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‘Tinta Roja’ resbala hacia la infamia fascista

 Juan Manuel Olarieta

Con la invocada pretensión de abrir un debate sobre el uso de la violencia en la lucha popular, Domenec Merino publica un artículo en la revista «Tinta Roja» (*), que es verdaderamente bochornoso, porque en este país no hay ni puede haber tal cosa. Los que califican a eso como un debate o sueñan que tal debate es posible aquí y ahora, engañan a sus lectores, por una sencilla razón: porque sólo se pueden expresar los mismos de siempre, los fascistas, los pacifistas y los oportunistas. El debate se reduce a ellos; ellos se lo guisan y se lo comen.

Por el contrario, esos a los que Domenec califica como encapuchados (blanquistas, anarquistas) no pueden exponer abiertamente sus propuestas. El debate está, pues, trucado desde el principio. Domenec sabe que tiene carta blanca, que no le van a acusar de «apología del terrorismo», mientras que los otros tienen un problema mucho más serio: tienen que callarse la boca, lo que los oportunistas como Domenec aprovechan a la perfección para explayarse en exclusiva.

Bajo la ridícula pretensión de una «observación empírica de la sociedad» el artículo hace apología del fascismo y de la represión; critica un tipo de violencia, la de las masas, y oculta la violencia de los antidisturbios, que deja en un segundo plano.

Según el cabecilla de CJC, en Gamonal la lucha ha revestido un carácter violento, lo cual es sólo una parte de la realidad. Esa ocultación va luego seguida de una segunda, aún más importante: ¿por parte de quién ha sido violenta?, ¿quién es el violento?, ¿a quién llama violento Domenec?, y ¿quién hizo que lo que hasta un determinado momento era pacífico cambie de signo? ¿Acaso la lucha en Gamonal empieza con las barricadas o más bien acaba en ellas?

Para lavar la cara a los antidisturbios los apologistas del Estado burgués dicen que la policía acude a una manifestación para reprimir la violencia de los manifestantes y, por lo tanto, son los manifestantes los que tienen la culpa de ella, de la intervención de la policía y de la violencia que desencadena. Pero no explican los motivos por los cuales la policía acude a una manifestación. ¿Qué pinta la policía en una manifestación? Es más: ¿qué pinta la policía en una manifestación antes de que suceda ningún episodio de violencia?, ¿no tratan de intimidar a la gente para que no acuda?, ¿no es eso violencia y amenaza de la violencia?, ¿no es la policía la causa de la violencia en las manifestaciones? Eso es lo que merece una explicación para entender lo que Domenec y demás oportunistas llaman «la violencia».

En un ejercicio de maniqueísmo infantil, Domenec establece una dicotomía absurda según la cual hay dos tipos de personas. En primer lugar, el obrero de Gamonal que decide emplear la violencia para resistir a las cargas de los antidisturbios y, en el otro, el anarquista que quema un contenedor en una manifestación. Pero, ¿acaso los anarquistas no son obreros, ni son de Gamonal?, ¿son extraterrestres llegados de Euskadi, como dicen los fascistas, con el manual de la kale borroka en la mano?, ¿quemar un contenedor no es una forma de resistir a las cargas de los antidisturbios o tiene Domenec su propio manual de kale borroka sobre el mejor modo de resistir a las porras y los pelotazos?

Ese maniqueísmo corre paralelo con el invento de otras dos concepciones que Domenec considera «profundamente arraigadas» en la sociedad. Por una parte, los no violentos y, por la otra, los herederos de Blanqui, los de la «cara tapada». Pero ese planteamiento es falso. En realidad Domenec sólo quiere hablar en contra de estos últimos para apoyar a los anteriores, a los no violentos, de una manera camuflada, sin que se le vea el plumero demasiado.

Para despacharse a gusto contra los «herederos de Blanqui», Domenec se tiene que inventar las dos cosas, es decir, tanto a Blanqui como a sus herederos. Entre los oportunistas como Domenec el recurso al comodín de Blanqui y el blanquismo es una constante. Lenin fue acusado de blanquismo por los mencheviques y Rosa Luxemburgo ya avisó de las manipulaciones que los revisionistas hacían hace cien años de la etiqueta de Blanqui, aunque lo más corriente es que no tengan ni la más remota idea de quién fue Blanqui y qué fue el blanquismo.

El cabecilla de CJC dice que Blanqui pasó media vida detrás de los barrotes por su lucha revolucionaria, añadiendo que la misma fue «absolutamente ignorada por la clase obrera». ¿También eso lo ha observado empíricamente este manipulador? Domenec necesita tergiversar las cosas para que queden a su gusto, de manera que pueda introducir por la rendija la «vocación de masas» de su grupo, su afán por ser conocidos, de convertirse en referente y actuar a cara descubierta. Pues si CJC quieren ir por ese camino lo que deberían hacer es tomar ejemplo de Femen, que son más conocidos aún y actúan completamente al descubierto.

Los blanquistas tuvieron una relación con las masas que CJC no es capaz de imaginar siquiera. Ellos fueron, junto a los proudhonistas, el partido obrero dominante en Francia en el siglo XIX, participaron de una manera decisiva en la Revolución de 1848 y en la Comuna de París de 1870, tras la cual algunos se exiliaron a Londres, donde Marx los acogió solidariamente e incorporó a la Primera Internacional. ¿No fue eso «vocación de masas»?

Engels dijo que Blanqui había sido un «precursor». Los oportunistas deberían lavarse bien su sucia boca antes de hablar de alguien que pasó 35 años de su vida encerrado en las cárceles por participar activamente en los acontecimientos europeos más importantes del siglo XIX al lado de la clase obrera. La liberación de Blanqui de la cárcel fue una exigencia constante del movimiento obrero francés, que logró sus objetivos en varias ocasiones mediante la lucha popular, es decir, que no fue el personaje aislado y solitario que Domenec quiere dibujar, que no fue de esos que «renuncian a tener contacto con las masas» porque los blanquistas fueron los únicos que tuvieron diez delegados en el Consejo de la Comuna de París, convocaron manifestaciones de decenas de miles de obreros, obtuvieron escaños en el Parlamento con otros tantos miles de votos procedentes del proletariado y reunieron a otros 100.000 en el funeral de Blanqui.

¿Pero acaso hay alguien que renuncie tener contacto con las masas o más bien a lo que renuncian es al contacto oportunista, legalista y pacifista con ellas, que es lo que este capitoste de CJC aplaude?

El oportunismo de Domenec se torna en puro idealismo infantil cuando dice que prefiere «una manifestación pacífica con miles de obreros a un altercado violento protagonizado exclusivamente por gente politizada». El problema es que no se trata de elegir entre una cosa u otra, porque lo corriente es que ocurran ambas cosas, es decir, que una manifestación pacífica acabe en un altercado violento. Otro problema es que quien elige no es él, ni nadie diferente de la policía porque ella es la única responsable de la violencia y sólo a un infame sicario suyo se le ocurre asegurar que la violencia la protagoniza «exclusivamente» la gente politizada.

La infamia va alcanzando tonos realmente vergonzosos cuando Domenec propone dar la espalda a los encapuchados porque «bien podrían ser policías». Para cualquier antifascista con la policía no cabe otra: darle la espalda. Pero Domenec es un cínico sin escrúpulos que trata de justificarse en la infiltración policial para «dar la espalda» al manifestante, lleve capucha o no, y su cinismo le sirve para disimular que, en realidad, él a quien defiende es a los antidisturbios.

