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Etiqueta: Salud (página 8 de 9)

España ha adquirido derechos por un medicamento que la OMS acaba de descartar, el Remdesivir

Desde que la OMS publicó su hallazgo de que el tratamiento Remdesivir elaborado por Gilead Science, que fue «reutilizado» por la compañía después de haber sido desarrollado inicialmente para tratar el ébola, no era tan bueno como parecía, el laboratorio ha iniciado acciones de descrédito contra el organismo, ya que su estudio desvirtúa el proyecto de negocio que había en ciernes. Leer más

Lo que vende no es la ‘conspiranoia’ ni la ‘ciencia’ televisada sino las cifras de muertos y de infectados

Los titulares estos días siguen anunciando positivos por doquier. Donald y Melania Trump también «dieron positivo». Otra noticia fustiga a estudiantes de la Universidad Politécnica de Valencia que «se contagiaron» el covid-19 por irse «de fiesta». Todas estas pseudohistorias están activando otro absurdo frenesí mediático, que ha empujado a muchas personas a evitar enfrentar lo que es una evidencia, para evitar ser asociados al fascismo, o peor, al «terraplanismo». Leer más

Nueva Zelanda internará a la fuerza en ‘albergues de cuarentena’ a los apestados y a sus familiares

El miércoles el gobierno de Nueva Zelanda anunció que internará a todos los “casos” de infección de coronavirus “en un albergue de cuarentena”, uno de tantos eufemismos creados de la nada para justificar la ley marcial.

El Director General de Salud, Ashley Bloomfield, lo explicó en una rueda de prensa, a pesar de que hasta la fecha, Nueva Zelanda sólo tiene 36 “casos” de infección por coronavirus.

Eso no ha impedido que el gobierno confine a Auckland, la ciudad más grande del país.

Las leyes sanitarias son como la Ley de Peligrosidad que el franquismo aprobó en 1970. Encierran a las personas por ser “peligrosas” y para justificarlo le cambian el nombre a las cosas. Las cárceles y los campos de concentración se convierten en albergues o en centros de salud. El lugar de los carceleros lo ocupan los médicos o quizá esa nueva estirpe de policías sanitarios a la que llaman “rastreadores”.

El artículo 70 de la Ley de Salud neozelandesa permite al gobierno forzar a las personas a ponerse en cuarentena en contra su voluntad. Los albergues de cuarentena tienen una seguridad más estricta que los “hoteles de aislamiento” para apestados.

Según Bloomfield, la cuarentena forzosa se aplicará a todos los que den positivo en las pruebas y también a los miembros de la familia que puedan estar “en riesgo”. ¿Por cuánto tiempo? No se sabe, ni tampoco quieren decirlo. ¿Hasta que se “curen” quizá? Pero, ¿de qué se tienen que curar los apestados?

Para que a uno le encierren ya no hacen falta delitos, ni policías, ni juicios, ni pruebas. Es todo mucho más sencillo y, desde luego, mucho más higiénico.

¿Cuánto tiempo pasará antes de que otros países imiten a Nueva Zelanda?, ¿cuándo cambiarán las leyes sanitarias? Dentro de muy poco. Entonces veremos a la policía municipal o a los gorrillas con las PCR metidas en los furgones haciendo pruebas a diestro y siniestro por las calles.

La diferencia es que antes la gente protestaba contra las detenciones arbitrarias. Ahora, por el contrario, estamos entusiasmados porque somos un peligro y vemos peligros por todas partes. Iríamos encantados a encerrarnos en un albergue porque somos personas responsables, sobre todo la izquierda domesticada, que dentro de poco pedirá más pruebas PCR y más policía en la calle ejerciendo de sanitarios.

Ya estamos metidos de lleno en la nueva normalidad.

Las prácticas monopolistas en el mercado farmacéutico mundial

Después del brote de H5N1 (gripe aviar) y en los primeros días de la epidemia de H1N1, las empresas farmacéuticas transnacionales compitieron ferozmente para proporcionar tratamientos en ausencia de vacunas.

Entre 2005 y 2009, el antiviral oseltamivir, comercializado por Roche como Tamiflú, logró ser reconocido como el medicamento estrella para la prevención y el tratamiento por varios organismos internacionales como la OMS, los Centros de Control y Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos (CDC) y la Agencia Europea de Medicamentos.

