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El año pasado se publicó en Francia un libro del periodista Jean-Charles Deniau titulado “La verdad sobre la muerte de Maurice Audin”, un comunista argelino, militante independentista y profesor de matemáticas en la Universidad de Argel, detenido y desaparecido durante la batalla de 1957 contra el colonialismo.
Fue un crimen de Estado, uno de los muchos que cometieron los colonialistas durante las guerras de liberación nacional de aquella época. No hay nada nuevo que decir sobre el asunto, como no sea volver a repetir, una y otra vez, lo que se sabe, que es mucho, y lo que se sospecha, que es más aún.
Que desde hace más de medio siglo Francia guarde silencio sobre los crímenes que ha cometido en Argelia es, en efecto, una redundancia. El silencio es una parte del terrorismo de Estado, y cuando tanto se habla ahora del terrorismo, precisamente en Francia, hay que empezar hablando del terrorismo promovido, armado, financiado, respaldado y meticulosamente organizado por el Estado francés.
A la casa en la que vivía Audin en Argel llegaron los paracaidistas el 11 de junio de 1957 y nada más se ha vuelto a saber de él, salvo que los criminales estaban a las órdenes del general Massu.
Su caso no es diferente de los otros 3.000 desaparecidos que hubo entre enero y octubre de aquel año, un verdadero agujero demográfico en medio de la “Batalla de Argel” que marcó el punto sin retorno en una guerra sin tregua por sacudirse de encima el yugo colonial.
Audin fue víctima de la paranoia anticomunista de la época. En medio de la guerra fría, para los imperialistas franceses la “Batalla de Argel” formaba parte de la lucha contra el comunismo y contra la URSS, lo que explica el ensañamiento con el profesor de matemáticas.
Había nacido en Beja, Argelia, el 14 de febrero de 1932. Tenía, pues, 25 años y una familia con tres hijos pequeños cuando fue secuestrado por los paracaidistas. También su mujer y sus tres hijos, uno de ellos recién nacido, estuvieron encerrados en la vivienda durante cuatro días, custodiados por los paracaidistas.
Audin militaba en el Partido Comunista de Argelia, que era clandestino desde hacía dos años. Además de sus clases en la universidad, se dedicaba al trabajo sindical. Pocos meses después de su desaparición, Laurent Schwartz leyó en la Universidad de la Sorbona su tesis doctoral, que fue premiada en ausencia.
El gobierno de París y los militares a su servicio lanzaron entonces la típica cortina de humo para consumo de la prensa: tras su detención Audin se había logrado fugar durante un traslado. Naturalmente que ni la policía ni los paracaidistas emprendieron su búsqueda. ¿Para qué?
En 1958 una investigación minuciosa (y censurada) llevada a cabo por el historiador Pierre Vidal-Naquet concluyó que no existió tal fuga y que murió a manos de los paracaidistas, indicando al posibilidad de que falleciera como consecuencia de las torturas de que fue objeto por el teniente Charbonnier durante su interrogatorio en el cuartel de El Biar.
Las memorias que dejó escritas el coronel Yves Godard empezaron a destapar que el asesinato no fue exactamente así, sino peor aún. Tras su detención Audin fue asesinado a sangre fría por Gerard Garcet, uno de los lugartenientes del general Massu.
Cada vez que se levantaba por las mañanas, el general francés redactaba una lista con los combatientes que debían morir y los que debían seguir con vida un poco más de tiempo. Entre la vida y la muerte de aquellos héroes la tortura estaba a medio camino.
En su libro Deniau pone en boca del general Aussaresses, otro criminal de la guerra de Argelia recientemente fallecido, que tras la detención de Audin, él personalmente como responsable de información se encargó de organizar su ejecución encubierta “con la cobertura plena y entera del poder político”. Pero, ¿cómo creer al general mentiroso, a ese que siempre había dicho que el detenido se fugó?
El cuerpo de Audin nunca apareció. A petición de su viuda y después de numerosas protestas, hace dos años Hollande prometió abrir los archivos y, en efecto, a los tres meses a la viuda le llegó un sobre con varios documentos del Ministerio de Defensa tan cuidadosamente seleccionados que no aportaban nada nuevo que no se supiera de antemano.
En enero del año pasado el ministro de Defensa repitió las promesas de contribuir al esclarecimiento de la verdad con todo lo que estuviera al alcance de su mano. Otra burla macabra. El ministro tiene la mano muy corta.
Sirvan estas líneas para recordar a los imperialistas, a todos ellos, que se equivocan si creen que el silencio es sinónimo de olvido. Todo lo contrario.


