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Categoría: Opinión (página 17 de 17)

Todos los artículos de Olarieta

Son 108 en total. Creo que están todos los que hay publicados por internet. Si alguien cree que ya dispone de todos habiéndose descargado un paquete de ellos de otro sitio web, se equivoca, puesto que dicha recopilación la llevé a cabo yo. Por lo tanto, esta es la más completa y aquí la dejo a vuestra disposición. 


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Lo específico de Juan Manuel Olarieta Alberdi -siempre pone en sus trabajos el apellido de su madre, una hermosa mujer de una energía fascinante- es su constancia e infinita capacidad de trabajo. A eso hay que sumarle la unión y unidad entre lo que es la teoría y la práctica. No hace ni dos años estuvo en la cárcel (y no por primera vez). Que estés o acabes en las cárceles españolas no demuestra per se  una ley matemática ni consagra una verdad revelada, pero sí es significativo, sobre todo cuando el enemigo de clase te ningunea y apenas hace alarde de su “triunfo”. No por desprecio, sino por no dar pábulo y propaganda. No se sacraliza tanto una línea política determinada y es por ello que acabas en los makos, sino porque apuntas al glacis del modo de producción capitalista y la manera de destruirlo que el Estado capitalista te considera un enemigo y te tiene siempre en el punto de mira. Por esto, como decía el otro, en la cárcel, aunque no siempre, afortunadamente, acaban siempre los mismos y no los charlatanes. Como diría Stalin, ese temible “ogro”, si el idioma fuera una fuerza productiva, los charlatanes de feria en el -y esto es de Blasco Ibáñez- “charlamentarismo español” serían millonarios. Este hombre -Juanma para los amigos- que, por su enorme talento, y como abogado licenciado en la jesuítica Universidad de Deusto, vívero de la burguesía vasca y española, podría haberse dedicado a esquilmar los bolsillos de los burgueses adinerados gestionando sus litigios, pleitos y pufos interclasistas para enriquecerse él y darse la gran vida, tal como la entiende la molicie burguesa, ha pasado hambre (un tío que disfruta comiendo y jamás engorda, por cierto) y dormido en las calles de Madrid y París. Ser comunista, esa “rara avis” como lo es él, no es sencillo ni un deporte ni una moda. Tiene muchos sinsabores e incomprensiones que afectan, a veces, a lo más íntimo de la persona, incluido lo afectivo, pero no necesariamente. No es un plato de gusto. Pero estoy seguro que, lo que ya para algunos correligionarios tiene muchísimo mérito, él le quita importancia. A algunos nos preocupaba su despreocupación de sí mismo. Cómo no, tiene su corazoncito pero sólo un objetivo: contribuir a organizar la Revolución, esa “utopía”. Hay quien se pasa la vida “discutiéndola”. No es su caso. ¿Cabezonería? Tal vez, pero bendita recalcitrancia.Personalmente siempre le he tenido por un genio en el sentido renacentista de la palabra. Juanma, ducho en marxismo, pega a todos los “palos”, desde la ciencia, la economía política (también estudió Económicas en Bilbao) -porque se dice “economía política” y no “economía” a secas-, la filosofía, pasando por el cálculo infinitesimal (de Engels) o, últimamente, la genética (ha escrito recientemente un trabajo rehabilitador del defenestrado Lysenko, objeto de mofa y pinpanpúm de la biología burguesa y la que pasa por no ser burguesa, o sea, “izquierdista”) hasta… el fútbol. Porque, sépase, lejos del clásico intelectual torremarfileño que abomina de los prosaicos divertimentos para las masas -opio para la chusma-, gusta del fútbol y, lo más osado, se atreve a plantear tácticas en esa teatralización de la guerra que es el fútbol. Al ajedrez jugábamos alguna partida en la demolida cárcel de Carabanchel, pero no diré quién ganaba.

Alguna vez le he dicho, en un jijijajá, que el marxismo -su pasión- se le está quedando pequeño. Le llegué a decir -con mi soma más mefistotélica que maquiavélica- que acabará investigando los tebeos que leía Marx en su infancia.

Más cosas diría de Juanma, pero sólo mencionaré una: no hay peligro de que Olarieta cree una “escuela olarietista” que vea el marxismo de una determinada manera y contribuya a los “diferentes marxismos” y sus “distintas lecturas”. ¿Es, entonces, el marxismo un dogma, una especie de “religión”, como dicen los más babosos? Si así fuera, habría Sumos Sacerdotes, profetas y predicadores, pero, de los que yo conozco, no salen en la tele y acaban con sus huesos, las más de las veces, de mala manera. Olarieta no es un autodidacta. Olarieta es marxista-leninista y, por descontado, materialista dialéctico, si sabemos realmente lo que significa este modo de analizar la Historia… y hacerla.

No creo haber hecho una hagiografía de Juanma Olarieta, más bien creo haberme quedado corto. Un hombre que jamás ha hecho una alharaca ni buscó hueco en el supermercado de las ideologías. Sólo le vi en ambones populares dirigiéndose a la clase obrera. Un tipo incorruptible e incorregible. De los imprescindibles.

Prólogo de Jon Odriozola a Las leyes de represión del anarquismo a finales del siglo XIX

¿Qué es la conciencia de clase? (III) El grado cero de la conciencia

La conciencia de la clase obrera es una unidad dividida en dos que Marx, a la manera hegeliana, denomina como conciencia en sí y conciencia para sí: “En principio, las condiciones económicas habían transformado la masa del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado en esta masa una situación común, intereses comunes. Así, esta masa viene a ser ya una clase frente al capital, pero todavía no para sí misma. En la lucha, de la cual hemos señalado algunas fases, esta masa se reúne, constituyéndose en clase para sí misma. Los intereses que defienden llegan a ser intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política” (1).

El desarrollo del capitalismo, pues, crea una inmensa masa de trabajadores que en el siglo XIX aún se solía denominar en plural como “clases obreras” para destacar su carácter disperso. Lo mismo ocurría con sus organizaciones de clase. Los primeros sindicatos no agrupaban a los trabajadores por empresas sino por oficios, por lo que hoy llamaríamos profesiones, muy cercanos a los gremios de artesanos medievales: eran impresores, zapateros o sastres. No obstante, aunque carecían aún de una sólida cohesión interna, los obreros ya formaban una clase social por sus intereses comunes frente a sus respectivos patronos. Por sí misma, espontáneamente, esa condición social ya convierte a la masa de los distintos trabajadores en una clase social.

Si los obreros formaban en masas compactas, dicen Marx y Engels, no es como consecuencia de la unidad de los propios obreros sino de la unidad de la burguesía (2). En “La Ideología Alemana” Marx y Engels precisaron el concepto de conciencia de clase con otras palabras:

“Los diferentes individuos sólo forman una clase en cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase, pues por lo demás ellos mismos se enfrentan unos con otros, hostilmente, en el plano de la competencia. Y de otra parte, la clase se sustantiva, a su vez, frente a los individuos que la forman, de tal modo que éstos se encuentran ya con sus condiciones de vida predestinadas por así decirlo; se encuentran con que la clase les asigna una posición en la vida y, con ello, la trayectoria de su desarrollo personal; se ven absorbidos por ella. Es el mismo fenómeno que el de la absorción de los diferentes individuos por la división del trabajo […] Ya hemos indicado varias veces cómo esta absorción de los individuos por la clase se desarrolla hasta convertirse, al mismo tiempo, en una absorción por diversas ideas, etc.” (3).

La conciencia en sí aparece, pues, muy tempranamente en las primeras etapas del movimiento obrero. La adquiere el proletariado espontáneamente en su lucha por mejorar sus condiciones de vida y trabajo, es decir, en luchas de naturaleza sindical y económica. Pero aquellas luchas espontáneas de los obreros eran instintivas. En ellas los obreros actuaban en buena parte movidos por sus intereses individuales y concretos. Fuera de sus luchas contra el patrono, los obreros competían y se enfrentaban entre sí. Durante las huelgas algunos ejercían de esquiroles frente a otros. El salto desde los intereses individuales y concretos de unos pocos obreros, hacia los comunes y generales a todos ellos es en todos los países el progreso decisivo de la conciencia de clase, que se expresa en la creación de organizaciones de dicha naturaleza.

El desdoblamiento de la conciencia tiene, pues, un sentido histórico. Al analizar la evolución del movimiento obrero en cada país se observa que la conciencia de clase evoluciona desde las formas de conciencia en sí a otras que, además, son para sí. La conciencia para sí es un progreso con respecto a la anterior, una forma superior que adquiere el proletariado con sus luchas, un ejemplo, en definitiva, de la transformación de los cambios cuantitativos en cambios cualitativos. Pero aunque la experiencia histórica del proletariado acumula ambas, no puede confundirlas:

a) mientras la conciencia en sí se pone manifiesto en las luchas sindicales, la conciencia para sí aparece en las de tipo político. La conciencia para sí se expresa en el programa político del proletariado, en su estrategia revolucionaria

b) mientras la conciencia en sí es espontánea y se pone manifiesto en formas de acción más o menos improvisadas, como huelgas y manifestaciones, la conciencia para sí se planifica sistemáticamente, para lo cual es necesaria una organización de clase. La conciencia para sí se expresa también en las distintas formas de organización de la clase obrera

c) mientras la conciencia en sí la adquiere el proletariado por sus propios medios en la lucha sindical, la conciencia para sí procede de fuera porque requiere una teoría científica, el marxismo-leninismo, un añadido cualitativo que el movimiento obrero no puede obtener por sus propias fuerzas

Los oportunistas sólo tienen en cuenta uno u otro de los dos aspectos de la conciencia. Algunos de ellos los confunden y otros los separan como si fueran universos extraños entre sí. Ninguno tiene en cuenta que la conciencia no es más que una unidad que se desdobla, una unidad de contrarios y, por consiguiente, que en el movimiento obrero coexisten formas distintas de conciencia de clase. Lenin decía que lo espontáneo es el embrión de lo consciente y que hay diferentes tipos de espontaneidad (4). La conciencia de clase es, pues, un gradiente; no es que haya o no conciencia de clase, sino que hay grados diversos de conciencia que van desde los inferiores hasta los superiores, recorriendo todo su espectro. Se puede decir que existe un grado cero de conciencia, representado por el movimiento obrero espontáneo, que alcanza su punto más elevado en la conciencia para sí: el partido comunista. De uno a otro hay un salto cualitativo.