Domenec va alcanzando el éxtasis cuando dice que la revolución de 1917 «se logró prácticamente sin muertos». Como los demás reformistas, para sostener ese infundio utiliza el truco de reducir la revolución al asalto al Palacio de Invierno, y poco más. Pero la revolución nace dentro (y es inseparable) de una brutal guerra imperialista y fue seguida de una no menos brutal guerra civil, de la que también es inseparable. Para que la revolución triunfara los bolcheviques prepararon un meticuloso dispositivo militar, de manera que las fotos del momento no muestran a los obreros y campesinos con las manos vacías sino bien armados de fusiles, de los que conocían su manejo.

Lenin escribió muchas cosas, pero no recuerdo que dijera, como pretende Domenec, que «una revolución no tiene por qué ser violenta» y que «la violencia depende de la resistencia que ofrezca la burguesía». Pero lo dijera o no, eso es rigurosamente cierto y para entenderlo cabalmente Domenec debería haber añadido que la burguesía no sólo va a resistir sino que lo va a hacer de la manera feroz y brutal que acostumbra. Lo que ocurre es que, al alinearse Domenec con los fascistas, tiene su mismo punto de vista, lo que le lleva a dar la vuelta al asunto una vez más.

La violencia es responsabilidad del aparato del Estado fascista y de la contrarrevolución; ahora mismo no tiene sentido decir que la burguesía resiste; quien resiste es el proletariado.

(*) Domenec Merino: Un acercamiento al debate sobre el uso de la violencia y la no-violencia en la lucha popular, Tinta Roja, 30 de enreo de 2014, http://www.tintaroja.es/opinion/260-un-acercamiento-al-debate-sobre-el-uso-de-la-violencia-y-la-no-violencia-en-la-lucha-popular

Eres semilla de libertad


José Guillén

En esta vida, se pueden tomar muchos ejemplos, el ejemplo del analfabeto
político que se queda en casa más preocupado en si el conjunto que lleva
presenta una armonía cromática correcta que de si va a tener dinero
para comer el mes que viene, del «gran
concienciado revolucionario» que dice estar en contra de el poder de la
oligarquía financiera y que también dice conocer muy bien cuál es el
problema de todos los males de la clase obrera y del pueblo, pero que no
«lucha» debido a que «nadie hace nada»,
de este último se pueden contar por cientos por cierto, sin embargo,
hay un ejemplo que es el que a mi por lo menos me sirve para levantarme
cada día, es el que me sirve para soñar con un
futuro esperanzador, un futuro de libertad, un futuro donde la
explotación y el yugo que el fascismo español ejerce sobre las clases
populares, haya desaparecido por completo, ese ejemplo, es
el ejemplo de la resistencia antifascista y en mi caso particular es el
ejemplo de un incansable combatiente comunista, asesinado de manera
sádica un 20 de abril de 1979 por
las fuerzas represivas fascistas del estado español en Madrid, su nombre
era: Juan Carlos Delgado de Codes.
Nacido en Segovia, Juan Carlos a muy temprana edad se marcha a Cádiz, ciudad
que le verá crecer y que además será testigo de su desarrollo como uno
de los dirigente comunistas más importantes del estado Español. Entra en contacto con las primeras obras
de Marx y Lenin mientras estudia Náutica a la par que trabaja como
conserje en el colegio de médicos
de Cádiz, desarrolla una intensa actividad política durante la huelga
vivida en el propio colegio a la par que su nivel de conciencia va cada
vez más en aumento.
Cuenta Francisco Brotons [Antiguo
preso político del PCE (r) y los GRAPO] en su libro «Memoria
antifascista: Recuerdos en medio del camino» que el primer contacto que
tiene Juan con la por entonces OMLE, lo realiza a través del grupo
teatral gaditano «Quimera», este grupo,
fue creado por Sanchez Casas, [histórico dirigente guerrillero de los
GRAPO, muerto por negligencias médicas en la cárcel] y destacaba por las
numerosas representaciones que realizaba en denuncia del fascismo, de
la represión del estado, de las injusticias que día a día la clase
obrera tenía que soportar, a través de obras propias y también de
«autores prohibidos» como Bertolt Brecht. Pasa posteriormente a ser
parte de la OMLE donde estaca rápidamente por su capacidad de análisis y
de liderazgo, impulsa la OMLE en Andalucía y es elegido en la V conferencia
de la OMLE como miembro del comité de dirección, trabajó arduamente
desde la clandestinidad y consiguió incorporar a numerosos cuadros a la
organización,  posteriormente
participará en Junio del 1975 en el congreso reconstitutivo del partido
en calidad de Delegado y será elegido como miembro del comité central
del PCE(r).
En 1976 es detenido en Galicia, donde es
sometido a terribles torturas por la polícia los cuales que le llegaron a
romper varias costillas,  durante su estancia de dos años en la cárcel recibirá
muchas más torturas y extorsiones por parte de los carceleros en esta
ocasión. Al salir de la cárcel, recibe la noticia de que el comité
central del PCE (r) en su plenitud ha caído
durante un pleno en Benidorm, por lo cual, recae sobre él, la
responsabilidad de reorganizar el partido tras la caída, pasando a ser
secretario general en funciones en unas condiciones
de absoluta clandestinidad y de persecución por parte de las fuerzas
del estado, los cuales le persiguen constantemente tanto a él como a su
familia, llegando inclusive hasta a
detener y encarcelar a su propia mujer. Juan Carlos a pesar de todos
los esfuerzos para mantenerse lejos del alcance de la policía, es
localizado por esta y es perseguido hasta el metro de Lavapiés, en la
puerta, es rodeado por tres
policías, a Juan Carlos le disparan a bocajarro en la sien y dan
posteriormente la vuelta a su cadáver para que pareciera un
enfrentamiento, ningún policía fue jamás juzgado por estos crímenes aún a
pesar de que los testigos presenciales declararon
que la policía había disparado contra un Juan Carlos que iba
absolutamente desarmado. Tiempo después se sabría que el responsable de
todo el operativo fue Roberto Conesa (el mismo que
fue responsable de las ejecuciones de las 13 rosas) uno de los mayores
torturadores y asesinos que ha conocido este estado. Las fuerzas
policiales acabaron ese día con uno de las mentes más brillantes que el
movimiento obrero español haya
visto jamás, dejó huérfano de padre a su hijo Juan Carlos, nacido en la
clandestinidad y que con únicamente cuatro meses de edad, veía como el
estado le arrebata la vida a su padre, además dejaron
huérfano a todo el proletariado de este país, Juan Carlos era demasiado
peligroso para el estado, pues representaba un valor que el fascismo de
este país lleva más de 70 años intentando desprestigiar y erradicar,
pero que nunca ha conseguido eliminar, el valor de la RESISTENCIA. 

Por
si no fuera poco, los perros policiales y la prensa [Entre estos
periodistas, Pío Moa, quien decía ser un gran amigo de Juan Carlos]
comenzaron una campaña para empañar su
figura, acusándole de ser uno de sus chivatos y colaboradores, a todas
estas difamaciones contestó en una carta Martín Eizaguirre [fundador
de la OMLE y dirigente del PCE(r)]: «Donde las «revelaciones»
sobrepasan todos los límites de la mentira y de la calumnia, es cuando
afirma que la detención del CC del PCE(r) el 9 de octubre de 1977 en
Benidorm, se llevó a cabo gracias a las confidencias mal pagadas del
desaparecido Delgado de Codex…»
«…Delgado de Codex
fue un comunista ejemplar, un dirigente querido y respetado por todos
sus camaradas así como por todas las personas honradas que le
conocieron.


