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La gran batalla de As Encrobas de 1977

Henrique Mariño

Usted no sólo está viendo un paraguas entre tricornios. Tampoco una mujer en mandilón que se bate en duelo con los capotes de la Guardia Civil. Agudice la vista y desgrane la foto de Xosé Castro. Quizá advierta los cañones de los mosquetones y los cetmes, pero tampoco se trata de eso. Es la tierra que se rebela contra el expolio, que tanto puede adquirir la forma de una excavadora ciclópea, como de un encorbatado señor con maletín. Son todas las gallegas —es decir, todas las mujeres del mundo— defendiendo a su matria. Hay otras Galicias posibles, pero también están en esta. Ahora ya puede girar la vista y observar el coro: “A terra é nosa, e non de Fenosa”. Un grito plural, declinado en femenino.

As Encrobas, 1977. Mil almas que viven del campo, ajenas a la crisis del petróleo: la OPEP cierra el grifo y Occidente tiembla al observar cómo se encarece el crudo. Franco, que había anegado valles y pueblos con sus embalses, concede créditos y exenciones fiscales a las empresas que inviertan en el sector minero. Fuerzas Eléctricas del Noroeste S.A. —Fenosa, la eléctrica de Pedro Barrié de la Maza, propietario del Banco Pastor y adepto al régimen— echa la garra a una explotación de caolín que también escondía lignito pardo. La dictadura ha allanado el terreno a la eléctrica, que exprime las aguas de embalses como el de Belesar para obtener su preciado jugo. O sea, la luz, que paradójicamente aún no ilumina algunas aldeas afectadas por el desarrollismo inhumano.

Los ríos y la tierra son víctimas del hurto energético. Hágase la luz para que otras geografías, foráneas y lejos del alcance de la vista, puedan industrializarse. Galicia, ubre. Una tierra ordeñada día y noche para que otros beban su leche. Fenosa quiere el carbón del valle de As Encrobas y paga novecientos millones al concesionario de la mina para hacerse con el tesoro oculto. El franquismo engrasa su maquinaria para saciar al capital: aprueba un decreto de utilidad pública, declara el lugar de interés preferente y brinda a Lignitos de Meirama (Limeisa, filial de la eléctrica) la expropiación forzosa por la vía de urgencia. Las cifras son apabullantes: el yacimiento y la central térmica ocuparán novecientas hectáreas, de las que se extraerán cien millones de toneladas de lignito durante veinticinco años.

“¿Cómo se pudo hacer tanto daño para obtener un beneficio que se acabó tan pronto?”, se pregunta Maricarmen Rodríguez cuarenta años después. Cierra los ojos y sigue teniendo dieciséis, vive en la aldea de A Quintán y los suyos miman la tierra para que, a cambio del abono, les dé su fruto. Así ha sido siempre, y así sea para los siglos de los siglos. La ganadería y la agricultura ocupan los días de los vecinos, cuyo jornal se completa con las nóminas de algunos afortunados que trabajan fuera, en sectores como la construcción, o con las remesas de la emigración en Suiza. En esos casos, las mujeres suplen la ausencia de sus hombres: el hogar, los niños, los abuelos, las leiras, los animales, la vida. Cuando una se va, llega otra. Todo gira, sin más fricción que la muerte. Una existencia, como dicen ahora, sostenible.

Maricarmen abre los ojos. En su carné figura que tiene 56 años y se apellida Rodríguez, aunque para todos es Maricarmen de Hilario da Quintán. Hilario es la casa. Quintán es el lugar. Cuando un gallego habla de una casa, no se refiere a cuatro muros coronados por un tejado, sino a quienes viven dentro —del bisabuelo al nieto— y pastan fuera. La finca que pisan las bestias también es la casa, como casa son las vacas, seres tan sagrados aquí como en la India. Todas tienen nombre, sujeto a modas. Paloma, Rubia o Linda se llevan la palma. Hay quien las trata de igual a igual y, para ello, las humaniza desde la pila bautismal: Elvira, Anacleta, Renata… El santoral pop se ha ido introduciendo con el paso del tiempo en los establos, donde ahora hay Chenoas, Beyoncés y Shakiras. También encarnan la retranca o la subversión de sus dueños, pues los prados son compartidos por Leonores y Prestiges, Letizias y Nunca Máis.

Precisamente, la lucha de Maricarmen y los suyos es un precedente de las protestas populares contra el chapapote y, más recientemente, contra las preferentes. La unión y la solidaridad entre iguales hicieron la fuerza frente a la injusticia. Sin embargo, hay diferencias insalvables: los vecinos de As Encrobas defendieron lo suyo cuando el fantasma de Franco todavía aleteaba y las fuerzas de seguridad del Estado se empleaban con saña. Años antes, hubieran sido sometidos por los culatazos de los picoletos, pero supieron aprovechar las grietas de un sistema que se resquebrajaba para colar sus reivindicaciones, que no eran otras que permanecer allí donde habían habitado sus muertos. O, en su defecto, ser trasladados a un lugar de la región que gozase de las bondades de una tierra fértil, un idioma familiar y, aunque parezca mentira, un clima similar. Si el 70% de un ser humano es agua, el 70% de un gallego es lluvia.

La empresa, en cambio, ofreció por los terrenos expropiados una cantidad irrisoria —entre 50.000 y 80.000 pesetas por ferrado—, que fue rechazada. El cura y el alcalde de Cerceda —municipio enclavado entre A Coruña y Santiago, al que pertenece la parroquia de As Encrobas— trataron de mediar con los vecinos, pero su postura sólo beneficiaba a Limeisa y a los propietarios que vivían fuera y arrendaban las tierras a los lugareños. Los responsables de la empresa y los altos cargos de la Administración pensaban que aquello era pan comido, si bien los afectados se organizaron, montaron una comisión, comenzaron a reunirse tras la misa de los domingos y recabaron apoyos más allá de los marcos de sus fincas. La propuesta de irse con la aldea a otra parte —una exigencia, al margen de la compensación económica, reconocida por la jurisprudencia de la ley de expropiaciones— no era más que un ardid legal para obligar a negociar a Limeisa, cuyos directivos pensaban que podían comprarlos por un fajo de billetes. De hecho, la posibilidad de ser dispersados por varias comarcas de la provincia de A  Coruña fue declinada, pues la condición era trasladar a toda la comunidad a un mismo emplazamiento.

Ahora que está en boga el común, la tribu, la sororidad o lo hiperlocal, no deja de sorprender la petición de los encrobenses allá por 1977: “Para nosotros, el traslado tiene que ser de toda la población, es decir, de la comunidad […] Esto es lo que nosotros valoramos: el aspecto humano, social o comunitario, nuestras costumbres, nuestra forma de ayudarnos unos a otros en la época de cosecha y de la siembra, nuestras tradiciones, nuestros amigos e incluso nuestros muertos”, rezaba un comunicado publicado en la prensa. Nada que ver, lógicamente, con el tópico del gallego indeciso, desconfiado, individualista y seguro de puertas adentro.

O sea, pedían trasladar las casas. No los edificios, sino las gentes que los habitaban, su cultura, su idioma, sus vecinos y hasta la helada que humedecía sus botas. Si la casa es una unidad familiar con sus propiedades, la aldea es la suma de casas. Y todas las aldeas juntas conformaban una parroquia, As Encrobas, que corría el peligro de ser engullida por la corta. Entonces, había casi 250 familias, distribuidas en treinta aldeas. De aquellas 1.150 personas, sólo cuatrocientas siguen viviendo allí en la actualidad, si bien 350 están concentradas en dos aldeas. Eso significa que el resto es un páramo y que algunos lugares, como A Lousa, Burís y Gontón, fueron tragados por la mina. Hasta la iglesia de esta última aldea, construida en el siglo XII y reformada en 1720, tuvo que ser trasladada a Pontoxo después de que comenzase a agrietarse. Con ella, también se fue el cementerio.