Como tendencia histórica, la conciencia de clase no retrocede sino que avanza irreversiblemente de la conciencia en sí a la conciencia para sí. Aunque esté muy extendida la opinión contraria, en la actualidad la conciencia de clase ha avanzado sustancialmente con respecto a los tiempos de Marx, Engels y Lenin. No cabe duda que la enorme experiencia acumulada por el proletariado internacional impide hoy afirmar que en alguna parte existan movilizaciones obreras en las que no aparezcan determinadas formas más o menos avanzadas de conciencia de clase. Es un importante progreso del movimiento obrero: hoy la lucha de clases no tiene que partir de cero.

Como consecuencia de ello la burguesía se tiene que enfrentar cotidianamente a un hecho consumado, lo que la ha obligado a maniobrar para confundir a la clase obrera y nublar su conciencia. Como en tantas otras tareas, también en ésta ha dispuesto de la inestimable colaboración de los oportunistas para dar marcha atrás a la historia y volver a las etapas incipientes del movimiento obrero. En este punto los oportunistas adoptan la forma de nuevos espontaneístas. Las tesis de los antiguos aún tenían alguna justificación porque procedían de una etapa en la cual los obreros aún no habían acumulado suficientes experiencias prácticas; los nuevos corresponden a un momento en el cual la espontaneidad se defiende a pesar de que la experiencia práctica contradice cada uno de sus postulados.

Antes el espontaneísmo movía los pies pero no la cabeza. Era la inconsciencia viva de la clase obrera o, a lo máximo, ponía de manifiesto una conciencia muy primitiva. El grado cero de la conciencia aún no se había convertido en una teoría, sino todo lo contrario; no era más que una práctica, el activismo ciego, inconsciente e irreflexivo. Los modernos, por el contrario, mueven la cabeza para elaborar una teoría con la in-consciencia, convirtiendo la espontaneidad en todo un proyecto de desarme y des-organización del proletariado.

Hoy la forma principal que reviste el espontaneísmo es la confusión de la organización con la clase o, por mejor decirlo, la reducción de la organización a la clase y lo que es peor: al movimiento de dicha clase. Es también el caso de quienes defienden los partidos de masas, amplios, con numerosos afiliados al estilo de la II Internacional, mientras critican a los partidos comunistas de nuevo tipo porque son “maquinarias burocráticas” alejados de las masas. Ellos quieren crear un “partido-movimiento” (5), disolver las formas de organización en las formas de actuación bajo los nombres de “coordinadoras”, “redes”, “asambleas”, “plataformas” y cualquier otro lo suficientemente ambiguo como para dispersar a las masas en un archipiélago inconexo.

Aunque los nuevos espontaneístas visten sus teorías con los ropajes de la modernidad, frente a lo que califican como “viejas concepciones dogmáticas”, lo cierto es que lo suyo es una apología del primitivismo, de las fases obsoletas del movimiento obrero. Hacen apología del atraso, de los “métodos artesanos de trabajo”, como los llamaba Lenin. Colocan al movimiento obrero en una situación de desventaja frente a la burguesía, que actúa siempre con una conciencia plena, que no dispersa sus energías sino que las centraliza y organiza de una manera meticulosa en ese dispositivo burocratizado que es el Estado, para proyectarlas incluso en la esfera internacional.

La forma de organización (o desorganización) de la clase obrera es, pues, el primer termómetro de su conciencia de clase.

En los cien años transcurridos desde que Lenin redactó el “¿Qué hacer?”, el espontaneísmo ha cambiado su naturaleza de clase. Mientras antes era una parte del movimiento obrero, actualmente es una corriente típicamente pequeño-burguesa que, entre otras cosas se caracteriza también por enfrentar lo social a lo político, e incluso por preconizar el abstencionismo, que es el mismo principio que defiende siempre la burguesía: no mezclar a los sindicatos con la política, ni a la universidad con la política, ni a la cultura con la política, etc. Dicen que las huelgas deben ser puramente económicas y que las de naturaleza política son rechazables. Es el estilo ONG, de la horizontalidad, de los alternativos, los autónomos y autogestionarios. Para la pequeña burguesía los movimientos deben ser exclusivamente “sociales” (desde abajo), jamás políticos (desde arriba) porque “la política” desune, conduce a enfrentamientos ideológicos “partidistas”, lo cual parece que no ocurre en las luchas económicas y sociales.

El rechazo de “la política” demuestra el origen de clase del espontaneísmo porque la única política que conoce la pequeña burguesía es la política burguesa, es decir, que ponen la política del proletariado al mismo nivel que la política de la burguesía. Por su naturaleza de clase, los espontaneístas no entienden que, además de esa, hay otra política, la política comunista, que está directamente enfrentada a ella y que esa es la esencia misma de la lucha de clases y, por consiguiente, de la conciencia de clase.

Los nuevos espontaneístas consideran que la conciencia de clase es inherente a la condición social del obrero como explotado, es decir, que todos los trabajadores tienen conciencia de clase por el hecho de ser obreros. La clase en sí es al mismo tiempo clase para sí. Afirman que la actuación característica de la clase obrera es la sindical y encuentran la conciencia de clase en las luchas económicas de los trabajadores. Piensan que la lucha sindical (o los “consejos de fábrica”, en su caso) debe abandonarse a sus propias fuerzas, que se basta a sí misma para llevar a la revolución.

Esta concepción es errónea. Los trabajadores sólo se convierten en una clase “para sí misma” cuando se empiezan a reunir para defender sus intereses, no de fábrica, ni de oficio sino de toda la clase social en su conjunto. Entonces ya no son los intereses del obrero frente a los del patrón (jornada, salario) sino los de una clase contra otra. A diferencia de los anteriores, que son económicos y sindicales, dice Marx, esos intereses son de naturaleza política. En la lucha de una clase contra otra lo que se resuelven son intereses políticos. La lucha política es, pues, un progreso imprescindible de la conciencia del proletariado, frente a la lucha puramente sindical o económica. El programa político de la organización de la clase obrera (o su ausencia) es, pues, el segundo termómetro de su conciencia de clase.

La conciencia para sí de la clase obrera se define, pues, por dos elementos esenciales: el programa (los fines) y el tipo de organización (los medios). Ambas forman una unidad porque en función de los objetivos perseguidos los obreros se organizan de una u otra manera. Las formas de organización sirven para poner de manifiesto los verdaderos objetivos de la organización, más allá de los que retóricamente reconocen sus documentos oficiales. “Dime de qué organización dispones y te diré qué es lo que realmente pretendes”.

Una organización limitada sólo puede tener objetivos limitados. Sólo un determinado tipo de organización de clase, el partido comunista, carece de límites de ningún tipo, ni ideológicos, ni geográficos, ni económicos, ni legales, ni militares, ni profesionales. Sólo una organización así, de características ilimitadas, está en condiciones de acabar con el capitalismo, lo cual se debe también afirmar del reverso: para acabar con el capitalismo hay que fortalecer el partido comunista, que es un tipo de organización política que no se parece a ninguna otra.

Sin embargo, es bastante corriente que a un partido comunista se le juzgue exclusivamente por su programa político, es decir, que se examine si es comunista o no. Pero tan interesante como lo anterior es examinar si es realmente un partido, es decir, una organización leninista de cuadros profesionales, plenamente dedicados a organizar la revolución socialista.

Los programas de los partidos oportunistas son retóricos, puesto que no se reconocen a sí mismos como tales oportunistas sino que, muy al contrario, pretenden aparentar algo distinto de lo que realmente son.

Por eso llenan sus declaraciones de frases revolucionarias mientras sus formas de organización están acomodadas a la vida legalista, pacífica e institucional. Es la esencia de los “anticapitalistas”, que no pretenden acabar con el régimen de explotación sino convivir bajo él en una actitud de protesta permanente. Los movimientos espontáneos no se preparan para dar la batalla a la burguesía en ningún terreno, sino para lamentarse permanentemente de sus atropellos más sangrantes.

Se trata de grupos de aficionados que dedican al movimiento sólo sus ratos libres. Su radio de acción es típicamente local, propio de pequeños círculos capaces de llevar a cabo sólo tareas muy simples que encierran a los trabajadores en una perspectiva social estrecha, dominada por lo inmediato y el corto plazo.

A diferencia de las organizaciones de masas, la tarea de un partido comunista es la de dirigir, una función que la pequeña burguesía no es capaz de entender porque, al navegar entre dos aguas, cree que existen movimientos sociales no dirigidos por nadie, es decir, autónomos, en los cuales las masas se agrupan y se dirigen a sí mismas de manera colectiva. Es un claro ejemplo de ceguera por su parte. La experiencia pone de manifiesto que en todo movimiento colectivo siempre hay una dirección, por más que no reconozca como tal. Un movimiento puede surgir espontáneamente y, de hecho, así ocurre la mayor parte de las veces. Pero al final alguien lo acaba dirigiendo; si no lo dirige el proletariado, lo dirige la burguesía.

