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Los yacimientos de gas complican las alianzas en el Mediterráneo oriental

El jueves de la semana pasada Israel, Grecia y Chipre anunciaron que van a trabajar conjuntamente para exportar gas del Mediterráneo oriental hacia Europa a través de un gasoducto que recorre los tres países.

Israel y Chipre han descubierto importantes reservas de gas natural en sus aguas jurisdiccionales, lo que interesa mucho a la Unión Europea que, con un porcentaje por encima del 70 por ciento, se considera excesivamente dependiente del gas ruso.

“Con ocasión de este encuentro volvemos a reiterar nuestro apoyo al proyecto de exportar gas del Mediterráneo oriental hacia Europa”, precisaron en una declaración conjunta los primeros ministros de Israel, Benjamin Netanyahu, de Grecia, Alexis Tsipras, y de Chipre, Nicos Anastasiades.

“En este contexto estamos preparados para explorar más adelante proyectos como el gasoducto EastMed”, añade el comunicado, que es otra muestra de las estrechas relaciones de Syriza con el sionismo.

El gasoducto EastMed tendrá un recorrido de 1.700 kilómetros, según la empresa griega ISI Poseidon que lo está diseñando, y permitiría transportar 15 millones de metros cúbicos anuales de gas hacia Europa.

En la rueda de prensa Netanyahu indicó que los tres países formarán un comité conjunto para impulsar el proyecto y que estudiarían la posibilidad de unir la red eléctrica de los tres países a través de un cable submarino.

Explorando el fondo marino cerca de Haifa, Noble Energy y otros monopolios estadounidenses e israelíes descubrieron en 2009 los yacimientos de Tamar y Leviatán, que atesoran 127.400 millones de metros cúbicos de gas natural (*).

Otros monopolios, como la francesa Total, también llevan a cabo prospecciones para buscar nuevos yacimientos en la isla, que espera iniciar las exportaciones de gas a partir de 2022.

Israel también ha reconocido que ha encontrado yacimientos de gas que pertenecen en parte a Líbano pero que planea explotar por su cuenta, aprovechando el vacío político existente en su vecino del norte, entre otras razones porque Israel nunca ha delimitado su límite marítimo con él.

Hezbollah ya ha amenazado con atacar las plataformas costeras de gas israelí. Para impedirlo Israel equipará su flota en alta mar con cuatro nuevos buques de guerra y cambiará su estrategia naval, hasta ahora centrada en la defensa costera y en mantener el bloqueo de Gaza.

A diferencia de Líbano, desde 2010 Chipre tiene un acuerdo sobre fronteras marítimas con Israel. Pero la isla está dividida en dos gobiernos, uno griego y el otro turco, desde la guerra de 1974. La autodenominada República Turca de Chipre reclama una parte de los yacimientos y se ha opuesto a los contratos de perforación submarina firmados unilateralmente por los greco-chipriotas.

Turquía no reconoce los acuerdos fronterizos de Chipre con sus vecinos y teme que los turco-chipriotas se queden al margen. El gobierno de Erdogan quiere convertir a su país en una ruta de tránsito del gas y el petróleo desde el Mar Caspio y desde Asia Central hacia el mercado europeo.

Por ello, rechaza los acuerdos entre Israel y Chipre y apoya al Líbano en su disputa fronteriza con Israel con algo más que palabras. El ejército turco realizó importantes ejercicios navales en el momento de la perforación que realizaron empresas greco-chipriotas, y ha enviado sus propios buques de exploración a aguas que están en disputa, amenazando con perforar en nombre de los turco-chipriotas en los yacimientos de Afrodita, que se encuentran dentro de la Zona Económica Exclusiva de Israel.

Por su parte, en mayo de 2010 comandos israelíes abordaron una embarcación turca que portaba ayuda humanitaria con rumbo a Gaza.

Lo mismo que Turquía, el acuerdo tripartito entre Israel, Grecia y Chipre se aprovecha de la guerra imperialista contra Siria, que también carece de un acuerdo con Chipre sobre los límites de la Zona Económica Exclusiva.

