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La Nueva Iglesia de la Climatología

Georges Cuvier
Bianchi

Con, en su momento, Al Gore de «starring«, como Tom Cruise lo fue de la Iglesia de la Cienciología, sectas, charlatanes. Un derviche ofrece más credibilidad. Tengo para mí que la verbosidad parlanchina sobre el Cambio Climáticoclimate change«, que dicho en inglés le da más empaque al invento) en una variante -involuntaria- de añejas teorías que responden al label de «catastrofismo» al que sólo le falta el «sensorround» para darle realismo a la cosa (como experimentó quien suscribe en salas de cine londinenses años ha viendo «La aventura del Poseidón», film que inauguró el «género catastrófico» en el celuloide salvando, por cierto y dicho sea de paso, a Hollywood de la ruina).

En términos geológicos, el CATASTROFISMO fue propagado en las primeras décadas del siglo XIX por el paleontólogo francés Georges Cuvier (1769-1832). Su interpretación fue que en el pasado habían tenido lugar periódicas inundaciones de la tierra firme que exterminaban a las especies terrestres existentes, y que iban seguidas de la aparición de nuevas especies que sustituían a las extinguidas. En síntesis, el catastrofismo geológico de Cuvier venía a decir que del estudio del registro geológico se desprendía que en el transcurso de la historia de la Tierra habían tenido lugar súbitas catástrofes universales, que habían actuado sobre la superficie terrestre, asolando todo a su paso y exterminando a los seres vivos existentes en ese momento, como se dijo.

Estas revoluciones geológicas, o cambios de gran magnitud en la configuración de la Tierra sólo podían ser explicados apelando a la acción repentina  y violenta de fuerzas naturales y devastadoras (terremotos, volcanes, krakatoas, tsunamis, etc.). La última de estas catástrofes habría sido el diluvio universal descrito en la Biblia. El marco teórico catastrofista estaba en bastante buena armonía con los relatos bíblicos de la creación y otros milagros (como los actuales Big Bang, genes perdidos et alli).

El catastrofismo se suele oponer a la teoría uniformista del geólogo Charles Lyell (a quien leyera un joven Darwin) diciendo que los cambios eran procesos lentos y constantes producidos por causas pequeñas que actuaron a ritmo uniforme a lo largo de inmensos  periodos de tiempo. En 1870 la geología uniformista y la evolución «gradualista» se habían convertido en los principios rectores de la ciencia dejando atrás a Linneo (1707-1778), creador del llamado «fijismo» que postulaba que todas las cosas y animales eran creaciones inalteradas de Dios.

Hasta aquí la pequeña historia donde los cambios obedecen a causas naturales y no a la garra del hombre como ocurre con el nuevo milenarismo que llaman «cambio climático» que, mire usted,  haberlo, lo ha habido siempre -sería de necios negarlo-, pero no como lo pintan. Ahora se propone para arreglarlo nuevos impuestos y tasas sobre emisiones de CO2 para frenar el  desarrollo de los llamados países emergentes o BRICS. La cumbre de Copenhague (diciembre de 2009) y la catastrofista teoría del calentamiento (no hace ni cien años se hablaba de todo lo contrario: del enfriamiento) global, tenían como objetivo crear una suerte de consenso mundial necesario para que los países ricos puedan imponer a los países pobres y en vías de desarrollo modelos productivos que no supongan una amenaza para las economías de los primeros.

Una teoría que ha sido convertida en dogma por las potencias occidentales, al estar exenta del más elemental debate científico (al revés: ha habido «climagates»), y gracias a la estigmatización de todos aquellos que osaban contradecirla (o sea, nosotros los «conspiranoicos» cuyo lema es: «piensa mal (de estos hijoputas criminales) y acertarás», llamándoles «negacionistas» en clara referencia a los «negacionistas» del Holocausto. Los negacionistas como herejes y los conspiranoicos como zumbados. Y así…

Good evening.

¿En qué se diferencia la propaganda proletaria de la información burguesa?

La burguesía no sólo cultiva unos determinados canales de información y unos determinados periodistas, sino que crea además un determinado tipo de lectores, que aborrecen la propaganda y les gusta algo completamente distinto: la información.

La misma palabra “propaganda” es objeto de rechazo, lo mismo que “panfleto”, porque, con el tiempo, la burguesía ha educado pacientemente a los lectores en un determinado tipo de periodismo: el que ella fabrica.

Podríamos enumerar una serie de rasgos característicos que demandan los lectores y la burguesía oferta en sus medios: neutralidad, imparcialidad, objetividad, veracidad, independencia… Incluso los canales de la burguesía alardean de ello, con el típico subtitulo por debajo de la mancheta: diario independiente de la mañana, información veraz…

Aquí como en otros terrenos, en dos siglos la burguesía le ha dado un giro completo al periodismo que, además de tener un punto de vista de clase, siempre fue un instrumento partidista. Los periódicos nacen siendo panfletos, hojas sueltas y volantes de una u otra facción de la burguesía, y lo mismo se puede decir de la prensa obrera.

Con el tiempo la burguesía esconde la verdadera naturaleza de sus medios de propaganda y arrastra tras de sí a ciertos grupos de la clase obrera, que quieren imitarla y ponerse por encima de las clases, de la lucha de clases, de las contradicciones y de los intereses materiales que bullen en una sociedad.

La información, dicen, hay que contrastarla. Cuando unos obreros se declaran en huelga, también hay que mostrar la opinión del capitalista. Cuando los imperialistas agreden a un país, hay que exponer también las razones que tienen para hacerlo, cuidando siempre de no tomar partido.

El planteamiento burgués se fundamenta en una concepción, que es puramente ideológica, y que también ha logrado imponer de una manera aplastante: la diferencia entre la información y la opinión, donde la primera no es cuestionable, a diferencia de la segunda.

En fin, el prototipo de lo que la burguesía entiende por “información” es tan conocido como falso, empezando por la concepción de la noticia como mercancía y negocio, lo que han llevado a los canales a convertirse en una industria diferente: la de la publicidad, la imagen y las relaciones públicas.

Lo que no está tan claro es el planteamiento del proletariado, cuyos medios se rigen por los mismos principios de siempre, es decir, que están absolutamente “anticuados”: son los mismos ahora que en el origen de la prensa obrera; lo único que ha cambiado es el desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación.

El proletariado no engaña ni -por su posición de clase- puede hacerlo, por un motivo muy fácil de entender: no podría hacerlo sin engañarse a sí mismo como clase social. La burguesía y sus medios no se dirigen a un lector determinado sino que tratan de influir en toda la sociedad, incluidos sus enemigos de clase. La prensa proletaria es abiertamente partidista y de clase: se dirige a sí misma. Los autores son al mismo tiempo lectores.

Es una redundancia asegurar que la prensa obrera es veraz; si no lo fuera se perjudicaría a sí misma, a su causa. Por eso decía Lenin que “la verdad es siempre revolucionaria”. Eso es algo que, además de la revolución socialista, se puede predicar igualmente de todas y cada una de las causas que defiende el proletariado: la lucha contra el imperialismo, el fascismo, la defensa de la mujer trabajadora, de la paz, de la ciencia o de la cultura progresista.

Lo que otorga veracidad a la prensa obrera es la propia posición del proletariado en la sociedad moderna con una tarea de naturaleza histórica: como clase el proletariado no tiene nada, no defiende intereses mezquinos. Su labor es la de encabezar una revolución socialista y no puede hacerlo si su comprensión del mundo no es correcta y científica.

