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Categoría: Ecología (página 28 de 30)

Paletos, turistas y especies en vías de extinción (como la lechuza moteada, por ejemplo)

En la costa oeste de Estados Unidos la distribución de la riqueza no es como en otros lugares: el sur (California) es rico y el norte (Oregón) es pobre. Sin embargo, muchos ricos se van a vivir al norte, huyendo de la gran ciudad en busca de la naturaleza “salvaje”.

Como todos los ricos, llevan consigo la mochila llena de sus tonterías de domingueros, que poco tienen que ver con quienes trabajan sobre el terreno: campesinos, ganaderos o madereros, cuya concepción de la naturaleza, de las montañas y de los bosques se contrapone a la de los recién llegados.

En Estados Unidos la materia prima de la construcción no es el ladrillo sino la madera. Uno de los negocios más corrientes es también la comercialización de la madera: la tala, los aserraderos, las carpinterías… No hace falta decir que las empresas madereras acaban con los árboles y con los bosques.

A su vez los bosques son el hábitat de la lechuza moteada, una especie a la que Estados Unidos declaró en vías de extinción en 1990.

En 1973 en Estados Unidos se había aprobado una ley de protección de las especies amenazadas que, además de protegerlas, protege también sus ecosistemas y, en este caso, los bosques de la costa noroeste.

Los domingueros del sur chocaron pronto con la población autóctona del norte, lo cual resumía el choque de los dos puntos de vista más importantes que hay sobre la naturaleza. El primero es el de los amantes de los paisajes que quieren conservar la naturaleza tal y como está. El segundo es el de quienes trabajan en ella para poder sobrevivir.

Como cabía esperar, el choque acabó en pleitos que se decidieron en los tribunales con la participación de los correspondientes expertos ambientalistas, cada uno de los cuales le dijo al juez lo que le ordenaron que dijera quienes le pagaban.

Habiendo dinero de por medio no cabía esperar que apareciera el famoso “consenso científico”. Hay científicos para todos los gustos y todos los pleitos que uno pueda imaginar.

No obstante, los pleitos no los resuelven los expertos sino los jueces que, en este caso, fallaron a favor de los urbanitas y ordenaron suspender temporalmente la tala de árboles. El mundo urbano volvió a triunfar sobre el rural.

Las empresas forestales tuvieron que cerrar, los trabajadores se fueron al paro, las ciudades languidecieron y los vecinos emigraron a otro lugar para que las lechuzas moteadas tuvieran el suyo. La costa noroeste de Estados Unidos disfruta de unos bosques maravillosos junto a unas ciudades deprimidas y abandonadas.

Pero esas ciudades deprimidas y abandonadas son un lujo para esos excusionistas que llegan al monte huyendo del asfalto precisamente y tienen sus confortables chalets, con piscina, aire condicionado, vistas al lago y unas rutas perfectas para pasear entre los árboles un domingo por la mañana. Se ríen de los trabajadores locales y los consideran “paletos”.

A los domingueros les preocupaban las especies en vías de extinción, pero no la suerte de los trabajadores y habitantes que no pudieron vivir donde siempre habían vivido, con todas las secuelas que eso acarrea, como el alcoholismo, por poner un ejemplo.

La situación llegó a ser tan catastrófica que Bill Clinton tuvo que aprobar un nuevo plan forestal para paliar la situación de la zona, lo que no agradó ni a unos ni a otros.

Los “progres” no se deberían extrañar de la suerte de un mundo rural abandonado que acaba en las redes de la reacción más negra. En el noroeste proliferan hoy unas 1.500 organizaciones que expresan ese repudio profundo hacia los urbanitas recién llegados que les han dado la patada en el culo. Sólo la American Farm Bureau Federation agrupa a más de cuatro millones de agricultores. Estos “paletos” son los que se reconocen a sí mismos en esperpentos de la talla de Trump.

En Estados Unidos los “paletos”, los más pobres, son el caldo de cultivo de los racistas, los evangelistas, los supremacistas… Lo peor de lo peor.

[Post data: la lechuza moteada no se ha extinguido a pesar de que era una especie en vías de extinción. ¿Verdad que es un alivio?]

Ha nacido el ecocolonialismo: las politicas racistas que se justifican con pretextos seudoecologistas

La decisión de exterminar a las manadas de renos del norte de Noruega revela el lado más oscuro de la seudoecología moderna, que pone a la naturaleza por encima de los seres humanos, especialmente si estos no son capaces de defenderse con los mismos medios, como es el caso de las poblaciones autóctonas.El 16 de agosto el gobierno de Noruega ordenó matar a media manada de renos en Finnmark por motivos seudoecologistas, lo que ha levantado numerosas protestas a lo largo del país, e incluso del Comité de Derechos Humanos de la ONU, que ha pedido una aplazamiento de la decisión.

La matanza de renos pone en graves apuros a la población autóctona sami, pero al gobierno le importan más los ridículos pretextos de los “ecologistas” que, una vez más, no son otra cosa que ideología: la matanza de renos en Noruega, lo mismo que la de los búfalos en Norteamérica, es una política colonial que conlleva una agresión racista contra los sami.

Todo comenzó en 2013 cuando a un sami criador de renos llamado Jovsset Ante Sara el gobierno le ordenó reducir su cabaña de 166 a 75 cabezas. El ganadero se opuso y comenzó un pleito en el que los tribunales han dado la razón al gobierno.

Noruega lleva a cabo una política racista contra los sami que, por lo demás, es típica de todos los países nórdicos. Es el III Reich del siglo presente, que se ha encontrado con las protestas de los 85.000 samis que habitan en Noruega. Una mañana 200 cabezas de reno ensangrentadas aparecieron en la plaza frente al tribunal que juzgaba el caso del ganadero Jovsset Ante Sara

A finales de los setenta ya ocurrió algo parecido, cuando los samis se opusieron a la construcción de una presa hidroeléctrica cerca de la ciudad de Alta. La batalla condujo entonces al reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas dentro de la Constitución noruega.

Ante una situación social que empieza a ser preocupante, el gobierno ha rescatado del baúl la palabrería seudoecologista, como “ganadería sostenible”. Un crecimiento de la cabaña ganadera tendría consecuencias negativas para el medio ambiente, dicen, para lo cual han recurrido a una legión “expertos” y “universitarios” de pacotilla que apoye sus órdendes.

Las doctrinas veganas, que se han impuesto en Noruega desde hace años, comienzan a causar estragos en uno de los mayores avances de la humanidad: la ganadería. No obstante, las ideologías seudoecologistas tienen siempre un sesgo racista que en Noruega creían superado. Es absolutamente impensable que una matanza como la que el gobierno noruego pretende llevar a cabo con los renos hubiera prosperado si los ganaderos no fueran samis.

La farsa seudoecologista se ha puesto de manifiesto con la reciente autorización concedida para la explotación de la mina de cobre Nussir, cuyos residuos se verterán en un fiordo vecino que, no por casualidad, afecta a las zonas de pastoreo de los samis.

A finales de septiembre el Relator Especial de la ONU sobre Derechos Humanos pidió a Noruega que redoblara sus esfuerzos para establecer un diálogo en pie de igualdad con el pueblo sami, lamentando la lentitud de los progresos realizados desde que se formularon recomendaciones similares en 2011 y 2016.

