Si Roma no paga a los traidores, Tel Aviv hace lo mismo con los drusos

Drusos israelíes
Desde que el 19 de julio el Parlamento del Tel Aviv aprobó una ley que define a Israel como el “estado-nación del pueblo judío”, los drusos se sienten traicionados. Históricamente fieles al Estado hebreo y a su ejército, se consideran discriminados por la ley.

Los drusos son una minoría religiosa de habla árabe y profesa un islam heterodoxo. Se calcula que cuentan con 130.000 miembros en el país. Desde 1948 creían que tenían un “pacto de sangre” con Israel y lo pusieron por encima de otros pactos, como el que les une con los drusos de Siria o Líbano, contra quienes han combatido a muerte en las múltiples guerras de Oriente Medio.

Son los traidores más perfectos y más cabales. El 28 de julio salieron a las calles de Tel Aviv 50.000 personas para protestar contra la ley. Los drusos, especialmente los militares, encabezaban la protesta.

Hay unas palabras en hebreo en las puertas de entrada al cementerio militar que está la cumbre del Monte Carmelo: “Homenaje a los soldados drusos caídos, no os honramos como deberíamos”. Los entierros drusos carecen de estelas nominativas porque creen en la reencarnación. Pero en este caso hicieron una excepción para los caídos en las guerras de “su país”. En las losas de piedra hay más de 400 nombres de esos soldados. El primero data de 1938, una década antes de la fundación del Estado de Israel.

Alrededor del 83 por ciento de los jóvenes drusos sirven en el ejército israelí, la tasa de alistamiento más alta del país para cualquier grupo social. Han entregado sus vidas y ahora el gobierno les convierte en ciudadanos de segunda clase. Dieron su vida por una ideología, el sionismo, que no es la suya. Israel es un Estado basado en la limpieza étnica y religiosa y ahora lo admite sin tapupujos: es el “hogar nacional del pueblo judío” y de nadie más.

Para los “refuzniks”, como llaman en Israel a los objetores al servicio militar obligatorio, la ley no es de ninguna sorpresa. El texto comenzo a gestarse en 2012.

“Todo lo que queremos es ser ciudadanos iguales. Judíos, drusos, cristianos, musulmanes, beduinos… Todos somos israelíes. Debemos cambiar esta mala ley”, afirma el general de brigada Amal Assad, que ahora dirige la protesta de los militares drusos.

En las redes sociales israelíes hablan de “apartheid”. Pero la mayoría no critica la nueva ley por lo que dice sino por lo que no dice. No reconoce la igualdad de todos los ciudadanos.

Netanyahu ha descartado la posibilidad de modificarla, pero para aliviar las tensiones propone una nueva legislación aún más discriminatoria: los miembros de los grupos minoritarios que prestan servicio en el ejército gozarán de algunas migajas, como dinero para las instituciones religiosas, educativas y culturales.

Los drusos israelíes han necesitado décadas de humillaciones para empezar a levantar la voz. Antes en Daliyat al-Carmel, la principal fortaleza drusa de Israel, solía ondear la bandera israelí, a pesar de que la población se ha quejado durante años de discriminación contra los drusos. El 70 por ciento de las casas se han construido sin permiso y 500 de ellas ni siquiera están conectadas a la red eléctrica.

Maisan Hamdan, una drusa de 27 años rechaza al Estado israelí y se considera palestina, a pesar de que su pasaporte dice otra cosa. Habla de su comunidad como de “esclavos”.

“Vivimos en un sueño. Israel quiere que creamos que este es el único lugar en Oriente Medio que puede protegernos, pero no es cierto. Los drusos fueron criados con la idea de que la igualdad es un favor que se gana a cambio de servicio. Pero, ¿en qué tipo de democracia vemos eso?”, pregunta Maisan, que hace campaña contra el servicio militar obligatorio para los drusos.

Rafat Harb, de 26 años, es uno de los objetores de conciencia que se negaron a servir en el ejército israelí. Como no se presentó a filas, fue condenado a 20 días de prisión. Luego fue al hospital, donde afirmó falsamente que tenía pensamientos suicidas, y fue declarado no apto para el servicio militar.

Cuando fue liberado, decidió estudiar psicología. Negarse a alistarse en el ejército israelí fue una afrenta a su comunidad, pero especialmente a su propia familia: sus cinco hermanos mayores lucharon en el ejército de ocupación.

“Solíamos ondear la bandera israelí en nuestro techo. Pero ya no. Me enorgullece decir que logré que mi familia cambiara de opinión sobre el ejército [israelí]. No creo que mis hermanos obliguen a sus hijos a hacer el servicio militar”, dice Rafat. “Ahora el debate en mi familia es si somos israelíes o palestinos. Mi abuela y yo nos consideramos palestinos”, concluye.

https://www.lorientlejour.com/article/1129174/les-druzes-disrael-entre-loyaute-et-dissidence.html

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