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‘Pay it no mind’ (o sea, ‘Ni puto caso’)

El domingo la emisión del programa “60 Minutes” de la cadena NBC, consagrado al vicepresidente de Estados Unidos Joe Biden, ya metió ruido con antelación porque se mostró a la prensa antes de salir en antena.

Biden lanzó un advertencia “muy severa” a Putin que, en pocas palabras decía “os vamos a atacar”. A partir de ahí las especulaciones se desataron por dos motivos: 1) nadie supo decir en qué se va concretar dicho ataque, y 2) el que ataca no avisa previamente.

Realmente ya nada importa nada, y menos las palabras, porque ahora ya no se habla de otra cosa que de guerra. El historiador Eric Zuesse asegura que Biden se refirió a un ataque nuclear, es decir, a una Tercera Guerra Mundial en la que se emplearán armas nucleares.

Es importante tener en cuenta el contexto de las declaraciones, que está marcado por: 1) las elecciones del mes que viene, y 2) la injerencia (real o falsa) de Putin en favor de Trump en las elecciones. La Casa Blanca, pues, tiene miedo de que Clinton no salga elegida. Por eso en Estados Unidos algunos periodistas dicen que las palabras de Biden no eran una amenaza a Putin sino a su propio electorado.


Pero da lo mismo una cosa que otra porque la única política exterior de Clinton es la guerra, ya que Estados Unidos sólo puede salir así del agujero en el que se ha metido.

Hasta Snowden se ha burlado de Biden. Algunos dicen que el vicepresidente se refería a un ciberataque de la CIA contra Rusia en respuesta a los ataques de los piratas rusos contra el Partido Demócrata (reales o falsos, ya todo da lo mismo).

En su cuenta de Twitter el antiguo espía Snowden, que sabe mucho de estos asuntos, dice que la CIA no puede ejecutar un ciberataque contra Rusia, algo que está reservado a la Agencia de Seguridad Nacional en exclusiva. Pero, según Snowden, la Agencia de Seguridad Nacional es reacia a lanzar operaciones “secretas”, y menos en época electoral.

El espía añade, por otro lado, que alguien tiene que explicarle a Biden lo que significa una operación secreta: no se puede poner previamente en conocimiento del enemigo.

Sin embargo, metidos hasta el cuello en una guerra, ya todo les da igual: tan provocador es lanzar armas nucleares como piratear sistemas informáticos. No dejan de ser diferentes formas de agresión militar.

En Washington han perdido los papeles definitivamente. Viven los momentos más bajos de sus dos siglos de historia y eso explica el follón de declaraciones que se suceden cada día, lo que contrasta con la impecable puesta en escena de Dimitri Peshkov, el portavoz de Putin, en el Kremlin, donde a nadie se le arruga el traje.

En unas declaraciones Peshkov puso de manifiesto “la imprevisibilidad y la agresividad” de Estados Unidos, que no cesan de aumentar, dijo sin levantar la voz. Naturalmente, ellos no se toman las palabras en vano, adoptarán las medidas de precaución necesarias, aunque la situación no sólo es peligrosa para ellos, sino “para el mundo entero”.

Pero lo mejor se pudo oír el sábado en Lausana, Suiza, donde Kerry y Lavrov siguen charlando todos los días sobre Siria. Cuando se iban a sentar en la mesa, el ruso le dice con sorna a su homólogo:

– Entonces John, parece que nos vais a atacar…

Se refería a las declaraciones previas de Biden, pero Kerry también había amenazado, por su parte, con atacar al ejército regular sirio. Más en concreto sus palabras fueron que él era partidario “al 120 por ciento” de un ataque militar contra el gobierno de Damasco. Pero si esas palabras hubieran sido pronunciadas con un mínimo criterio, no tenía ningún sentido seguir hablando en Suiza. ¿Para qué?

Quizá la explicación esté en uno de los correos electrónicos de Hillary Clinton publicados por Wikileaks en el que dice que “hay que tener una posición privada y una posición pública”, es decir, que hay que hacer lo contrario de lo que se dice de cara a la galería. Eso explica la respuesta de Kerry a la indirecta de Lavrov:

– ‘Pay it no mind’

una jerga que nosotros traducimos por “No hagas ni puto caso de esas declaraciones de Biden”. La respuesta de Kerry nos recuerda a otra igual que se produjo cuando en setiembre de 2014 Obama pronunció su discurso en la ONU en el que enumeraba los peligros que tenía Estados Unidos: el primero era el virus del Ébola, el segundo era Rusia y el tercero el Califato Islámico.

En aquella ocasión Lavrov le pidió explicaciones a Kerry por el discurso de Obama y, ¿saben la respuesta de Kerry? La misma que la del sábado: “Pay it no mind”. Esa respuesta tan repetida puede significar muchas cosas. Una de ellas es que a los gringos les da lo mismo decir una cosa que otra. O que en Washington nadie hace ni puto caso de lo que dice a Obama. Finalmente, también puede significar que no confían en solucionar nada con bravuconadas y ya sólo piensan en la guerra.

Los desafíos del eje euroasiático a la hegemonía de Estados Unidos

Fuller, antena de la CIA en Estambul
Graham E. Fuller

Tal vez recuerden el término “Eurasia” de las clases de geografía en Secundaria. El término ya no se emplea mucho en las discusiones políticas de Occidente, pero debiera usarse, porque ahí es en donde la más importante y más profunda acción política se va a desarrollar en el mundo en que entramos en el siglo XXI. Estados Unidos, que pone el acento tan intensamente sobre el “confinamiento” de Rusia, del Califato Islámico y de China, se arriesga a errar en la visión estratégica euroasiática, que es la más importante.

Eurasia es la mayor masa del mundo, y abarca Europa y toda Asia; es decir, los centros más antiguos y grandes de la civilización humana.

¿Qué es, pues, el euroasiatismo? Este término ha significado cosas diferentes en épocas diferentes. Hace un siglo, los Kissinger de la época habían inventado teorías sobre un enfrentamiento estratégico profundo e inevitable entre las potencias navales (Reino Unido/Estados Unidos) y las potencias continentales/terrestres (Alemania, Rusia). La “Eurasia” significaba principalmente Europa y Rusia al oeste. Efectivamente, ¿que necesidad había de hablar de la propia Asia? La mayor parte de lo conocido en Asia era algo subdesarrollado, y estaba bajo el control del Imperio británico (India, China) o de Francia (Indochina) y no tenía ninguna voluntad de independencia. El Japón era la única “potencia asiática” verdadera, y que irónicamente ha desarrollado sus propios destinos imperiales imitando a Occidente, y por consiguiente ha llegado a entrar en conflicto con la potencia imperial norteamericana en el Pacífico.

Está claro que hoy todo ello es diferente. Eurasia significa cada vez más una “Asia”, en la que lo “Euro” hablaría más modestamente. Además, China se ha convertido en el centro de Eurasia, al ser la mayor economía del mundo. Sin sorpresa, China (como el mundo musulmán) manifiesta una tendencia resueltamente “antimperialista” basándose en lo que considera su humillación a manos de Occidente (y de Japón) en el curso de los dos últimos siglos, un eclipse sucedido en el transcurso de una de sus dinastías más declinantes. Pero China está allí de nuevo, y está decidida a aplicar todo su peso y su influencia. India es también ahora una potencia que se desarrolla rápidamente con un alcance regional. Y Japón, adormecido, representa todavía una potencia económica formidable, que tal vez desarrolle una mayor relevancia militar regional.

