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El fascismo postmoderno: cien partidos y política única

¿Dónde esta el fascismo?, se preguntaban los jóvenes en uno de sus carteles. En la reforma laboral, en el código penal, en las Empresas de Trabajo temporal, en la penalización de la insumisión, en la reforma de la Ley penitenciaria, en los Cuerpos Represivos (policía, sistema judicial…), en el paro estructural, en las reconversiones.

El fascismo no fue algo que paso a la historia con personajes tan negros como Hitler, Mussolini o Franco, como quieren hacer creer los ideólogos burgueses. No estamos en los años 30, si no en la era de la informática y de la “aldea global“. El fascismo postmoderno ya no puede tener las mismas señas de identidad de entonces: el partido único fascista, el sindicato vertical, la militarización de la sociedad, la brutalidad indiscriminada, el oscurantismo religioso… Esas formas burdas se podrían calificar como la “etapa infantil del fascismo” y puede asegurarse que, a la postre, fueron un fracaso y un pésimo negocio porque generaron un impresionante movimiento antifascista y revolucionario. Las masas aprendieron a combatirle en aquellas condiciones y a hacerle retroceder, alcanzando importantes conquistas: baste recordar que tras la II Guerra mundial el campo socialista se extendió a un tercio del mundo y las luchas de liberación de los pueblos oprimidos por el imperialismo a todo el planeta.

La burguesía no es tonta y también aprendió la lección; así, aunque su régimen político actual tiene las mismas características explotadoras, represivas y contrarevolucionarias del viejo fascismo, sus formas ya son otras y se nos presentan bajo el manto de la “democracia“. En tres se pueden resumir los rasgos que más lo identifican:

La política de Estado

Monopolismo y democracia son incompatibles. En la medida que se va concentrando el poder económico en manos de unos reducidos grupos oligárquicos, éstos no se limitan a ejercer desde sus consejos de administración. La burguesía financiera necesita apoderarse -y así lo ha hecho- de todos los aparatos y resortes del Estado para ponerlos enteramente a su exclusivo servicio. Ellos son el Estado y el poder. Y hay que distinguir muy bien entre el poder real y el circo de los políticos que sirve para embellecer al fascismo.

La burguesía ha aprendido que puede haber cien partidos (cuanto más cacareo, mas confusión, y a río revuelto…) siempre que se garantice su política única. Es más, la existencia de esos partidos es una necesidad para dar legitimidad y base social a esa política de Estado y convertirla en “política nacional” decidida “democráticamente“. El gobierno, los parlamentarios, los cargos públicos, los jueces, etc., etc., no son el poder sino los ejecutores y gestores de esas política de Estado de los monopolios. Esas son las reglas del juego, y quien no las acate es excluido de la legalidad.

En esas condiciones, ¿qué necesidad tienen los partidos de presentarse a unas elecciones con un programa? Lo único que precisan son piquitos de oro, asesores de imagen y chupar mucha cámara. Su función no es otra que engatusar, engañar, confundir al personal y hacerle tragar con lo que se decide en los despachos de la Banca y las multinacionales. Solo Anguita repite como un loro lo de “programa, programa, programa…” ¿Y cual es su famoso programa? ¡¡ La Constitución !! Para ese viaje no hacia falta tanta demagogia… Y lo triste para él es que, por reivindicar la Constitución, lo acusan de peligroso y estalinista y no le dejan levantar cabeza. ¡Pobre desgraciado!

Pues bien, la Constitución -que por algo fue redactada e impuesta por los oligarcas y gerifaltes del régimen- ya dejo “atados y bien atados” los principios de esa política de Estado: la santísima propiedad privada y la libertad de explotación, la sagrada “unidad” de España y la opresión de las nacionalidades históricas, la monarquía heredera de Franco, su bandera y su himno, el ejército golpista del 18 de julio como garante de los privilegios y del poder de la oligarquía, su voluntad de participar en los foros internacionales como potencia imperialista… Y así sucesivamente.

No hay más que ver en los hechos cuál a sido el desarrollo de esa política de Estado por lo sucesivos gobiernos” democráticos” de la UCD, del PSOE y del PP. En nombre de la “modernidad ” y la “competitividad” han llevado a cabo la reconversión y la desindustrialización de toda la economía (siderurgia, astilleros, textil, pesca, agricultura, ganadería, etc., etc. ), convirtiendo a España en una autentica fábrica de parados. Han impuesto el despido libre, la precariedad en el escaso empleo, los contratos basura. Han ido eliminando una tras otra todas las conquistas sociales impuestas en la lucha de los años 60 y 70. Han privatizado todo el sector público y amenazan hasta con privatizar la Seguridad Social. Han ido reduciendo el poder adquisitivo de las masas por medio de las subidas de los precios, los impuestos, los “medicamentazos”, las congelaciones salariales y de las pensiones o seguros de paro… No hay consejo de ministros en la que no aparezca un decretazo contra los trabajadores, eso sí, previamente pactado con “los legítimos representantes de la voluntad popular”. Igualmente, las grandes superficies, las cadenas comerciales, los bancos, han arruinado a cientos de miles de pequeños y medianos comerciantes, campesinos, transportistas, industriales, etc. Han extendido, como arma política, las redes de la droga hasta el último rincón del país, con la “sana” intención de destruir a una juventud a la que quieren robar el futuro y evitar que sea una juventud consciente y luchadora.

Pero no es suficiente. El monopolismo es imperialismo, no tiene fronteras. La integración en Europa, Maastricht, la OTAN etc., a permitido a los monopolistas -ya homologados como “demócratas”- ampliar la exportación de sus capitales y participar mucho más de la explotación de los pueblos, aunque sea como potencia de segunda fila.

Tienen motivos de mucho peso, en billones de pesetas, para defender a sangre y fuego su democracia. Cada año los bancos aumentan sus beneficios en un 30 ó 40 por ciento sobre el anterior. Hablan de miles de millones con la mayor naturalidad. Nunca antes ganaron tanto ni tuvieron tanta libertad, nunca hubo tanta especulación, tanta corrupción y dinero negro del trafico de drogas, de armas, de influencias… La “democracia” es el paraíso de los grandes capitalistas, sin más objetivo que la ganancia que puedan obtener de la explotación más feroz que puedan imponer a los trabajadores.

El Estado-policía

Esa política única es impensable sin el monopolio del poder, sin el monopolio de la libertad de expresión, de dictar leyes, de expresar su ideología reaccionaria, y sin el monopolio de la violencia. El Estado “democrático” actual es el brazo armado hasta los dientes de la oligarquía. No en vano la Constitución declara garantes de la democracia al Ejercito, la Guardia Civil y la Policía, que gozan de total impunidad.

No hay que olvidar que en España la reforma supuso un portentoso milagro, como el de la virgen que parió a Cristo y siguió siendo virgen. Aquí el fascismo parió a la democracia “sin romperlo ni partirlo”, sin hacer una sola depuración ni destitución en los aparatos del Estado. Continuaron los mismos milicos, los mismos torturadores, los mismos jueces prevaricadores. Continuaron las mismas leyes, especialmente dedicadas a la represión política: las de Bandidaje y Terrorismo contra rojos y separatistas, corregidas y aumentadas se llamaron Ley Antiterrorista; el TOP (Tribunal de Orden Publico) pasó a llamarse Audiencia Nacional; la BPS (Brigada Político Social) tomó el nombre de Brigada de Información. Ni un solo día pararon los torturadores en su faena, ni cesaron las detenciones, los asesinatos y la guerra sucia. Ni un solo día dejo de haber presos políticos.

Los “padres de la Constitución” sólo recogieron -a la fuerza ahorcan- las libertades que ya se habían impuesto en la lucha, pero para inmediatamente pasar a recortarlas y eliminarlas. ¿Qué ha pasado con la libertad de huelga? Que ha sido asfixiada con mil requisitos y condiciones previas, que tienen que garantizar unos “servicios mínimos” que son máximos, que tienen que respetar todos los cauces del diálogo y sólo pueden declararla los sindicatos. ¡Nada de “coacciones”! ¡Nada de piquetes! ¡Nada de solidaridad! ¡La libertad de los esquiroles es sagrada!

Exactamente igual ocurre con el derecho de reunión o manifestación. En cuanto sales a la calle ya es un asunto de “orden público” y entran a saco los “criterios públicos” con sus porras y sus metralletas. ¡Nada de alterar la Paz social! ¡Nada de cortas calles o carreteras, de gritar consignas “subversivas”! ¡No se puede coartar “el libre desenvolvimiento de la vida ciudadana”!

Las asambleas sólo pueden ser informativas, las decisiones ya las tomaron los representantes legales. Las manifestaciones sólo pueden ser procesiones silenciosas, debidamente “protegidas” por servicios de orden y la policía o la Guardia Civil. De hecho la mayoría de las huelgas, asambleas y manifestaciones son ilegales. Se hacen al margen y en contra de los sindicatos, de los partidos y de esa legalidad asfixiante… Y frente al aparato represivo.

También el Estado actúa preventivamente extendiendo el miedo entre la población: el despido libre y la precariedad en el trabajo son una amenaza que pesa sobre cada trabajador y hay que pensárselo dos veces antes de plantarse. Las listas negras funcionan más que nunca. El control policiaco se extiende desde el puesto de trabajo al bar, en la vivienda, en el barrio, a través de la Seguridad Social, de Hacienda, de los bancos, de las escuchas telefónicas, los policías de barrio, las cámaras de vídeo. Eso sin olvidar a los propios partidos y sindicatos o las redes de chivatos que son los traficantes de drogas. Todo ello forma un entramado que fomenta el miedo y alienta a la “colaboración ciudadana”. El ciudadano ejemplar es el más rastrero y chivato.

Esta labor represora se complementa con las campañas de guerra sicológica permanente en los medios de comunicación. Estos, de entrada, ya son propiedad de los grandes banqueros o monopolistas tipo Polanco. Y son los estrategas y expertos del CESID y del Ministerio del Interior los que dictan la “línea informativa”, controlan las agencias de noticias y deciden lo que se puede decir y cómo hay que decirlo. Así que las “estrellas” del periodismo lucen por su adhesión militante a esa política de Estado, por su espíritu policiaco y su capacidad de manipulación de la opinión pública.

El Estado ha invertido miles de millones en multiplicar sus efectivos y en tecnología punta, así como en fondos reservados para la guerra sucia. Sobre la base del control exhaustivo van reciclando la vieja mentalidad de la represión a lo bestia e indiscriminada por la selectividad y la “ciencia” (da gusto ver que el torturador te revienta asistido por médicos que le dicen dónde duele más y cuándo tiene que parar…). Esa selectividad implica que con quien destaca en la lucha todo vale: la tortura, las condenas sin pruebas, las cárceles de exterminio, la guerra sucia y la cal viva. Todo el que no comulgue con su política de Estado es “terrorista” o “violento”, y es combatido con la represión más brutal y ejemplarizante. Así es como han machacado y machacan a los obreros cuando defienden su puesto de trabajo, a los parados que se manifiestan, a los okupas, a los insumisos, a todo el que se resista y levante el puño o la voz. Y no digamos ya si se trata de los “rojos” o “separatistas” ¡Todo vale!

El Estado de los monopolios sólo puede ser un Estado-policía. En la etapa actual de crisis permanente y de descomposición del capitalismo, bajo el nombre de “democracia”, lo que se ha impuesto como normalidad es el Estado de excepción permanente, la propaganda fascista, el terrorismo de Estado y la guerra sucia.

La integración del reformismo

El régimen fascista no podía legitimarse a sí mismo tras la muerte de Franco. El gran “invento” de la Reforma fue la integración del reformismo, que debía aportarle legitimidad y base social. Así fue como los Carrillo y Camacho se convirtieron en los mejores aliados del régimen durante toda la “transición”. Al mismo tiempo, a toda prisa y a base de millones de pesetas y marcos fabricáron un PSOE a su medida. Para que la farsa democrática funcionara, los fascistas de nuevo cuño echaron mano de sus “40 años de lucha antifranquista” y sus “100 años de honradez”, así como de la experiencia en demagogia, traiciones y marrullerías de estos vendidos. Los reformistas se pusieron manos a la obra, enterraron las consignas de “ruptura” con el franquismo, la tradición republicana, la lucha reivindicativa… y comenzaron los cambalaches y los consensos. En cuanto les dieron plaza en el pesebre se convirtieron en los más rabiosos abanderados del régimen. Ya nunca más hablaron de fascismo, de lucha de clases, de explotación y otras antiguallas. Ahora todos éramos “ciudadanos y ciudadanas”, “señores trabajadores” (da igual que sea un banquero, un torturador o un albañil); todo es consenso, pacto, diálogo… todo se negocia y de todo se cobran comisiones, ya sea de un AVE, un “Pacto por el empleo”, una reconversión o un asesinato del GAL.

