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Rumores de golpe de Estado, tanto en Gran Bretaña como en Francia

Corbyn, dirigente del Partido Laborista
Como ya hemos expuesto en otra entrada, el atentado de Manchester ha servido de velo para encubrir la profunda descomposición del capitalismo en Gran Bretaña, que rueda cuesta abajo cada vez a una velocidad mayor. Pero no se trata sólo de una crisis económica sino de una bancarrota política absoluta, común en toda Europa.

Para tratar de salir de ella, lo mismo que España ha fabricado el espantajo de Podemos, en Gran Bretaña tienen a Corbyn, el nuevo dirigente del Partido Laborista, que accedió al cargo con un programa demagógico de reformas que pronto ha tenido que rebajar hasta la nada ante la campaña que la reacción le ha lanzado. Exactamente igual que Syriza en Grecia o Podemos aquí; pura retórica.

En vísperas de unas elecciones, conviene hablar un poco de estas cosas para que veamos quién es realmente el que mueve los hilos, tanto allá como acá.

El programa de Corbyn criticaba a la OTAN, se oponía a los programas de nuclearización a ultranza y, naturalmente, a los recortes en las prestaciones sociales. Como consecuencia de ello, las amenazas públicas —no contaremos las privadas— que ha recibido no han regateado calificativos. Un general británico no identificado advirtió con provocar un “motín” si llegaba a ser Primer Ministro o, en castellano, un golpe de Estado.

El atentado de Manchestar ha llevado la situación a otro plano; ya nadie habla del programa de reformas, sino de seguridad, de rearme, de ampliar los poderes de la policía y los servicios secretos, de armamento nuclear (Programa Trident), de represión… un programa por y para la guerra, en definitiva.

Ante las amenzas del ejército y la paranoia posterior al atentado, la respuesta de Corbyn y sus laboristas ha sido la misma que la sociademocracia de toda la vida: plegar velas.

En Francia la situación no es mejor. Aunque nadie se ha hecho eco, un artículo del jueves en Le Nouvel Observateur marca la pauta. El gobierno saliente del Partido Socialista tenía preparado un golpe de Estado por si acaso el 7 de mayo la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen, ganaba las elecciones presidenciales.

El plan tenía prevista una movilización de los antidisturbios para aplastar las manifestaciones antifascistas que tendrían lugar. A cambio, el Partido Socialista impondría el Primer Ministro a Le Pen. Un dirigente socialista reconoce que el país hubiera quedado paralizado y que a su Partido no le preocupaba uno u otro Presidente de la República, ni siquiera Le Pen, sino asegurar la continuidad del Estado.

Naturalmente, a costa de lo que fuera, es decir, de la liquidación de los pocos restos de libertades y derechos, ya menguados por el estado de urgencia permanente que se ha instalado desde 2015.

El silencio absoluto sobre esta información es más que preocupante porque nadie se ha preocupado de desmentirlo. La población se tendrá que acostumbrar a este tipo de declaraciones, como se ha acostmbrado al estado de urgencia y a los atentados cada cierto tiempo.

La militarización de las masas y la imposición del servicio obligatorio en filas es la siguiente píldora a digerir por la población, que acabará por acostumbrarse a cualquier cosa, a tragar con todo. Para eso tienen a figurines como Tsipras, Corbyn, Hollande, Pablo Iglesias o Pedro Sánchez.

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Juncker amenaza a EEUU con promover su desintegración si sigue apoyando el Brexit

Que la Unión Europea y EEUU están abocadas a una guerra (por ahora) comercial es algo que no es la primera vez que expresamos en nuestras páginas, pero la escalada diplomática va tomando cada vez más cuerpo y el enfrentamiento entre ambos bloques es cada vez más evidente. Tanto como para que un incidente de este tipo apenas haya sido reportado por los medios de comunicación comerciales.

«El Brexit no es el final. Sé que hay gente que piensa así. El presidente de Estados Unidos, poco después de ser elegido decía que estaba contento de que el Brexit se llevara a cabo y ha pedido a otros países a hacer lo mismo.  Y, si sigue así, me comprometo a promover la independencia de Ohio y Texas en los Estados Unidos«. Este comentario lo hizo Juncker en la conferencia del Partido Popular Europeo celebrada esta semana.
Según el diario Daily Express, estos comentarios son «dinamita diplomática», ya que se producen en un momento en que las relaciones entre Washington y Bruselas son cada vez más tensas por las escasas contribuciones de Europa a la OTAN.
Los comentarios de Juncker no parecían ser hechos en broma y fueron pronunciados en un tono serio, aunque un periodista informó de que hubo algunas «risas» en la audiencia y dio a entender que el jefe de la UE puede haber estado bromeando. Los comentarios se produjeron en medio de un furioso discurso en el que Juncker atacó a los críticos de la Comisión Europea.

Las amenazas que no se difunden en prensa

Jose Durao Barroso, ex Primer Ministro de Portugal y anterior Presidente de la Comisión Europea ya había realizado amenazas parecidas en el año 2010, cuando advirtió a los sindicatos de Europa que si no aceptan los paquetes neoliberales de austeridad, podrían instalarse dictaduras militares en España, Grecia y Portugal.
Barroso “nos traumatizó con una visión apocalíptica del colapso de democracias en Europa debido a su situación de endeudamiento”, recuerda John Monks, Secretario General de la Confederación de Sindicatos de Europa (ETUC). Su mensaje “fue tajante: si no se implantan los paquetes de medidas de austeridad, en esos países podría desaparecer la democracia como la conocemos actualmente. No hay otra alternativa.”
Y efectivamente, la mayoría de los partidos «del cambio» en Europa (Syriza, Podemos, Die Linke…) fueron aceptando uno por uno lo que el gran capital ha ido decidiendo. Si bien los comentarios de Juncker parecen algo «excesivos», eso no quita a que tengamos que estar preparados para algunas sorpresas.
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En las elecciones presidenciales francesas Macron no es el candidato manchú sino todo lo contrario

Emmanuel Macron
En Francia los sondeos presidenciales ponen por delante a Emmanuel Macron, un prototipo del político moderno, con estudios universitarios muy brillantes, máster en especialidades tan apasionantes como la política fiscal, profesional, burócrata curtido, a pesar de su juventud, en organismos de esos cuyos nombres aparecen y desaparecen…

Todo en diez años. Su aspecto es como el de Albert Ribera, fraguado en una escuela de diseño, aunque la imagen -según dicen- no es tan importante, ni siquiera en esta era de mercadotecnica. Lo importante es quién le ha llevado de la mano hasta la cumbre, aparte de sus propias cualidades, que otros también acaparan.