No se puede cambiar el mundo sin conocerlo de manera precisa. En esa tarea la prensa desempeña un papel fundamental porque no se trata de un análisis de laboratorio sino de una tarea colectiva que concierne a miles de obreros y revolucionarios y se lleva a cabo sobre la marcha. La teoría va ligada a la práctica.

A través de sus diferentes medios de comunicación (octavillas, prensa, folletos, internet, redes sociales) el proletariado muestra uno de los rasgos característicos de siempre: la discusión, la polémica y el debate. Es la manera en que avanza el pensamiento revolucionario. En su prensa, pues, el proletariado habla en voz alta y dialoga consigo mismo. Ni engaña ni se engaña.

Enaltecimiento de un ‘terrorista’: Francesc Ferrer i Guardia

Francesc Ferrer i Guardia (1859-1909)
El pedagogo catalán Francesc Ferrer i Guardia es uno de los más grandes personajes que ha conocido la historia de Catalunya (y de España). Si hubiera nacido un siglo después estaría en la cárcel, condenado por la Audiencia Nacional. Pero en aquellos tiempos todo era más sencillo: consejo de guerra y fusilamiento. Era lo que hoy la prensa calificaría como “un terrorista”.

Fue el fundador en 1901 de una nueva escuela de pedagogía, la “Escuela Moderna”, por dos veces le acusaron de intentar ejecutar al rey Alfonso XIII en 1906 y 1906 y tres años después de participar en el levantamiento de Barcelona, que ha pasado a la historia como “La Semana Trágica”.

La lucha política también es pedagogía y desde joven Ferrer i Guardia participó en el intento de golpe militar republicano del general Villacampa de septiembre de 1886, a causa de lo cual tuvo que huir al exilio, a París, donde permaneció hasta 1901.

Al regresar a España fundó la Escuela Moderna. Uno de sus mejores discípulos y amigo fue otro “terrorista” Mateo Morral, que trabajó como bibliotecario y traductor en la Escuela Moderna.


Sin ninguna clase de pruebas, algunos historiadores acusan a ambos, Ferrer i Guardia y Matero Morral, de participar en mayo de 1905 en un atentado fallido en la capital francesa contra Alfonso XIII, cuando volvía de la ópera en compañía del Presidente de la República.

Pero ninguno de los dos fue detenido. En el juicio los acusados afirmaron que el gobierno español había montado una provocación, para forzar a Francia a perseguir a los anarquistas españoles exiliados en París.

Lo que son los tiempos: en aquella época ante el tribunal de París desfilaron numerosos hombres ilustres, políticos y escritores para solidarizarse con “el terrorismo” y justificar el atentado contra el rey.

Uno de ellos,  Lerroux, le explicó al jurado francés que la policía española era “la heredera de la Inquisición”.
Al declarar inocentes acusados, la sala “estalló en aplausos”, dicen las crónicas de entonces.

Dos años después, en la calle Mayor de Madrid, Mateo Morral repitió el intento de ejecución de Alfonso XIII con una bomba de fabricación casera. Esta vez Ferrer i Guardia se tuvo que sentar en el banquillo acusado de ser el inductor. El juicio se inició en junio de 1907 y, través del periódico republicano “España Nueva”, Lerroux volvió a lanzar una campaña de solidaridad a favor de Ferrer i Guardia.

Como aquello aún no era la Audiencia Nacional, la acusación no logró su objetivo y, a pesar de que a Ferrer i Guardia no le importó reconocerse culpable, dando muestras de su coraje, fue absuelto.

Entre 1901 y 1903 el pedagogo colaboró en el periódico “La Huelga General”, que había fundado y subvencionado. Entre 1901 y 1903 escribió una serie de editoriales para el periódico bajo el seudónimo “Cero”, algunos de ellos en colaboración con el anarquista Anselmo Lorenzo. Apoyaba la huelga general de los trabajadores como instrumento de lucha revolucionaria y reconocía abiertamente que “habría “sangre… sí, mucha en cualquier huelga de esas características”. Fue premonitorio de lo que iba a ocurrir: la sangre derramada sería la de los trabajadores, incluida la suya propia.

Además de periódicos, Ferrer i Guardia financió a sindicatos de trabajadores, como Solidaridad Obrera y se solidarizó con numerosas luchas de aquella época.

La Semana Trágica comenzó en Barcelona en 1909 como una huelga general y derivó en una insurrección sangrienta, una explosión de violencia revolucionaria que se cobró más de un centenar de vidas, tranvías incendiados, corte de líneas de telégrafo, daños en el sistema de alumbrado público, en los ferrocarriles…

El juicio contra Ferrer i Guardia por su implicación en la Semana Trágica le condenó como “jefe principal de la rebelión”. En eso no cambiaban mucho las cosas con respecto a lo que ocurre ahora en los juicios políticos: cuando no hay pruebas de nada es porque eres el jefe de todo. Si algo quedó claro en el consejo de guerra es que en, efecto, no había ninguna clase de pruebas. Un siglo después sigue sin haberlas, ni falta que hace porque el pedagogo catalán era el chivo expiatorio que necesitaba el gobierno para dar un escarmiento a los trabajadores de Barcelona.

Así son los juicios políticos. Incluso el fundador del PSOE, Pablo Iglesias, llegó a confesar entonces en el Parlamento que ellos también se consideraban terroristas. En España todos los que han luchado por cambiar las cosas han sido considerados así siempre: terroristas.

A raíz de su detención, se levantó en toda Europa un clamor enorme que pedía su libertad, una formidable campaña internacional de solidaridad. Ferrer era “el educador de España”, “el nuevo Galileo”, víctima de “la Inquisición” y la “España negra”.

Pero la solidaridad no fue suficiente esta vez para frenar su fusilamiento cobarde.

De Ferrer i Guardia queda su memoria inolvidable, sus escritos y su obra pedagógica. Durante su primera detención, escribió en 1906 desde la cárcel: “La Escuela Moderna pretende combatir cuantos prejuicios dificulten la emancipación total del individuo, y para ello adopta el racionalismo humanitario, que consiste en inculcar a la infancia el afán de conocer el origen de todas las injusticias sociales para que, con su conocimiento, puedan luego combatirlas y oponerse a ellas. El estudio de cuanto sea favorable a la libertad del individuo y a la armonía de la colectividad, mediante un régimen de paz, de amor y bienestar para todos sin distinción de clases ni de sexos”.

El pedagogo introdujo en España el racionalismo educativo, uno de los experimentos más interesantes de la historia contemporánea, que tuvo una enorme influencia en toda Europa. En sus aulas no se impartían enseñanzas religiosas y sí científicas y humanistas, se fomentaba la no competitividad, el pensamiento libre e individual, el excursionismo al campo, y el desarrollo integral de la infancia.

Según Ferrer Guardia, la educación no puede ser dogmática ni basada en dogmas ni prejuicios, y debía aceptar los métodos de la ciencia, desterrando todo lo que no se puede demostrar por el método científico. La libertad era considerada un valor fundamental, se procuraba la igualdad de todos, niños y niñas, que ese educaban juntos, se rechazaba el espíritu competitivo y por lo tanto toda imposición, exámenes, premios y castigos.

Entre sus contenidos, se declaraba prioritaria la educación del conocimiento, los afectos y la sexualidad, la experimentación y la observación de la naturaleza, la solidaridad, la ayuda mutua y la crítica de las injusticias. Su educación se basaba en la evolución de los niños, y se hacia de forma individualizada.

