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Las sanciones que impone Estados Unidos son papel mojado

Darío Herchhoren

Ambas cámaras del Congreso de los USA, han aprobado una serie de sanciones contra la Corea Popular, contra Irán y contra Rusia, en un nuevo «round» de la pelea entre Trump y el complejo militar industrial.

Si tenemos en cuenta las nulas relaciones económicas entre los USA y Corea e Irán, llegmos a la conclusión de que «perro ladrador poco mordedor». En cuanto a Rusia, sus relaciones económicas con los USA son muy escasas, y por lo tanto a Rusia, todo eso le hace cosquillas en términos de producir daños a la economía rusa. Es decir que en realidad son un brindis al sol. No pueden hacer mal. Se trata de una simple declaración sin capacidad alguna de agredir.

Ahora bien, cabe la pregunta de para qué entonces se aprueban por Estados Unidos sanciones que saben en realidad que no sirven para nada.

La pregunta no es retórica, y nos obliga a calar un poco más hondo para entender. Se trata de una patada a Corea Socialista, a Irán y a Rusia, pero en el culo de la Unión Europea. Esta es realmente la destinataria del mensaje.

Alemania que es reconocida por todos como la «locomotora» de la Unión Europea, necesita las materias primas de Rusia, y en especial sus hidrocarburos: el crudo y sus derivados y sobre todo el gas licuado para alimentar a sus industrias. No en vano, el ex primer ministro socialdemócrata de Alemania Gerhard Schroeder, es un alto ejecutivo de la gasística Gazprom en Moscú.

La principal perjudicada de las sanciones económicas a Rusia es sin dudarlo la Unión Europea, que ha sido siempre el niño obediente de Estados Unidos. Pero Estados Unidos han ido perdiendo fuerza sobre todo a manos de China y Rusia, que son potencias de primera línea. Rusia le ha «ganado» la guerra a Estados Unidos en Medio Oriente, y se ha producido un hecho de enorme importancia estratégica, que es la cooperación militar de Rusia con Siria, Irak, Líbano e Irán. Esto cambia el tablero del mundo, e inclina el fiel de la balanza contra Estados Unidos.

China, a raíz del abandono de Estados Unidos del tratado de libre comercio del Pacífico, ha pasado raudamente a llenar ese espacio, y hoy es la gran potencia económica y militar del Pacífico y también del Índico. Todo esto indica que en realidad es la Unión Europea dentro del área de influencia del espacio Otan UE (que son más o menos lo mismo) quien puede disputarle la hegemonía en la zona, y Estados Unidos lo sabe.

La reacción no se ha hecho esperar, y Alemania y Jean Claude Junker, presidente de la Comisión Europea han manifestado en forma airada, que no cumplirán las sanciones impuestas mientras ellas les perjudiquen.

Como prueba del enorme perjuicio que la aplicación de las sanciones a Rusia le producen a España, daremos una información tomada del Ministerio de Transportes y del Ministerio de Comercio españoles: España tiene aproximadamente un millón de camiones de gran tonelaje, que pueden cargar 50 toneladas métricas cada uno, de los cuales 250.000 llevan alimentos a Rusia, y Bielorrusia ¡por día!. Eso España lo ha perdido en beneficio de Alemania y sobre todo de Turquía.

Pero como España dirigida por el obediente Rajoy es el «buen chico» de Estados Unidos, de la Otan y de Angela Merkel, cumple escrupulosamente  sus «obligaciones» de socio leal a esos poderes.

Esta información que acabo de extraer de los medios oficiales nos lleva a plantearnos otras cuestiones como el uso del ferrocarril para el transporte de mercancías, infinitamente más barato que el transporte por carretera, y nos muestra una cara más de la dependencia española a los intereses transnacionales: cada camión transporta dijimos 50 toneladas, y un vagón de carga de ferrocarril transporta el mismo tonelaje. La diferencia es que un camión de carga necesita un motor de 500 caballos, y una locomotora diésel eléctrica, con un motor de 5000 caballos puede arrastrar entre 50 y 60 vagones, es decir lo que llevarían 50 o 60 camiones, sin necesidad de tantas carreteras, sin atascos, y a un coste mucho menor. Pero hay que contentar a las grandes multinacionales fabricantes de camiones, a las petroleras, a los fabricantes de neumáticos (ninguno de ellos español). Como conclusión debemos decir que Estados Unidos, se va quedando sin socios y que España es en realidad una semicolonia, que lucha por su soberanía solo con Cataluña.

