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Rosón: el azote fascista de Galicia

Solidaridad Obrera

Los herederos de la familia de ese fascista que fue Juan José Rosón, militante falangista de pro, Gobernador Civil de Madrid de 1976 a 1980 y Ministro del Interior de 1980 a 1982, se han especializado en perseguir a todos aquellos que aireen su pasado de criminales fascistas.

En esta situación se encuentra ahora el compañero Alfredo Grimaldos por su libro «La sombra de Franco en la Transición», que desde este sindicato hemos recomendado a nuestros afiliados y a todos los trabajadores.

En 1978, la revista Interviú publicó el reportaje titulado, “Los Rosón, azote de Galicia”, en el que se relataban las hazañas de Antonio Rosón Pérez, durante los meses inmediatamente posteriores al golpe de Estado fascista del 18 de julio de 1936. Como alférez de complemento, actuó de jefe militar de los sublevados en la zona de Becerreá, en Lugo, a lo largo de ese periodo crítico.

Antonio Rosón se convirtió, muy poco después, en el primer presidente de la Xunta de Galicia y su hermano Juan José Rosón era gobernador civil de Madrid en el momento que Interviú publicó el reportaje.

Los Rosón utilizaron entonces todos sus recursos políticos para conseguir que se secuestrara la revista en dos ocasiones.

Pues bien, treinta años después, los Rosón atacan de nuevo, en esta ocasión los herederos de Antonio y Juan José Rosón Pérez, fallecidos ambos en 1986. Han presentado una demanda de protección al derecho al honor por las alusiones que se hace a este clan caciquil lucense en un capítulo del libro de Alfredo Grimaldos.

Están empeñados en que no se conozca la historia de su familia.

Entonces, en 1978, el pleito judicial se resolvió, en primera instancia, con una sentencia favorable a Interviú dictada por la Audiencia Provincial de Barcelona, pero luego, en casación, un Tribunal Supremo cuajado de jueces franquistas y del que formaba parte incluso un cuñado de los Rosón, revocó la sentencia dándoles la razón a ellos.

Ahora quieren callar a Alfredo Grimaldos. La base de la investigación sobre Antonio Rosón incluida en su libro son artículos laudatorios hacia él publicados en el diario El Progreso, de Lugo, entre julio y septiembre de 1936.

Es lo que decían los propios fascistas de la actividad represiva del mayor de los Rosón. En Lugo no hubo guerra civil, se produjeron escasos focos de resistencia a favor de la legalidad republicana, aplastados por las tropas franquistas, que avanzaron con facilidad y, en pocos días, controlaron toda la región. Los asesinatos en las cunetas y las condenas a muerte dictadas por los tribunales militares tuvieron como víctimas a republicanos que defendían la constitución vigente y que, en su mayoría, no habían tenido siquiera la posibilidad de participar en ningún hecho de armas.

Antonio Rosón encabezó la “limpieza” de la zona de Becerreá, durante los primeros meses posteriores al alzamiento militar, según publica El Progreso en varias notas. Por ejemplo, en el ejemplar del 23 de agosto de 1936, se puede leer: “Es de señalar la labor altamente patriótica que están desarrollando los señores D. Antonio Rosón, jefe militar en esta villa; don Fermín Pérez Rosón, médico de Los Nogales y jefe de Falange; D. Luis Rosón y D. Manuel Pérez Rosón, jefes locales en Becerreá y Cervantes, respectivamente, quienes, con su alma de gigantes, están haciendo una labor magnífica en defensa de la Patria. Con su gran olfato policiaco, van directamente a las madrigueras en donde se esconden los huidos, causando verdadero terror entre estos”.

En el libro no se afirma que Antonio Rosón participara personalmente en ningún asesinato, no hay pruebas de eso, pero sí en la persecución y el encarcelamiento de antifascistas, como parece obvio. Algo que él mismo reconoce, quitándole hierro, por supuesto, en unas declaraciones a la revista Cambio 16 publicadas el 7 de mayo de 1978:

“Al llegar a Lugo se me comisionó para que fuera con la Guardia Civil a mi pueblo, y con otros grupos de gente armada que había en los cuarteles de San Fernando, con objeto de que desaparecieran las barricadas y los registros domiciliarios.
Volvimos produciendo un poco de ruido, para que la gente se marchara, ¿comprende?”

Sólo un poco de ruido, en días de fusilamientos indiscriminados y criminales ajustes de cuentas.

Está claro que él era quien mandaba en la zona, como vuelve a señalar El Progreso del 19 de septiembre de 1936: “Debido a la actividad del jefe militar en esta villa, el alférez de complemento D. Antonio Rosón, son muchas las armas recogidas en este partido judicial, calculándose en más de cien las armas largas y aproximadamente las cortas en unas cincuenta, muchas de ellas tan antiguas que ni las marcas se les conoce”.

Mientras tanto, empiezan a publicarse a diario, en el mismo periódico, los nombres de los que son “pasados por las armas” después de consejos de guerra sumarísimos sin las más mínimas garantías jurídicas.

Aún no se sabe donde están enterrados los cadáveres de la mayoría de esos antifascistas asesinados por los hombres que estaban bajo el mando de Antonio Rosón.

A partir de octubre de 1936, el hermano mayor de este clan caciquil participa en las farsas judiciales franquistas en su calidad de abogado y militar. A los detenidos se les acusa de un delito de “rebelión”, por haberse mantenido fieles a la legalidad. El día 7 de octubre, El Progreso se encarga de despedirle y de recordar sus méritos: “Fue destinado a Lugo el distinguido abogado, alférez de complemento, D. Antonio Rosón. Hasta la fecha prestó los servicios militares en esta villa, en donde actuó como comandante militar desde el principio del Movimiento, desempeñando su cometido con gran acierto. Sentimos la marcha de tan buen amigo”.

Juan José Rosón, por su parte, después de desarrollar una larga carrera política durante el franquismo, vistiendo la camisa azul con el yugo y las flechas, fue el responsable de numerosos asesinatos de militantes antifranquistas en la calle a manos de las fuerzas policiales que él mandaba. Y llegó al Ministerio del Interior en 1980, el año más sangriento de la Transición, en el que la extrema derecha y los grupos parapoliciales provocaron dos docenas de asesinatos.

Casi setenta años después del parte oficial de guerra del 1 de abril de 1939, todavía sigue siendo muy difícil indagar en la represión franquista de la guerra y la posguerra. Esa es una consecuencia de la pervivencia del Estado franquista a lo largo de la Transición, un periodo que también estuvo marcado por una fuerte actividad represiva del poder contra los movimientos populares. Los enjuagues de la Transición están en el origen de los problemas que seguimos teniendo ahora para recuperar nuestra memoria histórica.

No sólo se miente sobre lo que sucedió entre 1936 y 1939 y, después, durante toda la dictadura franquista. También sobre hechos mucho más recientes. La imagen oficial de la Transición se ha construido sobre el silencio, la ocultación, el olvido y la falsificación del pasado. No se ha purgado el franquismo en esta sociedad. Los asesinos que aún viven, y sus herederos, están crecidos. Se revuelven como fieras ante cualquier indagación sobre el pasado.

