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Estrategia

Las contradicciones interimperialistas en el Donbas

Durante muchos años, pero especialmente desde la caída de la URSS en 1990, los oportunistas hablaron del imperialismo como si tratara de un bloque macizo. El sólo hecho de utilizar el término en singular (“el imperialismo”) daba la impresión de que no había más que un único imperialismo o que todos los países imperialistas eran iguales, por el hecho de serlo.

Eran los tiempos de los foros mundiales, el movimiento contra la globalización y del “otro mundo es posible”, esas mareas de “alternativos” a medio camino entre las ONG y el trotskismo. Ahora han cambiado de verborrea y hablan, por fin, de “contradicciones interimperialistas” para llegar al mismo punto: los imperialistas son todos iguales y los que no son imperialistas son marionetas suyas.

Por ejemplo, en junio del año pasado tuvo lugar en Minsk una reunión de trotskistas procedentes de Ucrania, Rusia y Bielorrusia para pedir lo que todos los pacifistas añoran: “el cese inmediato de la guerra civil en Ucrania”. Pero si creyeran realmente que se trata de una verdadera guerra civil, hubieran debido pedir a los ucranianos que cesaran de combatir entre ellos. Sin embargo, lo que los trotskistas piensan es que los ucranianos son marionetas cuyos hilos mueven los imperialistas y, por lo tanto, su llamamiento tenía el siguiente carácter: “El gobierno ruso, la Unión Europea y los Estados Unidos utilizan la guerra civil en Ucrania con el mismo fin: la gente que muere en el Donbas son sólo peones en su competencia inter-imperialista” (1).

En España quien sostiene ese mismo tipo de concepciones trotskistas son los “cheerleaders” de RC y los clarividentes del MAI. Hay dos bandos imperialistas en liza y cada uno de ellos sostiene sobre el terreno a una marioneta local, unos en Kiev y otros en Donietsk y Lugansk.

A la fuerza ahorcan: la guerra se extiende, con su reguero de sangre, por regiones cada vez más extensas del mundo y la demagogia con la que durante tantos años trataron de ocultar las contradicciones interimperialista se ha venido abajo. De ahí que, con un lenguaje un poco diferente, los trotskistas quieran llegar la misma conclusión: Rusia es lo mismo que Estados Unidos y las milicias del Donbas son equiparables al gobierno de Kiev.

“El antifascismo en el Donbas es un mito”, dicen, repitiendo lo que siempre dijeron los trotkskistas del POUM durante la guerra civil española: la República era burguesa, exactamente igual que los militares fascistas; la URSS ayudó a los primeros y los fascistas de Mussolini ayudaron a los segundos. ¿Dónde está la diferencia? No hay ninguna diferencia, o no la saben encontrar, como tampoco saben responder a una sencilla pregunta: si ambos bandos son iguales, ¿por qué combaten entre sí?

Lo ha escrito bien claro Sarkis Fernández: la excusa de las contradicciones interimperialistas en Ucrania es “pura ideología imperialista” (2). Los trotskistas que defienden ese tipo de planteamientos, incluidos RC y MAI, forman parte del imperialismo mismo, algo que no debería constituir ninguna sorpresa para nadie. Ante la guerra y las contradicciones interimperialistas, la defensa de la neutralidad, la equidistancia y el pacifismo farisaico es una traición a la clase obrera y a la revolución en todos y cada uno de los países, incluso en aquellos a los que la guerra no llega.

Lo que el leninismo enseña es a tomar partido, no a lavarse las manos como Pilatos. Ante una guerra imperialista provocada por las contradicciones internas entre las potencias imperialistas, Lenin apela a la guerra civil, a dirigir las armas contra el propio país, que es exactamente lo que han hecho las milicias del Donbas. Por consiguiente, poner a un bando al lado del otro es simplemente una manera repugnante de lavarle la cara al imperialismo y su criminal política de exterminio.

Ucrania formó parte de la URSS y los trotskistas de todos los pelajes se esfuerzan por ocultar que con la URSS no sólo acabó un modo de producción sino que el país fue troceado, por lo que es obvio que el imperialismo busca devorar a Rusia como país, del mismo modo que ya ha devorado a otros, como admitió la secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright en 2005: “Es injusto que un solo país posea territorios tales como Siberia y el Lejano Oriente, en los cuales pueden instalarse unos cuantos Estados”.

Incluso después de que la URSS desapareciera, después de que fuera troceada, al imperialismo no le bastó con que Ucrania obtuviera su independencia sino que organizó dos golpes de Estado por una razón muy sencilla de entender: porque no están dispuestos admitir una Ucrania independiente, es decir, un país capaz de tomar sus propias decisiones. Cualquiera que sea su régimen social, Ucrania ha demostrado que está, quiere estar y estará siempre ligado a Rusia por lazos que van mucho más allá de la economía y de la geoestrategia y que el imperialismo se esfuerza por romper porque su proyecto no es sólo acabar con Rusia sino acabar también con Ucrania.

Hay una foto de Victoria Nuland, la encargada de asuntos europeos en el Departamento de Estado, en plena orgía en la Plaza Maidan, en febrero del pasado año que expresa que mejor que nada qué es lo que persigue el imperialismo en Ucrania. En contra de los partidarios de la neutralidad, no hay una foto equivalente de Serguei Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores, en Occupy Wall Street.

El Pacto de Varsovia se ha disuelto; la OTAN no. En contra de todos los acuerdos aprobados desde los tiempos de Gorbachov, Estados Unidos ha metido a los países vecinos de Rusia en una alianza militar dirigida contra Rusia. Rusia no ha rodeado a ningún país del mundo con bases militares, pero tiene todo su perímetro fronterizo cercado por las de los imperialistas, que le han puesto armas nucleares delante de sus narices y han desencadenado varias guerras, desde el Báltico a Afganistán cuyo objetivo indirecto no es otro que Rusia.

En el derecho internacional el bloqueo económico es una medida de guerra, una declaración indirecta de guerra. Pero no ha sido Rusia quien ha impuesto un bloqueo económico a Estados Unidos o a la Unión Europea, sino al revés. Rusia es víctima de un bloqueo. No hay esa simetría de la que hablan los trotskistas.

Los francotiradores que en febrero del año pasado dispararon contra la multitud indiscriminadamente en la Plaza Maidan matando a cerca de cien personas, ¿eran prorrusos?, ¿antirrusos?, ¿pertenecían a ambos bandos?, ¿es indiferente?

Los que quemaron vivos a 42 sindicalistas en Odesa en el mes de mayo, ¿eran prorrusos?, ¿antirrusos?, ¿pertenecían a ambos bandos?, ¿es indiferente?

Los que en julio derribaron el vuelo MH17 asesinando a 300 pasajeros, ¿eran prorrusos?, ¿antirrusos?, ¿pertenecían a ambos bandos?, ¿es indiferente? No es necesario apelar al leninismo sino a la decencia humana para no admitir -bajo ningún concepto- que los agresores se pongan al mismo nivel que los agredidos. Ante un acoso sexual no se puede medir al agresor y al agredido por el mismo rasero; ante un acoso militar, económico, político y mediático tampoco. ¿Verdad que es obvio? Pues los trotskistas no se quieren enterar.

(1) http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=7019
(2) http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=4653

Victoria Nuland en plena Plaza de Maidan, durante el Golpe de Estado de 2014
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Ciencia

Pasteur el impostor

La ciencia no es lo que parece. La ciencia no son los científicos. La geometría no es Euclides, la física no es Newton, la química no es Lavoisier, etc. Ni siquiera son los científicos “de puertas afuera” porque una cosa es lo que hacen y otra lo que dicen. Parece fácil de entender, pero la mayor parte de las veces se olvida.

Pasteur, el fundador de la medicina moderna, es un ejemplo. Decía una cosa y hacía otra. Una cosa es lo que publicaba y otra lo que guardaba en su cajón. Durante casi cien años, hasta 1995 conocimos sólo lo primero; desde entonces conocemos también lo segundo, sus apuntes privados. Como tantos otros oportunistas, Pasteur escribía para la adulación del momento, para la subvención gubernamental y para la prensa. Como los militares, también los científicos quieren “hacer carrera”, aunque no sepan a dónde van.

Con la colaboración de la prensa, Pasteur fue de los primeros que convirtió a la ciencia en un carnaval ridículo. Creó una aureola a su alrededor, se rodeó de buenos contactos políticos y todo eso se tradujo en dinero. Puso las probetas al lado de los libros de contabilidad. Su laboratorio llegó a conseguir el 10 por ciento de las subvenciones del gobierno francés. Luego se convirtió en la multinacional Sanofi-Pasteur.

Con las vacunas, Pasteur convirtió la salud en un negocio. Algunos dicen que ha sido el gran avance de la medicina moderna, a la que califican como “científica”. Desde luego que los capitales más rentables del mundo tienen relación con ello. Posiblemente también tengan relación con que Pasteur haya pasado a los libros de historia como el prototipo del científico por antonomasia, una leyenda para consumo de mitómanos. Su nombre está en los hospitales, las academias, los centros de investigación y los colegios de todo el mundo.

En unos cuadernos Pasteur fue anotando sus hipótesis, las sustancias que utilizaba y los resultados de sus experimentos, los reales, los de verdad, no los que luego vendía a la prensa. Como un iceberg, la ciencia de Pasteur escondía más de lo que siempre apareció en público. A su muerte dejó 102 colecciones de notas que durante casi un siglo los investigadores no podieron consultar. Estaba prohibido. La ciencia ha estado bajo una estricta censura.