Las sanciones económicas contra Rusia atacan los intereses monopolistas europeos

Estados Unidos ha aprobado nuevas sanciones económicas que, teóricamente, se dirigen contra Rusia, Irán y Corea del norte, aunque en realidad su radio de acción va mucho más allá y afectan a empresas europeas y, principalmente, alemanas.

Las sanciones atacan al sector de la energía y comprometen el trazado el gasoducto Nord Stream 2 que llega a Alemania procedente de Rusia a través del Mar Báltico con 55.000 millones de metros cúbicos anuales de gas.

Entre los monopolios europeos afectados están ENGIE, OMV, Shell, Uniper y Wintershall que a finales de abril firmaron acuerdos con Gazprom para financiar la mitad de la infraestructura cuyo valor asciende a 9.500 millones de euros.

Pero las sanciones afectan incluso a las que prestan servicios auxiliares, como los informáticos. El objetivo es que Estados Unidos quiere sustituir el gas ruso por el gas de esquisto de su propia producción, que es mucho más caro.

Alemania ha reaccionado de una manera más agresiva que la propia Rusia a las sanciones. En una entrevista al diario Der Spiegel el ministro de Asuntos Exteriores, Sigmar Gabriel, ha criticado la extraterritorialidad de las leyes estadounidenses.

Washington no encuentra solidaridad frente a Rusia; más bien parecen quedar aislados. Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, ha afirmado que “‘EEUU primero’ no puede significar que los intereses de Europa sean lo último”, en clara alusión al “America first” de Trump.

Desde 2014 las sanciones económicas, que se iniciaron como consecuencia del golpe de Estado en Ucrania, han dado un giro de 180 grados: antes la Unión Europea secundaba las sanciones; ahora las sanciones van dirigidas contra los monopolistas europeos.

En respuesta a la expulsión de 35 diplomáticos a finales del año pasado, Rusia también ha expulsado a la mayor parte del personal diplomático estadounidense acreditado en Moscú, hasta reducirlo a 455, que es el mismo número de personal que tienen acreditado en Washington.

En Hamburgo el gobierno de Merkel quería un baño de sangre y lo ha conseguido

El jueves de la semana pasada un estudiante relataba al diario Hamburger Morgenpost la salvaje represión de la policía en Hamburgo por las protestas contra la reunión del G-20. Mientras desfilaban pacíficamente por la calle, fueron obligados por los antidisturbio a subirse a un muro de dos metros de alto y luego los obligaron a saltar desde lo alto, para acabar derribándolo a golpes para que cayeran todos. Fueron muchos los que se compieron los huesos, padeciendo dolorsas fracturas, mientras la policía les grutaba “¡Cerdos antifascistas!” Algunos aún permanecen en los hospitales.

En una carta abierta dirigida a Olaf Scholz, el alcalde socialdemócrata de Hamburgo, y a Andy Grote, del mismo partido, el colectivo que convocó las manifestaciones, Alles allen (Todo para todos), también narra el salvajismo policial en Hamburgo, el ataque del sábado por la tarde a un campamento organizado en un parque y a la propia manifestación por parte de comandos especiales de la policía.

Las agresiones policiales causaron un enorme número de heridos y lesionados, varios de ellos en la cabeza, a causa de golpes brutales, incluso contra personas que yacían tumbadas en el suelo.

A pesar de las agresiones de los antidisturbios, la defensa de la actuación policial ha pasado aun primer plano en la capaña electoral alemana, de manera unánime. Así cabía esperarlo por parte del gobierno de Merkel, que dio patente de corso a la policía. Pero si podemos extrañarnos de algo es de la posición de quienes ejercen de oposición y no se oponen a nada, y menos a las agresiones de la policía.

