En 1976 Alexandre de Marenches, jefe del servicio secreto francés, creó el Safari Club, algo parecido a la red Gladio que tenía su radio de acción en los países de África y Oriente Medio.

Entonces la descolonziación estaba en su apogeo y el objetivo era coordinar las operaciones clandestinas de las potencias occidentales para preservar su hegemonía. El Watergate y las investigaciones del Congreso (como la del Comité Church) habían puesto a la CIA en el candelero y se trataba de continuar la misma tarea con otro nombre.

El Safari Club incluyó a las centrales de inteligencia de Arabia Saudí, Egipto, Marruecos e Irán (antes de la revolución de 1979), además del SDECE francés, predecesor de la actual DGSE. Intentaban contrarrestar la creciente influencia soviética entre los países que luchaban por su descolonización.

El nombre procede del Mount Kenya Safari Club, un complejo hotelero de lujo en Kenia, rodeado de 40 hectáreas de terreno. Era propiedad de un peón de la mafia de Chicago, Ray Ryan, que se dedicaba a blanquear el dinero negro de la familia Genovese. El lugar servía también de escondite para los mafiosos, por lo que estaba bajo el radar del FBI. Ryan fue asesinado unas semanas después después de vender el complejo a su colega, el traficante de armas saudí Adnan Khashoggi (1).

Desde la década de los sesenta el traficante saudí colaboraba con la Casa Real Saudí y la CIA. La empresa de armamento que hoy se conoce por Lockheed Martin contrató a Khashoggi en 1964, cuando tenía sólo 26 años. Las elevadas comisiones que le pagaba tenían múltiples destinos. Por ejemplo, sirvieron para que el saudí financiara la campaña electoral de Nixon en 1972, a través de un complicado circuito indirecto que eludía las leyes internas de Estados Unidos.

En los años sesenta, mientras Lockheed se hundía cada vez más en la corrupción, su presidente, Dan Haughton, era aclamado públicamente en Estados Unidos por su impecable gestión empresarial. A principios de la década las mordidas no parecían muy grandes. Sólo en los años setenta, cuando las ventas en el extranjero se acercaban a los mil millones de dólares al año, las comisiones se volvieron tan grandes que “generaron desafortunados efectos secundarios”, escribió el New York Times (2).

El saudí también era representante de otros traficantes de armas, como Northrop. Su contratación fue recomendada en 1970 por Kermit Roosvelt, el agente de la CIA que en 1953 preparó el derrocamiento del primer ministro Mossadegh en Irán.

Si en algún lugar del mundo había que pagar una mordida, había que hablar con Khashoggi. Si había que vender armas en medio de un embargo de armas, también. Es natural que las multinacionales (Rolls Royce, Marconi) contrataran sus servicios.

De la mafia al espionaje

Las reuniones de los espías se celebraban en el paradisiaco escondite africano. La compra de las instalaciones la negoció Edward Moss, que tenía un pie en la CIA y otro en la mafia. Sin embargo, no es posible descifrar si Moss era un testaferro de Khashoggi, o al revés. Lo que mejor explica la relación entre ambos es que Moss trabajaba para la Administración de Producción de Defensa del Departamento de Comercio, es decir, que tenía acceso a los mercados de armamento.

La pareja de Moss, Julia Cellini, junto con sus cuatro hermanos estaba encargada del blanqueo de dinero de Meyer Lanski. Hasta la revolución de 1959 fueron los administradores de los casinos que la mafia tenía en La Habana.

A Moss le nombraron presidente del Safari Club. Los keniatas le llamaban “Bwana Commander”. La compra de las instalaciones sirvió para dos propósitos. Uno era mantener ocultas las reuniones de la coordinadora de espías. El otro era para que Khashoggi organizara sus grandes orgías.

El Safari Club operaba como una alianza multinacional de espías, financiada en gran medida por Arabia Saudí. Llevaba a cabo actividades encubiertas de apoyo al imperialismo y el colonialismo. Entre sus paredes se prepararon los golpes de Estado en África, las guerras, los contratos de los mercenarios y las grandes ventas de armas de aquella época.

