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El juicio por la exhibición de un documental antifranquista no entra dentro del auge del fascismo

El 14 y 15 de noviembre se celebrará un juicio en Iruña contra los miembros de ZER Clemente Bernad y Carolina Martínez por difundir el documental “A sus muertos” el año pasado dentro de las jornadas “¿Qué hacemos con el Monumento a los Caídos?”

El documental trata del conocido como “Monumento a los Caídos”, aunque su nombre oficial es “Navarra a sus muertos en la Cruzada”, un símbolo vigente en honor del golpismo y del franquismo.

Mensualmente en su cripta se celebran misas en honor a los criminales fascistas que desataron la guerra civil en 1936 y asesinaron solo en Navarra a más de 3.500 personas.

El documental se reparte en seis preguntas hechas a los viandantes en el entorno del monumento y muestra las estrechas relaciones entre el pasado y el presente en el espacio urbano.

La Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz interpuso una denuncia contra ellos a raíz de la exhibición del documental, por la que serán juzgados por un delito de revelación de secretos, con una petición por parte de la Fiscalía de 2 años de prisión y multa de 12.000 euros para cada uno de ellos. La acusación particular eleva la petición a 2 años y 6 meses de prisión.

La Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz se creó en 1939 por excombatientes requetés para “mantener íntegramente y con agresividad si fuera preciso, el espíritu que llevó a Navarra a la Cruzada por Dios y por España“. Desde entonces vienen celebrando misas en el Monumento todos los días 19 de cada mes y especialmente el 19 de julio, ya que el golpe de Estado de 1936 en Navarra fue el 19 de julio, en honor de los militares golpistas Mola y Sanjurjo y de los combatientes navarros del bando franquista muertos en la Guerra Civil, en clara apología del fascismoy el golpismo.

Este tipo de hechos no forman parte del auge del fascismo sino del fascismo mismo porque son exactamente iguales ahora que en 1939. No son ningún “peligro” sino realidades evidentes. Aquí ha cambiado (casi) nada.

Huelga general de 1918 en Suiza: antes de la revolución llegó la capitulación

Marguerite Meyer

En noviembre se cumple el primer centenario del acontecimiento político que colocó a Suiza al borde de una guerra civil: la huelga general de 1918. ¿Qué causas tuvo? El hecho de que suizos abrieran fuego contra sus compatriotas se debió a un cúmulo de diversos factores.

Suiza siempre fue una parte de Europa. No hay nada que lo demuestre mejor que los acontecimientos que desembocaron en la huelga general y que después seguirían influyendo en la política helvética durante décadas.

Los sucesos del mes de noviembre de 1918 fueron la culminación de una serie de situaciones y acontecimientos políticos y sociales. ¿Cuáles fueron sus ingredientes? Una guerra mundial, revoluciones en Europa, una cúpula militar implacable y temerosa y una clase baja que vivía en la miseria.

La gente que a mediados de la década de los años 1910 vivía en los barrios obreros de Zurich y otras ciudades del país tenían ya suficientes preocupaciones: con frecuencia compartían varias familias una sola vivienda que, además, solía ser vieja y húmeda. Un sueldo no era suficiente para una familia: el concepto burgués del “salario único subsistencia” no funcionaba, por lo que tanto hombres como mujeres se veían en la necesidad de dedicarse a una actividad asalariada.

Y de repente se dejaban de pagar los sueldos: soldados fueron llamados al servicio militar activo. Durante la Primera Guerra Mundial 238.000 soldados fueron movilizados por el general Ulrich Wille para entrar en las milicias y proteger las fronteras en caso necesario.

Muchos de esos efectivos formaban parte de la clase trabajadora. El alistamiento puso a sus familias en grandes dificultades: entonces no existían todavía las indemnizaciones por pérdida de salario a causa del llamamiento a filas, que no se introdujeron en Suiza hasta la Segunda Guerra Mundial. Tampoco existía la asistencia social.

Por eso fueron enormes las pérdidas salariales en muchas familias: los ingresos de los hogares se redujeron en parte a la mitad, mientras algunas familias burgueses salían ganando. Muchos empresarios suizos suministraban a los dos bandos en guerra munición y materiales con altos beneficios. Algunos accionistas suizos ganaban así dividendos exorbitantes.

La distribución de la riqueza entre pobres y ricos se alteró rápida y drásticamente. “Sabemos que se amplió la brecha entre los que tenían mucho y los que tenían poco o nada, es decir, entre la clase obrera y los llamados oportunistas de la guerra, los empresarios”, afirma Brigitte Studer, profesora de Historia Suiza en la Universidad de Berna.

Crecía el descontento, y también el hambre: a partir de marzo de 1917 se empezaron a racionar gradualmente los alimentos, que además se encarecían cada vez más, poniendo en graves problemas a muchas familias de las clases humildes: “Entonces gastaba un asalariado medio cerca de la mitad de su sueldo en alimentos”, recalca el historiador Sébastien Guex de la Universidad de Lausana.

Algunas ciudades intentaban aliviar la penuria con la venta de patatas a precios rebajados o con la distribución gratuita de alimentos a los más necesitados. Pero la combinación de guerra mundial, mal tiempo y malas cosechas provocaron hambrunas en los años 1916 y 1917.

La Primera Guerra Mundial también repercutió en los distintos grupos políticos: en un lado se encontraban los burgueses y la élite militar, en el otro, la izquierda dividida. Ya en 1915 se habían dado cita representantes destacados del socialismo europeo en un encuentro conspirativo en Zimmerwald, una pequeña aldea campesina en los aledaños de Berna. Trataron de responder a la pregunta de si era legítimo o no el apoyo a los gobiernos en guerra por parte de socialistas y socialdemócratas.