Tanto por parte del SPD, como de Die Linke (La Izquierda) o de Los Verdes hay plena unanimidad y ninguna diferencia con las fuerzas de la reacción, sino más bien al contrario. La “izquierda” justifica, aplaude y quiere más palos, más cabezas rotas y más manifestantes heridos.

A los que protestan no les defiende ningún diputado, ningún partido institucional, nadie que ocupe ningún cargo pública. Se tendrán que defender a sí mismos porque al gobierno no le basta con los porrazos sino que ha amenazado con acudir a los tribunales para encarcelar a los que han protestado en las calles en el ejercicio de uno de sus derechos más importantes: el de manifeistación.

Los enchufados, los vividores, la legión de parásitos de la política institucional aseguran unánimente que en Hamburgo no ha existido ninguna clase de violencia policial. Así lo ha asegurado en la televisión Olaf Scholz, el alcalde socialdemócrata de Hamburgo. Por definición, no hay más que un único tipo de violencia: aquella que los manifestantes llevan a cabo contra las instituciones, y no al revés.

Tras el baño de sangre, los políticos han quierido volver a lo suyo, a embaucar con la magia electoral, las votaciones y demás cuentos. Cuando el viernes Martin Schulz, candidato del SPD a la cancillería, llegó al barrio de Schanzen, en Hambrugo, con la sonrisa en los labios, se encontró con lo que no esperaba. Los vecinos empezaron a increparle “¡Aquí no tienes nada que hacer!”, “¡Sucio traidor!”, entre otros insultos de los que hasta el periódico Süddeutsche Zeitung se ha tenido que hacer eco.

Algunas declaraciones institucionales han sido más repugnantes que otras. El portavoz del grupo parlamentario de Los Verdes, Anjes Tjarks, ha dicho que la policía ha trabajado mucho y bien, por lo cual sus jefes derían dar a los mamporreros una gratificación en la próxima nómina, aumentar sus vacaciones y pagarles las horas extras que han empleado en aporrear a personas indefensas.

Alemania es la mejor demostración de que la oposición política no existe en el terreno institucional, de que no hay pluripartidismo y de que todos los grupos institucionales actúan al unísono. Para eso no hacen falta tantos partidos; con uno basta.

Estados Unidos presiona para impedir la llegada de gas ruso a Europa occidental

Por presiones de Estados Unidos, la Comisión Europea siempre se ha opuesto a la construcción del gasoducto North Stream 2, aduciendo que transcurre bajo las aguas del Mar Báltico.

Ya no saben qué inventar, ni qué excusa poner. Tender un gasoducto por el Báltico es un derroche de casi 10.000 millones de euros, pero no queda otro remedio después de la experiencia del que pasaba por Ucrania, mucho más barato pero impracticable a causa de los vientos que circulan por Kiev desde hace tiempo.

El gasoducto podía atravesar Polonia, pero es más de lo mismo. Estados Unidos también maneja los hilos en Varsovia y, de hecho, es el gobierno polaco quien ha pedido a la Unión Europea que frene el tendido del Norh Stream 2.

Polonia es el perro del hortelano: ni come ni deja comer.

Estados Unidos hizo lo mismo con Bulgaria, que perdió una oportunidad histórica de que e tendido del South Stream pasara por su territorio, lo que hubiera supuesto un gran negocio, que ahora ha pasado a manos de Turquía.

A petición de Polonia, o lo que es lo mismo, de Estados Unidos, a comienzos de junio la Comisión Europea pidió autorización al Consejo para “exigir” a Rusia que la explotación de North Stream 2 sea “transparente y no discriminatoria”.

A la salida de la junta de general de accionistas, el director de Gazprom, Alexei Miller, dijo a los periodistas que nada de eso es necesario, ya que se da por supuesto. El gasoducto se acabará en el plazo previsto, añadió, y la Unión Europea no puede hacer nada por impedirlo porque para eso se han gastado el dinero en tenderlo por el Báltico, es decir, por aguas internacionales.

En 2019 el North Stream 2 doblará la capacidad del gasoducto ya existente, llevando 55.000 millones de metros cúbicos anuales de gas desde Rusia hasta Alemania sin esos molestos intermediarios, como Ucrania y Polonia, que ejercen de monaguillos de Washington.

