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Las leyes para la (des)memoria histórica de Polonia

Borrar la memoria histórica es como borrar la historia, arrancar las páginas de los libros. En Polonia no es que no se pueda hablar bien del “comunismo”, sino que no se puede ni mencionar. Para ello utilizan un eufemismo, “el régimen”, en alusión a la etapa comprendida entre 1945 y 1989.

Por supuesto, en 2009 prohibieron los símbolos comunistas, las estatuas de Lenin han desaparecido, y también los nombres de las calles, pero no por eso que ahora califican como “nacionalismo” (antiruso). También Rosa Luxemburgo ha sido erradicada de la toponimia urbana.

Ahora los nombres de las calles recuerdan al Papa Juan Pablo II, al mariscal Jozef Pilsudski, desde 1926 hasta su muerte en 1935 cabeza visible de una Polonia reaccionaria, o al general Wladyslaw Anders, héroe de la Batalla de Monte Cassino y cruzado del anticomunismo.

¿Purgas? Ríase Usted de Stalin. En 1997 y 2006 el Parlamento polaco aprobó leyes para impedir que entraran en la administración pública -y sobre todo en la enseñanza- los antiguos colaboradores del ”régimen”.

Han pasado 30 años, pero en Polonia la batalla por la (des)memoria histórica no descansa ni un minuto. En septiembre de 2016 entró en vigor una ley que prohíbe toda referencia al comunismo en los espacios públicos. En un año las autoridades locales debían cambiar los nombres de las calles y plazas que se refieren a “personas, organizaciones, eventos o fechas que simbolizan el comunismo”.

Pero no se confundan: cuando en Polonia hablan de “comunismo” se refieren al movimiento obrero, es decir, a todos y cada uno de los avances de la humanidad desde que en 1848 se escribió el “Manifiesto Comunista”: los polacos que lucharon contra el zarismo a principios del siglo XX, los que lucharon contra el fascismo en España, los que resistieron a la ocupación nazi…

Nadie se escapa a esta furia de la Inquisición, típicamente católica, para lo cual han creado el Instituto de la Memoria Nacional cuya primera tarea ha sido crear una “lista negra” de indeseables en su página web.

El Ministerio de la Memoria es el Ministerio de la Verdad impuesta por decreto.

Lo malo de todo este asunto es que no sirve para nada: todos los sondeos de opinión confirman que en Polonia la población recuerda con agrado y nostalgia la época dorada de 1945 a 1989, sobre todo a medida que la crisis capitalista les azota en la espalda con el látigo del desempleo, los salarios de hambre, la subida de los alquileres y las pensiones de hambre.

Un comandante del ‘ejército libre de Siria’ se une al proceso de paz del gobierno de Damasco

Fadi Gabriel, un destacado comandante del llamado “ejército libre de Siria”, abandonó la región de Afrin ocupada por Turquía y se unió al proceso de reconciliación con el gobierno sirio, según revelaron el domingo fuentes de la oposición siria.

Gabriel fue uno de los principales comandantes de seguridad de la Brigada del Sultán Suleiman Shah, apoyada por Turquía, que participó en el ataque contra las fuerzas kurdas en Afrin a principios de este año. El grupo está dirigido por Abu Amshah, acusado de violar a la esposa de uno de sus combatientes y peón de confianza del ejército turco.

En los últimos años, docenas de combatientes y comandantes apoyados por Turquía han desertado y se han unido a las fuerzas gubernamentales en Damasco. No obstante, los miembros de la oposición defienden que la mayoría de estos desertores son agentes de los servicios de inteligencia sirios.

El lunes por la noche las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), el grupo kurdo apoyado por Estados Unidos, capturó un hospital en la ciudad de Hajin, controlada por el Califato Islámico, en el valle del Éufrates. El hospital había sido una de las principales defensas del Califato Islámico en la zona.

Aunque la situación en la propia ciudad sigue siendo poco clara y aparecen varios informes contradictorios sobre la situación, parece que esta vez, las tropas de Estados Unidos y sus auxiliares han sido realmente serios en su intento de capturar la ciudad.

Según informaciones de fuentes kurdas, más de 400 miembros del Califato Islámico han sido eliminados en la región en las últimas dos semanas.

En el norte de Hamah, el ejército regular sirio repelió otro ataque contra sus posiciones cerca de Mhardeh. Al menos un vehículo y varios yihadistas fueron eliminados. Aunque no hay enfrentamientos a gran escala en la región, el alto el fuego en el norte de Hamah no existe en realidad, principalmente porque allí están desplegadas múltiples unidades vinculadas a Al-Qaida (Hayat Tahrir Al-Sham).

El 8 de diciembre las Fuerzas de Defensa Antiaérea sirias abrieron fuego contra varios objetos voladores no identificados sobre el Aeropuerto Internacional de Damasco. Según varias fuentes progubernamentales, parece que algunos de los antiguos sistemas SyAADF alrededor del Aeropuerto Internacional de Damasco fueron activados por «interferencias» israelíes.

Antes del misterioso incidente, un avión de carga sirio y un avión de carga iraní aterrizaron en el Aeropuerto Internacional de Damasco. Algunos observadores han afirmado que ambos aviones llevaban un cargamento de armas para Hezbollah libanés.

