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La no-invasión es inminente

Cuando se ha hecho evidente que Rusia no tenía ninguna intención de invadir Polonia o los Estados bálticos, la histeria se ha disparado. Durante años los caciques que gobiernan esos países no se han cansado de denunciar planes inminentes de ataque con los que han tratado de convencer al mundo de un peligro que sólo ellos eran capaces de adivinar.

Pero los tanques rusos no asoman por la frontera y el Kremlin parece que tiene otros asuntos de los que ocuparse. La semana pasada Putin concedía una entrevista al periódico italiano Il Corriere della Sera en la que decía que la idea de atacar a un país de la OTAN no estaba más que “en las pesadillas de un descarriado”.

Este rechazo a invadir a sus vecinos les ha dejado frustrados, en especial a la Presidenta lituana Dalia Grybauskaité que había sembrado el pánico en el país con alertas periódicas de las amenazas que acechaban desde el otro lado de la frontera. En previsión de una inminente invasión, a comienzos de año el gobierno publicó un manual de superviviencia y resistencia antirrusa.

Un portavoz del Ministerio de Defensa, Juozas Olekkas, que presentó el manual ante la prensa, confesó su frustración por la inactividad rusa: “Nos hemos preocupado tanto por publicar un folleto diciendo lo que había que hacer cuando nos invadieran y ni siquiera tienen la amabilidad de venir a invadirnos”, ha declarado. “Es típico de los rusos. No hay que tener confianza en ellos para nada”.

Ante el fallo del primero, ahora el Ministerio de Defensa lituano prepara un segundo manual de autoayuda: cómo actuar en caso de que no nos invadan, qué hacer cuando no pasa nada, cuando hay paz.

El caso es que la amenaza rusa de no invadir a ningún país se ha convertido en un problema en el Báltico. El gobierno está tumbado en el diván del siquiatra. ¿Acaso Rusia no quiere invadir Lituania porque lo consideran como un país muy poco importante? Es un menosprecio por su parte.

En Varsovia el gobierno también lleva a cabo campañas de “concienciación activa” del peligro ruso y un portavoz anónimo ha dicho: “Rusia ha invadido Ucrania al menos 47 veces en los últimos 12 meses, o casi. No sabemos por qué siguen invadiendo después de retirarse para luego volver a invadir de nuevo, pero sabemos que lo hacen porque nosotros vigilamos Twitter y Facebook y porque Arseni Yatseniuk lo dice. De ello deducimos que tarde o temprano nos tocará a nosotros; al menos eso es lo contamos a nuestros conciudadanos desde hace un año. Por eso no es una buena noticia saber que [los rusos] podrían quedarse en su casa. Si insisten en no venir, la gente podría comenzar a decir que [nuestras alarmas] no eran más que una novatada destinada a distraer su atención de los problemas internos de Polonia y eso podría resultar desastroso para nosotros como nación”.

El temor de que Rusia no invada a nadie también repercute en Washington, donde una portavoz del Departamento de Estado ha manifestado su perplejidad: “Estamos seguros de que los rusos quieren recrear la Unión Soviética. Es lo que nuestro Presidente dijo el otro día y no tenemos ninguna razón para no creerle. Ciertamente la primera escala antes de alcanzar Johanesburgo deben ser los Estados bálticos y luego Polonia. Entonces, ¿por qué no invaden? Para nosotros es un misterio, pero vamos a continuar con nuestros vasallos… Lo siento, quería decir, nuestros aliados, asustando a la gente para que se den cuenta de la amenaza y creo que es importante apuntar que incluso una no-invasión puede ser considerada como parte integrante de su agresión”.

La semana pasada la esperanza del comienzo de la invasión surgió cuando dos submarinos británicos Typhoon estacionados en Estonia zaparon urgentemente para interceptar y vigilar a dos aparatos militares rusos bajo el Mar Báltico. No obstante, sus esperanzas quedaron frustradas cuando consultaron los mapas de navegación y se dieron cuenta de que los rusos estaban mucho más cerca de Rusia que ellos de Gran Bretaña.

Fuente: http://www.theblogmire.com/russian-non-invasion-causing-concern-in-european-capitals/

Hollywood: la fábrica de las pesadillas

¡Qué grande es el cine! Es el Séptimo Arte, sinónimo de “glamur”. En un país como Estados Unidos donde el dinero es el rey, el arte nunca ha tenido sitio… salvo que se pueda convertir en dinero. El cine es el cine norteamericano y Hollywood es La Meca del cine, la Fábrica de los Sueños, un lugar donde los adolescentes creen que quieren ser “artistas”, cuando lo que quieren es sólo ser famosos. Quieren ser alguien distinto de ellos mismos. Adoran y les gustaría ser adorados. Son jóvenes, guapos y para “triunfar” en la gran pantalla no hace falta otra cosa.

Hollywood es un gran decorado donde todo es falso, todo es de cartón. Los focos apuntan hacia una esquina pero lo demás queda a oscuras. Nadie mira hacia ese lado… excepto un documental estrenado recientemente en Cannes que se titula “Un secreto abierto”. Hasta ahora cuando pensábamos en el lado oscuro de Hollywood, nos venía a la cabeza el alcohol, las drogas, las violaciones, la prostitución y el comercio de carne humana. Ahora este documental le añade la pedofilia.

La realizadora Amy Berg narra los abusos sexuales de cinco niños y adolescentes que llegaron a Hollywood seducidos por el dinero y la fama y acabaron atrapados en las redes de los representantes, productores y directores. Uno de ellos es Michael Egan que con 16 años soñaba con ser el nuevo Tom Cruise y alguien le ofrece la oportunidad de su vida, una de esas que no puedes dejar pasar, conocer a gente famosa, influyente, que te puede introducir… ¿Introducir qué?

