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El concepto de transición en el materialismo histórico

El concepto de transición, decía Lenin, es fundamental para entender el movimiento, el desarrollo y el cambio, tanto en la historia, como en la naturaleza: “¿Qué distingue la transición dialéctica de la no dialéctica? El salto. La contradicción. La interrupción de la gradualidad. La unidad (identidad) del ser y el no ser” (1).

A su vez, dicho concepto involucra el de etapa porque los saltos nunca son instantáneos sino procesos que se desarrollan a través de distintas etapas. Así, entre la noche y su opuesto, el día, están los crepúsculos y los amaneceres, etapas intermedias en las cuales la luz aparece y desaparece, unas veces más rápido que otras. En esas situaciones la duda sobre si es de día o de noche es como la botella medio llena o medio vacía: es metafísica. Lo que interesa saber es el movimiento: si está amaneciendo o está anocheciendo.

La historia tampoco conoce cambios instantáneos. La revolución rusa no fue la toma del Palacio de Invierno, sino la revolución de 1905, la guerra mundial, la revolución de febrero, la de octubre y la guerra civil. Dado que todo fenómeno está en movimiento, tanto en la naturaleza como en la sociedad, todo fenómeno es histórico: “La filosofía de la praxis es el historicismo absoluto”, decía Gramsci (2).

En todo proceso histórico hay determinados cambios que son más importantes con relación a los otros que van por delante o por detrás y marcan los puntos de inflexión, los saltos de una etapa a la siguiente. Son los que luego los historiadores toman como frontera entre unos momentos y los sucesivos, aunque en ocasiones, no sean más que símbolos, como el asalto a la Bastilla en la revolución francesa.

Esos puntos de inflexión convierten a la historia en un devenir esencialmente irreversible, sin marcha atrás. Ahora bien, si en la historia no hay cambios instantáneos, tampoco los hay lineales. Que la historia sea una sucesión de acontecimientos esencialmente irreversibles no significa tampoco que no se repitan, que la historia no vuelva sobre sí misma y no se parezca a algo que ya ocurrió antes. Por eso decía Marx que a veces la historia parece repetirse, pero una vez en forma de tragedia y otra de farsa (3). La ruptura y la repetición dividen a la historia en etapas o modos de producción. Es lo que permite clasificar el tiempo histórico, ordenarlo y sistematizarlo en ciclos, entender tanto la continuidad como la discontinuidad.

Las transiciones históricas son los saltos en los cuales los fenómenos cambian cualitativamente su naturaleza, adquiriendo otra diferente. Así, el capitalismo se convierte en socialismo, apareciendo en la historia como un cambio revolucionario, una unidad homogénea y a veces como un momento fugaz: los 10 días que estremecieron al mundo. Entonces todo parece claro y extraordinariamente simple. Pero “de la revolución misma no debe uno forjarse la idea de que sea un acto único […] sino que es una sucesión rápida de explosiones más o menos violentas, alternando con periodos de calma más o menos profunda”, escribió Lenin (4).

Al poner la lupa encima de la revolución socialista, por ejemplo, el asunto aparece en toda su complejidad, se dilata en el tiempo y aparecen etapas, como el comunismo de guerra, la NEP o la colectivización. La distinción entre una cualidad y otra es relativa, es decir, que un cambio es cualitativo en relación a otro, que es puramente cuantitativo. Las transiciones, pues, no pueden ser las mismas en un caso que en otro. La transformación del capitalismo premonopolista en imperialismo es un cambio cualitativo del capitalismo, dentro del capitalismo; no lo es si lo ponemos en relación con el socialismo.

Engels lo expuso diciendo que en la naturaleza no hay saltos porque todo procede a la manera de saltos (5), es decir, de cambios cualitativos. Todo fenómeno que cambia experimenta transformaciones que, a la vez, son cuantitativas y cualitativas. Aunque no sean de la misma naturaleza, ambas son necesarias. Una revolución no sólo son grandes cambios sino también pequeñas reformas, modificaciones muchas veces insignificantes de las que luego los libros de historia se olvidan porque sólo tienen en cuenta las anteriores. En ocasiones, esas pequeñas reformas se pueden obtener sin una revolución, pero en otras sólo son posibles si van precedidas o acompañadas de las grandes.

