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Nunca podremos recoger el trigo si antes no lo separamos de la cizaña

Para un leninista es una obviedad poner de manifiesto que desde que existe el imperialismo existe también el socialimperialismo, que es uno de sus rasgos característicos, es decir, que los imperialistas reclutan a una parte de sus peones en el interior de la clase obrera, de los sindicatos y de esos que hoy, consecuencia de la desorganización imperante, se llaman “movimientos sociales”.

El socialimperialismo, el mero uso de un disfraz, hace que muchos no sean capaces de diferenciar a un antimperialista de su contrario, porque un socialimperialista no es otra cosa que eso exactamente: un imperialista. “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Una de las tareas que persigue el imperialismo es lograr que haya quienes se dediquen a pintarle todas las monas que pone en movimiento. No es que la mona se disfrace, se vista de lo que no es, sino que siempre hay alguien que le ayuda a organizar los múltiples carnavales que se celebran en este país: el carnaval comunista, el anarquista, el independentista…

Pondré un ejemplo para que no quepan dudas de lo que estoy hablando. El 8 de octubre, es decir, hace dos meses, la Librería Traficantes de Sueños de Madrid organizó la presentación del último libro de Leila Nachawati. Para quienes no lo sepan, desde hace años dicha librería tiene fama de difundir obras progresistas, e incluso revolucionarias algunas de ellas, mientras que Nachawati es una agente de la CIA en España.

Ese tipo de actos tienen por objeto lograr que Nachawati no parezca lo que es y los miembros de la librería se prestan a ello, a partir de lo cual podemos pensar dos cosas: 1) La teoría del “tonto útil”: los libreros no se han enterado de quién es Nachawati, no saben lo que se traen entre manos, lo cual desacredita mucho su trabajo; 2) Contribuyen deliberadamente a camuflar el trabajo de los espías de la CIA en España o, dicho con otras palabras, ayudan al imperialismo.

Por su propio trabajo, los libreros deberían tener dificultades para justificarse diciendo que sólo son los “tontos útiles” del imperialismo. En medio de tanta información como difunden, es difícil creerles si dicen que no saben quién es Nachawati, cómo funciona la CIA en cada país, las redes que tiende en cada uno de ellos, a dónde va a parar el dinero de la fundación Soros y el gran número de mercenarios que están dispuestos a venderse por un puñado de dólares. ¿Es que sólo venden libros?, ¿no leen?Además de llenar el mundo de armas, el imperialismo lo llena de confusión y hay quienes nadan en ella, se sienten a gusto y la propagan, por un motivo muy sencillo de entender: “A río revuelto ganancia de pescadores”. La confusión de unos con otros sirve siempre al más fuerte, al imperialismo, y hasta el más tonto sabe que los espías siempre van disfrazados de algo que no son.

Antiguamente las “medias tintas” no eran bien vistas, pero ahora ocurre al revés: los colectivos que se mueven en la ambigüedad quedan bien en los ambientes seudoprogresistas, mientras que a otros les corresponde el papel antipático, que alguno considera incluso “insultante” y hasta “dogmático”, de poner a cada uno en su sitio. Como decía Lenin, nunca podremos recoger el trigo si antes no lo separamos de la cizaña. En cualquier lucha hay que empezar por aclarar dónde está cada cual.

Aunque resulte desagradable decirlo, es obvio que, precisamente por la ambigüedad imperante, a su vez derivada de la debilidad de la vanguardia revolucionaria, hay quien aún no sabe cuál su sitio ni, por lo tanto, el sitio de los demás. No sabe quiénes son sus adversarios ni, por lo tanto, quiénes son sus amigos, quién le puede echar una mano. Si eso ocurre muy frecuentemente a escala local, con más razón cuando aludimos a un fenómeno complejo, como es el imperialismo.

Es cierto que en cualquier crítica o denuncia, por acertada que sea, se puede medir mal, acabando en esa serie de truculencias que a veces se leen y que se justifican a sí mismas por el mero hecho de “tener razón” o de “estar en lo cierto”. No basta con tener razón sino que hay que saber hacer valer esas razones.

Sin embargo, no todo es discutible. A diferencia de la burguesía, que es pragmática y se mueve por intereses, el movimiento obrero se atiene a principios: como se dice ahora, existen determinadas “líneas rojas” que nadie, absolutamente nadie, antifascistas, comunistas, anarquistas, independentistas, puede cruzar. De lo contrario, alguno podría creer que vestirse a sí mismo con una etiqueta le da patente de corso. Pues no es así. Podemos discutir si esas líneas están más acá o más allá, pero están en algún sitio.

La lucha contra el imperialismo es, sin duda, una de esas “líneas rojas”. Esto lo digo por lo siguiente: algún lector estará pensando en quién está autorizado a trazar esas líneas, y entonces cavila mal. Piense mejor en qué es lo que las dibuja, qué es lo que en cada momento impone determinados límites a cada cual, tanto a las personas, como a los colectivos o a las organizaciones.

Pues bien, en lo que al imperialismo concierne, las contradicciones han llegado al punto que amenazan con desatar una guerra que será, sin duda alguna, devastadora. No puede haber una demarcación más evidente, que está a conduciendo a que las máscaras vayan cayendo, a que los imperialistas y sus cómplices queden al descubierto. Lo que pone a cada uno en su sitio es, pues, el propio desarrollo de la lucha de clases, el imperialismo y la guerra. Es lo que está ocurriendo desde hace cinco años con Siria, que se reproducirá luego en cualquier otro lugar del mundo, siempre con los mismos protagonistas, travestidos o no.

Gran Torino y el ejército perdido de la CIA

En su película “Gran Torino”, el cineasta Clint Eastwood dibuja una caricatura de sí mismo y de ciertos tipos de estadounidenses, entre los que Trump ha reclutado muchos votos, entre ellos el del propio Eastwood. Es alguien a la vez con grandes dosis de racismo e ignorancia, dos perfiles que casi siempre van de la mano.

Al vecino blanco y americano le llega una familia de “hmongs” cuyo origen el aborregado Eastwood a duras penas logra situar en algún remoto confín de Asia. Sin embargo, no necesita consultar el mapa para expresar su aversión hacia los “hmongs”. Al viejo veterano de la Guerra de Corea no le gusta lo que no conoce y no conoce casi nada.