Cuando el proletariado no dirige una lucha a través de su partido comunista, la misma acaba siendo engullida por el reformismo, que es la inercia de la lucha de clases. El espontaneísmo conduce al movimiento obrero siempre por el sendero del reformismo, el sindicalismo y el electoralismo. De ahí que mientras la burguesía perseguía a los partidos comunistas, mantenía las formas de organización más primarias de la clase obrera. Hay múltiples ejemplos históricos de esa inercia. En Inglaterra los sindicatos crearon un partido propio, el partido laborista, una organización típicamente reformista, muy diferente de las propias de la clase obrera. Lo mismo cabe decir de la Iglesia católica, que desde la encíclica “Rerum Novarum”, promovió formas “horizontales” de organización, como las cooperativas, tan apreciadas siempre en los medios reformistas.

Para defender el espontaneísmo en 1972 Eduardo Fioravanti destacó el carácter creador de los movimientos de masas, algo de lo que no puede caber ninguna duda. Ahora bien, él lo contraponía al partido comunista, cuyo objeto era “limitar”, “coartar” o “contener“ al anterior (6). Eso no podría ser posible sin desnaturalizar la esencia misma del partido comunista, que debe ir por delante y no por detrás de los movimientos de masas, es decir, dirigir, impulsar y promover la creatividad de los movimientos de masas.

Otras veces para camuflar su reformismo, los espontaneístas se refugian en el activismo ciego, característico de ese archipiélago de pequeñas organizaciones locales enfrascadas en un zafarrancho de combate permanente por las calles. No es nada distinto de la vieja y gastada consigna del revisionista Bernstein: “El objetivo final no es nada, el movimiento lo es todo”. Es el movimiento por el movimiento mismo, sin ningún programa, ni línea, ni rumbo. El activismo es aventurerismo; a lo máximo puede conducir a estallidos de rebeldía, tan fulminantes como efímeros porque el Estado burgués los aplasta con facilidad. Entre otras cosas, que por sí misma la calle no proporciona, la revolución exige organización.

Es una creencia muy extendida suponer que un movimiento revolucionario puede estallar espontáneamente o que las masas van a lanzarse a luchar por el socialismo por sí mismas, de manera que cuando eso no se produce los que opinan así se quedan perplejos y se preguntan por qué las masas no se sublevan, a pesar del paro y de las difíciles condiciones de subsistencia que padecen. Es una pregunta que ya está respondida hace muchísimos años: la experiencia histórica demuestra que sin organización y dirección, el movimiento de masas no genera revolución sino reformismo, y que si su situación es tan dura que se ven obligadas a levantarse tumultuariamente, sólo se producirán rebeliones, estallidos masivos de cólera más o menos prolongados, pero jamás revoluciones. En todo el mundo el movimiento obrero ha conocido ambas situaciones y sabe que tanto el reformismo como las explosiones de rebeldía son estériles para la revolución.

Como se observa en la actual crisis, el capitalismo conduce a las masas a una situación extrema que las obliga a salir a la calle a protestar, sin lo cual no es posible la revolución. Pero dicha situación, aunque es una condición necesaria, no es suficiente. La conciencia de clase, hay que volver a repetirlo, es una unidad que se desdobla. No basta el movimiento por sí mismo, por más radical que se muestre; además tiene que tener una dirección, un rumbo, que no está en su propio seno sino que, como dijo Lenin, procede de fuera del propio movimiento:

“El error fundamental de todos los ‘economistas’: el convencimiento de que se puede desarrollar la conciencia política de clase de los obreros ‘desde dentro’, por decirlo así, de su lucha económica, o sea, partiendo sólo (o al menos, principalmente) de esta lucha, basándose sólo (o al menos, principalmente) en esta lucha. Semejante opinión es errónea de raíz […]

“Al obrero se le puede dotar de conciencia política de clase sólo desde fuera, es decir, desde fuera de la lucha económica, desde fuera del campo de las relaciones entre obreros y patronos. La única esfera de que se pueden extraer esos conocimientos es la esfera de las relaciones de todas las clases y sectores sociales con el Estado y el gobierno, la esfera de las relaciones de todas las clases entre sí” (7).

Un avión tampoco determina por sí mismo su rumbo; la navegación aérea la dirige desde tierra la torre de control. Del mismo modo, para determinar el rumbo del movimiento de masas hace falta un partido comunista que las dirija “desde la torre de control” o, como decía Lenin, “desde fuera”. Para estar en condiciones de dirigir un movimiento de masas, un partido comunista se debe diferenciar de las propias masas y de sus organizaciones. El partido comunista es una parte pero no es el movimiento mismo; no puede dirigirlo si se confunde con él, que es otro vicio arraigado del espontaneísmo, que también fue criticado por Lenin:

“El culto a la espontaneidad origina una especie de temor de apartarnos un poquitín de lo que sea ‘accesible’ a las masas, un temor de subir demasiado por encima de la simple satisfacción de sus necesidades directas e inmediatas. ¡No tengan miedo, señores! ¡Recuerden ustedes que en materia de organización estamos a un nivel tan bajo que es absurda hasta la propia idea de que podamos subir demasiado alto!” (8).

La lucha contra el espontaneísmo es la lucha contra el oportunismo en el terreno de la organización. Cada uno de los pasos que acomete un partido comunista debe ser consciente, lo cual equivale a decir, discutido, planificado y bien meditado. A diferencia de otras, la actuación comunista no se improvisa. Es la única organización de la clase obrera capaz de explicar y argumentar no sólo sus objetivos últimos sino cada uno de sus movimientos tácticos.

Notas:

(1) Marx, Miseria de la filosofía, Madrid, 1974, pg.257.
(2) Marx y Engels, El manifiesto comunista, Obras Escogidas, tomo I, pg.31.
(3) Marx y Engels, La Ideología Alemana, Montevideo, 1959, pgs.60-61.
(4) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.139.
(5) Reinaldo Iturriza López: Del partido/maquinaria al partido/movimiento, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=114484
(6) Eduardo Fioravanti: El concepto de modo de producción, Barcelona, 1972, pgs.217 y stes.
(7) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.179.
(8) Lenin, ¿Qué hacer?, pg.223.

¿Qué es la conciencia de clase? (II) Crítica de las teorías sobre el nuevo sujeto revolucionario

En los inicios del capitalismo la burguesía impulsó una nueva corriente filosófica, el idealismo subjetivo, que empalma directamente con las concepciones religiosas tradicionales y, especialmente, con el protestantismo. La clase social entonces en ascenso, la burguesía, es individualista; se mira al ombligo y se redescubre a sí misma, su mundo interior. El cristianismo había reducido el sujeto a su conciencia y luego la burguesía redujo la conciencia a su sujeto. Así considerada, la conciencia es un monólogo interno e incomunicable con otros porque cada uno de nosotros somos seres individuales, singulares y diferentes unos de otros. En nuestro interior llevamos a nuestro más severo juez, el que nos dice lo que está bien o está mal. Nadie sabe mejor que uno mismo lo que debe hacer y lo que debe abstenerse de hacer. En fin, hacemos lo que nos dicta “nuestra” conciencia, porque se trata justamente de eso, de la “nuestra”. Ni siquiera sabemos que no es “nuestra” precisamente.

En los países anglosajones la burguesía concibe la conciencia como “mente” (“mind” en inglés), llevándola al terreno de la sicología y convirtiéndola en un ente que, además de espiritual, tiene vida propia. En inglés, la primera persona singular (“yo”) se escribe con mayúscula (I), como si fuera un nombre propio, distinto de cualquier otro. La conciencia también se personifica y se escribe con mayúsculas: es el Alma, el Espíritu, la Razón o cualquier otra abstracción parecida, naturalmente separada de lo material y lo concreto, de las necesidades y los intereses. La conciencia no tiene que ver con nada ajeno a ella misma; no es sólo subjetiva sino que es el sujeto por antonomasia.

Esta concepción idealista (religiosa y burguesa) es la que prevalece hoy como ideología dominante extendida entre amplios sectores de la sociedad. Algunos filósofos burgueses, como Sartre, la presentan incluso con la apariencia de una teoría revolucionaria. En 1960 Sartre publicó su “Crítica de la razón dialéctica” con la que pretendió adherirse a un marxismo aderezado de individualismo, existencialismo y voluntarismo. A partir de entonces la burguesía difunde la existencia de un supuesto “sujeto histórico” o “sujeto revolucionario” que está empeñada en poner de moda (1) para remarcar que aún tiene algo que decir, que aún no ha salido definitivamente de la historia. Otros utilizan esa terminología para referirse de manera inapropiada a clases, sectores o fuerzas sociales. Esa forma de hablar da un tono libresco a dichas corrientes, que se formulan en nombre de Marx y del marxismo.

No obstante, el concepto de “sujeto histórico” suele ir acompañado del adjetivo “nuevo” para mostrar de manera definitiva el enfrentamiento ideológico de la burguesía con el marxismo. A la manera religiosa, hablan de pobres y ricos, categorías que deducen de una pirámide cuantitativa salarial, lo que les conduce a sostener que las clases se han diversificado, convirtiendo su lucha en algo más complejo de lo previsto por Marx y Engels, cuyas concepciones se han quedado anticuadas. Según ellos, existen otro tipo de “agentes sociales” cuya condición es aún peor que la de la clase obrera, que no sólo no se ha empobrecido, como habían pronosticado erróneamente Marx y Engels, sino que se ha “aburguesado”, especialmente en los países capitalistas más fuertes gracias al expolio imperialista. Incluso afirman que los obreros se han convertido en cómplices de ese expolio. La revolución se debe llevar a cabo también contra esa clase obrera “aburguesada”.