Ha nacido el ecocolonialismo, como ya hemos denunciado aquí en relación con los crímenes cometidos contra las tribus de pastores africanos.

Más información:

— Los pigmeos de África acusan al movimiento ecologista WWF de cometer graves crímenes
— Los ‘ecologistas’ de WWF promueven las matanzas de especies en vías de extinción
— Los ecologistas de WWF acusados de ‘colonialismo verde’ hacia los pigmeos del Congo
— Los ‘ecologistas’ de WWF financian a paramilitares que asesinan y violan en diferentes lugares del mundo
— La organización ‘ecologista’ WWF falsifica los informes para crear un parque natural en el Congo

La pesadilla seudoecologista: los nuevos impuestos ‘verdes’ van a esquilmar los bolsillos de los contribuyentes

Uno de los objetivos que se esconden tras el “New Deal verde” es el aumento de los impuestos, que tienen por objeto, además de sanear las deudas de la hacienda pública, drenar fondos hacia la “nueva economía”, esto es, crear una ventaja competitiva para ciertas tecnologías en detrimento de otras.

Es una política de aumento de la presión tributaria sobre los sectores más débiles de la sociedad que se justifica por motivos seudoecológicos de manera que sean los propios interesados los que se pongan la soga al cuello. “Pagarás más impuestos, pero es por tu propio bien, o por una causa justa, o para que la humanidad tenga un futuro mejor”. También es posible que te declaren culpable y te condenen en consonancia: “El que contamina paga”.

Unos 40 países del mundo tienen impuestos verdes o ecológicos, según el New York Times (1). Comenzaron con los vehículos, quads y motos de agua de nueva matriculación, pero no hay manera de frenar la avalancha.

El impuesto apareció en España en 2008 y recauda 21.000 millones de euros anuales. Como era de prever, no ha conseguido el objetivo aparente que perseguía, a saber, contener las emisiones de CO2, a pesar de lo cual la Unión Europea lleva tiempo animando a los países miembros para que aumenten la presión fiscal.

Ahora bien, como es natural, tratándose de un impuesto creado en medio de la crisis económica de 2008, hay que preguntar: ¿alguien se creyó el cuento de que un impuesto así tenía algo que ver con el carbono o sólo pretendía recaudar más dinero?

El seudoecologismo es un ataque de histeria que no ha hecho más que comenzar y, además, con Hacienda por medio haciendo caja, aumentará progresivamente. La amenaza se repite cada vez con mayor insistencia: “El FMI pide aumentar los impuestos a la luz y a la gasolina para combatir el cambio climático” (2), o bien “Catalunya gravará a 3,6 millones de vehículos por las emisiones de CO2” (3). Por su parte, Alemania ya se ha inventado un impuesto sobre el CO2 (4).

¿No hablaban de neoliberalismo?, ¿no hablaban de adelgazar al Estado? Aquí algo falla estrepitosamente. Si los impuestos gravan la electricidad, ¿cómo quedarán los que ya no pueden pagar la factura de sus casas?

La presión tributaria aumentará porque este tipo de impuestos indirectos son insignificantes para los ricos y para los pobres una losa insufrible. En 2017 en la reunión COP22 que se celebró en Marrakech, la Comisión sobre los Precios del Carbono lo dejó bien clarito: el precio que se paga por las emisiones de CO2 debe aumentar constantemente.

El fisco se frota las manos. Todo le parece poco. Un periódico de Chile titula: “Precio que fijó el gobierno es 8 veces menor a lo que se recomienda para alcanzar las metas del Acuerdo de París” (5). La terminología, que es de lo más sutil, está copiada del Banco Mundial. No quieren que parezca un impuesto sino el precio que debe pagar el que contamina, como si fuera un castigo por ensuciar el aire con CO2 (6).

Pero se trata de un fraude detrás de otro: los que tributan no son los gases que salen por el tubo de escape, que incluso son perniciosos para la salud, sino sólo el CO2.

También es harto evidente que el tributo castiga especialmente a los menos pudientes porque son quienes tienen los vehículos más viejos, ya que no los pueden renovar periódicamente por otros más nuevos. No es de extrañar que, al estilo de los “chalecos amarillos”, en varios países hayan surgido grupos de lucha contra este tipo de subidas de impuestos, como es el caso de Ecuador, donde se ha creado el movimiento “Fuera Impuesto Verde” (7).

Lo más repugnante de esta operación es que es la típica comedia seudoecologista porque no se sabe la cuantía de las emisiones de CO2 a la atmósfera. Cada país las mide por decreto de una manera diferente y le pone un “precio” diferente.

(1) https://www.nytimes.com/es/interactive/emisiones-precio-del-carbono/
(2) https://www.hoy.es/economia/fiscalidad/fmi-impuestos-contaminacion-20191010154214-ntrc_amp.html
(3) https://www.lavanguardia.com/natural/cambio-climatico/20191011/47898773508/impuesto-vehiculos-contaminacion-cataluna-emisiones-ley-cambio-climatico.html
(4) https://cadenaser.com/ser/2019/10/23/internacional/1571848399_091521.html
(5) https://www.eldesconcierto.cl/2019/08/22/impuesto-verde-precio-que-fijo-el-gobierno-es-8-veces-menor-a-lo-que-se-recomienda-para-alcanzar-las-metas-del-acuerdo-de-paris/
(6) https://carbonpricingdashboard.worldbank.org/
(7) https://www.dpe.gob.ec/pronunciamiento-de-la-defensoria-del-pueblo-frente-al-impuesto-ambiental-a-la-contaminacion-vehicular-impuesto-verde/

Recopilación de 50 años de pronósticos seudocientíficos procedentes de Estados Unidos

En 1967 el seudocientífico Paul Ehrlich, de la Universidad de Stanford, anunció la extinción de la humanidad para antes de 1975 a causa de la contaminación, una tonteoría de la que se hizo eco el periódico Salt Lake Tribune el 17 de noviembre de 1967.

Ehrlich ha sido un profeta moderno que podría haber dirigido una secta mejor que una cátedra. En 1970 anunció en el New York Times “la muerte de los océanos en menos de una década”.

Por lo tanto, no hay de qué preocuparse: los océanos ya han fallecido, aunque nadie se haya dado cuenta de ello.

Dos años después repitió otra de sus ridículas profecías: “En 1989 todo el mundo desaparecerá en una nube de vapor azul”.

El hambre, en su versión malthusiana, es la otra cara de la moneda del apocalipsis. El 16 de abril de 1970 el Boston Globe anunciaba: “En 1974 América quedará sometida a racionamiento de agua y en 1980 al racionamiento de alimentos”.

Tras el malthusianismo, la histeria pasó a ser la contaminación del aire. En 1970 el seudocientífico James P. Lodge, del Centro de Investigación Atmosférica, profetizó que la polución llegaría al punto de impedir que los rayos del Sol alcanzasen la Tierra, causando una nueva edad de hielo para el primer tercio de este siglo, lo que acabaría con la humanidad.

