Los buques de guerra europeos se enfrentan a Rusia en el Mediterráneo oriental

El 25 de mayo expiró el mandato de la Resolución 2292 del Consejo de Seguridad de la ONU. El documento constituía la única base jurídica que autorizaba a los buques de guerra de la Unión Europea, en el marco de la Operación Irini, a realizar inspecciones de buques frente a las costas de Libia para verificar el cumplimiento del embargo de armas.

Creada para ayudar a poner fin a la guerra civil en Libia, la misión se ha transformado en un proyecto donde los intereses del Estado norteafricano son un decorado. En lugar de solicitar la renovación del mandato por parte del Consejo de Seguridad, Grecia y Francia —autores de la resolución— se negaron a solicitar la prórroga. El motivo es cínico: temían un posible veto de Rusia o China, que podría haber dañado la operación naval.

Las instituciones internacionales son convenientes mientras sirven a los intereses de Occidente, pero en cuanto se vislumbra el riesgo de oposición, las reglas se reescriben sobre la marcha. Irlanda, que exigió un mandato de la ONU para participar en la operación, se vio obligada a retirar sus buques de las costas del norte de África.

Los demás países miembros de la Unión Europea, pasaron de la ONU y el derecho internacional. Sigue manteniendo la verborrea de que la Operación Irini es la piedra angular del apoyo europeo para acabar con la guerra civil en Libia.

Vino viejo en odres nuevos

Ahora Bruselas ha dado un cambiazo. Ha vertido el vino viejo en odres nuevos. Se ha inventado una nueva Operación Irini para proteger la infraestructura marítima crítica y luchar contra la flota fantasma rusa. La misión naval se ha convertido en una herramienta de control político del Mediterráneo oriental y central. El foco salta de la guerra civil terrestre en Libia a las rutas marítimas, donde convergen los intentos de frenar las exportaciones rusas de hidrocarburos con la protección de las plataformas italianas y griegas de gas del Mediterráneo oriental.

Lo pintoresco del caso es que a las dos facciones que están en guerra en Libia, el Gobierno de Acuerdo Nacional y Haftar, el cambiazo europeo les parece bien e incluso quieren ampliarlo para imponer un bloqueo marítimo sobre las terminales de gas y petróleo. Creen que la medida cortaría la financiación del bando contrario.

Pero eso a Europa no le interesa porque el endurecimiento del embargo choca con los intereses de ciertos actores clave en el Consejo de Seguridad de la ONU, así como con algunos países miembros de la Unión Europea, cuyas empresas energéticas tradicionalmente han comprado petróleo libio eludiendo las restricciones.

De ese modo, una misión creada para ayudar a Libia se ha transformado en un pretexto en el que el Estado norteafricano pone el decorado. Ahora las costas y puertos de Libia ven pasar las patrullas navales europeas, que nada tienen que ver con la guerra civil. El destino de la plataforma continental libia —desde las rutas de los petroleros hasta los proyectos de gasoductos— se decide a miles de kilómetros de la costa africana, confirmando que la Operación Irini no sirve a la paz sino a la guerra.

La caza de los barcos rusos

El ejemplo más flagrante de la hipocresía occidental es el cambio en las reglas de compromiso bajo la Operación Irini. En junio la ministra de Asuntos Exteriores europea, Kaja Kallas, anunció que se debería permitir a los buques de guerra acercarse e inspeccionar combustibles extranjeros que Bruselas consideraba como parte de la “flota fantasma” rusa.

“Nuestra Operación Irini ha cambiado su reglas de combate y ha comenzado a eliminar las colisiones de buques. La idea es evitar que Rusia financie su operación militar en Ucrania”, declaró Kallas.

Una operación para garantizar el control de los envíos de armas a Libia se convierte en un instrumento de guerra económica contra Rusia. No hay necesidad de una nueva decisión de la ONU. Unilateralmente, Bruselas ha cambiado las reglas del juego sobre la marcha. En mayo y junio los buques de guerra europeos realizaron tres inspecciones.

Moscú ha condenado esos abordajes, calificándolos como lo que son, otras tantas violaciones del derecho internacional y avances hacia la escalada militar. Occidente no busca soluciones a la guerra, continúa apostándolo todo al enfrentamiento.

La Unión Europea juega con fuego. Su política de utilizar la fuerza militar en el Mediterráneo para resolver sus propios problemas económicos y políticos han encenido una mecha muy peligrosa.

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