En aquel momento, a fin de prepararse para una “posible operación de confinamiento”, la OMS recibió una donación de tres millones de tratamientos con oseltamivir de Roche para ser utilizados como reserva, según el informe del Comité encargado de examinar el funcionamiento del Reglamento Sanitario Internacional (2005) en relación con la pandemia H1N1, publicado por la OMS en 2009.

Según el mismo informe, la OMS alentó a los países a que introdujeran planes de confinamiento rápidos en sus mecanismos nacionales de preparación para la pandemia de gripe. Además, la OMS elaboró un “protocolo de confinamiento rápido” basado principalmente en el oseltamivir con el mismo fin.

No es sorprendente que, como resultado del pánico mundial generalizado, Roche recibiera pedidos de países de todo el mundo. Las investigaciones posteriores y la bibliografía revelaron que las decisiones de compra se basaban en ensayos clínicos financiados por Roche, cuyos resultados, según los expertos, eran limitados e incompletos, especialmente en lo que respecta a la eficacia y los efectos secundarios del Tamiflú, algunos de los cuales resultaron posteriormente peligrosos.

Además, algunas informaciones erróneas sugerían un brote incontrolable de la infección. Una revisión Cochrane encontró que los beneficios del oseltamivir eran pequeños en cuanto a la reducción de los síntomas, ya que el fármaco reducía los síntomas en no más de medio día.

Los autores del estudio, que se encargaron de obtener informes completos de la investigación clínica original, también obtuvieron un panorama más claro de los efectos secundarios del oseltamivir. Al final, la revisión Cochrane cuestionó si se justificaba la acumulación de oseltamivir.

Lo anterior puede verse bajo otra luz.

Las empresas farmacéuticas suelen presionar a los gobiernos durante estas crisis. Durante la pandemia de H1N1, el enfoque de Roche fue esencialmente persuadir a los gobiernos de que firmaran acuerdos para comprar Tamiflú porque, en aquel momento, se atendía por orden de llegada.

Cabe señalar que esas negociaciones se celebraron en un contexto de tensión mundial y de competencia abierta entre los países para obtener un tratamiento lo antes posible de una sola fuente.

Esa situación demuestra la gravedad de las prácticas monopolistas en el mercado farmacéutico mundial. La probabilidad de que este escenario se repita es tanto mayor cuanto que los países siguen negociando el acceso a los medicamentos en un mercado monopolístico, como lo demuestra la compra por Estados Unidos a Gilead Sciences de todas las reservas existentes y los acuerdos de compra previos de posibles vacunas por parte de varios países europeos.

En ese momento, las ventas de oseltamivir superaron los 18.000 millones de dólares, la mitad de los cuales fueron pagados por los gobiernos. Estados Unidos, por ejemplo, gastó más de 1.500 millones de dólares para almacenar oseltamivir, sobre la base de las recomendaciones de los CDC, mientras que Reino Unido gastó 770 millones de dólares en el mismo fármaco entre 2006 y 2014.

La OMS es una organización intergubernamental y como tal es responsable ante sus Estados miembros. En 2010 esos Estados miembros evaluaron la actuación de la OMS en la declaración de la pandemia de H1N1. La decisión despertó las reservas de las comunidades científicas y políticas internacionales, que la consideran prematura, causando una confusión mundial y costando millones de dólares a los presupuestos públicos.

Lo que es importante señalar sobre el control del coronavirus es que no hay ninguna droga “nueva” que haya sido probada contra el virus. Los que están siendo estudiados son conocidos o ya están en el mercado. Se están probando para demostrar que tienen un efecto específico contra el coronavirus.

Este reposicionamiento o reorientación de los medicamentos existentes es una práctica común en la investigación de los brotes. Además, la investigación y el desarrollo farmacéuticos ya no producen “nuevas” sustancias farmacéuticas, sino que a menudo sólo mejoran los productos existentes o los abren a indicaciones adicionales.

Los ensayos clínicos realizados por la OMS comenzaron con cuatro propuestas de tratamiento, la mayoría de ellas muy costosas. Tres meses después del inicio declarado de la pandemia, la competencia se redujo a dos medicamentos: el remdesivir, producido por Gilead Sciences, y el favipiravir, producido por Fijifilm Toyama Chemical, bajo el nombre comercial de Avigan, que más tarde se informó de que no había mostrado ningún efecto convincente en algunos ensayos contra el coronavirus, lo que retrasó su aprobación hasta el final de los ensayos.

