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Auge de las huelgas obreras en Estados Unidos

Decenas de miles de trabajadores estadounidenses, cansados del deterioro de sus condiciones laborales, que se han deteriorado durante el confinamiento, especialmente por un exceso de horas extras.

Es difícil saber el número exacto de huelgas, ya que el gobierno estadounidense sólo registra las que implican a más de 1.000 trabajadores. Pero la tendencia ha sido claramente ascendente desde el movimiento de los maestros de Virginia Occidental en 2018.

Desde el jueves, 10.000 trabajadores del fabricante de tractores John Deere están en huelga, 1.400 del fabricante de cereales Kellogg’s desde el 5 de octubre y más de 2.000 trabajadores del hospital Mercy de Buffalo desde el 1 de octubre.

Unos 31.000 trabajadores del grupo sanitario Kaiser, en la costa oeste de Estados Unidos, también amenazan con dejar de trabajar en breve.

Esta mañana, a última hora, el sindicato audiovisual IATSE ha llegado a un acuerdo con los estudios de Hollywood para desconvocar la huelga de 60.000 trabajadores que estaba convocada para mañana.

En las redes sociales el movimiento ya tiene un nombre: “Striketober”, contracción de “strike” (huelga) y “october” (octubre).

Durante la pandemia, para compensar las numerosas ausencias, “sacrificamos tiempo con nuestras familias, nos perdimos los juegos de los niños, nos perdimos las cenas, para asegurarnos de que las cajas de cereales estuvieran en las tiendas”, dijo Dan Osborn, mecánico de Kellogg’s durante 18 años.

El presidente del sindicato local de la BCTGM se siente engañado. “No pedimos aumentos salariales”, dice. A los trabajadores les importan las largas horas de trabajo y se oponen a la generalización de una categoría de asalariados que no tienen acceso a las mismas prestaciones y a la supresión del ajuste automático de los salarios al coste de la vida, un punto importante en un momento de alta inflación.

La mayoría de los huelguistas “reclaman mejores condiciones de trabajo”, señala una especialista en movimientos laborales de la Universidad de Cornell. “Las empresas obtienen más beneficios que nunca y piden a los trabajadores que trabajen más que nunca”, afirma. Pero ante unos empresarios que se niegan a transigir, los trabajadores “son menos propensos a aceptar convenios colectivos que no satisfagan sus necesidades”, señala.

“Cuantas más huelgas tienen éxito, más huelgas se inician, porque la gente empieza a creer realmente que puede ganar y está dispuesta a arriesgar sus salarios o sus puestos de trabajo”, afirma Josh Murray.

La huelga de Kellogg’s se suma a la realizada en julio por 600 trabajadores de una fábrica de pasteles de aperitivo de Frito-Lay en Kansas, filial de PepsiCo. Dejaron de trabajar durante 19 días para obtener, entre otras cosas, la garantía de un día libre a la semana y aumentos de sueldo.

Tras cinco semanas de huelga, un millar de huelguistas de la empresa de aperitivos Nabisco, filial del monopolio Mondelez, obtuvo en septiembre sus rivindicaciones.

En los últimos años los trabajadores se han beneficiado del auge de diversos movimientos sociales con los que han podido asociarse, como el sindicato de hostelería de Arizona, Unite Here, que ha logrado organizar a los inmigrantes.

Huelga de los estibadores italianos contra el pasaporte sanitario

A partir de hoy todos los trabajadores italianos deben presentar un pasaporte de vacunas, llamado “tarjeta verde”, para no ser despedidos y la respuesta ha sido una huelga que ha comenzado por los estibadores portuarios, que esta mañana han comenzado a bloquear puertos, como los de Génova o Trieste.

Los estibadores de Trieste, donde el 40 por ciento de los trabajadores no han sido vacunados, han amenazado con bloquear la actividad, mientras que es posible que se produzcan interrupciones en el transporte por carretera.

Luca Zaia, presidente de la región de Véneto, ha advertido del caos que se cierne sobre la economía italiana a partir de hoy. Existe un riesgo real de bloqueo, especialmente en determinados sectores de actividad en los que muchos trabajadores no están vacunados o han recibido vacunas, como la rusa Sputnik, que no están homologadas.

El 15 de setiembre, el Presidente del gobierno, Mario Draghi, anunció la obligatoriedad del pasaporte para todos los trabajadores del país, dando un mes de plazo a los que se hubieran negado.

Es una medida de presión para convertir la vacuna en obligatoria, aunque la “tarjeta verde” es válida con una prueba negativa de menos de 48 horas o a la prueba de recuperación del “covid”, es decir, que obliga a los trabajadores a someterse a pruebas permanentes de coronavirus con un precio de 15 euros por cada una de ellas.

Los estibadores amenazan con bloquear el puerto de Trieste, el más importante del noreste de Italia, y paralizar gran parte del transporte del país, a pesar de un acuerdo para que sus pruebas sean gratuitas.

Hay unos 3,3 millones de trabajadores no vacunados, de los que 344.000 son funcionarios de la administración pública, 2,2 millones del sector privado y 740.000 profesionales autónomos. Ivano Russo, director general de Confetra, la Confederación General Italiana del Transporte y la Logística, dijo que de un total de 900.000 camioneros, mensajeros y almacenistas, “entre el 25 y el 30 por ciento”, no tienen pasaporte sanitario.

Miles de personas se manifestaron el sábado en Roma contra esta medida y el gobierno ha advertido que no está dispuesto a que se repitan los disturbios.

Los trabajadores y las empresas se arriesgan a ser multados si no cumplen con la imposición. Los trabajadores del sector público pueden ser suspendidos si se presentan cinco veces en su puesto de trabajo sin la “tarjeta verde”, que ya es necesaria para entrar en museos, teatros, gimnasios y restaurantes cubiertos, así como para tomar trenes y autobuses de larga distancia o vuelos nacionales.

Los diputados y senadores están exentos de presentar el pasaporte sanitario.

Los motivos de una huelga que no sale en los medios: Financiera El Corte Inglés

“Estuve medio año de baja por depresión”, cuenta Cristina. “Cuando entré a trabajar, pesaba 76 kilos, y cuando me di de baja llegaba a los 115”. La joven resume así los efectos que el ritmo y el ambiente de trabajo en la Financiera El Corte Inglés (FECI) tuvieron sobre su salud. Sus compañeros Diego, Paco (nombre ficticio) y José (nombre ficticio) son contundentes al calificar las condiciones laborales en esta empresa: “Precariedad”, “acoso laboral”, “explotación”, “miseria” y “mobbing” son algunas de las palabras que utilizan.

Cristina, Diego, Paco y José son miembros de la Coordinadora Sindical de Clase (CSC), que intenta ejercer de contrapeso a FASGA y FETICO, sindicatos mucho más próximos al coloso empresarial. En FECI, explican, cada trabajador atiende una media de 90 llamadas al día. En el momento en que tuvo lugar el expediente de regulación temporal de empleo (ERTE) convocado a consecuencia de la pandemia, había en plantilla “882 empleados para 11 millones de clientes, y no todos atienden llamadas”.

Todo esto se traduce en presión y estrés constante para los empleados, además de una actitud fiscalizadora por parte de los superiores que en ocasiones cruza la línea: “Se producen situaciones de acoso personal”, denuncia José.

Sueldos y riesgos laborales

La inmensa mayoría de los trabajadores de FECI están lejos de llegar a mileuristas. Diego, que ostenta el cargo de coordinador, es el único que percibe un sueldo ligeramente superior a los 1.000 euros al mes. Cristina, que trabaja 30 horas semanales, se queda en 600.