A partir de entonces, el papel revolucionario de la clase obrera lo tienen que asumir los nuevos parias de la tierra, “la multitud”, según Toni Negri, que es otra de esas imprecisiones deliberadas a las que tienen que llenar de contenido seudorrevolucionario. ¿Quiénes son esos nuevos parias de la tierra? Con los fastos del 500 Aniversario de la colonización de América y la comedia zapatista en Chiapas dos años después, los indígenas se pusieron de moda (2). Luego, tras el levantamiento de los suburbios de París en 2005 algunos (3) pusieron al lumpen en primer plano. El teólogo brasileño Frei Betto se ha destacado por inculcar esa concepción, que con las modas bolivaristas y el “socialismo del siglo XXI” se han extendido entre la burguesía latinoamericana (4): los verdaderos revolucionarios no son los obreros sino los marginados sociales, homosexuales, prostituidos, delincuentes o toxicómanos. Incluso el Vicepresidente de Bolivia se permitió el lujo de exponerlo de una manera tautológica, dando muestra de la superficialidad de este tipo de concepciones: “El sujeto revolucionario es el que hace la revolución” (5).

El marxismo sostiene todo lo contrario: que el mundo entero se proletariza progresivamente. Cada día el capitalismo no sólo produce mercancías, levanta fábricas y crea nuevo valor, sino también obreros de manera masiva. En palabras de Marx y Engels, no solo produce las armas que deben darle muerte, sino a aquellos que van a empuñarlas: “La burguesía produce a sus propios sepultureros”, que no son otros que los obreros. El proletariado es el producto más peculiar del capitalismo; sólo él es una clase verdaderamente revolucionaria.

El transcurso del tiempo ha dejado sobradamente claro no sólo que en este punto nada ha cambiado desde hace 150 años, sino que las previsiones de Marx y Engels se han confirmado puntualmente (6). Los demás sectores sociales que se enfrentan a la burguesía pierden energía y finalmente desaparecen con el desarrollo de la gran industria. Como consecuencia de ello, la sociedad actual no es más compleja, como sostiene la burguesía, sino mucho más simple que sus predecesoras. Las contradicciones de clase se han simplificado: “Toda sociedad va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases, que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado” (7). Pero la actual crisis económica ha sido más implacable que cualquiera de las críticas que se han lanzado contra las teorías burguesas; el objeto ha demostrado que los sujetos no eran tales.

En Europa durante los años sesenta, como consecuencia del ascenso del revisionismo en el movimiento comunista internacional, las teorías sobre el nuevo sujeto revolucionario se propagaron, llegando a convertirse en el rasgo diferenciador de la denominada “nueva izquierda”. El individualismo característico de la pequeña burguesía dio nuevos vuelos al voluntarismo y el espontaneísmo, frente al cual el revisionismo desató una reacción de signo opuesto. Los estructuralistas, como Althusser, criticaron aquellas concepciones subjetivistas, como las de Sartre, a costa de incurrir en otras igualmente erróneas: las del “proceso sin sujeto y sin fines”. Como cualquier otra teoría fría de la conciencia, el estructuralismo reduce la conciencia a una “superestructura”, la ideología a los “aparatos ideológicos” que se presenta como “objetiva”, pasiva y neutral, es decir, cuya naturaleza de clase no aparece por ninguna parte (8).

En cualquiera de sus formas el pensamiento burgués separa lo “objetivo” de lo “subjetivo”, como si se tratara de mundos opuestos uno de otro, lo abstracto de lo concreto, lo inmaterial de lo material, lo interno de lo externo. El marxismo nace de la lucha contra este tipo de “disquisiciones”, porque son “abstracciones vacías” típicas del hegelismo en las que “tenemos juntas todas las ilusiones de la especulación”, un supuesto de pura “contemplación”, decía Marx (9).

El supuesto típico de pura especulación al que se refería Marx aparece cuando alguien afirma de manera retórica que “se dan las condiciones objetivas, pero no las subjetivas”. Si la conciencia refleja una realidad objetiva, para un materialista resulta extraño que ambos marchen por separado, es decir, que las condiciones subjetivas no reflejen las objetivas. Es un motivo de extrañeza por partida doble porque, en el sentido contrario, nadie dice: “se dan las condiciones subjetivas, pero no las objetivas”.

Aunque pueden aparecer con cierto retraso, tarde o temprano las circunstancias subjetivas reflejan siempre a las objetivas, e incluso se deben adelantar a ellas. Por eso a un partido comunista se le denomina vanguardia: porque va por delante. Un comunista jamás puede admitir que estén presentes las condiciones objetivas sin las subjetivas. Lenin habló incluso de una etapa inicial del movimiento revolucionario ruso en el que existía vanguardia pero no existía movimiento (10). ¿Cómo es eso posible? Si no hay movimiento, ¿cómo puede existir una vanguardia suya?

Porque el movimiento de masas es discontinuo, se mueve a saltos, mientras la vanguardia realiza tareas que son continuas. A las masas no se les puede pedir lo que los comunistas piden a una vanguardia, a saber, que esté preparada, porque su lucha es instintiva y se mueve a grandes impulsos. Pero además, hay algo aún más importante: una vanguardia no se prepara para las etapas anodinas del movimiento, sino todo lo contrario: para cuando el movimiento esté en su apogeo. Para esas situaciones la vanguardia asume un compromiso muy claro: “nosotros estamos preparados y en cuanto exista una situación propicia dirigiremos la revolución”. Quien tiene el deber de prepararse no son las masas sino la vanguardia. Cuando las masas trabajan a corto plazo, la vanguardia trabaja, además, a largo plazo; cuando las masas hacen un trabajo local, la vanguardia trabaja, además, a escala nacional e internacional; cuando las masas hacen trabajo sindical, la vanguardia trabaja, además, en el terreno político; cuando las masas hacen trabajo legal, la vanguardia trabaja, además, ilegalmente; cuando las masas trabajan pacíficamente, la vanguardia trabaja, además, militarmente; y así sucesivamente.

Lo contrario es propio del reformismo, que profundiza en el atraso (real o ficticio) de la clase obrera. Para que ellos se puedan presentar como “vanguardia” y justificar su claudicación política necesitan insistir en que la clase obrera está rezagada. Los reformistas no pueden reconocer su propio atraso. Raramente pronuncian frases como ésta: “si nosotros, la vanguardia, estuviéramos preparados podríamos encabezar una revolución porque la situación está madura”. Entonces echarían la responsabilidad sobre sus propios hombros, que es la manera de proceder de los partidos comunistas. Por ejemplo, hace más de un siglo Lenin en el “¿Qué hacer?” se autocriticó de esta forma: “Que ningún militante dedicado a la labor práctica se ofenda por este duro epíteto, pues en lo que concierne a la falta de preparación me lo aplico a mí mismo en primer término”. Como en tantos otros países, en Rusia el diagnóstico de Lenin era que la vanguardia no estaba a la altura de las masas. La “causa fundamental de la crisis de los marxistas rusos” era su atraso con respecto al movimiento espontáneo de las masas (11). En realidad, la vanguardia era una retaguardia.

Pero los reformistas jamás reconocerán que los rezagados son ellos, que no son tal vanguardia. Cuando se refieren al atraso de la clase obrera, de las condiciones subjetivas, se refieren a sí mismos en tercera persona. Pero el más somero análisis diagnosticaría que esas condiciones subjetivas no son ajenas: no son nada distinto de ellos mismos. Quieren decir que subjetivamente ellos no están a la altura de las circunstancias objetivas y entonces buscan justificaciones en la subjetividad de los demás, en el atraso o aburguesamiento de la clase obrera.

Por lo tanto, no se trata sólo de una separación entre las condiciones objetivas y las subjetivas, sino de algo peor: de considerar que el partido comunista no es una parte de la clase obrera sino algo distinto o separado de ella. Para ellos el partido comunista tampoco es una condición objetiva ni subjetiva; no parece tener relación con nada. Cuando los reformistas insisten en la “falta de conciencia de clase” ellos no se consideran como una parte de esa clase, ni tampoco como su conciencia. En palabras de Lenin, se trata de “blandengues” amarrados a la inercia del movimiento de masas (12). Están tan aferrados a la espontaneidad de las diversas luchas que son indistinguibles de ellas; han disuelto la vanguardia dentro del movimiento.

Los reformistas tampoco consideran que puedan hacer mucho por cambiar “la situación”, salvo una propaganda rutinaria, “propia de vendedores de enciclopedias”, como decía Gramsci. Para justificar su claudicación proponen esperar pacientemente a que “se den” las circunstancias adecuadas, a que algo o alguien se las sirva en bandeja, a una situación idílica y perfecta: una crisis revolucionaria. Esas circunstancias que los reformistas esperan jamás van a aparecer tal y como ellos esperan porque la historia no es una abstracción. No la hacen la cuota de ganancia, la crisis de sobreproducción o una conciencia (sea de clase o cualquier otra forma de conciencia) que cae llovida del cielo. Según Marx, el motor de la historia es la lucha de clases; los que la forjan son seres humanos de carne y hueso: “Los hombres hacen su propia historia” (13).

La vanguardia que ejerce como tal no se limita a contemplar las condiciones (objetivas o subjetivas) sino que se esfuerza por cambiarlas. La actitud contemplativa es la opuesta a la conciencia en el sentido marxista, que no se limita a reflejar pasivamente el mundo exterior sino que se adelanta a él. Las condiciones, tanto las objetivas como las subjetivas, también se alteran, e incluso se crean. La conciencia de clase no sólo reacciona a la realidad exterior después de que se produce, sino que se anticipa a ella, precisamente porque pretende modificarla. La burguesía intenta conservarla y el proletariado cambiarla. Según Marx, “las circunstancias hacen al hombre en la misma medida en que éste hace a las circunstancias” (14). En otra obra repitió lo mismo:

“La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación distinta, olvida que las circunstancias se hacen cambiar precisamente por los hombres y que el propio educador necesita ser educado […] La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria” (15).