El guión va del racismo al antiracismo, pero no porque el protagonista se los gane, como debería ser el caso con unos invitados, sino porque éstos se ganan el ánimo de su anfitrión.

Como los sudistas en las películas de la Guerra Civil de Estados Unidos, los “hmongs” ejercen de perdedores y, al margen de la historia, eso es algo que el capitalismo vende muy bien porque ya se han realizado varios documentales sobre su “historia”, es decir, porque su historia ya se ha falsificado. No hay más que leer las crónicas sobre ellos en periódicos españoles como El Mundo (1), El País (2) o El Confidencial (3), algunos de cuyos titulares son elocuentes: los “hmongs” formaban parte del “ejército perdido de la CIA”.

El relato empieza con esa vida idílica y pacífica en el campo… hasta que la Guerra de Indochina cayó sobre ellos como un relámpago. La realidad es siempre mucho más cruda. Con la ayuda del imperialismo británico, los “hmong” vivían del cultivo de opio que introducían clandestinamente en China y que se reactivó aún más con la Revolución China de 1949 y la Guerra de Corea al año siguiente.

La Guerra de Indochina fue una continuación de lo que ya había y los “hmongs” se pusieron, como era su costumbre, junto a los colonialistas franceses, del mismo modo que se pusieron junto a los imperialistas estadounidenses que sustituyeron a los anteriores. Fueron entrenados por la CIA para combatir al Pathet Lao, el movimiento de liberación laosiano, al Vietcong, el movimiento de liberación vietnamita, y para seguir con el cultivo de opio.

Los documentales y la prensa ocultan el verdadero papel de los “hmongs” al servicio de las distintas potencias imperialistas desde los tiempos de la Revolución China para presentar un retrato penoso de un pueblo abandonado luego por las antiguas metrópolis, perseguidos y exterminados por los comunistas laosianos y vietnamitas, etc.

Roma nunca paga a los traidores. Desde Laos los colonialistas franceses se llevaron a más de mil “hmongs” a colonizar la Guyana francesa, donde aún viven en la actualidad, lo mismo que en las ciudades francesas, estadounidenses o en los países vecinos, como Tailandia. El ACNUR les reconoce como refugiados políticos porque Laos es ese tipo de país propicio para tener refugiados políticos que los imperialistas pueden necesitar en cualquier momento para organizar alguna “primavera”.

(1) http://www.elmundo.es/papel/historias/2016/05/24/57444c8d468aebcf098b46de.html
(2) http://elpais.com/diario/2009/03/06/cine/1236294004_850215.html
(3) http://www.elconfidencial.com/mundo/2016-05-11/la-guerra-de-vietnam-nunca-acabo_1198745/

Trump no basculará la política exterior de Estados Unidos hacia el Pacífico

Todo se acelera. En una declaración de tres minutos emitida por vídeo el 21 de noviembre, Trump ha anunciado que renunciaba a la firma del Tratado Trans Pacífico redactado el año pasado con 12 países de Extremo Oriente (Japón, Vietnam, Malasia, Singapur, Brunei, Australia, Nueva Zelandia, Canadá, México, Perú y Chile, además de Estados Unidos), del que China estaba expresamente excluida.

Aunque ya lo advirtió durante su campaña electoral, es difícil adivinar el alcance de esta declaración de Trump. Caben varias interpretaciones posibles. La primera es la de quienes ven el final de eso que han venido llamando “globalización” y “neoliberalismo” en favor de nuevas políticas económicas “nacionalistas” o incluso “proteccionistas”, el retorno de los aranceles, los déficits públicos y otras medidas características de la posguerra.

La segunda es muy poco más amplia y supone que Trump hará extensiva a China la nueva política de entendimiento de quiere poner en práctica con Rusia, lo cual sería una buena sopresa porque, según los términos de lo que hemos escuchado durante la campaña electoral, la oferta iba dirigida sólo a Moscú, dejando al margen tanto a los chinos como a los iraníes, quizá con la pretensión implícita de romper al bloque que estos tres países han formado.

La tercera es más amplia todavía y asegura que Trump liquidará el intento de de Obama, Clinton y ciertos sectores del partido demócrata de volcar la política exterior de Estados Unidos en el Pacífico. Además de impulsar las exportaciones de Estados Unidos, el Tratado debía fortalecer la hegemonía de Washington en Asia y el Pacífico. La agencia oficial de noticas china Xinhua lo describió como el “brazo económico de la estrategia geopolítica de la administración Obama para garantizar el dominio de Washington en la región”. Más claro, agua.

En cualquier caso, también aquí Obama va a salir de la Casa Blanca con el rabo entre las piernas como uno de los presidentes más torpes de Estados Unidos que se recuerdan.

Hay que poner de manifiesto que, cualquiera que sea el alcance de la declaración de Trump, su política no es exclusiva, ya que el demócrata Bernie Sanders, la “extrema izquierda” de la campaña electoral, proponía lo mismo. Es otra muestra de las profundas fallas que muestra el imperialismo estadounidense, metido en un verdadero atolladero al que no encuentra salida, como muestran las deserciones de algunos aliados tradicionales, como Filipinas y Malasia.

Frente al plan estadounidense, China ha impulsado un acuerdo de asociación económica integral más amplia de 16 países que incluye a India. Con Estados Unidos al margen, es el momento de arrojarse en los brazos de China. Tanto la CNN como la BBC se muerden las uñas. “China gana si Trump saca a Estados Unidos del Tratado”, titulan los unos. “No hay duda del regocijo del gobierno chino ante los planes del presidente electo”, dicen los otros.

La política de distensión de ‘La Izquierda’ en Alemania

A los moscones como nosotros la mierda nos magnetiza. No lo podemos evitar. Por eso nos repetimos, resultamos pesados o, como se decía antes, somos “dogmáticos”. Es la explicación de que volvamos a hablar de nuestra amada Sahra Wagenknecht, la dirigente de Die Linke (La Izquierda) alemana, que simboliza como pocos el oportunismo en estado casi puro, el de toda la vida, una mezcla en la que a la vieja socialdemocracia alemana se le suman los indigestos “verdes” y los renegados de la extinta República Democrática Alemana.

La explicación de nuestro embobamiento no sólo está en la tradicional posición histórica del imperialismo alemán respecto a otros, especialmente Estados Unidos, sino al papel que los oportunistas siguen jugando en su interior, eso que Lenin llamaba “socialimperialismo” y del que Wagenknecht es uno de los mejores ejemplos.

