Categorías
Noticias

El dinero del espíritu

Juan Manuel Olarieta

La lógica, escribió Marx, es el dinero del espíritu. De una manera muy típica en él, ponía de manifiesto que, de la misma manera que mediante el dinero las personas intercambian mercancías, mediante la lógica intercambian pensamientos, “mercancías espirituales”. Naturalmente, de ahí se deduce que el pensamiento no es otra cosa que un intercambio entre las personas. También en el pensamiento hay un comprador y un vendedor que oponen sus tesis y sus argumentos.

La mayor parte de las veces consideramos el pensamiento como una serie de postulados sobre algo, descuidando que el pensamiento también trata sobre sí mismo, y ese el significado de la lógica, que se puede definir como una ciencia cuyo objeto es el pensamiento. Es, pues, un error añadirle a la lógica el calificativo de “formal”, como si fuera algo vacío de contenido, pura “forma” porque el propio hecho de separar el contenido de la forma es un error. La lógica no está vacía de contenido porque su contenido es el pensamiento o, como la llamaba Engels, “la teoría pura del pensamiento”.

El calificativo de “formal” se utiliza tambien para oponer la lógica a la dialéctica. En la enseñanza la lógica dialéctica ha desaparecido y toda la lógica es lógica “formal”. También hay manuales seudomarxistas que llevan a cabo ese tipo de exclusiones, calificando a la lógica “formal” de “burguesa” y afirmando que toda la lógica es dialéctica.

Con la lógica también se planean ese tipo de dilemas ridículos, del tipo: niño, ¿a quién le quieres más?, ¿a tu padre o a tu madre? Es como si en una boda alguien tuviera que optar por grabarla en vídeo o sacar fotos. Pues la lógica “formal” es una foto del pensamiento y la dialéctica es el vídeo. Si de una boda alguien cree que toda la ceremonia se redujo al instante fotográfico de cortar la tarta, incurre en un error. Pero si otro opina que la única manera de analizar un boda es mirar el vídeo, se perderá muchos detalles importantes que sólo se aprecian en una buena foto.

Los principios que gobiernan la lógica son la identidad y la contradicción.

El principio de identidad, que se expresa con la fórmula “A=A”, significa que toda cosa es igual a sí misma; expresa la coherencia de que una cosa es siempre la misma y no cambia, así como la repetición, la circularidad, una “foto fija”, el momento estático del conocimiento. Hoy alguno diría que es como un “selfie”. Más que estática es el éxtasis mismo.

Es algo tan amplio que lo dice todo y, por lo tanto, al mismo tiempo, no dice nada. Parece algo vacío, puramente “formal”. Como el pensamiento refleja la realidad, el principio de identidad refleja lo absoluto, una abstracción o una tautología.

No obstante, en la inferencia científica la identidad desempeña un papel importante en las definiciones y, por lo tanto, en los conceptos, que deben permanecer idénticos a sí mismos para preservar la coherencia interna y no hay nada que arruine más una argumentación que su propia inconsistencia. En el lenguaje corriente decimos que una tesis es “lógica” o que es “de cajón” porque se desprende de manera directa de otra, porque no se contradice con ella.

La consistencia se equipara a la ausencia de contradicciones, por lo que en su sentido habitual la lógica se sustenta sobre la no-contradicción y en ese sentido se opone a la dialéctica, que se apoya sobre lo contrario.

Por ejemplo, uno de los santones más importantes del imperialismo moderno, Karl Popper, sostuvo que la dialéctica y la lógica “formal” se excluyen entre sí porque una se basa en la contradicción y la otra en la no-contradicción. La ciencia, decía Popper, no se puede sostener sobre contradicciones y eso es lo que la diferencia de la seudociencia, que es contradictoria. Con su argumento Popper quería llegar a la concluir que el marxismo no es científico, puesto que defiende las contradicciones. Luego el marxismo es una seudociencia.

Las tesis de Popper llevan a la paranoia moderna contra las seudociencias, que se pone de manifiesto en la difusión que tiene actualmente en los manuales de divulgación y en los blogs sobre “ciencia” que proliferan en internet. Además de una variante rancia de idealismo objetivo, la tesis de Popper es una verdadera estupidez.

Los principios de identidad y no-contradicción de la lógica se resumen en el postulado del tercio excluso: si una tesis es verdadera, su contraria es necesariamente falsa; entre la verdad y la mentira no hay un término medio (“tertium non datur”). Es la manera corriente en la que se plantean la mayor parte de las discusiones. Las cosas son o no son, son una cosa o son otra, pero no ambas  al mismo tiempo. El lenguaje coloquial también expresa de manera muy gráfica ese tipo de construcciones lógicas: “son lentejas”, “son habas contadas”, “no hay más cera que la que arde”…

La identidad aúna el conjunto de rasgos que individualizan a una cosa frente a las demás y el lenguaje la expresa por medio del verbo ser y la estructura gramatical de sujeto y predicado del tipo “el imperialismo es la fase superior del capitalismo”. Entonces la identidad se puede escribir:

imperialismo = fase superior del capitalismo

Tal y como Lenin lo define, el imperialismo se diferencia de un capitalismo sin monopolios y sin capital financiero. Sus rasgos se referencian en oposición a su contrario. La identidad, pues, no excluye la diferencia sino que es la unidad con esa misma diferencia. No se puede concebir sin la diferencia. Cada cosa se define por oposición a todas lo demás cosas que no son ella misma. El imperialismo sólo se puede entender por referencia al capitalismo premonopolista, una curva se define por oposición a una recta y un animal de una planta.

Toda identidad es relativa, una aproximación. Aunque los científicos creen que trabajan con la realidad misma, con los “hechos”, en realidad utilizan una simplificación, un esquema. Toman algunos hechos y dejan otros aparte. En determinadas circunstancias, “para el uso cotidiano de la ciencia”, dice Engels (1), es suficiente con el empleo de categorías rígidas que convierten en absoluto algo que es sólo relativo y aproximado. Es algo característico también de ciencias abstractas, como la lógica “formal”, la teoría de conjuntos, la axiomática, la matemática o los programas informáticos.

Al considerarla como algo absoluto o abstracto, la identidad prescinde del cambio, de la evolución y del tiempo. Es lo que Frege, uno de los fundadores de la lógica moderna, calificó como “los mojones clavados en un suelo eterno”(2). Ese tipo de pensamiento metafísico concibe el mundo como una “foto fija” en donde las cosas no cambian, siempre son iguales a sí mismas. Es propio de quienes dicen cosas como que “siempre ha existido y siempre existirá el imperialismo”, a diferencia de Lenin que le otorga un carácter temporal: el imperialismo es una “fase” dentro un proceso social y económico en desarrollo.

Si hay cambio es porque la identidad es relativa. Llegado un punto las cosas dejan de ser lo que eran y se convierten en algo distinto. El cambio es consecuencia de la contradicción y en referencia a la lógica llamada “formal” hay que tener presente que, a pesar de los esfuerzos por sacar las contradicciones de su seno, la no-contradicción conduce a la contradicción. Es la lección que la lógica ha aprendido desde finales del siglo XIX. Lo llaman de muchas maneras distintas, como antinomias o paradojas, pero aunque la mona se vista de seda… Ni siquiera la lógica “formal” puede prescindir de las contradicciones.

Pero no sólo la no-contradicción conduce a la contradicción, sino que empieza por la contradicción, como expone la obra del matemático checo Bolzano significativamente titulada  “Paradojas del infinito”, publicado tras su muerte en 1854. El concepto de infinito, en cualquier clase de ciencia, pero sobre todo en la matemática, es dialéctico, contradictorio y paradójico.

El sueño de la lógica “formal” acabó en 1929 con el Teorema de Gödel, que demostró que la aritmética no puede ser, a la vez, consistente y completa. Fue el golpe más duro para el programa utópico que el idealismo objetivo perseguía. La dialéctica extiende el Teorema a cualquier clase de ciencia. Ningún conocimiento es exhaustivo, el saber es inagotable, siempre avanza y progresa. Además, ningún conocimiento está exento de contradicciones, incoherencias o paradojas. Ni siquiera la lógica.


(1) Engels, Dialéctica de la naturaleza, pgs.170-173
(2) Frege, Las leyes fundamentales de la aritmética, pg.139.
Categorías
Noticias

Las leyes de la historia

Juan Manuel Olarieta

Gilles Questiaux aúna la doble condición de profesor de historia y militante del PCF que quiere resucitar la vieja momia eurocomunista “desde dentro”. El año pasado escribió un breve artículo titulado “El movimiento revolucionario y las leyes del movimiento histórico” (*) que sintetiza algunos de los lastres del revisionismo en un recorrido vertiginoso, desde los tiempos del neolítico hasta hoy.

Más que marxismo, el artículo es una colección de tópicos sobre la historia cuya refutación exigiría un relato disperso en la dirección contraria, empezando por absurdos, como que los genetistas han demostrado que “todos los miembros de la especie [humana] descienden de cuatro individuos (de sexo femenino)” o que la consigna de “socialismo o barbarie” hay que sustituirla por esa ridiculez de “socialismo o aniquilación” de la especie.

A pesar de ello, la pretensión de Questiaux es muy acertada porque los marxistas ponen la argumentación política dentro de la historia y eso los diferencia de la burguesía y, por lo tanto, de la manera corriente de argumentar en las polémicas políticas, en las que la historia está ausente. Para la burguesía la historia es el pasado y lo que interesa es el presente. Ambas cosas no tienen nada que ver. De ahí que los argumentos políticos burgueses sean la misma vulgaridad mil veces repetida.

