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‘Cuando los criminales de la OTAN bombardean Serbia, ahí está mi sitio’ (Peter Handke, Premio Nobel de Literatura)

Peter Handke, Premio Nobel de Literatura
Este año el Premio Nobel de Literatura nos ha sorprendido porque es políticamente muy incorrecto: ha recaído en el poeta y dramaturgo austríaco Peter Handke, acerbo crítico de la criminal intervención de la OTAN en los Balcanes.

Ya ven: en lugar de glosar los enormes méritos literarios de Handke, nos vamos directos al grano: la lucha antimperialista, tan prostituida en las últimas décadas. Las consecuencias las podemos adelantar: los medios van a ceñirse a los méritos literarios de Handke para descuidar los políticos. Por lo tanto, nosotros podemos descuidar el aspecto literario para cargar las tintas en la posición política de Handke.

Durante la Guerra de los Balcanes Handke escribió “Justicia para Serbia”, que tuvo un efecto parecido al “Yo acuso” de Zola en Alemania, el país responsable de la destrucción de Yugoeslavia. Aquí pasó desapercibido porque en aquella época los intelectuales costrosos comían de la mano del PSOE.

La Guerra de los Balcanes fue la primera en la que participó Alemania desde 1945. En plena contienda, Handke viajó a Serbia y luego se desplazó también a Kosovo. Cuando el imperialismo encarceló a Milosevic, fue a la cárcel a visitarlo, lo que le dio la ocasión de escribir más artículos esclarecedores contra la farsa y el ridículo de la propaganda imperialista. Fue como una entrevista con el mismísimo demonio. Le insultaron, le despreciaron, le calumniaron… En un mundo en el que todos dicen amén, a Handke le acusaron de “negacionista”.

Demostró mucho coraje porque, sobre todo los intelectuales, se dejan llevar dulcemente por la corriente, río abajo, singularmente en Alemania, que considera los Balcanes como su patio trasero. ¿Ya nadie se acuerda que la Primera Guerra Mundial estalló en Sarajevo?

El caso del escritor austriaco es todavía más apasionante por un motivo: porque fue atacado por autores repugnantes como Jürgen Habermas, al que algunos filósofos hispánicos tienen como un maestro del seudomarxismo, tan en boga.

Pues bien, nosotros afirmamos que Habermas, lo mismo que Adorno y demás fantoches de la llamada “Escuela de Frankfurt” son acérrimos enemigos del marxismo desde que surgieron hace ya un siglo, y añadimos que la misma consideración nos merecen los que hoy hacen apología de sus obras, todos ellos sesudos profesores y académicos empeñados en reconvertir el marxismo en algo que nunca fue: una teoría.

Estamos con Handke y contra Habermas. Preferimos a un católico como Handke, que no alardea de marxismo, frente a otro que lo prostituye, y lo que decimos de Habermas lo hacemos extensivo a todos esos grupos exquisitos, posmodernos, seudorrevolucionarios e izquierdistas, que cagan sin ensuciarse el culo.

Ocurrió lo de siempre; lo mismo que en 1936. Fue necesaria una guerra para ponerlos al descubierto. Empezaron a babear y a lavarle la cara al imperialismo y su “guerra humanitaria”, exactamente lo mismo que luego hicieron en el Cáucaso y finalmente en Siria. Podemos hacer un esfuerzo para imaginar que una organización posmoderna puede cometer un error y ponerse del lado del imperialismo en un momento dado. Pero el problema no es que se equivoquen: en todas las guerras imperialistas están siempre con los agresores porque forman parte de su dispositivo. Ese es su papel y por eso la Internacional Comunista los calificó de “socialimperialistas” (socialistas de boquilla, imperialistas de hecho).

Es posible que algunos sean muy olvidadizos y tiren pelillos a la mar. Nosotros no; nosotros apuntamos las matrículas de los sicarios (no sólo las de sus patronos). Es cuestión de memoria histórica.

El Club de Roma, anatomía de un grupo de presión

La explosión demográfica y la contaminación ambiental se convirtieron en temas predilectos de la prensa latinoamericana en la década de los setenta.

Una aciaga ideología comenzó a surtir de catástrofes futuras las columnas del periodismo especializado primero, y del general, en seguida. Fue, por un momento, como si hubiera renacido de sus cenizas el mismo Oswald Spengler, profeta de hecatombes, que al trazar un paralelo entre la Historia y la vida de un organismo, fatalmente debía caer en el pesimismo.Lamentablemente, se supo que esta ideología emanaba de un círculo cerrado de intelectuales, el Club de Roma, que reconocía a su vez una paternidad directa en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

La dilatada polémica a la que dio lugar el Club de Roma está reflejada en las páginas de este libro, que abre el intelectual brasileño Celso Furtado y cierra el vicepresidente de Estados Unidos Nelson Rockefeller, paradógicamente coincidentes en que una filosofía que propone el no-crecimiento de la humanidad, es una filosofía que sencillamente niega los fundamentos de su existencia.

El idealismo con el que gran parte de la izquierda ha asumido la tesis del decrecimiento, olvidando el siniestro origen del concepto y sus autores, sin atender a conceptos como soberanía energética, liberación nacional o desarrollo para todos es un ejemplo perfecto de lo vago del término.

Es importante que pensemos no en “decrecer”, sino en preguntarnos para qué crecemos y para quién, ya que podemos crecer creando una sociedad miserable y desigual (Tailandia, Estados Unidos o Malasia, como ejemplos extremos) o podemos crecer resolviendo desde problemas ambientales o eliminando la injusta distribución de la renta bajo el capitalismo.

Descargar el libro ‘El Club de Roma: anatomía de un grupo de presión’

Más información:
— Público asume las tesis del imperialismo sobre los límites del crecimiento

50 años de la muerte del gran novelista estadounidense John Steinbeck

El 20 de diciembre se cumplieron 50 años de la muerte del gran novelista estadounidense John Steinbeck (1902-1968), un autor de la llamada “generación perdida” que había salido desengañada de los ideales que Estados Unidos había vendido en la Primera Guerra Mundial.

William Faulkner, John Dos Passos, Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald y John Steinbeck son los miembros más destacados de aquella “generación perdida”. Algunos se entregaron a una vida disipada y fuera del compromiso político, en el marco de sus trabajos literarios… Steinbeck no lo hizo así. Tuvo una visión crítica de la guerra y de una sociedad americana miserable.

