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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 34 de 60)

El momento del giro en la política exterior de Rusia

Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores
Juan Manuel Olarieta
A la vista de la intervención de Rusia en la guerra desatada por los imperialistas contra Siria, son muchos los que se preguntan por qué no hizo lo mismo en Libia, por qué no trató de impedir la caída de Gadafi. El mero planteamiento de la duda es muy interesante y quizá se podría responder diciendo que el motivo es que Siria no es Libia o, quizá más exactamente, que Siria no representa para Rusia lo mismo que Libia. Siria es el corazón de Oriente Medio y está a una hora de vuelo desde Rusia: forma parte de su zona de seguridad.

Para no caer en simplificaciones, hay que recordar aspectos ilustrativos, como el hecho de que Rusia no interviene en Siria desde el principio y que si entendemos por intervención, la intervención militar, ésta sólo se produce después de cuatro años de guerra. Tanto la caída de Gadafi como la de Bashar Al-Assad se inician con la Primavera Árabe, por lo que forman parte del mismo proyecto imperialista y basta recordar las declaraciones de los dirigentes rusos en 2011 para darse cuenta de cuáles eran sus posiciones entonces: decían lo mismo que los estadounidenses, o los británicos, o los franceses. No es, pues, de extrañar que algunos metan en el mismo saco a Rusia que a Estados Unidos, o a Francia, o a Gran Bretaña.

Pongamos el ejemplo de Lavrov para ver el vuelco en la política exterior rusa. En una entrevista a la radio Ejo Moskvy, el 4 de marzo de 2011 el ministro ruso de Asuntos Exteriores calificó el levantamiento en Libia como una “explosión popular espontánea” causada por las condiciones económicas internas del país y un ejercicio autoritario del poder. Así se pueden poner numerosos ejemplos de otros países árabes víctimas de la Primavera y otros dirigentes rusos, cuyas declaraciones eran intercambiables con las estúpidas que escuchábamos por aquí.

Por lo tanto, es evidente que en cinco años ha habido un cambio muy radical en la política exterior rusa. Lo que no puedo admitir, ni como hipótesis, es que Rusia no supiera quiénes estaban cocinando realmente las Primaveras Árabes, por lo que concluyo que entonces su política era la de seguir haciendo concesiones, que es la política más vieja y errónea que se conoce ante el imperialismo: la del Pacto de Munich, la de la división de Checoslovaquia, la del Anchluss de Austria, la de la guerra civil española…

Hace décadas que Rusia lleva haciendo concesiones al imperialismo. Es la esencia de su política exterior desde 1956, desde los tiempos soviéticos, la principal de las cuales fue suponer que la voracidad de Estados Unidos se apagaría desmantelando la URSS y el Pacto de Varsovia, la máxima prueba de “buena voluntad” por parte del Kremlin. Esa política rusa (y soviética) no sólo no ha frenado al imperialismo, sino todo lo contrario, ha estimulado su agresividad.

Al mismo tiempo, la política de hacer concesiones demuestra un factor muy importante en la situación internacional: que Rusia ha estado y está a la defensiva, por lo que el ritmo de los acontecimientos lo marcan en Washington.

Pero si eso es importante hay algo que lo es aún más: el objetivo militar y estratégico de Estados Unidos no son los países secundarios del escenario mundial sino Rusia (y China). Durante años Rusia ha tenido sobradas muestras de que Estados Unidos no va a parar jamás hasta lograr su destrucción (y la de China), un objetivo que, como se está demostrando, es independiente del régimen social existente en ambos países.

Dice el refrán que “a la fuerza ahorcan” y Rusia no hubiera cambiado nunca su política de concesiones si los imperialistas no se hubieran plantado delante mismo de sus narices, sobre todo desde del golpe de Estado fascista en Ucrania en 2014. El máximo ejemplo de ese cambio fue la anexión de Crimea. Por fin, los rusos habían dicho “basta”.

Por lo tanto, la Guerra de Siria está relacionada estrechamente con la del Donbas. A partir de 2014 Rusia se dio cuenta de que lo que el imperialismo estaba discutiendo en Siria no era un asunto regional, propio de los países árabes y de Oriente Medio, sino internacional: en Siria se juega el futuro de la propia Rusia y en cuanto el Kremlin se ha plantado, fulminantemente, el imperialismo ha padecido una de sus más severas derrotas desde 1945, sólo comparable a la de Vietnam.

En Siria la guerra sigue y es muy posible que los imperialistas no dejen que nunca llegue la paz, pero sus planes ya han fracasado… en parte, porque realmente el verdadero plan del imperialismo es la guerra misma. Tal y como hoy lo conocemos, el imperialismo sólo se puede sostener por la guerra.

La resistencia del gobierno de Siria ha descubierto el baile de máscaras

El desertor Riad Hijab
Juan Manuel Olarieta

Cuando tras la desestabilización en Siria se formalizan los bandos, se inicia un goteo continuo de deserciones de políticos, funcionarios, diplomáticos y militares que cambian de bando y se unen a los que ya estaban exiliados desde tiempo atrás. Si el gobierno sirio era una dictadura sanguinaria, los desertores no eran precisamente ajenos a ella sino oportunistas que cambiaron de chaqueta cuando la cosa se puso fea.

Entre los desertores hay dos a mencionar específicamente. Uno es el general Manaf Tlass, que desertó en julio de 2012 junto con otros 23 oficiales del ejército regular. Pocos meses después en unas declaraciones a la prensa pidió que “la comunidad internacional” entregara armas a la oposición y reconoció que quien le había sacado del país habían sido los servicios secretos franceses (1).

Otro caso singular ocurrió al mes siguiente (6 de agosto), cuando desertó el Primer Ministro Riad Hijab dos meses después de su nombramiento, uniéndose a la oposición en Qatar a cambio de dinero: 10 millones de dólares y un sueldo mensual de 20.000 dólares para él, así como indemnizaciones para 34 miembros de su familia, que fueron pagados por Qatar.

Los desertores no eran sólo oportunistas que cambiaron de chaqueta sino mercenarios a sueldo de países extranjeros, traidores de la peor especie, gentuza sin principios ni moral de ninguna especie.

A comienzos de este año vimos a Hijab ejerciendo como portavoz de la oposición en las conversaciones de paz de Ginebra por cuenta de sus amos del Golfo.

Con los militares que desertan, los imperialistas y los países del Golfo y Turquía crean, financian y adiestran al llamado “ejército libre de Siria” demostrando que, desde el primero momento, la oposición no tenía ninguna pretensión pacífica.

La prensa imperialista presentó un relato unilateral de los hechos en el que faltaban muchos muertos, justamente aquellos que cayeron en el bando del gobierno. Al contar sólo los muertos de un bando, la prensa imperialista transmitió la imagen de una actuación desproporcionada, una fuerza organizada (policía, ejército) que disparaba indiscriminadamente contra una multitud desarmada.