El encuentro fue organizado por el consejero nacional (diputado) socialista Robert Grimm, que se convertiría en uno de los principales protagonistas de la huelga general. El eximpresor de libros militaba en las filas de los llamados centristas marxistas, que claramente se declaraban partidarios del socialismo, pero que en el fondo se veían como intermediarios entre revolucionarios y reformistas. En esa reunión participó también Vladímir Ilich Lenin, que era partidario de la subversión violenta, idea que Grimm rechazaba. Pese a esta discrepancia ideológica, Grimm colaboró en la organización del famoso viaje que realizó Lenin de Zurich a Petrogrado. Las desavenencias entre las distintas corrientes en la izquierda provocaban reiteradas disputas sobre las doctrinas imperantes del movimiento.

La mecha que desencadenó la huelga general empezó a arder pronto: en Zurich se produjeron los primeros incidentes sangrientos el 17 de noviembre de 1917. Un grupo simpatizante del pacifista y objetor de conciencia Max Dätwyler se congregó para protestar contra las dos fábricas de munición municipales, al que se unió otro grupo de jóvenes más radicales. Los “disturbios de noviembre” se recrudecieron; murieron cuatro personas y treinta acabaron heridas.

A partir de entonces, Suiza no volvería a recuperar la tranquilidad en todo el año 1918: en febrero destacados dirigentes socialistas y del sindicalismo fundaron el “Comité de Olten” en reacción a los planes del Consejo Federal (Gobierno) que pretendía introducir la obligatoriedad del servicio civil. Uno de esos dirigentees fue Robert Grimm.

A lo largo y ancho del país la gente protestaba contra la escasez de alimentos. Sobre todo en el Tesino se sufría mucho. En marzo asaltaron y saquearon trabajadoras y trabajadores la central lechera en Bellinzona. El 1 de mayo anunció el Consejo Federal la subida del precio de la leche. Dos semanas más tarde se empezó a racionar el queso, una medida que convenía a los granjeros, pero no a la clase obrera urbana: en lugar de elaborar quesos con la leche desnatada se dedicaban las queserías a producir caseína, que se vendía a fábricas de armamento germanas como producto sucedáneo del caucho.

Ya en los años anteriores habían protestado sobre todo las mujeres en los llamados “tumultos de los mercados” en ciudades como Biel, Thun y Grenchen. En junio de 1918 se reunieron en Zurich cerca de mil mujeres delante del ayuntamiento. Exigían poner coto a la inflación, la introducción de un mínimo de subsistencia y la redistribución de los alimentos. En una segunda manifestación algunos días más tarde se reunieron 15.000 personas. Las mujeres presentaron la primera petición popular cantonal desde su introducción. La dirigente política era la marxista zuriquense Rosa Bloch-Bollag, que también había formado parte del Comité de Olten.

En septiembre se declararon en huelga los trabajadores de banca para exigir un salario mínimo. El hecho de que se organizaran e incluso se declararan en huelga los asalariados del sector bancario fue una novedad. Esto preocupó a amplios sectores de la burguesía helvética y a los militares y reforzó los temores de una revolución. Se temía una subversión que siguiese los patrones rusos.

La postura de la cúpula militar suiza poco tenía que ver con querer apaciguar los efectos de esta efervescencia. En su mayoría veían el movimiento obrero como elemento desintegrador de la sociedad. “El generalato y también el gobierno vivían en una burbuja, diríamos hoy”, explica el historiador Jakob Tanner. “Se ocultó por completo que el movimiento obrero se esforzaba en encontrar formas razonables para la defensa de sus intereses. Solo se trataba de volver a realzar al máximo la importancia del ejército”.

El general Ulrich Wille representaba una imagen prusiana del ejército: para él un buen ciudadano debía ser ante todo un buen soldado. Frente al comportamiento dubitativo de las autoridades cantonales y del Consejo Federal, contestaba con dureza y demostraciones de fuerza. De esa manera se pretendía sofocar las protestas en su origen para no permitir en ningún caso situaciones como en Rusia o en Alemania, donde los gobiernos habían quedado fuera de combate.

Hoy sabemos que el movimiento obrero suizo no estaba preparado para la insurrección armada, por lo que se oponía a ella mayoritariamente. Pero los acontecimientos en los países vecinos hacían plausibles las preocupaciones que entonces tenían los militares.

https://www.swissinfo.ch/spa/huelga-general-1918-_antes-de-la-revoluci%C3%B3n-lleg%C3%B3-la-capitulaci%C3%B3n/44498662
https://www.swissinfo.ch/spa/huelga-general-de-1918_-creo-que-planean-una–guerra-civil-/44501608

Un pacto de silencio para ocultar el papel de la OTAN en el resurgimiento del fascismo

El año pasado la OTAN promocionó un vídeo de un grupo nazi letón, llamado los “Hermanos del Bosque” a los que, como en caso de los yihadistas, convirtió en luchadores contra la URSS. Además de una reescritura de la historia, fue una llamada al terrorismo contra los rusos y contra Rusia.

Los “Hermanos del Bosque” eran una organización nazi que en 1945, con el apoyo del espionaje de Estados Unidos, se negó a rendirse y pasaron a ejecutar acciones terroristas en el interior de la URSS durante una década.

El vídeo de la OTAN comienza con una confusión entre los soldados “rusos” y el ejército “soviético” para indicar al espectador que los “Hermanos” luchaban contra los rusos y no contra los soviéticos (ya que los letones también formaban parte del ejército soviético).

La OTAN quería inculcar que unos pocos hombres, civiles inocentes, obligados por la situación, lucharon contra el “ocupante ruso” que, después de la Segunda Guerra Mundial, se había apoderado de Letonia por la fuerza.