Hace unos días el diario “Berliner Morgenpost” entrevistaba a la dirigente alemana (*) mientras paseaba en bicicleta por los paisajes idílicos del Sarre, en la frontera con Francia, algo muy alemán. El periodista empieza la entrevista con una pregunta típica de inicio de campaña electoral, comparando con mucha gracia a los dos dirigentes de La Izquierda, ella y Dietmar Bartsch, con Tom y Jerry.

Cualquier gacetillero hispánico hubiera empezado la entrevista de una manera muy distinta, con esa colección de tópicos que siempre empiezan así: el ascenso de la ultraderecha en Europa central, de las posiciones populistas y xenófobas como consecuencia de la crisis, la emigración y bla, bla, bla…

Pero lo que está ocurriendo, asegura Wagenknecht, es lo contrario: La Izquierda está en lo más alto de los sondeos desde 2013, a pesar de la fuerza de los nazis de la AfD (Alternativa por Alemania). En Alemania la pobreza crece, dice Wagenknecht, “la gente no alcanza a vivir de su trabajo y cada vez más ancianos padecen la humillación de la pobreza”.

En medio de una larga parrafada sobre pobreza, impuestos y seguridad social, sin que el periodista se lo pregunte, nuestra Wagenknecht suelta lo que estábamos esperando leer: “En política exterior Alemania debería volver a su política tradicional de distensión”. Hemos acudido a varios diccionarios para comprobar que hemos traducido bien “Entspannungspolitik” por política de distensión precisamente, pero la propia Wagenknecht lo aclara a preguntas del periodista: “¿Qué entiende Usted por distensión?”

La respuesta es: “Buscar un equilibrio de intereses en lugar de participar en la escalada de conflictos por el rearme y la guerra”. Luego sigue una explicación tópica sobre la “guerra contra el terrorismo” que ha tenido efectos contraproducentes, reconoce, o sea, que ha creado y reforzado el terrorismo que se pretendía combatir, incluso en Alemania. “Sacar al ejército de Afganistán y Siria sería el mejor medio de asegurar nuestra seguridad”, concluye, una tesis que la vieja socialdemocracia califica como “no gubernamental” o impropia de un partido que aspira a gobernar o a formar parte de un gobierno. Si las posiciones entre ambas organizaciones estuvieran tan enfrentadas, como parece, no sería posible un gobierno de coalición.

Wagenknecht califica la postura del SPD como “decrépita” y contraria a la Constitución. Recurre al olvidado Billy Brandt, dirigente de la socialdemocracia alemana en la posguerra, para describir la “tradicional” política exterior alemana: durante 40 años los soldados alemanes no habían salido del interior de las fronteras. “La Izquierda no sostendrá jamás el esfuerzo militar del ejército” en esos países, afirma Wagenknecht. “Alemania no se defiende en Mali, ni en Afganistán, ni en Siria”.

Estamos completamente de acuerdo con Wagenknecht. Ya sólo queda que cumpla con su palabra si tiene que firmar un acuerdo de gobierno con la socialdemocracia “decrépita”.

No será así, y que conste que aquí nos gusta equivocarnos.

(*) http://www.morgenpost.de/politik/article208749265/Wagenknecht-warnt-SPD-vor-Gabriel-als-Kanzlerkandidat.html

Oriente Medio siempre pulveriza todas las ‘geoestrategias’

A medida que la guerra imperialista se propaga, la palabra “geoestrategia” está en boca de todos porque es uno de esos términos que viste cualquier artículo de manera muy elegante, sobre todo si encabeza un titular. Pero tal “geoestrategia” y toda su familia semántica (“geopolítica”) no existe, ni ha existido nunca, porque las clases, las lucha de clases, las batallas políticas y las guerras no dependen de la geografía, sino al revés.

Oriente Medio es el mejor ejemplo de eso. El mismo que inventó la geoestrategia, Alfred T. Mahan, es el inventor del término “Oriente Medio” con la acepción que hoy tiene. Por cierto, Mahan nació en West Point a mediados del siglo XIX y era almirante del ejército de Estados Unidos. Si tuviéramos la oportunidad de poner los mapas de Oriente Medio uno detrás de otro desde entonces, nos daríamos cuenta de que cada uno de esos mapas no se dibujó siguiendo las costas, las montañas o los ríos sino siguiendo rutas comerciales, intereses políticos y guerras sin cuartel.

La geografía, pues, tiene más relación con la historia (con el materialismo histórico) que con la geología (que también es histórica, por cierto) y es tan parcial como cualquier otra historia. Lo que hoy llamamos Oriente Medio no es más que la manera en que el imperialismo ha mirado una región muy amplia del mundo que acaba en el Extremo Oriente, o sea, en el Pacífico, a diferencia del Cercano Oriente (al que han hecho desaparecer del mapa) y de Oriente Medio.

El almirante Mahan recurre a la expresión “Oriente Medio” en 1902 como consecuencia de la entrada del capitalismo en su fase imperialista, propiciado por la que entonces era la potencia hegemónica, el Imperio Británico. Se llamó así porque era una región que estaba a medio camino entre Londres y la “joya de la Corona”, la India, a su vez la plaza fuerte desde la que se podía controlar el continente asiático.

Cuando Mahan utiliza dicha expresión (“Middle East”) es para explicar el papel del Golfo Pérsico a la espalda del otro gran imperio de la época, el Otomano, y en la ruta hacia la India. Toda división es un instrumento de control y dominación, en este caso sobre Asia y sobre las rutas que conducían a ella. El dominador separa al Extremo Oriente, del Cercano y deja al tercero en el Medio.

Dado que la dominación es un fenómeno político, cambia en función de los cambios en la situación política internacional, lo que supone una redistribución de los mapas. Por ejemplo, hoy ya no se utiliza la expresión Cercano Oriente porque la misma se refería a las antiguas posesiones europeas del Imperio Otomano, es decir, que era una región que empezaba en Austria y alcanzaba los Balcanes, una región que hoy consideramos como parte de Europa, la del este, cuyo objetivo principal era el control del Mediterráneo, aunque siempre como una parada intermedia en la ruta hacia la India.