Hace ahora casi 20 años se celebró una reunión en una de esas lujosas mansiones con piscina en lo alto de la colina, al aire libre. Allí estarán conocidos productores, como Marc Collins-Rector y Chad Shackley, que buscan caras nuevas. Ambos son socios y amantes embarcados en el nuevo negocio del vídeo en línea. No son los únicos que acuden a la reunión. También está Garth Ancier, el productor que lanzó Los Simpson, 21 Jump Street y Casados, dos hijos. También aparece por la mansión Bryan Singer, director de “Sospechosos habituales” y “El regreso de Supermán” que estaba a punto de rodar un taquillazo: X-Men.

La coartada es hablar sobre una empresa de vídeo digital, pero el relato de Michael Egan es muy confuso. Dice que le emborracharon, le drogaron y le violaron nada menos que durante dos años, en una especie orgía prolongada. Los acusados se defienden diciendo que era un chantaje, que Egan sólo quiere dinero. A pesar del tiempo transcurrido, no se ha cerrado el caso. La fiscalía se ha disculpado con Ancier porque la acusación es infundada. Por su parte, Singer niega la violación pero ha pagado 100.000 dólares para que le retiren la acusación.

Otro de los niños que aparece en el documental es Evan Henzi, quien relata las violaciones de que fue objeto de los 11 a los 17 años por parte de su representante. En 2011 publicó una grabación de audio en la que el responsable confiesa los abusos.

Aquel mismo año murió Corey Haim, una verdadera estrella de Hollywood desde su infancia. La autopsia determinó que lo que acabó con su vida fue una pulmonía, pero en su organismo había antidepresivos, ibuprofeno, relajantes, marihuana, remedios contra la tos… Compartió un programa de televisión con Corey Feldman, conocido por su participación en los Goonies y en Stand by me. Según su amigo, Haim se drogaba para olvidar las violaciones de que ambos fueron objeto por “la industria del espectáculo”.

El representante de ambos era el mismo. Mientras le violaba, cuenta Feldman al diario Sun, simulaba estar dormido… Por eso a Hollywood le llaman “la fábrica de los sueños”. Adormece.

Estamos convencidos de que a este documental nunca le darán un Óscar de la Academia.

Lumpenburguesía

Nicolás Bianchi

Anda la Caverna -lo que en tiempos de la Transición, y poco antes, se llamaba el búnker- husmeando en los sueldos de los podemitas y antes de bildurris, fingiendo estar escandalizada por el uso que harán de los dineros que manejarán donde ostenten la vara de mando. Cree el ladrón que todos son de su condición. Ya están buscando las cosquillas y echando la almadraba algo se pescará.

Antes de seguir -y enseguida acabo-, diré que los sueldos que cobran estos mangarranes, eso que llaman la «clase política», es una obscenidad y un robo al pueblo sin ni siquiera ponerse el pañuelo de caco -de esos que llevaban los asaltantes de diligencias- de bancos en la cara (o en la jeta). Y todavía hay quien dice que «los políticos» españoles cobran poco. Será por eso que trincan y se dejan corromper: para poder alimentar a sus famélicas familias, como hacían en el tardofranquismo lo que se conocía como «pluriempleados», en castizo pluriempleaos, obreros a los que no les alcanzaba con un sueldo de miseria.

Me mandan una «emilia» donde se lee que con lo que gana Rajoy en un mes -no en un año: en un mes- una pensionista con cuatro hijos vive durante dos años y medio. O que un diputado con tan solo dos años de ejercicio ya opta a la jubilación con todos sus derechos, por supuesto, mientras que un trabajador necesita 35 años.

Son funcionarios -los que informan- que han visto congelados o rebajados sus emolumentos los que bastante «quemaos» y sabedores de lo que ganan y trapichean realmente los «políticos», sacan a relucir sus corruptelas. Concluyen que -ahora que les tocan las bolas- ser «político» es un chollo (ya les ha costado, dicho sea de paso). Y no, como entendemos algunos, la política sin comillas: un honor y un servicio (o sea, como Zaplana, jajajaaaaa), no una profesión con pingüe nómina. De aquí que se hable, impropiamente, de «clase política» -como si fuera una clase social igual que, por ejemplo, la burocracia- cuando en realidad no son otra cosa que parásitos del pueblo trabajador y laburante, de las clases productivas, de los trabajadores, de los que la hincan. No existen «los políticos»: existe eso que da en llamarse «la política» (que incluyen a «los políticos») en la que medran y «hacen carrera» sinvergüenzas y holgazanes que, si al menos no hicieran daño, todavía… Pero no, va a ser que no. La «política» la hacen personas que lo mismo se entregan en cuerpo y alma al pueblo que se sirven de él como demagogos para enriquecerse y lucrarse («indebidamente», como dice el Derecho burgués). Es decir, DELINCUENTES, como decía San Agustín (o Agustín de Hipona si le bajamos de la peana).

A un diputado o senador sólo se le retiene el 4,5% de su nómina. Zapatero, cuando era presidente, cargaba sus gastos vacacionales a los presupuestos estatales. Bono, Pepe Bono, el hombre que se equivocó de partido, o no, según se mire, como el socialfascista Joaquín Leguina, que se pasea en «tea partys» fascistas televisivos, cobra, digo, 13.800 euros al mes (en pesetas una burrada mareante): entre sueldo y complementos  3.126 por diputado, 3.600 como complemento (no sabemos si directo, indirecto o circunstancial), 3.900 para gastos de representación y 3.200 de libre disposición. ¿Qué tal, cómo se les quedó el cuerpo? Manuel Chaves cobraba al año 81.000 eurazos por ser ministro más una… (aquí se interrumpe el manuscrito, lamentamos las interferencias, permanezcan atentos a la pantalla).