¿Habrán sido los rusos?, ¿será Macron el candidatu manchú?, ¿el Trump de las elecciones presidenciales francesas?, ¿otra injerencia rusa en las democracias consolidadas?

Por si las moscas la CIA vigila de cerca a Macron, tan de cerca que en 2012 ordenó a la NSA que interceptara todas las comunicaciones entre los candidatos franceses, según se desprende de la correspondencia privada de Hillary Clinton. Sin embargo, Macron es un político en la línea de Clinton, totalmente opuesto a Trump; no es uno de esos “populistas”.

Cuando en 2002 Macron acabó sus estudios en la Escuela Nacional de Administración, comenzó a hacer prácticas con un millonario, Henry Hermand, marca de una cadena de conocidos supermercados, al que la socialdemocracia había nombrado prefecto de la provincia de Oise. El millonario le enseña a Macron que ya no se puede ser conservador, ni liberal, ni mucho menos un reaccionario. El político moderno debe ser necesariamente “progre”, abierto a los cambios, las modas y las últimas tendencias y dispuesto a cambiar cuaquier cosa para que todo siga igual.

John Podesta
Este tipo de políticos surgen de la misma factoría que John Podesta, el jefe de campaña de Clinton: el “Center for American Progress”. El secreto de los progres de plástico es no hacer ascos a nada, por lo que tras acabar sus prácticas, Macron empezó a trabajar como inspector de finanzas con otro padrino del costado político opuesto, Jean Pierre Jouyet, un jerifalte de Instituto Aspen, núcleo de los “doberman” más reaccionarios de Washington.

Cuando otro “doberman”, el Presidente Sarkozy, crea la Comisión Attali para promover el librecambismo y el europeísmo, Jouyet coloca en ella a su joven peón para se forje en la mediocridad moderna vestida con sus mejores galas. Las inovaciones de Attali y su comisión no van más allá de la creación de una institución financiera internacional, otra más, la democractización del mundo y la Unión Europea como modelo y, a la vez, como laboratorio.

La Comisión Attali era un nido avispas. Gracias a ella Macron trabó contacto con Serge Weinberg, un peón de Laurent Fabius, la izquierda, y con  François Henrot, de la banca Rotschild y de la French-American Foundation que busca jóvenes de plástico para convertirlos en los políticos del futuro, secuaces de los intereses de Estados Unidos en Francia.

En 2012 llegó el momento de dar el salto: en tiempos de Hollande, la izquierda, a Macron le nombran secretario general adjunto del Elíseo, que es una manera de decir, “chico de los recados”, como aquellos botones que había antes en la banca, que empezaban de consejes y a veces llegaban a dirigir una sucursal.

Así sucedió y el conserje que llevaba los cafés por la mañana acabó siendo ministro de Economía en un tiempo récord. Fue el año que la CIA ordenó a la NSA que vigilara las comunicaciones francesas y del mensaje de Clinton en el que meciona a Macron, entonces un desconocido, con una asombrosa precisión.

Tras las elecciones francesas no sucederá lo mismo que tras las elecciones estadounidenses porque ocurrirá lo que está previsto de antemano: no ganará el candidato manchú sino Macron. Los rusos no habrán manipulado las elecciones; las habrá manipulado el otro bando y eso no es ningún escándalo; ni siquiera es noticia.

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El euro ha llevado a Europa de la especulación a la depresion

Los primeros planes para la unión económica y monetaria de Europa los lanzaron los monopolistas en la cumbre de La Haya de 1969. Al año siguiente un grupo dirigido por Pierre Werner, Primer Ministro de Luxemburgo, presentó al Consejo y a la Comisión un informe que establecía las bases de la Unión Económica y Monetaria.

El documento era un proyecto, llamado Plan Werner, a diez años para promover la liberalización de los movimientos de capital, la convertibilidad irreversible de las monedas comunitarias, la fijación irrevocable de los tipos de cambio, la centralización de la política monetaria y crediticia y, finalmente, la puesta en circulación de una moneda común.

El colapso del sistema de Bretton Woods y la decisión del gobierno estadounidense de dejar flotar el dólar a mediados de 1971 frenó el Plan y, al mismo tiempo, provocó todo lo contrario a lo que se bucaba: la llamada “serpiente monetaria europea”, una ola de inestabilidad para las divisas que impidió fijar las paridades entre las divisas europeas.

En 1972 en la cumbre de París, la CEE intentó dar un nuevo impulso a la integración monetaria con la creación de la “serpiente en el túnel”. Era un mecanismo que permitía la flotación controlada de las monedas nacionales (la “serpiente”) dentro de unos márgenes estrechos de fluctuación frente al dólar (el “túnel”).

Con la crisis del petróleo, la debilidad del dólar y las diferencias de las políticas económicas, este sistema también fracasó y la “serpiente” perdió a la mayor parte de sus miembros en menos de dos años, quedando finalmente reducida a una “zona de influencia del marco alemán” que estaba formada por Alemania, los países del Benelux y Dinamarca.

El 27 de octubre de 1977 el Presidente de la Comisión Europea, el británico Roy Jenkins, propuso la creación de una moneda única para los 9 países que entonces componían la CEE basada en un presupuesto comunitario formado por el 19 por ciento del PIB de los países miembros.

Alemania rechazó el proyecto de plano porque hubiera supuesto la creación de un sistema de compensaciones parecido al que tiene España en su régimen autonómico, en favor de los países más desfavorecidos. De ahí que 15 años después el acta fundacional del euro insistiera en la noción de “responsabilidad presupuestaria individual” de cada país.

Al año siguiente se renovó el impulso para crear una zona de estabilidad monetaria con la cumbre de Bruselas y la creación del Sistema Monetario Europeo (SME), que se basaba en tipos de cambio fijos pero ajustables. Las monedas de todos los Estados miembros, excepto el Reino Unido, participaron en el mecanismo de tipos de cambio conocido como MTC I.

Los tipos de cambio se basaban en tipos centrales frente al ecu, la “unidad europea de cuenta”, que se calculaba sobre la base de una “cesta” con las divisas de los países miembros. Las fluctuaciones monetarias se debían contener de modo que no superasen un margen del 2,25 por ciento por encima o por debajo de los tipos bilaterales, a excepción de la lira italiana, cuyo margen era del 6 por ciento.