Por ejemplo, en su guerra particular contra Pouchet por desmontar la teoría de la generación espontánea, Pasteur guardó en su cajón el 90 por ciento de los resultados obtenidos en sus experimentos. ¿Qué escondían esos apuntes?

El investigador estadounidenses Gerald L. Geison los estudió, encontrando numerosas fraudes en las obras publicadas. Algunos de ellos conciernen a la verdadera paternidad de sus descubrimientos. Pasteur se aprovechó abiertamente del trabajo de sus colegas. Con total impunidad proclamó como suyos éxitos que pertenecen a otros.

Sus experimentos sobre la generación espontánea se basan en principios que se conocían desde hacía un siglo. Pasteur se interesó por la asimetría molecular y la fermentación cuando los estudios sobre el tema ya estaban muy avanzados. Por último, las vacunaciones son un descubrimiento originario de Oriente. Luego Edward Jenner, al que nunca admitieron en el Colegio de Médicos de Londres, las impulsó a finales del siglo XVIII. Sin embargo, los libros siguen asociando esos descubrimientos a Pasteur.

La primera vacuna contra la rabia la diseñó Victor Galtier, profesor de veterinaria en Lyon, el 25 de agosto de 1879. Se trataba de prevenir la rabia mediante una atenuación bacteriana in vitro que, a su vez, tomó de Pierre Henri Duboué.

No cabe duda de que Pasteur ensayó la vacuna contra la rabia en 50 perros rabiosos, con resultados concluyentes. Sin embargo, su experimento estrella de vacunación, el que le hizo famoso, no fue en un perro sino en un niño llamado Meister a quien utilizó como cobaya para experimentar una nueva versión de la vacuna que no se había probado antes en animales. El niño había sido mordido por un perro y se temía que pudiera contraer la rabia. Todo acabó felizmente y la prensa aireó que la vacuna había sido otro éxito de Pasteur. En efecto, hubiera sido posible contabilizarlo de esa manera si se supiera que el perro responsable de la mordedura tenía la rabia… Pero no es así.

Después de sus exitosas pruebas iniciales en el hombre, su vacuna se hizo famosa y la gente se vacunó en masa como si los perros se dedicaran a morder a las personas y como si todos ellos padecieran la rabia; cada “cura” se consideró como una prueba de la eficacia de esta vacuna.

En un experimento social de esa magnitud se conocieron experiencias de todo tipo. Una de ellas fue luctuosa: la muerte en 1886 del niño Jules Rouyer 24 días después de la inyección de la vacuna. El padre de la víctima presentó una querella contra Pasteur. Se practicó una autopsia para determinar la causa de la muerte. André Loir, sobrino y antiguo asistente de Pasteur, contó que un colaborador muy cercano al científico, Emile Roux, fue el encargado de hacer un primer informe. Se inoculó un extracto del bulbo raquídeo del niño a los conejos, que a continuación desarrollaron la rabia. Sin embargo, no dio a conocer esos resultados incriminatorios para Pasteur. A un forense, Paul Brouardel, le encargaron verificar las declaraciones de Roux. Ante el dilema, tomó partido por Pasteur: “Si yo no tomo posición en su favor, es un retroceso inmediato de cincuenta años en la evolución de la ciencia, ¡hay que evitarlo!». Afirmó que el niño no había muerto de rabia.

El fraude no sería posible, ni en la ciencia ni en los tribunales, sin ese tipo de cómplices que actúan por lo que ellos consideran como el bien de la ciencia, de la humanidad y del progreso. El caso del niño Ruyer no fue el único. También otros murieron antes de que la vacuna fuera prohibida, pero ya entonces la “ciencia” tenía buenos relaciones públicas. Los éxitos se airean y los fracasos se esconden debajo del felpudo.

A finales de la década de 1890, otro joven murió con síntomas atípicos: se trataba de una rabia humana con síntomas de la rabia del conejo; a esta enfermedad se la llamó rabia del laboratorio o incluso rabia Pasteur, ya que el científico francés hacía sus vacunas a partir de virus tomados de la médula de los conejos. En 1908 se abandonó el tratamiento en todo el mundo en favor de la vacuna fénica de Fermi, excepto en Francia, donde los estudios de Lépine y Sautter de 1937 demostraron que las vacunas fénicas protegen a los conejos en una proporción del 77,7 por ciento, mientras que el método de Pasteur protege en un 35 por ciento. La vacuna de Pasteur no se prohibió totalmente hasta 1973.

La vacuna contra el carbunco tampoco fue descubierta por Pasteur. Cuando aún no había logrado preparar ninguna vacuna propia, Henri Toussaint, profesor de la Universidad de Toulouse, desarrolló nada menos que tres preparados distintos. Pasteur no reconoció los descubrimientos de Toussaint públicamente, sosteniendo que una vacuna debía fundamentarse en la muerte de la bacteria, no en la atenuación de su virulencia. Sin embargo, intentó un procedimiento de atenuación mediante el aire, por la acción del oxí­geno y la temperatura, aunque privadamente en una carta a Roux de 17 de agosto de 1881 le confesaba que estaba experimentando con el procedimiento de Toussaint, comprobando que éste era más eficaz, por lo que fue el que utilizó en el experimento, si bien hizo creer que había utilizado el suyo propio, tal y como había anunciado en sus artículos “científicos” previos.

Dicha vacuna tampoco fue ningún éxito, hasta el punto de que se acabó prohibiendo su inoculación a los seres humanos.

Algunos de los fundamentos de la medicina moderna están basados en fraudes científicos como los de Pasteur y en que determinados “hechos” no son los que se enseñan en las facultades universitarias, ni los que llenan las portadas de los periódicos.

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Ciencia Opinión

El arte de debatir

Uno de los más grandes genios que ha conocido la humanidad, Leibniz, decía que la lógica es el arte de debatir. Para Leibniz la lógica era tanto la lógica llamada “formal” como la lógica dialéctica pero, sobre todo, para Leibniz la lógica es el conocimiento mismo, cualquier clase de conocimiento científico. Dialéctica y debate son términos sinónimos. Donde no hay debate no hay ciencia. Por consiguiente, cuando alguien afirma que hay algo por encima del debate, algo indiscutible, está fuera de la ciencia por un motivo elemental: porque no sabe dónde está el debate, porque no lo encuentra. Los grandes científicos se diferencian de los pequeños porque hacen discutible lo indiscutible. Plantean preguntas que otros no saben formular y ven dudas donde otros se aferran a certezas absolutas.

Hasta tal punto el conocimiento es dialéctica que, incluso en su forma, los más grandes pensadores, como el propio Leibniz, expusieron su pensamiento de esa manera: como un diálogo. Es el caso de la obra maestra de Galileo “Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo” que parece más bien una obra de teatro que un libro rupturista en la historia de la física. Pues bien, en su estudio Galileo expresa el punto de vista de la ciencia en medio de otros puntos de vista que no sólo son diferentes, sino incluso opuestos. La ciencia es, pues, como todo, oposición de contrarios. A toda tesis le sigue una antítesis y luego una síntesis.

Como ejemplo de tesis científica hoy “fuera de toda duda” en la química se puede poner la ley de Avogadro que demostró de manera rotunda, siglos después, el carácter científico del atomismo y, por lo tanto, del materialismo de Demócrito, de Epicuro, de Newton, de Dalton y de tantos otros. Al mismo tiempo pareció que las tesis anti-atomistas de Leibniz eran falsas, de donde alguien podría estar tentado de acusar a Leibniz de no ser un científico o algo peor: de apelar a la Inquisición, a la censura o a la hoguera.

Ahora bien, la ley de Avogadro y todos y cada uno de los principios científicos que se sustentan sobre el atomismo, como la mecánica estadística de Boltzmann, tienen las limitaciones propias de su origen, del atomismo. El problema es que la formación actual de un científico es tan sumamente deficiente que no las conoce porque no sabe lo que es el atomismo. Lo da por sentado y por sabido, de tal manera que cuando alguien lo pone en duda, aunque sea el mismísimo Leibniz, empieza a largar la retahíla de insultos propios de la ignorancia contemporánea: magufería, conspiracionismo, superchería, seudociencia…

Lo que digo respecto de la ley de Avogadro lo repito respecto de cualquier otro concepto científico que por manoseado, repetido y utilizado hasta la saciedad se ha convertido en tan familiar que nadie lo pone en duda, y ese es justamente el momento en el que empieza la mistificación que convierte en absoluto (en una verdad absoluta) algo que sólo es relativo (una verdad relativa). En esa frontera imperceptible es donde se acaba la ciencia y empieza la ideología. Es el punto en el que se borran los límites que toda tesis científica tiene de manera inherente.

A partir de ese punto la ideología convierte un postulado científico en un mito, en eso que Marx y Engels calificaban como “ideología dominante”, que parece adquirir vida propia, por sí misma: no es algo que deba ser demostrado cuantas veces sea necesario, cuantas veces alguien lo ponga en duda. Entonces aparece esa referencia imprecisa que confunde a la ciencia de verdad, objetiva, con su aspecto subjetivo, la “comunidad científica”, lo que todos o casi todos los científicos aceptan, o admiten, o lo que se publica, o lo que se publica en Estados Unidos, es decir, una concepción del saber que, además de subjetivista, es convencionalista: hoy la ciencia es lo que los científicos dicen que es (y mañana dios dirá).