En esto no hay fórmulas. Las revoluciones no son abstracciones sino acontecimientos históricos concretos que jamás se repiten. Por ello, para dirigir una revolución en un determinado país hay que conocer su historia porque en ella se encuentran tanto las coincidencias como las diferencias con respecto a otros países. La historia concreta determina la naturaleza de la revolución que se va a desencadenar y, por lo tanto, sus etapas. Por ejemplo, dado el desarrollo alcanzado en España de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, la revolución sólo puede ser de tipo socialista, una declaración que lo dice todo y, a la vez, no dice nada.

Sólo una vanguardia, es decir, una minoría, es capaz de dirigir una revolución, lo cual significa que sólo ella es capaz de anticiparse y, por lo tanto, de prever las etapas que una revolución va a atravesar necesariamente en un determinado país. Pero eso sólo sucede con una minoría; los demás, la mayoría, aspira a soluciones mágicas, inmediatas y perfectas, típicas de las distintas variantes del socialismo utópico en donde la sociedad soñada queda establecida de una vez y para siempre.

El prototipo de utopismo son los que reivindican la dictadura del proletariado, porque dicen que en España la revolución sólo puede ser de naturaleza socialista. Sin embargo, ni en Rusia, ni en China, ni en Vietnam se vieron pancartas en las calles reclamando la dictadura del proletariado o el socialismo. La revolución no se dirige con frases más o menos redondas, por acertadas que sean. En términos hegelianos se puede decir que una vanguardia no sólo necesita entender lo mediato (el objetivo último) sino lo inmediato (el medio existente) y ponerlos en relación. Tan erróneo es cojear de un pie que del otro. Mientras el izquierdismo sólo habla de los grandes objetivos finales, el reformismo se refugia en las penurias de la actualidad presente.

La mayoría siempre se ha negado a admitir que la revolución atraviese ninguna clase de etapas. Los anarquistas, por ejemplo, lo quieren todo y lo quieren ya, ahora mismo. En Rusia los populistas negaron las etapas de la revolución porque negaron que allá se estuviera desarrollando el capitalismo. Según ellos, Rusia iba a saltar al socialismo sin pasar antes por el capitalismo. Es una polémica que se reprodujo en los setenta, cuando algunos acusaron a los comunistas de dogmáticos porque defendían que la sucesión de modos de producción era inexorable y que para construir el socialismo era necesario antes pasar por el capitalismo. Los trotskistas también han sostenido siempre ese tipo de concepciones, calificando a los comunistas de etapistas y falsificando el concepto marxista de revolución permanente.

Las concepciones que niegan las etapas en cualquier clase de revolución son erróneas, lo mismo que aquellas otras que se estancan en las etapas, o las dilatan en el tiempo. Éstos últimos hablan de etapas pero no de la transición de unas a otras, ni del momento oportuno para hacerlo. Por ejemplo, en la URSS Bujarin quiso mantener la NEP de manera indefinida y se opuso a considerarla como una etapa agotada y, por consiguiente, que era necesario pasar a otra etapa diferente: la colectivización del campo. Las etapas son necesarias precisamente para saltar de unas a otras. La revolución se divide en etapas porque no todas las medidas que un gobierno tiene que aprobar se pueden ejecutar simultáneamente y no todas ellas tienen la misma importancia económica y política. Las etapas existen porque la vanguardia no improvisa sino que actúa organizada y planificadamente, porque sabe lo que tiene que hacer en cada momento para avanzar.

El salto de una etapa a otra no sólo determina la discontinuidad y la ruptura entre ambas, sino también la continuidad. Las revoluciones no empiezan de cero sino de lo que hay, de lo que el capitalismo deja. Al dia siguiente de la revolución francesa, la situación de un zapatero de París no había cambiado. Se había producido un salto histórico gigantesco que pocos eran capaces de apreciar. Del mismo modo, el 8 de noviembre de 1917, tras el triunfo de la revolución socialista en Petrogrado, Rusia seguía siendo un país capitalista inmerso en una guerra imperialista. No hay revolución que erradique el feudalismo ni el capitalismo por decreto, aunque lo intente.