En dicha ruta, el Imperio Otomano era un tapón que desplazaba Oriente Medio hacia otro Imperio, el Persa, que controlaba el Golfo de su mismo nombre. Tanto en aquella época como en la actual, el comercio internacional viajaba en barco y los mapas comenzaron a cambiar con la construcción del Canal de Suez en 1869, creando eslabones que empezaban en Gibraltar y acababan en ese rosario de taifas del Golfo Pérsico (Kuwait, Bahrein, Qatar, Omán…) que corren en paralelo con el tendido del transiberiano, la red ferroviaria que otro imperio, el zarista, concluye en 1904.

Los mapas se volvieron a dibujar con la entrada del capitalismo en su fase actual, la Primera Guerra Mundial y la importancia creciente del petróleo. Cuando los países balcánicos se liberaron del Imperio Otomano, empezaron a ser Europa por vez primera, al tiempo que Turquía dejaba de serlo para formar parte de Oriente Medio. El Cercano Oriente desaparecía y los países árabes empezaron a figurar en los mapas porque los imperialistas los pusieron ahí para verlos con la nitidez que exigía la nueva situación.

Tras la Revolución de Octubre y el fin del Imperio Otomano ya no había otro imperialismo que el -a sí mismo- considerado como “occidental”. En 1917 los británicos toman Bagdad; a partir de entonces quien lleva las riendas del nuevo Oriente Medio eran esos “occidentales” que se lo reparten dibujando fronteras, creando unos países y borrando a otros del mapa. Tras la Gran Guerra el Foreign Office crea un departamento de Oriente Medio. A la conferencia de El Cairo, en 1921, la prensa la llamó “Conferencia de Oriente Medio”.

Con el desarrollo de las fuerzas productivas, el capitalismo, las clases y la lucha de clases siguieron redibujando mapas una y otra vez o, lo que es lo mismo, desatando guerras. Ocurrió con la llegada de los barcos de vapor, luego con los cables submarinos y después con los primeros oleoductos.

En 1850 un barco de vela tardaba cinco meses en llegar de Londres a Calcuta y cincienta años después el mismo recorrido tardaba 24 horas por un cable telegráfico. En medio de la arena, donde no había nada, se podían ver postes y tendidos de telegráficos que llegaban de Suez a Karachi atravesando el Mar Rojo, tanto por el aire como por el fondo de las aguas. El telégrafo no entendía de fronteras. En 1900 sólo el Imperio Otomano estaba surcado por 30.000 kilómetros de cables.

Egipto podía presumir de ser un país independiente, pero el Canal no le pertenecía, como tampoco le perteneció a Panamá el suyo. En el mundo hay países microscópicos, como los del Golfo Pérsico, bien porque hay feudalismo, o bien porque hay imperialismo, y finalmente por ambas cosas a la vez. Los valles, los lagos y los oasis cada vez dependen menos de la geografía y más de las fuerzas productivas, de los mercados y de las sociedades anónimas, que son los que dibujan las verdaderas fronteras y desencadenan las guerras.

Ahora la burguesía escribe tanto sobre “geopolítica” para ocultar la verdadera raíz de los problemas internacionales, que están en el imperialismo, que no figura en ningún mapa porque no es un país, sino una categoría científica que hay que aprender en los manuales de materialismo histórico.

El ocaso definitivo del imperialismo estadounidense

Darío Herchhoren

El ocaso es el tiempo -breve- en que el sol se pone, hasta que aparece nuevamente en un nuevo día. El sol sale por el este y se pone por el oeste. Pero los imperios cuando entran en el ocaso, es para siempre. No existe en la mecánica imperial un nuevo día. El ocaso es ya definitivo; no tiene vuelta atrás.

En la historia de la humanidad no existe conocimiento de que algún imperio sobre la tierra haya logrado luego salir de su ocaso volver a ocupar el lugar que tenía antes de su definitiva desaparición. Esto es lo que está pasando ahora con la caída definitiva del imperio USA; no hay red que lo salve como ocurre con los trapecistas de los circos, que a veces se caen y que gracias a la red salvan sus vidas.

Hay signos evidentes de que el imperio USA ha perdido su poder hegemónico. Como dijo alguna vez Slavoj Zizek, filósofo esloveno, vivimos tiempos interesantes. Hay que señalar algunos hechos trascendentes que han empujado al imperio al abismo, a saber: la creación de los BRICS; la aparición del grupo de Shangai; la creación del Banco de Desarrollo Euroasiático; la alianza estratégica de Rusia y China; el uso de las monedas nacionales de Rusia, China y Arabia en sus transacciones sin pasar por el dólar; el triunfo de Trump en las eleccioines; y un hecho nuevo e impensable la reunión efectuada hace dos días entre los ministros de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en Sochi con el ministro ruso de exteriores Lavrov, donde se echaron las bases de una colaboración entre todos los reunidos y la declaración de Lavrov de que Rusia apuesta por una CELAC fuerte y estable. Nadie en su sano juicio hubiera apostado por una reunió así hace apenas diez años, porque el imperio lo hubiera torpedeado.

Desde hace más de 65 años vengo militando en diversos movimientos de izquierda, y siempre pensé que no vería llegar el momento en que el imperio USA cayera para siempre, como una necesidad de salud pública. Sin embargo y suerte para mí estoy asistiendo a ese momento tan ansiado por tantos millones de hombres y mujeres de la humanidad entera. Recordemos que los revolucionarios franceses de 1789 llamaron Comité de Salud Pública al que se encargaba de utilizar la guillotina para cortar las cabezas de la nobleza y sus servidores. El nombre es realmente sugerente.

Cuando los imperialistas fueron derrotados en Vietnam; muchos de los jóvenes que deseábamos ese momento pensamos equivocadamente que el imperio se acabaría pronto. No fue así, y desgraciadamente fueron necesarios unos cuantos millones de muertos más para que ese día llegara.

La existencia y ahora la inexistencia del bloque socialista, nos hizo pensar que el imperio realmente iba a tener larga vida. Tampoco fue así, y hoy asistimos al grandioso espectáculo de su ocaso. Ya no puede sostener tantas guerras y se trata de un león sin dientes. Como dijo en su momento Mao Zedong, el imperialismo es un tigre de papel; y como Mao era chino aplicó su proverbial paciencia de chino hasta que el día llegó. Entre el momento de las palabras de Mao, y el día de hoy han transcurrido al menos 60 años. El imperio está en guerra en algún lugar del mundo des de el fin de la última guerra en 1945. No conoció ni un solo día de paz.