En realidad, hay muchos que piensan así: los países del este de Europa se convirtieron en “satélites” de la URSS a la fuerza, al ser “ocupados” militarmente por el Ejército Rojo al final de la Segunda Guerra Mundial. A los que dicen tales estupideces no se les ha ocurrido pensar en Austria, que también fue liberada y ocupada por el Ejército Rojo…

Como en el caso de los demás países Bálticos, la independencia de Letonia tuvo lugar pocos años después de la revolución de 1917, es decir, que no se debió sólo a los letones sino a los revolucionarios que acabaron con el zarismo, de los que la mayor parte eran rusos y entre los cuales también había letones.

El vídeo no explica nada de eso, como es natural. Lo que aparece es una lucha, supuestamente patriótica y nacionalista, de los letones contra los “ocupantes” soviéticos.

Es típico de la propaganda imperialista presentar la lucha de clases como una lucha nacional o religiosa. La OTAN no puede admitir que la URSS aplastó en la guerra y después de ella a los nazis letones. El carácter nazi desaparece para poner en primer plano la represión, típicamente “stalinista” e indiscriminada contra la población letona por el sólo hecho de ser letona.

Entre 1941 y 1945, la Legión Letona, una unidad de la Waffen SS, se componía de dos divisiones de Granaderos, la 15 y la 19 que participaron en la persecución de comunistas, tiroteos masivos contra la población civil, pogromos y limpieza étnica contra los judíos.

Sólo en el interior de Letonia entre 1941 y 1945 se crearon exactamente 46 prisiones, 23 campos de concentración y 48 guetos judíos. Las SS letonas y sus colaboradores asesinaron a 313.798 civiles (incluidos 39.835 niños) y 330.032 soldados soviéticos.

En el otoño de 1941, las SS formaron en el Báltico batallones de autodefensa, una especie de milicia que ejerció labores típicas de apoyo a la policía. En Letonia se formaron 41 batallones con 300 a 600 efectivos, 23 en Lituania y 26 en Estonia.

Algunos de ellos fueron enviados a luchar contra la guerrilla soviética en la región rusa de Pskov y en Bielorrusia.

A medida que avanzaba la guerra, y con ella la derrota nazi, los miembros de los batallones letones se fueron integrando en las unidades diezmadas de la Waffen SS: brigadas motorizadas, de voluntarios, etc.

Estos matones fueron quienes luego llenaron las filas de los “Hermanos del Bosque”. La OTAN oculta que dicha organización fue creada y financiada por el espionaje imperialista después de la Segunda Guerra Mundial por lo mismo de siempre: para acorralar a la URSS, para impedir que pudiera disfrutar de un minuto de reposo.

El espionaje imperialista subcontrató a los antiguos policías letones, a los colaboracionistas de la ocupación y a los oficiales y soldados letones que trabajaron para las SS.

Hasta mediados de la década de los años cincuenta los “Hermanos del Bosque” llevaron a cabo más de 3.000 atentados terroristas, principalmente contra la población civil.

El vídeo de la OTAN tampoco habla de esto porque no puede vincular al fascismo con el imperialismo y con Estados Unidos. Los papanatas tampoco lo hacen, ni tampoco vinculan a la OTAN con la Red Gladio o con los crímenes fascistas de los años setenta en Europa.

Si alguien se cree que estamos hablando de batallitas propias del pasado, se equivoca: cada año una manifestación nazi desfila por las calles de Riga, dentro de la Unión Europea, para homenajear a los fieles servidores del III Reich.

¿Eso no forma parte del auge del fascismo y “la ultraderecha”?, ¿por qué nadie habla de ello, ni la OTAN ni los “alternativos”?

Más información:
— Sigue la ofensiva de la OTAN y los países bálticos en defensa del nazismo

El Tribunal Constitucional apuntala el retorno del fascismo a sus orígenes del 18 de julio

En 2015 el Parlamento autonómico navarro aprobó una ley para investigar la verdad sobre los casos de torturas y malos tratos de “grupos de la extrema derecha y funcionarios públicos”.

En julio de este año el Tribunal Constitucional la anuló con el pretexto de que invade competencias de los jueces y persigue “fijar la verdad de lo ocurrido”.

Lo más suave que se puede decir es que se trata de una desfachatez. También se puede decir que el Tribunal Constitucional hace como los avestruces; no quiere saber nada, ni de la verdad ni de la mentira sobre “lo ocurrido”. Tierra encima.

Volvemos, pues, exactamente a lo mismo de siempre. En Ucrania el “holodomor” es una verdad histórica incuestionable impuesta por ley; en España no dejan que las leyes impongan verdades, ni cuestionales ni incuestionables. En un caso (Ucrania) se trata de tapar; en el otro (España) de no destapar.

La del Tribunal Constitucional es una sentencia típicamente fascista y típicamente hispánica. Aquí hay que enterrar el pasado y cualquier intento de rescatarlo será inútil. No se va a investigar nada, y si se investiga, no hay problema: el crimen ha prescrito.

Las cunetas siguen llenas de cadáveres y los criminales no sólo han quedado impunes, sino que han sido ascendidos, condecorados y recompensados por los servicios prestados al terrorismo de Estado y la guerra sucia.

Si prestan un poco de atrención a los detalles, se darán cuenta de que la ley navarra equiparaba a los “funcionarios públicos” con los “grupos de extrema derecha”, un matiz que a la mayoría siempre les pasa desapercibido, a pesar de que los crímenes de la “extrema derecha” vayan acompañados del correspondiente “funcionario público” y no sea posible diferenciar a uno de otro.

Con sentencias así no hace falta recurrir a sesudos análisis sobre lo que es el fascismo porque el Tribunal Constitucional, que es fascista, ha definido mejor que nadie de lo que estamos hablando: primero, este Estado hereda al anterior y como ambos forman una unidad, no puede asumir ninguna de sus responsabilidades; segundo, como los fundamentos de uno y otro son los mismos, es decir, como este Estado sigue apoyándose en el terrorismo de Estado, tiene que echar tierra encima de los crímenes que le son propios.