Más complicaciones: el proyecto tripartito también se puede convertir en un instrumento de presión de Israel contra Rusia, a quien hará la competencia en el suministro de gas con destino a Europa.

Que el inicio de la Primavera Árabe (2011) coincida en el tiempo con los descubrimientos de gas en el Mediterráneo oriental no parece ninguna casualidad.

Hasta la protesta de la Plaza Tahrir, Egipto suministraba el 40 por ciento del gas consumido en Israel a precios por debajo del mercado.

Ahora los yacimientos descubiertos no sólo podrían satisfacer las necesidades energéticas de Israel durante los próximos 30 años, sino que le convertirían en un país exportador de energía.

La inestabilidad en Mediterráneo oriental explica al despliegue militar de Rusia en la región, incluida la guerra de Siria. Durante la guerra de Yom Kippur de 1973, la fuerza naval soviética llenó a emplazar 96 buques de guerra, que con tiempo fue descendiendo hasta llegar a cero con la desaparición de la URSS.

El descubrimiento del gas y el estallido de la Primavera Árabe ha revertido la situación y Rusia ha llevado a cabo tres ejercicios navales en el Mediterráneo, a una escala nunca vista.

La realizada en enero de 2013, involucró más de 20 buques de guerra y submarinos de la flota del Mar Negro, Báltico y del Norte, así como la aviación de largo alcance, el Cuarto Comando de la Fuerza Aérea y Defensa Antiaérea. Los ejercicios cubrieron más de 21.000 millas náuticas y probaron la resistencia de los sistemas de mando y control en una gama de escenarios, desde gestión de desastres y la lucha contra el terrorismo hasta defensa aérea y guerra antisubmarina.

(*) http://on.doi.gov/bj8YJQ, http://bit.ly/ZTY8dy

En los barrios rojos de Estambul (y 3)

Mahir Çayan, fundador del DHKP-C
Juan Manuel Olarieta

El barrio de Çayan debe su nombre a Mahir Çayan, fundador del DHKP-C, asesinado por la policía en 1972 cuando sólo contaba 26 años de edad. A pesar de su juventud, tradujo varias obras de Marx, Engels y Lenin al turco y junto con Ibrahim Kaypakkaya y Deniz Gezmiş constituyen las figuras más importante del comunismo turco y kurdo surgido a finales de los años sesenta.

Para asentarse en Çayan los revolucionarios tuvieron que hacer frente a lo que llaman “la mafia”, que son las inmobiliarias, que pretendían derribar las viviendas de los vecinos para construir grandes bloques de apartamentos y centros comerciales. Hablaron con los especuladores para convencerles de que abandonaran sus pretensiones, pero “la mafia” recurrió a lo que mejor sabe hacer: intimidar.

“Nos vimos obligados a sancionarles”, me dice un veterano del barrio. “¿Sancionarles?, ¿qué significa eso”, pregunto. “Ellos llamaron a sus matones y en dos ocasiones dispararon en plena calle a los jóvenes revolucionarios. A uno le hirieron en una rodilla”, me explica. Entonces las milicias mataron al propietario de la inmobiliaria. Esa fue la sanción impuesta a los mafiosos.

Las calles de Çayan son bulliciosas. Los peatones y vehículos se mezclan de manera caótica y los vendedores ambulantes ocupan las aceras. Casi en cada edificio la silueta de Mahir Çayan, acompañada de siglas y consignas, recuerda el comienzo de todo.

La Tayad, la asociación de familiares de los presos políticos, ocupa una de las casas bajas que hay en el centro del barrio. Las habitaciones y los pasillos están repletas hasta el techo de revistas que esperan a los distribuidores para que las hagan llegar a cada uno de los vecinos.

En Turquía todas las organizaciones revolucionarias se vuelcan por aquellos que han perdido a sus familiares en la lucha o los tienen encarcelados. Es más que una preocupación: es una dedicación permanente, un recuerdo constante. Las luchas de hoy se nutren de las de ayer.