Lo curioso de todo esto es la alarma que está cundiendo, ya cercana al pánico entre los lacayos  del imperio que ven que “su señor” entra en un tirabuzón mortal de necesidad. ¿Que van a hacer ahora sin el amo? Posiblemente algunos elegirán hundirse con él. Otros en cambio atendiendo al instinto de conservación buscarán acomodo junto a los nuevos actores; pero el mundo se ha hecho multipolar, y hay ya muchos “amos” a los que servir. En el mundo ya no habrá una potencia hegemónica que dicte las normas. Es posible que estemos ante el umbral de un tiempo donde los pueblos emprendan un camino de liberación, al menos de los grandes amos. Nos queda ahora liquidar a los pequeños. Pero eso parece que será más fácil.

Trump dará un giro completo a la estrategia de Estados Unidos en Siria

El general Michael Flynn
Según DebkaFiles, un medio oficioso de la inteligencia israelí (1), durante su entrevista preparatoria del transpaso de funciones, Obama ha informado a Trump de que se dispone a rearmar a sus peones sirios y kurdos para que tomen Raqqa. También ha enviado nuevos equipos de dirección del Pentágono encargados de guiar a dichas tropas en el asalto de la capital del Califato Islámico. Los suministros incluyen material de combate sofisticado, sobre todo misiles anticarro y suelo aire.
La precipitación con que Obama está tomando sus últimas decisiones en Siria, aseguran los israelíes, no responde a las necesidades tácticas del campo de batalla sino a lo que se está convirtiendo en la pesadilla
de la región: la alianza ruso-turca que, como adelantamos en una entrada anterior
(2), se disponía a asaltar Raqqa de forma conjunta. En dicha
alianza los israelíes meten también a Trump y ese es el motivo de que
Obama se lo haya dejado claro al nuevo Presidente, poniéndole ante los
hechos consumados.
Si la noticia es cierta, desde luego que no
tiene desperdicio. Según DebkaFiles, Trump ya está en contacto con el
Kremlin y con Erdogan, al menos sobre lo que concierne a la guerra de
Siria, por lo que sus palabras durante de la campaña electoral no eran
un brindis al sol. Estados Unidos se dispone a dar un giro completo a su
estrategia en Siria y ya ha enviado a algunos oficiales del Pentágono
en la reserva para observar la evolución de los acontecimientos.
Las
informaciones de los militares israelíes aluden a un verdadero
enfrentamiento entre Obama y Trump en torno a la Guerra de Siria que, de
ser cierto, explicaría las desavenencias observadas hace un año
dentro algunos sectores del servicio de inteligencia del Pentágono que
mostraron su desacuerdo con Obama y con la CIA y fueron destituidos de
sus cargos. También hablamos sobre ello en su momento (3). Nos estamos refiriendo al grupo de oficiales que rodeó al
general Michael Flynn y que ahora forma parte del equipo de campaña de… Trump.
Dichas
fuentes indican, además, que rusos y turcos están dispuestos a atacar y
destruir a todos los convoyes de suministros que traten de reforzar a
las tropas sirias y kurdas bajo la tutela de Estados Unidos, y que Trump
está de acuerdo con ello
. Dadas las estrechas relaciones entre Trump y
Netanyahu, que ha sido el primero en visitar al nuevo Presidente, hay
que añadir que también Israel apoya esa salida a la Guerra de Siria.
Por
la precipitación con la que se están desarrollando los acontecimientos,
no cabe duda de que ambas partes, Obama y Trump, tenían la decisión
tomada de antemano y que la llegada de Trump a la Casa Blanca es el
reconocimiento de una estrepitosa derrota del imperialismo estadounidense en Siria y
ante su más feroz enemigo
: Rusia.
El papel de Turquía en la nueva
situación de Oriente Medio, que se sigue desconociendo, merecería un
capítulo aparte. Por ahora nos basta indicar una coincidencia nada
casual que cierra este círculo como una pescadilla que se muerde la
cola: el día mismo de las elecciones, The Hill publicó un
artículo del general Flynn (4) que versa sobre… Turquía. No es que el
general destituido tome partido abiertamente por Erdogan, sino algo
peor: afirma que en la polémica que mantiene con Estados Unidos sobre el
caso Gülen, tiene razón el Presidente turco.
El artículo de Flynn
tuvo que haber sido escrito antes de las elecciones, en plena
campaña electoral y tiene el tufo lógico de la misma, pues asegura que
el clérigo islamista tiene una evidente conexión con la banda de Hillary
Clinton, de la que fue un contribuyente activo.
La aguda
comparación que hace el general entre Gülen hoy y el ayatollah Jomeini
en 1978 también se debería prestar a la reflexión. Poco antes de la
revolución iraní, Jomeini estaba exiliado en Francia como Gülen lo está
en Estados Unidos. Si no le entendemos mal, el general está comparando
indirectamente a Erdogan con el sha de Persia, el olvidado Reza Palevi,
una verdadera marioneta del imperialismo durante décadas. Aunque no es
muy claro ni coherente, quizá Flynn pretenda advertir que Estados Unidos
debe ponerse del lado de Erdogan y no desestabilizar el país para
promover su caída.
Se nos ocurren además otro tipo de
insinuaciones de la peor especie, típicas de estos momentos perdidos en
el transpaso de poderes entre dos inquilinos de la Casa Blanca, como la
“Sorpresa de Octubre”
que tuvo lugar durante la crisis de los rehenes en
Irán, cuando Reagan le jugó una mala pasada a Carter, que aspiraba a
la reelección. ¿Le está advirtiendo Flynn a Obama de que no les haga juego sucio durante el periodo de transición?
Al margen de ese tipo de especulaciones, los acontecimientos parecen tomar un nuevo cariz en Oriente Medio y eso es lo realmente importante. Ya saben aquel viejo refrán chino de los tiempos en que los barcos eran de vela: “Para navegar a favor del viento hay que saber hacia dónde sopla”.