Hijo de Castilla, heredero y continuador de las
tradiciones revolucionarias castellanas que tanto queremos y respetamos
en Euzkadi, no hay ni habrá fuerza en el mundo capaz de ensuciar su
querida memoria…»

La comisión política del
PCE (r) tuvo una rápida respuesta ante el asesinato de Juan Carlos
denunciando su asesinato, y llamando a la clase obrera a fortalecer el
movimiento de resistencia, es decir, a continuar la obra por la que el camarada De Codes había dado su vida.

Al principio del artículo, hablaba del «futuro de libertad»  que
todas las masas obreras y populares del estado fascista español llevan
tantísimo tiempo queriendo conseguir, pues bien,
en este sentido hay que recordar que en el funeral del propio de Codes,
hubo un grito que se quedó en la mente de todos los asistentes, el
grito era: «¡Tu sangre es semilla de libertad!» y nunca un grito fue más
acertado.


Para que haya
libertad, debemos cosecharla con nuestra lucha y nuestra resistencia,
Juan Carlos planto su semilla para que la flor de la libertad y el
socialismo acabara floreciendo
algún día, la plantó con su vida y la regó con su sangre, y no podemos
permitir que su sacrificio haya sido en vano, no podemos permitir que
esa semilla acabe pudriéndose,
debemos seguir alimentándola con nuestro esfuerzo incansable e
incondicional a la causa del movimiento obrero, Juan Carlos sabía que
se arriesgaba a perder todo lo que
tenía incluida su propia vida, para que en un futuro todo el pueblo
viviera en libertad, debemos tomar su ejemplo, es el ejemplo que
debemos tomar como modelo a
seguir, seguirlo ciegamente y sin claudicar JAMÁS, porque así y
solamente así conseguiremos la victoria final, pero esa victoria, no
será sólo 
nuestra victoria, será la victoria de
nuestros hijos, de nuestros nietos, pero también será la de nuestros
padres, la de nuestros abuelos, la de los combatientes que
ya han dado la vida por ese triunfo, que ya han dado su vida por la
revolución, la victoria también de los que darán su vida por la propia
revolución. Por todo esto, yo por lo menos seguiré este ejemplo, ya que
no podría  mirar a las caras de
mis hijos sin saber que lo he dado absolutamente TODO por la revolución,
sin saber que he consagrado mi vida a honrar el recuerdo, la memoria y
a continuar la incansable lucha que el movimiento político de
resistencia y gente como Juan Carlos Delgado de Codes han realizado durante décadas.

El sainete del ruin Engels

 Juan Manuel Olarieta

El vínculo entre Marx y Engels es tan estrecho que sus biografías son siamesas. La hija pequeña de Marx, Eleanor, escribió: «La vida y la obra de estos dos hombres está tan estrechamente fusionada que es imposible disociarla». También Lafargue, uno de los yernos de Marx, comentó que ambos «forman, por así decirlo, una sola vida». En lo personal mantuvieron una relación tan íntima que siempre fueron la misma familia.

Lo mismo que la vida, la obra de ambos es una misma obra. Siempre ha resultado imposible editar las obras de uno separadas de las del otro. Muchos de los escritos que se atribuyen a uno, los redactó el otro. Algunos de los libros que uno escribió el otro los revisó. Al acabar de redactar «El Capital» en 1867 Marx le escribió a Engels: «Te debo solamente a tí haber podido hacerlo. Sin tu sacrificio no me hubiera sido posible llevar adelante los enormes trabajos necesarios para estos tres volúmenes».

En las luchas políticas se embarcaron en el mismo empeño, con una coordinación que no tiene parangón en la historia. No se les conoce ningún tipo de divergencias entre ellos, ni permitían que nadie hablara mal de uno en presencia del otro, como demuestra una carta de la hija de Kugelmann dirigida en 1928 al Partido Bolchevique en la que narraba los recuerdos suyos y de sus padres sobre Marx, quien había pasado largas jornadas en su casa de Hannover. Describe a Marx como un hombre al que nunca vio sobresaltarse, excepto una vez que escuchó a un militante hablar mal de Engels: «Las relaciones que existen entre Engels y yo son tan estrechas y cordiales que nadie tiene el derecho de inmiscuirse en ellas», dijo Marx.

No obstante, hay unos cuantos trileros empeñados en sostener lo insostenible: oponer el uno al otro. Creen que Engels es un segundón, un escalón inferior a Marx en el que creen haber encontrado un punto débil para atacar al marxismo. Uno de esos trileros fue Sidney Hook, profesor de la Universidad de Nueva York, que reunía dos condiciones indispensables: además de filósofo era un agente de la CIA y la finalidad de sus cursillos fue la de ofrecer a sus alumnos una interpretación realmente «revolucionaria» de Marx, según confesaba en uno de sus libros, que consistía en liberarla de las formulaciones «anticuadas» de Engels. Hook quería refundir a Marx con el pragmatismo, lo mismo que otros lo han intentado con el kantismo, con el hegelismo, con el sicoanálisis… con cualquier cosa menos con el ruin Engels. Desde entonces el marxismo tiene muchos sabores diferentes.

No es algo reciente sino que la burguesía empezó su batalla ideológica contra Engels durante la vida de ambos camaradas, como le escribió a Bernstein un mes después de la muerte de Marx: «El sainete del ruin Engels que ha falseado al bravo Marx se ha representado un número incalculable de veces desde 1844».

El propio Bernstein, que durante un tiempo tuvo la confianza de Engels, estuvo en el meollo del intento de dividir a ambos. En los últimos años de la vida de Engels, la socialdemocracia alemana manipuló la «Introducción» que escribió para una reedición de «Las luchas de clases en Francia» de Marx. Por consiguiente, el intento de desacreditar a Engels y enfrentarle con Marx es un empeño típico del revisionismo y, sin embargo, la desfachatez llega al punto de que algunos le imputan a Engels la degeneración revisionista de la socialdemocracia alemana: no fue víctima sino responsable de ella.

Pero mientras vivió Engels la socialdemocracia alemana no tuvo el coraje de atacarle de frente en el terreno político. Los primeros en hacerlo, los austriacos Victor Adler y Karl Vorländer, plantearon el ataque en términos filosóficos con la pretensión declarada de sustituir el repugnante materialismo dialéctico de Engels por el kantismo. A finales del siglo XIX en el Imperio Austro-Húngaro el revisionismo político se ligó al kantismo filosófico. El verdadero fundador de la socialdemocracia alemana había sido Kant y su verdadero fundamento no era científico sino ético, un ejercicio de la voluntad y un imperativo categórico disfrazado de «praxis». Adler, Vorländer y sus herederos introdujeron al marxismo en las polémicas filosóficas de la burguesía para convertirlo en otra corriente filosófica (burguesa) más, dentro de las varias que existen.

Los revisionistas austriacos pusieron todos y cada uno de los fundamentos filosóficos del ataque, que otros continuaron luego. Empezaron a hablar del marxismo como si fuera una teoría «crítica» de la sociedad, de la existencia de un «sujeto» revolucionario, denostaron el determinismo de Engels, su naturalismo, su metafísica, su dogmatismo, su cientificismo… Mientras Engels decía que Marx había puesto los fundamentos científicos del movimiento obrero, el socialismo científico, los revisionistas decían (y siguen diciendo) que el marxismo no es ciencia sino conciencia, una «cosmovisión» o ideología (crítica, eso sí) acerca de la sociedad en que vivimos. La ciencia, dicen ellos, es otra cosa diferente que nada tiene que ver con el marxismo.

