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El Festival Internacional de Cine de El Cairo rinde homenaje a los palestinos de Gaza

El Festival Internacional de Cine de El Cairo, que preside por el cineasta egipcio Hussein Fahmy, es uno de los más antiguos del mundo árabe y de África. Es el único de la región árabe y africana registrado en la categoría A de la Federación Internacional de Productores Cinematográficos.

También es el evento cinematográfico árabe y mundial más volcado en el apoyo a la causa palestina. A pesar de que en 1979 Egipto claudicó ante Israel, los intelectuales y cineastas egipcios se han negado unánimemente a cualquier normalización con el Estado que sigue ocupando Palestina y los territorios libaneses y sirios. Hace tres décadas el antiguo presidente del Festival, el escritor Saad Eddin Wahba encabezó la movilización de los cineastas egipcios contra la normalización del Estado sionista, al prohibir la participación de películas israelíes en el Festival. Su sucesor, Hussein Fahmy, fue aún más lejos al cancelar por completo la edición anterior en solidaridad con el pueblo de Gaza, víctima de un genocidio atroz, de crímenes de guerra y de crímenes contra humanidad.

Esta edición contó con 190 películas de 72 países y dos series de televisión, incluidas 16 proyecciones en la alfombra roja, 37 estrenos mundiales, 8 estrenos internacionales y 119 proyecciones para la región de Oriente Medio y África.

La gran sorpresa, que no lo es precisamente cuando conocemos el lugar que ocupa la causa palestina en el corazón del pueblo árabe, fue la excepcional asistencia de público, que llenó las salas durante las proyecciones de películas palestinas. Un árabe no puede olvidar nunca el martirio del pueblo palestino, la limpieza étnica, las repetidas guerras de exterminio que tuvieron como objetivo la Franja de Gaza, la destrucción masiva y sistemática de hogares y la hambruna planificada de la población.

Este año el Festival ha decidido reanudar su actividad para expresar mejor su solidaridad con Palestina, transformándose en una plataforma para denunciar el genocidio al ritmo de un “dabka”, el baile palestino, acompañado de la famosa canción Ala dini, interpretada por un grupo folclórico de Gaza vistiendo el “keffiyeh”, el pañuelo blanco y negro, emblema de los palestinos en lucha desde la revuelta árabe de 1936-1939. “La sangre que corre por mis venas es palestina”, dice la letra.

Otro gesto de solidaridad fue la creación de una insignia de metal con la forma del mapa histórico de Palestina con los colores de la bandera palestina. La insignia se distribuyó a todos los participantes del Festival y la usó el propio presidente Hussein Fahmy.

Aún no había comenzado la agresión contra Siria y el Festival comenzó expresando solidaridad con Palestina y el pueblo libanés. Su cierre fue similar. El único segmento musical de la ceremonia fue el del grupo “Watan Al Funun” de Gaza con la voz del fallecido poeta palestino Mahmoud Darwish, recitando versos de su poema “En esta tierra, vale la pena vivir la vida”.

En su discurso de apertura Fahmy explicó que la susensión del festival hasta 2023 fue un gesto de solidaridad con la causa palestina. La decisión de reanudar el festival este año 2024 surgió del mismo deseo de denunciar el genocidio en Gaza. “Durante mis visitas a festivales internacionales en los últimos años me di cuenta de que muchos de ellos, como el Festival de Berlín y Venecia, tratan temas políticos y se centran en la Guerra de Ucrania. En el Festival Internacional de Cine de El Cairo también tenemos derecho a hablar de nuestras causas y, principalmente, de la causa del pueblo palestino y libanés, salvaje y odiosamente atacado por los soldados israelíes”, dijo en una entrevista.

“No habría decidido organizar el Festival este año si no hubiera visto que tenemos derecho a defender nuestras justas causas nacionales a través de nuestra plataforma, a declarar nuestra solidaridad y a convertirlo en una oportunidad para resaltar el sufrimiento de los pueblos palestino y libanés”, añadió.

Fahmy concluyó destacando que “el arte es capaz de contar historias de personas cuyas vidas valen la pena”, agradeciendo al ministro egipcio de Cultura que asistió a los actos de inauguración y clausura.

“Somos los guardianes del cine porque él es nuestra conciencia”, dijo el director egipcio Yousry Nasrallah, al que otorgaron el premio Pirámide de Oro por toda su obra. Agradeciendo la distinción, Nasrallah destacó que “el cine egipcio es mejor este año en términos de ingresos y participación en festivales internacionales”, y no dejó sin saludar a sus colegas cineastas palestinos, “que están pasando por una dura prueba existencial”.

‘Passenger Dreams’ de Rashid Mashharawi

Para dar una idea realista de la vida en Gaza antes del último genocidio, los organizadores decidieron proyectar “From Ground Zero” durante todo el festival. Se trata de una serie de 22 cortometrajes dedicados a Gaza y elaborados por el cineasta palestino Rashid Masharawi. Es un recordatorio muy útil para enseñar cómo era la vida en Gaza a la luz de la guerra genocida contra la población palestina desarmada y que no se ha relajado desde el 7 de octubre del año pasado, provocando decenas de miles de muertes, en su mayoría mujeres, niños y ancianos.

La serie se proyectó con éxito al margen del último Festival de Cannes este año, a pesar del fuerte clima de represión y censura impuesto por el cabildo sionista en Europa contra toda manifestación de solidaridad con la causa palestina.