Si este Estado hubiera cambiado en algún momento de la historia, no se sentiría vinculado al pasado y, como mínimo, hubiera puesto en marcha la lavadora. Quizá exigir responsabilidades a los torturadores y criminales hubiera sido demasiado, pero averiguar lo que ha ocurrido es lo mínimo.

Ya ven que no somos vengativos en absoluto; no queremos sangre, pero tenemos derecho a saber y, por lo tanto, estamos en la obligación moral y política de exigir la apertura de una investigación.

Pues bien, eso es lo que el Tribunal Constitucional trata de impedir. Por eso sostenemos que es un Tribunal fascista que ha dictado una sentencia a la misma altura, la que cabía esperar.

Ahora sólo nos queda esperar que alguien incluya esto, que no son partidos ni son votos, dentro del actual “auge de la ultraderecha”, por un motivo bien sencillo de entender: si los fascistas saben no sólo que tienen garantizada su impunidad por los crímenes que cometan, sino que además nadie va a investigarlos, ¿qué esperamos que hagan?

Ucrania y el ‘holodomor’ por decreto (la sesión de ‘ultraderecha’ para hoy)

Bastante antes del Golpe de Estado de 2014, en Kiev hubo otro golpe fascista que fue calificado a la inversa como “revolución naranja”, tras la cual el gobierno ucraniano aprobó una ley de esas que lo mismo (re)escriben la historia que cualquier otra ciencia, de manera tal que todos los demás son seudocientíficos y se tienen que callar la boca porque de lo contrario van a la cárcel o le queman en la hoguera al más viejo estilo.

A ese tipo de gentuza no se les debería poner una antorcha en las manos, lo mismo que no se les debería dejar aprobar leyes, ni decidir sobre algo, como la historia o la ciencia en general, acerca de lo cual no tienen la más remota noción.

En 2006 Ucrania aprobó una ley que calificaba el “holodomor”, es decir, el hambre padecida en la época soviética de 1932, como un genocidio, de tal manera que quienes negamos tal cosa (“negacionistas”) o la minimizamos hacemos apología de un crimen muy grave, que es delito incluso en España (artículo 607 del Código Penal).

Para los fascistas (ucranianos o no) hay cosas de las que no se puede ni hablar, ni mucho menos discutir, por lo que se confunde la ciencia con la seudociencia y, además, se dogmatiza, se transforma en leyes, sentencias y juicios.

La historia la escriben, pues, los diputados en una votación en la que ganará una mayoría simple, de manera que si gana la contraria, la historia dirá todo lo contrario.

¿Recuerdan Ustedes el juicio de la Inquisición contra las tesis Galileo acerca de si es la Tierra quien da vueltas alrededor del Sol, y no al revés? Pues regresamos otra vez a ese mismo punto.

Aquí hay una línea muy clara: la ciencia (y la historia) tratan siempre sobre asuntos discutibles; la religión sobre los indiscutibles. Cuando a Usted alguien le quiere tapar la boca diciendo que algo es indiscutible, caben tres posibilidades: o es un fraile, o es un fascista, o ambas cosas a la vez.

Es posible que el lector suponga ahora que eso es algo exclusivo de Ucrania, donde la caída de la URSS condujo al fascismo. Se equivoca: dos años después Canadá aprobó otra ley similar, por la que, además, todos los años conmemoran en noviembre el “holodomor”, definido como genocidio, para que quede bien grabado en la cabeza de la población.

Al mismo tiempo el Parlamento Europeo aprobó una resolución parecida “por recomendación de la 10 Reunión de la comisión de cooperación parlamentaria UE-Ucrania”.

Lenin escribió que el imperialismo es una etapa de la historia caracterizada por la descomposición y la degeneración de una clase social, la burguesía, que cae por un precipicio, pero no podía sospechar hasta qué extremo puede llegar, porque no se trata de unos u otros sino de los diputados que dicen representar a países, como Ucrania, Canadá o los de la Unión Europea.

La ley canadiense, por ejemplo, no sólo se refiere a las víctimas del genocidio y a Stalin como deliberado provocador del hambre, sino que recuerda a los “refugiados” que huyeron de ella, es decir, a los fascistas ucranianos que se escondieron en países como Canadá.

Desde hace un siglo, cuantas vueltas demos a la historia tropezamos con los mismos protagonistas, que son los fascistas, los antifascistas y los que no saben lo que son, o no quieren ser ninguna de ambas cosas, o se creen por encima de ellas (que son los peores porque pertenecen al primer grupo y se lamentan cuando se lo recordamos).

En términos sicopatológicos, la reconversión de la historia en material jurídico crea tabúes tanto como tótems o ídolos, en el sentido al que se refirió Bacon, es decir, que son la materia prima de las ideologías, impuestas “democráticamente”, como corresponde, esto es, por decisión parlamentaria.

De ahí se deduce de manera lógica quiénes son los demócratas, como en el caso de los fascistas ucranianos que huyeron de la URSS en los años treinta, y quiénes hacemos apología del genocidio y el stalinismo.

También se deduce quiénes pueden hablar del “holodomor” (los fascistas) y quiénes deben mantener la boca cerrada (los antifascistas), si no quieren que les abran un juicio por apología del genocidio.

Estos últimos deberían tomar buena nota: el “holodomor” tiene la misma categoría que el “holocausto” y si se creen que pueden decir lo mismo de otros genocidios (“todos los genocidios son iguales”), también se equivocan porque el Tribunal Europeo de Derechos Humanos se ha quitado de en medio al genocidio armenio. En su sentencia sobre el Caso Perinçek estableció en 2015 que la negación de dicho genocidio está amparado por la libertad de expresión.