El ataque dio un verdadero vuelco tras la Revolución de 1917, obligando a la burguesía a emplearse a fondo en la tarea de combatir al marxismo. Los que más se empeñaron en ello fueron los miembros de la Escuela de Frankfurt que llevaron la batalla a un frente distinto. Tras las marrullerías de aquellos autores (Adorno, Horckheimer, Habermas, Marcuse) Marx y Engels dejaron de ser los políticos que había creído la burguesía hasta entonces, elevando el marxismo a la categoría más digna de teoría. Desde entonces un puñado de intelectuales están enfrascados en sacar al marxismo de la práctica para convertirlo en una filosofía capaz de competir con otras. Como consecuencia de ello, a lo largo de un siglo el marxismo se ha convertido en algo tan refinado y exquisito que sólo los pensadores dominan la jerga cabalmente. Los demás son muy toscos y primitivos.

Como remate del proceso, aquel puñado de intelectuales burgueses se viste unos ropajes que en absoluto les corresponden. Se llaman a sí mismos «marxianos». En la medida en que la mayor parte de ellos son funcionarios de los aparatos ideológicos del Estado burgués, especialmente de la universidad, ostentan una imagen impecable: representan al marxismo mejor que nadie y sus obras alcanzan un eco que sólo sorprende por su mediocridad.

La experiencia de 100 años prueba que cuando alguno de esos intelectuales ha ingresado en un partido comunista, ha durado poco y se ha visto obligado a salir por la puerta falsa. El comunismo se ha llevado (y se lleva) muy mal con la intelectualidad, mucho peor de lo que imaginamos. A los académicos no se les suele ver en la reunión de una célula de barrio, haciendo pintadas por la noche o en un piquete. Pero como ellos tienen la sartén (de la producción intelectual) por el mango, han presentado las cosas de tal manera que en el choque el comunismo pierde frente a lúcidos escritores, injustamente vilipendiados por los grises burócratas del aparato.

¿Hay algo que aborrezca más un intelectual «marxiano» que el aparato? Sin embargo, aborrecen mucho menos el aparato del Estado burgués que les paga sus cátedras y sus simposios. El prototipo del «marxiano» es el de un funcionario que habla de luchar contra el Estado que le sostiene para que pueda seguir impartiendo lecciones.

La mayor parte de la intelectualidad burguesa mutila al marxismo de manera que sólo tiene en cuenta las obras de Marx y Engels, no sus biografías. Para ellos lo importante son los papeles, no el trabajo de organización, ni las barricadas, ni las huelgas, ni la Primera y la Segunda Internacionales. Pero mientras Marx y Engels trabajaron para la organización, todos esos intelectuales han trabajado siempre contra la organización, contra cualquier clase de organización y su propósito no es otro que el de desorganizar.

Por lo tanto, no sólo los escritos de los intelectuales burgueses, por más «marxianos» que se disfracen, no valen un pimiento, sino que ellos personalmente tampoco han llevado a cabo ninguna clase de tarea de organización que merezca la pena. En la medida en que su tarea ha sido la contraria, desorganizar, dichos intelectuales merecen el mismo tratamiento que Engels dispensó a Dühring.

En 1877 Dühring era profesor de la Universidad de Berlín, uno de los pocos, por no decir el único, que en aquella época se pronunció públicamente a favor del socialismo, lo cual era tanto como pronunciarse hoy a favor del «terrorismo». Era un autor de reconocido prestigio que podía servir como banderín de enganche de un partido entonces incipiente. Pero los escritos de Engels, especialmente el feroz tono que empleó, cayeron como un jarro de agua fría. No se le podía haber ocurrido nada más inoportuno para la socialdemocracia, que tuvo que incluir los artículos de Engels en Vorwärts (Adelante), su periódico. Si Engels es uno de los más odiados por los «marxianos» se debe en gran parte al Anti-Dühring, una de las obras marxistas más difundidas de todos los tiempos.

Dühring vivió casi 50 años después de que Engels publicara los artículos en su contra. Sus viejas simpatías socialistas habían sido una moda efímera de las que, como tantos otros intelectuales, acabó renegando para convertirse en un chovinista, racista y antisemita, autor de obras reaccionarias realmente repugnantes. Lo mismo le sucedió a Hook. Después de su interpretación «revolucionaria» del marxismo defendió la caza de brujas de McCarthy en Estados Unidos. Es típico de la intelectualidad desarraigada: con el mismo ardor con el que sostienen una teoría, defienden luego la contraria.

Engels hizo lo que los intelectuales «marxianos» más repudian: puso al marxismo en movimiento, lo convirtió en una fuerza organizada. Cuando Engels murió no sólo dejó papeles sino cooperativas, sindicatos, partidos y una organización internacional del proletariado con millones de militantes. Esa también es su obra. Ni él ni Marx escribieron para ninguna universidad sino para esa organización, para dotarla de un línea, de un programa y de una ciencia revolucionarias. Su filosofía (que es la misma que la de Marx) es partidista, decía Lenin. Se escribió por y para el proletariado, forma parte integrante de su vanguardia organizada y no tiene ningún sentido fuera de ella.

Los ataques contra Engels van, pues, dirigidos contra las organizaciones del proletariado. Una vez liberado el marxismo de Engels, es decir, de la organización, la burguesía devuelve la filosofía a la teoría, al punto inofensivo en el que puede neutralizarla. De ahí pasa a las universidades, a los libros y a las librerías, en cuyos escaparates compite con otras teorías, otros libros y otras librerías.

El asesinato de Kennedy 50 años después (y 11)

¿Quién dice que el crimen perfecto no existe? El asesinato de Kennedy es un buen ejemplo de lo contrario, aunque para ello hubiera que borrar todas las pistas y aunque fuera de la manera chapucera en que lo hicieron. Oswald y Ruby sólo eran algunas de las pruebas más importantes que había que eliminar, pero no eran las únicas.

Inmediatamente después del atentado y de jurar su cargo de presidente, Johnson ordenó que la limusina presidencial manchada de sangre fuera limpiada por los agentes del Servicio Secreto en el mismo aparcamiento de ambulancias del hospital en el que ingresaron a Kennedy. Fue su primera orden. No podía quedar ningún cabo suelto. Si se hubiera abierto algún juicio por el asesinato de Kennedy, la mesa de las pruebas hubiera estado vacía. No por ineptitud de la policía de Dallas sino porque nadie pensó nunca en un juicio.

Ni siquiera hubiera habido autopsia porque, según la legislación, se hubiera debido realizar en el hospital de Dallas, pero el Servicio Secreto secuestró el cadáver por la fuerza y lo embarcó en el avión presidencial rumbo a Washington. ¿Un juicio por asesinato con una autopsia ilegal? Si la verdad no interesaba a nadie, un juicio mucho menos y, por lo tanto, ¿para qué investigar nada?

El congresista Thomas Hale Boggs fue otro de los integrantes de la Comisión Warren, pero llegó a conclusiones muy distintas. En 1971 afirmó que el informe oficial de la Comisión era falso e involucró a Hoover y a otro miembro de la Comisión, Arlen Specter, de aquella patraña. El congresista Boggs desapareció durante un vuelo a Alaska al año siguiente. Ni siquiera apareció la avioneta en la que volaba.

En 1976, trece años después del asesinato, la Cámara de Representantes creó un comité para esclarecer los asesinatos políticos cometidos en la década anterior. La investigación de la Comisión Warren pasó al olvido. Ahora la conclusión era la contraria: fueron dos los tiradores que dispararon sobre Kennedy, el tercer tiro partió de Oswald y, además, se podía afirmar “que el presidente John F. Kennedy fue probablemente asesinado como resultado de una conspiración”. ¿Probablemente?

Hasta este punto, es decir, hasta el borrado de las huellas del crimen, Estados Unidos en nada se diferencia de cualquier otro país capitalista. La diferencia es que, además, en Estados Unidos el vacío se llena con la sobredosis de información, las cortinas de humo, la intoxicación y el exceso. Así han ido apareciendo las miles de teorías de la conspiración. A partir de una única verdad, que la versión oficial de la Comisión Warren es mentira, todo lo demás es legitimo porque cuando alguien esconde algo es cuando hay que empezar a buscar.