Francisca Moar resistió en Gontón hasta hace cinco años, cuando se mudó al municipio limítrofe de Carral. Roza los ochenta y está viuda. “¡Y pensar que una parroquia tan buena como ésta se quedó sin gente ninguna…! ¡Porque aquí no había ni con quien hablar!”, comenta esta encrobesa mientras rememora las reuniones que mantenían no sólo en el atrio de la iglesia, sino también en el templo nocturno La Juventud. Así había bautizado su sala de fiestas Manuel Silveira, un aguerrido paisano y líder vecinal apodado Manolo O Costiñán. “Me murió el marido y me quedé sola con los hijos. Luego me quitaron hasta el agua, y no creas que se lamentaron de mí. Sentí una tristeza muy grande y vertí muchas lágrimas”, confiesa Francisca, a quien no le quedó otra que dejar atrás Gontón. “Hubo gente que murió de pena, porque eran personas muy mayores y no querían salir de aquí. Los jóvenes pronto hacen amistades en otras partes, pero los ancianos están siempre en casa y no conocen a nadie. Esa extrañeza la terminas pagando, porque la sangre se pudre con el disgusto”.

Antes de la diáspora, hubo guerra. Para hacer efectiva la expropiación, un representante de la empresa y otro del Estado —Jesús Hervada, ingeniero jefe de la sección de minas de la delegación coruñesa de Industria— tenían que poner un pie sobre el terreno. El primer intento, en mayo de 1976, fue aplazado después de las muestras de adhesión de la sociedad gallega y de su reflejo en la prensa. El segundo, en septiembre, se tradujo en unas conversaciones en las que intermediaron tanto el alcalde como un sargento de la Guardia Civil. En noviembre, diez agentes emplearon la fuerza para acceder al monte vecinal de Pau Rañón, pero el tercer intento resultó infructuoso, por lo que pidieron refuerzos al cuartel de A Coruña. El comandante al mando, tras dialogar con los afectados, desistió de su objetivo. Finalmente, en febrero de 1977, el despliegue policial desbordó a los parroquianos, pertrechados con hoces, varas y paraguas: frente a ellos, ochenta guardias civiles con capote, tricornio y fusiles de asalto, a los que habría que sumar otros tantos agentes de paisano pertenecientes a la brigadilla, o sea, al Servicio de Información de la Guardia Civil (SIGC).

Casi uno por vecino, si bien las fuerzas y las armas eran asimétricas. Además, los campesinos fueron desprovistos de sus aperos de labranza y los picoletos —llegados de los cuarteles de Ordes, Carral, Santiago, A Coruña y Santiago— sólo permitieron acceder al terreno a los propietarios. Desde primera hora de la mañana, los caminos habían sido tomados y los vecinos tuvieron que acceder monte a través para burlar el cordón policial. “Cerramos las puertas de casa y salimos todas hacia Pau Rañón, acompañadas por los hombres que no trabajaban fuera, por lo que muchos de ellos eran mayores. ¡Gente de edad, vaya por dios, que debía pararse cuando subía la cuesta para tomar aliento!”, recuerda Francisca. “Íbamos a pelearnos con gigantes y pasamos muchas calamidades”. A las diez y cuarto se produjo la primera carga. Las metralletas avanzan y las mujeres contienen la embestida. A sus espaldas, empujan los varones. “Mi padre tenía muchos años y llevaba un bastón, pero un guardia le dio una patada y ya nunca apareció. A él le dieron con un fusil en la espalda y lo tiraron al suelo y a mí, después de hacerme lo mismo, me arrastraron fuera del monte. También nos ponían en el pecho los cañones, que me provocaron marcas que tardaron en desaparecer. Yo sólo he visto la guerra en la televisión, pero aquello fue peor.

Francisca afirma que las mujeres iban delante porque los hombres tenían más fuerza para empujarlas y hacer presión. Hay quien lo ha interpretado como una estrategia para que los agentes se emplearan con menos contundencia, aunque Maricarmen matiza que no fue premeditado, sino producto del aprendizaje. “Observamos lo que había pasado previamente y vimos que era más efectivo. Si un guardia civil tiene enfrente a un hombre, lo tumba de un culatazo. Para evitar reacciones violentas, nosotras fuimos primero, porque la cuestión era sobreponerse a sus embestidas y evitar que los detuvieran. Pero no fuimos escudos humanos, simplemente funcionaba mejor con nosotras al frente”, señala. Media hora después —cuando las agujas del reloj rondan las diez de una mañana desapacible de niebla, frío y lluvia— llega la segunda acometida y los labradores alzan sus paraguas y palos. Alguna anciana cae desfallecida, dos hombres son detenidos, los cetmes se repliegan. Es una danza macabra, adelante y atrás, que se va cobrando víctimas de uno de los bandos. A mediodía, un coche evacúa a un anciano inconsciente que sangra por la boca y Moncho Valcárcel, que desde entonces sería conocido como el cura de As Encrobas, es detenido. Según un testigo, el sacerdote de la parroquia de Sésamo e icono de la lucha campesina recibió una paliza tras golpear a un guardia civil al que le tiró el tricornio.

El periodista Manuel Rivas, que cubre el conflicto para la revista Teima, escribe: “La resistencia es fortísima: Disparen si quieren, disparen… Un hombre abre los brazos y se pone de espaldas”. Manolo de Hilario, el hermano de Maricarmen, también es arrestado. “Como cualquier cuerpo de seguridad, actuaba con contundencia. Digamos que llevaban a cabo su trabajo, y lo hacían bien. Después de horas peleando cuerpo a cuerpo, siempre había alguno que te pisaba, te empujaba o te pegaba con el arma. Las fuerzas estaban muy descompensadas y muchas veces nos contuvieron con rudeza”, explica la entonces vecina de Quintán, que se refiere a aquel 15 de febrero como “la gran batalla”. Rivas toma nota de las quejas de los vecinos: “Dicen que esto es para el desarrollo del país, pero ¿nosotros quiénes somos?, ¿qué desarrollo es éste? Otra vez el rico se va a hacer más rico y para el pobre… palos”. Otro tira de ironía: “Decían que la Guardia Civil está para detener a los ladrones, y resulta que ahora colaboran en esto, que es un auténtico robo de los ricos que ya son ricos a los que no tienen nada”. A la hora de comer no se come, aunque algunos guardias civiles han llevado bocadillos, señala el enviado de Teima, quien fija el final de la contienda cuando ya han dado las cinco de la tarde. Los vecinos no han cedido en ningún momento, por lo que los agentes, para doblegarlos, los han ido deteniendo uno a uno. “Por favor, recordad As Encrobas cuando veáis el interruptor de una bombilla, cuando os cobren los recibos de la luz”, pide Manuel Rivas al final de su reportaje.

Cuarenta vecinos son introducidos en un bus. Carmen de Xende, fallecida esta semana, trataba de animar a las detenidas. “Bueno, pues tampoco está tan mal. Nos sacan del monte, nos dejan cerca de casa y vamos a cuidar al ganado”. Sin embargo, el autocar no tomó el camino hacia sus hogares, sino hacia A Coruña. “Cuando pasó de largo, se nos cayó una nube encima y nos quedamos mudas”, recuerda Maricarmen, quien permaneció toda la noche en el patio del cuartel de Lonzas. “Los hombres fueron detenidos y algunos pasaron a disposición judicial, pero a nosotras no llegaron a filiarnos”. Como habían hecho en el monte horas antes, allí también tuvieron que encender fogatas para espantar el frío. La jornada no había terminado en tragedia de milagro:


– ¿Qué portan? —le preguntó el comandante a un secreta, según un testigo.
– Nada, comandante, sólo paraguas y bastones.
– Orden de descargar las armas.

