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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 36 de 60)

El lado más ocuro de la ideología burguesa

Kevin Costner en Waterworld
Juan Manuel Olarieta

Como escribió Stalin, una ciencia es diferente de una ideología. Cabe añadir, sin embargo, que ambas están tan íntimamente adheridas una a otra que no es fácil separarlas. Desde luego que los científicos han demostrado que son los menos capaces de hacer esa separación, es decir, de ser conscientes de ella, de apercibirse dónde acaba la ciencia y empieza la ideología.

Siguiendo el mismo argumento, se podría decir lo mismo de una ingeniería, como la informática, que debiera estar aún más claramente delimitada de las ideologías. Basta recorrer las numerosísimas páginas de internet dedicadas a la informática para comprobar que no es así.

También es obvio recordar que la ciencia es algo diferente de la ciencia-ficción, pero los científicos son muy aficionados a ese tipo de novelas porque en ellas creen encontrar ciencia, aunque se trate de la basura escrita por Isaac Asimov.

A eso añadiría por mi cuenta que es fácil encontrar también mucha ciencia-ficción en la ciencia. No hay más que leer las previsiones futuras que para la humanidad nos tiene reservado el calentamiento planetario.

Cualquier diccionario de informática expone conceptos básicos de la ciencia que siempre han sido muy discutidos. Se trata de términos tales como “inteligencia” (“inteligencia artificial”) o “memoria”. Lo mismo que la mayor parte de los conceptos científicos, se definen de una manera simplona, dogmática y acrítica, pasando por alto todas las discusiones habidas acerca de ellos a lo largo de la historia del pensamiento humano.

En otras ocasiones, tanto los científicos como los ingenieros eluden simplemente las definiciones, utilizando expresiones que no saben lo que significan, algo que es bastante característico del positivismo: hablar del funcionamiento de las cosas sin saber lo que son.

Es más, no importa saber lo que son las cosas sino cómo funcionan. Es la actitud de la mayor parte de los usuarios hacia su ordenador o su móvil. El positivismo, que es una ideología -y de las más cutres- tiene una estrecha relación con el utilitarismo: lo que nos importa de las cosas no es lo que son sino su funcionamiento, para qué sirven, lo que esperamos de ellas.

Este tipo de concepciones ideológicas acerca la ciencia-ficción a la ciencia, de manera que no resulta fácil separar a una de otra. Lo mismo que la religión, la ciencia actual se ha llenado de profecías, aunque ahora las llaman de otra manera: pronósticos o previsiones. A los científicos no les basta con explicar lo que pasa sino que se esfuerzan por explicar lo que va a pasar.

Sin embargo, en la etapa actual del capitalismo, dominado por la decadencia y la degeneración, la ciencia-ficción presenta dos características importantes respecto a sus precedentes:

a) su marcado sesgo distópico, pesimista y oscurantista, rasgos que definen al pensamiento burgués actual

b) desde los tiempos de Platón hasta ahora la ficción había venido siendo claramente política: frente a la sociedad existente, el escritor de ficción buscaba algo mejor. Por el contrario, ahora la novela de ficción se disfraza de ciencia y asegura que en el futuro todo será mucho peor.

Lo que la ciencia-ficción esconde ahí es un afán de dominio, exactamente el mismo que en la utopía de Platón de hace dos mil años: si éste quiso un mundo dirigido por filósofos, los distopistas de hoy quieren un mundo dirigido por científicos, si bien hoy a cualquier idiota le califican como “científico”, lo cual es muy peligroso.

La conclusión “científica” de la burguesía es la siguiente: mejor no cambiar nada porque no va a mejorar lo que ya tenemos. Insisto en que esa conclusión no la presenta la burguesía de un modo político sino científico. Lo que nos quiere transmitir no es una opinión; no es lo que le gustaría que sucediera sino lo que sucederá de una manera inexorable.

No hay más que leer uno de esos infames artículos seudocientíficos en los que algún cretino lleva a cabo en nombre de la “ecología” una de esas simulaciones informáticas para demostrar que el nivel de las aguas oceánicas seguirá subiendo y que todo va a acabar en un desastre como el de la película “Waterworld”.

A pesar de que la ficción es pura imaginación, fuera de los países socialistas, no conozco relatos acerca de un mundo mejor, sin miseria, sin desempleo, sin ignorancia, sin opresión… La ciencia-ficción no proyecta hacia el futuro un mundo distinto sino el mismo capitalismo con todas sus lacras multiplicadas hasta el infinito, como en la película “Atmósfera cero”.

Hoy la ciencia lleva a cabo una parte de sus experimentos en los ordenadores, no en la naturaleza ni en los laboratorios. Son simulaciones informáticas, a pesar de lo cual se publican en las revistas científicas como si tuvieran tal naturaleza científica. A ese tipo de diversiones algunos le dan un carácter demostrativo, por lo que de ahí deduzco otras dos conclusiones, a cada cual más absurda:

a) que la manera de confirmar o refutar una hipótesis científica no se lleva a cabo en el mundo real sino en el virtual, que se confunden cada vez más confusamente, al más puro estilo Matrix

b) que lo que tratan de demostrar no es un fenómeno que existe o ha existido en el pasado sino de algo que existirá en el futuro o que posiblemente no exista nunca

Para la burguesía el futuro no depende de las clases sociales sino de la ciencia. Es otro legado del positivismo infiltrado para no parecer lo que es: pura ideología.

En la medida en que la ciencia actual está cada vez más mediatizada por un instrumental (aceleradores, telescopios, ordenadores) cada vez más grande, tiene un componente técnico cada vez mayor, por lo que la técnica suplanta a la ciencia cada vez más, de manera que se han empezado a otorgar Premios Nóbel de ciencia a los ingenieros, es decir, no por descubrir cosas nuevas sino por nuevas aplicaciones de algo ya conocido.