Unos emolumentos que consideran “míseros” y que no compensan la dura rutina laboral en unos centros de trabajo que, denuncian, incumplen sistemáticamente la normativa de riesgos laborales. Y no sólo en relación a las pausas para descansar -cuentan con 10 minutos para toda la jornada, que se desarrolla siempre frente a una pantalla de visualización de datos-, sino también a las condiciones del entorno, las cuales, aseguran, les ponen en peligro.

“He puesto, hasta el momento, 10 denuncias por incumplimiento de la ley 31/1995 sobre prevención de riesgos laborales”, dice Cristina, que ejerce de delegada de prevención de riesgos laborales. Cuenta que en la oficina de Serantes (Madrid), “el techo se ha desplomado dos veces ya y no había barandillas de seguridad hasta que lo puse en conocimiento de Inspección de Trabajo”. Diego agrega que llegó a producirse un incendio bajo la sala “y tardaron en desalojar a los empleados 30 minutos, pese a que estaban expuestos al humo”.

Los útiles de trabajo no salen mejor parados: en plena pandemia, los empleados de distintos turnos compartían ratones, teclados y micrófonos, careciendo éstos de espuma protectora. “Tras el estallido de la covid y hasta el confinamiento total, más de 400 trabajadores seguíamos compartiendo el material, no querían darnos útiles individuales”, señala Cristina. “Llegamos a compartir las esponjillas de oreja de los auriculares hasta que Cristina consiguió que dieran recambios”, recuerda Diego.

Respecto a la actitud de la empresa ante las quejas que interpone Cristina como delegada de prevención, la joven es taxativa: “Caso omiso”.

El convenio-estafa

Sin embargo, la reivindicación que CSC ha llevado como estandarte para las huelgas convocadas a principios de abril y mayo ha sido el “convenio-estafa” firmado el pasado mes de marzo por FECI y los sindicatos FASGA y FETICO, a los que acusan de “lacayos” y de haberse “vendido” a los intereses de la empresa.

El convenio colectivo que anteriormente se aplicaba a los empleados de la compañía era el de grandes almacenes, a pesar de que las funciones que realizan son las propias de una empresa crediticia y que un banco, el Santander, posee el 51 por ciento de las acciones. CSC siempre denunció que la aplicación incorrecta de ese convenio estaba hecha a medida de los intereses de FECI, en perjuicio de los de la plantilla.

El pasado marzo la empresa acordó con los sindicatos FASGA y FETICO un nuevo texto. El contenido del mismo fue la gota que colmó el vaso para CSC, que decidió ir a la huelga. Afirman que se trata de un simple “corta y pega” del convenio de grandes almacenes, y que su verdadero cometido es “eliminar todos los complementos históricos de la plantilla y no subir ni un solo euro en salarios gracias a la absorción de complementos”.

Por su parte, Eduardo Prieto, responsable de la sección sindical de FECI y jefe regional de FETICO Madrid, con quien nos hemos puesto en contacto, declara con rotundidad que estas afirmaciones son “falsas”.

“Evidentemente hay cuestiones organizativas que no se han modificado, y además las estructuras del estatuto de los trabajadores hacen que todos los convenios se ‘parezcan’ en materias tales como: desconexión digital, teletrabajo, registro salarial, registro de jornada, libranzas de calidad o planes de igualdad y protocolos de acoso”, explica Prieto. “Todas estas cuestiones evidentemente figuran en ambos convenios. Sin embargo el sueldo en FECI ha crecido entre un 3 y un 31,79 por ciento dependiendo de los años de presencia en la empresa (en grandes almacenes un 2 por ciento), se han bajado 8 horas de trabajo (en grandes almacenes ninguna) o se disfrutan 8 fines de semana de calidad (en grandes almacenes 6). No le veo la verdad, ningún parecido a estas cifras”.

Prieto zanja la cuestión aludiendo al “desconocimiento legal” de CSC y acusando a esta agrupación de “demagogia sindical de mercadillo”.

Una picadora de carne

Ante estas afirmaciones, Diego habla por CSC al replicar que el “truco” del nuevo convenio está en el sistema de complementos. “Todos los complementos salariales que tú tenías antes del convenio son absorbibles, así que se quedan casi igual”.

“Si, por ejemplo, tú tenías 950 euros de salario y un complemento de 50, se aumenta un poco salario y sigues cobrando 1.000, pero de salario base”, explica. “Sólo la poquísima gente que lleva muchos años se ha visto beneficiada”.

Y es que, según CSC, la Financiera El Corte Inglés no es una empresa para hacer carrera. Responde más bien al modelo “picadora de carne”, con una empleabilidad de alta rotación: “En el centro de Serantes, entre el 40 y el 60 por ciento de la plantilla son eventuales”, desvela Diego. “A lo largo del año, hay 400 altas y otras tantas bajas en ese centro”.

Aquellos que aguantan son, en su inmensa mayoría, ajenos a la disputa sindical, pero no a los efectos del desgaste. Cristina cuenta que no ha sido la única, ni mucho menos, en pagar con su salud las consecuencias de un cóctel formado por un ritmo de trabajo frenético y un ambiente tóxico: “Hay muchas bajas por depresión”.

José Sánchez Mendoza https://abusospatronales.es/casos-de-abusos-patronales/financiera-el-corte-ingles-los-motivos-de-una-huelga-que-no-sale-en-los-medios/

Hartos de la pandemia, los trabajadores comienzan una oleada de huelgas en Estados Unidos

La agitación laboral del verano en el sector de alimentos procesados en Estados Unidos se ha extendido al otoño, en el que trabajadores hartos de la pandemia han seguido declarándose en huelga para exigir mejores salarios.

Unos 1.400 empleados de las plantas de cereales de Kellogg Co. en Estados Unidos paralizaron actividades esta semana tras señalar que las negociaciones con la compañía sobre sueldos y prestaciones se habían estancado. En Kentucky, una huelga de 420 trabajadores de Heaven Hill Distillery ya lleva cuatro semanas.

Estos paros laborales siguieron a las huelgas en el verano de 600 trabajadores en las instalaciones de Frito-Lay en Topeka, Kansas, y de 1.000 empleados en las plantas de Nabisco en varias partes de Estados Unidos. En junio, Smtihfield Foods logró evitar por escaso margen una huelga de miles de trabajadores en una planta en Sioux Falls, Dakota del Sur.

El número de huelgas es inusual. Kellogg señala que es la primera vez que sus empleados de procesamiento de cereales en Estados Unidos se declaran en huelga desde 1972. La ocasión anterior en que los trabajadores de Nabisco pararon sus labores fue en 1969.

Pero después de 18 meses difíciles, en los que muchos trabajaron turnos de 12 horas y tiempo extra obligatorio para satisfacer la demanda durante la pandemia, los trabajadores no tienen ánimo para efectuar concesiones.

“Estamos pintando una raya”, dijo Rob Long, mecánico de producción que trabaja desde hace 11 años en la planta de Kellogg en Omaha.

Long señaló que él y otros trabajadores están molestos por un sistema de dos niveles de empleados que le da menos prestaciones y paga a los nuevos, lo que crea una brecha entre el personal. Long señaló que la empresa desea eliminar una disposición que actualmente limita a los trabajadores del nivel inferior a 30 por ciento de la plantilla.

Después de décadas de ver a las empresas reducir salarios y prestaciones, los trabajadores del sector de alimentos procesados consideran que tienen una inusual ventaja debido a la pandemia, dijo Patricia Campos Medina, directora ejecutiva del Instituto de los Trabajadores en la escuela de Relaciones Industriales y Laborales en la Universidad Cornell.