Es la principal figura del nuevo realismo social americano. Nació en Salinas, California, en 1902, hijo del tesorero del condado y de la maestra, en un ambiente de campesinos ricos. Pero Steinbeck se negó a ver las cosas como las veían sus familiares. En lugar de percibir la prosperidad verde de la agricultura en una tierra ubérrima y la riqueza de sus fábricas de conserva, se obstinó en fijarse en los trabajadores agrarios, mexicanos y “okies” (los blancos que habían abandonado el Medio Oeste por la sequía y la depresión) y en la explotación sobre la que se construía la feliz riqueza de los terratenientes.

De joven pasó sus veranos trabajando en ranchos cercanos y más tarde con trabajadores migrantes en las granjas de remolacha de la azucarera Spreckels. En el valle agrícola de Salinas ambientó total o parcialmente varios de sus relatos. Es el caso, por ejemplo, de las novelas “Tortilla Flat” (1935), “De ratones y hombres” (1937) y el libro de cuentos “El poni rojo” (1933), escritos, más o menos, en la misma época, su primera etapa, en la que dio a la imprenta “Los crisantemos”, una obra maestra de la narrativa breve.

Experimentó los aspectos más duros de la vida de los inmigrantes y el lado más oscuro de la naturaleza humana, que le proporcionó material para escribir algunas de sus mejores obras, como las citadas y “Las uvas de la ira” (1939), que sirvió de inspiración para una gran película.

Estudió en la Universidad de Stanford, pero desde muy temprano tuvo que trabajar duramente como albañil, jornalero rural, agrimensor o empleado de tienda, y no llegó a graduarse. En los años treinta describió la pobreza que acompañó a la gran depresión económica y tuvo su primer reconocimiento crítico con la novela Tortilla Flat (1935), por la que recibió la Medalla de Oro literaria concedida por el Commonwealth Club of California a la mejor novela escrita por un californiano. Con este compendio de historias humorísticas, Steinbeck obtuvo cierto éxito. Retrata las aventuras de un grupo de jóvenes sin ocupación y generalmente sin hogar en Monterrey después de la Primera Guerra Mundial.

Otra novela de Steinbeck que tuvo un gran éxito fue “La perla” (1948). El relato cuenta la desventura de un humilde pescador, Kino, y su familia, y pone de manifiesto cómo la hermosa perla que encuentran viene a trastocar su existencia y los aboca a un destino fatal. La obra contiene una amarga crítica a la codicia y la rapacidad, conductas que llevan a la destrucción.

La lectura de las obras de este gran autor, nos sumergen en las realidades de la sociedad capitalista de aquel tiempo, llena de convulsiones sociales, con grandes poderes explotando a migrantes y con la segregación racial de por medio, es decir, exactamente igual que ahora.

Fotograma de la película ‘Las uvas de la ira’ basada en la novela homónima de Steinbeck

Obras cumbre de la literatura universal bajo censura

El novelista ruso Dostoievski
En los últimos cinco años, el Ministerio de Información de Kuwait ha prohibido más de 4.000 libros, entre ellos la famosa novela de Víctor Hugo “Nuestra Señora de París” (1831), “Los hermanos Karamazov” (1880) de Dostoievski y “Cien años de soledad” (1967) del colombiano Gabriel García Márquez.

En los años setenta y noventa Kuwait fue un activo centro editorial con la publicación de la revista cultural Al-Arabi en los países árabes y una serie de libros de divulgación científica, literarios y de otro tipo. Pero en los últimos años, la Cámara de Diputados Kuwait, elegido por sufragio universal -que es una excepción en los países del Golfo Arábigo-, ha estado dominado por la reacción.

Saad al-Anzi, director del Festival Internacional de Literatura de Kuwait que comenzó ayer, dijo que la novela de Dostoievski “Los hermanos Karamazov”, una novela ambientada en la Rusia del siglo XIX, cuestiona la moral, la libertad y la existencia de Dios.

Dostoievski se une a una creciente lista de escritores censurados en este país del Golfo Arábigo que se considera “moderado”, c omo es habitual, pero que adopta tendencias cada vez más reaccionarias tanto en la política como en la sociedad.

Las obras expuestas en la 43 edición del festival, que se extiende hasta el 24 de noviembre, han sido examinadas previamente por una comisión de censura, de acuerdo con la legislación del país.

La comisión, que forma parte del Ministerio de Información, trabaja en el marco de la Ley de 2006 sobre prensa, información y publicaciones, que prevé sanciones contra los editores de literatura y prensa. La ley castiga cualquier insulto al islam o a los tribunales, cualquier amenaza a la seguridad nacional, cualquier incitación al desorden y cualquier acto inmoral.

En septiembre, numerosas personas protestaron dos veces en las calles de la capital contra esta creciente censura.

Rusia: una cadena de montaje para disidentes, exiliados y perseguidos de todo tipo

Mijail Shishkin es un escritor ruso de éxito que ha recibido varios premios literarios y el pasaporte suizo después de publicar una muy documentada historia político-literaria sobre “La Suiza rusa”, que en 2000 le valió el premio del cantón de Zurich.

Podría ser uno de esos rusos que cada año se suman al desfile del 9 de mayo en las calles de Moscú, llevando el retrato de su padre, un veterano de la última guerra mundial, dos veces condecorado con la Orden de la Bandera Roja, y de su tío, que fue fusilado por los nazis.

Pero en 1995 se instaló en Basilea al casarse con una suiza, desde donde hace los típicos llamamientos que entusiasman a los reporteros occidentales, no ya sólo por su oposición a Putin sino incluso para boicotear la Copa del Mundo de Fútbol, sólo por el hecho de que se celebró en Rusia. Según Shishkin, “el deporte se ha convertido para Rusia en la tercera etapa de la guerra”, después de la Guerra Fría y la Caliente.

En sus numerosas entrevistas, el escritor dice que está exiliado en Suiza, algo que también vende mucho en las cadenas de intoxicación. ¿Hay mejor entrevista que la de un disidente ruso?

Son personajes que propician titulares espectaculares, como el de “Le Monde” hace cinco años: “Un escritor ruso se niega a representar al ‘régimen criminal’ de su país”, al que le seguía otra entrada, no menos llamativa: Shishkin rechaza una invitación a la Feria del Libro de Estados Unidos para protestar contra un gobierno al que califica como “hatajo de chorizos”(1).

No nos podemos imaginar que un escritor español rechace una invitación parecida para protestar, ni contra el “régimen de 1939”, ni contra la corrupción institucionalizada.