Así pues, en una etapa subsisten buena parte de las condiciones propias de la anterior, es decir, existe el feudalismo dentro del capitalismo y éste dentro del socialismo. A causa de ello, por más que la naturaleza de la revolución de octubre fuera socialista, los bolcheviques adoptaron numerosas medidas de tipo democrático o, si se quiere, de tipo democrático burgués. La pureza no existe, ni en la biología ni en la historia. No existen revoluciones exclusivamente burguesas, ni exclusivamente proletarias. Incluso a veces hay revoluciones en las que parece que una clase necesita traicionarse a sí misma, mostrarse impura, como cuando en 1789 la burguesía francesa preservó la monarquía, una institución típicamente feudal.

Los semirrevolucionarios soportan muy mal este tipo de situaciones ambiguas y siguen calificando de etapistas a quienes en España reivindican la República Popular, que ellos entienden de manera opuesta al socialismo, o a la dictadura del proletariado. Lo más corriente, en palabras de Lenin, es entender la contradicción como oposición, la diferencia entre una etapa y otra, pero además de eso es necesario captar la transición de un opuesto a su contrario. Eso es precisamente “lo más importante”, decía Lenin (6). Cualquiera puede entender la diferencia entre el capitalismo y socialismo; lo complicado empieza al trazar el paso de uno a otro, cuando hay que empezar a salir de las abstracciones, las generalidades y las vaguedades que sirven tanto para un roto como para un descosido pero, sobre todo, para quedarse en la nube de los debates y las discusiones vacías.

Quienes necesitan adornarse de frases contundentes desvalorizan la democracia, o la envuelven con adjetivos no menos contundentes, como la de “burguesa” en donde la burguesía queda como el baluarte de las libertades y los derechos, es decir, como algo que nunca ha sido y, paralelamente, los comunistas aparecen como su negación, como partidarios declarados de la dictadura. El planteamiento que hacen los semirrevolucionarios es el mismo que hace hoy la burguesía, que asocia la democracia al capitalismo.

A ellos la democracia les sabe a poco. Su planteamiento no sólo es erróneo sino que, además, se contradice con los hechos. Desde hace un siglo los comunistas han sido quienes se han puesto a la cabeza de la lucha contra el fascismo, es decir, de la lucha por la democracia, una batalla en la que los muertos se cuentan por decenas de millones. Con mucha más razón hoy, sobre todo en España, la lucha contra el fascismo sigue indisolublemente vinculada a la lucha por el socialismo, al proletariado y a los comunistas.

Vivimos en el país de la Inquisición, la llevamos metida en la médula de los huesos. Somos el país de las hogueras. Sin solución de continuidad en España hemos pasado de la Inquisición al franquismo y, a pesar de ello, o quizá a consecuencia de ello, seguimos teniendo con este asunto una confusión importante. Durante generaciones nunca hemos disfrutado ni de libertad, ni de derechos, ni de migajas de nada de eso. Creemos saber de lo que se trata por referencias indirectas; nos lo imaginamos, y algunos imaginan tanto que creen incluso disfrutar de la democracia “burguesa” porque no han recibido los imprescindibles palos en las costillas que les convenzan de lo contrario. No escarmientan en cabeza ajena.

(1) Lenin: Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pg.255.
(2) Gramsci: Política y sociedad, Barcelona, 1977, pg.58.
(3) Marx: 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pg.11.
(4) Lenin: ¿Qué hacer, Obras Escogidas, tomo I, pg.258.
(5) Engels: Dialéctica de la naturaleza, Madrid, 1980, pg.215.
(6) Lenin: Cuadernos filosóficos, cit., pgs.124-125.

Publican en Londres los manuscritos de Marx sobre geología

Juan
Manuel Olarieta



Dentro de la historia del pensamiento
humano, la figura de Marx sobresale y se agiganta a cada momento. La
lenta y laboriosa recopilación de las Obras Completas de Marx y
Engels sigue siendo un filón inagotable de muchas cosas, pero sobre
todo de sorpresas. Marx es un iceberg. No le conocemos, y los
marxistas -con poquísimas excepciones- menos que nadie.