En cuanto a los sindicatos mayoritarios, hóy son calificados por los obreros avanzados como “mafias sindicales”. Su función ha sido la de imponer a los trabajadores las reconversiones, las congelaciones salariales, la precariedad, el despido libre, los ritmos infernales de trabajo…; a través de continuos “pactos”, “acuerdos” y “negociaciones” han ido eliminando una tras otra las conquistas sociales, anulando en la práctica los derechos de huelga, reunión y manifestación. Han saboteado toda lucha consecuente, han manipulado asambleas, han intrigado para romper la unidad y las luchas. Y, ¡como no!, han denunciado ante los empresarios y la policía a los trabajadores más combativos. Hoy los “sindicatos” han quedado reducidos a un aparato de “liberados” pagados por el Estado que en la práctica son un cuerpo de funcionarios al servicio de la política económica monopolista: un sindicato estatal de elementos corrompidos y mafiosos.

Pero para su desgracia y la de sus amos monopolistas, tanto los partidos como los sindicatos “institucionales” se han hundido al fundir-se con el Estado en una sola pieza. Se jodieron los amortiguadores, podridos de puro servilismo y corrupción, se quemó la hoja de parra del reformismo que debía tapar al régimen sus vergu~enzas. Mientras en otros países capitalistas la “democracia” lleva funcionando décadas y aún tiene cierto margen de maniobra, aquí ha tardado sólo unos años en mostrar su calavera fascista. S¡n embargo, no por ello renuncia la oligarquia a su “juego democrático”; a pesar de que cada vez tienen que actuar más a cara de perro, los fascistas y su desprestigiado coro de partidillos y mafias sindicales no cesañ de bombardearnos con su cantinela de que todo lo hacen en nombre de la “democracia”: dominan por decreto invocando “los intereses generales”, reprimen para “defender la democracia” y explotan para salvaguardar la “economía nacional”. Los enemigos del régimen son “fascistas y terroristas”, y hasta se apoderan de los símbolos de la Resistencia. La ideología, el lenguaje, el arte y la cultura han quedado sometidos al dictado de los intereses del Estado fascista, que amplifica hasta el infinito su mensaje reaccionario y demagógico con el monopolio que ejerce sobre los medios de difusión y la educación.

En conclusión

Hay que darles la razón a los fascistas hispanos cuando dicen que la Reforma está terminada. Efectivamente, el marco está definitivamente cerrado y bunkerizado, con los “demócratas” prietas las filas en torno a la política del Estadopolicía. Sin embargo, ni un solo día ha cesado la resistencia de las masas y las organizaciones revolucionarias. En estas últimas décadas, cada medida que ha tomado el régimen, cada reconversión, cada decreto aprobado por los Gobiernos de tumo, cada ley votada en el parlamento, han tenido que imponerlas de la mano de la Guardia Civil y la policía. La lista de represaliados, detenidos, torturados, encarcelados y asesinados por la “democracia” es espeluznante. De esta forma, las masas obreras y populares han sido expulsadas del sistema, sin ninguna posibilidad de utilizar ese marco legal para defender sus intereses y reivindicaciones. Lo único que nos han dejado es el voto cada equis años y porque les sirve para legitimar al fascismo, de tal manera que ese voto en vez de ser un arma es una cadena a nuestro propio cuello; votar en esta “democracia” no es un acto de libertad sino de esclavitud.

Es Impensable utilizar la legalidad para acumular fuerzas democr~ticas y revolucionarias. Hay que asumir este hecho incuestionable, que ha venido a convertirse también en un ras-go distintivo del moderno Estado capitalista, y descartar cualquier intento legalista y reformista: el fascismo no puede reformarse, sólo se le puede combatir. Hoy, nuevamente, las luchas obreras y populares tienen que prescindir sin complejos de esa legalidad asfixiante, tienen que plantearse de entrada, y desenvolverse, al margen y frente a la ley y al orden del Estado fascista. Y por la misma razón, porque no nos dejan ningún resquicio y los únicos argumentos que nos dan son la represión y la violencia, no tenemos por qué ser respetuosos y exquisitos: estamos legitimados -y obligados- para utilizar todos los medios a nuestro alcance y todas las formas de lucha.

—http://lahaine.org/espana/fascismo_unica.htm

Sobre el fascismo, por Babeuf

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Tomado de Mayéutica M-L





Una de las cuestiones más acuciantes y de mayor importancia para todo revolucionario que se proponga como objetivo la transformación radical del orden económico-social existente es el discernir la naturaleza del órgano que utiliza toda clase dominante para, a través del monopolio de la fuerza, conservar su dominación: el Estado. Y, obviamente, por necesaria que sea, no nos es suficiente con una definición general, que siempre resultará vaga y puramente formal. 

¿Cuál es la naturaleza del Estado español? ¿Qué sistema de dominación corresponde al capitalismo monopolista que nos explota, embrutece y reprime salvajemente? Pero, antes que nada, ¿cuál ha sido el desarrollo de la lucha de clases desde la aparición del imperialismo? ¿Qué significación histórica tiene para el movimiento obrero la aparición delfascismo

Suele haber una confusión muy extendida en amplios sectores del movimiento revolucionario(debido, sobre todo, al confusionismo que la labor de zapa de los carrillistas provocó, engendrando, por reacción mecánica, la profusión de las más peregrinas ideas pequeño-burguesas) con respecto a lo que es el fascismo, a su definición conceptual desde una posición científica, de clase. La mayoría, aterrados ante el infame recuerdo de los campos de exterminio y el sadismo nazi, reducen el fenómeno fascista a un determinado período histórico, ya superado, y a unos determinados países, acentuando hasta lo obsceno las particularidades, singularidades y excentricidades de cada caso para evadir el estudio de su naturaleza. Sin embargo, el fascismo es un fenómeno universal, que se manifiesta a través de determinados casos concretos según las particularidades históricas, culturales, sociales, psicológicas… de cada país. Otras corrientes, más preocupadas por debatir fútiles sutilezas que por agravar la lucha de clases en una orientación revolucionaria, se dedican a charlatanear, al tratar la cuestión del fascismo, sobre “ruptura de la Modernidad”, “terceras vías”… en fin, dejemos que se les sigan convirtiendo en duendecillos los dedos, y que sigan rebanándose los sesos intentando resolver contradicciones fantásticas a través de creaciones fantásticas. Para esa gente, la fuerza motriz de la historia son las ideas, y cuanto más innovadoras y transgresoras sean, mejor se cotizan. 

Pero algunos seguimos prefiriendo, necios que somos, la definición del fascismo que los clásicos del marxismo-leninismo nos aportaron en su día. Y no contento con ello, henchido de carcomida y dogmática ortodoxia, me voy a permitir citar a Dimitrov, cuyos textos sobre el fascismo deberían ser estudiados por todas las generaciones de revolucionarios. 

“La subida del fascismo al poder no es un simple cambio de un gobierno burgués por otro, sino la sustitución de una forma estatal de la dominación de clase de la burguesía -la democracia burguesa- por otra, por la dictadura terrorista abierta.” (El fascismo y la clase obrera; Dimitrov) 

Es decir, para empezar, no se trata de una simple modificación de la táctica de la burguesía, de los vaivenes entre la política liberal y la política conservadora, de los que hablaba Lenin a la hora de explicar que la táctica del partido obrero es variable. No se puede reducir, tampoco, a que la burguesía, en un momento de agudización de la lucha de clases y de desarrollo del movimiento obrero, trate, de forma transitoria, de defender su dominio y sus sempiternos privilegios a través de la violencia sistemática. No se trata de un cambio de gobierno. Se trata, por el contrario, de una modificación en la naturaleza del Estado burgués, de un salto cualitativo de un sistema de dominio burgués a otro; de la misma forma que el imperialismo es la última y decadente etapa del capitalismo, de la misma forma que el monopolismo, las cooperativas, el capitalismo de Estado… suponen la negación del capitalismo dentro de los estrechos marcos del propio capitalismo (una negación que se niega a sí misma) también la superestructura estatal se ve afectada por la entrada del capitalismo en su última fase: a la concentración económica le acompaña la concentración política, la democracia burguesa es negada dentro del marco del dominio burgués. Es el dominio de un muerto viviente, al que le falta un sepulturero histórico. Es el fascismo. (besar a un burgués es besar a un fascista, decían las calles 68eras, no sin razón) 

Resulta necesario realizar un esbozo histórico general que explique el tránsito de la democracia burguesa al fascismo a través del desarrollo de las contradicciones internas del capitalismo y su manifestación social en el exarcebamiento de la lucha de clases, tomando como premisa la definición que diera Lenin sobre la época en la que estamos inmersos, cuya definición nos impone las tareas y medios necesarios para alcanzar nuestro objetivo de suprimir las clases y sus antagonismos. La época del imperialismo agonizante, antesala de la revolución socialista. 

Habremos leído muchas veces, cuando nos repasamos el “Manifiesto del Partido Comunista”, aquello de que la clase obrera es la única clase verdaderamente revolucionaria. Este genial descubrimiento de Marx y Engels, que fueron capaces de vislumbrar en la sufrida (y, considerada por aquellos entonces, en el más magnánimo de los casos, como una clase de desgraciados sufridores, en el peor como populacho vil que bien se merecía su oprobioso destino) clase obrera la portadora de un modo de producción nuevo, cualitativamente superior a la etapa capitalista de la sociedad humana, se convierte en manos de muchos matuteros de feria en una fórmula esquemática, despojada de toda situación concreta, caricaturizando así las verdaderas concepciones del socialismo científico. 

Porque, obviamente, hubo una época en que la burguesía era revolucionaria. Hubo una época en que clamaba con tanto ardor, con tanta vehemencia contra el yugo secular del clero, contra la infamia de las degeneradas monarquías, por la más hermosa igualdad frente a la denigrante y odiada división estamental… que parecía que del mundo, tal como se conocía hasta entonces, no iba quedar piedra sobre piedra. Y, precisamente, el sentido de toda clase revolucionaria es que, mientras lo es, mientras dura su etapa histórica ascendente sus intereses particulares de clase coinciden con los intereses generales de la sociedad: la burguesía se convirtió en la representante oficial de todas las fuerzas sociales enfrentadas al absolutismo feudal (que era tan irracional, tan despojado de necesidad que debía ser suprimido, como hoy el capitalismo). Por lo que, inevitablemente, al arrasar con todas las venerables instituciones del medioevo, al acabar con las sujeciones de la servidumbre y de la gleba no tuvo más remedio que crear unas instituciones democráticas, con unas libertades y derechos que, coincidiendo con sus intereses en su lucha contra la aristocracia, también iban a servir, durante determinada etapa, al tercer contendiente que aparece en la escena social indisolublemente unido al desarrollo capitalista, y que lleva en su seno su superación: el proletariado. 

Por ello Lenin indicaba que la república democrática (en aquellos países donde la burguesía derrocó a la nobleza por la vía revolucionaria) es el mejor envoltorio del capitalismo, precisamente porque, debido a las instituciones democráticas creadas por la burguesía en su lucha revolucionaria, la clase obrera podía realizar un trabajo político abierto, de masas que lograra poner al desnudo la división de la sociedad en clases, sus antagonismos y que sirviera para acumular fuerzas revolucionarias a través de la propia legalidad impuesta por la burguesía. A eso, y a nada más que a eso, es a lo que se refiere Engels en su célebre prólogo a la obra de Marx “La guerra civil en Francia”, donde describe que la clase obrera, en aquellos momentos, conseguía más avances y éxitos a través del parlamento y la prensa que a través de las barricadas, y que era necesario utilizar la legalidad, las instituciones burguesas contra esas mismas instituciones. Hasta aquí, como sabemos, el pretexto que han repetido siempre los reformistas de todos lo colores y pelajes para justificar su traición a los principios revolucionarios y ser cómplices de la explotación asalariada siendo partícipes del cretinismo parlamentario. Pero Engels aún no había acabado su exposición y aclaraba que la burguesía, ante el desarrollo de la lucha de la clase obrera por su emancipación, no tendría más remedio que romper su propia legalidad. Entonces, la clase obrera, roto por los partidos del orden y la ley el orden y la ley, no tendría ningún inconveniente ni estorbo en volver a las barricadas. 