El pasado mes de marzo, con el brote de coronavirus, la Administración de Alimentos y Fármacos de los Estados Unidos (FDA) decidió conceder al medicamento la condición de “medicamento huérfano”, que normalmente proporciona a la empresa productora una serie de derechos exclusivos además de los derechos de propiedad intelectual.

La decisión fue recibida con sorpresa y escepticismo en los círculos de especialistas de todo el mundo debido a su contenido y oportunidad.

Las enfermedades huérfanas, tal como las definen tanto la OMS como la legislación de los Estados Unidos, son aquellas que afectan a un pequeño número de personas, de manera que no fomentan el desarrollo de medicamentos para tratarlas, lo que también justifica el costo potencialmente elevado de su tratamiento.

El coronavirus, que fue declarado pandemia, es exactamente lo contrario de una enfermedad huérfana, y la designación como “medicamento huérfano” revela la intención de la empresa de maximizar las ventas y los beneficios de la reexpansión una vez que sea aprobado por la FDA.

Con el creciente número de casos diagnosticados en Estados Unidos, la creciente presión ha llevado a Gilead Sciences a retirar su designación de medicamento huérfano. Unas semanas después, el remdesivir fue aprobado por la FDA para su uso de emergencia en pacientes con coronavirus, tras lo cual la empresa donó 1,5 millones de dosis al gobierno de Estados Unidos.

A mediados de abril, los medios de comunicación informaron de que el Gobierno egipcio había acordado con FUJIFILM Toyama Chemical utilizar el favipiravir (Avigan) para el tratamiento del coronavirus en Egipto. Este acuerdo nunca se materializó, ya que unas semanas más tarde el Ministro de Salud anunció que Egipto participaría en el ensayo clínico del remdesivir coordinado por la OMS.

Entretanto, la empresa egipcia Eva Pharma firmó un acuerdo voluntario y no exclusivo de licencia con Gilead para fabricar remdesivir para su distribución en 127 países. En la actualidad, la oferta en Egipto se limita a ayudar a los pacientes hospitalizados en cuarentena.

Ha comenzado a surgir una creciente preocupación mundial por la prisa con que se ha recurrido al remdesivir antes de que se haya demostrado su eficacia, en particular porque los resultados de los ensayos publicados muestran que no hay ningún beneficio terapéutico de importancia estadística.

Se han presentado solicitudes de patentes para el rediseño en muchos países y algunas ya han sido concedidas. La oficina de patentes egipcia ha rechazado la solicitud de rediseño de la patente en 2017 por motivos técnicos, pero la decisión final sigue pendiente ya que el solicitante ha apelado.

Gilead ha fijado recientemente el precio del tratamiento con remdesivir (6 viales) en 3.120 dólares para los particulares y 2.340 dólares para los planes de seguros nacionales de Estados Unidos. El precio de esta droga es exorbitante y no puede justificarse tampoco por los costos de investigación y desarrollo, ya que no se trata de un compuesto nuevo y, por lo tanto, no ha sido patentado en varios países.

Además, las investigaciones han demostrado que el costo de producción de remdesivir no puede superar los 5,58 dólares por tratamiento. De hecho, la empresa farmacéutica india Cipla ha anunciado que producirá una versión genérica de remdesivir a un precio de unos 400 dólares.

A la luz de las altas tasas de incidencia y mortalidad de coronavirus, así como de la presión ejercida sobre los gobiernos para que adopten medidas de protección de su población, existe una competencia entre las empresas farmacéuticas para preservar su cuota en un mercado mundial lucrativo.

Esta competencia se manifiesta en los intentos de inscribir a un gran número de pacientes en ensayos clínicos realizados apresuradamente para demostrar resultados favorables o desfavorables para un determinado medicamento, de firmar acuerdos de compra previos con los gobiernos, como ocurre actualmente entre Gilead y el gobierno de Estados Unidos, y de tratar de registrar patentes en el mayor número posible de países a fin de obtener derechos exclusivos, incluida la posibilidad de vender el medicamento al precio más alto posible.