Dejaré aparcado ese feo asunto para referirme a otro aspecto que toda ideología dominante pone siempre de manifiesto por el hecho de serlo, es decir, por el hecho de dominar: los debates no son simétricos, las dos partes no están en el mismo plano porque una de ellas se atribuye a sí misma la representación de la ciencia y los demás no sólo dicen bobadas sino algo peor: no demuestran lo que dicen. Por su parte, ellos lo tienen todo ya demostrado. Como en cualquier mercado capitalista actual, también en la ciencia quienes sostienen la posición dominante actúan como los monopolios: abusan de su posición dominante, lo cual les conduce -en definitiva- a negar la existencia del contrario. No sólo no quieren abrir un debate sino que tratan de impedirlo con todas sus fuerzas. Por si no se dan cuenta de ello, les diré que esa actitud siempre se ha llamado censura, que ha sido, es y será siempre enemiga jurada de la ciencia.

Llegados hasta aquí hay que volver a abandonar este asunto a medias, porque no es posible abordar ahora una teoría de la demostración científica, o de lo que los marxistas califican como “práctica”. Me lo reservaré para un momento posterior.

Lo que quiero poner de manifiesto es que la ciencia avanza en lucha contra la ideología dominante, es decir, que a medida que el conocimiento progresa, el universo de certezas, de teorías absolutas, exactas y perfectas se desmorona y aparecen al desnudo como lo que son: ideología. Entonces lo que es mayoritario (“la comunidad científica”) se convierte en minoritario, y al revés.

El enconamiento que suele acompañar a estas disputas me obliga también a una precisión, que en cualquier otra circunstancia resultaría superflua. En los debates asimétricos, frente a la posición mayoritaria, los demás no suelen formar un bloque sino grupos diversos y dispersos. Por lo tanto, no basta criticar a uno o algunos de ellos para meterlos todos en el mismo saco y así ridiculizarlos más fácilmente. Las triquiñuelas miserables nunca han formado parte del método científico.

Eso tiene también otra consecuencia, que es la fundamental: cuando la ideología dominante se tambalea no es porque las concepciones de todos los demás sean válidas, ni científicas. Lo que se opone a una tesis admitida como científica sólo puede ser una antítesis igualmente científica, y de esa pugna sólo se deduce una única síntesis, que nunca es cualquier mezcolanza de concepciones heterogéneas, sino una unidad articulada de conceptos, definiciones, hipótesis, inferencias y prácticas. Que una corriente minoritaria no tenga las mismas posibilidades que la mayoritaria nunca es excusa para que no se formule con todo el rigor científico que sea posible.

Quizá esa idea se pueda expresar mejor diciendo que la ciencia es un ejercicio de autocrítica. Quien puede criticar una tesis científica no es cualquier otra tesis sino una tesis de la misma naturaleza, esto es, científica. Se me ocurren también otras formulaciones posibles que pueden ayudar a aclarar esta cuestión: cuando alguien critica rigurosamente determinados aspectos de la ciencia, lo que hace no es oponerse a la ciencia; lo que hace también es ciencia y debe tomarse como tal.

Para terminar -por el momento- daré un giro de 180 grados a lo que acabo de decir hasta ahora: los debates y las discusiones a los que son tan aficionados los diletantes y los charlatanes se cierran igual que se abren. Junto a la polémica existe otra cosa que se llama práctica. Los debates se organizan. Cuanto más mejor. Pueden durar una hora, un día, una semana o un mes, pero no se puede estar debatiendo permanentemente. Hay que ir al laboratorio o salir a la calle.

Es comprensible que haya quienes necesiten tenerlo todo claro (“formarse”) antes de hacer nada. Pero es mejor que se queden en casa hasta que se aclaren (que será nunca). A la práctica casi todos vamos con dudas en la cabeza porque es ahí precisamente donde se despejan. Nunca antes, en ningún debate, en ninguna biblioteca.

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Ciencia Salud

La ideología del contagio

Una de las concepciones más extrañas de la medicina es la del contagio, una palabra que procede del latín “contactu” y asegura que las enfermedades se transmiten de unas personas a otras incluso por el simple acercamiento entre ellas. No obstante, la posibilidad de un contagio ha llegado a arraigar de tal forma que está plenamente asumida como normal. No plantea la menor duda. Debo ser de los pocos a los que aquí algo no les cuadra en absoluto.

La teoría del contagio tiene enormes consecuencias políticas, además de médicas, que el Estado (más que los médicos) se encarga de recordarnos a cada paso: cada uno puede hacer consigo lo que quiera, pero hay enfermedades en lo que eso no está permitido porque puedes contagiar tu enfermedad a los demás.

De ahí procede la palabra “viral” que ha pasado a la informática y al lenguaje corriente para referirse a algo que se multiplica o propaga indefinidamente, de boca en boca. Cuando esa expansión se produce, convierten a determinadas enfermedades en “amenazas” que pueden acabar con la humanidad entera o con una parte importante de ella.

Recordar ahora las olas de pánico que han desatado en torno a este tipo de concepciones, cuyo origen es siempre Estados Unidos, resultaría ilustrativo de eso a lo que algunos llaman “ciencia” y del intento de mantener a la humanidad atemorizada de forma permanente, como el lamentable espectáculo de esos asiáticos a los que vemos por las calles con una mascarilla en la boca para no contagiar o contagiarse.

Una vez asimilado que el contagio no sólo es posible sino corriente, es decir, que hay enfermedades que son “muy contagiosas”, se deslizan teorías aún más extrañas según las cuales el origen del contagio puede proceder de animales, como ese origen simiesco atribuido al Sida a causa de las relaciones sexuales de hombres (africanos) con monos o por comer carne de dicho animal.

La teoría del contagio surge en la medicina renacentista europea como consecuencia de la recepción del platonismo, es decir, del idealismo objetivo mezclado con supersticiones heredadas de la Edad Media, el orfismo y otro tipo de concepciones religiosas más o menos oscurantistas. Lo mismo que en la actualidad, tales concepciones no se presentaban como lo que eran realmente sino como auténtica “ciencia”, que se puso inmediatamente en marcha con la epidemia de sífilis que invadió Europa en el siglo XVI.

Hasta entonces el contagio parecía algo más bien propio de la mística: todo el universo está lleno de vida, incluso las cosas inertes, la vida pasa de unos cuerpos a otros, y entonces la vida se equiparaba al alma como hoy se equipara al ADN. Al morir un cuerpo el alma no muere sino que pasa a otro cuerpo… Lo mismo que decían de la vida o del alma se decía también de las enfermedades, que eran parte de la vida y se transmitían de unos cuerpos a otros, o bien de padres a hijos.

Con la sífilis y con las enfermedades venéreas, en general, el contacto se concretó en algo tan tangible como las prácticas sexuales. Si el sexo no era pecado, por lo menos era un peligro, decían los médicos. La historia de la sífilis a lo largo de 400 años, de lo que los médicos han escrito sobre ella y de los tratamientos que impusieron a los enfermos, demuestran que era peor el remedio de que la enfermedad. Es uno de los capítulos más ilustrativos que se pueden poner acerca del contagio, porque la experiencia es muy dilatada. La sífilis, las enfermedades venéreas y contagiosas y, en especial, la viruela en la América postcolombina, tenían relación directa con el colonialismo rampante de la época, con los cambios bruscos del medio ambiente, con los primeros viajes interoceánicos, el cambio en la alimentación o la imposición de trabajos forzosos a los indígenas.

En la medida en que un enfermo contagioso es un apestado en el sentido más literal de la palabra, el Estado se apoyó en los médicos para imponer medidas coercitivas contra ellos, por su propio bien y por el de todos los demás. En nombre de la “ciencia”, los galenos asumieron el papel de policías: impusieron cuarentenas, crearon leproserías y lazaretos en los puertos para encerrar a los apestados, los identificaron para que no se mezclaran con los demás, los confinaron en islas remotas… cualquier medida represiva se justificaba en nombre del “tratamiento”.

La consecuencia de ello y del pánico artificioso que crearon alrededor fue que un sinfín de enfermedades pasaron a convertirse en contagiosas y un sinfín de enfermos pasaron a convertirse en una especie de delincuentes. Incluso la literatura de todos los países del mundo está repleta de relatos escalofriantes de ese tipo de prácticas. El tiempo y la ciencia, la de verdad, han ido demostrando que la mayor parte de las enfermedades tradicionalmente consideradas como contagiosas, como la lepra, no lo son. Pero no sólo han demostrado la falsedad de todo ese tipo de concepciones médicas sino que han puesto al descubierto los verdaderos motivos que se encubren detrás de la paranoia del contagio, que desembocan directamente en el fascismo, como modelo de lo que debe ser la “higiene social”, la limpieza étnica, la pureza racial y la eliminación pura y simple de los tullidos, deficientes y degenerados.

Pongamos un caso reciente, el de la pelagra, que hace 100 años se consideró como una enfermedad contagiosa e incluso alguno como el “científico” estadounidense Charles Davenport, hoy olvidado, la consideró, además, hereditaria. La pelagra es una enfermedad de los pobres, consecuencia de una alimentación deficiente.

Cuando a comienzos del pasado siglo en Estados Unidos se desató una “epidemia” de pelagra, el gobierno ordenó la típica investigación para encubrir sus causas verdaderas, el hambre y la miseria que padecía el país, y sustituirlas por otras ficticias avaladas por los típicos “expertos” bien subvencionados.

La investigación se llevó a cabo con presos utilizados como cobayas humanas. El origen verdadero de la enfermedad, que ya se sabía de antemano, se confirmó una vez más, pero se mantuvo en secreto durante 20 años mientras se engañaba a las masas con la correspondiente campaña desinformativa de bulos y fábulas en la que participaron toda esa cohorte de “médicos prestigiosos”, profesores universitarios y facultativos. Los clásicos argumentos infecciosos estuvieron acompañados de una manera burda con los raciales, porque los más pobres y los más enfermos de pelagra eran los negros y, por consiguiente, no había que mezclarse con ellos: no tratar con ellos, no hablarles y, sobre todo, no mantener relaciones sexuales con negros.