En otro gesto de apoyo a Gaza y al pueblo palestino, la dirección del festival eligió para la ceremonia de apertura el estreno de “Passenger Dreams”, otra película de Mashharawi. Es quizás una de las pocas que aborda la causa palestina lejos de consignas y operaciones guerrilleras.

Fue recibida con entusiasmo y emoción, sobre todo porque se trataba de un estreno mundial. La película utiliza mucho simbolismo y sigue muchas de las experiencias de Masharawi. Es sin duda una de las mejores obras que ha realizado a lo largo de su carrera cinematográfica, que abarca más de tres décadas.

La película narra el viaje de Sami, de 12 años, acompañado de su tío y su prima mayor, en busca de su paloma perdida, a través de un campo de refugiados en Cisjordania y varias ciudades palestinas, entre ellas Belén, la antigua Jerusalén y Haifa, destacando la difícil vida cotidiana de los palestinos y su impacto en su personalidad y sus relaciones con ellos mismos y con los demás.

La búsqueda de las palomas perdidas representa la búsqueda de Palestina como patria y la belleza del pueblo palestino a pesar de la fealdad y la destrucción que los rodea. La determinación del director de filmar en Haifa, Belén y la Ciudad Vieja de Jerusalén, lugares que simbolizan la antigua Palestina, expresa el deseo de redescubrir las raíces profundas de los palestinos y presentar un lenguaje cinematográfico diferente al que ha imperado hasta ahora en el cine palestino.

Sin lugar a dudas, esta película constituye un salto cualitativo, no sólo para su director, sino también para todas las películas anteriores que abordan la cuestión palestina.

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El neopuritanismo oriental va de la mano del occidental

A finales de los años cincuenta la Hermandad Musulmana pretendió imponer a todas las mujeres el uso del velo en Egipto en los espacios públicos. Hoy 70 años después caminando por las calles de cualquier ciudad de mayoría islámica, sobre todo las árabes, lo que se observa es un regreso en las costumbres, en general, y en la vestimenta en particular.

Para los hombres, las galabiehs (túnicas tradicionales) de color gris azulado o arena y las chaquetas de estilo inglés han ido dando paso gradualmente a los qamis blancos y negros de los fundamentalistas del Golfo Pérsico; las barbas crecidas y los niqabs (velos completos) de las esposas respondiendo a las zebibas (marcas en la frente formadas por la fricción contra la alfombra de oración) exhibidas con orgullo.

En occidente hay una opinión muy extendida de que eso tiene motivos religiosos, es decir, que son las ideas (o cierto tipo de ellas) las que determinan el comportamiento. Sin embargo, en países, como Egipto, todas las mujeres se cubren el cabello, incluidas las mujeres de otras religiones, como las coptas, es decir, cristianas ortodoxas.

En septiembre del año pasado el Ministerio de Educación egipcio, con motivo del inicio del año escolar, publicó un decreto que prohíbe a los estudiantes de todas las edades cubrirse la cara, recordando el carácter “opcional” del velo.

El neopuritanismo oriental va de la mano del occidental. En una parte del mundo triunfan los fundamentalistas y en el otro las corrientes que dicen representar al feminismo. Éstas acusan a las anteriores de ser una expresión de las sociedades patriarcales.

Da la impresión de que quieren aparentar que la indumentaria que se viene imponiendo en ciertos países del mundo sólo se imponen a las mujeres y de que se trata de algo atávico, tradicional. Parece que las modas no son historia sino que la trascienden.

Cuando nos referimos al puritanismo, no queremos hablar sólo de sexo, ni de ropajes, sino de comportamientos que antes eran cotidianos, como fumar, por ejemplo, cuyo espacio público se va acotando cada vez más, naturalmente por razones de “salud pública”.

Sin embargo, el problema no es que ciertas sociedades, como la afgana, preserven sus viejas indumentarias, tanto en nombres como en mujeres, sino que otras traten de regresar a una situación que creían superada.

El verdadero problema es que un personaje “tribal”, como Al Jolani, haya sustituido a otro “moderno” como Bashar Al Assad. En términos políticos eso se llama “reacción” y es propio de quienes quieren volver al pasado.

Estos días los medios nos vienen mostrando la espectacular evolución de la indumentaria de Al Jolani, cada vez más occidentalizado. Pero, lo mismo que los talibanes, lo que pretenden los yihadistas, y lo que han impuesto en Idlib, es todo lo contrario: dar marcha atrás a la moda.

Ahora bien, mantener una indumentaria tribal es normal. Lo extraño es ser capaz de dar marcha atrás, de volver a algo que se había superado. Para eso hacen faltan fuerzas muy poderosas que sólo el imperialismo proporciona. Es eso lo que le convierte en algo reaccionario.

A la vieja usanza, podríamos decir que no es la religión la que condiciona determinado tipo de comportamientos humanos, sino que está condicionada por ciertos factores, en los que las luchas políticas tienen bastante que decir.

“Sobre las diversas formas de propiedad y sobre las condiciones sociales de existencia se levanta toda una superestructura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de vida diversos y plasmados de un modo peculiar. La clase entera los crea y los forma derivándolos de sus bases materiales y de las relaciones sociales correspondientes. El individuo suelto, a quien se le imbuye la tradición y la educación, podrá creer que son los verdaderos móviles y el punto de partida de su conducta […] Y así como en la vida privada se distingue entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que realmente es y hace, en las luchas históricas hay que distinguir todavía más entre las frases y las figuraciones de los partidos y su organismo efectivo y sus intereses efectivos, entre lo que se imaginan ser y lo que en realidad son” (Marx, El 18 de brumario de Luis Bonaparte).

