contra el monumento a los requetés (carlistas) que se ubica en la Abadía de Montserrat. Se trata de la quema de los banderines y símbolos que la Iglesia custodiaba del Tercio María de Montserrat, que fue galardonado por su participación en la toma de Catalunya.

Se trata de la única acción reivindicativa que se ha dado en todo el país. No hay mucha más información más que el vídeo públicado desde su cuenta de Twitter en el que aparecen las banderas de los tercios carlistas ardiendo.

En el resto del país…

Desde distintas asociaciones memorialistas del país y partidos políticos (ARMH, Foro por la Memoria, Podemos, PCE, ERC, EH- Bildu, Compromís, etc.) se ha lanzado la campaña #18JYoCondeno que consistió en un acto de recuerdo frente al Congreso de los Diputados y una campaña en redes sociales con el hashtag antes mencionado, donde se invitaba a realizarse una fotografía con un cartel que incluyera ese hashtag.

Póngase en situación: en el 85 aniversario del golpe de estado, cuando en menos de un mes han asesinado a golpes a un chico al grito de «maricón», cuando el Estado está tomando el pelo a las familias retrasando la aprobación de una Ley de Memoria Democrática a menos de dos días de su aprobación, cuando los jueces (hijos de los colocados por el franquismo) se niegan a investigar el asesinato de García Lorca, etc.; la respuesta de los colectivos memorialistas y los partidos denominados de izquierda es un hashtag y un acto de 20 personas frente al Congreso.

Twitter será la tumba del fascismo

Siga poniéndose en situación: aquella muchacha que fue violada y asesinada por una piara de salvajes es recordada, 85 años después, con un hashtag y una concentración de 20 personas. Aquel muchacho que salió una noche de su casa, atravesó el monte hasta unirse a las milicias y tres años después fue asesinado en una cuneta, es recordado con un hashtag y una concentración de 20 personas. A los asesinados en los Pozos de Caudé (Teruel), donde se los fusilaba y arrojaba a un pozo de más de 70 metros, son recordados con un hashtag y una concentración de 20 personas.

Es vergonzoso que quienes se hacen portavoces de la Memoria Histórica respondan así a la necesidad de miles y miles de familias que todavía no saben donde están sus familiares, cuyas casas fueron saqueadas, sus familias destrozadas, etc. Mientras tanto, los que se enriquecieron con el robo y el exterminio siguen disfrutando de su botín de guerra, sus apellidos siguen estando en los consejos de administración, siguen dirigiendo partes estratégicas del Estado, etc. Y la respuesta frente a esta calaña es una concentración de 20 personas y un hashtag. Nada de manifestarse. Nada de ir a la puerta de los genocidas, nada de señalarlos.

Igual que los derechos, la Memoria también se conquista. Villar-Mir no va a perder su fortuna por un retweet.

China se opone a la vacunación forzosa de su población

En China algunos gobernadores y alcaldes habían procedido de la manera habitual que conocemos en otros países más cercanos, tratando de impedir el acceso de los no vacunados a determinados lugares públicos.

El viernes de la semana pasada la Comisión Nacional de Salud, máxima autoridad sanitaria del país, ha tenido que reaccionar para impedirlo. La vacunación se debe llegar a cabo voluntariamente, sin recurrir a la coacción. El consentimiento debe ser libre e informado.

Una docena de provincias habían aprobado medidas coercitivas que han causando controversia en el país. La Comisión dijo que había intervenido para proporcionar asistencia y supervisión a los gobiernos que habían adoptado tales medidas.

En China la Ley de Prevención y Tratamiento de Enfermedades Infecciosas estipula que las personas sin contraindicaciones que tengan la edad suficiente para recibir la inyección deben ser vacunadas en la medida de lo posible, pero no menciona la obligatoriedad.

Sin embargo, los gobiernos locales han adoptado normas que prohíben a las personas no vacunadas la entrada en lugares públicos como hospitales, supermercados, restaurantes, lugares de ocio o instituciones públicas.

Algunas ciudades incluso habían regulado sus campus universitarios para exigir a los estudiantes y a los miembros de sus familias que se vacunaran lo antes posible, o de lo contrario no se les permitiría volver a la escuela en septiembre.

El gobierno del distrito de Tanghe, en la provincia central china de Henan, exigió a los funcionarios, incluidos los jubilados, que se vacunaran (a menos que tuvieran contraindicaciones) o no se les permitiría trabajar ni cobrar sus salarios. El gobierno del condado finalmente abandonó estas medidas.