¿Cuándo rompe la burguesía su propia legalidad? ¿Cuándo resquebraja y despoja de sus funciones a las instituciones que podían servir al proletariado para luchar contra esas mismas instituciones? Hay un momento en el desarrollo histórico del capitalismo, en el que éste pasa de su fase ascendente, progresiva a su fase de decrepitud y putrefacción; en el que pasa de ser un estímulo poderoso para el desarrollo de las fuerzas productivas que lo engendraron a una traba insoportable: la acumulación capitalista, por su propia dinámica interna, concentra el capital transformando el libre cambio en monopolismo; el capital industrial se funde con el bancario, dando paso al capital financiero, cuyos miembros más poderosos pasan a formar la reducida oligarquía financiera, que pone bajo su férula toda la vida económica, política y social; la exportación de capital se vuelve fundamental, convirtiendo al capitalismo en un monstruoso sistema de opresión del mundo por un puñado de naciones imperialistas, lo que acentúa sus rasgos parasitarios y rentistas; todas las contradicciones intrínsecas al capitalismo se agravan, alcanzan su paroxismo; el gran capital monopolista se encuentra cada vez ante más problemas para contrarrestar la tendencia decreciente de la cuota de ganancia y para la realización de la plusvalía, la lucha por los mercados, las materias primas, las esferas de influencia, los intereses geoestratégicos… pasan a un primer orden: la propia naturaleza del imperialismo empuja hacia el reparto del mundo, en un mundo ya repartido. A esta época, el imperialismo, Lenin la describió, en términos políticos, como una tendencia a la reacción. Pues bien, es tras la entrada del capitalismo en su fase imperialista y, no menos importante, tras la experiencia que supuso en el terreno de la lucha de clases para la burguesía mundial el triunfo de la Revolución de Octubre, cuando la oligarquía financiera acelera el proceso de liquidación de los resquicios legales que podría utilizar la clase obrera en su lucha por instaurar su dominación de clase, proceso que culminará con el ascenso al poder del fascismo durante la década de los 20 y 30. Ya antes, en los países en los que la burguesía había seguido una vía de componendas con la nobleza terrateniente, empezaban a surgir, bajo formas jurídicas, los primeros gérmenes del sistema de dominación burgués que corresponde al imperialismo. En Alemania, tras la unificación de 1871 por la vía prusiana, surgieron varios juristas (Laband y Jellinek; Duguit en Francia) que afirmaban que el concepto de soberanía popular no era más que una abstracción y que, por lo tanto, la soberanía debía residir en el Derecho el cual, faltaría más, siempre expresa, a través de semejantes juristas e ideólogos, las relaciones burguesas y su ordenación de la propiedad. Precisamente, ése es el origen de los hoy cacareados hasta la saciedad Estados de Desecho (* tras la ejecución de Carrero Blanco, también los jerifaltes del fascismo franquista hablaban de los instrumentos del Estado de Derecho que poseían para combatir al terrorismo… curioso, verdad?). El Derecho clásico, liberal se fundamenta en que reconoce derechos incluso a sus enemigos, a los que se oponen a él. Es decir, juzga hechos concretos jamás los fines u objetivos. La forma de la división de poderes, su ordenación jerárquica, podríamos decir, colocaba al legislativo en posición dominante con respecto al ejecutivo y al judicial, los cuales se limitan a realizar lo que dicta el legislativo, de donde emana la voluntad y soberanía popular. Incluso la burguesía victoriosa, en un alarde de democratismo, reconocía el único derecho en el que descansan todos los Estados modernos: el derecho a la rebelión, a la resistencia. La burguesía revolucionaria no podía conculcar ese derecho porque ella había alcanzado el poder político precisamente por vía revolucionaria y esto se manifestó en el Derecho liberal. Pero el avance impetuoso del proletariado, consciente de sí mismo, a través de la propia legalidad que la burguesía había tejido a su medida le hizo recular en su desprendido democratismo. Así lo describió Reinhard Kühnl: “Cuando, en el curso del siglo XIX, los representantes de las masas trabajadoras comenzaron a entrar en número cada vez mayor en los Parlamentos, el principio de la soberanía popular amenazó con volverse contra la misma burguesía. Ahora, el ejecutivo era, a los ojos de la burguesía, un factor político con cuya ayuda tal vez conseguiría poner coto a los peligros de la democracia… Tarea no menos importante era la de inmunizar a la administración de justicia contra la influencia de la voluntad popular”. La burguesía temía que el proletariado, consiguiendo una mayoría en el legislativo, transformara radicalmente el orden económico-social. La Revolución de Octubre confirmó a la burguesía mundial el peligro real que suponía la lucha revolucionaria de la clase obrera. Pasó a la reacción, a liquidar los restos de democracia burguesa que aún quedaban. Uno de los fenómenos más característicos tras Octubre es la proliferación de los Tribunales Constitucionales y el declive de las teorías positivistas del Derecho “Después de la caída del Estado monárquico autoritario-continúa Kühnl-, la teoría positivista del Estado y del Derecho no bastaba ya para garantizar la hegemonía burguesa. El positivismo, que aceptaba la ley estatal como norma suprema independientemente del contenido, sólo podía seguir constituyendo una teoría adecuada en tanto el poder estatal y legislativo continuaran en manos de las fuerzas antisocialistas. Pero después de la institución de la democracia parlamentaria existía el peligro de que las clases inferiores pudieran alcanzar una influencia decisiva en el Parlamento y modificar así, a través de la legislación, el orden social. No es, por consiguiente, casualidad que, después de 1918, el positivismo perdiera su posición de privilegio en la teoría burguesa del Derecho público[…]Es cierto que ya antes se habían elaborado teorías que intentaban reforzar el poder de la justicia…[…]Resulta comprensible que hasta después de 1918 no se impusieran teorías que intentaban desautorizar al legislador: algunos profesores de Derecho natural declararon abiertamente que el legislador no podía en modo alguno estructurar a su capricho el orden social, sino que estaba obligado a respetar ‘normas superiores’, que, examinadas de cerca, se comprobaba eran siempre las normas de la sociedad burguesa y de su ordenación de la propiedad. Intérpretes de estas normas fueron los profesores de Derecho público que, por su origen y condición social,por sus intereses y mentalidad, reunían todas la garantías necesarias. Los jueces invocaron su derecho a comprobar que todas las deliberaciones de la Asamblea Nacional estaban de acuerdo con la Constitución y, llegado el caso, a rechazarlas como no válidas. […]Esa forma de división de poderes, que erigía el tercer poder en instancia superior de control frente a la representación popular, convertía ciertamente la democracia en una farsa” Es lo que acabó imponiéndose en todos los países Imperialistas, cuya expresión jurídica más diáfana es el artículo 18 de la Ley Fundamental de Bonn, que niega el ejercicio de derechos a quien se enfrenta al orden constitucional. En el Estado español el artículo 55.2 de la Constitución, por ejemplo, no es más que el Decreto antiterrorista de agosto del 75 (que se mantuvo hasta el año 79, en que fue sustituido por la también draconiana Ley de Seguridad Ciudadana), que legaliza el estado de excepción permanente, la «normalidad» con la conculcación y violación de los derechos fundamentales y las libertades políticas y civiles e introduce (o, más bien, conserva, continúa) los procesos penales y procesales basados en la sospecha, la analogía y la interpretación subjetiva. O el artículo 22.2 de la Constitución, que considera asociaciones ilegales las que persigan fines ilegales, por lo que la propia Constitución se convierte en un instrumento penal para la represión de la actividad política. Si antes toda la actividad política estaba subordinada a los Principios Fundamentales del Movimiento (es decir, todo lo que no aceptara ése referente político externo era delito) ahora lo está a la Constitución. O, en fin, la legislación antiterrorista que define y tipifica el terrorismo basándose en que busque subvertir el orden constitucional o alterar la paz pública. Ni que decir tiene que nos encontramos ante las antípodas de la democracia burguesa. 

Es decir, que el fascismo es la forma de dominación, la expresión estatal de la dictadura de la oligarquía financiera, dictadura que adopta una forma terrorista abierta y que se podría definir como la contrarrevolución organizada permanentemente, el blindamiento de los Estados imperialistas con todo un arsenal de leyes represivas, antidemocráticas y de excepción, para evitar que, tras la acumulación de fuerzas revolucionarias a través de la legalidad y las instituciones burguesas, le volviese a pillar desprevenida (a la oligarquía) un conato o estallido insurreccional a lo Octubre. La falta de comprensión por parte del Movimiento Comunista Internacional del paso de un sistema de dominio burgués a otro y la consiguiente modificación en cuanto a las formas de lucha, no sabiendo encuadrar y subordinar las viejas formas correspondientes a la anterior etapa del desarrollo del capitalismo y del movimiento obrero a las nuevas formas que se desprenden de la actual fase del capitalismo, es lo que explica la obcecación inicial por parte del MCI de extrapolar mecánicamente y repetir la vía insurreccionalista, tomando como modelo esquemático la Revolución de Octubre (sin tener en cuenta que las particularidades de aquella revolución que estremeció al mundo es casi imposible que se vuelvan a dar), con tantos fracasos como intentos habidos. Después, tras los diversos intentos ahogados en sangre, en lugar de organizar, potenciar y situar en lugar primario las nuevas formas de lucha y organización que corresponden a la fase imperialista (como hiciesen Lenin primero y Mao después, manteniendo vivo el espíritu revolucionario del marxismo, en lugar de aferrarse a su letra muerta y a fórmulas escolásticas, como todos los revisionistas), el abigarrado y vacilante MCI volvió a desenfundar el decrépito arsenal de la anterior etapa de la lucha de clases, profesando todas las formas de lucha (parlamentarismo, pacifismo, los medios legales, la lucha sindical clásica…) ya asimiladas y neutralizadas por la oligarquía financiera. Era pólvora, sí, pero ya estaba mojada. Semejante política, a nivel internacional, estaba justificada en la década de los 20, con el mundo inmerso en un período de repliegue revolucionario (de ahí la consigna del frente único y de ir a las masas, estrategia propuesta por los comunistas alemanes, que se chocaban una y otra vez en los intentos de organizar una insurrección victoriosa en un Estado imperialista desarrollado) y en la década de los 30, cuando la defensa de los vestigios que aún persistían de democracia liberal-burguesa pasó a tener en la clase obrera su única y consecuente valedera, frente a la pusilanimidad y complicidad de la burguesía democrática, no monopolista y la socialdemocracia. Pero, tras la II GM, la derrota del nazi-fascismo y el militarismo japonés y al calor del auge y consolidación de los movimientos de liberación nacional en los países coloniales y de la instauración de regímenes de República Popular en el Este de Europa y China, parecía que la clase obrera de los países imperialistas podría recoger los frutos que su abnegado y heroico sacrificio en la dirección de la resistencia antifascista parecían garantizar… omitiendo que la base económica imperialista se mantenía incólume, que la misma oligarquía financiera que había auspiciado la ignominia nazi-fascista continuaba detentando el poderío económico y todos los resortes del poder político y estatal. Olvidaban lo que certeramente señalase Dimitrov al respecto: «Considerar el fascismo como un fenómeno temporal y transitorio que dentro de los marcos del capitalismo podría ser reemplazado por el restablecimiento del viejo régimen democrático-burgués […] es hacerse ilusiones vanas”(Acerca de las medidas de lucha contra el fascismo y los sindicatos amarillos. Intervención en el IV Congreso de la Internacional Sindical). Y la oligarquía financiera, inservible y superfluo ya el fascismo de viejo cuño, pasó a integrar en su sistema de dominación a la socialdemocracia, como un epígono más, a la par que instauraba en todo el mundo la dictadura de los estados de excepción permanentes, las Doctrinas de Seguridad Nacional, las estrategias contrainsurgentes y los Estados policíacos. A esta contrarrevolución organizada de forma permanente vendrían los revisionistas a ofrecerle sus canallescos y pérfidos servicios, con la usurpación, en el año 56, por parte de la camarilla revisionista de Jruschov de la dirección del PCUS y la plataforma ideológica y política que supuso para el revisionismo internacional el XX Congreso del PCUS. Pese a que, a grandes rasgos, la línea política y la estrategia del MCI fue correcta y justa en las décadas de los 20 y 30, sabiéndolas adaptar a las condiciones concretas de dichos períodos, no se supo discernir la tendencia histórica general hacia la reacción y, en base a ello, trazar una estrategia que correspondiese a las nuevas condiciones (labor que correspondió, en gran parte, a Mao Zedong y al PCCh), lo que fue aprovechado por la línea revisionista para absolutizar los métodos pacíficos, legales y parlamentarios y atar al movimiento obrero a las formas de lucha y a la estrategia correspondientes a la etapa del desarrollo pacífico del capitalismo. Para ello, intentaron pasar de matute la caduca morralla bernsteiniana como la última palabra del marxismo-leninismo. Así, ideuchas y prejuicios revisionistas del tipo tránsito pacífico al socialismo, las vías parlamentarias y el misticismo y veneración hacia la legalidad siguen floreciendo, como mala hierba, en el seno del movimiento obrero y popular. 