Al descubierto el apoyo del MI6 al Califato Islámico

En el juicio contra el sueco Bherlin Gildo que se celebra en Londres todo marchaba según lo previsto. Tenían una cabeza de turco, un “sparring” con quien la prensa podía practicar con guantes de boxeo, una acusación de terrorismo, la guerra de Siria, el maldito islamismo… El escenario ideal para un estudiante de periodismo en prácticas.

Hasta que la mierda empezó a salir por los cuatro costados, como es previsible tratándose del Califato Islámico: el acusado había apoyado a la organización terrorista tanto como el servicio de información británico.

Cuando la mierda empezó a asfixiar el juicio, quedó claro que no había más que mierda y entonces el fiscal tiró la toalla. En toda esa clase de juicios, como en el caso GAL en España, el Estado no se pone la soga al cuello.

El abogado defensor lo tuvo claro desde el principio, y acertó. Si su defendido era un terrorista, el Estado británico que pretendía juzgarle era otro igual de terrorista. Seguir el juicio, dijo, suponía una “afrenta a la justicia”. El Estado británico había prestado un apoyo al Califato Islámico (“la oposición siria”) que calificó como “masivo”.

A pesar de la guerra, el gobierno de Cameron, que es como el de Rajoy, salió al paso diciendo -nada menos- que tal apoyo al terrorismo había sido “no letal”. Se trataba sólo de chalecos antibalas y vehículos militares.

Tras el primer paso atrás llegó el segundo. El gobierno británico había participado en la creación, el apoyo logístico y el suministro secreto de “armas a gran escala” a la llamada “oposición siria”, que es la excusa bajo la que esconden a los fundamentalistas. Tras derrocar a Gadafi, en 2012 el MI6 cooperó con la CIA para aprovisionar a la “oposición” siria con armas procedentes de almacenes libios. Después de destrozar Libia se disponían a hacer lo mismo en Siria: no dejar títere con cabeza.

Hace dos semanas a un taxista londinense, Anis Sardar, le condenaron a cadena perpetua por participar en 2007 en la resistencia contra la invasión de Irak por las tropas imperialistas. Los jueces son los únicos que le pueden dar la vuelta a la realidad: el terrorismo no es invadir un país soberano de manera ilegal sino oponerse a ello. Es lo mismo que hicieron los franquistas a partir de 1939: quienes se habían sublevado eran los republicanos.

Con la nueva excusa de “combatir” al Califato Islámico los imperialistas anglosajones han vuelto a Irak, aunque el referido “combate” no aparece por ninguna parte y el mes pasado los fundamentalistas se apoderaron de Ramadi delante de sus narices. Dos formidables ejércitos expedicionarios, que fueron capaces de derrocar a Saddam Hussein, ¿no son capaces de hacer lo mismo con las hordas takfiristas? Visto su estrepitoso fracaso, ¿no será mejor que se larguen de una vez?

En cualquier parte del mundo los jueces pueden darle la vuelta a las cosas, como acostumbran, pero los hechos no pueden ser más claros y evidentes: los imperialistas invadieron Irak -entre otras- por unos vínculos inexistentes de Saddam Hussein con Al-Qaeda. Entonces esta organización no existía en Irak. Apareció con ellos presentes en Irak. Se deshicieron de Saddam Hussein para hacer Al-Qaeda en Irak, lo que hoy son el Frente Al-Nusra y el Califato Islámico.

Exactamente lo mismo que ocurrió en Afganistán a partir de 1980.

Manuela Carmena reconoce el engaño electoral de la coalición ‘Ahora Madrid’

Aday Quesada

Las circunstancias por las que está atravesando el Estado español no están permitiendo siquiera que la gente se pueda tomar el lujo de soñar. Apenas un par de semanas después de los comicios autonómicos y locales la dura realidad se vuelve a apoderar de todos nosotros. Y no es sólo la derecha tradicional la que se encarga de recordarnos dónde están ubicados los poderes reales en este país. También los flamantes nuevos alcaldes zurcidos con las filigranas mediáticas nos advierten, tras la llamada «fiesta electoral de la democracia», que hay que volver a la realidad y que las «imprudencias» se pagan caras.

Como ya mucha gente ha podido constatar, la veterana alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, no nació anteayer. Sobre sus espaldas pesa una larga trayectoria política al servicio de las instituciones de la Monarquía. Sus primeros pasos los dio, sin embargo, en las filas del PCE hacia finales de la década de los sesenta, asesorando a los colectivos laborales que en una dura brega resistían los fuertes embates de una dictadura agonizante.

En la segunda mitad de los setenta, Carmena, como los Tamames, las Almeidas, los Solé Tura y un sinfín de profesionales de la economia y del derecho, tuvo una participación entusiasta en aquel violento proceso político que paradójicamente dieron en llamar «la Transición pacífica» a la democracia.

Sin embargo, como ella misma contó en una reciente entrevista concedida al periódico derechista francés Le Fígaro, su pertenencia al PCE fue «utilitarista». Es decir, que su adscripción a esa organización estuvo condicionada exclusivamente por consideraciones «prácticas». No es esta una justificación que Carmena se saque novedosamente de la manga. No pocos ex comunistas vergonzantes intentan desde hace años borrar lo único digno que hubo en sus biografías argumentando que solo militaron en esa organización porque era la única que luchaba contra el franquismo. Y es que hoy no viste muy bien en la Europa neoliberal y del reformismo rampante eso de tener un pasado comunista. «El PCE era lo más eficaz contra el franquismo»– se esmeró Carmena en aclararle a su entrevistador en este sentido. Ésa fue la razón -y no ninguna otra veleidad ideológica- la que arrastró a la joven letrada a militar en la década de los sesenta a las filas de la única organización que se enfrentaba «con eficacia» contra la dictadura de Franco.