El 29 de noviembre, el ejército sirio afirmó que FADS había repelido un ataque israelí contra sus posiciones al sur de Damasco. Estos acontecimientos son una señal de la creciente actividad militar y de inteligencia de Israel en Siria, que se había reducido durante algún tiempo tras la entrega del sistema S-300 a ese país.

https://southfront.org/syrian-war-report-dec-11-2018-prominent-fsa-commander-defects-to-government-forces/

Yemen: el mes más mortífero en medio de las conversaciones ‘de paz’ de Suecia

El mes de noviembre ha sido el más sangriento desde el inicio de la Guerra en Yemen, con más 3.000 muertos documentados, según los datos de ACLED (Armed Conflict Location and Event Data).

Las masacre se produce porque Estados Unidos y Arabia saudí han intensificado su campaña de bombardeos en medio de las conversaciones de paz de la ONU que se han iniciado en Suecia.

En los primeros 11 meses de este año se registraron al menos 28.182 muertes, un 68 por ciento más que el año pasado.

Al menos 60.223 personas han sido asesinadas desde enero de 2016, nueve meses después de que Arabia saudí lanzara una devastadora campaña aérea contra su empobrecido vecino del sur, una cifra seis veces superior a la que a menudo cita la ONU, que es de 10.000 muertes.

“La estimación del ACLED de muertes debidas directamente al conflicto en Yemen es mucho más alta que las estimaciones oficiales, y sigue siendo subestimada”, dijo Clionadh Raleigh, director ejecutivo de ACLED.

“El número de muertes es sólo una aproximación de la tragedia y el terror que se ha impuesto a los yemeníes en varias partes. Nunca se insistirá lo suficiente en ello”, añadió en rueda de prensa.

https://www.aljazeera.com/news/2018/12/november-yemen-deadliest-month-years-acled-report-181211104015986.html

La intervención de las potencias imperialistas en la guerra civil rusa (1918-1920)

Cuando la revolución estalló en Rusia en 1917, los bolcheviques comenzaron a construir la primera sociedad socialista de la historia, una experiencia por la que los imperialistas de otros países no sentían ninguna simpatía; más bien al contrario, esperaban fervientemente que el proyecto condujera rápidamente a un fiasco desastroso.En los círculos dominantes de Londres, París y otros lugares, estaban convencidos de la inevitabilidad del fracaso del audaz iniciativa de los bolcheviques, pero -por si acaso- decidieron enviar tropas a Rusia para apoyar a los contrarrevolucionarios blancos contra los rojos bolcheviques, en un conflicto que se convirtió en una larga y sangrienta guerra civil.

Una primera oleada de tropas aliadas llegó a Rusia en abril de 1918, cuando soldados británicos y japoneses arribaron a Vladivostok y establecieron contacto con los blancos, que ya estaban en guerra con los bolcheviques. Sólo los británicos enviaron 40.000 soldados a Rusia. En la primavera de 1918 el entonces Ministro de Guerra, Churchill también envió una fuerza expedicionaria a Murmansk, en el norte de Rusia, para apoyar a las tropas del general blanco Kolchak, con la esperanza de ayudar a reemplazar a los bolcheviques por un gobierno amistoso con los británicos.

Otros países enviaron contingentes más pequeños, como Francia, Estados Unidos (15.000 efectivos), Japón, Italia, Rumanía, Serbia y Grecia. En algunos casos, las tropas aliadas participaron en la lucha contra los alemanes y los otomanos en las fronteras de Rusia, pero estaba claro que no habían ido para ese propósito, sino para derrocar al régimen bolchevique y “estrangular al bebé bolchevique en su cuna”, como dijo Churchill con tanta delicadeza.

Los británicos, en particular, también esperaban que su presencia permitiera embolsarse atractivos territorios de un Estado ruso que parecía estar colapsando, al igual que el Imperio Otomano. Por eso una unidad británica marchó desde Mesopotamia hasta las orillas del Mar Caspio, es decir, hasta las regiones ricas en petróleo alrededor de Bakú, la capital del Azerbaián moderno. Al igual que la propia Gran Guerra, la intervención de los Aliados en Rusia estaba dirigida tanto a combatir la revolución como a alcanzar los objetivos imperialistas.

En Rusia, la guerra no sólo ha creado las condiciones para la revolución social, sino también, al menos en algunas partes de aquel gigantesco país, revoluciones entre una serie de minorías nacionales. Esos movimientos nacionales ya habían levantado la cabeza durante la guerra y, en general, eran nacionalistas reaccionarios, conservadores, racistas y antisemitas. La oligarquía política y militar alemana identificó a los parientes cercanos ideológicos de estos movimientos como posibles aliados en la guerra contra Rusia. Los alemanes no apoyaron a los nacionalistas finlandeses, bálticos, ucranianos y otros nacionalistas por simpatía ideológica, sino porque podían ser utilizados para debilitar a Rusia; lo hicieron también porque esperaban asentar Estados satélites alemanes en Europa del este y del norte, preferiblemente monarquías con un miembro de la familia noble alemana como su soberano.

El Tratado de Brest-Litovsk demostró ser una oportunidad para crear varios de esos Estados. Del 11 de julio al 2 de noviembre de 1918, un aristócrata alemán llamado Wilhelm (II) Karl Florestan Gero Crescentius, Duque de Urach y Conde de Württemberg, recibió el título de Rey de Lituania bajo el nombre de Mindaugas II.