A Marx le está ocurriendo como a
Aristóteles, a quien llegamos a través de Tomás de Aquino y la
Escolástica. También Marx tiene a sus propios escolásticos
empañados en falsificar cada línea de su pensamiento. Con su
insustancial retahíla de citas literales creen que ya está todo
dicho, cuando en realidad todo está por decir y -sobre todo- por
hacer.



Así lo prueba la publicación, por
vez primera, de los apuntes de Marx sobre geología, que datan de
1878, con anterioridad a sus investigaciones etnológicas sobre las
sociedades primitivas no occidentales.



Lo más sorprendente es que el
interés de Marx por la geología no fue nada episódico ya que los
manuscritos ocupan más de 650 páginas en letra impresa.



Al morir Marx los papeles pasaron a
manos de Engels y de ahí fueron a los archivos de la
socialdemocracia alemana, que a mediados de los años veinte entregó
una parte al Partido Bolchevique, previo pago de una cantidad
importante de dinero. Pero se quedaron con otra parte y en 1933 los
nazis se apoderaron de ella, yendo a parar a Copenhague y luego de
vuelta a Londres. Se intentaron editar en 1980, pero el proyecto se
paralizó ocho años después, volviéndose a reanudar la
recopilación en 2003.



Los editores han tardado una década
en llevar los manuscritos a la imprenta y esperemos que no transcurra
otro tanto para leer la traducción.



También hay que esperar que la
estupidez característica de la intelectualidad burguesa no vuelva al
tópico falaz de que la burocracia stalinista escondió estos
manuscritos en un cajón, como hicieron con los de economía y
filosofía o con los de matemáticas…



¿Por qué le interesaba a Marx la
geología? En principio para asentar su tesis sobre la renta de la
tierra, que formaba parte del último tomo de El Capital. Es
característico del estilo marxista exhaustivo, que sus discípulos
-con poquísimas excepciones- no han seguido. En la exhaución
marxista destaca la unión entre la naturaleza y la sociedad que ya
aparecía en los manuscritos sobre filosofía y economía, que echa
por tierra la separación entre ciencias naturales y ciencias
sociales, y entre ellas y la filosofía, que es tanto como decir
entre la teoría y la práctica: «Algún día habrá una sola
ciencia», pronosticó Marx (1)
y lo que hizo fue ponerse a la tarea, lo mismo que Engels, cuyos
manuscritos sobre la Dialéctica de la naturaleza (2)
son otra de las joyas del pensamiento científico de todos los
tiempos.



Pero hay un aspecto en los apuntes
sobre geología de Marx que Martin Hundt pone acertadamente de
manifiesto: la metodología científica (3),
uno de los más tergiversados por su discípulos. Un tópico de la
intelectualidad burguesa acostumbra a comparar (por no decir
equiparar) al marxismo con el evolucionismo, pero se olvidan de la
geología. En 1852 en la Contribución a la crítica de la
Economía Política
Marx el propio Marx ya había comparado a la
geología con la historia. Las reflexiones de Marx sobre la
metodología científica en la misma obra, («El método de la
economía política») tampoco se publicaron en su momento, y el
ponerlas por escrito no ha cambiado la situación: siguen siendo
ignoradas, quizá porque el método aparece al final como un
apéndice, y no al principio, a diferencia del pensamiento burgués.
Quizá el lector llega al final ya muy fatigado por la lectura. O
quizá porque…



… porque una parte de esa
metodología son los geniales añadidos de Engels, que fue uno de
esos poquísimos que no sólo entendió a Marx sino que fue él quien
le llevó de la mano desde que se conocieron. Poco antes de morir, en
su carta inconclusa a Vera Zasulich Marx volvía de nuevo sobre esa
sorprendente comparación entre la geología y la historia (4).



A lo largo del tiempo los modos de
producción se suceden en una forma análoga a los estratos del suelo
(ley de Steno). Pero lo mismo que el geólogo cuando perfora la
tierra, el historiador no investiga los hechos cronológicamente sino
que empieza por el final. En la superficie de la tierra las capas más
superficiales son las más recientes. Excavar es remontar en el
tiempo. En la historia, escribió Marx, «la última forma
considera a las formas pasadas como grados que conducen a ella»
(5).