Kevin Barrett, editor de la revista Veterans Today, declaró el lunes: «Desde hace tiempo el gobierno británico colabora con los extremistas salafistas y wahabitas que manipula y protege para alcanzar sus propios objetivos políticos». ¿Otro perturbado?
(1) Quand l’Afrique refuse d’être le dépotoir pour terroristes de la France, 23 de enero
http://allainjules.com/2015/01/23/terrorisme-quand-lafrique-refuse-detre-le-depotoir-pour-terroristes-de-la-france/
(2) http://www.liberation.fr/societe/2015/01/20/bequille-intellectuelle_1185032
(3) http://www.agenceinfolibre.fr/general-v-desportes-les-etats-unis-ont-cree-daech/
Lo dijo Alfonso Guerra nada más abandonar el escaño que había “okupado” durante más de 35 años: cuidado con esos que quieren re-escribir la historia, en este caso la historia de la transición, que debe quedar como hasta ahora, como un auténtico cambio.
Los que pretenden re-escribirla incurren en un delito de enaltecimiento del terrorismo, ha sancionado el Tribunal Supremo, empeñado en sepultar bajo mil expedientes judiciales a quienes buscan el polvo bajo el felpudo. No hay alternativa: o bien hay que pasar página, olvidarnos, que es lo que han intentado hasta ahora, o bien, en caso contrario, si la memoria nos persigue como una pesadilla, hay que volver al canon, a la versión oficial.
No sólo está ocurriendo en España, sino en toda Europa occidental, que también tuvo su transición un poco antes, en 1945, y en Europa oriental, que tuvo su transición en 1990, un poco después.
Todas estas transiciones tienen algo en común: que -según Lenin- van a contrapelo de la historia real que cabría esperar, a saber, que en los tiempos del imperialismo la tendencia de los Estados es en el sentido opuesto, de la democracia al fascismo. Un tema apasionante, sin duda, para los historiadores (para los de verdad).
En Europa oriental la caída del telón de acero también necesita re-escribir la historia de lo sucedido en la Segunda Guerra Mundial, que acabó “contranatura”: quien debió ganar la guerra fue el III Reich y sus aliados. El ejército soviético estropeó el guión porque la propia URSS fue un cuerpo extraño dentro de la historia del siglo pasado que los cronistas no son capacaces de digerir.
“Si no somos capaces de cambiar la historia, cambiemos la manera de contarla”, piensan, y están empeñados en ello. Para eso disponen de los aparatos ideológicos del Estado, de la universidades y de los universitarios que en medio de los archivos polvorientos siguen re-buscando los pelos que Stalin tenía justo en el agujero del culo.
La lucha contra el fascismo, cuyo máximo ejemplo es la Segunda Geurra Mundial, se resume entonces en el desembarco de Normandía, del que La 2 sigue emitiendo un reportaje tras otro, o la máquina Enigma que descrifró los códigos secretos, o los heroicos pilotos de la RAF, o las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, o… cualquier cosa que no sea la URSS
Tras el golpe de Estado de Kiev del pasado año, re-calificado como acción cívica y democrática, la historia, o mejor dicho, la manera de contarla, sigue cambiando. Ahora la versión oficial es que al final de la guerra la URSS invadió primero Ucrania y luego Alemania.
Sin embargo, el desembarco de Normandía no fue una invasión de Francia por parte de Estados Unidos. Ni hablar.
“Díme cómo escribes la historia y te diré quién eres”. El gobierno ucraniano (y el polaco) está poniendo de manifiesto su naturaleza fascista al re-escribir la historia de una manera fascista. Lo mismo va a ocurrir dentro de poco en los países de Europa occidental, cuando en el gobierno se consoliden organizaciones como el Frente Nacional, Pegida y similares.
El 27 de enero se cumple el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz, el símbolo por antonomasia de la barbarie fascista y el canciller polaco, Grzegorz Schetyna, ha dicho a la radio que no fueron los soviéticos sino los ucranianos quienes liberaron a los antifascistas recluidos en ellos.
¿Cómo es posible esta manipulación? Por una sencilla razón: los soviéticos no podían liberar a nadie de nada porque ellos mismos estaban esclavizados por Stalin y el KGB. La estupidez de los imperialistas y de los “historiadores” a su servicio es monumental. Si los soviéticos padecían una brutal y sanguinaria dictadura, ¿cómo es posible que 30 millones de personas dieran su vida para defenderla? Si la URSS armó hasta los dientes a una población humillada y sojuzgada tan salvajemente como dicen, ¿por qué no volvieron sus armas contra los opresores que los gobernaban?