Con el armisticio del 11 de noviembre de 1918, Alemania fue condenada a desaparecer de la escena en Europa del este y del norte, lo que puso fin al sueño de hegemonía alemana en la región. Sin embargo, el artículo 12 del armisticio permitía que las tropas alemanas permanecieran en Rusia, en los Estados bálticos y en otros lugares de Europa Oriental durante el tiempo que los Aliados lo consideraran necesario, es decir, mientras fueran útiles en la lucha contra los bolcheviques, y eso es exactamente lo que estaban haciendo los alemanes. Los dirigentes británicos y franceses como Lloyd George y Foch consideraban a la Rusia revolucionaria como un enemigo más peligroso que Alemania. Los movimientos nacionales de los bálticos, finlandeses, polacos, etc., estaban ahora plenamente implicados en la guerra civil rusa, y los aliados sustituyeron a los alemanes como socios, militarmente hablando, mientras luchaban contra los rojos, en lugar de contra los blancos, lo que hacían con mayor frecuencia, puesto que muchas posesiones orientales, que antes formaban parte del imperio zarista, eran reclamadas simultáneamente por los blancos rusos, polacos, lituanos, ucranianos y otros grupos.

En todos los países que salían de las nubes de polvo causadas por el colapso del Imperio zarista, había esencialmente dos tipos de personas. En primer lugar, los obreros, campesinos y otros miembros de las clases bajas, que estaban a favor de una revolución social, apoyaban a los bolcheviques y estaban dispuestos a conformarse con una cierta autonomía para su propia minoría étnica y lingüística dentro del nuevo estado multiétnico y multilingüe -inevitablemente dominado por su componente ruso- que sustituyó al antiguo imperio zarista y que sería conocido como la Unión Soviética. En segundo lugar, la mayoría, pero no todos, de los miembros de las antiguas oligarquías aristocráticas y burguesas y de la pequeña burguesía, que se oponían a una revolución social y, por lo tanto, odiaban y luchaban contra los bolcheviques y querían nada menos que una independencia total del nuevo estado creado por estos últimos. Su nacionalismo era un nacionalismo típico del siglo XIX, reaccionario y conservador, estrechamente asociado a una etnia, una lengua, una religión y un pasado supuestamente glorioso, sobre todo mítico, que iba a renacer a través de una revolución nacional. También estallaron guerras civiles entre blancos y rojos en Finlandia, Estonia, Ucrania y otros lugares.

Si en muchos casos los blancos salieron victoriosos y lograron establecer Estados decididamente antibolcheviques y antirrusos, no es sólo porque los bolcheviques lucharon durante mucho tiempo con la espalda contra la pared en el corazón mismo de Rusia y, por lo tanto, rara vez pudieron apoyar a sus camaradas rojos en el Báltico y en otras partes de la periferia del antiguo Imperio zarista, sino también porque los alemanes y sus aliados -especialmente los británicos- intervinieron en primer lugar, y luego por medio de la milicia, para aliviar a los blancos. A finales de noviembre de 1918, por ejemplo, un escuadrón de la Marina Real, comandado por el almirante Edwyn Alexander-Sinclair (entonces almirante Walter Cowan), fue al Mar Báltico para proporcionar armas a los blancos estonios y letones y ayudarles a luchar contra sus compatriotas rojos y las tropas bolcheviques rusas. Los británicos hundieron varios barcos de la flota rusa y bloquearon el resto en su base, Kronstadt. En cuanto a Finlandia, en la primavera de 1918, las tropas alemanas habían ayudado a los blancos locales a la victoria y les habían permitido proclamar la independencia de su país.

Los responsables patricios de Londres, París, Washington, etc., tenían la clara intención de asegurar la victoria de los blancos a expensas de los rojos en la guerra civil de la propia Rusia y abortar así la empresa bolchevique, un experimento a gran escala en el que demasiados británicos, franceses, americanos y otros plebeyos mostraron interés y entusiasmo, lo que disgustó mucho a sus oligarquías. En una nota a Clemenceau en la primavera de 1919, Lloyd George expresó su preocupación de que “toda Europa está llena del espíritu de la revolución”, y continuó diciendo que “hay un profundo sentimiento no sólo de descontento, sino de cólera y revuelta entre los trabajadores contra las condiciones de la guerra…. todo el orden existente en sus aspectos políticos, sociales y económicos está siendo desafiado por las masas de la población de toda Europa”.

Sin embargo, la intervención de los aliados en Rusia fue contraproducente, ya que el apoyo extranjero desacreditó a las fuerzas contrarrevolucionarias blancas a los ojos de incontables rusos, que cada vez más veían a los bolcheviques como verdaderos patriotas rusos y, por lo tanto, los apoyaban. En muchos sentidos, la revolución social bolchevique fue a la vez una revolución nacional rusa, una lucha por la supervivencia, la independencia y la dignidad de la Madre Rusia, primero contra los alemanes y luego contra las tropas aliadas que invadieron el país por todas partes y se comportaron como si estuvieran en África central. Por esta razón, los bolcheviques pudieron beneficiarse del apoyo de un gran número de nacionalistas burgueses e incluso aristocráticos. Incluso el famoso general Brussilov, un noble, apoyó a los rojos. “La conciencia de mi deber hacia la nación [rusa] me ha llevado a negarme a obedecer mis instintos sociales naturales”. Los blancos no eran más que un microcosmos de las clases dirigentes y gobernantes del antiguo régimen ruso, oficiales militares, terratenientes y clérigos con un apoyo popular mínimo. También eran corruptos, y gran parte del dinero que los Aliados les enviaron desapareció en sus bolsillos.