Pero eso no es algo propio solamente de la burguesía sino de la manada que sigue sus pasos con apariencias “progresistas” y consignas tales como “sí se puede” o la de “otro mundo es posible” en las que el ansiado cambio con el que sueña la burguesía insatisfecha de sí misma es un ejercicio de la voluntad. Con otras palabras repiten aquello de “querer es poder” que resume toda la ideología burguesa acerca de lo que es el poder y de que quien dispone del poder puede hacer “lo que le viene en gana”, puede “hacer y deshacer”, hacer una cosa o su contraria, etc. Para cambiar las cosas hay que hacerse con ese “poder”, llegar a presidir un gobierno o una alcaldía y empezar a aprobar decretos.

Es el criterio rácano de la pequeña burguesía que personaliza el poder (poder político, poder del Estado) y cree que alguien como Rajoy, Obama o el alcalde del pueblo se mueven por su propia voluntad y, naturalmente, que esa voluntad es individual. Quienes pensamos que la lucha de clases es el motor de la historia somos absolutamente ajenos a ese tipo de concepciones burguesas, por más que se vistan con ropajes reivindicativos.

Al poner la política dentro de la historia (y, por lo tanto, dentro de la lucha de clases) se empieza dejando claro que dicha política -cualquiera que sea- no es una foto fija sino algo que está cambiando y que va a seguir cambiando siempre, por lo que quien se esfuerce por mantener las cosas tal y como están ahora está condenado al fracaso.

Pero también están condenados al fracaso -igualmente- quienes no sepan en qué dirección marchan los cambios o crean que basta con cualquier cambio, en cambiar por cambiar.

La lucha de clases, como cualquier otra lucha, se rige por leyes y, por lo tanto, la historia también tiene leyes, de donde se desprende que también tiene razón Questiaux cuando sostiene que, a pesar de una impresión contraria, superficial, según la cual lo que los marxistas quieren -el socialismo- contradice el desarrollo histórico, en realidad los acontecimientos marchan hacia ahí. Los marxistas no van en contra sino a favor del viento de la historia.

Es un error creer que “otro mundo es posible” significa que “cualquier otro mundo es posible” sobre todo si ese “mundo” no es más que un capitalismo “de rostro humano”, con desempleo, jubilación, viviendas, hospitales y escuelas, es decir, un mundo que se ha ido para no volver.

Sólo hay un “mundo” posible realmente alternativo al que conocemos, que es el socialista, por algo que Marx y Engels explicaron hace tiempo: porque el propio capitalismo está preñado de socialismo, porque en su fatal agonía el capitalismo lleva en sus entrañas el socialismo. En este sentido -y no hay otro sentido posible que ese- el socialismo no es que sea posible: es inevitable.

Ahora bien, la manera en que lo plantea Questiaux es pésima, lo cual es preocupante procediendo de un profesor de historia. A la manera revisionista, Questiaux habla del “progreso” de la historia, de su “sentido”, de que marcha hacia un “objetivo” y, lo que es aún peor, ese enigmático “devenir” lo contrapone a los ciclos históricos, incurriendo en una interpretación lineal y mecanicista de la historia típica de los tiempos de la antigua socialdemocracia alemana.

Si la historia la mueven las clases y la lucha de clases es porque ellas son personas y personajes de carácter histórico, es decir, que representan a las clases sociales y, por consiguiente, a grandes colectivos de personas, homogéneos por su papel en la producción, mejor o peor organizados. Eso es lo que le falta decir a Questiaux y a los revisionistas que conoce el movimiento obrero desde hace un siglo: que el capitalismo no va a caer por su propio “élan”, como dicen los franceses. Los formidables muros de la Bastilla no cayeron sino que fueron derribados. Si alguien se da una vuelta por la Plaza de la Bastilla de París no verá ningún resto de que alguna vez ahí hubo una cárcel que fue asaltada y destruida por las masas para liberar a los presos encerrados en ella.

Para derribar un edificio hay que saber qué es lo que lo sostiene en pie y muchas otras cosas más: hay que saber fabricar explosivos, hay que saber dónde colocarlos, hay que saber detonarlos… Eso es lo que la historia enseña. El poder no deriva sólo del querer -de la voluntad individual o colectiva- sino del saber. No se puede cambiar -y mucho menos derribar- lo que no se conoce.

Al mismo tiempo, para conocer algo, hay que cambiarlo. Por ejemplo, quienes mejor conocen las cárceles son aquellos que luchan contra ellas, que defienden a los presos, que quieren acabar con su condición. ¿Cómo pretenden acabar con las cárceles quienes no saben lo que es una cárcel?, ¿creen que las cárceles son eternas, que siempre ha habido y siempre habrá cárceles?, ¿quieren mejorar las cárceles?, ¿poner aire acondicionado en las celdas?, ¿que los presos se sientan a gusto con su encierro?

Cuando algo se acaba decimos que es “historia”. Existió pero ya no existe. Eso significa también que tuvo un origen, un motivo, una causa y que luego evolucionó hasta desaparecer. Pues bien, todo es historia. Todas las instituciones humanas, incluidas las cárceles y el capitalismo, desaparecerán alguna vez porque serán derribadas por los mismos hombres que las pusieron en pie. Nacieron porque una ley histórica las creó y esa misma ley histórica es la que las derribará. Los hombres, las clases sociales, son el brazo con el que la historia se abre camino.

Ese es el aspecto que, a pesar de su importancia, los revisionistas nunca tienen en cuenta.
(*) Le mouvement révolutionnaire et les lois du mouvement historique
http://www.reveilcommuniste.fr/article-le-mouvement-revolutionnaire-et-les-lois-du-mouvement-historique-123706314.html?utm_source=flux&utm_medium=flux-rss&utm_campaign=politics
Categorías
Noticias

Los primeros años de la política exterior soviética

Rathenau y Chicherin en Rapallo (1922)
Juan Manuel Olarieta

La Revolución de Octubre bien pudo ahorrarse la molestia de crear un Ministerio de Asuntos Exteriores porque tales asuntos no existían. Durante cinco años las potencias imperialistas no reconocieron al nuevo Estado soviético como tal, hasta que Alemania firmó el Tratado de Rapallo, el acontecimiento más relevante de la política exterior bolchevique, que marcará definitivamente los años posteriores.

El estallido de la Revolución de 1917, la subsistencia del Estado soviético y la firma del Tratado de Rapallo estuvieron marcadas de manera indeleble por las contradicciones interimperialistas. No era, pues, algo buscado por el gobierno soviético sino impuesto por las circunstancias de la nueva etapa superior del capitalismo que entonces se comenzaba a abrir.

Eso era algo obvio para las organizaciones de la Internacional Comunista, pero no todas supieron sacar de ello las consecuencias necesarias, por varias razones, pero especialmente por dos. La primera es que entonces pocos sabían lo que era el imperialismo porque Lenin y el leninismo eran una novedad. Se trataba de organizaciones que arrastraban las concepciones propias de la socialdemocracia, especialmente de la socialdemocracia alemana, a la que Lenin calificó de “socialimperialista” porque no era algo contrario al imperialismo sino que formaba parte de él.

La segunda es que no es lo mismo predicar que dar trigo. Entonces -como ahora- había organizaciones que tenían una concepción libresca del imperialismo, sacada de un manual de lamentaciones continuas. Para el partido bolchevique, por el contrario, no se trataba de la teoría sino también de la práctica. Las contradicciones interimperialistas eran una realidad, un factor acuciante que condicionaba cada uno de sus pasos. El papel lo aguanta todo. Un artículo en una revista permite muchos errores; la práctica no.

Pero sobre todo hay un aspecto que contradice a la práctica, en el sentido que cualquier marxista la entiende: la pasividad, la neutralidad y la charlatanería. El Tratado de Rapallo es muy breve y de su lectura se desprende que el gobierno bolchevique no sólo otorgaba a Alemania un trato distinto al de otras potencias imperialistas, sino un trato privilegiado.

Los hechos posteriores demostraron hasta qué punto ese trato resultó privilegiado, desde cualquiera de los muchos puntos que se puede analizar, pero sobre todo desde uno: el de que tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, las demás potencias imperialistas pretendían avasallar a Alemania, reducirla a lo que el húngaro Eugen Varga calificó como una “colonia industrial”. En el gobierno bolchevique Alemania no encontró nada de eso. Por el Tratado de Rapallo el poder soviético renunció a las indemnizaciones con las que otros países, especialmente Francia, querían hipotecar el futuro de Alemania, y la misma renuncia llevó a cabo Alemania respecto al nuevo gobierno soviético.

Se estaba abriendo una nueva etapa de la diplomacia mundial caracterizada porque, a pesar de una guerra, dos países establecían relaciones mutuas basadas en la igualdad y en el trato preferente respecto a las demás, por lo que en Londres y París reaccionaron de la manera agresiva que cabía esperar. La prensa y los portavoces del imperialismo utilizaron términos apocalípticos. Dijeron que acababa de explotar una bomba, que el Tratado era una amenaza horrible para el mundo y presionaron para que Alemania lo anulara.

Eran una expresión histérica de las contradicciones interimperialistas que, como es normal, tenían su contrapartida dentro de la propia clase dominante alemana, donde no todos estaban de acuerdo con ese paso, hasta el punto de que pocas semanas después de la firma, Walter Rathenau, el firmante del Tratado junto a Chicherin, el ministro bolchevique de Asuntos Exteriores, fue asesinado en Berlín. Precisamente uno de los motivos que impulsó a Hitler al poder en 1933 fue el cambio en la política exterior de Alemania respecto al poder soviético.