(1) http://www.debka.com/article/25776/Obama-hits-Trump-tie-with-Putin-Erdogan-on-Syria
(2) https://mpr21.info/2016/11/turquia-prepara-un-ataque-de-gran.html
(3https://mpr21.info/2015/12/la-revuelta-de-los-generales.html
(4) http://thehill.com/blogs/pundits-blog/foreign-policy/305021-our-ally-turkey-is-in-crisis-and-needs-our-support#.WCPhv1d4UUU.twitter 

‘¿Creéis que el camino de la Revolución está sembrado de rosas?’

Juan Manuel Olarieta
Lo mismo que Marx, Lenin era extremadamente minucioso. Para escribir su obra “El imperialismo fase superior del capitalismo” llenó 15 cuadernos con notas tomadas de múltiples lecturas. Los enumeró con letras griegas y hacen referencia a 106 libros publicados en alemán, 23 en francés, 17 en inglés y 2 traducidos al ruso, además de 232 artículos publicados en 345 periódicos alemanes, 8 ingleses y 7 franceses.

A esos cuadernos de notas hay que sumar otros cuantos que tituló “Sobre el marxismo y el imperialismo” que en total tienen unas 700 páginas más que ponen de manifiesto el estilo de trabajo leninista: documentado, profundo y exhaustivo. Para escribir su obra Lenin leyó prácticamente todo lo que se había escrito previamente y condensó sus conclusiones en 150 páginas que no son más que la punta de un gran iceberg.

Pero lo más importante, con diferencia, es que Lenin escribía con una mano y trabajaba con la otra. Mientras escribía su obra, rompía con la II Internacional, estallaba la Primera Guerra Mundial y la Revolución de Febrero de 1917. El folleto no podía ser de más actualidad, pero entonces ocurrió lo mismo que ahora: los árboles no dejaban ver el bosque; el problema era tan evidente que se hizo invisible.

Las frases de Lenin sobre el imperialismo se han repetido muchas veces. Forman parte ya de la retórica y ayudan poco a entender algo que no aparece en ningún párrafo de ninguna obra de Lenin: eso que solemos llamar “el posicionamiento”, que es algo que va más allá de la práctica y de lo concreto. Es la “toma de partido”, algo que en referencia al imperialismo resulta imprescindible… o eso es lo que cabe esperar de alguien que se califica como leninista.

Sin embargo, no es así. Bajo el imperialismo, al mismo tiempo que las grandes potencias forman bloques rivales, algunos de los pequeños Estados impulsaron el movimiento de los “no alineados” y ciertos grupos comunistas hacen lo propio, justificándose con extravagantes frases extraídas de acá y de allá, así como llamamientos a la paz que son otros tantos brindis al sol.

Es evidente que dicha neutralidad es impostada; no existe como tal. No es más que un alineamiento camuflado, como cuando Poncio Pilatos se lavó las manos ante la matanza de los niños inocentes.

Es cierto que la posición de Lenin durante la Primera Guerra Mundial se enfrenta a la de la II Internacional, que deja de ser “internacional” para alinearse con la propia burguesía. La socialdemocracia descubrió así su carácter nacionalista o, en palabras de Lenin, eran “socialpatriotas”. A partir de ahí algunos interpretan que la posición de Lenin fue la de lavarse las manos como Poncio Pilatos: ni unos ni otros, no existe imperialismo bueno, se le hace el juego a unos o a otros, etc.

Es evidente que eso, por su propia abstracción, no tiene nada que ver con el leninismo, que siempre es partidista. Lo que Lenin sostuvo a partir de 1914 es lo opuesto a la II Internacional, es decir, la derrota de la propia burguesía. No puede haber mayor toma de partido que esa, que en Rusia se interpretó como una traición a la patria, o sea, al zarismo y a la burguesía, que acusaron a los bolcheviques de ser espías de los alemanes, de trabajar para el bando contrario en la guerra. Lo mismo que ahora, en 1917 la burguesía rusa lanzó esa típica pregunta: “¿A quién beneficia la política bolchevique?” y cuando la burguesía (y los grupos oportunistas) hacen ese tipo de preguntas se quieren referir a qué país, a qué potencia imperialista estaban beneficiando los bolcheviques, es decir, que todos ellos (burgueses y oportunistas) entienden estos problemas en términos nacionales exclusivamente.

Si esa discusión ya era intelectualmente apasionante en 1914, tras la Revolución de Octubre se hizo acuciante, no sólo porque los bolcheviques habían prometido sacar a Rusia de la guerra sino porque Alemania atacó Petrogrado, la capital revolucionaria por excelencia. No había tiempo para folletos; ni siquiera para discursos. Había que hacer algo y las propuestas iban mucho más allá del Partido bolchevique porque concernían a los soviets, es decir, a los demás partidos, y al gobierno de coalición con los eseristas de izquierda.

En aquel momento, enero de 1918, se puso de manifiesto que nadie había entendido a Lenin, ni siquiera dentro del propio Partido bolchevique, donde sus posiciones eran muy minoritarias, hasta tal punto que las dos mayores organizaciones, las de Moscú y Petrogrado, le desautorizaron y le atacaron violentamente. Es muy significativo recordar que menos de dos meses después de la Revolución, el 28 de diciembre de 1917, la organización bolchevique en Moscú aseguraba en un comunicado que había perdido su confianza en el Comité Central.

¿Por qué motivo? Porque Lenin le estaba haciendo el juego al imperialismo alemán, una opinión muy extendida entonces. Los escritos de aquella época de Lenin sólo reflejan una parte ínfima de la multitud de reuniones que tuvo que mantener con unos y otros para sacar adelante sus tesis. No se conservan actas de la mayor parte de ellas, sino sólo algunos recuerdos escritos posteriormente, muchos de ellos procedentes de militantes de otros partidos, especialmente eseristas, que estaban presentes en aquellas reuniones.

Por ejemplo, el 8 de enero los bolcheviques convocaron una Conferencia especial para aprobar la salida de la guerra mundial, en la que se pusieron de manifiesto las tres posiciones internas. La primera fue la de Bujarin, entonces un izquierdista furibundo que defendía la continuación de la guerra, cambiándole el nombre por el de “guerra revolucionaria”. Fue la mayoritaria, ya que alcanzó 32 votos. La segunda fue la de Trotski, una propuesta insustancial que se podía resumir en “ni guerra ni paz”, que reunió 16 votos. La de Lenin fue la más minoritaria, ya que sólo logró reunir 15 votos.