El gasoducto es un ejemplo de que los intereses de Alemania no siempre coinciden con los de la Unión Europea, por más que algunos se empeñen en decir lo contrario. Para impedir el bloqueo, Putin se entrevistó recientemente con el presidente de la multinacional Shell, Ben van Beurden, y en abril hizo lo mismo que en Turquía: repartir los gigantescos beneficios de la explotación del gasoductos con los monopolios de varios países europeos, Engie (Francia), OMV (Austria), Shell (Gran Bretaña/Holanda), Uniper (antigua EON, Alemania) y Wintershall (BASF, Alemania).

Los países del este rabian como perros porque saben que se han dejado llevar un gran bocado y que Estados Unidos jamás les va a compensar pérdidas que como buenos peleles deberán pagar en el futuro por un gas que podía haber sido suyo. En esos países y en Bruselas cantan la misma canción que en Washigton: Europa es excesivamente dependiente del gas ruso. El año pasado las exportaciones de Gazprom a Europa alcanzaron el máximo hasta la fecha. La tercera parte del gas que consumen los países europeos procede de Rusia.

Como cualquier otro, Europa depende de muchas importaciones. Lo que puede hacer es elegir si prefiere depender de las que proceden de unos o de otros. Los demás hacen lo mismo. Lo que no podemos, decía el viceprimer ministro ruso Dimitri Rogozin, es pedirle al ogro que se haga vegetariano.

La diplomacia del megáfono entre Turquía, la OTAN y la Unión Europea

Hace un año, poco antes del intento golpe de Estado en Turquía, la revista Der Spiegel aseguraba que al Ministerio alemán de Defensa no le bastaba con la base que tiene la OTAN en Incirlik, Turquía, y que tenía intención de construir otra en el mismo país, naturalmente para “luchar” contra el Califato Islámico, que en Oriente Medio es la gran excusa que sirve para todo.

Ahora Alemania no sólo no ha construido su propia base sino que ha tenido que abandonar la de OTAN y sacar a sus tropas de Turquía, lo cual debería ser motivo más que suficiente de reflexión sobre el verdadero estado de alianza militar imperialista a la que pertenecen ambos países, Alemania y Turquía.

En mayo el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ensayó la “cuadratura del círculo”  diciendo que se trataba de “un asunto bilateral”. La OTAN no toma partido en una disputa entre dos de sus miembros y la retirada no afecta a las actividades de la OTAN “como tal”.

El ministro de Asuntos Exteriores de Turquía, Mevult Cavusoglu, fue más explícito sobre las relaciones entre ambos países: Alemania debería cambiar su actitud hacia Ankara si pretende que continúe la colaboración mutua (¿en la OTAN?). El gobierno de Merkel debería “tratarnos como a un amigo, no actuar como un jefe”, una terminología que no se suele escuchar cuando en la OTAN se habla de “socios”.

Los aviones Tornado alemanes se han trasladado a la base de Azraq, en Jordania, un país que no es “socio” de la alianza imperialista. “Ante todo debemos organizar la retirada de manera que no haya una diplomacia de megáfono en la que intercambiemos insultos”, señaló el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Sigmar Gabriel, a la emisora Deutschlandfunk, agregando: “No tenemos ningún interés en arrinconar a Turquía”.

A pasos agigantados, a golpe de desplantes, Turquía se ve forzada a abanonar lo que ha formado parte de sus tradiciones diplomáticas y militares desde 1945, que concluyeron el verano pasado en el intento de golpe de Estado contra Erdogan. En junio de 2016 el Parlamento alemán calificó de genocidio la matanza del Imperio otomano contra los armenios, tema absolutamente tabú en Turquía.

Pocas semanas después, aprovechando el golpe de Estado, Turquía respondió a Alemania lo mismo que a Estados Unidos. Ambos “socios” habían concedido asilo político a los militares turcos de la OTAN implicados en la intentona.

El rechazo a Alemania marca el fin de las perspectivas que siempre tuvo Turquía de ser admitido dentro de la Unión Europea. Todas las concesiones no han servido para nada, a pesar de la enorme afluencia de mano de obra inmigrante de origen turco y kurdo que hay en Alemania.