Las dificultades que tenemos todavía son consecuencias de la Transición, en la que se pactó la amnesia colectiva. Una sumisión al franquismo que supuso un nuevo crimen contra las víctimas de ese régimen de terror.

Hay que recordar que más de 100 antifascistas perdieron la vida en las calles, entre 1976 y 1980, a manos de las fuerzas policiales mandadas por Martín Villa y Rosón. Y en atentados de la extrema derecha instrumentalizada desde el poder. La mayoría de ellos tenía alrededor de 20 años. La historia oficial se ha olvidado deliberadamente de todos ellos. Hay que reivindicar permanentemente su memoria.

La Transición supuso una Ley de Punto Final del Franquismo, nos dejó al Borbón en el trono, muchos muertos sin rehabilitar y a los asesinos sin condenar. Los tribunales de justicia aún se siguen oponiendo a la revisión de los consejos de guerra franquistas, auténticas aberraciones jurídicas.

Aquí no ha habido ninguna reconciliación: han querido imponernos la rendición de la memoria. Pero a pesar de las demandas de protección del derecho al honor de los verdugos, no vamos a renunciar a nuestra propia historia. Es fundamental seguir trabajando para romper la barrera tejida por la intoxicación, la mentira y el olvido.

La saga de los Rosón, sus herederos y las reclamaciones judiciales
El Solidario, Solidaridad Obrera, pgs.48 y 49
www.solidaridadobrera.org/downloads/solidario/el_solidario13.pdf

El calvario del periodista Alfredo Grimaldos comenzó en 2004 con la publicación del libro «La sombra de Franco en la Transición» y en 2012, ocho años después, continuó con la condena por parte del Tribunal Supremo por atentar contra el honor del clan Rosón.

Pues bien, señores del Tribunal Supremo: ese mismo año en el que Ustedes dictan su sentencia inquisitorial, el clan familiar cuyo honor defienden seguía haciendo de las suyas y la policía detuvo a Javier Eduardo Rosón Boix, involucrado en la Operación Emperador que desarticuló la mafia china de Gao Ping.

Rosón Boix trabajaba en una sucursal de Madrid del Banco Sabadell como abogado especialista en el lavado de dinero negro y la evasión fiscal. Había organizado su propia red con la ayuda de Frederic François Mentha, un gestor de la banca suiza. La policía registró dos domicilios ligados a él e intervino su vehículo, un Mercedes SL500. Le relacionan con una española de origen israelí, Malka Mamman Levy, alias La Sobrina, auténtica cerebro de la banda criminal de blanqueo de dinero.

Es el hijo pequeño de Juan José Rosón, antiguo cacique gallego, antiguo gobernador civil de Madrid, antiguo ministro del Interior en los tiempos de UCD…

Este es el «honor de la familia Rosón» que defienden los jueces españoles.

Para descargar el libro ‘La sombra de Franco en la Transición’ de Alfredo Grimaldos:

¿Tienen uñas las hormigas? (y II)

N.B.

El dadaísta título de arriba -como el de mi anterior entrega: «¿Tienen sed los peces?»– pretende hacer vislumbrar lo bizantino de pueriles discusiones del llamado, entonces, cada vez menos desde que ETA abandonó la lucha armada, «problema vasco» cuando, en realidad, lo que hay, a juzgar por la copiosa prosa que a continuación voy a enumerar, es un «problema español». Se habla de España, decía yo, no ya como tema, sino como género, casi un estilo, un relato.

Veamos, pues, una corta relación de la producción libresca escrita y pergeñada por ortodoxos y heterodoxos en distintas épocas e inspirada en qué cosa sea eso que llaman «España» y que parece cogida con imperdibles y casi por los pelos. Muchos nombres ya no dicen nada, o casi nada, y otros sí, pero todos estaban animados por la misma inquietud, otrosí, las Españas. Del iniciático Campillo y Cosío, ministro liberal del siglo XVIII con Felipe V, tenemos el kilométrico «Lo que hay de más y de menos en España para que sea lo que debe ser y no lo que es» (1741) y «España despierta» del mismo año. Damos un brinco cronológico y nos topamos con Federico Jiménez Losantos, aquejado estos días de un virus estomacal o no se  sabe qué, y su exitoso best-seller en 1979 «Lo que queda de España», significativo título. De Lucas Mallada, el célebre «Los males de la patria». Picavea le dio vueltas al asunto en «El problema nacional». Ortega (y Gasset) piensa que España se tibetaniza en «España invertebrada»; piensa que España se desconcha (lo de las autonomías no es de hoy; ya, por ejemplo, se le otorgó a Puerto Rico cuando todavía era colonia española y antes de ser Estado Asociado de los USA). Claudio Sánchez Albornoz, aquel que dijo que España empieza, no en los Pirineos, sino en el País Vasco, escribe en su famosa polémica con Américo Castro y su «La realidad histórica de España», escribe, digo, «España, un enigma histórico». La orteguiana y malagueña María Zambrano redacta «España, sueño y verdad». Ya después de la guerra civil, el médico Pedro Laín Entralgo escribe «España como problema» (punto de vista falangista). Rafael Calvo Serer, en respuesta, pergeña «España sin problemas» (punto de vista opusdeísta). El indocumentado y pelín pirao Ángel Ganivet (a quien Azaña pusiera en su sitio), «Idearium español». Fernando Sánchez Dragó, que ya suena más, se forra con su delirante y desopilante «Gárgoris y Habidis, una historia mágica de España» (1979). José Luis L. Aranguren, «Memorias y esperanzas españolas». Jovellanos, ilustrado del siglo XVIII, redacta «Informe sobre la ley agraria» (y, después, también el regeneracionista Joaquín Costa ya en el siglo XIX, principios). Feijoo, en el XVIII, «Teatro Crítico Universal». El integrista Marcelino Menéndez Pelayo, «Historia de los heterodoxos españoles» con aquella España «martillo de herejes y centinela de Occidente» que tan bien le vino a la intelligentsia franquista. Estos «heterodoxos» serían extraespañoles a fuer de españolísimos de fuero interno pero desaforados; los afrancesados, por ejemplo. Mayans tiene «Orígenes de la lengua española» y, termino, Juan Pablo Forner (quien escribiera en 1792 «Discurso sobre la perplejidad de la tortura», en plena decadencia de esta ominosa práctica, y se entendía que había que erradicarla, o sea, igual que ahora, hay que joderse. . . ), «Exequias de la lengua española». Hay más, pero es suficiente. En lenguaje de hoy, se podría decir que son gente de «derechas» quienes escriben sobre «Espain».


La lista es heteróclita y no todos los autores coinciden ni en la época ni en pensamiento ni en intenciones. Hay quien hace alharacas y se siente alharaquiento. También bordes de pórfido y quien, a falta de charol, se la menea pero medra, que de eso se trata (hay «escuela vasca» en este menester). No faltan esforzados costaleros ni, ay, sobran gentes sinceras, preocupadas, afrancesadas o no, alumbrados o arbitristas, hasta que apareció la casta inconsútil de los rastacueros parvenus facedores de «bucles melancólicos» (Jon Juaristi) y su «ècole juaristiano» con sus mediocres epígonos.