Si la intervención aliada en Rusia, a veces presentada como una “cruzada contra el bolchevismo”, estaba condenada al fracaso, también se debió a que fue duramente combatida por innumerables soldados y civiles en Gran Bretaña, Francia y otras partes de occidente. Su lema era “¡Las manos fuera de Rusia!” Los soldados británicos que no habían sido desmovilizados después del armisticio de noviembre de 1918 y que iban a ser enviados a Rusia protestaron y organizaron motines, por ejemplo en enero de 1919 en Dover, Calais y otros puertos del Canal. Ese mismo mes Glasgow fue golpeada por una serie de huelgas, uno de cuyos objetivos era obligar al gobierno a abandonar su política intervencionista hacia Rusia. En marzo de 1919 las tropas canadienses se rebelaron en un campo en Ryl, Gales, matando a cinco hombres e hiriendo a otros 23; más tarde, en 1919, se produjeron disturbios similares en otros campos militares. Estos disturbios reflejaban ciertamente el deseo de los soldados de ser liberados y regresar a sus hogares, pero también revelaron que muchos de ellos no esperaban nada de un destino indefinido en la lejana Rusia.

En Francia, mientras tanto, los huelguistas de París exigían alto y claro que la intervención armada en Rusia debía terminar, y las tropas dejaron claro que no querían luchar contra los bolcheviques, sino que querían volver a casa. En febrero, marzo y abril de 1919, los motines y las deserciones asolaron a las tropas francesas estacionadas en el puerto de Odessa y a las fuerzas británicas en el distrito norte de Murmansk, y algunos británicos incluso cambiaron de bando y se unieron a las filas de los bolcheviques. “Los soldados que habían sobrevivido a Verdún y a la Batalla del Marne no querían ir a las llanuras de Rusia a luchar”, dijo un oficial francés. En el contingente estadounidense, muchos hombres se autolesionaron para solicitar la repatriación. Los soldados aliados simpatizaban cada vez más con los revolucionarios rusos; estaban cada vez más “contaminados” por el bolchevismo contra el que debían luchar. Así, en la primavera de 1919, los franceses, británicos, canadienses, americanos, italianos y otras tropas extranjeras tuvieron que retirarse de Rusia sin ninguna gloria.

Las oligarquías occidentales fueron incapaces de derrotar a los bolcheviques mediante la intervención armada. Por lo tanto, cambiaron de rumbo y proporcionaron un generoso apoyo político y militar a los nuevos Estados que emergieron de los territorios occidentales del antiguo Imperio zarista, como Polonia y los Países Bálticos. Estos nuevos Estados eran, sin excepción, el producto de revoluciones inspiradas por nacionalismos reaccionarios, demasiado a menudo teñidos de antisemitismo, y dominados por los supervivientes de las antiguas oligarquías, incluidos grandes terratenientes y generales de origen aristocrático, industriales e iglesias cristianas nacionales. Con pocas excepciones, como en Checoslovaquia, no se trataba de democracias en absoluto, sino de regímenes autoritarios, normalmente dirigidos por un oficial militar de alto rango y de origen noble, como Horthy en Hungría, Mannerheim en Finlandia y Pilsudski en Polonia. El franco y abierto antibolchevismo de estos nuevos estados sólo fue igualado por su sentimiento anti-ruso. Sin embargo, los bolcheviques lograron recuperar algunos territorios de la periferia del antiguo Imperio zarista, como Ucrania.

El resultado de esta confusa mezcla de conflictos ha sido una especie de vínculo: los bolcheviques triunfaron en Rusia y hasta en Ucrania, pero los nacionalistas antibolcheviques y antirusos con grandes y contradictorias ambiciones territoriales prevalecieron en regiones más al oeste y al norte, especialmente en Polonia, los Estados Bálticos y Finlandia. Fue un acuerdo que no satisfizo a nadie, pero que finalmente fue aceptado por todos, aunque está claro que sólo fue por poco tiempo. Se erigió un cordón sanitario compuesto por una serie de Estados hostiles alrededor de la Rusia revolucionaria con la ayuda de las potencias occidentales con la esperanza de que aislaría al bolchevismo en Rusia.

Eso es todo lo que pudo lograr occidente, pero la ambición de poner fin a la experiencia revolucionaria en Rusia, tarde o temprano, siguió estando muy viva en Londres, París y Washington. Durante mucho tiempo, los dirigentes occidentales continuaron esperando que la Revolución Rusa se derrumbara por sí sola, pero eso no sucedió. Más tarde, en la década de 1930, esperaban que la Alemania nazi se encargara de destruir la Revolución en su guarida, la Unión Soviética; por eso permitieron a Hitler remilitarizar Alemania y, a través de la famosa “política de apaciguamiento”, lo alentaron.

Jacques R. Pauwels https://www.counterpunch.org/2018/12/10/foreign-interventions-in-revolutionary-russia/

La guerra civil rusa (Primera parte) | La guerra civil rusa (Segunda parte)

Bombardeo de la aviación siria sobre Deir Ezzor: ¿quién debe tomar nota del curso de la guerra?