La escasez de mano de obra significa que las empresas no pueden sustituir con facilidad a los trabajadores de la producción de alimentos, agregó. Y la pandemia atrajo la atención a la naturaleza esencial y a veces peligrosa de su trabajo.

“Los trabajadores en general están exigiendo a las empresas que inviertan más en la fuerza de trabajo y que no sólo se lleven las ganancias para los accionistas”, agregó.

—https://apnews.com/article/noticias-3de3bc25701df8dafb6a077bd3c6ac9e

Huelga de los 60.000 trabajadores de Hollywood por primera vez en la historia

Son los miles de nombres sin brillo de estrellas que llenan los títulos de crédito y permiten entender el esfuerzo conjunto que son una película o una serie; hombres y mujeres sin cuyos trabajos detrás de los focos, desde operando cámaras o en la sala de montaje hasta asistiendo en los guiones o vistiendo y maquillando a los actores y construyendo decorados, las pantallas estarían vacías. Por primera vez en los 128 años desde que empezaron a organizarse sindicalmente en Estados Unidos están dispuestos a paralizar casi completamente la industria audiovisual en el país si los productores y grandes estudios no les dan unas condiciones laborales más dignas o, simplemente, razonables. Y Hollywood tiembla.

El lunes, dos semanas después de que se rompieran las duras negociaciones que desde hace meses mantenía el sindicato IATSE con la Alianza de Productores de Cine y Televisión (AMPTP por sus siglas en inglés) para renovar convenios de tres años que expiraron en julio, más de 57.000 trabajadores del cine votaron abrumadoramente a favor de respaldar la huelga. Son el 99% de los miembros de esa unión con 150.000 afiliados en Estados Unidos y Canadá a los que afectan los contratos en disputa, en Los Ángeles y a nivel nacional, y que se registraron para votar.

Con esa señal de unidad dotaron a sus dirigentes de una herramienta de negociación poderosa, que hizo inmediatamente a los representantes de estudios y plataformas volver a las conversaciones, que se reiniciaron el martes.

Sobre la mesa han puesto reclamaciones básicas: sueldos dignos para los trabajadores peor pagados, incrementos salariales y participación en beneficios por algunos trabajos en “nuevos medios” (en alusión a los servicios de “streaming”). Piden también periodos más largos de descanso entre turnos y en fines de semana que acaben con “horarios laborales excesivamente inseguros y dañinos” y reclaman que se refuercen las obligaciones de los estudios para dar a los trabajadores tiempo para comer en los maratonianos rodajes, incrementando las multas si no se ofrecen esas pausas (castigos que ahora son tan bajos que algunos productores incluso los asumen y los incluyen en sus presupuestos).

De momento el diálogo continúa, pero la amenaza de un paro existe. Los trabajadores se muestran más decididos que nunca a reivindicar derechos laborales, especialmente después de la pandemia. Han pasado meses denunciando para quien quiera escucharles las condiciones en que trabajan, usando el altavoz de las redes sociales para exponerlas, especialmente en una cuenta de instagram donde más de mil han expuesto historias de horror.

Con su campaña pública se han ganado apoyos y respaldos. Los han tenido, por ejemplo, de otros miembros de la industria, desde nombres destacados como Octavia Spencer, Jane Fonda o Danny DeVito hasta de los dirigentes de sindicatos de directores, guionistas y actores (cuyos convenios también deben renegociarse pronto). Su lucha resuena también en despachos oficiales y la AMPTP han llegado una carta firmada por 120 congresistas en Washington, otra de 30 senadores de Nueva York y una más de 50 representantes en la legislatura estatal de California apoyando las reclamaciones de los trabajadores y urgiendo a una negociación “justa”.

En un comunicado tras la votación del lunes Matthew Loeb, el presidente del sindicato, aseguró que el objetivo final es llegar a un acuerdo pero también explicó que en el fondo la votación aborda cuestiones de “calidad de vida así como sobre la salud y seguridad de los que trabajan en la industria del cine y la televisión”. El dirigente sindical también calificó de “incomprensible” que una patronal que incluye “megacorporaciones que valen miles de millones de dólares, alegue que no puede cubrir para los equipos que trabajan tras las cámaras necesidades básicas como [horas de] sueño adecuado, paros de comida y sueldos que permitan vivir”.

Los estudios defienden que ya habían ofrecido respuesta a algunas de las peticiones sindicales, como un acuerdo para financiar un déficit de 400 millones de dólares en su fondo de pensiones y de cobertura médica, algunas ligeras subidas salariales e incrementos en los periodos de descanso entre turnos de rodaje. Para limitar las concesiones, no obstante, alegan que la industria enfrenta “retos y realidades económicas conforme se trabaja para recuperarse del impacto económico de la pandemia”.

La visión desde el lado de los trabajadores es distinta. Aseguran que, precisamente para recuperar el tiempo perdido durante la pandemia, los estudios y especialmente las plataformas, necesitadas de contenido, están intensificando los rodajes a un ritmo brutal y gastando cantidades ingentes de dinero para conseguir grandes nombres mientras recortan en otras partes vitales para las producciones. En “The Hollywood Reporter” hace unos días una maquilladora, Kristina Frisch, contaba cómo en el primer trabajo tras el parón pandémico tuvo un contrato que implicaba seis días por semana todo el rodaje y nunca parar para comer. “Era como si, por haber tenido que parar por las restricciones, ahora tuviéramos que trabajar más tiempo y más duro”. En el mismo artículo Colby Bachiller, coordinadora de guion, explicaba: “Incluso antes de la pandemia sabíamos que los sueldos y las horas eran insoportables, insostenibles y nada saludables, pero ahora son simplemente crueles”.

Como ha sucedido en otros sectores, además, muchos trabajadores han salido de la pandemia con una actitud renovada hacia sus situaciones laborales. “Somos personas, no máquinas”, le decía a “The New York Times” Sarah Graalman, una maquilladora. “Solo porque matarnos trabajando ha sido lo normal no significa que sea lo correcto. Miles de nosotros nos dimos cuenta en la pandemia. Tenemos que tener un equilibrio entre vida y trabajo”.

Ha habido otras huelgas en Hollywood, como la de 100 días de los guionistas entre 2007 y 2008. Aunque aquel paro se calcula que costó a la economía de California 2.100 millones de dólares y la pérdida de casi 38.000 empleos, los estudios entonces pudieron tirar de material que ya estaba escrito. Esta vez sería distinto: sin los trabajadores que ahora amenazan con parar es imposible rodar.

—https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20211006/huelga-trabajadores-hollywood-condiciones-laborales-cine-series-12163630

La primera gran huelga general del mundo estalló en Bizkaia

Hace 131 años, Bizkaia fue el escenario de la primera experiencia de una huelga general obrera en España, y en el mundo, que conmocionó a la opinión pública de la época. En mayo de 1890 se inauguró lo que Unamuno calificaría como “el periodo de las huelgas, de las grandes huelgas”, ya que desde ese año y hasta 1910, la provincia conoció cinco parones generales de amplia dimensión. Esto convirtió a Bizkaia en uno de los polos de movilización obrera más importantes de todo el país, y en uno de los núcleos más fieles al socialismo del PSOE y relacionado con la Unión General de Trabajadores.

Dentro de esta lucha obrera, hubo un sector que tuvo mucho peso y esa fue la minería. Y si hubo un escenario que fue clave para estas protestas ese fue La Arboleda, el poblado minero de Gallarta. La minería ha sido importante para esta zona desde la época romana, y para finales del siglo XIX, el 10% de la producción mundial de minerales se extraída de estas minas vizcaínas. Hubo una enorme cantidad de personas trabajando en estos lugares de todas partes de España y hubo incluso pueblos enteros de Andalucía que se trasladaron hasta Gallarta para trabajar en las minas.

