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El PSOE y Podemos facilitaron al TC su pronunciamiento sobre la Ley Mordaza al retrasar su derogación

Prácticamente desde su aprobación, el PSOE y Podemos prometieron que si llegaban a la Presidencia del Gobierno, derogarían la Ley de Seguridad Ciudadana, conocida como Ley Mordaza, y que es a su vez una reforma de la antigua Ley Corcuera de 1992. Se trata de una ley que ha permitido al Estado una recaudación en cinco años de más de 400 millones de euros. Leer más

Ataques en cadena a las sedes del PSOE y Podemos en Gasteiz

Ayer las sedes del PSOE y Podemos en Gasteiz amanecieron con pintadas. Los autores lanzaron botes de pintura roja contra ambas fachadas y, en el caso de Podemos, escribieron “Burgesiaren diktadura gelditu” (“Alto a la dictadura de la burguesía”).

Las sedes socialistas ya fueron objetivo de acciones similares antes de las elecciones vascas, en aquella ocasión dentro de una campaña de hostigamiento que entonces el PSOE atribuyó a los disidentes de la izquierda abertzale, dentro de una campaña de criminalización.

Ambas organizaciones han condenado con rotundidad los actos, aunque esta vez han evitado cargar la responsabilidad de las acciones sobre algún colectivo político en concreto.

El PSE ha denunciado el ataque a su sede en la calle Portal de Foronda, donde desconocidos arrojaron pintura roja. “Quienes realizan estas acciones son intolerantes que se resisten a la convivencia entre diferentes, que no aceptan vivir en democracia, que no respetan y desprecian a quienes piensan de forma diferente a ellos. Están fuera de lugar en esta sociedad y muestran su odio en forma de incomprensibles ataques”, ha afirmado la ejecutiva del partido en Araba en un comunicado emitido horas después.

Para el PSOE de Araba, “ningún ataque va a impedir a este partido seguir haciendo políticas que resuelvan las grandes preocupaciones de toda la ciudadanía en un momento de crisis como el actual. Ahora, más que nunca, es momento de unir fuerzas, de trabajar y pactar para salir todos juntos de un problema que nos afecta a cada ciudadano“.

Por su parte, Podemos Euskadi ha informado de un ataque en su sede en la calle Manuel Iradier. En una nota, la formación morada ha condenado el acto vandálico, “que busca condicionar la actividad del partido en unos momentos de dificultad para toda la ciudadanía”. Asimismo, asegura reafirmarse en su “compromiso de trabajar por vías democráticas para solucionar los graves problemas generados por la pandemia a todos los niveles”.

Cuando Podemos habla de las “vías democráaticas” se refiere, naturalmente, al toque de queda.

El gobierno prepara una privatización encubierta del sistema de pensiones incorporando el «modelo británico»

El sistema de pensiones de empleo en el Reino Unido, reformado por el conservador David Cameron, se basa en un modelo de inscripción automática que, desde su implantación en 2012, ha reducido la caja de la Seguridad Social, pasando a ser las empresas empleadoras las administradoras de los fondos. El sistema público queda así reducido a un modelo residual al que quedan relegados los pobres Leer más

El frenopático de Podemos: ‘condena’ y ‘pide responsabilidades’ por la represión en Vallecas al gobierno al que pertenece

Varios dirigentes de Unidas Podemos se han referido a las cargas policiales del pasado jueves como «brutales» y «desproporcionadas», efectuadas por las fuerzas de seguridad que dependen directamente de su propio gobierno, que ha salido a defender «a los policías agredidos». Marlaska, el juez que no veía ni oía las torturas de sus propios detenidos, comparte Consejo de Ministros con quien dice reprobar estas «actuaciones incompatibles con la democracia». Leer más

De la derogación de la ley mordaza a su imposición a toda la población

Quién iba a decirnos que los mayores defensores de la derogación de la Ley Mordaza iban a extenderla a toda la población, a imponer el toque de queda en todo el Estado y a sacar al ejército a patrullar las calles con armamento de guerra incluido. Si tenemos que sacar una lección de estas últimas semanas es que lo que no consigue la crisis económica lo consigue una crisis sanitaria, la aceptación de que existe una represión “por nuestro bien”, por nuestra seguridad. Una represión brutal que hace tan solo unas semanas estábamos denunciando.

