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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 42 de 60)

Las feministas que defienden la opresión de la mujer

Juan Manuel Olarieta
Desde hace décadas los escritos de la feminista Christine Delphy son de una lucidez tan sorprendente que pasarán desapercibidos, sin duda alguna. Su última obra “Separate and Dominate: Feminism and Racism After the War on Terror” tiene todos los ingredientes para asestar el tiro de gracia a ese feminismo burgués, ramplón, que nos traen desde las facultades estadounidenses de sociología. Un aperitivo se pudo leer el otro día en el diario británico The Guardian (*).

El tema lleva los peores ingredientes imaginables, islamismo y feminismo, cocinados en un país como Francia, donde la laicidad es una religión. Es un asunto del que en España no se puede hablar porque aquí nunca hemos degustado lo que es un Estado democrático. La cosa es aún peor en esa fauna atea empeñada en una guerra de ideas. Sólo de ideas. Se trata de quienes rechazan las religiones (todas ellas por igual) y la gente religiosa… por sus ideas. No se trata de criticar, porque para criticar hay que saber. Para criticar una religión hay que saber lo que es una religión. El rechazo simplifica mucho las cosas.

Por el contrario, los vínculos de una República laica, como Francia, con la religión son apasionantes, el escenario perfecto, y Delphy lo desmenuza con una sencillez asombrosa, remontándose a los viejos tiempos de Napoleón, cuando los sacerdotes (reverendos y rabinos) se convirtieron en funcionarios a sueldo de la República laica, hasta 1905 cuando todos ellos (sacerdotes, reverendos y rabinos) se tuvieron que buscar las habichuelas por sí mismos, para acabar con la islamofobia presente, plasmada en la ley de 2004, que prohíbe a las musulmanas acudir a la escuela con el fulard o “hijab”, reconvertido por la jerga periodística en el “velo islámico”, símbolo de la opresión de la mujer, en general, de la mujer islámica en particular.

La polémica sobre el “hijab” forma parte de algo mucho más general: la incompatibilidad del islam con el progreso, la democracia, los derechos humanos, la tolerancia, la civilización (“occidental”), etc. El islam, una religión, se transmuta en algo bastante diferente, nacional, el mundo árabe, que pasa a ser racial cuando desprecia a los moros, es decir, a los de piel morena, los que son casi negros…

La salsa que adereza ese indigesto plato es el miedo, que es siempre el reverso de la ignorancia: aquello que desconocemos nos desconcierta y nos produce miedo pero, al mismo tiempo, nuestra cultura está tan impregnada de fascismo que nos impide aprender para superarlo. Entonces el islam es un sinónimo de riesgo, amenaza, peligro, fanatismo, yihadismo… El fascismo y el miedo nos dictan que el islam es una religión que va a acabar con nuestra identidad para convertirnos en otra cosa distinta de la que somos.

Pero el castellano tiene 4.000 palabras de origen árabe. Un país como España ha sido islámico durante siete siglos, más tiempo que cristiano… ¿A qué hay que tener miedo?, ¿a unas ideas religiosas?

España permanece fiel a sus esencias desde los tiempos de la expulsión de los moriscos, “el acto más bárbaro de la historia del hombre”, escribió Richelieu, que era un cardenal cristiano. España ya era islamófoba en el siglo XVI. No necesita recibir lecciones de nadie. Pero Francia es distinta. En Francia la laicidad ha dejado de ser un principio democrático para convertirse en su contrario.

Los profesores de derecho también engañan a sus alumnos. La libertad religiosa significa que el Estado no interviene en la religión, ni la religión en el Estado. Significa también que todas las creencias tienen el mismo derecho a expresarse. Finalmente, significa que entre (o mejor, contra) las múltiples creencias religiosas está su opuesto: el ateísmo. Para criticar y luchar contra las religiones hay que dejar que se expresen y se manifiesten como tales, como lo que son.

Pero, como expone sutilmente Delphy, la laicidad se ha reinterpretado en Francia para reducir la religión al ámbito privado, según esa típica escisión burguesa entre lo público y lo privado. La religión es algo privado. Si las musulmanas quieren ponerse un “hijab” en la cabeza, que lo hagan dentro de su casa, pero no en la escuela. Se pueden expresar si llevan el pelo de color azul, cresta, o coleta, se ponen trenzas o rastas, o pendientes de aro, o zapatos de tacón alto, o se pintan los labios, o se maquillan las pestañas… Cualquier cosa menos el maldito “velo” porque eso, a diferencia de lo otro, forma parte de lo más íntimo.

Por eso, si una mujer musulmana quiere llevar su “velo” no lo puede hacer en la escuela; debe quedarse en su casa. Eso es lo que el movimiento “feminista” francés ha vendido como progresista para la mujer, un movimiento que, por su naturaleza burguesa, siempre tiene la palabra “igualdad” en la boca.

Pero las “feministas” no esperaron a la ley de 2004. Muchos años antes en sus reuniones no aceptaban mujeres que portaran fulard porque lo reconvirtieron en un “símbolo de opresión” y porque ese tipo de mujeres -y sólo ellas, al parecer- choca con la manera en la que ellas entienden su “feminismo” de pacotilla. Por alguna razón -no bien explicada- “feminismo” e islam eran incompatibles. Más bien, el islam es el enemigo de “la mujer” (tal y como el feminismo burgués entiende a “la mujer”).

Para justificar lo injustificable, continúa Delphy, las “feministas” argumentan que las jóvenes llevan el fulard obligadas por sus maridos, sus padres o sus hermanos y el remedio a tal imposición está en que se queden en casa con sus maridos, sus padres o sus hermanos… fregando, limpiando y planchando, en lugar de estudiando y leyendo.

¿Están oprimidas las mujeres que llevan un fulard en la cabeza? ¡Naturalmente! Pero, ¿es el fulard lo que las oprime? ¡No! Las oprime el capitalismo, las oprime el colonialismo, las oprime el racismo… Las oprimen muchas cosas, incluida su religión, el islam. ¡Naturalmente! Pero de la misma manera que algunos están empeñados en una guerra contra ideas (que desconocen), otros y otras lo convierten en una guerra contra los símbolos y los emblemas: molinos de viento, en definitiva. Confunden el significante con el significado.

En Francia la batalla contra el “hijab” puso de manifiesto que el feminismo burgués no lucha contra la opresión sino que forma parte de ella. No es nada distinto a ella. Por eso, la represión del fulard ha logrado lo que se proponía: ahora se ven más mujeres con la cabeza cubierta que nunca, e incluso con el rostro completamente tapado.

Es posible que con sus tonterías los cretinos distraigan la atención. Pero la burguesía sabe lo que tiene entre manos. No lucha contra molinos de viento. El objetivo de la burguesía francesa nunca fue el de impedir el porte del “velo” por las mujeres musulmanas en la escuela, sino extender su uso en todas partes. La burguesía francesa ha logrado que lo que las feministas calificaban como un signo de opresión se haya convertido en su contrario: en un signo de defensa de la propia identidad. El ataque a una parte de la población más oprimida la ha arrojado en brazos de la religión y del fanatismo.

Objetivo cumplido. Todo gracias al feminismo burgués, que es un racismo que se viste con los ropajes de la secularización, del progreso… e incluso de la liberación de “la mujer” (tal y como la burguesía entiende a “la mujer”).

(*) Christine Delphy, Feminists are failing Muslim women by supporting racist French laws, 20 de julio, http://www.theguardian.com/lifeandstyle/womens-blog/2015/jul/20/france-feminism-hijab-ban-muslim-women

El hombre del clavel

Nikos Beloyannis
Juan Manuel Olarieta
Durante la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi de Grecia, Nikos Beloyannis fue uno de los comunistas que dirigió la lucha armada contra el fascismo. Nació en Amaliada, en el Peloponeso, en 1915, en el seno de una familia acomodada y estudió Derecho en Atenas.