Pero la perplejidad no fue menor entre los comunistas alemanes, a pesar de que el programa de su partido exigía de Alemania el reconocimiento del Estado soviético. El gobierno reaccionario alemán no sólo reconoció a los soviets sino que le concedió un trato de favor. ¿Dónde estaba, pues, el problema?

El problema es que a partir de Tratado de 1922 no había ningún problema donde debía haberlo, salvo en la cabeza de los dirigentes comunistas alemanes, que no sabían lo que era el imperialismo, a pesar de que lo tenían delante de sus narices. El discurso de Frölich, su portavoz parlamentario en el Reichstag, fue patético. Aunque apoyó la firma del Tratado, lo calificó como “bellas frases”. Otra dirigente alemana, Ruth Fisher, dijo algo que luego todos los oportunistas han repetido en ocasiones parecidas: el Tratado sacrificó la revolución alemana en beneficio de la rusa, o aún peor, del “Estado soviético”. Ese sacrifico, según Fisher, se consolidó con la política de frente único de la Internacional Comunista.

Era completamente falso. La línea de frente único se aprobó antes de la firma del Tratado y la revolución en Alemania también había fracasado con anterioridad, por lo que hubo ningún sacrificio. En Alemania la dirección del KPD, como todos los oportunistas, nunca entendió lo que era el imperialismo y estaba lejos del leninismo, por lo que fue expulsada de la Internacional Comunista poco tiempo después, aunque sus postulados han seguido vigentes en una maraña de pequeños círculos de eruditos especializados en redactar comunicados.

Por más que cada uno de ellos cambie las fórmulas mágicas con las que disimula su complicidad con el imperialismo, las conclusiones son las mismas. Por ejemplo, a la socialdemocracia el Tratado de Rapallo le sirvió para sacar pecho y decir que quienes colaboraban con los capitalistas y los imperialistas eran los bolcheviques. Ponían el ejemplo de un monopolio tan conspicuo como Krupp, que desde 1920 fabricaba locomotoras en suelo soviético.

La situación era tan sorprendente que todos acusaron a los bolcheviques de revisionismo, y los izquierdistas con más razón aún. Para Fisher el Tratado de Rapallo suponía una “alianza” del poder soviético con una potencia imperialista. Eso, unido a las tesis de Varga, economista de la III Internacional, sobre la situación de Alemania como “colonia industrial” situaba a la burguesía alemana, según Fisher, como “víctima” casi al mismo nivel que la clase obrera. Finalmente, la política de “frente único” conducía a la clase obrera alemana a hacer causa común con su burguesía, es decir, a una especie de “frente nacional”.

La dirección del KPD estaba totalmente equivocada. Cuando todo el mundo está ya repartido, escribió Lenin, son los propios países imperialistas los que se convierten en el objeto del reparto. Quieren comer pero van a ser comidos. Entonces las contradicciones interimperialistas aparecen en todo su esplendor. Un año después de la firma del Tratado de Rapallo, Francia se anexionó la cuenca del Ruhr, que pertenecía a Alemania. Es realmente inaudito que, precisamente los comunistas alemanes, no fueran capaces de ver lo que estaba ocurriendo y que fuera Lenin quien lo anticipara en su discurso al VIII Congreso de los soviets. Los imperialistas no sólo querían acabar con el poder soviético sino que también imponer “condiciones de existencia imposibles para la inmensa mayoría de la nación alemana”.

Durante la posguerrra las contradicciones interimperialistas habían engendrado en Alemania una situación favorable, como ya había ocurrido en Rusia pocos años antes porque las “condiciones de existencia” no sólo eran imposibles para la clase obrera sino, como decía Lenin, “para la inmensa mayoría de la nación alemana”. Pero los oportunistas preferían seguir con los ojos cerrados.

Categorías
Estrategia

Las contradicciones interimperialistas en el Donbas

Durante muchos años, pero especialmente desde la caída de la URSS en 1990, los oportunistas hablaron del imperialismo como si tratara de un bloque macizo. El sólo hecho de utilizar el término en singular (“el imperialismo”) daba la impresión de que no había más que un único imperialismo o que todos los países imperialistas eran iguales, por el hecho de serlo.

Eran los tiempos de los foros mundiales, el movimiento contra la globalización y del “otro mundo es posible”, esas mareas de “alternativos” a medio camino entre las ONG y el trotskismo. Ahora han cambiado de verborrea y hablan, por fin, de “contradicciones interimperialistas” para llegar al mismo punto: los imperialistas son todos iguales y los que no son imperialistas son marionetas suyas.

Por ejemplo, en junio del año pasado tuvo lugar en Minsk una reunión de trotskistas procedentes de Ucrania, Rusia y Bielorrusia para pedir lo que todos los pacifistas añoran: “el cese inmediato de la guerra civil en Ucrania”. Pero si creyeran realmente que se trata de una verdadera guerra civil, hubieran debido pedir a los ucranianos que cesaran de combatir entre ellos. Sin embargo, lo que los trotskistas piensan es que los ucranianos son marionetas cuyos hilos mueven los imperialistas y, por lo tanto, su llamamiento tenía el siguiente carácter: “El gobierno ruso, la Unión Europea y los Estados Unidos utilizan la guerra civil en Ucrania con el mismo fin: la gente que muere en el Donbas son sólo peones en su competencia inter-imperialista” (1).

En España quien sostiene ese mismo tipo de concepciones trotskistas son los “cheerleaders” de RC y los clarividentes del MAI. Hay dos bandos imperialistas en liza y cada uno de ellos sostiene sobre el terreno a una marioneta local, unos en Kiev y otros en Donietsk y Lugansk.

A la fuerza ahorcan: la guerra se extiende, con su reguero de sangre, por regiones cada vez más extensas del mundo y la demagogia con la que durante tantos años trataron de ocultar las contradicciones interimperialista se ha venido abajo. De ahí que, con un lenguaje un poco diferente, los trotskistas quieran llegar la misma conclusión: Rusia es lo mismo que Estados Unidos y las milicias del Donbas son equiparables al gobierno de Kiev.

“El antifascismo en el Donbas es un mito”, dicen, repitiendo lo que siempre dijeron los trotkskistas del POUM durante la guerra civil española: la República era burguesa, exactamente igual que los militares fascistas; la URSS ayudó a los primeros y los fascistas de Mussolini ayudaron a los segundos. ¿Dónde está la diferencia? No hay ninguna diferencia, o no la saben encontrar, como tampoco saben responder a una sencilla pregunta: si ambos bandos son iguales, ¿por qué combaten entre sí?

Lo ha escrito bien claro Sarkis Fernández: la excusa de las contradicciones interimperialistas en Ucrania es “pura ideología imperialista” (2). Los trotskistas que defienden ese tipo de planteamientos, incluidos RC y MAI, forman parte del imperialismo mismo, algo que no debería constituir ninguna sorpresa para nadie. Ante la guerra y las contradicciones interimperialistas, la defensa de la neutralidad, la equidistancia y el pacifismo farisaico es una traición a la clase obrera y a la revolución en todos y cada uno de los países, incluso en aquellos a los que la guerra no llega.

Lo que el leninismo enseña es a tomar partido, no a lavarse las manos como Pilatos. Ante una guerra imperialista provocada por las contradicciones internas entre las potencias imperialistas, Lenin apela a la guerra civil, a dirigir las armas contra el propio país, que es exactamente lo que han hecho las milicias del Donbas. Por consiguiente, poner a un bando al lado del otro es simplemente una manera repugnante de lavarle la cara al imperialismo y su criminal política de exterminio.

Ucrania formó parte de la URSS y los trotskistas de todos los pelajes se esfuerzan por ocultar que con la URSS no sólo acabó un modo de producción sino que el país fue troceado, por lo que es obvio que el imperialismo busca devorar a Rusia como país, del mismo modo que ya ha devorado a otros, como admitió la secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright en 2005: “Es injusto que un solo país posea territorios tales como Siberia y el Lejano Oriente, en los cuales pueden instalarse unos cuantos Estados”.

Incluso después de que la URSS desapareciera, después de que fuera troceada, al imperialismo no le bastó con que Ucrania obtuviera su independencia sino que organizó dos golpes de Estado por una razón muy sencilla de entender: porque no están dispuestos admitir una Ucrania independiente, es decir, un país capaz de tomar sus propias decisiones. Cualquiera que sea su régimen social, Ucrania ha demostrado que está, quiere estar y estará siempre ligado a Rusia por lazos que van mucho más allá de la economía y de la geoestrategia y que el imperialismo se esfuerza por romper porque su proyecto no es sólo acabar con Rusia sino acabar también con Ucrania.

Hay una foto de Victoria Nuland, la encargada de asuntos europeos en el Departamento de Estado, en plena orgía en la Plaza Maidan, en febrero del pasado año que expresa que mejor que nada qué es lo que persigue el imperialismo en Ucrania. En contra de los partidarios de la neutralidad, no hay una foto equivalente de Serguei Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores, en Occupy Wall Street.