Al mismo tiempo que los soldados alemanes salían de la base de Incirclik, llegaba Putin para inaugurar solemnemente el inicio de las obras de construcción del gasoducto Turk Stream por debajo el Mar Negro. Es todo un signo de los nuevos vientos que soplan en la región, aunque no podemos perder de vista que Alemania también tiene dos gasoductos que le unen a Rusia por debajo del Mar Báltico.

También es un signo de esos nuevos vientos. La diplomacia no depende de megáfonos sino más bien todo lo contrario. Depende de los gasoductos, que son sus cordones umbilicales, y los que hay entre Alemania y Turquía pasan por Rusia.

En Francia la clase obrera ha dejado de votar y luchará en la calle

No es ninguna novedad volver a consignar que en Francia la abstención ha sido la nota dominante en las elecciones. Ha sido la más elevada desde 1969, más del 25 por ciento del electorado.

Los votos en blanco y nulos registraron otro récord: más del 11,47 por ciento. Sumados a los anteriores, han vuelto a ganar las elecciones una vez más.

El fenómeno es mucho más claro entre la clase obrera: el 66 por ciento de los trabajadores no ha votado. La mayor parte de los que votan son los electores con talante gregario: los jefecillos, los enchufados…

Si el asunto se analiza en función del nivel de ingresos, el resultado es el mismo. El 59 por ciento de los electores con un ingreso mensual inferior a 1.250 euros dieron la espalda a las urnas, frente al 42 por ciento de aquellos con sueldos superiores a los 3.000.

Las estadísticas muestran que los que votan son los viejos, los abstencionistas son los jóvenes: el 29 por ciento de los que tienen entre 18 y 24 años no votó, porcentaje que es sólo del 12 por ciento para los mayores de 70 años.

La población ha dejado de votar porque sabe que no sirve absolutamente para nada y que da lo mismo uno que otro, que son intercambiables. En palabras de Melenchon, un candidato seudoreformista del estilo Podemos, la altísima abstención equivale a una “huelga general cívica” de los que permite aventurar una dura “resistencia popular” a los recortes de libertades y derechos laborales que les esperan.

Pero esa resistencia se hará en la calle con los que no han votado y los desengañados de haberlo hecho.

El fascismo no está de moda en Francia, a pesar de que la prensa diga lo contrario. Le Pen ha sido la candidata menos votada de entre los cinco principales partidos. El Frente Nacional sólo ha alcanzado ocho diputados y, por lo tanto, no va a tener grupo parlamentario propio.

El Frente Nacional es un partido irrelevante; no tiene diputados ni votos, a pesar de lo cual seguirá en el candelero mediático porque la burguesía le necesita para meter miedo.

A pesar de todo los medios les seguirán poniendo en primer plano para tratar de sostenerles aún más.

Una ONG de la Fundación Soros es investigada por abusos sexuales a refugiados en Grecia

La ONG Mercy Corps está siendo investigada por el gobierno griego por denuncias realizadas por personas refugiadas en los campos de acogida del país heleno.

Dos miembros la organización están siendo investigados, aunque no han entrado en los detalles del abuso. La ONG es una de las beneficiarias de las ayudas de la Unión Europea para los refugiados, según el diario austríaco Kurier.

Los dos miembros investigados han sido relevados de sus funciones, mientras se lleva a cabo la investigación. Mercy Corps ha explicado que habían llevado a cabo su propia investigación interna sobre las acusaciones de abuso sexual.

Según su propia página web, Mercy Corps es un “socio corporativo” de la Open Society Foundations de George Soros.

El comisario de la Unión Europea para Asuntos Humanitarios, Christos Stylianides, ya había informado sobre estas acusaciones, pero se negó a revelar el nombre de la ONG involucrada. Stylianides también dijo que ésta estaba siendo investigado por el mal uso de fondos recibidos de la Unión Europea. Por otro lado, el ministro de Inmigración griego Ioannis Mouzalas entregó los archivos del caso al fiscal del Tribunal Supremo, Xeni Dimitriou, el pasado lunes.