Los atentados terroristas desempeñaron un papel fundamental en la desestabilización. Se trataba de acciones como las siguientes:

– los incendios de sedes oficiales, edificios públicos y del partido Baas
– el asesinato a tiros el 23 de marzo de 2011 de dos soldados en Deraa, los primeros de un total de 88 militares que murieron asesinados sólo en el primer mes de la desestabilización
– el asesinato de 10 militares el 11 de abril en la carretera de Banias
– el 6 de junio grupos armados mataron a 120 soldados y policías en Jisr Al-Chughur
– el 16 de noviembre el “ejército libre de Siria” atacó las instalaciones de los servicios de inteligencia
– el 23 de diciembre se produjeron dos atentados con coche bomba contra edificios de la policía de Damasco que mataron al menos a 40 personas
– el 6 de enero de 2012 murieron 26 personas en Damasco en un atentado suicida

En el primer año del levantamiento, las fuerzas gubernamentales sirias padecieron más de la mitad de las 5.000 bajas que se produjeron en Siria. Pero los portavoces del imperialismo sólo hablaban de la otra mitad, como si no hubiera más.

El corresponsal del diario alemán Bild, Jurgen Todenhofer, acusó a los terroristas de “matar deliberadamente a los civiles para luego presentarlos como víctimas del gobierno”. Describió la “masacre como una estrategia de márketing”, como uno “de los hechos más desagradables que jamás me he encontrando en un conflicto armado”.

Al mismo tiempo que Al-Qaeda cometía toda clase de atentados en Siria, las ONG (Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Médicos Sin Fronteras) desviaban la atención de las miradas, acusando al gobierno de Bashar Al-Assad de cometer crímenes contra la humanidad.

Los atentados terroristas acabaron poniéndose en un primer plano frente a las protestas. A partir de entonces cambió el lenguaje, incluso el de la ONU: ya no hablaban de “represión” sino de “combates”. Al principio de la guerra sólo había un protagonista; ahora hay dos; antes los reproches se dirigían a una parte exclusivamente, al gobierno, y ahora a ambas.

La demagogia mediática cambia y deja de tomar partido. Antes era favorable a la oposición; ahora empieza a aparecer el típico “ni unos ni otros”.

También empieza el carrusel de treguas y altos el fuego. El 21 de marzo de 2012 de Consejo de Seguridad de la ONU envía a Kofi Annan de mediador con el primero de muchos planes de paz, en donde la palabra “paz” significa en realidad “golpe de Estado” y destitución de Al-Assad.

Nunca, ni en las guerras más veteranas, como las de las FARC en Colombia o los naxaliltas en India, se han visto tales tipos de actuaciones vergonzosas por parte de la ONU para ocultar una agresión internacional concertada contra un país. El lema de los imperialistas, repetido hasta el hartazgo una y otra vez, es que no se debía negociar con los terroristas… salvo en Siria.

La guerra empezó como un baile de máscaras y, en cinco años, las caretas se fueron viniendo abajo. Fue un destape progresivo, tanto del imperialismo como de la ONU. En la primera fase, los primeros no querían aparecer para nada; era una guerra civil, un asunto puramente interno. A partir de la creación del CNS empiezan a asomar la cabeza, pero dicen que sólo apoyan a la oposición “pacífica”, luego llamada “moderada”. Después tuvieron que reconocer que también envíaban armas, que entrenan a fuerzas militares, pero sólo a la oposición “moderada”, no a los yihadistas…

Aún era una guerra entre intermediarios en la que los imperialistas tiran la piedra y esconden la mano.

Ha sido una farsa detrás de otra. Nunca hubo ningún movimiento pacífico, nunca hubo una oposición “moderada” o no yihadista. Desde el primer momento el fundador y máximo dirigente del “ejército libre de Siria”, el coronel Riyad Al-Assad, declaró a Al-Qaeda como “nuestros hermanos en el islam”(2).

En setiembre de 2014 otro comandante del mismo “ejército”, Bassel Idris, reconoció públicamente: “Colaboramos con el Califato Islámico y el Frente Al-Nosra” porque “hemos llegado a un punto en el que debemos colaborar con cualquiera contra la iniquidad y la injusticia”(3).

A pesar del carácter yihadista del “ejército libre de Siria”, la guerra nunca ha tenido un carácter confesional; nunca ha sido un enfrentamiento entre los alevitas y los sunitas porque sólo una de las partes tiene ese carácter, mientras todos los demás credos religiosos -absolutamente todos- apoyan al gobierno.

El “ejército libre de Siria” nunca existió como tal. Siempre fueron unas siglas vacías de contenido bajo las cuales se cobijaron 70 grupos yihadistas diferentes cuya colaboración depende del territorio que ocupen.

El referido “ejército” es otro grupo mercenario, creado, armado y financiado por los imperialistas, los países del Golfo y Turquía desde el primer momento. Sin embargo, a pesar de los apoyos, nunca lograron convertirse en los protagonistas que estaban destinados a ser, por lo que las primeras portadas fueron ocupadas por otros, fundamentalmente por Al-Qaeda, cuya sucursal, el Frente Al-Nosra, aparece en internet en enero de 2012 bajo la dirección de Suleiman Jaled Derwich (Abu Mohammad Al-Jolani), un sirio que regresaba de la guerra de Afganistán.

Entonces Al-Nosra era mucho más parecida a una organización terrorista que al ejército en el que se ha convertido ahora. Tras su aparición se produjeron los siguientes atentados terroristas:

– el 10 febrero de 2012 dos atentados con coche bomba reivindicados por el Frente Al-Nosra en Alepo causan centenares de muertos y heridos
– el 17 de marzo dos coches bomba matan a 27 personas y hieren a otras 140 en Damasco delante de la dirección de la policía criminal y un centre de inteligencia
– el 27 de abril de 2012 un atentado suicida en el centro de Damasco mata a 11 y hiere a decenas de personas
– el 10 de mayo de 2012 un doble atentado con coche bomba en Damasco causa más de 60 muertos y unos 400 heridos
– el 17 de julio el ministro sirio de Defensa, cuñado de Bashar Al-Assad, y un general de jefe de la célula de crisis, son asesinados en un atentado en pleno centro de Damasco reivindicado por el “ejército libre de Siria”. Dos días después muere a consecuencia de las heridas el jefe de seguridad, Hicham Ijtiar
– el 3 de octubre de 2012 más de 50 personas mueren en Alepo en un triple atentado reivindicado por el Frente Al-Nosra

Notas:

(1)http://www.romandie.com/news/_Manaf_Tlass_affirme_avoir_ete_exfiltre_par_les_services_francais95100920121955.asp
(2) www.longwarjournal.org/archives/2013/03/free_syrian_army_com.php
(3) http://www.middleeasteye.net/columns/endless-enemies-how-us-supporting-islamic-state-fighting-it-1621962798

Bashar Al-Assad con su antiguo amigo Manaf Tlass

La táctica de desestabilización del imperialismo en la Guerra de Siria

Desde los tiempos del Golpe de Estado en Irán en 1953 (“Operación Ajax”), el imperialismo siempre inicia la desestabilización de un país con protestas callejeras, manifestaciones e incluso huelgas con tres objetivos:

(a) simula o amplifica un problema interno
(b) oculta una intervención externa del imperialismo
(b) el descontento de la población justifica la destitución del gobierno

En la Primavera Árabe el plan del imperialismo es una etapa breve de protestas, seguidas de deserciones y acciones terroristas para tumbar al gobierno. Pero en lugar de hablar de “contrarrevoluciones” se permitieron el lujo de hablar de “revoluciones”.