Otro aspecto importante que Hundt
apunta también con agudeza: la geología está en el origen de la
teoría de la evolución, porque no sólo las especies vivas cambian,
sino también la geografía, la atmósfera, el suelo y los océanos.
Lo que hasta entonces se consideraban objetos «inanimados»
no lo eran tanto. Nada permanece, todo está en continuo desarrollo,
hasta las piedras.



Pero eso no es todo. En geología el
tiempo, los cambios y las diferentes etapas se miden en eones, una
unidad indefinida del orden de miles de millones de años. Dios no
pudo crear el mundo en seis días, ni su duración podía ser de sólo
4.000 años, como decía la Biblia. En fin, la geología descubrió
el tiempo, que es la quintaesencia de la dialéctica, y aún más:
que ese tiempo no era reciente sino de auténtico vértigo.



Referencias:


(1)
Marx, Manuscritos, economía y filosofía, Alianza, Madrid,
pgs.152 y 153.

(2)
Engels, Dialéctica de la naturaleza, Akal, Madrid,

(3) The
Connection of Mind and Nature: Marx’s 1878 Notebooks on Geology
(http://marxismocritico.com/2013/10/18/the-connection-of-mind-and-nature-marxs/)

(4) Marx
y Engels: Obras Escogidas, Progreso, Moscú, 1978, tomo III, pg.163.

(5) Marx
y Engels: Contribución a la crítica de la economía política,
pg.275.



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El arte de urgencia sigue siendo necesario

José María Sánchez Casas, Vargas
Antorcha, núm. 4
La
confusión y el desconcierto campean desde hace décadas en el terreno de las
artes plásticas, al igual que ocurre con la literatura, el cine o el cada vez
más moribundo teatro.

El arte burgués, con careta o sin ella, adolece de una grave enfermedad y
camina hacia su desaparición.

En medio de este panorama, la mayoría de los artistas y literatos se
refugian en el intimismo más desolado y lleno de angustia, siendo el desencanto
y el pesimismo las musas que los llevan de la mano. El artista se aleja de la
realidad de la calle, intenta olvidar lo que día a día ocurre: los
sentimientos, los padecimientos y las esperanzas y luchas de los pueblos,
aislándose en su torre de egoísmo.

Los mismos que ayer aún cantaban a la esperanza, hoy lo ven todo oscuro y
tormentoso sin vislumbrar ninguna salida.

Estos intelectuales y artistas nos quieren hacer pasar de matute su
micromundo y desengaño como la realidad que asola a toda la humanidad.

Pero ¿qué ocurre realmente?, ¿no existen ya causas justas por las que
luchar y partir una lanza?, ¿no hay injusticias que denunciar ni pueblos a los
que cantar por el heroísmo de su resistencia?, ¿se acabaron esos grandes temas
que movieron plumas como la de un Cervantes, un Maiakovski, o pinceles
como los de Goya, Siqueiros, Daumier y tantos y tantos otros?

Basta echar una mirada a la prensa diaria para convencernos que más bien
han aumentado.

Entonces, lo que debe ocurrir es que esos artistas e intelectuales se han
acobardado e, incapaces de adoptar una postura de compromiso con su época, se
han atrincherado tras la manoseada gran duda a la que han
elevado a escaños filosóficos, convirtiéndose en unos seguidistas de las
cambiantes modas del momento; a pintar o escribir por encargo y, sobre todo, a
agradar a los que detentan el poder buscando su favor y la recompensa
correspondiente.

La verdad es que esta caterva de oportunistas jamás creyeron en el
pueblo, y si alguna vez pareció que estaban a su lado, se trataba sólo de que
por aquellos años vestía llevar el disfraz de revolucionario y
antifascista, pero hoy, con todo lo que ha ocurrido en nuestro país, tras la
muerte del dictador y la defenestración de las efímeras esperanzas que todos
ellos pusieron en el llamado cambio, o bien cínicamente se han
apoltronado al lado del poder recogiendo las migajas que les han querido pagar
por su venta, o han sido barridos y, ante el hundimiento de su mundo burgués
que indudablemente ya no tiene ninguna salida, han caído en el pesimismo más
mortal.