¿Cómo abordaron Lenin y los bolcheviques, en el terreno del desarrollo histórico de la lucha de clases y las formas y métodos de lucha que de éste se desprenden, la cuestión del tránsito de la época del capitalismo premonopolista a la época imperialista? ¿Cuál es el indisoluble nexo entre el imperialismo, el fascismo y el revisionismo reformista? 

“La bancarrota de la II Internacional es la bancarrota del oportunismo socialista. Este último es producto de la precedente época «pacífica» de desarrollo del movimiento obrero. Dicha época ha enseñado a la clase obrera medios de lucha tan importantes como la utilización del parlamentarismo y de todas las posibilidades legales, la creación de organizaciones económicas y políticas de masas, de una amplia prensa obrera, etc.. Por otra parte, dicha época ha engendrado la tendencia a negar la lucha de clases y a predicar la paz social, a negar la revolución socialista, a negar por principio las organizaciones clandestinas, a admitir el patriotismo burgués, etc..” (Resoluciones sobre la guerra imperialista, POSDR, 1915) 

Al desarrollo pacífico del capitalismo premonopolista (teniendo en cuenta siempre que todo desarrollo capitalista es a través de contradicciones, antagonismos de clase, luchas y explotación), coincidiendo con la época en el que el capitalismo aún era un modo de producción vital y en ascenso, y la burguesía una clase que, históricamente, aún podía aportar algo positivo a la humanidad, le correspondía un sistema de dictadura burguesa que, por su contenido y forma, podían ser utilizadas por el proletariado como clase políticamente independiente para acumular fuerzas en preparación de la ulterior toma del poder político. Precisamente, no es que el revisionismo como corriente, como fenómeno internacional hunda sus raíces en un error teórico, en una incomprensión del marxismo o en la ignorancia o perversidad de algunos dirigentes. El revisionismo es un fenómeno mundial que coincide con la aparición del imperialismo; de la necesidad de la oligarquía financiera de integrar en su sistema de dominación a la clase obrera para neutralizarla e intentar frenar la tendencia histórica hacia la revolución socialista. Y esto se sustenta, o tiene sus premisas, en los siguientes aspectos: 

– como base social, las capas de la aristocracia obrera sobornada y corrompida al calor de las superganancias imperialistas; y la pequeña-burguesía en proceso de proletarización por la concentración de capital y el aumento de la composición orgánica de capital 
– diversificando su ideología, viéndose obligada la oligarquía financiera a disfrazarse de marxista para poder penetrar con su ideología y política en el seno del movimiento obrero 

El revisionismo no es un fenómeno ajeno, desligado del socialismo científico y del movimiento obrero. Se trata de una hinchazón, de la totalización de una fase concreta por la que tuvo que atravesar el movimiento obrero, caracterizado por el desarrollo pacífico, la extensión de la democracia burguesa y la sustitución de las conspiraciones, las sociedades secretas y la lucha abierta de barricadas por la participación en el parlamento, la difusión legal de prensa y, en última instancia, la huelga política de masas como estrategia para el derrocamiento del poder burgués. Y con esos métodos se avanzó tanto, se extendió en tal magnitud el movimiento obrero y la influencia de los partidos orientados por el marxismo que, en lugar de saber, en todo momento, combinar absolutamente todos los métodos y formas de lucha para fundirlos en un sólo torrente por la revolución socialista, se ató al movimiento obrero a aquellas formas y cuando dejaron de ser válidas, cuando fueron asimiladas por la burguesía todas aquellas fórmulas anquilosadas que vendía la socialdemocracia como panaceas revolucionarias válidas para todas las épocas y lugares, ésta ya no pudo evitar su total bancarrota, no pudo enmascarar que había envilecido de tal forma el marxismo, despojándolo de su espíritu esencialmente crítico y revolucionario, que se había convertido, de destacamento obrero de vanguardia en epígonos de la burguesía, en lugartenientes de la burguesía en el seno de la clase obrera. Fue a Lenin y los bolcheviques a quienes les correspondió, casi en solitario, restituir los principios revolucionarios del marxismo, romper con los desfasados esquemas que había sido elevados a la categoría de dogmas por la carcomida ortodoxia de la II Internacional y encuadrar las viejas formas de lucha del movimiento obrero en las nuevas que las condiciones de surgimiento del capitalismo monopolista iba estableciendo, sirviendo a éstas. Así describía Stalin la cuestión al definir los fundamentos del leninismo: «El imperialismo es la omnipotencia de los trusts y de los sindicatos monopolistas, de los bancos y de la oligarquía financiera de los países industriales. En la lucha contra esta fuerza omnipotente, los métodos habituales de la clase obrera -los sindicatos y las cooperativas, los partidos parlamentarios y la lucha parlamentaria resultan absolutamente insuficientes. Una de dos: u os entregáis a merced del capital, vegetáis a la antigua y os hundís cada vez más, o empuñáis un arma nueva: así plantea la cuestión el imperialismo a las masas de millones de proletarios» 

Sólo así, enfocando la lucha de clases como un proceso histórico, sin caer en la estrechez de miras ni en una concepción empirista de la práctica, y teniendo una comprensión de las leyes dialécticas del movimiento podremos sintetizar, estructurar y organizar la experiencia histórica de la lucha de clases y discernir la naturaleza de los Estados monopolistas modernos y las formas de lucha que corresponden a la etapa de desarrollo en que nos encontramos. Sólo a través de la comprensión de que las formas que adopta la lucha de clases están indisolublemente ligadas a la época general en que nos encontramos, que con el tránsito al Imperialismo hay también un cambio en éstas y que debemos desechar, despojarnos de todo lo que haya de anticuado, estéril y fosilizado en las viejas formas de lucha y tomar lo que aún nos pueda servir, sabiendo que sólo nos podrán ser útiles en la medida en que queden encuadradas y subordinadas a las nuevas formas de lucha.

Las formas de dominación del Estado burgués (XI y última)

Juan Manuel Olarieta

Democracia y dictadura del proletariado


En su carta a Weydemeyer de 1852, Marx reconocía que él no había descubierto ni la existencia de las clases ni la lucha entre ellas, y que su aportación consistía en haber demostrado que «la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado» (32). Tras la Comuna de París de 1871 él y Engels insistieron en la trascendencia de la dictadura del proletariado, como se observa en su obra «Crítica del Programa de Gotha», en donde constatan que en algunos países y hasta donde la burguesía es capaz de llegar, las reivindicaciones democráticas «están ya realizadas», por lo que es absurdo repetir la «vieja y consabida letanía democrática» (33). No se trataba de reclamar algo que el proletariado ya habia conquistado, sino de ir más allá, al socialismo y, por consiguiente, implantar la dictadura del proletariado.

La dictadura del proletariado es el reconocimiento de la naturaleza de clase del Estado propio del proletariado. Las experiencias posteriores a la Revolución de 1917 demostraron que tan importante como hacer la revolución es saber defenderla. En el socialismo subsisten las clases y la lucha entre ellas y para acabar con él la burguesía no vaciló en unirse en todo el mundo para atacar militarmente al poder soviético, desde dentro y desde fuera. La URSS no disfrutó ni de un minuto de respiro porque la burguesía ni se resigna, ni tiene tampoco las dudas éticas que manifiesta el proletariado. Expulsada del poder, ella jamás se planteó recurrir a métodos democráticos y pacíficos de oposición, jamás salió a la calle detrás de una pancarta reivindicando su derecho a la propiedad privada. El Ejército Rojo, el gulag, los procesos de Moscú, el KGB y demás instituciones de la dictadura del proletariado en la URSS fueron la guillotina de la revolución proletaria, el reverso de los terribles desafíos que siempre acosaron al socialismo. Lo mismo que la aristocracia, la burguesía morirá matando y el proletariado estará obligado a defenderse.

A diferencia de la burguesía, los comunistas no hablan en nombre de toda la sociedad sino sólo de una parte de ella: el proletariado y, a traves de él, hablan también en nombre de todos los demás oprimidos, es decir, de la inmensa mayoría del mundo. Cuando se refieren a las libertades y los derechos consideran a las personas como trabajadores y en tanto que trabajadores. Para ellos el «Estado de todo el pueblo» al que se refirió Jruschov en 1956 es un imposible histórico y no tiene, pues, ningún sentido político. Sin embargo, para justificar el desmantelamiento del socialismo y de la URSS como Estado, en su «Informe secreto» Jruschov afirmó que la dictadura del proletariado ya no tenía ningún sentido porque «las clases explotadoras habían sido liquidadas» (34). Según los revisionistas, al liquidar a la burguesía sólo queda «el pueblo», que debían entender como algo de naturaleza residual, en cuyo caso el «Estado de todo el pueblo» tendría esa misma naturaleza residual, es decir, ambigua.

Este tipo de expresiones son realmente extrañas. Es como si Tocqueville hubiera escrito en 1850 que la aristocracia había sido «liquidada». ¿Cómo se liquida a una clase social?, ¿exterminando físicamente a sus miembros, uno por uno? Ni siquiera así desaparecería. La tarea de la dictadura del proletariado, como escribió Engels, consiste en «someter» a la burguesía como clase social (35), que es la misma expresión utlizada luego por Lenin: se trata de «romper la resistencia de los explotadores» (36), lo que comienza poniendo en práctica una serie de medidas económicas y políticas, fundamentalmente, que socavan su poder. Es más, el socialismo no puede atacar frontalmente a toda una clase, como la burguesía, sino a través de sus elementos más fuertes y destacados, los monopolistas, los financieros, los grandes propietarios de tierras, quienes además de perder su poder político, deben ser expropiados también de lo que constituye la fuente del mismo: sus medios de producción.

Pero la expropiación no tiene poderes mágicos; el socialismo no se inventa, decía Lenin. La lucha de clases subsiste en esa etapa porque la expropiación no es un acto sino un proceso diversificado y dilatado en el tiempo. No supone sólo el empleo de «métodos de represión implacables» sino también de «métodos de compromiso», en los que se debe indemnizar a una parte de la burguesía, o incluso no expropiarla en absoluto y «sentarse a la misma mesa que ella» (37). El socialismo no puede tratar de manera homogénea a clases y sectores sociales que son diferentes. Tan demagógico como proponer el «Estado de todo el pueblo» es hablar de «clase contra clase»; tan erróneo como olvidarse de los «métodos de represión» es olvidarse de los «métodos de compromiso».

En la edificación del socialismo, un proceso que es económico tanto como político, el proletariado cumple una segunda tarea: asumir por sí y para sí la planificación, organización, dirección y gestión de las empresas socializadas de la industria, de la alimentación, de las finanzas, de los transportes, de la energía y, en fin, de toda la economía de un país, lo cual exige aprendizaje y experiencia, entre otras muchas cosas, ninguna de las cuales se improvisa. A lo largo de ese proceso sigue siendo fundamental la acumulación de fuerzas y la ampliación de la capacidad representativa y la legitimación política del proletariado, para lo cual es imprescindible ganarse a la pequeña burguesía tanto como someter a la grande. En palabras de Lenin, tan necesaria como la dictadura del proletariado es «la extensión de la democracia a una mayoría aplastante de la población» (38).