En América Latina los mercenarios locales del imperialismo se llamaron “contras”, una abreviatura de “contrarrevolucionarios”. Ahora se llaman al revés, “revolucionarios”, lo que al imperialismo le sirve para contar con el apoyo de la escoria de los grupos oportunistas y medios que alardean de ser “alternativos” pero confunden deliberadamente una cosa con su contraria.

El decorado decía que quien se levantaba contra el gobierno era el propio pueblo sirio, calificando como “pueblo” a las mesnadas de yihadistas fanatizados. La mayor parte de ellos ni siquiera eran sirios. Según un informe del BND, el servicio secreto alemán, el 95 por ciento son chechenos, pakistaníes, uigures, libios, tunecinos…

El 10 de abril de 2016 el patriarca greco-católico, monseñor Gregorio III Laham, afirmó también que “la discordia en Siria ha venido del exterior mientras que todo el mundo vivía en paz”.

Para tratar de calmar los ánimos, el gobierno de Bashar Al-Assad realiza importantes concesiones de todo tipo a las exigencias populares:

(a) subieron los sueldos
(b) crearon un fondo de ayuda contra la carestía de alimentos
(c) bajaron los impuestos
(d) liberaron a los presos
(e) concedieron la nacionalidad a muchos refugiados kurdos
(f) derogaron las leyes represivas

Las concesiones no sirvieron para nada e incluso se volvieron contra el gobierno. Por ejemplo, los medios de la “oposición” dicen que al liberar a 1.500 presos políticos condenados por yihadismo, es el propio gobierno el que favorece la formación de las organizaciones armadas, ya que los liberados pasaron a formar parte de las milicias que, efectivamente, realizaron ataques sectarios.

Cuando estaban en la cárcel era luchadores injustamente represaliados por el gobierno; cuando los ponen en libertad se convierten en yihadistas…

Las reivindicaciones no eran más que una coartada. El verdadero objetivo es la destitución de Bashar Al-Assad.

Las protestas son, además, otras tantas provocaciones que desatan una espiral de represión, detenciones, torturas y tiroteos en las calles.

También en Siria, el imperialismo pone en marcha las redes sociales para ocultar su propio protagonismo y presentar un decorado presidido por el impulso anónimo del movimiento, un pueblo desorganizado que se alza espontánea y pacíficamente.

La técnica de manipulación no se dirige a la razón sino al corazón. Más que informaciones el imperialismo ha utilizado imágenes para explotar abusivamente la sensibilidad y el humanitarismo de los espectadores. En los medios de todo el mundo la represión del gobierno de Damasco es un acto unilateral y gratuito, en el que hay una enorme desproporción de fuerzas: la policía abre fuego en la calle contra el pueblo indefenso.

Así obligan al espectador a tomar partido por el más débil, el pueblo, con montajes propios de guión cinematográfico, como los niños grafiteros, menores de edad que son detenidos, torturados y encarcelados por la policía del régimen por hechos inocentes.

El componente sicológico y propagandístico de la guerra contra Siria tiene por objeto acarrear apoyo internacional a las milicias yihadistas, mientras las poblaciones que quedan en manos del gobierno no existen, no son visibles, no sufren, no tienen hambre, no necesitan agua ni medicinas y, además, están sujetas al bloqueo económico, por lo que carecen de cualquier clase de solidaridad.

La batalla de Alepo la ha relatado así la intoxicación informativa: los terroristas no ocupan una parte la ciudad, no son responsables de las masacres ni de la destrucción sino todo lo contrario: ellos la “defienden” del “asedio” del ejército regular.

El humanitarismo ha sido un apoyo para el yihadismo y todas las treguas han servido para su rearme y la continuación de la guerra con energías renovadas.

En una farsa así no podían faltar las ONG como Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Cascos Blancos y demás, cuyos informes nutren una parte muy importante de las noticias de la prensa imperialista.

El papel de los medios ha consistido en inventar un “régimen” y un dictador (Bashar Al-Assad) execrable que tiene los días contados por obra y gracia de un pueblo heroico que sale a la calle sin temor a la represión.

El imperialismo no deja las cosas al azar. La “oposición” siria fue un movimiento planificado, armado y adiestrado, sobre todo en Jordania, con bastante antelación, cruzando la frontera con armas y explosivos y asesinando de manera indiscriminada, es decir, tanto a policías y militares, como a manifestantes. A finales de 2011 una investigación de la Liga Árabe concluyó:

“En Homs, Idlib y Hama, la misión observadora atestiguó que se cometían actos de violencia contra las fuerzas gubernamentales y los civiles, que resultaban en múltiples muertes y heridos. Ejemplos de esos actos incluyen la voladura de un autobús civil, asesinando a ocho personas e hiriendo a otras, incluyendo mujeres y niños, y el bombardeo de un tren que cargaba diesel. En otro incidente en Homs, explotaron el autobús de la policía, matando a dos oficiales. Un oleoducto y algunos puentes pequeños también fueron volados”.

El cura holandés Frans van der Lugt, que residía en Siria hasta que fue asesinado en abril de 2014, escribió en enero de 2012:

“Desde el principio los movimientos de protesta no eran puramente pacíficos. Desde el principio vi participantes armados marchando en las protestas que dispararon primero contra la policía. Con mucha frecuencia la violencia de las fuerzas de seguridad era una reacción a la brutal violencia de los rebeldes armados”.

Unos meses antes, en septiembre de 2011, había observado:

“Desde el inicio ha existido el problema de los grupos armados, que también son parte de la oposición… La oposición en la calle es mucho más fuerte que cualquier otra oposición. Y esta oposición está armada y frecuentemente emplea violencia y brutalidad, sólo para luego culpar al gobierno de ella”.

Los medios internacionales crean un nuevo lenguaje y un nuevo relato de ficción en el que la guerra comienza como una lucha que presenta dos rasgos fundamentales: es interna y es pacífica. Como consecuencia de la represión posteriormente “degenera”en un choque militar y, en una tercera fase, intervienen otros países desde el exterior.

A diferencia de Túnez y Egipto, la desestabilización fracasa. Pero aunque no cumple todos sus objetivos, logra al menos uno de ellos en la fase inicial de la guerra: a finales de agosto de 2011 crea un fantasmagórico Consejo Nacional Sirio, una especie de gobierno en el exilio que se reúne por primera vez en Estambul el 2 de octubre.

El tinglado desempeña varias funciones. La primera, es ponerle una cara a lo que hasta entonces era anónimo, crear una referencia para seguir nutriendo de contenidos a los medios de todo el mundo. La segunda es mostrar el alineamiento inequívoco de los imperialistas contra Al-Assad, dar respetabilidad a la oposición y elevar su nivel diplomático. Otra función del “gobierno” en el exilio es la de ofrecer una imagen de unidad, de coordinación de la oposición, una tarea que nunca ha podido cumplir. La cuarta es la de delimitar los dos bandos, un aspecto importante que permitió llevar la guerra a su segunda fase.

Quien empieza reconociendo al nuevo “gobierno” sirio como legítimo portavoz de su pueblo es otro fantasma, su homólogo libio del Consejo Nacional de Transición; detrás van los primeros espadas del imperialismo.

Las claves de la guerra de Siria

Juan Manuel Olarieta

La Guerra de Siria fue desencadenada a comienzos de 2011 por el imperialismo dentro de la campaña de la Primavera Árabe que tiene por objeto cambiar la correlación de fuerzas en Oriente Medio y el norte de África y proceder a un nuevo reparto de las esferas de influencia.