Dado el escaso alcance de su intelecto, los mercenarios de las universidades no se plantean dudas como las siguientes: ¿por que todos los campos de concentración nazis estaban en el este de Europa y no en países como Bélgica, Francia o Dinamarca? ¿No había judíos en esos países o no sólo los judíos fueron encerrados en ellos?
El 27 de enero se conmemora el Día de las Víctimas del Holocausto (judío) y el diario L’Express titulaba ayer en su portada: “Ambiente de guerra fría en el aniversario de la liberación de Auschwitz”. Para no tener que explicar lo inexplicable, el gobierno polaco, en cuyo suelo se encuentra Auschwitz y la mayor parte de los demás campos de concentración, no ha invitado a Putin a los actos oficiales.
Pues bien, la verdad es revolucionaria y, a la inversa, la revolución es patrimonio de la verdad: la liberación del campo de concentración de Auschwitz fue obra del ejército soviético y, por si alguno aún no sabe lo que significa la palabra “soviético”, aclararé que se trataba de un ejército internacional en el que combatieron, entre otros, ucranianos, polacos, rusos… y judíos.
El nieto de uno de aquellos combatientes soviéticos que liberó Auschwitz, Pinchos Fridberg, un judío de nacionalidad letona que se declara contrario a Putin, manifestaba en Twitter (Russia Insider, 21 de enero) su indignación por la exclusión de Rusia de los actos oficiales:
“Soy ciudadano de la Lituania democrática. Esto me da el derecho no sólo para tener sino también para expresar abiertamente una opinión diferente de la opinión oficial. Auschwitz fue liberado por el Ejército Rojo. Mi padre fue un soldado de ese ejército desde diciembre de 1941 hasta el último día de la guerra. Fue herido en combate tres veces cuando luchaba en el frente.
“Puedo traer aquí las fotocopias de los dos documentos, milagrosamente conservados en los archivos de mi familia. Mi padre murió en 1992. Pero si hoy viviera y se enterara de que el país cuyas fuerzas liberaron Auschwitz no participa en los actos conmemorativos de 2015, creo que se sentiría ofendido.
“Putin tiene que ser invitado a Auschwitz”. Es el título de un reciente artículo de Efraim Zuroff, a quien llaman “el último cazador de nazis”. Otra publicación reciente se llama “Boris Nemtsov: no podemos celebrar la liberación de Auschwitz sin Putin”. Difícilmente Nemtsov puede ser considerado sospechoso de respaldar a Putin. “Estoy de acuerdo con Zuroff. Estoy de acuerdo con Nemtsov…”
Pues no. Hay quien no puede salir en una foto que va a dar la vuelta al mundo. Como dice la prensa de Estados Unidos Putin está aislado y debe aparecer como tal, fuera de juego. Pero, ¿aislado de quién?, ¿aislado por quién?
Casi al final de la película “Rojos” de Warren Beaty, estrenada en 1981, John Reed toma la palabra en la Conferencia de Bakú y su alocución es recibida por los asistentes con un aplauso tan cerrado que el comunista americano queda sorprendido. Tras acabar la reunión se dirige a Zinoviev, que había presidido las sesiones, para preguntarle por los motivos por los que su discurso había tenido tan buena aceptación.
— “Ha sido por tu llamamiento a la guerra santa”, le responde Zinoviev
— “Pero yo no he hablado de guerra santa sino de lucha de clases”, replica Reed sorprendido
Aparentemente fue una mala traducción que a Reed no le agradó absolutamente nada, como el conjunto de aquella extraña Conferencia. Más que traducir, habían interpretado sus palabras, algo que suele ser muy frecuente. Es más, cabe pensar que dicha interpretación no era un error sino algo deliberado porque en el discurso de cierre Zinoviev utilizó el mismo término, yihad, para que a los musulmanes que participaban en la Conferencia no les quedaran dudas: “Hay que desatar una verdadera guerra santa contra los capitalistas ingleses y franceses”, dijo Zinoviev.
Era el 8 setiembre de 1920. Zinoviev calificó a la Conferencia de Bakú como la segunda parte del II Congreso de la III Internacional que se había celebrado en Moscú unas pocas semanas antes, la reunión más ambiciosa convocada hasta entonces por el movimiento comunista internacional. Reunió a 1.900 asistentes, de los que 700 no eran comunistas sino nacionalistas, o lo que hoy calificaríamos como antimperialistas o tercermundistas procedentes de muchos rincones del mundo. La mayor parte de estos últimos eran musulmanes (turcos, azeríes, chechenos, árabes, afganos) aunque también había judíos, hinduístas y otras confesiones religiosas.