Una mujer fuerte se sienta a hablar conmigo en medio de aquellos paquetes de propaganda. Es la madre de un preso político. Me cuenta el origen del movimiento a comienzos de los años ochenta, sus reuniones, sus discusiones, sus movilizaciones, sus reivindicaciones… Mientras sonríe y gesticula con las manos, habla suavemente pero con una convicción rotunda: “Nosotros empezamos defendiendo a nuestros hijos y ahora defendemos su causa”, asegura.

Se cumplen 15 años de la lucha de los presos políticos turcos contra el aislamiento penitenciario, una larga huelga de hambre en la que murieron 122 de ellos. Todo lo que me cuenta me suena familiar y cercano. Es como recordar a las madres de la AFAPP hace 30 años sujetando una pancarta en la calle, bajo un frío glacial o un sol tórrido. Es la eterna estampa de aquellas mujeres de pelo blanco a las puertas de cualquier cárcel remota, siempre cargando con las pesadas bolsas de comida, de ropa, de libros…

Las cárceles son siempre las mismas y a miles de kilómetros de distancia me siento partícipe del relato de aquella madre de gesto firme y trato cercano. Como los familiares de la AFAPP, también ella estuvo detenida y condenada a tres años de reclusión por defender a los presos políticos.

Ella percibe la cercanía igual que yo. “¿Existe algo parecido a Tayad en España?”, me pregunta. “Naturalmente”. Las cárceles son iguales en todas partes y los que están encerrados en ellas también son iguales, o muy parecidos: aislamiento, dispersión, organización, reunión, movilización…

“Pero a diferencia de Tayad, en España la AFAPP nunca ha sido legalizada”, le respondo, por buscar alguna diferencia. “Tres veces pidieron su legalización y nunca se la concedieron porque oficialmente en España no hay presos políticos y, por lo tanto, no puede una haber una asociación de presos políticos”.

No puedo evitar un chiste: “Tampoco existe dios y, sin embargo, hay cientos de asociaciones religiosas legalizadas”. Pero en España la autoridad competente sólo está para dos cosas: prohibir y poner una excusa para hacerlo. No se le puede pedir que, además, sea un poco más ingeniosa.

La madre se muestra interesada en las similitudes y diferencias que encuentro entre ambos países, así que me lanzo: “Como consecuencia de la total ausencia de derechos, en España la represión contra los presos políticos se extiende a sus familias, lo mismo que en Turquía”. Sólo los bocazas no entienden que la lucha de clases no es gratuita. Se paga con cárcel y con muerte. En Turquía no hay tanto bocazas porque la persecución política está generalizada, mientras que en España es discriminatoria. A algunos sí les sale gratis. El precio cero desvaloriza la lucha de clases; la convierte en “política”, un comercio propio de charlatanes y demagogos que harta a las masas.

Nos despedimos con un largo abrazo y al salir veo enfrente del portal una excavadora en un solar. Me cuentan que los vecinos acaban de derribar el centro social y están poniendo los cimientos de otro mejor, más amplio y más moderno.

Creo que es la mejor metáfora de la misma revolución. Hay quien cree que los vecinos del mundo no merecen más que este sucio y ruinoso Estado que hemos heredado del pasado. Por el contrario, los revolucionarios quieren lo mejor para ellos. Quieren poner la excavadora en funcionamiento, derribar el viejo Estado y construir otro, el que los obreros se merecen, mejor, más espacioso, más iluminado, más moderno, más confortable… No un Estado comprado en una inmobiliaria sino construido con sus propias manos.

En los barrios rojos de Estambul (2)


Juan Manuel Olarieta

En el parque de Gazi, otro de los barrios obreros de Estambul, los revolucionarios han asaltado el salón de bodas para crear un centro de atención a los drogodependientes. El carácter suntuario del lugar contrasta con sus ocupantes, entre ellos un anciano de barba blanca que camina lentamente y me saluda sonriente cuando me cruzo con él: ¡Merhaba! (¡Hola!). Tiene el rostro atravesado por los surcos del alcohol, una plaga desconocida hasta ahora en los países de cultura islámica.