Durante diez años el SME funcionó bien, ayudando a mantener la estabilidad de los tipos de cambio. La revaluación del marco en 1979 no causó mayores problemas, pero cuando Miterrand llegó al poder en 1980, devaluó el franco tres veces seguidas, hasta que en París empezaron a someterse. A ello contribuyó Jacques Delors, socialista como Mitterand, que se colocó al frente de la Comisión Europea.

En esta etapa se incorporaron a la CEE los países del sur de Europa, entre ellos España. Eran los tiempos de Thatcher y Reagan, de la desindustrialización de las grandes potencias capitalistas y las reconversiones industriales, un proceso que luego se llamó “financiarización”, de los grandes movimientos de capitales y la explosion de la deuda pública de muchos países del Tercer Mundo.

En Europa la apertura de los mercados de capitales no rompió la estabilidad cambiaria hasta 1992, cuando se desata una fuerte especulación por el fracaso del referéndum danés sobre Europa. La lira italiana y la peseta se devaluaron y la libra esterlina abandonó el SME.

La especulación se reprodujo al año siguiente, agotando las reservas del Banco de Francia. Tuvieron que elevar los márgenes de fluctuación del 2,5 por ciento al 15 por ciento. En 1993 el SME había desaparecido de hecho.

Los monopolistas europeos no sólo achacaron el fracaso a la especulación sino que pusieron su remedio en la moneda única. Era la única garantía de estabilidad… para las potencias imperialistas europeas y los grandes monopolios, que cambiaron la especulación de divisas por la especulación de los tipos de interés. Es el imperio de lo que los economistas llaman la “prima de riesgo”.

Alemania empezó a tomar las riendas del asunto, para lo cual realizó previamente una profunda reestructuración de su economía. Desde la posguerra el capital monopolista alemán tiene un serio problema con el volumen de fuerza de trabajo, como consecuencia del hundimiento demográfico, al que luego se añadió su envejecimiento y la imperiosa necesidad de asegurar el futuro de las pensiones.

El rechazo del Plan Jenkins en 1977 procedía de esa necesidad de evitar las subvenciones a terceros países para capitalizar lo máximo posible. La situación se encuadra también en el marco de la desindustrialización y “financiarización” en la que también se vuelca la economía alemana.

Además, en 1990 cayó el bloque del este de Europa y Alemania logró imponer su reunificación, presentando como una “carga” económica y presupuestaria a la República Democrática Alemana. Es el mismo estilo que luego Helmut Kohl aplicó a toda la CEE: Alemania impone el Tratado de Maastricht como si abandonar el marco, una divisa fuerte, a cambio el euro, una incógnita, fuese la consecuencia de un “compromiso” con los demás “socios”.

Era puro teatro. La sentencia de 12 de octubre de 1993 del Tribunal Constitucional de Karlsruhe rememora la paranoia alemana por excelencia desde hace un siglo, la estabilidad monetaria, elevándola a principio fundamental de la Constitución (Grundgesetz) o, por decirlo más llanamente: Alemania no va a pagar las deudas de nadie, como volvió a recordar en setiembre de 2011 con motivo del rescate a Grecia. Podía haber añadido: directa o indirectamente, es decir, no va a admitir la emisión de eurobonos, o sea, la monetización de deuda.

Así, el Banco Central Europeo es un segundo Bundeskank. Su objetivo no es la igualdad (“convergencia”) ni el crecimiento sino la estabilidad. Gracias a Alemania, los demás países de Europa disfrutan de tipos de interés bajos que les permiten endeudarse para comprar mercancías… alemanas.

En fin, todo podía haber sido muy bonito de no ser por la crisis que a algunos países, como Grecia, les ha conducido al desastre. Alemania tuvo que salvar a sus bancos y Grecia no tenía nada que salvar.

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La Unión Europea: un sueño nazi hecho realidad

Después de 60 años de la firma del Tratado de Roma –por fin– nos hubieran debido contar la verdad. Pero no ha sido así. Siguen con la cantinela de que la unidad europea se ideó después de la II Guerra Mundial y no antes. Dicen que la unidad europea se edificó para superar el nacionalismo y evitar guerras intestinas; que el nazismo había sido una experiencia funesta para Europa y que Europa debía ser lo contrario del nazismo. Siguen tratando de hacernos creer que las naciones conducen al nacionalismo, el cual es perverso por sí mismo porque, a su vez, conduce a la guerra. Quieren hacernos creer que el proyecto de integración europea nació después de la II Guerra Mundial como antídoto contra las rivalidades nacionalistas internas. Aseguran que durante ese conflicto el chovinismo había alcanzado sus mayores cotas y los europeos comprendieron repentinamente que sus pequeños estados respectivos debían quedar unidos por instituciones supranacionales para que la guerra no volviera a causar estragos en el viejo continente.

Sin embargo, es falso que la idea original de la unificación europea sea posterior a la II Guerra Mundial; es falso que esa idea fuera concebida en oposición a la rivalidad imperialista anterior. Por el contrario, no solo los nazis, sino los fascistas y los colaboracionistas de muchos países europeos utilizaron el europeísmo para justificar la agresión. Los nazis, los vichystas, los fascistas italianos y muchos otros pasaron muchos años antes y durante la guerra elaborando sofisticados programas de integración política y económica de Europa.


El modelo alemán

A mediados del siglo XIX Alemania no existía como Estado unificado. Por tanto, cuando estalla la I Guerra Mundial apenas hacía 50 años que Alemania había entrado en el concierto de los Estados europeos con una sola voz. Fue una loca carrera en la que pasaron velozmente de un situación casi feudal al capitalismo monopolista más salvaje, y de los problemas de construcción interna de un Estado federal al trampolín del control de su propia zona de influencia en el exterior. De vértigo. Una vez edificado su propio país, los imperialistas alemanes creyeron que su modelo federal era válido también para su entorno económico. Se convencieron ellos a sí mismos y se esforzaron en con-vencer a los demás. Su federalismo nacional lo convirtieron en un federalismo internacional, o por lo menos europeo. Surgió el pangermanismo porque fuera de las fronteras aún quedaban alemanes por unificar, desde el Báltico hasta el Mar Negro. Esos países que aún quedaban fuera, las reliquias del Imperio austro-húngaro o del zarista, diezmado por la Revolución bolchevique de 1917, estaban muy atrasados con respecto a la locomotora alemana. Incorporarse a Alemania era como incoporarse al siglo XXI partiendo del siglo XVII. Es bien sabido que los imperialistas alemanes, siempre generosos, se declararon dispuestos a compartir con los demás sus conquistas y sus progresos, antes y después de 1933.