El malentendido entre Reed y Zinoviev no era un problema técnico de traducción, sino algo peor. Tiene un trasfondo político e ideológico que llega a la actualidad, sobre todo cuando los marxistas se ven ante un auditorio masivo y heterogéneo, como la Conferencia de Bakú, que es el que todo movimiento revolucionario espera encontrar alguna vez. Zinoviev tenía razón. El marxismo no es, como creía Reed, un vehículo de comunicación de unos marxistas con otros, sino precisamente con los que no son marxistas, con las masas y, entre ellas, con los fieles de una u otra religión. El auditorio no aplaudió a Reed, lo que aplaudió fue la traducción. De ahí la sorpresa del propio Reed por la acogida que tuvieron sus palabras.
Pero pasemos ahora a la segunda cuestión, a las palabras del propio Zinoviev que tampoco fueron ninguna casualidad, ya que su discurso fue aprobado por la dirección de la III Internacional. La alusión de Zinoviev a una “guerra” contra los capitalistas no puede extrañar a ningún marxista. Ahora bien, ¿por qué una guerra precisamente “santa”? Si había miembros de varias confesiones religiosas, ¿por qué utilizar una expresión musulmana que podía crear rechazo entre los demás o un enfrentamiento mutuo entre los asistentes?, ¿cómo es posible que un ateo, un dirigente comunista, utilice una expresión de clara raigambre religiosa?
Como siempre la explicación está en una manipulación, en este caso del sentido de la palabra yihad, que es una expresión propia del idioma árabe. Pero el árabe es al islam lo que el latín al catolicismo, por lo que al aparato ideológico del imperialismo le ha resultado muy sencillo saltar del idioma (árabe) a la religión (islam) creando una amalgama, el yihadismo, para consumo -curiosamente- no de los árabes ni de los islamistas sino de las masas occidentales. Esa manipulación no existía en 1920. Por eso las demás confesiones religiosas -lo mismo que los ateos- no podían experimentar ningún rechazo, ni hacia la yihad ni hacia el islam.
Son los estragos de la ideología dominante. Según los imperialistas el Corán es un llamamiento a la lucha, a la guerra contra los infieles, un caso claro de enaltecimiento del terrorismo, de los degollamientos y el salvajismo. Los islamistas no sólo quieren acabar con nuestro “estilo de vida” tan maravilloso sino que quieren hacerlo por la fuerza y “nosotros” no podemos consentirlo. No debemos permanecer con los brazos cruzados.
Pero eso no es todo. Los aparatos ideológicos del imperialismo nos han inculcado hasta el tuétano que el islam tiene algo exclusivo, la yihad, que no existe en las demás confesiones, que no serían tan agresivas o violentas como el islam, que los musulmanes son los únicos que actúan de esa manera. Pues bien, es absolutamente falso. El mensaje de Jesucristo a sus apóstoles, expuesto en el Evangelio de Mateo (10,34-36), contiene un llamamiento terrorífico que Mahoma jamás pronunció: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido para traer la paz, sino la espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa”.
En la Biblia se pueden encontrar multitud de mensajes parecidos a ese. Por el contrario, en contra de una creencia hoy muy extendida, la palabra yihad sólo aparece tres veces en el Corán, carece de estatuto religioso entre sus fieles y no es tampoco una de las obligaciones religiosas de los musulmanes. Ni siquiera es una palabra de género femenino sino masculino, por lo que en todo caso debería decirse “el yihad”. Al convertirla en femenino los imperialistas la acercan mucho más a la palabra “guerra”, que también es de género femenino. Su traducción más inmediata al castellano no tiene que ver con una lucha armada, que en árabe se designa por la expresión “qital”, que es equivalente a lo que en la cristiandad se entiende como “guerra justa”.
Es entonces cuando empezamos a entender algo de lo que significa la yihad: como todas las ideologías y todas las religiones, el islam tiene una serie de principios que le permiten pronunciarse sobre una guerra, es decir, afirmar su legitimidad y, por lo tanto, rechazarla o apoyarla. En la cristiandad la guerra se regula en base a dos principios generales:
— “ius ad bellum”: las condiciones en las cuales alguien tiene derecho de declarar la guerra a otro legítimamente
— “ius in bello”: las normas que rigen la manera justa de llevar a cabo la guerra
En cualquier religión y, por extensión, en cualquier ideología, esas normas son siempre las mismas. A causa del origen teológico de las normas jurídicas, cualquiera que sea la religión, la guerra santa es siempre la guerra justa, y a la inversa. Los marxistas utilizamos exactamente ese mismo lenguaje y consideramos a unas guerras como justas (revolucionarias) y a otras como injustas, como agresiones o como guerras imperialistas. Por eso en Bakú todos entendieron -y aplaudieron- a Reed y Zinoviev, tanto los ateos como los creyentes: la yihad contra el capitalismo es una causa tan justa que para los creyentes se convertía en sagrada, es decir, en un deber.