El significado del término “euroasiático” ha cambiado mucho, pero aún sugiere una rivalidad estratégica. En una época en la que Estados Unidos declara formalmente su intención de dominar militarmente el mundo (“dominación total”, era la doctrina oficial del Pentágono en 2000) el concepto del “euroasiatismo” responde a ello con vigor. Y no solamente en China, sino en la nueva importancia de países como Rusia, Irán, incluso Turquía. Proporciona un sentido al eclipse de la potencia occidental dominante ante la nueva potencia asiática.

Este concepto no se limita a lo militar o a lo económico. Hay también una connotación cultural. La cultura rusa ha mantenido desde hace dos siglos un vivo debate sobre si Rusia formaba parte de Occidente o encarna una cultura diferente euroasiática separada. Los euroasiatistas representan una fuerza importante en el seno del pensamiento estratégico y militar ruso (aunque Putin, de forma curiosa, no adopta plenamente esta visión del mundo).

La idea es vaga, pero culturalmente importante; trata sobre la identidad rusa. Es una cultura eslava, pero con profundas raíces euroasiáticas e incluso un pasado turco y tártaro. Recordemos que por dos veces, históricamente, ha sido el moderno Occidente quien ha incendiado Rusia. De ello dan testimonio las invasiones de Napoleón y Hitler hasta las puertas de Moscú. Hoy la OTAN avanza cada vez más profundamente en torno a la periferia rusa. Los euroasiatistas desconfían, son incluso hostiles a Occidente, considerándolo como una amenaza permanente para la “Santa Madre Rusia”. El “euroasiatismo” aflorará siempre bajo la superficie de la visión estratégica rusa del mundo.

La nueva Unión Económica Euroasiática de Rusia tiene un fin económico, al menos de Bielorusia, de unión con los Estados de Asia central y otros, en un conjunto económico euroasiático. Rico en petróleo, Kazajistán fue de hecho el autor del concepto, buscando el mantenimiento de relaciones con Occidente. Pero basta con mirar su situación en un mapamundi para ver que las opciones reales a largo plazo se encuentran determinadas. Rusia no puede ahora ser la estrella económica a la que ligar su porvenir, pero es uno de los numerosos vehículos euroasiáticos, y no son excluyentes unos de otros, sino opciones que aportarán una mayor seguridad.

China se mueve en direcciones increíblemente ambiciosas con la creación de una nueva banca de inversiones, una infraestructura en Asia que han firmado 57 Estados incluyendo la mayoría de Estados europeos, Canadá y Australia, pero visiblemente sin Japón hasta ahora, ni Estados Unidos. Esto crea un nuevo eje euroasiático, que es el instrumento de la banca central china. China está igualmente proyectando nuevas redes de transportes masivos (el cinturón de la ruta de la seda terrestre y la Ruta de la Seda marítima, “One Belt – One Road”, a través de Eurasia, uniendo China con Europa, Medio Oriente, Asia central y del sur y Extremo oriente por vías ferroviarias, marítimas y carreteras. La “Estrategia Euroasiática” de China es una realidad en pleno auge. Si, existen sospechas y rivalidades entre Rusia y China, y con India y Japón. Pero el fuerte impulso económico y desarrollista de estas propuestas difiere netamente de aquel más orientado a la “seguridad” de las organizaciones americanas con sus implicaciones militares inquietantes.

Washington no solamente ha combatido estas iniciativas chinas y euroasiáticas sin éxito, sino que son las políticas estadounidenses, en especial las políticas que identifican Rusia y China como los presuntos enemigos, las que han acercado en numerosas cuestiones a estos dos países, ahora unidos por una desconfianza común respecto a las ambiciones militares mundiales de Estados Unidos.

Por otra parte, antes de la Segunda Guerra Mundial Japón tenía su propia doctrina sobre el “euroasiatismo”, un intento de agitar pueblos y territorios contra la dominación colonial de Asia. “Gran Asia Oriental, Esfera de prosperidad común”. Esta estrategia hubiera podido ser eficaz si no hubiera estado acompañada por las propias invasiones militares brutales de Japón en los países del Asia Oriental, destruyendo la credibilidad de los japoneses. Hoy, Japón no se ha movido de su posición; deberá hacer frente a la realidad de la potencia china en el Este. ¿Y qué dirigente japonés podría seriamente perseguir una política de largo alcance de hostilidad hacia China, apoyando una estrategia norteamericana del Pacífico, concebida para aislar a China? Y especialmente cuando China y Japón se han convertido en socios gigantescos de comercio y de inversiones.

Irán está muy interesado por lo que suponga equilibrio frente a las presiones geopolíticas de Estados Unidos y busca la adhesión a estas instituciones de desarrollo económico rusas y chinas. Irán es “euroasiático”, y una potencia natural de la “Ruta de la Seda”.

Turquía se ha introducido en el juego euroasiático, una vez más. Desde los inicios del partido, para el AKP (las políticas exteriores de Erdogan con la visión del ministro de Asuntos Exteriores de la época, Davotoglu), Turquía ya no se limita a ser una potencia occidental, sino que también ha proclamado sus intereses geopolíticos (casi cien años después de la caída del Imperio Otomano) en Oriente Medio y Eurasia. Al fin y al cabo, los turcos son originarios de Eurasia, y migraron al oeste del lago Baikal hace mil años. Esto significa que hay serios lazos con Rusia, combinados con lazos étnicos, culturales e históricos profundos con Asia central y con China. Turquía, como Irán y Pakistán busca formar parte de esas redes rusas y chinas. Entre ciertos políticos nacionalistas turcos y oficiales militares, contando con numerosos kemalistas laicos, el euroasiatismo es una tendencia capaz de extender las opciones geopolíticas de Turquía, para explorar los lazos estratégicos y culturales con Eurasia. Refleja igualmente una expresión de desconfianza ante los esfuerzos occidentales y norteamericanos para dominar la región.

Para Turquía no es cuestión de uno u otro. Puede buscar formar parte de Europa (y de la OTAN), pero no renunciará a las grandes opciones alternativas geoestratégicas hacia el Este, con crecimiento de la influencia económica, las carreteras y el ferrocarril para materializarlo.

En resumen el nuevo euroasiatismo no se presenta ya a la manera del siglo XIX y de las potencias navales. Es un reconocimiento de que la era de la dominación occidental mundial, y en especial de Estados Unidos está acabada. Washington ya no puede dirigir (o permitir) una oferta a más largo plazo para dominar Eurasia. En términos económicos, ningún Estado de la región, incluyendo a Turquía, estaría tan loco como para dar la espalda a este creciente potencial euroasiático, que ofrece igualmente equilibrio estratégico y opciones económicas.

Existen, desde luego, enormes fallas que recorren Eurasia; étnicas, económicas, estratégicas y un cierto grado de rivalidad. Pero cuanto más intente Washington contener o sabotear el euroasiatismo como una verdadera fuerza ascendente, mayor será la determinación de los Estados de formar parte de ese mundo euroasiático en desarrollo, aunque no se rechace a Occidente.

A todos los países les gusta disponer de soluciones de recambio. No les gusta estar endeudados con una sola potencia mundial que busca la guerra. El relato de unos Estados Unidos de los que depende todo el orden mundial ya no es aceptado por el mundo. Y además ya no es realista. Parece una falta de visión que Washington continúe poniendo el acento en la expansión de las alianzas militares mientras que la mayoría del mundo está a la busca de una mayor prosperidad y busca su propia influencia en la región. Cabe indicar que los gastos militares de China son alrededor de una cuarta parte de los gastos norteamericanos.