Los países de la Unión Europea son cada vez más escépticos sobre el papel de las ONG en la crisis migratoria. Muchas de las que acogen a los inmigrantes en el Mediterráneo han sido objeto de investigación por acusaciones de trabajar con las redes de tráfico de personas.

Uno de los mayores críticos de estas ONG ha sido el fiscal italiano Carmelo Zuccaro, quien ha afirmado que tiene pruebas de que los miembros de estas organizaciones se comunican directamente con los traficantes de personas en Libia.

Las acusaciones han llevado al Fiscal Ambrogio Cartosio a investigar también a los miembros de algunas ONG por su posible relación con los traficantes de personas, aunque Cartosio hizo hincapié en que las investigaciones están dirigidas a personas particulares y no a las propias organizaciones.

‘Los rusos fuera, los americanos dentro y los alemanes bajo control’

Ante cumbres como la del G7, el tratamiento de la prensa suele ser un bien termómetro del “climax” de eso que los marxistas califican como “contradicciones interimperialistas”, o sea, el estado de las mutuas relaciones entre las grandes potencias, sus acuerdos y desacuerdos.

En la reciente que se ha celebrado en Sicilia, la atmósfera no ha podido ser peor, algo característico desde la llegada de Trump a la Casa Blanca. Ni siquiera han logrado ponerse de acuerdo para redactar un comunicado conjunto sobre todos los puntos del orden día. Un periódico alemán dice que se reunieron “para nada” y que más valdría haber dedicado sus esfuerzos a otros asuntos.

Desde los tiempos de los movimientos “altermundialistas”, este tipo de situaciones se describen con una terminología confusa, que es propia de los grandes centros imperialistas y que se irradian por los medios pequeño burgueses. Así, el Washington Post habla de que las diferencias proceden de que Europa sigue defendiendo la globalización, mientras que Trump está en contra.

Los pro-globalización se oponen a las nuevas corrientes que siguen defendiendo viejas concepciones como los Estados, las fronteras y poco menos que una política económica autárquica, una resurreción de Keynes para hacer frente al neoliberalismo, etc.

En estas ocasiones, mejor que la verborrea seudoanalítica es recurrir a las palabras de los protagonistas, políticos pragmáticos, como Angela Merkel quien, inmediatamente después de regresar a Alemania, hizo unas declaraciones en Munich en las que ponía fin de manera solemne a los tiempos pasados, es decir, al mundo tal y como se configuró en 1945.

“La época en la que podíamos contar al cien por cien los unos con los otros, casi ha terminado”, sentenciaba. “Evidentemente debemos seguir siendo amigos de Estados Unidos y Reino Unidos, como buenos vecinos, siempre que sea posible, y también de Rusia. Pero tenemos que darnos cuenta de ello: tenemos que luchar por nosotros mismos, como europeos, por nuestro porvenir y nuestro destino”, concluyó la canciller.

Si no la interpretamos mal, de lo que Merkel habla es de hegemonía y de dirección del capitalismo como sistema económico mundial y lo que dice es extraño para los que estamos habituados a una lectura literal de lo que Lenin decía hace cien años. Da la impresión de que no hay una lucha por le hegemonía sino —más bien— un vacío porque el capitán —Estados Unidos— ha abandonado el barco, dejando huérfanos a los marineros.

Es como si los europeos —pero también los canadienses y japoneses— desearan que Estados Unidos siguiera llevando “la voz cantante” en los asuntos mundiales, mientras que Trump y los suyos no quisieran asumir ese papel. Éstos parecen volcados en sus propios asuntos internos (“América primero”) y en la reunión se han encontrado completamente aislados del resto de potencias mundiales.

Es aún más confuso deducir de lo expuesto que hay un acuerdo en tre las grandes potencias. Es todo lo contrario y Merkel no lo ha podido decir más claro: la alianza transatlántica se ha acabado. El artículo 5 del Tratado de la OTAN que garantiza la ayuda mutua en caso de agresión se ha puesto en cuestión.