El centro alberga a unos 20 toxicómanos, muy jóvenes la mayor parte de ellos. Cuentan con el apoyo de los revolucionarios, de las familias, de los vecinos y de los que han superado su adicción.

En los barrios de la metrópoli turca ha comenzado una guerra contra las drogas y los que trafican con ellas. La semana pasada las patrullas encontraron un enorme alijo junto a una comisaría, lo llevaron a la plaza del pueblo y llamaron a los vecinos para quemarla en su presencia.

Mientras la policía protege a los traficantes, las patrullas se encaran con ellos y les proponen acudir al centro de rehabilitación. Si no lo hacen, no pueden vender drogas en el barrio y tienen que marcharse.

El centro lleva dos años funcionando. “La puerta está abierta, tanto para entrar como para salir”, me dice Demir, el portavoz, un joven de unos 24 años, antiguo adicto que ahora se dedica a apoyar a otros.

“Aquí hacemos vida en común: comemos juntos, charlamos entre nosotros, limpiamos y nos ayudamos unos a otros”. A la mayor parte de ellos los han traído las patrullas. Les informan a las familias que los han localizado y hacen un trabajo político de propaganda y organización.

“El periodo de estancia es de un mes, pero pueden estar tanto tiempo como quieran”, me cuenta Demir. En los barrios populares apenas circula la cocaína y sus derivados, cuyo precio astronómico la reserva para los adinerados. Sobre todo circula el “bonsai” y la heroína.

Llaman “bonsai” a una hierba que se obtiene de la verónica. En los barrios se vende muy barata, el equivalente de un euro y medio, porque es una planta que prolifera en las regiones frías, donde sus infusiones siempre se emplearon con carácter medicinal.

“¿Con qué tipo de sustancias tratáis las crisis de abstinencia?, ¿con metadona?”, le pregunto a Demir. “Con cariño”, me responde. No se si he entendido bien, pero Demir insiste: “Nosotros no sustituimos unas drogas por otras”. En los momentos más agudos de crisis, le duchan al adicto con agua fría y le dan masajes.

¿Es una terapia exitosa? Rotundamente sí. “Las instituciones oficiales fracasan en un 97 por ciento de los tratamientos que emprenden; nosotros en un 30 por ciento solamente”, me asegura Demir.

Lo del cariño me ha dejado con la boca abierta, pero lo voy entendiendo a lo largo de la conversación. Es la confianza en la persona, en su capacidad de cambiar, de lograr todo aquello que se proponga con la ayuda de los que le acompañan. “Aquí no preguntamos a nadie por lo que ha sido sino por lo que quiere ser”.

De esta manera muchos antiguos toxicómanos se han incorporado a las filas revolucionarias, junto con sus familiares. Recientemente la policía mató a uno de ellos cuando denunciaba el tráfico de drogas en el barrio.

Cuando terminamos de hablar, atravieso una sala presidida por una larga mesa en la que los toxicómanos comen en compañía de los responsables del centro, de sus familiares, amigos y vecinos del barrio.

A la salida del centro hay un enorme edificio de varias plantas recién construido. Demir lo señala con el dedo: “Dentro de poco lo ocuparemos también. Tenemos intención de crear un conservatorio para que los vecinos aprendan música”. De momento el edificio está vacío. “¿Por qué no lo habéis ocupado ya?”, le pregunto. “Porque es tan grande que sería imposible amueblarlo”, me responde. “Estamos esperando a que lo llenen de muebles para apoderarnos de él”.

La justificación para construir un edifico público tan grande son los discapacitados, que jamás disfrutarán de sus instalaciones. El verdadero negocio está en su edificación. Lo que luego hagan con él no le importa a ningún organismo público. La única excepción es esa: que una organización revolucionaria lo ocupe para destinarla al disfrute de los vecinos. Entonces se rasgarán las vestiduras.

En los barrios rojos de Estambul

Dilek Dogan
Juan Manuel Olarieta

Con sus 20 millones de habitantes, Estambul es un territorio imposible de recorrer. Con un pie en Asia y otro en Europa, sus edificaciones se aplastan sobre un terreno sinuoso. Muchas de ellas, que cubren barrios enteros, recuerdan al viejo Pozo del Tío Raimundo de Madrid. A su lado se alzan suntuosos rascacielos.