En los años treinta fue detenido y encarcelado en la prisión de Akronauplia por el régimen fascista de Metaxas. Tras la ocupación nazi de Grecia en 1941, los fascistas griegos le pasaron al preso a los nazis alemanes.

En 1943 se fugó de la cárcel, incorporándose al ELAS, el Ejército Popular de Liberación Nacional, en el Peloponeso, con Aris Veluchiotis. Luego, durante la guerra civil griega fue comisario político del DSE, el Ejército Democrático de Grecia. Tras la derrota de la guerrilla comunista, en 1949 fue uno de los últimos en abandonar el país.

En junio de 1950 regresa clandestinamente al interior de Grecia para reorganizar el Partido Comunista, entonces ilegalizado. Le detienen el 20 de diciembre de aquel mismo año, acusado de ser un espía de la Unión Soviética. Además le detuvieron a su compañera, Helli Ioannidu, que se encontraba embarazada en aquel momento. Su hijo nacerá en agosto del siguiente año.

Hasta el momento del juicio, el 19 de octubre de 1951, le encerraron en una celda de castigo iluminada día y noche. Los fascistas orquestaron en Atenas el típico montaje judicial, para el que llevaron a casi 100 comunistas al banquillo. Uno de los jueces era Georgios Papadopulos que, poco más tarde, entre 1967 y 1974, dirigió la dictadura militar.

Beloyannis negó todas las acusaciones e insistió en el carácter patriótico de la lucha armada durante la resistencia contra la ocupación nazi (1941-1944), la intervención británica (1944-1946) y la posterior guerra civil (1946-1949). El 16 de noviembre el consejo de guerra le condenó a muerte a él y a otros 11 comunistas.

El 15 de febrero de 1952 se repitió la farsa judicial ante el Tribunal Permanente del ejército. Esta vez era 28 el número de acusados, entre ellos Helli Ioannidu, la compañera de Beloyannis. Las nuevas acusaciones volvían a ser de espionaje, por el descubrimiento el 14 de noviembre de varias radios clandestinas en Falera.

Durante el juicio, las fotos muestran al dirigente comunista con una sonrisa en los labios y un clavel rojo en la mano, una imagen que dará la vuelta al mundo y quedará inmortalizada por Picasso. Desde entonces los claveles rojos se convirtieron en otro de los símbolos del movimiento obrero y revolucionario internacional.

A pesar de las movilizaciones internacionales en contra del montaje judicial, el 1 de marzo de 1952 el Tribunal Militar Permanente volvió a condenar a muerte a Beloyannis.

Fue ejecutado en el campo de Gudi en la madrugada del 30 de marzo de 1952, un domingo, cuando no se ejecutaba la pena de muerte. Con él murieron ante el pelotón de ejecución, otros comunistas valerosos, como Dimitris Batsis, Nikos Kalumenos e Ilias Argyriadis.

En 1980 Nikos Tzimas rodó la película “El hombre del clavel” con música de Mikis Theodorakis sobre la vida y la muerte de Beloyannis. En el este de Berlín se levantó una estatua en su memoria y en Hungría se bautizó una ciudad con su nombre que durante décadas albergó a los refugiados políticos griegos que tuvieron que huir de su país por su lucha contra el fascismo.

Beloyannis, “El hombre del clavel”, no sólo fue un ejemplo de la lucha de los comunistas contra el fascismo en todo el mundo sino, además, un símbolo de los crímenes del imperialismo durante la Guerra Fría.

Retrato de Picasso

El imperialismo alemán está llegando a la encrucijada

Juan Manuel Olarieta

Lo que tiene que ver con Alemania le lava la cara al reformismo europeo, que se puede presentar con un marchamo progresista del que carece absolutamente. Los aspavientos reformistas esconden la lucha de clases, la presentan desde un punto de vista nacional que reproduce a escala europea esa dicotomía norte-sur que tanto juego le viene dando desde hace unos años: la culpa de los problemas del sur procede del norte.

Además, con las continuas alusiones a la crisis de Grecia el reformismo europeo trata torpemente de esconder la crisis interna de la Unión Europea.

Finalmente, los ataques que el reformismo dirige contra Alemania ponen de manifiesto la estrategia de Estados Unidos en Europa, de la que ellos, los reformistas, forman parte. Las nuevas organizaciones reformistas que han surgido en el sur de Europa, del tipo Syriza y Podemos, son el ariete que va a utilizar Estados Unidos para mantener sometida a Alemania.

La mayor parte de los planteamientos actuales sobre el imperialismo y sus rivalidades internas, incluidos los rusos, coinciden en meter en el mismo paquete a las “potencias occidentales”, un bloque del que forman parte Estados Unidos y Alemania que, como es habitual, “son iguales”, o “son lo mismo”, o “son parecidos”. Es la sempiterna simetría de los imperialistas, en donde las fisuras no aparecen por ningún lado.

Casi es ridículo empezar recordando que Alemania perdió la Segunda Guerra Mundial y que el país fue ocupado militarmente. La Fuerza Aérea de Estados Unidos se apoderó de las antiguas bases de la Luftwaffe, que se convirtieron en una prolongación del territorio de Estados Unidos.

Pero en una guerra no basta con vencer; luego hay que humillar al derrotado, hacerle sentir su inferioridad. Además de la ocupación, Alemania fue dividida en dos Estados, lo cual fue responsabilidad única y exclusivamente del imperialismo, que impuso sus planes a pesar de que la Unión Soviética se opuso a la partición.

A lo largo de toda la Guerra Fría el estatuto subordinado de Alemania dejó de estar justificado por la derrota en la Segunda Guerra Mundial y adquirió un carácter nuevo, para el cual se inventó una nueva excusa: el cerco a la Unión Soviética. No obstante, los hechos no cambiaron: Alemania seguía siendo un país ocupado y humillado.

Su subordinación estratégica se plasmó en el Estatuto de las Tropas de la OTAN de 1951 (SOFA), el Contrato de Establecimiento de 1954 y el acuerdo complementario al SOFA de 1959. Los acuerdos de la posguerra crearon privilegios exorbitantes para Estados Unidos y para sus tropas, que disfrutan de una libertad de movimiento sin límites y pueden utilizar calles, edificios públicos y áreas de entrenamiento. Los vuelos de los aviones de la Fuerza Aérea estadounidense sobre Alemania no están sujetos a control y no pueden ser registrados. Los aviones de Estados Unidos tienen permiso para aterrizar en cualquier lugar de Alemania y en cualquier momento, por ello pueden utilizar aeropuertos civiles como conexiones para los transportes militares a utilizar en cualquier crisis que se desencadene en cualquier lugar del mundo.

Alemania tuvo que renunciar, pues, a la soberanía y jurisdicción sobre su territorio, incluyendo los crímenes cometidos por las tropas de ocupación o sus miembros civiles. Incluso están exentos de cualquier responsabilidad por los daños causados por las maniobras militares.

En 1990 la excusa de la Guerra Fría también se agotó. Ya no existía la URSS. Tampoco existía la República Democrática Alemana. Sin embargo, la situación sigue siendo la misma: Alemania es un país militarmente ocupado.

El elemento definitorio y capital de aquel momento fue la firma por Gorbachov del Acuerdo dos-más-cuatro, que no sólo puso al desnudo -por si cabían dudas- la política soviética sino también la rusa actual, es decir, demuestra la continuidad de una política exterior seguida en Europa desde 1945 de una forma coherente. Aquel acuerdo estableció -entre otras cosas- que, a pesar de la reunificación alemana, en el territorio de la antigua República Democrática Alemana no se podría establecer ninguna fuerza armada extranjera, ni bases aéreas, ni armas nucleares.

En lo que concierne a la ocupación militar, Alemania no es, pues, un país reunificado y aquel estatuto militar de la antigua República Democrática Alemana fue el que la URSS logró en otros países, como Austria, y el que trató de obtener en todos los demás del este de Europa. El contraste no puede ser más claro con la política imperialista de constituir un “cordón sanitario” en torno a la URSS y luego a Rusia, hasta el punto de que durante una visita a las tropas acantonadas en la base de Ramstein en 2009 Obama dijo: “Alemania es un país ocupado y lo seguirá siendo”.