Como decía el poeta, ¿hay «dos Españas»? De momento, como decía Alfonso Sastre, «España son ellos». Los de siempre, los puros, los castos, los putos amos de la barraca y la Banca.

La polémica Sartre-Camus

Nicolás Bianchi

En el año 1952 las dos figuras principales del mundo intelectual francés eran Jean-Paul Sartre y Albert Camus, autores de La náusea y La peste, respectivamente. La disputa surgió a propósito de la publicación del ensayo de Camus El hombre rebelde, en octubre de 1951. La reseña del libro le fue confiada a Francis Jeanson a sabiendas de que sería poco benévola. Jeanson, discípulo de Sartre, publicó, efectivamente, un comentario negativo en mayo de 1952 del libro de Camus en la revista Les Temps Modernes, órgano del círculo existencialista sartreano.

Camus sostenía en su ensayo que en el ser humano había una esencia, una naturaleza humana, y que esa esencia se relacionaba con una moral cuyos principios transcendían las contingencias de la Historia. Para Sartre, en cambio, el hombre no tenía esencia, era pura existencia (de aquí el existencialismo como filosofía), un puro hacerse; por ello, la Historia era, precisamente, todo porque la Historia era lo que el hombre hacía en un universo sin Dios. Sartre le insistía a Camus que para revolucionar el orden de las sociedades humanas (=burguesas), era obligatorio que ellos, como intelectuales, se «mancharan las manos». Camus le respondió que él no quería ser «ni víctima ni verdugo» (el «ninismo», como puede verse, no es de hoy), separándose del canon soviético al que se supone que Sartre servía a pie juntillas, y acusando a Sartre de obligar a los artistas e intelectuales a comprometerse y expresar sus ideologías políticas lo que, según Camus, sería una forma de «esclavismo». La polémica entre Sartre y Camus era, en principio, filosófica, pero en la práctica las diferencias se debatían en el campo de la política.

Camus -hoy defendido por personajes como Vargas Llosa-, en su polémica con Sartre, rechazó todas las formas de opresión equiparando el comunismo (o, para un trotskista, el «stalinismo») y el fascismo y/o el nazismo -ideologema todavía muy rentable para los «equidistantes», o sea, los «demócratas»-, es decir, el totalitarismo como mal del siglo, alegando que «el hombre no se reduce a la historia». Para Camus, el que no cree más que en la Historia camina hacia el terror que empezó, para él, guillotinando a Luis XVI.

En Camus el progreso de la libertad consiste en saber liberarla de sus empresas, de sus tareas, o sea, en otras palabras, el no-compromiso (engagement, término muy en boga en aquellos años). Al referirse Sartre a un pasaje de Cartas a un amigo alemán, donde Camus le dice al supuesto soldado nazi: «Durante años han tratado ustedes de hacerme entrar en la historia», replica Sartre: «[…] puesto que se cree fuera, es natural que imponga condiciones antes de ‘entrar adentro’. Igual que la niña que roza el agua caliente con la punta del pie preguntando. ‘¿está muy caliente?’, mira usted la historia con desconfianza, sumerge en ella un dedo que retira al instante y pregunta: ‘¿tiene sentido?’«

Para Jeanson -el autor del texto en definitiva, pero al que Camus, en su respuesta en Les Temps Modernes el 30 de junio de 1952, le ningunea, ni le nombra, dando por hecho que es una «interpósita persona» de Sartre-, Camus sitúa el Mal (con mayúscula) en la historia (con minúscula) y el Bien fuera de ella, es decir, que rechaza la Historia, ahora con mayúsculas. Se trata -añade- «de eliminar toda situación concreta para obtener un puro diálogo de ideas».

De Camus decía Carlos Fernández Liria, filósofo, en un artículo escrito en 2006, que se negó a que el fin justificara los medios. Y que prefirió «equivocarse sin matar a nadie y dejando hablar a los demás, que tener razón en medio del silencio y los cadáveres». Como si los comunistas -dice Liria, que se reclama de tal condición- «nos dedicáramos a ir ametrallando gente a nuestro paso». Es muy fácil -agrega- «ser moral en un mundo que no llega más allá de mis narices». Sartre, según Liria, que está de su lado, denuncia la pretensión de ser moral más allá del compromiso político. Sartre -termina diciendo Liria- «no defendió la Historia contra la Moralidad. Defendió que la elección moral tenía que consistir en elegir un mundo, un mundo bueno, y no en elegirse bueno a uno mismo».

Albert Camus, que nació en la Argelia francesa en 1913, murió en enero de 1960 en un accidente de tráfico yendo de copiloto (el conductor era el famoso editor Gallimard). En 1957, tres años antes, recibió el Premio Nobel de Literatura. Sartre murió en 1980. También le otorgaron el Nobel de Literatura en 1964, pero lo rechazó en plena «guerra fría» y por, entre otras razones, estar posicionado a favor de la entonces llamada «coexistencia pacífica» preconizada por la camarilla de Jruschov.

En la muerte ayer del novelista Ramiro Pinilla

Con 91 años murió ayer el novelista Ramiro Pinilla, una de las plumas más importantes de la literatura vasca del siglo XX. Había nacido en Bilbao en 1923, un mal momento en un siglo de oscuridad casi total. Su nombre y su obra han pasado desapercibidos porque la cultura siempre ha estado reñida con el fascismo. Es posible que nadie recuerde ahora una entrevista en televisión o una reseña de sus novelas en una revista literaria. Su caso demuestra que en el siglo XX ha existido cultura a pesar del fascismo.

Hace ya más de medio siglo que Pinilla obtuvo el Premio Nadal y el Nacional de la Crítica. En 1971 quedó finalista del Premio Planeta. Antes del fallo le llamaron por teléfono para decirle que había ganado y que debía ir a la gala a Barcelona para recogerlo, momento en el cual se consuma el fraude: el primer premio se lo dan al franquista José María Gironella. Para taparle la boca, aquella noche Lara, el propietario de la Editorial, otro franquista, le dio 5.000 pesetas. Así funciona la cultura que, en una sociedad capitalista es un mercancía como cualquier otra.

Un paralelismo entre Gironella y Pinilla daría para mucho. Precisamente para evitar comparaciones entre ambos, la Editorial Planeta demoró seis meses la publicación de “Seno”, la novela finalista de Pinilla.

Gironella fue quien más novelas vendió con el franquismo. Entonces la gente leía aún menos que ahora y, desde luego, casi nadie guardaba novelas en los armarios de su casa, pero es casi seguro que, si había alguna, era “Los cipreses creen en Dios” o “Un millón de muertos” del autor catalán, que forman parte de la mala conciencia del franquismo sobre la guerra civil y sobre sí mismo.

Por el contrario, los escaparates de las librerías ignoraron a Pinilla, que tuvo que crear su propia editorial, Libropueblo, para vender sus novelas llamando a las puertas de las casas porque en un escritor la autenticidad es aún más importante que la veracidad, una sensación que no se puede fabricar y que está en muy pocos autores: Rosalía de Castro, Luis Cernuda, Miguel Hernández…

Como todos los clásicos, Pinilla siempre estuvo fuera del mercado, las modas, la frivolidad y la superficialidad del momento. Sus novelas son lo que siempre fueron las novelas, el arte de contar historias, aunque en su caso la historia no sea más que una: el fin de una época y el inicio de otra distinta. En sus novelas los personajes se repiten y las localizaciones siempre son las mismas, aunque cambia el paisaje: los caseríos se derriban para dejar sitio a los esqueletos de hierro de los altos hornos o los astilleros.