Pero Rusia se presta al consumo de este tipo de titulares, que luego acompañan los informes de los palurdos de las ONG. Lo que nadie leerá nunca es que Shishkin se fue a vivir a Zurich en 1995 porque se casó con una suiza, lo que nunca le ha impedido publicar y vender muchos libros en su país de origen.

Al casarse con su tercera esposa, rusa, dejo su “exilio” y regresó a Rusia, aunque por poco tiempo, ya que los medios le echaban de menos. Tras el golpe de Estado en Ucrania y la anexión de Crimea, regresó a Suiza y no ha vuelto a Moscú desde entonces.

Pero no son sólo las mujeres o la política lo que le hace vivir a caballo entre uno y otro país. En Rusia el escritor ha sido acusado de plagio, las facultades de filología le ponen como ejemplo de ello e incluso la radio rusa más escuchada, “Ecos del Moscú”, ha dedicado un programa entero a destapar su “copia y pega”(2).

Por el contrario, en Suiza nadie le reprocha nada, posiblemente porque no hay muchos especialistas que sigan la literatura rusa moderna. “Le Monde” nunca dedicará un titular a los plagios de Shishkin.

(1) https://www.lemonde.fr/europe/article/2013/03/08/un-ecrivain-russe-refuse-de-representer-le-regime-criminel-de-son-pays_1845421_3214.html
(2) https://echo.msk.ru/blog/kurvimetr/1027936-echo/

El ‘Manifiesto Comunista’ cumple 170 años

Hace 170 años, un 21 de febrero de 1848, Carlos Marx y Federico Engels publicaron por primera vez el Manifiesto del Partido Comunista, el tratado político e ideológico más influyente de la historia.

No es un texto doctrinal sino claramente partidista. Marx y Engels lo publicaron a petición de la Liga de los Comunistas, la organización de la que formaban parte y tardó casi un año en ser publicado en Londres.

En la obra, que es un prodigio de síntesis, Marx y Engels llevan la ciencia a la lucha de clase obrera, transforman el socialismo, que hasta entonces sólo era un sueño, en un objetivo al alcance de la mano.

Para ello exponen los conceptos imprescindibles para entender y transformar la historia, muchos de los cuales apenas empezaban a esbozarse entonces.

El principio científico fundamental que defienden en su obra es el de que los protagonistas de la historia no son los grandes personajes, la gente ilustre, la aristocracia, sino las masas, que aparecen divididas y enfrentadas en clases sociales.

Fundamentalmente, Marx y Engels destacan la importancia de la burguesía, los capitalistas modernos, dueños de los medio de producción, y el proletariado, es decir, aquellos trabajadores asalariados, obligados a vender su fuerza de trabajo, al no disponer de medios de producción propios.

En la actual sociedad moderna el proletariado es la única clase social cuya emancipación significará la liberación de toda la humanidad mediante la revolución comunista: la abolición de la propiedad privada, las clases sociales y el Estado.

Una vez aparecidas las clases sociales sobre la base de la propiedad privada y la explotación, la historia de las sociedades pasó a ser, simplemente, la historia de la lucha de las clases explotadoras y las explotadas.

Estos preceptos no sólo fueron revolucionarios para su época, sino que sus ideas han tenido un fuerte impacto en el desarrollo de la historia mundial.

La publicación del “Manifiesto Comunista” coincidió con la gran revolución que iba a estallar en Europa muy poco después, la última en la que el proletariado salió a las calles bajo los estandartes de la burguesía.

En 1917 la Revolución de Octubre llevó a la práctica las enseñanzas de Marx y Engels, demostrando a los revolucionarios de todo el mundo que existe una alternativa válida a los desastres del capitalismo: el socialismo.

Desde 1848 la práctica y la teoría del marxismo prevalecen en todo el mundo, una influencia que va más allá de las clases para las que fue escrito el “Manifiesto Comunista”, a la que cabe calificar como una obra imperecedera.

https://sociologia1unpsjb.files.wordpress.com/2008/03/marx-manifiesto-comunista.pdf

El arte de las portadas de libros soviéticos en los años 30

Olivia Camp

A menudo allá donde menos se espera se encuentran cosas magníficas, maravillosas, como una colección de cientos de portadas de libros soviéticos de los años 30 puestas en dominio público por la Biblioteca Pública de Nueva York. Tal vez estuvieran al alcance de cualquiera en algún archivo de la actual Rusia, o tal vez no. Sea como fuere, en enero de 2016 la New York Public Library puso a disposición de quien quisiera prestarles atención un total de 656 portadas de libros soviéticos, fundamentalmente de la década de los 30, perfectamente digitalizadas y en dominio público. Cualquiera puede visitarlas en la excepcional web de la Biblioteca, y descargarlas gratuitamente. El magazine neoyorquino The Paris Review fue el primero en hacerse eco de la noticia.

Se pueden hacer infinitas selecciones entre las más de seiscientas muestras de portadas digitalizadas en Nueva York. Cualquier recorrido por parte o el conjunto de la colección deja una verdad incontrovertible: la calidad artística de un trabajo, en principio, subsidiario de la obra literaria, de funcionalidad artesanal, podría decirse. Lo que en su contexto no debió ser más que algo acostumbrado, el paso del tiempo lo devuelve convertido en arte. Con estas portadas ocurre algo similar a lo que pasa con la cerámica antigua, que un simple vaso o un plato de hace mil quinientos años, industrialmente decorados, son hoy piezas que trascendieron su uso primero para convertirse en símbolos definitorios de una determinada cultura, en forma de medir el desarrollo de una sociedad. Las portadas de los libros soviéticos de los años 30, de la misma manera, dan testimonio del grado de desarrollo artístico de la sociedad que los produjo, más si cabe por tratarse de un arte inserto en objetos de uso cotidiano y masivo, extrañamente… libros. Otra sociedad, por lo que parece, ampliamente desconocida, funestamente distorsionada en su percepción histórica actual. La colección Scrap book of Russian bookjackets, 1917-1942, de la Biblioteca Pública de la Gran Manzana, por lo tanto, es una excepcional fuente de investigación histórica, además de un deleite estético.