El balance es el siguiente. A día de hoy se han puesto 330.000 sanciones, que van desde los 600€ para las leves hasta 30.000€ para las más graves, es decir, 1 multa cada 6 segundos. Se han producido 2.850 detenciones, algunas de ellas acompañadas de actitudes intimidatorias y agresiones. Entre estas se han decretado varios ingresos en prisión acusados de desobediencia grave y atentado contra la autoridad. En total se han practicado más de 3 millones de identificaciones en controles a pie de calle, en controles de tráfico, en autobuses, Metro y Cercanías. Solo en Madrid se han puesto más de 37.500 multas, cerca de 2.400 al día, siendo el distrito de Puente de Vallecas donde más sanciones se han registrado. Y es que el confinamiento no se lleva de la misma forma en casas amplias con jardín que en pisos patera o con familias numerosas. De entre todos los identificados, sancionados y detenidos ¿Cuántos lo han sido por no tener más remedio que ir a trabajar y no poder justificarlo o por tener que ir a cuidar a algún familiar? En cuanto al trabajo, España es tradicionalmente uno de los países con las cifras de economía sumergida más altas de la UE.

Se calcula que 2 millones de trabajadores realizan trabajos en negro, es decir, sin contrato y por tanto sin poder ser justificados. ¿Qué ha sido de todos estos trabajadores que ya no figuran en las listas del paro ni reciben ninguna prestación? ¿En qué situación han quedado? ¿Cuántos de ellos se habrán saltado el confinamiento para tratar de llevar algún ingreso a casa?

Lo más preocupante de todo esto ha sido ver como muchas de esas actuaciones policiales han sido jaleadas desde algunos balcones, cuestión sobre la que hay que manifestarse radicalmente en contra. Es más, es nuestra obligación denunciar que no se puede decretar el confinamiento masivo de millones de personas de la noche a la mañana sin haber asegurado antes su sustento. Esto es igual de irresponsable y de criminal que enviar a miles de trabajadores sanitarios a hacer frente a esta crisis sanitaria sin medios de protección, sin personal suficiente y bajo unas condiciones de sobreexplotación insólitas.

Durante el Estado de Alarma seguimos exigiendo la derogación de todas las leyes represivas, el sobreseimiento de todas las causas abiertas por motivos políticos y sociales, la devolución de las multas y el fin del maltrato policial a los detenidos. Y por supuesto, llamaremos a la lucha si se vulneran aún más los derechos y libertades de las clases populares pasada la crisis sanitaria.

Ayer fueron los luchadores, los comunistas, los anarquistas, los independentistas, los medios de comunicación independientes, los activistas antidesahucios, los twitteros, los raperos…hoy son quienes se saltan por extrema necesidad el confinamiento.

Mañana puedes ser tú
No normalices la represión

Movimiento Antirrepresivo de Madrid

Pablo Iglesias y el Fregolismo

Bianchi


(*) Fregolismo: de Leopoldo Frégoli (1867-1936), italiano, actor de variedades, que creó el transformismo (sinónimo de mutación rápida, material o moral).

A veces me pregunto qué se le pasará por la cabeza a Pablo Iglesias Turrión cuando le llaman, sobre todo la derechona, «comunista». Parto de la base de que quienes lo dicen saben que no lo es, y de que el propio Iglesias también -una tautología- lo sabe, es más: cuando tuvo la ligera sospecha de que pudiera acaso serlo, huyó despavorido de tal probabilidad como gato escaldado. Entonces, ¿por qué no dice, sencillamente, que él no es comunista ni por el forro  (ya llamó «perdedores» a los comunistas hace unos pocos años)? Los comunistas que lo son de verdad, sin disfraz ni vacuna, lo tienen a gala y se muestran orgullosos de serlo, no se ocultan , como se lee en el Manifiesto Comunista. No es el caso de quien nos ocupa, desde luego, pero no se molesta en desmentir a quien le achaca serlo como si de un insulto se tratara:»es un puto comunista».