Una vez coronada felizmente la «Transición», la biografía de Carmena dio un giro copernicano. Asentó con «realismo» sus posaderas y abandonó su militancia en un PCE que en 1982 apenas había logrado obtener una escuálida representación en las Cortes de la Monarquía de los Borbones. A comienzos de los ochenta, Manuela Carmena inició una larga y ambiciosa carrera judicial que la llevaría a ocupar una distinguida poltrona en el Consejo General del Poder Judicial, garante legal del ordenamiento jurídico del régimen heredero de la dictadura.

Pese a la exquisita precisión con la que Carmena se molestó en explicarle a Le Figaro las inocentes razones de su paso por las filas rojas, al reportero francés no le interesaron, en cambio, los motivos por los que en el año 2011 fue nombrada asesora del Gobierno vasco encabezado por el psocialista Patxi López, nombrado lehendakari gracias a los apoyos prestados por el Partido Popular vasco y UPyD.

Cargada de estas alforjas a nadie debería extrañarle, pues, que la fulgurante alcaldesa de Madrid declarara en sus respuestas al rotativo francés que en su programa electoral «hay ideas que no sabe si serán realizables». Cuando su entrevistador le preguntó, atónito, que si eso no era engañar a los electores, Carmena no tuvo empacho en reconocer que sí, que en efecto, eso era engañar a los electores… (sic). «Y que por eso insistió desde el principio en el hecho de que el programa electoral no es una Biblia para mí, es una lista de sugerencias».

Olvidar las promesas electorales no es algo que resulte una novedad entre los partidos-pilares del régimen de los Borbones. El PP, el PSOE e, incluso, IU cuando se le ha brindado la oportunidad, convirtieron esa práctica en un marchamo previsible para sus votantes. Solo que en esta ocasión muchos miles de madrileños habían alimentado la vana ilusión de que ahora las cosas iban a ser diferentes.

Con el recorrido descrito cualquiera podrá comprender que Manuela Carmena es una mujer del sistema, del sistema nacido de la Constitución de 1978. La verdad es que ella nunca se ha negado a reconocerlo, ni siquiera en momentos como estos en los que la llamada «Carta Magna» está tan desprestigiada entre una buena porción de los españoles. También es cierto que si se atreviera a hacer lo contrario le resultaría muy difícil explicar el porqué de su actual pertenencia al Patronato de la «Fundación Alternativas», el think tank o laboratorio de ideas donde el PSOE diseña las estrategias que luego ejecuta en su práctica política cotidiana.

Como ya hizo antes Rodríguez Zapatero, y mucho antes que él Enrique Tierno Galván, la señora Carmena parece dispuesta a conseguir que la política en el Ayuntamiento de Madrid consista tan sólo en cambiar los muebles de sitio. Rodríguez Zapatero intentó cubrir sus políticas neoliberales con gestos tales como la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, o sacando las tropas de Irak para meterlas luego en Afganistán. Había aprendido la técnica del «viejo profesor», que inventó aquello de la «movida madrileña» para ocultar así el tsunami arrasador de las privatizaciones de Felipe González.

Quizá sea esa la razón por la que, a través de sus declaraciones a Le Fígaro, Manuela Carmena ha advertido a sus variopintos concejales que ha descubierto en algunos de ellos «una actitud muy clásica, muy rígida; muy propia de los partidos tradicionales». Y adelanta que el programa electoral para ella es tan sólo una simple «lista de sugerencias». Carmena puso igualmente en claro cuál es su posición en relación con el «asamblearismo». «Las asambleas interminables -sermoneó la venerable señora- para discutir la tesis, la antítesis y la síntesis… crean mal ambiente y divisiones».

Imitando a sus antecesores socialdemócratas, Manuela Carmena confesó también a Le Fígaro su voluntad de proceder como ellos a cambiar los muebles de sitio: «las fiestas del Orgullo Gay, como las de San Isidro, serán convertidas en parte de la historia de Madrid». Como se ve, toda una impactante “revolución” en tiempos de una crisis capitalista sin precedentes.

La cuestión es que hoy esta suerte de señuelos destinados a encubrir la incapacidad propia para resolver los auténticos problemas de la gente, puede terminar convirtiéndose en un peligroso boomerang . El Madrid del 2015 no es el de la «movida de los 80», ni tan siquiera el de hace sólo 10 años. Los reformistas del sistema tendrían que cuidarse de que el famoso aserto marxiano no termine invirtiendo su orden cronológico y en lugar de mutar de tragedia a comedia, la suya termine convirtiéndose en una simple y dramática catástrofe.

Fuente: http://canarias-semanal.org/not/16366/la-alcaldesa-de-madrid-reconoce-al-periodico-le-figaro-que-las-promesas-electorales-de-su-grupo-eran-enganosas/
 

Periko Solabarria

El recientemente fallecido, Periko Solabarria, con 85 años, histórico militante de la izquierda abertzale y también del movimiento obrero en los años sesenta del siglo pasado, sobre todo en la margen izquierda del Nervión, fue de los primeros, por no decir el primero, cura-obrero que cambió la sotana por el buzo.

Un hombre entregado a una causa y a una «famélica legión», como pocos, como muy pocos. Ya en Triano, un barrio minero de La Arboleda, donde «La Pasionaria», antes de que la llamaran así, era cantinera de los mineros, le llamaban «santo» a Solabarria donde entonces fungía de párroco antes de «des-sotanarse» viendo en qué miserables condiciones se trabajaba.

En 1982, año del triunfo electoral del venal y felón Felipe González, elecciones en las que Periko salió parlamentario por Herri Batasuna a las Cortes españolas, dijo en un mitin en San Sebastián: «Que me oigan bien: quienes secuestran a los Lipperheide, Ybarra (*), etc., están limpiando de maleantes e indeseables, no sólo las tierras de Euskadi, sino también las de Andalucía. Gora ETA militarra!»

Le metieron a juicio, uno más.
Un imprescindible, que diría Brecht.