Quienes opinan lo contrario no han entendido en qué consiste exactamente la tarea de dirección de la vanguardia, bien porque consideran que esa vanguardia no forma parte del proletariado, o bien, por lo contrario, porque la han confundido con el mismo proletariado.

Tampoco han entendido que “dirigir” no consiste en vender enciclopedias, ni en impartir órdenes que los demás deben cumplir, sino que es una “práctica revolucionaria”.

Notas:

(1) Por ejemplo: La aparición de un sujeto revolucionario es la verdadera y única ‘crisis mortal’ del capitalismo, https://mpr21.info/2012/05/13-derrumbe-del-capitalismo-o-sujeto.html
(2) Félix Pablo Friggeri, El movimiento indígena como núcleo del sujeto revolucionario popular en el proceso contrahegemónico de América Latina, http://seer.fclar.unesp.br/estudos/article/view/5429
(3) Marco Antonio Esteban: Los suburbios franceses y el sujeto revolucionario, Nou Treball, 7 de diciembre de 2005, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=23819
(4) Marcelo Colussi, https://mpr21.info/2010/10/proletariado-o-pobretariado-cual-es-el.html
(5) Álvaro García Linera, El sujeto revolucionario es el que hace la revolución, https://alainet.org/active/35302
(6) Cfr. Los cambios en la composición de la fuerza de trabajo, https://mpr21.info/2007/07/los-cambios-en-la-composicin-de-la.html
(7) Marx y Engels, El manifiesto comunista, Obras Escogidas, tomo I, pgs.22, 28 y 34.
(8) Althusser, Lenin y la filosofía, México, 1970, pg.48; Escritos, Barcelona, 1974, pgs.105 y stes.
(9) Marx, Manuscritos: economía y filosofía, Alianza Editorial, Madrid, 1974, pgs.185, 197 y 204.
(10) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.261.
(11) ídem, tomo I, pgs.200 y 217.
(12) ídem, tomo I, pg. 217.
(13) Marx, 18 Brumario, Obras Escogidas, tomo I, pg.250.
(14) Marx y Engels, La Ideología Alemana, Montevideo, 1959, pg.41.
(15) Marx, Tesis sobre Feuerbach, Obras Escogidas, tomo I, pg.427.

¿Qué es la conciencia de clase?

Para responder a esa pregunta habría que empezar definiendo primero qué es la conciencia, porque no todos se refieren a ella de una manera precisa. Es un término que la burguesía emplea de una manera distorsionada, bien en un sentido idealista, o bien mecanicista. Por ejemplo, los estructuralistas definieron a la conciencia como “superestructura”, como si se tratara del tejado de una vivienda. Es un ejemplo de que no se arroja más luz sobre un concepto cambiándolo de nombre. Cuando nos referimos a la conciencia de clase podemos suponer que es la conciencia de una clase social, pero si hablamos de “superestructura”, ¿también nos referimos a la de una clase social?

Otras veces la interpretan de una manera subjetiva, como la conciencia “de los obreros” tomados de uno en uno, o la del “obrero medio”, de cualquiera de los que se pueden observar en el entorno social más inmediato. No obstante, la conciencia de clase no se puede equiparar a la conciencia “de los obreros” como si se tratase de un recuento individual o de una encuesta sociológica. No se trata de la conciencia de muchos, ni tampoco de la conciencia de unos pocos, como explicaron Marx y Engels: “No se trata de saber lo que tal o cual proletario, o aún el proletariado íntegro se propone momentáneamente como fin. Se trata de saber lo que el proletariado es y lo que debe históricamente hacer de acuerdo a su ser” (1).

La conciencia es un argumento sobredimensionado en los debates que se entablan para tratar de explicar los acontecimientos sociales y políticos corrientes. La permanente invocación de la conciencia resulta especialmente extraña para el materialismo, que argumenta sobre la realidad en sí misma, es decir, mediante el análisis de las fuerzas objetivas que operan en su interior. El motor de la historia es la lucha de clases; no se puede explicar la historia “con arreglo a una pauta situada fuera de ella”, decían Marx y Engels (2). Si la conciencia es algo derivado que refleja una realidad exterior a ella misma, ¿por qué no explicar esa realidad recurriendo a ella misma, es decir, a datos y acontecimientos extraídos directamente de su seno?

Las referencias equívocas a la conciencia proceden originariamente del secular dominio de las religiones, un pozo del que muchos huyen hoy (o eso dicen al menos) pero en el que acaban cayendo. En las distintas religiones la conciencia es inmaterial, opuesta a la materia y al materialismo, y esa es la raíz de las concepciones erróneas sobre ella, su significado y su función social. Para una religión, ¿hay algo más importante que la conciencia?

En el materialismo histórico la conciencia reúne una serie de rasgos definitorios bastante precisos:

  1. La esencia de la conciencia es la reflexión: “La conciencia -escriben Marx y Engels- no es más que el espejo en el que se contempla la naturaleza misma” (3). Es la teoría del reflejo de la que luego hablaría Lenin, que se puede resumir diciendo que una realidad diferenciada, como una clase social, crea una conciencia diferenciada, como la conciencia de clase. Del mismo modo, una nación crea una conciencia nacional diferente a cualquier otra. Pero además el reflejo también cambia con el tiempo, por lo que cada época tiene una conciencia distinta. Ni en el tiempo, ni en el espacio, ni en la sociedad, se puede separar a la conciencia de la realidad que refleja. La historia se mueve por sí misma mientras que la conciencia no tiene una historia propia (4), es decir, independiente de la realidad que refleja, no cambia por sí misma sino que los cambios que experimenta, su desarrollo, se produce porque cambia el objeto que refleja.

  2. En la conciencia la reflexión es un recorrido de ida y vuelta; no sólo “expresa” sino que “se expresa”, es decir, refleja una realidad exterior y, a la vez, se materializa en ella. Una cosa no se puede separar de la otra. Al considerarla como una superestructura, sólo aparece una parte de la conciencia, como mero producto o derivado. Pero, además de producto, la conciencia produce. La práctica es la manera en que la conciencia produce y se expresa:

“El defecto fundamental de todo materialismo anterior -incluyendo el de Feuerbach- es que sólo concibe el objeto, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de ‘contemplación’, pero no como ‘actividad sensorial humana’, como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal” (5).

Por lo tanto, la conciencia refleja el mundo objetivo así como la intervención sobre él de una nación, una clase social o una época. Esa intervención pone en evidencia a la conciencia, que no sólo se puede sino que se debe analizar en sus manifestaciones objetivas externas. Así, la Economía política es el reverso de la política económica. “Tal y como los individuos manifiestan su vida, así son”, escribe Marx (6). A un Estado no se le debe juzgar por los derechos que formalmente reconoce, sino por la vigencia práctica y cotidiana de los mismos. La manera en que una clase social o un país entero vivió un acontecimiento histórico también se puede analizar en sus expresiones artísticas, como el cine o la literatura.

  1. La conciencia es un reflejo social de la realidad (7), es decir, que refleja la acción colectiva de una clase social, de una nación o de una sociedad. El carácter social del reflejo lo determina el hecho de que en cada conciencia están las conciencias de los demás, la manera en que los demás reflejan la realidad. La conciencia individual se forma en interacción con las ajenas, especialmente con las más próximas. Por eso el lenguaje (que es esencialmente comunicación) es inseparable de la conciencia, porque permite la conservación, la transmisión y la acumulación de las experiencias de múltiples personas, tanto presentes como pasadas, de lo que Mao calificó como “experiencia indirecta“ (8). La conciencia se conserva y transfiere a lo largo de las generaciones, escribió Marx:

“Junto a las miserias modernas, nos agobia toda una serie de miserias heredadas, fruto de la supervivencia de tipos de producción antiquísimos y ya caducos, con todo su séquito de relaciones políticas y sociales ‘anacrónicas’. No sólo nos atormentan los vivos, sino también los muertos” (9).

La conciencia es, pues, esencialmente histórica. En ella están las conciencias pasadas, las “circunstancias directamente dadas y heredadas del pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos” (10). Por ello, marcha con retardo respecto a los acontecimientos.

  1. La conciencia es de naturaleza social porque aúna lo objetivo y lo subjetivo, lo abstracto y lo concreto. Lo mismo que el alma se separa del cuerpo, en una sociedad en la que el trabajo manual se separa del intelectual, una parte muy reducida, e incluso individuos concretos dentro de ella, asumen la función de elaborar la conciencia que refleja la situación. El individuo juega un papel en la historia, como escribió Plejanov. Determinadas personas se desdoblan como personajes para representar a la conciencia. En el prólogo a “El Capital“ resaltó Marx esta diferencia: “Aquí sólo nos referimos a las personas en cuanto personificación de categorías económicas, como representantes de determinados intereses y relaciones de clase” (11). Esos personajes se convierten en pensadores, “fabricantes de ideas” o “industriales de la filosofía” que, en definitiva, leen un guión: representan a su clase, a su país o a su época.