Fuente: http://grahamefuller.com

La táctica de desestabilización del imperialismo en la Guerra de Siria

Desde los tiempos del Golpe de Estado en Irán en 1953 (“Operación Ajax”), el imperialismo siempre inicia la desestabilización de un país con protestas callejeras, manifestaciones e incluso huelgas con tres objetivos:

(a) simula o amplifica un problema interno
(b) oculta una intervención externa del imperialismo
(b) el descontento de la población justifica la destitución del gobierno

En la Primavera Árabe el plan del imperialismo es una etapa breve de protestas, seguidas de deserciones y acciones terroristas para tumbar al gobierno. Pero en lugar de hablar de “contrarrevoluciones” se permitieron el lujo de hablar de “revoluciones”.

En América Latina los mercenarios locales del imperialismo se llamaron “contras”, una abreviatura de “contrarrevolucionarios”. Ahora se llaman al revés, “revolucionarios”, lo que al imperialismo le sirve para contar con el apoyo de la escoria de los grupos oportunistas y medios que alardean de ser “alternativos” pero confunden deliberadamente una cosa con su contraria.

El decorado decía que quien se levantaba contra el gobierno era el propio pueblo sirio, calificando como “pueblo” a las mesnadas de yihadistas fanatizados. La mayor parte de ellos ni siquiera eran sirios. Según un informe del BND, el servicio secreto alemán, el 95 por ciento son chechenos, pakistaníes, uigures, libios, tunecinos…

El 10 de abril de 2016 el patriarca greco-católico, monseñor Gregorio III Laham, afirmó también que “la discordia en Siria ha venido del exterior mientras que todo el mundo vivía en paz”.

Para tratar de calmar los ánimos, el gobierno de Bashar Al-Assad realiza importantes concesiones de todo tipo a las exigencias populares:

(a) subieron los sueldos
(b) crearon un fondo de ayuda contra la carestía de alimentos
(c) bajaron los impuestos
(d) liberaron a los presos
(e) concedieron la nacionalidad a muchos refugiados kurdos
(f) derogaron las leyes represivas

Las concesiones no sirvieron para nada e incluso se volvieron contra el gobierno. Por ejemplo, los medios de la “oposición” dicen que al liberar a 1.500 presos políticos condenados por yihadismo, es el propio gobierno el que favorece la formación de las organizaciones armadas, ya que los liberados pasaron a formar parte de las milicias que, efectivamente, realizaron ataques sectarios.

Cuando estaban en la cárcel era luchadores injustamente represaliados por el gobierno; cuando los ponen en libertad se convierten en yihadistas…

Las reivindicaciones no eran más que una coartada. El verdadero objetivo es la destitución de Bashar Al-Assad.

Las protestas son, además, otras tantas provocaciones que desatan una espiral de represión, detenciones, torturas y tiroteos en las calles.

También en Siria, el imperialismo pone en marcha las redes sociales para ocultar su propio protagonismo y presentar un decorado presidido por el impulso anónimo del movimiento, un pueblo desorganizado que se alza espontánea y pacíficamente.

La técnica de manipulación no se dirige a la razón sino al corazón. Más que informaciones el imperialismo ha utilizado imágenes para explotar abusivamente la sensibilidad y el humanitarismo de los espectadores. En los medios de todo el mundo la represión del gobierno de Damasco es un acto unilateral y gratuito, en el que hay una enorme desproporción de fuerzas: la policía abre fuego en la calle contra el pueblo indefenso.

Así obligan al espectador a tomar partido por el más débil, el pueblo, con montajes propios de guión cinematográfico, como los niños grafiteros, menores de edad que son detenidos, torturados y encarcelados por la policía del régimen por hechos inocentes.

El componente sicológico y propagandístico de la guerra contra Siria tiene por objeto acarrear apoyo internacional a las milicias yihadistas, mientras las poblaciones que quedan en manos del gobierno no existen, no son visibles, no sufren, no tienen hambre, no necesitan agua ni medicinas y, además, están sujetas al bloqueo económico, por lo que carecen de cualquier clase de solidaridad.

La batalla de Alepo la ha relatado así la intoxicación informativa: los terroristas no ocupan una parte la ciudad, no son responsables de las masacres ni de la destrucción sino todo lo contrario: ellos la “defienden” del “asedio” del ejército regular.

El humanitarismo ha sido un apoyo para el yihadismo y todas las treguas han servido para su rearme y la continuación de la guerra con energías renovadas.

En una farsa así no podían faltar las ONG como Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Cascos Blancos y demás, cuyos informes nutren una parte muy importante de las noticias de la prensa imperialista.

El papel de los medios ha consistido en inventar un “régimen” y un dictador (Bashar Al-Assad) execrable que tiene los días contados por obra y gracia de un pueblo heroico que sale a la calle sin temor a la represión.

El imperialismo no deja las cosas al azar. La “oposición” siria fue un movimiento planificado, armado y adiestrado, sobre todo en Jordania, con bastante antelación, cruzando la frontera con armas y explosivos y asesinando de manera indiscriminada, es decir, tanto a policías y militares, como a manifestantes. A finales de 2011 una investigación de la Liga Árabe concluyó:

“En Homs, Idlib y Hama, la misión observadora atestiguó que se cometían actos de violencia contra las fuerzas gubernamentales y los civiles, que resultaban en múltiples muertes y heridos. Ejemplos de esos actos incluyen la voladura de un autobús civil, asesinando a ocho personas e hiriendo a otras, incluyendo mujeres y niños, y el bombardeo de un tren que cargaba diesel. En otro incidente en Homs, explotaron el autobús de la policía, matando a dos oficiales. Un oleoducto y algunos puentes pequeños también fueron volados”.

El cura holandés Frans van der Lugt, que residía en Siria hasta que fue asesinado en abril de 2014, escribió en enero de 2012:

“Desde el principio los movimientos de protesta no eran puramente pacíficos. Desde el principio vi participantes armados marchando en las protestas que dispararon primero contra la policía. Con mucha frecuencia la violencia de las fuerzas de seguridad era una reacción a la brutal violencia de los rebeldes armados”.

Unos meses antes, en septiembre de 2011, había observado:

“Desde el inicio ha existido el problema de los grupos armados, que también son parte de la oposición… La oposición en la calle es mucho más fuerte que cualquier otra oposición. Y esta oposición está armada y frecuentemente emplea violencia y brutalidad, sólo para luego culpar al gobierno de ella”.

Los medios internacionales crean un nuevo lenguaje y un nuevo relato de ficción en el que la guerra comienza como una lucha que presenta dos rasgos fundamentales: es interna y es pacífica. Como consecuencia de la represión posteriormente “degenera”en un choque militar y, en una tercera fase, intervienen otros países desde el exterior.

A diferencia de Túnez y Egipto, la desestabilización fracasa. Pero aunque no cumple todos sus objetivos, logra al menos uno de ellos en la fase inicial de la guerra: a finales de agosto de 2011 crea un fantasmagórico Consejo Nacional Sirio, una especie de gobierno en el exilio que se reúne por primera vez en Estambul el 2 de octubre.