“Menos mal que era una persona formada que había llegado de Madrid, porque si fuese uno de los jefes de los cuarteles de Ordes o Carral, que eran más brutos, habría muertos y heridos”, cree Xosé Castro Pepucho, el autor de las fotografías publicadas en La Voz de Galicia que inmortalizaron a las encrobenses. “El valor de las mujeres, a la vanguardia de la protesta, provocó la reacción de la ciudadanía. Si los hombres protagonizaran las fotos, no tendrían tanta repercusión, pero eran mujeres rebelándose contra la Guardia Civil en una época que para el cuerpo armado seguía siendo la dictadura. Es una historia femenina, porque ellos estaban en un segundo plano. Impidieron que se pisase el terreno y fueron las artífices de su defensa, enfrentándose con valentía a los agentes”.

Lo habían advertido un día antes, cuando cincuenta vecinas entregaron un comunicado, reproducido por El Ideal Gallego, al gobernador civil de A Coruña: “Como madres, esposas, hijas y hermanas, llamamos la atención de V.E. para que trate de evitar lo que puede ser una vergüenza para todos, de lo que nosotras no nos sentiríamos orgullosas, pero sí nos sentimos orgullosas de defender lo nuestro, con uñas y dientes, como lo defendieron nuestros hombres hasta ahora, evitando que los de Encrobas estuviéramos sin trabajo y comiendo de aquellas cuatro perras que nos daban”. Su lucha fue un ejemplo, según la profesora universitaria Nieves Herrero Pérez, autora de As Encrobas. Unha memoria expropiada (Novo Século), de “la capacidad de las mujeres de asumir y llevar a cabo tareas asignadas en exclusiva a los hombres”.

El reportero gráfico cree que son fotos irrepetibles, no sólo por el hecho en sí, sino también por la cercanía. “Tuve suerte de que no me golpeasen, porque estaba en medio del lío, entre las mujeres y la guardia civil, levantando el brazo y presionando el disparador”. Castro plasmó en imágenes otras protestas de la época, aunque asegura que la presencia de un fotógrafo no era bien vista ni por los manifestantes, ni por las fuerzas de seguridad. Las tomadas en As Encrobas amplificarían el eco de la causa, que pasó a la historia de las revueltas agrarias y supuso uno de los hitos del nacionalismo gallego, junto a Xove y Baldaio. Tanto Comisións Labregas como la Unión do Povo Galego (UPG) y la ANPG —embrión de lo que sería el Bloque— prestaron su músculo político, organizativo y propagandístico para conseguir, en el segundo caso, paralizar la construcción de una central nuclear y, en el tercero, poner fin a la extracción ilegal de áridos en la marisma ubicada en el municipio de Carballo. Pepucho estuvo en la marcha celebrada en mayo de 1976 en la capital de Bergantiños, que coincidió con el primer intento de ocupación de Pau Rañón, aunque no pudo captar una imagen que él todavía conserva en su retina. Prefirió proteger al reportero que lo acompañaba —Xosé Luis Vilela, hoy director de La Voz de Galicia— cuando estaba a punto de ser golpeado con un fusil por un guardia civil. “En vez de pensar en la cámara, grité: ¡Es periodista, es periodista! Él no resultó herido, pero yo perdí la foto de mi vida”.

La expropiación se ha consumado, pero las imágenes ponen en entredicho los modos de la empresa y la Administración, que se ven forzadas a sentarse a una mesa de negociación en el Gobierno Civil. “El movimiento estaba siendo capaz de erosionar o poner en duda la legitimidad de las autoridades públicas para ejercer el monopolio de la fuerza”, afirma el historiador Daniel Lanero en el artículo Comunidad rural, conflicto socioambiental y organizaciones políticas en la Galicia de la transición. El caso de As Encrobas, publicado en la revista HALAC. Porque, como subraya el autor, ya no era una protesta vecinal, sino un movimiento al que se habían sumado asociaciones, sindicatos, trabajadores, estudiantes y partidos de toda Galicia. La lista es ingente, pero va desde facultades hasta empleados del Banco Pastor, propietario de la mina. El arzobispo de Santiago, Ángel Suquía, recibió a la comisión y se solidarizó con la causa (“hago mío vuestro problema”), un apoyo que se extendió a decenas de curas. Los obreros que construían la central térmica se declararon en huelga y la llama prendió en institutos y centros de enseñanza. Así, Emilio Suárez, un adolescente que estudiaba en la Universidad Laboral de A Coruña, se convirtió en otro de los símbolos de la lucha tras fallecer electrocutado cuando colgaba una pancarta en solidaridad con As Encrobas. “El chico no tenía culpa de nada y murió por nosotros. Sentimos una pena grandísima y durante el funeral que le ofrecimos no paramos de llorar”, recuerda Francisca. Las manifestaciones que se sucedían en las ciudades eran reflejadas en la prensa, aunque la gran batalla trascendió las fronteras gallegas y sus imágenes llegaron a emitirse en televisiones extranjeras. Era un paso adelante, pero aún quedaban muchos que dar.

Las conversaciones se prolongan durante meses, hasta que en julio de 1977 se alcanza un acuerdo, que sería en parte incumplido. “Las mujeres no formaron parte de la comisión porque entonces era impensable que ellas fueran a negociar en el Gobierno Civil”, explica Emi Candal, cuya familia paterna vivía en A Lousa, donde todavía hoy quedan un puñado de casas aisladas entre la central térmica y el almacén de carbón. Sus propietarios siguen sufriendo los ruidos y el polvillo que desprende el lignito, sin que les ofrezcan una solución. “Además, ellas también quedaron excluidas de los empleos que Limeisa ofreció a los vecinos, algo incuestionable entonces porque no se les pasaba por la cabeza su papel como posibles trabajadoras”, añade Candal. “Incluso había debates en las casas sobre la función que debían desempeñar en la lucha y, a veces, iban a defender la tierra sin el consentimiento de los hombres. Tenían arranque, capacidad de decisión y mucho genio”, recuerda la también ayudante de producción del documental A ceo aberto, que le ha dado voz a las protagonistas. Mujeres que dejaban a sus hijos en la escuela unitaria y se echaban al monte, hasta que llegaba la hora de recogerlos y les decían a los guardias civiles: “Tenéis que dejarme marchar porque debo ir a buscar a los niños, o queréis que se queden solos a la salida del colegio”.

Sin embargo, no sólo las mujeres quedaron excluidas de los cuatrocientos puestos de trabajo que ofreció la empresa, sino también los hombres que se habían significado en la protesta. Es el caso del marido y los hijos de Francisca, que sería absuelta tras ser acusada de retener a trabajadores de Limeisa para exigir que se cumpliese lo acordado: “Nos cogieron tirria”. Maricarmen, sin perspectivas laborales, aprobó una oposición y emigró primero a Mallorca y luego a Madrid, hasta que pudo regresar a Coruña dieciséis años después, donde reside y trabaja como funcionaria. “Nos castigaron a unos cuantos y mi familia fue vetada por el director de la central, por lo que nos tuvimos que buscar la vida fuera. Fue un regalito envenenado del señor Francisco Rosado Aznar, quien decía que la comisión le había robado mucho dinero a Fenosa y no nos merecíamos trabajar en la mina. Es fue el pago que nos dieron por un compromiso con la parroquia que alguna gente nunca apreció”.

Xosé Bocixa, vecino de la desaparecida aldea de Gontón, tenía nueve años cuando estalló el conflicto, aunque con el paso del tiempo quiso hacer memoria. “No entendía muy bien lo que pasaba, hasta que de mayor fui consciente de lo sucedido. Entonces me planteé grabar un documental a modo de terapia para curarme de todo aquello”, explica el director de A ceo aberto, quien ya había criticado el expolio de su tierra al frente de Zënzar, una banda de rock de combate en la que ejerce como letrista y cantante. “Jugaron con la dignidad de las personas y decidí contar mi historia y mi verdad. Pese a las traiciones y miedos de algunos vecinos, siempre he pensado que la culpa fue del capital y del poder político que lo permitió”. Quedan fuera de su documental y de estas líneas un rosario de anécdotas que sólo conocen sus protagonistas, algunas de ellas tragicómicas. “La empresa enviaba emisarios para que visitasen a los parroquianos cuando caía la noche. Se presentaban ante sus casas portando maletines, con el objetivo de fomentar la desunión y desarmarnos”, explica Bocixa. Los líderes de la protesta contraatacaban disfrazándose con pelucas y barbas postizas. Aprovechando la falta de luz, llamaban a las puertas y tanteaban a los paisanos, quienes a veces respondían que ya habían pasado por allí otros señores. “A los periodistas también les llamaba la atención que Cesáreo Pena llevase a las reuniones en el Gobierno Civil un misterioso maletín. En realidad, escondía un transistor para que el abogado, que esperaba en un coche en el exterior, pudiese escuchar las conversaciones”.