Con el desdoblamiento entre el trabajo manual y el intelectual, la conciencia se diversifica, de la misma manera que en una representación distintos actores interpretan de manera diferente el mismo guión. Aunque la conciencia sea siempre la misma, sus representaciones concretas cambian. Además, adquiere una mayor autonomía relativa, se aleja de la realidad y parece adquirir una vida propia. Entonces, en palabras de Lenin, la fantasía vuela, “apartándose de la vida” (12). Al alejarse cada vez más de la realidad, la conciencia se torna especulativa y comienza a moverse entre abstracciones. Por eso en el capitalismo actual “imperan ideas cada vez más abstractas” (13). Hay una sobreproducción intelectual cuyo interés científico es prácticamente nulo.

Cuando una sociedad se divide en clases, cada clase tiene sus propios intelectuales, que son los encargados de justificar o repudiar su condición en la sociedad en la que viven. Marx decía, por ejemplo, que los economistas eran los “representantes científicos” de la burguesía (14). Gramsci los llamaba “intelectuales orgánicos” porque son los ideólogos organizados de su clase social. Ellos representan los intereses de su clase, la personifican, son su “alma”. La historia está repleta de personajes que constituyen el componente subjetivo y concreto de la conciencia en un país y en una época determinada. Marx criticó a Hegel por separar el pensamiento del sujeto con oídos y ojos “que vive en la sociedad, en el mundo y en la naturaleza” (15). La ciencia comienza donde acaban las abstracciones y la especulación, dice Marx (16), en el “análisis concreto de cada situación histórica particular” (17). Para no incurrir en abstracciones a veces es importante personificar la conciencia en sus representantes políticos, literarios o económicos. No basta imputar a una clase determinadas medidas económicas, sino que se deben adscribir a un partido o incluso a un determinado ministro.

  1. La conciencia no es un reflejo fiel de la realidad. En ella se producen distorsiones entre las cosas como son y las cosas como aparecen en ella, entre “lo que alguien realmente es” y “lo que alguien dice ser“ (18). Cuando se toma la esencia por la apariencia, la conciencia se desdobla como ideología. En el “18 Brumario”, escribió Marx:

“Y así como en la vida privada se distingue entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que realmente es y hace, en las luchas históricas hay que distinguir todavía más entre las frases y las pretensiones de los partidos y su naturaleza real y sus intereses reales, entre lo que se imaginan ser y lo que en realidad son” (19).

Si la forma en que los fenómenos se manifiestan y su esencia coincidiesen, dice Marx, la ciencia estaría de más (20). Pero no ocurre así. La ciencia investiga la esencia de los acontecimientos a través de sus apariencias, mientras que la ideología burguesa es una vulgaridad que se contenta con la superficialidad de los fenómenos.

Con la separación entre el trabajo manual y el intelectual, la conciencia se diversifica y adquiere una mayor autonomía relativa. El intelectual ya no sólo es que pueda no ser fiel intérprete de las necesidades de su clase, sino que puede traicionarla. Por eso no se puede confundir a la clase con sus representantes políticos y literarios (21). No sólo se pueden producir divergencias entre la clase y los ideólogos que la representan, sino que el desdoblamiento, dicen Marx y Engels, puede producir situaciones de “cierta hostilidad” (22).

La ideología, es decir, la apariencia más superficial, engaña incluso a sus propios protagonistas. Dado que el guión no aparece, el actor cree ser él mismo. El intelectual orgánico se cree libre; no es consciente de que se limita a interpretar un personaje. No es consciente de la función social que desempeña y el político profesional tampoco. La representatividad de un determinado personaje, su adscripción a un país, a una clase o a una época histórica no es manifiesta. Muchas veces algunos se lamentan porque se atribuyen arbitrariamente según ellos- una condición de clase a determinadas concepciones, que se califican como burguesas, por ejemplo, o feudales en su caso. Pero en eso consiste justamente la ciencia, que empieza cuando se rompen las apariencias. Su papel radica en descubrir al personaje que hay detrás de la persona, el papel que interpreta como representante de algo o de alguien que está fuera de él mismo.

Tanto la ciencia como la ideología, forman parte integrante de una única conciencia.

  1. En la conciencia se funden lo racional (formación, saber, conocimiento) con lo irracional. Como consecuencia del peso de la Ilustración burguesa, actualmente sólo se considera la parte racional, científica o teórica de la conciencia, despreciando los demás componentes. Es un error. Lo emocional, lo pasional, lo sentimental y lo inconsciente también forman parte de la conciencia. Tanto Spinoza, como Labriola, como Gramsci y Mariátegui destacaron la importancia de esos otros componentes, que desempeñan un papel fundamental y sin los cuales no se pueden comprender determinados fenómenos sociales. Así, la burguesía pretende “desmitificar” las proezas históricas del proletariado, como la Revolución de 1917, la guerra antifascista de 1936 en España y otras. De esa manera trata de minimizar su trascendencia. Para el proletariado se trata de remarcar su grandeza y de defender que no hay palabras suficientemente elocuentes para referirse a ellas. La propaganda comunista no puede ser fría y puramente racional; no se puede dirigir únicamente al intelecto sino al corazón de la clase obrera, a su universo emocional. Ahora bien, a diferencia del sentimentalismo burgués, que es impostado, la propaganda comunista debe ser siempre veraz y emotivo a la vez. No se puede componer sólo de comunicados, textos y ensayos sino que comprende todas las formas de expresión de la clase obrera, incluidas las artísticas tales como carteles, películas, música, literatura, etc.

  2. La conciencia se forma con necesidades e intereses materiales: “La idea ha quedado en ridículo siempre que se ha querido separar del ‘interés’“ (23). La ideología burguesa ha impuesto, no obstante, la concepción contraria. Hace creer que una persona “con conciencia” actúa de forma desinteresada, mientras que califica como “materialista” a alguien que actúa motivado por intereses egoístas, que son siempre intereses materiales, a diferencia de los intereses espirituales, que son generosos y altruistas. Una persona es “muy consciente” cuando está entregada a causas que no son las suyas propias, es decir, cuando actúa de manera altruista en favor de los intereses de terceros o no obtiene ningún beneficio de su actividad.

Por el contrario, alguien es poco consciente cuando se comporta de manera egoísta, teniendo en cuenta sus propios intereses de manera exclusiva. Los intereses materiales se oponen a la conciencia, por lo que cuando se le califica a alguien de “materialista” es para decir que no tiene conciencia.

En su sentido plenamente científico, marxista-leninista, la conciencia no es ajena ni a las necesidades ni a los intereses que surgen de ellas. Por consiguiente, para conocer la conciencia de una clase social (y de quienes la componen) habrá que saber sus necesidades y sus intereses como tal clase, así como los factores que provocan su aparición. Pues bien, ni las necesidades ni los intereses nacen de la conciencia, sino todo lo contrario, de la economía. Buena parte de los primeros escritos de Marx tratan sobre la relación entre ambos, la conciencia (“inmaterial“) y los intereses (“materiales“).

A la intelectualidad pequeño burguesa eso le suena a economicismo grosero. Ellos pretenden ser sofisticados. Muestran su elevada conciencia con la filantropía, la caridad y la beneficencia. Les interesa la actuación desinteresada de su clase. Pero de las necesidades sólo se pueden desentender los que nada necesitan. No es el caso del proletariado, que lucha por satisfacer necesidades económicas perentorias. Su conciencia de clase responde a preguntas prosaicas del tipo: ¿qué es lo que el proletariado necesita en el momento actual?

  1. Por sí misma la conciencia es impotente. También aquí la ideología burguesa ha impuesto una concepción diferente según la cual las ideas se expanden por sí mismas (la verdad siempre resplandece sólo por el hecho de ser verdadera) y esa expansión, que es pedagógica, conduce a su realización al prender en las masas. Pero Marx y Engels sostuvieron lo contrario: “Las ideas no pueden conducir más allá de las ideas del antiguo estado de cosas. De hecho las ideas no pueden realizar nada. Para realizar las ideas se necesitan hombres que ponen en juego una fuerza práctica” (24). Sin embargo, a la intelectualidad burguesa le bastan las ideas por sí mismas, viven en medio de ellas, creando reducidos círculos de entendidos que se alimentan a sí mismos.

Pero el materialismo dialéctico no pretende otra interpretación del mundo, sino cambiarlo. Eso le diferencia de cualquier variedad de pensamiento burgués, que pretende justamente lo contrario. La conciencia de la clase obrera sólo puede ser revolucionaria y sólo es científica en la medida en que es revolucionaria. Para ello es necesario:

a) que la actuación práctica sea una actuación consciente. El marxismo transforma en consciente lo inconsciente, es decir, en ciencia. Es la conocida tesis de Lenin vuelta del revés: “Sin teoría revolucionaria tampoco puede haber movimiento revolucionario” (25). En el sentido marxista, una “teoría revolucionaria” no es equiparable a cualquier clase de “teoría“ sino a una experiencia elaborada y argumentada.

b) que se reúna con su clase social, es decir, que se vincule a las necesidades e intereses de su clase social. Dicho de otra forma, es necesario que los intelectuales orgánicos recorran el camino de vuelta, retornar a su origen, al papel social de intérpretes fieles de su clase. Para transformar el mundo el materialismo histórico ha prendido entre las masas de todo el mundo, se ha convertido es la única ciencia que no es el reducto de una minoría ilustrada.

c) la subjetividad, lo que Engels (26) y Lenin (27) calificaban como “partidismo”, es decir, una actitud, un posicionamiento y una “toma de partido” que sitúa a la clase social con relación a toda la sociedad (la parte con respecto al todo). Hoy esa clase social sólo puede ser el proletariado, sólo esta clase aporta un punto de vista científico. La propaganda comunista no sólo explica un acontecimiento sino que forma una convicción en torno a la cual se posiciona el proletariado.

Esto se resume en una única frase: la conciencia de clase no es nada distinto del partido comunista.