El documento oficial de la DIA (Agencia de Inteligencia del Pentágono) de 12 de agosto de 2012, desclasificado el 18 de mayo de 2015, señala que “los países occidentales, los Estados del Golfo y Turquía apoyan en Siria a las fuerzas de oposición para establecer un emirato salafista en el este de Siria, conforme a los deseos de las potencias que respaldan a la oposición para aislar al régimen sirio”.

La agresión imperialista tiene una estrecha relación con la invasión de Irak en 2003. El gobierno de Bashar Al-Assad fue uno de los pocos que se opusieron a ella y apoyaron a la resistencia contra las fuerzas ocupantes del Pentágono. Los imperialistas obligaron a millones de irakíes a cruzar la frontera y establecerse en el país vecino.

Una vez desencadenada la Primavera Árabe, en diciembre de
2011 las tropas estadounidenses se retiraron de Irak. Pero, lo mismo que en
Afganistán, la retirada nunca fue completa ni duró mucho tiempo.

Estados Unidos trataba de reproducir en Siria el mismo guión que en Irak, dibujar un nuevo mapa, no sólo geográfico sino también político, fragmentar Oriente Medio en territorios religiosa y nacionalmente homogéneos, crear nuevos reinos de taifas, engendrar inestabilidad y, en suma, dividir para dominar.

Es mucho más que una estrategia de “caos controlado” porque a medida que el tiempo transcurría y el gobierno de Siria se mantenía en pie, la estrategia imperialista se convirtió en una guerra de desgaste, interminable, agotadora y cruel.

La elección de Siria como objetivo militar se debe a varios motivos. El primero es su estrecha alianza con Irán, la bestia negra del imperialismo en la región. El segundo es su guerra permanente con Israel, que desde 1981 ocupa los altos del Golán, una parte fronteriza del territorio sirio. El tercero es su oposición a la invasión de Irak, tras la cual muchos irakíes se refugiaron en Siria huyendo de la represión.

La eliminación de Saddam Hussein en Irak fortalece a Irán que, junto con Siria, es uno de los componentes más importantes del denominado “eje de la resistencia” contra el imperialismo en Oriente Medio. En los correos electrónicos de Hillary Clinton, cuando era secretaria de Estado, aparece uno escrito en diciembre de 2012, en el que asegura que, dada la “relación estratégica” entre Irán y Siria, el derrocamiento de Bashar Al-Assad sería un beneficio inmenso para Israel y haría que Israel perdiera el temor a perder el monopolio nuclear.

Además de romper ese “eje de la resistencia” en Oriente Medio (Irán, Siria, Hezbollah), la Guerra de Siria también tiene como objetivo la alianza de Bashar Al-Assad con Rusia, estrechar el cerco sur sobre Rusia, una continuación del que la OTAN intenta trabar desde el Báltico, Ucrania, Cáucaso y Asia central. La Primavera Árabe es una continuación de las “revoluciones de colores” desatadas por los imperialistas desde 1990 en los nuevos Estados surgidos de la fragmentación de la Unión Soviética.

La guerra trató de interferir en la Ruta de la Seda, meter una cuña entre Rusia y China, lo mismo que ya tiene una introducida entre Rusia y Europa.

Ha sido el mayor fracaso del imperialismo en la guerra, ya que ha fortalecido el protagonismo de Rusia, no sólo en Oriente Medio sino en el mundo entero y ha estrechado sus relaciones con Irán y con China.

Al inicio de la guerra la relación de Siria con Turquía es buena. Ambas partes habían firmado en 1999 el Acuerdo de Adana. En plena etapa de esplendor económico, el gobierno de Erdogan se había opuesto tanto a las sanciones contra Irán como al ataque contra Irak en 2003. Turquía está contra los planes del imperialismo en Oriente Medio porque sería una de sus víctimas. Por eso se opone al nuevo reparto.

Sin embargo, muy rápidamente los imperialistas presionan a Turquía para que desempeñe el papel de base logística de los salafistas. Al miso tiempo Siria permite que el PKK se convierta en Rojava en una plataforma contra los vecinos del norte.

Turquía experimenta un doble fracaso. El primero es el de la paz. La política de “cero problemas con los vecinos” fracasa. El segundo es el de la guerra, que le conduce al enfrentamiento con Rusia y un aislamiento total en la región. El realineamiento de Turquía en 2016 es otro de los grandes fracasos del imperialismo en la guerra.

La pequeña burguesía se pasa a la clandestinidad

Aprovechando la fiesta del colonialismo, hemos dedicado varias horas de esta madrugada a tratar de entender el artículo de Joseph A. Todd sobre “Ocupaciones, asambleas y acción directa” que publica la revista Diagonal (*) y que es una traducción del original aparecido en Red Pepper.

Como el artículo es crítico, autocrítico diríamos, hemos de empezar por una crítica de las faltas de ortografía: el verbo rebelarse se escribe con b, mientras que aparece varias veces escrito con v, por lo que cuando se pretende tratar las “tácticas del siglo XXI” hay que empezar por leerse el manual de los programas informáticos de edición de textos que, sin necesidad de saber gramática, realizan un buen trabajo.

De ello hemos sacado la impresión de que el artículo no representa a la “generación de activistas del siglo XXI” sino a la del siglo XIX.

Es muy mala señal que un artículo que va sobre las diversas formas de protesta utilice expresiones (activismo, hacktivismo y clicactivismo) que denotan el origen ideológico del artículo, que no es otro que las múltiples policías estadounidenses y sus equipos de sociólogos y sicólogos expertos en contrarrestar el “activismo del siglo XXI” que Todd propone.

Los estudiantes, como Todd, son aficionados a este tipo de tediosos artículos psicoanalíticos más que políticos. Nosotros no tenemos ni noción de psicoanálisis, por lo que no podemos competir con gente tan leída y tan estudiosa, del estilo Todd y Monedero. No sabemos quiénes son ninguno de los autores que cita, como Nick Srnicek o Fredric Jameson, no sabemos lo que significa “mapeo cognitivo” pero debe ser algo terrible.

En lo que hemos alcanzado a comprender, Todd tiene bastante razón en lo que dice. No sólo en Gran Bretaña los estudiantes están hasta la coronilla de todo ese desfile de comedias que padecemos desde hace décadas y que, como bien dice, se han agotado: las “performances” callejeras, los teatrillos “light” y los “shows” que con la excusa de la protesta y la “lucha” imitan a los carnavales de Cádiz, como los occupys, el Día del Orgullo Gay y otros espectáculos lúdicos, festivos y divertidos.

Nosotros siempre estuvimos en contra de ese tipo de farsas y nos gusta comprobar que ahora también la pequeña burguesía se ha cansado de ellas porque tienen muy poco que ver con el cabreo monumental que muestra otra clase social, como la que pertenecen aquellos que son despedidos de su trabajo o desahuciados de sus viviendas.

Si no hemos entendido mal, lo que Todd propone es algo mucho más “heavy” y está bien argumentado: hacer el payaso en la calle no le evita a nadie la posibilidad de ser golpeado, detenido, juzgado y encarcelado. Por el mismo o similar precio existe la posibilidad de pasarse a la clandestinidad, aunque para no caer en las zarpas de Scotland Yard matiza un poco su propuesta. No pretende animar “a los activistas a realizar acciones más ‘radicales’, que puedan ser violentas, ilegales, peligrosas o perturbadoras”.