Él ya ha fallecido, pero los miembros de la comisión que todavía viven, Manolo de Hilario y Antonio Bestilleiro, estarán presentes en la marcha de la memoria que recordará este domingo la lucha que tuvo lugar hace cuarenta años. También estarán Pepucho, Rivas, Francisca, Emi y las vecinas de As Encrobas, provistas de hoces, azadas y paraguas. “La mina se agotó hace años y ahora tienen que importar el carbón. ¡Todo la riqueza de una tierra echada a perder para conseguir tan poco! Porque el destrozo no se llevó a cabo para lograr un bien común y perdurable, sino para explotar un yacimiento con fecha de caducidad”, reflexiona Maricarmen, que vio cómo algunas personas —que habían dejado el valle por la ladera— fueron expropiadas por segunda vez. “Es como encender una cerilla, observar el chispazo, verla arder y nada más. ¿Mereció la pena romper una comunidad y estragar un valle para obtener a cambio tan poco?”, se pregunta. “Es cierto que la empresa dio trabajo y pagas, pero los empleados se jubilan y los mayores se mueren. Así, treinta años después, sus hijos, nietos y bisnietos no tienen nada. Ni tierra ni propiedades, cuando antes esa misma tierra había dado de comer generación tras generación”. La herida de la tierra ha sido cauterizada con el agua que cubre el hueco de la corta, convertida en un lago artificial. “Nosotras, en cambio, tenemos heridas que nunca se cerrarán”.

Fuente: http://www.publico.es/sociedad/conflicto-encrobas-lucha-mujeres.html

El negocio del sexo con los niños del Tercer Mundo

Lo que hace 50 años la intelectualidad burguesa que vegeta en su propio limbo aduló como “liberación sexual” no era otra cosa que la incorporación del sexo al negocio. Es lo que hoy llamaríamos un nuevo “nicho” de mercado, otra forma más de hacer dinero. Se trataba de sacar al sexo del mundo privado para llevarlo al público, al consumidor a una escala desconocida hasta entonces. Para ello hubo que banalizarlo y vulgarizarlo. El sexo es una mercancía; vende y se vende.

Algunos incluso dijeron que la liberación de la mujer consistía en eso exactamente. Dentro de poco dirán que incluso la infancia ha logrado liberarse gracias al sexo porque cuando la burguesía habla de “liberación” se refiere al sexo como negocio. Por eso en Amsterdam las prostitutas están en los escaparates de las calles, como en cualquier otra tienda. El capitalismo no puede entender las cosas de otra manera que ésa.

Por lo mismo, la “liberación” sexual no es otra cosa que la dominación. Las potencias imperialistas exportan “liberación” al Tercer Mundo, a cuya población famélica han convertido en mercancía sexual barata, en donde todas las lacras se muestran exasperadas, desde la pedofilia hasta la pornografía. En el Tercer Mundo el sexo no sólo es barato sino que es legal. Siempre. No está sometido a las censuras que aún imperan en las grandes metrópolis.

Un reciente informe de la Unicef (*) denuncia los negocios del sexo en Filipinas, que tienen como mercancía a los sectores más humildes y empobrecidos de la población, que no les queda otro remdio que venderse a sí mismo para poder subsistir. Las redes sociales, dice el informe, han multiplicado este negocio llevando al mundo entero escenas sexuales en vivo y en directo.

La pornografía en las redes sociales tiene una estrecha relación con la violencia y la violación. El 80 por ciento de los niños que practican el sexo ante las cámaras web han sido violados previamente.

El año pasado se llevó a cabo un sondeo en Filipinas entre una población comprendida entre los 13 y los 24 años y el resultado es demoledor: uno de cada cuatro había sido objeto de previas “violencias sexuales”. Los más afectados son los niños entre los 13 y los 17 años.

Según la Unicef, Filipinas es el epicentro de la pedopornografía difundida en directo por las redes sociales. Es un crimen público, publicitado y admitido mundialmente. Las grandes ciudades filipinas, sobre todo Manila, son el escenario de este lucrativo crimen. Los niños cobran menos de tres euros por cada una de las escenas de sexo ante las cámaras. Existen alojamientos que se alquilan llave en mano completamente equipados con las correspondientes redes informáticas para grabar y difundir este tipo de prácticas.

El negocio es tan rentable que, para escapar del hambre, en los barrios son los propios padres los que venden y alquilan a sus hijos por horas o por sesiones de sexo infantil.

En 2012 Filipinas aprobó una ley contra los “cibercrímenes” que no ha servido más que para lavar la conciencia de quienes la votaron en el parlamento. El negocio de la explotación sexual infantil crece imparable. Es otro mercado “off shore”. Se fabrica en Manila y se vende en Los Ángeles.

(*) http://qz.com/857921/unicef-calls-the-philippines-the-global-epicenter-of-live-streamed-child-pornography/

El comercio sexual es una parte importante de la economía sumergida de Estados Unidos

El comercio sexual es una parte importante de la economía sumergida de Estados Unidos. Un estudio de 2014 realizado por el Instituto Urbano denunció que la economía subterránea del sexo comercial produjo ganancias multimillonarias en ocho ciudades estadounidenses: Atlanta, Dallas, Denver, Kansas City, Miami, Seattle, San Diego y Washington DC.

Los investigadores del Instituto Urbano estudiaron esas ocho grandes urbes concluyendo que en 2007 en cada ciudad la economía sexual subterránea tuvo un valor entre 39,9 y 290 millones de dólares. “Desde servicios de acompañante de gama alta de la escuela secundaria a proxenetas en zapatillas de tenis, el comercio sexual no deja de estar representado en las demografías o circuitos de casi todas las grandes ciudades de Estados Unidos”, asegura el informe.

A finales del año pasado D. Parvaz publicó “Selling American Girls” (La venta de niñas americanas), un informe dividido en siete partes que difundió Al Jazeera (*). Cada parte del informe examina un papel diferente en el tráfico sexual y su aplicación, a partir de prostitutas, sus clientes, proxenetas, abogados, policías y jueces.

La variedad de hombres involucrados en la compra de sexo en Estados Unidos es asombrosa. Según Michael Osborn, jefe de la Unidad de Crímenes Violentos contra Niños del FBI, el organismo se centra en recuperar las víctimas de tráfico sexual y capturar sus proxenetas, que representan una amenaza nacional porque se mueven entre las ciudades y a través de los Estados para evitar su captura.

Los compradores (llamados “johns” en Estados Unidos), por el contrario, tienden a permanecer en jurisdicciones locales, que el FBI deja a la policía local. Debido a que las comisarías, condados y estados registran las detenciones de “johns” de formas diferentes, no existen estadísticas completas para saber cuántos son los detenidos cada año.

En un estudio de 134 casos de prostitutas que eran menores de edad, fueron condenados 113 “johns”. En promedio, fueron condenados a tres años de prisión, pero sólo cumplen 1,5 años. El 26 por ciento de los condenados no cumplen la codnena íntegra.

Los proxenetas buscan niños procedentes de entornos familiares inestables o de barrios indigentes. Según FAIR Girls, una organización de lucha contra el comercio sexual, entre un 70 y un 75 por ciento de las niñas a quienes ayudaron tenían antecedentes en los sistemas de ayuda social. Un agente especial del FBI de Georgia, Renea Green, dice en Al Jazeera que “un traficante preso nos dijo que veía a las niñas víctimas caminando desde el local regional del DFAC”, la ayuda pública a los niños abandonados.

