La dieta de las lentejas

Nicolás Bianchi

Es la dieta de quienes aspiran a ser intelectuales para engrosar el «stablishment» y reforzarlo aparentando elegir por una opción en el supermercado de las ideologías, como falsa conciencia, que esconde el «pensamiento único», como le llaman ahora a la ideología dominante, otrosí la burguesía (dicen que el proletariado «ha desaparecido», pero la burguesía, desde luego, no; será que se explota a sí misma), y sus estertores decadentes bien que, vale decir, es una decadencia que goza de no mala salud y se regodea con regusto mórbido hundiendo lo que de sano pueda quedar en el cuerpo social mientras se hunde ella misma. Metida de lleno en arenas movedizas bracea agónicamente luchando por sobrevivir. Se hunde más en la ciénaga, pero no lo sabe o, mejor, finge no saberlo. Sólo falta un brazo misericordioso que la finiquite por el bien de la salud pública, un empujón. Pero no se deja. Prefiere morir matando. Se resiste a pasar al Museo de la Historia. De hecho tiene motivos:llevan trescientos años con la manija en la mano. Incluso todavía cree, en la última excrecencia ideológica fabricada en sus laboratorios de «neolengua» -que diría el anticomunista Orwell-, que la Historia tocó a su fin con ella y sus proezas. Un pecado de soberbia castigado por su propia religión en la que nunca han creído, en el fondo, estos calvinistas de hogaño.  Su última tabla de salvación ideológica -la fáctica es la militar-, aparte del olvidado posmodernismo como antigualla que ya anticipara el dramaturgo Alfonso Sastre en los años 80 del siglo pasado, es el relativismo. No el escepticismo positivo -que no positivista a lo Comte- que preconizara Marx en su época para desbaratar residuos supersticiosos, ni un pirronismo cínico -pero también positivo, en cierto modo- de corte individualista anarquizante, sino el peor de los relativismos: nada es verdad o mentira, sino que todo es según el color con que se mira. La burguesía, desde que dejó de ser revolucionaria, ya no tiene principios que defender que no sean etiquetas hueras incoloras, inodoras e insípidas: Estado de Derecho, elecciones, pluralismo y demás juegos prestímanos en los que no cree pero trata de que creamos creando el ilusionista circense «ilusiones» y encantamientos como los que sufría nuestro señor el bueno de Don Quijote hasta que, ya muribundo, se «desencantó». No hay que esperar tanto.

Se volvió -la burguesía- una «clase discutidora» (y represora de quienes son «indiscutibles», es decir, de quienes todavía tienen principios y pelean por ellos). Para ella no existe la verdad (objetiva) sino el punto de vista, la «opinión» (la doxa), el parecer y el… relativismo. Y ello empapuzado con barniz democrático.  El truco es simple pero efectivo:salimos a la calle, con micrófono, hicimos encuesta, pulsamos pareceres, y, ya ven, recogimos opiniones… para todos los gustos. Todo es relativo, pero muy democrático. Quien no lo vea así es un dogmático. Ahora se trata de convertirlo en hábito como quien va a misa, no por creencia, sino por costumbre, ritual, liturgia, sin saber ni lo que hace o dice, maquinalmente.

Las lentejas son un manjar con infamia en el refranero. Primero, una disyuntiva coactiva: «si quieres las comes y si no las dejas». Como diciendo: tú mismo, chaval, eres libre. Lo lógico es catarlas y calarlas (cata y cala), pero hay algo de chantaje subrepticio en ello.  El intelectual puede venderse -como Esaú engañado por el ladino Jacob- «por un plato de lentejas».  Pero ya no hay engaño ni autoengaño: se prestan, se venden, se prostituyen. Son los «lentejistas». Es la «dieta lentejista». No falta quien aspira a más, se cree más guapo y eleva el precio:quiere dos platos de lentejas. Intelectuales de alto standing.

comentarios

  1. ¡Qué jodido este Nicolás! A ver si un día nos hablas a tu manera de los comparsas lameculos; esos que, cuando los mandamás hacen una de sus sólitas cagadas, se apresuran a lamerles el culo. Lo que, desde una perspectiva economicista superficial (no demasiado analítica), se podría considerar que así se ahorra papel higiénico; pero viéndolos desde tu perspectiva como "lentejistas", el ahorro ya no me parece tan evidente.
    Saludo

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