(*) Oligarcas vascos.

Los financieros que auparon a Hitler al poder

Durante el proceso de Nuremberg, el ministro de Economía del III Reich, Hjalmar Schacht, pidió reciprocidad: si a él le sentaban en el banquillo por financiar el hitlerismo, también deberían sentarse a su lado Ford, la General Motors y el banquero británico Norman Montagu por los mismos motivos. Pronto el servicio secreto estadounidense le visitó para ofrecerle inmunidad a cambio de silencio. A pesar de las protestas soviéticas, el Tribunal le absolvió.

El apoyo de los imperialistas anglosajones a la Alemania nazi siempre se ha tratado de mantener en secreto. Al mayor crucero fabricado por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial Hitler le puso su nombre de un financiero suizo, Wilhelm Gustloff, asesinado “en extrañas circunstancias” en Davos en 1936. Como buen suizo, Gustloff era un intermediario entre Schacht y los financieros anglosajones.

Otro fallecido en 1947 en circunstancias no menos extrañas, “problemas estomacales”, fue el general de las SS y tesorero del partido nazi Franz Schwartz poco antes de abandonar el campo de Ratisbona. Dos años antes Schwartz había quemado en la sede del Estado Mayor del partido nazi en Munich los comprobantes de las transferencias bancarias efectuadas por los capitalistas anglosajones a favor de los nazis alemanes.

A pesar de los asesinatos y las hogueras, las pruebas de la complicidad de los monopolistas estadounidenses y británicos con el III Reich han ido apareciendo. Durante 20 años el historiador italiano Guido Giacomo Preparata se ha especializado en la investigación de estos lazos. Los nazis no se financiaron a sí mismos, tampoco fueron financiados sólo por los monopolistas alemanes. Según Preparata la mayor parte de los medios procedieron del exterior y tienen nombres y apellidos sonoros. Morgan y Rockefeller promocionaron en Wall Street las acciones del monopolio químico IG Farben a través del banco Chase National. El gigante siderúrgico Krupp que impulsó el rearme alemán estuvo bajo el control de la Standard Oil de Rockefeller a través de la banca Dillon y Reid (Vereinigte Stahlwerke Alfred Thiessen).

En 1933, cuando era evidente que AEG había financiado a Hitler, el 30 por ciento de las acciones pertenecían a su socio americano, General Electric. Durante 14 años (1919-1933), asegura Panata, el capital financiero anglosajón se involucró de manera activa en la política interna de Alemania para fomentar a una organización ultrarreaccionaria a la que esperaban utilizar como peón. “Inglaterra y Estados Unidos no crearon el hitlerismo, pero sí las condiciones en las cuales ese fenómeno apareció”, concluye el historiador italiano.

El historiador alemán Joachim Fest defiende la misma tesis. En el otoño de 1923 Hitler viajó a Zurich y volvió “con un cofre lleno de francos suizos y dólares fraccionarios”. Era la víspera del llamado “golpe de la cerveza” con el que Hitler lanzó una primera tentativa de hacerse con el poder por la fuerza. El donante era sir Henry Deterding, el patrón de la petrolera anglo-holandesa Shell. No fue la única entrega. Otro de los pagos lo hizo a través del suizo Wilhelm Gustloff.

El tribunal que juzgó el golpe de Estado hitleriano reconoció que para prepararlo el partido nazi había recibido 20.000 dólares de los industriales de Nuremberg pero la estimación de los gastos era 20 vences superior a esa cifra. A pesar de que a Hitler le condenaron a cinco años de cárcel por alta traición, sólo cumplió unos pocos meses. Al salir compró la mansión Berghof y relanzó de nuevo el periódico “Völkischer Beobachter”. Desde entonces los monopolistas que sostenían a Hitler (Thyssen, Vogler, Schröder y Kirdorf) volcaron el dinero a espuertas en el proyecto nazi. Los funcionarios y provocadores nazis empezaron a cobrar en moneda extranjera. De los patrocinadores más importantes, Vogler y Schröder no eran exactamente alemanes sino más bien capitalistas estadounidenses. Su capital procedía del otro lado del Atlántico. Otro de los financieros de Hitler era Max Warburg, director de IG Farben y hermano de Paul Warburg, director del Banco de la Reserva Federal de Nueva York. Lo mismo cabe decir de Carl Bosch, jefe de la división alemana de la Ford. Todos estos grandes monopolistas siempre supieron que el “anticapitalismo” nazi era pura demagogia.

En 1931 un periodista del Detroit News viajó a Alemania para entrevistar a Hitler, un político prometedor, y quedó sorprendido por el retrato que Hitler tenía encima de su mesa de trabajo: era Henri Ford. “Lo considero como mi inspirador”, dijo Hitler al periodista americano. Pero más que un inspirador Ford era un mecenas generoso de los nazis. Ambos, Ford y Hitler, hablaban el mismo lenguaje antisemita. En los años veinte Ford pagó una edición de medio millón de ejemplares del “Protocolo de los Sabios de Sión”, el libro de cabecera de la reacción oscurantista europea. Los envió a Alemania, así como dos de sus libros “El judaísmo mundial” y “Las actividades de los judíos en América”. En 1938 el III Reich le condecoró con los más altos honores: la Gran Cruz del Águila imperial. Durante el acto Ford lloró de emoción. Desde aquel momento Ford asumió la financiación del proyecto nazi Volkswagen como fuera el suyo propio.

Cuando estalló la guerra, una ley aprobada por Estado Unidos prohibió toda clase de colaboración con “el enemigo”, pero Ford no se dió por enterado. En 1940 se negó a ensamblar los motores de los aviones de combate ingleses y su nueva fábrica en Possy, Francia, comenzó a fabricar motores para los aviones de la Luftwaffe. Las filiales europeas de Ford siguieron fabricando camiones para la Wehrmacht y su filial en Argel suministrada camiones y blindados a Rommel.