Incluso sus planes de integración europea aseguraban que mantendrían intacta la soberanía nacional de los estados miembros de Europa. No se trataba de una incorporación sino de una integración. No podían presentar sus planes al exterior como una expansión imperialista sino como una integración europea. En la futura Europa nazi no habría amos ni siervos sino socios. Eso es lo que dijo su propaganda durante toda la II Guerra Mundial, consagrando enormes esfuerzos a convencer al resto de Europa de que los progresos económicos alemanes, la infraestructura de transporte y la economía en general eran mucho mejores que en el resto de Europa y que, en consecuencia, Europa debía integrarse según el modelo alemán. Más que los alemanes eran los propios europeos los que debían estar interesados en esa integración. El plan de Hitler de establecer una sola entidad política en toda Europa, su necesidad de buscar respaldo en los propios países ocupados, y muchos elementos centrales de la filosofía nazi, todo ello formaba parte de su pensamiento europeísta.

Los proyectos elaborados por los nazis proclamaban que los estados miembros de la futura “Confederación Europea” tenían que asegurar que en su territorio no se cometieran actos incompatibles con la solidaridad europea y las obligaciones europeas. En 1943 en una Nota sobre la fundación de una Confederación Europea, Cecile von Renthe-Fink, que ocupaba el rango diplomático de ministro con Hitler, sostenía que las naciones europeas tenían un desarrollo común; decía que Alemania deseaba unir a Europa sobre una base federal; proclamaba que no había intención de inmiscuirse en los asuntos internos de otros países: “Lo único que se requiere de los estados europeos es que sean miembros leales y proeuropeos de la comunidad y colaboren voluntariamente en sus tareas […] El objeto de la cooperación europea será promover la paz, la seguridad y el bienestar de todos los estados europeos y su población”. No se trataba de que un estado o grupo de estados dominara a otros sino de que se establecería una relación de alianza y lealtad mutua en vez de los métodos imperiales de la era anterior. En un tono similar, Werner Daitz declaraba que “Europa no se puede administrar de forma centralizada: se debe conducir de modo descentralizado”.

Una versión avanzada del plan nazi sobre la futura “Confederación Europea” volvían sobre el tema del federalismo con la esperanza de encontrar así una solución a la rivalidad entre las potencias imperialistas europeas. Argumentaban que el problema europeo era que una multiplicidad de pueblos tenía que vivir en una superficie relativamente reducida en una combinación de unidad e independencia:

“Su unidad debe ser tan firme como para que nunca más pueda haber guerra entre ellos y los intereses externos de Europa se puedan salvaguardar en su conjunto. Al mismo tiempo, los estados europeos deben conservar su libertad e independencia, para actuar de acuerdo con sus diferentes situaciones y misiones nacionales y cumplir su función particular dentro del marco más amplio, en un espíritu alegre y creativo. La fuerza y la seguridad de Europa no dependen de la subordinación impuesta o exigida por una potencia europea a la otra, sino de la unión de todos. El problema europeo solo se puede resolver sobre una base federal por la cual los estados europeos resuelvan por libre voluntad, basados en un reconocimiento de esta necesidad, unirse en una comunidad de estados soberanos. Esta comunidad se puede designar confederación europea”.

Hasta la hoy fracasada Constitución Europea es una iniciativa de los nazis. El borrador nazi de Constitución para la Nueva Europa proclamaba el derecho de cada país a organizar su vida nacional como considere adecuado, siempre que respete sus obligaciones hacia la comunidad europea. Otros documentos repetían la misma idea. La actual guerra es también una guerra por la unidad y libertad de Europa, escribió Renthe-Fink:

“Sus objetivos son crear y garantizar una paz duradera para los países europeos […] eliminar las causas de las guerras europeas, sobre todo el sistema de equilibrio de poder […] superar el particularismo europeo mediante la cooperación libre y pacífica entre los pueblos europeos. La lealtad a Europa no significa sujeción sino cooperación franca basada en igualdad de derechos. Cada pueblo europeo debe participar a su manera en la nueva Europa. El único requerimiento es que los estados europeos sean francamente leales a Europa, de la cual son miembros”.

Finalmente, Renthe-Fink añadía: “Cada estado continental debe permanecer consciente de su responsabilidad hacia la Comunidad Económica Europea”. El autor de los proyectos hitlerianos sostenía que no deseaba una burocracia supranacional, ni siquiera un sistema de conferencias intergubernamentales. Cualquier pretensión supranacional podía generar sospechas hacia las ambiciones imperialistas alemanas.

El europeísmo nazi

El europeísmo es, pues, un invento nazi; ellos fueron los primeros en elaborar planes (económicos y políticos) de integración europea. Si extractáramos algunos discursos de la época de Hitler, Goebbels, Ribbentrop y otros dirigentes nazis sin mencionar la fuente, muchos pensarían que son actuales y que se trata de parlamentarios de la eurocámara.

Mucho antes de llegar al poder, en 1932, el dirigente nazi Alfred Rosenberg ya asistió a un congreso de Europa en Roma. Luego Hitler y todos sus portavoces hicieron frecuentes referencias a Europa durante su época de dominación terrorista, incluso antes de la guerra. Hay varias compilaciones, entre ellas un libro profusamente ilustrado, titulado simplemente Europa, cuya introducción escribió Ribbentrop. En 1937, por ejemplo, declaró en el mitin del partido nazi en Nuremberg que “quizá estemos más interesados en Europa de lo que otros países necesitan estarlo. Nuestro país, nuestro pueblo, nuestra cultura y nuestra economía han surgido de condiciones europeas generales. En consecuencia, debemos ser enemigos de cualquier intento de introducir elementos de discordia y destrucción en esta familia europea de pueblos”.

Poco después, en 1938, Rudolf Hess organizó una presentación en el Congreso del partido Nazi, llamada La lucha por el destino de Europa en el Este, que explicaba por qué la colonización alemana de Rusia llevaría la civilización europea a los bárbaros eslavos.