Hoy hay más soldados estadounidenses estacionados en Alemania que en cualquier otro país del mundo. Alemania tiene el 28 por ciento del total de las bases estadounidenses en el extranjero. Más de la mitad de las bases estadounidenses en Europa están en suelo alemán.

Pero en la actualidad ni la Segunda Guerra Mundial ni la Guerra Fría pueden servir de excusa al imperialismo estadounidense para mantener su despliegue militar en Alemania. La única excusa es la propia Alemania, mantenerla sometida a las órdenes de Washington.

Alemania no ha denunciado los tratados de posguerra. Tampoco parece que quiera salir de ese estado de postración. Es verdad que ha iniciado unas protestas muy tímidas y que el espionaje en internet (Prism en 2013 y el actual que ha salpicado a la propia Merkel) ha levantado la ola anti-estadounidense más importante desde 1945, lo cual favorece el distanciamiento.

La cuestión que se plantea es si en el futuro las contradicciones entre ambas potencias van a menguar o si, por el contrario, se van a intensificar. En mi opinión esto último es lo que va a ocurrir: un mayor alejamiento entre ambas potencias y la ruptura del “statuo quo” de la posguerra en Alemania. Su consecuencia será el acercamiento de Alemania a Rusia.

En ese proceso Berlín tendrá que afrontar una fortísima campaña de intoxicación propagandística procedente de Estados Unidos, que es la que ahora ha empezado. El núcleo de esa campaña anti-alemana tomará el camino más corto: equipararla al III Reich. Ahí es donde Estados Unidos les reserva a los reformistas del sur europeo, del estilo Syriza y Podemos, el papel estelar. Hoy en Europa no hay nada más “progresista” que arrojar todas las culpas sobre Alemania.

Por su parte, Alemania sabe que tiene un caballo de Troya en su interior y que no son sólo las bases militares de Estados Unidos, sino también los países como Grecia o España. No le bastará sólo con desembarazarse de los primeros. También tendrá que sacar fuera de la Unión Europea a Grecia y España. Eso es lo que significa el famoso Grexit.

Manuela Carmena o el gusto de reformar para mejorar

Juan Manuel Olarieta

Hay personas, como Manuela Carmena, la actual alcaldesa de Madrid, cuya biografía resume en sí misma la evolución de un país. En su caso, se trata de alguien que empezó de abogada y acabó de jueza, empezó atacando y acabó defendiendo, empezó en la oposición y acabó en el poder. En las elecciones de 1977, las primeras elecciones “libres”, ya se presentó en las listas del PCE para el Congreso. No se le puede acusar de incoherencia. Ella siempre quiso lo mismo que el PCE: mejorar lo que había, bien entendido que lo que había era el franquismo, el cual ha mejorado tanto desde 1977 que para algunos ha quedado irreconocible.

En su biografía hay también todo un recorrido de lo que ha sido y es el ejercicio de la abogacía en España. Hasta 1977 los despachos de los abogados, que entonces aún se llamaban “laboralistas”, servían de centros de reunión de organizaciones ilegales, como Comisiones Obreras, algo que hoy sería impensable. Entonces aún había abogados; hoy lo que hay son mercenarios (“profesionales” los llaman) y si queda algún abogado está en la cárcel o en vías de entrar en ella por hacer lo que siempre han hecho los abogados: defender una causa.

Antes de llegar al Consejo General del Poder Judicial, uno de los máximos “poderes” del Estado, Carmena fue durante años jueza de Vigilancia Penitenciaria en Madrid, un tipo especial de cargo que apareció con la transición para reconocer que desde el siglo XIX los jueces jamás habían cumplido con una de las obligaciones que la ley les imponía: impedir los horrores y arbitrariedades que se cometían en las cárceles.

Una cárcel resume los dilemas del reformismo, que incluso se justifica con argumentos como éste: estamos de acuerdo, hay que acabar con las cárceles o hay que sacar a los presos de ellas, pero mientras eso no se produce ¿qué hacemos?, ¿nos quedamos de brazos cruzados mientras los presos sufren? Para justificarse el reformismo opone lo inmediato a lo mediato. Una cosa impide la otra y a los demás nos toca oir que somos testimoniales, que hablamos mucho pero no hacemos nada, y cosas parecidas. El reformismo tiene la urgencia de demostrar que es posible cambiar las cosas y que hay que hacerlo. En el caso de las cárceles, no se trata de que los presos salgan a la calle sino de que tengan sus derechos dentro de ellas, sus visitas, sus permisos de fin de semana y su progresión de grado.

El reformismo no muestra su verdadero rostro hasta que la lucha de clases los pone en su sitio. La huelga de hambre de 1988 de los presos políticos del PCE(r) y de los GRAPO le estalló en las manos a Carmena, que quiso hacer lo que le gusta al reformismo: ponerse en medio en un papel típico de juez y árbitro. Ni con unos (el gobierno) ni con otros (presos políticos). Nada más empezar la huelga promovió una negociación entre las dos partes que acabó con un acuerdo que puso fin a la protesta y ella se convirtió en garante de los mismos y de que se cumplirían de manera cabal.

Pero manejándose entre fascistas, los acuerdos no sirven para nada. El gobierno del PSOE se los saltó de la manera que acostumbraba. No sólo todo había sido papel mojado, sino que el garante hizo lo mismo: no dio señales de vida, no hubo tal garantía. Todo había sido un engaño para ganar tiempo. Entonces los presos políticos tuvieron que reanudar la huelga, esta vez a tumba abierta, lo cual condujo a la muerte de Jose Manuel Sevillano. La huelga se prolongó durante meses de manera terrible durante una larga agonía en la que los presos fueron atados a las camas de los hospitales y alimentados a la fuerza, lo cual está considerado como una forma de tortura por la Asociación Médica Mundial.

Nadie pareció darse por enterado. ¿Dónde estaba el reformismo, los derechos y las garantías? Estaba donde está siempre: junto a la policía. Cuando los presos políticos fueron llevados a los hospitales para demostrar que el asunto no era carcelario sino sanitario, para que agonizaran lo máximo posible, Carmena se presentó en el lecho mortal acompañada de la policía con un ultimátum: les dijo a los presos que o bien aceptaban “voluntariamente” que les alimentaran por vía intravenosa, o bien en caso contrario tendrían que hacerlo a la fuerza, con las muñecas atadas a la cama.

El reformismo iba acompañado de la policía. En aquel momento la alternativa no era ya que el gobierno cumpliera con sus compromisos. El fascismo y el reformismo hicieron causa común y demostraron que eran los dos brazos de la misma barbarie. No había nada que mejorar sino más de lo mismo. Había que torturar a los presos por las buenas o por las malas.

Si en 1988 Carmena no fue capaz de cumplir con aquello a lo que se había comprometido, no se por qué extraña razón ahora debemos esperar algo distinto de ella o de cualquier otro como ella. Hace unos pocos días murió Charles Pasqua, antiguo ministro francés del Interior, a quien pertenece una frase que allá es célebre: “Las promesas de los políticos sólo comprometen a quienes las escuchan”.

Si siguen escuchando los cantos de sirena, es posible que cuando quieran darse cuenta amanezcan atados de pies y manos al potro de la tortura.

Fuente: https://opiniondeclase.wordpress.com/2015/07/07/manuela-carmena-o-el-gusto-de-reformar-para-mejorar/

Los estragos de la medicina colonialista

Juan Manuel Olarieta
En 1937 el químico Arthur Ewins sintetizó en Londres el compuesto MB800, que luego será llamado pentamidina y en Francia lomidina.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el caucho era una materia prima estratégica, una de las más codiciadas por las potencias imperialistas. Francia la obtenía en colonias africanas como el Congo belga, el África ecuatorial francesa, Camerún o Guinea.