El problema es qué es lo que hay que buscar, qué interesa buscar. La concepción idealista de la historia busca personas y personajes, se interroga por el quién, por el autor de los disparos y los responsables del asesinato. Por el contrario, en la ciencia de la historia los sujetos se objetivan progresivamente y las personas acaban siendo personificaciones. Entonces pregunta por los motivos, los giros y los cambios que los personajes ponen en marcha.

Kennedy fue víctima de su propia concepción idealista de la historia, aunque una semana antes de su asesinato, en un discurso en la Universidad de Columbia reconoció que existían presiones para convertir el cargo de Presidente “en algo meramente figurativo”. Estaba equivocado: el cargo de Presidente ya era figurativo, por más que él tratara de impedirlo. Eso le costó la vida. Creyó que desde ese cargo se podía cambiar una política firmemente asentada en Washington. Formaba parte de los que quieren cambiar las cosas desde dentro.

A partir de ahí se forja otra leyenda más: el Kennedy reformista, progresista, idealista, el recién llegado al nido de vívoras que es la Casa Blanca, el último representante de la época de Jefferson, Adams y Lincoln. Tampoco es eso. Kennedy ni siquiera alcanza el rango de caricatura de los “padres fundadores” de Estados Unidos.

Kennedy personifica a una parte del imperialismo estadounidense, que durante los años más críticos de la guerra fría se definía -fundamentalmente- por su posición respecto a la URSS. Frente a los “halcones”, ellos eran las “palomas”. En Estados Unidos no había una única línea respecto de la URSS, de la misma manera que en la URSS no había una única línea respecto a Estados Unidos. Es más: en 1962 la crisis de los misiles en Cuba puso de manifiesto que en Washington tampoco había uniformidad para responder a los cambios que en la URSS se estaban produciendo desde 1953, con el ascenso de Jruschov al Kremlin.

El asunto de la proliferación nuclear o, mejor dicho, la prohibición de la proliferación, lo que hoy llaman “armas de destrucción masiva”, es una derivación de aquel pulso con la URSS. Esto se ha analizado desde el punto de vista del desarme y de la oposición del Pentágono, junto con la industria armamentista, al mismo. Pero también es una parte del asunto, no el asunto en sí mismo.

La guerra fría y el armamento nuclear lo que estaban poniendo de manifiesto era el grado de desarrollo (científico, técnico, económico, político) de la URSS y el bloque socialista en su conjunto, que en 1955 firmaban el Pacto de Varsovia. La revolución china (1949), la guerra de Corea (1953), la derrota de Dien Bien-Phu (1955), la revolución cubana (1959), junto con el movimiento de los no alineados en el Tercer Mundo, la crisis del canal de Suez (1956)… no presagiaban nada bueno para el imperialismo.

El bloque socialista estaba en su apogeo y el imperialismo buscaba la mejor manera de hacer frente a la situación, que no podía reducirse a una amenaza permanente del uso del armamento nuclear. Desde Hiroshima y Nagasaki entre los círculos dominantes del Pentágono se había extendido la creencia de que esa era la única manera de tratar a sus enemigos más importantes. Aún hoy entre ellos es muy común creer que hay remedios técnicos (militares, policiales, represivos) para los problemas políticos. El prototipo de esa convicción fue John Foster Dulles, el hermano del jefe de la CIA y secretario de Estado con Eisenhower.

La guerra -decía Clausewitz- no es más que la continuación de la política por otros medios. Para poner a la URSS a la defensiva el imperialismo tenía que utilizar también medios políticos y diplomáticos, es decir, tenía que negociar con la URSS. Sin embargo, es propio de una concepción militarista interpretar la negociación como una claudicación, como un gesto de debilidad. Los fuertes siempre cometen el error de no negociar con quienes están -o consideran que están- en una situación de debilidad.

La crisis de los misiles se saldó con una negociación, que al año siguiente condujo al Tratado de Moscú de prohibición de pruebas nucleares. El objetivo era que la URSS se pusiera la soga al cuello, como así ocurrió. Era la única manera de acabar con el socialismo. En septiembre de 1959, cuando visitó Estados Unidos, Jruschov debió quedar hipnotizado por Eisenhower y lo que se llamó el “Espíritu de Camp David”. Siempre dijo que la coexistencia pacífica con el imperialismo era posible; bastaba con hacer concesiones, con dar lo que pedían. A cambio sólo exigían que les dejaran “en paz”.

El asesinato de Kennedy no logró sus objetivos. La destitución de Jruschov un año después tampoco consiguió los suyos. Las decisiones no dependían de ninguno de ellos, por lo que fueron sustituidos por otros aún más mediocres, figurines de esos que ni siquiera se molestan en disimular sus limitaciones.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

El asesinato de Kennedy 50 años después (10)

Cuando la policía detuvo a Oswald, la comisaría se convirtió en un circo al más puro estilo cinematográfico de aquel país. Los periodistas y las cámaras de televisión inundaban los pasillos. En los traslados al calabozo, le interrogaban al detenido tanto o más que los propios policías. Las grabaciones registraron para la posteridad que Oswald siempre negó su participación en el asesinato, e incluso que la policía le estaba impidiendo la defensa de un abogado, algo que en Estados Unidos es muy significativo, no sólo porque se trataba de una ilegalidad televisada, sino porque si Oswald hubiese admitido su culpabilidad la policía no hubiera podido utilizar su confesión como prueba en un juicio.

¿Qué estaba pasando? Parece obvio que a la policía no le interesaba ninguna confesión y, desde luego, que no iba a haber ningún juicio. 48 horas después de su detención, la policía se disponía a trasladar a Oswald a la cárcel para «protegerle» porque habían recibido amenazas de muerte contra él. Pero si eso era cierto, ¿por qué no impedir la entrada de los periodistas a la comisaría?

La policía lo hizo al revés y cuando se disponían a introducir a Oswald en el furgón, en el sótano de la comisaría apareció el pistolero Ruby entre una multitud de periodistas e impunemente asesinó a Oswald a la vista de todos. También quedó grabado para siempre.

Si Oswald no fue quien disparó contra Kennedy, ¿por qué le asesinaron? Sin duda porque formaba parte integrante del complot, aunque no se sepa exactamente cuál es esa parte.

Desde el mismo momento de la detención de Oswald, uno de los que merodeaba por los pasillos de la comisaría era Ruby. ¿Otro fallo de seguridad? ¿Por qué la policía autorizó el acceso a la comisaría de un pistolero de la mafia? Porque eran clientes habituales de los prostíbulos de Ruby, en los que no pagan ni un céntimo. Una bailarina de su cabaret, Nancy Hamilton, dijo que el 75 por ciento de los policías de Dallas habían pasado alguna vez por los burdeles de Ruby en Dallas.

Pero, ¿quién era Jack Ruby? Su nombre originario era Jacob Rubinstein y era un pistolero de la Mafia de Chicago, donde había nacido. El resto de su biografía es intercambiable con cualquiera de los protagonistas del asesinato de Kennedy. Por ejemplo, Ruby estuvo en Cuba en 1959 invitado por el empresario estadounidense de prostíbulos Lewis McWillie, quien a su vez estaba en contacto con Sturgis en La Habana. Lo mismo que Sturgis, McWillie también participó en la Operación 40 para derrocar a Fidel.

