El kirchnerismo no vio en 2015 lo que sigue sin querer ver en 2020

Fernández, cuando era anti kirchnerista

Diego Herchhoren

Nos ha llegado un comentario de Conrado Ugarte, en nombre del colectivo de información alternativa RedCom, criticando duramente el artículo titulado «El nuevo gobierno argentino pretende ser equidistante entre Venezuela y los EEUU«, donde se nos reprocha, en esencia, que el llamado Grupo de Puebla no tiene las características que describíamos en él y que nuestro análisis bascula entre la «extrema derecha recalcitrante» y el «trotskysmo«.

Más allá del comentario, plagado de presunciones y algún que otro gazapo (Fernando Lugo, ex Presidente de Paraguay, fue depuesto por un Golpe de Estado judicial, denunciado en su día por el gobierno argentino como tal) viene a negar el distanciamiento del kirchnerismo del gobierno de Venezuela, obviando los durísimos dichos del actual presidente argentino calificando al gobierno de Nicolás Maduro como «régimen«, término habitual utilizado contra gobiernos díscolos por la derecha mundial, porque para Fernández los venezolanos no tienen gobierno, tienen un «régimen«.
Ese discurso justificador de todo aquello que aparente progresista ni es nuevo ni será la última vez que termine dando dolores de cabeza a los pueblos latinoamericanos.

Dilma Roussef fue destituida mediante un golpe parlamentario plagado de irregularidades y que dirigía…su vicepresidente Michel Temer. A Lugo, de Paraguay, le pasó tres cuartos de lo mismo. Y a Rafael Correa lo traiciona su propio vicepresidente, y es quien promueve su persecución tras asumir la Presidencia de Ecuador.

Hoy la cancillería argentina la ocupa Felipe Solá -portavoz de las bravuconadas del Ejecutivo de Fernández contra el gobierno de Venezuela-, que es uno de los responsables políticos del asesinato en 2002 de los militantes sociales Maximiliano Kostequi y Darío Santillán. Y el propio Alberto Fernández ha sido uno de los principales detractores de las medidas estrella e incluso reconoció que desde 2008 trabajó como lobbysta para la entonces española Repsol-YPF.

Si bien las cosas pueden cambiar, y el ritmo de los acontecimientos pueden dar lugar a giros inesperados en la política latinoamericana, lo cierto es que el kirchnerismo no aprende nunca.

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