En su lenguaje demágogico y cutre, como en el caso del muro con México, Trump lo ha expresado diciendo que los europeos no pagan a la OTAN lo que deberían, pero los europeos no pueden pagar por algo que se escapa de sus manos, es decir, no pueden subvencionar indirectamente a Estados Unidos y su industria militar, que es lo que Trump pretende: reforzar aún más la presencia de su país en el mercado mundial de armamento, que es uno de los pocos en el que aún son competitivos.

Por el precio que exige Trump, los europeos pueden tener sus propia industria militar. Si resumimos la hegemonía del imperialismo estadounidense desde 1945 en términos militares, o sea, en la configuración de la OTAN, hay que volver a las palabras de su primer secretario general, Hastings Ismay, según el cual su objetivo consistía en “mantener a los rusos fuera, a los americanos dentro y a los alemanes bajo control”.

Si eso es lo que ha cambiado, entonces esta nueva etapa se resume simétricamente diciendo que “los rusos dentro, los americanos fuera y los alemanes sin control”.

En términos económicos —que son los únicos que Trump es capaz de atisbar— se expresa en un tuit de los suyos: “¿Ven Ustedes todos los vehículos que los alemanes venden en Estados Unidos? Pues hay que acabar con eso”. Sería tanto como acabar con la potencia industrial de los monopolios alemanes, algo imposible para Trump y para Estados Unidos.

Esa fuerza económica es la que permite que Alemania —y por lo tanto Europa— sea capaz de escapar del control que hasta ahora ha ejercido Estados Unidos. En Francia algunos medios le pintan a Macron como un delegado comercial procedente del otro lado del Atlántico, pero se equivocan. Es un sujeto de la factoría Merkel, que ha puesto toda la carne en el asador para lograrlo. El dúo Merkel-Macron se ha impuesto tarea volver a impulsar la Unión Europea, tras el fiasco del Brexit.

La prensa alemana no habla de otra cosa, mientras critica acerbamente a Trump, como nunca se había visto con un Presidente de los Estados Unidos. Al mismo tiempo hablan de atar Europa central a la Ruta de la Seda que llega del Extremo Oriente como el nuevo maná. En la medida en que eso alcanza a los rusos, éstos ya se pueden considerar “dentro”, por lo que sólo queda que “los americanos” se vayan fuera (de Alemania), lo que se traducirá en reducciones de tropas en Ramstein o en la liquidación de la propia base militar.

Rumores de golpe de Estado, tanto en Gran Bretaña como en Francia

Corbyn, dirigente del Partido Laborista
Como ya hemos expuesto en otra entrada, el atentado de Manchester ha servido de velo para encubrir la profunda descomposición del capitalismo en Gran Bretaña, que rueda cuesta abajo cada vez a una velocidad mayor. Pero no se trata sólo de una crisis económica sino de una bancarrota política absoluta, común en toda Europa.

Para tratar de salir de ella, lo mismo que España ha fabricado el espantajo de Podemos, en Gran Bretaña tienen a Corbyn, el nuevo dirigente del Partido Laborista, que accedió al cargo con un programa demagógico de reformas que pronto ha tenido que rebajar hasta la nada ante la campaña que la reacción le ha lanzado. Exactamente igual que Syriza en Grecia o Podemos aquí; pura retórica.

En vísperas de unas elecciones, conviene hablar un poco de estas cosas para que veamos quién es realmente el que mueve los hilos, tanto allá como acá.

El programa de Corbyn criticaba a la OTAN, se oponía a los programas de nuclearización a ultranza y, naturalmente, a los recortes en las prestaciones sociales. Como consecuencia de ello, las amenazas públicas —no contaremos las privadas— que ha recibido no han regateado calificativos. Un general británico no identificado advirtió con provocar un “motín” si llegaba a ser Primer Ministro o, en castellano, un golpe de Estado.

El atentado de Manchestar ha llevado la situación a otro plano; ya nadie habla del programa de reformas, sino de seguridad, de rearme, de ampliar los poderes de la policía y los servicios secretos, de armamento nuclear (Programa Trident), de represión… un programa por y para la guerra, en definitiva.