Es llamativa no solo la calidad pictórica de las portadas de aquella época, sino la concepción tan moderna y narrativa de muchas de ellas. Constituyen una parte más de la historia que el libro contiene en sus páginas. La portada no es un mero receptáculo con el título y el nombre del autor en cuidada tipografía, sino parte de un trabajo artístico más extenso, que conduce a la contraportada, e incluso a las solapas del libro, cuando las tiene. Hay un diálogo entre la parte delantera y la posterior del ejemplar, es decir, una forma inmediata y original, sorpresiva, de comenzar a leer el libro, de introducirse en la historia o tema que nos vaya a narrar. El grado de experimentación alcanza puntos sublimes, tan valientes que incluso hoy día resultan del todo imposibles, como la edición de un libro sin que aparezca en ninguna parte de sus tapas ni el título de la obra ni el nombre del autor, y más cuando se trata de la edición de una de las afamadas obras maestras de un grande de la literatura como Ánton Chejov. ¿Se imaginan algo así, hoy, con cualquiera de las grandes plumas de la literatura mundial?

En tiempos de lectura digital es casi un deber reclamar la belleza del libro en papel. En tiempos de confusiones históricas es también un deber romper una lanza por determinados episodios históricos, falazmente tergiversados. En tiempos de tanta atrocidad, es un deber más allá del placer disfrutar con maravillas como las portadas literarias soviéticas de los años 30. Deléitense.

http://drugstoremag.stfi.re/2016/03/el-bello-arte-de-las-portadas-de-libros-sovieticos-en-los-anos-30/?sf=oeprbne
 

Javier Cercas blanquea de nuevo el fascismo

Llevan un tiempo los medios de comunicación, especialmente los del grupo Prisa, bombardeándonos con el último producto de Javier Cercas Mena, El monarca de las sombras, que para variar vuelve a la guerra civil para seguir hablándonos de Falange. Ya lo hizo una vez sobre un personaje tan relacionado con Cáceres como Rafael Sánchez Mazas y ahora lo hace sobre su tío abuelo Manuel Mena Martínez. Y si en el caso de otra de sus novelas, El impostor, su protagonista Enric Marco venía a ser el Quijote ahora Cercas ha decidido asociar al fascista de su tío abuelo con el mítico Aquiles. Supongo que igual que en El impostor debió creerse Cervantes ahora se verá como Homero. Da igual que la novela sea plana, insulsa e incluso un tanto tediosa o que una vez más quiera convencernos de que sus novelas no son de ficción. Estamos ante la obsesión de un profesor de literatura por aparecer en sus novelas y querer hacerlas pasar por algo más que un mero relato con voluntad de ser literario.

Algunos llaman a esto novela de no ficción, relato real, novela antigénero, metaliteratura, género degenerado, posliteratura o como les venga en gana, pero quizás pertenezca de lleno al territorio de la egoficción. Lo curioso es que en sus declaraciones a los medios Cercas no habla como un novelista sino como un historiador, lo cual no deja de llamar la atención en alguien que está convencido de que la historia nunca es objetiva. Aunque cuando dice esto no se sabe cuál de sus muchos “yo” habla, si el personal, el literario, el pueblerino, el mentiroso, el cosmopolita, el periodístico o el historiador. A saber.

De esta forma ocurre que, sean cuales sean sus intenciones y por muy literarias que parezcan, lo que sus lectores perciben es que lo que leen pretende pasar por Historia. Y así se produce la paradoja: los historiadores llevamos décadas intentando comprender las causas y consecuencias de la destrucción de la II República y por ahí en medio aparece Cercas disfrazado de historiador e inventándose lo que le viene en gana con el aplauso de los que nunca han querido que se conozca ese pasado.

De entrada conviene situar tanto a Cercas como a su tío abuelo Manuel Mena, a quien considera “un niño inocente”. No se cansa de decir allá por donde va que “murió por culpa de una panda de hijos de puta que envenenaban el cerebro de los niños y los mandaban al matadero”. No es una reflexión muy elaborada, pero a él le basta, ya que debe pensar que así se le considerará un hombre de izquierdas, un antifranquista. Pero al decir esto olvida que tanto entre los golpistas como entre los defensores de la República hubo gente muy joven, de la misma edad que Mena, y que muchos de ellos sabían perfectamente, al igual que él, por qué y contra qué luchaban.

Así que ni niños ni inocentes ni pandas de hijos de puta. Manuel Mena pudo elegir entre respetar las leyes o actuar al margen de ellas y decidió lo segundo, lo cual no es mal principio para alguien que pensaba iniciar los estudios de Derecho ese mismo año. Se asombraría Cercas si supiera el papel que tuvieron muchos de esos “niños inocentes” en los pueblos que cayeron pronto, como el suyo, en poder de los sublevados.

Según nos cuenta el propio Cercas, uno de sus antepasados, Juan Mena, padre de Manuel, propietario de tierras y ganado, era el cacique del pueblo. Por otra parte su abuelo Francisco Cercas había sido concejal durante el Bienio Negro y fue destituido en febrero del 36. En fecha imprecisa, aunque supongo que sería en los meses del Frente Popular, ambos fueron detenidos y pasaron por la cárcel “acusados de almacenar armas en una finca”. Javier Cercas, al que este hecho lleva a decir: “A estas alturas todo estaba preparado para que el país entero volase en mil pedazos”, los justifica diciendo que, ante el rumor de que los jóvenes socialistas de la Casa del Pueblo fuesen a realizar una matanza de derechistas, la propia Guardia Civil les aconsejó que se protegieran. ¿Y quién se supone que debía defender a los socialistas de esa gente armada y conchabada con la Guardia Civil?

Además, con ello Cercas da crédito a ese tipo de rumores que circularon a posteriori por todos los pueblos con el único objeto de justificar el golpe y la represión. Lo cierto es que su abuelo Francisco Cercas, presidente de la Sociedad de Agricultores, fue igualmente el presidente de la gestora el 20 de julio del 36, jefe local de Falange y alcalde de Ibahernando entre 1937 y 1939. “Un período bastante breve”, añade Cercas sin percatarse de la eternidad que representaron aquellos dos años. Por cierto que en dicha gestora también estaba su tío Juan Domingo Gómez Bulnes, yerno del cacique y que también llegaría a alcalde. Tampoco su bisabuela, la madre de Mena, se cubre de gloria cuando la vemos arremeter contra un vecino que ha luchado por la República con el que se cruza por el pueblo echándole en cara que él viva y su hijo no.

Para Javier Cercas su abuelo Francisco era un “labrador instruido”, “hombre cabal” y “dotado de una autoridad congénita y de una congénita capacidad para ejercerla”, don este muy extendido entre quienes accedieron al poder por vía militar. Añade que había simpatizado con el socialismo y que procedía de Unión Republicana, el partido de Manuel Azaña. Sirva esto de muestra de las mal digeridas lecturas que ha hecho Cercas, ya que no hace falta ser un experto en historia de la República para saber que Unión Republicana nació de una escisión del Partido Radical y que el Partido de Azaña era Izquierda Republicana y no el que él dice.

