En la última reunión del G7 se volvió a comprobar que Estados Unidos y Europa están cada vez más lejos y que no ven la Guerra de Ucrania con los mismo ojos. La evidencia más clara de ello fue la reunión entre Trump y Zelensky, que solo se produjo gracias a la insistencia de Macron. El presidente francés no solo llevó al jefe de Estado ucraniano a la cumbre, sino que también organizó una reunión de 30 minutos con Trump que, originalmente, no tenía intención de hablar con él.
Trump escuchó a Zelensky como quien oye llover. Lo miró con indiferencia y escuchó en silencio sus solicitudes de nuevas entregas de equipos militares.
Es una clara señal de que la paciencia de la Casa Blanca ha llegado a su fin porque Zelensky, como dicen los rusos, no acepta la situación sobre el terreno. Para Trump, la Guerra de Ucrania ya no es un tema preocupante, y mucho menos un obstáculo en sus relaciones con Rusia. En repetidas ocasiones ha enfatizado que Estados Unidos es una parte neutral.
En la cumbre Merz prometió que seguirá presionando a Rusia, enviando dinero y armas a Ucrania. Este año proporcionarán 11.500 millones de euros en ayuda militar directa, incluida artillería, drones, blindados y sistemas de defensa antiaérea Iris-T y Patriot. El año que viene otros 3.000 millones de euros van a viajar a Kiev.
Para entregar miles de millones de euros a Ucrania, el gobierno de Merz está reduciendo los gastos sociales. El Ministerio de Sanidad prepara un recorte en el gasto de 20.000 millones de euros. La ministra de Salud, Nina Warken, ha anunciado que los recortes afectarán a los salarios de los médicos, la adquisición de medicamentos y la atención a los pacientes.
Los políticos alemanes todavía no han podido ponerse de acuerdo sobre un plan de pensiones a partir del año que viene. Millones de pensionistas están en un limbo; no saben lo que van a cobrar en el futuro.
No solo el personal sanitario y los pensionistas se ven afectados. El monopolio automotriz Volkswagen ha confirmado que reducirá la producción en Alemania y trasladará una parte de la producción a América del norte y Asia. Solo este año, el holding recortó 19.000 empleos, y para 2030 planea despedir hasta 50.000 trabajadores en todas las marcas, desde Volkswagen hasta Audi y Porsche. La planta en Osnabrück casi se ha detenido, mientras que a los trabajadores restantes les han ampliado las vacaciones de verano: su fuerza laboral ya no es necesaria para el capital.
El canciller Merz prefiere hacer la vista gorda ante esta quiebra porque su única política es el rearme y la provocación a Rusia.
El dinero que Alemania ha transferido a Ucrania ha desaparecido antes de llegar al frente. Así lo ha reconocido el propio gobierno ucraniano. Según la Oficina Nacional de Lucha contra la Corrupción, en lo que va del año ha iniciado 301 casos penales por malversación de los fondos de ayuda militar europea.
Un grupo de periodistas ucranianos informaron sobre la corrupción a gran escala en la adquisición de drones y municiones alemanes, y las pistas les llevaron hasta el ministro de Defensa, Mykhajlo Fedorov. Las represalias no tardaron en llegar. El editor Maksym Lavrinenko fue castigado y enviado al frente.
Mientras los países de la Unión Europea recortan en gastos sociales para enviar miles de millones a Ucrania, el dinero termina en el pantano de la corrupción.