El Pacto de Varsovia se ha disuelto; la OTAN no. En contra de todos los acuerdos aprobados desde los tiempos de Gorbachov, Estados Unidos ha metido a los países vecinos de Rusia en una alianza militar dirigida contra Rusia. Rusia no ha rodeado a ningún país del mundo con bases militares, pero tiene todo su perímetro fronterizo cercado por las de los imperialistas, que le han puesto armas nucleares delante de sus narices y han desencadenado varias guerras, desde el Báltico a Afganistán cuyo objetivo indirecto no es otro que Rusia.

En el derecho internacional el bloqueo económico es una medida de guerra, una declaración indirecta de guerra. Pero no ha sido Rusia quien ha impuesto un bloqueo económico a Estados Unidos o a la Unión Europea, sino al revés. Rusia es víctima de un bloqueo. No hay esa simetría de la que hablan los trotskistas.

Los francotiradores que en febrero del año pasado dispararon contra la multitud indiscriminadamente en la Plaza Maidan matando a cerca de cien personas, ¿eran prorrusos?, ¿antirrusos?, ¿pertenecían a ambos bandos?, ¿es indiferente?

Los que quemaron vivos a 42 sindicalistas en Odesa en el mes de mayo, ¿eran prorrusos?, ¿antirrusos?, ¿pertenecían a ambos bandos?, ¿es indiferente?

Los que en julio derribaron el vuelo MH17 asesinando a 300 pasajeros, ¿eran prorrusos?, ¿antirrusos?, ¿pertenecían a ambos bandos?, ¿es indiferente? No es necesario apelar al leninismo sino a la decencia humana para no admitir -bajo ningún concepto- que los agresores se pongan al mismo nivel que los agredidos. Ante un acoso sexual no se puede medir al agresor y al agredido por el mismo rasero; ante un acoso militar, económico, político y mediático tampoco. ¿Verdad que es obvio? Pues los trotskistas no se quieren enterar.

(1) http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=7019
(2) http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=4653

Victoria Nuland en plena Plaza de Maidan, durante el Golpe de Estado de 2014
Categorías
Ciencia

Pasteur el impostor

La ciencia no es lo que parece. La ciencia no son los científicos. La geometría no es Euclides, la física no es Newton, la química no es Lavoisier, etc. Ni siquiera son los científicos “de puertas afuera” porque una cosa es lo que hacen y otra lo que dicen. Parece fácil de entender, pero la mayor parte de las veces se olvida.

Pasteur, el fundador de la medicina moderna, es un ejemplo. Decía una cosa y hacía otra. Una cosa es lo que publicaba y otra lo que guardaba en su cajón. Durante casi cien años, hasta 1995 conocimos sólo lo primero; desde entonces conocemos también lo segundo, sus apuntes privados. Como tantos otros oportunistas, Pasteur escribía para la adulación del momento, para la subvención gubernamental y para la prensa. Como los militares, también los científicos quieren “hacer carrera”, aunque no sepan a dónde van.

Con la colaboración de la prensa, Pasteur fue de los primeros que convirtió a la ciencia en un carnaval ridículo. Creó una aureola a su alrededor, se rodeó de buenos contactos políticos y todo eso se tradujo en dinero. Puso las probetas al lado de los libros de contabilidad. Su laboratorio llegó a conseguir el 10 por ciento de las subvenciones del gobierno francés. Luego se convirtió en la multinacional Sanofi-Pasteur.

Con las vacunas, Pasteur convirtió la salud en un negocio. Algunos dicen que ha sido el gran avance de la medicina moderna, a la que califican como “científica”. Desde luego que los capitales más rentables del mundo tienen relación con ello. Posiblemente también tengan relación con que Pasteur haya pasado a los libros de historia como el prototipo del científico por antonomasia, una leyenda para consumo de mitómanos. Su nombre está en los hospitales, las academias, los centros de investigación y los colegios de todo el mundo.

En unos cuadernos Pasteur fue anotando sus hipótesis, las sustancias que utilizaba y los resultados de sus experimentos, los reales, los de verdad, no los que luego vendía a la prensa. Como un iceberg, la ciencia de Pasteur escondía más de lo que siempre apareció en público. A su muerte dejó 102 colecciones de notas que durante casi un siglo los investigadores no podieron consultar. Estaba prohibido. La ciencia ha estado bajo una estricta censura.

Por ejemplo, en su guerra particular contra Pouchet por desmontar la teoría de la generación espontánea, Pasteur guardó en su cajón el 90 por ciento de los resultados obtenidos en sus experimentos. ¿Qué escondían esos apuntes?

El investigador estadounidenses Gerald L. Geison los estudió, encontrando numerosas fraudes en las obras publicadas. Algunos de ellos conciernen a la verdadera paternidad de sus descubrimientos. Pasteur se aprovechó abiertamente del trabajo de sus colegas. Con total impunidad proclamó como suyos éxitos que pertenecen a otros.

Sus experimentos sobre la generación espontánea se basan en principios que se conocían desde hacía un siglo. Pasteur se interesó por la asimetría molecular y la fermentación cuando los estudios sobre el tema ya estaban muy avanzados. Por último, las vacunaciones son un descubrimiento originario de Oriente. Luego Edward Jenner, al que nunca admitieron en el Colegio de Médicos de Londres, las impulsó a finales del siglo XVIII. Sin embargo, los libros siguen asociando esos descubrimientos a Pasteur.

La primera vacuna contra la rabia la diseñó Victor Galtier, profesor de veterinaria en Lyon, el 25 de agosto de 1879. Se trataba de prevenir la rabia mediante una atenuación bacteriana in vitro que, a su vez, tomó de Pierre Henri Duboué.

No cabe duda de que Pasteur ensayó la vacuna contra la rabia en 50 perros rabiosos, con resultados concluyentes. Sin embargo, su experimento estrella de vacunación, el que le hizo famoso, no fue en un perro sino en un niño llamado Meister a quien utilizó como cobaya para experimentar una nueva versión de la vacuna que no se había probado antes en animales. El niño había sido mordido por un perro y se temía que pudiera contraer la rabia. Todo acabó felizmente y la prensa aireó que la vacuna había sido otro éxito de Pasteur. En efecto, hubiera sido posible contabilizarlo de esa manera si se supiera que el perro responsable de la mordedura tenía la rabia… Pero no es así.

Después de sus exitosas pruebas iniciales en el hombre, su vacuna se hizo famosa y la gente se vacunó en masa como si los perros se dedicaran a morder a las personas y como si todos ellos padecieran la rabia; cada “cura” se consideró como una prueba de la eficacia de esta vacuna.

En un experimento social de esa magnitud se conocieron experiencias de todo tipo. Una de ellas fue luctuosa: la muerte en 1886 del niño Jules Rouyer 24 días después de la inyección de la vacuna. El padre de la víctima presentó una querella contra Pasteur. Se practicó una autopsia para determinar la causa de la muerte. André Loir, sobrino y antiguo asistente de Pasteur, contó que un colaborador muy cercano al científico, Emile Roux, fue el encargado de hacer un primer informe. Se inoculó un extracto del bulbo raquídeo del niño a los conejos, que a continuación desarrollaron la rabia. Sin embargo, no dio a conocer esos resultados incriminatorios para Pasteur. A un forense, Paul Brouardel, le encargaron verificar las declaraciones de Roux. Ante el dilema, tomó partido por Pasteur: “Si yo no tomo posición en su favor, es un retroceso inmediato de cincuenta años en la evolución de la ciencia, ¡hay que evitarlo!». Afirmó que el niño no había muerto de rabia.

El fraude no sería posible, ni en la ciencia ni en los tribunales, sin ese tipo de cómplices que actúan por lo que ellos consideran como el bien de la ciencia, de la humanidad y del progreso. El caso del niño Ruyer no fue el único. También otros murieron antes de que la vacuna fuera prohibida, pero ya entonces la “ciencia” tenía buenos relaciones públicas. Los éxitos se airean y los fracasos se esconden debajo del felpudo.

A finales de la década de 1890, otro joven murió con síntomas atípicos: se trataba de una rabia humana con síntomas de la rabia del conejo; a esta enfermedad se la llamó rabia del laboratorio o incluso rabia Pasteur, ya que el científico francés hacía sus vacunas a partir de virus tomados de la médula de los conejos. En 1908 se abandonó el tratamiento en todo el mundo en favor de la vacuna fénica de Fermi, excepto en Francia, donde los estudios de Lépine y Sautter de 1937 demostraron que las vacunas fénicas protegen a los conejos en una proporción del 77,7 por ciento, mientras que el método de Pasteur protege en un 35 por ciento. La vacuna de Pasteur no se prohibió totalmente hasta 1973.

La vacuna contra el carbunco tampoco fue descubierta por Pasteur. Cuando aún no había logrado preparar ninguna vacuna propia, Henri Toussaint, profesor de la Universidad de Toulouse, desarrolló nada menos que tres preparados distintos. Pasteur no reconoció los descubrimientos de Toussaint públicamente, sosteniendo que una vacuna debía fundamentarse en la muerte de la bacteria, no en la atenuación de su virulencia. Sin embargo, intentó un procedimiento de atenuación mediante el aire, por la acción del oxí­geno y la temperatura, aunque privadamente en una carta a Roux de 17 de agosto de 1881 le confesaba que estaba experimentando con el procedimiento de Toussaint, comprobando que éste era más eficaz, por lo que fue el que utilizó en el experimento, si bien hizo creer que había utilizado el suyo propio, tal y como había anunciado en sus artículos “científicos” previos.

Dicha vacuna tampoco fue ningún éxito, hasta el punto de que se acabó prohibiendo su inoculación a los seres humanos.