La mafia le encargó trasladarse a Dallas para hacerse cargo de varios garitos ruinosos. Ruby no le disparó a Oswald ni en el corazón ni en la cabeza, sino en el vientre, como siempre hacía la Mafia, y con un calibre 38, el que siempre utiliza la mafia.

Oswald y Ruby se conocían desde hacía tiempo porque Oswald había sido un cliente habitual de los prostíbulos de Ruby. Las chicas de su garito vieron a Oswald entre el público días antes del atentado.

Ante el Comité de Asesinatos del Congreso, Marita Lorenz aseguró el 31 de mayo de 1978 que estuvo presente en una reunión en casa de Orlando Bosch Ávila, dos meses antes del asesinato de Kennedy, en la que participaron Oswald, Sturgis y los mercenarios de Operación 40. En su testimonio dijo que el 15 de noviembre dos vehículos partieron de Miami con destino a Dallas y que ella viajó en uno de ellos junto a Sturgis y Oswald. En un punto del trayecto contactaron con Ruby.

Al mismo tiempo, Ruby era un peón de Nixon, quien en 1947 le propuso como testigo de cargo del Comité de Actividades Antiamericanas de McCarthy. Desde entonces Ruby estuvo en la nómina del Congreso como miembro del equipo de Nixon. Ruby se trasladó a Dallas en 1947 por encargo tanto de Nixon como de la mafia, que vienen a ser otras dos caras de la misma moneda.

Según un informe del FBI descubierto en los años setenta, Nixon presionó varias veces para impedir que el FBI investigara los crímenes de Ruby y que no se le citara a declarar ante un Comité del Congreso que estaba investigando a la mafia.

Una vez detenido, Earl Warren visitó a Ruby en prisión acompañado de Gerald Ford, que luego sería presidente. El mafioso les dijo que temía por su vida y dirigiéndose personalmente a Warren le dijo que era el único que podía salvarle. En la cárcel de Dallas no podía hablar. A cambio de revelar todo lo que sabía, Ford le sugirió la posibilidad de trasladarle a una cárcel de Washington bajo protección.

Ruby se disponía a contar lo que sabía. En su declaración el mafioso también dio a entender que detrás del complot estaba el propio presidente Johnson. Pero en este asunto lo que menos interesaba era la verdad, especialmente a quienes tenían la tarea de informarse e informar acerca de ella. Warren le negó el traslado. Dejarle en la cárcel de Dallas fue una auténtica condena a muerte, que se ejecutó en 1967 mientras Ruby esperaba un juicio por tráfico de drogas. Le diagnosticaron una neumonía pero murió de cáncer 28 días después.

Fue otra muerte oportuna. Los cuatro abogados de Ruby también murieron, uno detrás de otro: en 1965 Tom Howard, en 1971 Clayton Fowler, en 1995 Phil L. Barleson y en 1996 Melvin Belli. Todas las puertas se volvieron a cerrar.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

El asesinato de Kennedy 50 años después (9)

Todos los nombres que tienen relación con el asesinato de Dallas forman parte de un círculo reducido de pistoleros presentes en los mismos lugares y en los mismo momentos. Se conocían entre sí. En agosto de 1978 Victor Marchetti, agente de la CIA, publicó un artículo en el periódico “Spotlight” en el que aludía a un informe de la central de 1966 según el cual Sturgis, E. Howard Hunt y otros habían estado involucrados en el asesinato de Kennedy. Marita Lorenz habría provisto la información para el operativo.

Hunt le acusó de un delito de injurias, pero Marchetti no se había inventado el artículo. Su fuente principal había sido William Corson, coronel de la inteligencia naval, aunque también había entrevistado, entre otros, a un sujeto tan oscuro como James Angleton, miembro de la CIA, de Gladio y de otras cloacas parecidas. Hubo numerosos litigios con resultados contradictorios, pero en 1995 un jurado absolvió a Marchetti.

Ese mismo mes, Joseph Trento y Jacquie Powers escribieron una historia similar para el “Sunday News Journal”.

Aunque Hunt, asistente personal de Allen Dulles, escribió muchas novelas de espías, le costó empezar a hablar sobre algo que no fuera ficción. Desde el derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, estuvo en todos los guisos. Es posible que fuera uno de los que estuviera en Bolivia para transmitir la orden de asesinar al Che. En 1971 se unió al equipo de “fontaneros” de Nixon que organizó el asalto a Watergate, por lo que fue condenado por conspiración.

Al salir de la cárcel militar en la que cumplió casi tres años de su reclusión, Hunt siguió siendo fiel a sí mismo. No hizo otra cosa que seguir tejiendo los infundios y las cortinas de humo para los que le habían entrenado en la CIA. En 1973 publicó su libro «Give Us This Day» en el que dice que Oswald era un marxista, partidario de Fidel y de “la revolución roja en La Habana”.

No se soltó la lengua hasta 2004, cuando poco antes de morir su hijo le grabó varios audios en los que confirmaba que el presidente Johnson fue el instigador del asesinato de Kennedy, que fue organizado, entre otros, por su viejo colega Sturgis. Tampoco entonces añadió nada que no se sospechara, pero contribuyó a reafirmar algunas líneas de investigción. Buena prueba de su interés es que dichas grabaciones pasaron casi desapercibidas, en un país donde el asesinato de Kennedy vende cualquier exclusiva.

Según publicó el diario “Florida Sun Sentinel” el 4 de diciembre de 1963, Sturgis conoció a Oswald en Miami dos días antes del asesinato de Kennedy. Oswald le pidió incorporarse a la Brigada Anticomunista que había formado Sturgis para invadir Cuba. Hay fotos de ambos en un campo de entrenamiento de Operacion 40.

Watergate es, pues, uno de los hilos perdidos del asesinato de Kennedy. Habían transcurrido nueve años desde entonces. Además de una cortina de humo, Watergate fue un robo organizado por la CIA para encubrir su participación en la invasión de Playa Girón y el asesinato de Kennedy. No se trataba de un caso de espionaje político, como decían Woodward y Bernstein.

Así lo explicó Sturgis cuando estaba en prisión. En agosto de 1974 este pistolero de la CIA concedió una entrevista al semanario «True Magazine» en la que afirmó que lo que buscaban en Watergate era un informe del gobierno cubano sobre las operaciones encubiertas de la CIA dentro de Estados Unidos, algo que prohíbe la legislación de aquel país. Desde luego que el asesinato de un presidente también está prohibido, pero para algunos era más importante esa injerencia de la CIA en sus asuntos internos.

El 7 de mayo de 1990, en otra entrevista, Sturgis fue más concreto. Reconoció a un periodista del «San Francisco Chronicle» que Nixon ocultó la verdad sobre el asesinato de Kennedy, al tiempo que reconoció su participación en el mismo: «La razón por la que nosotros robamos en Watergate fue porque Nixon estaba interesado en parar las filtraciones de noticias relacionadas con las fotos de nuestro rol en el asesinato del Presidente John F. Kennedy».

Pero Sturgis seguía sin aclarar cual había sido ese rol. En 1978 ante el Comité de Asesinatos del Congreso, Marita Lorenz aseguró que fue él, Sturgis, uno de los autores de los disparos contra Kennedy en Dallas.

En un artículo publicado en la revista “The Realist” Paul Kangas afirma: “Entre otros miembros de la CIA que George Bush reclutó para la invasión [de Playa Girón] estaban Frank Sturgis, Howard Hunt, Bernard Baker y Rafael Quintero […] El día que JFK fue asesinado, Hunt y algunos del posterior equipo de Watergate fueron fotografiados en Dallas, así como un grupo de cubanos, uno de ellos con una sombrilla en alto, como señal, al lado de la limusina del Presidente, justo donde Kennedy fue tiroteado […] Hunt y Sturgis le dispararon a JFK desde el montículo de hierba. Fueron fotografiados y vistos por 15 testigos”.