Es un pasito, pero tampoco se crea el lector que la pequeña burguesía va mucho más allá. Se trata exactamente de lo que el autor dice: molestar e incordiar. Es lo propio de los adolescentes díscolos.

(*) https://www.diagonalperiodico.net/global/31833-ocupaciones-asambleas-y-accion-directa-critica-la-politica-poner-cuerpo.html

Pablo Hasel: un caso de acoso judicial

El 1 de setiembre le citaron al rapero catalán Pablo Hasel a comparecer ante la Audiencia Nacional, acusado de nuevo de varios delitos de ofensas a altos organismos del Estado, injurias a la Corona y enaltecimiento del terrorismo. Es la segunda vez que comparece ante los jueces. En la primera ya fue condenado, por lo que se encuentra en libertad condicional y será acusado de ser reincidente. Esta vez la pena aumentará, pues, considerablemente.

En España los derechos fundamentales son papel mojado. No hay libertad de expresión de ningún tipo. Sin embargo, el caso de Pablo Hasel va mucho más allá porque no se trata sólo de la emisión de opiniones sino que está en tela de juicio una forma de creación artística, el rap, que es esencialmente reivindicativa: la canción protesta de nuestros días.

La represión del derecho a la expresión libre no es algo esporádico sino que forma parte de una campaña, llamada Operación Araña, impulsada desde la cúpula del Ministerio del Interior. Según cifras oficiales, la policía ya ha detenido a más de 60 personas por ejercer su derecho a emitir opiniones, por lo que la Audiencia Nacional está convirtiendo un derecho básico en un crimen castigado con la cárcel.

La Operación Araña, que ha alcanzado cotas alarmantes con el caso de los titiriteros, no afecta sólo a las decenas de detenidos y sentenciados sino que es una espada de Damocles permanente que ya ha cambiado profundamente el sesgo de las redes sociales, cuya espontaneidad ha caído por los suelos.

Hay miedo y el miedo es el primer enemigo de la libertad. Por lo tanto, tampoco hay libertad, aunque todo es relativo, como en la época franquista. En realidad, sólo algunos tienen libertad y normalmente son los que hablan continuamente de ella para que parezca algo muy común.

En el franquismo el Fuero de los Españoles también reconocía la libertad de expresión. Pero imponía límites de tal manera que sólo se pudieran expresar los mismos de siempre. Ahora en los juicios los fiscales de la Audiencia Nacional dicen lo mismo que los franquistas: que la libertad de expresión tiene límites y en los juicios ni se molestan de hablar de un derecho fundamental. Sólo hablan de sus límites.

En España lo que se expanden no son los derechos sino los límites. Nunca se han aprobado leyes para que haya una mayor posibilidad de emitir opiniones. Tanto las leyes como las sentencias de ese tribunal franquista que es la Audiencia Nacional lo que han logrado es crear una espada de Damocles sobre todas y cada una de las cabezas de quienes quieren protestar, denunciar y reivindicar.

Pero en el derecho a expresarse libremente hay algo mucho peor que la censura, la autocensura, que deriva del miedo, esas miles de personas obligadas a alterar y disimular sus verdaderos pensamientos por miedo a la implacable acción de la policía y la Audiencia Nacional.

Los límites a la libertad de expresión crean un puñado de privilegiados que pueden expresarse, otorgándoles un verdadero monopolio ideológico, de manera que da la impresión de que sólo hay una opinión, una uniformidad, mientras que no hay personas disidentes que tengan un criterio propio.

Los negacionistas nazis forman parte de ese grupo de privilegiados que disfrutan de libertad de expresión. La sentencia del Tribunal Constitucional de 7 de noviembre de 2007 considera que la negación del genocidio nazi no es delito. De esa manera se pone de manifiesto la naturaleza política de este Estado, al que el genocidio no le parece algo importante.

Los límites impuestos por la Audiencia Nacional a golpe de condena y de castigo han creado verdaderos tabúes, fetiches que son incuestionables, asuntos de los que sólo se puede hablar bajito, con interlocutores de confianza, como en los peores tiempos de la Inquisición. Quieren apuntalar los pilares podridos de un Estado a base de represión: el capitalismo, la monarquía, la unidad de la patria, la religión, la policía, los tribunales, la corrupción…

Pero realmente lo que está bajo la censura es la historia misma. Es realmente increíble que un país se vea obligado a reivindicar hasta su memoria histórica. Son las consecuencias de la pervivencia del fascismo, que nunca va a admitir ni que la historia se cuente, ni que la historia se conozca. Eso es lo que explica que se haya condenado a personas que han manifestado públicamente su alegría por la muerte del almirante Carrero Blanco, un hecho ocurrido hace ya casi medio siglo. Las emociones y las penas también están bajo la vigilancia de la Audiencia Nacional. Las personas sólo pueden expresar su risa o su alegría en determinadas circunstancias, y no en otras. Es posible que tampoco nos podamos alegrar nunca de la ejecución del general Prim en 1870, de Cánovas del Castillo en 1897, de Canalejas en 1912 o de Eduardo Dato en 1921.

Como explicó Alfonso Guerra recientemente, la transición es intocable. Hay determinados aspectos de la historia que son canónicos, casi sagrados. El Estado no está dispuesto a tolerar que nadie exponga una versión diferente sobre los mismos, como el terrorismo de Estado, que siempre ha quedado fuera del enaltecimiento del terrorismo. Aún no nos autorizan a decir que la transición no fue otra cosa que eso: terrorismo de Estado, cárceles, torturas y detenciones.

El Otro País, núm.79, 16 de setiembre de 2016

Los cultivadores del cretinismo parlamentario

El cretinismo parlamentario, decía Marx, es una enfermedad incurable (*). Desde que apareció a mediados del siglo XIX aún no ha se ha inventado ninguna vacuna que la remedie. Es más, hay medios e intelectuales que cultivan y propagan esa enfermedad meticulosamente, como si acabaran de descubrirla.

Se trata de una dolencia típica de la pequeña burguesía, que no va más allá en sus concepciones políticas que en su sistema de vida material. Ambos son muy limitados, dice Marx, porque la pequeña burguesía no da más de sí. Por eso lleva ese nombre: todo en ella es tamaño pequeño.

Los cretinos se expresan en medios repletos de expresiones cretinas, empezando por “la izquierda” y “la derecha”, un tipo de expresiones introducidas en España por los carrillistas en la transición y que procede de la Revolución Francesa, es decir, de la burguesía.

Leo que en Europa hay un auge de la “extrema derecha” porque han sacado muchos votos. Los cretinos no tienen en cuenta más que ese tipo de datos. Si hay muchos votos, es un éxito y si hay pocos es un fracaso o una crisis.

El termómetro mide la temperatura y los votos la fuerza o la debilidad de un partido político, y ambos son evanescentes: van y vienen. Si al mediodía hace calor, por la madrugada hace frío. Un partido es fuerte en unas elecciones y en las siguientes se ha convertido en flojo.

Los partidos políticos no son nada por sí mismos; lo que son o dejan de ser ni siquiera lo dicen sus votos, sino algo peor: su número de votos. No son otra cosa. Van bien si hay votos y en caso contrario empiezan los problemas internos.