Algunos de los fundamentos de la medicina moderna están basados en fraudes científicos como los de Pasteur y en que determinados “hechos” no son los que se enseñan en las facultades universitarias, ni los que llenan las portadas de los periódicos.

Categorías
Ciencia Opinión

El arte de debatir

Uno de los más grandes genios que ha conocido la humanidad, Leibniz, decía que la lógica es el arte de debatir. Para Leibniz la lógica era tanto la lógica llamada “formal” como la lógica dialéctica pero, sobre todo, para Leibniz la lógica es el conocimiento mismo, cualquier clase de conocimiento científico. Dialéctica y debate son términos sinónimos. Donde no hay debate no hay ciencia. Por consiguiente, cuando alguien afirma que hay algo por encima del debate, algo indiscutible, está fuera de la ciencia por un motivo elemental: porque no sabe dónde está el debate, porque no lo encuentra. Los grandes científicos se diferencian de los pequeños porque hacen discutible lo indiscutible. Plantean preguntas que otros no saben formular y ven dudas donde otros se aferran a certezas absolutas.

Hasta tal punto el conocimiento es dialéctica que, incluso en su forma, los más grandes pensadores, como el propio Leibniz, expusieron su pensamiento de esa manera: como un diálogo. Es el caso de la obra maestra de Galileo “Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo” que parece más bien una obra de teatro que un libro rupturista en la historia de la física. Pues bien, en su estudio Galileo expresa el punto de vista de la ciencia en medio de otros puntos de vista que no sólo son diferentes, sino incluso opuestos. La ciencia es, pues, como todo, oposición de contrarios. A toda tesis le sigue una antítesis y luego una síntesis.

Como ejemplo de tesis científica hoy “fuera de toda duda” en la química se puede poner la ley de Avogadro que demostró de manera rotunda, siglos después, el carácter científico del atomismo y, por lo tanto, del materialismo de Demócrito, de Epicuro, de Newton, de Dalton y de tantos otros. Al mismo tiempo pareció que las tesis anti-atomistas de Leibniz eran falsas, de donde alguien podría estar tentado de acusar a Leibniz de no ser un científico o algo peor: de apelar a la Inquisición, a la censura o a la hoguera.

Ahora bien, la ley de Avogadro y todos y cada uno de los principios científicos que se sustentan sobre el atomismo, como la mecánica estadística de Boltzmann, tienen las limitaciones propias de su origen, del atomismo. El problema es que la formación actual de un científico es tan sumamente deficiente que no las conoce porque no sabe lo que es el atomismo. Lo da por sentado y por sabido, de tal manera que cuando alguien lo pone en duda, aunque sea el mismísimo Leibniz, empieza a largar la retahíla de insultos propios de la ignorancia contemporánea: magufería, conspiracionismo, superchería, seudociencia…

Lo que digo respecto de la ley de Avogadro lo repito respecto de cualquier otro concepto científico que por manoseado, repetido y utilizado hasta la saciedad se ha convertido en tan familiar que nadie lo pone en duda, y ese es justamente el momento en el que empieza la mistificación que convierte en absoluto (en una verdad absoluta) algo que sólo es relativo (una verdad relativa). En esa frontera imperceptible es donde se acaba la ciencia y empieza la ideología. Es el punto en el que se borran los límites que toda tesis científica tiene de manera inherente.

A partir de ese punto la ideología convierte un postulado científico en un mito, en eso que Marx y Engels calificaban como “ideología dominante”, que parece adquirir vida propia, por sí misma: no es algo que deba ser demostrado cuantas veces sea necesario, cuantas veces alguien lo ponga en duda. Entonces aparece esa referencia imprecisa que confunde a la ciencia de verdad, objetiva, con su aspecto subjetivo, la “comunidad científica”, lo que todos o casi todos los científicos aceptan, o admiten, o lo que se publica, o lo que se publica en Estados Unidos, es decir, una concepción del saber que, además de subjetivista, es convencionalista: hoy la ciencia es lo que los científicos dicen que es (y mañana dios dirá).

Dejaré aparcado ese feo asunto para referirme a otro aspecto que toda ideología dominante pone siempre de manifiesto por el hecho de serlo, es decir, por el hecho de dominar: los debates no son simétricos, las dos partes no están en el mismo plano porque una de ellas se atribuye a sí misma la representación de la ciencia y los demás no sólo dicen bobadas sino algo peor: no demuestran lo que dicen. Por su parte, ellos lo tienen todo ya demostrado. Como en cualquier mercado capitalista actual, también en la ciencia quienes sostienen la posición dominante actúan como los monopolios: abusan de su posición dominante, lo cual les conduce -en definitiva- a negar la existencia del contrario. No sólo no quieren abrir un debate sino que tratan de impedirlo con todas sus fuerzas. Por si no se dan cuenta de ello, les diré que esa actitud siempre se ha llamado censura, que ha sido, es y será siempre enemiga jurada de la ciencia.

Llegados hasta aquí hay que volver a abandonar este asunto a medias, porque no es posible abordar ahora una teoría de la demostración científica, o de lo que los marxistas califican como “práctica”. Me lo reservaré para un momento posterior.

Lo que quiero poner de manifiesto es que la ciencia avanza en lucha contra la ideología dominante, es decir, que a medida que el conocimiento progresa, el universo de certezas, de teorías absolutas, exactas y perfectas se desmorona y aparecen al desnudo como lo que son: ideología. Entonces lo que es mayoritario (“la comunidad científica”) se convierte en minoritario, y al revés.

El enconamiento que suele acompañar a estas disputas me obliga también a una precisión, que en cualquier otra circunstancia resultaría superflua. En los debates asimétricos, frente a la posición mayoritaria, los demás no suelen formar un bloque sino grupos diversos y dispersos. Por lo tanto, no basta criticar a uno o algunos de ellos para meterlos todos en el mismo saco y así ridiculizarlos más fácilmente. Las triquiñuelas miserables nunca han formado parte del método científico.

Eso tiene también otra consecuencia, que es la fundamental: cuando la ideología dominante se tambalea no es porque las concepciones de todos los demás sean válidas, ni científicas. Lo que se opone a una tesis admitida como científica sólo puede ser una antítesis igualmente científica, y de esa pugna sólo se deduce una única síntesis, que nunca es cualquier mezcolanza de concepciones heterogéneas, sino una unidad articulada de conceptos, definiciones, hipótesis, inferencias y prácticas. Que una corriente minoritaria no tenga las mismas posibilidades que la mayoritaria nunca es excusa para que no se formule con todo el rigor científico que sea posible.

Quizá esa idea se pueda expresar mejor diciendo que la ciencia es un ejercicio de autocrítica. Quien puede criticar una tesis científica no es cualquier otra tesis sino una tesis de la misma naturaleza, esto es, científica. Se me ocurren también otras formulaciones posibles que pueden ayudar a aclarar esta cuestión: cuando alguien critica rigurosamente determinados aspectos de la ciencia, lo que hace no es oponerse a la ciencia; lo que hace también es ciencia y debe tomarse como tal.

Para terminar -por el momento- daré un giro de 180 grados a lo que acabo de decir hasta ahora: los debates y las discusiones a los que son tan aficionados los diletantes y los charlatanes se cierran igual que se abren. Junto a la polémica existe otra cosa que se llama práctica. Los debates se organizan. Cuanto más mejor. Pueden durar una hora, un día, una semana o un mes, pero no se puede estar debatiendo permanentemente. Hay que ir al laboratorio o salir a la calle.

Es comprensible que haya quienes necesiten tenerlo todo claro (“formarse”) antes de hacer nada. Pero es mejor que se queden en casa hasta que se aclaren (que será nunca). A la práctica casi todos vamos con dudas en la cabeza porque es ahí precisamente donde se despejan. Nunca antes, en ningún debate, en ninguna biblioteca.

Categorías
Ciencia Salud

La ideología del contagio

Una de las concepciones más extrañas de la medicina es la del contagio, una palabra que procede del latín “contactu” y asegura que las enfermedades se transmiten de unas personas a otras incluso por el simple acercamiento entre ellas. No obstante, la posibilidad de un contagio ha llegado a arraigar de tal forma que está plenamente asumida como normal. No plantea la menor duda. Debo ser de los pocos a los que aquí algo no les cuadra en absoluto.

La teoría del contagio tiene enormes consecuencias políticas, además de médicas, que el Estado (más que los médicos) se encarga de recordarnos a cada paso: cada uno puede hacer consigo lo que quiera, pero hay enfermedades en lo que eso no está permitido porque puedes contagiar tu enfermedad a los demás.

De ahí procede la palabra “viral” que ha pasado a la informática y al lenguaje corriente para referirse a algo que se multiplica o propaga indefinidamente, de boca en boca. Cuando esa expansión se produce, convierten a determinadas enfermedades en “amenazas” que pueden acabar con la humanidad entera o con una parte importante de ella.

Recordar ahora las olas de pánico que han desatado en torno a este tipo de concepciones, cuyo origen es siempre Estados Unidos, resultaría ilustrativo de eso a lo que algunos llaman “ciencia” y del intento de mantener a la humanidad atemorizada de forma permanente, como el lamentable espectáculo de esos asiáticos a los que vemos por las calles con una mascarilla en la boca para no contagiar o contagiarse.

Una vez asimilado que el contagio no sólo es posible sino corriente, es decir, que hay enfermedades que son “muy contagiosas”, se deslizan teorías aún más extrañas según las cuales el origen del contagio puede proceder de animales, como ese origen simiesco atribuido al Sida a causa de las relaciones sexuales de hombres (africanos) con monos o por comer carne de dicho animal.