A la confusión de lo real con lo virtual la burguesía le añade una segunda confusión, la del hombre con la máquina. Es la ideología del robot, que diluye las diferencias entre ambos al estilo Blade Runner. Si el hombre es un autómata, las máquinas tienen propiedades síquicas típicas de los seres humanos.

Este hilo ideológico se puede estirar cuanto sea necesario porque, como muestran los tópicos de la ficción moderna, los ordenadores tienen vida propia. Las máquinas son una proyección del ser humano tal y como la burguesía lo ve en la actualidad: como un ser malvado, hasta tal punto de que su maldad mecánica se vuelve contra el ser humano que lo ha creado. Es el caso de Hal, el ordenador de la película “2001, una odisea del espacio”, Skynet, el ordenador de Terminator o Joshua, el de “Juegos de guerra”.

Los relatos de ciencia-ficción son una religión moderna y, por lo tanto, ideológicos. Repiten el mito del Génesis en versión informática. Del mismo que en el Paraíso los hombres, criaturas de Dios, se volvieron contra su creador, los ordenadores se han vuelto contra los hombres que los crearon.

El carácter de la moderna ideología burguesa se podría expresar de una manera aún más cruda: ha olvidado para siempre el principio de las cosas, el paraíso, y sólo se acuerda del final, el apocalipsis. Se ha introducido a fondo en su lado más oscuro. Tenebroso, diría.

Ennahda: del integrismo integral al integrismo integrado

Juan Manuel Olarieta
Desde hace un mes, el último congreso del partido islamista tunecino Ennahda viene suscitando todo tipo de controversias en el mundo árabe ya que, por primera vez, un movimiento islamista ha declarado la separación entre la religión y la política.

Es como si la revolución burguesa llegara al mundo musulmán cogida por las orejas y con 200 años de retraso. Pero no es tanto como parece. En Europa son muchas las organizaciones políticas demo-cristianas o social-cristianas y nadie se ha rasgado las vestiduras por ello.

Este fenómeno histórico se mide con diferentes con varas de medir. Normalmente, cuando en un país no existe separación entre Iglesia y Estado, la responsabilidad se imputa al Estado, no a la Iglesia. En España hay escuelas católicas financiadas con dinero público, pero quienes se lo reprochan no se dirigen contra la Conferencia Episcopal, sino contra el Estado. Sin embargo, cuando se trata del islam el análisis se vuelve del revés: la culpa es del islam.

En Túnez Ennahda, el “partido del renacimiento”, ha decidido centrarse en la política para dejar el proselitismo religioso a las asociaciones civiles. En el mundo árabe se preguntan tanto por los motivos como por las consecuencias de esa decisión.

En unas declaraciones a Al-Monitor, Saleh Al-Raqab, que además de ministro de Asuntos Religiosos del gobierno de Hamas en Gaza, es una autoridad islámica de primer nivel, afirmó que Ennahda no ha aprobado la decisión por convicción propia sino por “presiones occidentales”. Para Al-Raqab se trata de agradar a sus vecinos del norte del Mediterráneo. Es muy extraño que en un congreso una decisión de esa envergadura se adopte sin ninguna clase de debates ni discusiones.

Ennahda quiere pasar de ser un partido confesional a uno nacional, pero no “nacionalista”. En su origen era la Hermandad Musulmana en Túnez, cuyos dirigentes se ven ahora duramente reprimidos en Egipto. Nació como un contrapeso a la penetración del marxismo y las ideas progresistas en universidades tunecinas en los años setenta.

Durante un tiempo quiso que la ruptura de relaciones diplomáticas con Israel se incluyera dentro de la Constitución tunecina. Ahora los tiempos han cambiado. Ennahda ha pasado del integrismo integral al integrismo integrado. No es una evolución, como parece, sino una involución.

Quiere convertirse en una fuerza de gobierno, para lo cual necesita dos cosas. Primero, en una sociedad fuertemente influenciada por el laicismo, como la tunecina, necesita reclutar votos de todos los rincones. Además, también necesita el visto bueno de los padrinos del norte, de los imperialistas.

El modelo es el de Erdogan en Turquía: separación entre la religión y la política en el ámbito público y fusión e islamización en el privado, coincidiendo también en la política exterior de sumisión al imperialismo, al sionismo y a los príncipes saudíes.

Inmediatamente después de la Primavera Árabe, llamada “revolución de los jazmines” en Túnez, un dirigente de Ennahda, Hamadi Jebali, se trasladó a Washington para recibir instrucciones de los senadores John McCain y Joseph Lieberman, lo peor de la reacción estadounidense.

Luego le tocó el turno al fundador y máximo dirigente, Rached Ghannouchi, un político muy apreciado por los grupos de presión sionistas en Washington. La invitación procedía del Washington Institute for Near East Policy que preside el sionista Martin Indyk que, dos años después le volvió a invitar, esta vez en nombre del Saban Center for Middle East Policy.

Como en los demás países musulmanes, el integrismo de Ennahda está plenamente integrado en la sociedad capitalista, hasta el punto de que hace de la buena vecindad con Israel una de sus señas de identidad. Si alguna vez estuvo fuera, su laicismo actual culmina el ingreso en el orden establecido.

De la teoría de la evolución a la teoría de la involución

Si Ustedes se han tomado la molestia de analizar la película “Gravity”, producida en 2013 por el mexicano Alfonso Cuarón, entenderán un poco más el papel de Hollywood en las diversas fabricaciones ideológicas en forma de Óscar de la Academia, de “best-sellers”, “prime time”, “trending topics” y demás.