El domingo la aviación siria bombardeó las posiciones de yihadistas en Deir Ezzor, la zona petrolífera donde Estados Unidos tiene la intención de establecerse permanentemente.

Fue una sorpresa, no sólo porque se produce después de varias semanas de calma sino porque Deir Ezzor es una provincia que no está protegida por las baterías de misiles SS-300 que Rusia ha entregado al gobierno de Damasco.

¿Había alguna novedad que justificara el ataque sirio? Los israelíes creen que hace diez días los rusos trasladaron un batallón de SS-300 de la base militar de Masyaf, en la provincia de Hama, en el oeste de Siria, a Deir Ezzor, en el este.

Pero eso no es todo. Además de las baterías SS-300, Rusia también ha enviado tropas al este de Siria en apoyo del ejército regular.

Si esa información es correcta, es la primera vez en tres años de presencia militar rusa en Siria que Moscú despliega sus tropas en el este.

Es un desafío a Estados Unidos. Desde septiembre, cientos de ataques de Estados Unidos han afectado a las ciudades y pueblos de la provincia de Deir Ezzor, formando parte de la política de tierra quemada con el fin de apoderarse de las regiones fronterizas sirio-irakíes.

Las baterías SS-300 están destinadas principalmente a reducir el rango de acción de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en el cielo de Siria. Por lo tanto, los aliados de Estados Unidos, a saber, Gran Bretaña, Francia y otros países de la OTAN, tomarán buena nota de su presencia antes de seguir lanzando sus aviones a las posiciones del ejército sirio.

Las cosas se presentan todavía peor para Israel. Si los SS-300 se establecieran en Deir Ezzor, también servirían para proteger a los aliados del ejército regular sirio, es decir, Irán, Hezbolah e incluso los irakíes de Hachd Al-Chaabi.

El paraguas defensivo de los SS-300 se extendería más allá de Deir Ezzor, hasta la provincia de Al-Anbar en el este de Irak, donde Hachd Al-Chaabi vigila al Califato Islámico y a sus patronos estadounidenses.

El Comandante en Jefe del Hashd Al-Shaabi, Hadi Al-Ameri, está en Moscú invitado oficialmente por el gobierno ruso, probablemente para coordinar las acciones de la resistencia irakí en Deir Ezzor con el ejército ruso.

Es un desafío de Rusia a Israel, que quiere atacar a las milicias iraquíes favorables a Irán.

La CIA en tiempos de Bush

James Risen

El 15 de diciembre de 1975 una comisión del Senado abrió una audiencia para confirmar a George H.W. Bush como Director de la Agencia Central de Inteligencia. No iba a ser una fiesta de sexo.

Los demócratas tenían una amplia mayoría en el Senado y muchos seguían mosqueados con el papel de Bush como sostén del ex presidente Richard Nixon, quien había renunciado el año anterior tras el escándalo de Watergate. Además, tras la revelación en la prensa del omnipresente espionaje interno de la CIA, el Senado inició su primera investigación “a cara de perro” sobre los abusos de la comunidad de inteligencia estadounidense.

A partir de enero de 1975 el Comité Church, nombrado en honor de su presidente, el senador demócrata por Idaho Frank Church, desenterró un escándalo tras otro en la CIA, el FBI y la Agencia de Seguridad Nacional. Programas ocultos durante mucho tiempo, incluyendo una serie de conspiraciones para asesinar a dirigentes extranjeros como Fidel Castro (Cuba) y Patrice Lumumba (Congo), salieron a la luz, sacudiendo a la CIA.

A finales de 1975, la imagen pública de la agencia estaba en su nivel más bajo, y los funcionarios de la CIA y de la Casa Blanca en el gobierno del presidente Gerald Ford estaban cada vez más preocupados por el impacto político de estas revelaciones.

Para Bush, la posición de la CIA fue una gran oportunidad en un momento en que su carrera política estaba cambiando. Hasta entonces, su mayor logro en el Partido Republicano había sido ganar un escaño en la Cámara de Representantes por Texas que siempre había sido ocupado por un demócrata. Pero había perdido otra candidatura al Senado en 1970 y desde entonces había regresado a los círculos de la casta republicana. Tuvo la ignominia de presidir el Comité Nacional Republicano durante Watergate, lo que le obligó a pedir disculpas públicamente por Nixon.

Bush también había sido embajador de la ONU con Nixon y jefe de la oficina de enlace de Estados Unidos en China con Ford, y ahora el rumor en Washington era que Bush, el soldado leal, iba a recibir un premio político importante: ser el compañero de Ford en la vicepresidencia en 1976. Si no hubiera obtenido el cargo de Vicepresidente en 1976, parecía probable que más tarde se postularía solo para la presidencia.

Pero primero tuvo que ser confirmado en su puesto en la CIA. Para la Casa Blanca de Ford y la CIA, las audiencias de confirmación de Bush allanaron el camino en la batalla despiadada con los dirigentes del Congreso. En un momento crítico, el gobierno de Ford, sus aliados en el Congreso y la comunidad de inteligencia trabajaron juntos en una campaña por un falso escándalo de seguridad nacional que finalmente ayudó a Bush a cruzar la línea de meta. Esta estrategia polarizadora ha proporcionado un modelo ganador para los esfuerzos republicanos de desacreditar y distraer a Donald Trump, Devin Nunes y el intento de diluir el FBI y la investigación de Trump-Rusia por el Asesor Especial Robert Mueller.