Los cretinos creen que si tienes muchos votos es porque tu actividad institucional ha sido buena y si bajan es porque no lo ha sido. Todo se mueve en torno a esas actividades, no al trabajo sindical, vecinal, juvenil, cultural… Se trata de actividades que no dan votos y, por lo tanto, tampoco los quitan.

El cretinismo parlamentario es como el vudú o cualquier otra concepción mágica. No tiene en cuenta más que unas elecciones que se celebran de vez en cuando, no la realidad cotidiana.

Por ejemplo, antes de tener votos, la “extrema derecha” ha apaleado trabajadores inmigrantes o quemado albergues de refugiados, que son delitos penados con la cárcel, a pesar de lo cual nadie tomó nunca medidas contra los responsables. Es como si a un perro rabioso el Estado no le pusiera un bozal, ni lo sujetara con una correa. A la menor oportunidad el perro fascista va a salir corriendo a morder al primer moreno que encuentre, y eso -a la larga- merece una recompensa electoral.

El cutrerío no ve más que votos que, como decía Marx, son las trompetas de Jericó que van a derribar todas las murallas que se pongan por delante: “Los demócratas creen en las trompetas, cuyos toques habían derribado las murallas de Jericó. Y cuantas veces se enfrentan con las murallas del despotismo intentan repetir el milagro”.

La izquierda está en crisis porque tiene muy pocos votos. Cuando en 1975 los revisionistas tenían la mitad de los votos en Italia, todo iba muy bien; la izquierda no estaba en crisis, sino todo lo contrario: lo consideran como una etapa de apogeo.

Lo mismo que los cretinos, los místicos y los creyentes creen que las palabras son mágicas. “El verbo se hizo carne”, dice el Evangelio. Las palabras altisonantes (radicales, revolucionarias) alejan a “la gente”, mientras que los eufemismos parece que ayudan a acercarla. Lo mismo ocurre con los programas y las consignas.

Todos los partidos políticos, pero especialmente los de la clase obrera, son como el pescado: se empiezan a pudrir por la cabeza. Su fuerza no sólo son los votos sino -principalmente- su dirección ideológica y política, su estrategia. Por el contrario, los grupos pequeño burgueses alardean de lo contrario: de su falta de dirección, de su horizontalidad. Por eso no se pudren nunca y reaparecen una y otra vez con distintos formatos. No tienen rumbo, no saben lo que quieren. Van a donde los lleva el viento.

(*) Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pg.133.

El imperialismo lleva la guerra en sus entrañas

Juan Manuel Olarieta

La fase imperialista del capitalismo no se caracteriza sólo por unos u otros rasgos económicos o políticos, sino por varios de ellos, que son los que Lenin expone en su obra “El imperialismo fase superior del capitalismo”(*). Por lo tanto, no se puede definir por las transnacionales, ni por la ONU, ni por el Fondo Monetario Internacional, ni el Club Bilderberg, ni la financiarización, ni la OTAN, ni el TTIP, ni el G7, ni la Unión Europea. Es más, ese tipo de instituciones son la consecuencia y no la causa de los acontecimientos más importantes.

En el imperialismo no hay ninguna clase de igualdad y, naturalmente, el peso sustancial de las relaciones internacionales no está en los países más débiles, en las colonias, ni en el Tercer Mundo. Tampoco en las instituciones internacionales. Lo imponen las potencias más fuertes.

A su vez, las diversas potencias mundiales no tienen la misma fuerza militar, económica, tecnológica o política. No están en equilibrio y, aunque lo estuvieran, el capitalismo siempre se desarrolla de una manera desigual, de manera que si ese equilibrio existe, se romperá inevitablemente; tarde o temprano.

En el imperialismo todos los países, pero especialmente las grandes potencias, disputan una carrera en la que nadie quiere quedarse atrás porque resultaría engullida por las demás. Cada día el mundo se ve sometido a una prueba de fuerza, a lo que Lenin llamaba un “reparto de las esferas de influencia”.

Ese reparto no es sólo físico, no es como la división de un pastel entre los comensales porque el mundo, escribió Lenin, ya se repartió hace mucho (pgs.96 y 101). Uno de los cinco rasgos fundamentales en los que Lenin resume el imperialismo (pg.113) es que “la política colonial de los países capitalistas ha terminado” (pg.96).

Lenin se refería a un reparto “territorial” o geográfico, que es la imagen más corriente -y vetusta- del imperialismo: anexiones, cambio de fronteras, escisión del territorio de un Estado… Sin embargo, el reparto del mundo tiene un componente de naturaleza “económica” al que Lenin se refiere como “lucha por el territorio económico” (pg.106) o reparto “económico” del mundo, llegando a hablar incluso un reparto “político” (pg.108).

Este reparto “económico” es el de un pastel que va cambiado de tamaño y, resulta que en esta fase imperialista, es cada vez más pequeño a causa de la crisis económica. Este factor es lo que agudiza cada vez más las contradicciones entre las grandes potencias que, finalmente, acabarán desencadenando otra guerra mundial.

Las formas en que se lleva a cabo el reparto del mundo son muy variadas, aunque normalmente la que más se utiliza es la expansión, que casi se ha convertido en un sinónimo del mismo imperialismo. Pero hay muchas más, típicas de las épocas de crisis profunda, como las actuales. Una de ellas, a las que no se suele hacer referencia, a pesar de su actualidad, es la destrucción económica y política de un país, como intentó Estados Unidos con Alemania en 1945 (Plan Morgenthau). De ahí que la guerra sea el medio típico en que los imperialistas se reparten el mundo.

En el reparto del mundo tan importante es adquirir un buen pedazo del pastel para sí mismo como debilitar al adversario, rebajarle su ración. Por ejemplo, el Plan Morgenthau trató de eliminar la potencia industrial y tecnológica de Alemania, convertirlo en un país agrario y, naturalmente, semicolonial.

Sin embargo, habitualmente cuando se habla del reparto del mundo se equipara con el reparto de las colonias, convertidas en el pastel por antonomasia. Parece que sólo los países agrarios, más débiles, los dependientes, están más expuestos a ser devorados por los grandes. Es un error. No hay dicotomía entre unos países y otros o, por decirlo de otra manera, cualquier país, como Alemania en 1945, es susceptible de convertirse en tercermundista, lo cual es otra de las formas en que los imperialistas se reparten el mundo.

Una de las formas de reparto del mundo es la conversión, ya expuesta por Lenin en su época, de los países independientes en colonias (pgs.101, 103), porque las formas “de dependencia estatal” son diversas; hay países dependientes políticamente independientes, así como dependencia financiera y diplomática (pg.108). Hay países que están obligados a mendigar préstamos continuamente, y hay otros que son los que ponen el dinero para los anteriores y, por lo tanto, las condiciones que rigen la entrega.

“Este género de relaciones entre algunos grandes y pequeños Estados ha existido siempre, pero en la época del imperialismo capitalista se convierte en sistema general, entran a formar parte del conjunto de relaciones que rigen el ‘reparto del mundo’, pasan a ser eslabones en la cadena de las operaciones del capital financiero mundial” (pg.109).

La sumisión de los países más débiles es relativamente sencilla para las grandes potencias, pero en una época de crisis aguda, como la actual, es un bocado totalmente insuficiente que cambia muy poco el reparto del mundo. Lenin decía que las grandes potencias no sólo buscan la anexión de las regiones agrarias, sino también de las industriales (pg.116). Para salir de la crisis a quien tienen que someter es a sus competidores, a aquellas potencias que tienen una fuerza parecida.