Aunque 34 Estados han aprobado leyes que penalizan a los adultos que compran sexo con menores de edad, de acuerdo con el Proyecto Polaris estas leyes varían ampliamente de un Estado a otro, dejando a muchas niñas tratadas como criminales y no como víctimas.

El tráfico sexual en Estados Unidos es un foco continuo de noticias, pero se centran principalmente en las prostitutas y sus proxenetas, dejando de lado otras importantes cuestiones planteadas en el informe de Al-Jazeera, como el procesamiento de los compradores y las sanciones penales que a menudo enfrentan las niñas y mujeres jóvenes.

(*) http://projects.aljazeera.com/2015/12/sex-trafficking/

Guardia civil de día, abusador sexual por la noche

El guardia civil Guerrero Escudero
Se suponía que debía velar por la seguridad de los demás, pero el guardia civil Antonio Manuel Guerrero Escudero, ese chico “amable y formal” que deslumbró durante el año de prácticas a sus compañeros del cuartel de Pozoblanco (20.000 habitantes, Córdoba), escondía un secreto casi inconfesable. Sólo sus amigos más íntimos lo conocían.

El joven, de 28 años, no sólo participó el pasado julio en la presunta violación de una chica madrileña de 18 años a manos de cinco sevillanos durante los Sanfermines -motivo por el que todos se encuentran en prisión provisional-. Dos meses antes, durante la madrugada del sábado 30 de abril al 1 de mayo, intervino en los abusos cometidos por él y tres de sus cuatro amigos sobre una joven de 21 años que vive en el pueblo en el que estaba dando sus primeros pasos como agente de la Benemérita.

En esta primera ocasión se piensa que los jóvenes usaron alguna droga (probablemente la conocida como burundanga, que anula la voluntad de quien la toma) para abusar de la chica. Además, como harían dos meses después en Pamplona, también decidieron grabar un vídeo que a las pocas horas difundieron en un par de grupos de Whatsapp con amigos.

Sucedió durante la Feria de Torrecampo, una pequeña localidad cordobesa de 1.200 habitantes situada a sólo 20 kilómetros de Pozoblanco, donde el guardia civil estaba a punto de finalizar su año de prácticas dentro del cuerpo tras aprobar en 2014 el examen de ingreso y pasar por la academia del Instituto Armado en Baeza (Jaén).

En Pozoblanco el chico trabajaba a turnos aleatorios y siempre bajo la supervisión de un superior realizando diversas tareas, desde vigilancia en las calles hasta atender a víctimas de robos o de violencia de género. Pronto iba a cumplir un año allí y se emitiría un informe favorable de él.

Cuando no estaba de servicio, Antonio Manuel solía acudir al Gimnasio Zeus, donde hizo varias amistades. Cuando el periodista visita el centro deportivo, varios hombres musculados cincelan sus bíceps.

“Venid a la feria de Torrecampo, el pueblo de aquí al lao. Aquí hay fiesta seguro”, había escrito días antes Antonio Manuel en un grupo de amigos a través del teléfono móvil. El guardia civil convenció a parte de su manada (así es como tienen puesto a uno de esos chats de Whatsapp) y tres de sus amigos recorrieron 217 kilómetros por carretera el sábado 30 de abril, desde Sevilla hasta Pozoblanco, para reencontrarse con él y salir de juerga por la noche.

Fueron los biris (ultras radicales del Sevilla) José Ángel Prenda Martínez y Jesús Escudero Domínguez, y el militar Alfonso Jesús Cabezuelo Entrena. Los tres tenían antecedentes por diversos motivos: riña tumultuaria, conducción temeraria, desorden público…

Una vez reunidos los cuatro amigos, se desplazaron en coche hasta Torrecampo, que estaba viviendo sus fiestas patronales y en donde el guardia civil tenía algunos conocidos. Entre ellos, a una chica con la que había tenido varias citas desde su llegada a la zona. La relación entre ambos no siguió hacia delante porque ella “quería algo más serio” pero Antonio Manuel, con pareja formal en Sevilla, no podía dárselo.

Durante aquella noche de parranda, entre alcohol y sevillanas, los cuatro amigos conocieron a una chica de 21 años. Era rubia, guapa y simpática. La manada se lanzó a por ella. Cuando la joven quiso volverse a casa, los sevillanos se ofrecieron a llevarla en coche hasta Pozoblanco.

Sin embargo, cuando la chica entró en la parte trasera del vehículo cayó “en un estado de profunda inconsciencia”. Al volante iba el guardia civil. Mientras, en los asientos traseros del coche, sus tres amigos la desnudaban y le tocaban los pechos. A su vez, Cabezuelo Entrena, el militar, la besaba en la boca.

Todos ellos se reían de la víctima. En varias ocasiones el guardia civil, con cuyo móvil José Ángel Prenda grabó dos vídeos -de 46 y de 32 segundos-, se sumó a los tocamientos. Con una mano Antonio Manuel sostenía el volante y con otra tocaba a la joven.

Los abusos a la chica habrían continuado durante más tiempo, aunque se desconoce cuánto. Sólo los agresores lo saben. Pudieron ser minutos o, quizás, horas. Los cuatro amigos y la joven abusada, ajena totalmente a lo que estaba sufriendo, realizaron luego el trayecto entre Torrecampo y Pozoblanco, localidades unidas por una carretera comarcal sin arcén y apenas transitada. Al llegar a su pueblo, la chica comenzó a recobrar la consciencia y salir de ese profundo sueño en el que la habían sumido. Iba completamente desnuda, con el mono quitado y las medias rotas.

En ese momento, la chica se vistió y se colocó en el asiento del copiloto. Acto seguido, el militar Alfonso Jesús Cabezuelo Entrena le pidió que le practicara una felación allí mismo. Pero la chica se negó y el chico, enfurecido, la golpeó dos veces en la cara y otra en el brazo.

Luego, la insultó y la empujó fuera del coche en las inmediaciones de un descampado a la entrada de Pozoblanco. La chica, sola y todavía aturdida y desubicada, llamó a cuatro amigos, uno de ellos policía local. Sólo se lo cogió uno -no el agente- aunque no llegó a explicarle con claridad qué le había ocurrido. Luego, se marchó a casa desconsolada.

Dolorida al siguiente día

A la mañana siguiente, la joven que había sufrido los abusos sexuales se despertó dolorida en su cama. Al levantarse vio que en la parte trasera de los muslos, los cuales le molestaban mucho, tenía varios moretones. Ella misma se fotografió con su móvil.

Al instante, la chica buscó consejo entre sus amistades. Un amigo la animó a denunciar: “Llama y sé valiente, seguro que hay especialistas que te pueden ayudar”. “Vamos a ver. A quién llamo. Que es que es muy fuerte”, respondió la joven. “No digas nada, por favor -le pidió-… ¡Qué vergüenza!”.

Cuando logró hablar con su amigo policía, éste también le recomendó que denunciara. Esto contradice lo que se había dicho hasta ahora acerca de que éste no la habría creído y de que la frenó a la hora de denunciar, circunstancia por la que el jefe de la Policía Local de Pozoblanco ha abierto una investigación para conocer cuál de sus agentes había sido. Pero la propia chica, en conversación con este periodista, lo desmiente: “Yo se lo dije verbalmente y él me animó para que denunciara”.

En otra conversación con otro amigo, la chica le dijo que se lo había contado a un amiga, que la había tratado por “loca”. “Me va a dar algo. Y voy a matar a XXX [refiriéndose seguramente a una amiga] un día de estos. Ayer me forzó un tío y me rajó el vestido”. Ante la sorpresa del amigo, la joven trató de explicarse: “Y se piensa que estoy inventándome esto por llamar su atención. Es que es muy fuerte, vamos. Nada, que estaré loca”. En un mensaje de audio, la joven le explica que su entorno está cachondeándose de ella porque encima no le creen. “Es que eso es muy fuerte, ¿qué clase de amigas tienes?”, le pregunta su interlocutor.