La teoría del contagio surge en la medicina renacentista europea como consecuencia de la recepción del platonismo, es decir, del idealismo objetivo mezclado con supersticiones heredadas de la Edad Media, el orfismo y otro tipo de concepciones religiosas más o menos oscurantistas. Lo mismo que en la actualidad, tales concepciones no se presentaban como lo que eran realmente sino como auténtica “ciencia”, que se puso inmediatamente en marcha con la epidemia de sífilis que invadió Europa en el siglo XVI.

Hasta entonces el contagio parecía algo más bien propio de la mística: todo el universo está lleno de vida, incluso las cosas inertes, la vida pasa de unos cuerpos a otros, y entonces la vida se equiparaba al alma como hoy se equipara al ADN. Al morir un cuerpo el alma no muere sino que pasa a otro cuerpo… Lo mismo que decían de la vida o del alma se decía también de las enfermedades, que eran parte de la vida y se transmitían de unos cuerpos a otros, o bien de padres a hijos.

Con la sífilis y con las enfermedades venéreas, en general, el contacto se concretó en algo tan tangible como las prácticas sexuales. Si el sexo no era pecado, por lo menos era un peligro, decían los médicos. La historia de la sífilis a lo largo de 400 años, de lo que los médicos han escrito sobre ella y de los tratamientos que impusieron a los enfermos, demuestran que era peor el remedio de que la enfermedad. Es uno de los capítulos más ilustrativos que se pueden poner acerca del contagio, porque la experiencia es muy dilatada. La sífilis, las enfermedades venéreas y contagiosas y, en especial, la viruela en la América postcolombina, tenían relación directa con el colonialismo rampante de la época, con los cambios bruscos del medio ambiente, con los primeros viajes interoceánicos, el cambio en la alimentación o la imposición de trabajos forzosos a los indígenas.

En la medida en que un enfermo contagioso es un apestado en el sentido más literal de la palabra, el Estado se apoyó en los médicos para imponer medidas coercitivas contra ellos, por su propio bien y por el de todos los demás. En nombre de la “ciencia”, los galenos asumieron el papel de policías: impusieron cuarentenas, crearon leproserías y lazaretos en los puertos para encerrar a los apestados, los identificaron para que no se mezclaran con los demás, los confinaron en islas remotas… cualquier medida represiva se justificaba en nombre del “tratamiento”.

La consecuencia de ello y del pánico artificioso que crearon alrededor fue que un sinfín de enfermedades pasaron a convertirse en contagiosas y un sinfín de enfermos pasaron a convertirse en una especie de delincuentes. Incluso la literatura de todos los países del mundo está repleta de relatos escalofriantes de ese tipo de prácticas. El tiempo y la ciencia, la de verdad, han ido demostrando que la mayor parte de las enfermedades tradicionalmente consideradas como contagiosas, como la lepra, no lo son. Pero no sólo han demostrado la falsedad de todo ese tipo de concepciones médicas sino que han puesto al descubierto los verdaderos motivos que se encubren detrás de la paranoia del contagio, que desembocan directamente en el fascismo, como modelo de lo que debe ser la “higiene social”, la limpieza étnica, la pureza racial y la eliminación pura y simple de los tullidos, deficientes y degenerados.

Pongamos un caso reciente, el de la pelagra, que hace 100 años se consideró como una enfermedad contagiosa e incluso alguno como el “científico” estadounidense Charles Davenport, hoy olvidado, la consideró, además, hereditaria. La pelagra es una enfermedad de los pobres, consecuencia de una alimentación deficiente.

Cuando a comienzos del pasado siglo en Estados Unidos se desató una “epidemia” de pelagra, el gobierno ordenó la típica investigación para encubrir sus causas verdaderas, el hambre y la miseria que padecía el país, y sustituirlas por otras ficticias avaladas por los típicos “expertos” bien subvencionados.

La investigación se llevó a cabo con presos utilizados como cobayas humanas. El origen verdadero de la enfermedad, que ya se sabía de antemano, se confirmó una vez más, pero se mantuvo en secreto durante 20 años mientras se engañaba a las masas con la correspondiente campaña desinformativa de bulos y fábulas en la que participaron toda esa cohorte de “médicos prestigiosos”, profesores universitarios y facultativos. Los clásicos argumentos infecciosos estuvieron acompañados de una manera burda con los raciales, porque los más pobres y los más enfermos de pelagra eran los negros y, por consiguiente, no había que mezclarse con ellos: no tratar con ellos, no hablarles y, sobre todo, no mantener relaciones sexuales con negros.

De la sífilis al virus del Ébola, a lo largo de siglos y hasta el día de hoy, en todo el mundo la ideología del contagio encubre al colonialismo y al imperialismo, encubre la pobreza de millones de seres humanos, encubre el hambre, encubre la explotación brutal de las masas, encubre el racismo, encubre la condiciones miserables de vida, encubre la suciedad de los barrios más humildes, encubre el hacinamiento, encubre la contaminación… La única vacuna que cura esas lacras es el socialismo. No conozco otra.

Categorías
Salud

‘En materia de salud pública la verdad no es siempre lo más importante’

A diferencia de las facultades universitarias actuales, imbuidas de ideología anglosajona, el materialismo dialéctico ofrece una ventaja insuperable porque explica los conceptos científicos tal y como son: de una manera histórica. El materialismo dialéctico ha quedado casi como la única corriente que defiende que la historia de la ciencia forma parte de la ciencia misma. Por el contrario, el positivismo está erradicando de las facultades universitarias las disciplinas históricas: historia de la física, historia de la biología, historia de la farmacia, etc. De esta manera la ciencia es como una moda: hay que estar a la última, a lo más reciente, porque lo nuevo incorpora en su seno a lo viejo.

El origen de esta tara es que se ha tomado a la física como la ciencia por antonomasia y la física es una disciplina que ignora una de las categorías fundamentales de cualquier ciencia: el tiempo. Basta leer a Newton para darse cuenta de que apenas menciona al tiempo, a pesar de que el tiempo es una de las magnitudes básicas de la mecánica. Pero hay algo aún peor: en las pocas ocasiones en que Newton se refiere al tiempo, lo hace de una manera errónea, que posteriormente se traslada a la teoría de la relatividad, donde las explicaciones acerca del tiempo están repletas de absurdos: continuo espacio-temporal, la cuarta dimensión, viajes en el tiempo, etc.

A diferencia de la mecánica, el tiempo desempeña un papel primordial en cualquier otro ámbito. Por ejemplo, para las personas el tiempo es su biografía, para las sociedades el tiempo es su historia, para la biología es la teoría de la evolución, e incluso en la geología el tiempo ha llegado a ser una parte integrante de su disciplina. En fin, el tiempo ha inundado las ciencias en una batalla permanente contra la mecánica porque el tiempo es todo lo contrario: dialéctica, movimiento y cambio.

Pero la ciencia no sólo explica los cambios, la evolución y la historia sino que en sí misma es cambiante y, por lo tanto, se debería explicar de esa misma manera: como un desarrollo cambiante de los conceptos, de las teorías y de las corrientes mutuamente enfrentadas que la transforman.

Es posible que haya muchos que crean -erróneamente- que los médicos son los únicos profesionales que estudian las enfermedades. Pero -como todo- las enfermedades son esencialmente historia y los historiadores lo saben bien porque enfermedades conocidas como la “peste negra”, por ejemplo, han desempeñado un papel de cierta relevancia en la historia de las sociedades. Sin embargo, para analizar las enfermedades los historiadores no han mirado por el microscopio en busca de virus o bacterias, sino que han tenido en cuenta factores de otro tipo, como el hambre, el urbanismo, la alimentación, el comercio, la carestía, la meteorología, la agricultura, la ganadería, etc.

Si algún médico tuviera la paciencia de leer un “anticuado” tratado sobre la epidemia de cólera de 1883 en España (1) se llevaría muchas sorpresas. Hoy a un médico le resultaría difícil explicar por qué dicha epidemia afectaba a los barrios pobres y no a los barrios ricos. ¿No es el cuerpo humano igual para todos? Si ya es difícil acudir a una facultad de ciencias económicas y escuchar algo relativo a las clases sociales, en medicina eso es tarea imposible. Como máximo uno puede encontrar algún departamento, convenientemente aislado, en el que estudian “medicina del trabajo” y enfermedades típicas de los mineros, como la silicosis, que no se pueden ocultar. También es posible que encuentre manuales descatalogados, como el de Renzo Ricchi (2), cuidadosamente escondidos.

Pongamos otro ejemplo “histórico”: el carbunco, al que hoy llaman ántrax, una enfermedad que actualmente ha remitido, no por ningún antibiótico ni vacuna, sino por el desarrollo de las fuerzas productivas, la modificación de los sistemas de producción fabriles, la sustitución de la lana como materia prima textil por los productos sintéticos, la fabricación de colchones de muelle o el retroceso de la economía pastoril y ganadera. Es la típica enfermedad que apareció por las fuerzas productivas y desapareció por el mismo motivo.