El tinglado desempeña varias funciones. La primera, es ponerle una cara a lo que hasta entonces era anónimo, crear una referencia para seguir nutriendo de contenidos a los medios de todo el mundo. La segunda es mostrar el alineamiento inequívoco de los imperialistas contra Al-Assad, dar respetabilidad a la oposición y elevar su nivel diplomático. Otra función del “gobierno” en el exilio es la de ofrecer una imagen de unidad, de coordinación de la oposición, una tarea que nunca ha podido cumplir. La cuarta es la de delimitar los dos bandos, un aspecto importante que permitió llevar la guerra a su segunda fase.

Quien empieza reconociendo al nuevo “gobierno” sirio como legítimo portavoz de su pueblo es otro fantasma, su homólogo libio del Consejo Nacional de Transición; detrás van los primeros espadas del imperialismo.

Las claves de la guerra de Siria

Juan Manuel Olarieta

La Guerra de Siria fue desencadenada a comienzos de 2011 por el imperialismo dentro de la campaña de la Primavera Árabe que tiene por objeto cambiar la correlación de fuerzas en Oriente Medio y el norte de África y proceder a un nuevo reparto de las esferas de influencia.

El documento oficial de la DIA (Agencia de Inteligencia del Pentágono) de 12 de agosto de 2012, desclasificado el 18 de mayo de 2015, señala que “los países occidentales, los Estados del Golfo y Turquía apoyan en Siria a las fuerzas de oposición para establecer un emirato salafista en el este de Siria, conforme a los deseos de las potencias que respaldan a la oposición para aislar al régimen sirio”.

La agresión imperialista tiene una estrecha relación con la invasión de Irak en 2003. El gobierno de Bashar Al-Assad fue uno de los pocos que se opusieron a ella y apoyaron a la resistencia contra las fuerzas ocupantes del Pentágono. Los imperialistas obligaron a millones de irakíes a cruzar la frontera y establecerse en el país vecino.

Una vez desencadenada la Primavera Árabe, en diciembre de
2011 las tropas estadounidenses se retiraron de Irak. Pero, lo mismo que en
Afganistán, la retirada nunca fue completa ni duró mucho tiempo.

Estados Unidos trataba de reproducir en Siria el mismo guión que en Irak, dibujar un nuevo mapa, no sólo geográfico sino también político, fragmentar Oriente Medio en territorios religiosa y nacionalmente homogéneos, crear nuevos reinos de taifas, engendrar inestabilidad y, en suma, dividir para dominar.

Es mucho más que una estrategia de “caos controlado” porque a medida que el tiempo transcurría y el gobierno de Siria se mantenía en pie, la estrategia imperialista se convirtió en una guerra de desgaste, interminable, agotadora y cruel.

La elección de Siria como objetivo militar se debe a varios motivos. El primero es su estrecha alianza con Irán, la bestia negra del imperialismo en la región. El segundo es su guerra permanente con Israel, que desde 1981 ocupa los altos del Golán, una parte fronteriza del territorio sirio. El tercero es su oposición a la invasión de Irak, tras la cual muchos irakíes se refugiaron en Siria huyendo de la represión.

La eliminación de Saddam Hussein en Irak fortalece a Irán que, junto con Siria, es uno de los componentes más importantes del denominado “eje de la resistencia” contra el imperialismo en Oriente Medio. En los correos electrónicos de Hillary Clinton, cuando era secretaria de Estado, aparece uno escrito en diciembre de 2012, en el que asegura que, dada la “relación estratégica” entre Irán y Siria, el derrocamiento de Bashar Al-Assad sería un beneficio inmenso para Israel y haría que Israel perdiera el temor a perder el monopolio nuclear.

Además de romper ese “eje de la resistencia” en Oriente Medio (Irán, Siria, Hezbollah), la Guerra de Siria también tiene como objetivo la alianza de Bashar Al-Assad con Rusia, estrechar el cerco sur sobre Rusia, una continuación del que la OTAN intenta trabar desde el Báltico, Ucrania, Cáucaso y Asia central. La Primavera Árabe es una continuación de las “revoluciones de colores” desatadas por los imperialistas desde 1990 en los nuevos Estados surgidos de la fragmentación de la Unión Soviética.

La guerra trató de interferir en la Ruta de la Seda, meter una cuña entre Rusia y China, lo mismo que ya tiene una introducida entre Rusia y Europa.

Ha sido el mayor fracaso del imperialismo en la guerra, ya que ha fortalecido el protagonismo de Rusia, no sólo en Oriente Medio sino en el mundo entero y ha estrechado sus relaciones con Irán y con China.

Al inicio de la guerra la relación de Siria con Turquía es buena. Ambas partes habían firmado en 1999 el Acuerdo de Adana. En plena etapa de esplendor económico, el gobierno de Erdogan se había opuesto tanto a las sanciones contra Irán como al ataque contra Irak en 2003. Turquía está contra los planes del imperialismo en Oriente Medio porque sería una de sus víctimas. Por eso se opone al nuevo reparto.

Sin embargo, muy rápidamente los imperialistas presionan a Turquía para que desempeñe el papel de base logística de los salafistas. Al miso tiempo Siria permite que el PKK se convierta en Rojava en una plataforma contra los vecinos del norte.

Turquía experimenta un doble fracaso. El primero es el de la paz. La política de “cero problemas con los vecinos” fracasa. El segundo es el de la guerra, que le conduce al enfrentamiento con Rusia y un aislamiento total en la región. El realineamiento de Turquía en 2016 es otro de los grandes fracasos del imperialismo en la guerra.

La extrema izquierda imperialista

Carl Gershman, un perro fiel del imperialismo
Thierry Meyssan

Bajo los mandatos sucesivos de Lyndon B. Johnson y de Richard Nixon, la CIA trató de reclutar, en todo el mundo, militantes comunistas para utilizarlos contra Moscú y Pekín. Fue así como, en plena guerra civil libanesa, Riyad el-Turqui se separó del Partido Comunista Sirio, llevándose con él unos 50 militantes. Entre ellos estaban Georges Sabra y Michel Kilo.

Para evitar el aislamiento, estos personajes se ponen en contacto con un pequeño partido estadounidense de extrema izquierda llamado Social Democrats USA, e incluso se afilian a esa formación.

Durante los “años de plomo” que Siria vivió de 1978 a 1982, con la campaña terrorista de la Hermandad Musulmana, el líder de Social Democrats USA, Carl Gershman, confió a Georges Sabra y Michel Kilo la tarea de respaldar a la cofradía. Sabra y Kilo procedieron entonces a publicar un texto donde aseguraban que la revolución mundial estaba en marcha, que la Hermandad Musulmana era la vanguardia del proletariado y que “Le Grand Soir”(*) se haría realidad gracias… ¡a Estados Unidos! Georges Sabra y Michel Kilo acaban siendo arrestados debido a sus vínculos con los terroristas de la Hermandad Musulmana.

En 1982, el presidente estadounidense Ronald Reagan creó, con sus socios de los “Cinco Ojos” –o sea, Australia, Canadá, Nueva Zelanda y el Reino Unido– una nueva agencia de inteligencia que se ocuparía de apoyar activamente –incluso en el plano financiero– toda oposición interna en los países clasificados como comunistas. Ese órgano es la National Endowment for Democracy (NED).

La administración Reagan disfrazó la NED de ONG, cuando en realidad es una agencia intergubernamental, y no confió su financiamiento al gobierno federal sino que lo puso directamente en manos del Congreso de Estados Unidos, aunque aparece en el presupuesto del Departamento de Estado. Y la dirección de ese financiamiento fue a parar a… Carl Gershman.