Notas:

(1) Marx y Engels, La sagrada familia, Madrid, 1981, pg.51.
(2) Marx y Engels, La ideología alemana, Montevideo, 1959, pg.41.
(3) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pg.569.
(4) ídem, pgs.26 y 534.
(5) Marx, Tesis sobre Feuerbach, Obras Escogidas, tomo II, pg.426.
(6) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pg.19.
(7) ídem, pg.31.
(8) Mao, Sobre la práctica, Obras Escogidas, tomo I, pg.323.
(9) Marx, El Capital, Prólogo a la primera edición, Obras Escogidas, tomo I, pg.468.
(10) Marx, 18 Brumario de Luis Bonaparte, Obras Escogidas, tomo I, pg.250.
(11) Marx, El Capital, Prólogo a la primera edición, cit., tomo I, pg.469.
(12) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pg.336.
(13) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pg.52.
(14) Marx, Miseria de la filosofía, Madrid, 1974, pg.194.
(15) Marx, Manuscritos, economía y filosofía, Madrid, 1968, pgs.185 y 205
(16) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pg.27.
(17) Lenin, Sobre el folleto Junius, Obras Completas, tomo 30, pgs.5 y 13.
(18) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pgs.25 y 55.
(19) Marx, 18 Brumario, cit., tomo I, pg.276
(20) Marx, El Capital, tomo III, pg.757.
(21) Marx, 18 Brumario, cit., tomo I, pg.279
(22) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., p.51.
(23) Marx y Engels, La sagrada familia, cit., pg.96
(24) ídem, pg.136.
(25) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.134.
(26) Engels, Dialéctica de la naturaleza, Madrid, 1978, pg.28.
(27) Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, Obras Completas, tomo 18, pg.381.

El plan seudofilosófico de Kohan para dinamitar al marxismo-leninismo desde dentro

Nada menos que tres meses estuvo “Rebelión” recomendando en su portada la lectura de uno de los últimos subproductos intelectuales de Néstor Kohan, titulado “Nuestro Marx”, en el que retorcía la filosofía marxista hasta asfixiarla por completo dentro de un pozo séptico. Desde luego “su” Marx no es el de nadie que trate de cambiar la sociedad; “su” Marx no es tal porque lo ha prostituido como al más vulgar chapero de burdel portuario, arrastrando en su torpe desvarío a cuantos se le han cruzado en el camino (Engels, Kautski, Plejanov, Lenin, Stalin). El empacho es de tal calibre que aquí me limitaré a dos cuestiones que aclaran hacia dónde dirige Kohan sus ataques, que es el mismo de todos los oportunistas: se trata de dinamitar el armazón del marxismo desde dentro.

Para desempeñar cabalmente su repugnante labor, primero Kohan aparenta estar dentro del marxismo. Se apropia del lenguaje marxista y lo utiliza a su manera, es decir, lo retuerce y manipula. Eso es lo que le permite luego introducir su basura en un medio permisivo como “Rebelión” para llegar a un determinado público, a ciertos lectores de ideas progresistas que frecuentan ese medio digital. Naturalmente “Rebelión” se prestó a ello y puso la basura en su cabecera durante semanas para que se ventilara adecuadamente. La existencia de medios como “Rebelión” es lo que alimenta la subsistencia de oportunistas como Kohan.

El primero de los ataques de Kohan va enfilado contra Engels y demuestra que la tarea que Kohan se ha impuesto consiste exactamente en torpedear al marxismo
al más puro estilo burgués, es decir, divide y vencerás. Se trata de enfrentar a unos contra otros, en este caso a Engels contra Marx, como si ambos fueran no ya dos revolucionarios distintos sino enfrentados entre sí. Marx y Engels lucharon en bandos opuestos. Hay que tener mucho cuidado con Engels porque a partir de su pensamiento (que es diferente del de Marx) surgió la cadena argumental que nos conduce al gulag: Engels > Kautski > Plejanov > Stalin. Si no quieres acabar en Stalin, ten cuidado con Engels porque el gulag empezó ahí.

Sin embargo, como se ve, no aparece Lenin, pero es cuestión de tener un poco de paciencia, porque es el segundo capítulo de las burdas chapuzas manipuladoras de Kohan. La introducción de Lenin en esa cadena exige una de esas rocambolescas elucubraciones con que Kohan obsequia a sus lectores.

Trabando esa cadena (Engels > Kautski > Plejanov > Stalin) Kohan busca separar al marxismo de la práctica revolucionaria, especialmente de la Revolución de Octubre, reducir a Marx a otro pensador de gabinete más. En Kohan como en tantos oportunistas de salón, separar a Engels de Marx supone separar a la práctica de la teoría y es bien sabido que ni la teoría se puede separar de la práctica ni Engels estuvo nunca separado de Marx en ningún sentido. Es algo que conoce cualquier militante revolucionario: dentro del reparto de tareas que ambos se impusieron de mutuo acuerdo, a Engels le correspondió mantener el contacto con las organizaciones del proletariado, especialmente la socialdemocracia alemana y que, por lo tanto, muchos de sus sus escritos están enfocados en esa línea y proporcionan las claves revolucionarias del marxismo.

Luego llega la famosa ontología de Engels, que es el punto de reunión de todos los charlatanes de feria como Kohan. El materialismo dialéctico que Kohan critica no es “principalmente” una construcción ontológica de la cual se derivan, en un segundo momento, consecuencias gnoseológicas. Se construye, por el contrario, sobre el conjunto de los conocimientos científicos y sobre la evolución de los mismos a lo largo de la historia; no hay una construcción “ontológica” y en un segundo momento unas consecuencias “gnoseológicas”. Eso significa que, por su carácter científico, el materialismo dialéctico está simultáneamente en la evolución de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento. Justo al revés de lo que Kohan pretende.

La dialéctica de la naturaleza

Según Kohan “una de las principales características de la filosofía engelsiana ha sido la postulación de una necesaria dependencia y subordinación de la filosofía con relación a las ciencias naturales y la reducción de las tareas filosóficas al estrecho horizonte de generalización de los resultados de aquellas” (pg.93). Aquí Kohan
demuestra su manipulación del pensamiento de Engels porque:

1) no hay una filosofía engelsiana, ni “notables diferencias” entre Marx y Engels; los escritos filosóficos de Engels son parte integrante de la filosofía del marxismo
2) la filosofía marxista ni depende ni se subordina a las ciencias naturales sino que se forja con el propio conocimiento científico y, por consiguiente, con cualquier clase de ciencia, natural o social
3) eso no es “reducir” las tareas filosóficas a ningún horizonte, y menos estrecho, sino todo lo contrario: amplía extraordinariamente los horizontes gnoseológicos

La tesis de Kohan según la cual Engels (y luego Lenin) atribuyen al conocimiento la propiedad de ser una imagen exacta de la realidad (pg.93), es otro invento suyo al que recurre porque lo necesita para llevar adelante sus juegos malabares. Kohan tiene que ocultar, entre otras muchas cosas, la genialidad con la que Engels estudia en el “Anti-Dühring” la dialéctica de la verdad absoluta y la verdad relativa: hay una contradicción (y una unidad) entre la verdad absoluta y la relativa precisamente porque el conocimiento no es ninguna “imagen exacta” de la realidad.

La teoría leninista del reflejo

En todos los oportunistas la chapuza de la “imagen exacta” sirve para criticar luego la teoría leninista del reflejo, en donde lo más frecuente es que traten de hacer pasar el concepto científico de “reflejo” por el de “espejo”. ¿De dónde ha extraído Engels su teoría del reflejo? Según Kohan nada menos que de la doctrina de la esencia de Hegel, con lo cual nos demuestra que la manipulación tiene que remontarse hasta allá para demostrar que, en última instancia, Engels era un vulgar “traductor” de Hegel y, además muy limitadito el pobre porque no logró superar a su maestro: se le “escapó” la unidad sujeto-objeto.

Las tergiversaciones de Kohan se desvanecen con sólo recordar lo que en la “Dialéctica de la naturaleza” escribió Engels con bastante claridad: “Sólo podemos conocer en las condiciones de nuestra época y hasta donde éstas lo permiten” (pg.192). Por su carácter relativo, el conocimiento es limitado, histórico, subjetivo y socialmente condicionado. Lo dijo Engels y lo repitió luego Lenin.

El cúmulo de falsedades que Kohan tiene que lanzar alcanza un grado de repugnancia bastante grande cuando imputa a Engels la tesis según la cual lo que es válido para lo universal (el cosmos) también válido para lo particular (la sociedad) y que lo particular (la sociedad) surge en el interior mismo de lo universal, fruto de su evolución (pg.94). Según Kohan Engels convirtió la filosofía de Marx en un “esquema lógico” que va de lo general a lo particular, de la naturaleza a lo social, el materialismo cosmológico se deduce y aplica a la historia (pg.94). Pero cualquier lector mínimamente serio puede comprobar que Engels no sólo no dijo eso sino que dijo todo lo contrario y luchó contra eso que Kohan precisamente le imputa. Es una tergiversación sencillamente repugnante.

Para cometer tamaño fraude Kohan tiene que recurrir al materialismo de Feuerbach y al evolucionismo de Darwin (pg.94). Nos quiere hacer creer que Engels construyó su materialismo dialéctico sobre esos materiales ideológicos. Pero Kohan no sabe lo que es el materialismo de Feuerbach, como tampoco sabe lo que es el evolucionismo de Darwin. El materialismo de Marx y Engels avanzó sobre ambos criticándolos y superándolos. Sólo a un charlatán de feria se le ocurre escribir lo que Kohan escribe respecto a la relación de Engels con Feuerbach y Darwin.