La historia de cómo Bush se convirtió en director de la CIA está brillantemente contada en “A Season of Inquiry Revisited” de Loch K. Johnson, un renombrado historiador de inteligencia de la Universidad de Georgia y ex miembro del Comité Church.

Para ser confirmado, Bush tuvo que desafiar al Senado, donde los demócratas tenían 60 escaños gracias al derrumbe posterior a Watergate en medio de las elecciones de 1974. Si le daban luz verde, sería el primer político partidista en dirigir a la CIA. Hasta entonces, la Agencia había estado dirigida por personalidades de Wall Street, antiguos oficiales superiores del ejército o profesionales de dilatada experiencia en la Agencia.

Directamente en el camino de Bush estaba Church, que se había convertido en el portavoz y la cara pública de los esfuerzos del Congreso para investigar y reformar la comunidad de inteligencia. Church se opuso inmediatamente al nombramiento de Bush, al que consideraba como un intento de Ford para instalar al miembro de un partido en la CIA, una maniobra de la Casa Blanca justo cuando el Congreso estaba tratando de detener los abusos de la Agencia. Church consideró el nombramiento de Bush como un ataque directo de la Casa Blanca a la investigación de su Comité.

“Necesitamos una CIA que pueda resistir todas las presiones partidistas que puedan ejercer varios grupos dentro y fuera del gobierno, particularmente las presiones de la propia Casa Blanca”, dijo Church en un discurso ante el Senado. “Por eso es tan imprudente el nombramiento del embajador George Bush. Una cosa es elegir a una persona que pueda tener experiencia política y otra es elegir a alguien cuyo papel político principal ha sido el de presidente del Comité Nacional Republicano. No se trata de eliminar a una persona de la lista de candidatos simplemente porque haya ocupado un cargo público. Pero la línea debe trazarse en alguna parte, y un hombre de la prolongada participación del Sr. Bush en actividades partidistas al más alto nivel del partido seguramente prevalece sobre esa línea”.

En su audiencia de confirmación, Bush hizo poco para disipar las preocupaciones de Church. En su lugar, advirtió que “no podemos ver a la CIA desmantelada”, un ataque obvio a los esfuerzos de investigación del Senado.

A medida que se acercaban las vacaciones, la confirmación de Bush permaneció en el limbo. Luego, el 23 de diciembre de 1975, ocho días después de su audiencia de confirmación, Richard Welch, jefe de la estación de la CIA en Grecia, regresaba a casa tras una celebración navideña en la residencia del embajador de Estados Unidos en Atenas cuando fue ejecutado.

Welch había sido un blanco relativamente fácil para un grupo militante local conocido como “17 de noviembre”. Vivía en la misma casa que varios ex jefes de la estación de la CIA y había sido identificado públicamente en publicaciones en Grecia. Más tarde, el grupo afirmó que sus miembros lo habían estado siguiendo durante meses.

La CIA y la Casa Blanca de Ford vieron rápidamente el asesinato de Welch como un golpe de suerte político. En un momento en que la CIA estaba siendo atacada por el Congreso y el nombramiento de Bush al Senado estaba en peligro, había un héroe muerto de la CIA por el que llorar.

Renunciando a las restricciones, Ford anunció que Welch podría ser enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington. El avión que traía su cuerpo a casa a principios de enero “dio vueltas alrededor de la base Andrews de la Fuerza Aérea durante tres cuartos de hora para aterrizar en vivo durante el Today Show”, según el libro de Johnson.

La CIA y la Casa Blanca empezaron a explotar la muerte de Welch para desacreditar el trabajo de Church y su comité. William Colby, el director saliente de la CIA, atacó al Congreso, culpando del asesinato de Welch a la “sensacional e histérica forma en que las investigaciones de la CIA se habían llevado a cabo y aireadas en todo el mundo”, escribió Johnson.

No había la más mínima evidencia de que algo de lo que hizo el Comité Church condujera al asesinato de Welch. Pero la verdad no tenía importancia para la CIA y la Casa Blanca de Ford, y la campaña para desacreditar a Church y la investigación de su Comité funcionó. Después del asesinato de Welch, el apoyo público al Comité Church declinó.

El cambio de aires fue útil para Bush. El 27 de enero de 1976 el senador Strom Thurmond de Carolina del sur pidió su confirmación, afirmando que el público estaba más preocupado por las revelaciones que “demolían la CIA” que por “seleccionar a este hombre altamente competente para reparar el daño de la sobreexposición”, según el libro de Johnson. Más tarde ese mismo día, Bush fue confirmado por 64 votos a favor y 27 en contra.

Bush fue el único director de la CIA durante un año. Ford -que finalmente eligió a Bob Dole como su compañero de viaje- fue derrotado por Jimmy Carter en las elecciones de 1976. Bush trató de convencer a Carter de que lo mantuviera como director de la CIA, pero el vicepresidente de Carter era Walter Mondale, quien había sido un miembro prominente del Comité Church y tenía el compromiso de Carter de tratar de implementar muchas de las recomendaciones del Comité para reformar la comunidad de inteligencia.

Así que Bush se postuló para presidente. Perdió en las primarias ante Ronald Reagan, y luego apoyó a Reagan como su compañero de fórmula en las elecciones de 1980.