En 1940 Joseph Goebbels dijo: “Estoy convencido de que dentro de cincuenta años la gente ya no pensará en términos de países”. El jefe nazi de propaganda creía que el federalismo alemán podía ser un modelo para Europa porque la absorción de los estados alemanes por parte del imperio alemán había funcionado. Así los estados europeos se podían integrar armónicamente sin atentar contra su identidad: “Si nosotros, con nuestra perspectiva de la Gran Alemania, no tenemos interés en atentar contra las peculiaridades económicas, culturales o sociales de, por ejemplo, los bávaros y los sajones, tampoco tenemos interés en atentar contra la individualidad económica, social o cultural de, por ejemplo, el pueblo checo”.

Los lacayos europeos de los nazis también aceptaban que Alemania era un modelo: Vidkun Quisling declaró que la Confederación Alemana podía servir como modelo para la cooperación con otros estados europeos. Goebbels aseguraba que “nunca hemos tenido la intención de imponer por la fuerza este nuevo orden o reorganización de Europa. De ningún modo debéis pensar que cuando los alemanes traemos un nuevo orden a Europa lo hacemos con el propósito de sofocar a otros pueblos”. Se explayaba sobre el carácter realista de la integración europea: “A mi juicio la concepción que una nación tiene respecto de su propia libertad se debe armonizar con los hechos actuales y las simples cuestiones de eficiencia y propósito. Así como ningún miembro de una familia tiene derecho a turbar la paz por motivos egoístas, no se puede permitir que ninguna nación europea se interponga en el camino de un proceso general de organización. En el mismo tono, un funcionario del ministerio nazi de Empleo declaró que Alemania podía afirmar que no estaba luchando por sí misma, sino por Europa. Una versión del proyecto nazi de Confederación Europea sostenía que el papel de Alemania en Europa consistía en reconciliar los intereses particulares de los estados europeos con los intereses de Europa en su conjunto. A esta aspiración se sumaba la opinión de que los intereses y necesidades de Alemania están esencial e inseparablemente ligados con los de Europa”.

Con frecuencia los nazis enfatizaban que los estados debían unirse voluntariamente a la nueva Europa. Liderazgo no significa dominación sino protección externa y responsabilidad interna, era su consigna. Hitler y Mussolini no querían sometimiento sino cooperación sincera: “Todos los pueblos europeos que se han probado históricamente son bienvenidos como miembros de la nueva Europa. Su desarrollo nacional y cultural en libertad e independencia está garantizado”. Cínicamente alegaban que los ejemplos de Finlandia, Hungría, Bulgaria, Rumanía, Croacia y Eslovaquia, países militarmente ocupados todos ellos, demostraban que no había intención de intervenir en los asuntos internos de otros estados: “Nuestro único requerimiento es que los estados europeos sean miembros sinceros y entusiastas de Europa”. Los imperialistas alemanes creyeron encontrar, por fin, un nuevo modo de dirigir Europa sin dominarla: “La idea del liderazgo, que será el concepto dominante de la nueva vida internacional de Europa, es la negación de los métodos imperialistas de una época pasada: significa reconocimiento de la confiada cooperación de estados menores e independientes para abordar las nuevas tareas comunales”.

De la misma manera, Arthur Seyss-Inquart escribió que nadie deseaba ver una Europa dominada por Alemania: “Nuestro único deseo es que surja una Europa que sea realmente europea y consciente de su misión europea”. Después de la invasión de la Unión Soviética, Signal, un periódico de circulación masiva en los tiempos gloriosos del III Reich, señaló también que no habría una Europa alemana: “En realidad los soldados del Reich no solo defienden la causa de su patria sino que protegen cada nación europea digna de ese nombre”. El problema estaba en quienes no eran dignos de ese nombre…

Una constante en la estrategia imperialista nazi consistía en hablar de sus socios y vecinos y pregonar la idea de que la búsqueda común de intereses compartidos había reemplazado a la rivalidad y la competencia capitalistas. Los hitlerianos también fueron pioneros de la globalización y dedicaron mucha atención a asuntos como el sentido europeo de comunidad. Anton Reithinger, gerente del monopolio I. G. Farben, en la conferencia de la Comunidad Económica Europea de 1942, habló del equilibrio entre los diversos intereses de los socios del espacio económico europeo, por una parte, y los intereses comunes de todos los pueblos europeos, por la otra: “Para poner estos intereses en práctica se requiere […] una creencia en la idea europea y en la misión europea de Alemania”.

Los arquitectos de la Nueva Europa

Pero las múltiples declaraciones nazis que se puedan aportar son muy poco comparadas con los planes concretos que dibujaron para la integración económica y política de Europa. No hablamos de que se parezcan a las que luego se pusieron en práctica tras la guerra; lo que estamos diciendo exactamente es que son las mismas, es decir, que la Unión Europea fue diseñada por los nazis.

Los planes nazis de integración europea eran tanto políticos como económicos. Como dijo Heinrich Hunke, se reconoce la necesidad de un orden político para la cooperación económica de los pueblos. Desde mediados de 1941 Goebbels comenzó a intervenir más en la cuestión europea y le dedicó numerosos discursos, mitines y artículos periodísticos. Llenó las páginas de su semanario Das Reich con consignas europeístas: La nueva Europa, El nuevo orden europeo, el Lebensraum de Europa o La visión de una nueva Europa. Entretanto, Ribbentrop señalaba que la lucha contra el bolchevismo, que unía a muchos pueblos del este de Europa, evidenciaba “una creciente unidad moral de Europa dentro del Nuevo Orden que nuestros grandes líderes han proclamado y preparado para el futuro de las naciones civilizadas. Aquí se encuentra el sentido profundo de la guerra contra el bolchevismo. Es signo de la regeneración espiritual de Europa”.

Dentro del Ministerio del Exterior, ese interés culminó con la creación de un comité de Europa en el otoño de 1942. Integraban el comité funcionarios del Ministerio del Exterior y expertos del Instituto para el Estudio de Países Extranjeros. Las luminarias eran Alfred Six, director del Instituto de Asuntos Exteriores -que organizó en 1941 una conferencia llamada La nueva Europa, para 303 estudiantes de 38 países- y Werner Daitz.

En marzo de 1943, se habían trazado planes muy avanzados para una confederación europea. Esos planes adoptaron la forma de constituciones y tratados que delineaban las competencias y la estructura de la futura confederación. El 21 de marzo de 1943 Ribbentrop escribió una nota que comienza así: “Soy de la opinión de que, como ya le he propuesto al Führer en mis actas anteriores, deberíamos proclamar cuanto antes, en cuanto hayamos alcanzado un éxito militar significativo, la Confederación Europea en forma muy específica”. Lo único que paralizó a los nazis en la proclamación oficial de su Confederación Europea fue que el éxito militar significativo que Ribbentrop esperaba no se produjo y las hordas hitlerianas fueron aplastadas en Stalingrado.