De la sífilis al virus del Ébola, a lo largo de siglos y hasta el día de hoy, en todo el mundo la ideología del contagio encubre al colonialismo y al imperialismo, encubre la pobreza de millones de seres humanos, encubre el hambre, encubre la explotación brutal de las masas, encubre el racismo, encubre la condiciones miserables de vida, encubre la suciedad de los barrios más humildes, encubre el hacinamiento, encubre la contaminación… La única vacuna que cura esas lacras es el socialismo. No conozco otra.

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Salud

‘En materia de salud pública la verdad no es siempre lo más importante’

A diferencia de las facultades universitarias actuales, imbuidas de ideología anglosajona, el materialismo dialéctico ofrece una ventaja insuperable porque explica los conceptos científicos tal y como son: de una manera histórica. El materialismo dialéctico ha quedado casi como la única corriente que defiende que la historia de la ciencia forma parte de la ciencia misma. Por el contrario, el positivismo está erradicando de las facultades universitarias las disciplinas históricas: historia de la física, historia de la biología, historia de la farmacia, etc. De esta manera la ciencia es como una moda: hay que estar a la última, a lo más reciente, porque lo nuevo incorpora en su seno a lo viejo.

El origen de esta tara es que se ha tomado a la física como la ciencia por antonomasia y la física es una disciplina que ignora una de las categorías fundamentales de cualquier ciencia: el tiempo. Basta leer a Newton para darse cuenta de que apenas menciona al tiempo, a pesar de que el tiempo es una de las magnitudes básicas de la mecánica. Pero hay algo aún peor: en las pocas ocasiones en que Newton se refiere al tiempo, lo hace de una manera errónea, que posteriormente se traslada a la teoría de la relatividad, donde las explicaciones acerca del tiempo están repletas de absurdos: continuo espacio-temporal, la cuarta dimensión, viajes en el tiempo, etc.

A diferencia de la mecánica, el tiempo desempeña un papel primordial en cualquier otro ámbito. Por ejemplo, para las personas el tiempo es su biografía, para las sociedades el tiempo es su historia, para la biología es la teoría de la evolución, e incluso en la geología el tiempo ha llegado a ser una parte integrante de su disciplina. En fin, el tiempo ha inundado las ciencias en una batalla permanente contra la mecánica porque el tiempo es todo lo contrario: dialéctica, movimiento y cambio.

Pero la ciencia no sólo explica los cambios, la evolución y la historia sino que en sí misma es cambiante y, por lo tanto, se debería explicar de esa misma manera: como un desarrollo cambiante de los conceptos, de las teorías y de las corrientes mutuamente enfrentadas que la transforman.

Es posible que haya muchos que crean -erróneamente- que los médicos son los únicos profesionales que estudian las enfermedades. Pero -como todo- las enfermedades son esencialmente historia y los historiadores lo saben bien porque enfermedades conocidas como la “peste negra”, por ejemplo, han desempeñado un papel de cierta relevancia en la historia de las sociedades. Sin embargo, para analizar las enfermedades los historiadores no han mirado por el microscopio en busca de virus o bacterias, sino que han tenido en cuenta factores de otro tipo, como el hambre, el urbanismo, la alimentación, el comercio, la carestía, la meteorología, la agricultura, la ganadería, etc.

Si algún médico tuviera la paciencia de leer un “anticuado” tratado sobre la epidemia de cólera de 1883 en España (1) se llevaría muchas sorpresas. Hoy a un médico le resultaría difícil explicar por qué dicha epidemia afectaba a los barrios pobres y no a los barrios ricos. ¿No es el cuerpo humano igual para todos? Si ya es difícil acudir a una facultad de ciencias económicas y escuchar algo relativo a las clases sociales, en medicina eso es tarea imposible. Como máximo uno puede encontrar algún departamento, convenientemente aislado, en el que estudian “medicina del trabajo” y enfermedades típicas de los mineros, como la silicosis, que no se pueden ocultar. También es posible que encuentre manuales descatalogados, como el de Renzo Ricchi (2), cuidadosamente escondidos.

Pongamos otro ejemplo “histórico”: el carbunco, al que hoy llaman ántrax, una enfermedad que actualmente ha remitido, no por ningún antibiótico ni vacuna, sino por el desarrollo de las fuerzas productivas, la modificación de los sistemas de producción fabriles, la sustitución de la lana como materia prima textil por los productos sintéticos, la fabricación de colchones de muelle o el retroceso de la economía pastoril y ganadera. Es la típica enfermedad que apareció por las fuerzas productivas y desapareció por el mismo motivo.

Antes de que Koch y Pasteur impulsaran la medicina moderna, en Inglaterra la enfermedad de los trabajadores textiles por carbunco promovió en 1880 la promulgación de las normas Bradford para la manipulación de las balas de lana, que exigían tomar precauciones y modificar las condiciones de manipulación de la materia prima (3). En los centros de trabajo donde las normas Bradford se implantaron, los casos de carbunco entre los obreros desaparecieron. Si la desaparición no fue completa, se debió a que hubo capitalistas que no las aplicaron, normalmente porque encarecían o complicaban los procesos productivos en los talleres. En 1921 la Oficina Internacional del Trabajo celebró en Ginebra una reunión sobre el carbunco, de donde surgieron medidas que seguían teniendo relación con las condiciones de trabajo más que con remedios de tipo médico.

A los talibanes de la medicina moderna les gusta asegurar que las vacunas son inocuas y que han salvado muchos millones de vidas. A todos los fantoches les gusta presumir de lo que carecen. Hablan de sus éxitos y no de sus fracasos. La historia dice algo bien distinto. Por ejemplo, el carbunco del que acabo de hablar es también una enfermedad de las ovejas. A medida que se empezó a vacunar al ganado contra el carbunco, las quejas de los ganaderos se amontonaron sobre la mesa de Pasteur:

“Las ovejas morían de carbunco; pero no de la enfermedad natural adquirida en los campos contaminados, sino de carbunco producido por las mismas vacunas que debían salvarlas. De otros lugares llegaban también noticias alarmantes: las vacunas que habían costado tanto dinero, no surtían efecto; ganaderos que después de vacunar rebaños enteros se habían acostado dando gracias a Dios por la existencia de Pasteur, una mañana encontraban los campos cubiertos de ovejas muertas; ovejas que debiendo quedar inmunizadas, habían muerto víctima de las esporas de carbunco escondidas en los pastizales. Pasteur empezó a odiar las cartas; hubiera querido taparse los oídos para no percibir los comentarios irónicos que por por todas partes surgían y, por último, sucedió lo peor que podía suceder: aquel alemán molesto Koch, publicó un informe científico, frío y terriblemente exacto, en que dejó comprobado que la vacuna anticarbuncosa no tenía ningún valor práctico” (4).

Si cambiamos de tercio y en lugar de ovejas empezamos a hablar de personas, el relato puede llegar a ser espeluznante y resulta verdaderamente repugnante que nadie hable de ello en una facultad universitaria, e incluso que los ignorantes hagan alarde de su estulticia.

La vacuna contra el carbunco resultaba tan peligrosa que algunos paí­ses restringieron su utilización sólo para el ganado. Aunque posteriormente fue mejorada, es decir, lograron que fuera menos dañina, la vacuna siempre fue un fracaso, si bien “en este terreno la verdad no es siempre lo más importante”, dice cínicamente Kruif. Gracias a que, incluso en materia de salud pública, la verdad no es lo más importante, la vacunación contra el carbunco se impuso por decreto en varios países y Pasteur guardó silencio porque el volumen de negocio crecía de manera espectacular. Entonces dejó de ser una cuestión veterinaria para transformarse en economía y en política: capitalismo en estado puro.

Pero para enterarse de ello hay que hacer algo que en las facultades de veterinaria tampoco enseñan: leer viejos artículos de revistas descatalogadas. Es otra sorprendente faena porque es posible que más de uno vea clases y lucha de clases hasta en la veterinaria, en el ganado. Sencillamente alucinante.

(1) Philip Hauser: Estudios epidemiológicos relativos a la etiología y profilaxis del cólera, Madrid, 1887.
(2) La muerte obrera. Investigación sobre los homicidios blancos y los accidentes de trabajo, Madrid, 1981.
(3) P.W.J.Bartrip: The Home Office and the dangerous trades. Regulating occupational disease in victorian and edwardian britain, Nueva York; Chris Holmes: Spores, plagues and history. The story of anthrax, Durban, Texas, 2003.
(4) Paul de Kruif: Cazadores de microbios, México, 2010, pg.161.

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Salud

A ignorancia dos virus

Un artículo de la doctora Iria Veiga sobre el reciente caso de difteria que mantiene gravemente enfermo a un niño en Olot, Girona (*), tiene la pretensión de ser “de izquierdas”, materialista y científico para defender las políticas convencionales de salud pública, favorables a la vacunación, frente a las corrientes que, además de minoritarias, son acientíficas. Los unos exponen “datos ciertos”, mientras que los otros engañan, mienten u ocultan.De la lectura de su artículo deduzco que la doctora y yo tenemos dos concepciones opuestas de lo que es el materialismo y la ciencia, e incluso que los datos que para ella son ciertos, no lo son para mí, no son tan ciertos o bien faltan datos. Por lo tanto, creo que existe un nivel de incertidumbre que, sobre todo si se trata de la salud de los niños, debería llevarnos a tener un poco más de precaución, que yo no veo en esos para los cuales la medicina y la ciencia son ese corpus cerrado de conocimientos que enseñan en las universidades y que han acabado en forma de leyes, decretos y órdenes ministeriales aprobados por razones que no siempre tienen que ver con la ciencia sino con otro tipo de consideraciones, como las económicas y las políticas.