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‘La madre de todas las mentiras’

Junio de 1981 es un mes marcado en negro en el calendario marroquí. Un levantamiento popular ocurrido en Casablanca, conocido como la Revuelta del Pan, fue brutalmente aplastado por el ejército enviado por el rey Hassan II, el padre del actual monarca, a los barrios más pobres, donde la multitud se manifestaba contra el hambre y la carestía.

Los soldados asesinaron a unos mil hombres, mujeres y niños. El ejército se llevó los cadáveres de las calles para enterrarlos en secreto. Prohibieron fotografiar a los muertos.

Décadas después los marroquíes luchan por conocer la verdad. Con el cambio de siglo se creó la típica comisión de investigación “ad hoc” para encubrir los sucesos, para ocultar la brutalidad y la represión llevadas a cabo por el Estado marroquí: miles de detenciones arbitrarias, desapariciones, juicios farsa, torturas, violaciones y represalias.

La cineasta Asmae El Moudir ha rodado una magnífica película: “La madre de todas las mentiras”. Cuando el capitalismo silencia o engaña, los pueblos buscan su propia identidad y su memoria por todos los caminos posibles, incluido el arte y la cultura.

Moudir nació nueve años después de la matanza, pero llegó a considerarla como parte de sí misma, de su vida familiar y de su biografía. La realizadora siempre se preguntó por qué no tenía fotos de su familia; ni siquiera podía verse a sí misma cuando era niña. En 2016, cuando ayudó a su familia en una mudanza, descubrió que se erigían tumbas sobre los restos cerca de su casa. La zona había sido una vez un campo de fútbol donde su padre jugaba como portero. Presionó a su familia para obtener más información y se encontró con la ira, especialmente de su abuela, Zahra, por curiosear demasiado. Moudir descubrió que los restos eran de jóvenes manifestantes y que se estaban erigiendo monumentos musulmanes para honrar a los muertos.

La familia hizo todo lo posible para mantener a raya la curiosidad de la cineasta. Pero, con el tiempo Moudir trabaja con su padre, un hábil albañil, para reconstruir en miniatura el vecindario tal como era durante su infancia, incluida la casa en la que ella creció, con pequeñas figuras humanas. Al mismo tiempo, reúne a su madre y su padre, su abuela y dos vecinos, en un esfuerzo por llegar a la verdad sobre un pasado reprimido u oscurecido. En el espacio se desarrollan diversas conversaciones y pequeños dramas, intercalados con material sobre hechos históricos.

Al narrar la película, la realizadora dice que el modelo de barrio es “un lugar donde se pueden revelar secretos” y expresa su fastidio hacia su abuela, una anciana a la que acusa de “controlar a todos”. El día de los disturbios hizo todo lo posible para mantener a su familia dentro de casa para evitar que sufrieran daños.

La anciana pasó “años espiando a la gente”; fue una “dictadora que oprimió a todos”. Muy a menudo, el espectador la verá apuntando a la cámara con su bastón. Les ladra a otros miembros de la familia y en un momento dado llama “perra” a su nieta. Preguntada sobre el día de las masacres de 1981, la anciana exclama: “No vi nada. ¡Nada en absoluto! No vi nada. Ahora vete”.

Su nieta considera a la abuela como la verdadera directora del documental. Descubre en ella ciertos aspectos represivos de su abuela, en particular su hostilidad a ser fotografiada y a las imágenes en general. No le gustan las fotos, prefiere los recuerdos. El motivo es su sufrimiento personal así como en su miedo a la represión porque son muchos los que ignoran que el miedo puede durar siglos.

La realizadora recuerda muy bien una foto suya cuando era niña, “la única que tuve. Una foto que me dio mi madre para tranquilizarme, pero fue en vano. Estaba convencida de que no era yo la de esa foto y que mi madre me había mentido”.

“La madre de todas las mentiras” tardó diez años en realizarse y se proyectó el 22 de enero en el Festival de Cine de Sundance. Es una mezcla de recuerdos agradables y otros mucho más oscuros, una metáfora del mundo en el que vivimos aún hoy, donde las batallas políticas nunca se construyen sobre aquello de lo que nadie habla, de los silencios y los ocultamientos que, la mayor parte de las veces, versan sobre la represión política.

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Algo mucho peor que ‘el opio del pueblo’

A primeros de noviembre el Premio Goncourt, el máximo galardón de la literatura francesa, se adjudicó al escritor argelino Kamel Daoud, columnista del periódico reaccionario Le Point y habitual en las tertulias de las televisiones. El premio indica los derroteros de la ideología dominante en Francia, envuelta en el rechazo virulento del mundo árabe-islámico y, sobre todo, de la “islamización” de Francia.

“No hay peor astilla que la de la propia madera”, dice un refrán y la intelectualidad francesa prefiere que su tarea inquisitorial la lleven a cabo personajes como Daoud. Pero en el mismo saco podría meter también al máximo dirigente de los fascistas franceses, Jordan Bardella, otro renegado del que ya hablamos anteriormente. Los defensores de la “identidad nacional” son personajes así, que llegan de fuera y se identifican tanto con los autóctonos que quieren cerrar la puerta. El cupo se ha agotado. Ya no cabe nadie más.

