Europa prepara su respuesta frente a la guerra comercial de Estados Unidos

Ninguno de los dirigentes europeos se atreve a hablar demasiado alto todavía por miedo a romper la débil alianza que se ha formado entre Estados Unidos y Europa contra Rusia. En su estrategia Rusia se ha apoyado en la división entre Europa y Estados Unidos. Pero cuanto más tiempo pasa, más se impacientan los países europeos con el gobierno estadounidense.

Las divisiones se centran en la Ley de Reducción de la Inflación (IRA). Aprobada el 15 de agosto, este programa de 369.000 millones de dólares está destinado a promover la reconversión energética ayudando al desarrollo de nuevas tecnologías con bajas emisiones de carbono. Pero sobre todo es una formidable máquina de succionar industrias y conocimientos europeos, y de animarles a instalarse en Estados Unidos con subvenciones y ayudas de todo tipo.

“En medio de la guerra en Ucrania, el gobierno de Biden está mostrando una agresividad sin precedentes contra Europa”, denunció un alto funcionario europeo. Las subvenciones masivas puedan provocar una guerra comercial entre ambos lados del Atlántico.

El tema ha estado en el centro de las discusiones entre Macron y Biden estos días, cuando se han reunido en Washington. El ministro de Economía checo, Jozef Síkela, que actualmente dirige las conversaciones económicas y comerciales europeas en el marco de la presidencia rotatoria, declaró el 25 de noviembre que “es importante que Estados Unidos escuche nuestras preocupaciones y que un grupo de trabajo busque una solución aceptable para ambas partes”.

Mientras que toda Europa está pagando muy cara la Guerra de Ucrania, Washington está haciendo una fortuna a costa de los europeos. El país que más se beneficia de la guerra es Estados Unidos, porque vende más gas a precios muy altos y porque vende más armas.

La sustitución del gas ruso por el gas de esquisto estadounidense beneficia masivamente a Estados Unidos: por primera vez en décadas, Washington tiene un superávit comercial gracias a sus ventas de gas y petróleo a precios elevados a Europa.

Hay un doble rasero en el mercado del gas. Los precios del gas comprado en Estados Unidos por Europa, señaló, eran de tres a cuatro veces superiores a los del mercado local.

Dumping de Estados Unidos

Pero el tono se ha elevado con la promulgación de la Ley de Reducción de la Inflación. Al principio, los funcionarios europeos no le tomaron la medida a este programa. Bruselas no podía imaginar que Estados Unidos relanzara una política de subvenciones masivas para reindustrializarse. Le costó aún más admitir que, en medio del conflicto con Rusia, el gobierno de Biden seguía en cierto modo los pasos de Trump.

A Ursula von der Leyen le pilló muy atolondrada. Al día siguiente de la aprobación del programa estadounidense, se congratuló de que sentara las bases de una economía verde en Estados Unidos. Esta vez no pudo maquillar su desafortunado mensaje. Hay otros que lo ven como una muestra más de su alineamiento ciego con Estados Unidos.

A principios de septiembre, muchos directores de grandes monopolios europeos empezaron a dar la voz de alarma a la Comisión Europea. Habián descubierto los efectos devastadores de la nueva Ley. Con el pretexto de descarbonizar la industria, Estados Unidos hace dumping con la industria y los conocimientos técnicos. No se trata sólo de sectores o tecnologías estratégicas como los semiconductores. La energía, la solar, el hidrógeno, la automoción, el acero, el zinc, las baterías… Todos los sectores recibirán enormes subvenciones si se instalan o se trasladan a Estados Unidos.

La amenaza de una desindustrialización masiva

El gobierno estadounidense pretende ofrecer un crédito fiscal de hasta 7.500 dólares para la compra de cualquier vehículo eléctrico fabricado en Estados Unidos. Se ha establecido un plan de 52.000 millones de dólares para que los fabricantes de semiconductores trasladen su producción y financien su investigación y desarrollo. A los productores de hidrógeno, considerado como una de las energías del futuro, se les ofrecen subvenciones del 60-70 por cien para construir nuevas plantas en Estados Unidos. Además, el gobierno estadounidense les garantiza un precio de la energía inferior a 30 dólares por MWh durante quince años. Pero estas garantías de precios de la energía también se aplican a los productores de acero, zinc y fertilizantes.

Ningún monopolio europeo puede resistirse a chupar de ese caramelo en un momento en que los costes de la energía se disparan en el Viejo Continente, donde los precios son diez veces más altos que en Estados Unidos. Casi el 60 por cien de las instalaciones metalúrgicas de Europa ya han cerrado en los últimos meses debido a la subida de los precios del gas y la electricidad. También se ha detenido la mitad de la producción de fertilizantes, así como la producción de vidrio y papel. Dado que el continente europeo no puede ofrecer ninguna garantía sobre los costes de la energía dentro de tres a cinco años, muchos dicen que ya no les interesa expandirse en Europa.

Basf fue uno de los primeros monopolios en romper el tabú. A principios de otoño, el grupo químico alemán anunció que estaba considerando mantener parte de su producción en Europa. “Se plantea la cuestión de si los productos básicos, en particular, pueden seguir produciéndose de forma competitiva en Europa y en Alemania a largo plazo”, confirmó en una entrevista con el diario económico Handelsblatt el 17 de noviembre.