Algunos militantes de la formación trotskista de Carl Gershman siguieron a este último en su viaje de la extrema izquierda estadounidense al ala derecha del Partido Republicano. Entre esos militantes había una banda de periodistas de la revista sionista Commentary, que pasarán a la historia bajo la denominación de “neoconservadores”, y también algunos intelectuales, como el futuro secretario de Defensa Paul Wolfowitz.

El punto de encuentro entre esa extrema izquierda antisoviética y el imperialismo estadounidense se sitúa en la noción de “revolución global”. Los trotskistas consideraban que con tal de lograr la “revolución global”, era válido actuar tanto contra Washington y sus aliados como en contra de los soviéticos.

Estos individuos dotaron a la NED de 4 ramas: una para relacionarse con los sindicatos, otra para los patrones, la tercera para los partidos de izquierda y la cuarta para los partidos de derecha. Eso les permitiría respaldar a cualquier facción social o política en cualquier país del mundo.

Hoy en día, la rama de la NED dedicada a corromper los partidos de derecha –el International Republican Institute (IRI)– se halla bajo la dirección del senador John McCain, quien es simultáneamente parlamentario de la oposición y funcionario de la administración a la que supuestamente se opone. A la cabeza del National Democratic Institute (NDI), la rama de la NED que se ocupa de las relaciones con los partidos de izquierda, se halla la ex secretaria de Estado Madeleine Albright.

Durante la preparación de la “primavera árabe”, la extrema derecha árabe sigue trabajando con la Hermandad Musulmana. Eso hacen el profesor Moncef Marzouki, futuro presidente de Túnez, y el también profesor Burhan Galioun, futuro presidente del Consejo Nacional Sirio. El opositor sirio Galioun, presentado a la opinión pública occidental como un gran defensor del laicismo, escribió en el pasado los discursos del argelino Abassa Madani, el jefe del Frente Islámico de Salvación, exilado en Qatar.

La retórica de esta extrema izquierda se basa en una serie de amalgamas, como la afirmación de que todos los Estados árabes –ya sean la Arabia Saudita del rey Salman o la Siria del presidente Assad– son más o menos lo mismo. ¿Quiénes merecen el respeto de esta extrema izquierda? Sólo Washington y Tel Aviv.

Hoy en día, Galioun, Sabra y Kilo son los únicos que aún sirven de pretexto a quienes se empeñan en afirmar que la mal llamada “revolución siria” era de izquierda, pero pertenecen a una izquierda falsa, al servicio no de la Humanidad sino de Estados Unidos e Israel.

Fuente: http://www.voltairenet.org/article193554.html

(*) En la cultura proletaria francófona la expresión “le grand soir” nace durante la Comuna de París para evocar los momentos más duros de la represión y los fusilamientos. Se puede traducir por “el momento más oscuro de la noche. Indica que inmediatamente después es cuando aparecen las primeras luces del alba, el momento de la liberación.

Hezbollah captura al espía de la CIA que dirige Al-Qaeda en Alepo

La revista Veterans Today asegura que la semana pasada Hezbollah logró capturar a un espía de la CIA cerca del Monte Simeón, en las afueras de Alepo. El espía formaba parte del mando de la sala de operaciones del Frente Al-Nosra en Alepo.

Aunque la CIA ha negado la información, ha realizado una oferta a la organización libanesa a través de terceros para rescatar a su agente.

En octubre del pasado año esta misma revista ya informó de la captura de un asesor israelí del Califato Islámico en Iraq.

En abril de ese año la Fuerza Delta de Estados Unidos, fundada por un miembro del consejo asesor de la revista), tuvo que rescatar a un general estadounidense capturado cerca de Deir Ezzor por los Spetznaz, los comandos de las fuerzas especiales del ejército ruso.

La información se pudo obtener de un oficial de Arabia saudí, también capturado dos semanas antes cerca de Idlib, una ciudad en las afueras de Alepo.

La captura de un general estadounidense dentro de Siria demostraba el grado de intervención de Washington en el mando operativo de las fuerzas del Califato Islámico.

Según un informe confirmado tanto en Siria como en Irak, la interceptación de las comunicaciones cifradas por la Agencia de Seguridad Nacional logró localizar el lugar donde estaba recluido el general y un equipo Delta Force voló desde una base secreta en Anbar, cerca del río Éufrates, para rescatarle.

El 12 de mayo Hezbollah volvió a capturar a cuatro espías en una operación militar cerca de Jan Tuman, el bastión del Frente Al-Nosra en Alepo. De los cuatro uno es estadounidense, otro francés, otro turco y otro saudí. Trabajaban en la sala de operaciones conjuntamente con los dirigentes militares de Al-Nosra.

Estados Unidos trata de echar el lazo a Hezbolah para privar a la organización libanesa de sus fuentes financieras como represalia por apoyar al gobierno de Damasco. Irán es el principal proveedor de armamento de Hezbolah.

Recientemente su secretario general, Sayyed Hassan Nasralá, se comprometió a continuar la lucha hasta el final para derrotar el proyecto de Estados Unidos e Israel en la región, diciendo que tenían “una buena captura”, sin dar más detalles.

La operación de Hezbolah se produjo después de que nueve guardias revolucionarios iraníes fueran asesinados en Jan Tuman en combate con Al-Nosra. El combate de Alepo está ganando impulso y el ejército regular sirio trabajan a marchas forzadas para desalojar a Al-Nosra de las zonas que todavía controlan.

Los espías de la CIA asesoran al Califato Islámico y Al-Nosra en tareas de inteligencia y coordinación operativa. Además hay fuerzas especiales del Pentágono operando dentro de Siria, principalmente en las zonas kurdas, Daraa y Quneitra, en un intento de inclinar el equilibrio militar a favor de los yihadistas.

Además, hay 5.000 mercenarios contratados por Blackwater, muchos de ellos reclutados en Sudán y en Jordania a la espera de una señal desde el Pentágono para entrar en Siria e incorporarse al Frente Al-Nosra, especialmente en Daraa.

El secretario general del Departamento Europeo para la Seguridad y la Información, Haissam Bou Said, dijo que Al-Nusra es el paraguas que tiene preparado Estados Unidos para unir a la oposición “moderada”. Si Estados Unidos no llega a un acuerdo con Rusia, “Oriente Medio arderá en llamas. El campo de batalla será el punto de referencia”.

Bou Said también reveló que actualmente la OTAN es incapaz de hacer frente militarmente a los rusos en Europa, lo que les dará a éstos un margen considerable para moverse en Oriente Medio.

Fuente: http://es.abna24.com/service/headline/archive/2016/09/24/781183/story.html

El imperialismo lleva la guerra en sus entrañas

Juan Manuel Olarieta

La fase imperialista del capitalismo no se caracteriza sólo por unos u otros rasgos económicos o políticos, sino por varios de ellos, que son los que Lenin expone en su obra “El imperialismo fase superior del capitalismo”(*). Por lo tanto, no se puede definir por las transnacionales, ni por la ONU, ni por el Fondo Monetario Internacional, ni el Club Bilderberg, ni la financiarización, ni la OTAN, ni el TTIP, ni el G7, ni la Unión Europea. Es más, ese tipo de instituciones son la consecuencia y no la causa de los acontecimientos más importantes.

En el imperialismo no hay ninguna clase de igualdad y, naturalmente, el peso sustancial de las relaciones internacionales no está en los países más débiles, en las colonias, ni en el Tercer Mundo. Tampoco en las instituciones internacionales. Lo imponen las potencias más fuertes.