La Escuela Moderna generó enseguida la reacción de la Iglesia Católica, pues ponía en entredicho sus postulados dogmáticos, sus métodos y el poder económico de los centros educativos de la Iglesia. No cejaron hasta destruir a su fundador y cerrar la Escuela Moderna. Durante todo el primer tercio del siglo XX, decenas de escuelas, ateneos y universidades populares de toda Europa seguirían los planteamientos de la Escuela Moderna.

La ‘lucha antiterrorista’ será una asignatura en las escuelas Castilla y León

El jueves el Consejo de Gobierno de la comunidad autónoma de Castilla y León aprobó el proyecto de Ley de Reconocimiento y Atención a las Víctimas del Terrorismo, que se remitirá a las Cortes para su tramitación en el Parlamento.

El proyecto de ley incluye en el currículo educativo de la enseñanza secundaria la historia, evolución y consecuencias de las “distintas formas de terrorismo” en España con el objetivo de contribuir a la memoria de las víctimas, aunque no concreta a qué víctimas se refiere.

El vicepresidente de la Junta y consejero de la Presidencia, José Antonio de Santiago-Juárez, ha explicado que de momento no está contemplada la creación directa de una asignatura. De momento la Consejería de la Presidencia pondrá a disposición de los centros educativos unidades o módulos didácticos para que los usen, ya que serán de carácter voluntario.

Según los datos del Ministerio del Interior, en Castilla y León hay
contabilizadas 392 víctimas del terrorismo de las que 44 perdieron la
vida por esta causa, a pesar de lo cual se aprueba un proyecto de ley para menos de 400 personas y no protección a los millones de parados.
Son las víctimas del terrorismo (y no los parados) los que disfrutarán de ayudas asistenciales (sanitarias, educativas, sociales y vivienda) y para el empleo.

El proyecto también modifica la regulación en materia de función pública de Castilla y León para recoger la necesidad de adoptar medidas para que las víctimas puedan acceder a la función pública, es decir, lo mismo que hicieron los franquistas en la posguerra.

El proyecto regula la creación de dos medallas a las víctimas del terrorismo e impone más restricciones contra las libertades de expresión y manifestación, “como impedir cualquier acto, manifestación o símbolo vejatorio o de humillación para las víctimas o de exaltación u homenaje a terroristas”.

El Cabildo de Fuerteventura debería hacer lo mismo con las numerosas víctimas de
los numerosos crímenes cometidos en la isla por los terroristas de la Legión
Española.

El proyecto de ley de Castilla y León no aclara a qué terrorismo se refiere. Tampoco si la “paz” comprende o no el envío de unidades militares a guerras fuera del país, ni si considera la tortura como una forma de terrorismo, es decir, si el terrorismo de Estado es terrorismo o no.

También se les ha olvidado incluir que los cursos los impartirá la Guardia Civil, un baluarte de la pedagogía moderna.
Fuente: http://www.lainformacion.com/disturbios-conflictos-y-guerra/terrorismo/CyL-secundaria-consecuencias-terrorismo-Espana_0_991702033.html

Fundación Ford, la fachada filantrópica de la CIA

George F.Kennan
Paul Labarique

Entre 1947 y 1966, la Fundación Ford desempeñó un papel clave en las redes de injerencia norteamericana en Europa mediante la subvención de revistas, programas científicos y organizaciones de izquierda no comunistas. La mayor organización filantrópica del mundo ofrecía en realidad una fachada respetable para las operaciones de financiamiento y contacto de la CIA. Este papel se facilitaba aún más por el hecho de que fueron las mismas personas las que conformaron y dirigieron ambas organizaciones. A continuación la primera parte de nuestra investigación sobre la rama cultural del intervencionismo atlántico.

La Fundación Ford fue creada en 1936 por Henry Ford. Antisemita militante, publicó La Juiverie internationale. Figura legendaria de la industria automovilística, apoyó todos los proyectos totalitarios del siglo XX: financió el nacional-socialismo alemán antes de 1933, fue condecorado por el canciller Hitler con la Gran Cruz del Águila Alemana en 1938 y proveyó una buena parte del capital del químico IG Farben, fabricante del gas Zyklon B. Desde los años 30 construyó también las primeras fábricas de autos para Stalin, en Gorki, y durante los años 50 y 60 continuó fabricando en la URSS los vehículos destinados al ejército norvietnamita.

Sin embargo, no es hasta después de su muerte que su fundación adquiere su máximo esplendor cuando hereda 70 millones de dólares de las empresas Ford y se convierte en la mayor asociación filantrópica del mundo. Como lo afirma Henry Ford II, nuevo presidente del consejo de administración, los años 1949-1950 “marcan un viraje en la historia de la Fundación Ford”.

El mismo se produce cuando los Estados Unidos acceden al estatus de potencia mundial de primer plano. En Washington, el ex embajador en la Unión Soviética, el general George F. Kennan, lleva adelante una campaña para persuadir a sus compatriotas de que el peligro rojo es mucho mayor que la amenaza nazi y lleva al presidente Truman a no desarmarse, sino a ocultar la maquinaria de guerra norteamericana y a prepararse para un nuevo enfrentamiento.

Logra convencer al secretario adjunto de Guerra, John J. McCloy, de no desmantelar los servicios secretos en funciones durante la Segunda Guerra Mundial, sino de adaptarlos a los nuevos tiempos. Es el teórico del “stay-behind”, una red compuesta inicialmente por agentes nazis y fascistas que permanecieron detrás de la línea del frente al producirse la capitulación del Reich y que luego fueron aprovechados por los anglo-norteamericanos para continuar la lucha contra la influencia comunista en Europa.

Asimismo, un grupo de industriales reunidos alrededor del jurista H. Rowan Gaither Jr logra impedir el desmantelamiento del servicio de investigación y desarrollo de la Secretaría de Guerra, privatizándolo y bautizándolo como Rand Corporation (Rand es el acrónimo de Research And Developpment).

Llevando a término toda esta lógica, Kennan crea una estructura permanente y secreta del aparato de Estado a través del National Security Act, validado por el Congreso en 1947. Instituye la CIA, el Consejo de Seguridad Nacional y el Estado Mayor Inter-ejércitos. Este dispositivo tiene además un plan de intervención pública, promovido por el general George C. Marshall, en forma de préstamo para la reconstrucción que es otorgado a los Estados europeos bajo la égida de Washington y cuya implementación es confiada a Paul G. Hoffman.

Los Estados Unidos y la URSS se enfrentan ahora en una guerra implacable, no directamente en el campo militar, que evitan, sino en los campos político, intelectual y social. Sus realizaciones en estos campos, así como la conquista espacial constituyen victorias simbólicas. Las fundaciones norteamericanas, al frente de las cuales se encuentra la Fundación Ford, serán “soldados” de Washington en esta “Guerra Fría”.

La nueva dimensión financiera adquirida por la Fundación Ford en 1947 desarrolla sus ambiciones. Para redefinir sus objetivos, el consejo de administración decide, en el otoño de 1948, encargar “un estudio detallado (…) a personas competentes e independientes que sirva de guía sobre la forma (…) en que los fondos ampliados de la Fundación pudieran ser utilizados lo mejor posible en aras del interés general”.

La comisión creada al efecto es presidida por H. Rowan Gaither Jr, quien acaba de crear la Rand Corporation gracias a las garantías bancarias de la Fundación Ford. Gaither había sido administrador del MIT durante la guerra y se había codeado con los físicos del Manhattan Project. Aconsejado por esta comisión, el consejo de administración mueve al director del Plan Marshall, Paul G. Hoffman, hacia el puesto de presidente de la Fundación, función que asume el 1º de enero de 1951.