Las condiciones en las que trabajaban estos hombres no eran en absoluto las idóneas ni las mejores. Había una gran pobreza, muchos de ellos vivían en el campo y se trasladan hasta las minas a trabajar cuando no tenían como subsistir en su lugar de origen. La presidenta de la fundación Museo de la Minería del País Vasco, Ameli Ortiz, califica el trabajo de estos obreros como “una cárcel y una esclavitud” ya que tenían jornadas de más de 12 horas.

“La patronal era muy dura, muy autoritaria y no quería transigir. Los trataban como si fuera ganado y además les obligaban a consumir en la cantina y a comprar en la tienda del capataz. A veces tenían tanta deuda, que cuando pagan en la cantina se quedaban sin nada. Era una situación perversa. Los patronos de la minería han sido, sin duda, los más crueles”, explica Ameli Ortiz.

Quienes desempeñaban estas labores en las minas eran hombres. Hombres que se desplazaban hasta La Arboleda solos, sin sus familias y además siendo muy jóvenes. La mortandad en esta zona era tres veces superior a la media de Bizkaia, cayendo de los 40 a los 18 años. La llegada de grandes pandemias como el tifus, el cólera, la tuberculosis hará que mueran muchos niños y la única medida que disponían en aquella época era la limpieza, algo de lo que se ocupaban las mujeres para tratar de salvar a sus hijos.

Aunque no dentro de las minas, las mujeres desempeñaron un papel fundamental en este contexto socioeconómico. “Ellas están en sus casas y ante el aluvión tan grande de hombres que llegan, se ven obligadas a acogerlos en sus casas, aunque también como una manera de ingresar dinero en el hogar. Por poco que pagaran, tenían a tres o cuatro mineros en casa y les lavaban la ropa, les preparaban la comida… Si esto lo traducimos en dinero, la mitad de la economía revertía en estas mujeres. Tuvieron un papel fundamental”, relata Ameli Ortiz.

Todo este panorama social, económico y laboral termina reventando y desemboca en la gran huelga general de 1890. Para el 1 de mayo de ese año, el PSOE planteó una jornada reivindicativa con el objetivo de exigir la reducción legal a ocho horas de trabajo diarias y reclamar una legislación obrera protectora. Mientras los anarquistas convocaron una huelga “indefinida”, los socialistas dieron a la jornada un carácter absolutamente pacífico, e incluso la retrasaron hasta el día 4, que era domingo, para evitar problemas derivados de la paralización laboral en un día entre semana.

Este movimiento obrero, en Bizkaia nació de manera muy desorganizada y 1890 marca un antes y un después porque hasta ese momento solo había habido movimientos pequeños, sin repercusión política como sí pasaría en esta ocasión.

Pese a las notas de serenidad, se tomaron grandes precauciones ante ese día: un contingente de casi 2.000 hombres, entre Guardia Civil, Foral y fuerzas del ejército, de infantería y caballería, fueron concentrados en Bilbao, custodiando los edificios oficiales, bancos, mercados y lugares estratégicos de la ciudad y de sus accesos. El mitin de los socialistas Fernando Perezagua y Toribio Pascual en La Arboleda a las diez de la mañana dio comienzo a una jornada en la que pidieron “orden, cordura y sensatez”.

El 4 de mayo acabó sin incidentes, pacíficamente, como había empezado. Pero, sin duda, el 5 no era ya un día igual al anterior 3 de mayo. Algo muy importante había cambiado: por primera vez se había producido un amplísima movilización obrera. Sin embargo, la “gran huelga” aún estaba por llegar y la causa que la provocó fue el despido de cinco miembros del comité de La Arboleda que habían participado en la organización del 4 de mayo.

Aquélla fue la chispa que hizo estallar la protesta, ya que prendió en un ambiente de descontento generalizado. El 13 de mayo, tras los despidos, unos doscientos mineros de la Compañía Orconera se declararon en huelga, yendo de mina en mina llamando a la huelga a sus compañeros, los cuales se unían a la protesta por su propia voluntad o forzados a pedradas. Al final de la jornada del día 13 la zona minera había quedado paralizada por completo.

Esto despertó el miedo de la oligarquía que llamó a las fuerzas policiales para que los protegieran. Tras días de huelga, entra en juego la clase política. El general Loma, que tiene el mando del ejército en aquel momento, ve la situación que hay en la calle y se enfrenta al capital, amenazando a los patronos con retirar al ejército si no mejoran la situación de estos trabajadores. “A la patronal no les queda más remedio que aceptar. Los mineros llaman la atención pública de lo que estaba pasando, pero la huelga la gana el General Loma”, apunta la presidenta de la fundación Museo Minero.

Antes de la huelga de 1890 hubo una serie de protestas de forma inconexa, y que iban creciendo en número con el paso del tiempo. Lo que supuso esta fue precisamente una reunión no solo de mineros de distintos cotos, sino de mineros con obreros de los ferrocarriles, siderurgia… a la hora de exigir las mejoras en sus condiciones de trabajo. “El resultado se tradujo en un triunfo, más moral que real, tras asumir Loma una gran parte de los postulados de los huelguistas. Para los mineros, a pesar de habérseles reconocido la razón de la mayoría de sus demandas, en la práctica los cambios se llevaron a regañadientes y dilatando el proceso, de tal manera que en alguna protesta posterior aún se reclamaban esas cuestiones”, explica Jesús Esteban, geólogo de la fundación Museo Minero.

La mejora de sus condiciones laborales no fue de un día para otro, sino que fue paulatinamente. No obstante, lo que si supuso esta huelga fue el punto de partida para el movimiento obrero a partir del cual comenzó la agrupación entorno a sindicatos y organizaciones obreras de una forma más extensa y profunda, “una mejor organización y coordinación a la hora de hacer sus reclamaciones”, según concreta Jesús Esteban.

Una organización que Ameli Ortiz asegura que se mantiene a día de hoy en la zona. “El movimiento asociacionista en nuestro pueblo es increíble y conservamos esa gran capacidad de organizaciones. Creo que somos uno de los municipios con más organizaciones de todo tipo, tendremos unas 40 o 50 en un lugar con menos de 10.000 habitantes. Esa es la herencia que nos ha quedado”.

Zuriñe Gómez Camacho https://www.cronicavasca.com/recomendado/mineria-en-arboleda-primera-gran-huelga-general-origen-movimiento-obrero_543156_102.html

Una epidemia de despidos, ERTE y liquidación de los derechos de los trabajadores

Todas y cada una de las medidas adoptadas por el gobierno del PSOE y Podemos con el pretexto de la pandemia son ilegales, e incluso contrarias a las libertades fundamentales reconocidas por el derecho internacional. La llamada “crisis sanitaria” ha servido para dar un Golpe de Estado en la mayor parte de los países, que ha llegado a alcanzar cotas aberrantes.

Por si eso no fuera suficiente, los aparatos represivos han aprovechado las medidas excepcionales para iniciar auténticas cacerías, lo que ha conducido al caos y a un fraude generalizado, cuyas víctimas han sido los trabajadores, que padecieron despidos y ERTE en sus empresas. A finales del mes pasado, casi 300.000 trabajadores seguían sometidos a los ERTE.

La Inspección de Trabajo ha detectado fraude en uno de cada seis ERTE que ha analizado, un total de más de 5.000 infracciones que han supuesto sanciones por valor de 26 millones de euros.

Los fraudes consistían en mantener la empresa activa, a pesar de estar sumida en un ERTE de suspensión, o trabajar más horas de las establecidas.