¿A qué viene esa discriminación? La explicación es que los armenios no son judíos, ni fascistas ucranianos; no tienen ese poder político y ese reconocimiento por parte de los imperialistas. Por eso podemos decir contra los armenios lo que no nos atreveríamos contra los judíos y los fascistas ucranianos.

Todo esto es un fascismo que no llega por los votos de tal o cual partido, sino por leyes, juicios y sentencias que dictan quienes se atribuyen el monopolio de la democracia y el respeto a los derechos humanos.

La ración de ‘ultraderecha’ para esta mañana nos llega desde… Estonia

Nazis estonios de la Waffen SS
El gobierno de Estonia ha pedido a Rusia una indemnización de 92.000 millones de rublos por liberarla de la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial, lo cual es más dramático que pintoresco. En las oficinas públicas de Tallin, la capital, consideran que su país estuvo ocupado por la URSS, pero no por el III Reich, aunque cabe pensar en otra posibilidad: no han pedido indemnización a Merkel porque consideran que el III Reich no causó daños a Estonia. Incluso cabe pensar que los únicos que causaron daños a Estonia fueron los soviéticos…

En pleno auge de “la ultraderecha” nos tememos que las cadenas de intoxicación van a mantener esta exigencia estonia en silencio porque demuestra que todo es una patraña: en Estonia “la ultraderecha” no constituye ningún peligro porque los nazis están en el gobierno desde que el país se “liberó” de la “pesadilla soviética”.

Esa es la dosis de realismo para la mañana de hoy que nos aleja de los peligros y temores a “la ultraderecha” y nos acerca a la Unión Europea. En Bruselas los desfiles anuales de los veteranos estonios de la Waffen SS por las calles de Tallin o Riga no molestan y nadie habla de ello porque eso no forma parte del “auge de la ultraderecha”.

Si del realismo pasamos al materialismo (histórico, por supuesto), extraemos conclusiones muy diferentes a las de los mequetrefes del Canal Historia de Movistar (al que califican como el “Canal Hitler”); más bien opuestas.

Estonia entró a formar parte del Imperio Ruso por un tratado de 1721, donde permaneció ininterrumpidamente hasta la revolución de 1917, cuando tuvo un corto período de independencia desde 1921 (pacto de reconocimiento mutuo) hasta la Segunda Guerra Mundial. En 1939, cuando el III Reich desencadenó la guerra mundial, Estonia y la URSS firmaron un pacto de asistencia mutua, en 1940 ingresó en la URSS y al año siguiente fue ocupada por el III Reich.

Al llegar al poder en 1990, los nazis estonios escriben nuevos manuales de “historia” para las escuelas donde esos detalles son sustituidos por otros: Estonia estaba muy a gusto bajo la ocupación nazi porque los había liberado de la URSS y del stalinismo, que asesinó a 49.000 estonios, aunque nadie sabe de dónde sale esa cifra, ni si los mataron sólo por ser estonios o si concurrían otras “pequeñas circunstancias“, como el hecho de formar parte de la Waffen SS. Sólo el primer año de la ocupación, la Wehrmacht creó tres batallones de 1.330 estonios cada uno y los integró en sus filas.

En 1942 la policía nazi de Estonia se componía de 10.400 efectivos. El 36 Batallón de la Policía de Estonia participó en la masacre de judíos de Novogrudok, Bielorrusia. El Batallón Especial Ostland participó en la masacre de judíos en Ucrania y Bielorrusia asesinando a 12.000 de ellos.

En noviembre de 1942 ese mismo batallón, junto con el ejército alemán, llevó a cabo operaciones contra la resistencia guerrillera en Ovrutch, donde más de 50 aldeas fueron destruidas y más de 1.500 personas asesinadas. En una de ellas, 40 campesinos fueron quemados vivos.

Los policías estonios ejercieron de carceleros en algunos campos de concentración de Europa central, y especialmente en Ucrania, participando activamente en las matanzas. El 5 de septiembre de 1942 un convoy de 1.000 judíos procedentes del campo de concentración de Theresienstadt, establecido por la Gestapo en lo que hoy es la República Checa, fue asesinado por la policía estonia en Kaasiku.

En el campo de concentración de Kooga, en Estonia, custodiado por el 287 Batallón de la policía estonia, varios miles de judíos procedentes de los campos de Vilnius, Transilvania y otros fueron fusilados por los estonios, justo antes de que llegara el ejército soviético.

En Estonia la historia de verdad relata que tras la ocupación, la Abwehr, el espionaje nazi, y el SD, llevaron a cabo 5.033 redadas, detuvieron a 41.135 personas y asesinaron a 7.357 personas sólo en Sinimae.

Cuando el ejército alemán tomó Tartu, asesinó a 12.000 oficiales soviéticos, prisioneros de guerra y civiles.

En 1943 los alemanes reestructuraron a sus peones estonios para llevar a cabo las operaciones Henrich y Fritz contra la guerrilla soviética.

Por orden directa de Hitler, al año siguiente se formó la 20 División de las SS estonias, a la que se unieron varios cuerpos hasta formar un contingente de más de 15.000 efectivos que participó en la lucha contra el ejército soviético y fue diezmado implacablemente.

El 13 de enero de 1945 sus restos fueron enviados a Wittenberg para continuar combatiendo contra el ejército soviético en Alemania hasta el último minuto de la guerra. Se retiraron hacia Checoslovaquia, donde los soviéticos capturaron a unos 10.000 de ellos cerca de Praga. Otros 3.000 lograron huir hacia el oeste, donde los británicos y estadounidenses los acogieron como “refugiados políticos” que habían huido del “terror stalinista”.

En total, durante la Segunda Guerra Mundial, unos 70.000 estonios lucharon junto a los nazis, asesinando a unas 150.000 personas.