No obstante, había una escasez de fuerza de trabajo local. Las condiciones de explotación de los bosques diezmaban a los africanos obligados a trabajar en las más duras condiciones imaginables. Eran víctimas de la tripanosomiasis, también conocida como la enfermedad del sueño que transmitía la mosca tsetsé.

El colonialismo llamó en su auxilio a la medicina y en 1948 se celebró en Brazzaville una conferencia africana sobre la referida enfermedad, a la que se calificó como “endémica”. Acudieron médicos británicos, franceses, belgas, sudafricanos y portugueses, que acordaron vacunar masivamente a los trabajadores africanos con la nueva sustancia química.

Fue el primer programa internacional de aplicación masiva de la medicina en África y tuvo el consiguiente coro de entusiasmo por los grandes avances de la ciencia y el progreso de la humanidad en la erradicación de las enfermedades. Salieron a la palestra los grandes santones de la “ciencia”, a los que ahora nadie recuerda, pero que entonces eran las estrellas más relucientes del firmamento: profesores universitarios, altos funcionarios de salud pública, eminentes doctores… La ciencia tenía en sus manos el medicamento que iba a salvar a África.

La campaña publicitaria no estuvo exenta del repugnante tufo colonialista, en el que las potencias imperialistas no pretendían extraer las mayores cantidades posibles de caucho sino liberar a los pobres africanos de una plaga. Todo era desinteresado, gratuito… y preventivo, es decir, no sólo se aplicaba a los enfermos sino también a los sanos.

A dichas notas características de la campaña de vacunación hay que añadir otra más que, naturalmente, es lógica teniendo en cuenta que no se trataba de un vínculo entre el médico y el paciente sino más bien entre el colonizador y el colonizado: la vacunación era obligatoria para los trabajadores africanos. Aunque ellos se empeñaran en enfermar, los colonialistas los querían sanos. De lo contrario, se quedaban sin caucho.

La primera alerta saltó en 1954, pero no tuvo el eco publicitario de la campaña previa de éxtasis: 28 africanos murieron como consecuencia de las vacunas de lomidina. En otros casos, las inyecciones no tenían los efectos milagrosos que habían anunciado los médicos. No sólo no era eficaz sino que, además, era peligrosa. Las inyecciones provocaban infecciones bacterianas que evolucionaban hacia la gangrena en las extremidades, que luego había que amputar.

Los africanos empezaron a resistirse a las vacunaciones forzosas y fueron acusados de ser unos ignorantes, unos supersticiosos y de estar influenciados por los hechiceros. Uno de los objetivos de la colonización era el de esforzarse por sacarles del atraso, llevarles la civilización y la modernidad. Pero los africanos nunca lo vieron de la misma manera. Por eso cuando en los años sesenta África fue liberándose del colonialismo, se liberó también de aquellos médicos, de sus recetas y de sus crímenes.

En un reciente libro el investigador francés Guillaume Lachenal (1) ha relatado aquella historia que, hasta la actualidad, ha quedado en el silencio, como tantos otros crímenes del colonialismo. Aquellos fatuos catedráticos de la universidad de mediados del siglo pasado esconden cadáveres bajo relucientes batas blancas. De la euforia inicial pasaron al olvido y al recordarlos ahora la ciencia muestra uno de sus muchos ridículos.

La lectura de la obra demuestra que -entonces y hoy- la medicina es un instrumento de dominación imperialista. En Francia ha causado un importante revuelo. La periodista Catherine Simon ha reseñado el libro para el diario Le Monde (2). En castellano apenas Clarín en Argentina se ha hecho eco de la publicación (3). Seguimos padeciendo la enfermedad del sueño. Es mejor no espabilar.

Notas:

(1) Guillaume Lachenal, Le médicament qui devait sauver l’Afrique. Un scandale pharmaceutique aux colonies, Éd. La Découverte, Paris, 2014.
(2) Catherine Simon, Le virus de la bêtisse coloniale, Le Monde, 24 de octubre de 2014
(3) Como conejillos de la farmacopea occidental, http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/conejillos-farmacopea-occidental_0_1240675936.html

Una docena de tesis sobre la crisis del capitalismo en Grecia

La crisis económica de Grecia es una manifestación de la crisis del capitalismo y no tiene ninguna solución dentro sino fuera del capitalismo que la ha engendrado, es decir, construyendo el socialismo. Las crisis económicas no tienen culpables. Con otros personajes y con otras políticas distintas, la crisis hubiera estallado exactamente igual.

2. En su etapa imperialista, las crisis del capitalismo son siempre crisis internacionales, conciernen a todos los países capitalistas. No hay países capitalistas que no estén en crisis. Pero sus manifestaciones son más agudas en aquellos países más frágiles, como Grecia, entre otros motivos porque las potencias más fuertes tratan de perder menos trasladando los perjuicios sobre ellos.

3. En los años ochenta la crisis de la deuda estaba en los países del Tercer Mundo. Ahora se ha trasladado al corazón de Europa. Los préstamos internacionales no se conceden para que se devuelvan en billetes de curso legal, porque es imposible, sino para crear Estados agradecidos, sometidos, dóciles, sumisos y necesitados de un segundo préstamo para pagar el primero.

4. El deudor perfecto no es el que paga sino que el que no paga. La economía burguesa nos confunde. El deudor que paga se libera. ¿Es eso lo que quiere el imperialismo? No. Lo que quiere son deudores que no paguen, porque son los que siempre están pagando. Pagan con decisiones políticas. Por eso los Estados deudores votan en la ONU lo que le dicen sus acreedores.

5. En el caso de Grecia, como en el de los demás países, la alternativa a la bancarrota económica comprende necesariamente la salida de la OTAN. Grecia entró en el euro por las presiones de Estados Unidos, para lo cual el banco Goldman Sachs falsificó la contabilidad del país, lo cual era sobradamente conocido por todos los países e instituciones financieras europeas.

6. A pesar de que Grecia y Turquía forman parte de la OTAN, Estados Unidos ha venido alimentando la rivalidad entre ellos, que alcanzó su máxima expresión durante la guerra de Chipre en 1974. Ambos países han padecido sucesivos golpes de Estado y están fuertemente militarizados. No obstante, el mayor perjudicado por dicha rivalidad es Grecia, entre otros motivos por su forzada pertenencia a la eurozona.

7. La crisis de Grecia no es, pues, exclusivamente económica sino también política e internacional y no saldrá de ella sólo con más préstamos ni más cambios en la política económica. Hace tiempo que Grecia ha llegado al final del túnel, lo que ha llevado a la bancarrota de todo el sistema político y de los partidos tradicionales en que siempre se ha sustentado.

8. La oligarquía griega sabe que Syriza no es su tabla de salvación, pero ante el agotamiento y la falta de alternativas viables para sus intereses, el reformismo tiene que gestionar la mendicidad internacional con promesas y frases sonoras. Las deudas engendran dependencias y subordinaciones que van mucho más allá de la bochornosa negociación de una suspensión de pagos. Grecia no tiene nada que ofrecer a Bruselas porque ya lo ha dado todo. No se puede exprimir más. Ha llegado a su tope.

9. Como organización reformista, el único proyecto de Syriza es apelar a la beneficencia internacional, convertir a Grecia en un país mendigo y pedigüeño para que el capital financiero europeo demuestre, una vez más, su buen corazón, que no es tan desalmado como lo pintan. En su rebuscada jerga financiera a las limosnas las llaman reestructuraciones, quitas, rebajas de los intereses y aumento de los plazos para pagar lo que no se puede ni se podrá pagar nunca. Grecia padece y seguirá padeciendo en el futuro una condena a cadena perpetua, la de devolver el dinero prestado, que sólo acabará cuando acabe con el capitalismo.