Esta semana el Tribunal Supremo abre un proceso por el fraude de algunos de dichos ERTE, que afectan a Ryanair y ArcelorMittal, que la Audiencia Nacional ya declaró ilegales, junto con los despidos masivos de Zener Plus. El juicio afecta a más de 8.000 trabajadores y la Fiscalía ha pedido que acuerde la nulidad.

En abril del año pasado la siderúrgica ArcelorMittal impuso un ERTE para más de 8.000 trabajadores en lo que la Audiencia Nacional definió como un uso “torticero” de las normas de emergencia en materia laboral en una empresa cuyo ERTE había comenzado en 2009.

En octubre del año pasado la Audiencia Nacional también declaró fraudulento el ERTE de Ryanair, que afectaba a más de 200 trabajadores. La aerolínea había incluido de forma fraudulenta a más de 180 trabajadores de Canarias despedidos en un ERE que también había sido anulado por los tribunales. La empresa los readmitió sólo para poder incluirles en el nuevo ERTE pandémico y de esa manera trató de eludir el abono de los salarios de tramitación.

El año pasado la empresa Zener afrontó un total de 65 despidos, casi una tercera parte de la plantilla, entre contratos temporales, despidos disciplinarios y trabajadores despedidos tras el periodo de prueba, que los tribunales declararon nulos… Todos y cada uno de ellos en todas y cada una de las modalidades que utilizó la empresa.

La cosecha es un campo de concentración para las jornaleras de Huelva

Algunos nombres que aparecen en este reportaje han tenido que ser modificados para proteger la identidad de las personas que han tenido a bien prestar sus testimonios. “Aquí se mueve mucho dinero y por 100 euros pueden traer a alguien para darte un susto“, dice uno de ellos.

El negocio de los frutos rojos en Huelva es una mega industria que genera un volumen de facturación de en torno a los mil millones de euros, con una producción cercana a las 350.000 toneladas que han convertido a esta provincia andaluza en uno de los mayores exportadores mundiales del sector hortofrutícola. Las 11.630 hectáreas de terreno cultivable emplean cada año a unos 100.000 temporeros, de los cuales el 48 por ciento son extranjeros, en su mayoría procedentes de Europa del este y de los países del Magreb.

El crecimiento ha sido exponencial en los últimos años, pero no así las infraestructuras habitacionales, de transportes y de suministros necesarias para garantizar unas condiciones de vida dignas para los miles de trabajadores inmigrantes que se han visto condenados a sobrevivir en los 44 asentamientos chabolistas diseminados por toda la provincia. Las condiciones de extrema precariedad merecieron el rechazo de Philip Alston, Relator Especial de la ONU para la pobreza severa, durante una visita a Huelva en febrero del año 2020. “Aquí hay lugares mucho peores que un campamento de refugiados, sin agua corriente ni electricidad ni saneamiento”. Las palabras del diplomático fueron un exhorto dirigido a las administraciones y a la patronal, pero con el paso del tiempo se han diluido en una maraña burocrática donde los actores implicados se pasan la responsabilidad de unos a otros.

Ante el inmovilismo de quienes deberían tomar cartas el asunto han surgido organizaciones autogestionadas que intentan subsanar la escasez de recursos, como la Asociación de Nuevos Ciudadanos por la Interculturalidad (ASNUCI) y su albergue construido con donaciones de particulares, donde 40 personas han encontrado cobijo en la ciudad de Lepe. “Si nosotros lo conseguimos, no entiendo cómo los políticos, con todas las herramientas que tienen, no hacen nada”. Seydou Diop dejó en Senegal a su familia y unos estudios universitarios en filología francesa para emigrar a Europa en 2016. “En Huelva lo he pasado muy mal durmiendo en las chabolas, debajo de los plásticos”. Ahora es portavoz de ASNUCI y compagina su trabajo en el campo con el activismo por los derechos de “mis compañeros y compañeras”. Denuncia la falta de implicación de las administraciones públicas y lamenta el nulo reconocimiento para unos trabajadores que estuvieron en primera línea durante los meses más duros de la pandemia. “No valoran lo que hacemos porque somos invisibles para ellos. Les da igual dónde vivimos, les da igual si tenemos COVID y les da igual si estamos vivos o muertos. Solo quieren que recojamos la fruta y que lo hagamos sin protestar”.

Seydou fantaseaba con una vida muy diferente cuando tuvo que dejar su país en busca de mejores oportunidades, pero lo que se encontró aquí fue una realidad muy alejada a la arcadia de derechos y libertades de la que tanto presume el viejo continente. “Me ha sorprendido tristemente. Jamás pensé que en España, en pleno siglo XXI, se tratase a la gente así. Hablan mucho de igualdad, pero yo he sido un esclavo al que han maltratado por mi origen y por mi color de piel”.

De Senegal también llegó Serigne Mamadou, hace 13 años, con unos estudios de biología con los que pretendía desarrollar una carrera profesional y buenas perspectivas laborales. “A Europa no le interesa que los jóvenes más formados se queden en África porque tarde o temprano descubrirán quiénes son realmente los ladrones. Si nos dejaran en paz no vendríamos, pero tenemos muchos recursos, somos la comida de Europa”. Serigne conoce bien los suelos pegajosos de la agricultura en España. Ha trabajado en Lleida, Murcia, Valencia, Burgos y Almería, pero ha sido en Huelva donde ha sufrido las condiciones más extremas de maltratos y vejaciones. “Trabajas 10 o 12 horas y te pagan 25 euros, si el jefe quiere. Te insultan y te amenazan: ‘¡Más rápido, más rápido!’, gritan los jefes. A veces vienen a las chabolas por las noches para tirarnos basura”.

La pandemia ha empeorado aún más si cabe la situación de los temporeros, sobre todo durante el confinamiento, donde repartían el tiempo entre trabajar sin medidas de seguridad sanitaria y esquivar el virus en las infraviviendas de los asentamientos. Serigne recuerda aquellos meses como los únicos de su ya dilatada trayectoria en España donde no fue molestado por la policía. “Nos veían montados en Huelva las furgonetas para ir a trabajar, pero hacían la vista gorda. Sabían que éramos los únicos que estábamos dispuestos a ir al campo y si nos paraban para pedirnos los papeles, ¿quién iba a recoger la fruta?”.

A sus 42 años se ha convertido en un personaje muy conocido en las redes sociales gracias a los videos que graba a pie de tajo en los que carga duramente contra la criminalización que sufren los inmigrantes. “La ultraderecha siembra el odio contra los extranjeros porque saben que en España hay mucho ignorante que se traga lo que dicen. Creen que nosotros somos la ruina del país, aunque la verdad la tienen ahí delante. La ruina es el caso Gürtel, el caso Nóos, el caso Malaya y tantos políticos corruptos”. Esta faceta más mediática tiene serias consecuencias que se traducen en insultos y amenazas de muerte casi a diario, aunque Serigne asegura que no tiene miedo. “Dicen que van a quemarme la casa y que saben dónde vivo, pero si vienen no me voy a quedar quieto”. Le pregunto si en alguna ocasión denunció lo sucedido ante la policía y Serigne tiene que contenerse para no alzar la voz. “¿Cómo vamos a denunciar, a quién? La mayoría de la gente no tiene papeles y sin papeles tampoco tienes derechos. Aquí hay que trabajar a fuego y si un día te mueres, a los 5 minutos tienen a otros 10 dispuestos a jugarse la vida”. 

Otro de los colectivos que han germinado en los últimos años en los sustratos del campo onubense son las Jornaleras de Huelva en Lucha, un grupo autoorganizado de mujeres fundado en el año 2008 para “luchar por nuestros derechos laborales y contra los abusos y la explotación”. Ana Pinto estuvo 16 años trabajando en las explotaciones agrarias, “en la recogida de frutos rojos, de cítricos, de aceitunas, de uvas, de cualquier cosa”, antes de que su actividad sindical le costase el puesto de trabajo.