En cuanto a su abuelo, aparte del disparate de asociarlo al socialismo, más bien encaja en aquellos reaccionarios descolocados por la llegada de la República que se metieron en el Partido Radical para no quedar fuera de la vida política. Sería todo lo cabal y lo congénitamente capacitado que su nieto desee pero lo que debería haber hecho es presentarse a las elecciones. La forma en que llegó a la alcaldía no lo deja en muy buen lugar y sería curioso ver todos los informes políticos que llevaban su firma.

Cercas intenta mostrar la bondad de sus familiares contando cómo ayudaron a algunos izquierdistas. Parece no saber dos cuestiones básicas: que quien en esas situaciones puede salvar vidas es muy probable que también haya tenido la potestad de destruirlas y que raro fue el partidario del golpe que, por lo que pudiera pasar, no contaba en su haber con un rojo salvado. Y digo esto porque desde el desastre nazi en Stalingrado a fines de 1942 y la debacle del fascismo italiano en septiembre de 1943 más de uno empezó a pensar en el nuevo signo de los tiempos. Por suerte para ellos la censura franquista les libró de ver los cadáveres de Mussolini y otros afines colgados en una plaza de Milán en abril de 1945.

Para los que apoyaron el golpe militar y se unieron a fuerzas paramilitares como las banderas de Falange, caso de Francisco Cercas y Manuel Mena, su idea de lo que se traían entre manos era similar a la de un paseo triunfal. Tenían ante sí lo ocurrido en Cáceres, una provincia que había caído casi por completo en cuestión de días. Para esta gente su tarea consistía en ocupar el poder municipal, acabar con la vida de una serie de gente muy concreta, expulsar de todas las instancias locales a las personas relacionadas con la República y reajustar la vida local como poco a la situación existente antes del 14 de abril de 1931. La experiencia republicana debía ser destruida y borrada, como si no hubiera existido.

Pero ocurrió que la marcha triunfal terminó de manera abrupta el 7 de noviembre de 1936 en las puertas de Madrid. Contra todo pronóstico el ejército de la República paró en seco a las diferentes columnas que esperaban ocuparla en poco tiempo. Todos ansiaban celebrar la entrada en Madrid, unos con sus consejos de guerra listos para desinfectar la capital y otros con toda la parafernalia para la celebración de misas al aire libre, y resulta que no solo no lo consiguieron sino que el golpe devino en una guerra interminable, una guerra de verdad y no la escabechina que venían practicando desde julio. La decepción que sufrieron Francisco Cercas y Manuel Mena de la que habla Cercas no era otra cosa que el terrible choque que la guerra de verdad produjo incluso en aquellos que la provocaron. La guerra no era lo que les habían contado.

Nos cuenta Cercas –imposible saber qué hay de verdad en ello– que Manuel Mena, a la altura de 1938, estaba ya harto de la guerra y que si volvía a ella era por un sacrificio personal, para que no tuviera que ir otro de sus hermanos. Lo que le lleva a afirmar que era “un hombre de carne y hueso, un simple muchacho pundonoroso y desengañado de sus ideales y un soldado perdido en guerra ajena”. También “había sido capaz de arriesgar Javier Cercas blanquea de nuevo el fascismosu vida por valores que […] estaban para él por encima de la vida, aunque no lo estuvieran o aunque para nosotros no lo estuvieran”.

Y añade: “… no murió por la patria… no murió por defenderla… murió por nada…” ¿Le parecerá poco a Cercas que su familia pasase a controlar el pueblo desde el 20 de julio de 1936? ¿No le choca que su abuelo Francisco Cercas, presidente de la primera gestora fascista y alcalde durante la guerra, considerara ya de mayor a los vencedores como una banda de arribistas y desaprensivos, cuando no maleantes, y que sintiera por ellos el mayor desprecio? ¿Acaso no estaban él y su familia entre ellos? Se trata de un fenómeno conocido y que pasó también a fascistas de toda Europa: con el paso de los años aquel pasado negro les empezó a estorbar.

Otro problema es la terminología. Solo dos apuntes. Cercas y otros como él no se cansan de escribir y de hablar de cuándo estalló la guerra civil. Con ello lo que hacen es cubrir con el manto de la guerra unos meses en los que no cabe hablar de guerra alguna, sino simplemente de golpe militar y de represión. El 17 y 18 de julio no estalla guerra alguna, sino que se produce un golpe de estado contra la República, golpe que, como hoy sabemos, venía preparándose desde el mismo día de su proclamación. La guerra vino luego. Primero fue la sublevación, el trasvase a la península del ejército de África, sin el cual poco hubieran podido hacer, y el plan represivo que produjo en pocos meses un genocidio de proporciones desconocidas en nuestro país. En la zona controlada por los fascistas no hubo paseos, sino un plan de exterminio perfectamente organizado por los militares y civiles que movían los hilos de la maquinaria represiva.

Las personas asesinadas en Ibahernando, unas doce, dos de ellas mujeres, no fueron paseadas por un grupo de incontrolados sino que lo fueron por decisión de un comité local presidido por alguien en funciones de comandante militar, comité que, aunque conocido por todos –máxime en un pueblo de dos mil y pico de habitantes–, solía mantenerse en la sombra. Es posible que el comandante militar de Ibahernando fuese un guardia civil y que este estuviese asesorado en las tareas represivas por algunos vecinos. Los componentes de dicho comité no solían mancharse las manos de sangre, para eso estaban el personal subalterno, ya fueran falangistas, guardias o simples voluntarios. Así pues hablar de paseos es ignorar la mecánica represiva puesta en marcha por los sublevados.

Una de las claves de la novela es la ambigüedad, lo cual no es de extrañar si pensamos en la dificultad de convertir a un fascista común que encuentra la muerte en una batalla nada menos que en Aquiles. Veamos un ejemplo. En un momento se puede leer que la Falange fue “la milicia armada de la reacción en el violento expediente de urgencia segregado por la oligarquía para terminar con una democracia que pretendía reducir sus privilegios…” Esto parece que procede de algún libro. Y en otro se asocia esa misma Falange al “idealismo romántico y antiliberal, la radicalidad juvenil, el vitalismo irracionalista y el entusiasmo por los liderazgos carismáticos y los poderes fuertes de aquella ideología de moda en Europa”. Y aquí parece que transcribe a Sánchez Mazas.