Según el periodista Volker R. Berghahm, este encarna “el papel más amplio e internacional concebido por el informe Gaither para la Fundación”. La pauta ha sido trazada: paralelamente a la red stay-behind en el campo político y al Plan Marshall en el económico, la Fundación Ford será el brazo cultural de las redes de injerencia norteamericana en Europa.

Sin embargo, a pesar de las apariencias, la Fundación no es solamente una herramienta complementaria en el dispositivo imaginado por Kennan en 1946-48, sino también una posición de repliegue. En la élite dirigente en los Estados Unidos a favor de la guerra de Corea, el padre de la Guerra Fría fue adelantado por la senda de la extrema derecha por un teórico temible, Paul H. Nitze. Al mismo tiempo, la vida política interna se sumerge en la “cacería de brujas” de la que el senador Joseph McCarthy se convierte en el líder.

La mayoría de las fundaciones que prosperan al final de la guerra gastan la mayor parte de su presupuesto en programas nacionales: así, la Fundación Ford gasta, de 1951 a 1960, 32,6 millones de dólares en programas educativos, 75 millones para la enseñanza de la economía y la gestión, y cerca de 300 millones para los hospitales y las escuelas de formación en medicina. Sin embargo, una parte de sus cuadros desea dirigir la actividad hacia la arena internacional.

Una primera tentativa se refiere al Free Russia Fund, cuya presidencia es confiada, naturalmente, al padre de la Guerra Fría, el general George F. Kennan, que encuentra en ello una vía para continuar su carrera. Su presupuesto es de 200.000 dólares. En julio de 1951 la Fundación ofrece igualmente 1,4 millones de dólares a la Free University, en Berlín Occidental. Esta fue fundada en 1948, entonces la más antigua universidad berlinense, y, situada en el sector soviético, había sido “estalinizada”.

En el informe anual de 1951, Henry Ford menciona la “creación de condiciones para la paz”. Este programa tendría como objetivo “tratar de reducir las tensiones exacerbadas por la ignorancia, la envidia y la incomprensión” y “aumentar la madurez del juicio y la estabilidad de la determinación en los Estados Unidos y en el extranjero”. Hoffman organiza un equipo dedicado a promover esta idea de “condiciones para la paz”.

Junto a él se encuentra Rowan Gaither, pero también Milton Katz, su ex asistente en la administración del Plan Marshall (ECA) y Robert M. Hutchins de la universidad de Chicago. A partir del 1º de enero de 1952 el equipo es reforzado por otro consultor de la ECA, Richard M. Bissell Jr. El 15 de julio de 1952, el presupuesto de los programas internacionales de la Fundación Ford se aproximaba a los 13,8 millones de dólares, es decir, la mitad de la suma destinada a los programas nacionales.

En marzo de 1952, Richard M. Bissell redacta un texto de dieciséis páginas titulado “Crear las Condiciones para la Paz”, en el que fija los lineamientos del próximo programa. Según el documento, “el objetivo de la Fundación debe ser contribuir a la creación de un contexto en el cual sea posible para Occidente, gracias a la nueva posición de fuerza militar que está llevando a cabo, negociar una paz justa y honorable con el Este”.

Esto pasaría por “una discusión sobre el desarme” que condujera a la negociación y todo suscitaría “una opinión pública favorable” al proceso. Bissell rechaza la idea de una confrontación directa, pero no cree en la posibilidad de un desarme ni de una verdadera paz. Piensa más bien “que se puede vivir en el mismo mundo que los rusos sin ir a la guerra contra ellos a pesar de las profundas y constantes diferencias de mentalidad e intereses”. En cuanto a esto crea una doctrina cercana a la de la “coexistencia pacífica” preconizada por Krutchev tras la muerte de Stalin en 1956.

El proceder moderado de Bissell se aplica de forma idéntica a nivel nacional: en su opinión, “el estado de opinión que prevalece en los Estados Unidos es demasiado tenso y emocional, demasiado cercano a una guerra religiosa”. Por lo tanto se opone al maccartismo, pero aconseja prudencia. Considera que todo proceder ostensible en cuanto a la idea del desarme podría ser malinterpretado en el plano interno, pues la opinión pública no estaba preparada para pensar en un sistema en el que no hubiera “ni guerra ni paz”.

Bissel propone que la fundación Ford no se enfrasque públicamente en un combate de esa índole, pero que trate de poner en marcha su idea reuniendo datos y contactando a especialistas en relaciones internacionales. En este contexto, Hoffman recurre al ex secretario adjunto de Guerra, John J. McCloy (quien ha pasado a ser presidente del Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo, antecesor del Banco Mundial) quien se une a la Fundación con uno de sus colaboradores: Shepard Stone.

Según Volker R. Berhahn, desde sus orígenes la iniciativa de la Fundación Ford iba más allá del simple desarrollo “de un contrapeso para el anticomunismo maccartista replegado en sí mismo o de un combate de Guerra Fría por medios más sutiles. Dado que los Estados Unidos se habían convertido en una potencia mundial y que la opinión pública mundial no estaba aún lista para los desafíos por venir, el objetivo era crear las bases populares de una política exterior democrática que sería llevada a cabo por las élites de la costa oriental y asegurar que las mismas no perdieran terreno frente al nuevo resurgimiento de las políticas populistas y de aislamiento”.

Desde el verano de 1952 Hoffman se compromete junto a Dwight D. Eisenhower, candidato a la elección presidencial, esperando obtener el puesto de secretario de Estado en la nueva administración. Un equipo de la Fundación, bajo la dirección de Shepard Stone, redacta con diligencia el programa del candidato republicano, trabajando hábilmente las susceptibilidades de los demócratas.

Fracasa la tentativa de alianza y, desde su entrada en la Casa Blanca, Eisenhower nombra a John Foster Dulles en el puesto de secretario de Estado. Su hermano, Allen Dulles, es nombrado al frente de la CIA donde adopta una posición muy dura con respecto a la URSS, desarrollando la estrategia del “rollback” en Europa Central.

Estas nominaciones son un nuevo camuflaje para los proyectos de Hoffman, Kennan, Stone, McCloy y Milton Katz, que continúan multiplicando los contactos con intelectuales liberales y especialistas en cuestiones internacionales para conducir una estrategia más diplomática en relación con la URSS. Durante estos encuentros les surge la idea de que los países no alineados podrían constituir un buen terreno para proyectos pilotos elaborados por la Fundación.

Según los archivos de la correspondencia entre los diferentes dirigentes de la Fundación, John J. McCloy se preguntaba en aquel entonces si “el trabajo que hacían no era más difícil (…) que gobernar Alemania o tratar de establecer una comunidad europea”.

Al final, los contactos realizados por el grupo permiten a los dirigentes de la Fundación considerarla un “elemento de dirección estimulante” par repensar la relación soviético-norteamericana según el informe final de McCloy y Stone.

Según este documento, Europa Occidental sería una región clave cuya base institucional debería ser fortalecida y donde la Fundación Ford “podría patrocinar de forma útil la creación de una institución o una serie de instituciones dedicadas al estudio de los problemas de la comunidad europea”. Este proyecto se titula Programa Condiciones para la Paz. Se crea un comité consultivo presidido por McCloy, en el que Shepard Stone ocupa el puesto de director.