Quizá sea posible entender mejor la palabra contrastándola con la palabra castellana “militar”, que tiene un significado doble, porque se refiere tanto al soldado, si es sustantivo, como al afiliado a un partido político, si es un verbo. En el idioma castellano son muy numerosas las derivaciones militares de expresiones políticas, empezando por la definición de Clausewitz de que “la guerra es la continuación de la política por medios violentos”. También son muchos los que asimilan la palabra “revolución” e incluso “lucha” o “huelga” a violencia.
La misma ambigüedad semántica tiene el idioma árabe. En el siglo XII el gran pensador andalusí Averroes (Ibn Rushd) habló de cuatro tipos de yihad: la de la lengua, la de la mano, la del corazón y la de la espada. En el lenguaje árabe corriente la yihad es la disposición interior de alguien para acometer una tarea. Tiene un sentido espiritual: el de mantenerse firme en las creencias religiosas ante un entorno de incredulidad. En el Corán se encuentran expresiones que se pueden traducir como “esfuérzate con toda tu alma” o “haz un esfuerzo en el camino de Dios”.
Pero además de un esfuerzo interior, propio del espíritu, la palabra árabe también tiene el sentido de ejercer una fuerza hacia el exterior. Hay una lucha para cambiar (mejorar) uno mismo (gran yihad) como para cambiar (mejorar) la sociedad (pequeña yihad). Esta última tiene, pues, un claro significado político y, como toda militancia, es un esfuerzo, exige una dedicación y una entrega.
No obstante, aunque no es aceptable una asimilación absoluta entre yihad y violencia o guerra, con el tiempo los ulemas, intérpretes de la ley mulsulmana, fueron ampliando el alcance semántico de la palabra en un sentido más agresivo del que originariamente tenía. Entonces, como los materialistas ya deberíamos saber, el planteamiento del problema cambia significativamente: no se trata de lo que diga la palabra de dios, sino de lo que digan los ulemas, o sea, la historia. ¿Por qué se produjo esa ampliación semántica?, ¿qué factores históricos la provocaron?
La explicación no puede estar en el Corán ni en ninguna creencia sino en la evolución del mundo árabe, su expansión (su emigración) fuera de la Península Arábiga, a la que acompañó el islam (porque junto con los pies también viajan la cabeza y el corazón), así como las escisiones internas que acompañan a toda expansión y, finalmente, el choque con otros pueblos (y con otras creencias y religiones).
Para llevar a las masas a una lucha, a una huelga, a una manifestación o a una guerra, hay que explicar bien claramente que la razón está de parte del convocante, que la decisión es adecuada, acertada y justa. Los creyentes la llaman “santa”, pero eso no cambia las cosas más que para ellos. Pero no nos confundamos. No es la conciencia la que mueve la historia sino al revés. Las masas no van a la lucha por ningún tipo de explicación, ni sindical, ni política, ni militar, ni religiosa. No son los carteles y las octavillas sino las condiciones sociales las que un materialista tiene que averiguar para explicar un determinado acontecimiento.
La consideración de una causa y de una lucha como “sagradas” es lo que -con otras palabras- todo militante discute cada día en sus reuniones: ¿hay que convocar ahora una manifestación?, ¿es conveniente la lucha armada?, ¿en que condiciones es admisible utilizar la violencia?, ¿qué tipo de luchas son acertadas y cuáles contraproducentes?
Recientemente la CIA desclasificó 130 documentos que son una parte de los archivos referentes al escritor soviético Boris Pasternak. Su lectura confirma que fue el espionaje estadounidense quien publicó y difundió la novela “Doctor Zhivago” en 1958. Según el libro “The Zhivago Affair”, escrito por los periodistas Peter Finn y Petra Couvée, fue el mayor arma cultural contra el comunismo durante la guerra fría, sobre todo porque, en cumplimiento del plan de la CIA, la mano del gobierno de Estados Unidos no apareció de ninguna forma forma hasta fechas muy recientes.
Una de las consignas del espionaje, fechada en diciembre de 1957, recomienda prestar a la obra de Pasternak una atención especial. “La tirada de ‘Doctor Zhivago’ debe ser máxima y publicarse en el mayor número de redacciones para una ulterior discusión por la opinión pública internacional así como nominarse para los premios Nobel”, dice el documento.