A los fachas no les gusta que se lo llamen, aquí todo dios es demócrata. A los comunistas no les importa que les digan, pues eso:comunistas. No lo toman como un desprecio, salvo que se diga con mala baba. Cuando se llama comunista  a alguien que no lo es, el primero en negarlo es el propio sujeto interpelado: «yo no soy rojo, se confunde usted». Y si te quiere perdonar la vida añadirá, «pero no tengo nada contra ellos», así, con elegancia torera. Pero Iglesias no afirma ni niega, ni siquiera con la cabeza, nada. Deja hacer y decir, como si no fuera con él. Su mente calculará los réditos en votos. Si me llaman «comunista», eso servirá para atraer a cierta clientela nostálgica que se siente comunista, y no seré yo quien les desengañe ya que ni podría ni sabría hacerlo y menos con el casoplón que me he agenciado, de modo que está bien que se lo crean. Y a los que me lo dicen como un venablo, ni contestar pues saben ellos mismos que es falso, pero no me importaría que se creyeran sus propias mentiras pues viniendo de ellos, del facherío, refuerza mi imagen de «progre». Casi estoy por decir que me son necesarios, como a Sánchez amenazar con el espantajo de la extrema derecha en las últimas elecciones asustando al personal.

Iglesias ha dado pruebas sobradas de que de comunista tiene lo que servidor de obispo, pero aún así ni se inmuta cuando le «acusan» de serlo. Si lo fuera sacaría pecho. Pero no. ¿Por qué? No se me ocurre otra explicación, más o menos plausible,  de que sabe que forma parte de un juego (funkspiel, en alemán) en el que todos juegan un papel, un rol, y él, un fregolista con palique, un simulador profesional, un transformista, piensa sacar el mayor beneficio personal en este circo a costa de su dignidad colgada en un armario y almario, con ele. Es un «ganador».

Buenas tardes.

Cuando el Califa quiere ser el Califa

Bianchi

Eso es lo que parece que hubiera querido Pablo Iglesias respecto a Pedro Sánchez, el verdadero Califa, llamando a un gobierno de coalición, «progresista».

La pasada investidura de Sánchez fue fallida al rechazar «Podemos» la oferta del gobierno de asumir una vicepresidencia y tres ministerios de poco fuste que permitiera el acceso a los consejos de ministros, que era el objetivo, aparentando el partido morado «dignidad» con aquello de que a ellos «no se les pisa».

Casi nadie entendió este orgulloso rechazo entonces igual que ahora no se entiende que Sánchez no ofrezca lo mismo a esa agrupación electoral en vista del vil arrastramiento podemita suplicando alguna migaja gubernamental. ¿Cómo es que lo que valía entonces, abril, no vale ahora, septiembre?

La pregunta es pertinente. Sánchez aduce «desconfianza» y la formación de un gobierno «de dos partidos» lo que no le dejaría «dormir» al inquilino de la Moncloa.

Estamos por decir que es lo mejor que le ha pasado a «Podemos» y su líder Iglesias. ¿Por qué lo decimos si, como se pinta, este partido, instalado en el Gobierno, hubiera servido de freno a las previsibles medidas impopulares del Gobierno titular? Justamente por todo lo contrario, esto es, porque Iglesias hubiera asumido y hecho suyas las disposiciones del Gobierno en temas axiales y claves para la Patria… española, por supuesto.