Cuando era un solar, el barrio de Armutlu (“Los Perales”, en turco) fue enteramente ocupado para que los arquitectos e ingenieros vinculados al DHKP-C construyeran allí las viviendas que hoy ocupan los vecinos. Se levanta sobre una colina con una vista majestuosa del Bósforo, donde los barcos esperan su turno para llegar al Mar Negro.

Los autobuses se detienen a la entrada del barrio, sometido día y noche a la vigilancia de patrullas revolucionarias. No hay propaganda electoral. Sin embargo, casi en cada pared, los murales y pintadas homenajean a la revolución y a la lucha contra el imperialismo.

Tropas especiales de la policía derriban las barricadas para ejecutar operaciones fulgurantes de castigo contra la población de manera periódica. Cuando llego veo algunos restos de ellas a izquierda y derecha. “La policía ha estado aquí hace un hora”, me dicen en el centro social del barrio, una modesta casa baja en el que la juventud monta guardia y vigila. Para combatir el intenso frío, queman maderas en un viejo barril y cantan y bailan cogidos de la mano alrededor de la hoguera.

Lo que el barrio tiene no se lo ha regalado nadie, ni el Estado, ni el ayuntamiento. Es suyo. Lo han construido con sus propias manos. Al lado del centro, los vecinos levantan un centro deportivo para los niños y un generador eólico de electricidad para no depender de los enganches clandestinos.

Para tratar de cualquier asunto, los vecinos se reúnen en el centro social, cuyas paredes retratan a la clase trabajadora turca. Los carteles revolucionarios conviven con cuadros del profeta Alí armado de una temible espada, “la más importante del islam”, según dice una inscripción. En una religión alérgica a cualquier iconografía, sólo puede ser algo típico de los alevis, el equivalente turco y kurdo de los alauitas sirios y libaneses.

Pregunto a los vecinos por aquella extraña coexistencia de símbolos religiosos y ateos, que hoy parece tan singular. Me explican que el centro es de los vecinos y que cada uno de ellos quiere verse reconocido en el lugar. Los alevitas no se oponen a la revolución socialista, sino al contrario. Tienen creencias comunes a la humanidad, como son la igualdad y la lucha contra la injusticia.

Recuerdo que los católicos tienen una iconografía parecida en el Arcángel San Miguel, a quien también representan con la espada que empuñó para luchar contra el dragón, símbolo del Mal y del demonio.

También recuerdo que está muy próximo el 40 aniversario de la matanza de Vitoria, cuando cinco obreros fueron asesinados al atacar la policía la iglesia en la que se reunían. La mezcla de escenarios políticos y religiosos parece ser bastante común en casi todas partes.

Los murales del barrio recuerdan uno de los últimos crímenes de la policía: el asesinato a sangre fría de Dilek Dogan, una obrera volcada en las actividades políticas y sociales de los vecinos. La policía asaltó su casa de madrugada y ella salió a su encuentro en la puerta, diciéndoles que aquello no era una cuadra.

En las viviendas turcas es costumbre quitarse el calzado antes de entrar y Dilek les mostró a la policía que tenían las botas puestas. El oficial al mando sacó una pistola y, sin mediar palabra, disparó tres tiros. Me los muestra el padre de Dilek cuando voy a visitarle a su casa. Uno atravesó la puerta del servicio, otro se alojó entre los azulejos de la ducha y el tercero impactó mortalmente en el cuerpo de Dilek, privándonos de su sonrisa para siempre.

Cuando salgo de la vivienda me abrigo porque nieva copiosamente. Mientras me calzo, el asesinato de Dilek me parece ejecutado aún con más sangre fría; pero no es sólo por el viento que recorre la lengua de agua del estrecho…

A la mañana siguiente me informan de que después de marchar, la policía hostigó al barrio durante toda la noche. Su obsesión es derribar la carpa con la que los vecinos homenajean a Dilek. El mismo empeño ponen unos en ocultar el crimen como otros en mantener vivo el recuerdo de una vecina a la que todos apreciaban.