Por fortuna, y no podría ser de otra forma, no todos han terminado en esa
infecta charca y, valiente minoría siguen sacando a la luz lo que las leyes
establecidas pretenden ocultar, denunciando los crímenes y abusos del poder.

Por otro lado tenemos a una sana juventud que no pasa de nada y que cada
vez muestra mayor disconformidad y rebeldía contra el mundo que le pretenden
imponer.


No cabe duda quede ahí saldrán -están surgiendo ya- los artistas e
intelectuales comprometidos con su época y su gente.

Ladinamente, los que más atados y faltos de libertad están por su
compromiso con lo establecido, tachan de seguidistas a los que libremente
escogen el camino de la rebeldía y la denuncia. Ellos, que escriben y pintan al
dictado, acusan de no ser libres a los que con total albedrío se han puesto al
lado de su pueblo. Los que han sacralizado el más engañoso intimismo y la duda
permanente, tachan de panfletarios a los que defienden una
idea y tienen la osadía de exponerla sin cortapisas.

Hay que tener en cuenta una cosa, que el que pinta para sí mismo no hace
arte, al igual que no lo es el adaptarse a las modas del momento o pintar para
agradar a los poderosos, ensalzando las leyes y costumbres establecidas. Eso no
es arte, es simplemente trabajo mercenario, encubierto por una vacía palabrería
de un hermetismo tal que impida ver su engaño y ramplonería. No puede tener
valor artístico la obra de la que el propio artista dice que sólo puede
entenderla él y algunos exquisitos especializados en la materia.

Para comprender una obra artística es totalmente falso que haya que tener
conocimientos pictóricos o estar iniciado en la técnica, esas cosas te las
puede explicar cualquier guía de museo y no es ni con mucho lo más importante
de una obra.

Una parte fundamental de la obra de arte es el espectador, pues a él en
definitiva está dirigida. Y el momento cumbre de la misma es cuando se enfrenta
a él, cuando se produce la comunicación. Tiene muchísimo más valor la vivencia
comunicativa espectador-obra que cualquier efímera búsqueda de un lenguaje
capaz de transmitir con fuerza la idea que pretende expresar y hacer llegar al
espectador. Está claro que éste no debe ser sólo un elemento contemplativo,
sino por el contrario debe adoptar una postura indagadora exigente y de
participación activa.

Cada espectador tiene su propia vivencia, sus propios problemas y
experiencia, así que habrá muchas formas de ver la obra de arte. La clase
social a la que pertenece influirá de manera definitiva en su punto de vista.

Recuerdo que cuando allá por los años sesenta dirigía el grupo de Teatro Quimera,
en Cádiz, nos ocurrían con las representaciones cosas muy significativas y
contradictorias, según el lugar donde representábamos.


Con Una libra de carne, de Cuzzani, recibí la siguiente
opinión de un grupo perteneciente a la pequeña burguesía: Lo que has
hecho es un panfleto, se entiende toda
. Se entiende toda, sí señor, ése era
el gran problema. Había que elaborar un lenguaje oscuro y cerrado al que no
tuvieran acceso más que las minorías exquisitas. Por el contrario, cuando la
obra fue llevada a los barrios de la ciudad, la representación produjo
rápidamente el que al final de la obra y al iniciarse el coloquio surgieran una
serie de opiniones, no sobre la obra en sí, sino sobre problemas candentes y
del momento que padecían los habitantes de aquella zona y que nuestra
representación había hecho recordar y sacar a la luz.

Para mí ésa es la meta fundamental de toda obra artística, su gran
riqueza, la de ser capaz de producir en el espectador una conmoción y dar lugar
a esas mil y una interpretaciones que posiblemente en principio y
conscientemente el artista no se propuso, pero que en el encuentro
espectador-obra de arte nacen, dando un nuevo impulso a la obra y enriqueciendo
al artista con ella.