Iberdrola: el irresistible atractivo de Estados Unidos

Desde entonces, la lista ha crecido. Los fabricantes de automóviles, con PSA a la cabeza, han anunciado que están estudiando la posibilidad de ubicar parte de la producción de sus vehículos eléctricos en Estados Unidos para beneficiarse de las subvenciones que no tienen en Europa. Iberdrola ha decidido vender parte de sus activos europeos para reducir su deuda, con el fin de financiar mejor un programa de desarrollo de 15.000 millones de dólares en Estados Unidos. El fabricante de equipos aeronáuticos Safran ha suspendido sus proyectos de inversión en Europa, a la espera de más aclaraciones. ArcelorMittal está cerrando altos hornos en Europa, por considerar que es mucho más rentable producir acero en Estados Unidos, aunque luego haya que importarlo a Europa.

Incluso los grandes proyectos “verdes” europeos que encarnan la reconversión energética se ven afectados. Tesla, propiedad del multimillonario Elon Musk, anunció a finales de octubre que abandonaba su proyecto de gigafactoría en Berlín en favor de Austin (Texas). Northvolt, el fabricante sueco de baterías, que iba a construir una fábrica en colaboración con Volkswagen, ha suspendido su proyecto por considerar que Estados Unidos es ahora mucho más atractivo. Los fabricantes de vehículos eléctricos japoneses y surcoreanos de Asia, mucho más avanzados que los europeos en cuanto a componentes electrónicos, son ahora reacios a proseguir sus planes de expansión en Europa junto a los fabricantes de automóviles europeos.

Lo que es cierto para las baterías lo es también para los semiconductores, las turbinas eólicas y los paneles solares. Todos los monopolios eurpeos meditan la situación y se preguntan si, en un contexto de incertidumbre total, merece la pena invertir en Europa.

Los gobiernos se alarman. Europa está amenazada por una desindustrialización masiva, que corre el riesgo de comprometer su futuro económico y social. Detrás de los grandes monopolios, son todos los ecosistemas industriales los que están en peligro. No sólo la cadena de subcontratistas y de servicios, sino también todas las cadenas de investigación y de valor añadido que trabajan en simbiosis con los grandes grupos y que están llamadas a formar la nueva matriz de la reindustrialización, tras el gran período de perturbación ligado a la mundialización y a la deslocalización.

Los países europeos responden de forma dispersa

Pero ante esta amenaza ya identificada, los europeos responden como siempre de forma dispersa. Los altos funcionarios de la Comisión Europea están elaborando una respuesta jurídica y formal. El Presidente de la Comisión ha amenazado con llevar el conflicto entre Europa y Estados Unidos a la Organización Mundial del Comercio, alegando que la Ley de Reducción de la Inflación elude las normas comerciales internacionales.

Esta respuesta es considerada totalmente inadecuada por sus críticos. La OMC es una estructura muerta con el fracaso de la Ronda de Doha en 2008. Su incapacidad para ir más allá de su insistencia en el mantra del cambio climático, demuestra su inutilidad. Sus opiniones ya no interesan a nadie. Aunque se ocupara de la cuestión, emitiría un dictamen en cinco años. Para entonces, los daños habrán sido irreversibles.

El Comisario Europeo de Comercio, Valdis Dombrovskis, considerado como el lacayo más atlantista de la Comisión, apuesta por la reunión bilateral del Consejo de Comercio y Tecnología prevista para el 5 de diciembre. Pero esta reunión será un lugar de bonitos discursos y vagas promesas para adormecer a los europeos. En el mejor de los casos, los estadounidenses van a ofrecer a los europeos los mismos esquemas de compensación que ofrecieron a México y Canadá en materia de ayudas a los vehículos eléctricos. Un sistema muy insuficiente para contrarrestar la amenaza de la desindustrialización en Europa y para compensar el enorme choque económico causado por la guerra en Ucrania.

Viraje histórico

En una reunión en Berlín con el Canciller alemán Olaf Scholz, el 25 de noviembre, la Primera Ministra francesa, Elisabeth Borne, se mostró partidaria de utilizar todas las herramientas europeas para promover la inversión en la reconversión energética. Junto con el italiano Paolo Gentiloni, Comisario Europeo de Economía, Thierry Breton, Comisario de Mercado Interior, defiende la idea de un mecanismo europeo que pueda ofrecer las mismas condiciones y garantía de deuda a todos los Estados miembros, para ayudar a cada uno a proteger su industria. También es una forma de luchar contra el plan de 200.000 millones de euros lanzado por el gobierno alemán para ayudar a las empresas y los hogares a hacer frente a la subida de los precios de la energía.

“La carrera por las subvenciones es muy cara e ineficaz”, ha respondido ya el lacayo Dombrovskis. “Nadie quiere entrar en la carrera de las subvenciones, pero lo que ha hecho Estados Unidos no se ajusta a los principios del libre comercio y la competencia leal”, respondió el viceprimer ministro irlandés y ministro de Empresa, Leo Varadkar.

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