El argelino es el reverso de Frantz Fanon. En la dialéctica del amo y el esclavo, Daoud se ha puesto del lado del amo y en el “choque de civilizaciones” también. Es un tránsfuga que, además de la cultura árabe-islámica, rechaza a su propio país para ponerse al servicio de la antigua metrópoli. El amo se relaciona con el esclavo a través de este tipo de intermediarios, decía Hegel. Son los “cabos de vara” de la dominación.

Un intérprete tan acabado de la ideología dominante, como Daoud, consigue que sus lectores se identifiquen plenamente con sus escritos y novelas, llenas de tópicos sobre la civilización del otro lado del Mediterráneo, cuyos males no tienen un origen colonial, ni político, ni económico, sino religioso.

Con ese punto de partida, en Francia la ideología dominante es tan cutre como en los demás países europeos. Parece que el islam no es una religión como las demás, que tiene algo distinto, mucho peor que el “opio del pueblo”: atavismo, ocurantismo, machismo, odio la modernidad, a occidente…

El Premio Goncourt ha llegado en el momento político más oportuno. La simbiosis del colonizado con su metrópoli es tan estrecha que alcanza a la defensa de Israel frente a unos vecinos árabes muy belicosos. Los argumentos de Daoud son otra colección de tópicos de amplio espectro para consumo de los tertulianos de las televisiones: Israel tiene derecho a defenderse, Hamas es una organización teocrática…

En su última novela, Houris, el autor relata la historia de Aube, una joven argelina cuyo cuerpo lleva las cicatrices del “terrorismo islamista” que asoló Argelia en los años noventa. Sueña con recuperar su voz para contar su historia, especialmente al niño que espera. Daoud critica a los yihadistas de su país, pero también al gobierno que acabó con ellos después de una década de guerra brutal.

Actualmente se celebra la Feria Internacional del Libro de Argel, que acoge a más de 1.000 editores de 40 países, con 300.000 títulos. Pero Daoud no tendrá la oportunidad de exponer su novela porque si el Premio Goncourt es política, la Feria también: Argelia insiste en mostrar la lucha anticolonial, no la defensa de la colonización.

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‘La prodigiosa transformación de la clase obrera en extranjeros’

El festival de Locarno ha estrenado un documental del cineasta suizo-irakí Samir Jamal Al Din que arroja luz sobre la inmigración italiana en la Suiza de la posguerra. Se titula “La prodigiosa transformación de la clase obrera en extranjeros” y es una historia de racismo, xenofobia y resistencia obrera.

Todas las entradas se agotaron para las cuatro proyecciones del documental. Los medios de comunicación suizos e italianos se deshicieron en halagos porque no hay muchas películas así, que expongan la naturaleza clasista del trabajador emigrante, que subyace bajo su apariencia racial.

El cineasta nació en Bagdad en 1955 y en una entrevista (*) relata que su abuelo se inventó el apellido porque se trasladó a la ciudad iraquí de Najaf para estudiar la ley islámica. En árabe Jamal Al Din significa “la belleza de la religión”. El cinesta se ha quitado el apellido y se ha quedado con “Samir”, que designa en árabe al que cuenta historias a la tribu alrededor de una hoguera por la noche en el desierto.

Cuando tenía seis años, Samir emigró a Suiza porque su madre era suiza. Pero había perdido la nacionalidad al casarse con un irakí. La recuperó tras contraer nuevas nupcias con su segundo marido, un ciudadano suizo. Entonces a Samir le concedieron también el pasaporte suizo… después de una paliza de la policía en la que le llamaban “Papierlischwiizer”: le consideraban suizo sólo por los papeles.

Con la mayoría de edad, Samir se trasladó al barrio obrero de Dübendorf, cerca de Zurich, donde frecuentaba los locales de los sindicatos y los partidos de la izquierda domesticada. En la imagen de portada aparece en el centro el cineasta de joven con su hermano pequeño al hombro, en los años sententa, durante una manifestación del sindicato suizo de tipógrafos.

Samir sabe de lo que está hablando y su documental es casi autobiográfico. Denuncia que la destrucción de la clase obrera es obra de las propias organizaciones que se reivindican “de clase”, y se ejecuta en nombre de la propia clase. Las organizaciones reformistas reproducen las políticas dominantes para desarticular a la clase obrera y mantenerla dividida y desorganizada.

Durante décadas, a los trabajadores emigrantes se les abandonó a su suerte, en Suiza como en otros países europeos. No tenían el apoyo ni de las organizaciones obreras locales ni las de su propio país de origen. La mayor parte de ellos eran italianos, pero el Partido Comunista Italiano, por ejemplo, solo se acordaba de ellos durante las elecciones.

Una de las principales aportaciones de la lengua alemana de la posguerra al racismo institucionalizado es el término “Überfremdung”, que significa —literalmente— infiltración extranjera, en referencia a una “inmigración excesiva”. Originalmente la voz se acuñó a principios del siglo XX y en los años treinta la adoptaron los fascistas. En su acepción moderna el término resucitó a mediados de la década de los cincuenta, cuando a las primeras oleadas de “Gastarbeitern” (trabajadores invitados) italianos siguieron otras procedentes del sur de Europa (España, Portugal y Grecia).