Lo podemos ver desde el punto de vista escrupuloso de la ciencia para poner de manifiesto la torpeza del argumento. También se puede analizar desde el punto de vista político más coyuntural: el desencadenante de la acción es Rusia, con toda la basura que tiene circulando por el espacio o, dicho de otra manera, todo lo que procede de Rusia es una basura y los demás somos víctimas suyas.

Como es típico en Hollywood, incluido el de los mexicanos, el mensaje llega envuelto en medio de anestesiantes efectos visuales y espaciales propios de la gravedad cero y los abismos espaciales.

Pero el mensaje ideológico va mucho más allá. Hace 50 años la exploración espacial (la de la NASA) excitó la confianza en la capacidad de la humanidad para progresar y desplazar las fronteras del conocimiento más allá de la Tierra.

A pesar de que ahora hay una Estación Espacial Internacional permanente en el espacio, el asunto ya no nos subyuga; no le prestamos atención. Lo que “Gravity” nos dice es que en el espacio lo que hay realmente es “basura espacial”. No sólo no es nada interesante sino contaminación y una fuente de problemas. No hay astronautas al volante de sofisticadas naves, no hay aventura, no tiene el encanto de la Fórmula 1, sino más bien el aburrimiento de un oficinista delante de una mesa y un teléfono. La vida en el espacio es tan deprimente como en la Tierra, o quizá un poco más porque no te puedes ir al jugar al pádel un sábado por la tarde.

Antiguamente al espacio exterior se le llamaba cielo, el paraíso, una palabra con reminiscencias religiosas. Frente a un planeta caótico, el cielo era el cosmos, el lugar donde las galaxias, las estrellas y los planetas orbitaban majestuosamente siguiendo curvas regidas por las leyes armoniosas de la gravedad.

Ahora el espacio también es caos (khaos, un abismo y un gas), algo desorganizado y sucio al que no merece la pena viajar. En la URSS tenían otra concepción y a los astronautas les llamaban cosmonautas porque los comunistas saben que tanto el cielo como la Tierra se rigen por las leyes de la astrofísica.

A través de sus medios de propaganda, el imperialismo asegura que el recorrido de la historia no va del caos al cosmos, sino al revés, al modo de la estúpida “teoría del caos” tan de moda en los ambientes universitarios. Es la entropía inexorable que predica la ideología burguesa en su etapa imperialista: todo se pudre, todo degenera… Vamos de mal en peor.

La burguesía se identifica a sí misma con la humanidad y generaliza su propia situación histórica. Lo que predica no es que su clase social esté en decadencia sino que toda la biosfera lo está. Ha sustituido la teoría de la evolución por la teoría de la involución.

La basura espacial demuestra, además, que nada escapa del caos, que los problemas de la Tierra nunca se podrán solucionar huyendo al espacio exterior. Todo es una mierda.

Moraleja: la burguesía se ha deprimido.

El suicidio del capital financiero

Es muy común que las obras de economía de los seudomarxistas se salten a la torera la exposición que del dinero hizo Marx, a partir de lo cual es imposible concebir siquiera la Economía Política o fenómenos modernos, como el capital monopolista, al que dedicaron inútilmente su atención Baran y Sweezy, o el capital financiero, por el que se preocupó Hilferding de la misma manera inútil.

Tan malo es no tener ni idea de lo que es el dinero como tener una idea errónea, o tenerla incompleta. No me refiero al capitalismo, sino al dinero, que es de donde surgen esas consignas “radicales” sobre “salir del euro” e incluso de la Unión Europea y contra las políticas de austeridad y recortes.

Podemos empezar por la mejor de las hipótesis, la de que el lector ha comprendido bien la exposición de “El Capital” sobre las funciones del dinero. Entonces es bastante común que, por su inserción sistemática, al modo de la economía burguesa, el lector relacione, casi inconscientemente, al dinero con el intercambio mercantil de manera exclusiva en esa fórmula didáctica en la que aparece: M-D-M. El dinero está en el medio; sirve para comprar y vender mercancías.

Incluso es posible que vaya un poco más allá y tenga en cuenta la transformación del dinero en capital, que es el punto en el que Marx le da un giro a su exposición para pasar de una economía mercantil a una economía capitalista. Es una de sus geniales explicaciones sobre una transición histórica, muy parecida a la acumulación originaria de capital, es decir, la transformación de un fenómeno en otro a lo largo del tiempo.

Esa manera de exponer le permite al lector romper con una idea muy arraigada: la de que el dinero no es exactamente lo mismo que el capital y, por lo tanto, la diferencia entre la circulación mercantil y la capitalista. Esta última la resume Marx en una fórmula distinta D-M-D’ en la que, además de una metamorfosis cualitativa hay un crecimiento cuantitativo (D’>D) en el que la diferencia D’-D es la plusvalía (D’=D+p).

Sin embargo, al final del tomo III de su obra “Teorías sobre la plusvalía” (*) la exposición de Marx es bastante diferente: el dinero no es que se transforme en capital sino que ya circula como capital sin tener a las mercancías como intermediarias, según la fórmula D-D’ en donde D es el capital principal y D’ es dicho principal más los intereses: D’=D+i.

Si el dinero es un fetiche (“una religión de lo vulgar”) ese capital dinero al que hoy llamamos capital financiero es el más perfecto de los fetiches, dice Marx volviendo a la mixtificación creada por la mercancía y por el dinero de los que ya había hablado en “El Capital”. Si no se entiende el dinero, mucho menos se puede entender el dinero circulando como capital. De ahí que Marx repita una y otra vez su repertorio de desprecios hacia los economistas burgueses, teólogos vulgares, que va mucho más allá de la crítica: se burla abiertamente de ellos.