El campo es un sector especialmente feminizado, “según la patronal porque las mujeres tenemos las manos más delicadas para recoger los frutos”, pero basta con echar un vistazo al perfil de las temporeras inmigrantes para detectar la preferencia de los empresarios por mujeres de contextos muy desfavorecidos, algunas de ellas venidas de zonas rurales de Marruecos y que apenas saben leer ni escribir. “Las compañeras marroquíes viven en las mismas fincas donde trabajan porque no tienen una red de transportes para poder ir a los pueblos. Imagínate la situación de vulnerabilidad a la que están expuestas en una situación así”, denuncia Ana.

Las Jornaleras plantean una lucha organizada desde el feminismo, el ecologismo y el antirracismo para avanzar hacia nuevos modelos de producción que sean respetuosos con los derechos de los trabajadores y los recursos naturales, además de garantizar un precio justo para los agricultores. “Hace falta mucha legislación porque se está arrasando con todo. Nosotras queremos trabajar, por eso rechazamos el boicot. Lo que pedimos es que nos respeten y que nos devuelvan la dignidad, porque detrás de la fruta hay una falta enorme de derechos, mientras los empresarios se enriquecen cada vez más”.

Uno de los principales problemas para organizar la resistencia obrera es el miedo que se esconde tras las verjas de las explotaciones agrarias. Las listas negras circulan entre los terratenientes y si alguien se atreve a alzar la voz tendrá muy difícil encontrar trabajo en una provincia donde la agricultura es el gran motor de la economía, y por ende, casi la única alternativa laboral. Además existe una naturalización de los abusos, como si las jornaleras hubieran asumido que la merma de su integridad es una condición implícita en el desarrollo de sus funciones. “Los trabajadores les han puesto a las fincas nombres de cárceles famosas, como Guantánamo o Alcatraz”. Ana entona una sonrisa al otro lado del teléfono: “Me río por no llorar”, advierte al instante, pero conoce en primera persona las consecuencias de romper con las dinámicas de los abusos. “Desde que empecé con la actividad sindical se me han cerrado las puertas de todos los tajos y algún empresario se nos ha cruzado con el coche en mitad de los caminos, pero no nos van a asustar”.

Al igual que Ana, Carmela Cruz tampoco tiene miedo y afirma con rotundidad. “Huelva, durante la campaña de recogida, es un campo de concentración”. Esta veinteañera trabajó durante 3 temporadas en los almacenes, el otro gran nicho del mercado agrícola junto al de la recolección, y a pesar de su juventud conoce bien las conductas vejatorias a las que están sometidos los jornaleros. “Yo pongo la mano en el fuego y digo que el 99 por ciento de los almacenes no hacen las cosas bien. Cuando yo era encargada mandaron a un chaval a hacer palés y le dije al jefe que la carga era demasiado para él, pero no me hizo caso. En mitad de la noche los palés se cayeron y menos mal que el chico estuvo rápido y se apartó, porque de lo contrario lo habrían matado”.

Carmela ejerce ahora como concejala en un pequeño ayuntamiento de la zona, pero no tiene reparos para denunciar la desidia de los organismos oficiales. “Las autoridades ven un fajo de billetes y se les hace la boca agua. Si fuera por la Junta de Andalucía, los jefes se pondrían en las fincas con un caballo y un látigo, como en la esclavitud”.

Aunque ya no tiene una vinculación laboral directa con el trabajo agrícola, su relación con lo que allí ocurre continúa siendo muy estrecha, porque la madre de Carmela se gana la vida en el campo, donde ha experimentado constantemente el desprecio de la patronal por la integridad física de sus empleados. Hace una semana denunció a través de las redes sociales que su madre llevaba 16 horas seguidas trabajando: “Salió a las 10 de la mañana, son las 2.53 de la madrugada y no sabe la hora de salida. Y sin contrato firmado”, escribió en Twitter. “Pasó lo mismo al día siguiente, llamé a la Guardia Civil de Almonte y me dijeron que no podían hacer nada”. Carmela habla con la rabia contenida en la garganta. “No me dijo que estaba sin contrato, porque sabe que no me caso con nadie. Si en mis manos estuviese ardía la fábrica”, y describe un escenario que se asemeja mucho a un régimen de servidumbre: “El salario estipulado por el convenio nunca se cumple y olvídate de las horas extras y los días libres. Ni siquiera pagan la media hora de descanso. Mi madre ha tenido que dejar de trabajar porque sus compañeras se estaban contagiando de Covid, pero decían que lo habían cogido en el supermercado para que no cerrasen el almacén”.

Le pregunto cuál fue la respuesta de los sindicatos cuando denunció públicamente el caso de su madre y Carmela, de nuevo, tiene que tragar saliva. “CC.OO. y UGT dijeron que iban a llamarme, pero todavía estoy esperando. Los únicos que me han ayudado fueron las Jornaleras de Huelva en Lucha y el SAT”. 

Todas las personas, sin excepción, con las que este medio ha contactado coinciden en señalar la ausencia total en el campo onubense de los dos grandes sindicatos. “Ni están ni se les espera. Si no eres uno de ellos les importas una mierda y están más preocupados por los empresarios que por los trabajadores”, asegura un hombre que prefiere mantenerse en el anonimato.

El Sindicato Andaluz de los Trabajadores (SAT) es de las pocas organizaciones sindicales que tienen los pies sobre el terreno, y por tanto, la que concentra en su gran mayoría el resentimiento de los empresarios. “Cuando vamos a los tajos tenemos que ir en grupo de 6 y 7 personas porque nos quieren agredir”. Óscar Reina es su portavoz nacional y mantiene un discurso beligerante contra los abusos de la patronal, a pesar de las amenazas que recibe por realizar su actividad sindical. “Tuvimos que salir corriendo cuando fuimos a los campos a denunciar las condiciones de los trabajadores. La Guardia Civil nos perseguía a nosotros, en lugar de a los explotadores. Entre ellos y los matones de las fincas casi nos dan una paliza”. Tampoco han resultado eficaces los intentos de coacción más sibilinos. “Un empresario me dijo que aquí en Huelva no me iba a faltar de nada. Si este corrupto lo intentó conmigo, lo habrá hecho con otros muchos más y algunos habrán accedido”.

El sindicato lleva años reclamando el cumplimiento de una reivindicación histórica en el campo andaluz, la tan ansiada reforma agraria, que de tanto soñarla parece haberse convertido en una utopía. “Habrá que conquistarla”, reclama Óscar. “El 50 por ciento de la tierra cultivable de Andalucía está en manos de menos de un 2 por ciento de propietarios. Hay que revertir este modelo, no solo en lo relativo al sueldo y a las condiciones de los trabajadores, sino también para generar un tejido productivo agro sostenible”.

Ninguna de las dos cosas será tarea fácil, a tenor de las reacciones de la patronal cuando las administraciones intentan echar un ojo debajo de las alfombras. Las organizaciones agrarias exigieron la dimisión de la Ministra de Trabajo tras anunciar, en mayo del año pasado, inspecciones laborales en el campo para detectar prácticas irregulares. “Como no retire las inspecciones le doy mi palabra de que esta vez no vamos a ser pacíficos”, amenazó Félix Bariáin, presidente de la Unión de Agricultores y Ganaderos de Navarra. Algo debería temerse y tenía motivos para ello, porque en las 1.647 explotaciones agrarias visitadas por los funcionarios se detectaron irregularidades en el 71,5 por ciento de ellas.