Pero si quienes dispararon a Kennedy fueron Hunt y Sturgis, ¿cuál fue el rol de Oswald?

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

El asesinato de Kennedy 50 años después (8)

Por instigación de De Mohrenschildt y con el fin de procurarse una coartada, Oswald se instaló en Nueva Orleans en marzo de 1963, donde se infiltró en los movimientos progresistas que apoyaban la revolución cubana. Realizó dos intervenciones radiofónicas en las que se declaró marxista y secretario del comité local de una supuesta asociación llamada “Fair Play for Cuba”; más tarde se comprobó que era una invención del propio Oswald.

Incluso le detuvieron por repartir octavillas en favor de la revolución cubana por las calles de Nueva Orleans que causaron graves enfrentamientos con los gusanos exiliados. El policía que detuvo a Oswald declaró en su informe que aquello le había parecido «un montaje».

El incidente se publicó en los periódicos y el 15 de agosto Oswald apareció en una cadena de televisión de Nueva Or­leans en un foro sobre Cuba donde él era la estrella invitada.

Años después Garrison investigó la dirección de contacto que aparecía en los panfletos que repartía Oswald en Nueva Orleans. Aquella dirección correspondía al mismo edificio donde había trabajado Guy Banister, un antiguo agente del FBI y del Servicio de Inteligencia de la Marina quien, además, era un conocido fascista de Nueva Orleans, presidente de la Liga Anticomunista del Caribe. ¿Compartían edificio en Nueva Orleans los castristas con los anticastristas? La única diferencia era que el edificio daba a dos calles diferentes.

Oswald conocía a Banister y la pelea en la calle le proporcionó una aureola de militante procastrista que le podía permitir infiltrarse en las organizaciones progresistas de Nueva Orleans. Era un topo.

La infiltración es una técnica policial en la que el FBI siempre demostró maestría. Según un informe de 1962 entregado a Robert Ken­nedy por el FBI, el Partido Comunista de Esta­dos Unidos estaba compuesto de 5.000 militantes, de los que 1.576 eran confidentes.

La conclusión que se deslizó a la prensa no pudo ser más simple: el asesinato de Kennedy había sido cometido por un comunista partidario de la revolución cubana. Todo había sido un enorme descuido ante un comunista tan peligroso como Oswald. El jefe de la policía de Dallas, Jesse Curry, apareció en televisión pocas horas después del atentado diciendo que el FBI tenía controlado a Oswald. Es normal que vigilaran a uno de los «comunistas» más peligrosos de la ciudad. Sin embargo, sólo unos minutos después se desdijo públicamente. El FBI reconoció ante la Comisión Warren que no había vigilado a Oswald ni antes ni durante el viaje presidencial. ¿Para qué?

En el paraíso de la seguridad, todo parece reducirse a una cuestión de negligencia. La policía no pareció preocuparse porque días antes Oswald hubiera comprado un fusil por correo. La CIA, el FBI, el Servicio Secreto y la policía habían permitido que la comitiva presidencial pasara justo debajo de la ventana donde trabajaba aquel comunista.

En plena guerra fría se podían contar con los dedos de una mano los estadounidenses emigrados a la URSS y después retornados al país de nuevo. Eran aún menos quienes después desempeñaban una actividad política procubana abierta. ¿Nadie vigilaba en el país de la vigilancia? ¿O más bien cerraron los ojos?

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

El asesinato de Kennedy 50 años después (7)

En 1961 J. Walton Moore, el jefe local de la CIA en Dallas, le habló a De Mohrenschildt de Oswald, un agente de ínfimo rango de la Agencia que entonces residía en Minsk, Bielorrusia, donde De Mohrenschildt había vivido de niño.

Unos años antes, en 1956, Oswald se había alistado en los marines. Su formación inicial fue como operador de radar y su primer destino la estación aérea del Cuerpo de Marines del Toro. Luego fue trasladado a la base de la CIA en Atsugi, Japón, de donde partían los aviones espía U-2 que sobrevolaban el espacio aéreo soviético. Finalmente estuvo en la base de U-2 de la bahía de Subic, Filipinas.

Además del aprendizaje del ruso, las tareas encomendadas a Oswald requerían un permiso especial de seguridad. Resulta imposible que un marine maneje información clasificada y sea enviado a varias bases secretas de la CIA en el Pacífico si previamente no ha sido reclutado como agente de la Oficina de Inteligencia Naval o similar.

Su oficial de instrucción se había graduado en la Escuela de Servicio Exterior, una de las múltiples instituciones del espionaje militar imperalista. Todo apunta, pues, a que Oswald fue entrenado para ejecutar operaciones encubiertas.

A petición propia se licenció del ejército en setiembre de 1959, un año antes del tiempo convenido y con los 1.500 dólares que había ahorrado en su trabajo como marine, en octubre embarcó en Nueva Orleans hasta Finlandia como paso previo para entrar en la URSS, donde al llegar solicitó la nacionalidad soviética.

Resulta poco creíble que el gobierno de Estados Unidos permitiera tan fácilmente su marcha, por los secretos militares que conocía, salvo que Oswald viajara formando parte de alguna operación inteligencia militar.

Una vez en la URSS, Oswald fue interrogado durante un mes por el KGB. Tras el derrumbe del Telón de Acero la parte desclasificada de los archivos del KGB revela que sospechaban de Oswald como agente de la CIA.

Como le denegaron el refugio, cayó en una depresión y el 21 de octubre intentó cortarse las venas en un hotel de Moscú. Le permitieron la estancia en la URSS por un tiempo limitado y trabajó como obrero en una fábrica de material electrónico en Minsk, donde conoció a Marina Prusakova, hija de un coronel del KGB y sobrina de un funcionario del servicio secreto. Ambos se casaron y al año siguiente tuvieron una hija.

Pero el espionaje y los espías van y vienen. En junio de 1962 el antiguo marine pidió a la embajada estadounidense en Moscú la devolución de la ciudadanía y el pasaporte, lo que logró en sólo 48 horas, autorizando a los tres miembros de la familia a viajar a Estados Unidos y anticipándoles los gastos del viaje.

La familia se estableció en Fort Worth, Texas. Ni el FBI ni la CIA se preocuparon de interrogarles. Seguramente no hacía falta porque lo sabían todo al respecto.

En Fort Worth la CIA hizo las presentaciones y Oswald conoció a De Mohrenschildt y a su mujer Jeanne, que le introdujeron en la camarilla zarista de la ciudad. También le presentaron a Ruth Paine, cuyo marido trabajaba en Bell Helicopters, una empresa que se salvó de la quiebra gracias a la guerra de Vietnam. Cuando el fiscal Garrison solicitó estudiar las declaraciones de la renta de la familia Paine, no se lo permitieron, lo cual era ilegal y denota que ambos estaban protegidos por la CIA. Ruth Paine fue la que consiguió el trabajo a Oswald en el almacén de libros pocas semanas antes del atentado.

Gracias a la colonia zarista de Dallas, Oswald entró a trabajar en la empresa Jaggars-Chiles-Stovall. No se trataba de una tarea cualquiera. Allí se dibujaban los planos cartográficos para el Pentágono que no sólo estaban clasificados como secreto militar, sino que era la empresa que el año anterior había obtenido la ubicación de los misiles soviéticos en Cuba.

Luego Oswald trabajó en la empresa cafetera de un famoso anticastrista en Nueva Orleans. Cuando el fiscal Garrison investigó a los compañeros que habían trabajado allí con Oswald descubrió que, años después, todos ellos estaban trabajando para la Nasa. ¡Qué casualidad! ¿Quién intercedió por ellos? ¿Con qué propósito?