A su vez, las diversas potencias mundiales no tienen la misma fuerza militar, económica, tecnológica o política. No están en equilibrio y, aunque lo estuvieran, el capitalismo siempre se desarrolla de una manera desigual, de manera que si ese equilibrio existe, se romperá inevitablemente; tarde o temprano.

En el imperialismo todos los países, pero especialmente las grandes potencias, disputan una carrera en la que nadie quiere quedarse atrás porque resultaría engullida por las demás. Cada día el mundo se ve sometido a una prueba de fuerza, a lo que Lenin llamaba un “reparto de las esferas de influencia”.

Ese reparto no es sólo físico, no es como la división de un pastel entre los comensales porque el mundo, escribió Lenin, ya se repartió hace mucho (pgs.96 y 101). Uno de los cinco rasgos fundamentales en los que Lenin resume el imperialismo (pg.113) es que “la política colonial de los países capitalistas ha terminado” (pg.96).

Lenin se refería a un reparto “territorial” o geográfico, que es la imagen más corriente -y vetusta- del imperialismo: anexiones, cambio de fronteras, escisión del territorio de un Estado… Sin embargo, el reparto del mundo tiene un componente de naturaleza “económica” al que Lenin se refiere como “lucha por el territorio económico” (pg.106) o reparto “económico” del mundo, llegando a hablar incluso un reparto “político” (pg.108).

Este reparto “económico” es el de un pastel que va cambiado de tamaño y, resulta que en esta fase imperialista, es cada vez más pequeño a causa de la crisis económica. Este factor es lo que agudiza cada vez más las contradicciones entre las grandes potencias que, finalmente, acabarán desencadenando otra guerra mundial.

Las formas en que se lleva a cabo el reparto del mundo son muy variadas, aunque normalmente la que más se utiliza es la expansión, que casi se ha convertido en un sinónimo del mismo imperialismo. Pero hay muchas más, típicas de las épocas de crisis profunda, como las actuales. Una de ellas, a las que no se suele hacer referencia, a pesar de su actualidad, es la destrucción económica y política de un país, como intentó Estados Unidos con Alemania en 1945 (Plan Morgenthau). De ahí que la guerra sea el medio típico en que los imperialistas se reparten el mundo.

En el reparto del mundo tan importante es adquirir un buen pedazo del pastel para sí mismo como debilitar al adversario, rebajarle su ración. Por ejemplo, el Plan Morgenthau trató de eliminar la potencia industrial y tecnológica de Alemania, convertirlo en un país agrario y, naturalmente, semicolonial.

Sin embargo, habitualmente cuando se habla del reparto del mundo se equipara con el reparto de las colonias, convertidas en el pastel por antonomasia. Parece que sólo los países agrarios, más débiles, los dependientes, están más expuestos a ser devorados por los grandes. Es un error. No hay dicotomía entre unos países y otros o, por decirlo de otra manera, cualquier país, como Alemania en 1945, es susceptible de convertirse en tercermundista, lo cual es otra de las formas en que los imperialistas se reparten el mundo.

Una de las formas de reparto del mundo es la conversión, ya expuesta por Lenin en su época, de los países independientes en colonias (pgs.101, 103), porque las formas “de dependencia estatal” son diversas; hay países dependientes políticamente independientes, así como dependencia financiera y diplomática (pg.108). Hay países que están obligados a mendigar préstamos continuamente, y hay otros que son los que ponen el dinero para los anteriores y, por lo tanto, las condiciones que rigen la entrega.

“Este género de relaciones entre algunos grandes y pequeños Estados ha existido siempre, pero en la época del imperialismo capitalista se convierte en sistema general, entran a formar parte del conjunto de relaciones que rigen el ‘reparto del mundo’, pasan a ser eslabones en la cadena de las operaciones del capital financiero mundial” (pg.109).

La sumisión de los países más débiles es relativamente sencilla para las grandes potencias, pero en una época de crisis aguda, como la actual, es un bocado totalmente insuficiente que cambia muy poco el reparto del mundo. Lenin decía que las grandes potencias no sólo buscan la anexión de las regiones agrarias, sino también de las industriales (pg.116). Para salir de la crisis a quien tienen que someter es a sus competidores, a aquellas potencias que tienen una fuerza parecida.

En el reparto del mundo no sólo los países dependientes forman parte del bocado. Ni siquiera ellos son el bocado más suculento. En 1919 lo que se repartieron los imperialistas fueron el Imperio Austro-Húngaro y el Imperio Otomano, fracasando en Rusia gracias a la Revolución de Octubre. Lo mismo cabe decir de Alemania o de Japón tras las dos guerras mundiales. Las bases militares más importantes que tiene Estados Unidos en el mundo tampoco están en países periféricos, sino en Alemania y Japón.

Algunos de los ataques de las potencias imperialistas en el Tercer Mundo no van dirigidos contra los países dependientes sino contra otras potencias. Son agresiones indirectas, ahora llamadas “por procuración” (proxys) o a través de intermediarios. Un ejemplo actual de ese tipo de agresiones es la guerra en el Donbas.

Por eso no es exacto hablar de contradicciones internas y externas. La Guerra de Siria es una agresión externa, un ataque del imperialismo a un país, lo cual no es óbice para reconocer que el imperialismo instrumentalizó una contradicción interna, un descontento social, poniendo en movimiento a ciertas fuerzas sociales proclives a ponerse al servicio de sus intereses.

Este tipo de antagonismos son lo que Stalin y la III Internacional denominaron “contradicciones interimperialistas”. Proceden de la rivalidad mutua de las grandes potencias. En ciertos casos, como el de Estados Unidos, luchan por preservar la hegemonía. En otros, luchan por conquistarla. Finalmente hay casos en los que la desafían, intentan evadirse de ella, reducir su presión o incluso pretenden ser tratados de forma paritaria.

La lucha por la hegemonía no significa, como la historia pone de manifiesto, que las grandes potencias sean reemplazables unas por otras, o que unas puedan sustituir a otras. Ni la posición económica y política, ni los intereses de unas y otras son los mismos. Unas potencias no pueden ponerse en el lugar de las otras. No pueden hacer lo mismo. Su potencia militar no es equivalente y sus intereses son contradictorios entre sí.

Es un error poner a todas las potencias en el mismo plano. El imperialismo no forma un bloque homogéneo y los cambios en la correlación de fuerzas entre las potencias se resuelven mediante guerra.

A medida que la presión de los más fuertes llega a ser asfixiante, se crea en el mundo una gran bolsa de países permanentemente damnificados y esquilmados que, con el tiempo, suelen reaccionar en ocasiones y buscan el apoyo de otros que están en su misma situación. Se generan movimientos de tipo nacionalista, como el de los No-Alineados, la mayor parte de las veces para buscar algún acomodo entre los “eslabones de la cadena”, pero sin tratar de romperla.

Es un empeño utópico. No es posible lograr ninguno de esos objetivos por medios pacíficos. No es posible luchar contra la hegemonía asfixiante de las grandes potencias imperialistas sin acabar antes con el imperialismo.

La lucha contra el imperialismo no es, pues, exclusivamente nacional sino revolucionaria; necesariamente tiene que ir vinculada a la lucha por el socialismo, es decir, no se puede apoyar sólo en la capacidad de un Estado sino, sobre todo, en el movimiento de las masas.