Turquía se ha convertido en motivo de preocupación también para China

En Oriente Medio el gobierno de Pekín ha venido manteniendo hasta ahora una política de equidistancia, conservando buenos lazos tanto con Arabia saudí, como Qatar, Turquía o Rusia, aunque en la guerra de Siria su posición está claramente alineada con Rusia desde el principio.

Sin embargo, en los últimos meses la preocupación de los medios de comunicación chinos por Turquía ha crecido, lo que indica que algo empieza a cambiar y que China se está viendo entre la espada y la pared por asuntos que le conciernen de una manera más directa.

El idilio chino empezó a estropearse el año pasado, cuando el actual Primer Ministro turco, Ahmet Davutoglu, que entonces era ministro de Asuntos Exteriores, calificó de “ilegal” la detención de 400 uigures chinos en Tailandia.

Los chinos interpretaron aquellas declaraciones de la única manera posible: como un apoyo decidido de Turquía a los yihadistas chinos, que sería más de lo mismo, a saber, consecuencia lógica del apoyo turco al Califato Islámico en Siria.

A lo largo de este año se han sucedido algaradas fascistas en muchas ciudades turcas, organizadas por los “Lobos Grises”. Aunque en ellas los fascistas han atacado -sobre todo- los establecimientos y negocios kurdos, los chinos también han sido víctimas importantes de ellos, y de nuevo ha quedado en evidencia la complicidad del gobierno de Erdogan, que es la misma con los fascistas que con los yihadistas.

Los “Lobos Grises”, una prolongación de los servicios secretos turcos, han agredido a turistas chinos y quemaron una bandera delante de la embajada de China en Ankara. Sus ataques han llegado hasta Bangkok, la capital de Tailandia, donde también atacaron a un grupo de turistas chinos en plena calle.

Desde la redada contra los uigures en Tailandia, la policía china ha estrechado su colaboración con la tailandesa y ha puesto sobre la mesa algunos datos significativos, como la complicidad de la embajada de Turquía en Bangkok con los yihadistas, a los que entregó pasaportes y billetes de avión a Estambul para que combatieran en Siria en las filas del Califato Islámico.

Hasta octubre la policía china ha detenido a 109 yihadistas uigures que regresaban de la guerra de Siria, así como a 20 turcos que reclutaban yihadistas entre los musulmanes chinos.

En las detenciones han intervenido 653 pasaportes en blanco expedidos por Turquía y 200 peticiones de visado de entrada de la embajada de Turquía en Bangkok.

Los chinos no parecen dispuestos a tolerar que Turquía organice en Xinjiang algo parecido a lo que ha organizado en Siria, con la diferencia de que en este caso están por medio los “Lobos Grises” para quienes los uigures son compatriotas.

Fuente: За Турцией теперь «присматривает» и Китай, http://www.vz.ru/opinions/2015/12/22/785345.html

El terrorismo de Estado en Turquía

Son varios los países que han tenido su dosis mortífera de yihadismo como tratamiento de choque en momentos políticamente calientes.

El primero y más conocido fue el 11-S en Nueva York. En Francia fue el atentado de enero de este año contra Charlie Hebdo. En Londres fueron los atentados de 2005 y en España la masacre de Atocha durante una campaña electoral.

En Turquía ocurrió el 10 de octubre durante una manifestación por la paz en la que dos suicidas asesinaron a casi 100 personas. Como en los demás países, el atentado ocurrió en Ankara, la capital.

Desde ese mismo momento se pudo en marcha la correspondiente intoxicación propagandística de los medios orquestada por los servicios secretos que reparten las responsabilidades de la matanza hacia cualquiera, excepto hacia ellos mismos.

Para que nadie, excepto ellos mismos, puedan intoxicar, el gobierno interviene sobre las redes sociales, especialmente Facebook y Twitter.