Era un centro multiusos. En 1984 Khashoggi organizó y financió la Operación Moisés, el puente aéreo de unos 14.000 judíos etíopes desde Sudán hasta Israel durante la hambruna causada por la guerra civil etíope.

La operación la negoció en el Safari Club, en una reunión con el presidente de Sudán y el israelí Ariel Sharon.

Los vínculos del Club con la CIA eran muy estrechos. El Club permitía a la central de inteligencia subcontratar operaciones encibiertas, como la venta de armas o la financiación encubierta, utilizando las redes de los países miembros. Pero los contactos eran informales. Aunque oficialmente Estados Unidos no participaba para evitar el control del Congreso, la CIA colaboraba activamente a través de Theodore Shackley (3), Thomas G. Clines (4) y el propio George H.W. Bush, director de la CIA entre 1976 y 1977.

El centro de operaciones se traslada a Marbella

En 1985 Khashoggi representó a Francia en una puja con Reino Unido para firmar el contrato de “armas por petróleo” de Al Yamamah por valor de 80.000 millones de dólares con los saudíes. De este último negocio nació su amistad con el jefe de los servicios secretos franceses.

Para Reino Unido fue el mayor acuerdo de venta de armas de su historia y el más corrupto, un verdadero reguero de mordidas, sobreprecios, testaferros y cuentas en paraísos fiscales.

En aquel momento Khashoggi había trasladado su centro de operaciones de Kenia a Marbella, a una mansión rodeada por una finca de 5.000 hectáreas. La localidad de la Costa del Sol se convirtió en un centro financiero y logístico vinculado a la CIA, algunos de cuyos agentes participaban en las orgías de su mansión.

Tras la guerra de 1973 de Israel contra los países árabes y el subsiguiente embargo del petróleo, España negoció las compras de crudo con la Casa Real Saudí con un truque parecido al del caso Al Yamamah, “armas por petróleo”, en el que el “rey campechano” tuvo un papel estelar, quedádose con una mordida muy suculenta.

Para vender las armas a Arabia saudí Juan Carlos I recurrió a su testaferro, Prado y Colón de Carvajal, que fundó la empresa Alkantara Iberian Export. Era una empresa en la que, además de Focoex y el INI, participaba Triad International, la sociedad de Khashoggi, en la que trabajaba el hijo de Prado y Colón de Carvajal, además de Francisco Jiménez Torres, el abogado de Khashoggi que le asesoraba en sus chachullos internacionales.

La sede de Alkantara estaba en Chipre, un paraíso fiscal, a pesar de que la mitad del capital era dinero público español del que se aprovechaba el traficante saudí. Por su parte, en 1977 Prado y Colón de Carvajal fue nombrado a dedo senador por su padrino el “campechano”.

La documentación de Alkantara siempre fue secreta hasta la fecha de hoy. En 1985 el gobierno del PSOE redactó un informe sobre las empresas importantes de venta de armas españolas que colocaba a Alkantara en primer lugar, a pesar de admitir que no controlaban ni el destino final de las armas, ni las mordidas que se pagaban, que ascendieron a 12.500 millones de las antiguas pesetas.

En 1989 el INI se desentendió de la empresa tras conocerse la intervención de Khashoggi en la Operación Irán-Contra por la venta de armas a Irán. Las acciones pasaron a otro traficante, Abderramán El Assir, a quien introdujeron en los selectos círculos de Marbella.

Más deudas que fiestas

Durante años el PSOE protegió a Khashoggi, que se convirtió en un personaje habitual de las portadas de la prensa de la época, dentro y fuera de España, porque organizó algunas de las orgías más extravagantes de la historia europea, al estilo de las que habían conocido en Kenia. El diario británico The Independent calificó a Khashoggi como “el prostituto, cuyos negocios de armas financiaron una vida de playboy en decadencia y esposas de placer”.