La novela formó parte del programa de distribución de libros que la CIA puso en funcionamiento durante la guerra fría. La agencia de espionaje gastó millones cada año en la traducción y publicación de todo tipo de obras. Entre 1958 y 1991 el programa propagandístico del imperialismo difundió unos 10 millones de libros y periódicos, no solo literarios, sino también de historia, economía e historia del arte, entre otros temas. Los documentos de la CIA señalan que los autores como Pasternak ayudaban activamente con sus obras a destruir el socialismo en la URSS.
Como principal punto de distribución del libro, el espionaje escogió la Exposición Universal que se celebró en Bruselas en 1958, donde participaron 45 países. La CIA no podía distribuir el libro desde el pabellón estadounidense, por lo que utilizó el pabellón del Vaticano, dirigido por un grupo de católicos rusos, sacerdotes y seglares. Para ello la CIA tuvo que imprimir en su propio cuartel general una edición limitada, clandestina y de bolsillo de la novela, lo que se llevó a cabo en julio de 1959, cuando unas 9.000 copias salieron de sus rotativas.
A Pasternak (1890-1960) no se le conoce por sus poemas sino casi exclusivamente por su única novela, “Doctor Zhivago”, que los instrumentos de propaganda del imperialismo convirtieron en un símbolo, un ariete con el que mentir, engañar y criticar hasta el agotamiento a los países socialistas.
Gracias a “Doctor Zhivago”, a Pasternak le dieron el Premio Nóbel de literatura en 1958 y poco tiempo después se rodó una película basada en la novela, que se tradujo a 18 idiomas. Incluso lanzaron colecciones de cromos para que los niños de todo el mundo aprendieran a odiar al socialismo en una operación propagandística que hasta entonces nadie había sido capaz de poner en marcha.
Pero los Premios Nobel son los galardones más manipulados y corrompidos que existen y por eso la propaganda imperialista les da un realce que no tienen. El caso del “Doctor Zhivago” no es una excepción.
Según el reglamento, para optar al Premio Nóbel de literatura, la novela debía estar editada en su idioma original en su propio país y “Doctor Zhivago” estaba aún sin publicar porque la editorial soviética que tenía prevista su difusión la rechazó finalmente en 1956 a causa de la contrarrevolución en Hungría. Pasternak recibió una carta en la cual la editorial le explicaba las razones por las cuales no le publicaban la novela. Dicha carta se difundió en las revistas Novi Mir y Literaturnaia Gazeta y, además de exponer los motivos por los que rechazaban su publicación, contenía una crítica de la novela. Luego también intervino el diario Pravda con una reseña negativa de Doctor Zhivago firmada por D. Zaslavski.
La CIA decidió tomar cartas en el asunto organizando una operación rocambolesca. Pasternak había enviado el manuscrito de la novela a sus amigos en Occidente y la agencia de espionaje se dispuso a robarlo de un avión al que obligaron a aterrizar en Malta durante dos horas, el tiempo suficiente para fotografiar el original que luego editaron en ruso con el sello de la editorial Mutón de La Haya. Para evitar sospechas, utilizaron el mismo papel de imprenta que era corriente en la Unión Soviética. Asimismo, emplearon un tipo de letra especial, común en Rusia, e imprimieron los capítulos de que consta la novela en diferentes lugares con el fin de evitar que se descubriera la falsificación.
Tras la maniobra el libro fue presentado justo a tiempo al comité de los Nobel y los miembros de la Academia Sueca se mostraron muy sorprendidos ante el hecho de que les obsequiaran con varios ejemplares de una novela cuya existencia hasta entonces desconocían, justo a tiempo para que tuvieran en consideración a Pasternak como candidato al Nobel de 1958.
La CIA financió con fondos propios la primera edición en ruso de la novela. Poco después una editorial italiana con fama de izquierdista, Feltrinelli, fue la primera que editó una traducción, contribuyendo a dar carta de legalidad a la trampa al estampar su sello.
Pasternak nunca recibió el Nobel, premio que rechazó públicamente cuatro días después del anuncio. Debió resultar frustrante para él que le premiaran por lo más flojo de sus escritos. En efecto, Pasternak es un escritor cuyo punto fuerte no es la narrativa, sino la poesía. Es uno de las más grandes poetas rusos del siglo XX, pero no recibió el premio gracias a sus versos, que al imperialismo le importaban un bledo, sino a una novela y sólo por el contenido político contrarrevolucionario de la misma.