En los setenta se convocó un referéndum en Suiza, conocido como la “Iniciativa Schwarzenbach”, por el nombre de un político fascista local, James Schwarzenbach, que quería limitar la población extranjera al 10 por cien del total y expulsar a los “excedentes”, que entonces eran unos 350.000 trabajadores.

La mayoría votó en contra, pero un 46 por cien votó a favor.

En su documental Samir muestra unas imágenes en las que el ministro federal de Economía —el mismo que había invitado a los emigrantes a ir a trabajar a Suiza— dice en la televisión que hay que poner fin a la avalancha de emigrantes.

El capital necesita eso mismo que le repugna, la fuerza de trabajo, y la explotará con tanta más intensidad cuanto más le repugne.

Por su parte, los sindicatos y organizaciones “de clase” siguen como siempre, en Suiza y en el resto de Europa. La nueva presidenta del mayor sindicato suizo, la UNIA, es Vania Alleva, hija de inmigrantes italianos, que también aparece en el documental.

La última ola de emigrantes, procedentes de los países balcánicos o el norte de África, se encuentra a su llegada con el mismo muro. Pero muchos de quienes ahora lo sostienen son los de la primera ola.

(*) https://qantara.de/en/article/interview-filmmaker-samir-iraqi-odyssey

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India cancela un festival de cine israelí por la oposición del público

Uno de los países fundadores de los Brics, India, es hoy uno de los mayores apoyos internacionales que tiene Israel en el mundo. Sin embargo, los indios no están de acuerdo con su gobierno y apoyan a Palestina decididamente.

Por eso recientemente tuvieron que cancelar un festival de cine israelí, que estaba programado para celebrarse en el Museo Nacional de Cine Indio en Mumbai a principios de este mes. La Corporación Nacional de Desarrollo Cinematográfico de la India (NFDC) tuvo que anularlo por la oposición de los espectadores.

Más de mil trabajadores del cine, directores y ciudadanos publicaron una declaración colectiva que se opuso a la programación del festival de cine israelí (1), mientras el genocidio en Gaza continúa desde hace meses.

En su declaración, los firmantes deploran la organización del acto en el contexto actual donde “el mundo entero es testigo de los crímenes de guerra israelíes […] El genocidio está ocurriendo en tiempo real, y el mundo entero es testigo de esta monstruosidad criminal inhumana, que vemos con horror en nuestros dispositivos móviles y pantallas de televisión”.

La NFDC organizó este festival en un momento en que los palestinos están sufriendo los peores crímenes de guerra de las últimas décadas porque es una institución pública respaldada por el gobierno.

En los últimos años India e Israel se han convertido en socios económicos. Comercializan armas y, desde octubre, India ha aceptado enviar decenas de miles de trabajadores a Israel para cubrir su escasez de mano de obra.

El cine indio: un lavado de cara

Pero la decisión del NFDC de organizar un festival de cine israelí va más allá de los vínculos económicos entre ambos países… La NFDC y su predecesora, la Film Finance Corporation (FFC), se crearon para apoyar el cine alternativo que critica la sociedad y las normas, y para servir como medio para la representación del cambio. Pero la institución también es un aparato ideológico del Estado, e incluso del gobierno del momento, contribuyendo a construir la imagen de dirigentes políticos, como la antigua Primera Ministra Indira Gandhi.

Un ejemplo de esto es la película de 1976 Manthan or the Churning, sobre la revolución industrial láctea en la India. Esta película muestra la política de desarrollo desde un punto de vista socialista, destacando principalmente el éxito de los programas gubernamentales.

La película se rodó en pleno estado de excepción y fue “el capítulo más negro de la historia de la India desde su independencia” (2). Impuesto el año anterior, el reinado del terror duró 21 meses. Gandhi necesitaba una película para lavar su imagen pública, lo que se reprodujo en 1980 cuando Gandhi volvió a ser Primera Ministra y entregó 6,5 millones de dólares a la NFDC para financiar una película biográfica que costó 22 millones de dólares. Nunca antes el Estado indio había pagado una suma tan gigantesca por una sola película, que tuvo un falso tonillo épico y una distribución internacional.

El rotundo éxito de la película en los Oscar convalidó la financiación del gobierno indio, especialmente porque la NFDC recibió un tercio de los beneficios mundiales cosechados por la película.

No es de extrañar, pues, que la NFDS intentara organizar un festival de cine israelí durante un fin de semana. Lo que no tiene precedentes, sin embargo, es el rechazo de la sociedad, hasta el punto de cancelar el acto.

El primer y más grande defensor de Palestina: India

Hasta la histórica visita del primer ministro Narendra Modi a Israel en 2017, la India apoyaba la causa palestina, original e históricamente. Jawaharlal Nehru, mucho antes de convertirse en el primer Primer Ministro de la India, dijo en 1936: “El problema de Palestina es, esencialmente, un problema nacional: un pueblo que lucha por la independencia contra el control y la explotación imperialistas. No es un problema racial ni religioso”.

Mahatma Gandhi también expresó su opinión sobre Palestina: “Palestina pertenece a los árabes en el mismo sentido en que Inglaterra pertenece a los ingleses y Francia a los franceses”.

A medida que la lucha por la libertad de India contra el imperialismo británico se intensificó a finales de los años cuarenta del siglo pasado, la posición política de India hacia Palestina no hizo más que fortalecerse. Tras la admisión de Israel en la ONU en 1949, Nehru votó en contra de la partición de Palestina e Israel.