La carrera política de Bush debe mucho al mal uso de la ejecución de Welch. Más importante aún, ayudó a lanzar una tradición republicana de falsos escándalos de seguridad nacional para desacreditar a los demócratas y ganar batallas políticas. Tras la muerte de Bush, muchos miembros de la prensa convencional y de la élite política lo llevaron a una era de civilidad pasada, en la que el partidismo fue frenado por el bien común. Pero no empezó ayer. Hay una línea recta entre Welch y la inteligencia de preguerra sobre las armas de destrucción masiva de Irak, Bengasi, y la loca búsqueda de Nunes a medianoche para encontrar pruebas de que estaban espiando a Trump.


https://theintercept.com/2018/12/08/george-hw-bush-cia-director/

Corea del norte estrecha sus relaciones con el gobierno de Bashar Al-Assad

Esta semana el Ministro de Asuntos Exteriores de Corea del norte, Ri Yong Ho, ha visitado en Damasco al Presidente sirio Bashar Al-Assad y a su homólogo  Walid Al-Muallim, con quienes se ha reunido para estrechar sus relaciones.

Durante su visita Ri Yong Ho ha subrayado repetidamente que no permitiría “el debilitamiento de las relaciones de su país con Damasco”.

Destacó que su país estaba bajo presión extranjera, porque no quiere cumplir con los deseos de algunos países extranjeros y rechaza su injerencia.

Esta posición es compartida por Bashar Al-Assad, quien también insistió en fortalecer las relaciones Damasco-Pyongyang a pesar de las presiones.

Durante muchos años, Estados Unidos, algunos países europeos y el régimen de Tel Aviv han mostrado su preocupación  por los vínculos entre Corea del norte y Siria.

Durante dos décadas, Estados Unidos ha acusado repetidamente a Corea del norte y Siria llevar a cabo intercambios militares masivos, como si esto fuera un delito internacional. En 1992 aprobaron sancione contra ambos países tras la firma de un contrato para la venta de misiles crucero.

La visita a Siria del ministro norcoreano de Asuntos Exteriores demuestra una vez más que las amenazas y las sanciones no pueden impedir el desarrollo de relaciones entre dos países independientes.

Con su homólogo sirio, Ri Yong Ho discutió la coordinación de las posiciones de ambos dos países sobre asuntos internacionales y temas de interés común.

Las dos partes también intercambiaron información sobre su cooperación bilateral en diversos campos antes de abordar los desafíos comunes que representan una amenaza para su soberanía e independencia.

Noche de enfrentamientos de los manifestantes con la policía en Atenas

El movimiento de los “chalecos amarillos” se ha extendido a Atenas, donde el viernes por la noche se produjeron fuertes enfrentamientos de los manifestantes con los antidisturbios tras un homenaje a las víctimas de la represión en Exarcheia.

Los manifestantes, algunos de los cuales llevaban “chalecos amarillos”, se concentraron a mediodía y luego a las 18:00 de la tarde para recordar a Alexis Grigoropoulos, un estudiante de bachillerato de 15 años asesinado por un policía el 6 de diciembre de 2008 en Exarcheia, hace exactamente diez años.

Cada una de estas manifestaciones terminó en enfrentamientos muy violentos, especialmente por la noche, ya que el gobierno de Syriza sacó a los antidisturbios a la calle y se vieron numerosas barricadas.

La policía logró entrar en la plaza central de Exarcheia a las 21:30 de la noche, pero tuvieron que retroceder rápidamente bajo una avalancha de cócteles molotov, piedras, tablas, residuos metálicos, macetas y bombas incendiarias que les lanzaron los manifestantes.

Hasta las 4 de la madrugada la policía intentó en siete ocasiones volver a entrar en la plaza. Hubo al menos 20 heridos, dos de ellos graves y la policía detuvo a 66 manifestantes, de los que 13 han pasado a disposición judicial.

El asesinato de un estudiante de secundaria por un agente de policía en diciembre de 2008 en Grecia supuso tres semanas ininterrumpidas de luchas cercanas a una insurrección social, con más de 300 bancos, comisarías de policía, instituciones públicas y tiendas de lujo quemados en todo el país.