Cuando las profecías malthusianas del hambre y la contaminación fallaron, empezaron a desatar la histeria del enfriamiento. El 6 de octubre de 1970 el Redlands Daily Facts titulaba: “Llega una nueva edad de hielo”. Al año siguiente repitió la misma tontería y el Washington Post se apuntó al apocalipsis: la edad de hielo llegaría en 2070.

En 1971 S. I. Rasool, de la Universidad de Columbia y de la NASA, profetizó un enfriamiento terrorífico de más de seis grados centígrados para 2020, o sea, para el año que viene. Vayan preparando Ustedes las bufandas.

En 1972 la Universidad de Brown envió un informe a la Casa Blanca para alertar de un colapso climático y socioeconómico inminente.

Al mismo tiempo, la revista Time alertaba de la llegada de una nueva edad de hielo, apoyándose en seudocientíficos como George J. Kukla.

En 1974 la NOAA pronosticaba que la nueva edad de hielo llegaría “pronto”. Pero el 29 de enero de ese mismo año el periódico The Guardian parecía ponerlo en duda: “¿Otra edad de hielo?” Era un pregunta retórica: naturalmente que un frío polar se está acercando a nuestros barrios.

El 18 de julio de 1976 el New York Times Book Review el 18 de julio de 1976 titulaba: “El enfriamiento” y dos años después el New York Times volvía a la carga: la tendencia al enfriamiento de los últimos 30 años no parece tener fin.

La moda de la capa de ozono

A mediados de los años setenta la histeria pasó al ozono. El profesor T. M. Donahue, de la Universidad de Michigan, compareció ante el Congreso de Estados Unidos para afirmar que no había remedio. No se podía hacer nada para prevenir la ampliación de dicha capa.

Como todo lo que procede de Estados Unidos, la tonteoría corrió como un reguero de pólvora por la prensa del mundo entero. El 24 de junio de 1974 la revista Time anunciaba que la desaparición de la capa de ozono era “un gran peligro para la vida”

El 12 de diciembre de 1974 el Kingsport News, un periódico de Tennessee lo repetía casi al pie de la letra: el agujero de ozono era un gran peligro para la vida.

Desde entonces hasta ahora las mediciones de la NASA demuestran que el agujero es un fenómeno atmosférico natural, que no ha aumentado de tamaño y que no hay ningún peligro.

Ahora el ozono ya no vende nada; los “ecologistas” no se acuerdan de nada de aquello.

En los años ochenta llegó la moda de la lluvia ácida, que “mata la vida en los lagos” según decía el 8 de abril de 1980 un periódico como Noblesville Ledger.

Los gobiernos de Estados Unidos y Canadá se comprometieron a estudiar la incidencia de dicho fenómeno en los bosques de sus países respectivos. Tras una década de estudios y una inversión pública de 540 millones de dólares, terminaron comprobando que el alcance del problema era mucho más limitado de lo que habían pronosticado. Pero para entonces los científicos ya se habían metido el dinero en el bolsillo y habían publicado sesudos artículos “científicos” que engordaron su curriculum y su prestigio profesional.

1988: llega la era del calentamiento

En 1988 comienza la era moderna de las profecías. James Hansen, un seudocientífico de la NASA, pronostica una generalización de las sequías en Estados Unidos. Desde entonces, las precipitaciones han aumentado un 30 por ciento.

Tras el fracaso, Hansen dio un paso más, alertando de un súbito aumento de las temperaturas del suelo en Estados Unidos. Por ejemplo, Washington viviría 85 días al año con más de 32 grados centígrados, frente a los 35 días al año que arrojaba el promedio histórico.

Se volvió a equivocar: hoy se registran 25 días al año con esas temperaturas.

En 1988 Hussein Shibab profetizó que las islas Maldivas terminarían sumergidas por el agua en 2020. No ha ocurrido nada de eso, ni previsiones de que ocurra algo parecido.

Al año siguiente Noel Brown, del Programa Medioambiental de la ONU, vaticina que lo mismo podría ocurrir en Bangladesh o Egipto a comienzos de este siglo.

El 30 de junio de 1989 la agencia Associated Press lanzó sus malos augurios: “El aumento del nivel de los mares ‘aniquilará’ a las naciones en el año 2000”.

Por su parte Hansen se apuntó a la moda: parte de Nueva York estaría bajo el agua en 2010 ó 2020 (ó 2030, ó 2040, ó 2050… ¿quién sabe? Alguna vez ocurrirá).

Al Gore, vicepresidente de Estados Unidos, profetizó que la capa de hielo del Ártico se fundiría en 2018, una previsión que luego revisó para anunciar que tal evento se produciría en 2014…

20 de marzo de 2000: el periódico The Independent informaba de que la nieve desaparecería de nuestras vidas. La noticia no la había inventado el periódico sino David Viner, un seudocientífico de la Universidad de East Anglia, el oráculo de la climatología moderna.

Pero la prensa anglosajona alterna una y otra vez las tonteorías modernas mezcladas con las antiguas: “Hambre dentro de 10 años”, titulaba The Guardian el 23 de deciembre de 2002. ¿Sintieron Ustedes hambre aquel fatífdico día o ya no se acuerdan?

“Gran Bretaña tendrá una clima siberiano en 2020”, decía el mismo periódico el 21 de febrero de 2004.

El Ártico quedará libre de hielo en 2014, pronosticó la revista USA Today, el 14 de diciembre de 2009

El Ártico quedará libre de hielo en 2015, pronosticó The Guardian el 24 de julio de 2013.

El Ártico quedará libre de hielo en 2018, pronosticó la agencia Associated Press el 24 de junio de 2008.

Un científico ecologista genuino como el Príncipe Carlos de Inglaterra también tiene derecho a desatar sus paranoias: “Sólo quedan 10 años para salvar al planeta”, dijo el 8 de julio de 2009. Como el plazo ha vencido, ya no queda ningún remedio. Estamos todos muertos pero no nos hemos dado cuenta de ello.

Pero poco después llegó otro reputado ecologista, el Primer Ministro británico Gordon Brown, y contradijo a su Príncipe: quedan exactamente 50 días para salvar al mundo de la catástrofe

¿Les gustan a Ustedes las profecías “científicas”?, ¿quieren más?

¿Por qué los sindicatos amarillos se suman a la política económica de los imperialistas y los monopolistas?

Ayer el sindicato ESK (Ezker Sindikalaren Konbergentzia) se sumó a la seudohuelga mundial climática en un comunicado (*) relleno de tópicos que es intercambiable con cualquier otro comunicado sobre el mismo asunto, cualquiera que sea la clase social a la que digan representar, es decir, tanto si hablan en nombre del proletariado como si lo hacen en nombre de la burguesía.

Así está el planeta. Ha logrado conciliar la lucha de clases, poner de acuerdo a “la izquierda” con “la derecha” porque, además de finito, el planeta es único para todos y debemos rescatarlo entre “todos” porque “todos” navegamos en el mismo barco…

Ese tipo de discursos coincidentes fue el sueño de la burguesía desde su surgimiento, de manera que es sorprendente que haya tantos sindicatos, todos con la misma naturaleza de clase y todos con el mismo discurso unánime, llorón y empalagoso. Este fenómeno siempre se llamó “amarillismo”.