En esta historia siempre aparecen muchas más preguntas que respuestas.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

El asesinato de Kennedy 50 años después (6)

En 1949 De Mohrenschildt obtuvo la ciudadanía de Estados Unidos y se trasladó a Dallas, donde había una colonia de exiliados zaristas que formaban parte de los sectores más reaccionarios de la ciudad.

En la capital del petróleo De Mohrenschildt trabajó como geólogo para diversas empresas, entre ellas Humble Oil, propiedad de Prescott Bush, quien había financiado al partido nazi. Se hizo amigo de su hijo George H. W. Bush, que entonces era a la vez director de Zapata Off Shore y agente de la CIA. Le llamaba «Poppy», un apodo que sólo utilizaban sus más íntimos amigos.

El aristócrata ruso viajó frecuentemente por Latinoamérica y trabajó para la empresa Cubano-Venezolana Oil Voting Trust Company, fundada por William Buckley Sr. Por aquela época conoció a Jack Alston Crichton, uno de los petroleros que negociaron con Batista.

A partir de 1957 comenzaron las reuniones de De Mohrenschildt con J. Walton Moore, jefe local de la CIA en Dallas. En el expediente que conserva la CIA sobre De Mohrenschildt, que está desclasificado, constan sus informes a Moore sobre la Yugoeslavia de Tito.

En 1955 De Mohrenschildt conoció a Jeanne LeGon, con quien se casó en 1959. LeGon era socia de Abraham Zapruder, un capitalista ruso-judío que huyó de la URSS en 1920. Zapruder era uno de aquellos integrantes de la camarilla zarista de Dallas y de dos organizaciones que funcionaban como pantallas de la CIA: The Dallas Council On World Affairs y The Crusade For A Free Europe.

Zapruder filmó el asesinato de Kennedy en Dallas. Su película es la única que registró el crimen en su totalidad y, probablemente, se ha convertido en la película más vista de la Historia. Pero hay preguntas que permanecen sin contestar. En aquella época las cámaras de vídeo no eran de uso tan corriente como ahora. Si el itinerario había cambiado la noche anterior, ¿quién le informó a Zapruder para que estuviera en el sitio exacto a la hora convenida?, ¿quién le indicó que llevara una cámara para grabar el asesinato?

Henry Luce, propietario de las revistas Time y Life, compró la película filmada por Zapruder. Lo lógico es pensar que su objetivo era el de vender los derechos de imagen. Entre sus manos tenía mucho más que la primicia periodística de un acontecimiento histórico. Se trataba de una grabación en directo del asesinato del presidente de Estados Unidos. Pues bien, Luce guardó la grabación bajo llave, que no reapareció hasta que bastantes años después el fiscal Garrison reabrió el caso.

Desde que durante su juventud ambos coincidieron en la universidad, Luce era amigo personal de Bush. Su mujer Claire Boothe Luce, formó parte las operaciones encubiertas de la CIA. Cuando viajaban a Nueva York los mercenarios cubanos de la Operación 40 se alojaban en su casa.

En junio de 1963 De Mohrenschildt se trasladó a Haití, donde la CIA le consiguió un contrato con el gobierno para extraer petróleo. En la operación entraron otros especuladores de baja estofa que luego se hicieron conocidos, como Mohamed Al Fayed, a su vez socio de Bush en Singer, la fabricante de las máquinas a coser. Más tarde a Bush le relacionaron con Khashoggi (cuñado de Mohamed al Fayed y vecino de Marbella) en el asunto Irán-contra.

Los hilos de la trama van tan lejos como el camino que uno quiera recorrer.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos. El asesinato de Kennedy 50 años después (5)

Entre los espías nazis que en la posguerra se pusieron a disposición de la CIA estaba George De Mohrenschildt (1911-1977), que había nacido en Bielorrusia, cerca de la frontera de Polonia. Su padre, el millonario Sergio Alexander De Mohrenschildt, era propietario de la “Branobel Oil Company” en Bakú, en la costa del Mar Caspio. Era también un furibundo zarista que fue detenido y encarcelado poco después de la Revolución de Octubre. En 1921 los bolcheviques le condenaron al destierro en Siberia, pero logró escapar con su familia a Polonia, donde en 1931 se graduó en una academia militar.

En 1938 De Mohrenschildt emigró a Estados Unidos. En Nueva York conoció a la familia Bouvier, incluida la joven Jackie, futura esposa de Kennedy, y se convirtió en un amigo íntimo de su tía, Edith Bouvier Beale.El espionaje británico informó a la Casa Blanca sobre sus sospechas de que De Mohrenschildt trabajaba para los nazis. También fue acusado de colaborar con el gobierno francés de Vichy. Gracias a Pierre Fraiss, un fascista francés que operaba en Estados Unidos, De Mohrenschildt encontró trabajo en la empresa Shumaker de Nueva York. Trató de comprar petróleo en Texas y California para el gobierno de Petain y también mantuvo relación con personajes execrables, como el criminal de guerra nazi Klaus Barbie, el Carnicero de Lyon.

En 1941 De Mohrenschildt se asoció con la productora de cine “Film Facts” propiedad de su primo, el barón nazi Konstantin Von Maydell. Gehlen reclutó a Maydell en la posguerra para colaborar en los programas de la CIA para exiliados soviéticos. También reclutó a otros miembros de la red de Maydell para trabajar con las organizaciones de exiliados de Europa del este en Estados Unidos. Maydell dirigía la AFABN (Amigos Americanos de la Naciones del Bloque Antibolchevique), una de las organizaciones más reaccionarias que orquestaba la CIA.

Un informe del FBI de 15 de setiembre de 1942 constata que en aquella época De Mohrenschildt era considerado como «muy pronazi». El informe también registra que De Mohrenschildt vivía en Washington con Quinten Keynes, un miembro del espionaje británico, y dos oficiales navales estadounidenses.

Hasta el ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941 Roosevelt no ordenó a Hoover capturar a los agentes alemanes que operaban en Estados Unidos. Sin embargo, Hoover tenía su propio criterio al respecto, que era el mismo de Allen Dulles. Las relaciones de los nazis con las altas esferas políticas de Washington, especialmente con Hoover, siempre fueron estrechas.

Hoover estuvo obsesionado por una supuesta “amenaza comunista” desde que en 1919 encabezó la Oficina General de la División de Inteligencia, donde cooperó con los agentes nazis que dominaban la Interpol, la policía internacional con sede en Berlín. Entre otros dirigentes nazis, Heinrich Himmler, Reinhard Heydrich, Arthur Nebe, eran miembros activos de la Interpol.

Aunque le mantuvo bajo vigilancia, Hoover libró a De Mohrenschildt de la cárcel. El espionaje es siempre un recorrido de ida y vuelta. Nunca se ponen todos los huevos en la misma cesta. El hermano mayor de George, Dimitri De Mohrenschildt, era un feroz anticomunista, miembro de la OSS y uno de los fundadores de Radio Europa Libre y Amcomlib (alias Radio Liberty) de la CIA.

Todos desempeñaron a la perfección el mismo doble juego. Como buen espía el aristócrata ruso negó cualquier simpatía nazi. Lo que estaba haciendo, en realidad, era rodar una película documental sobre la resistencia en Polonia para recaudar dinero para financiarla. Incluso le dio la vuelta al asunto: solicitó unirse a la OSS y, aunque le rechazaron, se convirtió en un agente doble; ingresó en el servicio de inteligencia de Estados Unidos y siguió manteniendo sus relaciones con organizaciones nazis como ODESSA, que ocultaban a los criminales de guerra.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

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