La dictadura del proletariado, pues, debe seguir acumulando fuerzas bajo el socialismo. La lucha de clases tendrá entonces una naturaleza militar sólo si la agresión es militar, será política cuando el desafío sea político e ideológica cuando los ataques sean de esa naturaleza. El objetivo no es «liquidar» a la burguesía sino poner los medios, fundamentalmente económicos, para que se extinga como tal clase social, un proceso paralelo al de la ampliación de las fuerzas del proletariado, porque éste es la única clase social que lleva en sí misma los gérmenes de su propia autodestrucción: «Esta descomposición de la sociedad, en cuanto clase particular, es el proletariado» (39). El proletariado no es una clase simétrica a la burguesía cuyo objetivo sea perpeturarse como clase, y mucho menos como clase en el poder. A diferencia de ella, «el proletariado, en tanto que proletariado, se encuentra forzado a trabajar por su propia supresión». Marx y Engels insistieron especialmente sobre este carácter representativo del proletariado y su significado histórico: «Si el proletariado conquista la victoria, esto no significa abolutamente que se haya convertido en tipo absoluto de la sociedad, pues sólo es victorioso suprimiéndose a sí mismo y a su contrario» (40). La sociedad del futuro es, pues, una sociedad sin clases porque es una sociedad de proletarios; ese es el significado del comunismo.

Si el proletariado se extingue como clase, la dictadura del proletariado tiene ese mismo destino: su autodestrucción. Por lo tanto, tan errónea como la «liquidación» de la burguesía de la que hablan los reformistas, es la «abolición» del Estado de la que hablan los anarquistas. El Estado de clase se extingue con la extinción de las clases sociales. Sin embargo, no se logrará por la promulgación de un decreto que así lo establezca sobre un papel, sino porque la dictadura de proletariado significa la más consecuente expresión de la democracia política, porque el proletariado representa y satisface los intereses de sectores sociales cada vez más amplios que, finalmente, son los suyos propios.

Para el proletariado la democracia no es, pues, un objetivo táctico sino estratégico, indisolublemente ligado a la construcción del socialismo. La democracia pone los cimientos para que el Estado se pueda extinguir, es decir, para la realización del comunismo. El sufragio universal, escribió Marx, anula «una y otra vez el Poder estatal», pone en tela de juicio «todos los poderes existentes», «aniquila la autoridad» y amenaza con «elevar a la categoría de autoridad a la misma anarquía» (41).

El socialismo es un proceso dirigido y planificado conscientemente hacia ese objetivo y por medio de él. En su edificación el proletariado participa y decide democráticamente como clase social, incorporando a su seno a sectores cada vez más numerosos y ampliando su capacidad de representación política. Es un proceso histórico que empieza y acaba en la democracia, como decía Lenin: «Sólo el comunismo puede proporcionar una democracia verdaderamente completa; y cuanto más completa sea antes dejará de ser necesaria y se extinguirá por sí misma» (42).

Notas:

(32) Marx, Carta a Weydemeyer, Obras Escogidas, tomo II, pg.481.
(33) Marx, Crítica del Programa de Gotha, Obras Escogidas, tomo II, pgs.25-26.
(34) Branko Lazitch: Le rapport Khrouchtchev et son histoire, Seuil, Paris, 1976, pg.84.
(35) Engels, Carta a Bebel, marzo de 1875, Obras Escogidas, tomo II, pg.36.
(36) Lenin, El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo II, pg.363.
(37) Lenin, Acerca del infantilismo izquierdista, Obras Completas, como 36, pgs.313 a 321.
(38) Lenin, El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo II, pg.364.
(39) Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, cit., pg.115.
(40) Marx y Engels, La sagrada familia, cit., pgs.50 y 51.
(41) Marx, Las luchas de clases en Francia, Obras Escogidas, tomo I, p.229.
(42) Lenin, El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo II, pg.364.

Las formas de dominación del Estado burgués (X)

Juan Manuel Olarieta

La teoría de la democracia como instrumento


De la errónea concepción de la neutralidad del Estado burgués, los revisionistas deducen una concepción instrumental, también errónea, de la democracia que, en definitiva, conduce a propugnar un cambio «desde dentro» o una posible transición pacífica o legal al socialismo. Algunos suavizan este programa diciendo que su propuesta de «utilización» del Estado burgués es puramente «táctica» pero que su estrategia es la contraria: realmente quieren acabar con él formando parte de él.

Al mismo tiempo, por los mismos motivos que los revisionistas, los izquierdistas llaman a luchar contra la «democracia burguesa» e incluso contra cualquier programa democrático. Hace años en un centro okupado en los alrededores de Madrid, alguien colgó una pancarta que decía: «¡Abajo la democracia!» y recientemente un lamentable artículo de «Kaos en la Red» titulaba: «La democracia burguesa es un peligro para la humanidad» (28).

La formulación de cualquier programa político en esos términos expresa una coincidencia de ambos, revisionistas e izquierdistas, con el discurso dominante de la burguesía según el cual el Estado («su» Estado) es democrático, hasta el punto de que la democracia se suele confundir con una clase (la burguesía) y con un modo de producción (el capitalismo). Esas nociones han llegado a convertirse en sinónimas, creando la ilusión de que la lucha contra la burguesía, contra el Estado burgués y contra el capitalismo no defiende la democracia sino que se opone a ella, es decir, que es antidemocrática. Es un gravísimo error que no se opone sino que se suma al de los reformistas y su supuesta «utilización» de la democracia.

La experiencia histórica ha demostrado sobradamente que el Estado burgués es beligerante y no le permite al proletariado acceder al poder por las vías legalmente establecidas, ni tampoco la ejecución desde el gobierno de ningún tipo de políticas socialistas características, tales como la expropiación de los monopolios, los bancos y la tierra, o la planificación económica. En este punto se hace necesario volver a insistir y reiterar:

a) que el apoyo de la burguesía a los manejos reformistas no se debe confundir con el socialismo porque su objetivo es el opuesto: apuntalar el capitalismo

b) que es una ilusión imaginar que las conquistas que el movimiento obrero logra alcanzar bajo el capitalismo confirman la posibilidad de acceder al socialismo por medios pacíficos, legales o mediante la sustitución de un gobierno por otro

c) que el Estado burgués sea beligerante no justifica por sí mismo el abstencionismo político o electoral propugnado con carácter sistemático

La revolución socialista no consiste en la «toma del poder político», como a veces se dice de manera imprecisa. Tras la experiencia de la Comuna de París, Marx concluyó que «la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines» (29). Por el contrario, debe destruir el Estado burgués, lo cual es consecuencia obligada de su naturaleza de clase. En cada país el Estado burgués se ha configurado históricamente para que una clase minoritaria, la burguesía, aplaste a la mayoría, el proletariado. Ese proceso también es irreversible: no se puede «utilizar» ese Estado en la dirección inversa. Con el transcurso del tiempo esa imposibilidad instrumental se ha acentuado de manera que, en la mayor parte de los países, hoy el proletariado no puede esperar gran cosa de un simple cambio de gobierno, ni de instituciones, ni de leyes. Antaño esos cambios podían ser importantes, e incluso se les pudo calificar de revolucionarios en cierta medida, pero hoy son prácticamente irrelevantes.

En su revolución el proletariado, pues, cumple dos funciones al mismo tiempo: destruye un Estado y construye otro distinto. La experiencia demuestra, además, que esa tarea no ha sido, ni será en el futuro, pacífica porque es consecuencia inevitable de la lucha de clases, que en el siglo XIX se llamó también «guerra de clases» porque en última instancia, tarde o temprano, conducía a un enfrentamiento militar. La revolución desencadena una contrarrevolución y la burguesía opone una resistencia violenta a los cambios, recurriendo a las peores formas represivas, tanto en el momento anterior como en el posterior a la revolución. Ahora bien, que no sea pacífica no quiere decir que la revolución socialista sólo pueda ser violenta, una guerra permanente, sino que es ambas cosas al mismo tiempo.

La experiencia también demuestra que la revolución socialista no ha sido posible nunca a través de las vías legales y el transcurso del tiempo lo que pone de manifiesto a cada paso es que todas las modificaciones de la legalidad conducen a impedir la organización y la actuación abierta del proletariado, es decir, a impedir el ejercicio de sus derechos y, por lo tanto, al fascismo. La burguesía aprende más, mejor y más rápidamente que el proletariado y después de 1917 no se ha vuelto a dejar sorprender por una acumulación acelerada de fuerzas por parte del proletariado. Las nuevas medidas que ha introducido en el funcionamiento de su Estado a partir de 1945 siguen a ultranza esa política punitiva.

En los países adelantados, la burguesía ha pasado de la represión a la prevención; para evitar futuras medidas traumáticas, el Estado se ve forzado a tomar la iniciativa para impedir que el proletariado se organice bajo su paraguas de manera legal, gradual y pacífica. Los Estados imperalistas han convertido en permanente el estado de excepción, cerrando progresivamente todos los cauces legales y convirtiendo en delitos lo que antes eran derechos. Hoy la legalidad es un cepo que sólo atrapa a los ratones más inofensivos.

Pero no se trata sólo de medidas legales ni institucionales, sino también políticas y sociales. Hace tiempo que las universidades norteamericanas han inventado la «ingeniería social» con el fin de asegurar la «gobernabilidad» de un capitalismo que se hunde irremisblemente. Los medios implementados van desde la intoxicación propagandística hasta el empleo del reformismo, de toda esa constelación variopinta de grupos sin los cuales la burguesía no podría camuflar la esencia de su sistema de dominación. Lo que traviste al fascismo moderno no son las payasadas electorales periódicas sino esas decenas de figurantes que se presentan a ellas, poseídos por el «cretinismo parlamentario» (30). La retórica reformista se excusa con el llamamiento a «aprovechar» ciertos espacios de libertad y la supuesta existencia de unas «posibilidades» de llegar a un auditorio amplio que, finalmente, acaban en una apología sistemática de la legalidad fascista. Ni siquiera la burguesía se muestra tan entusiasta de su propia legalidad. Los reformistas no «utilizan» las elecciones sino que las elecciones les utilizan a ellos. No es, pues, una «utilización» inútil.

La burguesía no se despista; reconoce claramente a sus amigos de sus enemigos. Por eso la política contrainsurgente de su Estado es discriminatoria; mientras por un lado promueve toda esa constelación de grupos oportunistas que se mueven (e incluso protestan) en la legalidad, por el otro persigue, reprime y encarcela a los verdaderos revolucionarios.

El recurso a la violencia para lograr la revolución socialista no depende del proletariado. Sus medios de accción son fundamentalmente reactivos. Una correlación de fuerzas desfavorable le obliga a actuar en las condiciones impuestas por la burguesía. Si las mismas son de legalidad, el proletariado debe triunfar, y si son de clandestinidad, también debe triunfar. Para ello debe aprender a luchar en cualquier clase de situaciones que la burguesía imponga. El planteamiento dicotómico de las formas de organización y actuación es, pues, absurdo: «La socialdemocracia -decía Lenin- no se ata las manos, no circunscribe sus actividades a un plan o a un procedimiento cualesquiera de lucha política concebidos de antemano: admite todos los medios de lucha con tal de que correspondan a las fuerzas efectivas del partido y permitan lograr los mayores resultados posibles en unas condiciones dadas» (31).

Desde los tiempos de Lenin lo que se ha acentuado es el recurso de la burguesía al fascismo, por lo que en todo el mundo las formas de acción y organización del proletariado van adquiriendo progresivamente un carácter predominantemente clandestino y violento. La galopante crisis del capitalismo acelerará ese proceso aún más.

Notas:

(28) Ricardo Ferré: La democracia burguesa es un peligro para la humanidad, http://www.kaosenlared.net/america-latina/item/36698-la-democracia-burguesa-es-un-peligro-para-la-humanidad.html
(29) Marx, Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia en 1871, Obras Escogidas, tomo I, pg.539.
(30) Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pgs.105 y 133.
(31) Lenin, Tareas urgentes de nuestro movimiento, Obras Escogidas, tomo I, pg.114.

Las formas de dominación del Estado burgués (IX)

Juan Manuel Olarieta

El papel de la monarquía en el régimen fascista español


No obstante, los semirrevolucionarios siguen jugando con la confusión. Creen que la monarquía es en España como en Dinamarca y dicen que aunque cambiara la forma del Estado nada sustancial cambiaría; a lo máximo España sería como Portugal u otra república vecina. Seguimos, pues, fuera de la historia, en el limbo de las abstracciones. No hace falta poner la lupa a la historia para comprobar que en España las dos Repúblicas que han existido han supuesto otros tantos momentos fugaces de libertad, de los pocos que las masas han podido disfrutar, por lo que se han grabado a sangre y fuego en su corazón y su memoria. Aquí entre sectores muy amplios, que van mucho más allá del proletariado, la República es sinónimo de libertad y ha conducido antes y conducirá siempre a las masas a la revolución. Parece increíble que los semirrevolucionarios de salón se atrevan a menospreciar este caudal político, que va bastante más allá del banquete: es una opípara comilona.