“Doctor Zhivago” es la única novela de Pasternak. En 1965 fue llevada al cine por el británico David Lean, con Omar Shariff (Yuri Zhivago), Julie Christie (Lara) y Geraldine Chaplin (Tonia) en los papeles principales, con una soberbia banda sonora de Maurice Jarré. La película fue rodada en la España franquista, que no puso más que facilidades para que pudiera realizarse, con gigantescos decorados en el camino de Canillas en Madrid que simulaban al Petrogrado de 1917 y los campos de Soria como magnífica estepa siberiana. Obtuvo cinco Óscar de Hollywood.
Narra los avatares de un médico y su familia durante los últimos años de la Rusia zarista, la guerra civil, la revolución de Octubre y los albores de la URSS. Además del trasfondo político, la obra relata el dilema sentimental de Zhivago, un poeta burgués, además de médico, que se debate entre su esposa y su amante.
La ambigüedad sentimental del doctor Zhivago corre paralela a su ambigüedad política. La novela expone, pues, el punto de vista de un intelectual desbordado por la furia de los acontecimientos revolucionarios de 1917. Es la mirada desconsolada del propio Pasternak, que no es capaz de diferenciar entre la feroz violencia contrarrevolucionaria del zarismo y la justa respuesta de las masas oprimidas. Pero, como suele suceder, el pacifismo no es más que una hipócrita cobertura lanzada, no en contra de los bolcheviques, como a veces se dice, sino de las propias masas oprimidas que se han convertido en protagonistas de su destino gracias a la revolución.
Pero el médico no quiere formar parte de esas masas; no quiere ser actor sino espectador de los acontecimientos porque cree que es eso lo única que le puede permitir convertirse en juez, falsamente imparcial, situado por encima de los bandos en lucha. El intelectual burgués que es Zhivago ya no es dueño de su vida privada, asaltada por el tumulto de los acontecimientos: la guerra mundial, la revolución, la guerra civil… Fuerzas exteriores a su propia persona le arrastran hacia lugares que no son los suyos y le impiden disfrutar de una vida propia, apacible.
El distanciamiento es el emblema de la intelectualidad fría. Los padres y hermanas de Pasternak emigraron a Berlin después de la guerra civil entre rojos y blancos que siguió a la revolución, una época de grandes hambrunas. Leonid se les había adelantado. Viajó para recibir tratamiento médico de los ojos, pero luego decidió quedarse en Alemania en busca de un futuro mejor, para terminar sus días en Gran Bretaña después de la entrada de los nazis al poder. Como buenos intelectuales, los Pasternak huían de la realidad porque se podían permitir ese lujo.
El personaje de Lara está inspirado en Olga Ivinskaya, la amante de Pasternak. Éste había contraído matrimonio en 1922 con Zhenia (Eugenia), una pintora, con quien tuvo un hijo. Pero en los años treinta se enamoró de Zina la mujer de su mejor amigo, con la que terminó casándose y tuvo otro hijo. Al cabo de los años Olga Ivinskaya, junto con su hija, fueron condenadas por cobrar derechos de autor ilegales procedentes de la publicación en el extranjero de “Doctor Zhivago”. Ivinskaya fue condenada a ocho años de trabajos forzados en Siberia y su hija a tres. La oleada de protestas que desencadenaron los países imperialistas logró que fuera librada cuatro años antes de cumplir su condena.
Aunque ha transcurrido más de medio siglo, la manipulación contra la URSS no se ha detenido ni un instante. Una noticia de la BBC de 22 de febrero de 2004 decía que Pasternak había sido un autor prohibido durante 30 años en la Unión Soviética y que sus obras completas iban a ser publicadas por primera vez al año siguiente, es decir, en febrero de 2005, para conmemorar los 115 años del nacimiento del escritor. Es completamente falso. Ya en 1933 se publicaron todos sus poemas en un volumen.
Así sufrían los autores prohibidos y perseguidos en la URSS.
El verdadero sufrimiento es el de los lectores que cada día tienen que soportar la basura propagandística del imperialismo, como la Wikipedia.

A Benjamín Netanyahu nadie le invitó a la manifestación multitudinaria celebrada en París. Es más, Hollande le pidió que no asistiera. Pero el primer ministro israelí no lo necesitaba para presentarse entre los defensores de la libertad de expresión… pocos meses después de masacrar a 2.000 palestinos en Gaza y de invitar a los judíos franceses a instalarse en Israel.
Para los sionistas, como para los nazis, cada cual tiene “su hogar”. Siempre hay un hogar en alguna parte que es el que corresponde a cada cual. El de los judíos no es Francia sino Israel, el de los negros está en África, el de los chinos en Asia y así sucesivamente. Cada uno debería volver a “su tierra”. Se llama segregacionsimo o apartheid.