Hay novelistas (Balzac, Zola, Galdós, Sholojov) en los que se describen las clases y la lucha de clases mejor que en cualquier manual. En Pinilla el motor de la historia asume una forma genealógica, biográfica, en un entorno reducido en lo personal, casi exclusivamente familiar, y en lo geográfico, Getxo, un arenal donde una ría y una época se acaban para romperse, como la Santísima Trinidad, en tres pedazos: la oligarquía, la burguesía nacionalista y el proletariado.

En la posguerra el novelista bilbaino tomó partido, formando parte de aquellos comunistas que en 1947, en las condiciones más difíciles que cabía imaginar, desencadenaron una huelga general a lo largo de la ría, la primera que conoció el franquismo. En sus novelas están presentes aquellos acontecimientos, cuando salir a la calle no era divertido sino que significaba quedarse sin pan para comer, o morir defendiendo una barricada, o acabar en la cárcel de Santoña durante muchos años.

No hace tanto que Anasagasti se permitió el lujo de insultar públicamente a Pinilla y su obra. Como buen garrulo, el senador del PNV no tenía ni puta idea, pero ese es otro retrato de los políticos que padecemos. Hace un siglo Pérez Galdós ya dijo que aquí “la política” es una conjugación del verbo comer. Esto no da para más. Es el momento de comerles o de que nos coman, y me refiero al alimento del cuerpo tanto como al del alma.

El colonialismo ideológico de la posguerra

Juan Manuel Olarieta

Siguiendo la pauta del ensayo -ya clásico- de Saunders Stonor, de imprescindible lectura (1), no hace mucho que la cadena de televisión franco-alemana Arte emitió un documental (2) sobre la instrumentalización por la CIA de antiguos nazis para infiltrar y dirigir la cultura progresista en diversos países de Europa. Era el fruto de tres años de investigaciones y mostraba las vías por las cuales el espionaje estadounidense manipuló los círculos artísticos e intelectuales europeos durante la guerra fría.

En toda Europa fueron numerosos los escritores que trabajaron a sueldo de la CIA a través del Congreso para la Libertad de la Cultura, una pantalla que tenía su sede en París y desde donde extendió sus tentáculos por África, Medio Oriente y Latinoamérica. Era una fábrica de anticomunismo que tenía por objetivo sustraer a los intelectuales progresistas de la influencia del marxismo para volverlos contra la URSS.

La revista de cabecera era «Preuves», dirigida por el sociólogo francés Raymond Arond, al que pusieron de moda y cuyas obras convirtieron entonces en manuales de obligatoria lectura en las facultades universitarias.

En Alemania el Congreso se organizó en 1950 en Berlín, en la zona de ocupación militar estadounidense, aunque también tuvo sucursales en Frankfurt, Colonia y Munich. Su portavoz era la revista «Der Monat», subvencionada por la CIA hasta 1958. Entre sus colaboradores había periodistas, editores y profesores universitarios.

En Colonia la CIA estableció relaciones provilgiadas con las redacciones de los periódicos y la televisión. Uno de los colaboradores habituales del imperialismo fue el escritor Heinrich Böll, que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1972. Pero en las nóminas del espionaje no faltaron tampoco pintores, historiadores, músicos, cineastas y filósofos.

Las razones eran obvias. En 1945 la URSS no sólo no había sido derrotada en la guerra sino que su influencia era mayor que nunca. Su propia subsistencia era un desafío para las potencias imperialistas que se extendía a todos los terrenos, incluido el ideológico. Era una situación incompatible con el imperialismo, cuya hegemonía también tiene que ser cultural, filosófica, científica, artística, literaria, cinematográfica…

Después de la II Guerra Mundial, en Europa occidental los estadounidenses impusieron sus concepciones de la misma manera que sus armas nucleares y su sistema monetario. El imperialismo no podría dominar si no dispusiera, además de las herramientas militares, diplomáticas y económicas, las de tipo ideológico. El dominio tampoco sería posible si la ideología imperialista se presentara como lo que realmente es: como tal ideología. Para facilitar su penetración tiene que presentarse como la única forma posible de historia, cultura, sicología, arte, filosofía o cine. Es la manera de llegar hasta las escuelas más remotamente alejadas de los centros intelectuales que las han elaborado, cuando los niños empiezan a leer los manuales de adoctrinamiento y sumisión en forma de cuentos o películas de dibujos animados de Walt Disney.

Tras la industria espacial, la segunda exportación más cuantiosa de Estados Unidos es eso que llaman «entretenimiento», el «show bussines»: la cultura como mercancía. Pero la hegemonía no llegó sólo de la mano de Hollywood. Bajo la cortina de humo del «intercambio» (viajes, becas, cursos, editoriales) se implementó un proyecto para formar a los llamados «hemisphere leaders» (economistas, militares, artistas y periodistas), clones fabricados siguiendo el patrón universitario estadounidense. Para exportar su ideología por todo el mundo, Estados Unidos abrió bibliotecas, fundaciones y centros culturales, estableció agencias de prensa y estaciones de radio, creó instituciones públicas especializadas en propaganda exterior como la USIS (Unites States Information Service) y la USIA (United States Information Agency).

Aún a fecha de hoy una parte muy importante del fondo bibliográfico de las editoriales y las bibliotecas se compone de libros distribuidos (y en buen parte regalados) por las instituciones «educativas» gringas durante la guerra fría. Sólo en 1965 la USIS financió la traducción y distribución de más de 14 millones de libros de muy diverso tipo, con el mismo contenido ideológico y propagandístico, verdaderas obras de encargo. El Reader’s Digest es sólo uno de los ejemplos más conocidos de esa colonización cultural (3). Hace años Jason Epstein lo resumió de la forma siguiente:

«No es cuestión de comprar a unos escritores o a unos universitarios, sino de establecer un sistema de valores arbitrario y ficticio mediante el cual los universitarios obtienen adelantos, los redactores de revistas son pagados, los sabios son subvencionados y sus obras publicadas, no ya, necesariamente, a causa de su valor intríseco, a pesar de que éste sea a veces considerable, sino a causa de su obediencia política […] La CIA y la Fundación Ford, entre otros organismos, han establecido y financiado un aparato de intelectuales seleccionados por sus posturas correctas en la guerra fría» (4).

Pero no bastó con formar los nuevos cuadros intelectuales que iban a dirigir el mundo «libre»; también fueron necesarios nuevos institutos, universidades y centros de investigación que desplazaran a los anteriores, especialmente a las universidades tradicionales y las enseñanzas tradicionales, que se consideraron «anticuadas». A través de fondos del International Education Board, la Fundación Rockefeller movió los hilos de la «formación» en la Europa de la posguerra. No es una paradoja sino la esencia misma del proyecto: los fondos previstos para la enseñanza no se destinaron a las universidades porque su objetivo no era divulgar los conocimientos ya existentes sino de imponer en Europa lo que en Estados Unidos consideran como nuevo y verdadero conocimiento (filosófico, económico, histórico).