10. A la troika, Merkel, Draghi, Lagarde y demás no les gusta jugar el papel de buitres carroñeros que les ha tocado en suerte. Preferirían demostrar su generosidad, aumentar las propinas de los camareros y arrojar unas monedas a los hambrientos para que compren una barra de pan. Pero los millonarios benefactores saben que allá donde lanzan un hueso se llena de perros y donde tiran unas migas se llena de palomas. Detrás de Grecia van de cabeza los demás mendigos europeos a extender su mano, empezando por España.

11. Los mendigos nunca tienen suficiente, y el papel de las ONG y los reformistas en Grecia, en España y en otros países es el de quejarse de la tacañería del capital financiero. Aunque sus cajas fuertes rebosan de dinero, sólo regalan migajas. Han reconvertido la crisis del capitalismo es una crisis humanitaria. En el futuro inmediato, en Grecia y en España nos aguardan las interminables lamentaciones de quienes piden caridad y a veces incluso la exigen a gritos. Con las masas sumidas en la miseria, los más radicales dicen que hay que repartir la riqueza, no los medios con los que se produce.

12. Una crisis humanitaria afecta a todos. Por eso los reformistas no hablan de clases sociales sino de la ciudadanía y de la gente. Su proyecto es nacional. Pretenden convertir a los países deudores en albergues nocturnos para desamparados. Quieren ser la voz de todo un país, quejarse de que quienes nos mantienen sometidos están lejos de nosotros, en Bruselas, en Berlín o en Wall Street. Nos llaman a luchar contra siglas, fantasmagorías que nadie conoce y contra las que se puede despotricar sin compromiso alguno. ¿Quién puede oponerse a una protesta contra el FMI, el BCE o la OMC?

El dinero del espíritu

Juan Manuel Olarieta

La lógica, escribió Marx, es el dinero del espíritu. De una manera muy típica en él, ponía de manifiesto que, de la misma manera que mediante el dinero las personas intercambian mercancías, mediante la lógica intercambian pensamientos, “mercancías espirituales”. Naturalmente, de ahí se deduce que el pensamiento no es otra cosa que un intercambio entre las personas. También en el pensamiento hay un comprador y un vendedor que oponen sus tesis y sus argumentos.

La mayor parte de las veces consideramos el pensamiento como una serie de postulados sobre algo, descuidando que el pensamiento también trata sobre sí mismo, y ese el significado de la lógica, que se puede definir como una ciencia cuyo objeto es el pensamiento. Es, pues, un error añadirle a la lógica el calificativo de “formal”, como si fuera algo vacío de contenido, pura “forma” porque el propio hecho de separar el contenido de la forma es un error. La lógica no está vacía de contenido porque su contenido es el pensamiento o, como la llamaba Engels, “la teoría pura del pensamiento”.

El calificativo de “formal” se utiliza tambien para oponer la lógica a la dialéctica. En la enseñanza la lógica dialéctica ha desaparecido y toda la lógica es lógica “formal”. También hay manuales seudomarxistas que llevan a cabo ese tipo de exclusiones, calificando a la lógica “formal” de “burguesa” y afirmando que toda la lógica es dialéctica.

Con la lógica también se planean ese tipo de dilemas ridículos, del tipo: niño, ¿a quién le quieres más?, ¿a tu padre o a tu madre? Es como si en una boda alguien tuviera que optar por grabarla en vídeo o sacar fotos. Pues la lógica “formal” es una foto del pensamiento y la dialéctica es el vídeo. Si de una boda alguien cree que toda la ceremonia se redujo al instante fotográfico de cortar la tarta, incurre en un error. Pero si otro opina que la única manera de analizar un boda es mirar el vídeo, se perderá muchos detalles importantes que sólo se aprecian en una buena foto.

Los principios que gobiernan la lógica son la identidad y la contradicción.

El principio de identidad, que se expresa con la fórmula “A=A”, significa que toda cosa es igual a sí misma; expresa la coherencia de que una cosa es siempre la misma y no cambia, así como la repetición, la circularidad, una “foto fija”, el momento estático del conocimiento. Hoy alguno diría que es como un “selfie”. Más que estática es el éxtasis mismo.

Es algo tan amplio que lo dice todo y, por lo tanto, al mismo tiempo, no dice nada. Parece algo vacío, puramente “formal”. Como el pensamiento refleja la realidad, el principio de identidad refleja lo absoluto, una abstracción o una tautología.

No obstante, en la inferencia científica la identidad desempeña un papel importante en las definiciones y, por lo tanto, en los conceptos, que deben permanecer idénticos a sí mismos para preservar la coherencia interna y no hay nada que arruine más una argumentación que su propia inconsistencia. En el lenguaje corriente decimos que una tesis es “lógica” o que es “de cajón” porque se desprende de manera directa de otra, porque no se contradice con ella.

La consistencia se equipara a la ausencia de contradicciones, por lo que en su sentido habitual la lógica se sustenta sobre la no-contradicción y en ese sentido se opone a la dialéctica, que se apoya sobre lo contrario.

Por ejemplo, uno de los santones más importantes del imperialismo moderno, Karl Popper, sostuvo que la dialéctica y la lógica “formal” se excluyen entre sí porque una se basa en la contradicción y la otra en la no-contradicción. La ciencia, decía Popper, no se puede sostener sobre contradicciones y eso es lo que la diferencia de la seudociencia, que es contradictoria. Con su argumento Popper quería llegar a la concluir que el marxismo no es científico, puesto que defiende las contradicciones. Luego el marxismo es una seudociencia.

Las tesis de Popper llevan a la paranoia moderna contra las seudociencias, que se pone de manifiesto en la difusión que tiene actualmente en los manuales de divulgación y en los blogs sobre “ciencia” que proliferan en internet. Además de una variante rancia de idealismo objetivo, la tesis de Popper es una verdadera estupidez.

Los principios de identidad y no-contradicción de la lógica se resumen en el postulado del tercio excluso: si una tesis es verdadera, su contraria es necesariamente falsa; entre la verdad y la mentira no hay un término medio (“tertium non datur”). Es la manera corriente en la que se plantean la mayor parte de las discusiones. Las cosas son o no son, son una cosa o son otra, pero no ambas  al mismo tiempo. El lenguaje coloquial también expresa de manera muy gráfica ese tipo de construcciones lógicas: “son lentejas”, “son habas contadas”, “no hay más cera que la que arde”

La identidad aúna el conjunto de rasgos que individualizan a una cosa frente a las demás y el lenguaje la expresa por medio del verbo ser y la estructura gramatical de sujeto y predicado del tipo “el imperialismo es la fase superior del capitalismo”. Entonces la identidad se puede escribir:

imperialismo = fase superior del capitalismo

Tal y como Lenin lo define, el imperialismo se diferencia de un capitalismo sin monopolios y sin capital financiero. Sus rasgos se referencian en oposición a su contrario. La identidad, pues, no excluye la diferencia sino que es la unidad con esa misma diferencia. No se puede concebir sin la diferencia. Cada cosa se define por oposición a todas lo demás cosas que no son ella misma. El imperialismo sólo se puede entender por referencia al capitalismo premonopolista, una curva se define por oposición a una recta y un animal de una planta.

Toda identidad es relativa, una aproximación. Aunque los científicos creen que trabajan con la realidad misma, con los “hechos”, en realidad utilizan una simplificación, un esquema. Toman algunos hechos y dejan otros aparte. En determinadas circunstancias, “para el uso cotidiano de la ciencia”, dice Engels (1), es suficiente con el empleo de categorías rígidas que convierten en absoluto algo que es sólo relativo y aproximado. Es algo característico también de ciencias abstractas, como la lógica “formal”, la teoría de conjuntos, la axiomática, la matemática o los programas informáticos.

Al considerarla como algo absoluto o abstracto, la identidad prescinde del cambio, de la evolución y del tiempo. Es lo que Frege, uno de los fundadores de la lógica moderna, calificó como “los mojones clavados en un suelo eterno”(2). Ese tipo de pensamiento metafísico concibe el mundo como una “foto fija” en donde las cosas no cambian, siempre son iguales a sí mismas. Es propio de quienes dicen cosas como que “siempre ha existido y siempre existirá el imperialismo”, a diferencia de Lenin que le otorga un carácter temporal: el imperialismo es una “fase” dentro un proceso social y económico en desarrollo.