Al final, la joven de la que habían abusado cuatro sevillanos no presentó denuncia alguna y dejó que el tiempo cerrara su herida. Sin embargo, cuando los agentes de la Policía Foral de Navarra y la Guardia Civil comenzaron a investigar la violación de los Sanfermines, hallaron en los teléfonos móviles de los cinco detenidos -a Pamplona viajó otro amigo de ellos, Ángel Boza- que entre los vídeos que se intercambiaban en varios grupos de Whatssap aparecían las imágenes de los abusos sufridos por la chica de Pozoblanco dos meses antes que la joven madrileña presuntamente violada durante la fiesta de la capital navarra.

Fue entonces cuando, a finales de septiembre, agentes de la Policía Foral navarra acudieron hasta la localidad cordobesa en la que reside la joven. Allí, la chica denunció los hechos, relató el recuerdo de lo vivido y entregó el vestido y las medias rotas que llevaba puestos aquella noche.

También les mostró las fotos de las lesiones y dijo que no recordaba si al llegar a casa se notó algún resto de semen o fluido corporal. Además aportó los nombres de los amigos con los que habló de lo ocurrido y entregó la factura de teléfono en la que aparecía la llamada telefónica que mantuvo con uno de ellos.

No se sabe si hasta la detención del guardia civil la chica cordobesa volvió a cruzar su mirada por las calles de Pozoblanco con ese agente uniformado que había llegado hasta allí para realizar las prácticas de la Benemérita.

Los chats de la infamia

Durante la mañana de 1 de mayo, a las pocas horas de aquella primera fechoría y mientras ya tenían en el horizonte su viaje a los Sanfermines, los cuatro abusadores de la chica de 21 años difundieron en dos grupos de Whatsapp los dos vídeos grabados por José Ángel Prenda con el móvil de su amigo el guardia civil. Uno de esos chats se llamaba Peligro y otro Manada. En este segundo Prenda llega a decir de su amigo el agente de la Benemérita: “Vino de follarse a la bella durmiente”.

En el de Peligro, compuesto por 21 personas, uno de los integrantes decía: “Es otro caso Marta del Castillo niño jajajaja Joselito (Prenda), el depredador sexual de las casitas”. Sin el menor rubor, se mofaban de la joven de la que habían abusado tras drogarla y la comparaban con la adolescente sevillana desaparecida.

Se da la casualidad de que Ángel Boza, ahora en prisión por la violación en Pamplona pero que no viajó hasta Torrecampo con sus amigos, decía. “Madre mía qué le echasteis a la chavala burundanga. K bueno” (sic). En ese momento Ángel no imaginaba que sólo dos meses después, el 7 de julio, acabaría siendo detenido junto a sus otros cuatro amigos por violar a una chica madrileña que a finales de octubre cumplirá 19 años.

En esas conversaciones de móvil, publicadas por Diario de Noticias, algún integrante del chat Peligro preguntaba si habían hecho un “bukake” (en el argot del cine porno, término para referirse a la eyaculación de varios hombres sobre el rostro de una mujer) con la chica de Pozoblanco. Otro les cuestionaba si para adormecerla habían usado “cloroformo”. “Estaría en coma”, responde otro. Además, se evidencia que quien conducía, el guardia civil, también manoseó a la chica. “Qué habilidad conduciendo con una mano y con la otra cogiendo una teta atrás”.

«Madre mía os van a meter presos chavales, jajaja Carman (Prenda) ve un cuerpo humano inconsciente y ahí está el tío ya sea para robarle o para meterle mano jajaja», tercia otro de los 21 miembros del chat. Según avanzaba el domingo 1 de mayo seguían llegando los mensajes. A las 20.05 horas de ese domingo 1 de mayo un miembro del chat preguntaba: «Sabéis algo de Carman (Prenda)? Lo han cogío (sic) ya? o sigue suelto?». «Y qué han hecho con la chavala, la han tirao al río?».

Tras la violación de San Fermín, el 7 de julio, los cinco amigos sevillanos se encuentran en prisión. A Pamplona viajó también Ángel Boza, el único que no estuvo presente en los abusos de Torrecampo. Los chicos se conocen desde la adolescencia, donde compartieron calle y fechorías en el barrio hispalense de Amate.

Ahora, salvo el militar y el guardia civil, los tres restantes están en la cárcel de Pamplona. En cambio, los dos agentes del orden solicitaron cambiar de prisión para poder ingresar en módulos de cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Todos aguardan la fecha de juicio, aunque hasta esta semana no han sabido que los investigadores han dado con otra chica de la que abusaron. Aquello, pensaron, era agua pasada que jamás volvería. Pero no fue así.

Mientras, en el cuartel de Pozoblanco los agentes aún siguen preguntándose cómo es posible que detrás de un chico trabajador, educado y diligente como era Antonio Manuel Guerrero podía esconderse un presunto violador grupal. Por el momento el joven, que estaba a la espera de que le dieran nuevo destino, ha sido apartado del cuerpo. Y todo porque el hombre que debía luchar contra quienes actuaban como sus amigos decidió, en cambio, unirse a ellos.

Fuente: http://www.elespanol.com/reportajes/grandes-historias/20161007/161234892_0.html

Entre la trata de blancas y la trata de asiáticas

Si hacemos una encuesta sobre los países en los que consideramos que los índices de maltrato conyugal son más elevados, dejaremos al margen a Nueva Zelanda que, sin embargo, está a la cabeza de los peores países de la OCDE en esta lacra.

El problema es de tal envergadura que el primer ministro, John Key, acaba de anunciar un plan de acción para proteger a las mujeres: una de cada tres padece “maltrato sexual o físico” a lo largo de su vida.

El año pasado la policía tuvo que intervenir en 110.000 ocasiones por supuestos de violencia doméstica, una cifra que hay que poner en relación con la población total de las islas, de sólo 4,6 millones de habitantes, es decir, un porcentaje muy elevado.

Como en otros países, también en Nueva Zelanda las cifras son sólo la punta del iceberg, porque el 80 por ciento de los casos no se denuncian oficialmente, lo que daría lugar a 440.000 mujeres afectadas por las agresiones.

Sin embargo, el caso de Nueva Zelanda no es relevante sólo por el uso masivo de la violencia contra la pareja sino porque debajo hay un problema de fondo: los matrimonios forzosos, algo que tampoco relacionaríamos nunca con aquel país.

Uno de los proyectos más importantes del gobierno es criminalizar los arreglos matrimoniales contra la voluntad de la mujer, que hasta ahora se consideraban como meras faltas. Sin embargo, conocer el número de uniones forzosas es muy complicado. El diario New Zealand Herald refiere (1) que en los primeros diez años de este siglo se han arreglado los matrimonios de 800 menores de edad.

En Nueva Zelanda una mujer puede contraer matrimonio a partir de los 16 años pero, además de la minoría de edad, hay otro aspecto importante en los matrimonios forzosos: que afectan a las mujeres inmigrantes, especialmente de origen asiático.

Según el Ministerio de Inmigración, cada año se conceden visados a 400 adolescentes extranjeras para que contraigan matrimonio en Nueva Zelanda. Es algo tan típico que hay una serie de televisión que frivoliza este tipo de sutuaciones (2) en las que están por medio las mujeres, el racismo, la explotación sexual y la laboral, es decir, en donde los hombres se casan para disfrutar gratuitamente tanto de fuerza de trabajo como de relaciones sexuales.

Miremos la cara oculta de la Luna: Nueva Zelanda no es el Tercer Mundo, no está en África, sus habitantes no son musulmanes…
(1) http://www.nzherald.co.nz/nz/news/article.cfm?c_id=1&objectid=10860111
(2) http://www.stuff.co.nz/entertainment/77985615/arranged-marriage-has-a-kiwi-twist

Aunque la mona se vista de seda…

El viernes de la semana pasada el Ayuntamiento de Manuela Carmena (Podemos, confluencias y mareados) se ridiculizó a sí mismo -de nuevo- para aparentar que, efectivamente, empiezan a cambiar las cosas: presentaron una guía para decirles a los periodistas cómo tienen que escribir sobre la prostitución.