Lo que da uniformidad a ese discurso, naturalmente, es su origen de clase burgués, imperialista y reaccionario. Lenin lo llamaba hegemonía y consiste en imponer una ideología lo mismo que en imponer un ejército, o una política económica, a lo largo y ancho de todo el mundo. Hasta en la recóndita Uganda han fabricado su propia Greta Thunberg. Se llama Leah Namugerwa y hace exactamente lo mismo, y dice exactamente lo mismo que la sueca. Los publicistas del imperialismo fabrican sus muñecas en serie, en una cadena de montaje.

Después hay que esperar a que esa ideología burguesa cale hasta los huesos de organizaciones que -incluso- dicen que están en el bando contrario, como ESK y tantas otras, que necesitan ocultar el origen del llamamiento a la huelga del 27 de setiembre con falsificaciones y mistificaciones, como “los jóvenes”, o “los estudiantes” para ir a ponerse a rebufo: los obreros deben seguir esos mismos dictados.

Ni siquiera son capaces de cambiar un poco el lenguaje, que es igual que el discurso climático, absolutamente plano, tópico, posmoderno y, sobre todo, burgués, negador de las clases sociales y de la lucha entre ellas. Es absolutamente vergonzoso que ESK (y tantos otros) se siga calificando a sí mismo como “sindicato” y debería pensar en deseanmascararse y reconvertirse a sí mismo.

Los de ESK se muestran partidarios de la “transición ecológica” que han impuesto los imperialistas y le allanan el camino. Se han propuesto “conseguir que la clase trabajadora no sea un obstáculo” a las políticas económicas imperialistas y monopolistas. Es, pues el seguidismo de siempre, el corporativismo fascista, el intento por lograr que los sindicatos defiendan la política económica que los patrones imponen a los obreros o, como dicen en su comunicado, “introducir en los centros de trabajo un debate que estamos obligadas a hacer”.

La parte más sentimentaloide del comunicado llega cuando ESK pretende que el coste de la “transición ecológica” no se haga a costa de los trabajadores, cuando está ocurriendo todo lo contrario, como no podía ser de otra forma. No hay más que ver el movimiento de los “chalecos amarillos” en Francia, que lleva un año en la calle enfrentándose a la “transición ecológica” de Macron, que no es otra cosa que un aumento de los impuestos para financiar la política económica monopolista.

La diferencia entre un sindicato amarillo y uno de verdad es que el primero convoca una huelga porque le preocupa el planeta, aunque no sepa lo que es, mientras que el segundo convocaría una huelga contra la explotación infantil, por ejemplo, que saben muy bien por qué se produce.

La tarea de los sindicatos nunca ha sido el planeta sino una clase social, los trabajadores, cuya lucha no está dirigida a “cambiar el modelo de producción” sino a acabar con el capitalismo para construir el socialismo en todo el mundo. Si quieren salvar al planeta, los sindicatos deberían desaparecer y reconvertirse en ONG, que es mucho más moderno.

(*) https://www.esk.eus/index.php/es/noticias/1096-cambiemos-el-modelo-de-produccion-para-salvar-el-planeta

Más información:

— Terapia de choque contra la crisis del capitalismo: su más gigantesca movilización de recursos
— El gran negocio de la ‘transición ecológica’
— La promoción del capitalismo en el Tercer Mundo con el pretexto del ‘cambio climático’
— 2,6 billones de dólares invertidos en energías renovables en la última década
— El clima es el nuevo negocio de los grandes especuladores, como Bill Gates
— La ‘revolución verde’ de Merkel saqueará 40.000 millones de los bolsillos de los contribuyentes y consumidores
— El PSOE se suma a la política monopolista de ‘New Deal verde’
— El sindicato United Electrical de Estados Unidos apoya la ‘huelga mundial por el clima’ de 27 de setiembre

‘Es bueno que la población del Tercer Mundo padezca hambre porque ayuda a combatir el calentamiento del planeta’

Hoy a cualquier mequetrefe que se ponga al servicio del imperialismo le llaman “científico” y hacen pasar sus imbecilidades como “ciencia”, lo cual posteriomente es digerido por millones de personas como si así fuera, es decir, como si la ciencia fuera compatible con cualquier aberración.

Todos los días los medios intoxicadores propagan tonterías como si fuera ciencia de verdad, como el caso del sueco Magnus Söderlund, un idiota que durante una emisión en el canal sueco de televisión TV4 propuso el canibalismo para combatir el cambio climático (1).

Este gilipollas participó en Estocolmo en una congreso sobre alimentos del futuro en el que lanzó su genial propuesta: la posibilidad de comer personas en nombre de la reducción de las emisiones de CO2.

La mitología moderna ha convertido al CO2 en un factótum, un gas omnipresente que causa todos los males de la tierra, el mar y el aire. Es el demonio de la religión moderna, que está presente en la geofísica, la oceanografía, la medicina, la biología y, naturalmente, la gastronomía.

El canibalismo no es única opción para reducir las emisiones de CO2. Otra posibilidad es mantener el hambre en el mundo, porque se trata de eso: el planeta está por encima de las personas. Es preferible que el mundo pase hambre antes de que el planeta se caliente.

Keeve Nachman

Keeve Nachman

Si los países del Tercer Mundo insisten en lograr una dieta nutritiva con las calorías adecuadas, aumentarán las emisiones de gases de efecto invernadero y el uso del agua, según informó el lunes un grupo de seudocientíficos y charlatanes encabezados por Keeve Nachman, todos ellos con membrete de la Universidad Johns Hopkins, Baltimore, Estados Unidos.

La idiotez sigue también los derroteros de la posmodernidad seudocientífica que consiste en poner los ordenadores en funcionamiento, algo que en inglés llaman “gigo”: si en un ordenador metes basura sólo puedes sacar basura (“garbage in, garbage out”). Es la ley número uno de la informática. Un idiota con ordenador sólo extrae conclusiones a su imagen y semejanza.

La imbecilidad la ha publicado la revista “Global Environmental Change” (2). Los charlatanes de Baltimore crearon un modelo informatico que analiza la influencia de los cambios dietéticos en 140 países sobre las emisiones de gases de efecto invernadero y el consumo de agua dulce a escala individual y nacional.

Si trasladamos a los hambrientos del Tercer Mundo a un lugar donde no estén sufriendo desnutrición crónica, dice Nachman, “comerán más y, en consecuencia, aumentarán su huella de carbono”.

Esa no puede ser la solución a los problemas del planeta, sostiene Nachman. Lo que hay que hacer es imponer las dietas veganas en el Primer Mundo. Por lo tanto, no basta con la “transición ecológica” sino que, además, debemos llevar a cabo una “transición dietética”, lo cual es aún más complicado, según Nachman, porque “puede ser difícil lidiar con la idea de renunciar a un alimento para siempre”.

La imbecilidad seudocientífica también demuestra que el país de origen de un alimento determina su impacto climático. Por ejemplo, producir 1 kilo de carne en Paraguay contribuye casi 17 veces más gases de efecto invernadero que hacerlo en Dinamarca debido a la deforestación para conseguir campos de pastoreo.

Por lo tanto, es mejor que la producción alimentaria se traslade al Primer Mundo.