Uno de sus objetivos es elaborar un método que permita “obtener el apoyo de los socialistas de Europa para la paz internacional”. Por lo tanto, la Fundación debe “considerar la idea de reunir a los pensadores socialistas avanzados de estos países, hombres con prestigio en el seno de sus propios partidos, estudiar el problema de la coexistencia y proponer soluciones”.

El programa suscita las ambiciones personales. Al término de luchas de influencia, se pone bajo la jurisdicción del Council on Foreign Relations (CFR) y Shepard Stone se convierte en un elemento clave en calidad de jefe de la División para los Asuntos Europeos e Internacionales de la Fundación Ford.

Sea como sea, la Fundación es una herramienta que desea utilizar cada departamento ministerial. Desde el 5 de mayo de 1951, Hans Speier, de la Rand Corporation, envía un memorando a Rowan Gaither en el que revela que el Departamento de Estado y el Alto Comisionado Civil en Alemania (HICOG) desean disimular su apoyo a organizaciones en Alemania Occidental para que dejen de aparecer como sometidas a Washington. Por lo tanto, junto con la CIA, tratan de encontrar los medios para hacerles llegar los fondos indirectamente.

El 20 de marzo de 1952, Milton Katz hace circular un memorando en el seno de la dirección de la Fundación en el que recuerda la especial importancia de Europa para la diplomacia norteamericana. Según él, Europa sólo puede ser considerada “de forma constructiva si es miembro de la comunidad atlántica”. En este sentido, es importante contribuir a la liberación “de los grandes sindicatos franceses e italianos del puño del comunismo”.

Katz enumera entonces una serie de proyectos de la Fundación Ford como la instauración del equivalente del CDE (Comité para el Desarrollo Económico) para Europa Continental. Termina con una lista de personalidades que podrían difundir la acción de la Fundación: Jean Monnet, Oliver Franks, Hugh Gaitskell, Geoffrey Crowther, Robert Marjolin, Dirk Stikker y Dag Hammarskjöld.

En mayo de 1953 Rowan Gaither redacta un memorando en el que refiere un nuevo principio: la Fundación debe evitar “lo que sea una prolongación o repetición de acciones efectivas del gobierno u otras agencias”. Después de todo, prosigue, “algunas de las más importantes oportunidades de la Fundación (…) pueden residir en el hecho de completar, estimular y hacer mejores las actividades de otros, especialmente las del gobierno”. El vínculo Gobierno norteamericano/Fundación Ford encuentra aquí su modus operandi.

Con el final del maccartismo y el inicio de la coexistencia pacífica, se atenúan las querellas en Washington. La Ford no se presenta ya como una alternativa de la CIA, sino como su asociada. Richard Bissell Jr deja la Fundación para hacerse cargo de la dirección operativa del stay-behind, mientras que la Ford asiste a la CIA en varias grandes operaciones.

La sustituye en el financiamiento del Congreso para la Libertad de la Cultura y le confía un estudio sobre el fracaso del tratado de la Comunidad Europea de Defensa en Francia a David Lerner y a Raymond Aron, figura esencial del Congreso. Financia la orquesta Hungarica Philarmonica, compuesta por músicos obligados a exilarse debido al estalinismo y que la CIA quiere erigir en símbolo del mundo libre.

Financia igualmente la American Committee on United Europe (ACUE), una fachada de la CIA encargada de favorecer la construcción de una Europa Federal conforme a los intereses de Washington. El ACUE es presidido por el ex director de los servicios secretos durante la Guerra Mundial y su vicepresidente es el fundador de la CIA.

La acción de la Ford junto al Congreso para la Libertad de la Cultura es posible, explica Grémion, por la proximidad entre los actores que forman parte de ambas entidades. Al igual que el Congreso, la Ford está compuesta por “liberales” (en el sentido norteamericano del término), es decir, por la izquierda no comunista. “Herramienta de una diplomacia no gubernamental, el objetivo de sus dirigentes [en el campo del arte] es dar una imagen diferente de la cultura norteamericana, alejada de la frecuente imagen de cultura popular de masas”.

En ese sentido, “la Ford sitúa así su acción desde el inicio en el marco de una práctica de mecenazgo ilustrado”. En el campo económico, la acción de la Fundación “se inscribe en la corriente reformista del New Deal”, lo que le vale los favores de los intelectuales del Congreso que son en su mayoría partidarios de la planificación y del Welfare State.

Finalmente está orientada hacia el desarrollo de las ciencias sociales: Rowan Gaither estima que, algún día, estas permitirán obtener resultados tan brillantes en el campo de lo social como la ingeniería en el campo de la técnica. La Ford financia con mucha prioridad las ciencias sociales antes que las humanidades y la medicina. Multiplica igualmente los intercambios universitarios y académicos, así como las creaciones institucionales: financia el Centro de Sociología Europea de Raymon Aron y la red de planificadores Futuribles, de Bertrand de Jouvenel.

Su presencia es tan discreta que, según un memorando redactado por Shepard Stone después de un viaje a Europa en 1954, la Fundación tiene gran reconocimiento en Europa “incluso en los círculos de extrema izquierda del Partido Laborista británico, el SPD alemán y entre numerosos intelectuales izquierdistas en Francia”. La admiración es recíproca: Shepard Stone siente gran atracción por la cultura europea, la que opone a la cultura popular norteamericana, y se siente próximo de los intelectuales del Congreso que, luego de haber criticado el comunismo, “valoran las virtudes de la libertad individual y de una sociedad libre”. Así, financia revistas próximas al Congreso como Encounter, Preuves y Forum.

Luego de varios meses de conflictos internos, Shepard Stone obtiene la dirección de la totalidad del programa europeo de la Ford a mediados de 1956. La actividad de la Ford se amplifica. Stone reclama cinco millones de dólares suplementarios de presupuesto simplemente para el programa europeo. Las revoluciones húngara y polaca, reprimidas en 1956 por los soviéticos, convencen a todos los accionistas de acceder a sus demandas.

Este dinero permite ayudar a los refugiados procedentes de Hungría o Polonia e instalar estructuras para acogerlos. La Fundación Ford organiza igualmente programas de formación y estudio para científicos procedentes del Pacto de Varsovia, invitados para ello a Estados Unidos y a Europa Occidental. Hay en esto un juego perverso como es del agrado de los servicios especiales: la CIA espera reclutar agentes entre los economistas, los investigadores en ciencias sociales y los expertos invitados por la Ford, mientras que la KGB piensa en enviar a elementos fiables a adquirir el conocimiento norteamericano.

Al mismo tiempo, se lanzan en Japón programas de promoción de lengua inglesa, estudios norteamericanos y contactos entre Japón y Europa. La diplomacia filantrópica de la Ford se vuelve mundial. En todas partes del mundo se encarga de impulsar la cultura estadounidense y ganar para su causa a los No Alineados. En África, la amenaza de un alineamiento con Moscú de los países recientemente independientes motiva numerosos programas de ayuda en esa dirección, especialmente en Argelia. Se monta igualmente un programa agrícola en la India con la ayuda de inversores europeos a quienes Shepard Stone instó a crear fundaciones al estilo de la Ford.

A nivel universitario, la Fundación Ford financia el St Antony’s College de Oxford, especializado en Humanidades, en 1959. El Centro Europeo de Investigación Nuclear (CERN) también recibe subvenciones a partir de 1956, así como el instituto del físico nuclear danés Niels Bohr. Así, con la aprobación de la CIA, este puede llevar a Dinamarca a delegaciones de científicos polacos, soviéticos e incluso chinos, en virtud, oficialmente, del “diálogo científico”. En ese mismo sentido, la propia universidad de Oxford recibe una subvención de un millón de dólares en 1958, al igual que el Churchill College de Cambridge.