Cercas prefiere hablar de falangistas y franquistas más que de fascistas y de fascismo, concepto que solo aparece en relación con Europa. Esta confusión sistemática está en la base de la novela y es continua y obligada, ya que si no existiera no habría forma de salvar al personaje. Parece que este es el destino de Cercas: salvar a fascistas y farsantes como Sánchez Mazas, Enric Marco o Manuel Mena.

El panfleto de Cercas se encuentra en la misma onda de aquella declaración que el gobierno de Felipe González y Alfonso Guerra realizó en 1986 con motivo del cincuenta aniversario del golpe militar. Según parece, pretendían “honrar y enaltecer la memoria de todos los que, en todo tiempo, contribuyeron con su esfuerzo, y muchos de ellos con su vida, a la defensa de la libertad y de la democracia en España”. Y también manifestar “su respeto a quienes, desde posiciones distintas a las de la España democrática, lucharon por una sociedad diferente a la que también muchos sacrificaron su propia existencia”.

Pues bien, este cinismo de calculada ambigüedad es exactamente el mismo que parece inspirar el escrito de Cercas. El PSOE lo hacía por satisfacer a todos, seguir obteniendo más votos que los demás y perpetuarse en el poder. Cercas lo hace para blanquear a través de su tío y de su familia el pasado del fascismo español. También para salvarse a sí mismo de tan negra memoria familiar, con la que no sabe qué hacer. Afirma que solo en la madurez ha dejado de sentir vergüenza por sus orígenes familiares, pero que ya se ha resignado a ellos. Y piensa, imbuido sin duda de la clarividencia histórica que lo caracteriza, que su familia “había sido franquista, o por lo menos había aceptado el franquismo con la misma mansedumbre acrítica que lo había aceptado la mayor parte del país”.

Sin duda le hubiera venido bien un proyecto de investigación similar al que se llevó a cabo en Alemania en los años noventa, titulado “El abuelito no fue nazi. Nacionalsocialismo y holocausto en la memoria familiar”.

Al recordar el entierro celebrado en el pueblo en honor de Manuel Mena Martínez viene a la memoria lo escrito por un vecino de Sanlúcar de Barrameda con motivo de un acontecimiento similar ocurrido allí durante la guerra. Decía: “Rodeada así la vida de este aparato militar y litúrgico, la vida parece una cosa despreciable. Dan ganas de convertirse en muerto”. Eso debieron pensar algunos vecinos de Ibahernando, olvidando que ya había habido muertos.

Desgraciadamente Cercas aporta escasa información sobre los vecinos de su pueblo que fueron asesinados a partir del 20 de julio. Quizás la más citada sea la maestra Sara García, de 22 años, cuyo cadáver apareció en una finca. Como en otras muchas ocasiones el crimen se justifica por motivos externos: porque su novio, un izquierdista, había huido o, también, porque se trató de una venganza de un pretendiente anterior. Conocemos estas historias. Son ya muchos años intentando asociar la represión a cuestiones personales. Hay, sin embargo, otra opción que Cercas no tiene en cuenta: por lo general la gente dedicada a la enseñanza fue asesinada por ser de izquierdas y representar la apuesta más importante realizada en nuestra historia a favor de la educación pública. Por su edad, la maestra Sara García pudo ser una de esas maestras de la generación de la República que no encajaban de ninguna manera en los planes de enseñanza que los sectores más reaccionarios de la sociedad española, con la Iglesia en cabeza, impusieron de inmediato. También fue asesinado otro maestro.

Para justificar el terror que segó vidas en una pequeña localidad en la que hasta ese momento no se había derramado sangre, Cercas recurre a fórmulas que no cuadran con el caso. No se trata ya de dar pábulo a rumores como el de que jóvenes socialistas habían creado una lista con los nombres de los derechistas que había que eliminar, sino de hablar de “la situación explosiva” existente en el pueblo en los meses anteriores al golpe o aludir a los propietarios “asustados por la deriva revolucionaria de la República y sobre todo por la atmósfera de violencia que desde hace meses se respira en Ibahernando”. Tampoco se priva de decirnos que sería raro que Manuel Mena “no respirase allí [Cáceres] la atmósfera de preguerra que se respiraba en todo el país” y que sintiese “la inminencia del estallido violento” que todo el mundo sentía. Cercas está preparando el terreno para el golpe y para su familia.

Al poco tiempo de morir, el nombre de Manuel Mena pasó a denominar una calle del pueblo. Según la ley de memoria histórica esta calle debería desaparecer. Nadie que se sume a un golpe de estado merece una calle. La pregunta que surge ahora, tras la salida al mercado de la novela de Cercas, es quién se atreverá quitar del callejero de Ibahernando al héroe local que su sobrino nieto ha convertido en mito. ¿Qué más da que sirviese por voluntad propia en fuerzas paramilitares como Falange o a las órdenes de golpistas como Yagüe o Barrón? Es más, tal como van los tiempos es muy posible que Javier Cercas, además de dar nombre a la Casa de la Cultura de su pueblo, pase a denominar alguna de las calles cercanas a la de su tío abuelo. El día que eso ocurra se cerrará esta historia. Aquiles y Homero juntos.

La cuestión de fondo del libro de Cercas es dejar sentado que se puede ser “un joven noble y puro y al mismo tiempo luchar por una causa equivocada”, es decir, ser un fascista. Como es lógico, la respuesta del sobrino nieto de Manuel Mena Martínez, en la estela de la declaración del gobierno de González y Guerra en 1986, es que sí.

Este mismo espíritu es el que ha llevado hace poco a un juez de Soria, Carlos Sánchez Sanz, a decidir que el nombre de Yagüe debe seguir unido al de San Leonardo, su pueblo. Esto y un acuerdo de pleno de 2016 en el mismo sentido firmado por PP, PSOE y Ciudadanos. El argumento es similar al de Cercas: una cosa es el Yagüe falangista, guerrero y represor, y otra muy diferente el Yagüe benefactor que convirtió a su pueblo en un oasis soriano. Naturalmente se deja a un lado que la decisión de denominar al pueblo San Leonardo de Yagüe es de enero de 1940, cuando el jefe de la columna de la muerte aún no había derramado su acción benéfica sobre su pueblo.