Hoy en España la monarquía es uno de los pilares fundamentales del monopolismo. La Corona española estaba arruinada cuando en 1964 Franco nombró heredero político al actual rey, hasta el punto de que la Casa Real tuvo que vender la Corona para pagar sus deudas; actualmente es una de las mayores fortunas del mundo. Por lo tanto, lo mismo que el resto del capital monopolista, también la Corona debe su fortuna al terrorismo de Estado. Por si cabían dudas, el asunto KIO demostró que una parte muy importante de los circuitos financieros y comerciales pasan por la monarquía, donde pagan su peaje correspondiente.

Pero en Europa hay otras monarquías tanto o más engolfadas en el capital monopolista que la española. Lo que realmente diferencia a la Corona española es que también es uno de los pilares fundamentales sobre los que se ha edificado el Estado fascista. Este rey no hereda a su padre, como en cualquier otra monarquía, sino al Caudillo. Es el Caudillo de la transición; para eso le nombraron. Juega el mismo papel que Franco en la etapa anterior: es la cúspide del ejército y no creo que, a su vez, sea necesario explicar ahora cuál es el papel del ejército en el régimen español actual pero, por poner un ejemplo, conviene recordar que todos los hilos del golpe de Estado de 1981 y la posterior etapa de guera sucia de los GAL pasaron por ahí.

Si los fascistas heredan la monarquía los antifascistas heredan la República. No puede ser de otro modo. La lucha antifascista no sólo no ha nacido ahora sino que tiene una larga tradición que sólo se puede calificar de épica. Por lo tanto, envuelve una responsabilidad histórica en cuanto que a los antifascistas de hoy les corresponde tomar la antorcha que con tanto arrojo, abnegación y heroísmo portaron sus mayores. Ese es el significado exacto de la batalla por la memoria histórica: ellos resistieron para que las generaciones futuras estuvieran en las mejores condiciones para triunfar. No restablecer el hilo entre el pasado y el presente no es un mero descuido por parte de los semirrevolucionarios, sino una traición en toda regla para la cual no existen calificativos lo suficientemente explícitos.

Pero donde hay continuidad hay también ruptura. Ni los años pasan en vano ni la historia detiene su marcha inexorable. ¿De qué República estamos hablando? ¿De la República de 1931? ¿De una tercera República que ignoramos? ¿De cualquier clase de República? No; como cualquier otra institución política la futura República tiene que tener en cuenta que, a diferencia de 1931, España es hoy un país de capitalismo monopolista de Estado, un sistema económico en bancarrota que no tiene ya ningún futuro. Hoy la reivindicación de la democracia y la República no supone, pues, ninguna etapa «intermedia» entre el capitalismo y el socialismo. Más bien al contrario, como consecuencia de las transformaciones económicas, la correlación de fuerzas entre las clases sociales ha cambiado y el proletariado no sólo dirige la lucha por la Repúlica sino que es su principal fuerza propulsora. Un programa revolucionario debería expresar estas nuevas condiciones sociales y afirmar claramente que la única República posible hoy es la República Popular. Ésta enlaza con el pasado, pero no es el pasado sino el futuro.

Ciertamente, como digo, las transformaciones económicas de los sesenta convirtieron al proletariado en la fuerza principal de la lucha contra el fascismo, pero no en la única. La lucha de clases es el motor de la historia, pero eso no tiene nada que ver con la caricatura de «clase contra clase», típica del trotskismo. Es un craso error privar al proletariado de sus aliados más próximos porque una revolución -hay que repetirlo- es un proceso de acumulación de fuerzas; cuando un contrincante gana fuerzas, las pierde su contrario, y así inclina la balanza a su favor.

Es cierto que en la actualidad, ante el proletariado y la burguesía, las demás clases han perdido la importacia social que tuvieron en épocas anteriores. No obstante, tanto la condición monopolista de España como la pervivencia del fascismo, aproximan al proletariado a numerosos sectores sociales, que son múltiples y cualitativamente diversos. No es necesario recurrir al ejemplo de Rusia para destacar la importancia de los aliados de la clase obrera porque mucho antes Engels también propuso, con su proverbial maestría, incorporar a los pequeños campesinos dentro del programa obrero, es decir, forjar una alianza obrero-campesina, incluso en los países avanzados, como Francia:

«Es asimismo evidente que cuando estemos en posesión del Poder del Estado, no podremos pensar en expropiar violentamente a los pequeños campesinos (sea con indemnización o sin ella) como nos veremos obligados a hacerlo con los grandes terratenientes. Nuestra misión respecto a los pequeños campesinos consistirá ante todo en encauzar su producción individual y su propiedad privada hacia un régimen cooperativo, no por la fuerza, sino por el ejemplo y brindando la ayuda social para este fin. Y aquí tendremos, ciertamente medios sobrados para presentar al pequeño campesino la perspectiva de ventajas que ya hoy tienen que parecerle evidentes» (27).

Este es el banquete que recomendaba Engels en 1894 para un país como Francia, incluso en un momento posterior a la revolución proletaria. Si ese programa es correcto, ¿no será más correcto aún para el momento anterior a la revolución, para la acumulación de fuerzas?, ¿sigue siendo correcto ese programa en la actualidad? La respuesta es afirmativa: en esencia hoy las líneas maestras de ese programa son de plena actualidad, y no sólo para un sector social tan concreto como los campesinos, sino para cualquier otro. Cada día el fascismo y el monopolismo convidan a un festín al arrojar a las filas de la revolución a sectores muy amplios de la sociedad y sería un suicidio de que el programa de la revolución también les diera la espalda. ¿Por qué los semirrevolucionarios se empeñan en buscarse enemigos donde no los hay?

Notas:
(27) Engels, El programa campesino en Fracia y Alemania, Obras Escogidas, tomo II, pg.461.

Las formas de dominación del Estado burgués (VIII)

Juan Manuel Olarieta

Un desarrollo capitalista ligado al terrorismo de Estado


Donde hay continuidad hay también ruptura. En España el punto de ruptura del pasado con el futuro se situó en la década de los sesenta del siglo pasado, cuando tras el Plan de Estabilización de 1959 el país transformó su economía en capitalismo monopolista de Estado. Desde entonces no hay aquí nada cualitativamente diferente de cualquier otro país capitalista desarrolado, es decir, que no se puede desarrollar más de lo que ya lo está, que no hay una etapa ulterior a esa, por lo que cualquier avance sólo puede ser hacia el socialismo. En este sentido no hay ninguna revolución burguesa que llevar a cabo. La crisis económica actual no ha hecho más que reforzar la evidencia de que en España el capitalismo ha agotado todas sus reservas. El futuro está única y exclusivamente en el socialismo y un programa revolucionario así deberá indicarlo.

Ahora bien, a diferencia de otros países, en España el desarrollo capitalista ha estado ligado al terrorismo de Estado, intensificado desde 1939 bajo las más crueles formas. La transformación económica se produjo sin modificar la naturaleza fascista del Estado. La realidad volvía a presentarse «impura», ambigua y confusa: la persistencia del fascismo, ¿no era un índice del atraso de España?, ¿cómo se congraciaba ese atraso con la modernidad monopolista? El debate volvió a reanudarse con nuevos adornos, propios del momento. Donde unos semirrevolucionarios veían la botella medio llena, los otros la veían medio vacía, manifestándose las primeras rupturas dentro del movimiento comunista. Una primera corriente, directamente heredera del PCE, relaciona la pervivencia del fascismo en España con el atraso, hasta el punto de calificar la situación de «colonial» o dependiente del imperialismo, poniendo en primer plano el programa mínimo y la necesidad de una revolución democrático burguesa. La otra sólo tiene en cuenta la condición monopolista, por lo que reivindica la necesidad inmediata de una revolución socialista sin tener en cuenta el carácter fascista del Estado.

La transición puso a prueba ambas concepciones y demostró que la primera de ellas era ampliamente dominante, es decir, que el revisionismo sigue siendo la tendencia más fuerte dentro del movimiento comunista, particularmente, en España, contribuyendo así a reforzar el relato hegemónico que hoy siguen transmitiendo los medios de comunicación: existió una transición política en España durante la cual el fascismo se convirtió en una democracia burguesa. Con el tiempo la argumentación reformista ha contribuido luego a alimentar a su contraria, al izquierdismo, que desarrolla exactamente la misma argumentación justo en el punto en el que los anteriores la abandonan: dado que actualmente España es un país democrático burgués, la revolución sólo puede ser de naturaleza socialista. Como suele ocurrir, aquí y ahora los izquierdistas no son nada diferente de los reformistas; el discurso de ambos es sustancialmente el mismo y se corresponde exactamente con el discurso fascista hegemónico.

El error de ambas corrientes se puede comprobar tanto en la década de los sesenta, con la transición económica, como en los setenta, con la transición política y empieza por un equívoco, otro más que hay que añadir a la lista. Dicho equívoco se origina porque minimiza la capacidad de las masas, incluso en ausencia de una vanguardia revolucionaria, para poner contra las cuerdas a la burguesia y a su Estado, cualquiera que sea su naturaleza, y obtener importantes victorias parciales.  Incuso a veces esas conquistas son tan importantes que es posible calificarlas como «revoluciones». Pero en absoluto es el caso de la tansición en España, una etapa en la que el proletariado obtuvo indudables conquistas que no alteraron la naturaleza del Estado.

No se deberían confundir los avances populares alcanzados durante la transición con un cambio de régimen político y no basta hablar sólo de los avances si, al mismo tiempo, no se habla de lo que jamás se logró conquistar, de lo que quedó pendiente, una herida imposible de cicatrizar que se manifiesta hasta en los detalles. Por ejemplo, algunas familias de los antifascistas asesinados (Grimau, Ruano Casanova, Puig Antich, Xose Humberto Baena) emprendieron acciones legales para rehabilitar su memoria. Nada hubiera resultado más fácil en un Estado democrático que, incluso, no hubiera debido exigir el inicio de ninguna reclamación judicial: hubiera debido hacerlo por sí mismo, declarando solemnemente su gratitud hacia los antifascistas caídos en la lucha por la democracia, e incluso poner sus nombres a las calles. Resulta muy ilustrativo constatar que París y muchas ciudades de Francia tienen nombres de calles dedicadas a Julián Grimau y en toda España no haya ninguna. Pero es una ingenuidad esperar que la legalidad fascista rehabilite jamás la memoria de los antifascistas. Eso sólo ocurrirá en ese Estado democrático a conquistar en un futuro próximo.

Los fascistas emprendieron la transición a regañadientes; se vieron obligados a introducir algunos cambios en contra de su voluntad para evitar males mayores y apuntalar su vetusto edificio. No decretaron ninguna amnistía sino que pusieron en libertad a algunos presos políticos a golpe de huelgas, manifestaciones y protestas que costaron tantas vidas como presos salieron a la calle y, como siempre, junto a los que salieron es necesario recordar a quienes no salieron nunca, lo que ha traído como consecuencia que desde 1939 no es posible encontrar un solo día en el que no haya habido presos políticos. La existencia actual de presos políticos plantea, además, un dilema obvio, tantas veces escuchado: si España es un país democrático, ¿cómo es posible que haya presos políticos?, y al revés, si hay presos políticos, ¿como es posible hablar de democracia en España?

Se va generalizando la convicción de que, más que una transición, lo que se produjo en los setenta fue una «traición» en toda regla: la incorporación de los reformistas a la legalidad fascista. Fue la esencia de aquel momento, el verdadero cambio: la transformación del reformismo en colaboracionismo. Nada hubieran logrado los fascistas sin la aportación de los reformistas, que pusieron la nota de color al cambio de fachada, las payasadas electorales, las procesiones pactadas y esa palabrería vacía a la que llaman «libertad de expresión». Los fascistas y los refomistas se necesitaban mutuamente. El reformismo necesitaba que algo cambiara para justificar su colaboración y bastó un retoque puramente cosmético para que se instalaran en las butacas más cómodas del régimen. Pero hubo una notable diferencia entre ambos: mientras los reformistas sólo se justificaban, los fascistas se sucedían a sí mismos.