El plan de Ribbentrop proponía invitar a los jefes de los estados en cuestión (Alemania, Italia, Francia, Dinamarca, Noruega, Finlandia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Croacia, Serbia, Grecia y España) para firmar el instrumento que daría existencia a la Confederación. Junto al memorándum había un borrador que hablaba del destino común de los pueblos europeos y del objetivo de garantizar que nunca estallen guerras entre ellos. También preveía la abolición de barreras aduaneras entre los estados participantes.

En junio de 1943, un funcionario presentó los elementos básicos de un plan para la nueva Europa a un miembro del Comité de Europa. La sección titulada La organización económica de Europa anticipaba un comercio basado en el principio de la preferencia europea frente a los países no europeos, con el objetivo de llegar a una unión aduanera europea, un centro de clearing europeo y tipos de cambio estables en Europa, con miras a una unión monetaria europea; y la armonización de las condiciones laborales, lo que parece querer decir que todos los trabajadores europeos deberían ingresar en campos de concentración. El proyecto también anticipaba conferencias en cada especialidad (trabajo, agricultura y demás) para decidir las políticas aplicables a toda la Confederación.

Este documento fue seguido en agosto de 1943 por una Nota sobre la fundación de una Confederación Europea en la que Renthe-Fink escribió: “En la tremenda lucha por el futuro de Europa, los alemanes somos campeones de un nuevo y mejor orden donde todos los pueblos europeos hallarán un lugar legítimo y digno. Hasta ahora hemos evitado hacer una propuesta concreta en lo concerniente a la cuestión europea […] Si ahora presentáramos la idea de una solución confederada, basada en la libre cooperación entre naciones independientes, ella consolidaría la confianza de los pueblos europeos en nuestra política y aumentaría su voluntad de seguir nuestra guía y trabajar por nuestra victoria”.

Aunque los principios encarnados en el acto constitutivo de la Confederación Europea anexos al memorándum especificaban que la Confederación era una comunidad de estados soberanos que se garantizaban mutuamente la libertad y la independencia, está claro que, bajo la batuta hitleriana, la confederación ejercería un control casi total sobre los asuntos internos de sus estados miembros: “La economía europea será planificada conjuntamente por los estados miembros según sus intereses comunes y nacionales, decía el documento. El objetivo era incrementar la prosperidad material, la justicia social y la seguridad social en los estados individuales, y desarrollar los recursos materiales y laborales de Europa […] para proteger la economía europea de las crisis y las amenazas económicas externas. Sugería que las barreras aduaneras que impiden aumentar el comercio entre los miembros de la Confederación se eliminarán gradualmente y que el sistema intraeuropeo de comunicaciones por ferrocarril, autopistas y vías fluviales y aéreas se desarrollará de acuerdo con un plan unificado”.

El plan europeo de integración de Renthe-Fink preveía la necesidad de un Consejo Económico compuesto por representantes de los estados miembros, el cual se dividiría en comités destinados al comercio, la industria y la navegación, los asuntos de economía y moneda, las cuestiones laborales y sociales, la alimentación, la agricultura y los bosques. El documento repetía los objetivos definitivos de la Confederación:

“La solución de los problemas económicos, con miras a la inmunidad frente a un bloqueo; la regulación del comercio sobre la base de la preferencia por Europa frente al resto del mundo, con miras a una unión aduanera europea y un mercado libre europeo; un sistema central de clearing europeo y tasas de cambio estables en Europa, con miras a una unión monetaria europea. Los objetivos incluirían la estandarización y mejoramiento de las condiciones de empleo y seguridad social, así como la planificación de largo plazo de la producción industrial, agropecuaria y forestal”.

Como vemos, la producción agropecuaria ocupaba un ligar prominente en los documentos nazis sobre Europa. Era preciso que la agricultura europea fuera autosuficiente.

Los documentos nazis también manifestaban que la integración de Europa era inevitable a causa del desarrollo tecnológico. Solían sostener que la fragmentación de los recursos económicos de Europa era un grave obstáculo para la prosperidad y el progreso social de los diversos países. Se requería coordinación y planificación económica: Con el objeto de alentar el comercio mutuo y crear un gran mercado europeo, se eliminarán progresivamente las aduanas y otras barreras entre los países.

Otro proyecto nazi es lo que cincuenta años después los europeístas llamaron redes transeuropeas, una avanzadilla de la modernidad actual. Según Renthe-Fink, “la experiencia ha mostrado que el actual sistema de comunicaciones de Europa es inadecuado para el aumento de la demanda. La red interna de ferrocarriles, carreteras y líneas aéreas se desarrollará de acuerdo con un plan común”. También el ministro vichysta Jacques Benoist-Méchin, lamentaba la centralización del sistema de transporte francés, como si París fuera el único centro del mundo, y exigía nuevas arterias que se conectaran con las carreteras alemanas e italianas para dar a la infraestructura de transporte de Francia un carácter genuinamente europeo. Un orador de la conferencia sobre la Comunidad Económica Europea proclamó que “el futuro pertenece al transporte motorizado”.

Las sorpresas de los adelantos nazis no tienen fin. Otro ejemplo es el Tratado Europeo contra el terrorismo de 1977, que está literalmente extraído del Pacto entre Hitler y Mussolini, el llamado Pacto Antikomintern, el acuerdo contra los comunistas. Por eso cuando Rumanía se incorporó a la Unión Europea, emitió una declaración contra el comunismo y, al mismo tiempo, rehabilitó con todos los honores la figura de Antonescu, la versión local de Hitler, Mussolini y Franco.

Europa es justamente eso y nada más que eso.

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Economía

Entre el ‘milagro’ económico y la crisis capitalista

Los mecanismos del capital no son tan intuitivos como supone la inmensa mayoría que, en plena bancarrota, cree que la crisis azota a todos por igual. Pues no. Con la crisis algunos están haciendo su “agosto”. Ellos experimentan un verdadero “milagro” económico, una era de máximo esplendor.