En abril, la ciudad de Wanning, en la provincia de Hainan, restringió el acceso al transporte público a las personas vacunadas, antes de levantar la prohibición tras la intervención de la Comisión Nacional de Salud.

La Comisión central dice que no se puede socavar la confianza de la población. Sin embargo, algunos gobiernos locales pretenden continuar la campaña de vacunación a toda velocidad.

Hasta el viernes el país había administrado más de 1.400 millones de dosis de la vacuna contra el coronavirus, que cubren aproximadamente a la mitad de su población. China espera haber vacunado al 70 por ciento de la población para finales de año.

La derrota de los nazis en 1945 prohibió las vacunas experimentales, que ahora resurgen

Desde hace 2.500 años al menos la práctica de la medicina se basa en el juramento hipocrático: la tarea de un médico es curar al enfermo o, por lo menos, conseguir que su estado de salud no empeore. A partir de la Ilustración este principio fue desapareciendo. La medicina no tenía por objeto curar sino saber. El punto de gravedad comenzó a trasladarse del enfermo al médico. El sujeto es el médico y el enfermo es el objeto; por eso se le llama “paciente”.

El cambio se argumentó con una falsa concepción del “progreso científico” que encubría un problema de clase: los experimentos se llevaban a cabo con marginados, como pobres, presos, internados, esclavos, indígenas, prostitutas… Desde el siglo XVIII los médicos llevaron a cabo experimentos con esclavos negros en las colonias europeas, e incluso les inocularon enfermedades deliberadamente, como la viruela. En 1884 Pasteur escribió al emperador de Brasil para pedirle autorización para infectar de cólera a los condenados a muerte con el fin de probar tratamientos médicos en ellos.

En los campos de concentración el fascismo llevó la “nueva medicina” a su máxima expresión. La Unidad 731, creada por Japón en 1932, asesinó a más de 10.000 presos utilizados como cobayas humanas. En 1944 el jefe médico del ejército japonés, Nakamura Hirosato, provocó la muerte de 900 indonesios inyectándoles una vacuna experimental que contenía una toxina tetánica modificada químicamente. El III Reich también llevó a cabo experimentos a gran escala con los antifascistas que encerró en Auschwitz, Buchenwald, Dachau y Natzwzeiler. Los médicos nazis inocularon patógenos a los presos, como el tifus, la fiebre amarilla, la viruela, la fiebre tifoidea, el cólera y la difteria para buscar vacunas o desarrollar tratamientos médicos.

Tras la Segunda Guerra Mundial, veinte médicos y tres nazis fueron acusados de crímenes de guerra y de lesa humanidad y juzgados en Nuremberg. En su defensa, los nazis argumentaron que el juramento hipocrático no se aplica en tiempos de guerra, y que el Estado puede poner los intereses de la ciencia por encima de los del individuo en beneficio de la colectividad. Sin embargo, la sentencia del Tribunal Militar estableció diez criterios para evaluar los experimentos médicos, que hoy se conocen como “Código de Nuremberg”.

La regulación jurídica de los experimentos médicos es consecuencia, pues, de la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Es tanto interna como internacional y se ha construido históricamente sobre la base del consentimiento libre e informado del sujeto. El artículo 7 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, adoptado por la Asamblea General de la ONU el 16 de diciembre de 1966 establece que “nadie será sometido sin su libre consentimiento a experimentos médicos o científicos”.

La Asociación Médica Mundial, una organización no gubernamental de médicos creada en 1947, aprobó la Declaración de Helsinki en junio de 1964, que reitera el Código de Nuremberg y recuerda la necesidad de prestar un “consentimiento libre, informado y expreso”. Hay decenas de reglamentos parecidos en cada colegio profesional, en los repertorios legislativos de cada país, en las normas de la Unión Europea, como el Convenio de Ovideo, y en los organismos internacionales.

La conclusión es que el médico que realiza un experimento con seres humanos sin obtener su consentimiento previo comete un delito grave.

En 2002 el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictaminó que la imposición de un tratamiento sin el consentimiento del paciente es “una violación de la integridad física de la persona afectada“ y que “las vacunaciones obligatorias como tratamiento médico no voluntario constituyen una injerencia en el derecho al respeto de la vida privada”.

