La brecha creciente entre África y Occidente

Los continuos intentos occidentales de dictar el futuro de los países africanos siguen teniendo el resultado contrario. Si bien ya se han iniciado, o están en proceso de iniciarse, divorcios entre Occidente y varios gobiernos africanos, en el caso de la sociedad civil parece que ya se ha alcanzado la siguiente etapa de la ruptura.

Con una cumbre extraordinaria de la Unión Africana (UA) los días 25 y 26 de mayo dedicada a la lucha contra el terrorismo y el cambio inconstitucional en África, y con Estados Unidos intentando aprobar una nueva legislación para vigilar y combatir la presencia rusa en el continente, es probable que las perspectivas de Occidente sigan derivando y cayendo.

En cuanto a los llamados cambios “inconstitucionales”, más allá de una interpretación muy particular por parte de Occidente y de sus acólitos, incluso en África, según se trate del continente africano o… por ejemplo, de un determinado país de Europa del este, el hecho es que se admite que es un tema apreciado por los dirigentes occidentales actuales, así como por los subcontratistas locales. El caso de Mali está sacudiendo hoy los despachos de las capitales occidentales y de algunos países africanos.

Militares patrióticos que escuchan las aspiraciones de las masas, todo ello dentro de una visión panafricana y pro-multipolar, son, en efecto, una mezcla que Occidente quiere evitar, porque el caso de Malí ya ha demostrado que los valores de la verdadera dignidad no son comprables. La presión, la intimidación y las sanciones de todo tipo tampoco habrán ayudado a los objetivos de los gobiernos occidentales y africanos sometidos a la voluntad occidental.

Hablando de presiones y sanciones, Washington parece querer ahora pasar al siguiente nivel con sus auxiliares europeos, incluida Francia, todo ello con el fin de castigar a los dirigentes y gobiernos africanos que colaboren con el “socio equivocado”. Evidentemente poco democrático, puramente dictatorial, pero tan típico de lo que Occidente -sobre todo a la vista de los últimos acontecimientos- realmente representa.

Lo que preocupa de estas iniciativas es que, al sancionar a los dirigentes y gobiernos africanos -ampliamente populares entre las poblaciones de los países en cuestión y, muy a menudo, incluso más allá de sus fronteras-, el establishment atlantista tendrá que lidiar con decenas e incluso cientos de millones de ciudadanos del continente, muchos de los cuales ya son muy hostiles a los patrones y políticas occidentales.

En una reciente encuesta realizada en la página de Telegram de la cadena de televisión panafricana Afrique Média, a la pregunta de quién representa una amenaza para la seguridad de África, el 89 por cien de las personas respondieron que era Occidente. Por otra parte, en otro sondeo aún en curso, a la pregunta “¿Cuál de los dirigentes africanos le inspira más?”, el coronel Assimi Goita -presidente de Malí- está por el momento ampliamente a la cabeza con el 86 por cien de los votos… Muy revelador de los sentimientos reinantes y observados desde hace muchos años en el gran continente africano.

Frente a esta realidad, la política arrogante e irresponsable de los nostálgicos de la unipolaridad corre el riesgo no sólo de hacer perder a Occidente, a largo plazo, el acceso a las materias primas, cuya enorme necesidad se conoce ahora más que nunca. Y por otro lado, podría empujar a las poblaciones africanas, y en particular a los jóvenes, a cerrar definitivamente la puerta a cualquier diálogo posterior.

Algunos observadores en África se preguntan si se trata de un problema de capacidad intelectual de los responsables occidentales. En parte, ciertamente. Pero el principal es probablemente un problema genético entre los que dirigen Occidente: transmitir de generación en generación la idea de que tienen derecho a la vida y a la muerte sobre la inmensa mayoría de la población de la Tierra, que es la población no occidental.

Y aunque muchos en el bando atlantista creen que esta arrogancia hereditaria les permitirá limitar los daños y las rupturas, la realidad muestra que ellos mismos no hacen más que acelerar su caída. En este sentido, se ajusta perfectamente a los objetivos de los panafricanistas y de los partidarios de la actual era multipolar.

Mijail Gamandiy-Egorov http://www.observateurcontinental.fr/?module=articles&action=view&id=3884

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