En tiempos de Felipe González, al PSOE le gustaba aparentar que el franquismo, un mundo gris, había acabado y que llegaban nuevos tiempos, ejemplificados por Marbella, el lujo y las bacanales. Los pijos y famosos de todo el mundo (banqueros, actores, príncipes) se daban cita en Marbella. Aparcaban los yates en Puerto Banús y se desplazaban en Rolls Royce por las calles. Tras los famosos iban en tropel los periodistas y fotógrafos en busca de carnaza. Entonces los medios los llamaban “la gente guapa” o la “jet set” y eran la mejor demostración de que, en efecto, en España las cosas habían cambiado mucho.

En Marbella se celebran cada año más de cien galas benéficas, que servían para blanquear el dinero procedente de la venta de armas, de drogas y de prostitución. La más importante de ellas era la de la Cruz Roja.

Las orgías sólo se prolongaron hasta finales de la década porque empezaron a aparecer los primeros rastros de la Operación Irán-Contra y la CIA apartó a sus hombres de paja. La policía canadiense comenzó a investigar a Donald Fraser, un socio del magnate saudí implicado en la venta de armas a Irán.

En 1989 fue detenido en Suiza y extraditado a Estados Unidos. Para su exilio en Hawai, el presidente filipino Ferdinand Marcos había robado 160 millones de dólares de las arcas del estado y a Khashoggi le acusaron de blanquear y esconder el dinero. Naturalmente era un paripé: fue absuelto tras llegar a un apaño con la fiscalía.

El magnate saudí dejó de pagar sus deudas, que eran mayores que sus fiestas. Fue un descenso sin frenos por la pendiente. En 1989 los tribunales le confiscaron su mansión en Marbella. En 2011 se vio implicado en un caso de blanqueo de capitales, presuntamente por haber lavado unos 300 millones de dólares con la ayuda del empresario indio Hasan Ali Khan, pero nadie fue capaz de encontrar las pruebas.

La exhibición periodística del lujo en Marbella servía para disimular que Khashoggi era el mayor traficante de armas del mundo, su participación en la Operación Irán-Contra y, por supuesto, sus conexiones con los servicios secretos de múltiples países.

Ahora ocurre algo parecido con Epstein. El morbo sirve para tapar el origen del dinero y sus conexiones con el espionaje. Las centrales de inteligencia se sirven de personajes así para encubrir sus actividades y, sobre todo, la financiación de actividades criminales, como las cometidas por Al Qaeda en sus distintas denominaciones y marcas.

De esa manera hay una parte del aparato del Estado con patente de corso. Nunca rinde cuentas ante jueces, parlamentos ni comisiones de investigaciones que nada investigan. Por cierto, en los años ochenta Khashoggi fue uno de los primeros clientes de Epstein cuando trabajaba en el banco Bear Stearns, que movía clandestinamente el dinero de la CIA.

Lo que empezó en Kenia y ha seguido luego en una pequeña isla del Caribe, pasó antes por Marbella, donde un deslumbrante oropel escondía la podredumbre del mundo.

(1) Adnan Khashoggi era el tio de Jamal Khashoggi, el periodista asesinado en 2018 en Estambul por los servicios secretos saudíes. Su tio había muerto un año antes en Londres
(2) https://www.nytimes.com/1977/07/03/archives/khashoggi-the-bridge-to-arab-deals-khashoggithe-bridge-to-arab-arms.html
(3) Theodore Shackley participó en el derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, luego en los planes para asesinar a Fidel Castro y en 1966, durante la Guerra de Vietnam, le nombraron jefe de la CIA en Laos, donde organizó el tráfico de drogas en colaboración con el mafioso Santo Trafficante y el general laosiano Vang Pao. En 1969 se convirtió en el jefe de la CIA en Vietnam. El dinero recaudado con el tráfico de drogas financió la Operación Fénix, que implicaba el asesinato de civiles. En dos años asesinaron a 28.978 civiles vietnamitas. Al acabar la guerra, la misma operación continuó en Irán para asesinar a los comunistas y otras fuerzas políticas opuestas al Sha
(4) Thomas G. Clines era adjunto de Shackley y, entre otras operaciones, participó en el derrocamiento de Salvador Allende en Chile