Si hay cambio es porque la identidad es relativa. Llegado un punto las cosas dejan de ser lo que eran y se convierten en algo distinto. El cambio es consecuencia de la contradicción y en referencia a la lógica llamada “formal” hay que tener presente que, a pesar de los esfuerzos por sacar las contradicciones de su seno, la no-contradicción conduce a la contradicción. Es la lección que la lógica ha aprendido desde finales del siglo XIX. Lo llaman de muchas maneras distintas, como antinomias o paradojas, pero aunque la mona se vista de seda… Ni siquiera la lógica “formal” puede prescindir de las contradicciones.

Pero no sólo la no-contradicción conduce a la contradicción, sino que empieza por la contradicción, como expone la obra del matemático checo Bolzano significativamente titulada  “Paradojas del infinito”, publicado tras su muerte en 1854. El concepto de infinito, en cualquier clase de ciencia, pero sobre todo en la matemática, es dialéctico, contradictorio y paradójico.

El sueño de la lógica “formal” acabó en 1929 con el Teorema de Gödel, que demostró que la aritmética no puede ser, a la vez, consistente y completa. Fue el golpe más duro para el programa utópico que el idealismo objetivo perseguía. La dialéctica extiende el Teorema a cualquier clase de ciencia. Ningún conocimiento es exhaustivo, el saber es inagotable, siempre avanza y progresa. Además, ningún conocimiento está exento de contradicciones, incoherencias o paradojas. Ni siquiera la lógica.


(1) Engels, Dialéctica de la naturaleza, pgs.170-173
(2) Frege, Las leyes fundamentales de la aritmética, pg.139.

Las leyes de la historia

Juan Manuel Olarieta

Gilles Questiaux aúna la doble condición de profesor de historia y militante del PCF que quiere resucitar la vieja momia eurocomunista “desde dentro”. El año pasado escribió un breve artículo titulado “El movimiento revolucionario y las leyes del movimiento histórico” (*) que sintetiza algunos de los lastres del revisionismo en un recorrido vertiginoso, desde los tiempos del neolítico hasta hoy.

Más que marxismo, el artículo es una colección de tópicos sobre la historia cuya refutación exigiría un relato disperso en la dirección contraria, empezando por absurdos, como que los genetistas han demostrado que “todos los miembros de la especie [humana] descienden de cuatro individuos (de sexo femenino)” o que la consigna de “socialismo o barbarie” hay que sustituirla por esa ridiculez de “socialismo o aniquilación” de la especie.

A pesar de ello, la pretensión de Questiaux es muy acertada porque los marxistas ponen la argumentación política dentro de la historia y eso los diferencia de la burguesía y, por lo tanto, de la manera corriente de argumentar en las polémicas políticas, en las que la historia está ausente. Para la burguesía la historia es el pasado y lo que interesa es el presente. Ambas cosas no tienen nada que ver. De ahí que los argumentos políticos burgueses sean la misma vulgaridad mil veces repetida.

Pero eso no es algo propio solamente de la burguesía sino de la manada que sigue sus pasos con apariencias “progresistas” y consignas tales como “sí se puede” o la de “otro mundo es posible” en las que el ansiado cambio con el que sueña la burguesía insatisfecha de sí misma es un ejercicio de la voluntad. Con otras palabras repiten aquello de “querer es poder” que resume toda la ideología burguesa acerca de lo que es el poder y de que quien dispone del poder puede hacer “lo que le viene en gana”, puede “hacer y deshacer”, hacer una cosa o su contraria, etc. Para cambiar las cosas hay que hacerse con ese “poder”, llegar a presidir un gobierno o una alcaldía y empezar a aprobar decretos.

Es el criterio rácano de la pequeña burguesía que personaliza el poder (poder político, poder del Estado) y cree que alguien como Rajoy, Obama o el alcalde del pueblo se mueven por su propia voluntad y, naturalmente, que esa voluntad es individual. Quienes pensamos que la lucha de clases es el motor de la historia somos absolutamente ajenos a ese tipo de concepciones burguesas, por más que se vistan con ropajes reivindicativos.

Al poner la política dentro de la historia (y, por lo tanto, dentro de la lucha de clases) se empieza dejando claro que dicha política -cualquiera que sea- no es una foto fija sino algo que está cambiando y que va a seguir cambiando siempre, por lo que quien se esfuerce por mantener las cosas tal y como están ahora está condenado al fracaso.

Pero también están condenados al fracaso -igualmente- quienes no sepan en qué dirección marchan los cambios o crean que basta con cualquier cambio, en cambiar por cambiar.

La lucha de clases, como cualquier otra lucha, se rige por leyes y, por lo tanto, la historia también tiene leyes, de donde se desprende que también tiene razón Questiaux cuando sostiene que, a pesar de una impresión contraria, superficial, según la cual lo que los marxistas quieren -el socialismo- contradice el desarrollo histórico, en realidad los acontecimientos marchan hacia ahí. Los marxistas no van en contra sino a favor del viento de la historia.

Es un error creer que “otro mundo es posible” significa que “cualquier otro mundo es posible” sobre todo si ese “mundo” no es más que un capitalismo “de rostro humano”, con desempleo, jubilación, viviendas, hospitales y escuelas, es decir, un mundo que se ha ido para no volver.

Sólo hay un “mundo” posible realmente alternativo al que conocemos, que es el socialista, por algo que Marx y Engels explicaron hace tiempo: porque el propio capitalismo está preñado de socialismo, porque en su fatal agonía el capitalismo lleva en sus entrañas el socialismo. En este sentido -y no hay otro sentido posible que ese- el socialismo no es que sea posible: es inevitable.

Ahora bien, la manera en que lo plantea Questiaux es pésima, lo cual es preocupante procediendo de un profesor de historia. A la manera revisionista, Questiaux habla del “progreso” de la historia, de su “sentido”, de que marcha hacia un “objetivo” y, lo que es aún peor, ese enigmático “devenir” lo contrapone a los ciclos históricos, incurriendo en una interpretación lineal y mecanicista de la historia típica de los tiempos de la antigua socialdemocracia alemana.

Si la historia la mueven las clases y la lucha de clases es porque ellas son personas y personajes de carácter histórico, es decir, que representan a las clases sociales y, por consiguiente, a grandes colectivos de personas, homogéneos por su papel en la producción, mejor o peor organizados. Eso es lo que le falta decir a Questiaux y a los revisionistas que conoce el movimiento obrero desde hace un siglo: que el capitalismo no va a caer por su propio “élan”, como dicen los franceses. Los formidables muros de la Bastilla no cayeron sino que fueron derribados. Si alguien se da una vuelta por la Plaza de la Bastilla de París no verá ningún resto de que alguna vez ahí hubo una cárcel que fue asaltada y destruida por las masas para liberar a los presos encerrados en ella.

Para derribar un edificio hay que saber qué es lo que lo sostiene en pie y muchas otras cosas más: hay que saber fabricar explosivos, hay que saber dónde colocarlos, hay que saber detonarlos… Eso es lo que la historia enseña. El poder no deriva sólo del querer -de la voluntad individual o colectiva- sino del saber. No se puede cambiar -y mucho menos derribar- lo que no se conoce.

Al mismo tiempo, para conocer algo, hay que cambiarlo. Por ejemplo, quienes mejor conocen las cárceles son aquellos que luchan contra ellas, que defienden a los presos, que quieren acabar con su condición. ¿Cómo pretenden acabar con las cárceles quienes no saben lo que es una cárcel?, ¿creen que las cárceles son eternas, que siempre ha habido y siempre habrá cárceles?, ¿quieren mejorar las cárceles?, ¿poner aire acondicionado en las celdas?, ¿que los presos se sientan a gusto con su encierro?