Cuando al final de la guerra la aviación aliada bombardeó Colonia sólo los edificios de Ford quedaron en pie. No obstante, Ford y General Motors obtuvieron compensación del gobierno de Estado Unidos por los daños “causados a sus propiedades en territorio enemigo”. La General Motors tenía uno de los holdings automovilísticos más importantes de Alemania, Opel, que fabricaba los camiones militares Blitz, un modelo que sirvió de base a los nazis para crear los “gazenwagen” o cámaras de gas rodantes. A comienzos de la Segunda Guerra Mundial las inversiones de las empresas estadounidenses en sus filiales alemanas alcanzaban a un todo de 800 millones de dólares, de los que 17,5 eran de Ford.

Algunos historiadores se preguntan por qué el Presidente Roosvelt envió a Suiza a Allen Dulles, uno de los jefes del servicio de inteligencia OSS, el antecedente de la CIA. ¿Trató de negociar por separado con los nazis? En enero de 1932 Hitler, entonces un político prometedor, se entrevistó con el financiero británico Norman Montagu en presencia de varios políticos estadoundenses, entre ellos los hermanos Dulles. Es posible, pero no se puede afirmar con rotundidad, que el británico se comprometiera a financiar al partido nazi de manera encubierta. La presencia de Allen Dulles así lo indica. Al fin y al cabo los Dulles estuvieron en las operaciones más oscuras del imperialismo, desde el apoyo a los nazis hasta el asesinato de Kennedy.

Las fuentes historiográficas apuntan a que desde la campaña electoral alemana de 1930, el papel de Dulles en Suiza era el de hacer llegar el dinero de los imperialistas occidentales a Hitler. También el monopolio químico IG Farben puso mucho dinero en los bolsillos de Hitler, pero IG Farben no era otra cosa que una filial de la Standard Oil de Rockefeller y fue precisamente Rockefeller quien envió a Dulles a Suiza a negociar con los nazis. Al final de la guerrra fue Dulles personalmente quien interrogó al general Wolf sobre el destino de las reservas de oro nazis. Le ordenaron recuperar al menos una parte de los gastos ocasionados.

Un caso flagrante de lavado del cerebro de los estudiantes

En Holanda han actualizado los manuales de ciencias sociales para alumnos de instituto, cuyos infames textos van acompañados de no menos infames dibujitos y mapas para lavar el cerebro a los estudiantes desde muy jóvenes.

En la imagen, Rusia es un monstruo que está devorando el territorio de sus países vecinos, especialmente a Ucrania, mientras que Europa tiende la mano para tratar de salvar a un país que agoniza.

Como ven, todo muy objetivo, ecuánime y absolutamente fidedigno, lo mismo que el mapa del estado de las libertades en el mundo, en donde Estados Unidos, Australia y Europa (occidental) tienen las mejores referencias y en Rusia la población vive sometida a una tiranía oprobiosa. Naturalmente que los holandeses se salvan a sí mismos, a pesar de la imposición de libros escolares que parecen propaganda del III Reich.

Las ilustraciones van acompañadas de un texto en el que dicen que los manuales se actualizan regularmente teniendo en cuenta fuentes de información modernas y fiables. Esos libros son innecesarios: es suficiente con que a los adolescentes holandeses les obliguen a ver los telediarios cada día.

También hay una serie de preguntas a fin de que los alumnos reflexionen acerca de las imágenes que les meten por los ojos: “¿Qué hace Rusia en esta imagen?”, preguntan cínicamente en los libros. Es una pregunta cuya respuesta viene dada de antemano.


Hace poco trascendieron las discusiones del primer ministro holandés Mark Rutte con Putin en abril de 2013, donde el primero criticaba las leyes rusas contra los homosexuales, un problema especialmente candente en Amsterdam, donde los homosexuales son un poderoso grupo de presión. Hoy la vara de medir el índice de los derechos y las libertades mundiales son los homosexuales.

Putin le respondió que la ley rusa lo que prohibía era la promoción de la homosexualidad entre los menores de edad, ligándola a la prohibición de la pedofilia, un punto a partir del cual pasó al ataque, recordando la tolerancia del gobierno holandés hacia organizaciones que apoyan la pedofilia y las restricciones a la participación de las mujeres en la política.

Rutte reconoció que no podía asegurar que los países que permiten ese tipo de actividades con menores puedan figurar entre los más libres del mundo. “¿Libres de hacer qué?”, preguntó. “¿De violar a los niños?”


Poroshenko es mucho más demócrata que Putin, un campeón de los derechos humanos porque defiende a los homosexuales… mientras bombardea las posiciones de las milicias del Donbas y mata a decenas de personas para salvarlas de las fauces del ogro siberiano.

Por su parte, ese ogro no es tan fiero como lo pintan. En medio del lanzamiento de obuses, el Kremlin es el único que insiste en el alto del fuego “lo más rápidamente posible” y ha enviado al Donbas casi 25.000 toneladas de ayuda humanitaria, alimentos, medicamentos y materiales de construcción.

Mientras tanto, los campeones de los derechos humanos lo que envían son tanques.

Los primeros años de la política exterior soviética

Rathenau y Chicherin en Rapallo (1922)
Juan Manuel Olarieta

La Revolución de Octubre bien pudo ahorrarse la molestia de crear un Ministerio de Asuntos Exteriores porque tales asuntos no existían. Durante cinco años las potencias imperialistas no reconocieron al nuevo Estado soviético como tal, hasta que Alemania firmó el Tratado de Rapallo, el acontecimiento más relevante de la política exterior bolchevique, que marcará definitivamente los años posteriores.