El “modus operandi” del suicida doble es idéntico a otros dos atentados anteriores:

a) el de Dyarbakir, la capital de Kurdistán, en el mes de junio
b) el de Suruç, en el mes siguiente

También coincide otro hecho característico: la ausencias de policía por los alrededores, lo cual es muy sorprendente en Turquía, sobre todo durante una manifestación.

En este tipo de acciones el contexto es fundamental. En el caso del atentado de Ankara, se produjo precisamente cuando Erdogan estaba buscando un acercamiento al PKK que, no hay que olvidarlo, en Turquía tiene la condición de organización “terrorista”.

El atentado no sólo acabó con el acercamiento sino que la intoxicación mediático presentó al PKK como un posible responsable del mismo, es decir, que se trataba de autoatentado fantasmagórico.

Según parece, el acercamiento de Erdogan era consecuencia de presiones de Estados Unidos, que tanto en Irak como en Siria ha encontrado en los movimientos kurdos a sus mejores aliados. Los imperialistas buscarían consolidar la “autonomía” kurda de facto en el norte de Siria.

El atentado de Ankara no pudo resultar más contraproducente. Además de cortar las negociaciones del gobierno con el PKK, pasa a un ataque brutal contra las posiciones kurdas en las zonas fronterizas.

Las agresiones contra los kurdos lavan la cara a la complicidad del gobierno de Ankara con el Califato Islámico.

También lavan la cara de la política de “tierra quemada” de Erdogan, que ha lanzado 400 ataques coordinados contra organizaciones revolucionarias turcas, además de las kurdas, dentro de sus fronteras.

Además de las agresiones fascistas, el contexto está acompañado de la intoxicación permanente de los medios de comunicación, que va mucho más allá del PKK, extendiéndose a todos los kurdos que viven en Turquía, cuyas viviendas y comercios han sido arrasados.

Las elecciones del domingo se celebraron en un clima más parecido a una guerra civil que a una fiesta democrática.

86 muertos en una manifestación por la paz en Ankara

Al menos 86 personas han muerto y 186 han resultado heridas, 28 graves, en el atentado perpetrado ayer en Ankara, la capital de Turquía, contra una manifestación por la paz convocada por sindicatos y colegios profesionales, según el ministro de Salud turco, Mehmet Müezzinoglu.

Hacia las diez de la mañana se sucedieron dos fuertes explosiones antes de que diera comienzo la manifestación frente de la estación central de trenes de Ankara.

La manifestación, a la que habían acudido esta mañana miles de personas, estaba convocada por el Colegio de Ingenieros, el Colegio de Médicos y los dos sindicatos progresistas DISK y KESK.

Tras la explosión algunos manifestantes atacaron un vehículo policial, que respondió disparando y lanzando gases lacrimógenos.

El Gobierno en funciones, encabezado por el partido islamista AKP, ha nombrado a cinco fiscales para investigar el ataque, aunque no lo ha necesitado para pronunciarse sobre sus causas. Erdogan ha dicho que el atentado “no se distingue en nada de los actos de terror contra ciudadanos inocentes, funcionarios, policías y soldados”, en referencia al Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) que Turquía mantiene fuera de la legalidad.

A pesar de su apoyo al Califato Islámico en Siria, el hipócrita de Erdogan se ha pronunciado “en contra de todo tipo de terror y de organización terrorista”.

El partido de la izquierda prokurda HDP, por su parte, ha subrayado la similitud de este atentado con la bomba colocada en un mitin de este partido en Diyarbakir, dos días antes de las elecciones del 7 de junio, y con la masacre de Suruç el 20 de julio. En este atentado, un joven yihadista turco probablemente entrenado por el Califato Islámico, se inmoló en una asamblea de militantes de la izquierda prokurda, provocando la muerte de 34 personas.

Tras este atentado, el PKK rompió el alto el fuego que mantenía desde hacía más de dos años. Desde entonces han muertos cientos de personas, guerrilleros, civiles, militares y policías en atentados, ataques y enfrentamientos.

Tras el atentado de ayer, la dirección del Partido de Trabajadores de Kurdistán anunció ayer que respetará un alto el fuego unilateral hasta la fecha de las elecciones en Turquía, el próximo 1 de noviembre.

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