Especialmente Catalunya, verdadera piedra de toque para diferenciar quien es demócrata -al menos en esta cuestión- y quién no reclamando el ejercicio del derecho a la autodeterminación, aunque no se sea independentista. Aquí, en este rubro, Iglesias «entendería» la posición del gobierno central, y ello, al formar parte de él, por «responsabilidad». Ahí se vería que son gente «seria». No se estarían negando a sí mismos, sino mostrándose «razonables». Incluso harían entender a la sociedad la bondad de la aplicación del artículo 155 de la Constitución española. O enseñar a los díscolos independentistas catalanes (y los que les imiten) que las sentencias del Tribunal Supremo español, gusten o no gusten (latiguillo muy de moda), hay que «respetarlas» en un Estado de derecho y blablablá…

Errejón e Iglesias ya no se ajuntan, pero ya se andará

Bianchi

En la actual fase de degradación ideológica de los partidos políticos -no importa su pelaje- lo de menos es eso, precisamente: la ideología… que no tienen, aunque de cara al electorado, algún peine tienen que vender. Íñigo Errejón no se va de Podemos por diferencias ideológicas esenciales o principios políticos irrenunciables, ni Pablo Iglesias le critica porque siquiera las hubiera. No, no hay nada de esto. Ni Errejón es un menchevique ni Iglesias un fiero bolchevique leninista «depurando» el Partido de elementos cizañeros. Nunca lo fueron. Ni por asomo. Y menos han tenido una perspectiva revolucionaria o transformadora de la sociedad. Es una cuestión de «tempos», oportunismo e impaciencias (aparte de egos).

Errejón, ya se veía venir, tiene prisa por integrarse en el pesebre psoísta, aunque sea cogiendo el atajo de unirse a Manuela Carmena para que la cosa no «cante» demasiado. Prisa que, de momento, no tiene Iglesias a quien, por cierto, el PsoE no le perdona que en los tiempos de embriaguez y euforia electoral, Iglesias quisiera, primero, fagocitar al PsoE o, en su defecto, pedirle, exigirle, equis carteras ministeriales, soberbia imperdonable, como ya hiciera engullendo el ya naufragado barco de Izquierda Unida de Cayo Lara.

Iglesias también ha pensado en la posibilidad de acabar en las filas del PsoE buscándose algo con qué pagar la hipoteca del casoplón. Y es que estamos hablando de «profesionales» y no de vocacionales de la política. De vividores, unos con más o menos jeta, arte y/o discurso.

Ahora bien, lo que no admite Iglesias, el líder, es que nadie se le adelante o que vaya de listillo, que es lo que ha hecho Errejón y no le perdona su antiguo amigo Iglesias, que vendría a decirle algo así como: «oye, tío, no me jodas, yo también acabaré en el pesebre, pero, de momento, no toca, es pronto todavía, y tú te adelantas y acortas los plazos colocándome a mí, encima, como un ogro bolchevique, hay que saber esperar la ocasión».

No es un fenómeno nuevo. En los años sesenta del siglo pasado, se dio dentro del PCE de Carrillo lo que se conoció como «caso Semprún-Claudín», dos oportunistas impacientes por situarse en el posfranquismo, por irse «colocando», un franquismo, por cierto, del que decían que iba «evolucionando» hacia posturas menos «totalitarias» o «autoritarias» (asumiendo la fraseología de la sociología yanki del «stablishment») con quien se podía llegar a «acuerdos», etc.

Carrillo los expulsó del PCE, pero no por unas abismales y profundas diferencias ideológicas, que no había apenas, sino por la prisa que se daban en desmarcarse de lo que era la «línea política», u oficial, del Partido. O sea,por lo mismo que antes, por impacientes, por adelantarse a lo que vendría más tarde, pero no ANTES. Se estaba de acuerdo en el fondo, menos en los plazos. Carrillo les diría: «estoy de acuerdo con vosotros, pero no toca todavía exteriorizar disidencias, hay que esperar un poco, paciencia, camaradas, que todo llegará». Como llegó.