El estallido de la Revolución de 1917, la subsistencia del Estado soviético y la firma del Tratado de Rapallo estuvieron marcadas de manera indeleble por las contradicciones interimperialistas. No era, pues, algo buscado por el gobierno soviético sino impuesto por las circunstancias de la nueva etapa superior del capitalismo que entonces se comenzaba a abrir.

Eso era algo obvio para las organizaciones de la Internacional Comunista, pero no todas supieron sacar de ello las consecuencias necesarias, por varias razones, pero especialmente por dos. La primera es que entonces pocos sabían lo que era el imperialismo porque Lenin y el leninismo eran una novedad. Se trataba de organizaciones que arrastraban las concepciones propias de la socialdemocracia, especialmente de la socialdemocracia alemana, a la que Lenin calificó de “socialimperialista” porque no era algo contrario al imperialismo sino que formaba parte de él.

La segunda es que no es lo mismo predicar que dar trigo. Entonces -como ahora- había organizaciones que tenían una concepción libresca del imperialismo, sacada de un manual de lamentaciones continuas. Para el partido bolchevique, por el contrario, no se trataba de la teoría sino también de la práctica. Las contradicciones interimperialistas eran una realidad, un factor acuciante que condicionaba cada uno de sus pasos. El papel lo aguanta todo. Un artículo en una revista permite muchos errores; la práctica no.

Pero sobre todo hay un aspecto que contradice a la práctica, en el sentido que cualquier marxista la entiende: la pasividad, la neutralidad y la charlatanería. El Tratado de Rapallo es muy breve y de su lectura se desprende que el gobierno bolchevique no sólo otorgaba a Alemania un trato distinto al de otras potencias imperialistas, sino un trato privilegiado.

Los hechos posteriores demostraron hasta qué punto ese trato resultó privilegiado, desde cualquiera de los muchos puntos que se puede analizar, pero sobre todo desde uno: el de que tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, las demás potencias imperialistas pretendían avasallar a Alemania, reducirla a lo que el húngaro Eugen Varga calificó como una “colonia industrial”. En el gobierno bolchevique Alemania no encontró nada de eso. Por el Tratado de Rapallo el poder soviético renunció a las indemnizaciones con las que otros países, especialmente Francia, querían hipotecar el futuro de Alemania, y la misma renuncia llevó a cabo Alemania respecto al nuevo gobierno soviético.

Se estaba abriendo una nueva etapa de la diplomacia mundial caracterizada porque, a pesar de una guerra, dos países establecían relaciones mutuas basadas en la igualdad y en el trato preferente respecto a las demás, por lo que en Londres y París reaccionaron de la manera agresiva que cabía esperar. La prensa y los portavoces del imperialismo utilizaron términos apocalípticos. Dijeron que acababa de explotar una bomba, que el Tratado era una amenaza horrible para el mundo y presionaron para que Alemania lo anulara.

Eran una expresión histérica de las contradicciones interimperialistas que, como es normal, tenían su contrapartida dentro de la propia clase dominante alemana, donde no todos estaban de acuerdo con ese paso, hasta el punto de que pocas semanas después de la firma, Walter Rathenau, el firmante del Tratado junto a Chicherin, el ministro bolchevique de Asuntos Exteriores, fue asesinado en Berlín. Precisamente uno de los motivos que impulsó a Hitler al poder en 1933 fue el cambio en la política exterior de Alemania respecto al poder soviético.

Pero la perplejidad no fue menor entre los comunistas alemanes, a pesar de que el programa de su partido exigía de Alemania el reconocimiento del Estado soviético. El gobierno reaccionario alemán no sólo reconoció a los soviets sino que le concedió un trato de favor. ¿Dónde estaba, pues, el problema?

El problema es que a partir de Tratado de 1922 no había ningún problema donde debía haberlo, salvo en la cabeza de los dirigentes comunistas alemanes, que no sabían lo que era el imperialismo, a pesar de que lo tenían delante de sus narices. El discurso de Frölich, su portavoz parlamentario en el Reichstag, fue patético. Aunque apoyó la firma del Tratado, lo calificó como “bellas frases”. Otra dirigente alemana, Ruth Fisher, dijo algo que luego todos los oportunistas han repetido en ocasiones parecidas: el Tratado sacrificó la revolución alemana en beneficio de la rusa, o aún peor, del “Estado soviético”. Ese sacrifico, según Fisher, se consolidó con la política de frente único de la Internacional Comunista.

Era completamente falso. La línea de frente único se aprobó antes de la firma del Tratado y la revolución en Alemania también había fracasado con anterioridad, por lo que hubo ningún sacrificio. En Alemania la dirección del KPD, como todos los oportunistas, nunca entendió lo que era el imperialismo y estaba lejos del leninismo, por lo que fue expulsada de la Internacional Comunista poco tiempo después, aunque sus postulados han seguido vigentes en una maraña de pequeños círculos de eruditos especializados en redactar comunicados.

Por más que cada uno de ellos cambie las fórmulas mágicas con las que disimula su complicidad con el imperialismo, las conclusiones son las mismas. Por ejemplo, a la socialdemocracia el Tratado de Rapallo le sirvió para sacar pecho y decir que quienes colaboraban con los capitalistas y los imperialistas eran los bolcheviques. Ponían el ejemplo de un monopolio tan conspicuo como Krupp, que desde 1920 fabricaba locomotoras en suelo soviético.

La situación era tan sorprendente que todos acusaron a los bolcheviques de revisionismo, y los izquierdistas con más razón aún. Para Fisher el Tratado de Rapallo suponía una “alianza” del poder soviético con una potencia imperialista. Eso, unido a las tesis de Varga, economista de la III Internacional, sobre la situación de Alemania como “colonia industrial” situaba a la burguesía alemana, según Fisher, como “víctima” casi al mismo nivel que la clase obrera. Finalmente, la política de “frente único” conducía a la clase obrera alemana a hacer causa común con su burguesía, es decir, a una especie de “frente nacional”.