Varios testimonios de jornaleros recogidos por este medio aseguran que las inspecciones son insuficientes y que se avisan con días de antelación. “El año pasado tuvimos una inspección un miércoles. El lunes, los jefes nos advirtieron para que se cumplieran las medidas sanitarias”, declara una trabajadora del campo.

José Antonio Brazo es el delegado del SAT en Huelva y coincide en señalar las debilidades de un sistema que se muestra incapaz de ofrecer los recursos necesarios para combatir los altos niveles de explotación. “Aquí nunca hay suficientes inspecciones porque esto es la jungla. Los abusos están extendidos por toda la provincia”.

El convenio colectivo regula las condiciones de contratación de los trabajadores del campo de Huelva. En el caso de los frutos rojos, los salarios oscilan entre los 5 y los 7 euros la hora y una jornada laboral de 39 horas semanales, no pudiendo superar las 9 horas diarias de trabajo. “El convenio es papel mojado. Hay excepciones, por supuesto, pero en la mayoría de los casos no se cumple. Aquí hay gente que trabaja de 8 de la mañana a 10 de la noche por 20 euros”.

El teléfono de José Antonio “echa humo”, asegura. Cada día recibe llamadas de jornaleros que buscan auxilio para escapar de la dinámica de abusos que hay implantada en el sector. El sindicalista hace memoria y me habla del caso de un empresario que pagaba “4 o 5 euros a las mujeres y las tenía viviendo en una pocilga”, o aquella vez que se topó con 200 inmigrantes indocumentados recogiendo fruta en una finca. En la localidad de Moguer, recuerda, “una mujer abortó en el campo y estuvo 3 días con hemorragias”. Le pregunto si los empresarios son conscientes de estos episodios y José Antonio no titubea en la respuesta. “A esos les da igual todo mientras que les llegue el dinero. Me encontré con uno de ellos en un centro de salud y llevaba un montón de pasaportes. Le dije que quitárselos a los trabajadores era ilegal. ¿Sabés qué me contestó? Que si no lo hacían se escapaban”.

Se toma unos segundos de respiro antes de seguir con la conversación. Es un hombre cercano, que soporta con una sonrisa una batería de preguntas de casi 2 horas, pero José Antonio también está hastiado ante la impunidad de los abusos y el hostigamiento al que ha sido sometido. “Me atraparon con unos periodistas en una carretera muy cortita. Eran unas 20 personas y el cacique se bajó de su Mercedes y me dijo que me iba a meter en la cárcel”. 

Los periodistas a los que se refiere José Antonio son Pascale Müller y Stefania Prandi, de la publicación alemana Correctiv. En abril de 2018 publicaron un extenso reportaje con los testimonios de mujeres marroquíes que denunciaban haber sido víctimas de abusos sexuales durante la campaña de recogida en Huelva. “El supervisor tiene los números de teléfono de todas las mujeres. Nos obliga a tener relaciones sexuales con él y si decimos que no, nos castiga en el trabajo”, asegura una de ellas.

El artículo se apoya en el relato de Josefa Mora, una trabajadora social de un centro de salud, quien declaró que “cuando llegan las temporeras hay un aumento de los abortos”. Según Josefa, en 2016, en las localidades de Palos de la Frontera y Moguer, se produjeron un total de 185 interrupciones de embarazos, “el 90 por ciento de los cuales fueron solicitados por trabajadoras inmigrantes. Ella sospecha que muchos podrían deberse a una violación”, señala la revista.

“Yo intenté localizar a Josefa, pero fue imposible. Está muy marcada, como abra la boca se va a la calle”. Perico Pan es director de La Mar de Onuba, un periódico digital de la provincia de Huelva y uno de los pocos de todo el país que ha dado cobertura periódica a los episodios de vejaciones, abusos y explotación que se suceden en las fincas agrarias. “Los medios suelen ser permeables a las posiciones de los grupos empresariales”. Perico es un periodista incómodo en una zona donde el dinero puede comprar silencios y voluntades. “El gerente de Interfresa, Pedro Marín, lo intentó conmigo ofreciéndome poner publicidad en mi medio. Posteriormente me hicieron una encerrona en un bar donde me invitaron a ser el salvador de la fresa. Me estaban grabando y lo que querían era que yo aceptase su propuesta y tenerme pillado con la grabación”.

Asegura que los abusos sexuales “no son generalizados, pero existen” y recuerda el caso Doñana 1998, la productora de fresas y frutos rojos de Almonte que en junio de 2018 fue denunciada por 10 temporeras marroquíes por impago, malas condiciones laborales, abusos y agresiones sexuales. El juzgado número 3 de La Palma del Condado (Huelva) dictó el sobreseimiento provisional, pero el caso está plagado de irregularidades desde el comienzo.

Belén Liján, de la Asociación de Usuarios de la Administración de Justicia (Ausaj), se hizo cargo de la asistencia legal a las víctimas, a las que acogió en su casa de Albacete debido al grave estado de vulnerabilidad en el que se encontraban. En una entrevista con Catalunya Plural, la letrada manifiesta las “dificultades” a las que tuvieron que enfrentarse durante todo el proceso judicial. “El día 1 de junio, cuando finalmente conseguimos interponer una denuncia, la Guardia Civil accedió a acompañarnos al campo de trabajo dado que habíamos recibido amenazas por parte de la empresa en cuestión. El objetivo era recoger un listado de trabajadoras que querían sumarse a la denuncia. Cuando nos entregaron el listado, vimos que había más de 100 temporeras. Con todo, la única investigación realizada por la Guardia Civil fue la que nos hicieron a nosotros, los abogados y las abogadas denunciantes. No hicieron ni una sola gestión para identificar a las víctimas y permitir que estas también denunciaran. El atestado policial que abrieron el día 1 de junio lo cerraron la mañana siguiente dejando a las víctimas en poder de la empresa. Al día siguiente, expulsaron de España a la mayoría de estas temporeras en presencia de la propia Guardia Civil. Ese mismo 3 de junio, cuando cuatro de las mujeres que habían conseguido escaparse antes de ser devueltas se presentaron al cuartel de la Guardia Civil del Rocío para denunciar abusos y agresiones sexuales, el comandante, que había estado en la finca ese mismo día, mostró una actitud agresiva y negativa. De hecho, tuvieron que romper y volver a hacer declaraciones enteras porque lo transcrito por el agente no coincidía con lo que relataban las denunciantes. Ni siquiera quería que una de ellas denunciara y, ante mis quejas, me espetó: ‘¿A quién cree que creerá el juez, a usted o a mí?’ En veinte años, nunca había visto nada parecido”.

Otro caso que todavía está en los tribunales es el de un capataz de una finca de Moguer que se enfrenta a 4 años y medio de cárcel por presuntos delitos de acoso y abuso sexual cometidos contra cuatro temporeras. Según la fiscalía, accedía sin permiso a las viviendas donde residían las mujeres mientras se estaban duchando e intentaba coaccionarlas realizando gestos obscenos. En una ocasión se acercó a una de las víctimas con el pretexto de explicarle cómo debía recoger la fruta para a continuación “cogerla por la cintura y tocarle los pechos con ánimo libidinoso”, remarca el escrito del fiscal.

“Cuando una de estas mujeres quiso denunciar se puso en contacto con el PRELSI e intentaron disuadirla. Acudió a la Guardia Civil acompañada por el SAT, pero le dijeron que no podían atenderla y que volviese luego. Estoy convencido de que el agente que habló con ella se puso en contacto con la patronal para avisarles, porque cuando la mujer regresó cambió totalmente su relato y dijo que se había tratado de una agresión mutua”. El PRELSI del que habla Perico Pan es el Plan de Responsabilidad Ética, Laboral y Social creado por la patronal de Interfresa para “conseguir el mayor grado de satisfacción de todos los agentes productivos del sector (jornaleros, agricultores, empresas, asociaciones…) y contribuir a un escenario de cooperación con los máximos niveles de respeto y ética laboral”, según se lee en su página web.