La originalidad es otra palabreja que se estima mucho en esos mundillos
de excelsos artistas. Pero el artista no es ningún ser privilegiado que se saca
las ideas como por arte de magia de su cabeza, no le vienen por inspiración de
ningún espíritu santo. El artista se nutre de toda la experiencia anterior a
él, de los hechos que ocurren a su alrededor, no inventa nada, sino que sólo se
limita a reflejar lo que hay en su entorno, dándole su propia interpretación.

Hay que rechazar tajantemente la falsa idea del artista como un hombre
por encima de los demás y del que milagrosamente nace la genialidad. Grandes y
comprometidos artistas han sido Goya, que supo trasladar al cartón y al lienzo
la crónica de su tiempo y tuvo la valentía de denunciar y satirizar a los
detentadores del poder, o Daumier que fustigó bravamente la corrupción y las
lacras de una sociedad caduca, poniéndose al servicio de su pueblo. Y más
cercano a nosotros, Helios Gómez, militante comunista que durante la Guerra
Nacional Revolucionaria del 36 al 39 tuvo que hacer un arte de urgencia
entroncado con el momento histórico por el que atravesaba nuestro pueblo.

Ese arte de urgencia sigue siendo necesario aquí y ahora. No es nada
nuevo, ¿qué otra cosa eran, si no, las sangrantes caricaturas y denuncias de
Grosz, Jossot y tantos otros? En la actualidad, con la necesidad de llegar a
miles de sitios a la vez y la posibilidad de poderlo conseguir, gracias a los
medios que la tecnología pone en nuestras manos, la llamada obra única queda
relegada al olvido, adquiriendo carta de naturaleza la multiplicación de la
obra artística, y esto no va en demérito de la misma, sino por el contrario que
ésta se conozca por miles de personas, acabando con la egoísta y arcaica
costumbre del cuadro para contemplar sólo por unos pocos de agraciados que se
apropiaban de ella debido a su posición económica.

La obra de arte salta a la calle y toma partido; el cartel, la prensa
independiente, la revolucionaria, son algunas de las muchas plataformas desde
las que puede lanzar su grito de denuncia y de esperanza. La juventud rebelde
crea sus propios órganos para contrarrestar la información tendenciosa y
oficialista: los fanzines, las radios libres, ahí también hay un hueco para el
artista. El arte abandona los palacios dejando de ser patrimonio de cuatro
elegidos para lanzarse a los barrios populares y ser de todos.

Mis dibujos están hechos desde esa perspectiva y ese compromiso.
Compromiso con mi clase, con mi gente. Esas son las únicas ataduras, libremente
elegidas, que tengo.

Descargar artículo en formato pdf: El arte de urgencia sigue siendo necesario

Todos los artículos de Olarieta

Son 108 en total. Creo que están todos los que hay publicados por internet. Si alguien cree que ya dispone de todos habiéndose descargado un paquete de ellos de otro sitio web, se equivoca, puesto que dicha recopilación la llevé a cabo yo. Por lo tanto, esta es la más completa y aquí la dejo a vuestra disposición. 


Para descargar en formato pdf:


https://mega.co.nz/#F!ScBDza7a!PxqW90W3TYE1QxVET_qIHg


Se pueden descargar uno a uno, haciendo doble click sobre cada artículo, o bien todos en formato zip, pulsando con el botón derecho sobre esta carpeta situada al margen izquierdo de la ventana y eligiendo la opción de Descargar como ZIP.

 