En medio de la crisis actual, con repercusiones económicas y sociales mundiales sin precedentes, es preocupante ver el retorno del escenario del H1N1. Los gobiernos están una vez más “comprando con pánico” y acumulando irracionalmente existencias de medicamentos, ninguno de las cuales ha demostrado ser eficaz contra el coronavirus. ¿Realmente no estamos aprendiendo nada del pasado reciente?

—https://twn.my/title2/unsd/2020/unsd200708.htm

El coronavirus le ha servido a Google para retomar su idea de una gran base de datos genéticos a nivel mundial

Diego Herchhoren
En el año 2007 se conoció la noticia de que la empresa del buscador trabajaba en un servicio llamado Google Health, que fue interpretada como una nueva funcionalidad que permitiría buscar noticias sobre salud. Al igual que el buscador de libros, que ofrece un listado de obras literarias, Google Health facilitaría información sobre enfermedades. 
En la actualidad, es cada vez más habitual que personas con sintomatologías conocidas busquen en internet síntomas, enfermedades y tratamientos. El proyecto de Google estaría entonces pensado para recopilar toda esa información.
Pero el verdadero objetivo que persiguió el buscador con este portal era otro: era confeccionar un historial médico electrónico, en el que los usuarios registrados de Google podrán archivar sus resultados médicos. 
Al igual que Google Calendar, que centraliza la agenda diaria de millones de personas, Google Health pasaría a ser una gran base de datos personales con función sanitaria y completamente gratuito. Incluso se pensó en que éste sistema podría ser entregado a países del tercer mundo que no tienen infraestructura para almacenar los datos de sus ciudadanos.
Las autoridades sanitarias podrían bajárse los informes médicos y de este modo estar disponibles en caso de emergencia y en cualquier lugar del mundo. 

El problema que tuvo Google en esa época era que la histeria generada en torno a las supuestas pandemias no había cobrado la magnitud necesaria como para que la sociedad se hiciera la pregunta clave, respecto hasta qué punto una corporación económica transnacional podría disponer de nuestra intimidad sanitaria, si de temas de salud se trataba. Y en Europa, donde las discusiones acerca de la privacidad han sido acentuadas en el seno de las instituciones comunitarias, Google Health tendría muchos enemigos. 
El proyecto quedó apartado y suspendido, a la espera de un mejor contexto.
Hay que tener en cuenta que, de esta manera, una empresa estadounidense pasa a tener datos personales, entre ellos datos médicos delicados, a los que, en caso de necesidad, también tendrían acceso las autoridades y los gobiernos que contraten estos servicios. 
Pensemos por ejemplo en las autoridades migratorias, que ya con el coronavirus han clamado por la existencia de un «DNI sanitario» que permita saber si una persona que accede al interior de nuestras fronteras está sana. O incluso a la hora de encontrar empleo o incluso pareja a través de una red social.
Microsoft, la empresa creada por Bill Gates y a quien personas de todo el mundo señalan como responsable del clima de pandemia en torno al coronavirus, hizo ya lo propio con el servicio HealthVault.
Los datos se almacenan en los servidores de Microsoft y pueden transmitirse por medio del software Health Vault Connection Center. Del mismo modo que la frecuencia cardiaca, medida por un pulsímetro, puede mostrarse en la pantalla del propio ordenador, valores fisiológicos como la presión sanguínea, el azúcar en sangre o el pulso.
Según el profesor de Genética Médica de la Universidad de Viena, Markus Hengstschläger, el objetivo de un almacenamiento por parte de Google de los datos médicos de los usuarios tiene que ver con la idea de hacer una gran base de datos genéticos. El planteamiento era fomentar, primeramente, el interés de los usuarios en su propio ADN y luego hacer comparativas mediante experimentos de ingeniería social.
Esto nos lleva a la empresa de ingeniería genética 23andMe, íntimamente ligada a Google y que recientemente ha dado acceso a sus actuales cinco millones de perfiles genéticos a la multinacional GlaxoSmithKline, la sexta farmacéutica más grande del mundo. 
23andMe fue fundada por tres mujeres: Linda Avey; Esther Dyson, «la primera dama de Internet»; y Anne Wojlciki la mujer del fundador de Google, Sergey Brin
Wojlciki recibió de Brin 3,9 millones de dólares para la puesta en marcha de la empresa. Además de Google, fondos buitre como New Enterprise Associates y Mohr Davidow Ventures participan de la misma. También el emporio de la biotecnología Genentech ha entrado en el capital de 23andMe. El propietario de Genentech, Arthur Levinson, fue miembro del Consejo de Administración de Google y ahora lo es de Apple.