Tres días después se reunió el Comité Central para discutir lo mismo. Lenin volvió a perder la votación de nuevo y así podríamos seguir relatando reuniones, tanto internas como del gobierno o los soviets, en las que la mayoría estaba en su contra. En más de un debate el Partido bolchevique estuvo al borde de la escisión. Incluso los militantes de mayor confianza no aceptaban las posiciones leninistas. Uno de ellos fue Dzerzhinski, que en una reunión le reprochó a Lenin que alentaba al imperialismo alemán y en otra de sostener las mismas posiciones que Zinoviev y Kamenev, es decir, que le calificaba a Lenin de revisionista, nada menos. Lo mismo se puede decir de otros militantes de enorme prestigio, como Alejandra Kolontai o Elena Stasova.

Las reuniones eran maratonianas. A altas horas de la madrugada las discusiones continuaban en medio de humaredas insalubres de tabaco, y los intentos de Sverdlov y Stalin antes de las reuniones para inclinar el voto a favor de Lenin nunca fructificaron. Tampoco las amenazas de Lenin de dimitir del gobierno y abandonar el Partido bolchevique. Todo invita a pensar que incluso quienes votaban a su favor no lo hacían convencidos de su posicionamiento sino por la confianza personal que les inspiraba.

El contexto no podía ser más dramático porque el ejército alemán estaba a las puertas de Petrogrado. Los que querían la guerra no tenían un ejercito para luchar en ella y los que querían la paz no tenían tiempo para evacuar la capital, cuya población hubiera podido resultar aplastada literalmente. Sólo pudieron preparar lo mismo que cien años antes en Moscú cuando vieron acercarse a las tropas napoleónicas: destruir Petrogrado, quemar los edificios y volar los puentes y las fábricas.

Por fin, después de dos meses de debates agotadores, en febrero de 1918, en una reunión del Consejo de Ministros hasta Trotski se inclinó a votar a favor de Lenin, que obtuvo una mayoría pírrica. Redactaron al momento un oferta de paz dirigida a Alemania y Lenin la firmó en su condición de Presidente del Gobierno, pero cuando se la pasó a Trotski para que hiciera lo propio, éste se negó. El entonces ministro de Asuntos Exteriores era de los que tiraba la piedra y escondía la mano. No quería comprometerse; había votado a favor de Lenin a regañadientes. No quería que su firma constara en algo en lo que no creía en absoluto. Dijo que bastaba con la firma del Presidente del Gobierno y Lenin insistió en que también el ministro de Asuntos Exteriores debía firmar.

Lo mismo ocurrió cuando se formó la comisión encargada de negociar la tregua con los alemanes. Le designaron a Trotski, que se volvió a negar. Tuvieron que recurrir a Chicherin, que entonces era miembro del Partido menchevique. Era preferible alguien así, un menchevique, antes que un “bolchevique” como Trotski que votaba una cosa cuando quería hacer la contraria.

Uno de los pocos discursos de Lenin que se conservan de aquella época es aquel en el que tanto a sus amigos como a sus enemigos les pregunta: “¿Creéis que el camino de la Revolución está sembrado de rosas?, ¿que no hay más que marchar de victoria en victoria, al son de ‘La Internacional’ y con las banderas al viento? Así sería fácil ser revolucionario. No, la Revolución no es un juego divertido. No, el camino de la Revolución está lleno de zarzas y espinas. Aferrándonos al suelo que se nos escapa, con nuestras uñas y nuestros dientes, arrastrándonos si es necesario, cubiertos de lodo, debemos marchar, a través del fango, hacia adelante, hacia el comunismo y saldremos vencedores de la prueba”.

Estas palabras las pronunció Lenin en el Comité Ejecutivo de los soviets. Lo que las obras completas no cuentan es que había tomado la palabra cuando no le correspondía y que su discurso fue el único que nadie aplaudió.

En la medida en que hoy el mundo se encamina de nuevo hacia la guerra imperialista, aquellos debates de hace un siglo se vuelven a reproducir, no sólo porque la noción de imperialismo no está clara sino -sobre todo- porque los posicionamientos siguen siendo erróneos. Cuando en uno de aquellos debates a Lenin le reprocharon que sus posiciones beneficiaban al imperialismo alemán, les reconoció que, en efecto, así era. Pero las posiciones contrarias beneficiaban a los imperialistas del otro bando. Por lo tanto, decía Lenin, no preguntemos a qué país beneficia nuestro alineamiento; preguntémonos si beneficia a nuestra clase, al proletariado. Es así como Lenin resumía la consigna de transformar la guerra imperialista en guerra civil.

El momento del giro en la política exterior de Rusia

Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores
Juan Manuel Olarieta
A la vista de la intervención de Rusia en la guerra desatada por los imperialistas contra Siria, son muchos los que se preguntan por qué no hizo lo mismo en Libia, por qué no trató de impedir la caída de Gadafi. El mero planteamiento de la duda es muy interesante y quizá se podría responder diciendo que el motivo es que Siria no es Libia o, quizá más exactamente, que Siria no representa para Rusia lo mismo que Libia. Siria es el corazón de Oriente Medio y está a una hora de vuelo desde Rusia: forma parte de su zona de seguridad.

Para no caer en simplificaciones, hay que recordar aspectos ilustrativos, como el hecho de que Rusia no interviene en Siria desde el principio y que si entendemos por intervención, la intervención militar, ésta sólo se produce después de cuatro años de guerra. Tanto la caída de Gadafi como la de Bashar Al-Assad se inician con la Primavera Árabe, por lo que forman parte del mismo proyecto imperialista y basta recordar las declaraciones de los dirigentes rusos en 2011 para darse cuenta de cuáles eran sus posiciones entonces: decían lo mismo que los estadounidenses, o los británicos, o los franceses. No es, pues, de extrañar que algunos metan en el mismo saco a Rusia que a Estados Unidos, o a Francia, o a Gran Bretaña.

Pongamos el ejemplo de Lavrov para ver el vuelco en la política exterior rusa. En una entrevista a la radio Ejo Moskvy, el 4 de marzo de 2011 el ministro ruso de Asuntos Exteriores calificó el levantamiento en Libia como una “explosión popular espontánea” causada por las condiciones económicas internas del país y un ejercicio autoritario del poder. Así se pueden poner numerosos ejemplos de otros países árabes víctimas de la Primavera y otros dirigentes rusos, cuyas declaraciones eran intercambiables con las estúpidas que escuchábamos por aquí.