El tiempo pone a cada cual en su sitio. A pesar de que en 1977, en el colmo del colaboracionismo, el PCE convirtió a la bandera fascista en su enseña propia, en las manifiestaciones lo que aparecen hoy son las republicanas. También se intenta recuperar la memoria histórica y cada año la convocatoria del 20 de noviembre en Madrid no recuerda la muerte sino la resurrección de Franco y su elevación a los altares. En fin, el movimiento práctico de las masas aquí y ahora lo que demuestra es que la Internacional Comunista tenía razón una vez más: el fascismo trasciende a los cambios cosméticos y de gobierno; no sólo ha pervivido sino que ahora mismo se apresta a eliminar los últimos residuos de las concesiones que se vio obligado a hacer durante la transición. El fascismo vuelve por sus fueros y pone en el orden del día la necesidad de la libertad, la democracia y los derechos más elementales, que en nuestro país se resumen en la consigna de la República.

Las formas de dominación del Estado burgués (VII)

Juan Manuel Olarieta

La lucha del proletariado por la democracia en la etapa imperialista

Si en el siglo XIX el proletariado luchó por la democracia, cuando la burguesía estaba interesada en eso mismo, con más razón debía seguir luchando por dicho objetivo cuando la burguesía le volvió la espalda, una situación que se produjo con la entrada del capitalismo en su fase última, el imperialismo, que Lenin caracterizó por la tendencia a la reacción «en toda línea», «a la dominación y no a la libertad» (23). Como explicó luego en los prólogos a su obra «El imperialismo fase superior del capitalismo», Lenin tuvo que expresarse en un lenguaje «servil» a causa de la censura zarista, lo que le obligó a centrarse en los aspectos teóricos y económicos del imperialismo, formulando las «indispensables y poco numerosas observaciones de carácter político con una extraordinaria prudencia».

Tras la muerte de Lenin el movimiento comunista internacional tuvo que continuar el análisis en el punto en el que lo dejó, en el terreno político: ¿que consecuencias políticas tuvo la transición del capitalismo a su fase superior? La respuesta a esta pregunta la dio la Internacional Comunista sin necesidad de recurrir al lenguaje «servil» ni a la «prudencia» de Lenin gracias a la Revolución de 1917, definiendo como fascismo aquella tendencia política hacia la reacción propia de la época imperialista de la que había hablado Lenin. ¿Qué es el fascismo para el movimiento comunista internacional? En 1928, cuando en Berlín aún los nazis no estaban en el gobierno, Dimitrov respondió: «Hemos de darnos perfectamente cuenta que el fascismo no es un fenómeno local, temporal o transitorio, sino que representa un sistema de dominación de clase de la burguesía capitalista y de su dictadura en la época del imperialismo y de la revolución social» (24). El fascismo, dice Dimitrov, «no es un simple cambio de un gobierno burgués por otro, sino la sustitución de una forma estatal de la dominación de clase de la burguesía» (25). No cabe duda de que el fascismo supone bastantes más cosas, pero por ahora bastará con dejar éstas apuntadas.

La concepción comunista sobre el fascismo es la única que responde de manera precisa a su naturaleza de clase como régimen político y, desde luego, está en abierta contradicción con la que viene difundiendo la burguesía, a saber, que el fascismo es cosa del pasado, de una determinada etapa a la que denominan «periodo de entreguerras» en Europa o a países y momentos concretos de Latinoamérica. Pero hay que ser comprensivos con esas limitaciones propias de tal clase social: cuando la burguesía habla del fascismo, habla acerca de sí misma, de su forma de dominación, y cuando se mira al espejo no le gusta lo que ve; entonces vuelve a recurrir al maquillaje, a los enjuagues y disfraces. Para ella se trataría de un régimen político de excepción, es decir, una «dictadura» en el sentido clásico de la palabra que antes ha quedado expuesto, lo cual da lugar a una concepción de la historia como si de un guante reversible se tratara: los países pasan de la democracia al fascismo pero luego retornan a su «auténtico estado», que es siempre la democracia. Cuando el guante se vuelve del revés el «auténtico estado» de la democracia es la masacre, los desaparecidos, los exiliados y los torturados. Luego es tarea de los periodistas e historiadores borrar estos asuntos desagradables de la memoria histórica, como si nada hubiera pasado.

Sin embargo, para los marxistas la historia es sustancialmente irreversible. El fascismo no es, pues, el pasado sino el futuro del capitalismo. De la tendencia del imperialismo a la reacción deriva una pregunta obvia: cualquiera que sea la caracterización del régimen político de un país capitalista, en el futuro los comunistas ¿deben esperar que se amplíe el círculo de las libertades y los derechos democráticos o, por el contrario, deben adoptar todas las medidas necesarias para hacer frente a la represión, a la ilegalidad y a la clandestinidad? Dado que la represión fascista no se limita a los comunistas sino que empieza por ellos, como dice el conocido poema de Bertold Brecht, ¿no deberán poner en el primer plano de su programa la lucha por la libertad y la democracia?, ¿no deberán alertar de ello a las masas a fin de que estén prevenidas?

En su informe al VII Congreso de la Internacional Comunista, Dimitrov criticó los complejos de los comunistas polacos a la hora de reivindicar la democracia «de un modo positivo» para no despertar «ilusiones democráticas». Hoy ese complejo sigue existiendo, lo que favorece extraordinariamente el proceso de fascistización en muchos países europeos, donde los semirrevolucionarios no saben apreciar la importancia de la libertad. Les sabe a poco, seguramente porque la burguesía les concede todas las facilidades imaginables que a los comunistas les niega. Por eso ellos olvidan que Dimitrov exigía defender «palmo a palmo las condiciones democráticas arrancadas por la clase obrera en años de lucha tenaz» (26).

Como cualquier otro régimen político, el fascismo hay que analizarlo en concreto, según la historia de cada país. Como dijo Dimitrov, en cada uno de ellos el fascismo adopta variedades nacionales que los comunistas tienen que tomar en cuenta a la hora de confeccionar su programa político. En particular, si en los países más avanzados en los que triunfó la revolución burguesa el fascismo es un futuro cercano y amenazador, en aquellos otros en los que dicho proceso no se cumplimentó, el futuro se aferra al pasado y el fascismo enlaza directamente con las más negras tradiciones feudales autóctonas. Ese retorno al pasado, esa mezcla de un pasado de pesadilla con una modernidad siniestra ha sido otra fuente de paradojas y discusiones políticas dentro del movimiento comunista en muchos países. España es uno de los casos típicos, porque los 80 años de fascismo heredan a los 400 de Inquisición y no es fácil averiguar dónde acaba una y empieza el otro.

Notas:

(23) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, Obras Escogidas, tomo I, pgs.772 y 781.
(24) Dimitrov, Acerca de las medidas de lucha contra el fascismo y los sindicatos amarillos, Obras Escogidas, tomo I, pg.425.
(25) Dimitrov, La ofensiva del fascismo y las tareas de la Internacional en la lucha por la unidad de la clase obrera contra el fascismo, Obras Escogidas, tomo I, pg.581.
(26) Dimitrov, La ofensiva del fascismo, cit., pg.676.

Las formas de dominación del Estado burgués (VI)

Juan Manuel Olarieta

La democracia burguesa como etapa intermedia


El materialismo histórico es el pensamiento científico más avanzado que existe para analizar la evolución de las sociedades a lo largo del tiempo. Se forjó tomando en consideración a los países europeos más adelantados de mediados del siglo XIX y los instrumentos científicos más desarrollados que Marx y Engels pudieron encontrar, por una razón que es importante tener en cuenta: porque históricamente los países avanzan en la dirección que marcan los más adelantados. Por lo tanto, al desentrañar la naturaleza de los países más avanzados del momento, Marx y Engels desentrañaron la naturaleza del capitalismo como tal.

Si tomamos a Francia como referencia, a partir de 1798 la burguesía ya tenía su propio Estado, es decir, había creado un Estado a su imagen y semejanza y se disponía a utilizarlo en provecho propio, o lo que es lo mismo, para el desarrollo del capitalismo, de la explotación y la extracción de plusvalía a gran escala. En toda Europa la burguesía pretendía hacer lo mismo que en Francia.

Pero Francia es el modelo tanto como la excepción. El debate recursivo sobre la democracia burguesa no se plantea con los países que Marx y Engels tomaron como referencia para la elaboración de sus categorías científicas; apenas se discute el capitalismo en Inglaterra o la democracia en Francia. La controversia empieza a partir de ahí con los demás países, cuando el capitalismo convive con el feudalismo o la democracia con el absolutismo. Entonces las referencias se convierten en excepciones y algunos buscan coincidencias que jamás se van a reproducir en la misma forma. En la historia no hay dos asaltos a la Bastilla ni al Palacio de Invierno.

Los agotadores debates sobre la «democracia burguesa» olvidan que se trata de una categoría histórica. Por eso abundan las recetas estereotipadas y se echa de menos el «análisis concreto de la situación concreta». Normalmente lo concreto es que el país en cuestión está atrasado con respecto a los que eran avanzadilla política en aquella época, especialmente Francia, que ya era un país capitalista antes de 1789. No se puede proceder a una extrapolación mecánica del proceso, es decir, a pretender explicar un fenómeno local complejo mediante los conceptos elaborados para un prototipo de excepción, como Francia, porque entonces se producen todo tipo de paradojas.

En los países en los cuales la revolución burguesa no se había producido o no había alcanzado las cotas de Francia, que eran la mayoría de los europeos, la burguesía tuvo que adaptarse a una situación ambigua, vacilante entre la aristocracia feudal y el proletariado. La «revolución democrático burguesa» es una etapa de la historia que expresa de manera muy concreta la penetración del capitalismo en cada país, la manera en que se articula el nuevo Estado burgués, la línea de la vanguardia del proletariado a ese respecto y la necesidad de acumular fuezas revolucionarias.

Lo que algunos partidos comunistas pretendieron con la reivindicación de la «democracia burguesa» era justamente eso, desarrollar el capitalismo, lo que da la vuelta al programa politico originario de la burguesía: para el proletariado la revolución democrática no era la culminación del proceso sino el principio del mismo, no un punto de llegada sino un punto de partida. El proletariado, escribieron Marx y Engels, acepta la revolución burguesa «como una condición de la revolución obrera. Pero ni por un instante pueden mirarla como el objetivo final» (19). De ahí que las organizaciones comunistas hayan propuesto dos programas políticos, uno mínimo, correspondiente a la revolución burguesa, y otro máximo, correspondiente a la revolución proletaria.

A partir de ahí se comprenden otras propuestas del comunismo, como que en un país pueden existir prioridades antes que la construcción del socialismo y que las mismas pueden ser tan trascendentes que requieran de toda una etapa previa o intermedia. En el materialismo histórico tan importante como el concepto de «modo de producción» es el de transición de uno a otro (20), esos momentos grises e «impuros» de la historia en los que el pasado no aparece nítidamente separado del futuro. Si, además, esos momentos se prolongan en el tiempo, si un país no se acuesta feudal y se levanta capitalista, el despiste suele ser monumental. Del mismo modo, el socialismo no «surge» de la noche a la mañana, como los champiñones después del aguacero, sino que se construye, y cualquier albañil sabe que para construir no basta poner un ladrillo encima de otro sino que hacen falta planos, andamios y hormigoneras, entre otras muchas cosas.

Otro aspecto fácil de entender es que no tiene sentido propugnar la «democracia burguesa» cuando el capitalismo ya está desarrollado, es decir, cuando está en su fase monopolista. Ahora bien, ¿significa eso que no tiene ya sentido luchar por la democracia?, ¿o más bien significa que hay que seguir luchando por una democracia que no esté lastrada las limitaciones que la burguesía ha mostrado a lo largo de la historia? ¿existe una democracia que va más allá del programa político de la burguesía?

La respuesta es afirmativa. Una vez que el proletariado maduró, formó sus propias organizaciones políticas y adquirió la suficiente experiencia, avanzó un paso más en la batalla por la democracia, que fue el que correspondió dar a Lenin: al proletariado le correspondía dirigir la lucha por la democracia llevando de la mano a la burguesía. Este sello característico del bolchevismo tampoco cambiaba la naturaleza de la situación: el proletariado seguía interesado en la democracia. En 1900 Lenin resumió la trayectoria del movimiento obrero y la tarea política «inmediata» de la socialdemocracia rusa, en el derrocamiento de la autocracia y la conquista de «la libertad política» (21). Al cabo de los años, en 1915, seguía defendiendo lo mismo: «La forma política de la sociedad en que triunfe el proletariado, derrocando a la burguesía, será la república democrática» (22).