La reproducción “perfecta” del capital D-D’ es el préstamo a interés, dice Marx, cuando el dinero “no se convierte en capital sino que entra como capital en la circulación”. La fórmula D-D’ es una deuda y, por lo tanto, a diferencia de los teólogos del dinero, los marxistas no separan con ningún “velo” a la economía real de la financiera, sino todo lo contrario, especialmente en la fase imperialista actual en la que el capital bancario y el industrial forman una unidad: el capital financiero.

Por lo tanto, los flujos financieros dependen de los reales, de la reproducción del capital, de manera que las crisis económicas desembocan en suspensiones de pagos, quiebras y bancarrotas de personas, de empresas, de bancos y de Estados.

Los teólogos sólo se hacen la pregunta al revés. Quieren saber la manera en que la economía financiera puede influir en la real, para lo cual inventan todo el catálogo de estupideces acerca de la “creación” del dinero porque tratan así de impedir la crisis: con la fotocopiadora de papel moneda.

Naturalmente que el fenómeno funciona al revés: lo que la teología burguesa entiende como “dinero” estimula la economía real. La diferencia es que no la puede inventar, es decir, no puede sostener un aparato productivo en crisis con sobredosis de “dinero”.

Los teólogos creen que sí y una cierta experiencia así se lo demuestra, por lo que lanzan las campanas al vuelo y, por lo tanto, parece que tiran ese “dinero” por la ventana.

El asunto tomaría un aspecto muy diferente si los teólogos fueran capaces de entender que eso a lo que llaman “dinero” no son otra cosa que préstamos que, tarde o temprano, hay que pagar y, como en toda borrachera, después llega la resaca.

El tiempo juega aquí su papel: cuando alguien acude al banco a pedir un préstamo es porque hoy no tiene dinero pero cree que mañana lo tendrá y el banco se lo da si opina lo mismo. Entonces la famosa “creación de dinero” de que habla la teología vuelve al punto de partida, a la resaca: finalmente todo depende de la economía real.

Sin embargo, no es cualquier clase de economía real sino de una economía en crisis que, cuando aparece, no hay ninguna posibilidad de pagar. Entonces las deudas se van acumulando con la misma rapidez -o más- con la que se han contraído.

Como, además, los teólogos no saben que las crisis son inherentes al capitalismo, acumulan gigantescas cantidades de deudas con la ingenua pretensión de retrasarlas en espera de tiempos mejores. Esas deudas generan más deudas (D-D’) que acaban siendo como una gran bola de nieve que rueda por la pendiente. Ahora las llaman “burbujas” porque -finalmente- se han dado cuenta de que todo giraba sobre el vacío, es decir, que el dinero no se puede separar de la crisis de la economía real.

El endeudamiento mundial es de tal magnitud que es imposible pagarlo y de las únicas alternativas de las que hablan los teólogos es de las diferentes formas de “pinchar” la burbuja y, por lo tanto, de planificar el desplome financiero.

Las políticas económicas han venido estrujando al proletariado con los recortes y las políticas de austeridad, pero poco más queda por recortar, prácticamente nada si tenemos en cuenta el gigantesco volumen de deuda que existe. Hasta aquí los teólogos creían que el problema era de quienes debían pagar las deudas pero, por fin, se han dado cuenta de que el verdadero problema es el de quienes tienen que cobrarlas y no van a poder hacerlo.

De mala gana el capital financiero ha hecho suya esa consigna callejera de que ahora les toca a ellos poner su parte para pagar la crisis. Lo que se están preguntando es: ¿cuál es la mejor manera de hundirnos?, ¿a quién le toca hundirse esta vez?, ¿qué banco?, ¿qué país?

Ese es el significado de los tipos de interés negativos en donde el capital no se reproduce sino que se reduce: D’=D-i. A una economía real decreciente le siguen unas finanzas igualmente decrecientes.

Como demuestra el ejemplo de Grecia, para evitar el pánico, las deudas se están pagando con otras deudas, lo que escandaliza a los teólogos como Varufakis. Pero eso tiene una explicación muy sencilla si tenemos en cuenta que ahora los deudores ya no son los mismos que al inicio de la crisis. Ya no es sólo el proletariado el que está esquilmado por las deudas sino países enteros.

Si los tipos de interés siguen cayendo y entran en el terreno negativo, las deudas se reducen cuando se refinancian. Ahora los deudores son unos privilegiados; cuanta más deuda mejor.

El capital financiero está entrando en una etapa de paradojas teológicas que, en el terreno real, es un proceso de autodestrucción parecido al de la guerra. En definitiva, las crisis del imperialismo van siempre acompañadas de autodestrucción y de guerras.

“Las tasas de interés negativas no están contribuyendo a la recuperación económica en Europa”, titula un diario económico. Naturalmente. Después de destruir a los demás, lo que está haciendo el capital financiero es destruirse a sí mismo. ¿Acaso esperaban otra cosa los teólogos?

(*) Marx, Teorías de la plusvalía, México, 1980, tomo III, pgs.403 y stes.

La participación de los kurdos en el genocidio armenio

La caballería kurdo-otomana
Juan Manuel Olarieta

La historiografía kurda -y los que miran el pasado de Oriente Medio a través de sus ojos- padece un problema serio de memoria sobre el papel desempeñado por su pueblo en el genocidio armenio (y asirio), atribuido a los turcos en 1915-1916, durante la Primera Guerra Mundial.