Durante la era de Indira Gandhi (1966-1977), India mantuvo una posición de solidaridad con Palestina. Fue la primera jefa de Estado en reconocer la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), en 1974 y también transformó la oficina de la OLP en una embajada en Nueva Delhi, otorgándole todas las instalaciones diplomáticas disponibles para una embajada.

El dirigente de la OLP, Yasser Arafat, visitó India más de una vez durante el mandato de Indira Gandhi. En 1981 India emitió un sello postal conmemorativo de una rupia con pequeñas impresiones de las banderas de la India y Palestina. En 1983, un año antes del asesinato de Gandhi, India organizó una cumbre del Movimiento de Países No Alineados en la que afirmó una vez más su apoyo a Palestina.

Un giro de 180 grados

El legado de las políticas proárabes de la India cambió después del establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel en 1992, con la apertura de una embajada en Tel Aviv. En aquel momento, el gobierno del Primer Ministro Narasimha Rao alentó las relaciones bilaterales y destruyó la mezquita de Babri Masjid. El cine popular indio dio un giro radical hacia historias reaccionarias, patrioteras e históricamente inventadas como Bombay (1995), Sarfarosh (1999) y Refugee (2000).

Israel suministró municiones a India durante la Guerra de Kargil, un breve conflicto entre India y Pakistán que tuvo lugar de mayo a julio de 1999 en el distrito de Kargil de Jammu y Cachemira y a lo largo de la línea de control.

La NFDC siguió fielmente el cambiante contexto político y se alejó de su objetivo inicial. Lanzó “Cinemas of India” en un intento de ganar dinero distribuyendo más ampliamente sus películas más antiguas producidas en los años ochenta.

Cuando el gobierno reaccionario del BJP llegó al gobierno en 2019, reestructuró las principales instituciones cinematográficas de “servicio público” del país, incluida la NFDC, que ahora funciona de manera diferente.

La cancelación del festival de cine israelí es una pequeña victoria, pero Bollywood, la segunda industria cinematográfica más grande del mundo, sigue el rastro de Hollywood: la causa palestina no existe y el genocidio tampoco.

(1) https://thewire.in/film/nfdc-cancels-israeli-film-festival-after-online-signature-campaign-by-artists-activists
(2) https://iascurrent.com/modern-history/india-after-1947/emergency/

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Un cine para la Guerra Fría

La Guerra Fría no fue un enfrentamiento larvado entre dos países, Estados Unidos y la URSS, sino un intento de los imperialistas para impedir la revolución socialista y la liberación de los pueblos oprimidos por el colonialismo.

Para encubrir las verdaderas contradicciones características de aquella época, Estados Unidos ha realizó un enorme esfuerzo propagandístico, que aún no ha acabado. El cine formó parte de aquel velo ideológico. En la época más dorada de Hollywood, el Telón de Acero estuvo vinculado al telón.

Nunca hubo dos contendientes disputando una misma competición, con las mismas reglas. No hubo más que un contendiente que intentaba avasallar a los demás, así como el intento de algunos por escapar del cerco.

El cine refleja justamente esa situación. Hay un protagonista, que es Estados Unidos, que presenta a los demás en un segundo plano, acompañado de un mensaje partidista muy simple: el primero es bueno y los que no se dejan someter son los malos. Los guiones de las películas siempre acaban igual: los primeros triunfan y los segundos fracasan, en un mundo -capitalista- donde no está permitido ser “un perdedor”.

Los que no quieran acabar como “fracasados” deben tomar partido por los “buenos”, hacer lo mismo que ellos. El “estilo de vida americano” es inmejorable y todo el mundo debería vivir como viven los estadounidenses. Es lo que crea esa falta de simetría caracerística del imperialsmo en la posguerra: los que defienden ese estilo de vida son héroes y los que tratan de destruirlo son malvados. Los pueblos no deben vivir conforme a sus propias normas sino a las de Estados Unidos.

En cualquier retórica idelógica, la difusión de un determinado mensaje dominante requiere la censura de los demás. El dogma debe aplastar a la herejía y la verdad a la mentira, que es la esencia de otro de los componentes fundamentales de la Guerra Fría: el macartismo y la caza de brujas con sus akelarres, antiguos, modernos y posmodernos.

La propaganda cinematográfica no se elaboraba en estudios dispersos por el mundo, sino en un mismo centro, Hollywood, que al mismo tiempo estaba férreamente sometido al Comité de Actividades Antiamericanas. La lista negra de personajes vetados para el cine llegó a los 300. No se rodaba el cine que querían los directores y guionistas sino las grandes multinacionales (Metro, Warner, Paramount), que a su vez seguían directrices políticas impuestas a golpe de juicios, encarcelamientos y exilio.

Para difundir el mensaje imperialista, la propaganda cinematográfica creó varios géneros nuevos como el espionaje, la ciencia ficción, la fantasía y, por supuesto, las películas bélicas.

Las películas de ciencia ficción experimentaron un crecimiento notable. Son el reino de la metáfora, la lucha entre la Tierra (Estados Unidos, los países occidentales) y los marcianos, llamados así porque procedían de Marte, “el planeta rojo”, poblado de seres extraños, malignos, que querían lo mismo que la URSS: invadirnos, acabar con “nosotros”.