Antes de que Koch y Pasteur impulsaran la medicina moderna, en Inglaterra la enfermedad de los trabajadores textiles por carbunco promovió en 1880 la promulgación de las normas Bradford para la manipulación de las balas de lana, que exigían tomar precauciones y modificar las condiciones de manipulación de la materia prima (3). En los centros de trabajo donde las normas Bradford se implantaron, los casos de carbunco entre los obreros desaparecieron. Si la desaparición no fue completa, se debió a que hubo capitalistas que no las aplicaron, normalmente porque encarecían o complicaban los procesos productivos en los talleres. En 1921 la Oficina Internacional del Trabajo celebró en Ginebra una reunión sobre el carbunco, de donde surgieron medidas que seguían teniendo relación con las condiciones de trabajo más que con remedios de tipo médico.

A los talibanes de la medicina moderna les gusta asegurar que las vacunas son inocuas y que han salvado muchos millones de vidas. A todos los fantoches les gusta presumir de lo que carecen. Hablan de sus éxitos y no de sus fracasos. La historia dice algo bien distinto. Por ejemplo, el carbunco del que acabo de hablar es también una enfermedad de las ovejas. A medida que se empezó a vacunar al ganado contra el carbunco, las quejas de los ganaderos se amontonaron sobre la mesa de Pasteur:

“Las ovejas morían de carbunco; pero no de la enfermedad natural adquirida en los campos contaminados, sino de carbunco producido por las mismas vacunas que debían salvarlas. De otros lugares llegaban también noticias alarmantes: las vacunas que habían costado tanto dinero, no surtían efecto; ganaderos que después de vacunar rebaños enteros se habían acostado dando gracias a Dios por la existencia de Pasteur, una mañana encontraban los campos cubiertos de ovejas muertas; ovejas que debiendo quedar inmunizadas, habían muerto víctima de las esporas de carbunco escondidas en los pastizales. Pasteur empezó a odiar las cartas; hubiera querido taparse los oídos para no percibir los comentarios irónicos que por por todas partes surgían y, por último, sucedió lo peor que podía suceder: aquel alemán molesto Koch, publicó un informe científico, frío y terriblemente exacto, en que dejó comprobado que la vacuna anticarbuncosa no tenía ningún valor práctico” (4).

Si cambiamos de tercio y en lugar de ovejas empezamos a hablar de personas, el relato puede llegar a ser espeluznante y resulta verdaderamente repugnante que nadie hable de ello en una facultad universitaria, e incluso que los ignorantes hagan alarde de su estulticia.

La vacuna contra el carbunco resultaba tan peligrosa que algunos paí­ses restringieron su utilización sólo para el ganado. Aunque posteriormente fue mejorada, es decir, lograron que fuera menos dañina, la vacuna siempre fue un fracaso, si bien “en este terreno la verdad no es siempre lo más importante”, dice cínicamente Kruif. Gracias a que, incluso en materia de salud pública, la verdad no es lo más importante, la vacunación contra el carbunco se impuso por decreto en varios países y Pasteur guardó silencio porque el volumen de negocio crecía de manera espectacular. Entonces dejó de ser una cuestión veterinaria para transformarse en economía y en política: capitalismo en estado puro.

Pero para enterarse de ello hay que hacer algo que en las facultades de veterinaria tampoco enseñan: leer viejos artículos de revistas descatalogadas. Es otra sorprendente faena porque es posible que más de uno vea clases y lucha de clases hasta en la veterinaria, en el ganado. Sencillamente alucinante.

(1) Philip Hauser: Estudios epidemiológicos relativos a la etiología y profilaxis del cólera, Madrid, 1887.
(2) La muerte obrera. Investigación sobre los homicidios blancos y los accidentes de trabajo, Madrid, 1981.
(3) P.W.J.Bartrip: The Home Office and the dangerous trades. Regulating occupational disease in victorian and edwardian britain, Nueva York; Chris Holmes: Spores, plagues and history. The story of anthrax, Durban, Texas, 2003.
(4) Paul de Kruif: Cazadores de microbios, México, 2010, pg.161.

Categorías
Salud

A ignorancia dos virus

Un artículo de la doctora Iria Veiga sobre el reciente caso de difteria que mantiene gravemente enfermo a un niño en Olot, Girona (*), tiene la pretensión de ser “de izquierdas”, materialista y científico para defender las políticas convencionales de salud pública, favorables a la vacunación, frente a las corrientes que, además de minoritarias, son acientíficas. Los unos exponen “datos ciertos”, mientras que los otros engañan, mienten u ocultan.De la lectura de su artículo deduzco que la doctora y yo tenemos dos concepciones opuestas de lo que es el materialismo y la ciencia, e incluso que los datos que para ella son ciertos, no lo son para mí, no son tan ciertos o bien faltan datos. Por lo tanto, creo que existe un nivel de incertidumbre que, sobre todo si se trata de la salud de los niños, debería llevarnos a tener un poco más de precaución, que yo no veo en esos para los cuales la medicina y la ciencia son ese corpus cerrado de conocimientos que enseñan en las universidades y que han acabado en forma de leyes, decretos y órdenes ministeriales aprobados por razones que no siempre tienen que ver con la ciencia sino con otro tipo de consideraciones, como las económicas y las políticas.

Si nos preocupamos por la salud de las masas y exigimos del Estado una atención médica gratuita y generalizada, necesariamente hemos de poner sobre la mesa uno de esos “datos ciertos” del que nadie quiere hablar, a saber, que una de las causas de mortalidad más importantes en los tiempos recientes son los tratamientos médicos y las medicinas. Por lo tanto, personalmente exijo que los médicos tengan precaución con aquellos a quienes atienden y también advierto a las masas que tengan cuidado con los médicos, con las medicinas y con los sistemas de salud canonizados jurídicamente.

De aquí deduzco que el responsable de la salud es siempre uno mismo y que el médico es un auxiliar que nos debe ayudar a que cuidemos de ella con su experiencia y sus conocimientos especializados. Ese principio choca con una de las taras que la medicina moderna pone de manifiesto a cada paso: que no se trata de curar enfermedades sino enfermos, y nadie se conoce mejor a sí mismo que el propio interesado.

Que nuestro mejor médico somos nosotros mismos tiene, además, otro significado adicional cuando tratamos con enfermedades como la difteria: cada ser humano lleva consigo un sistema inmunitario que le protege de las enfermedades o las remedia una vez que se manifiestan. En determinadas circunstancias el cuerpo humano no necesita ir al garaje a que lo reparen porque es capaz de cuidar de sí mismo. En otras, ciertamente, no queda más remedio.

Además de científica y materialista, la medicina es, como cualquier otra disciplina, dialéctica ya que, especialmente en enfermedades como la difteria, es una contradicción entre dos elementos opuestos, como son el antígeno (virus, bacterias) y el anticuerpo (defensas naturales del organismo). Pues bien, desde hace un siglo la medicina viene poniendo el acento unilateralmente en uno de los aspectos del problema (virus, bacterias) descuidando el otro, a pesar de que habla continuamente de “inmunización”.

¿Qué ocurre para que el cuerpo humano deje de ser inmune y haya que inmunizarlo de manera artificial? Que las prácticas de la medicina moderna, como el consumo delirante de antibióticos, muestran una obsesión por virus y bacterias, contribuyendo al desequilibro y la destrucción del sistema inmune. Esas prácticas médicas son consistentes con el capitalismo en todos los sentidos posibles, especialmente en el de que encubren el verdadero origen de eso que llaman enfermedades “contagiosas”, que no está en la naturaleza (o no está sólo en ella) sino en la sociedad.

Es una tradición que el movimiento obrero ha perdido. Cuando hace 100 años se convocó en París un congreso médico internacional para tratar la tuberculosis, la CGT francesa (que entonces era anarco-sindicalista) convocó otro paralelo para denunciar al oficial y sostener que el remedio a la tuberculosis no era médico sino económico y político. Además de mirar al microscopio, en determinadas enfermedades la medicina tiene que mirar otros aspectos de la salud: ¿come adecuadamente el enfermo?, ¿qué bebe?, ¿está el agua contaminada?, ¿qué drogas consume?, ¿qué cantidad?, ¿donde vive?, ¿se trata de casas llenas de humedad?, ¿de ratas?, ¿de parásitos?, ¿qué aire respira?, ¿tiene hábitos higiénicos?, ¿vive junto a una fábrica contaminante?, ¿que trabajo desempeña?, ¿cuántas horas trabaja?, ¿en qué condiciones?

Hay muchas preguntas, además de si los padres deben vacunar (obligatoriamente) a sus hijos, o no. En la experiencia milenaria de la medicina hay muchos “datos ciertos” que las facultades universitarias no quieren poner sobre la mesa, quizá para que concentremos nuestra atención sobre otros. No entiendo que en el título de su artículo, tanto en gallego como en castellano, la doctora Iria Veiga hable de virus para tratar una enfermedad que -según aseguran los manuales- está causada por una bacteria. No entiendo que si es así, si la bacteria causa la enfermedad, haya personas que tienen la causa (la bacteria) pero no tienen el efecto (la enfermedad). No entiendo que si es una enfermedad que se contagia, sea un caso único, es decir, no se haya contagiado. No entiendo por qué hay que tratar a una persona sana, es decir, vacunarla, para evitar una hipótesis: que caiga enferma. No entiendo que si las vacunas inmunizan, haya que “reforzarlas” o “recordarlas” con más vacunas periódicamente. No entiendo que las vacunaciones se deban imponer, además, de manera obligatoria, para posibles enfermedades que, como la difteria, casi han desaparecido. No entiendo que la medicina moderna nos pretenda hacer creer que dicha desaparición es consecuencia de las vacunas y no de la lucha del movimiento obrero por mejorar sus condiciones de vida y de trabajo.