Pero la experimentación médica no acabó en 1945, como ya hemos explicado aquí varias veces. En los años cuarenta y cincuenta el MIT (Instituto Tecnológico de Massachussets) alimentó a niños que padecían problemas síquicos con cereales radiactivos. Hemos explicado el falso tratamiento de negros con sífilis en Tuskegee entre 1932 y 1972, la contaminación de niños discapacitados mentales con hepatitis por parte de dos médicos en la Wilowbrook State School de Nueva York entre 1956 y 1972. Lo mismo cabe decir de los experimentos en 20.000 estadounidenses con talidomida, un sedante responsable de graves malformaciones fetales, que se prolongaron hasta 1961, la inyección de células cancerosas en pacientes ancianos e indigentes en el Jewish Chronicle Disease Hospital de Brooklyn en 1963… La lista es terrorífica y sorprende la facilidad con la que se olvida.

El 8 de abril del año pasado, en plena pandemia, la sentencia Vavricka del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (1) cambió la jurisprudencia sobre este asunto al establecer que la administración de ciertas vacunas se puede hacer de manera obligatoria, que es la práctica ahora vigente. Lo mismo que el servicio militar, algunas vacunas vienen impuestas por las leyes, por lo que se inoculan de manera masiva e indiscriminadamente, incluso desde el nacimiento.

Ahora bien, la sentencia Vavricka se refiere a un caso de 2015 y a unas vacunas ya experimentadas previamente, no a las que están por experimentar, como es el caso de las que se están administrando en la actual pandemia, que sólo han obtenido una autorización “de emergencia” de la Agencia Europea del Medicamento gracias a la ola de histeria que han desatado en el mundo con la pandemia.

La propia Agencia reconoce que concedió la autorización apresuradamente “sobre la base de datos menos completos de lo que normalmente se requiere”, por lo que el fabricante se compromete a “proporcionar datos clínicos completos en el futuro”. Los informes europeos de evaluación emitidos en la Agencia añaden que las empresas farmacéuticas deben “proporcionar los resultados del ensayo principal” en el plazo de dos años.

Por lo tanto, no cabe ninguna duda de que estamos en presencia de un experimento masivo fuera de un laboratorio que no tiene precedentes en la historia de la medicina. Aparte de la incertidumbre relativa a la nueva técnica de ARNm, la Agencia reconoce que “no se han realizado estudios de carcinogenicidad” para la vacuna Moderna y “no se han realizado estudios de genotoxicidad o carcinogenicidad” para las vacunas de Pfizer, AstraZeneca y Johnson & Johnson.

En consecuencia, estas vacunas no se pueden imponer de forma obligatoria.

Ahora cualquiera que haya acudido a un centro de vacunación puede juzgar si el personal sanitario que atiende a los candidatos les pregunta algo, les pide el consentimiento, les informa del caracter experimental de la vacuna que le van a inocular, o si se trata de ganado que espera salir ileso del experimento.

Las empresas no contratan a trabajadores que no se hayan vacunado y pueden despedir a los que ya están en plantilla. Para ello les basta con introducir las vacunas en los planes de “riesgo laboral”. ¿A eso llaman “consentimiento libre” o es un delito de coacciones?

Pregunten a los que exigen la vacunación para matricularse en una escuela, para viajar, para entrar en una tienda o para acudir a un concierto. ¿Eso es consentir o es un chantaje permanente?

En febrero Galicia trató de imponer la vacunación obligatoria y El Confidencial tituló un reportaje: “Llega la Galicia hitleriana” (2). Afortundamente el Tribunal Constitucional lo impidió, al menos de momento.

En mayo Baleares, una comunidad autónoma presidida por Francina Armengol, farmacéutica y del PSOE, aprobó la vacunación obligatoria, aunque sólo para “ciertos colectivos” de trabajadores, que no definió. Otro gobierno “progre” que se lo vuelve a poner en bandeja a Vox, que recurrió el decreto ante el Tribunal Constitucional.

¡Las vueltas que da la vida! Los “progres” imponen normas nazis y los nazis se oponen a ellas. El enredo no es fácil de aclarar.

(1) https://www.boe.es/biblioteca_juridica/anuarios_derecho/articulo.php?id=ANU-L-2021-00000001259
(2) https://www.elconfidencial.com/espana/galicia/2021-02-06/feijoo-galicia-covid-19-antivacunas_2939036/

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