El objetivo de 23andMe es facilitar el acceso de los ciudadanos a la información sobre sus genes. Cualquiera podría buscar en Google información sobre su genoma. 23andMe ofrece análisis genéticos para uso propio y los analiza en laboratorio. 
Una vez se obtienen los resultados, puede buscarse en Google quién tiene el mismo código genético. «¿Tengo los mismos genes que David Beckham?», «¿tendré cáncer alguna vez?». En una entrevista publicada en el New York Times de 26 de diciembre de
2008, el neurólogo y especialista en genética norteamericano Robert
Green
hizo además una seria advertencia sobre los análisis de ADN: «La gente tiene que comprender que los factores de riesgo genético son
sólo eso, factores de riesgo, y no factores determinantes
«
. Green había
elaborado un estudio sobre el Alzheimer donde se investigaba si un
análisis genético puede, efectivamente, predecir enfermedades. Su
conclusión: no hay ni un sí ni un no: sólo un quizás.
Y es que la comparación de los datos genéticos con otras personas debilitaría la necesaria protección de los datos e impondrá un clima de «eugenesia social» a quien no tenga el ADN deseado. 
Gracias al coronavirus, la implantación en terminales móviles de app’s de rastreo y de volcado de información sanitaria de los usuarios son la prueba de que el proyecto Google Health ha renacido, pero con otro nombre. Al igual que gracias a las redes sociales y los propios smartphones se ha conseguido que millones de personas desnuden su identidad, sus sensaciones, sus sentimientos y sus frustraciones con un robot que almacena y vende datos personales de sus usuarios, el proyecto ahora alcanza incluso nuestra salud.
Los análisis genéticos son una gran fuente de predicciones de uso inimaginable. Entrevistas de trabajo, compañías de seguros, el ejército, el Estado, quien sea, podría tener mucho interés en averiguar lo más posible acerca los perfiles genéticos, y los acuerdos de colaboración de numerosos Estados con el buscador, a quien han cedido la gestión y geolocalización de personas pasibles de estar enfermas de coronavirus, son un paso definitivo en ese sentido.

Eres tonto Simón y no tienes elección

Ya se retira el sol y los hombres acechan
sentados a la puerta del bar.
Las parejas se van por la carretera
y aquí viene Simón con su extraño andar.

Hola simón, ¿dónde vas tan aprisa?
Para un poco, ¿qué quieres tomar?

Dicen que siempre cuenta la misma historia.
Es lo que esperan todos, se sienten mejor.
Que tu padre murió por quemar la iglesia,
que tu desdicha es castigo del Señor

Eres tonto Simón
y no tienes elección
de tu cráneo rapao al cero
quita esa gorra de obrero
y sortea la cuestión, Simón

Vuelve a enfilar tus pasos hacia la calle
si llamas a esa puerta sale una mujer
que te ofrece alimento de vez en cuando
y da conversación si te portas bien

Hola Simón, ¿dónde vas tan aprisa?
Para un poco, ¿qué quieres comer?

Has visto el engaño en sus ojos
que ya no tienen más que decir.
Los golpes ya no duelen, ¡ay Simón!
¡si pusieras tu cuerpo en acción!

Vale más que te largues fuera del pueblo
resucita tu oración y no pienses mal.
Tendrás allí el aliento de los luceros
y tal vez el calor de algún animal.

Eres tonto Simón
y no tienes elección
de tu cráneo rapao al cero
quita esa gorra de obrero
y sortea la cuestión, Simón.

Radio Futura, 1985

Los expertos que asesoran al gobierno francés sobre la pandemia cobran de la industria farmacéutica

Durante la campaña presidencial de 2017, Macron iba de la mano de Jean Jacques Mourad, un cardiólogo que se manifestó a favor del reembolso de los medicamentos para la presión arterial, que son una especialidad del monopolio farmacéutico Servier.

Si el precio de un medicamento se devuelve o no, es una decisión de política económica, no médica. No es más que ejemplo de que ciertos expertos meten sus pies en charcos que no les corresponden. Lo hacen por dos motivos. El primero es que, como expertos, respaldan determinadas decisiones con un aura científica y “apolítica”. El segundo es que sus consejos no tienen nada que ver con la ciencia sino que están pagados por sus amos de la industria.

