Aparentemente la Unión Europea importa cada vez menos gas. En comparación con enero, en agosto cayó más del 41 por ciento. Sin embargo, la parte rusa de esas importaciones aumenta a través del gasoducto Turkstream y la Unión Europea no va a poder cerrar ese grifo.
La importancia de la ruta turca ha crecido desde principios del año pasado. En aquel momento, el tránsito de gas ruso a través de Ucrania terminó. NordStream no ha suministrado nada desde el sabotaje de 2022. El gasoducto Yamal a través de Bielorrusia y Polonia ya no juega un gran papel en las entregas a Europa occidental. Turkstream es la única conexión de gasoducto restante a través de la cual Rusia todavía suministra gas directamente a Europa.
Turkstream lleva el gas ruso a través del Mar Negro a Turquía. Desde allí llega a Bulgaria, desde donde se distribuye por el sudeste y el centro de Europa. Los principales clientes son Austria, Hungría y Eslovaquia. Además, el gas puede fluir a Serbia, Rumanía, Grecia y Macedonia del Norte, entre otros países.
Si en enero entra en vigor la prohibición de entrada del gas ruso, el fenómeno resulta muy paradógico y hay varias explicaciones. Una de ellas es que, como suele ocurrir, las cifras son engañosas. El gas ruso sigue llegando a través de Yamal. La Unión Europea obtuvo más gas de la planta rusa del Ártico en los primeros seis meses de este año que nunca. Alcanzó casi 10 millones de toneladas, un 18 por ciento más que en el mismo período del año pasado. De un total de 140 cargas de Yamal, 136 fueron a puertos europeos, incluidos los españoles.
Las reducción de las importaciones también es engañosa porque los depósitos europeos están casi vacíos y los van a tener que rellenar antes de que llegue el invierno. El nivel de almacenamiento está actualmente en el 65,6 por ciento, el nivel más bajo desde que comenzó la recopilación de datos en 2011. Entre los años 2011 a 2025, el nivel era casi 30 puntos porcentuales más alto.
Para rellenar las instalaciones de almacenamiento en al menos un 80 por ciento a principios de noviembre, Europa necesita más de 420 cargas de gas adicionales. El objetivo de almacenamiento de la Unión Europea para el invierno es incluso más elevado: un 90 por ciento. Para ello, Europa tendría que duplicar con creces sus importaciones de gas.
Eso va costar mucho dinero. Europa podría pagar precios del gas por encima de los 60 euros por megavatio y hora. Los europeos deberían empezar a pensar en una inflación galopante y, por lo tanto, una reducción de sus salarios reales.
La segunda cuestión es de dónde va a sacar Europa ese gas. Para averiguarlo hay que conocer las mil y una artimañas de Bruselas. La prohibición tiene una serie de excepciones curiosas. La primera es que no se trata tanto de gas exactamente sino de los contratos sobre el gas, de manera que las empresas que hayan firmado compromisos a largo plazo, podrán seguir importando gas ruso como siempre. La segunda es que podrán seguir comprando, siempre que posteriormente lo revendan a clientes fuera de la Unión Europea. La tercera es que la prohibición afecta al gas que llega por los gasoductos, no al gas licuado que se transporta por barco.
Una cuarta excepción está vinculada al Turkstream: en el futuro la Unión Europea solo introducirá gas procedente de Turquía si se puede demostrar que no tiene un origen ruso, lo cual es muy complicado y Turquía lo complicará aún más porque esa es su especialidad.
Turquía obtiene gas de diferentes países que, en algunos casos, fluye por los mismos canales. El gobierno de Ankara considera, además, que la variedad de suministros es importante porque les otorga una capacidad de negociación fuerte frente a terceros países y empresas, es decir, tanto política como económicamente. Por lo tanto, en Ankara no van a permitir en ningún caso que la Unión Europea les ordene de qué países se abastecen.