Estamos rodeados por una manada de cretinos que se van apoderando progresivamente de las universidades, los laboratorios y los centros de investigación.

Su tarea consiste en justificar la peores lacras del capitalismo con un marchamo científico del que carecen. Pero lo peor son los lacayos, ese rebaño de medios que publican las imbecilidades, que prestan servicios de altavoz y a los que no son ajenos las ONG, los sindicatos y toda clase de partidos y colectivos posmodernos que han hecho de la imbecilidad un modo de ganarse la sopa boba.

(1) https://yournews.com/2019/09/06/1182551/swedish-scientist-proposes-cannibalism-to-fight-climate-change/
(2) https://www.elcomercio.com/tendencias/luchar-hambre-aumenta-huella-carbono.html

Más información:
— 300.000 mujeres pobres esterilizadas en Perú
— Los seudoecologistas proponen el exterminio de la población del Tercer Mundo

¿Realmente hay más CO2 en la atmósfera que nunca antes?

En materia seudoecologista hay unanimidad también entre los medios reaccionarios y los posmodernos. “La Tierra ha alcanzado hoy niveles de CO2 nunca vistos en varios millones de años”, titulaba El Confidencial (1) en mayo y lo mismo sostenía ayer El Salto Diario (2). La supervivencia del planeta no conoce clases sociales porque es un empeño unánime, de toda la humanidad. De esa manera, los artículos de unos y otros son intercambiables. Lo que dice Ecologistas en Acción es lo mismo que dice el Fondo Monetario Internacional.

No es que ese tipo de titulares sean ciertos o falsos sino que son tan absurdos como decir que “la estabilidad climática está rota”, una de las frases antológicas de El Salto Diario. ¿Cuándo ha habido alguna estabilidad climática?

Otra idiotez del artículo de El Salto es afirmar que a Keeling “le dio por registrar la concentración de CO2”. También es posible que se rascara el bolsillo para financiar un observatorio en lo alto de un volcán en Hawai durante décadas.

No obstante, la ridiculez típica de todo este tipo de basura es insistir en que hay más CO2 en la atmósfera que nunca, lo que es rotundamente falso. En la historia de la Tierra es difícil encontrar nieveles de CO2 tan reducidos como en la actualidad. En el Cámbrico, hace más de 500 millones de años, había entre 3.000 y 7.000 partes por millón, unas diez veces más que en la actualidad. Una concentración tan baja de CO2 como la actual sólo se encuentra una vez en la historia de la Tierra: durante el período Carbonífero/Pérmico, cuando cayó por debajo de 210 ppm.

Pero eso no es todo: el descenso de CO2 se produjo simultáneamente a un aumento de 8°C de la la temperatura, por lo que ocurrió todo lo contrario de lo que sostienen los seudoecologistas. Lo mismo ocurrió desde el final del Jurásico hasta el final del Cretácico: el contenido atmosférico de CO2 se redujo de 2.300 a 1.000 ppm, mientras que la temperatura fue respectivamente entre 2°C y 8°C más elevada que la actual.

Los seudoecologistas se aprovechan de que los lectores ya no tienen un termómetro en sus casas, como antiguamente, ni tampoco un sensor de CO2, que pueden comprar en internet por unos 300 euros. Hay numerosas marcas y empresas comercializadoras, cuya publicidad para vender el aparato es mucho mejor que las patrañas “verdes”.

No sólo el IPCC o Keeling o los científicos pueden medir los niveles de CO2; está al alcance de cualquiera comprobar en su casa que el CO2 se puede multiplicar por cuatro muy fácilmente, sobre todo si no abre las ventanas. Si una concentración 415 ppm los seudoecologistas la consideran tan dramática, ni nos imaginamos cuando el lector vea que en su habitación se ha disparado a 2.000 ppm en unas pocas horas y ni se ha dado cuenta. Si 415 ppm lo consideran como un máximo histórico, es posible que el lector pretenda figurar en el Libro Guiness con las mediciones que hace en su propia vivienda.El lector supondrá entonces que las mediciones de CO2 que hace en la habitación de su casa no son representativas del planeta, y tiene razón. En tal caso deberá preguntarse si lo son las que hace Keeling y el IPCC en un volcán de Hawai, que -por cierto- está activo.

Lo mismo que las temperaturas, las mediciones de CO2 reúnen dos características fundamentales, son locales y son oscilantes. Cambian con el espacio y con el tiempo y, desde luego, ha habido épocas históricas en las que han sido muy superiores a las actuales, tanto antes como después de la aparición del hombre sobre la Tierra, tanto antes como después de la llamada “era industrial”.

Si una mañana el lector coge la baja y va al médico porque tiene unas décimas de fiebre, sabe que su cuerpo tiene una temperatura “normal” y que la fiebre es un incremento de esa temperatura. Pero, ¿cuál es la concentración “normal” de CO2 en la atmósfera?, ¿qué patrón tiene la ciencia para decir que ha aumentado respecto a un determinado nivel?, ¿en qué momento histórico se pone ese nivel?, ¿por qué lo situan en 350 ppm?, ¿en qué se basan para hacerlo?

La respuesta a esas preguntas es puramente ideológica porque está encaminada a dar una respuesta tópica: el patrón de normalidad se pone en el origen de una supuesta “época preindustrial” porque la elevación de los niveles de CO2 es consecuencia de ella, es decir, de la humanidad, que quema “combustibles fósiles” en grandes cantidades.

En tal caso las mediciones cambian su significado, porque ya no se trata de que la concentración atmosférica de CO2 oscile de manera natural sino que debemos averiguar si ha dejado de ser oscilante para convertirse en lineal y aumentar continuamente, como nos quieren hacer creer. Para ello deberían demostrarnos qué proporción del CO2 atmosférico tiene un origen exclusivamente industrial o antrópico.

No hay una respuesta fácil, pero según los cálculos del geoquímico noruego Tom V. Segalstad, sólo un 5 por ciento del CO2 que hay en la atmósfera tiene un origen industrial (3). Se trata, pues, de una cantidad pequeña que, además, se refiere a otra casi insignificante, que es la concentración total de CO2, del orden de 0,04 en términos porcentuales. ¿Cómo es posible que un elemento tan poco significativo de la atmósfera sea capaz de causar una “emergencia climática” de vastas proporciones?, ¿cómo es posible que hayan colocado al CO2 en el centro de un drama internacional?

La publicidad seudoecologista habla mucho de las emisiones de CO2 pero casi nada de los sumideros. Dicen que el grifo de la bañera está abierto, pero callan que no tiene tapón. El artículo de El Salto Diario sugiere que los sumideros de CO2, como el océano, están llegando “a niveles de saturación” y que es “muy difícil que puedan seguir capturando CO2 al ritmo que lo hacían antes”. Vuelve a ser falso. Un artículo publicado en abril de este mismo año en Nature aseguraba todo lo contrario: “Los sumideros mundiales de carbono en tierra y en los océanos han aumentado proporcionalmente con el aumento de las emisiones de dióxido de carbono durante las últimas décadas” (4).

Es muy obvio: si han aumentado las emisiones de CO2 también ha aumentado la capacidad para absorberlas.