Cuando el proletariado se pone a la cabeza de la lucha por la democracia aparece todo ese cúmulo de expresiones políticas propias del movimiento comunista internacional, como «democracia popular», «nueva democracia» y otras, que tampoco cambian sustancialmente la esencia del planteamiento: los comunistas están por la democracia y el transcurso del tiempo lo que viene demostrando es que son sus defensores más consecuentes.

Lenin insistió en que los programas mínimo y máximo no se oponen sino que se complementan y suceden a lo largo de la revolución proletaria. El programa mínimo significa que el proletariado empieza su lucha allá donde la burguesía no ha llegado ni llegará jamás. Ambos programas corresponden a otras tantas etapas de un proceso, más o menos dilatado en el tiempo. Que dichos programas no se contradicen lo demuestra también el hecho de que entre ambos es posible encontrar toda clase de situaciones intermedias que expresan (o deberían expresar) el grado de penetración del capitalismo en cada país y la correlación de fuerzas entre las clases sociales.

Por el contrario, los semirrevolucionarios consideran que ambos programas son contradictorios, crean ambigüedad y confusión. Ellos sólo quieren programas «puros», ideológicamente impecables. No entienden que una situación social de transición, que no es blanca ni negra, sino gris, exige un programa de transición. Hay semirrevolucionarios de todos los colores. Los de izquierdas se olvidan del programa mínimo porque propugnan un imposible histórico, a saber, que todos los problemas históricos que deja pendientes la burguesía, que son muchos y muy variados, se pueden resolver simultáneamente, en un instante. Los oportunistas de derechas sólo se acuerdan de uno, el programa mínimo, sólo tienen en cuenta la etapa previa y cuando la alcanzan se olvidan de pasar a la siguiente.


Notas:

(19) Marx y Engels: La sagrada familia, cit., pg.248.
(20) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pgs.124-125.
(21) Lenin, Tareas urgentes de nuestro movimiento, Obras Escogidas, tomo I, pg.110.
(22) Lenin, La consigna de los Estados Unidos de Europa, Obras Escogidas, tomo I, pg.675.

Las formas de dominación del Estado burgués (V)

Juan Manuel Olarieta

¿En qué sentido es burguesa la democracia?


La tarea de los comunistas empieza justamente en el punto en el que la burguesía arroja la toalla, el punto más elevado, cuando empieza a renegar de sí misma, de sus fundamentos políticos. Cuando el proletariado reivindicó la democracia burguesa como tarea propia destacó la ineptitud política de la burguesía para remover los obstáculos que se oponían a ella. Por lo tanto, los comunistas siempre han estado interesados en la democracia, e incluso en la democracia burguesa. Con más razón aún cuando es la propia burguesía la que reniega de ella.

Ahora bien, en la lucha por la democracia no hay diferencias sustanciales entre los objetivos de la burguesía y el proletariado; no hay libertades y derechos «proletarios». El derecho de voto y el derecho de asociación política no cambian su naturaleza por que los reivindique para sí la clase obrera. Las organizaciones de clase asumieron como algo propio lo que procedía de la burguesía.

Las libertades y los derechos no son formalizaciones jurídicas sino una parte integrante de la lucha de clases. Al proletariado la burguesía no le regaló nada sino que tuvo que conquistar tanto el derecho al voto como el derecho de asociación sindical y política. No es tan difícil de entender: como escribieron Marx y Engels, quienes reivindican son quienes no tienen (16). El movimiento obrero reivindicó la democracia allá donde ésta nunca llegó, o tardó en implantarse, o lo hizo de manera limitada; el movimiento obrero disfrutó de aquellos derechos que fue capaz de defender en cada momento y en cada país. Los ganó si luchó por ellos y los perdió cuando dejó de hacerlo. Un dirigente del proletariado parisino como Blanqui, pasó la mayor parte de su vida en la cárcel; en 1847 la Liga de los Comunistas se tuvo que reunir en Londres porque estaba prohibida en Alemania; la I Internacional fue prohibida en España en 1871; poco después se dictaron las leyes contra los socialistas en Alemania; Marx, Engels y Lenin pasaron en el exilio la mayor parte de sus vidas… En fin, la historia de las revoluciones y de los revolucionarios son episodios repletos de clandestinidad, ilegalidad, fusilamientos, cárceles, torturas y persecución. En esas condiciones, ¿cómo es posible sostener que los revolucionarios no están interesados por la libertad? ¿No será más acertado decir que quien no está interesada por la libertad es la burguesía? Y si la burguesía no está interesada por la libertad, ¿no deberá interesarle al proletariado? Finalmente, ¿cómo es posible calificar de «burgués» a algo que no le interesa a la burguesía?

Es necesario volver a insistir: el proletariado lucha por la democracia y la libertad para sí mismo, para su clase, naturalmente, pero también para todos aquellos que carecen de ellas, para los sectores explotados, oprimidos, humillados y marginados por la sociedad capitalista. En la medida en que dicha sociedad está regida por una minoría en provecho de ella misma, genera esas lacras sociales, culturales y políticas. En ese contexto el programa democrático del proletariado se convierte en uno de los más poderosos instrumentos de acumulación de fuerzas, la palanca misma de la revolución. Dicho programa ha atraído  atrae y seguirá atrayendo siempre, con una fuerza creciente, incluso a numerosos sectores de la propia burguesía. Este proceso constituye una ley de la historia porque «cada nueva clase instaura su dominación siempre sobre una base más extensa que la dominante con anterioridad a ella» (17). No existe otra consigna con mayor capacidad de legitimación política que la democracia. Por sí misma, justifica la revolución proletaria.

Como programa revolucionario la democracia trasciende, pues, al momento histórico en el que lo impulsó la burguesía. Cuando el proletariado instaure su dominación «sobre una base más extensa» que la burguesía, su régimen político no será nada distinto a la democracia sino su realización más plena. El «Manifiesto comunista» lo resume al proponer como «primer paso» de la revolución proletaria «la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia» (18). ¿Qué es, pues, la democracia? «La elevación del proletariado a clase dominante», responden Marx y Engels. ¿Y qué es la elevación del proletariado a clase dominante? La realización de la democracia.

Notas:

(16) Marx y Engels, Crítica del Programa de Gotha, Obras Escogidas, tomo II, pg.26.
(17) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pg.53.
(18) Marx y Engels, Manifiesto comunista, cit., tomo I, pg.42.

Las formas de dominación del Estado burgués (IV)

Juan Manuel Olarieta

Todo por la patria


El mérito histórico, realmente milenario, de la burguesía consistió en poner en primer plano a la democracia como régimen político y la revolución de 1848 representó el triunfo definitivo de la democracia como forma de gobierno en Europa central, sirviendo de ejemplo para el mundo entero.

No obstante, al llevar su programa a la práctica, la burguesía demostró que no era ella la clase capaz de conquistarla. La lucha de la burguesía por la democracia es, pues, la historia de una frustración; la teoría no tuvo su continuación en la práctica política. No es posible minimizar la importancia de este fracaso porque para la burguesía la democracia era una meta, un punto de llegada que nunca alcanzaría. Esta contradicción entre la teoría y la práctica condujo a la noción de «democracia burguesa» como la cota máxima a la que en cada país era capaz de llegar la burguesía en su lucha retórica en favor de la democracia. La «democracia burguesa» es, pues, una categoría histórica.

La burguesía no pudo cumplir cabalmente el programa político que ella mismo se había trazado, ni siquiera en los países más adelantados, por múltiples y diferentes motivos que Marx y Engels explicaron, en primer lugar, por su condición social minoritaria dentro de la sociedad capitalista: eso le impedía erigirse en representante de dicha sociedad. En 1895 en uno de sus últimos y más geniales escritos, Engels lo resumió de la siguiente manera:

«Hasta aquella fecha [1848] todas las revoluciones se habían reducido al derrocamiento y sustitución de una determinada dominación de clase por otra; pero todas las clases dominantes anteriores sólo eran pequeñas minorías, comparadas con la masa del pueblo dominada. Una minoría dominante era derribada, y otra minoría empuñaba en su lugar el timón del Estado y amoldaba a sus intereses las instituciones estatales. Este papel correspondía siempre al grupo minoritario capacitado para la dominación y llamado a ella por el estado del desarrollo económico y, precisamente por esto y sólo por esto, la mayoría dominada, o bien intervenía a favor de aquella en la revolución o aceptaba la revolución tranquilamente. Pero, prescindiendo del contenido concreto de cada caso, la forma común a todas estas revoluciones era la de ser revoluciones minoritarias. Aun cuado la mayoría cooperase a ellas, lo hacía -consciente o inconscientemente- al servicio de una minoría; pero esto, o simplemente la actitud pasiva, la no resistencia por parte de la mayoría, daba al grupo minoritario la apariencia de ser el representante de todo el pueblo» (12).

No es el burgués sino el proletario quien puede representar a la sociedad bajo el capitalismo. Por eso cuando reivindica el derecho de voto lo que exige es el sufragio «universal». Las libertades que quiere para sí las quiere también para todos aquellos privados de ellas: «Ya el ‘Manifiesto Comunista’ había proclamado la lucha por el sufragio universal, por la democracia, como una de las primeras y más importantes tareas del proletariado militante» (13).

Ahora bien, ese es un obstáculo puramente formal que atiende al derecho de representación exclusivamente, al derecho de elegir y ser elegido. Hay, además, un aspecto material: la burguesía habla en nombre de la nación («todo por la patria») pero, al mismo tiempo, desdobla lo público de lo privado (14) para poner al Estado a su servicio. Por ello, en el «Manifiesto comunista» Marx y Engels incorporan a su concepción de la democracia una noción olvidada que procede de Rousseau: no basta actuar en nombre de la mayoría sino que es necesario hacerlo «en provecho» de ella, teniendo en cuenta sus necesidades, o lo que es lo mismo: el socialismo.

No obstante, la burguesía obtuvo un diagnóstico distinto que encubría la frustración envolviéndola en el papel de celofán de sus rebuscadas elaboraciones jurídico-formales, es decir, en una abstracción nebulosa. No es que ella no pudiera sino que ninguna otra clase podría porque era un objetivo que no dependía de las clases sociales en liza. La democracia era un sueño o una aspiración irrealizable que, además, comprometía la situación de la burguesía en numerosos países en los que su correlación de fuerzas era débil frente a la aristocracia. La actuación independiente de la clase obrera en la revolución de 1848 le puso en el punto de mira de la burguesía; para ésta el proletariado pasó de aliado a enemigo, es decir, que la burguesía empezó a pensar en la lucha contra el proletariado buscando compromisos con la vieja aristocracia. En lugar de acercarse al proletariado era preferible arrojar la toalla, buscar compromisos y soluciones intermedias con los «enemigos de los enemigos».

A partir de entonces el formalismo jurídico condujo a otras ficciones: al desdoblar lo público de lo privado el Estado burgués aparece como neutral; el gobierno cambia pero el Estado sigue siendo el mismo. Es la errónea teoría del Estado como «aparato» o maquinaria. Bajo el mismo Estado (burgués) son posibles todas las formas de gobierno, todos los partidos, todos los programas, todas las creencias, etc. Por lo mismo, la burguesía cree haber edificado un Estado por encima de las clases sociales. El reformismo asume esa misma concepción para pregonar la posibilidad de «utilizar» el Estado burgués para llevar a cabo una política en provecho de la mayoría, lo cual simplifica las tareas del proletariado: si no es necesario construir un nuevo Estado, tampoco es necesario destruir el ya existente. Cuando Engels explicó el interés que tenía el proletariado en conquistar la democracia dijo todo lo contrario: «Las instituciones estatales en las que se organiza la dominación de la burguesía ofrecen nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra estas mismas instituciones», lo que dio lugar a que la burguesía temiese «mucho más la actuación legal que la actuación ilegal del partido obrero» (15).

Notas:


(12) Engels, Introducción a «Las luchas de clases en Francia», Obras Escogidas, tomo I, pgs.117-118.
(13) Engels, Introducción, cit., tomo I, pg.124.
(14) Marx y Engels, La ideología alemana, Montevideo, 1959, pg.35.
(15) Engels, Introducción, cit., tomo I, pg.125.

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