Las chorradas de Kohan sobre el ’fatalismo’

Una de las tonterías favoritas de los idealistas como Kohan es poner el determinismo en el centro de sus disquisiciones. Naturalmente que no tienen ni sombra de noción de lo que es el determinismo en Engels, algo que ellos quieren confundir con el fatalismo. El recorrido es el mismo de siempre: empieza en Engels, sigue con Kautsky y con Plejanov, para acabar en la escolástica de Stalin. De una manera ridícula Kohan lo expone así:

“Frente a los revisionistas Kautsky defendió el supuesto determinismo marxista. En sus acaloradas respuestas encontramos una de las principales notas que caracterizarían posteriormente al DIAMAT: el fatalismo histórico, una conclusión completamente acorde con la teoría engelsiana de la ‘deducción-aplicación’ de la ontología materialista natural a la historia humana” (pg.97).

El fatalismo es eso que tanto repugna a los idealistas pero que sólo está en su podrida cabecita: la sucesión de los modos de producción, esa historia que va del esclavismo al feudalismo y acaba en el capitalismo, que parece ser “inexorable” y que hay que vincular al malvado Stalin. Son Kohan y telepredicadores de esa calaña los que se han inventado este esquema para entretenerse en criticarlo poniéndolo en boca de Engels, de Lenin, de Stalin… de cualquiera al que puedan poner la etiqueta de “dogmático”, “mecanicista”, “metafísico” y demás adjetivos favoritos.

Kohan tergiversa la categoría filosófica marxista de “determinismo” para introducir sus propias tesis idealistas. Convierte el determinismo es una muñeca rusa donde las cosas van encajando unas dentro de las otras gracias a la “deducción-aplicación”: la naturaleza dentro del cosmos, la sociedad dentro de la naturaleza, etc. Por eso asegura que si hay determinismo en la naturaleza obviamente también debe haberlo en lo social.

Fue precisamente Engels quien precisó la categoría marxista de “determinismo” como unidad (y contradicción) entre el azar y la necesidad en cualquier ámbito material, es decir, tanto en el universo como en la naturaleza o en la sociedad. No hay efecto sin causa ni causa sin efecto; las causas tampoco están separadas de los efectos: los efectos se convierten en causas y las causas en efectos. La tarea de la ciencia consiste precisamente en aprehender la necesidad oculta bajo la apariencia de la contingencia. Pero ante todo el determinismo de Engels es un concepto científico dinámico, una aproximación progresiva.

Aunque el oportunismo se vista de seda…

Después de arremeter contra Engels, Kohan carga su escopeta de feria contra Lenin, centrándose en la fobia que tienen todos los oportunistas a la obra “Materialismo y empiriocriticismo”, un profundo estudio que les estropea sus ridículas disquisiciones. Cuando en 1908 Lenin escribió esa obra aún no había leido a Hegel; tenía un serio déficit intelectual, dice Kohan. Ya sabemos: no se puede entender el materialismo histórico y la filosofía marxista sin leer previa o simultáneamente al gran Hegel.

Por eso la historia no es lo que parece ser sino que está al revés y Lenin no es poshegeliano sino todo lo contrario: es prehegeliano. Lamentablemente Lenin era un vulgar continuador del “materialismo anterior” (pg.108). De esa manera es posible empezar a a comprender sus enormes limitaciones: Lenin adolecía de una materialismo “precrítico” y una “débil y rudimentaria armazón categorial filosófica” (pgs. 101 y 107).

La filosofía de Lenin era bastante penosa pero afortunadamente para nosotros, en 1914 se le apareció la virgen de Fátima disfrazada de Hegel. A partir de ahí ya todo fue distinto. Hegel le abrió los ojos a Lenin y le sacó de su estupor, llevándole a realizar “una profunda autocrítica teórica, un viraje radical” (pg.109), “un nuevo paradigma” (pg.110). Los editores de las obras completas de Lenin deberían eliminar de ellas “Materialismo y empiriocriticismo” porque posteriormente Lenin renegó de sí mismo: “Lenin rechaza su actitud de 1908” (pg.110). Menos mal que los marxistas tenemos a Hegel para superar las torpes limitaciones que nos han legado filósofos mediocres como Marx y Engels, que nunca llegaron a superar a su gran maestro Hegel sino todo lo contrario: Marx y Engels empobrecieron la enorme riqueza hegeliana. Pero no hay que desmayar porque eso se puede superar leyendo (especialmente a Marx) con los ojos del gran Hegel, es decir, llevando a Marx hasta 1840, volviendo otra vez la historia del revés, convirtiéndola no en un progreso fatal sino en un regreso triunfal, en una involución.

Así se aclara todo: cuando en los “Cuadernos filosóficos” Lenin parece que critica a Plejanov, lo que hace es criticar “Materialismo y empiriocriticismo”. Los “Cuadernos filosóficos” son, pues, una autocrítica. Aquí Kohan vuelve otra vez sobre el fetiche de los idealistas: la podrida teoría del reflejo. Desde que se le aparece la virgen en 1914 Lenin “se cuestiona su anterior teoría del conocimiento como ‘imagen fotográfica’, y si bien sigue hablando del reflejo ahora subraya y pone en primer plano la crítica de su pasividad.

Enfatizando el papel central de la actividad humana, plantea en su nueva perspectiva que la subjetividad del ser humano no solo intenta conocer el mundo mediante la teoría, sino que también —en unidad con ella— a través de la práctica contribuye a su creación” (pg.110).

A partir del momento en el que se le aparece la virgen en 1914, la esquizofrenia de Lenin llega al punto de autocriticar su definición anterior de materia, que es la que adopta luego el podrido “diamat”, a su vez, una mala copia de la “cosa en sí” kantiana. La definición que Lenin da de materia en “Materialismo y empiriocriticismo” es plenamente correcta y jamás la modificó: “La materia es una categoría filosófica para designar la realidad objetiva, dada al hombre en sus sensaciones, calcada, fotografiada y reflejada por nuestras sensaciones y existente independientemente de ellas”. Esta definición de Lenin subraya la oposición absoluta de la materia y la conciencia, que es la cuestión fundamental de la filosofía, la que divide al materialismo del idealismo. Naturalmente, como materialista, Lenin señala la prioridad de la materia con respecto a la conciencia. Ahora bien, esa polaridad, remarca Lenin, se circunscribe a los límites restringidos de esa cuestión y no se puede llevar más allá: “La oposición entre la materia y la conciencia tampoco tiene significado absoluto más que dentro de los límites de un dominio muy restringido: en este caso exclusivamente dentro de los límites de la cuestión gnoseológica fundamental acerca de qué se debe tener por lo primario y qué por lo secundario. Más allá de estos límites la relatividad de tal oposición no suscita duda alguna”.

Cualquier concreción de la noción de materia como sustancia nos sitúa, pues, fuera del terreno epistemológico del que Lenin no quiere salir en “Materialismo y empiriocriticismo” y, por tanto, la oposición entre materia y conciencia deja de ser absoluta o, como dice en otro inciso: “La conciencia es un estado interno de la materia” («Materialismo y empiriocriticismo», par.1/5, pg.86), una propiedad de la forma superior de organización de ésta, el cerebro, cuya esencia consiste en reflejar la materia. El materialismo dialéctico comprende la conciencia como un producto superior de la materia, una función del cerebro humano. Por tanto, es una de las innumerables propiedades de la materia, un derivado de ella, de donde se deduce necesariamente que ésta es lo primario y posee propiedades que no puede tener la conciencia. La materia puede existir sin la conciencia pero ésta no puede existir sin aquella.

Por consiguiente, es simplemente mentira esa separación “metafísica” entre el objeto y el sujeto de la que hablan Kohan y los oportunistas de su misma calaña. En “Materialismo y empiriocriticismo” Lenin afirma que las sensaciones son la unidad de lo objetivo y lo subjetivo: “Una imagen subjetiva del mundo objetivo”. Las cualidades personales de cada hombre dejan su impronta en la percepción de las sensaciones, en las cuales, igual que en la conciencia, siempre está presente el elemento individual y concreto, de modo que cada percepción expresa las propiedades objetivas de los objetos que se encuentran fuera del hombre y fuera de toda sensación, pero asimismo, es siempre un experimento del sujeto. Los objetos de nuestras representaciones difieren de nuestras representaciones, la cosa en sí difiere de la cosa para nosotros, añade.

Las sensaciones son subjetivas porque son siempre experimentos del hombre, del sujeto: “No hay otros sentidos que los humanos, es decir, los ‘subjetivos’”, dice textualmente Lenin en “Materialismo y empiriocriticismo” (par. 2/3 y 2/2, pgs. 123 y 115-116). Si prescindimos del carácter subjetivo de la sensación, será una interpretación mecanicista, vulgar de la misma como reflejo especulativo, muerto, de la realidad.

Materia y conciencia, por tanto, forman una unidad dialéctica, lo cual no significa identidad. Como toda unidad de contrarios, la teoría leninista del reflejo no es más que una expresión de la ley dialéctica de la interacción universal. La sensación es el resultado de una reacción, de la interacción del objeto y el sujeto y, por lo tanto, el intelecto jamás reproduce pasivamente el objeto. Como dice Lenin, la reflexión nunca es exacta sino aproximativa, un avance del conocimiento, un movimiento. La dialéctica materialista no supone jamás que el conocimiento sea acabado e inmutable, sino que indaga de qué manera el conocimiento nace de la ignorancia, de qué manera el conocimiento incompleto e inexacto llega a ser más completo y más exacto. Esta es la tesis marxista-leninista del reflejo que Lenin reproduce de su predecesor: Engels. Lo demás son manipulaciones de trileros de baja estofa como Kohan.

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