Casi un millón de personas fueron asesinadas y una cantidad aún mayor expulsadas en masa de sus casas y sus tierras. El primer genocidio de la historia también formó parte del reparto de Oriente Medio por los imperialistas, en el que si los kurdos no tenían sitio, los armenios mucho menos.

Una historia escrita de manera muy sesgada ha dejado a los turcos como genocidas, algo que ha interesado mucho a los kurdos pues las promesas imperialistas de un Kurdistán independiente se hicieron sobre suelo armenio y a costa de los armenios.

Por motivos políticos, tampoco la historiografía armenia ha sido muy explícita al respecto. Lo mismo que para los kurdos, para los armenios el enemigo siempre ha sido Turquía.

A pesar de lo que digan los historiadores, que escriben papeles sobre papeles, cualquier vecino de cualquier pueblo kurdo de Turquía, sabe quién cometió el genocidio y cómo se produjo. Desde hace un siglo se sigue hablando con absoluta crudeza de las matanzas, los desalojos y los saqueos de sus vecinos armenios.

Al conmemorar el centenario, el año pasado el alcalde de Diyarbakir prometió la reconstrucción de las iglesias ortodoxas armenias, que eran más numerosas que las mezquitas.

En 1915 en la capital del Kurdistán turco, los armenios constituían la mayoría de la población. Aunque algunas fuentes hablan de 60.000 vecinos, es casi seguro que eran bastantes más.

En España sabemos mucho de silencio; toda la posguerra está llena por ese vacío amargo, que aún tardará años en ser llenado. Pero es el silencio del perdedor. Por el contrario, en capitales como Diyarbakir quienes quedaron fueron los genocidas, por lo que nunca han tenido empacho en hablar acerca de ello.

Sin embargo, las conversaciones nunca llegan a las bibliotecas, por lo que los historiadores han tardado cien años en llevar grabadoras para registrar los relatos de los ancianos.

El silencio siempre tiene evidentes motivaciones políticas. Casi desde el primer momento de la matanza, los militantes del Tachnak, el partido nacionalista armenio, sostuvieron el mismo relato olvidadizo del nacionalismo kurdo porque en 1927 se produjo un pacto entre las dos organizaciones políticas más importantes, el Tachnak y los kurdos de la Liga Joybun, el embrión del movimiento nacionalista kurdo en Turquía y Siria. Se puede decir que, en cierta forma, la Liga Joybun aprendió de los armenios a “ser uno mismo”, que es la traducción del término “joybun”.

Para el movimiento nacionalista kurdo fue una alianza muy provechosa aunque, desde el punto de vista historiográfico, ayudó oportunamente a pasar página. El plan era organizar un levantamiento militar para crear una federación kurdo-armenia dentro de Turquía, lo que obligó a los militantes de Tachnak a hacer propaganda en favor de la causa kurda.

Hoy los nacionalistas kurdos califican como genocidio las matanzas de los armenios, pero les queda por establecer todas las responsabilidades, no sólo las de los demás. Siguen expresando su simpatía por los armenios y hacen causa común con ellos para denunciar a Turquía. Es algo plenamente justo y siempre lo ha sido. Pero…

Armenios camino de la deportación
Los kurdos vivieron en un territorio fronterizo, una “tierra de nadie”, entre los imperios turco, ruso y persa. La expansión del Imperio Otomano y el crecimiento demográfico presionaron a una población que, en buena parte, era nómada, empujándoles hacia las zonas habitadas por armenios, entre otras etnias no kurdas, que eran sedentarias.

Ese movimiento de la población fue alentado por el Imperio Otomano, un proceso paralelo al que Rusia llevó a cabo con los cosacos. También los otomanos crearon brigadas de caballería kurda, las “Hamidiye Alaylari” como refuerzo fronterizo contra los rusos y los persas.

Los campesinos armenios fueron sometidos al saqueo en forma de pago de cuantiosos impuestos y luego al expolio de tierras. Los armenios tenían que pagar el “hafir” a los kurdos, una especie de tributo a cambio de asegurarles sus vidas y haciendas.

En 2009 el presidente del Consejo Kurdo de Armenia, Knyaz Hasanov, reconoció la intervención de los kurdos en el genocidio, aunque matizó que fue obra de casos aislados, no de la nación kurda como tal. Otros, como el presidente del Parlamento kurdo en el exilio, hablan de que la responsabilidad fue de “algunas tribus kurdas”.

Tampoco les falta razón. Es cierto que la mayor parte de los kurdos que formaban parte de la caballería de la “Organización Especial” eran nómadas. Pero entonces se me suscitan dos preguntas. La primera es: ¿los kurdos son responsables del genocidio sólo en parte y los turcos lo son en bloque? Y la segunda: si no todos los kurdos son responsables del genocidio, ¿por qué ocultar su intervención?

Entre los muchos relatos orales que circulan por Diyarbakir hay uno que refiere el asesinato de un cura ortodoxo, que le dijo al kurdo que le iba a matar: “Nosotros somos el desayuno pero vosotros seréis la comida”.

No se puede explicar mejor la masacre porque, en efecto, ocurrió así exactamente: los turcos llevaron a cabo, por sus propias manos esta vez, una matanza masiva de kurdos seguida de una deportación, también masiva, de manera que quienes hasta entonces habían sido la fuerza de choque del ejército otomano se volvieron en su contra.

Todo ocurrió en muy poco espacio de tiempo: en 1915 la caballería kurda era parte del ejército turco y en 1927 se crea la Liga Joybun para luchar en su contra.

La participación de los kurdos en el genocidio no exime la responsabilidad de los turcos. Los unos eran la carne de cañón de los otros. Hacían el trabajo sucio para que los “padrinos” turcos quedaran con las manos limpias.