1940: manifestación en Riga, Letonia, exigiendo el ingreso en la URSS

El fascismo se nutre del miedo a ‘la ultraderecha’ precisamente

Valencia, 1981: los tanques en la calle
Volvemos una y otra vez con variaciones sobre el mismo tema, frente a quienes pretenden inculcarnos que “la ultraderecha” son esos (y sólo esos) partidos xenófobos y matones callejeros. No; alguien tiene que ponerles en el centro del escenario para que los espectadores les voten.

Se llama prensa, medios de comunicación, cadenas de radio y televisión, internet, redes sociales y tertulianos, a su vez dirigidos por empresas de imagen, publicidad y relaciones públicas, es decir, por capitalistas que invierten su dinero en negocios rentables.

Donde hay un fascista hay también una capitalista y un “experto” en comunicación que fabrica una marca política como quien fabrica una marca comercial. Luego el votante va a las urnas como el consumidor al súper del barrio.

En el mundo moderno, pero muy especialmente en el periodismo, no importa la calidad sino la cantidad; no importa que hablen mal de “la ultraderecha”. Lo importante es que hablen, aunque sea de algo insignificante como Vox, de quienes nadie se acordará dentro de muy poco tiempo.

Uno de los aspectos más importantes de la intoxicación informativa son las maniobras de distracción, llevar la atención hacia los aspectos anecdóticos de la realidad. En un escenario abrumado por la cantidad, es algo muy sencillo.

La intoxicación es como el dios bíblico, capaz de crear a partir de la nada. ¿Cómo se convierte la nada en “algo”? También es bastante sencillo: “la ultraderecha” es un peligro, luego ya es “algo”.

En España hemos conocido experiencias de ese tipo, de la mano de Carrillo y el PCE que inmediatamente después de la transición ocultaron su pacto con UCD, el partido de gobierno, con una alarma fraudulenta hacia lo que entonces era AP, Alianza Popular, calificada de “franquista”.

Para ocultar la realidad presente no hay nada mejor que inventar un peligro futuro. La falta de memoria histórica consigue lo demás. Reconvertidos en PP, aquellos “franquistas” de los que nos hablaba el PCE no gobernaron hasta 20 años después, pero entonces nadie se acordó de que eran “franquistas”, es decir, que ya no eran un peligro sino una realidad.

Por eso tuvieron que inventar otros peligros y otros franquistas y neofranquistas que hacen buenos a los anteriores porque el miedo, esos grandes peligros que nos acechan, guardan la viña. Es mejor no despertar al monstruo franquista; quedémonos como estamos.

El miedo al franquismo es la historia misma de la transición. Para sacar a aquella generación de la calle hubo que inventar toda clase de peligros, riesgos y miedos, como el “ruido de sables”, es decir, la amenaza permanente de un golpe de Estado militar. “¿No os gusta esta Constitución?, ¿no os gustan los Pactos de la Moncloa?, ¿no os gusta UCD?” Entonces recurrían al 23-F, a Tejero, y a lo que calificaban como “búnker”.

Era mentira; nunca hubo una cosa (transición) o la otra (franquismo). Era todo parte de lo mismo. De ahí que el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 haya sido justamente calificado como un “autogolpe”. En la transición todo se lo guisaron y se lo comieron entre los mismos: los franquistas.

Igual que la transición, el “autogolpe” cumplió su papel: no sólo no desestabilizó sino que ayudó a consolidar el fraude político, mientras la “oposición domesticada” enterraba la cabeza bajo tierra de manera definitiva.

Este fin de semana los fascistas convocaron un acto para honrar la
memoria del coronel Yagüe, el asesino en masa de Badajoz, para lo cual
no se aferran a la imagen de Franco, ni a la Hitler sino a la del rey Felipe VI.

Polonia recuerda a medias a los héroes de la fuga del campo de concentración de Sobibor

La semana pasada Polonia celebró el 75 aniversario de la fuga del campo de concentración de Sobibor, cerca de Lublin, un acontecimiento único en la historia de la Segunda Guerra Mundial.

El 14 de octubre de 1943 se fugaron del campo de concentración de Sobibor 300 prisioneros, de los que sobrevivieron 50. El resto, por desgracia, fueron capturados y devueltos a la prisión para ser castigados con una severa reprimenda (en la que se incluyó, en muchos casos, la muerte).

Uno de los fugados, Thomas Toivi Blatt, fallecido el año pasado, se hizo famoso en 2011 por testificar contra John Demjanjuk, un soldado ucraniano de las SS acusado de crímenes de guerra por asesinar a cientos de personas en el campo. Lo mismo que Demjanjuk, unos 30 guardias de las SS que cuestodiaban el campo eran ucranianos.

Entre 1942 y 1943 en Sobibor fueron asesinados unos 250.000 presos.

Lo que ocultaron las celebraciones oficiales es que la fuga la organizó Alexandre Petcherski, teniente del Ejército Rojo. El plan no podía ser más sencillo. Consistía en atraer, bajo la excusa de que se probaran algunas joyas del taller de alfarería y ropajes, a los comandantes más importantes hacia lugares apartados para asesinarlos y apoderarse de sus armas.

Posteriormente, con la ayuda de un “Kapo” (cabo de vara, un cargo que se le daba a los presos que colaboraban con los nazis en los campos) pretendían salir por la puerta principal haciendo creer a las tropas que tenían que salir a trabajar fuera del recinto.

Sin embargo, los oficiales del campo fueron alertados de que en los campos de Varsovia había rumores de fuga entre los prisioneros, por lo que enviaron a Sobibor un regimiento de las SS para prevenir cualquier motín.

Tras ser descubiertos, los presos derribaron las alambradas. A continuación, 400 de ellos corrieron hacia un bosque de los alrededores para escapar de los carceleros. No obstante, las miembros de las SS salieron tras ellos y capturaron a unos 250.