Desde cualquier ángulo, el imperialismo conduce a la guerra. En un caso porque las potencias imperialistas no tienen otra forma de repartirse el mundo que recurriendo a ella. En el otro, porque la única manera de enfrentarse al imperialismo y a la guerra imperialista consiste en transformarla en guerra revolucionaria.

(*) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, Pekín, 1972.

El PKK condecora a los imperialistas

Brett McGurk (imperialismo) y Polat Can (PKK)

A comienzos de este año, cuando se iniciaron las negociaciones de Ginebra sobre la Guerra de Siria, el imperialismo no logró su sueño: que el PKK formara parte integrante de ellas. Eso no impidió que, al margen de las reuniones oficiales, el secretario de Estado adjunto, Tony Blinken, se entrevistara con Salih Muslim, el presidente del PYD, en la misma Ginebra.

Pero eso no era todo. El imperialismo quería dejar bien claro cuál es su apuesta para Oriente Medio: al mismo tiempo los diplomáticos británicos y franceses, así como el representante oficial de la Casa Blanca, Brett McGurk, viajaban a Kobane, el santuario del PKK, por “sorpresa”, es decir, ante las cámaras de televisión de todo el mundo.

Muy pocas veces el imperialismo ha dedicado tal cantidad de atenciones a una organización incluida dentro de la lista negra del “terrorismo”.

McGurk se vio obligado a dar toda clase de explicaciones rocambolescas: la visita a Kobane estaba prevista para antes de las negociaciones de Ginebra, era una coincidencia…

No había manera de disimular aquel idilio con el PKK: desde la Primavera Árabe y el inicio de la Guerra de Siria en 2011 era la primera vez que Estados Unidos enviaba un representante oficial a Siria.

Las fotos no dejan lugar a dudas. Muestran a McGurk, el representante por antonomasia del imperialismo, junto a Polat Can, uno de los dirigentes del PKK vestido con uniforme de camuflaje con los distintivos de YPG, donde se puede leer la divisa “Ejército de Rojava” en inglés. No en kurdo; en inglés para que todo el mundo lo pueda entender claramente.

Se trata de un acto oficial y solemne: el representante del imperialismo sujeta entre sus manos una placa que le entrega el PKK como señal de agradecimiento por los servicios prestados.

Al pie de foto se le debe añadir que, además de miembro de PYG, Polat Can llevó a cabo acciones armadas en Turquía por cuenta del PKK, por lo que la cabeza se nos llena de preguntas: ¿qué tienen que agradecer los kurdos del PKK-YPG al imperialismo?, ¿qué favores ha prestado el Pentágono al PKK-YPG para que estos se sientan en deuda hacia sus socios?, ¿o más que socios deberíamos decir sus amos?

El doble juego -tan típico de los imperialistas- es tan sumamente eficaz que ha logrado encandilar a los más incautos. Se presta a la confusión: si el PKK es una organización “terrorista”, ¿cómo la Casa Blanca acepta galardones de sus militantes, es decir, de unos “terroristas”?

La propia utilización de siglas diferenciadas por parte del PKK en Turquía, Siria (PYD) e Irán (PJAK) es una exigencia de los imperialistas para poder llevar a cabo su doble juego.

El imperialismo dirige los pasos del PKK-PYD. Siempre ha manipulado y sigue manipulando a las organizaciones kurdas que se prestan a ello. Es posible que así siga siendo en el futuro, y cuando no le interese, las dejará a su suerte, como también ha ocurrido.

Por eso la consideración, tanto del PKK como del PYD, ha ido cambiando según las circunstancias. Por ejemplo, antiguamente los imperialistas consideraban a PYG como una organización “terrorista”, aunque no estuviera incluida dentro de la lista negra. Todo cambió cuando le dieron la vuelta al asunto, provocando la reacción simétrica de Turquía.

Para los imperialistas el “terrorismo” es así. Depende; todo depende. Según como se mire…

La caída de los dioses

Darío Herchhoren

Tomo
prestado el título de la película homónima para titular a su vez este
artículo. En esa película; la cual recomiendo vivamente ver, se narra
magistralmente el ascenso y posterior caída de una familia perteneciente
a la vieja aristocracia alemana (posiblemente los Krupp), que formaban
parte del particular olimpo donde suelen habitar los que ostentan el
poder real.

Muestra también, como el más perverso y
cruel de sus miembros, que formaba parte de las temidas SS, se queda con
todo, destruyendo sin piedad a todos los demás.

Pero
quiero referirme a otros dioses, no menos perversos y crueles que los
anteriores. Al finalizar la segunda guerra mundial Europa y la URSS
estaban totalmente devastadas, y los USA emergían como la gran potencia
militar y económica que ejercía una hegemonía mundial.

Sin
embargo y sin dejar de ser cierto lo anterior, la URSS iniciaba su
reconstrucción y el ejército rojo ocupaba toda Europa oriental, dando
nacimiento a las democracias populares.

Con el fin de “ayudar
a la reconstrucción de Europa occidental, el imperio USA ideó algunas
herramientas para someter totalmente al mundo entero a su voluntad,
mediante ataduras de carácter económico militar y con ese objetivo se
firmó el tratado de Breton Woods, que daba carta de naturaleza al FMI,
al Banco Mundial y para Europa se creó el plan Marshall, que otorgaba
créditos para la reconstrucción continental, que sirvieron para
apuntalar a la renqueante burguesía europea muy tocada por la guerra.

Mientras
tanto la URSS y los países de democracia popular, consiguieron en la
década de los 50 del pasado siglo recomponer sus economías, y la URSS
consiguió quitarle a los USA, el monopolio del arma atómica con la cual
chantajeaba al mundo entero.

En 1949 triunfa la
revolución china encabezada por Mao Zedong, lo cual significaba un gran
desafío para los dirigentes chinos, que se encontraron conque en su país
solo había chinos, y que el país estaba casi totalmente destruido.

Con
gran empeño, la República Popular China es hoy la primera economía del
planeta, y ha conseguido en 50 años  lo que USA consiguió en 200 años.

A
día de hoy constatamos que el mundo de 1945, año del fin de la guerra
mundial ha cambiado mucho. La URSS ya no existe, ni las democracias
populares de Europa oriental tampoco. Aparecieron los BRICS, que forman
un bloque económico poderoso que inquieta profundamente a los USA, el
grupo del acuerdo de Shangay, el Banco Euroasiático de Desarrollo y la
imparable expansión económica de China.

A la par de
todo esto, los USA  han sufrido una enorme derrota estratégica en el
Medio Oriente ampliado. Han perdido definitivamente Siria, Irán emerge
como potencia regional, Arabia Saudí se hunde por los bajos precios del
petróleo, Yemen está en manos de un movimiento popular, y los USA ya no
pueden mantener una guerra frente al renovado poder militar ruso.

Dentro
de los USA los problemas se acumulan. Los candidatos a la presidencia
gozan de poco crédito popular y  aparecen candidatos inesperados que
cuestionan el papel de su país en el mundo.

Como nos enseñaba el gran revolucionario italiano Antonio Gramsci, “lo nuevo no termina de nacer y lo viejo no termina de morir”.
Se trata sin duda de una situación compleja: el imperio USA está herido
de muerte, pero conserva mucho poder y aunque sea un león que va
perdiendo los dientes todavía puede morder. No se caerá solo, habrá que
empujarlo.