Si nos preocupamos por la salud de las masas y exigimos del Estado una atención médica gratuita y generalizada, necesariamente hemos de poner sobre la mesa uno de esos “datos ciertos” del que nadie quiere hablar, a saber, que una de las causas de mortalidad más importantes en los tiempos recientes son los tratamientos médicos y las medicinas. Por lo tanto, personalmente exijo que los médicos tengan precaución con aquellos a quienes atienden y también advierto a las masas que tengan cuidado con los médicos, con las medicinas y con los sistemas de salud canonizados jurídicamente.

De aquí deduzco que el responsable de la salud es siempre uno mismo y que el médico es un auxiliar que nos debe ayudar a que cuidemos de ella con su experiencia y sus conocimientos especializados. Ese principio choca con una de las taras que la medicina moderna pone de manifiesto a cada paso: que no se trata de curar enfermedades sino enfermos, y nadie se conoce mejor a sí mismo que el propio interesado.

Que nuestro mejor médico somos nosotros mismos tiene, además, otro significado adicional cuando tratamos con enfermedades como la difteria: cada ser humano lleva consigo un sistema inmunitario que le protege de las enfermedades o las remedia una vez que se manifiestan. En determinadas circunstancias el cuerpo humano no necesita ir al garaje a que lo reparen porque es capaz de cuidar de sí mismo. En otras, ciertamente, no queda más remedio.

Además de científica y materialista, la medicina es, como cualquier otra disciplina, dialéctica ya que, especialmente en enfermedades como la difteria, es una contradicción entre dos elementos opuestos, como son el antígeno (virus, bacterias) y el anticuerpo (defensas naturales del organismo). Pues bien, desde hace un siglo la medicina viene poniendo el acento unilateralmente en uno de los aspectos del problema (virus, bacterias) descuidando el otro, a pesar de que habla continuamente de “inmunización”.

¿Qué ocurre para que el cuerpo humano deje de ser inmune y haya que inmunizarlo de manera artificial? Que las prácticas de la medicina moderna, como el consumo delirante de antibióticos, muestran una obsesión por virus y bacterias, contribuyendo al desequilibro y la destrucción del sistema inmune. Esas prácticas médicas son consistentes con el capitalismo en todos los sentidos posibles, especialmente en el de que encubren el verdadero origen de eso que llaman enfermedades “contagiosas”, que no está en la naturaleza (o no está sólo en ella) sino en la sociedad.

Es una tradición que el movimiento obrero ha perdido. Cuando hace 100 años se convocó en París un congreso médico internacional para tratar la tuberculosis, la CGT francesa (que entonces era anarco-sindicalista) convocó otro paralelo para denunciar al oficial y sostener que el remedio a la tuberculosis no era médico sino económico y político. Además de mirar al microscopio, en determinadas enfermedades la medicina tiene que mirar otros aspectos de la salud: ¿come adecuadamente el enfermo?, ¿qué bebe?, ¿está el agua contaminada?, ¿qué drogas consume?, ¿qué cantidad?, ¿donde vive?, ¿se trata de casas llenas de humedad?, ¿de ratas?, ¿de parásitos?, ¿qué aire respira?, ¿tiene hábitos higiénicos?, ¿vive junto a una fábrica contaminante?, ¿que trabajo desempeña?, ¿cuántas horas trabaja?, ¿en qué condiciones?

Hay muchas preguntas, además de si los padres deben vacunar (obligatoriamente) a sus hijos, o no. En la experiencia milenaria de la medicina hay muchos “datos ciertos” que las facultades universitarias no quieren poner sobre la mesa, quizá para que concentremos nuestra atención sobre otros. No entiendo que en el título de su artículo, tanto en gallego como en castellano, la doctora Iria Veiga hable de virus para tratar una enfermedad que -según aseguran los manuales- está causada por una bacteria. No entiendo que si es así, si la bacteria causa la enfermedad, haya personas que tienen la causa (la bacteria) pero no tienen el efecto (la enfermedad). No entiendo que si es una enfermedad que se contagia, sea un caso único, es decir, no se haya contagiado. No entiendo por qué hay que tratar a una persona sana, es decir, vacunarla, para evitar una hipótesis: que caiga enferma. No entiendo que si las vacunas inmunizan, haya que “reforzarlas” o “recordarlas” con más vacunas periódicamente. No entiendo que las vacunaciones se deban imponer, además, de manera obligatoria, para posibles enfermedades que, como la difteria, casi han desaparecido. No entiendo que la medicina moderna nos pretenda hacer creer que dicha desaparición es consecuencia de las vacunas y no de la lucha del movimiento obrero por mejorar sus condiciones de vida y de trabajo.

A mi lo que me preocupa es que la doctora afirme que “los virus y las bacterias son seres vivos con los que compartimos medio” porque eso no es ni materialista ni científico. Hoy la ciencia no es unánime al afirmar que los virus sean precisamente seres “vivos”. Mas bien el origen semántico de la palabra (del latín, veneno, tóxico) conduce a lo contrario: a suponer que los virus son sustancias inertes. Hoy la ciencia tampoco afirma que “compartimos medio” con los virus y bacterias. Lo que asegura es que somos virus y bacterias evolucionados, que tenemos en nuestro interior más virus y bacterias que células, o sea, que el medio somos nosotros. Asegura también que los mismos no son patógenos (normalmente) y que, por consiguiente, la paranoia de la medicina moderna contra los virus y bacterias procede de un grave error que lastra sus propios fundamentos.

La propia doctora incurre en dicho error cuando afirma que los virus y bacterias “no van a desaparecer únicamente por una mejor higiene y alimentación”. Pero con excepción de la medicina moderna, nadie en su sano juicio pretende tal desaparición, entre otras razones porque es imposible. No hay más que recordar el bofetón de realismo propinado por la “resistencia antibacteriana” a ese tipo de “científicos” que querían acabar con ellas. Es la vieja historia del cazador cazado: no es la “ciencia” la que ha acabado con las bacterias sino las bacterias las que han acabado con esa “ciencia”.

Así que, en efecto, como escribe Veiga: “no tiremos piedras contra nuestros propios tejados de clase”. Entre los motivos del descenso de la mortalidad de las clases populares en el siglo XX no está la vacunación, ni esos sedicentes “avances” de la medicina moderna, sino la lucha de clases, el tratamiento de las aguas, como bien reconoce la doctora, la reducción de la jornada de trabajo, los descansos semanales y las vacaciones, la mejora en la alimentación, la edificación de viviendas confortables, la instalación de duchas y baños, las reformas en los barrios obreros, la reducción del alcoholismo y un sinfín de mejoras que hace muchos años que -por desgracia- tenemos olvidadas.

Dado que todas esas mejoras en las condiciones de vida y trabajo de los obreros están en trance de liquidación, no cabe duda alguna: volverán de nuevo las enfermedades “contagiosas”, las plagas y las pestes, y con ellas volverán a imponer vacunaciones masivas para ocultar los verdaderos motivos de su reaparición, todo ello en medio de una histeria masiva promovida por los medios de comunicación, como hemos visto con el virus del Ébola.

Ya sólo queda explicar cómo es posible que un conjunto de hipótesis erróneas haya seducido a “la inmensa mayoría de la comunidad científica”. Quizá sea debido que, como dice también Veiga, “no existe debate científico en torno a la vacunación”, ni tampoco sobre la “teoría de la evolución”. Es que no hay debate científico sobre nada. Así les luce el pelo.

(*) O virus da ignorancia, http://www.sermosgaliza.gal/opinion/iria-veiga/virus-da-ignorancia/20150607012123038044.html

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Opinión

El nuevo ciclo, el viejo y toda la vida igual

Leemos y escuchamos tantas veces, especialmente a Otegi y luego a Errejón, que ha empezado un nuevo ciclo que nos hemos planteado: ¿en qué se diferencia del anterior? Como nunca nos lo explican, hemos llegado a la conclusión de que estamos entendiendo mal: lo que ha empezado es un nuevo circo, con nuevos números, nuevas atracciones, nuevos payasos y trapecistas. Si fuera el circo de toda la vida resultaría aburrido a más no poder. Para que el público que ya ha visto la actuación vuelva a pasar por caja siempre hay que cambiar algo. Los pequeños cambios previenen los grandes, los necesarios y los imprescindibles. Las nuevas atracciones son propias de quienes quieren que el circo siga siendo el mismo circo, el de siempre.

Para llevar la contraria, aquí empezaremos a hablar no de las nuevas atracciones sino del circo mismo, de toda esa banda a la que llaman “clase política”, que son más de lo mismo, la de toda la vida, un compendio de caciques provincianos, cotillas, garrulos, zafios, ramplones, mediocres y… no podemos seguir en esta línea porque, es tal el desprecio que nos transmiten, que agotaríamos los insultos del diccionario y acabaríamos en los juzgados.

Cuando vemos y oímos a personajes como Rajoy, Aznar, Pedro Sánchez, Cayo Lara, Rita Barberá y demás miembros de “la casta”, entendemos mejor a aquellos personajes fatuos y grotescos de la Restauración que en tiempos del franquismo se convirtieron en oscuros y sucios burócratas, absorbidos por el día a día y la rutina de estar sentados todos los días en una oficina llena de legajos.