En el caso del cardiólogo, estaba al servicio de la propia multinacional Servier, una empresa especializada en vender medicamentos contra la presión arterial precisamente. En tres años y medio Mourad había cobrado unos 80.000 euros de ella.

Ahí se acabó su carrera política, aunque los expertos, lo mismo que los políticos, no son más que piezas de quita y pon. Murad desapareció y ahora quienes asesoran a Macron en la pandemia son otros clones equivalentes, según acaba de denunciar un documentado reportaje de la revista Marianne: en los últimos cinco años los clones han cobrado 450.000 euros de las empresas farmacéuticas (*).

Hay quien cree que las decisiones sobre la pandemia las toma Macron, hay quien cree que las toman los expertos y, finalmente, estamos quienes pensamos que las toma el capital monopolista.

Los expertos no sólo cobran en dinero sino que viven de manera ostentosa gracias a sus amos: chalets, viajes, hoteles, comidas, cenas, transporte, dietas, honorarios… No les falta de nada.

Macron ha creado dos equipos de expertos para asesorarle en la pandemia. Pues bien, en cinco años dichos expertos han cobrado casi medio millón de euros de las multinacionales farmacéuticas. Una de las más generosas, MSD, trabaja para fabricar una vacuna contra el coronavirus. Otra, Roche, trabaja en los tests de detección rápida. Pero no falta ninguna: Johnson & Johnson (22.487 euros), Sanofi (18.551 euros), Abbvie (14.706 euros), GSK (15.412 euros), Gilead (9.096 euros)…

Hay quien no se corta un pelo. La microbióloga Marie Paule Kieny colgó su bata blanca y ahora dedica su tiempo al consejo de administración de BioMérieux, un laboratorio que compite en fabricar una prueba rápida para el coronavirus.

La corrupción no está sólo en las alturas. En 2018 las empresas farmacéuticas pagaron unos 1.360 millones de euros a médicos y otros profesionales franceses de la salud, un sobresueldo (no lo llamaremos soborno) cuyo único fin es aumentar las ventas de fármacos.

Un estudio académico publicado en el British Medical Journal en noviembre del año pasado demostró que en Francia los médicos vinculados a las empresas farmacéuticas prescriben más fármacos que los otros.

Luego los hipócritas se echan las manos a la cabeza, pero en Francia aún colea el escándalo del Mediator, un fármaco distribuido por Servier durante 37 años que ha causado numerosas patologías… a pesar de que tenía todas las bendiciones de la burocracia sanitaria, debiendo aclarar que dicha burocracia trabajaba para Servier. Ya saben lo que ocurre en estos casos: una vez que los muertos están en el hoyo, cambiaron la ley, impusieron controles más estrictos, exigieron garantías de transparencia… Cualquier cosa excepto lo más elemental: sacar a las multinacionales de la sanidad e imponer una nueva política de salud pública.

(*) https://www.marianne.net/societe/118000-euros-de-msd-116000-euros-de-roche-faut-il-s-inquieter-des-liens-entre-labos-et

Una empresa vinculada a Donald Rumsfeld tiene ya la ‘vacuna’ contra el coronavirus, igual que con la Gripe A

Las acciones de la empresa farmacéutica Gilead Sciences se han disparado tras la publicación de un supuesto estudio de la Universidad de Medicina de Chicago que mostraba ua rápida recuperación en 125 pacientes infectados con el Covid-19 que han sido tratados con Remdesevir, un antiviral cuya patente ostenta el propio laboratorio.

La noticia ha corrido como la pólvora y los medios de comunicación de todo el mundo están repitiendo como loros la esperanza en esta vacuna. Sin embargo, esta historia parece repetir el guion que en su día se desarrolló con la Gripe A, ya que uno de los principales accionistas de esta empresa es el ex Secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, y que fue en su día su Director General.

Gilead Science, uno de los principales proveedores de tecnología química del Pentágono, es además el laboratorio responsable de la muerte de 73 ciudadanos georgianos víctimas de los experimentos que esta empresa realizó en el período 2007-2018, y que según denunciaron en su día portavoces del gobierno de la Federación Rusa, responden a experimentos de guerra bacteriológica.