Por ejemplo, a pesar de la oposición de las universidades, Rothschild financió en Francia la construcción del Instituto de biología físico-química que, tras la guerra mundial, pasó a ser financiado por Rockefeller.

En España ocurrió exactamente lo mismo: la fundación del Instituto Nacional de Física y Química, conocido entre los científicos como «el Rockefeller», se inició en 1926 en Madrid gracias a un préstamo de 420.000 dólares de aquella Fundación. Hasta los arquitectos que levantaron los planos del edificio dejaron constancia del servilismo que acompaña siempre a quienes se acojen a la caridad ajena. En su memoria reconocieron que habían optado por el racionalismo americano frente al europeo y que, además, «se proyectó un orden alargado del estilo llamado colonial norteamericano, y se hizo así pensando en que Rockefeller, que prohibe que su nombre figure en sus donaciones, tuviera un recuerdo, aunque fuera mudo» (5).

Todo esto me lleva a sospechar que es probable que en España el espectacular fracaso escolar y universitario tenga alguna relación con el hecho de que las enseñanzas nazis e imperialistas que los profesores imparten en los centros educativos les revuelven las tripas a los estudiantes.

(1) F.Saunders Stonor, La CIA y la guerra fría cultural, Debate, Madrid, 2001.
(2) La CIA infiltre et contrôle la culture des pays d’Europe, http://www.youtube.com/watch?v=qer-2PB8gfM
(3) Joanne P. Sharp: Condensing the Cold War: Reader’s Digest and american identity, University of Minnesota Press, 2000.
(4) Cfr. Claude Julien: El imperio americano, Nova Terra, Barcelona, 1969, pg.338.
(5) Cfr. C.González Ibáñez y A.Santamaría García (eds.): Física y química en la Colina de los Chopos: 75 años de investigación en el Edificio Rockefeller del CSIC (1932-2007), CSIC, Madrid, 2009.

Nacionalismo español (III)

Nicolás Bianchi
Hace unos años durante la final de la Copa del Rey entre el Athletic de Bilbao y el F. C. Barcelona el himno español fue ahogado por la sonora pitada de las dos aficiones concurridas en Valencia. Luego, también en Mestalla, se celebró otra final entre el Real Madrid y el Barça. El himno fue vitoreado mayormente por la afición blanca y abucheado por la culé. Una Copa devaluada y venida a menos es celebrada toda la noche en Cibeles de manera freudiana o, mejor, jungiana. Si el rival del Madrid hubiera sido, digamos, el Zaragoza, no hubiera habido tanto rebombio, ni muchísimo menos. Pero se trataba del Barcelona, no el equipo a batir deportivamente, sino el “enemigo” a derrotar. Y ello como quien alancea un moro. Porque un catalán no es un español “como nosotros” y, si lo es, lo es con fórceps. No hace falta que lo llame (=insulte) “separatista” pues, aunque permanezca mudo, yo se lo recordaré ejerciendo de “separador”. Es como el chiste de El Perich: “ríndete, hijoputa, cabrón”. Y el otro: “hombre, si empezamos así, insultando, se va a rendir tu puta madre”.

Siguiendo ahora con nuestro autor de referencia, Pérez Garzón, pues no ocultamos nunca nuestras fuentes ni nos tiramos el moco de nada, diremos que desde mediados del siglo XIX hubo manuales escolares de historia española por primera vez obligatorios, es decir, la enseñanza se funcionarizó y ya dejó de ser una función gremial de maestro improvisado de primeras letras, que yo he visto de crío en aldeas burgalesas. Por lo menos, con el Estado liberal, aunque celoso de convertir a sus ciudadanos en “patriotas”, no había tanto cura. ¿Qué enseñaban? A Modesto Lafuente, un precursor involuntario de la Enciclopedia Álvarez franquista donde, al menos, se asumió que la historia era algo más que la mera relación cronológica de reinados y dinastías y se hizo del “pueblo español” el verdadero protagonista de la historia de España, siempre, eso sí, a partir del relato cronológico de los reyes porque, en definitiva, la monarquía se exaltaba como hilo conductor del devenir nacional. El historiador Américo Castro rememora (murió en 1971, creo) que en la escuela le enseñaban que “Túbal, hijo de Jafet y nieto de Noé, fue el primer poblador de España”. O sea, que “España” ya estaba… ahí. Es decir, ”aquí”, pero, ¿cuál? La de las Cuevas de Altamira, Trajano, Numancia, Viriato y Manolete.

Y en los días que hemos estado de procesiones, cirios, saetas y la madre que los parió a todos, recordemos que en el Trienio Liberal (1820-23) de Riego había “procesiones cívicas” (hoy serían ateas) secularizando el martirologio de los luchadores por la libertad: los comuneros de Castilla, los patriotas (entonces “terroristas”) de 1808, los militares Porlier, Lacy y, pocos años más tarde, Torrijos y Mariana Pineda. Ya no eran monumentos a los reyes, sino plazas y paseos como espacios públicos dedicados a bienhechores de la nación y su salud pública. Como, por ejemplo y sin ir más lejos, Iker Casillas, a quien quieren dedicar una calle en Madrid por inventar la penicilina, creo, no estoy seguro.

El niño preguntará al padre: ¿y este fulano, quién es?” Un héroe, hijo, un héroe…

Nacionalismo español (II)

Nicolás Bianchi
No hay que engañarse: lo estricta y genuinamente “español” es lo castellano (como pudo haber sido lo astur-leonés). Pero no podía decirse lo “galaico-castellano” o lo “vascongado-castellano” y menos lo “castellano-castellano”, pero sí lo gallego-español, lo vasco-español y lo español por antonomasia: lo castellano. Todo es español, un término, por cierto, que si a Américo Castro hacemos caso, ni siquiera es “español”, sino de origen provenzal. En términos lingüísticos, no se hablaría el “vasco-castellano”, sino el español sin más, igual que en el Río de la Plata no se habla “argentino”, sino “español”. O en México (pronúnciese la x como jota).

Todavía se repite la mixtificación de que los Reyes Católicos unieron “España” cuando, en realidad, sólo casaron dos reinos, pero sobre todo conquistaron otros dos: el navarro y el granadino-nazarí. O que la expulsión de judíos y moriscos se justificaba en aras de esa “unidad religiosa tan necesaria –nos dice Pérez Garzón- para afianzar la unidad política”. Ni existía “España” ni mucho menos la “nación española”. Como tampoco existía la nación vasca o la catalana.

El concepto de España como sustancia con independencia ontológica se fraguó en el siglo XIX para dar soporte de soberanía política al proceso de organización de un Estado liberal homogeneizado y codificado de una nación de ciudadanos propietarios (o sea, la inmensa minoría) y de un mercado para el despliegue de las formas capitalistas. Fuesen republicanos, progresistas, doctrinarios o tradicionalistas, superpusieron la “nación cultural” a la política desde una perspectiva esencialista de España que, al devenir en sustancia, permitía retroproyectar el presente hacia remotos siglos del pasado. Por ejemplo, Isidoro de Hispalis es San Isidoro de Sevilla, de godo a español. Y para Menéndez Pidal, ”historiador nacional”.