Ante las amenzas del ejército y la paranoia posterior al atentado, la respuesta de Corbyn y sus laboristas ha sido la misma que la sociademocracia de toda la vida: plegar velas.

En Francia la situación no es mejor. Aunque nadie se ha hecho eco, un artículo del jueves en Le Nouvel Observateur marca la pauta. El gobierno saliente del Partido Socialista tenía preparado un golpe de Estado por si acaso el 7 de mayo la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen, ganaba las elecciones presidenciales.

El plan tenía prevista una movilización de los antidisturbios para aplastar las manifestaciones antifascistas que tendrían lugar. A cambio, el Partido Socialista impondría el Primer Ministro a Le Pen. Un dirigente socialista reconoce que el país hubiera quedado paralizado y que a su Partido no le preocupaba uno u otro Presidente de la República, ni siquiera Le Pen, sino asegurar la continuidad del Estado.

Naturalmente, a costa de lo que fuera, es decir, de la liquidación de los pocos restos de libertades y derechos, ya menguados por el estado de urgencia permanente que se ha instalado desde 2015.

El silencio absoluto sobre esta información es más que preocupante porque nadie se ha preocupado de desmentirlo. La población se tendrá que acostumbrar a este tipo de declaraciones, como se ha acostmbrado al estado de urgencia y a los atentados cada cierto tiempo.

La militarización de las masas y la imposición del servicio obligatorio en filas es la siguiente píldora a digerir por la población, que acabará por acostumbrarse a cualquier cosa, a tragar con todo. Para eso tienen a figurines como Tsipras, Corbyn, Hollande, Pablo Iglesias o Pedro Sánchez.

Juncker amenaza a EEUU con promover su desintegración si sigue apoyando el Brexit

Que la Unión Europea y EEUU están abocadas a una guerra (por ahora) comercial es algo que no es la primera vez que expresamos en nuestras páginas, pero la escalada diplomática va tomando cada vez más cuerpo y el enfrentamiento entre ambos bloques es cada vez más evidente. Tanto como para que un incidente de este tipo apenas haya sido reportado por los medios de comunicación comerciales.

«El Brexit no es el final. Sé que hay gente que piensa así. El presidente de Estados Unidos, poco después de ser elegido decía que estaba contento de que el Brexit se llevara a cabo y ha pedido a otros países a hacer lo mismo.  Y, si sigue así, me comprometo a promover la independencia de Ohio y Texas en los Estados Unidos«. Este comentario lo hizo Juncker en la conferencia del Partido Popular Europeo celebrada esta semana.
Según el diario Daily Express, estos comentarios son «dinamita diplomática», ya que se producen en un momento en que las relaciones entre Washington y Bruselas son cada vez más tensas por las escasas contribuciones de Europa a la OTAN.
Los comentarios de Juncker no parecían ser hechos en broma y fueron pronunciados en un tono serio, aunque un periodista informó de que hubo algunas «risas» en la audiencia y dio a entender que el jefe de la UE puede haber estado bromeando. Los comentarios se produjeron en medio de un furioso discurso en el que Juncker atacó a los críticos de la Comisión Europea.

Las amenazas que no se difunden en prensa

Jose Durao Barroso, ex Primer Ministro de Portugal y anterior Presidente de la Comisión Europea ya había realizado amenazas parecidas en el año 2010, cuando advirtió a los sindicatos de Europa que si no aceptan los paquetes neoliberales de austeridad, podrían instalarse dictaduras militares en España, Grecia y Portugal.
Barroso “nos traumatizó con una visión apocalíptica del colapso de democracias en Europa debido a su situación de endeudamiento”, recuerda John Monks, Secretario General de la Confederación de Sindicatos de Europa (ETUC). Su mensaje “fue tajante: si no se implantan los paquetes de medidas de austeridad, en esos países podría desaparecer la democracia como la conocemos actualmente. No hay otra alternativa.
Y efectivamente, la mayoría de los partidos «del cambio» en Europa (Syriza, Podemos, Die Linke…) fueron aceptando uno por uno lo que el gran capital ha ido decidiendo. Si bien los comentarios de Juncker parecen algo «excesivos», eso no quita a que tengamos que estar preparados para algunas sorpresas.

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