Pero si Wolinski, uno de los dibujantes asesinados, cuya madre era judía, hubiera vivido en Israel no hubiera podido publicar sus caricaturas, dice un humorista israelí, Ido Amin, al diario Haaretz de Tel Aviv. En Israel nunca hubiera podido publicarse una revista como Charlie Hebdo porque hay una ley que prohibe ofender la sensibilidad religiosa. Difícilmente el hogar de Wolinski hubiera podido estar allá.
La ley que reprime las ofensas a la sensibilidad religiosa es una herencia de la época del Mandato Británico en Palestina. No se trata de una ley contra la difamación, la obscenidad o el racismo, sino una ley draconiana, asegura Ido Amin, que prohíbe representar a Moisés, Jesús o Mahoma de una manera que ofenda a los creyentes.
El caricaturista israelí relata un episodio personal, cuando publicó una caricatura en un periódico criticando la ceremonia de los Kapparot, que consiste en girar un pollo vivo por encima de la cabeza. Considerado como una ofensa religiosa, el asunto se llegó a discutir en el Knesset, el parlamento israelí.
El ministro de la Policía, sigue narrando Amin, comparó su caricatura a las que publicaban los nazis en el periódico Der Stürmer. A petición del ministro, el redactor jefe del periódico en el que trabajaba le interrogó, luego le despidió y finalmente tuvo que dejar de dibujar.
También Charlie Hebdo despidió en 2008 a un dibujante que hizo un chiste sobre el hijo del presidente Sarkozy, que se había casado con una judía. La revista no luchaba contra la censura sino a favor de ella.
Algún ingenuo quizá suponga que la movilización de París puede ayudar a reforzar las maltrechas libertades públicas y, en particular, la libertad de expresión. Pero no se va a producir ninguna ampliación de los derechos y las garantías, sino todo lo contrario. Servirá para que una mayor represión sea ampliamente aceptada.
Al periodista francés Eric Zemmour no le han puesto guardaespaldas porque el Estado defienda la libertad de expresión sino porque propugna la expulsión de los musulmanes franceses fuera de su país (no se sabe a dónde). Lo que el Estado quiere es que pueda continuar propagando el fascismo “libremente”.
Hoy la edición de Le Monde repite la aburrida letanía de los “límites” a los derechos, que se ha convertido en la gran coartada: hablar de los límites antes que de los derechos. Pero esto es la ley del embudo. Unos tienen los derechos y los demás sólo los límites. Tenemos las manos atadas; no nos podemos defender de los ataques fascistas.
Veamos un ejemplo: el grupo de prensa belga Sudpresse publica en sus portadas las fotos de los tres autores de la masacre del 7 de enero con el titular: “Se ha hecho justicia”. El redactor jefe de una de las ediciones, Xavier Lambert, plantea a los jefes sus dudas sobre el acierto de dicho titular y le despiden fulminantemente. ¿Alguien hará una campaña en su favor?, ¿considera Sudpresse que a los rehenes de la tienda judía también se les ha hecho justicia?, ¿qué entienden por justicia?Otro ejemplo: si Zemmour hubiera propuesto con los judíos lo mismo que con los musulmanes, la cosa hubiera sido muy distinta porque en Francia la negación del Holocausto (que se debe escribir con mayúsculas porque fue muy grande) es un delito punible.
Una semana después del atentado del 7 de enero, la fiscalía francesa ya ha abierto 54 causas por apología del terrorismo. El humorista negro Dieudonné acaba de ser detenido esta misma mañana acusado de ese “delito”. Lleva años acosado y perseguido por satirizar al judaísmo. En noviembre de 2007 le condenaron por difamación, injurias y provocación al odio racial. En febrero del año pasado por negación de crímenes contra la humanidad, difamación, provocación al odio racial e injurias públicas. ¿Por qué Charlie Hebdo se puede burlar del islam mientras a Dieudonné le condenan por hacer lo mismo con los judíos? La respuesta la expone el mismo Le Monde: en realidad, sugiere, Dieudonné no es un humorista sino un militante.
Exactamente, es un problema de militancia, de tomar partido. Pero eso no cambia las cosas: ¿por qué este verano el gobierno francés prohibió las manifestaciones en solidaridad con el pueblo palestino, que estaba siendo masacrado en Gaza?
Si a los imperialistas les gusta tanto la libertad de expresión, ¿por qué no dejan en libertad a Assange y a Snowden?
Yo tengo que acudir mañana al Juzgado a firmar mi libertad provisional, como hago cada 15 días, por hablar en una charla. ¿Por qué no me dejan en paz?