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Alemania se prepara para defenderse de la guerra comercial de Estados Unidos

Los medios de todo el mundo se han hecho eco de la noticia de que el viernes durante la visita de Merkel a la Casa Blanca, Trump se negó a estrecharle la mano delante de los fotógrafos, toda una metáfora de la profunda crisis de las relaciones entre ambos países, que se extiende al conjunto de la Unión Europea, e incluso a Gran Bretaña.

La rueda de prensa conjunta posterior a la entrevista no fue menos tensa, a pesar de que en ella, además de los fotógrados, estaban presentes los grandes financieros y monopolistas de ambos países. En ella Merkel se comprometió públicamente a aumentar un dos por ciento sus gastos de defensa por encima del mínimo de la OTAN. A cambio Trump se comprometió a seguir sosteniendo a la propia OTAN y a trabajar conjuntamente con Alemania en Afganistán, Irak y Siria.

La OTAN vive sus peores momentos y sus aventuras en Oriente Medio y el norte de África han fracasado, lo mismo que se ha agotado definitivamente la tutela militar y política que Estados Unidos impuso sobre Alemania en 1945.

Lo mismo cabe decir de la OMC, la Organización Mundial de Comercio, sobre la que no ha existido acuerdo ni lo habrá en el futuro. Volkswagen ha padecido una leonina sanción económica por parte de Estados Unidos y urante su camnpaña electoral Trump prometió elevar un 35 por ciento los aranceles sobre la importación de vehículos comerciales.

La semana pasada Peter Navarro, el consejero económco de Trump, dijo que el excedente comercial alemán era uno de los problemas más difíciles a los que se enfrenta la política comercial de Estados Unidos y lo mismo ha ocurrido en la cumbre de ministros de Finanzas del G20 en Baden-Baden: Steve Mnuchin, nuevo responsable del Tesoro, se negó a incluir en el comunicado final la defensa del librecambio, como ha sido tradicional.

En 2015 Alemania tuvo el mejor excedente exterior de su historia con 260.000 millones de euros, lo que supone el ocho por ciento de su producción. De ellos 54.000 millones representan el desequililbrio comercial con Estados Unidos, cuyo mercado es la mayor salida para la producción alemana: más de 100.000 millones. Hace ya muchos años que Estados Unidos es un gigante con los pies de barro, incapaz de competir en los mercados internacionales.

Queda el capítulo de las exportaciones de capital alemanas, que el año pasado superaron a las de China. El vicepresidente del grupo parlamentario socialdemócrata, Carsten Schneider, ha amenazado con controles de capitales si Trump eleva los aranceles para impedir las exportaciones alemanas.

Es el lenguaje típico de la guerra comercial que durante 80 años los imperialistas han tratado de borrar del comercio internacional. Alemania financia el déficit comercial de Estados Unidos con exportaciones de capitales. Si Estados Unidos no quiere mercancías alemanas, tampoco tendrá capitales alemanes.

La ministra alemana de Economía, Brigitte Zypries, tampoco se ha mordido la lengua, amenazando con denunciar a Estados Unidos ante la OMC: “No es la primera vez que Trump se verá delante de un tribunal”, dijo la ministra a una radio alemana.

En Alemania las declaraciones de ese calado con muy frecuentes. En la prensa los monopolistas y sus sicarios hablan de “aislar a Estados Unidos”, mencionando expresamente a Mercosur, Japón y China como aliados en la inminente guerra comercial. Nada más hablar con Trump, Merkel llamó por teléfono al presidente chino Xi Jinping, el otro campeón mundial del librecambismo.

Son muchas las potencias interesadas en “aislar” a Trump, lo que explica las movilizaciones en la calle y las enormes resistencias que está encontrando su política en el frente interior, donde también hay quien habla de “guerra” abiertamente. La prensa alemana llama a la lucha “contra Trump” personalizando en el nuevo Presidente su oposición a la política económica proteccionista que se está iniciando. “No debemos dejarnos intimidar por Trump”, propone el Reinische Post.

Alemania también necesita recurrir a la Unión Europea como paraguas frente a los ataques del otro lado del Atlántico, dicen los medios. La Unión Europea debe convertirse en un baluarte de la guerra comercial contra Estados Unidos, aunque por más aliados que sume a su ofensiva, no será suficiente. A esa ecuación le falta un elemento capital, cuya aportación fundamental no será de naturaleza económica, sino estratégica: Rusia.

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¿Quién pagará la factura por la presencia de la OTAN en la frontera occidental de Rusia?

El aumento de los contingentes de la OTAN en los países bálticos y Polonia se planificó a mediados del año pasado. Pero hace años que la aviación de la OTAN está desplegada en Estonia y el año pasado llegaron tanquistas estadounidenses. Además, entre 4.000 y 5.000 tropas de países miembros de la Alianza imperialista van a la república para participar en maniobras militares, como Tormenta de Primavera, que tiene lugar cada año.

Actualmente en el país hay un batallón de la OTAN permanente y unificado, algo que buscaban desde hace tiempo las antiguas repúblicas soviéticas del Báltico.

Se espera que en la frontera occidental de Rusia aparezca una nueva brigada, que contará con subdivsiones desde el Báltico hasta el Mar Negro. No será muy cuantiosa pero se trata del primer paso para la creación de las fuerzas de acción rápida de la OTAN.

Los países de Europa del este que acojan las unidades de esta nueva fuerza imperialista tendrán que realizar grandes gastos de mantenimiento, sobre todo después de que Trump ha advirtido que va a cerrar el grifo del maná militar, lo cual tiene su truco: uno de los principales objetivos de Washington es el aumento de las exportaciones norteamericanas de armamento a Europa. La llegada de equipos militares y de tecnología adicional, que realmente se dedicarán a entrenar y trabajar con el ejército de Estonia, encajan bien con esta política.

Todos los gastos en infraestructura en la base de Tapa, la redistribución y colocación de tropas militares extranjeras suponen un alto coste para el presupuesto de un país pequeño como Estonia. Además los instructores de la OTAN no van a enseñar así como así las tecnologías militares occidentales a los estonios.

Pero el verdadero problema para la Alianza es Kaliningrado, el enclave ruso en el Báltico, donde hay un gran agrupación de tropas rusas. Tanto en Tallin, como en Bruselas y Washington entienden que ni un batallón, ni cinco, podrían lanzar una ataque contra San Petersburgo desde la ciudad estonia de Narva.