Cuando leemos un determinado tipo de estupideces sobre el cálculo de las emisiones de CO2, no podemos dejar de recordar que hace unos pocos meses los medios nos hablaban de que Volkswagen había sido condenada por falsificar las suyas.

La paranoia climática ha llegado a tal punto que las diversas técnicas de medición de las emisiones de CO2 son un tema de investigación en sí mismo. El IPCC ha impuesto un canon que quiere ser único, como el del Vaticano, con la diferencia de que revisan el canon periódicamente, como ocurrió en mayo de este año. Las mediciones van cambiando y la manera de medir también. En cada país el gobierno impone por decreto cómo se deben medir las emisiones, los decretos cambian con el tiempo, con cada gobierno y con cada país. Luego alguien suma toda esas mediciones diferentes y se queda tan ancho…

(1) https://www.elconfidencial.com/tecnologia/ciencia/2019-05-13/tierra-record-contaminacion-co2-cambio-climatico_1998218/
(2) https://www.elsaltodiario.com/cambio-climatico/razones-huelga-climatica-global-curva-keeling-miedo
(3) http://www.co2web.info, http://www.co2science.org/articles/V12/N31/EDIT.php
(4) https://www.nature.com/articles/s41586-019-1078-6

El clima se pone a las órdenes del comandante científico de la Guerra Fría: Roger Revelle

La evolución de la ideología climática (5)

La centralidad climática del CO2 adquiere una nueva dimensión como consecuencia de la Guerra Fría, las explosiones nucleares y la radiactividad, una página de la historia de la climatología que ha sido convenientemente descuidada por razones obvias, lo que vuelve a poner de manifesto que no se puede falsificar la ciencia sin falsificar, al mismo tiempo, su historia.

En 1945 Estados Unidos tiene el monopolio nuclear, cuyo mantenimiento requiere la presencia de una industria atómica anexa que, además de suministrar la materia prima del nuevo armamento, confiere superioridad también en el terreno económico y, sobre todo, energético. Nacen así las centrales nucleares, contrapuestas a los viejos métodos productivos “sucios”, basados en la quema de “combustibles fósiles”.

Como potencia hegemónica, Estados Unidos también tiene la pretensión de decidir desde el final de la guerra lo que es ciencia y lo que no lo es, y tanto una (la ciencia) como otra (la seudociencia) son subproductos de la guerra. El Proyecto Manhattan, la fabricación de la bomba atómica, es uno de los ejemplos más conocidos de la manera en que el ejército de Estados Unidos puso a los científicos a su servicio, engendrando un híbrido entre el burócrata y el investigador. No se sabe dónde acaba uno y empieza el otro.

En el caso del clima, la Armada llevó la ideología climática a un terreno hasta entonces inexplorado, el océano. Se había hablado bastante de las emisiones de carbono, pero faltaba otro aspecto capital: su absorción por las plantas y las aguas.

Las explosiones atómicas crean isótopos del carbono, algunos de los cuales son muy inestables, con periodos de vida de milisegundos, mientras que otros permanecen en la atmósfera antes de disolverse en el océano. Había que seguir su rastro tanto en el aire como en el agua. Para ello era necesario explorar el ciclo del carbono a lo largo y ancho de todo el planeta.

Había varias cuestiones conexas que eran del interés de la Armada: ¿se podía convertir el clima en un arma de guerra contra la URSS?, ¿era posible acabar con el Ártico mediante explosiones nucleares?, ¿se podían almacenar residuos radiactivos en el fondo del océano?, ¿podían provocar tsunamis oceánicos las explosiones atómicas?, ¿podían guiar los rayos infrarrojos la trayectoria de los misiles?

Muchos científicos se pusieron al servicio del espionaje y de la guerra nuclear. La Armada subcontrató una parte de las investigaciones atómicas con el Instituto Scripps de California, donde trabajaba el oceanógrafo Roger Revelle, uno de los prototipos de Jason, científicos de nuevo cuño fabricados por la Guerra Fría. Fue muy condecorado y habló mucho de sí mismo. Se definió como el “abuelo del efecto invernadero” y dijo que su mayor contribución a la preservación de la paz mundial fue recomendar a la Armada el programa Polaris: la fabricación de misiles de largo alcance capaces de surcar los océanos.

Había participado en varias expediciones náuticas en buques y guardacostas de la Armada, que le reclutó al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, alcanzando el rango de comandante. Al final de la guerra fue trasladado a la ONR, la Oficina de Investigación Naval, un precedente de la actual Darpa. En 1946 le destinaron a la primera prueba atómica de posguerra en el Atolón Bikini, en el Océano Pacífico, a fin de estudiar su impacto que, desde luego, era mucho más que el puramente ambiental.

Durante las pruebas nucleares en el Pacífico, Revelle dirigió un equipo de 80 científicos especializados en la “lluvia radiactiva”. Estaba surgiendo la “megaciencia” (“big science”), las “cadenas de montaje del conocimiento”, grandes organizaciones científicas financiadas por organismos burocráticos y monopolios.

A partir de 1948, cuando la Unión Soviética, realizó su primer ensayo atómico, el interés por ese tipo de investigaciones se multiplicó. Había que detectarlas y conocer su impacto. Para ello era necesario saber el tiempo que tardan los restos de una explosión atómica atmosférica en disolverse en el océano. Es como el tiempo que tarda la patrulla de policía en llegar al escenario del crimen.

A su vez, para averiguar la antigüedad de cualquier resto, no solo arqueológico, en la posguerra se inventó la datación por radiocarbono, el carbono 14, una forma radiactiva del carbono que, por razones muy distintas de las climáticas, se ponía de actualidad. El austriaco Hans E. Suess era uno de los padrinos de esta nueva técnica de datación. Había descubierto que en los anillos de los árboles quedan trazas de carbono 13, un isótopo estable del carbono, que permiten datar su edad.

Se producen dos fenómenos contrapuestos. Por un lado, las explosiones nucleares aumentan la presencia de radiocarbono, lo que reduce las mediciones, que parecen más recientes. Por el otro, la combustión del petróleo lo que aumenta es la presencia de carbono 12, lo que incrementa las mediciones, que parecen más antiguas.

Revelle incorporó a Suess al Instituto Scripps para investigar los efectos de las radiaciones atómicas cuando las explosiones se llevaban a cabo en las profundides de las aguas oceánicas, descubriendo que la radiactividad se extiende a lo largo de cientos de kilómetros cuadrados de superficie pero sólo en un metro de profundidad. Los elementos químicos radiactivos permanecen diluidos en el agua durante años, pero sólo aparecen en una parte insignificante del océano.

Revelle y Suess calcularon que una molécula de CO2 tarda unos 10 años en pasar de la atmósfera al agua superficial, donde permanece cientos de años. Por dicho motivo la hidrosfera atesora 50 veces más CO2 que la atmósfera.

Las conclusiones más importantes de su investigación son que la absorción por el océano de las emisiones de CO2 no es inmediata y que sólo la parte superficial la lleva a cabo. De ahí Revelle quería deducir que el océano no es capaz de absorber todas las emisiones de CO2, como se creía hasta entonces. Para ello tenía que saber cuánto CO2 se añade a la atmósfera y en 1956 reclutó a Charles D. Keeling para que lo calculara.