A partir de la consolidación de la revolución liberal se hizo realidad un nuevo modo de escribir e interpretar el pasado. Los historiadores lograron reforzar la idea de continuidad histórica desde los primitivos pobladores, prehistóricos, de la península hasta el Estado liberal, y así extendieron la denominación de “españoles” a los pueblos de la antigüedad peninsular (el Jabato sería ibero a fuer de protoespañol, en fin…). Y todos los historiadores se reclamaban “objetivos”.

Al pueblo español se le dotaba de ingredientes perennes y se le definía con carácter inmutable desde la óptica del romanticismo historicista. Bajo este prisma, claro es, no puede extrañar que las dinastías musulmanas de ocho siglos de historia no dejaran de ser el paréntesis de esos “otros” –los árabes- que invadieron “lo español”. O sea, desde Viriato hasta Daoiz y Velarde pasando por el Cid, Fernando el Santo, Guzmán el Bueno o Hernán Cortés como encarnaciones y arquetipos del carácter español.

Hoy los proeles son San Raúl González y Sergio Ramos, mástiles y faros de “la Roja” esa.

Nacionalismo español

Nicolás Bianchi

Vamos a partir de una conclusión que habría que demostrar y a la que llega el historiador Juan Sisinio Pérez Garzón en su libro “La gestión de la memoria”.

La tesis es que, por ejemplo, un concepto tan usado como el de “cultura española” se ve incuestionable por obvio. Juega con la ventaja de un nacionalismo que no se presenta como tal y que da por supuesto que “lo español” ya está definido de una vez por todas y acabáramos.

Vaya por delante que ninguna cultura nacional o idioma o religión se han formado en aislamiento, no son productos endógenos. El lerdismo actual ultranacionalista y chovinista, una vez conquistado el islote de Perejil, hazaña bélica sin par, encuentra uno de sus últimos refugios en el deporte profesional (trufado de dopajes). Pones la radio o enchufas la tele y un locutor nos informa de qué han hecho “los nuestros” en la NBA norteamericana, algo de rabiosa actualidad. Ya no es el español tan bajito. Recuerdo al ciclista ¿español? Luis Ocaña, hijo de emigrantes conquenses en la República francesa. Sus éxitos deportivos vinieron de perlas a la escuálida dieta patriótica española. Pero Ocaña (en francés “Ocana”) tenía un defecto glosopédico: su fortísimo acento francés cuando se expresaba en “español”. Y una tara: en el idioma de Molière se expresaba infinitamente mejor que en el de Cervantes. Luego se suicidó y ya nadie se acuerda de sus gestas en el Tour. Era un español “a medias”, sin el ADN de Bahamontes, que este sí que era español de cojones.

El ejemplo tal vez esté cogido por los pelos, pero las patentes de españolidad dicen que no es lo mismo un triunfo del pinteño Contador que del navarro Indurain, entre un cristiano viejo o un probable agote. Los Reyes Católicos “ya eran españoles”, según la historiografía liberal del siglo XIX, y no digamos el Cid (Viriato no, éste sería “portugués”, lusitano) o Isidoro de Sevilla (Hispalis). Los musulmanes derrotados en Granada no eran “españoles”, ni siquiera “otros españoles” como los sefardíes expulsados de su tierra. Y, sin embargo, en las relaciones internacionales, los “hispanos” eran los árabes peninsulares. El resto astures, leoneses, castellanos, navarros, aragoneses, en definitiva, ”cristianos”, pero jamás “españoles”. Abderramán sería más “español” que Pelayo. A alguien le va a dar un soponcio…

El nacionalismo español, pues tiene la dudosa virtud de presentarse como si no fuera nacionalista, como si sus pretensiones fueran lo natural y normal o incuestionable. En este sentido –dice el autor-, el nacionalismo español, confundido con la propia historia del Estado desde las Cortes de Cádiz, al no definirse como tal nacionalismo, resulta difícil discernirlo de la historia política general en la que el concepto de España se plantea desde el supuesto incuestionable de la existencia unitaria de un Estado que no deja de ser el reducido y menguado heredero territorial de una monarquía tan plural como dispersa en sus posesiones. Seguiremos.

Todos los artículos de Olarieta

Son 108 en total. Creo que están todos los que hay publicados por internet. Si alguien cree que ya dispone de todos habiéndose descargado un paquete de ellos de otro sitio web, se equivoca, puesto que dicha recopilación la llevé a cabo yo. Por lo tanto, esta es la más completa y aquí la dejo a vuestra disposición. 


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Lo específico de Juan Manuel Olarieta Alberdi -siempre pone en sus trabajos el apellido de su madre, una hermosa mujer de una energía fascinante- es su constancia e infinita capacidad de trabajo. A eso hay que sumarle la unión y unidad entre lo que es la teoría y la práctica. No hace ni dos años estuvo en la cárcel (y no por primera vez). Que estés o acabes en las cárceles españolas no demuestra per se  una ley matemática ni consagra una verdad revelada, pero sí es significativo, sobre todo cuando el enemigo de clase te ningunea y apenas hace alarde de su “triunfo”. No por desprecio, sino por no dar pábulo y propaganda. No se sacraliza tanto una línea política determinada y es por ello que acabas en los makos, sino porque apuntas al glacis del modo de producción capitalista y la manera de destruirlo que el Estado capitalista te considera un enemigo y te tiene siempre en el punto de mira. Por esto, como decía el otro, en la cárcel, aunque no siempre, afortunadamente, acaban siempre los mismos y no los charlatanes. Como diría Stalin, ese temible “ogro”, si el idioma fuera una fuerza productiva, los charlatanes de feria en el -y esto es de Blasco Ibáñez- “charlamentarismo español” serían millonarios. Este hombre -Juanma para los amigos- que, por su enorme talento, y como abogado licenciado en la jesuítica Universidad de Deusto, vívero de la burguesía vasca y española, podría haberse dedicado a esquilmar los bolsillos de los burgueses adinerados gestionando sus litigios, pleitos y pufos interclasistas para enriquecerse él y darse la gran vida, tal como la entiende la molicie burguesa, ha pasado hambre (un tío que disfruta comiendo y jamás engorda, por cierto) y dormido en las calles de Madrid y París. Ser comunista, esa “rara avis” como lo es él, no es sencillo ni un deporte ni una moda. Tiene muchos sinsabores e incomprensiones que afectan, a veces, a lo más íntimo de la persona, incluido lo afectivo, pero no necesariamente. No es un plato de gusto. Pero estoy seguro que, lo que ya para algunos correligionarios tiene muchísimo mérito, él le quita importancia. A algunos nos preocupaba su despreocupación de sí mismo. Cómo no, tiene su corazoncito pero sólo un objetivo: contribuir a organizar la Revolución, esa “utopía”. Hay quien se pasa la vida “discutiéndola”. No es su caso. ¿Cabezonería? Tal vez, pero bendita recalcitrancia.Personalmente siempre le he tenido por un genio en el sentido renacentista de la palabra. Juanma, ducho en marxismo, pega a todos los “palos”, desde la ciencia, la economía política (también estudió Económicas en Bilbao) -porque se dice “economía política” y no “economía” a secas-, la filosofía, pasando por el cálculo infinitesimal (de Engels) o, últimamente, la genética (ha escrito recientemente un trabajo rehabilitador del defenestrado Lysenko, objeto de mofa y pinpanpúm de la biología burguesa y la que pasa por no ser burguesa, o sea, “izquierdista”) hasta… el fútbol. Porque, sépase, lejos del clásico intelectual torremarfileño que abomina de los prosaicos divertimentos para las masas -opio para la chusma-, gusta del fútbol y, lo más osado, se atreve a plantear tácticas en esa teatralización de la guerra que es el fútbol. Al ajedrez jugábamos alguna partida en la demolida cárcel de Carabanchel, pero no diré quién ganaba.