Algo parecido ocurrió también con la izquierda abertzale. Si hubo un tiempo en que la dirección abertzale no condenaba los atentados de ETA por considerarlos derivadas de un conflicto político sin resolver, hubo otro tiempo en que se formó una «corriente» -Aralar, de nombre, con el abogado navarro Patxi Zabaleta de mascarón de proa- que cuestionaba la lucha armada de la organización armada criticando muchas de sus acciones, o sea, desmarcándose del «mundo abertzale», un «mundo» que los expulsó de sus filas no por una condena de más o de menos, sino por las razones que venimos apuntando, esto es, por una cuestión de impaciencia que refleja, en el fondo, una derrota -no política, sino personal o de otra índole- y un afán oportunista por buscarse un hueco dentro de un sistema al que atacabas dos días antes. Así aparentó verlo la -vamos a llamar- «línea Otegi» que no podía verlos ni en pintura, pero, como decimos, por adelantarse a los acontecimientos que, tarde o temprano, acabarían produciéndose buscando, entonces sí, acomodo y asiento en el sistema y sus aparatos de Estado.

Era, otra vez,un problema de plazos. No se entiende que hubiera grandes polémicas entre ellos viendo que, en la actualidad, marchan juntos (Aralar, ya autodisuelta conseguido su objetivo, y Sortu). Otegi vendría a decir: «yo también estoy con lo que decís, pero lo que vosotros criticáis hoy, yo lo haré mañana; de momento toca disimular e ir mentalizando al personal». Que es lo que ha pasado.

En medio de estos fenómenos y procesos se perfilan los papeles psicológicos de los protagonistas y así tenemos a un Errejón de rostro amable y dialogante frente al hosco y autoritario -o sea, comunista, que es lo que quieren decir y transmitir- de Iglesias. Como en los tiempos de Felipe González y Alfonso Guerra, el primero con talante democrático y abierto, y el segundo un pícaro zorro de mente vulpina. Y ya les vemos hoy compitiendo por ver quién es más reaccionario sólo ganado por el maestro Leguina.

Buenas tardes.

Y, si no, nos enfadamos…

Bianchi

Que dos consumados vendedores de crecepelos en el «far west» celtibérico como Iñigo Errejón y Pablo Iglesias acaben clavándose puñales, el primero buscándose nuevo amo, en este caso ama, Manuela Carmena, con su cara de cordero degollado, y el segundo mostrándose digno y hasta solemne por la traición y felonía de su hasta ayer compañero y amigo, no se debe, desde luego, como cabría esperar de una formación que se dice de «izquierdas», a que haya unas líneas políticas claramente enfrentadas y antagónicas desde un punto de vista, digamos, «revolucionario», del tipo de, por ejemplo, ¿participamos en este engendro que llaman democracia y no lo es o les desenmascaramos sin desmayo ni descanso? Tampoco vale decir que uno, Errejón, es más «socialdemócrata» ergo: afín al PsoE, y que el otro, Iglesias, es más «ortodoxo», ergo: rojillo y esas vainas y jeribeques. Y no vale porque el PsoE de Pedro Sánchez, su Gobierno, le debe a «Podemos» su apoyo.

No van por aquí los tiros. ¿Por dónde, entonces? A mi juicio, por algo más prosaico, telúrico y hasta pedestre que casi nunca se sospecha, y menos se dice, a saber dos motivos: uno, y principal, vivir «de la política» y su invento vendiendo humo y sin hincarla, o sea, parasitando, incluso como un «profesional» de ella, como denunciara el sociólogo burgués de mediados del XIX Max Weber (con sus recompensas en forma de casoplones, que manda cojones la cosa), y dos, aparentando discordias o diferencias político-ideológicas en lo que no es más que un problema de egos y vanidades personales con piques de patio de colegio en el ambigú de la escuela. Y protagonizado por niñatos de pantalón corto que no se han pringado las manos de cola poniendo carteles en las calles, o tirar una octavilla, en su puta vida. O correr delante (o detrás) de los «grises» o una asamblea de universidad verdaderamente eléctrica.

Y es que, a poco que se escarbe y rasque, no se ve diferencia ninguna entre estos personajillos porque, en el fondo, primero, no tienen ideología ni falta que les hace y ni ganas salvo estafadores que van de «marxistas» tipo Ernesto Laclau (y otros «renovadores» eternos del marxismo) y su «significante vacío», que es su gurú de cabecera, y segundo, están de acuerdo en no tenerla, pero, ojo, aparentar que se tiene, ya saben, tácticas, estrategias, transversalidades, alianzas y demás politiquerías de baja estofa.