Como es típico hoy en determinados científicos, Revelle tenía buenos contactos que le permitían administrar unos recursos gigantescos y pudo fundar un observatorio en Mauna Loa, un volcán de 4.000 metros de altitud, uno de los más altos del mundo, en Hawai, en medio del Océano Pacífico, destinado exclusivamente a medir la evolución de las emisiones de CO2 a la atmósfera, poniendo a Keeling al frente del mismo.

Desde entonces y hasta la fecha el CO2 se mide de una manera sistemática, al instante, casi exactamente igual que la temperatura. Keeling formuló gráficamente sus resultados en una curva ascendente que expresa el incremento exponencial de CO2 en la atmósfera. Los cálculos indican que dicha concentración ha pasado de unas 310 ppm (0,031 por ciento) a unas 410 ppm (0,041 por ciento). Hoy dicha curva se puede seguir en internet de manera continua:

Curva de Keeling: https://scripps.ucsd.edu/programs/keelingcurve/

Las mediciones de Keeling se consideran hoy como referenciales y válidas no sólo para Hawai sino para cualquier lugar del mundo. Sin embargo, no son las primeras, ni las únicas. Como demostró Beck en 2007 (1), desde que se identificó el CO2 a finales del siglo XVIII, los científicos han calculado su concentración en la atmósfera, a pesar de lo cual Revelle y Keeling hacen tabla rasa de los resultados obtenidos. Es como si nunca antes a nadie se le hubiera ocurrir medir la concentración de CO2 atmosférico. Además, esas mediciones se obtienen después de “filtrar información contaminada” y “eliminar información sospechosa”, como reconoció el mismo Keeling en 1986 (2). Había que olvidar ciertos datos para poner otros en su lugar y, en concreto, rebajar lo más posible las mediciones de CO2 de la “época preindustrial” para incrementar las actuales.

Si se examina su curva, es evidente que mezcla las mediciones directas que comenzó en 1958 con otras relativas a épocas pasadas, que se obtienen del hielo por métodos indirectos (proxies). ¿Por qué Keeling recurre a cálculos indirectos cuando tiene cálculos directos encima de la mesa? Es evidente que para llegar al tópico de que “la concentración de CO2 se dispara a una velocidad jamás conocida en la historia de este planeta”. El problema es que este planeta tiene 4.500 millones de años de historia y no es tan fácil reconstruir esas mediciones, ni siquiera de manera indirecta.

Algunos de los cálculos que Revelle, Keeling y el IPCC esconden bajo la alfombra demuestran que en el siglo XIX ya hubo científicos que estimaron concentraciones de CO2 del mismo nivel que las actuales, lo que derriba el núcleo de argumentaciones climáticas vigentes.

Por buena que sea, una estimación siempre puede ser mejorada por otra y, como consecuencia de la paranoia climática, actualmente se llevan a cabo centenares de mediciones del CO2 cada día, muy diferentes unas de otras. Ni el IPCC ni nadie está obligado a conformarse con las de Revelle y Keeling. El año pasado se lanzó un satélite al espacio que realizará 300 millones de mediciones diarias de los niveles de CO2 atmosférico.

(1) Ernst Georg Beck, 180 Years of CO2 gas analysis by chemical methods, Energy & Environment, 2007, vol.18, núm.2, pgs.259 y stes, https://www.geocraft.com/WVFossils/Reference_Docs/180_yrs_Atmos_CO2_Analysis_by_chemical_methods_Beck_2007.pdf
(2) Eric From y Ch.D. Keeling, Reassessment of Late 19th-Century Atmospheric Carbon Dioxide Variations, Tellus, 1986, 38B, pg.101, https://cyberleninka.org/article/n/146215.pdf

El Presidente Bush condecora a Keeling por sus investigaciones sobre el CO2

Serie completa:
— La evolución de la ideología climática
— Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones
— El segundo principio de la termodinámica: entre la ciencia y el mito
— El origen de la subcultura carbónica
— La ideología climática ha triunfado porque está promovida por el imperialismo

Imperialismo y capitalismo monopolista de Estado: el mercado mundial del aceite de palma

El 3 de abril de 2017 Le Monde titulaba así una noticia: “La conversión de la tierra en plantaciones de aceite de palma es responsable del 40 por ciento de la pérdida de la cubierta forestal natural de todo el planeta” (1).

El artículo hacía referencia a un informe del Parlamento Europeo, que a su vez se basaba en varias fuentes de esos conocidos “expertos”, “científicos” y organismos internacionales que se manejan como los hilos de las marionetas.

Detrás va la legión de ONG, encabezadas por Greenpeace, con las consabidas consecuencias que los cultivos de aceite palma ocasionan sobre la deforestación, el agotamiento del suelo, la desaparición de especies, los gases de efecto invernadero y el calentamiento del planeta (2). Por si eso no fuera ya suficiente, el aceite de palma es perjudicial para la salud humana (3) y tampoco podían faltar otros tópicos que quedaron en manos de Amnistía Internacional (4) y Oxfam (5): los derechos humanos y las condiciones de trabajo esclavistas en las plantaciones de aceite de palma en los países del Tercer Mundo.

Los ataques contra el aceite de palma comenzaron hace unos 10 años porque el aumento del consumo mundial se hizo en detrimento de los monopolios que hasta entonces dominaban el mercado mundial del aceite gracias a la soja, la colza, el girasol. En veinte años, de 1995 a 2015, el consumo mundial de palma había pasado de 14,6 millones de toneladas a 62,6 millones (6).

En la guerra mundial del aceite no hay ningún problema ecológico, ni sanitario, ni humanitario. Es un caso más de competencia monopolista sobre el mercado mundial en el que los capitales más fuertes han recurrido a sus Estados respectivos, a los organismos internacionales, a las ONG, a los expertos… a todo lo que se les puso al alcance de la mano.

El 90 por ciento de la producción mundial de aceite de palma procede de Indonesia y Malasia, mientras que el mayor productor de soja del mundo es Estados Unidos, así que las cartas estaban marcadas antes de empezar a jugar la partida. No hay más que hablar. La soja es buena y el aceite de palma es malo. Los precios de la soja suben y los de la palma bajan.

En marzo de 2019 un organismo típicamente monopolista, la Comisión Europea, zanjó el asunto de la manera acostumbrada: el aceite de palma queda prohibido completamente para 2030 y la proporción de aceite de palma en los biocombustibles queda limitado por decreto (7). El aceite de palma ha quedado catalogado como un producto de “muy alto riesgo”, algo que no ocurre con la soja.

Aquí -como en otros asuntos- la Comisión Europea tutela los intereses económicos de Estados Unidos.

En China las cosas tomaron un giro distinto desde que en enero del año pasado comenzó la guerra comercial con Estados Unidos, en los que la soja ha tenido un papel relevante. Cuando Estados Unidos subió los aranceles, China cambió de proveedor y empezó a importar soja de Brasil.