En Francia, la Maison des sciences de l’homme (Casa de las Ciencias del Hombre), dirigida por Gaston Berger, recibe un millón de dólares en 1959 para la creación de un centro de investigación en ciencias sociales defendido por profesores universitarios como Fernand Braudel.

La revelación, en 1966 y 1967, del financiamiento del Congreso por la Libertad de la Cultura por parte de la CIA, tiene como consecuencia el descrédito de la Ford. Se extiende la idea de un vínculo entre la Ford y los servicios secretos norteamericanos. Más allá, es el conjunto de las actividades pretendidamente filantrópicas realizadas por la Fundación en Europa las que son vistas a través de una nueva mirada: ¿no se trata acaso de una formidable operación de injerencia cultural estadounidense?

Fuente: http://www.voltairenet.org/article123675.html

100 años de la Conferencia de Zimmerwald

Karl Liebknecht
Este mes se cumplen 100 años de la Conferencia de Zimmerwald, que se se celebró entre el 5 y el 8 de septiembre de 1915 en Zimmerwald, un pueblo cercano a Berna, en Suiza, donde se reunieron 38 militantes de diversas organizaciones obreras de 12 países distintos, que se hicieron pasar por ornitólogos.

Era la primera que tenía lugar desde el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Cuando Karl Liebknecht se enteró de la convocatoria, envió desde la cárcel en Alemania una carta de saludo a la conferencia:

“No puedo estar allí porque me encuentro encarcelado y encadenado por el militarismo. Aún así, mi corazón, mi mente y todo mi espíritu están con ustedes.

Tienen dos tareas solemnes ante ustedes, una se desprende del deber y la otra desde el sagrado entusiasmo y la esperanza:
 

Un ajuste de cuentas inexorable con los desertores y traidores de la Internacional en Alemania, Gran Bretaña, Francia, y el resto del mundo.

Comprensión mutua, aliento y el estímulo para aquellos que son fieles a su bandera y han decidido no ceder una pulgada al imperialismo internacional, aun al precio de ser suprimidos. Y orden en las filas de quienes que estén decididos a aferrarse, mantenerse firmes y luchar con los pies firmemente plantados sobre las bases del socialismo internacional.

Los principios de nuestra actitud hacia la guerra mundial se pueden explicar brevemente como un caso especial de nuestra visión del orden social capitalista. En pocas palabras, espero que todos nosotros estemos unidos en esto.

La tarea es, sobre todo, establecer las conclusiones prácticas que se derivan de estos principios, y hacerlo sin vacilaciones en todos los países.

¡No a la paz civil! ¡Sí a la guerra civil!”

La idea de la reunión partió de los socialistas italianos, que no habían logrado reunir a la Segunda Internacional para que condenara la guerra como un choque entre los propios imperialistas.

La Segunda Internacional traicionó al movimiento obrero y tomó partido por la burguesía, el imperialismo y la guerra. Falló en el momento decisivo y el hilo de la continuidad revolucionaria con Marx y Engels quedó cortado. Había muerto, aunque nadie extendiera un certificado de defunción.

Frente a ella, en Zimmerwald no se logró una postura unitaria, abriéndose dos posturas. La mayoritaria es la típica de los reformistas que se niegan a romper con el imperialismo y quieren cambiar las cosas “desde dentro”. Eran pacifistas que querían resucitar la Internacional para lograr la paz.

La minoritaria eran los “derrotistas”, encabezados por Lenin, que consideraban que la Internacional estaba agotada y querían crear una nueva, enfrentada a la guerra y que llamara a reconvertirla en una guerra revolucionaria contra la burguesía.

Zimmerwald fue la primera repuesta de amplitud internacional del proletariado ante la matanza de los campos de batalla, ante la inmunda carnicería en la que el capital obligaba a participar a las masas de toda Europa.

Mientras el reformismo colaboraba con la burguesía en la gran matanza, el movimiento obrero empezó a levantarse. En Gran Bretaña, en febrero de 1915, comienzan las primeras grandes huelgas de la guerra. Al mismo tiempo estallan en Alemania los primeros motines contra el hambre, organizados por mujeres obreras que protestan contra el racionamiento.

La conferencia de Zimmerwald está llena de enseñanzas para la actualidad. La única diferencia es que la guerra imperialista aún no ha alcanzado a quienes duermen un sueño profundo y quieren adormecer a los demás. Son parecidos a aquellos reformistas que no se atreven a romper y que, finalmente, querrán llevar a las masas a nueva carnicería en nombre de la patria y de su defensa.

De la esclavitud forzosa a la esclavitud asalariada

John Brown
Negros, esclavos y rebeldes (3)
La esclavitud fue uno de los caballos de batalla de la guerra civil en Estados Unidos (1861-1865), propiciado por la disparidad entre los bandos en liza. Como escribió Marx, se enfrentaron dos formas distintas de explotar. El norte era un país capitalista industrializado, con un poderoso sector financiero, mientras el sur se apoyaba en la agricultura y la la mano de obra esclava. Hasta la fecha el llamado “compromiso Clay” había amortiguado las diferencias, al permitir que cada Estado decidiera si debía aceptar al esclavitud o no.

Pero cuando en 1854 Kansas abolió la esclavitud, fue invadido por 3.000 soldados procedentes de Missouri, que quemaron las casas de los negros, hasta el punto de destruir por completo en 1856 la ciudad de Lawrence. Los partidos se dividieron; mientras los republicanos apoyaron al norte abolicionista, los demócratas se mostraron favorables al sur esclavista.

Un movimiento guerrillero compuesto de negros y blancos aplastó a las tropas intervencionistas. En la batalla de Osawatomie, uno de los dirigentes guerrilleros, John Brown, un blanco abolicionista, defendió la ciudad contra 400 hombres armados. En 1859 Brown trató de formar zonas liberadas en las colinas de la parte occidental de Virginia. Junto con otros 20 combatientes tomó un arsenal y se apoderó de la ciudad de Harpers Ferry.

Pero no logró que los esclavos se unieran al movimiento. La unidad fue rodeada por una compañía del ejército al mando del coronel Robert E. Lee. Diez guerrilleros, entre ellos dos de los hijos de Brown, murieron en la batalla y él fue herido y obligado a rendirse. Fue detenido y acusado de traición y asesinato, siendo ahorcado el 2 de diciembre de 1859 en Virginia. “Una parte de la luz humana se ha apagado”, comentó entonces el escritor francés Victor Hugo.

Eran los prolegómenos de la guerra civil, donde las fuerzas abolicionistas marcharon a la batalla cantando un himno en honor a John Brown:

“El cuerpo de John Brown yace en su tumba
“pero su alma desfila junto a nosotros”

Tras la victoria electoral de Lincoln en 1861, los Estados sudistas crearon la Confederación de Estados de América, cuyo gobierno fue reconocido como legítimo por Francia e Inglaterra. Los del norte les declararon la guerra. El norte industrial estaba habitado por 22 millones de personas, mientras el sur apenas contaba con unos 5 millones de blancos y 4 de negros. En el norte, de un total de 2,1 millones de soldados, 180.000 erean negros.