Para encontrar un prototipo del político español basta abrir el callejero de Madrid y tomar un nombre al azar: Romero Robledo, por ejemplo, ministro de la Gobernación (Interior) durante la Restauración, presidente de las Cortes… en fin un señorito andaluz que jamás conoció otro oficio que ese, el de político. Como ministro del ramo, Romero Robledo no inventó el pucherazo sino que lo elevó a la categoría de arte electoral. Como en aquella época no había urnas se utilizaban pucheros y al acabar la jornada electoral se volcaba el contenido de las papeletas que, por casualidad, siempre caían del mismo lado: el que desde Madrid ordenaba aquel ministro.

De ahí procede la palabra, auténtica sabiduría popular que conserva la memoria histórica mejor que los archivos, de donde han desaparecido los documentos y cartas relativos a las manipulaciones de Romero Robledo, quien ha pasado a la historia, por cierto, con el nombre sarcástico de “El Gran Elector”. Lo mandó quemar todo, pero eran tantos los papeles que no pudo borrar el rastro de sus manejos por completo.

En aquella época los apaños electorales eran curiosos. Algunos diputados salieron elegidos por una circunscripción en la que no se habían presentado. ¿Qué más da? ¿No quería Usted ser diputado? ¿Qué importancia tiene que lo sea por Segovia y no por Córdoba? En un país dominado por la superficialidad todo da lo mismo. ¿No quería Usted ser diputado? ¿Qué importancia tiene que lo sea por el partido conservador o por el liberal? Entonces si no te gustaba un partido te pasabas al otro, como hizo el propio Romero Robledo varias veces. O creabas el tuyo propio. Más allá del nombre era difícil encontrar la diferencia entre unos y otros.

Es lo mismo que comentó Adolfo Suárez, cuando le cesaron de uno de los cargos que ocupó bajo el franquismo. Quería ser ministro de algo. ¿De qué? Da lo mismo. Lo importante era ser ministro.

La superficialidad política tiene cosas singulares. Lo mismo que hoy, también la Restauración procedía de un golpe de Estado. Montado en su caballo, con el sable en la mano, en 1874 el general Pavía introdujo a las tropas en Las Cortes para acabar con la Primera República. Pero eso nunca importó nada a los diputados que vinieron después. Todo era normal. A nadie se le ocurrió impugnar la legitimidad de aquel régimen político en el que medraron personajes como Romero Robledo.

Cuentan los cronistas que cierto día Romero Robledo empezó a discutir con un conocido catedrático (y parlamentario a la vez) en los pasillos del Congreso y le dijo: “En efecto, Usted es una persona extraordinaria, pero yo soy aún más extraordinario que Usted; para discurrir Usted necesita el apoyo de los libros y las bibliotecas, y yo no los necesito; si Usted hubiera sido andaluz, se hubiera Usted aburrido mucho en el mundo, y yo, en cambio, lo habría pasado muy bien”.

Era característico de la clase dominante de aquella época. Romero Robledo presumía de tener una casa muy grande en Madrid, tanto como de que en ella no había libro alguno. No necesitaba ningún tipo de información para hablar durante horas en el Congreso. A pesar de ello, como los demás fantoches, acumulaba títulos, como el de presidente de la Academia de Jurisprudencia y Legislación, Presidente del Círculo de Bellas Artes o académico de la de Ciencias Morales y Políticas. En fin, Romero Robledo impartía lecciones de moralidad y acumulaba títulos al mismo ritmo que vaciaba su cabeza.

Como buen ministro del Interior, para apañar las elecciones y otras tareas propias del cargo, tenía una tropa legal y otra paralela. Entonces la llamaban “la partida de la porra”. La integraban los peores sujetos reclutados de los bajos fondos de Madrid, la “manolería”. Las altas esferas (marqueses, políticos, financieros) se mezclaban así con las más bajas (cesantes, quinquis, rufianes). El jefe era el ministro, pero el dinero lo ponía el Duque de Sesto. Muchas páginas se han escrito sobre la unidad dialéctica del palo y la zanahoria, y bastantes coinciden en Romero Robledo. Donde no llegaba el pucherazo, el enchufe y la recomendación, llegaba la intimidación.

Antes de la Restauración, durante el reinado de Amadeo de Saboya, a pesar de su juventud, Romero Robledo ya fue subsecretario de Gobernación en el Ministerio de Sagasta. Estuvo, pues, entre quienes prohibieron la Primera Internacional por decreto. Eran sujetos de esa calaña, profundamente inmorales, los que calificaban de “inmoral” al movimiento obrero, que entonces era tanto como decir “terrorista”. También era todo normal, lógico, de cajón, propio de quienes han hecho de “la política“ su profesión y han logrado que los demás, la inmensa mayoría, aborrezca esa “política“. Lo peor de todo es que no conocen otra. Todo les parece más de lo mismo. Incluidos nosotros.

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La revolución burguesa en España

Juan Manuel Olarieta
En relación con un artículo anterior me pregunta un lector por la revolución burguesa en España en los mismos términos que Hamlet: ¿ser o no ser?, ¿hubo o no hubo revolución burguesa en España? Solamente el hecho de formularla de esta manera, es decir, de forma errónea, conduce a la imposibilidad de dar una respuesta.

Añade además dicho lector que se trata de una cuestión debatida. Es completamente lógico: un asunto mal planteado da lugar a debates interminables. Pero yo también tengo una pregunta: ¿en dónde se plantean ese tipo de debates? La respuesta es: en la universidad. Se trata de un planteamiento característico de los pocos profesores que aún alardean de marxismo en las aulas.

El núcleo de ese debate universitario se introdujo mal en España porque lo introdujo el revisionismo, es decir, el PCE en los años sesenta en el contexto de la disputa que tuvieron Claudín y Semprún contra el carrillismo. La característica fundamental de aquel planteamiento es que unos revisionistas (Claudín y Semprún) se pelearon con otros (Carrillo).

Inmediatamente después el debate pasó a los primeros núcleos que se empezaron a escindir del PCE en nombre del marxismo-leninismo y de la lucha contra el revisionismo, pero pasó en los mismos términos en los que se había planteado dentro del PCE, es decir, mal, sazonado por lo que es (y sigue siendo) típico de esos grupos, que es la sustitución de la historia y de la realidad por las frases y las citas de los clásicos traídas por los pelos.

El debate sobre la revolución burguesa en España no sólo polariza las conclusiones de unos y otros sino que se plantea de maneras bastante distintas porque es un asunto que también ha preocupado a la intelectualidad burguesa y por eso ha adquirido tintes abstractos, tales como el secular atraso de España, en referencia al escaso desarrollo económico, que a su vez quiere referirse al escaso desarrollo capitalista, es decir, a la naturaleza semifeudal y a la transición del feudalismo al capitalismo. En ocasiones ese debate se ha planteado para justificar la incorporación de España a Europa, para “modernizar” el Estado (el Estado burgués), o para imponer la cultura (burguesa) europea, o la ciencia, o la filosofía…

El atraso económico ha producido aquí una abundante literatura histórica y económica, especialmente en lo referente al problema de la tierra y la reforma agraria, un asunto que ahora está bastante olvidado, no porque se haya resuelto en los libros sino porque la realidad ha saltado por encima.

En algunos círculos marxistas-leninistas las referencias al atraso adoptaron la forma de un debate sobre la naturaleza “colonial” o dependiente de España respecto a Estados Unidos, o Alemania más recientemente. Entonces y ahora un planteamiento colonialista del debate conducía a encubrir el reformismo con unos tintes que aparentaban ser radicales (tercermundistas) pero que conducen al nacionalismo burgués más estrecho, como es evidente en Galicia, donde algún grupo se aferra a la dependencia “colonial” de aquella nacionalidad (respecto a España) para justificar sus aberrantes posiciones políticas.

Detrás de aquel debate lo que los marxistas necesitaban era justificar una determinada línea política de claudicación ante el fascismo, y cuando me refiero a los marxistas hablo tanto del PCE como de quienes se salieron de él en nombre de la lucha contra sus posiciones revisionistas. A su vez, la claudicación adopta la forma de una supuesta necesidad de recorrer una “etapa intermedia” previa a la construcción del socialismo.

La claudicación aparece con claridad si acudimos al planteamiento que hizo Carrillo de aquel debate con Claudín y Semprún. Aquellos dos fugitivos sostenían que en los años sesenta España ya era una país capitalista desarrollado, lo cual era cierto. Pero a partir de ahí ellos utilizaban esa tesis para defender lo que todos los revisionistas (entonces y ahora) vienen asegurando en España: que el desarrollo del capitalismo conduce a la democracia (burguesa) y, por lo tanto, de forma mecánica, el fascismo caería por su propio peso (por sus “contradicciones” o sus propias fuerzas internas) y se reconvertiría en democracia sin necesidad de ruptura. Por consiguiente, el PCE debía “apoyar las reformas en el interior del régimen” (1).

Si alguien hoy lee eso pensará inmediatamente que es -cabalmente- lo que hizo el PCE durante la transición. Pero esa era la tesis de Claudín y Semprún, mientras que Carrillo decía otra cosa diferente: que la desaparición del franquismo no podía ser el resultado de un proceso interno. “De ninguna forma”, añadía. La conclusión es que, como siempre, Carrillo decía una cosa y hacía otra. Criticó a Claudín y Semprún para acabar llevando a cabo exactamente la misma línea que estos preconizaron una década antes. Pero el caso es que todos ellos (Claudín, Semprún y Carrillo) acabaron sus vidas dentro del PSOE. La diferencia es que Claudín y Semprún se adelantaron a su tiempo. Eran más reformistas que los reformistas.