La dirección del KPD estaba totalmente equivocada. Cuando todo el mundo está ya repartido, escribió Lenin, son los propios países imperialistas los que se convierten en el objeto del reparto. Quieren comer pero van a ser comidos. Entonces las contradicciones interimperialistas aparecen en todo su esplendor. Un año después de la firma del Tratado de Rapallo, Francia se anexionó la cuenca del Ruhr, que pertenecía a Alemania. Es realmente inaudito que, precisamente los comunistas alemanes, no fueran capaces de ver lo que estaba ocurriendo y que fuera Lenin quien lo anticipara en su discurso al VIII Congreso de los soviets. Los imperialistas no sólo querían acabar con el poder soviético sino que también imponer “condiciones de existencia imposibles para la inmensa mayoría de la nación alemana”.

Durante la posguerrra las contradicciones interimperialistas habían engendrado en Alemania una situación favorable, como ya había ocurrido en Rusia pocos años antes porque las “condiciones de existencia” no sólo eran imposibles para la clase obrera sino, como decía Lenin, “para la inmensa mayoría de la nación alemana”. Pero los oportunistas preferían seguir con los ojos cerrados.

¿Se dispone Rusia a tomar el relevo de Estados Unidos en Oriente Medio?

La visita a Rusia del príncipe Mohammed ben Salman Al-Saud y el giro en la política exterior de Arabia saudí está levantando una catarata de especulaciones en la prensa internacional, aunque lo que se trata de desentrañar es lo que la familia saudí persigue, ya que es ella la que ha tomado la iniciativa. Rusia no parece haberse movido de su sitio y las quinielas le apuntan otro triunfo rotundo. No sólo su pretendido aislamiento es una quimera sino que aparece como protagonista principal en un escenario crucial como Oriente Medio.

Uno de los comentarios más significativos es el que escribe Bruce
Riedel, de la Brookings Institution, en Al-Monitor en el que asegura que Siria
ya no es una prioridad para el gobierno de Riad, que el acercamiento a
Moscú queda así despejado y que Arabia está en una posición de debilidad
frente a Rusia.

Otro comentario a destacar es del periodista Abdulrahman Al-Rashed, que trabaja en la edición inglesa de la cadena de televisión saudí Al-Arabiya. Antes fue redactor jefe de la edición londinense del diario saudí Asharq al-Awsat, por lo que se trata de alguien muy próximo a la familia real que gobierna desde Riad.

La opinión de Al-Rashed destila rencor hacia Estados Unidos por todos y cada uno de sus poros. Dice que Washington ha estado sosteniendo al gobierno de Bagdad, a pesar de su sectarismo, y que han permitido que Bashar Al-Assad provoque la tragedia más grande de la región en su historia, es decir, culpabiliza a Estados Unidos de la guerra de Siria.

Más adelante califica el acercamiento de Riad a Moscú, a pesar de su apoyo a Siria, como un acontecimiento de extraordinaria importancia, como una especie de “declaración de independencia” del régimen respecto a Estados Unidos, especialmente en lo que concierne a la guerra en el Donbas.

De la amargura con Washington, el periodista pasa al optimismo y augura que cooperando con Rusia Riad irá muy lejos porque hoy Rusia es un “actor esencial” en la situación política de la región. El artículo parece inacabado. Habría que preguntarle a Al-Rashed hasta qué punto es esencial Rusia en Oriente Medio. ¿Más esencial que Estados Unidos?

Por su parte, Theodore Karasik, director de investigación del Instituto Near East and Gulf Military Analysis, con sede en Dubai, resume su criterio en Azeri Daily de una manera que no deja lugar a dudas: el giro de Arabia saudí no ha hecho más que constatar que Rusia asume el papel de Estados Unidos como árbitro de Oriente Medio.

Según Karasik han sido los saudíes quienes han movido ficha y la explicación que aporta sobre los motivos de ello hay que tomarla en consideración porque concierne a la guerra en Yemen en dos aspectos. El primero es que a Riad no le ha gustado la postura adoptada por Estados Unidos sobre Yemen, que entiende falta de verdadero compromiso. El segundo explicaría el interés saudí por el armamento ruso y la visita del príncipe Salman Al-Saud a la exposición Ejército 2015: buscan en Rusia un armamento fiable que la guerra de Yemen les ha demostrado que Estados Unidos carece.

La experiencia saudí con los bombardeos aéreos sobre Yemen está resultando un fiasco de grandes proporciones. La defensa antiaérea saudí (misiles Patriot PAC-3 a cargo de personal militar estadounidense) ha resultado ser impotente frente a los misiles Scud lanzados por las milicias yemeníes. Por ello han vuelto sus ojos hacia los sistemas de defensa antiaérea S-300 y S-400, los misiles tierra-tierra de corto y medio alcance y el SS26 Iskander-E de fabricación rusa.

No es un caso aislado. Durante la agresión a Libia se produjo otra experiencia frustrante que explicaría los motivos por los cuales acercándose a Rusia Arabia saudí busca una “independencia” que Estados Unidos no le proporciona: cuando Egipto y los Emiratos Árabes Unidos pretendieron atacar Libia con aviones F-16, los militares estadounidenses los convirtieron en inutilizables para los pilotos de ambos países. A partir del verano del año pasado Egipto optó por comprar aviones Rafale de fabricación francesa.

Está fuera de toda duda que Estados Unidos se está alejando de Oriente Medio y que sus actores principales le han vuelto la espalda. También es muy posible que sea Rusia la destinada a llenar el vacío. Pero, puestos a especular, lo que no va ocurrir es una sustitución de piezas, de uno por otro. Rusia tiene una política propia respecto a Oriente Medio, muy diferente de la que Estados Unidos ha venido implementando. Los cambios serán irreversibles.

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