En los valles de Mississippi y Carolina del sur, los negros ocuparon las tierras y gestionaron su cultivo. Tras la guerra, la situación no se pudo mantener y el ejército expulsó a los negros de las tierras ocupadas.

La abolición fue un acto formal, papel mojado. En el sur los blancos no admitieron la derrota, ni el fin de la esclavitud, ni que los negros tuvieron el mismo derecho de voto que ellos. Surgió el Ku Klux Klan, bandas parapoliciales que mantenían a los negros sometidos por el terror.

Otros negros contrajeron deudas con sus antiguos amos que los mantenían en la misma situación de dependencia. Se mantuvieron situaciones similares por medio de contratos de arrendamiento de tierras en los que los dueños eran los antiguos esclavistas y los inquilinos los negros.

La esclavitud forzosa fue sustituida por la esclavitud asalariada y el apartheid. “Iguales pero separados”, fue la fórmula que acuñó el Tribunal Supremo para legalizar la nueva situación. “Hecha la ley, hecha la trampa”. En 1870 las leyes de Jim Crow sancionaron la segregación racial, la separación entre negros y blancos en los restaurantes, los teatros, los transportes…

Las escuelas aún eran un terreno prohibido para los negros, lo cual tenía sus consecuencias sobre el voto, que no sólo dependía de un nivel de ingresos al que los negros nunca llegaban, sino también del nivel de estudios. Todo había cambiado para que todo siguiera igual… o peor.

Los linchamientos, las violaciones y toda suerte de persecuciones brutales contra los negros no cesaron nunca. Cuando en 1893 se celebró la exposición universal de Chicago, los negros organizaron una campaña: “¿por qué la América negra no tiene representación?”

Negros, esclavos y rebeldes (1)

La primera vez que la monarquía española llevó esclavos negros a América del norte fue en 1518. Muchos de ellos se resistieron, huyeron y fundaron pequeños Estados independientes en las zonas que los europeos blancos no ocuparon.

El comercio basado en la trata de esclavos era triangular. Comenzaba en el oeste de África y llegaba hasta Bahía (actual Brasil), Santo Domingo, Haití Cuba y Virginia. Luego los barcos regresaban cagados con el azúcar, el tabaco y el algodón que producían los esclavos en las plantaciones americanas. Tras descargar en Europa los barcos volvían a África cargados textiles y de quincalla.

Inicialmente dicho comercio estuvo dirigido por españoles y portugueses. Luego les sustituyeron ingleses, franceses y holandeses. Fue un elemento fundamental de la acumulación originaria de capital que condujo a la industrialización en Europa.

A mediados del siglo XIX en los Estados del sur de Estados Unidos los esclavos producían el 75 por ciento del algodón, la mercancía de exportación esencial para el país y la materia prima fundamental para el desarrollo de la industria textil en Europa, que entonces era el motor del capitalismo.

En el siglo XVII los negros tenían la posibilidad de comprar su libertad por un determinado precio. Inicialmente sólo eran una minoría en una sociedad de blancos. Las mujeres negras eran especialmente codiciadas por su función en la reproducción del comercio. Se las obligaba a tener entre 10 y 20 hijos de manera que el negocio de la esclavitud creciera indefinidamente.

Las violaciones, tanto por los blancos como por los negros, eran moneda corriente porque las mujeres negras evitaban quedarse embarazadas. No querían tener hijos para impedir verles sometidos a la esclavitud, golpeados, explotados y maltratados. En muchas ocasiones mataban a sus hijos recién nacidos, perjudicando así el negocio de los esclavistas.

Como la descendencia no era suficiente para sostener la avaricia de los esclavistas, los españoles pensaron abrir para la esclavitud un mercado de blancos. Necesitaban más fuerza de trabajo. Algunos blancos se convirtieron en esclavos a tiempo parcial que trabajaban un promedio de 7 años en las plantaciones en condiciones parecidas a los negros. Según una ley de 1640, cualquier mujer blanca que trabajara al servicio de un patrón y le desobedeciera podían convertirse en esclava.

Pero la esclavitud de los blancos no se impuso, por lo que la esclavitud no sólo fue un negocio y una condición laboral sino un sistema de dominación político e ideológico, el racismo, que se propagó a partir del siglo XIX. Las leyes regulaban minuciosamente la condición civil de los negros, saturada de prohibiciones: no podían casarse con blancos, no podían comprar tierras, no podían votar, no podían acudir a la escuela, no podían reunirse, no podían organizarse, no podían ocupar cargos cualificados…

En las sociedades que compartían con los blancos, los negros fueron relegados al último escalón. A su vez esa situación se justificaba por la supremacía de los blancos: los negros estaban al final porque su raza era inferior a la de los blancos, un escalón intermedio en la evolución biológica antes de descender al mundo animal.

La condición esclava no sólo estaba ligada al color de la piel sino a un determinado sector de la producción: la agricultura. En el sur de Estados Unidos el 90 por ciento de los negros trabajaba en el campo a mediados del siglo XIX. El aprendizaje estaba estrechamente ligado a la sumisión y su herramienta más significativa era el látigo, una variante de la tortura.

A finales del siglo XVIII el 40 por ciento de la población del sur de Estados Unidos eran esclavos de origen africano, un porcentaje que en el norte sólo suponía un 10 por ciento. En 1830 eran 3.777 las personas que poseían esclavos en los Estados del sur. En 1860 una tercera parte de la población blanca, 1.733 familias, tenían al menos un centenar de esclavos.

A finales del siglo XVIII, la independencia de Estados Unidos en 1775-1783 no supuso ningún progreso. Los negros no aparecían en la nueva Constitución. Las declaraciones de derechos no tenían nada que ver con ellos, ni con la esclavitud, que no se prohibió en el mundo hasta 1807. Para entonces habían sido brutalmente asesinados unos 30 millones de negros.

La prohibición del comercio de esclavos fue -más que nada- simbólica. Los negros aún deberían conquistar sus derechos más básicos y no serían los blancos quienes se los regalarían generosamente. Necesitarían de la lucha, del esfuerzo y de la sangre.

Dos hombres y medio

Jean Jacques Rousseau

N. Bianchi

En 1754, hace 261 años, y veintidós años antes de que Adam Smith publicara La riqueza de las naciones (1776), la Academia de Dijon lanzó una osada pregunta y ofreció un premio para quien se atreviera a responderla: ¿Cuál es el origen de la desigualdad entre los hombres? ¿Es acaso la consecuencia de una ley natural?

Jean Jacques Rousseau se interesó por el tema y en respuesta escribió su obra Sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. En ella, Rousseau sostiene que la desigualdad social y política no es natural, que no deriva de una voluntad divina y que tampoco es una consecuencia de la desigualdad natural entre los hombres. Por el contrario, su origen es el resultado de la propiedad privada y de los abusos de aquellos que se apropian para sí de la riqueza del mundo y de los beneficios privados que derivan de esa apropiación.

No hace falta ser marxista -la única ciencia que jamás empacha, por otra parte- para que un suizo ya lo dijera. Por cierto, el inventor de la «democracia» actual concebida a la occidental manera: un hombre, un voto… y a correr.

Ignoramos si ganó el premio.

Pasteur el impostor

La ciencia no es lo que parece. La ciencia no son los científicos. La geometría no es Euclides, la física no es Newton, la química no es Lavoisier, etc. Ni siquiera son los científicos “de puertas afuera” porque una cosa es lo que hacen y otra lo que dicen. Parece fácil de entender, pero la mayor parte de las veces se olvida.