Alguna vez le he dicho, en un jijijajá, que el marxismo -su pasión- se le está quedando pequeño. Le llegué a decir -con mi soma más mefistotélica que maquiavélica- que acabará investigando los tebeos que leía Marx en su infancia.

Más cosas diría de Juanma, pero sólo mencionaré una: no hay peligro de que Olarieta cree una “escuela olarietista” que vea el marxismo de una determinada manera y contribuya a los “diferentes marxismos” y sus “distintas lecturas”. ¿Es, entonces, el marxismo un dogma, una especie de “religión”, como dicen los más babosos? Si así fuera, habría Sumos Sacerdotes, profetas y predicadores, pero, de los que yo conozco, no salen en la tele y acaban con sus huesos, las más de las veces, de mala manera. Olarieta no es un autodidacta. Olarieta es marxista-leninista y, por descontado, materialista dialéctico, si sabemos realmente lo que significa este modo de analizar la Historia… y hacerla.

No creo haber hecho una hagiografía de Juanma Olarieta, más bien creo haberme quedado corto. Un hombre que jamás ha hecho una alharaca ni buscó hueco en el supermercado de las ideologías. Sólo le vi en ambones populares dirigiéndose a la clase obrera. Un tipo incorruptible e incorregible. De los imprescindibles.

Prólogo de Jon Odriozola a Las leyes de represión del anarquismo a finales del siglo XIX

Problemas filosóficos de las ciencias modernas

(Digitalizado por Historia Popular)

Se dice en el libro: «El conjunto de los trabajos que damos a conocer en este volumen fueron realizados por un grupo de militantes del Partido Comunista de España (reconstituido) presos en la Cárcel de Alta Seguridad de Herrera de la Mancha«


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Hoy en día todos los filibusteros
expertos en cátedras quieren medirse con el materialismo dialéctico, con el
marxismo, no solamente en el terreno político y social, sino también en los
demás terrenos que alcanza la actividad humana, entre otros los de las Ciencias
Naturales. Esta es una muestra más de la gran vitalidad del marxismo. Uno de sus
«críticos» más famosos en la actualidad es Mario Bunge (está considerado
como uno de los autores más influyentes en España y Latinoamérica), quien se
está convirtiendo nada menos que «en el patriarca de la teoría de la ciencia
en lengua castellana» (1). Bunge,
además
de querer «actualizar» el materialismo a la luz de «la lógica, la
matemática, la ciencia y la tecnología contemporánea»,
pretende refutar la
dialéctica por «confusa», por «estar alejada de la ciencia», por
faltarle «precisión, detalle y sistematicidad» y ser «una manera
primitiva de pensar» (2)
.

Que un monista pluralista o realista crítico (como se
prefiera) no entienda la dialéctica, no debe extrañarnos (hoy, en Occidente, en
el «Mundo Libre», la mayoría de los profesores de universidad no saben nada de
dialéctica). Pero, ¿acaso es culpa de la dialéctica que un «realista»,
materialista vulgar, no la entienda? La culpa, en todo caso, es del realista y
de los pontífices de universidad, los «alma mater» de nuestra sociedad. No
obstante, en una cosa parecen coincidir todos estos testaferros ideológicos del
capital: en rechazar la dialéctica. Ellos dicen que la refutan pero mueve a
risa comprobar cómo lo consiguen. Algo similar ocurre con el bioquímico
francés, premio Nobel de Medicina, Jacques Monod, quien eleva a los
altares de la ciencia la más tópica concepción sobre el azar o la casualidad
que se haya visto jamás, invocando para ello el «principio de autoridad» de
la física cuántica. Claro que este «experto» bioquímico arremete contra Engels
porque vapuleó la insípida teoría de la «muerte térmica del universo» de
manera brillante (azotaina de la que está tan necesitada la versión moderna de
esta idea conocida por el nombre de «Teoría de la gran explosión»), y
también porque tanto Engels como Marx, si bien admiraban la teoría
darwinista por lo que significaba de progreso, no aceptaban su explicación, «la
lucha por la existencia»,
de claro contenido malthusiano, salvo como «primera
expresión, provisional e imperfecta, de una realidad recién descubierta» (3)
. «Toda la doctrina darwinista de la
lucha por la vida —
dice Engels— no es más que la transposición de la sociedad
a la naturaleza animada, de la doctrina de Hobbes sobre el bellum ómnium contra
omnes (la guerra de todos contra todos) y de la doctrina económico-burguesa de
la concurrencia, unidas a la teoría demográfica de Malthus» (4).

Los neodarwinistas están todos de acuerdo en una cosa, en
el hecho de la evolución. Esta es una conquista científica, una gran verdad que
nadie se atreve a negar hoy día. Pero los neodarwinistas, entre los que se
encuentra Monod,
no logran ponerse de acuerdo a la hora de explicar la
evolución, porque parten de presupuestos unilaterales, lo que origina múltiples
y disparatadas teorías. Y esto ocurre así porque menosprecian la dialéctica y
se mantienen atados a las formas más ramplonas de pensamiento. De todas
maneras, si bien Monod no niega la existencia de la dialéctica misma, sí
niega el hecho de que sea la dialéctica objetiva de las cosas la base y la
razón de aquella «dialéctica subjetiva» del pensamiento, resultando realmente
duro para él tener que admitir que la contradicción dialéctica sea la ley
fundamental de todo movimiento (5). En esto coincide con M. Bunge para
quien, como mucho, la contradicción dialéctica sería la base de «algunos»
fenómenos…

Por desgracia, esta última es una posición mucho más
extendida de lo que a primera vista pudiera parecer. También para muchos
filósofos oficialistas de la URSS como Burlatski: «en una serie de casos,
los opuestos no reflejan la unidad real y lucha de los contrarios»
(6). En sustitución de la
ley de la contradicción, la más importante de la dialéctica, Konstantinov,
por su parte, ha introducido, al parecer sin ningún esfuerzo, la «interacción
universal» (que hoy sirve de fuente inagotable de inspiración a los círculos científicos
soviéticos), adobada con buena dosis de agnosticismo kantista y humista.