Lo que está claro es que ha perdido la
hegemonía mundial para siempre; ha pasado su cuarto de hora. Pero la
clase dirigente de los USA no va a suicidarse y no podrá utilizar la
guerra como salida como ha hecho tantas veces. Las armas más poderosas
ahora están en otras manos y lo saben, e intentarán sobrevivir como
mejor puedan. Lo veremos, ya que no podrán aguantar la competencia de
los otros grandes actores.

El camino hacia un mundo
mejor será largo y tortuoso, pero estos dioses caerán y lo harán con
gran estrépito y arrastrarán en su caída a muchos inocentes. Debemos
tratar de evitarlo, y eso solo se consigue con una lucha constante y
organizada, y empleando más la inteligencia que la fuerza bruta, pero
todos los actores juntos y los pueblos que pelean por su independencia
vencerán al monstruo.

El G20 evidencia la crisis del imperialismo estadounidense

Manuel de Diéguez

Los grandes acontecimientos solamente se comprenden con lentitud y paso a paso, porque el espíritu humano rechaza asistir a desórdenes en el tablero del conocimiento. Así será en lo referente a la reunión del G20 del 4 y 5 de setiembre en China, que llevará el sello de la salida de Europa de la arena internacional. Solo entonces se comprenderá en su profundidad las causas de la caída lenta e inexorable del imperio americano hacia su hundimiento, interrumpido solamente por algunos sobresaltos. Se verá a los dos nuevos dirigentes mundiales, Rusia y China, enterrar sin flores ni coronas un G8 del que Estados Unidos había tomado el control desde el tiempo de su creación por Giscard d’Estaing, y del que habían hecho instrumento de su omnipotencia. Veremos a los nuevos dirigentes del planeta asentar su bien merecida hegemonía sobre la urgencia de las naciones para conquistar los beneficios de un nuevo juego.

Se asiste a un traspaso espectacular de poder y, de alguna manera, a una suave entronización del nuevo equilibro de fuerzas a escala planetaria. Ningún Estado europeo ha participado de manera viva y a la escala de los acontecimientos en la promulgación tácita de las nuevas reglas de la alianza entre la potencia de los verdaderos Estados con la visión del nuevo mundo que a todos se impone. Teresa May, nueva primer ministro británica, había pedido, con un adelanto de varias semanas, una cita con Vladimir Putin, que obtuvo inmediatamente. Igualmente había solicitado una cita con el primer dirigente de China, y había doblado su apuesta. Putin tuvo entrevistas separadas con diez dirigentes de peso de nuestro planeta. Se ha visto a un presidente de Estados Unidos prácticamente fuera de juego y con quien todo el mundo ha dejado de mostrarse atento, porque el vasallaje respecto a él ya no renta. En cambio, se hizo decisivo entrevistarse con Putin o con Jinping, en un modo de relaciones que ya no es el de sumisión de tipo norteamericano.

No sabiendo como encontrar un sitio nuevo en la corte, Hollande intentaba salvar la cara llegando a todos los sitios el último; pero este truco no engaña a nadie. Estaba escrito que los dirigentes europeos, desprovistos de todo conocimiento del destino de las naciones y del destino reservado a los ignorantes y a los incompetentes, pagarían el precio de su desconocimiento de las leyes elementales de la geopolítica. No se está a la altura de los acontecimientos ignorando en que sentido corre la historia y sobre que eje gira el planeta. Todo el “establishment” combate a Trump, pero nadie refuta sus declaraciones, ni se arriesga a mencionarlas. Ha formulado dos evidencias estridentes: la primera, que Europa no se constituirá nunca en una nación unida, y la segunda que ese fantasma se había dotado de una capital imaginaria, y estrictamente administrativa.

No se sabe que es más interesante observar, si el hundimiento del imperio americano o el de la Europa de las utopías. Si un Nicolas Sarkozy, que había reintroducido a Francia en la OTAN en 2008, había llegado en 2016 a denunciar el imperialismo norteamericano y su dictado sobre los bancos de todo el mundo, su gaullismo tardío no había sido reseñado por una prensa y unos medios franceses bloqueados, de manera que toda la atención de los nuevos antropólogos se centraba en la agonía política de Europa, al igual que la potencia quebrantada de los Estados Unidos no sabía que hacer ante los desprecios sufridos por los servidores de su hegemonía de ayer.

La servidumbre del Viejo Continente a las leyes americanas de comercio había fracasado. En todas partes el patriotismo reencontraba su voz. Se descubría que Washington obedecía a una política extranjera de tipo romano y que el tratado de Westfalia de 1648 que debemos al genio político de Mazarino había explotado. Julio César no se preguntaba cómo debía protegerse el derecho de los galos bajo las espadas de las legiones. Washington tampoco. ¡Y ahora Putin exigía al Pentágono nada menos que conservar el derecho de defender los intereses de su país!

El imperio americano moría por el anacronismo y la potencia de tipo romano a la que los Estados Unidos habían creído poder seguir siendo fieles. Un Estado pretendidamente democrático y que había hecho del sestercio el símbolo del dólar no podía cambiar de cultura política ante la adversidad: necesitaba agonizar en la alianza de la ética calvinista de los negocios y la cansada espada de los romanos de hoy.

El nuevo tono de la potencia ha sido muy bien ilustrada por un diálogo de Vladimir Putin con François Hollande. Después de haber simulado creer que el destino del planeta dependía todavía del diálogo de Francia con todo el universo, Putin ha añadido gentilmente: “Y ahora que hemos recorrido el mundo, vamos al examen más modesto de las relaciones de Rusia con Francia”.

Porque Hollande había tenido la ingenuidad de invitar a Putin a “mirar los problemas de frente”. Pero esta vez mirar los problemas de frente suponía plantear la cuestión de las relaciones concretas de Rusia con Francia. Sin duda, Hollande se ha visto sorprendido de encontrar en Putin a un interlocutor respetuoso de los intereses propios de Francia. No hay conquista mayor de una dignidad nueva, y ante todo de una nueva soberanía para Francia, que dirigirse a ella como nación con el derecho de defender sus intereses propios y su independencia.

En realidad, desde el 4 de septiembre de 2016, el G20 ha mostrado con claridad a todo el mundo como Rusia sustituía las relaciones de vasallaje de Estados Unidos con sus supuestos “aliados”, negociaciones de nuevo fundadas sobre el tratado de Westfalia de 1648, y como esta nueva conquista de una diplomacia civilizada entre dos Estados soberanos no es más que una gran conquista de la civilización mundial.

Rusia bien podría revelarse más potente de lo que el imperio norteamericano nunca lo haya sido. Pero, por el solo hecho de que el estilo nuevo del poder surgido de este G20 destruya la política de subordinación que el imperio norteamericano ha mantenido con sus aliados avasallados, el mundo ha cambiado de aspecto, de manera que desde el 4 de septiembre, incluso antes de la finalización de este G20, el nuevo estilo de poder en la escena internacional ha metamorfoseado la diplomacia mundial.

Pero el gran vencedor de este G20 habrá sido una Rusia invitada a figurar en el rango de invitados de honor en Hangzhou. Ya no se defendía un supuesto “orden mundial” que nunca ha existido y que nunca existirá, porque este beatífico concepto no era más que la máscara de la potencia hegemónica del momento. El realismo político se revela, en realidad, como la auténtica fuente de una política humanista y respetuosa de los Estados. La civilización mundial ha cambiado de guía.

Fuente: http://www.comite-valmy.org/spip.php?article7579

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