Cuando algo se acaba decimos que es “historia”. Existió pero ya no existe. Eso significa también que tuvo un origen, un motivo, una causa y que luego evolucionó hasta desaparecer. Pues bien, todo es historia. Todas las instituciones humanas, incluidas las cárceles y el capitalismo, desaparecerán alguna vez porque serán derribadas por los mismos hombres que las pusieron en pie. Nacieron porque una ley histórica las creó y esa misma ley histórica es la que las derribará. Los hombres, las clases sociales, son el brazo con el que la historia se abre camino.

Ese es el aspecto que, a pesar de su importancia, los revisionistas nunca tienen en cuenta.
(*) Le mouvement révolutionnaire et les lois du mouvement historique
http://www.reveilcommuniste.fr/article-le-mouvement-revolutionnaire-et-les-lois-du-mouvement-historique-123706314.html?utm_source=flux&utm_medium=flux-rss&utm_campaign=politics

Los primeros años de la política exterior soviética

Rathenau y Chicherin en Rapallo (1922)
Juan Manuel Olarieta

La Revolución de Octubre bien pudo ahorrarse la molestia de crear un Ministerio de Asuntos Exteriores porque tales asuntos no existían. Durante cinco años las potencias imperialistas no reconocieron al nuevo Estado soviético como tal, hasta que Alemania firmó el Tratado de Rapallo, el acontecimiento más relevante de la política exterior bolchevique, que marcará definitivamente los años posteriores.

El estallido de la Revolución de 1917, la subsistencia del Estado soviético y la firma del Tratado de Rapallo estuvieron marcadas de manera indeleble por las contradicciones interimperialistas. No era, pues, algo buscado por el gobierno soviético sino impuesto por las circunstancias de la nueva etapa superior del capitalismo que entonces se comenzaba a abrir.

Eso era algo obvio para las organizaciones de la Internacional Comunista, pero no todas supieron sacar de ello las consecuencias necesarias, por varias razones, pero especialmente por dos. La primera es que entonces pocos sabían lo que era el imperialismo porque Lenin y el leninismo eran una novedad. Se trataba de organizaciones que arrastraban las concepciones propias de la socialdemocracia, especialmente de la socialdemocracia alemana, a la que Lenin calificó de “socialimperialista” porque no era algo contrario al imperialismo sino que formaba parte de él.

La segunda es que no es lo mismo predicar que dar trigo. Entonces -como ahora- había organizaciones que tenían una concepción libresca del imperialismo, sacada de un manual de lamentaciones continuas. Para el partido bolchevique, por el contrario, no se trataba de la teoría sino también de la práctica. Las contradicciones interimperialistas eran una realidad, un factor acuciante que condicionaba cada uno de sus pasos. El papel lo aguanta todo. Un artículo en una revista permite muchos errores; la práctica no.

Pero sobre todo hay un aspecto que contradice a la práctica, en el sentido que cualquier marxista la entiende: la pasividad, la neutralidad y la charlatanería. El Tratado de Rapallo es muy breve y de su lectura se desprende que el gobierno bolchevique no sólo otorgaba a Alemania un trato distinto al de otras potencias imperialistas, sino un trato privilegiado.

Los hechos posteriores demostraron hasta qué punto ese trato resultó privilegiado, desde cualquiera de los muchos puntos que se puede analizar, pero sobre todo desde uno: el de que tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, las demás potencias imperialistas pretendían avasallar a Alemania, reducirla a lo que el húngaro Eugen Varga calificó como una “colonia industrial”. En el gobierno bolchevique Alemania no encontró nada de eso. Por el Tratado de Rapallo el poder soviético renunció a las indemnizaciones con las que otros países, especialmente Francia, querían hipotecar el futuro de Alemania, y la misma renuncia llevó a cabo Alemania respecto al nuevo gobierno soviético.

Se estaba abriendo una nueva etapa de la diplomacia mundial caracterizada porque, a pesar de una guerra, dos países establecían relaciones mutuas basadas en la igualdad y en el trato preferente respecto a las demás, por lo que en Londres y París reaccionaron de la manera agresiva que cabía esperar. La prensa y los portavoces del imperialismo utilizaron términos apocalípticos. Dijeron que acababa de explotar una bomba, que el Tratado era una amenaza horrible para el mundo y presionaron para que Alemania lo anulara.

Eran una expresión histérica de las contradicciones interimperialistas que, como es normal, tenían su contrapartida dentro de la propia clase dominante alemana, donde no todos estaban de acuerdo con ese paso, hasta el punto de que pocas semanas después de la firma, Walter Rathenau, el firmante del Tratado junto a Chicherin, el ministro bolchevique de Asuntos Exteriores, fue asesinado en Berlín. Precisamente uno de los motivos que impulsó a Hitler al poder en 1933 fue el cambio en la política exterior de Alemania respecto al poder soviético.

Pero la perplejidad no fue menor entre los comunistas alemanes, a pesar de que el programa de su partido exigía de Alemania el reconocimiento del Estado soviético. El gobierno reaccionario alemán no sólo reconoció a los soviets sino que le concedió un trato de favor. ¿Dónde estaba, pues, el problema?

El problema es que a partir de Tratado de 1922 no había ningún problema donde debía haberlo, salvo en la cabeza de los dirigentes comunistas alemanes, que no sabían lo que era el imperialismo, a pesar de que lo tenían delante de sus narices. El discurso de Frölich, su portavoz parlamentario en el Reichstag, fue patético. Aunque apoyó la firma del Tratado, lo calificó como “bellas frases”. Otra dirigente alemana, Ruth Fisher, dijo algo que luego todos los oportunistas han repetido en ocasiones parecidas: el Tratado sacrificó la revolución alemana en beneficio de la rusa, o aún peor, del “Estado soviético”. Ese sacrifico, según Fisher, se consolidó con la política de frente único de la Internacional Comunista.

Era completamente falso. La línea de frente único se aprobó antes de la firma del Tratado y la revolución en Alemania también había fracasado con anterioridad, por lo que hubo ningún sacrificio. En Alemania la dirección del KPD, como todos los oportunistas, nunca entendió lo que era el imperialismo y estaba lejos del leninismo, por lo que fue expulsada de la Internacional Comunista poco tiempo después, aunque sus postulados han seguido vigentes en una maraña de pequeños círculos de eruditos especializados en redactar comunicados.

Por más que cada uno de ellos cambie las fórmulas mágicas con las que disimula su complicidad con el imperialismo, las conclusiones son las mismas. Por ejemplo, a la socialdemocracia el Tratado de Rapallo le sirvió para sacar pecho y decir que quienes colaboraban con los capitalistas y los imperialistas eran los bolcheviques. Ponían el ejemplo de un monopolio tan conspicuo como Krupp, que desde 1920 fabricaba locomotoras en suelo soviético.

La situación era tan sorprendente que todos acusaron a los bolcheviques de revisionismo, y los izquierdistas con más razón aún. Para Fisher el Tratado de Rapallo suponía una “alianza” del poder soviético con una potencia imperialista. Eso, unido a las tesis de Varga, economista de la III Internacional, sobre la situación de Alemania como “colonia industrial” situaba a la burguesía alemana, según Fisher, como “víctima” casi al mismo nivel que la clase obrera. Finalmente, la política de “frente único” conducía a la clase obrera alemana a hacer causa común con su burguesía, es decir, a una especie de “frente nacional”.

La dirección del KPD estaba totalmente equivocada. Cuando todo el mundo está ya repartido, escribió Lenin, son los propios países imperialistas los que se convierten en el objeto del reparto. Quieren comer pero van a ser comidos. Entonces las contradicciones interimperialistas aparecen en todo su esplendor. Un año después de la firma del Tratado de Rapallo, Francia se anexionó la cuenca del Ruhr, que pertenecía a Alemania. Es realmente inaudito que, precisamente los comunistas alemanes, no fueran capaces de ver lo que estaba ocurriendo y que fuera Lenin quien lo anticipara en su discurso al VIII Congreso de los soviets. Los imperialistas no sólo querían acabar con el poder soviético sino que también imponer “condiciones de existencia imposibles para la inmensa mayoría de la nación alemana”.