Varias son las circunstancias que han contribuido a que el
materialismo dialéctico no haya penetrado del todo en el terreno de las
ciencias naturales de manera consciente, consecuente y profunda; entre ellas
podemos resumir las siguientes: 1.°) Su carácter de clase, ya que el
materialismo dialéctico no es una filosofía especulativa que sirva a la burguesía
en sus intereses y objetivos, sino que es la filosofía del proletariado, de la
clase más avanzada y revolucionaria de la sociedad capitalista; 2.°) El hecho
reconocido de que, hasta hace muy poco, la investigación haya sido un reducto
de privilegiados con intereses egoístas de dominio y explotación, y donde prima
la individualidad, aunque en honor a la verdad tengamos que admitir que cada
día es mayor el número de científicos serios, honestos, responsables y
comprometidos con la lucha liberadora de las masas oprimidas de todo el mundo,
y 3.°) Si bien la experiencia histórica de la URSS es alentadora en muchos
aspectos, en general se puede decir que allí el revisionismo ha despojado al
materialismo dialéctico de su contenido esencial, vivo, revolucionario,
convirtiéndolo en una escolástica metafísica.
Con la irrupción del revisionismo político en la URSS, se
dio rienda suelta a todas las filosofías burguesas especulativas, retrocediendo
en todas las cuestiones de importancia ante el positivismo y adoptando
posiciones eclécticas, confusas o vacilantes ante los problemas más serios que
tienen planteados la filosofía y las ciencias contemporáneas.

Fue en estas circunstancias de debilitamientos del
materialismo dialéctico en la URSS y en otros países, cuando el positivismo
aparentó tener larga vida y buena salud, complacido ante el ataque desenfrenado
abierto de los revisionistas contra las verdaderas posiciones del marxismo en
filosofía, representadas y defendidas por Mao Zedong. La arremetida soviética
contra las posiciones filosóficas de Mao Zedong, hecha con el peor
espíritu y la mayor arrogancia, no tardó en confirmar dos hechos importantes:
1.°) Que Mao tenía razón, y 2.°) Que en aquella lucha contra Mao la
dialéctica soviética llegó a tocar fondo. De manera que desde entonces en
adelante sólo se podían esperar dos cosas: o positivismo idealista franco y
abierto (como en Occidente) o, por el contrario, la vuelta a la situación abandonada
y en la dirección de la crítica que le hiciera Mao Zedong. La salida de
este atolladero aún no se ha producido, pero es de esperar que no tardará en
producirse por una u otra vía. El febril desarrollo de las Ciencias de la
Naturaleza durante los siglos XVIII y XIX en Europa permitió y facilitó en gran
medida la aparición y el progreso más avanzados del materialismo francés,
primero, y de la dialéctica alemana, después, posibilitando la creación de la
filosofía científica, el materialismo dialéctico o filosofía marxista. Es
cierto que el materialismo dialéctico nace vinculado a la ciencia social,
económica y política, y ya, desde sus orígenes, al proletariado, a los nombres
de Marx y Engels y a la I Internacional.

Como reconoce su mismo autor y todo el movimiento marxista
posterior, «El Capital», la obra cumbre de Marx, es ejemplo del
uso del método dialéctico. Ahora bien, esto no es óbice para que el pensamiento
más avanzado recorra ahora el camino inverso al que en un principio le dio
origen.
Los fundadores del marxismo no pudieron ir más allá de donde
fueron en este terreno de las Ciencias de la Naturaleza, entre otras razones
porque otros proyectos absorbían su atención. Es conocido el esfuerzo que hizo Engels
en este sentido en su inacabada obra «Dialéctica de la Naturaleza». También
son conocidos los constantes intercambios de opiniones entre Marx y Engels
relativos a las investigaciones científicas y técnicas, a todo lo que
supusiera una rápida transformación de las fuerzas productivas y les sirviera
para matizar y corroborar en su medio la dialéctica natural, sus leyes, su
unidad con la dialéctica en general, con la social y económica, etcétera (7).

Pero no estamos ya en los tiempos en que Engels hablara
de los dos posibles caminos para que el materialismo dialéctico conquistara las
ciencias naturales; hoy en día no es necesario seguir por aquellos senderos
(aunque el estudio de la historia del pensamiento humano reportará siempre
enormes enseñanzas). No solamente —como proponía Engels a los
naturalistas— disponemos de la obra cumbre de Hegel, «Ciencia de la Lógica»,
cuyo estudio se debe abordar de manera materialista, y los trabajos de Marx
y Engels, sino que el estudio y posterior reelaboración de la
dialéctica por Lenin, y más recientemente por Mao Zedong, brinda
enormes posibilidades teóricas y prácticas que todo científico materialista debería
no sólo conocer, sino también estudiar y aplicar conscientemente, uniendo las verdades
más universales del materialismo dialéctico con su ciencia particular. De esta unión
nacerían infinidad de resultados positivos, de los que saldría igualmente
beneficiada la dialéctica, mejorada e incluso transformada.

Hoy atravesamos un período en el que el progreso social,
impulsado principalmente por las revoluciones socialistas y liberadoras de todo
el mundo, ha estimulado de tal manera el desarrollo de la filosofía científica
materialista dialéctica, que las necesarias generalizaciones y globalizaciones
de los aspectos fundamentales y más importantes de las Ciencias Naturales, así
como la más audaz concepción global de la naturaleza, de las ciencias y de su
desarrollo, no pueden realizarse si no es tomando como base los logros
superiores del pensamiento humano, las conquistas que en poco más de un siglo
ha realizado la filosofía marxista, que es la única que permite desbrozar un
camino más prometedor para la humanidad.

Durante el último siglo, los aportes más sólidos y
esplendorosos en la gran obra del pensamiento del hombre los ha hecho el
materialismo dialéctico, el cual, si bien es cierto que ha estado íntimamente
unido a la ciencia política, social y económica, no es menos cierto que también
lo ha estado a las Ciencias de la Naturaleza, principalmente en la URSS, aunque
con las connotaciones antes señaladas.

Los problemas, ya viejos, de la continuidad y la
discontinuidad en la mecánica cuántica, y la teoría de la relatividad del tiempo
y del espacio; los problemas de la división y la composición (que con tanto
recelo mirara Heisenberg); los problemas del azar y la necesidad, de las
probabilidades y la estadística; el problema del desarrollo, y otros muchos como
la relación mente-cuerpo, están íntimamente unidos al problema fundamental de
la dialéctica que el materialismo dialéctico chino sintetizó en la expresión:
«uno se divide en dos», y no «dos forman uno», que consideraremos
en otro lugar.

La dialéctica de los contrarios es el fundamento del
pensamiento dialéctico y del movimiento en la naturaleza y la sociedad humana.
En este trabajo que ofrecemos al lector intentamos demostrar no solamente la
actualidad de la dialéctica marxista, sino también la imprescindible necesidad
de su estudio, así como algunos de sus logros más importantes, al tiempo que
presentamos por nuestra parte algunos enfoques particulares a determinadas
cuestiones concretas.

(1) A.
Hidalgo, revista «El Basilisco» nº 14
(2) M.
Bunge: «Materialismo y ciencia», págs. 57, 58, 67, 68.
(3) K. Marx
y F. Engels: «Cartas sobre las ciencias de la naturaleza y las matemá
(4) K. Marx y F. Engels: Ídem, pág. 85
(5) J.
Monod: «El azar y la necesidad», pág. 48
(6) Burlatski:
«Materialismo dialéctico», pág. 64
(7) K.Marx,
F.Engels: «Cartas…»

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