No sólo los nacionalistas kurdos no quieren recordar su historia; los turcos, que sí tienen un Estado propio, mucho menos. También ellos son nacionalistas, tanto por lo menos como los kurdos, con la ventaja adicional para la historia de que no se mancharon las manos porque ese tipo de tareas siniestras siempre quedan para los carniceros.

Entonces los kurdos no veían a los turcos como enemigos, sino todo lo contrario, y a la inversa, muchos de los matarifes kurdos que participaron en el genocidio salieron de las cárceles turcas con amnistías e indultos.

Todo por un plato de lentejas. Los kurdos asesinaron por un pedazo de tierra, por una casa, por unas cabezas de ganado…

Como cualquier otro acontecimiento, el genocidio armenio y asirio se puede desmenuzar tanto como sea necesario. Por ejemplo, la “Organización Especial” que dirigió las matanzas tampoco estaba dirigida por turcos sino por cherkeses, una población caucásica.

Como la cabeza de Jano, la historia tanto mira hacia atrás como hacia delante y por eso el refrán dice -con pleno acierto- que quien olvida la historia está condenado a repetirla. Pero la historia es una ciencia que, como se ha demostrado, los nacionalistas no pueden escribir porque ellos son la burguesía.

La historia sólo la puede escribir el proletariado, que es una clase internacionalista. A diferencia de un nacionalista cualquiera, un internacionalista lucha por los derechos de todas las naciones oprimidas, no sólo de una, y mucho menos lucha por los derechos de una contra la otra, o a costa de la otra.

El afecto de Felipe González hacia un genocida africano

El antiguo presidente del gobierno español Felipe González escribió en 2009 una carta al presidente de Sudán, Omar Al-Bashir, condenado por el Tribunal Penal Internacional por genocidio, para que le ayudara a su amigo, el capitalista hispano-iraní Massoud Zandi, a apoderarse de un yacimiento petrolífero en Sudán del sur.

González fue presidente del gobierno español entre 1982 y 1995 a la cabeza del PSOE (Partido Socialista Obrero Español), bajo cuyo mandato fueron asesinadas 30 personas en acciones de guerra de sucia por las que fue condenado uno de sus ministros de Interior, José Barrionuevo.

Durante su gobierno los casos de corrupción económica también fueron muy numerosos y no se han agotado tras abandonar el cargo. Se aprovecha de su condición de antiguo presidente del gobierno para llevar a cabo oscuros negocios con capitalistas no menos oscuros.

El ex-presidente socialista grabó un vídeo elogiando la “capacidad emprendedora” de su amigo Zandi y en su carta a Al-Bashir le asegura que es “una persona honorable, seria, trabajadora y con relaciones internacionales al más alto nivel”.

Además de Zandi, el expresidente del Gobierno pretendía favorecer al periodista Juan Luis Cebrián, que es socio de Zandi y amigo de González. Cebrián formó parte de Star Petroleum como consejero.

El vínculo entre González y Cebrián también es muy estrecho y procede de la época del primero al frente de la Presidencia del Gobierno, que estuvo favorecida por la línea editorial del diario El País y el grupo mediático Prisa que dirige Cebrián.

Zandi es dueño de la empresa Star Petroleum y en el momento en el que González redactó su carta los imperialistas aún no habían dividido Sudán en los dos pedazos actuales Sudán del Norte y Sudán del sur. Por esa razón, el antiguo dirigente del PSOE escribió a ambos presidentes, tanto al del norte, Omar Al-Bashir, como al del sur, Salva Kiir.

En su carta González dijo que Zandi “lleva muchos años dirigiendo Star Petroleum y otras compañías con demostrada profesionalidad y eficiencia”. Sin embargo, el pasado año la Agencia Tributaria española abrió una investigación en su contra por evasión fiscal.

Seis meses antes de que González escribiera su carta, el Tribunal Penal Internacional ordenó la detención de Al-Bashir por crímenes de guerra y de lesa humanidad. Sin embargo, en su misiva el expresidente español se despedía de él con “respeto” y “afecto”. Meses después, el mismo Tribunal dictó otra orden de detención adicional contra Al-Bashir por tres acusaciones de genocidio.

¿Pretende el imperialismo convertir a Kurdistán en cómplice de un nuevo reparto de Oriente Medio?

Juan Manuel Olarieta
El artículo que publica “Resumen Latinoamericano” sobre Kurdistán (*) es bastante peor que desafortunado, sobre todo teniendo en cuenta la trayectoria de un medio tan solvente. Sin embargo, la mayor nación privada de Estado arrastra una aureola de simpatías por todo el mundo que, en ocasiones como ésta, no le benefician en absoluto.

Esas simpatías se han visto acrecentadas, con plena justicia, por la heroica lucha desplegada en la batalla de Kobane contra el Estado Islámico, que por momentos llegó a parecer un frente por sí mismo que había quedado al margen del gobierno de Damasco, como el frente norte durante el inicio de la guerra civil española.

Entonces el PNV también tuvo la impresión de un “tercero en discordia” que al tiempo que “luchaba” contra el fascismo, era independiente de la República. Lo mismo ha ocurrido en Siria, donde algunos creen que se trata de una subespecie de guerra en la que no hay dos bandos sino tres. De esa manera eluden la siempre peliaguda decisión de tomar partido.

El artículo no trata de Kurdistán sino de Rojava, que no es más que una parte de Kurdistán, lo cual es un error bastante típico en las naciones, como Euskadi, repartidas entre varios Estados: el análisis del todo se lleva a cabo sobre una de las partes, como en este caso, mientras que en otros se analiza el todo sin tener en cuenta a las partes.