Por lo tanto, lo dicho: pelea de gallitos. Lo dijo Echenique (abonando mi tesis pelín simplista), no sabemos si medio beodo o en lapsus freudiano: «Errejón debría irse, pero, claro, si se va, igual no llega hasta mayo» (con pasta gansa, se supone).

Buenas tardes.

Podemos: el ‘boberío’ pone punto final a un experimento fallido

Juan Manuel Olarieta

Hace ya tiempo que los “bobos” arrastran los pies, lo que cumple el guión previsto al pie de la letra, lo mismo que el PCE cumplió el suyo durante la transición, antes de entrar en un coma muy profundo.

Estaba cantado porque ya no hay partidos políticos, tal y como se entendieron en el siglo XIX. Antes los partidos pretendían dirigir un Estado; ahora es el Estado quien dirige a los partidos. Se crean partidos “de ocasión” que, además, hacen de ello su seña de actuación política

El “boberío” forma parte de esa corriente tan extendida que hace gala de oportunismo y reniega de la idea misma de partido, poniendo en su lugar otros sustitutivos asamblearios, desde la base, plataformas, convergencias, transversales…

Podemos fue uno de esos montajes “ad hoc” que nació para reconducir un movimiento espontáneo, como el 15-M, sacarlo de la calle y llevarlo al terreno de siempre: pacífico, electoral y legalista. En los tiempos de euforia Errejón lo definió como “una máquina de ganar votos”.

Las coaliciones políticas modernas no necesitan nada más, porque el resto les viene dado por el Estado. Lo mismo que Syriza en Grecia o LREM de Macron en Francia, son chiringuitos desmontables, de quita y pon, de un solo uso, en los que es imposible encontrar una mínima propuesta de principios. Todo depende de por dónde sople el viento. No tienen nada “en común”.

Nunca hemos sabido si en Podemos son monárquicos o republicanos, o si están a favor o en contra de la OTAN. Nacieron lanzando el cebo de exigir una auditoría de la deuda y la renta básica universal, pero ahora ya nadie se acuerda de aquello; ni siquiera ellos mismos.

Podemos desaparece antes de que experimente el gran batacazo electoral que le esperaba en su terreno de juego favorito: las urnas. Los gusanos se lo están devorando. Ya nadie quiere la marca “Podemos”, pero en Andalucía el cambio de logo tampoco les ha servido para nada.

Los problemas no se solucionan cambiando el logo, por muy electoralistas que sean.

Han acabado siendo un galimatías. Por todas partes, aparecen divergencias internas. En Cantabria el Parlamento autonómico ha tenido que disolver su grupo de tres parlamentarios porque eran incapaces de ponerse de acuerdo sobre nada. En Madrid, Errejón y Carmena le han hecho la cama y preparan su propia alternativa.

En el futuro quedará como un laboratorio contemporáneo de lo que es la política moderna, esa tan detestada, mediocre y superficial, un fango en el que revuelcan por igual los políticos, los periodistas y los licenciados recién salidos de la universidad. Demasiados títulos y ninguna expriencia laboral.

Detrás los “bobos” dejan la baba, un rastro imprescindible de decepción, el mismo que en los ochenta se calificó como “desencanto”. La transición había encantado a muchos que luego había que desencantar porque no basta con devolver a su casa a los que protestan. Deben marcharse quemados, amargados y renegando de sí mismos.

Para que el fascismo suba como la espuma se tiene que crear ese microclima de desesperación que se cuece entre engaños y desengaños.

Más información:

– Casi todos los ‘bobos’ votan a Podemos (a diferencia de los ‘bonobos’)

– Fascismo y ultraderecha: un fenómeno que no se mide con la vara LGTBI
– La degeneración política del eco-pacifismo

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