Por lo tanto, es evidente que en cinco años ha habido un cambio muy radical en la política exterior rusa. Lo que no puedo admitir, ni como hipótesis, es que Rusia no supiera quiénes estaban cocinando realmente las Primaveras Árabes, por lo que concluyo que entonces su política era la de seguir haciendo concesiones, que es la política más vieja y errónea que se conoce ante el imperialismo: la del Pacto de Munich, la de la división de Checoslovaquia, la del Anchluss de Austria, la de la guerra civil española…

Hace décadas que Rusia lleva haciendo concesiones al imperialismo. Es la esencia de su política exterior desde 1956, desde los tiempos soviéticos, la principal de las cuales fue suponer que la voracidad de Estados Unidos se apagaría desmantelando la URSS y el Pacto de Varsovia, la máxima prueba de “buena voluntad” por parte del Kremlin. Esa política rusa (y soviética) no sólo no ha frenado al imperialismo, sino todo lo contrario, ha estimulado su agresividad.

Al mismo tiempo, la política de hacer concesiones demuestra un factor muy importante en la situación internacional: que Rusia ha estado y está a la defensiva, por lo que el ritmo de los acontecimientos lo marcan en Washington.

Pero si eso es importante hay algo que lo es aún más: el objetivo militar y estratégico de Estados Unidos no son los países secundarios del escenario mundial sino Rusia (y China). Durante años Rusia ha tenido sobradas muestras de que Estados Unidos no va a parar jamás hasta lograr su destrucción (y la de China), un objetivo que, como se está demostrando, es independiente del régimen social existente en ambos países.

Dice el refrán que “a la fuerza ahorcan” y Rusia no hubiera cambiado nunca su política de concesiones si los imperialistas no se hubieran plantado delante mismo de sus narices, sobre todo desde del golpe de Estado fascista en Ucrania en 2014. El máximo ejemplo de ese cambio fue la anexión de Crimea. Por fin, los rusos habían dicho “basta”.

Por lo tanto, la Guerra de Siria está relacionada estrechamente con la del Donbas. A partir de 2014 Rusia se dio cuenta de que lo que el imperialismo estaba discutiendo en Siria no era un asunto regional, propio de los países árabes y de Oriente Medio, sino internacional: en Siria se juega el futuro de la propia Rusia y en cuanto el Kremlin se ha plantado, fulminantemente, el imperialismo ha padecido una de sus más severas derrotas desde 1945, sólo comparable a la de Vietnam.

En Siria la guerra sigue y es muy posible que los imperialistas no dejen que nunca llegue la paz, pero sus planes ya han fracasado… en parte, porque realmente el verdadero plan del imperialismo es la guerra misma. Tal y como hoy lo conocemos, el imperialismo sólo se puede sostener por la guerra.

¿Qué se juega en Siria y en Yemen?

Darío Herchhoren

En el año 2001 se registró el atentado terrorista más grave de la historia moderna. Fue la caída de las torres gemelas de Nueva York, que ocasionó más de tres mil muertos. Han pasado ya quince años de esos hechos, y lo que se sospechaba ha sido confirmado: los gobiernos de USA y Arabia Saudí estaban implicados en ese atentado.

Como consecuencia de ese grave acto terrorista, los USA desencadenaron una guerra de agresión contra Afganistán, uno de los países más pobres y desgraciados de la humanidad por considerar que la organización criminal Al-Qaeda, era la responsable de esos crímenes, y con la lógica simplona del imperio, como Bin Laden estaba operando con sus talibanes en Afganistán, todo el país debía pagar esa “culpa”.

Luego de la agresión contra Irak, y luego contra los talibanes afganos: los USA emergieron como la primera potencia militar del mundo de una forma indisputable. Sin embargo, Rusia y China, en forma sigilosa, fueron desarrollando una serie de armas que llevaron a que en este momento, el equilibrio entre los bloques USA y ruso chino se haya roto a favor de este último.

Como telón de fondo de esta situación hay que recordar que la caída de la URSS y del campo socialista, significó una situación de caos total en Rusia, con una pérdida de la esperanza de vida de sus ciudadanos, con el cierre de cinco mil escuelas, la venta indiscriminada de material militar por parte de las mafias que crecieron bajo el manto del corrupto cleptócrata Boris Yeltsin, y con una sensación de derrota por parte de sus ciudadanos.

China, se ha convertido en la fábrica del mundo; y eso ha exasperado a los USA, al extremo de que se habla ya de un enfrentamiento con armas nucleares entre los dos bloques. Tanto es así que un grupo de 22 senadores se han dirigido a Barack Obama, para solicitarle que los USA no sean los primeros en usar el arma nuclear en una hipotética guerra.

Es entendible que la clase dirigente de los USA, se resista a aceptar pacíficamente el segundo o quizá el tercer lugar en esta especie de champions league pero la realidad es tozuda, y les guste o no, deberán aceptarlo. Es eso o la guerra. En este momento Rusia ha jugado hábilmente y ha tendido un puente de plata a los USA a saber: una tregua de horas en Siria y un cese el fuego de 72 horas en Yemen; esto último a través del poder vicario inglés.

Si los USA aceptan esto,deberán abandonar a sus aliados como Arabia saudí y los emiratos, que sin duda pagarán los gastos de la boda.

Pero hay algo más, y es lo más importante: En Siria y Yemen, se juega la reconstrucción del histórico camino de la seda; y eso es lo que los USA han intentado cortar con la guerra en Siria.

No es extraño que China, un país que no pertenece a la región, envíe buques de guerra para proteger a Siria. Protegiendo a Siria, protege su propio comercio y su expansión hacia niveles planetarios.

Mientras tanto, Turquía está girando hacia Rusia, y alejándose cada vez más de occidente y de la OTAN. Ya la base de Incirlik ha sido abandonada por los militares USA, que han trasladado en parte a Rumanía su arsenal, mientras Rusia ha conseguido que el gasoducto Blue Streem pase por Turquía para llevar miles de millones de metros cúbicos de gas ruso al Sur de Europa.

En este complicado ajedrez, todavía faltan jugar muchas partidas, pero hay signos inequívocos de que los USA ya han pasado su cuarto de hora. Amén.

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