Algunos se ocultaron hasta que terminó la guerra, pero la mayoría se dirigió hacia la Unión Soviética para unirse a la guerrilla.

Las celebraciones oficiales de la fuga también se olvidaron de la película dirigida en 1987 por el cineasta soviético Konstantin Jabensky: “Escape de Sobibor”. Hoy se puede ver completa en este enlace:

https://www.youtube.com/watch?v=z5y6DOQsvGY

¿Más vale el fascismo conocido que el fascismo por conocer?, ¿o es al revés?, ¿o ambas cosas?

Lo bueno que está teniendo este “auge de la ultraderecha” es que la propia burguesía -que es quien se hunde en el abismo fascista- se ha tenido que poner a explicar el fenómeno como si se tratara de algo ajeno a ella misma, con lo cual caracteriza a “la ultraderecha” por puntos de partida absolutamente ilusorios.

1 El primero es que aceptan la autodefinición que “la ultraderecha” hace de sí misma, que es verborreica más que ideológica: nacionalismo, xenofobia, clericalismo, antieuropeísmo, homofobia, extremismo… Otros prefieren hablar de “populismo” o de “grupos de odio” que nunca salen del terreno de las autodefiniciones (“los partidos son aquello que dicen de sí mismos”), de la retórica, las frases, las consignas…

Es el colmo de la superficialidad. A falta de argumentos históricos, los plumíferos no son capaces de ir más allá del postureo y la gestualidad. Leen los programas, comprueban las pancartas y las banderas o las consignas, lo que da lugar a titulares periodísticos tan ridículos como el siguiente:

La ultraderecha belga celebra su triunfo municipal con saludos nazis
https://www.lavanguardia.com/internacional/20181015/452360478601/ultraderecha-belga-victoria-ninove.html

Pero siguiendo con la argumentación gestual: si la ultraderecha hace el saludo nazi, ¿no será porque es nazi? Y si es nazi, ¿por qué la llaman “ultraderecha”? Como ven, el titular es tan grotesco que lo mismo podrían haber escrito esta redundancia:


‘Los nazis belgas celebran su triunfo municipal con saludos nazis’

2 El segundo es que se creen que es algo nuevo, sin raíces históricas. No hay que confundir a “la ultraderecha” con los fascistas de viejo cuño, dicen. Por eso utilizan el prefijo “neo” para hablar de neonazis: no son los viejos nazis de toda la vida; son nazis “nuevecitos”.

Eso también da a entender que los “ultras” nunca han llevado las riendas del Estado, ni siquiera en España. Por lo tanto, no tienen responsabilidades históricas, ni hacia el viejo franquismo, ni hacia los gobiernos “democráticos” habidos hasta la fecha. Hasta ahora lo que ha ocurrido es responsabilidad de los “moderados” y los “centristas”.

Pero vean esa vieja portada de Diario 16, cuando calificaba de “neofranquista” al PP y sus fundadores daban vivas al criminal Franco. Hoy este tipo de titulares son inimaginables. Los franquistas son los de Vox, o los de Ciudadanos. Sin embargo, a ningún periódico se le ocurre catalogar al PP como “neofranquista”.

La búsqueda de nuevos adjetivos para viejos sustantivos quiere decir, como ya hemos defendido en otra entrada, que aunque los fascistas nunca han gobernado hasta ahora, están a punto de hacerlo, lo cual podría ser una catástrofe.

Eso es injusto: si son los “ultras” tan “nuevos” merecerían una oportunidad; habría que dejarles hacer, darles un margen de confianza…

Es evidente que en este punto los charlatanes de la sociología política incurren en una contradicción: saben que “los ultras” no son unos recién llegados, sino el fascismo puro y duro de toda la vida. Por eso les tienen miedo. A pesar de ello, dicen una cosa distinta.

Tienen miedo a los nuevos fascistas porque en el futuro puede ocurrir algo inédito: la represión siempre había recaído sobre unos cuantos y a nadie le importó nada. Sin embargo, ahora los “ultras” amenazan con extenderla a todos los demás y eso ya son palabras mayores. Es mejor que gobiernen los de siempre para que los palos tambien los aguanten los de siempre.

Pongamos un ejemplo: con “la ultraderecha” no va a haber más torturas que antes; va a haber más torturados. A quienes hasta ahora han aguantado los palos en las costillas les da lo mismo que los golpes se los propine uno (demócrata) que otro (fascista). Las torturas duelen igual. La cuestión no es ésa sino a quién le duelen.

De ahí deriva la consigna reformista del momento: “más vale el fascismo conocido que el fascismo por conocer”.

3 El tercero ya lo expusimos en la entrada que publicamos ayer: “la ultraderecha” es un movimiento al margen del Estado y de la política vigentes, que crece porque hay muchos que les votan. En los países “democráticos”, como el nuestro sin ir más lejos, los partidos nacen, se reproducen y mueren por generación espontánea. Triunfan si tienen muchos votos y fracasan en caso contrario.

La “culpa” del auge o la crisis del fascismo la tienen los que le votan. Por ejemplo, en la página de Público, Claudio Zulian ponía la línea de salida del Frente Nacional en Francia en las elecciones presidenciales de 2002, cuando lograron alcanzar la segunda vuelta. Lo cierto es que alguien llevó a Le Pen hasta ese punto, como alguien llevó a Hitler hasta la cancillería en 1933, y es evidente que no sólo fueron los votos, como ya hemos expuesto en otra entrada.

4 El cuarto deriva del anterior: deicen que los votantes de “la ultraderecha” proceden de los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Incluso algunos van más allá: aunque nunca utilizan la palabra “obrero”, la sacan a relucir para sostener que son ellos los que votan a “la ultraderecha”.

Moraleja: si en lugar de votar a “la ultraderecha”, los obreros votaran a candidatos de “la izquierda”, como Podemos, por poner un ejemplo, entonces en España todo cambiaría.