Fascismo y ultraderecha: un fenómeno que no se mide con la vara LGTBI

Mar Garcia Puig, En Comú Podem
Juan Manuel Olarieta

Ayer me topé con un artículo “bobo” en un medio típicamente “bobo”, como ElDiario.es, firmado por Mar Garcia Puig, lingüista, editora y diputada de En Comú Podem, es decir, el currículum perfecto que corresponde a un “bobo”.
Naturalmente, el artículo es el prototipo de la ideología de dicha tribu urbana, que no parece tal porque sólo se habla de “tribu” cuando se refieren a alguien que procede de barrios marginales.
Los temas que el artículo aborda son el juguete favorito de los “bobos” en este momento: el miedo al fascismo o, mejor dicho (perdón), a “la ultraderecha” que Vox representa y “muy especialmente”, los que pertenecen al colectivo LGTBI.
No sabemos si se habrán enterado: alguien es fascista (“ultraderechista”) por su posición ideológica en materia LGTBI y, al revés, pasa al terreno del progresismo y la democracia si supera esa prueba del algodón.
Pero hay algo mucho peor que ser fascista, que es ser antimoderno, un fósil del Paleolítico, que también se define por su posición frente al movimiento LGTBI. No exactamente sobre los homosexuales, transexuales y demás, sino por quien se atribuye su representación, como es el caso.
El fascismo no se define por su política hacia el colectivo LGTBI, ni hacia los gitanos, ni los judíos, ni los moros, ni los negros, ni cualquier otra minoría, sino hacia la clase obrera y demás sectores populares oprimidos y humillados.
Dicho en román paladino: el fascismo concierne a la lucha de clases, no a las tribus urbanas. Si llega el caso, cuando los fascistas se dediquen a perseguir a los homosexuales de nuevo, lo harán con quienes puedan, que serán los sectores marginales de la sociedad. No se van a poner la soga en el cuello a sí mismos, ni mucho menos a su clase social, por supuesto.
Lo diré más claro todavía, a ver si los “bobos” se enteran de una vez: el juez de Avilés que recientemente condenó por uno de esos absurdos delitos de odio a un descerebrado que había aplaudido el asesinato del gran poeta Federico García Lorca “por maricón”, admite que los contenidos fascistas que se introducen en las redes sociales son impunes, a diferencia de los homófobos.
La sentencia desentraña las claves mistificadores de la modernidad que, como uno de esos grandes agujeros negros de las galaxias, lo devora todo. A García Lorca no lo mataron “por maricón” sino por ser republicano y antifascista. Los que 80 años después siguen enterrados en las cunetas de las carreteras, no fueron asesinados por su conducta sexual, porque el sexo no es el motor de la historia.
Hoy los jueces pueden admitir mensajes fascistas en las redes sociales, mientras los homófobos constituyen delito. Los “bobos” les siguen la corriente: se centran en aquellos aspectos de la realidad que encubren los otros, a saber, el fascismo y las clases sociales.
(*) https://www.eldiario.es/tribunaabierta/esperanza-LGTBI-frente-ultraderecha_6_843475655.html

Más información:

– https://mpr21.info/2018/11/casi-todos-los-bobos-votan-podemos.html
– La degeneración política del eco-pacifismo
 

La abstención es el ‘partido más votado’ en Andalucía

Jose A. Cano

La opción favorita de los votantes andaluces no fue ninguno de los partidos que se presentaban sino la abstención. Con un 58’65 por ciento de participación, han sido los comicios regionales en los que menos porcentaje del censo ha ido a votar desde 1990, cuando apenas llegó al 54’7 por ciento, y también los recientes de cualquier tipo, incluyendo generales o municipales.
En total, 2,6 millones de andaluces, más de un 41 por ciento del censo, no han votado nada. Es una cifra superior al del número de votantes o porcentaje de voto de cualquiera de los partidos que se presentaban. De hecho, el partido ganador de las elecciones, el PSOE, ha tenido poco más de un millón de votos. Ni siquiera la alianza que se da como más probable, PP con Ciudadanos y Vox, alcanza los dos millones de votos, entre los tres suman 1,8 millones de votantes, 800.000 menos que todas las personas que decidieron no votar.
Los resultados que ofrece la Junta de Andalucía calculan el porcentaje de votos sobre el total de participantes, es decir, cuando se dice que el PSOE-A obtuvo el 27 por ciento o el PP el 20 por ciento de los votos es sobre la gente que acudió a votar, no sobre el censo total. Si se suma a los abstencionistas los porcentajes de voto quedarían así: PSOE 16 por ciento (27 por ciento sobre participación), PP 11 por ciento (20 por ciento), Ciudadanos 10,4 por ciento (18 por ciento), Adelante Andalucía 9 por ciento (16 por ciento) y Vox 6 por ciento (10,9 por ciento).
Respecto a las autonómicas de 2015 han dejado de votar algo más de 400.000 personas. Entonces ya ganó también la abstención, 2,2 millones y 36 por ciento frente al 35 por ciento de porcentaje de voto del partido ganado, el PSOE. Esto es prácticamente el número de votos que ha perdido Susana Díaz y también una cifra muy similar a la del número de votantes de Vox.
Se trata de una tendencia que no se ha detenido desde 2004-2008. En aquellas autonómicas, celebradas a la par que las generales, la participación alcanzó el 75 por ciento y el 72 por ciento respectivamente, en cifras muy similares aunque ligeramente inferiores a las del resto de España. Desde entonces la participación ha sido descendente.
De hecho el ritmo se incrementa y se ve claramente si contamos con la participación en comicios de cualquier tipo en Andalucía desde 2011. En las municipales de 2011, 34,1 por ciento de abstención, dejaron de votar 2,1 millones de andaluces. En las generales de ese mismo año la participación sube, y dejan de votar 1,8 millones y a abstención es del 29,3 por ciento.
El ligero repunte se da también entre las autonómicas de 2012, un 39 por ciento de abstención y 2,3 millones de personas que se quedaron en casa, y 2015, un 37 por ciento y 2,2 millones. En las municipales de 2015 dejan de votar 2,4 millones, un 38 por ciento del censo. En las generales de diciembre de ese año la abstención es del 30,9 por ciento, dos millones de personas, y en las de verano de 2016 del 31’8, 1,8 millones. Este desfase se debe a los cambios en el censo también.
El voto nulo, por cierto, ha batido un récord absoluto del 2,2 por ciento de los votos emitidos, más del doble que en 2015 y por primera vez superando el 2 por ciento en unos comicios andaluces.

https://lamiradacomun.es/nacional/abstencion-elecciones-andalucia/

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