No se trata de cambiar la prostitución, ni mucho menos de acabar con ella, sino de algo más sencillo: de decirles a los periodistas la manera en que deben escribir al respecto y, por extensión, a los espectadores, que hablamos de las cosas lo mismo que hablan los medios de comunicación, es decir, de una manera ridícula.

A través de un ayuntamiento, los cretinos de Podemos se permiten el lujo de indicar el lenguaje en el que debemos aludir a la prostitución y es posible que con el tiempo redacten otro para que sepamos cómo debemos referirnos a la gastronomía.

Está claro que hablar acerca de las cosas, de una manera o de otra, no ayuda a cambiarlas, sobre todo si lo que se trata es -como en este caso- de utilizar eufemismos y circunloquios que esconden el problema, lo mixtifican y caen en el ridículo de llamar “trabajadoras del sexo” a las prostitutas, mientras que consideran correcto llamar “puteros” a los clientes.

Si el ayuntamiento de Madrid se ha metido en un berenjenal como éste es por la propia ideología y la naturaleza de clase de Podemos, que recluta a sus adeptos en esa ciénaga a la que llaman “movimientos sociales”, que causan estragos allá donde llegan con su batiburrillo sobre género, homosexualidad, LGTB y demás taras propias del radicalismo pequeño burgués que hoy se han convertido en las etiquetas que visten y desvisten a cualquiera de modernidad y progresismo.

Hasta la era moderna, en las batallas políticas la trinchera estaba en la explotación (“la lucha de clases es el motor de la historia”); ahora todo gira en torno al sexo o, mejor dicho, a eso que las universidades estadounidenses llaman “género”, aunque al hablar de prostitución podemos fusionar ambos e introducir el término “explotación sexual” o bien “trabajo sexual”, con lo que la pequeña burguesía cree matar dos pájaros de un tiro.

Los colectivos que se atribuyen la representación de quienes están discriminados por razones de género o condición sexual, son el cáncer de estos tiempos, una verdadera plaga, lo cual es lógico por dos motivos fundamentales. El primero es que este tipo de “movimientos”, típicos de los países que se creen el ombligo del mundo, son consecuencia de la ideología imperialista que fabrican las facultades de sociología de Estados Unidos. El segundo es que están bajo los efectos de una sobredosis, tanto de subvenciones públicas como de representación en los medios de comunicación.

Pero si la guía municipal es basura, la contestación de dos colectivos de “trabajadoras del sexo”, Hetaira y Afemtras (Agrupación Feminista de Trabajadoras del Sexo), no le queda a la zaga, aunque en un punto tienen razón: todo debe empezar por llamar a las cosas por su nombre y dejarse de eufemismos. Una fontanera es una fontanera, no una mujer en situación de fontanería, afirman con razón.

Este argumento conduce a otro en el que también tienen razón Hetaira y Afemtras: si -como dice la guía- el 90 por ciento de “trabajadoras sexuales” están bajo el control de redes de trata de personas (lo cual es una falsedad inventada por la policía), entonces es porque hemos entrado en un terreno muy diferente, más cercano a la esclavitud que, en el terreno legal, constituye un delito.

A partir de ahí, la posición de Hetaira y Afemtras es la del individualismo burgués de toda la vida, la de que “cada cual hace con su cuerpo lo que le da la gana” y que la prostitución es una profesión como cualquier otra, por lo que se debe legalizar y reglamentar, pagar el IVA y tener derecho a la jubilación. No es muy diferente de quienes se justifican afirmando que un carcelero también es otro trabajador, como cualquier otro, y cosas parecidas.

Finalmente, a la pequeña burguesía siempre le queda el recurso de sacar el ventilador y volver el argumento contra la clase obrera afirmando que todos nos prostituimos, que la sociedad capitalista es esa gran puta que por dinero realiza trabajos que no quiere, que repudia o que son infames.

El burgués cree que todos son de su misma condición de clase miserable. Nunca ha entendido el abismo que hay entre una clase social y otra. A ellos sólo les mueve el dinero, mientras que el trabajador trabaja por necesidad, no por dinero.

De ahí que tanto Iglesias como  Errejón apoyen a Apricot, una empresa capitalista dedicada a los prostíbulos y la pornografía que el mes que viene organizará en Barcelona una feria titulada “Salón Erótico de Barcelona”.


La intelectualidad burguesa tiene un repertorio muy amplio y variado de explicaciones rebuscadas. Para eso les subvencionan… entre otros los propios ayuntamientos (pero también la industria de la prostitución y la pornografía).

España es la capital mundial de la prostitución

¿Es España la capital mundial de la prostitución? La pregunta puede resultar chocante, y desde luego lo es. Así se titula un artículo recientemente publicado por el periódico británico The Independent, que aunque no ofrece una respuesta clara, sí hace hincapié en la alta aceptación social que tiene en España el uso de servicios sexuales, y ofrece una visión panorámica del sector, además de algunas cifras interesantes de las que nos hacemos eco a continuación.

Un estudio de las Naciones Unidas revela que el 39 por ciento de los hombres españoles han utilizado los servicios de una prostituta al menos una vez. Por su parte, el ministerio español de sanidad sitúa -en un informe fechado en 2009- la cifra en torno al 30 por ciento. Ambas cifras, en cualquier caso, están muy por encima de la de otros países como Holanda (14 por ciento) o el reino Unido, cuyo porcentaje oscila entre el 5 por ciento o el 10 por ciento. (Lo que no queda claro es si esa alta aceptación social de la prostitución en España marca la diferencia en cuanto al uso de servicios o en cuanto a la facilidad de reconocerlo en una encuesta de este tipo).

Otro estudio de la Universidad Pontificia de Comillas señala que un 20 por ciento de los varones en España reconocen que han pagado recientemente por servicios de prostitución.

En España se calcula que trabajan unas 300.000 prostitutas, y es también en este país donde opera el prostíbulo más grande de Europa, llamado Club Paradis, que cuenta con 180 trabajadoras del sexo. Y además, casi un 80 por ciento de los anuncios publicados en la prensa escrita española son anuncios de prostitutas.

Todo ello indica que, en efecto, la prostitución está sólidamente arraigada en España, pero ¿convierten estas cifras a España en la «capital mundial de la prostitución»?

Si nos atenemos a las cifras de dinero que mueve la prostitución, de los ingresos que genera, España ocupa efectivamente un lugar muy alto en la lista internacional. Es, según un informe de Havoscope (colectivo virtual que lleva un registro de los ingresos del mercado negro en el mundo) el segundo país en ingresos generados por la prostitución, con 26.000 millones de dólares, tan solo superado por China, que casi triplica esa cantidad. Sin embargo, si se tiene en cuenta la diferencia demográfica, es decir, que China tiene 1.400 millones de habitantes y España apenas 47 millones, la percepción del tamaño del negocio en España es impresionante.

En este sentido, resulta curioso señalar que en España, las drogas y la prostitución aportan más al Producto Interior Bruto (P.I.B.) que la investigación y desarrollo (I+D). Tal como recogía al respecto el periódico El Economista, «los cambios estadísticos introducidos en el cálculo del Producto Interior Bruto (PIB), que incorporan entre otros elementos la estimación del aporte de actividades ilegales como prostitución y drogas, incrementaron en 1,7 puntos porcentuales el tamaño de la economía española en 2010, convirtiendo así a España en el quinto país de la eurozona donde mayor incremento se observó por la contabilización de estas actividades».

Hace dos años se estimaba que anualmente entran en España entre 40.000 y 50.000 jóvenes para ser prostituidas, la mitad de las cuales eran menores de edad.