A mi lo que me preocupa es que la doctora afirme que “los virus y las bacterias son seres vivos con los que compartimos medio” porque eso no es ni materialista ni científico. Hoy la ciencia no es unánime al afirmar que los virus sean precisamente seres “vivos”. Mas bien el origen semántico de la palabra (del latín, veneno, tóxico) conduce a lo contrario: a suponer que los virus son sustancias inertes. Hoy la ciencia tampoco afirma que “compartimos medio” con los virus y bacterias. Lo que asegura es que somos virus y bacterias evolucionados, que tenemos en nuestro interior más virus y bacterias que células, o sea, que el medio somos nosotros. Asegura también que los mismos no son patógenos (normalmente) y que, por consiguiente, la paranoia de la medicina moderna contra los virus y bacterias procede de un grave error que lastra sus propios fundamentos.

La propia doctora incurre en dicho error cuando afirma que los virus y bacterias “no van a desaparecer únicamente por una mejor higiene y alimentación”. Pero con excepción de la medicina moderna, nadie en su sano juicio pretende tal desaparición, entre otras razones porque es imposible. No hay más que recordar el bofetón de realismo propinado por la “resistencia antibacteriana” a ese tipo de “científicos” que querían acabar con ellas. Es la vieja historia del cazador cazado: no es la “ciencia” la que ha acabado con las bacterias sino las bacterias las que han acabado con esa “ciencia”.

Así que, en efecto, como escribe Veiga: “no tiremos piedras contra nuestros propios tejados de clase”. Entre los motivos del descenso de la mortalidad de las clases populares en el siglo XX no está la vacunación, ni esos sedicentes “avances” de la medicina moderna, sino la lucha de clases, el tratamiento de las aguas, como bien reconoce la doctora, la reducción de la jornada de trabajo, los descansos semanales y las vacaciones, la mejora en la alimentación, la edificación de viviendas confortables, la instalación de duchas y baños, las reformas en los barrios obreros, la reducción del alcoholismo y un sinfín de mejoras que hace muchos años que -por desgracia- tenemos olvidadas.

Dado que todas esas mejoras en las condiciones de vida y trabajo de los obreros están en trance de liquidación, no cabe duda alguna: volverán de nuevo las enfermedades “contagiosas”, las plagas y las pestes, y con ellas volverán a imponer vacunaciones masivas para ocultar los verdaderos motivos de su reaparición, todo ello en medio de una histeria masiva promovida por los medios de comunicación, como hemos visto con el virus del Ébola.

Ya sólo queda explicar cómo es posible que un conjunto de hipótesis erróneas haya seducido a “la inmensa mayoría de la comunidad científica”. Quizá sea debido que, como dice también Veiga, “no existe debate científico en torno a la vacunación”, ni tampoco sobre la “teoría de la evolución”. Es que no hay debate científico sobre nada. Así les luce el pelo.

(*) O virus da ignorancia, http://www.sermosgaliza.gal/opinion/iria-veiga/virus-da-ignorancia/20150607012123038044.html

Categorías
Opinión

El nuevo ciclo, el viejo y toda la vida igual

Leemos y escuchamos tantas veces, especialmente a Otegi y luego a Errejón, que ha empezado un nuevo ciclo que nos hemos planteado: ¿en qué se diferencia del anterior? Como nunca nos lo explican, hemos llegado a la conclusión de que estamos entendiendo mal: lo que ha empezado es un nuevo circo, con nuevos números, nuevas atracciones, nuevos payasos y trapecistas. Si fuera el circo de toda la vida resultaría aburrido a más no poder. Para que el público que ya ha visto la actuación vuelva a pasar por caja siempre hay que cambiar algo. Los pequeños cambios previenen los grandes, los necesarios y los imprescindibles. Las nuevas atracciones son propias de quienes quieren que el circo siga siendo el mismo circo, el de siempre.

Para llevar la contraria, aquí empezaremos a hablar no de las nuevas atracciones sino del circo mismo, de toda esa banda a la que llaman “clase política”, que son más de lo mismo, la de toda la vida, un compendio de caciques provincianos, cotillas, garrulos, zafios, ramplones, mediocres y… no podemos seguir en esta línea porque, es tal el desprecio que nos transmiten, que agotaríamos los insultos del diccionario y acabaríamos en los juzgados.

Cuando vemos y oímos a personajes como Rajoy, Aznar, Pedro Sánchez, Cayo Lara, Rita Barberá y demás miembros de “la casta”, entendemos mejor a aquellos personajes fatuos y grotescos de la Restauración que en tiempos del franquismo se convirtieron en oscuros y sucios burócratas, absorbidos por el día a día y la rutina de estar sentados todos los días en una oficina llena de legajos.

Para encontrar un prototipo del político español basta abrir el callejero de Madrid y tomar un nombre al azar: Romero Robledo, por ejemplo, ministro de la Gobernación (Interior) durante la Restauración, presidente de las Cortes… en fin un señorito andaluz que jamás conoció otro oficio que ese, el de político. Como ministro del ramo, Romero Robledo no inventó el pucherazo sino que lo elevó a la categoría de arte electoral. Como en aquella época no había urnas se utilizaban pucheros y al acabar la jornada electoral se volcaba el contenido de las papeletas que, por casualidad, siempre caían del mismo lado: el que desde Madrid ordenaba aquel ministro.

De ahí procede la palabra, auténtica sabiduría popular que conserva la memoria histórica mejor que los archivos, de donde han desaparecido los documentos y cartas relativos a las manipulaciones de Romero Robledo, quien ha pasado a la historia, por cierto, con el nombre sarcástico de “El Gran Elector”. Lo mandó quemar todo, pero eran tantos los papeles que no pudo borrar el rastro de sus manejos por completo.

En aquella época los apaños electorales eran curiosos. Algunos diputados salieron elegidos por una circunscripción en la que no se habían presentado. ¿Qué más da? ¿No quería Usted ser diputado? ¿Qué importancia tiene que lo sea por Segovia y no por Córdoba? En un país dominado por la superficialidad todo da lo mismo. ¿No quería Usted ser diputado? ¿Qué importancia tiene que lo sea por el partido conservador o por el liberal? Entonces si no te gustaba un partido te pasabas al otro, como hizo el propio Romero Robledo varias veces. O creabas el tuyo propio. Más allá del nombre era difícil encontrar la diferencia entre unos y otros.

Es lo mismo que comentó Adolfo Suárez, cuando le cesaron de uno de los cargos que ocupó bajo el franquismo. Quería ser ministro de algo. ¿De qué? Da lo mismo. Lo importante era ser ministro.

La superficialidad política tiene cosas singulares. Lo mismo que hoy, también la Restauración procedía de un golpe de Estado. Montado en su caballo, con el sable en la mano, en 1874 el general Pavía introdujo a las tropas en Las Cortes para acabar con la Primera República. Pero eso nunca importó nada a los diputados que vinieron después. Todo era normal. A nadie se le ocurrió impugnar la legitimidad de aquel régimen político en el que medraron personajes como Romero Robledo.

Cuentan los cronistas que cierto día Romero Robledo empezó a discutir con un conocido catedrático (y parlamentario a la vez) en los pasillos del Congreso y le dijo: “En efecto, Usted es una persona extraordinaria, pero yo soy aún más extraordinario que Usted; para discurrir Usted necesita el apoyo de los libros y las bibliotecas, y yo no los necesito; si Usted hubiera sido andaluz, se hubiera Usted aburrido mucho en el mundo, y yo, en cambio, lo habría pasado muy bien”.

Era característico de la clase dominante de aquella época. Romero Robledo presumía de tener una casa muy grande en Madrid, tanto como de que en ella no había libro alguno. No necesitaba ningún tipo de información para hablar durante horas en el Congreso. A pesar de ello, como los demás fantoches, acumulaba títulos, como el de presidente de la Academia de Jurisprudencia y Legislación, Presidente del Círculo de Bellas Artes o académico de la de Ciencias Morales y Políticas. En fin, Romero Robledo impartía lecciones de moralidad y acumulaba títulos al mismo ritmo que vaciaba su cabeza.

Como buen ministro del Interior, para apañar las elecciones y otras tareas propias del cargo, tenía una tropa legal y otra paralela. Entonces la llamaban “la partida de la porra”. La integraban los peores sujetos reclutados de los bajos fondos de Madrid, la “manolería”. Las altas esferas (marqueses, políticos, financieros) se mezclaban así con las más bajas (cesantes, quinquis, rufianes). El jefe era el ministro, pero el dinero lo ponía el Duque de Sesto. Muchas páginas se han escrito sobre la unidad dialéctica del palo y la zanahoria, y bastantes coinciden en Romero Robledo. Donde no llegaba el pucherazo, el enchufe y la recomendación, llegaba la intimidación.

Antes de la Restauración, durante el reinado de Amadeo de Saboya, a pesar de su juventud, Romero Robledo ya fue subsecretario de Gobernación en el Ministerio de Sagasta. Estuvo, pues, entre quienes prohibieron la Primera Internacional por decreto. Eran sujetos de esa calaña, profundamente inmorales, los que calificaban de “inmoral” al movimiento obrero, que entonces era tanto como decir “terrorista”. También era todo normal, lógico, de cajón, propio de quienes han hecho de “la política“ su profesión y han logrado que los demás, la inmensa mayoría, aborrezca esa “política“. Lo peor de todo es que no conocen otra. Todo les parece más de lo mismo. Incluidos nosotros.