Lo específico de Juan Manuel Olarieta Alberdi -siempre pone en sus trabajos el apellido de su madre, una hermosa mujer de una energía fascinante- es su constancia e infinita capacidad de trabajo. A eso hay que sumarle la unión y unidad entre lo que es la teoría y la práctica. No hace ni dos años estuvo en la cárcel (y no por primera vez). Que estés o acabes en las cárceles españolas no demuestra per se  una ley matemática ni consagra una verdad revelada, pero sí es significativo, sobre todo cuando el enemigo de clase te ningunea y apenas hace alarde de su “triunfo”. No por desprecio, sino por no dar pábulo y propaganda. No se sacraliza tanto una línea política determinada y es por ello que acabas en los makos, sino porque apuntas al glacis del modo de producción capitalista y la manera de destruirlo que el Estado capitalista te considera un enemigo y te tiene siempre en el punto de mira. Por esto, como decía el otro, en la cárcel, aunque no siempre, afortunadamente, acaban siempre los mismos y no los charlatanes. Como diría Stalin, ese temible “ogro”, si el idioma fuera una fuerza productiva, los charlatanes de feria en el -y esto es de Blasco Ibáñez- “charlamentarismo español” serían millonarios. Este hombre -Juanma para los amigos- que, por su enorme talento, y como abogado licenciado en la jesuítica Universidad de Deusto, vívero de la burguesía vasca y española, podría haberse dedicado a esquilmar los bolsillos de los burgueses adinerados gestionando sus litigios, pleitos y pufos interclasistas para enriquecerse él y darse la gran vida, tal como la entiende la molicie burguesa, ha pasado hambre (un tío que disfruta comiendo y jamás engorda, por cierto) y dormido en las calles de Madrid y París. Ser comunista, esa “rara avis” como lo es él, no es sencillo ni un deporte ni una moda. Tiene muchos sinsabores e incomprensiones que afectan, a veces, a lo más íntimo de la persona, incluido lo afectivo, pero no necesariamente. No es un plato de gusto. Pero estoy seguro que, lo que ya para algunos correligionarios tiene muchísimo mérito, él le quita importancia. A algunos nos preocupaba su despreocupación de sí mismo. Cómo no, tiene su corazoncito pero sólo un objetivo: contribuir a organizar la Revolución, esa “utopía”. Hay quien se pasa la vida “discutiéndola”. No es su caso. ¿Cabezonería? Tal vez, pero bendita recalcitrancia.Personalmente siempre le he tenido por un genio en el sentido renacentista de la palabra. Juanma, ducho en marxismo, pega a todos los “palos”, desde la ciencia, la economía política (también estudió Económicas en Bilbao) -porque se dice “economía política” y no “economía” a secas-, la filosofía, pasando por el cálculo infinitesimal (de Engels) o, últimamente, la genética (ha escrito recientemente un trabajo rehabilitador del defenestrado Lysenko, objeto de mofa y pinpanpúm de la biología burguesa y la que pasa por no ser burguesa, o sea, “izquierdista”) hasta… el fútbol. Porque, sépase, lejos del clásico intelectual torremarfileño que abomina de los prosaicos divertimentos para las masas -opio para la chusma-, gusta del fútbol y, lo más osado, se atreve a plantear tácticas en esa teatralización de la guerra que es el fútbol. Al ajedrez jugábamos alguna partida en la demolida cárcel de Carabanchel, pero no diré quién ganaba.

Alguna vez le he dicho, en un jijijajá, que el marxismo -su pasión- se le está quedando pequeño. Le llegué a decir -con mi soma más mefistotélica que maquiavélica- que acabará investigando los tebeos que leía Marx en su infancia.

Más cosas diría de Juanma, pero sólo mencionaré una: no hay peligro de que Olarieta cree una “escuela olarietista” que vea el marxismo de una determinada manera y contribuya a los “diferentes marxismos” y sus “distintas lecturas”. ¿Es, entonces, el marxismo un dogma, una especie de “religión”, como dicen los más babosos? Si así fuera, habría Sumos Sacerdotes, profetas y predicadores, pero, de los que yo conozco, no salen en la tele y acaban con sus huesos, las más de las veces, de mala manera. Olarieta no es un autodidacta. Olarieta es marxista-leninista y, por descontado, materialista dialéctico, si sabemos realmente lo que significa este modo de analizar la Historia… y hacerla.

No creo haber hecho una hagiografía de Juanma Olarieta, más bien creo haberme quedado corto. Un hombre que jamás ha hecho una alharaca ni buscó hueco en el supermercado de las ideologías. Sólo le vi en ambones populares dirigiéndose a la clase obrera. Un tipo incorruptible e incorregible. De los imprescindibles.

Prólogo de Jon Odriozola a Las leyes de represión del anarquismo a finales del siglo XIX

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