Ciudadanía e inmigración

Nicolás Bianchi

El gran revolucionario burgués de la Revolución francesa, Robespierre, pensaba que un hombre no puede ser libre si no goza de los medios de subsistencia para una vida humana digna. Y, en coherencia, abría su país a cuantos lo necesitaron, a la inmigración. Justo lo contrario de lo que pasa hoy con una burguesía contrarrevolucionaria.

Podría decirse que la historia de la Humanidad, al menos un jalón, en su dimensión ético-política, es la historia de la conquista de la ciudadanía. En el momento de la Revolución francesa -esa zancada histórica-, se deja de ser súbdito y se populariza la palabra «ciudadano» (en la actualidad los politicastros y politiquillos se llenan la boca cada dos por tres hablando de la «ciudadanía» y los «ciudadanos/as» obviando que vivimos ¡¡bajo un Reino!!, una monarquía que acaban de refrendar el PPSOE en Las Cortes españolas, en perfecto y vergonzante oxímoron político, lo que se la suda, por descontado) para expresar un ideal de vida compartido. Llamar al otro «ciudadano» equivalía a afirmar la libertad e igualdad. Ya no había «excelencias» ni «ilustrísimas» ni, por supuesto, «altezas» ni «majestades». Por primera vez en la historia, aunque sólo sea en la idea, porque entonces la burguesía tenía ideas, la ciudadanía deja de ser un privilegio reservado a unos pocos para convertirse en un ideal asequible y universalizable: de súbditos a la república de ciudadanos con el individuo pensado como sujeto de derechos. Condorcet decía: «soy francés, pero antes que nada soy hombre». Y Voltaire, que no vio la explosión revolucionaria, gustaba de decir: «políticamente soy ciudadano de Francia, pero filosóficamente soy ciudadano del mundo». Una suerte de cosmopolitismo con el que soñara Kant. Todavía no había nacido Marx para aguar la fiesta con aquello de la lucha de clases -concepto que no acuñó él-, pero jamás insaculó, metió en el mismo saco, a un Saint-Just con un Thiers y admiró la nobleza y belleza de los ideales revolucionarios burgueses en tanto en cuanto quebraban las castas (hoy tan de moda) del Antiguo Régimen.

Es indudable que se trataba de una ciudadanía, vale decir, de «baja calidad» comparada con los estándares actuales. Y más aburrida porque no había fútbol. El sufragio era censitario (o sea, votaban los que tenían cierto caudal, de ahí que se animara a la gente a enriquecerse para poder votar) y la mujer no contaba amén de que la «igualdad» era ideal frente a la desigualdad real pero la generosidad de aquellos principios universales y sinceros resiste la aluminosis de barro con que se cimentan las Constituciones posmodernas de perra gorda de hogaño dizque papel mojado -en su parte dogmática y orgánica, salvo para amenazar como el artículo octavo de la Constitución española de 1978, que, por razones de edad generacional, ya casi nadie votó, que esa es otra, y los que sí teníamos edad, en su día, no la votamos)- como sabe cualquiera que no sea un bausán alienado o interesado.

John Locke, teórico del liberalismo burgués progresista, luchaba contra la idea de una nacionalidad impuesta y, al contrario, a favor del derecho libre a la inmigración e incluso a la libre elección de lugar de residencia y trabajo. Esto se explica por el colonialismo imperante y la demanda de mano de obra en las colonias de los ya incipientes o consolidados imperios. De la metrópolis a las colonias. Y no al revés, como hoy. Con la diferencia de que hoy ponen vallas que llaman «concertinas». O te expulsan una vez exprimido.

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