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España se prepara para su expulsión de la Unión Europea

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Luis de Guindos
Diego Herchhoren

La Unión Europea está configurada hoy como un superestado, pero sin que exista contrato social alguno o control democrático. Si bien sus estructuras son a su vez elegidas por los Jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros, la gestión y aplicación diaria de las políticas comunitarias están delegadas en una tecnocracia que no responde ante nadie. La llamada «Constitución» europea no es tal, sino que es un Tratado entre Estados donde éstos suprimen sus competencias clásicas en favor de una estructura burocrática opaca, cerrada y que en general nadie sabe cómo se elige y por qué.

Entre estas últimas decisiones está la de constituir por decreto la llamada «Europa de las dos velocidades», donde los centros económicos comunitarios, Alemania y Francia, han señalado una hoja de ruta donde ambos Estados van a reorientar 180º su brújula. Alemania se prepara tras las próximas elecciones para un enfrentamiento directo, por ahora comercial, con EEUU, y Francia se está organizando para el desalojo del Elíseo de la última etapa de injerencia yanqui en la política nacional gala, con la probable victoria en las elecciones presidenciales de Marine Le Pen.
Esto afecta directamente a España y a otros países del sur de Europa, a los que se les ha obligado a sucumbir ante la deuda privada convirtiéndola en pública, lo que ha permitido sanear los balances de los principales bancos y ha convertido al tesoro español en una especie de «tesoro fallido» donde ya no hay garantías de que en el plazo de 2 años se pueda hacer frente a las obligaciones más básicas, esto es, pensiones y salarios públicos. La moderación salarial y la reducción de los ingresos entre las capas populares ya no tiene como objetivo únicamente transferir ganancias a la oligarquía financiera española, sino que están pretendiendo evitar de manera chapucera una crisis hiperinflacionaria que parece inevitable en un plazo breve.
Objetivo maquillar el PIB: putas y drogas
Si bien esto parece una teoría económica difícil de entender, nada más lejos de la realidad. Si un banco central activa la impresora de billetes como mecanismo de pago a acreedores, y estos billetes no están respaldados por una actividad económica con agregado de valor, se produce una espiral de desconfianza en esos billetes, que terminan siendo desechados por los operadores del mercado. Esa confianza tiene que ver con dos cosas: con la actividad económica del área donde se distribuye o en su defecto, con la capacidad militar de quien la impone, como viene ocurriendo con el dólar desde la década de 1970.
Los chicos de Lehman Brothers que hoy están al frente del gobierno español en la sombra son especialistas en esto. Junto a Goldman Sachs, son los maestros de los maquillajes de las cuentas públicas que permiten mantener el respirador artificial de una economía en quiebra técnica. El objetivo es doble: hacer previsiones de crecimiento absolutamente irreales, otorgando altas calificaciones a las emisiones de deuda, y por otro reducir los flujos de efectivo en circulación.
Los ejemplos de lo primero es, por ejemplo, el «decreto del fin de la crisis« que Goldman Sachs ha difundido recientemente o la decisión adoptada por el gobierno de Mariano Rajoy de incorporar al Producto Interior Bruto español las previsiones de consumo en dos áreas vitales del ciclo degenerativo de la economía española: la prostitución y las drogas. Pero una emisión monetaria tan grande como la derivada del rescate financiero supondría una pérdida de valor del euro de tal magnitud, que si no se sacan de circulación miles de millones de papel moneda del bolsillo de las economías populares, el Euro se convertiría en lo que realmente es: dinero basura. Por ello se están adoptando medidas tendentes a reducir su circulación, consistentes en:
  1. Medidas de penalización del uso de efectivo.
  2. Retirada de los billetes de 500 euros bajo la excusa de la lucha contra el blanqueo de capitales.
  3. Imposición de comisiones a las operaciones en ventanilla.
  4. Contención salarial.
En síntesis, para que el Euro funcione, España tiene que convertirse en un cementerio sin actividad económica alguna; España no debe generar valor de ninguna clase y todos los sectores productivos que puedan generar una amplia demanda de bienes y servicios (ciencia y tecnología, minería, siderurgia…) deben ser suprimidos.
Si lo analizamos es exactamente la misma medida que, en bruto, adoptó el entonces superministro de economía argentino Domingo Cavallo en los días previos al estallido social de diciembre de 2001. Aquella medida de fuerza impulsada por el Fondo Monetario Internacional, y ejecutada por los golden boys porteños fracasó. De manera similar lo hicieron en Chipre recientemente. Aprendiendo de aquellos errores, los liberales españoles están haciendo aquello mismo pero de manera sigilosa. Una vez España haya absorbido toda la deuda eterna que quede por adquirir, será «suspendida» o limitada en su participación en la Unión Europea, que terminará siendo un bloque político económico distinto, con la mirada puesta en Rusia.
Los frentes judiciales abiertos y el incumplimiento español frente a las sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea son la excusa perfecta para adoptar una posición sancionadora que tanto la UE como el gobierno español necesitan: expulsar a España. Para la UE es el mecanismo idóneo para quitarse de encima una lacra que perjudica sus balances, y para la gañanería española en el poder, es la mejor prueba de sumisión al sector financiero de las citys de Londres y Wall Street.
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Holanda se replantea su pertenencia a la zona euro

Los parlamentarios holandeses han aprobado por unanimidad una resolución para abrir una ivestigación a fin de determinar si el país debe permanecer o no en la zona euro, segun informa Reuters (*).

La propuesta la presentó el jueves pasado Pieter Omtzigt, democrata cristiano, el principal partido de la oposición, encargando al Consejo de Estado y al Parlamento de abrir la investigación.

Según los parlamentarios, la moción pretende analizar “las políticas y las opciones institucionales abiertas por el euro” y las ventajas y los inconvenientes de cada una de ellas.

La investigación se abre como consecuencia del temor de que los bajos tipos de interés del Banco Central Europeo pueda perjudicar a los ahorradores holandeses, en particular a los jubilados.

La suerte del euro en Holanda se discutirá en las próximas elecciones que se celebrarán el 15 de marzo y los resultados de la investigación se anunciarán en los próximos meses.

El debate sobre una eventual salida del euro ya está en casi todos los países de la zona y va mucho más allá de los partidos acusados de “populismo”.

La historia del euro es la de un sueño (o una pesadilla, según se mire). La moneda única no ha creado (porque no puede crear) una homogeneidad económica, ni entre el norte y el sur, ni entre el este y el oeste, ni equiparar los salarios de Burgos con los de Hamburgo o Edimburgo.

Fuente: http://www.reuters.com/article/netherlands-election-euro-idUSL8N1G95BX