En el estudio «La trata de seres humanos en España: víctimas invisibles» se aborda esta cuestión, y se afirma, en base a datos facilitados por la Fiscalía General del Estado que «la realidad acredita que los delitos de prostitución coactiva afectan prácticamente en su totalidad a ciudadanas extranjeras que, en muchas ocasiones, residen en España en situación de irregularidad administrativa». El mismo estudio señala que el 74 por ciento de las víctimas de explotación sexual en España son mujeres rumanas, y el 90 de acusados por explotación sexual son también personas de nacionalidad rumana, lo que indica con claridad la fuerte presencia de mafias rumanas operando en España.

Otras mafias de la prostitución muy activas en el país son las de origen nigeriano y chino. En el primer informe sobre tráfico de seres humanos publicado por la Comisión Europea en 2013, España aparecía como el el segundo país de la Unión Europea con mayor número de víctimas del tráfico de personas, con 1.605 casos documentados, tan sólo por detras de Italia, que presentaba 2.381 casos.

Y según el mismo estudio de la Universidad Pontificia de Comillas que citamos en la primera parte de este artículo, la percepción de esta situación por parte de los clientes parece ser bastante deficiente, y en cualquier caso no genera ninguna reacción significativa: se indica que de las personas encuestadas que admitieron haber recurrido a servicios de prostitución recientemente, sólo un 10 por ciento percibió que podía existir algún tipo de coacción de esas mujeres. Sin embargo, ninguno hizo nada por denunciarlo. La explicación más frecuente de esa actitud era «para no meterse en líos».

Fuente: https://actualidad.rt.com/sociedad/214458-espana-potencia-mundial-prostitucion

Uno de los agresores sexuales de los sanfermines es guardia civil

Uno de los cinco detenidos por la agresión sexual sufrida por una joven de 19 años en Pamplona durante los sanfermines es guardia civil, según ha informado EiTB, la cadena autonómica de televisión. Los detenidos tienen entre 23 y 26 años.

El tatuaje que luce en el pecho uno de ellos y las imágenes captadas por una cámara situada en la calle Mercaderes han sido claves para la identificación de los agresores.

También ha resultado favorable que la investigación del delito la hayan llevado a cabo fuerzas de la policía foral, así como la policía municipal de Pamplona.

Una agente de policía municipal observó a varios jóvenes que sospechó podrían ser los agresores porque sus rasgos físicos correspondían a los facilitados por la víctima. Se les hizo un seguimiento y posteriormente fueron localizados en la plaza de toros.

Entre las pruebas de cargo hay una filmación de los hechos ocurridos el jueves hacia las 04:30 horas en un céntrico edifico de la calle Paulino Caballero de la capital navarra.

Los agresores metieron en el portal a la víctima, una joven madrileña de 19 años, y allí abusaron sexualmente de ella.

Este caso de brutal agresión sexual en el primer día de los sanfermines ha provocado la condena unánime de instituciones, peñas y ciudadanos, que han vuelto a rechazar en la calle cualquier tipo de violencia o actitud sexista.

Los cinco detenidos continúan en comisaría y pasarán mañana a disposición judicial. Los acusados niegan los hechos y aseguran que las relaciones fueron consentidas.

Para proteger el buen nombre de la Benemérita, no se ha proporcionado información sobre la identidad de los agresores, ni se han publicado fotos, algo que es habitual cuando es la Guardia Civil quien detiene.

Una noticia que ningún medio de comunicación va a publicar jamás

Este año 2016 comenzó con la muy desagradable noticia de las agresiones sexuales cometidas por “refugiados sirios” en Colonia durante la Nochevieja.

Pero en las sociedades capitalistas no bastan noticias, ni verdaderas ni falsas. Lo que los medios necesitan son “escándalos”, amarillismo y grandes titulares.

Con el paso del tiempo la noticia se fue desinflando poco a poco. Ni eran tantas, ni eran agresiones sexuales, ni eran refugiados, ni eran sirios… Un auténtico modelo de guerra sicológica y manipulación de masas.

Lo que quedó de todo aquello es que algunos carteristas crearon follones en la calle para robar los bolsos a las jóvenes al descuido.

La fiscalía alemana reconoció entonces que “en su mayor parte” se trataba de magrebíes, sobre todo marroquíes y argelinos.

Hoy el diario argelino L’Express (*) publica que el viernes un joven compatriota de 26 años fue absuelto por un tribunal alemán de su implicación en las famosas “agresiones sexuales” de Colonia.

A la primera, la vencida. El “escándalo” se sigue desinflando. Lo que no se desinflará nunca serán las consecuencias de la campaña mediática que recorrió el mundo entero, sembrando el racismo, la xenofobia y la islamofobia.

Al calor del gran engaño, la propia Merkel tuvo que amenazar con expatriar a todos los emigrantes magrebíes que viven en Alemania en situación irregular.

La prensa argelina comenta que Merkel llegó a ponerse en contacto con el gobierno argelino para que readmitiera a los que fueran expulsados de Alemania en base a un protocolo entre ambos países firmado en 1997 y ratificado en 2006.

Tras desinflarse la campaña mediática ya sólo queda esperar que alguien se disculpe públicamente con los magrebíes. ¿O es pedir demasiado?

(*) http://www.lexpressiondz.com/article/0/0-0-0/241253.html

La Farmafia utiliza a los pobres como conejillos de Indias (2)

Si el lector busca documentación sobre experimentación médica con seres humanos, la mayor parte de las referencias le remiten al III Reich y los campos de concentración de aquella época. Es una manera como cualquier otra de tapar un capítulo muy negro de la historia.

La utilización de seres humanos como conejillos de Indias por los matasanos ni empezó con el III Reich ni acabó con su derrota en la Segunda Guerra Mundial.

La medicina cierra los ojos ante una evidencia que no tiene relación con la salud del cuerpo sino con la de las clases sociales. Desde tiempos inmemoriales los matasanos han formado parte de las clases dominantes y de su dominación clasista, utilizando sin ninguna clase de escrúpulos a los sectores más desamparados de la población para sus experimentos y ensayos. Si el experimento sale bien se utiliza en beneficio de los poderosos y si sale mal se entierra al miserable.

En el siglo XIX pocos médicos fueron más idolatrados que James Marion Sims, considerado como el “padre de la ginecología”. En su memoria se erigió una estatua de bronce entre la Quinta Avenida y la calle 103, frente a la Academia de Medicina de Nueva York, la primera de Estados Unidos que homenajea a un galeno.

El doctor Sims utilizó mujeres esclavas y negras para experimentar con ellas sin necesidad de pedir su consentimiento. Bastaba pedírselo a sus amos esclavistas. En otros casos el matarife buscaba esclavas con determinadas dolencias para comprarlas y experimentar con ellas, como hoy los laboratorios compran ratones y los encierran en jaulas con los mismos fines. Nunca experimentó con mujeres blancas.

Las esclavas tampoco necesitaron nunca ningún tipo de anestesia. Bastaba con un poco de opio y con atarles las manos fuertemente para que no se pudieran retorcer a causa del dolor. Los experimentos de Sims estaban a medio camino entre la medicina y el sadismo.

El galeno documentó meticulosamente sus experimentos, por lo que conocemos detalles como los nombres de pila aquellas esclavas (Anarcha, Betsy, Lucy), a las que ningún científico se ha dignado levantar un monumento.

La mayor parte de aquellas mujeres morían poco después de la intervención quirúrgica a causa de las infecciones. En caso contrario, al matarife no le importaba repetir la tortura con la misma mujer.

En ocasiones, repitió sus experimentos hasta treinta veces con la misma, hasta que acertaba con la cirugía. Luego trasladaba su descubrimiento a las mujeres blancas, aunque esta vez utilizando anestesia para que no sufrieran en la mesa de operaciones.

Empezó a ganar fama y luego a ganar dinero, llegando a edificar un hospital para quien pudiera pagar sus tratamientos. Fue el cirujano de la emperatriz Eugenia de Montijo, la mujer de Napoleón III, y de la nobleza europea.

De 1876 a 1877 le nombraron presidente de la Asociación Médica Americana, que es muy famosa porque tiene una publicación de esas que califican de “prestigiosas” entre los científicos, una de las que dictan el “ordeno y mando” de la práctica de la medicina en el mundo entero.

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