Cuando se habla de Kurdistán se olvida el origen mismo de la opresión nacional que, como escribieron Lenin y Stalin siempre tiene la misma raíz, el imperialismo, y en este caso concreto el acuerdo Sykes-Picot sobre el reparto que llevaron a cabo Gran Bretaña y Francia hace 100 años en Oriente Medio, que dejó sin Estado a una nación como Kurdistán y la dividió en varios fragmentos.

Por lo tanto, Kurdistán jamás va a conseguir su independencia sin derrotar al imperialismo, mientras que el titular del artículo habla de todo lo contrario: de la existencia de una “cooperación estratégica” entre el imperialismo (Estados Unidos) y una parte de una nación sometida (“Rojava”), es decir, de una alianza entre los opresores y los oprimidos que, además, no es cualquier clase de alianza, sino que tiene un carácter “estratégico” precisamente.

Esa “cooperación” sólo puede tener un significado: que las organizaciones kurdas no tienen una línea propia, no son realmente “independientes” del imperialismo, sino que siguen sus planes, que consisten en un nuevo reparto de Oriente Medio.

Para llevar a cabo ese reparto, Estados Unidos ha creado, armado, adiestrado, financiado y apoyado de mil maneras diferentes al Estado Islámico, al que los kurdos conocieron muy bien en la batalla de Kobane que tantas bajas les causó.

¿Están dispuestos los kurdos a “cooperar” con los imperialistas a pesar de todo?, ¿a costa de todo?, ¿consideran que su enemigo no es el imperialismo?, ¿lo consideran un aliado?, ¿creen que el enemigo es Bashar Al-Assad?, ¿creen que Bashar Al-Assad es un enemigo más importante o peor que Estados Unidos?

Esas preguntas hay que complementarlas con otras parecidas: ¿quiere el imperialismo justificar un nuevo reparto de Oriente Medio concediendo la independencia de Kurdistán?, ¿pretende convertir a Kurdistán en cómplice de sus manejos?, ¿en alguna ocasión los imperialistas han defendido la liberación de las naciones oprimidas?

Lo mismo que durante la guerra civil española, en mitad de los combates el autor del artículo cree ver una “revolución laica”, “igualitaria de género” y de “democracia directa” en Rojava. A quienes no combaten les entusiasma aprovechar las situaciones que toda guerra provoca para emprender experimentos a los que califican como “revoluciones” a causa de una sobredosis de imaginación.

Las nacionalidades oprimidas, como Kurdistán suelen padecer de nacionalismo, lo que les impide disponer de una herramienta básica para conquistar su independencia, que es mucho más importante en los casos en que, además, quiere emprender una revolución: una estrategia que empieza por identificar cuál es el problema que hay que solucionar, quién es el enemigo contra el que hay que luchar y, de rebote, quiénes son los amigos que te van a ayudar.

Esa estrategia sólo la puede ofrecer un partido comunista, como demostró el ejemplo de Vietnam, otro país dividido en pedazos que logró su independencia sólo por un motivo: porque estaba dirigido por una vanguardia realmente revolucionaria, de la que Kurdistán carece.

A diferencia de los nacionalistas, los comunistas vietnamitas lucharon primero contra el imperialismo francés y cuando Vietnam fue invadido por Japón, no se aliaron a estos para luchar contra aquellos, sino que lucharon también contra ellos.

Finalmente, se enfrentaron al imperialismo estadounidense que no llegó allá para ayudar a nadie, ni favorecer la independencia y la unidad de Vietnam, sino todo lo contrario.

Ese es el único camino y la única estrategia, que empieza por la creación de un partido comunista que pueda dirigirla. Por el contrario, los distintos fragmentos de Kurdistán llevan el camino de convertirse en los peones del nuevo reparto de Oriente Medio en el que creen que les va a caer algún pedazo en la boca, como si fueran perros que se aprovechan de las migajas de un banquete en el que quienes comen son otros.

(*) http://www.resumenlatinoamericano.org/2016/05/30/kurdistan-y-un-tema-polemico-cooperacion-estrategica-de-rojava-con-eeuu-bueno-malo-o-ni/

Argelia también está al borde de un golpe de Estado ‘blando’

El general argelino Jaled Nazzar
Juan Manuel Olarieta
Primero fueron las “revoluciones” de colores en los países que emergieron de la caída de la Unión Soviética; la guerra de los Balcanes se llevó por delante a Yugoeslavia, estandarte de los “países no alineados”; luego fue la “Primavera Árabe” y es posible que ahora le toque el turno a Argelia, que tiene elecciones presidenciales en 2019.

La desestabilización de esos países no fue elegida de manera aleatoria: Argelia ha sido siempre un baluarte del Tercer Mundo y actualmente defiende al gobierno de Damasco con una energía inusual dentro del mundo árabe porque hace 25 años fue uno de los primeros países en padecer los embates del yihadismo.

La semana pasada trascendió que el general Nazzar había viajado a París para entrevistarse en secreto con agentes de Hollande. Nazzar fue uno de los promotores del golpe de Estado de 1992 que desencadenó una brutal guerra contra el yihadismo en Argelia.

No obstante, el 13 de setiembre del pasado año el Presidente argelino Bouteflika inició una purga militar que afectó especialmente al DRS, los servicios secretos argelinos. El general Toufik, que ostentaba la dirección de los mismos desde 1990, fue destituido y con él se tuvieron que marchar su ayudantes, como el general Hassan, director del contraespionaje, que ha sido condenado a cinco años de prisión.

El jefe de los purgados es el general Nazzar, que ha acudido a París para demostrar a Hollande que están en condiciones de hacerse con las riendas del país.