“Es un equipo de mediadores contratados por la patronal que hablan árabe y que se pasean por las fincas. Si un trabajador denuncia algún tipo de abuso, se lo trasladan Interfresa para que ellos decidan si dan parte o no a las autoridades. Cada vez que hay un problema aparece el PRELSI y el trabajador ya no quiere hablar”, asegura Ana Pinto, de Jornaleras de Huelva en Lucha. “¿El PRELSI?”, se pregunta Seydou Diop, portavoz de ASNUCI: “Son traductores pagados por la empresa que defienden a los jefes. Necesitamos personas independientes que acompañen a nuestros compañeros”.

Por su parte, Interfresa esgrime que hasta la fecha solo existe una condena en firme relacionada con el sector, sucedida en 2009, contra una capataz por coacciones en el trabajo, y asegura que mantiene una posición de “tolerancia cero” contra cualquier tipo de abuso. No opina lo mismo el testimonio de una jornalera recogido por este medio, que asegura que hay “jefes que son unos babosos”. Y añade: “Un jefe les dijo a un grupo de chicas que se pusieran a trabajar, pero que la más joven tenía que irse con él, ya te puedes imaginar para qué”. 

El perfil de las personas que denuncian abusos, vejaciones o malos tratos tiene dos variables en común, son mujeres y en su mayoría de origen marroquí. “Todos las trabajadoras sufren la explotación, pero hay una escala. Las nacionales son las que menos se ven afectadas, luego están las que vienen de Europa del este y por último las de Marruecos y el África subsahariana”, cuenta Óscar Reina.

Resulta muy difícil acceder a estas mujeres, porque tienen miedo a las represalias y a perder un puesto de trabajo que es el sustento para toda la familia. Sin embargo, Noor A. Lamarty, activista legal en la zona MENA (Medio Oriente y norte de África) y fundadora de Women by Women, ha logrado entrevistarse con alguna de ellas para Kamchatka. “Trabajamos sin descanso, en condiciones horribles y a veces acabamos en el hospital con lesiones en la espalda”, denuncia S. Otra mujer, a la que hemos llamado con la inicial F. asegura que “tiramos de carretas con muchos más kilos de los estipulados y aumentan proporcionalmente con el paso de los días. De lunes a domingo, sin descanso, nos vamos consumiendo lentamente”. Para J. en los campos de Huelva se practica un régimen totalitario de esclavismo y control. “Nos llevan a los pueblos media hora a la semana, pero no nos dejan estar solas en ningún momento y así no podemos pedir ayuda. Si haces cualquier cosa te juegas la expulsión. Si te pasa algo no te atreves a contarlo, porque en mi finca todos los encargados son familia”.

Los testimonios inciden en otro rasgo común de las temporeras marroquíes, la escasez de formación académica, como le sucedió a H., que no tuvo oportunidad de cursar estudios. “Nosotras no sabemos nada, pero confiábamos en ellos, en los jefes. Firmé un contrato de 7 hojas, pero no sabía qué ponía. Tenía muchas dudas, porque a lo mejor me había comprometido a hacer algo que no quería”.

Como muchas otras mujeres en su misma situación, M. se endeudó para costear los trámites que le permitieran viajar a Huelva. “Pedí un préstamos que todavía hoy debo”, asegura. Y añade. “Nuestros hijos pequeños nos necesitan, necesitan a sus madres. ¿Quién se alejaría dos o tres meses de su familia si tuviera otra opción? Nosotras vamos porque no tenemos otra alternativa para subsistir. No hacemos nada malo, no merecemos que nos traten mal”.

La última pregunta de este reportaje resulta evidente: ¿Por qué estas mujeres continúan viniendo a España año tras año sabiendo las condiciones que tendrán que afrontar? La respuesta lo es aún más. “El hambre es el látigo que azota en los campos de Huelva y por eso las jornaleras están dispuestos a tragar con lo que sea”, concluye José Antonio Brazo. 

—https://www.kamchatka.es/es/huelva-frutos-rojos-campo-concentracion

Los accidentes de trabajo mataron más que el coronavirus el año pasado

Más de 2,7 millones de trabajadores murieron el año pasado en el mundo a causa de accidentes y enfermedades laborales, de forma que el número anual de muertes superó a todas las que se atribuyen al coronavirus, según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Sin embargo, nadie ha declarado una pandemia, ni ha impuesto el estado de alarma. Los obreros muertos, enfermos o lesionados ni siquiera causan alarma.

En España, las muertes por accidente en el lugar de trabajo ascendieron en 2020 a 595, lo que supone 53 fallecidos más que el año anterior, con un aumento en valores relativos del 9,8 por ciento, y todo ello pese a la menor actividad y presencia en los centros de trabajo por los cierres de empresas, la pérdida de empleos, los ERTE y el teletrabajo.

En todo el mundo los trabajadores se enfrentan a situaciones extremas de explotación, aumento de la carga de trabajo, prolongación de la jornada laboral y la reducción de los periodos de descanso.

Según la OIT, el teletrabajo “ha dificultado la delimitación entre horario laboral y vida personal, no respetándose el derecho a la desconexión”.

La pérdida temporal o definitiva del empleo ha tenido un enorme impacto psicológico, provocando serios daños mentales, y lo mismo ha ocurrido por el miedo a perderlo, o por temor a contagiarse en el puesto de trabajo o en los trayectos para ir y venir del trabajo.

“Toda la sociedad ha quedado psicológicamente lesionada”, resume la OIT, que pide fortalecer los sistemas de seguridad y salud en el trabajo con el fin de prevenir los accidentes y enfermedades laborales.

—https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/—ed_dialogue/—lab_admin/documents/publication/wcms_780968.pdf

Una empresa despide a los trabajadores y los vuelve a contratar con menos salarios y más jornada

“30 años de servicio leal no cuentan para nada”, dice un ingeniero de British Gas, la mayor empresa de energía de Reino Unido. Han perdido sus puestos de trabajo en virtud del programa de “despido y recontratación” del monopolio.

Los trabajadores tenían dos semanas para decidir su salen de la empresa para volver a entrar por la puerta falsa y no todos han aceptado porque las nuevas condiciones laborales suponen una reducción del salario y un aumento de la jornada. Tendrán que trabajar los fines de semana y los días festivos. Gratis.

La empresa es una de las “seis grandes” de Reino Unido. El 1 de abril entregó las cartas de despido a 1.000 ingenieros que instalan y reparan calderas y sistemas de calefacción para los nueve millones de clientes de la empresa, en medio de unas condiciones laborales y salariales amargas.

En virtud de los nuevos contratos, los ingenieros a tiempo completo tendrían que trabajar tres horas más a la semana, hasta un total de 40 horas semanales, y no se les pagaría una tarifa más alta por trabajar los fines de semana y los días festivos que fueran necesarios.

Las nuevas condiciones laborales fueron aceptadas por la mayoría de los sindicatos, excepto algunos, como GMB, que ha convocado más de 40 días de huelga en los últimos meses para protestar contra el despido masivo de sus trabajadores.

En las últimas dos semanas, cientos de ingenieros han aceptado los nuevos acuerdos, pero otros 500 ingenieros se han negado a claudicar.

—https://www.dailymail.co.uk/news/article-9470465/amp/Hundreds-British-Gas-engineers-share-fury.html

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