Pasteur, el fundador de la medicina moderna, es un ejemplo. Decía una cosa y hacía otra. Una cosa es lo que publicaba y otra lo que guardaba en su cajón. Durante casi cien años, hasta 1995 conocimos sólo lo primero; desde entonces conocemos también lo segundo, sus apuntes privados. Como tantos otros oportunistas, Pasteur escribía para la adulación del momento, para la subvención gubernamental y para la prensa. Como los militares, también los científicos quieren “hacer carrera”, aunque no sepan a dónde van.

Con la colaboración de la prensa, Pasteur fue de los primeros que convirtió a la ciencia en un carnaval ridículo. Creó una aureola a su alrededor, se rodeó de buenos contactos políticos y todo eso se tradujo en dinero. Puso las probetas al lado de los libros de contabilidad. Su laboratorio llegó a conseguir el 10 por ciento de las subvenciones del gobierno francés. Luego se convirtió en la multinacional Sanofi-Pasteur.

Con las vacunas, Pasteur convirtió la salud en un negocio. Algunos dicen que ha sido el gran avance de la medicina moderna, a la que califican como “científica”. Desde luego que los capitales más rentables del mundo tienen relación con ello. Posiblemente también tengan relación con que Pasteur haya pasado a los libros de historia como el prototipo del científico por antonomasia, una leyenda para consumo de mitómanos. Su nombre está en los hospitales, las academias, los centros de investigación y los colegios de todo el mundo.

En unos cuadernos Pasteur fue anotando sus hipótesis, las sustancias que utilizaba y los resultados de sus experimentos, los reales, los de verdad, no los que luego vendía a la prensa. Como un iceberg, la ciencia de Pasteur escondía más de lo que siempre apareció en público. A su muerte dejó 102 colecciones de notas que durante casi un siglo los investigadores no podieron consultar. Estaba prohibido. La ciencia ha estado bajo una estricta censura.

Por ejemplo, en su guerra particular contra Pouchet por desmontar la teoría de la generación espontánea, Pasteur guardó en su cajón el 90 por ciento de los resultados obtenidos en sus experimentos. ¿Qué escondían esos apuntes?

El investigador estadounidenses Gerald L. Geison los estudió, encontrando numerosas fraudes en las obras publicadas. Algunos de ellos conciernen a la verdadera paternidad de sus descubrimientos. Pasteur se aprovechó abiertamente del trabajo de sus colegas. Con total impunidad proclamó como suyos éxitos que pertenecen a otros.

Sus experimentos sobre la generación espontánea se basan en principios que se conocían desde hacía un siglo. Pasteur se interesó por la asimetría molecular y la fermentación cuando los estudios sobre el tema ya estaban muy avanzados. Por último, las vacunaciones son un descubrimiento originario de Oriente. Luego Edward Jenner, al que nunca admitieron en el Colegio de Médicos de Londres, las impulsó a finales del siglo XVIII. Sin embargo, los libros siguen asociando esos descubrimientos a Pasteur.

La primera vacuna contra la rabia la diseñó Victor Galtier, profesor de veterinaria en Lyon, el 25 de agosto de 1879. Se trataba de prevenir la rabia mediante una atenuación bacteriana in vitro que, a su vez, tomó de Pierre Henri Duboué.

No cabe duda de que Pasteur ensayó la vacuna contra la rabia en 50 perros rabiosos, con resultados concluyentes. Sin embargo, su experimento estrella de vacunación, el que le hizo famoso, no fue en un perro sino en un niño llamado Meister a quien utilizó como cobaya para experimentar una nueva versión de la vacuna que no se había probado antes en animales. El niño había sido mordido por un perro y se temía que pudiera contraer la rabia. Todo acabó felizmente y la prensa aireó que la vacuna había sido otro éxito de Pasteur. En efecto, hubiera sido posible contabilizarlo de esa manera si se supiera que el perro responsable de la mordedura tenía la rabia… Pero no es así.

Después de sus exitosas pruebas iniciales en el hombre, su vacuna se hizo famosa y la gente se vacunó en masa como si los perros se dedicaran a morder a las personas y como si todos ellos padecieran la rabia; cada “cura” se consideró como una prueba de la eficacia de esta vacuna.

En un experimento social de esa magnitud se conocieron experiencias de todo tipo. Una de ellas fue luctuosa: la muerte en 1886 del niño Jules Rouyer 24 días después de la inyección de la vacuna. El padre de la víctima presentó una querella contra Pasteur. Se practicó una autopsia para determinar la causa de la muerte. André Loir, sobrino y antiguo asistente de Pasteur, contó que un colaborador muy cercano al científico, Emile Roux, fue el encargado de hacer un primer informe. Se inoculó un extracto del bulbo raquídeo del niño a los conejos, que a continuación desarrollaron la rabia. Sin embargo, no dio a conocer esos resultados incriminatorios para Pasteur. A un forense, Paul Brouardel, le encargaron verificar las declaraciones de Roux. Ante el dilema, tomó partido por Pasteur: “Si yo no tomo posición en su favor, es un retroceso inmediato de cincuenta años en la evolución de la ciencia, ¡hay que evitarlo!». Afirmó que el niño no había muerto de rabia.

El fraude no sería posible, ni en la ciencia ni en los tribunales, sin ese tipo de cómplices que actúan por lo que ellos consideran como el bien de la ciencia, de la humanidad y del progreso. El caso del niño Ruyer no fue el único. También otros murieron antes de que la vacuna fuera prohibida, pero ya entonces la “ciencia” tenía buenos relaciones públicas. Los éxitos se airean y los fracasos se esconden debajo del felpudo.

A finales de la década de 1890, otro joven murió con síntomas atípicos: se trataba de una rabia humana con síntomas de la rabia del conejo; a esta enfermedad se la llamó rabia del laboratorio o incluso rabia Pasteur, ya que el científico francés hacía sus vacunas a partir de virus tomados de la médula de los conejos. En 1908 se abandonó el tratamiento en todo el mundo en favor de la vacuna fénica de Fermi, excepto en Francia, donde los estudios de Lépine y Sautter de 1937 demostraron que las vacunas fénicas protegen a los conejos en una proporción del 77,7 por ciento, mientras que el método de Pasteur protege en un 35 por ciento. La vacuna de Pasteur no se prohibió totalmente hasta 1973.

La vacuna contra el carbunco tampoco fue descubierta por Pasteur. Cuando aún no había logrado preparar ninguna vacuna propia, Henri Toussaint, profesor de la Universidad de Toulouse, desarrolló nada menos que tres preparados distintos. Pasteur no reconoció los descubrimientos de Toussaint públicamente, sosteniendo que una vacuna debía fundamentarse en la muerte de la bacteria, no en la atenuación de su virulencia. Sin embargo, intentó un procedimiento de atenuación mediante el aire, por la acción del oxí­geno y la temperatura, aunque privadamente en una carta a Roux de 17 de agosto de 1881 le confesaba que estaba experimentando con el procedimiento de Toussaint, comprobando que éste era más eficaz, por lo que fue el que utilizó en el experimento, si bien hizo creer que había utilizado el suyo propio, tal y como había anunciado en sus artículos “científicos” previos.

Dicha vacuna tampoco fue ningún éxito, hasta el punto de que se acabó prohibiendo su inoculación a los seres humanos.

Algunos de los fundamentos de la medicina moderna están basados en fraudes científicos como los de Pasteur y en que determinados “hechos” no son los que se enseñan en las facultades universitarias, ni los que llenan las portadas de los periódicos.

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