Y es que Yagüe, como Mena, también entra dentro de ese privilegiado grupo de hombres puros y cabales que dieron vida, cada uno desde su sitio, al fascismo español, igual que “el poeta” Pemán o “el aviador” Ruiz de Alda. ¿Para cuándo la reposición de las plazas y avenidas antaño dedicadas a Franco, el gran benefactor de España? Sería solo el principio. Al fin y al cabo hombres de tan gran corazón como el carnicero de Badajoz no hubo muchos, pero de héroes locales está el país lleno.

Francisco Espinosa Maestre http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Javier-Cercas-mundo-egoficcion_6_622647752.html

Arte y compromiso

Nicolás Bianchi

Cuando un escritor produce sus textos, lo hace sobre la base de materiales heredados. No existe un «autor» exclusivo de su obra. El mito de la «creación» artística o literaria es un invento burgués  con sus escatologías en forma de «inspiración», «talento», «genio», etc. Otra cosa es que el escritor parnasillo, alienado y aupado por meras e interesadas campañas comerciales, se crea esto. La noción de autoría absoluta del escritor con respecto a su obra se enraiza con la institución de la propiedad privada. Con la burguesía aparecen los derechos de autor (y ya no los mecenas semifeudales). El arte no puede existir sin, al menos, dos condicionantes históricos: 1) la existencia de un excedente social bastante como para mantener los gastos que supone su producción, y 2) la existencia de una ideología dominante que posibilite su producción diferencial. Obsecuentemente, toda obra de arte vive sobre la materialidad de una mercancía. En los marcos del canon social, toda obra de arte está destinada a la reproducción ideológica del sistema. Si no, serás un «maldito» y/o un intelectual comprometido, algo que nunca estuvo de moda… salvo cuando ya llevas cien años muerto y te «descubren» ex post.
Decía Malthus, entre otras cosas, que toda la economía burguesa gira en torno a la distinción entre trabajo productivo y trabajo improductivo. Adam Smith definía el primero como aquel que se cambia directamente por capital y el segundo como aquél que se cambia por renta. Marx ponía los ejemplos de un actor o un clown (payaso de circo) que, si trabajara para un patrón, su trabajo sería productivo, pues le entrega una cantidad mayor en trabajo de la que él recibe en forma de salario. En cambio, un sastre que viene a mi casa a repararme mis raídos pantalones no crea más que un valor de uso y sólo me detrae renta y no capital, o sea, es un trabajador improductivo, como un juez (un funcionario) o un diputado de las Cortes españolas. Desde el punto de vista del capital -y el capital no es otra cosa que una relación social, igual que el trabajo- no es productivo, pero sí muy necesario para el mantenimiento del tinglado, su tinglado. Productiva es la fuerza de trabajo asalariada. Por eso Marx se enfada con quienes se preguntan si reportan dinero el «oficio» de una prostituta o la enseñanza del latín. Y dice: «un escritor es un obrero productivo, no porque produzca ideas, sino porque enriquece a su editor. Es asalariado de un capitalista».
«El intelectual -decía Kautskyno es un capitalista». Pero no se considera un rijoso obrero. Sus aspiraciones son otras: la gloria, el éxito, la fama, el dinero. Además, no admite -en teoría- intromisiones y menos «contaminarse» con causas obreras, populares y no digamos revolucionarias, eso queda para el zumbao de Willy Toledo o Pablo Hasel y otros «iluminados». No se «mojará» salvo para apuntalar el discurso dominante que dice que Fidel Castro -o Raúl– es un dictador y Venezuela una dictadura. Eso lo convierte en «demócrata» (de pacotilla) y lo exorciza contra el torremarfilismo ebúrneo.
Con su pan se lo coman o, como diría Willy, que les den…

‘Doctor Zhivago’, una novela del gusto de la CIA

Recientemente la CIA desclasificó 130 documentos que son una parte de los archivos referentes al escritor soviético Boris Pasternak. Su lectura confirma que fue el espionaje estadounidense quien publicó y difundió la novela “Doctor Zhivago” en 1958. Según el libro “The Zhivago Affair”, escrito por los periodistas Peter Finn y Petra Couvée, fue el mayor arma cultural contra el comunismo durante la guerra fría, sobre todo porque, en cumplimiento del plan de la CIA, la mano del gobierno de Estados Unidos no apareció de ninguna forma forma hasta fechas muy recientes.

Una de las consignas del espionaje, fechada en diciembre de 1957, recomienda prestar a la obra de Pasternak una atención especial. “La tirada de ‘Doctor Zhivago’ debe ser máxima y publicarse en el mayor número de redacciones para una ulterior discusión por la opinión pública internacional así como nominarse para los premios Nobel”, dice el documento.

La novela formó parte del programa de distribución de libros que la CIA puso en funcionamiento durante la guerra fría. La agencia de espionaje gastó millones cada año en la traducción y publicación de todo tipo de obras. Entre 1958 y 1991 el programa propagandístico del imperialismo difundió unos 10 millones de libros y periódicos, no solo literarios, sino también de historia, economía e historia del arte, entre otros temas. Los documentos de la CIA señalan que los autores como Pasternak ayudaban activamente con sus obras a destruir el socialismo en la URSS.

Como principal punto de distribución del libro, el espionaje escogió la Exposición Universal que se celebró en Bruselas en 1958, donde participaron 45 países. La CIA no podía distribuir el libro desde el pabellón estadounidense, por lo que utilizó el pabellón del Vaticano, dirigido por un grupo de católicos rusos, sacerdotes y seglares. Para ello la CIA tuvo que imprimir en su propio cuartel general una edición limitada, clandestina y de bolsillo de la novela, lo que se llevó a cabo en julio de 1959, cuando unas 9.000 copias salieron de sus rotativas.

A Pasternak (1890-1960) no se le conoce por sus poemas sino casi exclusivamente por su única novela, “Doctor Zhivago”, que los instrumentos de propaganda del imperialismo convirtieron en un símbolo, un ariete con el que mentir, engañar y criticar hasta el agotamiento a los países socialistas.

Gracias a “Doctor Zhivago”, a Pasternak le dieron el Premio Nóbel de literatura en 1958 y poco tiempo después se rodó una película basada en la novela, que se tradujo a 18 idiomas. Incluso lanzaron colecciones de cromos para que los niños de todo el mundo aprendieran a odiar al socialismo en una operación propagandística que hasta entonces nadie había sido capaz de poner en marcha.

Pero los Premios Nobel son los galardones más manipulados y corrompidos que existen y por eso la propaganda imperialista les da un realce que no tienen. El caso del “Doctor Zhivago” no es una excepción.