Durante la posguerrra las contradicciones interimperialistas habían engendrado en Alemania una situación favorable, como ya había ocurrido en Rusia pocos años antes porque las “condiciones de existencia” no sólo eran imposibles para la clase obrera sino, como decía Lenin, “para la inmensa mayoría de la nación alemana”. Pero los oportunistas preferían seguir con los ojos cerrados.

Las contradicciones interimperialistas en el Donbas

Durante muchos años, pero especialmente desde la caída de la URSS en 1990, los oportunistas hablaron del imperialismo como si tratara de un bloque macizo. El sólo hecho de utilizar el término en singular (“el imperialismo”) daba la impresión de que no había más que un único imperialismo o que todos los países imperialistas eran iguales, por el hecho de serlo.

Eran los tiempos de los foros mundiales, el movimiento contra la globalización y del “otro mundo es posible”, esas mareas de “alternativos” a medio camino entre las ONG y el trotskismo. Ahora han cambiado de verborrea y hablan, por fin, de “contradicciones interimperialistas” para llegar al mismo punto: los imperialistas son todos iguales y los que no son imperialistas son marionetas suyas.

Por ejemplo, en junio del año pasado tuvo lugar en Minsk una reunión de trotskistas procedentes de Ucrania, Rusia y Bielorrusia para pedir lo que todos los pacifistas añoran: “el cese inmediato de la guerra civil en Ucrania”. Pero si creyeran realmente que se trata de una verdadera guerra civil, hubieran debido pedir a los ucranianos que cesaran de combatir entre ellos. Sin embargo, lo que los trotskistas piensan es que los ucranianos son marionetas cuyos hilos mueven los imperialistas y, por lo tanto, su llamamiento tenía el siguiente carácter: “El gobierno ruso, la Unión Europea y los Estados Unidos utilizan la guerra civil en Ucrania con el mismo fin: la gente que muere en el Donbas son sólo peones en su competencia inter-imperialista” (1).

En España quien sostiene ese mismo tipo de concepciones trotskistas son los “cheerleaders” de RC y los clarividentes del MAI. Hay dos bandos imperialistas en liza y cada uno de ellos sostiene sobre el terreno a una marioneta local, unos en Kiev y otros en Donietsk y Lugansk.

A la fuerza ahorcan: la guerra se extiende, con su reguero de sangre, por regiones cada vez más extensas del mundo y la demagogia con la que durante tantos años trataron de ocultar las contradicciones interimperialista se ha venido abajo. De ahí que, con un lenguaje un poco diferente, los trotskistas quieran llegar la misma conclusión: Rusia es lo mismo que Estados Unidos y las milicias del Donbas son equiparables al gobierno de Kiev.

“El antifascismo en el Donbas es un mito”, dicen, repitiendo lo que siempre dijeron los trotkskistas del POUM durante la guerra civil española: la República era burguesa, exactamente igual que los militares fascistas; la URSS ayudó a los primeros y los fascistas de Mussolini ayudaron a los segundos. ¿Dónde está la diferencia? No hay ninguna diferencia, o no la saben encontrar, como tampoco saben responder a una sencilla pregunta: si ambos bandos son iguales, ¿por qué combaten entre sí?

Lo ha escrito bien claro Sarkis Fernández: la excusa de las contradicciones interimperialistas en Ucrania es “pura ideología imperialista” (2). Los trotskistas que defienden ese tipo de planteamientos, incluidos RC y MAI, forman parte del imperialismo mismo, algo que no debería constituir ninguna sorpresa para nadie. Ante la guerra y las contradicciones interimperialistas, la defensa de la neutralidad, la equidistancia y el pacifismo farisaico es una traición a la clase obrera y a la revolución en todos y cada uno de los países, incluso en aquellos a los que la guerra no llega.

Lo que el leninismo enseña es a tomar partido, no a lavarse las manos como Pilatos. Ante una guerra imperialista provocada por las contradicciones internas entre las potencias imperialistas, Lenin apela a la guerra civil, a dirigir las armas contra el propio país, que es exactamente lo que han hecho las milicias del Donbas. Por consiguiente, poner a un bando al lado del otro es simplemente una manera repugnante de lavarle la cara al imperialismo y su criminal política de exterminio.

Ucrania formó parte de la URSS y los trotskistas de todos los pelajes se esfuerzan por ocultar que con la URSS no sólo acabó un modo de producción sino que el país fue troceado, por lo que es obvio que el imperialismo busca devorar a Rusia como país, del mismo modo que ya ha devorado a otros, como admitió la secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright en 2005: “Es injusto que un solo país posea territorios tales como Siberia y el Lejano Oriente, en los cuales pueden instalarse unos cuantos Estados”.

Incluso después de que la URSS desapareciera, después de que fuera troceada, al imperialismo no le bastó con que Ucrania obtuviera su independencia sino que organizó dos golpes de Estado por una razón muy sencilla de entender: porque no están dispuestos admitir una Ucrania independiente, es decir, un país capaz de tomar sus propias decisiones. Cualquiera que sea su régimen social, Ucrania ha demostrado que está, quiere estar y estará siempre ligado a Rusia por lazos que van mucho más allá de la economía y de la geoestrategia y que el imperialismo se esfuerza por romper porque su proyecto no es sólo acabar con Rusia sino acabar también con Ucrania.

Hay una foto de Victoria Nuland, la encargada de asuntos europeos en el Departamento de Estado, en plena orgía en la Plaza Maidan, en febrero del pasado año que expresa que mejor que nada qué es lo que persigue el imperialismo en Ucrania. En contra de los partidarios de la neutralidad, no hay una foto equivalente de Serguei Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores, en Occupy Wall Street.

El Pacto de Varsovia se ha disuelto; la OTAN no. En contra de todos los acuerdos aprobados desde los tiempos de Gorbachov, Estados Unidos ha metido a los países vecinos de Rusia en una alianza militar dirigida contra Rusia. Rusia no ha rodeado a ningún país del mundo con bases militares, pero tiene todo su perímetro fronterizo cercado por las de los imperialistas, que le han puesto armas nucleares delante de sus narices y han desencadenado varias guerras, desde el Báltico a Afganistán cuyo objetivo indirecto no es otro que Rusia.

En el derecho internacional el bloqueo económico es una medida de guerra, una declaración indirecta de guerra. Pero no ha sido Rusia quien ha impuesto un bloqueo económico a Estados Unidos o a la Unión Europea, sino al revés. Rusia es víctima de un bloqueo. No hay esa simetría de la que hablan los trotskistas.

Los francotiradores que en febrero del año pasado dispararon contra la multitud indiscriminadamente en la Plaza Maidan matando a cerca de cien personas, ¿eran prorrusos?, ¿antirrusos?, ¿pertenecían a ambos bandos?, ¿es indiferente?

Los que quemaron vivos a 42 sindicalistas en Odesa en el mes de mayo, ¿eran prorrusos?, ¿antirrusos?, ¿pertenecían a ambos bandos?, ¿es indiferente?

Los que en julio derribaron el vuelo MH17 asesinando a 300 pasajeros, ¿eran prorrusos?, ¿antirrusos?, ¿pertenecían a ambos bandos?, ¿es indiferente? No es necesario apelar al leninismo sino a la decencia humana para no admitir -bajo ningún concepto- que los agresores se pongan al mismo nivel que los agredidos. Ante un acoso sexual no se puede medir al agresor y al agredido por el mismo rasero; ante un acoso militar, económico, político y mediático tampoco. ¿Verdad que es obvio? Pues los trotskistas no se quieren enterar.

(1) http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=7019
(2) http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=4653

Victoria Nuland en plena Plaza de Maidan, durante el Golpe de Estado de 2014

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