Seis meses después, en julio del año pasado, Trump le llamó a su capataz en Bruselas, Jean Claude Junker, para que viajara a la Casa Blanca y se comprometiera a sustituir a China en las compras de soja (y a Rusia en las compras de gas, pero esa es otra historia). A cambio Trump no elevó los aranceles a la importación de automóviles alemanes. Lo uno por lo otro: soja a cambio vehículos; soja a cambio de palma.

Como consecuencia del arreglo de la Casa Blanca, las exportaciones de soja estadounidense a Europa han aumentado un 121 por ciento entre julio de 2018 y mediados de abril de 2019, garantizando el precio y, por lo tanto, los beneficios de los productores estadounidenses (8).

La campaña monopolista contra el aceite de palma ha hecho que su precio haya caído un 46 por ciento mientras que la soja se ha reducido un 29 por ciento. Por lo tanto, la caída de los precios no ha arruinado a todos por igual. Los agricultores asiáticos no son los mismos que los estadounidenses, ni tienen los mismos recursos. En Indonesia y Malasia los campesios han tenido que destruir sus plantaciones de aceite de palma y cambiar a otros cultivos, mientras que los productores estadounidenses de soja están apoyados por la Casa Blanca.

Como en cualquier otra guerra, en las guerras comerciales prima la intoxicación informativa de manera que es falso que las plantaciones de aceite de palma hayan causado el 40 por ciento de la desforestación mundial, sino el 2,3 por ciento (9). Dichos cultivos tampoco han tenido consecuencias medioambientales más serias que otros (10). En 2011 Indonesia y Malasia produjeron conjuntamente el 36 por ciento de la producción mundial de aceites comestibles utilizando sólo el 5,5 por ciento de la superficie plantada con semillas oleaginosas. El cultivo de aceite de palma es altamente productivo. Produce casi diez veces más grasa por hectárea que la soja y más de cinco veces más que la colza.

Es posible que dentro de poco lleguen en patera algunos de esos campesinos de las plantaciones de palma de Asia y África arruinados por la desigual competencia monopolista. También es posible que nos sintamos ajenos por completo a esos refugiados a los que hemos empujado fuera de sus campos después de arruinarles su medio de vida.

¿Qué podemos decir de las ONG, los defensores del planeta y de la humanidad? Que son fieles lacayos de quienes les pagan, a saber la Unión Europea y las organizaciones seudobenéficas de Estados Unidos.

Los manejos de los imperialistas siempre van seguidos de sus secuaces de las ONG, que por algo las financian. Ayer Greenpeace bloqueó en Francia un barco cargado de soja para protestar contra la inacción del gobierno ante el cambio climático y la deforestación (11). Pero hay un pequeño detalle: el barco no llegaba de Estados Unidos sino de Brasil, un país cuya producción compite con la soja estadounidense.

(1) https://www.lemonde.fr/planete/article/2017/04/03/les-ravages-de-la-culture-d-huile-de-palme-passes-au-crible-du-parlement-europeen_5104827_3244.html
(2) https://www.greenpeace.fr/greenpeace-huile-de-palme/
(3) http://nopalm.org/article-21-les-dangers-de-lhuile-de-palme-sur-la-santA
(4) https://www.amnesty.fr/responsabilite-des-entreprises/actualites/huile-de-palme-travail-des-enfants-et-travail-force
(5) https://www.oxfamfrance.org/?s=Huile+de+palme
(6) https://www.palmoilandfood.eu/fr/la-production-d por cientoE2 por ciento80 por ciento99huile-de-palme
(7) https://www.capital.fr/economie-politique/bras-de-fer-sur-lhuile-de-palme-entre-lue-et-lasie-du-sud-est-1333470
(8) http://www.lafranceagricole.fr/actualites/cultures/union-europeenne-les-importations-de-soja-americain-senvolent-1,7,618929371.html
(9) https://theconversation.com/non-lhuile-de-palme-nest-pas-responsable-de-40-de-la-deforestation-76955
(10) https://www.institutmolinari.org/IMG/pdf/note0912_fr.pdf
(11) https://www.dw.com/es/desalojados-activistas-que-bloqueaban-buque-con-soja-de-brasil/a-49427752

—https://www.iveris.eu/list/notes_danalyse/434-la_guerre_de_lhuile

El mayor glaciar de Groenlandia está aumentando de tamaño

Un equipo de investigadores del Jet Propulsion Laboratory de la NASA ha descubierto que el glaciar Jakobshavn fluye más lentamente, engrosando y moviéndose hacia el océano en lugar de retroceder (1).

El glaciar Jakobshavn es el mayor de Groenlandia. Está situado en la costa oeste, tiene cerca de 65 kilómetros de largo y casi dos kilómetros de espesor. Drena alrededor del 7 por ciento de la capa de hielo de la isla.

Según el documental “Chasing Ice” (Persiguiendo el hielo), dirigido en 2012 por Jeff Orlowski, este glaciar podría haber sido el origen del iceberg con el que colisionó el Titanic en 1912.

Debido a su tamaño e importancia para el supuesto aumento del nivel de las aguas oceánicas, los científicos lo han estado observando durante muchos años. El rápido retroceso del glaciar comenzó a principios de la década de 2000 con la pérdida de la plataforma de hielo, una extensión flotante del glaciar que ralentiza su flujo.

Ahora la tendencia ha cambiado porque desde 2016 una corriente oceánica ha traído agua más fría. La temperatura del agua cerca del glaciar es más fría de lo que ha sido desde mediados de los años ochenta. Esta fuente de agua fría se encuentra en el Océano Atlántico Norte, a más de 1.000 kilómetros del glaciar.

Los investigadores creen que el agua fría se ha puesto en marcha por un cambio de fase en la Oscilación del Atlántico Norte (NAO), que cambia de caliente a fría cada cinco a veinte años.

Recientemente la NAO ha entrado en una fase fría, bajando la temperatura del Océano Atlántico. Aunque los últimos inviernos fueron relativamente suaves en Groenlandia, fueron mucho más fríos y ventosos de lo habitual en el Océano Atlántico Norte. Bajo la influencia de la NAO, cerca de Groenlandia el Océano Atlántico se ha enfriado alrededor de un grado centígrado entre 2013 y 2016, abriendo el camino para un rápido enfriamiento de la corriente oceánica en el suroeste de Groenlandia y propulsando aguas más frías que alcanzaron al glaciar Jakobshavn en el verano de 2016.

Hasta ahora se pensaba que una vez que los glaciares habían comenzado a replegarse, nada podía detenerlos. Este estudio muestra que no ocurre así. Ahora bien, los científicos dicen que esta inversión de tendencia no es sostenible, y que rápidamente, con el cambio de la NAO a la fase cálida, el glaciar Jakobshavn reanudará su rápido declive.

Pero si ya se han dado un primer batacazo con este descubrimiento, no hay que descartar el segundo. Mientras, “La Vanguardia” sigue a lo suyo. Asegura que el crecimiento del glaciar “no desmiente el calentamiento climático”(2). Que quede claro.

Los demás medios se han callado como perros. Nada de nada. Mejor que no se entere nadie.

(1) https://www.nature.com/articles/s41561-019-0329-3
(2) https://www.lavanguardia.com/natural/cambio-climatico/20190328/461308466186/glaciar-jakobshavn-groenlandia-crece-dudas-cambio-climatico.html

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