El género alcanzó cotas paranoicas cuando en los años cincuenta la URSS comenzó a lanzar los primeros satélites artificiales, capaces de dar la vuelta a la Tierra sobrevolando por encima de las cabezas de los estadounidenses, dentro de artefactos siniestros, como los platillos volantes, los cohetes o los ovnis.

El género acaba confluyendo con la gran paranoia, la peor de todas, las armas nucleares, y en suma, con la constatación de que la URSS no era un experimento fallido, incapaz de alcanzar el nivel excelso del “estilo de vida americano”, sino que podía superarlo.

Los sesenta fueron una época muy oscura para este tipo de construcciones ideológicas paranoicas. Si la URSS no era un país de fracasados, si podía ponerse al mismo nivel que Estados Unidos, entonces puede atacarnos y destruirnos. Estamos en peligro, que es la mejor manera de estar que tienen los países occidentales. Todo y todos nos amenazan, vivimos rodeados de riesgos, este mundo está lleno de peligros…

La URSS era algo que había que tomarse muy en serio. En 1960 fueron capaces de derribar un U2 estadounidense, un avión diseñado para que nadie pudiera derribarlo.

La mejor expresión de aquella paranoia fue “Teléfono rojo volamos hacia Moscú”, una película estrenada por Stanley Kubrik en 1964, cuyo título en inglés es aún más fascinante: “Extraño amor: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba”. A la película no le falta de nada, ni siquiera un viejo científico nazi parapléjico (Strangelove, Amor extraño) que asesora a la Casa Blanca porque un experto siempre viene bien: los soviéticos (los comunistas) están contaminando Estados Unidos.

A la película ni siquiera le falta la presencia del actor Sterling Hayden, víctima de la caza de brujas por ser comunista, representando el papel de un general anticomunista que lleva un nombre significativo: Jack El Destripador.

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Lo que está de moda es Corea del sur

El rio Han cruza Seúl igual que el Pisuerga pasa por Valladolid. Dibuja al sur el barrio de Gangnam, el más lujoso de la capital surcoreana, que antes aparecía en las postales y ahora en los vídeoclips. Es el “Gangnam style” que se hizo famoso hace una docena de años, la parte del país que la publicidad quiere mostrar: moderna, avanzada, limpia… la mejor imitación del estilo de vida americano en Asia.

Donde ahora hay rascacielos, tiendas, discotecas y peluquerías, en los años setenta eran sólo terrenos agrícolas. La urbanización de Gangnam se aceleró siguiendo las líneas trazadas por el gobierno militar coreano, que enriquecieron a los propietarios de tierras. Ahora queda el esplendor de la especulación urbanística, un Pedralbes del siglo XXI.

“Gangnam style” fue como La Macarena de Los del Río para la España cañí unos años antes. Sin embargo, internet estuvo por medio, porque ya no triunfa una canción sino un vídeo. El vídeo coreano alcanzó en YouTube las mil millones de visitas por vez primera. Junto con el “Juego del calamar” expresa el “hallyu”, la “ola coreana”, una moda cultural que ha llegado a todo el mundo desde los Juegos Olímpicos de 1988. El término “hallyu” se acuñó en China en la década de los noventa, cuando la cultura coreana comenzaba a extenderse y, en especial, el K-pop, la música pop coreana, el cine, e incluso la comida.

Naturalmente, el turismo se ha disparado. En 2021 el grupo musical BTS, exponente del K-pop, fue el que más vendió en el mundo y actuaron en la Casa Blanca, denunciando el odio contra los asiáticos en Estados Unidos.

Las marcas comerciales coreanas, como Samsung, triunfan… a costa de los trabajadores, que hace unos días han podido convocar, por fin, la primera huelga obrera de su historia, sobre la que los medios de comunicación han guardado un silencio absoluto. Eso queda fuera del “hallyu”; nunca puede estar de moda, como tampoco destapar que tanto el “Gangnam style” como el “Juego del calamar” son otras tantas críticas corrosivas de una sociedad coreana a la que el capitalismo tampoco le sienta nada bien.

En su etapa de rapero el músico coreano Park Jae-sang, conocido como “Psy”, fue multado por sus letras corrosivas y el segundo de sus discos resultó censurado y retirado de la venta. Compuso “Gangnam Style” para ridiculizar a los los nuevos ricos del barrio, su ostentación y su narcisismo.

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La herencia soviética en África

En febrero de 1960 se inauguró la Universidad de la Amistad de los Pueblos en Moscú. El objetivo era proporcionar a los estudiantes del Tercer Mundo una educación superior de alto nivel. Entonces nadie se preocupaba por lo que se llamaban “países subdesarrollados”, que empezaban a liberar amarras de las viejas potencias coloniales, que nada habían dejado en pie (y mucho menos universidades).

La iniciativa pasó totalmente desapercibida en los círculos occidentales, pero tuvo un éxito instantáneo. Antes de su apertura recibió cerca de 2.000 solicitudes para 500 plazas disponibles. Las ayudas proporcionadas a cada estudiante seleccionado son apreciables: una asignación mensual, alojamiento en una residencia y, sobre todo, un apoyo educativo impresionante: alrededor de 800 profesores para 4.000 estudiantes.

Los estudiantes africanos fueron tratados como príncipes. Cobraban de 80 a 150 rublos al mes, frente a los 50 a 70 de los becarios soviéticos, cuando el salario medio en Rusia era de unos 100 rublos.