En el reparto del mundo no sólo los países dependientes forman parte del bocado. Ni siquiera ellos son el bocado más suculento. En 1919 lo que se repartieron los imperialistas fueron el Imperio Austro-Húngaro y el Imperio Otomano, fracasando en Rusia gracias a la Revolución de Octubre. Lo mismo cabe decir de Alemania o de Japón tras las dos guerras mundiales. Las bases militares más importantes que tiene Estados Unidos en el mundo tampoco están en países periféricos, sino en Alemania y Japón.

Algunos de los ataques de las potencias imperialistas en el Tercer Mundo no van dirigidos contra los países dependientes sino contra otras potencias. Son agresiones indirectas, ahora llamadas “por procuración” (proxys) o a través de intermediarios. Un ejemplo actual de ese tipo de agresiones es la guerra en el Donbas.

Por eso no es exacto hablar de contradicciones internas y externas. La Guerra de Siria es una agresión externa, un ataque del imperialismo a un país, lo cual no es óbice para reconocer que el imperialismo instrumentalizó una contradicción interna, un descontento social, poniendo en movimiento a ciertas fuerzas sociales proclives a ponerse al servicio de sus intereses.

Este tipo de antagonismos son lo que Stalin y la III Internacional denominaron “contradicciones interimperialistas”. Proceden de la rivalidad mutua de las grandes potencias. En ciertos casos, como el de Estados Unidos, luchan por preservar la hegemonía. En otros, luchan por conquistarla. Finalmente hay casos en los que la desafían, intentan evadirse de ella, reducir su presión o incluso pretenden ser tratados de forma paritaria.

La lucha por la hegemonía no significa, como la historia pone de manifiesto, que las grandes potencias sean reemplazables unas por otras, o que unas puedan sustituir a otras. Ni la posición económica y política, ni los intereses de unas y otras son los mismos. Unas potencias no pueden ponerse en el lugar de las otras. No pueden hacer lo mismo. Su potencia militar no es equivalente y sus intereses son contradictorios entre sí.

Es un error poner a todas las potencias en el mismo plano. El imperialismo no forma un bloque homogéneo y los cambios en la correlación de fuerzas entre las potencias se resuelven mediante guerra.

A medida que la presión de los más fuertes llega a ser asfixiante, se crea en el mundo una gran bolsa de países permanentemente damnificados y esquilmados que, con el tiempo, suelen reaccionar en ocasiones y buscan el apoyo de otros que están en su misma situación. Se generan movimientos de tipo nacionalista, como el de los No-Alineados, la mayor parte de las veces para buscar algún acomodo entre los “eslabones de la cadena”, pero sin tratar de romperla.

Es un empeño utópico. No es posible lograr ninguno de esos objetivos por medios pacíficos. No es posible luchar contra la hegemonía asfixiante de las grandes potencias imperialistas sin acabar antes con el imperialismo.

La lucha contra el imperialismo no es, pues, exclusivamente nacional sino revolucionaria; necesariamente tiene que ir vinculada a la lucha por el socialismo, es decir, no se puede apoyar sólo en la capacidad de un Estado sino, sobre todo, en el movimiento de las masas.

Desde cualquier ángulo, el imperialismo conduce a la guerra. En un caso porque las potencias imperialistas no tienen otra forma de repartirse el mundo que recurriendo a ella. En el otro, porque la única manera de enfrentarse al imperialismo y a la guerra imperialista consiste en transformarla en guerra revolucionaria.

(*) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, Pekín, 1972.

La Doctrina Primakov

La mayor parte de los países tienen protagonistas cuyas vidas resumen determinadas épocas de la historia. La del soviético Yevgeny M. Primakov, fallecido en el olvido el año pasado, se corresponde con la de la caída de la URSS y la Rusia actual.

Primakov nació en Ucrania en 1929, aunque se crió en Tiflis, la capital georgiana, un balcón desde el que se puede divisar Oriente Medio con una perspectiva privilegiada. A esa experiencia caucásica originaria hay que añadir su licenciatura en el Instituto de Estudios Orientales de Moscú, que obtuvo en 1953, coincidiendo con la muerte de Stalin.

Era un arabista experto que completó su formación con la corresponsalía de Pravda en Oriente Medio, donde fue captado para trabajar al servicio del KGB, una organización que reconvirtió tras la caída de la URSS, siendo el máximo dirigente del primer servicio ruso de espionaje.

En los últimos momentos de la URSS fue un estrecho colaborador de Gorbachov, que le envió durante la Primera Guerra del Golfo entre Irak e Irán como interlocutor privilegiado ante Sadam Hussein. En 2003 Putin hizo lo propio. Primakov intentó en Bagdad la misma mediación que diez años después emprendió Rusia en Damasco con el armamento químico, aunque sólo esta segunda tuvo éxito.

En 1996 Primakov dejó el espionaje para ocupar el cargo de ministro de Asuntos Exteriores, donde trabajó a las órdenes de Yeltsin durante dos años. En la Guerra de los Balcanes sostuvo al presidente yugoeslavo Milosevic y firmó con Javier Solana, secretario general de la OTAN, lo que entonces fue calificado como Acta Fundacional que inauguraba el final de la Guerra Fría, el señuelo de una era de paz perpetua en el mundo.

Primakov es el pionero de la actual política exterior rusa. En 1999 promovió un triángulo estratégico con China e India como contrapeso a la hegemonía de Estados Unidos que en aquel momento llevaba las “revoluciones de colores” a las antiguas repúblicas soviéticas de Asia central para despedazarlas.

Aquel mismo año fue nombrado Primer Ministro, teniendo que hacer frente a la peor cosecha de la historia, un verdadero desastre agrario, cuyos precedentes se remontan a las reformas de Jruschov de finales de los años cincuenta. Lo mismo que Jruschov, Primakov también tuvo que humillarse para pedir trigo a Estados Unidos y Canadá.

La breve presencia de Primakov al frente del gobierno ruso fue un interregno entre Yeltsin y Putin y hay un incidente que marca la transición de una etapa a la otra: el viaje a Washington de 24 de marzo de 1999. La OTAN desató los criminales bombardeos sobre la desaparecida Yugoeslavia en el preciso momento en el que Primakov iba en el avión y su reacción fue clara: ordenó al piloto dar media vuelta.

Fue el primer gesto de cierta dignidad de la política exterior soviético-rusa desde los tiempos de Gorbachov. En Washington aún lo llaman “The Primakov’s Loop” (La Media Vuelta de Primakov).

Yeltsin le despidió el 12 de mayo de 1999 porque tenía fama de estar bastante anticuado, es decir, de ser alguien cercano al viejo comunismo, un reproche que -entonces y ahora- recae sobre todos aquellos que se oponen a Estados Unidos y al imperialismo en general.

Como cualquier otro dirigente de la época, incluido Putin, Primakov no se oponía al imperialismo. Es posible que nunca supiera el significado de esa palabra, lo mismo que Putin. Nadie se puede enfrentar a algo que no sabe lo que es.