Según el reglamento, para optar al Premio Nóbel de literatura, la novela debía estar editada en su idioma original en su propio país y “Doctor Zhivago” estaba aún sin publicar porque la editorial soviética que tenía prevista su difusión la rechazó finalmente en 1956 a causa de la contrarrevolución en Hungría. Pasternak recibió una carta en la cual la editorial le explicaba las razones por las cuales no le publicaban la novela. Dicha carta se difundió en las revistas Novi Mir y Literaturnaia Gazeta y, además de exponer los motivos por los que rechazaban su publicación, contenía una crítica de la novela. Luego también intervino el diario Pravda con una reseña negativa de Doctor Zhivago firmada por D. Zaslavski.

La CIA decidió tomar cartas en el asunto organizando una operación rocambolesca. Pasternak había enviado el manuscrito de la novela a sus amigos en Occidente y la agencia de espionaje se dispuso a robarlo de un avión al que obligaron a aterrizar en Malta durante dos horas, el tiempo suficiente para fotografiar el original que luego editaron en ruso con el sello de la editorial Mutón de La Haya. Para evitar sospechas, utilizaron el mismo papel de imprenta que era corriente en la Unión Soviética. Asimismo, emplearon un tipo de letra especial, común en Rusia, e imprimieron los capítulos de que consta la novela en diferentes lugares con el fin de evitar que se descubriera la falsificación.

Tras la maniobra el libro fue presentado justo a tiempo al comité de los Nobel y los miembros de la Academia Sueca se mostraron muy sorprendidos ante el hecho de que les obsequiaran con varios ejemplares de una novela cuya existencia hasta entonces desconocían, justo a tiempo para que tuvieran en consideración a Pasternak como candidato al Nobel de 1958.

La CIA financió con fondos propios la primera edición en ruso de la novela. Poco después una editorial italiana con fama de izquierdista, Feltrinelli, fue la primera que editó una traducción, contribuyendo a dar carta de legalidad a la trampa al estampar su sello.

Pasternak nunca recibió el Nobel, premio que rechazó públicamente cuatro días después del anuncio. Debió resultar frustrante para él que le premiaran por lo más flojo de sus escritos. En efecto, Pasternak es un escritor cuyo punto fuerte no es la narrativa, sino la poesía. Es uno de las más grandes poetas rusos del siglo XX, pero no recibió el premio gracias a sus versos, que al imperialismo le importaban un bledo, sino a una novela y sólo por el contenido político contrarrevolucionario de la misma.

“Doctor Zhivago” es la única novela de Pasternak. En 1965 fue llevada al cine por el británico David Lean, con Omar Shariff (Yuri Zhivago), Julie Christie (Lara) y Geraldine Chaplin (Tonia) en los papeles principales, con una soberbia banda sonora de Maurice Jarré. La película fue rodada en la España franquista, que no puso más que facilidades para que pudiera realizarse, con gigantescos decorados en el camino de Canillas en Madrid que simulaban al Petrogrado de 1917 y los campos de Soria como magnífica estepa siberiana. Obtuvo cinco Óscar de Hollywood.

Narra los avatares de un médico y su familia durante los últimos años de la Rusia zarista, la guerra civil, la revolución de Octubre y los albores de la URSS. Además del trasfondo político, la obra relata el dilema sentimental de Zhivago, un poeta burgués, además de médico, que se debate entre su esposa y su amante.

La ambigüedad sentimental del doctor Zhivago corre paralela a su ambigüedad política. La novela expone, pues, el punto de vista de un intelectual desbordado por la furia de los acontecimientos revolucionarios de 1917. Es la mirada desconsolada del propio Pasternak, que no es capaz de diferenciar entre la feroz violencia contrarrevolucionaria del zarismo y la justa respuesta de las masas oprimidas. Pero, como suele suceder, el pacifismo no es más que una hipócrita cobertura lanzada, no en contra de los bolcheviques, como a veces se dice, sino de las propias masas oprimidas que se han convertido en protagonistas de su destino gracias a la revolución.

Pero el médico no quiere formar parte de esas masas; no quiere ser actor sino espectador de los acontecimientos porque cree que es eso lo única que le puede permitir convertirse en juez, falsamente imparcial, situado por encima de los bandos en lucha. El intelectual burgués que es Zhivago ya no es dueño de su vida privada, asaltada por el tumulto de los acontecimientos: la guerra mundial, la revolución, la guerra civil… Fuerzas exteriores a su propia persona le arrastran hacia lugares que no son los suyos y le impiden disfrutar de una vida propia, apacible.

El distanciamiento es el emblema de la intelectualidad fría. Los padres y hermanas de Pasternak emigraron a Berlin después de la guerra civil entre rojos y blancos que siguió a la revolución, una época de grandes hambrunas. Leonid se les había adelantado. Viajó para recibir tratamiento médico de los ojos, pero luego decidió quedarse en Alemania en busca de un futuro mejor, para terminar sus días en Gran Bretaña después de la entrada de los nazis al poder. Como buenos intelectuales, los Pasternak huían de la realidad porque se podían permitir ese lujo.

El personaje de Lara está inspirado en Olga Ivinskaya, la amante de Pasternak. Éste había contraído matrimonio en 1922 con Zhenia (Eugenia), una pintora, con quien tuvo un hijo. Pero en los años treinta se enamoró de Zina la mujer de su mejor amigo, con la que terminó casándose y tuvo otro hijo. Al cabo de los años Olga Ivinskaya, junto con su hija, fueron condenadas por cobrar derechos de autor ilegales procedentes de la publicación en el extranjero de “Doctor Zhivago”. Ivinskaya fue condenada a ocho años de trabajos forzados en Siberia y su hija a tres. La oleada de protestas que desencadenaron los países imperialistas logró que fuera librada cuatro años antes de cumplir su condena.

Aunque ha transcurrido más de medio siglo, la manipulación contra la URSS no se ha detenido ni un instante. Una noticia de la BBC de 22 de febrero de 2004 decía que Pasternak había sido un autor prohibido durante 30 años en la Unión Soviética y que sus obras completas iban a ser publicadas por primera vez al año siguiente, es decir, en febrero de 2005, para conmemorar los 115 años del nacimiento del escritor. Es completamente falso. Ya en 1933 se publicaron todos sus poemas en un volumen.

Así sufrían los autores prohibidos y perseguidos en la URSS.

El verdadero sufrimiento es el de los lectores que cada día tienen que soportar la basura propagandística del imperialismo, como la Wikipedia.

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