En un planteamiento mínimamente serio de la revolución burguesa en España la historia debería estar en el primer plano, lo cual desborda las pretensiones de este artículo. Me debo limitar a desfacer entuertos, para lo que Lenin siempre viene bien, ya que su invocación demuestra que todo este tipo de aberraciones ya existían hace cien años dentro del movimiento obrero.

En los universitarios es muy corriente imaginar que una revolución es un acto único y ese tipo de automatismos es lo que buscan en la historia, algo del tipo del asalto a la Bastilla o al Palacio de Invierno que deje claro que hasta ese día España era un país feudal y a la mañana siguiente se despertó capitalista y burgués. Lenin ya dejó claro que eso es un error: la revolución no es “un acto único” sino “una sucesión rápida de explosiones, más o menos violentas, alternando con periodos de calma, más o menos profunda” (2). Los seres humanos medimos esos periodos históricos con la vara de nuestra propia existencia, que es efímera y está lastrada, además, por nuestra impaciencia: nos gustaría ver una revolución socialista, con lo cual estamos diciendo que ahora mismo no asistimos a una revolución en ciernes. No la vemos por ninguna parte (o no queremos verla). Seamos claros: lo que nos gustaría ver es la parte bonita de la historia, la culminación de nuestros esfuerzos. Pero el esfuerzo mismo nos desagrada porque no somos capaces de ver su importancia (lo cual no es más que un síntoma de nuestra propia torpeza).

Si ninguna revolución (ni la burguesa, ni la proletaria) es un acto sino un proceso significa que hay un periodo de tiempo en el que un país pasa de una a otra, del feudalismo al capitalismo y que, durante dicho proceso, adopta formas intermedias, que son las que plantean más dudas porque el debate exige que nos pronunciemos sobre si la botella está medio llena o medio vacía. Pero el marxismo es otra cosa. Una demostración de marxismo la dio el PCE en la época de José Díaz, que caracterizó exactamente a España como un país semi-feudal, es decir, a medio camino de un modo de producción a otro.

No entraré tampoco ahora a exponer que esas épocas de transición son direccionales, es decir, van del feudalismo al capitalismo, y no a la inversa. Pero conviene recordarlo porque en el mundo, especialmente en el Tercer Mundo, hay organizaciones que se aferran al secular atraso de su país, como si la historia (o sea, el capitalismo) pudiera detenerse en un punto. Ven la botella medio vacía y eso justifica su claudicación política y su reformismo.

También hay que despejar otro aspecto erróneo de la cuestión, que es el empleo en la historia de “modelos”, como si un país pudiera imitar a otro. Eso no ha existido nunca y, sin embargo, lo mismo que la burguesía española más avanzada se pasó el siglo XIX mirando al París de 1789, el proletariado español ha mirado y sigue mirando impávido al Petrogrado de 1917. Cuando leemos a Marx y Engels, entendemos que los países que ellos utilizan como “modelos”, por ejemplo Inglaterra, es justamente por los motivos opuestos: el marxismo afirma que en todo el mundo la penetración del capitalismo es inexorable, que todos los países marchaban hacia el capitalismo, como marchan hoy al socialismo, por vías que son históricas, es decir, diferentes y peculiares.

Ese es justamente otro de esos debates infames de los años sesenta, trufados de reformismo y claudicación: los diferentes “modelos” de construcción del socialismo. Existía un “modelo soviético”, existía un “modelo chino”, existía un “modelo yugoeslavo”, existía otro “checoslovaco”… En fin, cada país tenía el suyo propio y quien no lo tuviera lo pretendía. Los que hacían ese tipo de planteamientos no querían el socialismo para nada. Querían una “tercera vía”, algo que vimos en los eurocomunistas de los setenta y seguimos viendo también hoy en algunos grupos latinoamericanos que pretenden un “socialismo autóctono”. Para entender las razones de los revisionistas no hay más que leer al ministro checoslovaco de Economía en la época de Dubcek y la Primavera de Praga (3). Entonces y ahora todo estaba aderezado bajo los postulados más coherentes del “marxismo-leninismo”.

La historia es contundente: si por revolución burguesa entendemos la penetración del capitalismo, dicho proceso se inicia en España en el primer tercio del siglo XIX y se consuma en los años sesenta del siglo pasado, es decir, se prolonga durante un siglo y medio. Pero si por revolución burguesa entendemos una derrota política de la aristocracia feudal a manos de la burguesía por la vía revolucionaria que acarrea la edificación de un Estado democrático, la historia también es contundente: tal acontecimiento no se ha producido. Es más, lo que se ha producido es todo lo contrario: la penetración del capitalismo en España ha estado ligada a la contrarrevolución, al fascismo, al terrorismo de Estado, a la represión salvaje y al asesinato en masa del proletariado, del campesinado y de los sectores más avanzados y progresistas de la población.

Esa es la verdadera y única esencia de España como Estado, y esa es también la peculiaridad de la situación en el momento que vivimos ahora mismo. Si a pesar de lo expuesto hasta ahora alguien sigue diciendo (y pensando) en la teoría de la homologación, es decir, en que eso es algo común también en otros países próximos, como Francia o Alemania, le diré que es verdad, pero no porque España, por fin, haya seguido el “modelo europeo” sino porque, por fin, Europa está siguiendo el “modelo español”, es decir, porque en la actual etapa imperialista, los países más avanzados ya no son un ejemplo de democracia sino de fascismo.

Para entender este fenómeno histórico hay que recurrir a Lenin, quien en su época hizo un planteamiento para Rusia que hoy los universitarios españoles no tienen en cuenta: “hay democracia burguesa y democracia burguesa”, escribió; hay diferentes “grados” de democracia, no hay categorías “puras” sino situaciones históricas intermedias que evolucionan siguiendo determinados vectores. Cumpliendo una tarea histórica, ideológica y política, la burguesía puso a la democracia en un primer plano y según cada país esa democracia alcanzó un determinado grado de desarrollo. Es lo que el marxismo califica como “democracia burguesa”: el grado histórico en el que la burguesía de cada país llegó hasta la democracia, o bien el modo en el que la destruyó, en todo o en parte.

Pues bien, creo en este punto hay que ser muy claros: en cualquier país del mundo la guerra del proletariado no es contra las tareas históricas que la burguesía cumplió, o no cumplió y debió cumplir, sino en llevar a buen puerto esas mismas tareas históricas, a saber, la conquista de la democracia que, como es obvio, es una labor pendiente, bien porque no se ha alcanzado cabalmente, bien porque, de lo contrario, no se alcanzará nunca, bien porque está en retroceso, es decir, porque el mundo marcha hacia el fascismo a pasos agigantados. En lo que a la democracia concierne, la lucha del proletariado empieza justo en el punto en el que la abandonó la burguesía.

En plena jornada electoral, alguno estará pensando a qué democracia me estoy refiriendo y volverá a incurrir en el desliz de creer que hay muchos tipos (distintos) de democracia: democracia burguesa, democracia popular, democracia socialista… Los marxistas hemos demostrado muchas veces que podemos ser tan superficiales, o más, que la burguesía y reducir la democracia a los partidos y a las periódicas farsas electorales. Nos toca ahora demostrar que podemos ser mucho más profundos que todo eso, como Marx, Engels y Lenin se esforzaron por inculcarnos.

En alguna parte Hegel escribió que la historia es el despliegue de la libertad. Nosotros podríamos decir que la historia también es el despliegue de la democracia, que no es otra cosa que la intervención de las masas y, por lo tanto de la clase obrera, en asuntos que son sus propios asuntos. A lo largo de la historia la intervención de las masas en la primera línea de la actualidad es cada vez mayor, y sólo hay una manera de que eso sea una realidad cabal: la democracia. Las masas sólo pueden intervenir por medio de la democracia y si la democracia es una realidad o, dicho en palabras de Lenin: “La situación misma del proletariado como clase, le obliga a ser demócrata consecuente” (4).

En la frase de Lenin no se si es más importante lo de “demócrata” o lo de “consecuente”, porque quizá alguno quiera llevar agua a su molino y postularse como diputado en las próximas elecciones, en lugar de denunciarlas como la farsa que son, es decir, como un atentado a la democracia “consecuente”. Luchando contra el fascismo o, lo que es lo mismo, luchando en defensa de la democracia, el movimiento comunista internacional no ha dejado un reguero con 30 millones de cadáveres por una burda farsa. Cuando Lenin hablaba de democracia se refería a “una consigna de vanguardia”, no a cualquier payasada.


Notas:

(1) Santiago Carrillo, Mañana España, París, 1975, pgs.146 y stes.
(2) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.258.
(3) Ota Sik: La tercera vía. La teoría marxista-leninista y la moderna sociedad industrial, Madrid, 1977.
(4) Lenin, Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, Obras Escogidas, tomo I, pg.496.
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Ni independentzia ni sozialismoa

Juan Manuel Olarieta

Desde hace medio siglo el binomio independencia y socialismo ha sido una constante, tanto de las organizaciones como de las movilizaciones en Euskal Herria, una consigna tan sencilla que parece esculpida en la misma piedra. Constituye la seña de identidad de todo un movimiento popular, la izquierda abertzale, que con ello se quiere diferenciar de los españolistas porque quiere la independencia y del PNV porque quiere el socialismo.

Sin embargo, a pesar de la importancia que tiene para sus propias aspiraciones, dicho movimiento apenas ha sido capaz de avanzar más allá de la expresión de sus propios deseos. No hay una línea política que conduzca hacia dicho objetivo porque, a pesar de su sencillez, una consigna tan elemental envuelve una explicación compleja.