El núcleo de la política de Primakov al frente de la diplomacia rusa, que Putin ha seguido de manera cada vez más consistente, ni siquiera estuvo enfrentada a Estados Unidos, sino a su hegemonía, que es algo muy diferente. Lo que se acabó llamando la “Doctrina Primakov” que hoy impera tanto en Rusia como en China y otros países, es la “multilateralidad” de la política internacional.

La Doctrina Primakov y la multilateralidad están ligadas al nacionalismo ruso (y chino) que, en personajes como Putin, tiene un carácter estrictamente defensivo o reactivo. No es el viejo nacionalismo del periodo de entreguerras del siglo pasado sino un nacionalismo que ha ido surgiendo tras la caída de la URSS en 1990 como consecuencia del peso abrumador que Estados Unidos adquirió en los asuntos internacionales.

Es un nacionalismo generado por el “internacionalismo” (la famosa mundialización) impuesto en el que Estados Unidos es la única potencia que se beneficia de las reglas del juego. Como explicó Lenin, el imperialismo intensifica la opresión nacional. El capital financiero es una fuerza “tan considerable” que “subordina incluso a los países que gozan de una independencia completa”, escribió. El imperialismo, pues, genera dependencia y con ella fuerzas sociales, políticas, e incluso países enteros que pretenden escapar de ella.

Putin, que llega al gobierno ruso con la caída de Primakov y la posterior de Yeltsin, es el prototipo de las figuras políticas surgidas en el mundo como consecuencia de esa situación. Se trata de un político con un origen parecido al de Primakov: el espionaje soviético, el legendario KGB que durante las décadas más duras de la Guerra Fría fue la primera trinchera de combate contra el imperialismo, dentro y fuera de la URSS.

Sin embargo, Rusia renació para olvidar a la URSS. Fueron los primeros en soñar que “Otro mundo es posible” sin acabar antes con éste. En 1990 nació en la nueva San Petersburgo un círculo político en torno al hoy olvidado alcalde Anatoli Sobchak que soñaba con alejar a la OTAN de Europa (y a Europa de la OTAN). Empezaron calificando a los países de la Unión Europea de “nuestros socios” y, a cambio, sólo recibieron patadas en las nalgas, especialmente después del golpe de Estado fascista en Ucrania en 2014.

Ni Primakov, ni Putin, ni quien venga después en Rusia han elegido, pues, seguir la política exterior que siguen en la actualidad. Si Rusia (y China) quieren sobrevivir como naciones no tienen otro remedio que hacer lo que hacen. Su multilateralismo es una oposición a la hegemonía, o sea, al “unilateralismo” de Estados Unidos tal y como se configuró en 1945 y luego en 1990.

La segunda ingenuidad de la que se está desembarazando la Rusia actual a marchas forzadas es la creencia de que el cambio de la unilateralidad a la multilaterialidad (y por lo tanto su subsistencia como país) lo pueden lograr pacíficamente, mediante negociaciones o sumando sus fuerzas a la de otros países, como China. Es un error. Estados Unidos ya ha demostrado en numerosas ocasiones que no se va a desprender de la hegemonía por las buenas, sin desencadenar una nueva guerra mundial. “Si la correlación de fuerzas ha cambiado, ¿cómo pueden resolverse las contradicciones bajo el capitalismo, si no es por la fuerza”, escribió Lenin hace cien años.

El islam en la URSS (y 3)

Tras la Revolución de Octubre, el sistema educativo también se desdobló, creándose escuelas musulmanas paralelas a las soviéticas, aunque en este caso favorecido por la penuria económica derivada de la guerra civil, es decir, que mientras las escuelas soviéticas eran de nueva planta, se mantuvieron las musulmanas y se crearon otras nuevas, si no las había.

La mayor parte de los locales y otros bienes expropiados durante la Revolución fueron entregados a las instituciones educativas islámicas, de tal manera que en 1925 en Daguestán había 1.500 escuelas musulmanas que acogían a 45.000 alumnos, mientras que sólo había 183 escuelas públicas soviéticas.

Para desarrollar su trabajo educativo y político, el Partido bolchevique se apoyó en las cofradías religiosas más progresistas y avanzadas, lo que abrió una nueva etapa de florecimiento de culturas hasta entonces silenciadas. Las universidades promovieron cursos de formación, se publicaron monografías, nuevos medios de prensa y radio y se estimularon debates sobre los más variados temas históricos, lingüísticos, sociales y culturales. En especial se promovieron aquellas que corrientes teológicas que defendían un socialismo islámico, que se oponían a la usura o al acaparamiento de riquezas.

Muchos de los grupos más avanzados de las sociedades musulmanas se incorporaron al Partido bolchevique, como el movimiento panislámico kazajo Uch-Zhus, la cofradía Vaisita de los tártaros del Volga, la organización Mili Firqa de los de Crimea o la guerrilla iraní Jengelis que primero combatieron en el Ejército Rojo y luego crearon el Partido Comunista de Irán. En Azerbaián se formaron tanto el Partido Socialista musulmán Hummet y el Partido Comunista persa Adelet.

En las repúblicas de mayoría islámica la Revolución se definió como “korenishacha”, que se puede traducir como “arraigo”, de tal manera de las masas y sus organizaciones típicas no fueran solapadas por una nueva superestructura que, en definitiva, sólo podía ser rusa y, por lo tanto, heredera del colonialismo.

Para ello en 1924 el poder soviético inició la edición de las publicaciones oficiales en 25 idiomas diferentes. Al año siguiente alcanzaron los 34 idiomas y en 1927 el número de idiomas fue ya de 44.

Además concedió prioridad a las poblaciones locales para el acceso a las funciones públicas tanto como para el logro de cualquier trabajo. En muchos casos hubo que destituir o privar de las tierras a los rusos, cosacos muchos de ellos, es decir, antiguas tropas zaristas. En Ingusetia y Chechenia 65.000 colonos cosacos fueron expulsados de sus tierras, que fueron devueltas a los autóctonos.

Así fue como se crearon sobre el terreno los nuevos cuadros dirigentes del Partido Comunista, de los órganos soviéticos de poder, del Ejército Rojo o de las universidades, así como técnicos, ingenieros e intelectuales. La construcción de la URSS no se podía fundamentar en otro desembarco de rusos llegados de cualquier lejana ciudad que ni siquiera eran capaces de hablar el idioma vernáculo sino en la movilización de las masas.

A diario es posible leer a finos intelectuales, sobre todo si son “progres”, contra los prejuicios y el oscurantismo de todas las religiones y, muy especialmente, del islam. Estoy de acuerdo con muchas cosas de las que dicen porque son intemporales; sirven tanto para un roto como un descosido. Pero en muy pocas ocasiones se tiene la oportunidad de conocer algo sobre los prejuicios y el oscurantismo en que nos has sumido varios siglos de colonialismo, por lo que acabaré estas líneas con un incidente que se produjo durante el Congreso de Bakú, cuando todos los oradores despotricaban contra el imperialismo británico que oprimía a los pueblos asiáticos…

… Excepto uno, un turcomano llamado Nabutabekov, que después de tanta paja en el ojo ajeno les hizo ver la viga que los delegados tenían en el propio: “¡Liberadnos de los colonizadores que trabajan bajo la máscara de los comunistas!”, gritó. Pero no lo hizo para renegar de la Revolución de Octubre, sino todo lo contrario, porque no hay nada más infamante que ponerse del lado de los opresores en nombre de la clase obrera, del comunismo o del ateísmo.

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