A partir de marzo de 1961 la Universidad tomó el nombre de Patricio Lumumba, el Primer Ministro del Congo que había sido asesinado poco antes por los colonialistas belgas. Tras la caída de la URSS volvió a denominarse Universidad de la Amistad de los Pueblos y el año pasado recuperó el de Patricio Lumumba.

La herencia soviética en África está formada sobre todo por miles de ingenieros, agrónomos, médicos, farmacéuticos, ejecutivos administrativos y del sector privado, técnicos, profesores universitarios y de escuelas secundarias. Han contribuido y siguen contribuyendo a la construcción de los Estados africanos.

A finales de los años ochenta, los etíopes formados en la URSS representaban el 30 por cien de los puestos ejecutivos en el Ministerio de Asuntos Exteriores y casi la mitad de los ejecutivos en los ministerios económicos y las empresas públicas.

Algunos antiguos estudiantes de la URSS y el bloque del este europeo alcanzaron de hecho el nivel más alto en sus países. José Eduardo dos Santos, presidente de Angola desde 1979, estudió en la URSS de 1963 a 1969. Fue el principal dirigente de los estudiantes angoleños en la URSS y se licenció en ingeniería de petróleo y telecomunicaciones en Bakú. Fikre-Selassié Wogderess, Primer Ministro etíope de 1985 a 1987, estudió en el Instituto de Ciencias Sociales de Moscú en 1975. Alemu Abebe, Ministro de Agricultura de Etiopía, estudió medicina veterinaria en Moscú.

En Malí, varios presidentes se formaron detrás del Telón de Acero, entre ellos Alpha Oumar Konaré (1971-1975, Instituto de Historia, Universidad de Varsovia), Amadou Toumani Touré (1974-1975, Escuela Superior de Tropas Aerotransportadas en Riazán, URSS), Dioncounda Traoré (1962-1965, Facultad de Lengua Rusa de Moscú y Facultad de Mecánica y Matemáticas de la Universidad Pública de Moscú).

En el ámbito cultural, la URSS también prestó atención a la formación en las distintas profesiones cinematográficas (operadores, guionistas, directores, críticos de cine, iluminadores). La escuela de cine soviética desempeñó y sigue desempeñando un papel importante en la forma en que los africanos se representan a sí mismos y se oresentan ante el mundo. Entre los cineastas destaca el senegalés Sembene Ousmane, el maliense Souleymane Cissé y el mauritano Abderrahmane Sissako (Tomboctú), por nombrar sólo a algunos que estudiaron en la URSS, principalmente en el Instituto de Cine de Moscú (VGIK).

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El expolio francés en Argelia durante la colonización

Los colonialistas lo roban todo; también la cultura. La historia de la colonización francesa en Argelia está marcada por numerosos episodios de expolio cultural. Tras la quinta reunión de la comisión de historiadores franceses y argelinos celebrada recientemente, el gobierno de Argel presentó una lista de objetos robados que Francia tiene que devolver.

Por el momento se desconoce el contenido de la lista, pero las negociaciones previas entre París y Argel sobre las devoluciones han sido largas.

En 2020 Francia devolvió a Argelia los cráneos de 24 combatientes argelinos asesinados al inicio de la colonización francesa. Conservados durante más de siglo y medio en el Museo Nacional de Historia Natural de París, los restos son un símbolo de la resistencia argelina.

Pero un censo de 2018 reveló que el Museo del Hombre de París albergaba un total de 536 cráneos argelinos, 70 de los cuales pertenecen a combatientes de la resistencia de la masacre de Zaatcha cometida en 1849.

En 2012 el Presidente francés François Hollande prometió la devolución del cañón Baba Merzoug que protegía la bahía de Argel desde el siglo XVI y que está instalado en el puerto militar de Brest desde 1833. Pero ahora el cañón Baba Merzoug es propiedad privada del Hotel de Brienne.

El Ministerio de Cultura francés se niega a devolver las llaves de la ciudadela de Argel, entregadas por Dey Hussein al ejército francés tras la capitulación de la ciudad en 1830, porque dice que pertenecen al Museo del Ejército de París.

Durante la visita del Presidente Jacques Chirac a Argelia en 2003, se devolvió el sello del dey de Argel. Este sello fue robado por el mariscal de Bourmont en 1830 durante la expedición a Argel.

En diciembre pasado, el Ministro de Asuntos Exteriores argelino, Ahmed Attaf, dijo que Francia se había negado a devolver la espada y el albornoz del emir Abdelkader.

Las bibliotecas francesas poseen un gran número de libros, manuscritos, mapas y documentos argelinos robados, entre ellos, los 37 manuscritos del emir Abdelkader, expoliados en 1843. Actualmente se conservan en la biblioteca del museo Conde de Chantilly.

La biblioteca personal del jeque El Haddad fue robada durante la insurrección de 1871-1872 y hoy se encuentra en la Biblioteca Universitaria de Lenguas y Civilizaciones de París.

En 2006 Argelia solicitó al gobierno de París la restitución de las cabezas de estatuas encontradas en Cherchell y de copias de grabados de Henri Lhote. Francia ni siquiera prestó atención a las legítimas exigencias argelinas.

Tras un acuerdo firmado en 1968, Francia devolvió 293 obras de arte robadas a Argelia, entre ellas pinturas de maestros como Claude Monet y Auguste Renoir.