La competencia en el espacio es militar y económica a la vez

La competencia en el espacio no es nueva. Fue un elemento definitorio de la Guerra Fría. Durante décadas, la Unión Soviética y Estados Unidos compitieron en sus programas espaciales y de satélites, confrontando sus respectivos avances tecnológicos. El primer paso lo dio la URSS con el lanzamiento del satélite Sputnik 1 en octubre de 1957.

Varias empresas privadas han entrado en la carrera espacial, como Microsoft, Virgin y SpaceX. Tras su despegue, la empresa de Elon Musk fue elegida por la NASA para desarrollar el sistema de aterrizaje lunar para su próxima misión lunar. Las empresas estadounidenses no son las únicas que invierten: en abril de 2019, la israelí SpaceIL lanzó la primera operación lunar con financiación privada en colaboración con SpaceX.

Si las empresas privadas y las instituciones públicas se apresuran a poner programas en marcha es porque el espacio está lleno de materias primas y recursos minerales. Los asteroides son ricos en oro, rodio, hierro, níquel, platino, tungsteno o cobalto, y la concentración de metales raros es hasta 100 veces mayor que en la corteza terrestre. El mercado podría valer más de 100.000 millones de dólares para la industria en 2050. Asteroid Mining Corporation, Planetary Resources y Deep Space Industries ya se han embarcado en programas de recogida de material astral.

Sin embargo, desde 1967 está prohibida cualquier apropiación del espacio exterior. El espacio exterior se considera un patrimonio común de la humanidad y se rige por el Tratado del Espacio, que prohíbe cualquier reivindicación de soberanía “mediante el uso o la apropiación” y deja el espacio abierto a todos para “la exploración y el descubrimiento pacíficos”. Pero en 2015 Obama firmó la Ley del Espacio, que permite a las empresas estadounidenses saquear los recursos extraídos en el espacio.

Si la Luna vuelve a ser una cuestión estratégica, las tierras raras que contiene podrían no ser ajenas a ella. En diciembre de 2020 China eligió una zona con alta concentración de tierras raras como lugar de aterrizaje de la sonda Chang’e 5. Las muestras traídas por la cápsula habrán permitido a los científicos chinos determinar el nivel exacto. Además, en el polvo de la superficie lunar podría haber grandes cantidades de helio-3, un gas ligero y no radiactivo que se está considerando como combustible para futuras centrales de fusión nuclear.

Las tecnologías espaciales y de gran altitud son elementos esenciales de la guerra moderna. El 20 de diciembre de 2019 Washington creó la Fuerza Espacial de Estados Unidos, una rama de las fuerzas armadas destinada a realizar operaciones militares en el espacio.

China es un actor clave. En septiembre de 2011 lanzó Tiangong 1, su primera estación espacial. En enero de 2019 los astronautas chinos realizaron el primer alunizaje en la cara más lejana de la Tierra y el primer experimento biológico extraterrestre con el módulo Chang’e 4.

En abril del año pasado China envió el primer módulo de su futura gran estación espacial. Con 32 lanzamientos orbitales en 2019, la mayor cantidad de cualquier potencia espacial, Pekín se ha consolidado como un actor importante en el acceso al espacio. Aunque oficialmente China no tiene ningún programa espacial militar en desarrollo, se está vengando de Estados Unidos en la carrera por el dominio del espacio.

El 9 de marzo del año pasado los responsables de las agencias espaciales china y rusa firmaron un acuerdo de cooperación para crear la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS), una base lunar para la investigación científica multidisciplinar. Los dos países han estrechado sus lazos en muchos sectores estratégicos desde 2014, cuando el Golpe de Estado en Ucrania provocó un aumento de las tensiones con las potencias occidentales, y después, a partir de 2017, con la guerra comercial desatada por Trump contra Pekín.

Por su parte, Estados Unidos se rodea de sus socios históricos. El programa Artemis, cuyo objetivo es llevar una tripulación a la Luna en 2024, se lleva a cabo en colaboración con europeos, canadienses y japoneses.

Japón ha aumentado su presupuesto. Ha destinado 4.140 millones de dólares a programas espaciales el año pasado, lo que supone un aumento del 23 por cien respecto a 2020.

En la 13 Conferencia Espacial Europea, celebrada en enero del año pasado, Europa confirmó que llevaría a cabo una ambiciosa estrategia autónoma, con un presupuesto de 13.200 millones de euros, pero aún está muy lejos de los 23.300 millones de la NASA.

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