La independencia y el socialismo son dos batallas cuya naturaleza social y política es diferente. Los problemas no derivan, pues, de la consigna en sí sino de las explicaciones que se han tratado de articular en torno a ella, en su mayor parte (por no decir completamente) erróneas. No me refiero ahora a que (en Euskal Herria y fuera de allá) hay quien no sabe lo que es el socialismo. Tampoco me refiero a que (en Euskal Herria y fuera de allá) hay quien no sabe lo que es la independencia. Lo que trato de decir es que, además, hay quien no es capaz de articular un movimiento con otro, y un ejemplo de ello lo constituyen quienes afirman que se trata del mismo movimiento.

Por lo tanto, en lo que sigue daré por sentadas dos tesis: que la independencia y el socialismo expresan reivindicaciones diferentes y que el problema es la articulación de ambas en una única línea política, algo que históricamente siempre se ha planteado mal, de forma metafísica, como si fuera un asunto temporal del tipo “primero habrá una revolución socialista (en España) y luego, gracias a ello, las nacionalidades podrán decidir”; o bien “primero Euskal Herria logrará su independencia y luego será más fácil luchar por el el socialismo”. Ciertamente también hay quienes quieren que ambos procesos sean simultáneos y no estarían dispuestos a aceptar a uno sin el otro.

Cualquiera de esos planteamientos es más de lo mismo: una expresión subjetiva de los buenos deseos y las aspiraciones de cada cual. A lo máximo son hipótesis, más o menos descabelladas, que no tienen en cuenta ni la experiencia internacional ni la interna, es decir, quimeras y castillos de naipes.

Como cualquier otro fenómeno social, su explicación tiene que ser, a la vez, científica e histórica y hay que buscarla, pues, en el materialismo histórico. No es algo característico exclusivamente del movimiento en Euskal Herria, sino de algo más general que surge dentro del movimiento obrero desde los mismos orígenes del marxismo: a diferencia de la lucha de clases, la lucha contra la opresión nacional es de naturaleza democrática, se lleva a cabo en nombre de la democracia y su protagonista es toda una nación y, consiguientemente, tanto el proletariado como la burguesía, la grande y la pequeña. De ahí que la lucha contra la opresión nacional sea algo mucho más amplio que la lucha de clases. De ahí también que en este terreno el proletariado tenga exactamente los mismos derechos que la burguesía, y a la inversa: la burguesía tantos derechos como el proletariado.

Desde su mismo origen, hace ya más de un siglo, la línea política bolchevique, a diferencia de la menchevique, afirma que el proletariado debe asumir la dirección de toda lucha por las libertades democráticas y, por consiguiente, también la lucha por la liberación nacional. La entrada del capitalismo en su fase imperialista agudizó, si cabe, esa necesidad. El desarrollo del capitalismo en todo el mundo ha forzado, además, a que con el paso del tiempo ese protagonismo de la clase obrera en cualquier tipo de lucha sea creciente, incluida la lucha contra la opresión nacional.

Eso tiene múltiples consecuencias. El proletariado no sólo es una parte integrante de todo tipo de luchas, al lado de otros sectores sociales. Tampoco es una clase que por su cuantía resulte mayoritaria dentro de la nación y de las reivindicaciones nacionales. Lo que estoy afirmando es que la clase obrera debe dirigir todas y cada una de las luchas contra la opresión y, por lo tanto, también contra la opresión nacional y que en ninguna parte del mundo dichas luchas triunfarán si no están dirigidas por la clase obrera.

Llegados a este punto tocaría explicar lo que los leninistas entienden por “dirigir”, que no tiene nada que ver con lo que entienden otros y, en especial, con esa otra quimera a la que en Euskal Herria es corriente calificar de “vanguardia”. No obstante, creo que bastará con dejar un par de apuntes. El primero es el más importante: la clase obrera dirige todos los movimientos sobre la base de sus propios principios, de su propio partido y de su línea política, que nada tienen que ver con los de la burguesía. El segundo deriva del anterior: una clase social como el proletariado está en condiciones de dirigir todo un movimiento, como es el movimiento nacional, cuando no se confunde con él.

Por cualquier recorrido realmente científico que se pretenda plantear, la conclusión es siempre la misma: la liberación nacional no es posible si no está dirigida por la clase obrera y la clase obrera no puede dirigirla si se confunde con el propio movimiento, que es lo que ocurre en Euskal Herria con esa abigarrada demagogia que se arrastra desde hace tanto tiempo en torno a los famosos “frentes” y al no menos famoso “pueblo trabajador vasco” que no son sino otras tantas distracciones ideológicas y políticas.

La propia naturaleza heterogénea de un movimiento nacional conduce a la dispersión que, a falta de una verdadera vanguardia, se transforma rápidamente en degeneración, algunos de cuyos rasgos ya están presentes en Euskal Herria. Para el proletariado es imposible dirigir sin combatir de la manera más estricta esa tendencia de los movimientos nacionales a la dispersión (ideológica y política) porque es un rasgo típico de la burguesía que conduce a la capitulación, y en la medida en que la burguesía cree representar a la nación en su conjunto, considera que ese combate del proletariado, la lucha por la hegemonía, está enfilado no en su contra, en contra de la burguesía, sino en contra de toda la nación.

Uno de los rasgos que en el futuro diferenciará cada vez más a la clase obrera -y a su partido- en Euskal Herria, de la burguesía (grande y pequeña) es que deberá poner al desnudo todas sus viejas y conocidas artimañas (ideológicas y políticas). El objetivo de esa permanente batalla no es alejar a la burguesía del movimiento nacional, sino todo lo contrario, acercarla a él, lo cual significa poner a la burguesía bajo la dirección del proletariado, y no al revés, como ha ocurrido hasta ahora. De lo contrario, no habrá ni independencia ni socialismo.

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Nuevas revelaciones sobre el asesinato del dirigente comunista belga Julien Lahaut

El secretario general del Partido Comunista de Bélgica, Julian Lahaut, fue asesinado en la puerta de su casa el 18 de agosto de 1950, en plena guerra fría. El crimen quedó impune. Nadie se preocupó jamás de investigar, ni de detener, ni de juzgar a los autores. A lo poco que el sumario judicial había indagado, le prendieron fuego. Entonces aquello no importaba nada porque el muerto era un conocido dirigente comunista, que entonces era tan insultante como decir hoy que era yihadista. Hay determinadas etiquetas de los medios de comunicación que son como una condena a muerte.

Afortunadamente la memoria histórica sigue viva y, aunque ya no pueda convertirse en denuncia política, por el paso del tiempo, sigue teniendo vigencia, por encima de las ocultaciones y las mentiras. En 1985 Rudi Van Doorslaer y Etienne Verhoeven escribieron el primer libro sobre el asesinato, apuntando a las cloacas del Estado modernos, que son siempre las mismas: OTAN, espías, capitalistas…

En 2008 el Senado encargó al Ceges (Centro Estudios Guerra y Sociedades Contemporáneas) una investigación que llevaron a cabo Emmanuel Gérard, Widukind de Ridder y Françoise Muller, quienes presentaron el martes sus conclusiones, en las que sitúan el crimen en las coordenadas de la Guerra Fría, es decir, la OTAN, Gladio, policías paralelas, redes anticomunistas y financieros agradecidos.

No ha sido una sorpresa para nadie que entre los asesinos aparezca cada vez con más insistencia el nombre de André Moyen, el subdirector del contraespionaje militar belga, un viejo pistolero de los años más oscuros de la Guerra Fría, que es tanto como decir un mercenario de la OTAN. Su carrera de asesino empezó en la Alemania nazi y terminó en los turbios manejos con los que Bélgica llevó a cabo la descolonización de sus posesiones en África y Asia.

Pero los mercenarios como Moyen son el último eslabón. Junto a ellos están siempre los cajeros, en este caso la patronal belga en pleno: la Société Générale, Brufina y la Unión Minera. Los asesinatos políticos, como el de Lahaut, no son jamás obra de unos u otros, y menos de unos pistoleros. Ni siquiera es suficiente afirmar que son crímenes “de Estado” si junto al Estado no se ponen a los grandes capitalistas y financieros.

En el amplio elenco de complicidades están, además, los partidos políticos. El crimen jamás se hubiera podido mantener oculto durante medio siglo sin la participación de todos los partidos políticos burgueses de la época y en particular de la social-democracia, que en aquel momento encabezaba el Ministerio del Interior.

Pero hablar de silencio es muy poco. No es que los representantes políticos no hablaran del asunto sino todo lo contrario: hablaron para justificarlo. A fin de cuentas, se decía en aquella época, Lahaut no era un patriota, no servía a Bélgica sino a intereses extranjeros: a Moscú. Su asesinato fue un alivio tan grande para la burguesía que al gobierno no le bastó con la sangre derramada sino que, además, emprendió una feroz campaña anticomunista. El Partido Comunista fue expulsado del Consejo de Estado y se desencadenó una caza de brujas, como en Estados Unidos y en Alemania, para depurar a fondo todas las instituciones públicas.

Naturalmente que en aquella época la etiqueta de “comunista” se la ponían como luego pusieron la de “terrorista” o la de “yihadista”. Se empleó para que en el aparato de Estado no quedara ni la más mínima sombra de progresismo. El Estado monopolista quedó reservado para la reacción pura y dura. De aquellos viejos polvos llegan ahora a Europa los nuevos lodos neonazis, xenófobos y racistas.

Desde 1950 no ha faltado ni un solo verano en el que los antifascistas belgas no se reúnan ante la puerta de la vivienda de Julien Lahaut, recordando su memoria y que en todo el mundo lo que sostiene a la burguesía en el poder no es otra cosa que el terror, el asesinato y la represión.

Más información:
—Juan Manuel Olarieta, El hombre que llevaba el Sol en su bolsillo y repartía un poco a cada uno