Pero hay que volver a la historia: nadie se acuerda que eso ya ocurrió en 1982, cuando el PSOE obtuvo más de 10 millones de votos, logró la mayoría absoluta por primera vez y lo cambió todo: creó el GAL, nos metió en la OTAN, impulsó la reconversión y el desmantelamiento industrial…

Ante este tipo de experiencias, de las que nadie habla, ¿para qué votar a “la izquierda”? Es más, ¿para qué votar?

5 El quinto es un silencio clamoroso: el auge del fascismo no tiene nada que ver con el imperialismo. Si se quiere se puede decir de una forma aún más penosa: como el fascismo es un fenómeno puramente nacional y nacionalista, su aspecto internacional desaparece, por lo que las potencias, como Estados Unidos, desaparecen del escenario.

El descubrimiento de la red Gladio en los noventa demostró otra cosa bien diferente: el fascismo, el imperialismo, la OTAN y Estados Unidos son dedos de la misma mano.

Es algo que llama la atención: los fascistas, que presumen de ser tan nacionalistas, jamás han levantado la voz para protestar por la existencia de bases militares extranjeras en suelo español, ni por la reconversión del sacrosanto ejército “español” es un apendice de la OTAN. En los cuarteles ya no ondea la enseña “Todo por la Patria”, que han sustituido por “Todo por la OTAN”.

Cuando se analiza el fascismo no como un fenómeno sólo local sino también internacional, queda claro lo que dijeron siempre los comunistas: que en todas partes el imperialismo conduce siempre al fascismo y, por lo tanto, que una cosa no se puede separar de la otra.

Más información:
– El fascismo avanza si no se le combate
– El crecimiento del fascismo en Europa no es un peligro; es una realidad
– Fascismo 2.0: de aquellos polvos vienen estos lodos
– Chocolate con churros y una ración de ‘ultraderecha’
– No hay delitos de odio sino crímenes fascistas
 

El batallón de gudaris comunistas ‘Rosa Luxemburgo’

Amaya Ibergallartu cree que su abuelo era pelirrojo. También sabe que peleó con el batallón Rosa Luxemburgo hasta que cayó bajo las balas del franquismo. Le gustaría ponerle cara, pero no tiene ninguna foto. Es el miliciano sin rostro. Quizás por eso, esta historiadora vizcaína afronta una tarea titánica: reconstruir qué pasó con Higinio Ibergallartu y con el resto de combatientes de esta agrupación que defendieron la libertad hasta las últimas consecuencias. La cosa va para largo.

“Esta es mi vida paralela”, dice Amaya a media tarde. Faltan pocas horas para que ofrezca una charla en Sestao, invitada por la asociación memorialística Gogoan. Y si algo tiene ella, es memoria. También ganas de caminar hacia la verdad, esa misma verdad que primero la dictadura y luego la transición le negaron por completo. “Todo empezó porque uno de mis abuelos, Higinio, había muerto en la guerra civil. No sabíamos exactamente de qué batallón era, así que me puse a investigar”, relata esta historiadora.

Así arrancó su otra vida. La que empieza cuando vuelve del trabajo y se adentra en los misterios y preguntas sin respuestas sobre uno de los batallones comunistas que peleó contra el franquismo en Euskadi. Cuando Ibergallartu descubrió que su abuelo había estado en el Rosa Luxemburgo, inició la búsqueda de distintos documentos originales relacionados con esa agrupación. “Se trata de uno de los batallones que se fueron creando en la evolución que hubo desde el 18 de julio de 1936, cuando la gente concienciada con los problemas de clase o inquietud política se lanzó a defender la República”, afirma la investigadora.

De esa manera, consiguió elaborar una lista con casi 1.400 nombres de sus integrantes. “Me di cuenta que quizás había más familias con el mismo interés, así que sentí la obligación de compartir esta información”, relata. Como respuesta a esa inquietud nació el primer blog dedicado en cuerpo y alma al Batallón Rosa Luxemburgo, bautizado así en homenaje a la mítica pensadora y activista comunista.

Fruto de su investigación, Ibergallartu logró determinar que su abuelo murió el dos de diciembre de 1936 en el marco de la ofensiva de Villarreal, uno de los episodios bélicos más sangrientos que se registraron en Bizkaia. De hecho, se estima que allí murieron cerca de mil milicianos. Los restos de Higinio, quien a finales de octubre había enviado una carta a su mujer desde el frente –ese papel roto es uno de los tesoros que guarda su nieta–, nunca fueron localizados.

“Todo indica que lo mataron durante la defensa del pinar, que ese día fue recuperado por los fascistas. Allí cogieron a 24 prisioneros, entre los que había 16 de su batallón. Mi abuelo murió allí”, dice la investigadora. En ese contexto, el número de compañeros del Rosa Luxemburgo que fueron asesinados durante la guerra resulta difícil de estimar, aunque podría superar fácilmente el medio millar. “Tenía 1.400 miembros, y en la última nómina hay 700. No quiero decir que haya muerto la mitad del batallón, aunque tampoco estaremos muy lejos”, señala.

El trabajo se plantea inmenso. Ibergallartu admite que le llevará años “saber qué pasó con cada uno de ellos”. Así y todo, lo intentará. De momento, la historiadora está elaborando fichas de los distintos milicianos. Su objetivo es determinar si cayeron bajo las balas del franquismo cuando formaban parte del Rosa Luxemburgo o si cambiaron de batallón. De momento, el número oficial de muertos que se deduce del listado de víctimas del Gobierno Vasco asciende a 109, pero la nieta de Higinio está convencida de que son “muchísimos más”. Su meta será ponerles rostro.

https://www.publico.es/sociedad/guerra-civil-batallon-rosa-luxemburgo-sale-olvido.html

 

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