El golpe de Estado en Argelia presenta, pues, la forma de una acusada pugna entablada en las más altas esferas políticas que afila las uñas para las próximas elecciones.

Una vez fuera de sus cargos, a los militares y espías argelinos se les ha ido la lengua y sus revelaciones las han publicado los medios dependientes del Centro de Comunicación y Difusión, que hasta ahora financiaba el general Toufik.

Es el caso de la cadena privada “Khabar” que ha difundido cerca de dos horas de entrevista con el coronel Mohamed Tahar Abdesselem, encargado de la sección de Oriente Medio del DRS. Entre otros datos, en su entrevista el coronel Abdesselem relata el golpe de Estado de 1992.

Aquel golpe adoptó la forma de un “interrupción de las elecciones”. En la primera vuelta de las elecciones legislativas ganaron los islamistas del FIS y ya no tuvieron ninguna opción más: los militares se hicieron con el poder.

El coronel cuenta que las elecciones fueron un simulacro. En realidad, el golpe estaba preparado desde 1990, cuando al general Nezzar le nombraron ministro de Defensa y al general Toufik director del DRS.

Los militares estaban dispuestos a admitir cualquier situación, excepto una victoria electoral de los islamistas. El coronel se lo advirtió al dirigente de los islamistas, Abassi Madani, a quien conocía de una estancia común de ambos en la cárcel.

Al saber las relaciones del coronel con el dirigente islamista, el general Toufik le destituyó, junto con otros diez oficiales.

En este relato faltan, evidentemente, los protagonistas mayores, los imperialistas, que nunca dan la cara. En este caso se trata de los imperialistas franceses y el motivo del golpe de Estado y de la destitución del coronel, según contó a la televisión argelina, no era otro que mantener las buenas relaciones entre Argelia y Francia.

Francia no puede admitir que en la otra orilla del Mediterráneo nada se le vaya de las manos. Ni en las elecciones truncadas de 1992, ni en las previstas para 2019.

Fuente: http://www.marcha.org.ar/argelia-tambien-esta-al-borde-golpe-estado-blando/

I Xornadas antirepresivas Galegas

Hoy día 1 de junio
Compostela
-Charla: El resurgir de la lucha por la Amnistía en Euskal Herria

2, 3, 4 y 6 de junio
A Coruña
-Charlas anti-represivas y concentración

25 de junio
Vigo – Acto central
– Comida popular
– Charlas: Con represaliados de Galiza / Movimiento por la Amnistía y contra la represión de E.H. y Juan Manuel Olarieta
– Conciertos solidarios

La fiebre del oro

Como las viviendas, el oro casi nunca se mueve del cofre en el que se almacena. En el mercado lo que se intercambian el vendedor y el comprador son títulos de propiedad, lo mismo que ante un notario las viviendas se venden con las escrituras.

Pero no hay viviendas ficticias y una misma vivienda nunca se vende dos veces. Además, las escrituras suelen describir viviendas que existen en alguna parte. Eso no ocurre con el oro, en donde el comprador nunca tiene ni un lingote entre sus manos. El título de propiedad le indica dónde está guardado.

En los mercados internacionales de oro está ocurriendo algo muy significativo, que no ocurre con ningún otro metal: se intercambia más oro del que existe en realidad. Los grandes bancos que guardan el oro y desempeñan el papel de intermediarios en los negocios, venden más oro del que tienen en sus reservas. Se aprovechan de que los dueños nunca les exigen la entrega física de su oro.

Los papeles que se negocian en los mercados internacionales representan a cantidades de oro inexistentes en porcentajes crecientes: con el mismo oro cada vez se venden más títulos de propiedad.

De enero a mayo de 2016 la proporción ha pasado de una onza de oro real por cada 100 onzas de papel a más de 500. Es como si por cada casa hubiera 500 propietarios.

A lo largo de la historia no ha habido nada más falsificado que el oro. Desde la Edad Media, escribió Marx, toda la historia de la acuñación de moneda se reduce a la historia de otras tantas falsificaciones (*).

Marx dice que la falsificación en la acuñación de moneda acabó en el siglo XVIII, pero la del oro no se ha acabado nunca, hasta el punto de engañar a la inmensa mayoría de los economistas, que golpean sus cabezas contra un muro fetichista.

Los economistas hablan del oro como si fuera una materia prima como cualquier otra. Pero en el mercado de materias primas no ocurre nada de esto porque, a diferencia del oro, no cumplen con una de las funciones típicas del dinero, como es el atesoramiento. Cuando una fábrica compra cobre, no es para guardarla en el almacén sino porque la necesita para elaborar cables.

Sólo una pequeña parte del oro se utiliza como materia prima, especialmente en joyería. Entonces, al valor propio del oro se le suma el de una obra de arte, por lo que no deja de cumplir con su función de atesoramiento.

La burguesía no hace caso de sus economistas. Con el mismo tesón con el que estos aseguran que “el dinero no es convertible”, aquellos se empeñan en convertirlo, cambiando sus papeles por dinero “metálico” de verdad, es decir, oro.

La fiebre del oro se multiplica en épocas de crisis y no hay mejor indicador de la profundidad de la misma que el alza persistente en su cotización que, de no ser por la falsificación bancaria, se habría disparado hace ya mucho tiempo.

Pero la burguesía también se cree sus propias ilusiones. Cree que en la caja de fuerte de algún banco tiene guardado su tesoro y que podrá echar mano de él en los malos momentos. Por cada uno de esos burgueses hay otros 500 que piensan lo mismo.

Es un corralito internacional a gran escala, un gigantesco castillo de naipes que sólo se ha levantado para desplomarse después.

(*) Marx, Contribución a la crítica de la economía política, Madrid, 1970, pg.148.

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