En el caso de la declarada “epidemia” de Gripe A del año 2009 fue el Tamiflú, también inventado por Gilead Sciences y que forma parte del catálogo de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el medicamento galardonado como “eficaz” para curar la gripe causada por el virus mutado H1N1, causante de los brotes de la llamada influenza porcina en México y Estados Unidos.

El consejero de la malograda OMS, Marion Koopmans, declaró en marzo de 2018 al diario The Telegraph advirtiendo del peligro que suponía una enfermedad a la que se bautizó como X, siendo la primera vez en la historia de la medicina mundial en la que se hacía un llamamiento para prevenirse de una enfermedad inexistente. Les aseguramos que no es una broma.

El comunicado en su día difundido decía que “La enfermedad X representa el conocimiento de que una epidemia internacional grave podría ser causada por un patógeno que actualmente se desconoce”, algo así como el hombre del saco.

Quien afirmó esta estupidez fue John-Arne Rottingen, director ejecutivo del Consejo de Investigación de Noruega y asesor científico del comité de la OMS.

También dijo que la enfermedad X podría ser provocada por una enfermedad zoonótica, una que salta de animales a humanos, y luego propagarse para convertirse en una epidemia o pandemia de la misma manera que el virus de la gripe A.

No hace falta reducir estos datos a “teorías de la conspiración”, pues básicamente lo que hizo la OMS es dar un cheque en blanco para la creación de supuestas enfermedades, para luego fabricar los remedios. Sería algo parecido a provocar una guerra para luego vender hospitales.

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Las grandes multinacionales dictan la política sanitaria mundial a la OMS

Según sus estatutos, los ingresos de la OMS (Organización Mundial de la Salud) deberían proceder de los Estados miembros, cuya contribución depende del número de habitantes y el Producto Interior Bruto de cada uno de ellos.

Esa fuente pública de financiación se secó en 1980 cuando los imperialistas introdujeron en la ONU la política de crecimiento real cero, que en 1993 se convirtió en crecimiento nominal cero.

A partir de entonces la OMS ha tenido que recurrir a las “aportaciones privadas voluntarias” cuyos donantes pueden destinar sus fondos a las finalidades específicas que deseen. En otras palabras: quien decide el destino del dinero no es la OMS sino esos “donantes privados”, o sea, las multinacionales de la farmacia: Bayer, Glaxo, Merck, Novartis, Sanofi…

Si en 1970 las “aportaciones privadas” representaban la cuarta parte del presupuesto de la organización, en 2008 ascendían casi al 80 por ciento.

Los “donantes privados” tienen la última palabra en Ginebra; de ese modo imponen la política sanitaria mundial.

Las multinacionales de los fármacos son sólo la punta del iceberg de una industria “de la salud” que está absolutamente corrompida. Junto a ellas hay que poner a los fondos de inversión de alto riesgo que especulan con los tratamientos farmacológicos. La biotecnología moderna es inseparable de especuladores de esa calaña.

Un tercer tipo de buitres carroñeros que controlan la “salud” mundial con su dinero son “benefactores de la humanidad” harto conocidos: Soros, la Fundación Rockefeller y, especialmente, Bill Gates, que es quien más fondos aporta: 327 millones de dólares.

En Ginebra a Bill Gates le llaman “el médico más poderoso del mundo”. Ha sido la primera persona que ha pronunciado un discurso de apertura de la Asamblea Mundial, el máximo órgano de la OMS. En 2017 la designación del etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus a la cabeza del organismo mundial la hizo su padrino Gates.

Si algún día tienen Ustedes la oportunidad de viajar a Ginebra, deben acercarse a la sede de la OMS, donde podrán contemplar un monumento a la memoria de Ryoichi Sasakawa, dirigente de un partido fascista japonés que creó un ejército privado para explotar Manchuria y Mongolia cuando en 1931 Japón invadió China, cometiendo numerosos crímenes de guerra, por los que fue condenado tras la guerra mundial.

¿Les extraña ahora que la OMS haya declarado una “pandemia mundial” a causa del coronavirus o lo siguen viendo normal?, ¿creen que esa decisión la ha tomado apoyada en criterios médicos y científicos o por algún asunto turbio relacionado con el dinero?, ¿les sorprende que en pleno desplome de las bolsas las acciones de las multinacionales farmacéuticas hayan subido o no?

La OMS rinde homenaje a la memoria de Ryoichi Sasakawa, un criminal de guerra japonés

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